miércoles, 8 de abril de 2020

Datos para la historia de la pesca en Aculco

La pesca no ha sido en realidad una actividad importante en el municipio de Aculco en ninguna época. A pesar de ello, nunca han dejado de aprovecharse en pequeña escala los productos acuícolas de nuestros ríos, lagos y presas. Como muestra, les traigo hoy este cuestionario que las autoridades de Aculco respondieron a fines del siglo XIX sobre el aprovechamiento pesquero local. El documento fue incluido en la obra Informes y documentos relativos a comercio interior y exterior, agricultura, minería e industrias, no, 25, de julio de 1887, publicado por la Secretaría de Fomento:

 

INFORMES SOBRE LAS AGUAS CULTIVABLES QUE HAY EN LA REPÚBLICA Y SOBRE LOS PECES MEXICANOS, SU UTILIDAD E IMPORTANCIA Y MANERA DE CAPTURARLOS

CUESTIONARIO.

MUNICIPALIDAD DE ACULCO

1. En los manantiales, lagunas y ríos que hay en esa jurisdicción, ¿es buena el agua para beber? Si es buena.

2. ¿Cuál es la mayor profundidad de las aguas de aquellos cursos de agua? Treinta y seis pulgadas de profundidad en el manantial del Ojo, y de la alberca cincuenta y cuatro pulgadas; la de la presa de Guapango, de cuatro á cinco metros.

3. ¿Cuál es la naturaleza de su fondo, arena, piedras, fango? Ambos manantiales, de tepetate; un río, fondo de cantera; la presa de Guapango, en su mayor parte barro, y la parte adyacente á la cortina, pedregosa.

4. ¿Qué distancia hay de cada manantial y laguna á la población más próxima, y cuál á la Cabecera del Distrito, Partido ó Cantón? El manantial, en el fundo de esta población; el rio, á una legua de este pueblo, y á la cabecera del Distrito doce leguas; la presa, tres y media leguas, y sobre siete al Distrito.

5. ¿Qué número de habitantes tienen aquellas poblaciones? Seis mil ochocientos habitantes.

6. ¿Hay pescados en las aguas de esa localidad? Sí hay sardina pequeña.

7. ¿Son todos iguales por su forma? Son iguales.

8. ¿Qué forma tienen aproximadamente, y hasta qué dimensiones alcanzan los mayores, en largo y en peso de cada clase? De nueve y medio centímetros de largo, y como de una onza de peso.

9. ¿Qué nombres dan á los pescados que viven en aquellas aguas? Sardinas, y su color es muy oscuro.

10. ¿Por qué tiempo se reproducen? No se sabe.

11. ¿Emigran para reproducirse, ó por distinto motivo? Tampoco se sabe.

12. ¿Abundan más en alguna época del año? Al entrar la estación de las lluvias.

13. ¿Su crecimiento es dilatado ó rápido? No se sabe.

14. ¿Se utilizan esos peces en el consumo de esa localidad? En poca cantidad.

15. ¿Son estimados por su sabor? Sí lo son.

16. ¿Se venden al público, y á qué precio? A seis centavos docena.

17. ¿Se exportan? ¿En cuánta cantidad? En ninguna.

18. ¿Qué cantidad en peso y en número se coge aproximadamente de ellos al año? Ochocientos pescados y como dos arrobas.

19. ¿Cómo se bace la pesca? Con red maya.

20. ¿En qué tiempo se hace? De Marzo á Junio.

21. ¿Se paga algo, y á quién, por pescar en esas aguas? Nada se paga.

22. ¿A quién pertenecen en propiedad esas aguas? La presa á la hacienda de Arroyozarco, y 1os manantiales son del servicio público de este lugar.

Aculco, Marzo 31 de 1887.

Sírvase vd. capturar cuatro ó cinco ejemplares de cada clase ó especie de los pescados que existen en cada una de las distintas aguas de su jurisdicción, prefiriendo aquellos que estén completamente desarrollados, y que además estén Íntegros, sin mutilación ni heridas, si es posible; colóquelos dentro de una vasija ó recipiente cualquiera, lleno completamente de aguardiente (resacado refino) de 30 á 36 grados centesimales, ó de mezcal fuerte, y después de bien cerrado ese recipiente, remítalo á la autoridad superior para la Secretaría de Fomento del Gobierno General.

 

Aunque evidentemente las autoridades del pueblo no fueron muy diligentes al reunir los datos, lo poco que informaron sirve para investigar un poco más sobre el tema. Por ejemplo, acerca de la verdadera naturaleza de esos peces que llamaban "sardinas". Es obvio que no se trata de las sardinas marinas que conocemos frescas o, en México, más comúnmente enlatadas. Recordemos además que este informe es muy anterior a la siembra sistemática de carpas (Cyprinus carpio) en presas y bordos de la región, por lo que no podemos relacionarla con esa especie que es hoy la más aprovechada. Son las propias respuestas al mismo cuestionario por parte de otras localidades cercanas a Aculco con las que empezamos a aclarar este misterio. Por ejemplo, a la pregunta número 6, la Municipalidad de Jilotepec respondió "hay algunos pescados en el río y en los manantiales; pero su mayor dimensión es de siete pulgadas y tienen la forma de una sardina", y a la número 9, "el nombre que comúnmente se les da es de juil". Las respuestas de la Municipalidad de Chapa de Mota refuerzan esta información: "la forma del pescado es parecida a la sardina hasta en sus dimensiones, pues el más largo tendrá de siete a ocho pulgadas, y pesará de cuatro a cinco onzas. El nombre que se da a estos pescados es el de "juiles".

Ahora, según la obra La cosecha del agua en la cuenca de México, de Teresa Rojas Rabiela (CIESAS, 1998), los juiles o xohuilin (su nombre original en náhuatl) se pueden identificar con dos especies del orden de los Cypriniformes: Algansea tincella y Aztecula vittata. La misma obra indica que fray Alonso de Molina describió a los juiles hacia 1571 como un "pescado de a palmo que parece trucha". Fray Bernardino de Sahagún, por su parte, escribió hacia 1575 "xouili son aquellas bogas pardillas que se crían en en el cieno, y tienen muchos huevos". Manuel María Herrera y Pérez, en 1873, confirma la idea del parecido con la sardina: "pescado sardina, que se rueda para huir". Manuel Orozco y Berra, en 1864, señala acerca de su preparación: "conocidos en nuestros mercados con el nombre de juiles, los venden preparados, asados o cocidos, envueltos en las hojas que cubren las mazorcas de maíz".

jueves, 2 de abril de 2020

El doctor Liceaga en Arroyozarco

En estos días de forzada permanencia en casa, aparte de mi trabajo cotidiano he tenido tiempo de desempolvar algunas notas sobre la hacienda de Arroyozarco, especialmente testimonios de viajeros que pasaron por allí y que por distintas razones dejé fuera del libro Arroyozarco, puerta de Tierra Adentro (2003) o los conocí después de su publicación. Esta vez quiero compartirles un testimonio muy corto pero interesante, escrito por el famoso médico guanajuatense Eduardo Liceaga.

Liceaga nació en la ciudad de Guanajuato en 1839. Hijo del también médico Francisco Liceaga y de Trinidad Torres, estudió en la Escuela Nacional de Medicina de la Ciudad de México. Recibió el grado de cirujano (y una medalla de oro) de manos del emperador Maximiliano en 1866. Calificado como "el higienista más distinguido de México de finales del siglo XIX", fue profesor de la Escuela de Medicina y luego su director de 1904 a 1910. Dirigió también, durante un cuarto de siglo, el Hospital Materno Infantil. Participó en la creación del Hospital General de México en 1905. Falleció en 1920 en la Ciudad de México.

El doctor Liceaga escribió un libro de memorias titulado Mis recuerdos de otros tiempos, publicado póstumamente en 1949. En él comenta brevemente, en las primeras páginas de la obra, su paso por Arroyozarco en un viaje desde su natal Guanajuato hasta la Ciudad de México:

Después de haber dejado los cerros que rodean a la ciudad, llegamos al valle de Silao y allí nuestra vista se extendió, por primera vez, en una amplia llanura, que es el principio de esa inmensa hondonada que se llama el Bajío, y ocupa la mayor parte del Estado de Guanajuato. Como es una comarca muy fértil, los campos sembrados se extienden en grandes llanuras a los dos lados del camino. Más adelante, nos encontramos la población de Irapuato, situada casi en el centro geográfico del Estado y rodeada de importantísimas haciendas de labor. Avanzando más y más llegamos a Salamanca y desde lejos distinguimos la pesada mole de piedra que forman las iglesias y el convento que fue de San Agustín, destinado ahora a penitenciaría del Estado. El primer poblado de importancia que encontramos después fue la ciudad de Celaya, centro también agricultor, importante por su población y porque en ella se levanta uno de los templos más artísticos del país. Eleva graciosamente su único campanario en el frente, sostenido por unos arcos elegantes y ostenta su cúpula de una curva perfecta. [...] Seguimos caminando durante la tarde, contemplando ya los campos sembrados, ya la soberbia montaña conocida con el nombre de cerro de Culiacán, ya los espléndidos celajes que cubrían el cielo a la puesta del sol.

Por fin llegamos a Querétaro, término de nuestra jornada del día. Entramos en la ciudad al anochecer y no pudimos darnos cuenta de su aspecto e importancia y penetramos en la casa de diligencia antigua y amplia, de tipo colonial : un gran patio, anchos corredores en la parte superior e inferior que daban acceso a los cuartos de los pasajeros, extensos, bien ventilados, con camas sencillas y limpias, jarras y lavabos de porcelana y todos los demás útiles de recámara conservados en buenas condiciones. En uno de los costados del piso superior estaba el comedor, salón grande, salón grande, de altos techos, donde comían en mesa redonda los pasajeros que acababan de llegar y los que venían de México. Presidía la mesa el administrador de la casa de diligencias, personaje serio y grave pero amable. La vajilla de porcelana tenía pintada una diligencia con un tiro de caballos lo cual significaba su origen, es decir, que era propiedad de la casa y el escudo de armas de la empresa. La comida era sana, abundante y bien servida. A las 9 de la noche todos los pasajeros estaban en su alojamiento, pues había que levantarse a las tres de la mañana, tomar el desayuno en el comedor y después volverse a acomodar en la diligencia.

Al salir de Querétaro subimos la pendiente que se llama la "Cuesta China", de triste celebridad porque era fama que allí se hacían frecuentes asaltos a la diligencia. Según se nos dijo, cuando esto sucedía los ladrones hacían bajar a los pasajeros y mientras uno se ocupaba en quitarles el dinero, los relojes y demás alhajas que llevan sobre sí, otros se entretenían en sacar los baúles que iban en la covacha de la diligencia. Terminada esta operación, los dejaban subir a la diligencia que continuaba su camino hasta que recorría cierta distancia, donde una nueva banda de ladrones venía a despojarlos de lo que les había quedado y era posible que en el resto del camino dejaran aún en paños menores a los pasajeros.Nosotros tuvimos la fortuna de no experimentar tan desagradable encuentro y pudimos llegar a San Juan del Río lugar donde se almorzaba. San Juan del Río es una simpática población rodeada también de haciendas y de ranchos, sembradíos de cereales, y circundada por el río que le da su nombre.

A las 6 de la tarde rendimos nuestra jornada en la hacienda de Arroyo Zarco, donde estaba la Casa de Diligencias. Era ésta una especie de hotel a la moderna, de cuartitos limpios, bien ventilados y amueblados como los de Querétaro. Ocupaba el frente de la casa en el piso superior el vasto comedor, en uno de cuyos extremos se veía la chimenea empleada en calentar el recinto durante la comida. La mesa, como en Querétaro, era presidida por el administrador y, como en aquella posada, a las 9 de la noche nos recogimos en nuestras habitaciones para levantarnos a las 3 de la mañana siguiente. Después del desayuno ocupamos nuestro pesado vehículo a fin de seguir el camino, que no describiré por no hacer tan pesada esta narración. Llegamos a almorzar a Tepeji del Río, pueblecito encantador, con muchos árboles, abundantes flores, risueño y tranquilo, que sentimos dejar sin haberlo visitado en detalle. Volvimos a la diligencia, atravesamos el extenso llano del Cazadero de San Juan del Río y luego comenzamos a subir hasta alcanzar la parte de la meseta del Anáhuac donde está situada la ciudad de México.

Quise dejar la parte que habla de la posada de Querétaro ya que Liceaga la compara con el Hotel de Arroyozarco. Además, describe ahí la porcelana propiedad de la empresa de diligencias de la cual sobrevivió en Arroyozarco una jabonera que pasó después manos de la familia de doña Sara Pérez y fue finalmente vendida en una casa de antigüedades de Coahuila (si quieres conocerla, oprime aquí). En fin, lo escrito por Liceaga es un fragmento más, pequeño pero apreciable, de la historia de estas tierras.

viernes, 27 de marzo de 2020

Un abogado inglés en Arroyozarco

Alexander Clark Forbes fue un abogado británico nacido en 1824, hijo único del famoso médico escocés sir John Forbes, médico de la reina Victoria de Inglaterra. Fue educado en el prestigiado Caius College de la Universidad de Cambridge. Entre 1849 y 1850 viajó por México y recogió sus impresiones en el libro A trip to Mexico; or Recollections of a ten-months ramble in 1849-50 (Londres, 1851), publicado con el seudónimo de "A. Barrister", que aludía a su nombre, Alexander, y a su profesión, barrister, que es un tipo particular de abogado en el derecho anglosajón. A su regreso a Inglaterra se estableció en el pueblo de Whitchurch-on-Thames y murió en 1901.

En su libro, Forbes narra así su paso por el mesón de Arroyozarco:

 

La diligencia estaba muy llena y casi todos los pasajeros, salvo nosotros, iban a la feria de San Juan de los Lagos, a la que iré luego. Dejamos el Valle de México por su extremo noroeste, viendo pocas cosas notables a lo largo de la mañana. Cerca de las once, tuvimos a la vista un precioso pueblito llamado Tula, donde nos detuvimos a desayunar. Al descender de la diligencia, creo que debimos habernos visto como ladrones, especialmente nuestro amigo ruso que portaba bajo cada brazo una pistola que parecía una pequeña carabina. Gracias a la previsión de un caballero inglés de México, nos hallamos bien provistos de vinos y licores muy aceptables. Las comodidades de ese tipo son excesivamente malas en las paradas de las diligencias. El camino que recorrimos ese día fue un poco mejor que lo habitual, más debido, creo, al estado natural de la superficie de la tierra que cualquier otra cosa, pues nuestra siguiente jornada nos presentó el peor espécimen que había visto.

Como a las seis de la tarde llegamos a Arroyozarco, donde nos detuvimos a pasar la noche. Entre este lugar y Tula pasamos a través de algunos tramos de campo muy hermosos, bellas praderas rodeadas de colinas boscosas que me recordaron mucho nuestros propios South Downs (*). Sólo hay una casa en Arroyozarco: fue construida por el empresario de las diligencias, su propietario y dueño de la extensa hacienda unida a ella. Es un buen y gran edificio de ladrillo, planeado con buen gusto y no muy distinto a una estación de tren inglesa. Todas las comodidades de los pasajeros son bien atendidas, y creo que es el mejor lugar de descanso en la línea de diligencia entre Veracruz y Guadalajara. Fue ésta la única casa en toda la República en la que vi una chimenea y encontramos bastante agradable el fuego en una tarde fría y húmeda, como la que pasamos.

Dejamos Arroyozarco a las cuatro de la mañana y, después de un recorrido polvoriento y caluroso por el camino más destrozado, alcanzamos Querétaro a las cuatro de la tarde, deteniéndonos a desayunar en San Juan del Río, un pueblito en el fondo de un valle profundo con una de las peores reputaciones de México.

* Los South Downs son una región de suaves colinas cercana a la costa sur de Inglaterra, que conforman un Parque Nacional.

 

Son tantos los testimonios del siglo XIX sobre el mesón de Arroyozarco que dedicarles una entrada en este blog puede parecer a veces una inútil repetición. Pero la verdad es que cada uno de ellos tiene algún detalle, una observación o descripción que lo vuelve único. En el relato de Forbes, por ejemplo, resulta curioso que compare las llanuras y montes entre Arroyozarco y Calpulalpan con el sur inglés, o que subraye que la única chimenea que llegó a ver en México estaba en Arroyozarco. Son pequeñas pinceladas que en conjunto con otras nos ayudan a imaginar un poco mejor el pasado de ese sitio.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Unos versos realistas sobre la Batalla de Aculco

El presbítero Anastasio José Rodríguez de León ocupó a principios del siglo XIX la plaza de capellán del Palacio Virreinal de la Ciudad de México y fue también cura castrense de los militares inválidos. Pero su nombre se recuerda más como el de un infatigable versificador que componía poemas para todas las ocasiones solemnes de la vida política de la Nueva España y luego los daba a la imprenta en hojas sueltas que circulaban mucho entre la población. En realidad, como señaló el crítico José Mariano Beristáin y Souza en la Biblioteca Hispano-Americana Septentrional (1816-1821), su obra es bastante mediocre: "Este eclesiástico laborioso, eficaz y muy dado al culto de Dios y sus santos, ha acreditado en sus versos más la sencillez y limpieza de sus afectos que el arte, las gracias y las bellezas de las musas".

Al iniciar la Guerra de Independencia, Rodríguez abordó naturalmente los sucesos del momento desde su punto de vista de lealtad hacia el gobierno virreinal y radicalmente opuesto a la insurgencia". Así, publicó el folleto En elogio de las dos gloriosas acciones con que han acreditado su pericia militar, reputación y buen nombre los señores Don Torquato Truxillo y Don Félix Calleja. En los ataques que animosos dieron a la quadrilla de insurgentes, el primero en el Monte de las Cruces, el 30 de octubre del presenta año de 1810, y el segundo la mañana del 7 de noviembre siguiente en el campo de San Gerónimo Aculco. Aunque el poema no es tan extenso como parece anunciar un título tan largo, copio aquí únicamente la parte que se refiere a la Batalla de Aculco:

 

Ved a un..., ¿pero qué es esto..? ¿Qué rumores

a distancia de seno tan copado

saben cortar el hilo del suceso

que se iba de la pluma derramando?

¡Del nebuloso embrión se ocupa toda

La faz del Éter, por Arroyo Zarco,

y a la voz de los truenos que se escuchan

se estremece del viento aquel espacio!

Queden por tanto aquí las expresiones

que estaba la tragedia detallando,

y el paso dirijamos hacia Aculco,

camino de Toluca, a cuyo campo,

según lo indican con ruidoso estruendo

de bélico armamento los presagios,

desde luego ha llegado el gran Calleja,

con un trozo de ejército a su mando.

¡Así ha sido! ¿Más cuál es la resulta

del ataque que da sin embarazo

al convoy insurgente..? ¿Cuál..? Que al punto

en que fue de los nuestros avistado,

da principio el combate a sangre y fuego,

y al poco tiempo de él, el vil contrario

su derrota prevee, con que del sitio

los cuatro cabecillas se escaparon

con pérdida de pólvora, cañones,

fusilería bastante y otros varios

muebles de su equipaje y armamento,

en testimonio de ir precipitados,

quedan muertos muchos de los suyos,

y algunos prisioneros, porque veamos

que del cielo benigno, en lid como ésta,

el socorro nos vino, y el amparo.

¡Oh, si su influjo continué (sic) propicio

hacia el jefe animoso, que empeñado

a los prófugos sigue, con protesta

de no perder instante hasta encontrarlos!

Y aunque ocupar merece la dulzura

de los cisnes canoros en su aplauso,

le suplico que acepte el desaliño

de los metros incultos con que acabo:

No a la espada del Cid vanaglorioso

se dediquen los triunfos por entero.

Que en el señor Calleja lo famoso

es consecuencia fiel de los guerrero,

pues demuestra campeón tan victorioso

que para derrotar su limpio acero

turbas odiosas de insurgente saña,

jamás la sombra del temor lo empaña.

martes, 24 de marzo de 2020

Arroyozarco: Escenas de la vida mexicana

La obra Escenas de la vida mexicana, de Louis Gabriel Ferry de Bellemare, vio la luz originalmente en forma de entregas en la revista francesa Revue de Deux Mondes en 1847. Recopilada después en forma de libro, tuvo una traducción al español editada en Barcelona en 1905. Se trata de una novela de aventuras ambientada en México (donde el autor pasó diez años de su vida), que describe escenarios realistas con toques costumbristas como fondo a su trama dramática. La hacienda de Arroyozarco es uno de estos escenarios y, aunque naturalmente no todo lo que describe es real, sin duda es verosímil, incluyendo personajes y situaciones. Vayamos a los textos de Ferry, en los que describe su llegada al mesón en pos de un misterioso viajero:

 

Por segunda vez desde nuestra salida de Méjico acababa el sol su diaria aparición: los caballos iban ya muy fatigados: por esto al oscurecer del segundo día vi con satisfacción el color encarnado de la hacienda de Arroyo Zarco.

El vasto edificio de Arroyo Zarco es la mitad de piedra labrada y la otra mitad de ladrillos, y está situado casi a la entrada de las fértiles llanuras de Bajío, pero el sitio que ocupa está muy lejos de ofrecer el aspecto risueño que distingue al valle de aquel nombre. El de Arroyo Zarco (azul) de la hacienda proviene de un riachuelo de aguas azuladas que nace bastante cerca.

Un amplio patio cuadrado con pórticos de piedra, parecidos a los de un convento viene a ser como el vestíbulo; los cuartos de los viajeros se hallan debajo de las galerías. Más adentro hay otros dos o tres patios con cuadras bastante espaciosas para alojar cómodamente un regimiento de caballería.

Ni para pocos ni para muchos había otro alojamiento por allí en el espacio de algunas leguas, por lo tanto era muy probable que hallase en él a los viajeros.

Supe que aquella tarde se habían apeado en la hacienda unos cuarenta jinetes y a falta de otras noticias hube de contentarme con una cortés invitación para visitar las cuadras. Gran número de caballos comían maíz con ardor que indicaba las largas jornadas que habían hecho.

Lancé una exclamación de alegría al distinguir, el uno al lado del otro, un blanco y un bayo. Era un principio de éxito, más faltaba lo principal: había que preguntar a unos sesenta viajeros, pues este era próximamente el número de caballos que había en las cuadras: la empresa era impracticable y seguramente ridícula.

Cuando me volvía al patio de entrada para dirigirme a mi cuarto entró con gran estrépito un coche tirado por ocho mulas cargado de colchones y escoltado por tres jinetes armados de sable y escopetas. Uno de ellos echó pie a tierra y fue a abrir respetuosamente la portezuela. Primero bajó del coche un hombre de edad madura, le siguió otro más mozo, y después saltó una joven que llevaba el traje adoptado por algunas rancheras ricas; traje que sirve para viajar lo mismo a caballo que en coche. Tenía en la mano un sombrero de hombre con alas muy anchas, su capa, ricamente adornada de terciopelo y de galones de plata, no ocultaba del todo ni un talle esbelto ni unos brazos desnudos y dorados por el sol. Su cabeza descubierta mostraba una magnífica diadema de cabellos negros y sus ojos, no menos negros y menos brillantes, paseaban en torno suyo esa mirada atrevida, peculiar de las mejicanas.

Parecía buscar si alguien entre los curiosos, y a juzgar por su expresión, no debía hallarle.

La noche cerraba a toda prisa. La bella mejicana se había ido ya a su habitación cuando entró en el patio un nuevo viajero, mozo de veinticinco o veintiséis años, alto y bien formado. Aunque pobremente vestido, llevaba con gracia su ajado traje y un bigotillo retorcido. Su rostro, triste y altivo, se distinguía por una expresión singular de dulzura. Me llamó la atención una bandurria, pendiente a su espalda de un cordón; una espada enmohecida que pendía de la silla de su caballo.

Detrás del flaco caballo que montaba iba otro también ensillado, y el aspecto famélico del jinete y de ambos animales revelaba a las claras las privaciones soportadas en común, una serie de jornadas sin alimento y de noches sin sueño.

El joven llamó al huésped, pero no a voces, como los demás viajeros, se inclinó sobre la silla y le habló al oído en voz baja. El huésped le respondió moviendo la cabeza negativamente. Nublóse la frente del desconocido, dirigió una mirada triste al coche que había llegado antes, y salió otra vez por la puerta de la hacienda. El tipo me interesó, más ya era tiempo de olvidar los asuntos de los demás y pensar en los míos. Como no era cosa de ir preguntando a más de sesenta viajeros, le di orden a Cecilio de ensillar los caballos a media noche y de ponerse de centinela en el patio, junto a la puerta de salida; así sería imposible que ningún viajero saliese sin que él lo viera.

Enseguida me dirigí a la cocina, que sirve a la vez de comedor en las posadas mejicanas. En torno de varias mesas había allí comerciantes, militares, arrieros y criados. Tomado un puesto, oí con bastante indiferencia las conversaciones de los compañeros de mesa. las cuales, como de costumbre entre viajeros, se referían a historias de ladrones, de tempestades y de torrentes desbordados.

No oyendo nada que se relacionase con lo que tanto me interesaba, pregunté a la hostelera en voz alta por los viajeros a quienes pertenecían los dos caballos en cuestión. Me respondió que uno de los jinetes era don Tomás Verduzco que había llegado una hora antes, y que, teniendo mucha prisa para volverse a marchar, únicamente se detuviera a cambiar los caballos, dejando los suyos para llevárselos en otro viaje. Y añadió:

-Aunque me parece extraño que V. tenga nada que ver con él, sé que debe detenerse dos días en Celaya, y le hallará V. en el mesón de Guadalupe, donde suele parar.

En vano traté de obtener más informes. Aquella mujer me dió la callada por respuesta, y salí de la cocina malhumorado, pensando que tenía que andar todavía cuarenta y ocho leguas, si me obstinaba en alcanzar al misterioso viajero. Dí contraorden a Cecilio y, no teniendo sueño, fui a sentarme fuera dela puerta junto al camino principal.

Brillaba la luna y en el horizonte las colinas empezaban á cubrirse con su manto de nieblas, mientras que en la llanura las emanaciones de la tierra, condensadas por el fresco de la noche, remedaban un lago apacible. Del seno de estos vapores, y a modo de plantas acuáticas, salían los aloes que crecen en aquel suelo pedregoso.

En medio del silencio imponente, en un país inhospitalario, en el cual tantos peligros cercaban al viajero en aquella época, singularmente siendo extranjero, mi empresa me pareció por primera vez lo que era en realidad: una peligrosa locura. Por vez primera también, desde mi salida de Méjico, empezó a faltarme el valor; tomé la resolución de volverme atrás. Ya iba a dirigirme a mi aposento cuando sentí los sonidos de una guitarra; pensé que sería algún palafrenero que así se distraía en el interior de la cuadra, o acaso algún arriero algo más lejos, pues los sonidos llegaban como cortados por la distancia, y seguidamente se mezcló a ellos una voz bastante sonora.

 

Por supuesto la novela continúa, pero hasta aquí llega la descripción del Mesón de Arroyozarco y de su ambiente a mediados del siglo XX. Si quieres leer la historia completa, puedes encontrarla aquí.

domingo, 22 de marzo de 2020

El servicio personal de los indios de Aculco en el siglo XVII

Desde los primeros años después de la Conquista, el llamado "servicio personal" de los indios fue sumamente importante para la construcción de grandes obras de ingeniería y arquitectura en la Nueva España. En el fondo no se trataba de una situación nueva -ya que bajo el dominio azteca las provincias tributarias contribuían obligatoriamente con el trabajo de algunos de sus pobladores a los obras del imperio- sino más bien una adaptación colonial de esa antigua costumbre.

El concepto mismo de ese servicio varió mucho a lo largo de las primeras décadas del dominio español, especialmente entre 1521 y 1550. Al principio, por ejemplo, se le consideró parte del tributo que las poblaciones indígenas debían entregar a su encomendero español o a los representantes del rey (según el propio estatus del asentamiento), y por lo tanto quienes trabajaban para cumplirlo no recibían un pago por sus servicios. Es decir, se trataba de un impuesto en especie, y esta especie era el trabajo físico. Con todo, ya desde mediados del siglo XVI el servicio personal se convirtió en una labor pagada en obras consideradas de beneficio público, aunque siguió siendo obligatoria, para las que cada comunidad indígena debía proporcionar cierto número de trabajadores cada año.

Así, por ejemplo, nuestro Aculco estaba obligado hacia la segunda década del siglo XVII a destinar trabajadores para las minas de Tlalpujahua, en Michoacán, y especialmente para la obra del desagüe de la Ciudad de México en Huehuetoca. Esta última era un obra de ingeniería de enormes proporciones y casi invisible (por no ser más que un túnel y un tajo) que evacuaría las aguas de la laguna para poner a salvo de inundaciones a la capital del virreinato. La construcción del desagüe cobró la vida de miles de personas, tardó siglos en realizarse y sólo en el Porfiriato se concluyó cabalmente.

Justo en esos tiempos, en 1618, el cabildo de Aculco solicitó al virrey que se les disculpara por un año el envío de trabajadores a las obras del desagüe de Huehuetoca, justificando su petición en que debido a ese servicio personal no habían podido ocuparse del "remedio y reparo" de su iglesia, que se estaba "cayendo juntamente con el convento donde habitan los religiosos del dicho pueblo". El virrey, don Diego Fernández de Córdoba, marqués de Guadalcázar, concedió efectivamente en diciembre de ese año que seis de los indios que enviaba Aculco fueran reservados del servicio personal para ocuparse del arreglo de su templo.

Más allá de las razones que adujeron los aculquenses, evitar el servicio personal era en gran medida un asunto de supervivencia: el viaje al sitio en que los trabajadores eran requeridos, las duras condiciones de vida, los frecuentes accidentes causaban una alta mortandad. En la obra del desagüe, por ejemplo, nos cuenta el cronista chalca Chimalpahin en febrero de 1608 que "“allá murieron muchos macehuales, y otros enfermaron, de los pobladores que fueron a prestar servicio durante los dos meses de enero y febrero y otros más".

 

FUENTE:

Silvio Zavala, El servicio personal de los indios en la Nueva España 1600-1635, México, El Colegio de México, 1990, p. 1050.

Domingo Francisco de San Antón Muñón Chimalpahin Cuauhtlehuanitzin, Diario, México, Conaculta, 2001, p. 133.

jueves, 12 de marzo de 2020

Algo más sobre la casa de la hacienda de La Loma

Hace pocos meses hallé en el sitio issuu, kiosco virtual de publicaciones digitales, una revista elaborada por alumnos de la escuela preparatoria Venustiano Carranza de Aculco en noviembre de 2017. Por su contenido, supongo que se trata de un mero ejercicio escolar para el desarrollo de competencias de diseño, generación de contenidos y difusión, en el que es más importante la forma que el fondo. Con todo, la revista incluye un texto de cierto interés para la microhistoria de Aculco, pues proporciona varios datos desconocidos de la Casa de la Hacienda de la Loma, de la que ya he escrito antes en este blog. Aunque hay muchos errores históricos en el texto e incluso se inventa una entrevista conmigo que nunca sucedió, lo considero un buen ejemplo de historia oral que no quiero dejar que se pierda. Así que lo copio aquí junto con las fotos que trae el propio artículo. Desafortunadamente no está firmado (aunque el usuario que subió el archivo completo es dannareal57) y eso me impide darle el crédito adecuado. Aquí el texto:

   

LA CASA DE LA HACIENDA DE LA LOMA: PATRIMONIO CULTURAL

El municipio de Aculco, considerado Patrimonio Cultural de la Humanidad y Pueblo Mágico, cuento con diferentes construcciones que por su gran arquitectura y conservación se han catalogado patrimonio cultural de Aculco; un ejemplo de esto es "La casa de la hacienda de la Loma".

Esta antigua construcción (ubicada en la calle de Iturbide No. 3) data desde el siglo XIX cuyos primeros propietarios eran los dueños de la hacienda de la Loma, de ahí el origen de su nombre.

"Esta casa ha sido de gran relevancia debido a que ha pasado por diferentes sucesos y tenido diferentes usos, como el alojamiento de revolucionarios, reclutamiento de soldados y debido a su túnel, como medio rápido y seguro para conectarse con otras familias en un punto secreto (alguos creen que se trata de la parroquia de "San Jerónimo"). Durante el periodo de la Revolución mexicana, cuando Hidalgo pasó por Aculco y pernoctó aquí, esta casa fue empleada para dar posada a algunos revolucionarios y reclutar a los hombres y niños para ser soldados, dándole a ésta una mayor importancia". (Javier Lara Bayón, cronista municipal, 24 de octubre de 2017.)

Para el año de 1935, el señor Teófilo Tovar Sánchez, charro y arrendador de caballos, llega al municipio. En el año de 1938 adquiere esta propiedad, convirtiéndolo en el segundo dueño, quien la convertiría en una casa importante para personajes de la farándula.

"Durante el periodo de mi abuelo como propietario de esta casa, asistían personas de la farándula; como Pedro Infante y José Cipriano Ortega quienes llegaban para que mi abuelo arrendara y cuidara a sus caballos; siempre iban acompañados por más personas de la farándula." (Fermín Terreros, 62 años, jubilado. Miércoles 25 de octubre de 2017.)

Durante su estadía en la casa, el señor Teófilo no remodeló nada, pues las tres caballerizas con las que contaba, la pájara, los graneros, los corrales y las tres habitaciones le eran de gran utilidad; pues tenía animales y vivía él solo. Además contaba con la sala, cocina/comedor, dos escaleras a los costados y una escalera que daba a la sala, un baño, un pozo y cuernos empotrados que le servían para amarrar a los caballos.

La fachada de la casa presentaba una gran entrada de cantera con las bases labradas, protegida por un tejadillo; característico de las viviendas tradicionales de Aculco. El acceso principal no daba a la entrada principal, ni a la sala, sino al patio (el cual contaba con un árbol protegido por un rodete de cemento) a un nivel más bajo que el piso del corredor. A mano izquierda de la entrada principal, se encontraban las caballerizas; después derecho se encontraban las escaleras (debajo de éstas se encopntraba el pozo que posteriormente fue cerrado) que daban al pasillo de las habitaciones; por el lado contrario, a la derecha de la entrada principal, se encontraban unos pequeños escalones que daban a las puertas de la sala, y posteriormente a la cocina/comedor; a mano izquierda (de ambas escaleras) se situaban unas escaleras más, las cuales daba a una azotea desde donde se puede apreciar una hermosa vista de la cabecera municipal, además de la cruz con la que éste cuenta; la cual está sobre una linda fachada de tabique hecha a base de "pecho de paloma" (llamada así porque simula el vuelo de una paloma).

"A pesar de que nunca decidió remodelar -debido a su aspecto típico- durante el periodo del presidente J. Jesús Andrade Gómez (1967-1969) se la vende a éste, haciendo el contrato a nombre de Rodolfo Tovar Orozco" (Fermín Terreros, 62 años, jubilado. MIércoles 25 de octubre de 2017.)

El señor Jesús Andrade se convertirá en el tercer y último dueño de la propiedad, quien decide hacer als primeras remodelaciones dentro de la casa, tratando de conservar el aspecto típico de las antiguas construcciones.

"En esos tiempos no se requería un permiso para las remodelaciones; ya que Aculco de Espinoza aún no era considerado Pueblo Mágico, ni Patrimonio Cultural de la Humanidad; así que mi papá decide hacer la primera remodelación; la cual consistió en abrir ventanas, cambiar el piso de la sala -el cual era de ladrillo-, hizo baños, cambió la cocina original, cambió el corral de los caballos y cun cuarto utilizado para el almacenamiento de comida de éstos, además quitó la letrina que había en las caballerizas." (Rebeca Andrade Lugo, hija del señor Jesús Andrade. 40 años, maestra. Viernes 20 de octubre de 2017.)

La remodelación de 1974 abarcó parte de la fachada y el tejado que la cubría, de tal modo que casi desaparece.

Dos años después de que el señor J. Jesús Andrade Gómez falleciera, debido al deterioro se hizo la tercera remodelación el 11 de junio de 1991; la cual consistió en derrumbar dos de las recámaras. Estas fueron reconstruidas en el mismo año, anexando tres habitaciones y una terraza en la parte superior. Además se tiraron las caballerizas, los corrales y la pájara; con la finalidadd e vender esa parte del terreno al señor Jesús Chávez.

En 2013, debido al deterioro de la madera del techo, se desea hacer una nueva remodelación, pero esta ocasión solicitando permiso con el INAH (Instituto Nacional de Antroplogía e Historia) con un expediente dentro de protección civil avalando el riesgo que corría la propiedad y las personas dentro de ésta; al obtenerlo, se derrumba por tercera vez, haciendo una remodelación inmediata cambiando así el techo de los pasillos y algunos pisos con material modernos y mucho más resistentes.

Actualmente la familia Andrade Lugo sigue conservando la estructura tradicional de la casa; además de los etchos originales de la sala y cocina, también está el pozo y una troje ubicada en la parte trasera de la casa, junto con los cuernos empotrados.

1) Puertas que muestran la entrada a la sala.

2) Pozo actualmente.

3) Vista desde la azotea

 

ENTREVISTAS

Javier Lara Bayón, cronista municipal, 24 de octubre de 2017.

Fermín Terreros, 62 años, jubilado. Miércoles 25 de octubre de 2017.

Rebeca Andrade Lugo, hija del señor Jesús Andrade. 40 años, maestra. Viernes 20 de octubre de 2017.

Arnulfo del Río. Miércoles 25 de octubre de 2017.

Margarita Andrade Lugo, viuda del dueño, ama de casa, 74 años. Viernes 20 de octubre de 2017.

 

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