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miércoles, 7 de febrero de 2024

Un exiliado guatemalteco en Arroyozarco (1833)

Don Manuel Montúfar y Coronado nació en la Antigua Guatemala en 1791. Hijo de un próspero comerciante, desempeñó algunos cargos menores como funcionario del gobierno español antes de la independencia. Tras ésta, fue secretario de Gobierno y primer ministro de la Guerra en 1823. En 1825 fue diputado por Escuintla y presidente de la asamblea constituyente que decretó la primera Constitución de Guatemala, que se dice fue redactada por el propio Montúfar. Fue también periodista y redactor del periódico conservador El Indicador y participó en la redacción de El Editor Constitucional. Se destacó como historiador, su obra más importante se titula Memorias para la historia de la revolución de Centro América, más conocida como Memorias de Jalapa, pues se publicó en Jalapa, Veracruz. Sin embargo, al final de la Primera Guerra Federal Centroamericana (1826-1829) fue encarcelado en El Salvador y tuvo que exiliarse en México con su hermano Juan. No volvería más a Guatemala pues murió aquí en 1844.

En México, los hermanos Montúfar se emplearon como administradores de la hacienda de Pozo del Carmen y sus anexas en San Luis Potosí. De su primera travesía entre la capital del país y aquellas fincas, don Manuel dejó un curioso diario de viaje en el que describe ciudades, costumbres ypersonajes que compara frecuentemente con los de su país natal (1). Como paso obligado desde la Ciudad de México hacia el norte, naturalmente Montúfar y sus acompañantes pasaron en aquella travesía por Arroyozarco. Su crónica del lugar y sus inmediaciones es muy interesante, no tanto por la descripción de la hacienda y su mesón que es sucinta, sino por los incidentes que sufrió por la reparación del carruaje en que viajaba, los precios, los alimentos y algunas personas que habitaban la hacienda. Ciertos pasajes merecerán un comentario mío entre corchetes, pero en su mayor parte dejo al lector libre para que lea este viejo texto:

 

Día 1o. de julio de 833. De Tula a la hacienda de Arroyo Zarco, 11 leguas.

Salimos a las 6 1/2 de la mañana por más que nos levantamos a las 4. Primero que dan vueltas los cocheros, que guarnecen, que atan la carga, y que Ramona da té y chocolates, recoge trastos, etcétera, se pasa una gran parte de la mañana. Aun amanecí con dolor de cabeza. Almorzamos en la hacienda de San Antonio [Tula]; yo tomé caldo de frijoles, me dormí dentro del coche y comencé a aliviarme.

El camino es fatal desde Tula hasta el puerto de Calpulalpam, (puerto llaman aquí a la abra que forman las pequeñas cordilleras de cerros que dan paso de un valle a otro, por lo regular, estos puertos son pedregosos) es decir, de 9 a 10 leguas: piedras, fango, barranquitos que hacen las corrientes, troncones de árboles, todo era difícil, y en los más de los pasos era preciso sacar el coche a cabeza de silla, es decir, pegando Cobarrubias y Madrid dos reatas a la punta del eje de las ruedas chicas, y halando con la cabeza o manzana de sus sillas: en todos estos pasos José echaba pie a tierra a echar su mano directiva y acompañada de sus interjecciones fuertes de costumbre (ajos y cebollas) y volvía al coche a cabecear. Ramona cabeceaba hasta dar en nuestras rodillas con sus escasas narices.

El coche, demasiado cargado con el equipaje, (en que vienen mis penates, como yo llamo a mis papeles de la patria, mis pocos libros, etcétera) no pudo sufrir la aspereza del camino: en Capulalpam se rompió el eje trasero, y cayó sin hacernos mal alguno. Venía un contra eje de reserva, pero mal preparado, y después de mil trabajos para componerlo, se rompió también a pocos pasos. Como distábamos cosa de 3 leguas de Arroyo Zarco, los auxilios se dificultaban y la noche estaba próxima. Resolvimos adelantarnos a caballo, José, Ramona y yo, trayendo las mulas de carga, el tiro de remuda y otros caballos, que fuimos arreando hasta la hacienda, a donde llegamos a las 8 de la noche: por fortuna no llovía y hacía una hermosa luna; yo llegué libre de dolor de cabeza, con buen apetito y buen humor: José lo tenía también y tomamos con buenas ganas un mal chocolate y un mal guisado de pollos que había en la cocina del mesón.

La hacienda, aunque situada sobre un terreno desigual y pedregoso, tiene hermosa casa. dentro de ella excelente mesón: tienda bien surtida, y oficinas de herreria y carrocería. El amo es un hombre roñoso y muy amigo del dinero; su fisonomía lo previene a favor por una cicatriz en la cara, y no es hombre que ofrece nada ni de cumplimiento.

Los mozos, viendo la dificultad de arrastrar el coche (que se quebró precisamente al comenzar el buen camino) se trajeron en las mulas todo el equipaje, y Fermín se quedó cuidando con los cocheros.

Día 2 de Julio.

Parada en Arroyo Zarco.

Fue el carrocero a traer el coche, que vino tarde, de consiguiente se perdió mucha parte del día para las composturas.

Aprovechamos la parada en secar lo mojado: mis penates, mis libros, todo estaba perdido y ya con moho y mal olor. Las copias de la pintura y de la pastorcita de la Tina Arrivillaga, tenían un agujero. Ramona lloraba por unas naguas de gasa y otra de indiana que encontró podridas. José dió disposiciones para el nuevo eje: se fue a la herrería a hacer un eslabón, cuidó las bestias; vió los caballos del huésped, que son buenos, trabó conversación con él, a pesar de su mal gesto, y las tuvo más largas con un pobre muy vivo y de muy buena memoria, que fue a España de criado de un diputado a las cortes extraordinarias [las Cortes de Cádiz], y que daba noticias muy exactas y detalladas del señor Larrazábal [Antonio de Larrazábal y Arrivillaga, diputado en aquellas Cortes] y de su prisión en la cárcel de la Corona. Sus noticias no se limitaron a España y a los diputados: nos hizo conocer al huésped [es decir, al mesonero]; nos dijo que su picador era su primer ministro y favorito, y la mano con que buscaba el dinero de los pasajeros. Por la noche vimos por experiencia que nuestro lépero no nos había dicho más que la verdad.

Yo comencé hoy este diario. Por la noche se acabó el eje. El palo bruto costó 8 pesos (para el amo) y en México habría sido caro por 2; el carrocero, 10; y herrero por remendar una grafio, 3 pesos. La parada de hoy con este remiendo vale 40 pesos, y el lépero nos había dicho muy bien del primer ministro, que separadamente exigió su gratificación. José estaba para prorrumpir en interjecciones, y yo lo contuve, porque al fin el dinero se había de pagar y si el favorito quedaba descontento, podía atrasarnos el viaje.

Día 3 de julio.

De Arroyo Zarco a San Juan del Río, doce leguas.

Salimos a las 5 3/4 de la mañana, y llegamos a las 2 de la tarde a San Juan del Río, Buen pueblo, muy surtido de todo. buenos mesones.

 

NOTAS

1. Manuel Montúfar y José Arzú (compilador). Papeles del ochocientos. Correspondencia y diario de don Manuel de Montúfar, exiliado por la revolución de 1829. Publicaciones de El Imparcial, Guatemala, 1933, p. 28-30.

viernes, 10 de julio de 2020

Arroyozarco y el frío

Al revisar viejos papeles, libros y periódicos, una de las peculiaridades climáticas de Arroyozarco en el siglo XIX es el frío. Una de las referencias más antiguas es la del jesuita José de Echeverría, procurador de las misiones de California en tiempos en que la hacienda de Arroyozarco contribuía a su manutención, que en su viaje a aquella península entre octubre de 1729 y febrero de 1730 mencionó en una curiosa comparación que eran allá "mayores los fríos que en Huapango por enero" (1). No es difícil tampoco encontrar noticias de nevadas e incluso Porfirio Díaz, en un telegrama escrito en Arroyozarco, se refiere a la "mucha lluvia y nieve" que ha tenido que soportar al llegar a ese sitio en diciembre de 1876 (2). La casa vieja de la hacienda y el Hotel de Diligencias de Arroyozarco están entre las pocas construcciones antiguas del municipio de Aculco que contaban con chimeneas, lo que parece corroborar esta apreciación.

El relato que les traigo hoy es precisamente el de un viajero que habla del frío de este lugar. Quizá es poca cosa, pero un detalle menor sirve también para escribir historias más grandes.

 

El camino de San Juan a Arroyozarco presenta llanos áridos que se pierden en el horizonte, y que lateralmente están encerrados entre montañas elevadas que forman de ellos un valle inmenso. Las montañas están entrecortadas por llanos de tierras cultivadas. [...] Arroyozarco no es mas que una hacienda con un mesón público, todavía sepultado en gran parte en las ruinas de la revolución. Allí fue donde por la primera vez tuve frío verdadero en México: cuando partí al paso por la montaña de Capulalpan, no pude sostenerme en el caballo. Con justicia el barón de Humboldt ha apreciado la altura de este lugar en 1295 toesas sobre el nivel del mar, y en 1379 la de la montaña.

Las personas que son bastante dichosas para caminar en coche, felicidad que en México no les envidio, toman desde Arroyozarco el camino de Tula; pero yo, pobre peregrino, a caballo y según habéis visto en Querétaro, muy á pique de perder aun este recurso y ser de a pié, tomé el de las mulas, que podrá también llamarse de los lobos, a través de un país que no sabré indicaros lo bastante y que nadie desearía recorrer. Escogí tal derrotero para llegar cuanto antes a Huehuetoca. (3)

 

El autor de estos párrafos es Giacomo Constantino Beltrami, originario de Bérgamo, Lombardía, que pasó por México en 1824. Seguramente en su tierra natal, tan cercana a los Alpes, había conocido fríos extremos, por lo que resulta más notable su comentario sobre el "frío verdadero" que experimentó en Arroyozarco. La obra que narra sus viajes, titulada originalmente Le Mexique, fue publicada en francés en París en 1830 y se tradujo al español hasta 1853. Curiosamente, este libro se incluyó rápidamente en el Índice de libros prohibidos por la Iglesia, posiblemente por sus críticas al párroco de Tampico Alto. Aunque ​Beltrami solicitó al papa Pío IX retirar la prohibición, no lo logró y quizá por ello fue tan poco conocido.

 

FUENTES:

(1) Venegas, Miguel, S.J., Noticia de la California y de su conquista, Madrid, Imprenta de la viuda de Manuel Fernández, 1757, p. 423

(2) Carreño, Alberto María (prólogo y notas), Archivo del general Porfirio Díaz, México, Elede, 1952, p. 126.

(3) Beltrami, G. C., México, tomo II, Querétaro, Imprenta de Francisco Frías, 1853, pp. 347-351.

viernes, 27 de marzo de 2020

Un abogado inglés en Arroyozarco

Alexander Clark Forbes fue un abogado británico nacido en 1824, hijo único del famoso médico escocés sir John Forbes, médico de la reina Victoria de Inglaterra. Fue educado en el prestigiado Caius College de la Universidad de Cambridge. Entre 1849 y 1850 viajó por México y recogió sus impresiones en el libro A trip to Mexico; or Recollections of a ten-months ramble in 1849-50 (Londres, 1851), publicado con el seudónimo de "A. Barrister", que aludía a su nombre, Alexander, y a su profesión, barrister, que es un tipo particular de abogado en el derecho anglosajón. A su regreso a Inglaterra se estableció en el pueblo de Whitchurch-on-Thames y murió en 1901.

En su libro, Forbes narra así su paso por el mesón de Arroyozarco:

 

La diligencia estaba muy llena y casi todos los pasajeros, salvo nosotros, iban a la feria de San Juan de los Lagos, a la que iré luego. Dejamos el Valle de México por su extremo noroeste, viendo pocas cosas notables a lo largo de la mañana. Cerca de las once, tuvimos a la vista un precioso pueblito llamado Tula, donde nos detuvimos a desayunar. Al descender de la diligencia, creo que debimos habernos visto como ladrones, especialmente nuestro amigo ruso que portaba bajo cada brazo una pistola que parecía una pequeña carabina. Gracias a la previsión de un caballero inglés de México, nos hallamos bien provistos de vinos y licores muy aceptables. Las comodidades de ese tipo son excesivamente malas en las paradas de las diligencias. El camino que recorrimos ese día fue un poco mejor que lo habitual, más debido, creo, al estado natural de la superficie de la tierra que cualquier otra cosa, pues nuestra siguiente jornada nos presentó el peor espécimen que había visto.

Como a las seis de la tarde llegamos a Arroyozarco, donde nos detuvimos a pasar la noche. Entre este lugar y Tula pasamos a través de algunos tramos de campo muy hermosos, bellas praderas rodeadas de colinas boscosas que me recordaron mucho nuestros propios South Downs (*). Sólo hay una casa en Arroyozarco: fue construida por el empresario de las diligencias, su propietario y dueño de la extensa hacienda unida a ella. Es un buen y gran edificio de ladrillo, planeado con buen gusto y no muy distinto a una estación de tren inglesa. Todas las comodidades de los pasajeros son bien atendidas, y creo que es el mejor lugar de descanso en la línea de diligencia entre Veracruz y Guadalajara. Fue ésta la única casa en toda la República en la que vi una chimenea y encontramos bastante agradable el fuego en una tarde fría y húmeda, como la que pasamos.

Dejamos Arroyozarco a las cuatro de la mañana y, después de un recorrido polvoriento y caluroso por el camino más destrozado, alcanzamos Querétaro a las cuatro de la tarde, deteniéndonos a desayunar en San Juan del Río, un pueblito en el fondo de un valle profundo con una de las peores reputaciones de México.

* Los South Downs son una región de suaves colinas cercana a la costa sur de Inglaterra, que conforman un Parque Nacional.

 

Son tantos los testimonios del siglo XIX sobre el mesón de Arroyozarco que dedicarles una entrada en este blog puede parecer a veces una inútil repetición. Pero la verdad es que cada uno de ellos tiene algún detalle, una observación o descripción que lo vuelve único. En el relato de Forbes, por ejemplo, resulta curioso que compare las llanuras y montes entre Arroyozarco y Calpulalpan con el sur inglés, o que subraye que la única chimenea que llegó a ver en México estaba en Arroyozarco. Son pequeñas pinceladas que en conjunto con otras nos ayudan a imaginar un poco mejor el pasado de ese sitio.

martes, 24 de marzo de 2020

Arroyozarco: Escenas de la vida mexicana

La obra Escenas de la vida mexicana, de Louis Gabriel Ferry de Bellemare, vio la luz originalmente en forma de entregas en la revista francesa Revue de Deux Mondes en 1847. Recopilada después en forma de libro, tuvo una traducción al español editada en Barcelona en 1905. Se trata de una novela de aventuras ambientada en México (donde el autor pasó diez años de su vida), que describe escenarios realistas con toques costumbristas como fondo a su trama dramática. La hacienda de Arroyozarco es uno de estos escenarios y, aunque naturalmente no todo lo que describe es real, sin duda es verosímil, incluyendo personajes y situaciones. Vayamos a los textos de Ferry, en los que describe su llegada al mesón en pos de un misterioso viajero:

 

Por segunda vez desde nuestra salida de Méjico acababa el sol su diaria aparición: los caballos iban ya muy fatigados: por esto al oscurecer del segundo día vi con satisfacción el color encarnado de la hacienda de Arroyo Zarco.

El vasto edificio de Arroyo Zarco es la mitad de piedra labrada y la otra mitad de ladrillos, y está situado casi a la entrada de las fértiles llanuras de Bajío, pero el sitio que ocupa está muy lejos de ofrecer el aspecto risueño que distingue al valle de aquel nombre. El de Arroyo Zarco (azul) de la hacienda proviene de un riachuelo de aguas azuladas que nace bastante cerca.

Un amplio patio cuadrado con pórticos de piedra, parecidos a los de un convento viene a ser como el vestíbulo; los cuartos de los viajeros se hallan debajo de las galerías. Más adentro hay otros dos o tres patios con cuadras bastante espaciosas para alojar cómodamente un regimiento de caballería.

Ni para pocos ni para muchos había otro alojamiento por allí en el espacio de algunas leguas, por lo tanto era muy probable que hallase en él a los viajeros.

Supe que aquella tarde se habían apeado en la hacienda unos cuarenta jinetes y a falta de otras noticias hube de contentarme con una cortés invitación para visitar las cuadras. Gran número de caballos comían maíz con ardor que indicaba las largas jornadas que habían hecho.

Lancé una exclamación de alegría al distinguir, el uno al lado del otro, un blanco y un bayo. Era un principio de éxito, más faltaba lo principal: había que preguntar a unos sesenta viajeros, pues este era próximamente el número de caballos que había en las cuadras: la empresa era impracticable y seguramente ridícula.

Cuando me volvía al patio de entrada para dirigirme a mi cuarto entró con gran estrépito un coche tirado por ocho mulas cargado de colchones y escoltado por tres jinetes armados de sable y escopetas. Uno de ellos echó pie a tierra y fue a abrir respetuosamente la portezuela. Primero bajó del coche un hombre de edad madura, le siguió otro más mozo, y después saltó una joven que llevaba el traje adoptado por algunas rancheras ricas; traje que sirve para viajar lo mismo a caballo que en coche. Tenía en la mano un sombrero de hombre con alas muy anchas, su capa, ricamente adornada de terciopelo y de galones de plata, no ocultaba del todo ni un talle esbelto ni unos brazos desnudos y dorados por el sol. Su cabeza descubierta mostraba una magnífica diadema de cabellos negros y sus ojos, no menos negros y menos brillantes, paseaban en torno suyo esa mirada atrevida, peculiar de las mejicanas.

Parecía buscar si alguien entre los curiosos, y a juzgar por su expresión, no debía hallarle.

La noche cerraba a toda prisa. La bella mejicana se había ido ya a su habitación cuando entró en el patio un nuevo viajero, mozo de veinticinco o veintiséis años, alto y bien formado. Aunque pobremente vestido, llevaba con gracia su ajado traje y un bigotillo retorcido. Su rostro, triste y altivo, se distinguía por una expresión singular de dulzura. Me llamó la atención una bandurria, pendiente a su espalda de un cordón; una espada enmohecida que pendía de la silla de su caballo.

Detrás del flaco caballo que montaba iba otro también ensillado, y el aspecto famélico del jinete y de ambos animales revelaba a las claras las privaciones soportadas en común, una serie de jornadas sin alimento y de noches sin sueño.

El joven llamó al huésped, pero no a voces, como los demás viajeros, se inclinó sobre la silla y le habló al oído en voz baja. El huésped le respondió moviendo la cabeza negativamente. Nublóse la frente del desconocido, dirigió una mirada triste al coche que había llegado antes, y salió otra vez por la puerta de la hacienda. El tipo me interesó, más ya era tiempo de olvidar los asuntos de los demás y pensar en los míos. Como no era cosa de ir preguntando a más de sesenta viajeros, le di orden a Cecilio de ensillar los caballos a media noche y de ponerse de centinela en el patio, junto a la puerta de salida; así sería imposible que ningún viajero saliese sin que él lo viera.

Enseguida me dirigí a la cocina, que sirve a la vez de comedor en las posadas mejicanas. En torno de varias mesas había allí comerciantes, militares, arrieros y criados. Tomado un puesto, oí con bastante indiferencia las conversaciones de los compañeros de mesa. las cuales, como de costumbre entre viajeros, se referían a historias de ladrones, de tempestades y de torrentes desbordados.

No oyendo nada que se relacionase con lo que tanto me interesaba, pregunté a la hostelera en voz alta por los viajeros a quienes pertenecían los dos caballos en cuestión. Me respondió que uno de los jinetes era don Tomás Verduzco que había llegado una hora antes, y que, teniendo mucha prisa para volverse a marchar, únicamente se detuviera a cambiar los caballos, dejando los suyos para llevárselos en otro viaje. Y añadió:

-Aunque me parece extraño que V. tenga nada que ver con él, sé que debe detenerse dos días en Celaya, y le hallará V. en el mesón de Guadalupe, donde suele parar.

En vano traté de obtener más informes. Aquella mujer me dió la callada por respuesta, y salí de la cocina malhumorado, pensando que tenía que andar todavía cuarenta y ocho leguas, si me obstinaba en alcanzar al misterioso viajero. Dí contraorden a Cecilio y, no teniendo sueño, fui a sentarme fuera dela puerta junto al camino principal.

Brillaba la luna y en el horizonte las colinas empezaban á cubrirse con su manto de nieblas, mientras que en la llanura las emanaciones de la tierra, condensadas por el fresco de la noche, remedaban un lago apacible. Del seno de estos vapores, y a modo de plantas acuáticas, salían los aloes que crecen en aquel suelo pedregoso.

En medio del silencio imponente, en un país inhospitalario, en el cual tantos peligros cercaban al viajero en aquella época, singularmente siendo extranjero, mi empresa me pareció por primera vez lo que era en realidad: una peligrosa locura. Por vez primera también, desde mi salida de Méjico, empezó a faltarme el valor; tomé la resolución de volverme atrás. Ya iba a dirigirme a mi aposento cuando sentí los sonidos de una guitarra; pensé que sería algún palafrenero que así se distraía en el interior de la cuadra, o acaso algún arriero algo más lejos, pues los sonidos llegaban como cortados por la distancia, y seguidamente se mezcló a ellos una voz bastante sonora.

 

Por supuesto la novela continúa, pero hasta aquí llega la descripción del Mesón de Arroyozarco y de su ambiente a mediados del siglo XX. Si quieres leer la historia completa, puedes encontrarla aquí.

domingo, 23 de febrero de 2014

Manuelita, una novela de Guillermo Prieto que inicia en Arroyozarco

Guillermo Prieto



Guillermo Prieto fue un escritor tan prolífico y tan amante de los viajes y las descripciones de lugares que no sorprende que en por lo menos cinco ocasiones distintas haya escrito sobre el mesón de Arroyozarco, ya como simple referencia en el Camino Real de Tierra Adentro (somo sucede en el "Romance de Aculco"), ya recreando con sus palabras todo un cuadro costumbrista que lo tiene como escenario (como lo hace en las Memorias de mis tiempos y los Viajes de orden suprema). Pero hasta hace poco tiempo no conocía uno más de esos textos: una novela corta escrita por él y publicada con su seudónimo habitual -Fidel- en el periódico el Siglo Diez y nueve, segunda época, año II, número 338, del 16 de mayo de 1843, llamada Manuelita. En esta novela romántica poco conocida, el protagonista conoce a su amada en el antiguo mesón de la hacienda de Arroyozarco, en un viaje por el Camino Real de Tierra Adentro. Después el escenario va cambiando a diversos lugares del interior del país, hasta su conclusión. Lo interesante para este blog, por supuesto, son apenas las primeras páginas, las que se refieren precisamente a la noche que transcurre en ese punto de la geografía aculquense, mismas que copio para disfrute, o por lo menos entretenimiento, de los lectores de Aculco, lo que fue y lo que es:

Una diligencia mexicana, del libro Mexico, California and Arizona, de William Henry Bishop (New York, Harper & Brothers, 1900)




MANUELITA 
Guillermo Prieto 
Un cuarto

–Dilata el viajero.

–Pues chicos, su carta no puede mentir, aquí debe apearse.

–¡Canario! es tardísimo, yo no lo espero.

–Tiburcio Matraca a nadie espera, sus atenciones...

–Y cómo que sí, si ustedes supieran la importancia de mis quehaceres: Vean ustedes (leyendo): Ver a Laforgue que me venda una mancuerna de botones para que cierre a la moderna mi frac; sengundo: pésame a doña Luz Girasol; tercero: preguntar a Taconini, por la salud de la prima-donna de la ópera.

–¿Quieres callar?

–Está visto, Miguel nos da un tabardillo.

–¿Qué, se propone hacer a caballo la jornada de Arroyozarco a México?

–No, señores, debería haber llegado hace dos días; pero un asunto preciso lo detuvo en Tula un día, y ahora creo infalible su llegada.

–Vendrá tostado por el sol, lleno de polvo.

-Silencio... oigan caballos.

–Pasaron de largo.

Un diálogo poco más o menos como el referido, se entabla hace cosa de un año en mi cuarto, donde esperábamos ansiosos a Miguel Enríquez, de su viaje a tierra adentro.

Era este Miguelito bullicioso y sentimental, de ojos ardientes y rasgados, nariz roma, tez morena un sí es no es, emprendedor y entusiasta, con sus puntas de literato y sus ribetes de hombre de mundo.

Fecunda en aventuras su vida, la relación de sus viajes era fácil, amena, sin exageranción ni petulancia; en fin, era nuestro amigo, y cuanto salía de sus labios tenía para nosotros la doble belleza de pertenecer a él y de ser en sí mismo interesante.

El teatro donde debía representarse la escena de su llegada, era nada menos que mi cuarto, en donde hasta una docena de cócoras en las tardes de invierno matpabamos el fastidio entregándonos a esa charla chismográfico-burlesca, charla alborotadora y enciclopédica que ha dejado recuerdos tan vivos en mi mente, y excitará siempre sentimientos tiernos en mi corazón.

Y ya que bambolea en el extremo de mi pluma, nada menos que la descripción de mi suso-expresado cuarto, ánimo y pintarlo, que están en moda las pinturas, ya que sin alzar los ojos de sobre el papel puedo ver el original a mis anchuras.

Hasta doce sillas, que por lo enteleridas podrían creerse viudas de militares; hasta un par de cuadros, que por lo discordantes se podrían tomar por la representación del Gobierno y el Congreso que cayó; una mesa tan mal parada como la hacienda pública; una librería como la del canónigo del Gil Blas, y multitud de papeles borradores, obleas, puros, tarjetas y billetes, en la anarquía más completa; he aquí el centro de reunión de los doce muchachos, todos parlanchines, todos entusiastas, fumadores de profesión, que tan pronto discutían la crónica escandalosa del país, como analizaban a Byron; tan pronto referían sentimentales sus amores, como generosos proponían y se esforzaban por el remedio de los males de algún desdichado; tan prontos para idear una contradanza, como para improvisar una oda; tan decididos en un ambigú como en un duelo; tan jocosos en un corrillo, como circunspectos en un entierro: de este jaez eran los autores del diálogo con que comencé mi tan cierta como verdadera historia.

–Ahora sí es él.

–Hola mozo, toma ese caballo, quita el equipo de esa mula, ese cajoncito con cuidado...

–Miguel.

–Bribón.

–Venga un abrazo.

–Sube.

–¡Qué gordo vienes!

–Chocolate para Miguel.

–Viva el recién venido.

Pasaron las preguntas y respuestas de estilo, los abrazos y cumplimientos, la revista de sus facciones, y el atropellamiento con que queriéndose preguntar todo y responder a todo, se forma una algarabía linda, que no es posible transcribir con exactitud. Así transcurrieron algunas horas, siempre desviándose y revolviéndose la conversación, siempre comenzando de nuevo la noticia del viaje desde el día de la salida, siempre perdiéndose en alegres episodios sobre la belleza de las muchachas, el pésimo estado de los caminos y rondas, y la razón de los amigos, y cosas que por mucho tiempo había dejado de ver el viajero.

Entre las anécdotas amatorio-pecaminosas de que sembró Miguel su conversación, mi malicia percibió el nombre de unaManueltita, que al mentarla Miguel tomaba cierto aire grave y melancólico, que decía mal con aquella fisonomía revolucionaria y vivaracha, hecha como con privilegio exclusivo para la alegría y el buen humor.

–Podías hacer algo de provecho, MIguel.

–¿Qué cosa?

–Contarnos de pe a pa la historia de esa Manuelita que sale y se escabulle tan a menudo en tu conversación.

–Sí, sí, la historia.

–Después de mil dimes y diretes, bajando su sombrero tendido hasta la frente, cruzando sus piernas y asegurado entre una nube de humo del constante fuego de su habano, dijo: atención noble auditorio, y despepitó en medio del silencio público la susodicha historia.

"Con el corazón seco como una pasa salí de México, cabizbajo como tahúr que juega proyecto, y deseoso de aventuras como el Hidalgo de la Mancha.

"Nada interrumpió en las dos primeras jornadas de mi viaje la monotonía más hostigosa; pero como donde menos se piensa salta la liebre, en Arroyozarco en un abrir y cerrar de ojos, estando en la fonda me presenta el más sazonado y fresco plato de ensalada, una chicuela como hasta de quince años, ligera y pizpireta, de enaguas de castor y camisa de encaje y bordados sobre el abultado seno, fisonomía hermosa y picaresca, un pie y hasta la cuarta parte de una pierna blanca y torneada, y un cabellito que en naturales ondas caía sobre su frente como una cortina a los lados del cuadro de una imagen. Comía despacio para prolongar la doble tentación de comer bien, y al frente de aquella beldad figonista, y ya en mi alborotada cabeza cruzaban mil planes subversivos, cuando caten ustedes que pasó por enfrente de mí un talle esbelto con su andar desembarazado y majestuoso.

"No vi su rostro, y cuando desapareció exclamé sin sentir:

Pasó, no era un ensueño

que atrevida forjó mi fantasía.

"Dos, dos lindas para un hombre soloy amante de lo bello... era volverse loco. Mi maldita propensión a lo ideal y novelesco, me hizo olvidar el terreno afecto de la fonderita... y cuasi loco me decidí a hablar, a enamorar y a armar pendencia por decir un yo te amo a mi desconocida.

"La abertura estrecha que dejaba su cuarto, no me permitió distinguir absolutamente nada, casi me decidía a entrar, pero me lo impidió el enérgico ruido de unas botas que daban por consecuencia unos pies que servían de base a un hombrón, cuya vista, maldito lo que hubiera tenido de agradable.

"No me retiré sin embargo, notando que el exagerado compañero, ni hablaba ni se acercaba a la sombra que en la paredproyectaba la incógnita; tal indiferencia me dio malísima espina, dije para mi sayo: este helado acompañante, es marido sin duda, y como yo no sé qué tienen de antipáticos tales animales, me fui a mi cuarto, enamorado como un tuerto, y cuidado que no es mal decir [sic]. Como es de suponerse, a las cuatro de la mañana estaba en pie, mis caballos ensillados y todo en disposición para partir, a la vez que las diligencia cuyas cadenas crujían por los impacientes caballos que ya estaban uncidos.

"Entre arrieros dormidos, aparejos y bestias, inclusive los cocheros de otros carruajes, se deslizó aquel talle airoso, gallardo, divino, la presidía el sospechoso de marido, con el farolillo del huésped y allí junto al estribo, mientras acomodaban algunos envoltorios en el carruaje, la vi, ¡Jesús me ampare! la vi.

Bella como el lucero refulgente

fin de la noche y precursor del alba.

"Era la realización de las ideas que tendría sobre la belleza Rafael antes de producir sus vírgenes. ¡Cuán bella era! Su frente apacible como la de los ángeles que pintan contemplando a Jesucristo recién nacido, sus ojos rasgados con esa pestaña riza en su extremo, cuya sombra cae en la mejilla como la del sauce sobre el cristal de la corriente, nariz afilada, labios delgados, su sonrisa forzada dejaba ver su dentadura nítida pareja; yo estaba parapetado con un pilar, como en el éxtasis de un santo que ve a Dios desde la tierra.

"Mi respiración agitada, algún movimiento endeliberado, no sé; pero ella me vio, fijó la atención, yo estaba al hincarme después de dar un trancazo al marido... Subió al coche, sonó el látigo. y dando tumbos la diligencia salió... yo la seguí, aunque nada se veía, caminé mucho tiempo tras el carruaje que volaba, e inconstante y dando saltos se alejaba... era imposible seguirla, el sudor de mi caballo había empapado mis pantalones, sentía en la bota la sangre caliente del animal, que tenía rasgados por mis espuelas los ijares... .. la luz vino y la volví a ver; yo era feliz, vi también a su marido.

"Era un inglés como de 35 años, entrecano, el sombrero de palma le cubría los ojos, tenía un color escarlata, sus mejillas y su exagerada nariz paralela a su puro, que despedía torrentes de humo, su mirada era sombría, feroz; noté el mismo silencio, la propia frialdad... esto algo quería decir, ya me soñaba un paladín... Mi caballo desfallecía, la diligencia se precipitaba en las cuestas, y como una exhalación cruzaba los llanos; por fin, sentí flaquear mi caballo... era imposible alcanzar la diligencia; perdida la esperanza, detuve mi carrera, y casi llorando vi la nube de polvo, y oí que salía de ella el ruido del carruaje distante... Me pareció distinguir una cosa negra por un postigo, era su cabeza, su lindísima cabeza; después desapareció, y como con la mayor precaución por el mismo postigo percibí su mano con un pañuelo blanco que se agitaba... Corrí desatinado, resollaba el caballo con fuerza, el pañuelo seguía agitándose;, de repente cae de súbito... Mi pobre caballo estaba muerto. Dejo a la consideración de ustedes las interpretaciones que haría de la mujer hermosa, de su indigesto compañero, y sobre todo, de aquel pañuelo que flotaba delante de mis ojos como la bandera del náufrago en su isla, como la como la materialización de una confianza, tal vez de una queja, tal vez como su último recurso a la libertad, a la vida. Quería distraerme; comenzaba por entonar una canción y seguía un monólogo de declaración amorosa, o fingía un diálogo en que había blasfemias contra el inglés y contra todos los hijos del Támesis. Así llegué a San Juan del Río, en un caballo que compré en una miserable ranchería; no había remedio; la diligencia pasó hasta Querétaro; no obstante, y como la esperanza es también supersticiosa, pregunté si efectivamente la habían visto, porque deseaba de todo corazón verla rota con todo y el custodio."

Hasta aquí la parte que transcribo de este raro texto de Guillermo Prieto, suficiente para dar a los lectores una idea general del carácter de la novela. Para quien esté interesado en leerla completa existen dos ediciones más recientes incluidas en los libros La Novela corta en el primer romanticismo mexicano de Celia Miranda Cárabes, ‎Jorge A. Ruedas de la Serna (UNAM, México, 1998) y, por supuesto, en las Obras completas de Guillermo Prieto compiladas por Boris Rosen (Conaculta, México, 1992).