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viernes, 19 de noviembre de 2021

Dos breves cuentos otomíes

En la década de 1980, la antropóloga Lydia van der Fliert realizó un amplio estudio etnográfico de las comunidades otomíes del sur del estado de Querétaro. Esta obra abarcó aspectos históricos, estadísticos, culturales, sociológicos y religiosos de esa etnia, y al abordarlos dio un lugar muy importante a sus narraciones tradicionales: fábulas, cuentos, leyendas, memorias. Si bien Van der Fliert limitó su estudio a los pueblos de San Ildefonso Tultepec y Santiago Mexquititlán, y no a otros poblados otomíes del mismo municipio de Amealco ni a los del vecino Aculco, sus investigaciones tienen grandísimo interés para nosotros: no debemos olvidar que aquellos pueblos pertenecieron hasta mediados del siglo XVIII a la jurisdicción de Aculco y buena parte de su herencia cultural es compartida con nuestro municipio. Además, las relaciones de vecindad propician hasta nuestros días una comunicación constante, de la que resulta, por ejemplo, que en las historias aculquenses aparezcan con frecuencia los pueblos del sur de Amealco y viceversa.

Precisamente es el caso de estos dos cuentos otomíes que hoy les quiero compartir. Se trata de relatos tradicionales que Lydia van der Fliert recogió de boca de sus informantes en el libro que es fruto de sus investigaciones en Amealco: Otomí en busca de la vida (UAQ, 1988), al que subtituló con su equivalente en lengua hñäñho: ar ñäñho hongar nzaqui. El primero de ellos se origina en Santiago Mexquititlán, mientras que el segundo procede de San Ildefonso Tultepec. Aunque son cortos y sencillos, seguramente les pareceran interesantes.

 

UNO

A principios de siglo [XX], hubo un lugareño que se dedicaba a la deshonrosa profesión de robar a los comerciantes hospedados en una posada de Aculco o que pasaban por San Juan del Río con sus animales y productos. Una noche en que consiguió alojamiento en el mismo lugar de Aculco, poco después de las doce, atravesó el umbral a hurtadillas para robar dos burros. Los dueños de éstos se despertaron, descubriendo que había desaparecido su compañero de habitación e instantáneamente sospecharon el motivo. Abrieron la puerta de la casa y a lo lejos distinguieron la sombra de un hombre con dos burros sin orejas (dogú), ya que éste se las había amarrado. Sabiendo que a sus animales no les faltaba nada, regresaron a sus lechos y durmieron tranquilos hasta que el sol se dibujó en el horizonte. Se levantaron, esta vez para continuar su camino, y ¡cuál no sería su sorpresa cuando descubrieron que sus dos burros habían desaparecido sin dejar rastro! Era imposible proseguir el viaje. Se vieron obligados a vender la mercancía a bajo precio y regresar decepcionados a sus hogares. Pasaron algunos meses. Mientras tanto, nuestro ladrón no se había quedado con los brazos cruzados. Robó seis reses más y hasta logró conseguir "comprobantes" (así le llaman a las facturas o títulos de propiedad). Los dueños, sin embargo, tampoco se quedaron sentados y siguiendo sus huellas localizaron la morada. Nuestro hombre protestó con furia, apoyándose en los "comprobantes" trató de justificarse, pero fué finalmente llevado a la cárcel. Al día siguiente, su señora le quiso visitar, pero en lugar suyo los carceleros le dieron un sombrero, porque él se había desvanecido misteriosamente. Ella jamás volvió a ver a su marido.

 

DOS

Sucedió que una señora de Tultepec, que tenía cinco meses de embarazo, decidió tomar el tren en Aculco para dar a luz en el Distrito Federal. Durante el viaje la venció el sueño y al despertar ya no sentía al niño en el vientre; también su espíritu había desaparecido. regresó a su pueblo y comentó a todos que no había tenido dolores ni entendía cómo era posible haber despertado con el vientre vacío, como si nunca hubiese estado embarazada.

 

El primero de los cuentos claramente se sitúa a principios del siglo XX y Van der Fliert lo ubicó en la sección que dedica al porfiriato. La existencia de posadas para arrieros en Aculco indica justamente que se trata de una historia bastante antigua. Del segundo cuento, por el contrario, no se establece una cronología clara. Sin embargo, sabemos que el ferrocarril de Aculco únicamente funcionó entre los años que van de 1896 a 1928, por lo que debe situarse necesariamente en esa época. Como sea, es hasta cierto punto ocioso buscar correspondencia de las narraciones tradicionales y legendarias con la realidad histórica, cuando su terreno es más bien el de la imaginación

 

FUENTE:

Lydia van der Fliert. Otomí en busca de la vida, Querétaro, Universidad Autónoma de Querétaro, 1988, págs. 57 y 197.

jueves, 3 de septiembre de 2020

"Moralitos": Un raro cuento arroyozarqueño

José Ferrel Félix fue un político y escritor mexicano nacido en 1865. Aunque era originario de Hermosillo, Sonora, su vida estuvo más ligada al estado de Sinaloa, especialmente a la ciudad de Mazatlán donde pubñicó dos de sus tres novelas: Los de la mutua de elogios (1892) y La caída de un ángel (1893). En su juventud fue todo un personaje romántico: "bullicioso y agresivo individualista supremo, burlador de maridos celosos, hábil duelista y escritor", como lo describió el historiador José C. Valadés.

Estudió derecho, pero su actividad se inclinó más por el periodismo. Publicó sus primeros trabajos en el diario mazatleco El Correo de la tarde (en el que entonces publicaba también Amado Nervo). Después viajó a la ciudad de México donde fue director del periódico Patria y fundó otros tres más: El Intransigente, El progreso Latino y El Demócrata. Su trabajo periodístico lo llevó a ser detenido en dos ocasiones, la primera en 1893 con todo el personal de El Demócrata, acusado por Arturo Paz (tío del premio Nobel Octavio Paz) por difamación, cumpliendo una breve condena pues se negó a aceptar el indulto del gobierno. El asunto en realidad se arregló con un duelo a espada entre Paz y Ferrel en el que resultó ganador el primero. La segunda vez no llegó a pisar la cárcel pues fue absuelto por un jurado popular.

A pesar de esas y otras peripeciasen que intervino la justicia porfirista, Ferrel no era un opositor radical al régimen, sino más bien un opositor leal dentro de las estructuras políticas vigentes que tomaba partido por Bernardo Reyes (aspirante a suceder a Porfirio Díaz) en sus disputas con el ministro de Hacienda José Yves Limantour. Debido precisamente a ello, aunque fue electo diputado no terminó su periodo al ser desaforado tras increpar en la Cámara a Limantour. En 1909 contendió en las elecciones a gobernador de Sinaloa y a pesar de haber sido derrotado por Diego Redo de la Vega, su movimiento (muy popular y que logró reunir a importantes personajes opositores como Heriberto Frías) se ha considerado precursor de la Revolución en el estado. Durante la campaña de Francisco I. Madero a la presidencia, la actitud de Ferrel fue ambigua: Madero declaró que Ferrel era antireeleccionista pero no se adhería a su grupo por no compromneterse, pero Ferrel no permitió entre sus partidarios la fundación de clubes antireeleccionistas como proponía Madero.

Por haber colaborado con la dictadura de Victoriano Huerta, la Revolución lo relegó pese a su papel precursor. Confinado al periodismo, siguó escribiendo en diversos periódicos hasta 1920 y falleció en la Ciudad de México en 1954.

José Ferrel publicó el cuento que les traigo hoy en El Demócrata el 16 de abril de 1893. El autor sitúa la acción en Arroyozarco, si bien no hace casi ninguna referencia a las características del lugar, savo brevemente al río, ni a las razones por las que decidió que la hacienda fuera el escenario de su cuento. Quizá fue sólo una ocurrencia, aunque el título del cuento "Moralitos", alude a un apellido que era frecuente en el municipio de Aculco por esos años. Como sea, no deja de ser una curiosidad digna de sumarse a las verdaderas historias o leyendas tradicionales del viejo Arroyozarco.

 

MORALITOS

I

Si por la hermosura la querían coger, no había quien se le pusiera por delante a Victoria, la muchacha más hermosa de Arroyozarco y uno de los mejores partidos para los jóvenes casaderos. Ya ella lo había comprendido y a más de cuatro que la adoraban, nunca se supo si por su dinero o por su belleza, había dejado con un palmo de narices, porque Victoria era el vivo diablo. Y si alguno de los habitantes de Arroyozarco tuvo en duda la existencia de su majestad caída, al ver a Victoria por fuerza tuvo necesidad de creer en el ángel expulsado del cielo como súbdito pernicioso.

Ni la lengua de los empleados destituidos que suele ser de todas las lenguas la más venenosa y ruin, osó nunca decir una palabra que pudiese lastimar la honra de Victoria. Cosa extraña, por cierto, pues que no han faltado ni fañtan en Arroyozarco ni en ninguna otra parte del globo infelices que quieran manchar con su aliento la reputación que envidian.

Pero a Victoria la estimaban, porque todos decían que era muy buena y que en medio de sus locuras y calaveradas revelaba un corazón de oro, siempre dispuesto al bien y jamás sordo a las voces de los desgraciados, y por eso, y no por otra cosa, era por lo que hasta las muchachas envidiosas se hacían de la vista gorda, cada vez que sabían alguna travesurilla de Victoria, como por ejemplo que se iba a pasear sola con Moralitos por el cascajal que bordaba las márgenes del arroyo, no precisamente a la hora en que el sol no permite secretos, sino cuando ni aún la luna asomaba por el cortinaje negro de la noche su ojo blanco como un plato de porcelana.

II

Pero también hay que convenir que Moralitos era poco menos que un santo, por lo menos para la familia de Victoria.

Los papás de ésta veían en el muchacho facultades, disposiciones y talentos que, además de Victoria y de sus papás, y de los papás del muchacho, nadie había descubierto. Pero tantas bellezas surgen y mueren ignoradas que nadie debe de culpar a los vecinos de Arroyozarco por no haber consziderado a Moralitos en todo su valer.

Y era Moralitos un muchacho más valedor que una peonza; hablaba y se retorcía como imitando una espiral, y a lo mejor tronaba sus dedos sobre la cabeza y se ponía a bailar una jota, no porque supiera bailar, sino porque le habían dicho que la bailaba bien, y porque bailándola creía que jugaba un gran papel la falda rabona de su levita, porque hay que confesarlo, para que nadie se dé por engañado, que Moralitos era el elegante de Arroyozarco; el único que usaba fistol en la corbata y el único que se engrasaba el pelo todos los días. Por eso las muchachas decían, cuando hablaban de él:

-Ah, Moralitos es un joven muy simpático.

-Ah, Moralitos aquí y en cualquier parte se ha de distinguir.

-Ah, Moralitos tiene gracia especial para vestirse.

-Ah, Moralitos es un buen partido.

III

Pero otro mejor le salió a Victoria. Un muchacho tan honradote como trabajador; casi casi era uno de los capitalistas de Arroyozarco; pero no era ni bonito ni elegante, aunque no era feo para ser hombre, ni descuidado en su traje hasta ser desaseado. No usaba fistol, pero tampoco usaba corbata los días de trabajo y no sengomaba los cabellos, porque ni el domingo tenía rizos sobre la frente.

Enamoróse de Victoria, la cortejó, se enamoró de su trato como se había enamorado de su humanidad y sin pensarlo mucho, para no arrepentirse de su resolución, resolvió casarse con Victoria. Los padres de ésta, perdida un tanto la esperanza de que Moralitos dejara de bailar jotas para dejar de ser aturdido, y viendo que el tiempo pasaba rápidamente y que Moralitos no le decía Victoria "por ahi te pudres y antes de que te pudras me caso contigo", pensaron seriamente en casar a la muchacha con Santiago Mantequilla, que la solicitaba para mujer.

-Si no me quiero casar todavía, dijo.

-Pero muchacha, ¿te has fijado bien en el sr. Mantequilla? -repuso la mamá.

-Sí, señora...

-Pues debes de quererlo, -agregó el papá- es un hombre de buena posición; joven, juicioso y muy puntual en sus pagos.

-¡Ay!, ¿y yo me voy a casar con un señor que se llama Mantequilla?

-Reflexiona, niña, que no te vas a casar con el apellido.

-Ya lo sé, mamá.

-Mira, hija, que con Moralitos no estás sino perdiendo el tiempo y es necesario que ya vayas pensando en escoger, porque cuando una llega a cierta edad muchas veces no nos queda ni el recurso de que nos escojan.

-Pero yo soy joven todavía.

-Por eso es que te lo advierto ahora que es tiempo.

-Pues lo voy a pensar.

-Sí, piénsalo y resuélvete, y no te olvides de que el sr. Mantequilla es dueño de la tienda "La Palma Sola", antiguamente "La Reforma".

Y como por más cara que pongan las mujeres cuando se les habla de matrimonio, al fin la ponen buena si el pretendiente insiste, Victoria se dejó vencer y consintió en admitir por marido a Santiaho Mantequilla, prometiéndose para sus adentros que no olvidaría a Moralitos, por quien sentía el cariño que ciertas muchachas tontas y casquivanas sienten por los que con femenil coquetería se saben prender el fistol y lucir los puños de la camisa.

IV

Llegó el día del casorio y desde temprano pudo notarse en casa de los novios un movimiento inusitado; en casa de Mantequilla se preparaban para recibir a Victoria y en casa de ésta se disponían a despedirla, y Moralitos que en todo se metía y que bailaba jotas cuando menos se necesitaban, aquel día amaneció tristón y serio; se asustaba cuando le dirigían la palabra y se ponía a temblar cuando algún amigo se le encaraba y le decía:

-Pero Moralitos, ¿qué tienes tú hoy?

Los papás de Victoria notaron la tristeza de Moralitos y si los sucesos les hubieran dado tiempo se habrían arrepentido de no haber esperado a que Moralitos les hubiera pedido a la muchacha para casarse con ella.

Ya esperaban por momentos que se presentara el novio y ya se habían recibido noticias en casa de Victoria de que Mantequilla había estrenado sombrero y leontina cuando, ¡cataplum!, la muchacha se enfermó y se fue a meter en la cama, recomendando que le dijeran a Mantequilla que no se desesperara y que tuviera paciencia. Y el pobre de Santiago la tuvo, y después de estar con la enferma que conversaba con Moralitos para distraer los dolores de la repentina enfermedad, se due a su casa y guardó cuidadosamente el sombrero nuevo y la leontina.

Ni un minuto se despegó Moralitos de la cabecera del lecho de Victoria y si no hubiera sido por su traje, y por seis pelillos que a fuerza de cosméticos parecían dos espinas clavadas sobre el labio superior, cualquiera hubiera dicho que Moralitos era la madre de Victoria.

Aquella noche no se pegaron los párpados de Mantequilla. ¡Qué había de dormir el pobre, si tiempo le faltaba para estar pensando en las dichas que le esperaban! Apenas amaneció, se puso su traje nuevo y se dirigió a la casa de su prometida. Encontró llorando a su futura suegra, y Mantequilla, que tenía un corazón más blando que su apellido, hizo un puchero y se acercó a la señora diciendo:

-¿Qué le pasa a usted, mamá..?

-¡Ay, don Santiago, qué desgracia!

-¿Sigue mala Victoria?

-No, Señor Mantequilla. ¿Quién lo había de decir?

-¿Pues qué sucede?

-Victoria... Victoria... señor Mantequilla.

-¿Murió? ¡Contésteme usted!

-No, señor. ¡Ojalá se hubiera muerto!

-Déjeme usted pasar, ¡la quiero ver!

-¡Ya no la verá usted, don Santiago!

-¿Por qué?

-¡Porque anoche se la robó Moralitos!

V

Deducción: Los papás que hayan educado a sus Victorias para los Moralitos no quieran después casarlas con Mantequillas.

JOSÉ FERREL.