lunes, 30 de diciembre de 2013

Una hermosa descripción de la hacienda de Ñadó en 1901

En 1901, el editor Francisco Zárate Ruiz publicó un interesantísimo libro titulado Toluca antigua y moderna. Álbum descriptivo del Estado de México, dedicado principalmente, como escribe el propio editor, a describir "todas las de las mejoras que con significativa frecuencia se han venido inaugurando en el Estado, de 10 años á esta parte, [pues] llega un momento en que se hace necesaria la compilación en ordenamiento de esas noticias, para dar á conocer en conjunto la obra del Gobernante [, el general José Vicente Villada].

Por supuesto, buena parte del libro está dedicada a mostrar el "progreso, edificios y monumentos" de Toluca a principios del siglo XX, incorporando además muy buenas fotografías aunque lamentablemente mal reproducidas por el formato de la impresión. Pero también dedicó espacio a los distintos distritos en los que se dividía entonces la entidad, proporcionando información sobre su gobierno, edificios públicos, etc., y patrocinó por lo menos en parte su obra con anuncios publicitarios de negocios de todo el estado, que van desde las comunes tiendas de pueblo hasta los establecimientos industriales más modernos que existían por entonces en el Estado de México.

Entre las inserciones publicitarias resultan especialmente interesantes las que se refieren a las haciendas, pues adoptan un formato que hoy llamaríamos de "publirreportaje": al mismo tiempo, brindan información de todo tipo sobre estas fincas y promueven sus explotaciones o negocios principales. En esta ocasión, casi sin mayor comentario, queremos reproducir aquí el inserto dedicado a la Hacienda de Ñadó. Seguramente lo disfrutarán nuestros lectores, así como las fotografías -no tan claras como nos gustaría- que lo acompañan.

LABOR OMNIA VINCIT; tal fue el lema adoptado por el Sr. Guadalupe Guadarrama, propietario de las haciendas de El Jazmín y de Dolores Ñadó, ubicadas en la Municipalidad de Aculco, distrito de Jilotepec.

Colinda la primera: al O. Toxhié, al P. ancho de Muitejé, al S. Acambay, y al N. Dolores Ñadó.

Sus producciones naturales son: trigo, maíz y cebada; corte de maderas de encino y ocote; ganado vacuno y lanar. El clima en esta propiedad es frío y posee muchos manantiales, entre ellos uno de agua termal.

Por terrenos de la Hacienda que es una de las que envían carbón vegetal a la plaza de México, cruza el Ferrocarril de Cazadero a Solís, en un ramal de cuatro kilómetros.

La Hacienda de Dolores Ñadó de igual propiedad tiene como colindantes: al O. Ranchería de Fondó; al P. Hacienda de la Torre; al S. Acambay y al N. Aculco.

Hállase ubicada en la misma municipalidad que la anterior y sus productos naturales son: maíz, trigo y cebada, corte de maderas de encino y ocote; ganado vacuno y lanar.

El mismo Ferrocarril de Cazadero a Solís cruza por la hacienda en una extensión de 17 kilómetros con dirección de Norte a Sur y Poniente. Posee manantiales de agua potable en mayor número y mejores que la Hacienda del Jazmín. Dividiendo la estación del Ferrocarril y el casco de la propiedad cruza el río de Ñadó que ligado con otros desemboca en el Pánuco.

La constancia, honradez y actividad de su propietario el Sr. Guadalupe Guadarrama, han hecho que ambas fincas hayan progresado hasta llegar al estado en que se encuentran. Con la inquebrantable fe del hombre que une a una inteligencia poco común, una honradez a toda prueba, el Sr. Guadarrama ha logrado ver coronados sus esfuerzos.

En la estación que existe en la Hacienda que nos ocupa, se halla un taller mecánico perfectamente bien montado para la construcción y reparación del material rodante del Ferrocarril de Cazadero. Encuéntrase al frente de este taller el hábil mecánico Sr. Enrique Ortiz.

Situada la hacienda en gran parte en terreno montañoso, las vistas que se ofrecen al visitante o al viajero que cruza por el Ferrocarril, son admirables. La espesura de sus montes, la fertilidad de sus tierras y la gran cantidad de caza que puede encontrarse, hacen que las personas que el Sr. Guadarrama invita a sus propiedades, pasen ratos de verdadero placer.

Si te interesa conocer más sobre la Hacienda de Ñadó, puedes adquirir el libro Ñadó, un monte, una hacienda, una historia de Javier Lara Bayón en este mismo blog.

sábado, 21 de diciembre de 2013

"Venció en Aculco, Guanajuato y Calderón"

Después de la completa derrota del ejército insurgente de Miguel Hidalgo en la Batalla de Puente de Calderón, el 17 de enero de 1811, el virrey de Nueva España Francisco Xavier Venegas concedio -cuenta el historiador Lucas Alamán- "a todos los individuos de él [ejército realista], que hubiesen merecido la aprobacion del general y de sus jefes particulares, un escudo de distinción que llevasen al lado izquierdo del pecho, en el que estaba esculpida la cifra de Fernando VII, en una tarjeta que sostenian un león y un perro, símbolos del valor y de la fidelidad, y en el contorno el lema, Venció en Aculco, Guanajuato y Calderon".

Sobre esta misma medalla el también historiador Carlos María de Bustamante agregó algunos datos interesantes: "[el virrey] mandó grabar en la casa del valenciano D. Vicente Felpeyto más de seis mil escudos para soldados y trescientos para oficiales, que se remitieron luego al ejército. Eran una cascarilla de cobre plateado en que se veían dos leones [sic] sosteniendo una lápida o tarjeta, y en la que estaba escrito en abreviatura el odioso nombre de Fernando VII".

Las palabras "esculpida" que usa Alamán y los detalles que da Bustamante hacen pensar que este escudo era ciertamente alguna clase de medalla. Sin embargo, el numismático chileno José Toribio Medina la echó en falta en las colecciones examinadas por él para su valioso libro Medallas coloniales hispano-americanas cuando se preguntó, "¿el escudo fue bordado o acuñado? Damos pues la noticia como la encontramos, ya que no hemos visto ese escudo".(1)

En realidad, los hubo tanto bordados como acuñados. Un ejemplar bordado es el que se muestra aquí, en exhibición en el Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec. Sobre los escudos acuñados, Carlos Pérez Maldonado en su libro Condecoraciones mexicanas y su historia proporciona, además, el dato de que los hubo en dos versiones (seguramente una para soldados y otra para oficiales, siguiendo el comentario de Bustamante), ambas de forma ovalada y sin reverso: la primera de 70 mm. por 54 mm., y la segunda de 60 mm. por 48 mm. La mayor llevaba, dentro de la cartela la cifra de Fernando VII, "F. 7" con una corona de laurel encima, mientras la segunda tiene una cartela de distinta forma adornada por una palma, el busto del Rey a la derecha y abajo la inscripción "FER VII". Arriba de todo ello, un cetro dentro de una corona de laurel.(2)

Sin embargo, Alamán mismo, más adelante en su Historia de Méjico, complica las cosas y asegura que existió en tres versiones: "escudo de oro a los jefes, de plata a los oficiales y de plaqué a la tropa" y que no se distribuyó sino al regreso del ejército realista después de la toma de Zitácuaro, en febrero de 1812.

NOTAS

(1) José Toribio Medina. Medallas coloniales hispano-americanas, Santiago de Chile, 1900, impreso en casa del autor, p. 86.

(2) Carlos Pérez Maldonado. Condecoraciones mexicanas y su historia, México, 1942, edición del autor, p. 13.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Don Gumersindo Mendoza: un aculquense olvidado

Quizá una de las más difíciles y cuestionadas tareas para el historiador serio es la de conformar listas de personas notables, ya sea de su país o, en el caso del microhistoriador, de su localidad. Siempre faltarán y sobrarán nombres de acuerdo con las opiniones de otros. Invariablemente se olvidará considerar algún campo del actuar humano para hallar a quienes destacaron en él. Y quedarán siempre olvidados quienes llevaron a cabo a lo largo de su vida una labor generosa, grande, pero callada: los que según el consejo evangélico dan con la mano derecha sin que se entere la mano izquierda.

En el caso de Gumersindo Mendoza, el olvido por su nombre y labor viene principalmente de tres razones: la lejanía de su tierra natal desde edad temprana, su dedicación a la ciencia -que en las nóminas de los personajes notables de nuestros pueblos suele soslayarse para incluir políticos, revolucionarios y comparsas-, y la humildad que aún ocupando cargos destacados no abandonó. Pero, sobre todo, Gumersindo Mendoza es desconocido por los aculquenses porque a pocos les importa saber de aquellos que les precedieron en la vida; la mayoría prefiere ver a Aculco como un bonito escenario de diversión, y no como lo que también es (y por lo que ha sido reconocido como sitio del Patrimonio Mundial de la UNESCO): una construcción material y espiritual de siglos.

Poco se sabe del origen de Gumersindo Mendoza. Algunos autores dan como fecha de su nacimiento la de 1829 y otros 1834. Mis esfuerzos por encontrar su partida de bautismo en esos años en los libros parroquiales de Aculco han sido hasta el momento infructuosos. Pero existe una breve semblanza que pronunció en 1896 uno de sus más cercanos colaboradores, el botánico y académico Alfonso Herrera (1838-1901), la que viene a llenar esos huecos en su historia que no conocemos por otros medios:

D. Gumersindo E. Mendoza

En medio de la animación que reinaba, casi nadie se fijó en un grupo de jóvenes que rodeaban y escuchaban con a tención a un hombre casi anciano que con cariño les decía:

"Voy a daros algunas noticias de quién fue el fundador de la Sociedad Farmacéutica Mexicana.

"Había en Aculco, hace muchos años, un niño de humilde cuna que hasta la edad de diez años no conoció más que el idioma paternal: el otomí. Su madre, que era una aldeana, pero de algún criterio, viendo que aquel niño todo lo observaba y que con insistencia se informaba de muchas cosas que no le podía explicar, confió la educación de su hijo al Cura del lugar, con quien aprendió la instrucción primaria y algunas nociones de Gramática Latina. De ahí pasó el referido niño a la Huasteca, donde lo conoció un doctor de apellido Medina, con quien perfeccionó sus conocimientos en el lenguaje de Cicerón. Comprendiendo el Doctor el talento de aquel niñoy lo mucho que se conseguiría dándole una educación conveniente, solicító y obtuvo del gobierno de Toluca una pensión con cuyo auxilio pudo, en la referida ciudad, ampliar sus conocimientos, descollando en todas aquellas materias que en relación estaban con las Ciencias Naturales. En su sed insaciable de ilustrarse, paso entomnces joven a esta capital, rodeado de pobreza tal, que con frecuencia se asociaba conmigo para oir lo que yo estudiaba.

"Después de penalidades mil que sería largo relatar, logró obtener honrosamente su título de Farmacéutico, no cesando por esto en su afán siempre creciente, de arrebatar sus misterios a la ciencia.

"Por oposición fue profesor en la Escuela Nacional de Medicina y en la de Agricultura. Con motivo de haber sido nombrado Director del Museo Nacional se dedicó con notable provecho a la Arqueología y al estudio del Sánscrito, encontrando idéntica significación en muchos vocablos de ese idioma , con muchos del idioma mexicano.

"Además de los idiomas que entonces poseía, logró hablar francés, inglés, alemán y conocía a fondo el griego y el latín. Tal fue el hombre que fundó, secundado por otros hombres de ciencia, la Sociedad de Farmacia y que hoy se yergue altiva, gracias a los desvelos y sacrificios de sus pósteros.

"Brindemos, pues, hijos, a la memoria de D. Gumersindo Mendoza, éste es el nombre de mi biografiado, y aprended de él a ser empeñosos y constantes en el estudio".

Así terminó aquella narración el sabio y modesto profesor D. Alfonso Herrera, pues no otro era aquel hombre, casi anciano, que en un grupo separado de la reunión hablaba cariñosamente a sus discípulos.

Fuente: La Farmacia. Periódico de la Sociedad Farmacéutica Mexicana. Tomo V, México, 15 de septiembre de 1896, núm. 9, pp. 14-16.

Mendoza fue, en 1868, uno de los principales promotores y fundadores de la Sociedad Mexicana de Historia Natural. De 1876 a 1883 fue director del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía. En 1882, en ejercicio de su cargo, junto con el profesor de zoología y botánica Jesús Sánchez y el pintor José María Velasco, redescubrieron, describieron y dibujaron la escultura monumental de Tláloc en Coatlinchán que hoy se exhibe al exterior del Museo Nacional de Antropología. Fue muy cercano colaborador de José Fernando Ramírez y a su muerte publicó la segunda parte del Códice Durán, descubierto por aquél. De su trabajo como director del Museo Nacional, Ignacio Manuel Altamirano (que fue alumno de Mendoza en el Instituto de Toluca) escribió:

México tiene un Museo Nacional que antes estaba muy desarreglado, pero que ha tomado buena forma desde que lo dirige el eminente sabio don Gumersindo Mendoza. Hoy, además de sus colecciones de Historia Natural, que ya existían antes de 1877, colocadas en grandes salones, tienen arregaladas su rica colección de antigüedades y está construyéndose un salón amplísimo para colocar en él los grandes ídolos de píedra que se ven hoy en el patio de la antigua casa de moneda.

Fuente: Ida Rodríguez Prampolini. La crítica de arte en México en el siglo XIX: Estudios y documentos III, México, 1997, UNAM-IIE, pp. 159-160.

En efecto, Mendoza emprendió con la ayuda del Dr. Jesús Sánchez la primera catalogación de las colecciones históricas y arqueológicas del Museo. Muchas son las obras particulares sobre temas farmacéuticos, botánicos y arqueológicos de Mendoza como para intentar consignarlas todas aquí. Mencionaremos sólo su Estudio comparativo entre el sánscrito y el náhuatl (1878) o su Disertación (1872) sobre el otomí.Baste señalar, por ejemplo, que fue designado orador en representación del Consejo Nacional de Salubridad para hablar en las honras fúnebres rendidas a Benito Juárez. En aquella ocasión expresó con fervor patriótico-botánico:

Las hierbas del campo nacen en la primavera, florecen y dan frutos para morir en el invierno; es decir, para transformarse y devolver a la tierra lo que era de la tierra, a la atmósfera lo que era de la atmósfera, y que de ambas había tomado para formar a ser uno; una unidad con vida, y desempeñar un papel determinado en el gran teatro del universo; así pasan, pero no se aniquilan, recorren un círculo perpetuo de transformaciones y de ellas algunas dejaron un recuerdo por la belleza de sus flores o por lo sabroso de sus frutos, y por este recuerdo se conservaron sus semillas y se cultivan con esmero.

Las otras mueren desapercibidas; pero como las primeras, van envueltas en la corriente majestuosa de las transformaciones que son el alma del universo, la manifestación de la actividad divina.

Los hombres, como las plantas, nacen y mueren en cumplimiento de la ley de los perpetuos cambios, y como aquéllas, no todos se distinguen, sólo sobresalen entre los demás por las flores de sus brillantes hechos; entre esos pocos está el eminente ciudadano que desaparece ya de entre nosotros, que paga su tributo como todos los héroes; pero que nos deja una memoria imperecedera.

Fuente: Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital, México, 2006, UAM.

Gravemente enfermo don Gumersindo Mendoza, no se le quiso desposeer de su cargo y le fué confiada la dirección interina del Museo por tres años consecutivos al Dr. Jesús Sánchez. Desafortunadamente no pudo ya recuperarse y falleció en la ciudad de México en 1886.

martes, 10 de diciembre de 2013

El tamborcito insurgente: ¿historia o leyenda?

Entre los muchos pequeños relatos -leyendas, cuentos, narraciones, tradiciones históricas- que existen sobre la Guerra de Independencia, hay uno que, aunque de origen queretano, se relaciona directamente con la Batalla de Aculco. Se trata de la historia del llamado "tamborcito insurgente" o "tamborcito de Valladolid" e incluso el "tamborcito de Aculco": un niño de doce años de nombre Pablo Armenta que formaba parte de las tropas insurgentes de Hidalgo y que fue hecho prisionero por el ejército realista en dicho enfrentamiento. Entre los escritores que más tempranamente se ocuparon de esta historia estuvieron Valentín F. Frías, "padre de la historia regional queretana" e Ignacio B. del Castillo, veracruzano discípulo del destacado historiador Genaro García.

Mucho tendremos que aclarar sobre el tamborcito Armenta y su historia. Pero vayamos primero a los relatos tradicionales que, escritos a principios del siglo XX, detallan esta historia y su conmovedor final.

***

El tamborcito insurgente (1)

Por Valentín F. Frías

Acaba de entrar Calleja en esta ciudad, triunfante y lleno de gloria, por la victoria obtenida en Aculco. Trae consigo, como trofeo, a un grupo de indefensos y heridos insurgentes, entre los que se ven cuatro religiosos y dos clérigos. Entre el núcleo de prisioneros se ve un chiquitín, también engrillado que apenas puede dar paso por la fatiga, el hambre y el cansancio.

Este es Pablo Armenta, el tamborcito que se presentó en Valladolid al Caudillo, para defender la causa, no obstante de sus 12 años no cumplidos.

Los prisioneros de guerra fueron notificados que al siguiente día serían pasados por las armas. Las autoridades y vecinos principales, unidos al clero, consiguieron el indulto para los sacerdotes, y las señoras de la alta sociedad tomaron por su cuenta el indulto del resto de los prisioneros sin resultado alguno.

Si se lamentaba lo infructuoso de las gestiones por salvar la vida a los pobres prisioneros, más se lamentaba la muerte prematura del pequeño tamborcito.

El padre prepósito del oratorio de san Felipe don Dima Díez de Lara, que también se vio envuelto en la política independiente, a pesar de su acendrada virtud, prudencia y obediencia fiel al trono, tomó por su cuenta al pequeño tamborcito insurgente y presentóse a Calleja, hospedado en el Convento de San Francisco, solicitando el indulto, mas éste le fue negado hasta con aspereza.

Entonces el venerable oratoriano dijo con cierto aire de gravedad: "con permiso de Su Excelencia me retiro, previniendo a Su Excelencia, que he de hacer todo lo posible por salvar ese niño" y haciendo una grave reverencia se retiró.

Al día siguiente, a las primeras horas de la mañana, se dejó escuchar el redoble de los tambores, las multitudes se agolpaban para ver el desfile de los ajusticiados que, con paso vacilante, caminaban rumbo a la Alameda a ser ejecutados como traidores al rey.

Al pasar el convoy por la calle del Hospital, se promovió entre el pueblo y la guardia que custodiaba a los reos, un desaguisado (que no se sabe si fue casual o preparado de antemano), del cual resultó la fuga de los presos en medio del tumulto.

Al comenzar la refriega entre el pueblo y la guardia, se vio entrar de prisa entre la multitud, P.D. Dimas, coger en hombros al pequeñín y huir con él a todo escape.

La guardia le hizo fuego varias veces sin causarle daño, y él continuó su fuga, entrando al convento de San Francisco sin sombrero ni capa, jadeante, con su preciosa carga, temeroso y casi seguro de haber incurrido en desagrado de Su Excelencia, teniendo que pagar quizá muy caro su caritativo arrojo.

Llegóse a Su Excelencia, y poniendo a los pies su rescate le dice: "Excelencia: He cumplido mi ofrecimiento; el niño está a salvo, pague yo por él, el desacato cometido".

Calleja con semblante airado, pero pesando la heroicidad de aquel santo varón, le contesta: "idos de mi presencia, quedáis indultados los dos, pero os prohíbo volverme a ver, porque no soy responsable en ese caso de mis actos".

El P. D. Dimas con lágrimas en los ojos y haciendo una profunda reverencia, le dice: "Gracias, Excelencia, Dios os premiará", Y retiróse loco de contento con su chiquillo, prometiéndose llevarlo a su convento y hacer de él un hombre útil a Dios y al Rey. La historia no dice más.

La tradición nos ha legado, entre tantos, este hecho de abnegación y de heroísmo que llena de gloria a los oratorianos de este mi suelo, y en particular al venerable padre don Dimas Díez de Lara.

El tamborcito de Valladolid (2)

Por Ignacio B. del Castillo

I.

La fatal noticia circuló con asombrosa rapidez por la siempre pacífica Querétaro, consternando los espíritus débiles y arrancando ayes de conmiseración a los corazones tieranos y compasivos. No había remedio: Calleja, a reiteradas súplicas de los principales vecinos de la ciudad, accedía a indultar a los religiosos aprehendidos en la batalla de Aculco, pero se manifestaba duro e inquebrantable para perdonar a los demás prisioneros. Las lágrimas de las damas queretanas ninguna mella habían hecho en el corazón de roca del jefe realista, y por consiguiente, la cruel sentencia de muerte dictada contra aquéllos se ejecutaría ineludiblemente.

Y no era eso todo. La socidedad, aunque nada acostumbrada a los sangrientos horrores de la guerra, podría soportar la muerte de los insurrectos prisiooneros pero no consentir en ser simple e irresponsable testigo de la injusta ejecución del inocente niño Pablo Armenta, tamborcito del ejército insurgente, sobre quien recaía también la severa sentencia de Calleja. Si era natural que los campos de Querétaro se humedecieran con la sangre de aquellos patriotas, porque así lo exigían las represalias de la guerra, aparaceía, en cambio, monstruosamente inhumano derramar la sangre de un niño, merecedor, por su inconsciencia, de misericordia, al menos, si no de absoluto perdón.

-Castíguesele en buena hora, decían los queretanos, mas no se le asesine: ninguna ley, ni divina ni humana, ha penado con la muerte a los niños.

No todos desesperaron, sin embargo; algunos pero muy contados confiaron en la salvación del pequeño reo y se propusieron agotar los medios posibles para obtenerla a toda costa, aun aventurando su propia seguridad personal. Decididos como estaban, creían vencer cuantos obstáculos se interpusiesen ante sus nobles propósitos y esperaban salir avantes en su empresa; seguramente lo conseguirían, porque eran hombres de fe.

II.

Pensativo, preocupado y taciturno estaba don Félix María Calleja en una de las celdas del Convento de San Francisco, convertida en despacho improvisado, cuando uno de sus ayudantes le anunció la visita del ilustre zacatecano, Fray Dimas Diez de Lara, una de las personas más caracterizadas de la población.

—Pase Su Paternidad y ordene lo que guste, dijo Calleja, levantándose de su asiento y saliendo a recibir al distinguido visitante.

—Doy gracias a Su Excelencia, contestó Fray Dimas con extremada cortesía. Una urgente y delicada misión me trae acá y me obliga á molestar a Su Excelencia, a quien ruego me perdone.

—Puede hablar Su Paternidad, repuso Calleja. Soy todo oídos.

—En nombre de las señoras de la ciudad, tan respetables por sus virtudes y su piedad, y en el mío propio, vengo a rogar a Su Excelencia sea servido de conceder su perdón al infortunado niño que cayó en poder de las valientes tropas de Su Majestad —que Dios guarde—en la reciente gloriosa batalla de Aculco, el cual, según rumores que hasta nosotros han llegado, será fusilado hoy mismo por orden de Su Excelencia.

—Me apena la petición de Su Paternidad, respondió Calleja vivamente incomodado, y si no fuera porque es bien pública su adhesión a nuestro amado Soberano, creería que Su Paternidad, al interceder por ese indigno rapaz, trataba de favorecer la inicua causa de los desleales y pérfidos vasallos que se han levantado en abierta rebelión contra Dios, contra la patria y contra el Rey.

—Puede estar seguro Su Excelencia, replicó, sin inmutarse Fray Dimas, de que mi ruego está inspirado tan sólo en un sentimiento de compasión hacia el niño de quien hablo, y de que yo nunca abjuraré de mi profunda fidelidad a Su Majestad—que Dios guarde.—Creo, sin embargo, que para domeñar la insurrección iniciada en los Dolores son inadecuados e infructuosos los medios hasta hoy usados, y que la única manera eficaz de reprimirla es mostrarse benigno con los mismos que han turbado la paz del Reino, porque sólo así se les puede atraer a la buena causa, y no con la crueldad que se ha desplegado, que únicamente les exaspera, les irrita y les hace afianzarse más y más en sus extraviadas ideas.

—Se engaña Su Paternidad, porque aquellos que, en nombre de una absurda libertad tan sólo deseada para quedarse sin ley y sin gobierno que impidan sus crímenes y latrocinios, se entregan con furor salvaje a saquear las poblaciones, robar a los vecinos, expoliar el comercio, profanar los templos y asesinar a los ministros de Dios, no merecen ni merecerán nunca la indulgencia de los soldados del Rey. Y no obstante, Su Paternidad ha visto que, esta misma mañana, he otorgado el indulto a no pocos prisioneros de guerra que deberían haber expiado en un patíbulo su grave y enorme delito; pero Su Paternidad mismo comprenderá que esto no puede repetirse ya.

—Perfectamente. Su Excelencia cumplirá con su deber al mostrarse severo e inflexible con los rebeldes adultos que tiene en su poder, si, en su concepto, no son acreedores a consideración alguna. Mas entiendo yo que, como cristiano, debe ser, al mismo tiempo, benigno e indulgente con los niños y otorgar, en consecuencia, la vida al tamborcito por quien abogo, que no sabe lo que ha hecho, porque no está aún en la edad de reflexionar y casi ni de pensar. Devuélvalo, pues, a sus padres, o entréguelo a mi Convento, donde se educará cristianamente y crecerá fiel a su Rey. Su Excelencia nada perderá con ello.

—No, de ninguna manera; al condenar á muerte a ese precoz forajido, no le castigo por crímenes pasados, sino que evito para siempre que los cometa en lo futuro, que sí los cometería, puesto que se ha lanzado ya, muy temprano, por la peor senda del mal; y si hoy que puedo poner el remedio no lo pongo, mañan a tendría que lamentar las consecuencias de mi debilidad. Por tanto, deje Su Paternidad morir en buena hora a ese muchacho y no insista en una petición inconveniente.

—No insisto más en ella, Excelentísimo Señor, y me retiro ya. Pero antes, quiero hacer saber a Su Excelencia, que estoy resuelto a agotar los recursos todos de que pueda disponer, para salvar a ese niño desdichado, y si es necesario que sacrifique mi vida, la sacrificaré gustoso. Su Divina Majestad, en quien confío, me lo tendrá en cuenta.

Calleja nada contestó, limitándose a hacer un saludo con la cabeza a Fray Dimas, que salía de la celda.

III.

Allí van, pobres, demacrados, andrajosos, cargados de cadenas, en medio de soldados, los bravos insurgentes del ejército libertador. Acaso en los momentos últimos de su existencia piensan en su abandonado hogar, en sus padres, en sus esposas; en sus hijos, en todos esos seres a quienes tanto aman y a quienes debían sostener; pero si esto les apena, no les hace arrepentirse de haber tomado las armas en defensa de la patria, porque el amor a ella es más grande que todos los afectos de familia y, porque el deber que tenemos de ampararla está muy por encima de todos los demás deberes. Caminan, pues, sin angustia, tranquilos, tal vez contentos, porque no es poca satisfacción haber servido a quien más se ama y haber cumplido con el primero de los deberes.

Allí van también Pablito, camino de la Alameda, sin preocupación alguna, indiferente, sin recordar lo que ha hecho, ni pensar, tampoco, en el triste fin que le espera.

Por fin, tras de interrumpido andar, llegan todos á la calle del Hospital, donde inesperadamente se vuelve muy dificultosa la marcha: una compacta muchedumbre, ansiosa, al parecer, de acompañar a los sentenciados hasta el patíbulo, se apiña allí y obstruye el paso. Los soldados de la escolta, para apartar a los curiosos, reparten golpes de fusil á diestra y siniestra; mas sus esfuerzos son vanos, porque la gente no se aparta y, por lo contrario, aumenta más y más á cada momento. Aquéllos no pueden avanzar ya un sólo paso, y lanzan imprecaciones contra la multitud, redoblan los culatazos y hasta amenazan con hacer fuego sobre aquella masa humana; pero todo es inútil.

Durante la afanosa brega, casi olvidan a los reos, y éstos, naturalmente, tratan de aprovechar el desorden para fugarse y salvar sus vidas. En aquellos supremos momentos, un fraile se acerca cautelosamente a los prisioneros y con extraordinaria rapidez arrebata de entre ellos con férrea mano, a Pablito: le toma en brazos, y atropellando a los guardianes, desaparece en seguida entre aquel inmenso grupo de gente.

La escolta apenas se da cuenta del imprevisto incidente, que no ha podido impedir; dispara sus armas sobre el secuestrador; pero es tarde: el buen fraile se encuentra ya muy distante, y los curiosos, apiñados como por encanto, han desaparecido también. La calle del Hospital queda desierta, así, ocupada únicamente por los soldados de la escolta, que aturdidos no saben contra quién vengarse de aquella inaudita afrenta.

IV.

Entretanto, había llegado Fray Dimas, jadeante, sudoroso, sin capa ni sombrero, ante la presencia del temible jefe realista don Félix María Calleja del Rey.

—Mi promesa está cumplida, Excelentísimo Señor, exclamó desfalleciente. Vengo, pues, a entregarme a Su Excelencia para que haga de mí lo que a bien tenga.

—Acabo de saber lo que ha hecho Su Paternidad, respondió Calleja con agrio tono, y ciertamente que no sé qué determinación tomar.

—Muera yo, el culpable, y sálvese el inocente, Excelentísimo Señor, repuso humildemente Fray Dimas.

—No. La acción de Su Paternidad es noble y yo le perdono. Mas tenga en cuenta que sólo soy clemente una vez. Sea ésta la última que vea a Su Paternidad, porque no quiero, al verlo de nuevo, sentir el remordimiento de haber dejado con vida á un pilluelo peligroso.

V.

Así salvó aquel ejemplar fraile zacatecano, con grave riesgo de su vida, a Pablo Armenta, ese niño de doce años de edad que la Historia designa con el sobrenombre de "El Tamborcito de Valladolid."

Uno y otro son verdaderamente dignos de nuestra admiración: Pablito, porque siguió á Hidalgo, que proclamaba la más justa y la más santa de la s causas—la de la libertad de la patria — y porque, á pesar de su tierna edad, no se arredró ante los peligros de la guerra. Fray Dimas, porque con excepcional abnegación y arrojo sobrehumano, llevó al cabo una sublime obra de caridad, inspirada en el más acendrado amor a un desvalido, de quien ninguna recompensa podía esperar.

Pablo Armenta: su verdadera historia

Al conocer el relato del tamborcito resulta casi natural saber que este personaje está representado en el conjunto escultórico del Monumento a los Héroes de la Independencia de la ciudad de Puebla, o que en aquella misma ciudad una escuela particular se llama "Niño Pablo Armenta". También, que otros escritores mucho más tardíos, como el moreliano Jesús Romero Flores aportaran aún más detalles sobre su vida, como muestran estos párrafos que siguen a la ya conocida descripción de la salvación del niño gracias al padre Dimas:

Y se efectuaron centenares de ejecuciones en aquel terrible día, pero no se volvió a saber nada del Tambor Insurgente de Aculco [...] Cuando la Guerra de Independencia terminó, once años más tarde, y tras de las variadas peripecias de una lucha terrible que culminó con la emancipación de nuestra patria del dominio español, volvió el joven Armenta a su ciudad natal. Como los verdaderos patriotas, no pidió recompensa por sus servicios el tamborcito de Valladolid; siguió ejerciendo el oficio de carpintero, como su padre y su abuelo lo habían ejercido, en aquella calle del barrio de Capuchinas que la gente conoció durante muchos años con el nombre de la Calle del Tamborcito en recuerdo del tamborcito Armenta; allá en la hermosa ciudad de Valladolid, que hoy se llama Morelia.(3)

Sin embargo, pese a lo simpático del personaje y al tono heroico de su liberación gracias al noble sacerdote, todo parece indicar que muy poco de lo escrito en los textos anteriores se apega a la realidad, y que la leyenda resultó más bien de la tergiversación de los hechos reales que sucedieron a mediados de noviembre de 1810 en Querétaro, así como a otros posteriores acaecidos en 1813.

Vayamos a donde comienza esta historia. El 17 de octubre de 1810, después de su campaña por el Bajío y adentrándose en la Intendencia de Michoacán, Miguel Hidalgo tomó sin que ofreciera resistencia la ciudad de Valladolid (hoy Morelia). Ahí, se adhirieron a la insurgencia tres batallones provinciales y el regimiento de Dragones de Pátzcuaro(4), los que vinieron a aumentar significativamente el número de militares profesionales en su ejército, si bien este componente siempre fue pequeño en comparación con la gran masa impreparada para la guerra que seguía a Hidalgo. En compañía de todo su regimiento se incorporó bajo el mando de Allende el dragón de caballería de Pátzcuaro Pablo Armenta -de ninguna manera tambor de su regimiento y tampoco menor de edad-, convencido de que se trataba de una guerra contra Napoleón Bonaparte, pues, confesaría más tarde, "le habían hecho saber que iría a pelear contra los franceses".(5)

El día de la batalla de Aculco del 7 de noviembre de 1810, sin embargo, Pablo Armenta se dio cuenta de que se enfrentarían no contra los napoleónicos, sino contra otros cuerpos del ejército novohispano. Así, continúa su confesión, "conforme los vio cerca conoció que eran soldados y en cuanto tuvo lugar como se presentó a un oficial de los amarillos"(6). En efecto, el dragón desertó de los insurgentes y, cuenta el Diario contemporáneo escrito por el queretano José Xavier de Argomaniz, "Pablo Armenta del Regimiento de Pátzcuaro quien hizo presente el que antes de la batalla en Aculco se presentó a nuestro ejército [realista] al Sr. Amparan apartándose él de el enemigo"(7). El coronel Miguel de Emparán formaba parte ciertamente de las tropas realistas que actuaron en Aculco la mañana del 7 de noviembre y comandaba la columna central-derecha de las cinco en que avanzaron sobre los insurgentes los leales al Rey. La columna de Emparán estaba compuesta por el regimiento de dragones de México, dos escuadrones del de San Luis, un piquete del de Querétaro, y cuatro escuadrones de lanceros con dos cañones.(8)

Fue en aquel avance cuando Armenta debió presentarse a la columna que encabezaba Emparán, aunque no por su deserción se le dio trato distinto al de prisionero.

Terminado el encuentro con la victoria de los realistas y la desordenada huida de los insurgentes, se hicieron más de 600 prisioneros, de los que sólo cerca de una veintena eran soldados que habían pertenecido a los cuerpos provinciales del ejército de la Nueva España, por lo que se les consideraba no sólo rebeldes, sino desertores y traidores. Era el caso de Pablo Armenta. Las cifras precisas de militares prisioneros varían según las fuentes, aunque normalmente se acepta que fueron 26.(9)

Así como Armenta, otros de los militares capturados en Aculco justificaron su presencia en las filas insurgentes de distintas maneras: Manuel Bartolache, soldado del batallón de infantería de Guanajuato de sólo 19 años de edad, aseguró que sus superiores le informaron que "trataban los europeos de jurar en este reino a Napoleón y que era preciso estorbar esto". Guillermo Sendejas, tambor del regimiento de infantería de Valladolid que se unió a los insurgentes desde que "todo el regimiento se formó a el toque de caja [tambor] para incorporarse a aquel ejército", huyó de los insurgentes en Aculco y se refugió en la parroquia "por miedo a que le hubieran dado un balazo el ejército de España por estar en el de Allende con su regimiento". Por su parte Rafael López, soldado también del regimiento de infantería de Valladolid, de 22 años, afirmó que sólo los había acompañado "por la obediencia que debía a sus oficiales" y reconoció haber "obrado mal, contra el Rey y contra la religión". Francisco Rocha, de 18 años y compañero de armas del anterior, reconoció haber seguido a Allende, pero nunca haber disparado "su fusil porque del miedo que le causó el primer cañonazo [...] se escondió entre unos pinos". Otro de los soldados prisioneros, el sargento Lorenzo Medina, dijo que "no creyó luchar contra el gobierno" y que al darse cuenta de que con sus tropas se había unido a unos rebeldes se había entregado a los realistas "por haberse desengañado que aquél no era el ejército verdadero".(10)

En este recuento de algunos de los aprehendidos en Aculco y de sus respectivos testimonios, se advierte ya el germen de la leyenda del "tamborcito de Valladolid": aparece el nombre de Pablo Armenta entre los prisioneros, se advierte la presencia entre ellos de varios soldados procedentes de los regimientos provinciales de Michoacán, es de considerarse la corta edad de algunos -18, 19 años-, y ciertamente es clara la existencia de uno que tenía el grado de tambor. Pero sigamos adelante.

Calleja condujo a sus prisioneros a San Juan del Río y Querétaro en los días que siguieron a la batalla de Aculco. En realidad, de acuerdo a los códigos militares, todos ellos pudieron haber sido ejecutados, pero parece ser que el propio Corregidor de Querétaro don Miguel Domínguez (quien había mantenido oculta su participación en la conspiración insurgente), fungiendo como "asesor de guerra", sugirió a Calleja que en vez de ello debían sortearse los que habrían de sufrir la pena capital.(11) Argomaniz en su diario da todo el crédito del perdón al brigadier español: "veinte y tantos eran los sentenciados al suplicio, pero la bondad de el sr. General D. Félix Calleja mandó que se quintaran, de lo que resultó el que a cuatro de ellos tocó la suerte".(12)

En efecto, la mañana del 11 de noviembre en la ciudad de Querétaro los prisioneros echaron suertes para decidir quién moriría: "vendados de los ojos echó cada uno los dados sobre la caja de guerra [el tambor] que se dispuso al efecto [y] salió el número nueve al expresado Rafael López que fue el mayor de los que salieron, y por consiguiente quedó comprendido en la pena de muerte, y se puso inmediatamente en capilla para que fuera ejecutado esta tarde a las cuatro la sentencia en la Alameda de esta ciudad". La suerte también designó a Pablo Armenta junto con otros dos soldados más para sufrir la pena capital. Los que salvaron la vida fueron condenados a diez años de presidio.(13)

Pero entonces fue, relata el cronista Argomaniz, que "[estando ya en capilla] se vindicó a Pablo Armenta del regimiento de Pátzcuaro".(14) He ahí otro de los elementos de la leyenda: el perdón a Armenta, si bien para nada aparece como su salvador el padre Dimas Díez de Lara ni, por supuesto, se habla de que se haya tratado de un niño. El perdón vino de haberse presentado al coronel Emparán antes de que iniciara la batalla.

Al parecer la sentencia de muerte para los otros tres soldados se cumplió el 15 de noviembre de 1810, día en que apunta Argomaniz "se han arcabuceado a tres soldados de varios regimientos de nuestro ejército, unos de los muchos que se cogieron prisioneros en Aculco".(15)

Estos son, pues, los hechos que quedaron escritos en documentos contemporáneos, muy distintos a las leyendas publicadas un siglo después. Pero, entonces, ¿se puede por lo menos determinar cómo y en qué momento se tergiversaron aquellos hechos hasta el punto de crear la leyenda del "Tamborcito insurgente"?

Una pista nos la da el propio Ignacio B. del Castillo en una nota que agregó a la versión de su relato que apareció publicada en El Mundo Ilustrado, pero que no incluyó en los Episodios históricos de la Guerra de Independencia (16) en que se compiló junto con relatos de otros autores en 1910. Anota Del Castillo: "De este episodio histórico habla D. Epigmenio González, uno de los comprometidos en la conspiración de Querétaro, en su 'Relación sucinta de los Principios de la Revolución de 1810', publicada [en 1901] por los señores Lic. D. Genaro García y D. Luis González Obregón en el Boletín Histórico Mexicano".(17) Esta relación fue escrita en 1853, pocos años antes de la muerte de Epigmenio en 1858. Si nos remitimos a dicha fuente, lo que se lee acerca del incidente es este párrafo:

Regresó Calleja a dicha ciudad [de Querétaro] con sus prisioneros, y allí manifestó su intención de fusilarlos, mas los principales vecinos intercedieron por ellos, y sólo fueron destinados al suplicio siete u ocho en quienes cayó la suerte fatal. Caminando al patíbulo estos desgraciados por la calle del Hospital, se hallaba allí casualmente el felipense don Dimas Díez de Lara, quien observó que entre ellos iba un niño de pocos años nombrado Pablo Armenta, tamborcito de Valladolid. No pudo menos nuestro heroico don Dimas que arrojarse a quitarlo, hecho que mereció tanto aplauso, que Armenta fue perdonado y los demás murieron en la Alameda.(18)

Parece ser que los escritores Frías (que escribió su texto, al parecer, en 1901) e Iglesias (que lo hizo en 1906) dieron completo crédito a lo escrito por Epigmenio González. Pero pasaron por alto que si, en efecto, González fue uno de los participantes en la Conspiración de Querétaro, fue también uno de los primeros en ser aprehendido cuando ésta fue descubierta, el 13 de septiembre de 1810. Aunque se le condenó a muerte, la pena le fue conmutada por presidio en Manila, de donde no regresó a México (a Guadalajara, ya no a Querétaro)) sino hasta 1838. Es decir, su narración de los hechos de la Guerra de Independencia que siguieron a su temprana aprehensión no es la de un testigo: sólo los pudo conocer por otras personas e incluso quizá únicamente a su regreso de Filipinas. Es significativo, por ejemplo, que Epigmenio González hable de "siete u ocho" ajusticiados, cuando fueron sólo la mitad. Y parece completa responsabilidad de Frías e Iglesias el haber fijado en 12 años los imprecisos "pocos años" del niño del que habla Epigmenio González.

Ahora bien, ya hemos visto que en los hechos reales hay situaciones y personajes suficientes como para que después de pasar por la tradición oral de dos o tres generaciones pudieran convertirse en la leyenda del tamborcito de Valladolid. Pero hay una presencia que sigue, hasta ahora, sin tener explicación: la del padre Dimas Díez de Lara como héroe salvador del tamborcito. Argomaniz, que menciona al religioso varias veces en su diario, calla sobre su pretendida participación en los hechos. La única explicación que nosotros encontramos tiene que ver, curiosamente, también con Aculco, como veremos en seguida.

Escribe el historiador Lucas Alamán que el padre don Manuel Toral se hallaba viviendo en Querétaro en 1813 "por no poder residir en su curato de Aculco, en donde no había seguridad alguna á causa de la revolución".(19) El sacerdote, enemigo de la insurgencia, organizó en esa ciudad una serie de "Misiones" con la ayuda de fray Manuel de Estrada y otros sacerdotes. que no tenían otro objetivo sino predicar en contra de los rebeldes y a favor de la obediencia a las autoridades españolas. La reacción del clero queretano fue adversa y pocos fueron los templos en que se les permitió predicar.

Con gran irritación y sospechando que la negativa de muchos de aquellos sacerdotes se debía a su apoyo a los insurgentes, Toral denunció en mayo de 1813 a varios de ellos. Entre los denunciados estuvo el padre Dimas Díez de Lara, "a quien la gente veneraba como un santo", y lo acusó de hacer abiertamente propaganda por la causa insurgente y que "no había hecho caso de las instancias del fraile Estrada para que desistiera de su actitud".(20) Es más: advirtió al gobierno encabezado por Calleja -ya convertido para entonces en virrey de la Nueva España- que existía en Querétaro toda una camarilla de "malos sacerdotes" que sostenía la cusa insurgente y estaban bajo la dirección del propio Díez de Lara. Estrada incluso sugirió poner bajo arresto al padre Dimas:

Señor excelentísimo: Querétaro conserva el entusiasmo de la mala causa sostenido por el número de diez a doce sacerdotes malos, de los cuales es corifeo el presbítero don Dimas de Lara felipense, y no faltan entre éstos algunos que están seduciendo en los confesonarios, y comúnmente lo hacen en los estrados.(21)

Calleja turnó al arzobispo estas denuncias, pero finalmente no se actuó contra los acusados. Sin embargo, esta acusación al padre Dimas por su pretendido favor hacia la insurgencia, que llegó además directamente al virrey Calleja, puede explicar que se añadiera a la leyenda del Tamborcito de Valladolid a tan respetado sacerdote. Pero al mismo tiempo parece ser prueba de que nunca sucedió aquel rescate del niño insurgente, pues Calleja difícilmente habría perdonado al padre Dimas en esta ocasión de haber tenido ya aquellos antecedentes.

***

Por cierto, cuando Ignacio B. del Castillo envió su relato "El Tamborcito de Valladolid" al Certamen de cuentos de Costumbres Nacionales convocado por la revista El Mundo Ilustrado en 1906, la redacción acordó premiarlo fuera de concurso, por tratarse de un episodio histórico y no propiamente un cuento. Es ya demasiado tarde para corregir a los miembros de aquella redacción, pero sin duda debió ser admitido a concurso... pues según todo indica se trata, efectivamente, sólo de un cuento.

NOTAS

(1) Valentín F. Frías. Leyendas y tradiciones queretanas, Segunda Serie, México, 1990, Universidad Autónoma de Querétaro, p. 85-87.

(2) Lucas Alamán, et. al. Episodios históricos de la Guerra de Independencia, México, 1910, Imprenta de El Tiempo de Victoriano Agüeros, Tomo I, pp. 215-221

(3) Jesús Romero Flores. Jóvenes ilustres en la historia de México, México, 1973, Gobierno del Estado de Michoacán, p. 22.

(4) Antonio García Cubas. Cuadro geográfico, estadístico, descriptivo é histórico de los Estados Unidos Mexicanos, México, 1884, Oficina Tipográfica de la Secretaria de Fomento, p. 414.

(5) Antonio Ibarra, "Crímenes y castigos políticos en la Nueva España Borbónica: patrones de obediencia y disidencia política, 1809-1816", en Marta Terán y José Antonio Serrano Ortega (editores). Las Guerras de Independencia en la América Española, México, 2002, El Colegio de Michoacán / Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo / Conaculta-INAH, p. 265.

(6) Idem.

(7) José Xavier de Argomaniz, Diario de Querétaro, manuscrito, 1807-1818, Tomo IV, Biblioteca de la Universidad Autónoma de Nuevo León, f. 34v.

(8) Félix María Calleja del Rey, "Parte detallado de la acción de Aculco", en J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México, México, 1877, José M. Sandoval, impresor, núm. 132.

(9) Carlos María de Bustamante. Campañas del General D. Félix María Calleja, México, 1828, Imprenta del Águila, p. 23.

(10) Antonio Ibarra, "Crímenes y castigos...", p. 266.

(11) "Sumaria instruida en Querétaro, por orden de Calleja, a diecinueve soldados y tres paisanos que fueron aprehendidos o se presentaron después de la atalla de Aculco", Infidencias, vol. 5, exp. 11, AGN.

(12) José Xavier de Argomaniz, Diario de Querétaro, f. 34r-34v.

(13) Antonio Ibarra, "Crímenes y castigos...", p. 270.

(14) José Xavier de Argomaniz, Diario de Querétaro, f. 34v.

(15) Idem, f. 34r.

(16) Lucas Alamán, et. al. Episodios históricos de la Guerra de Independencia, México, 1910, Imprenta de El Tiempo de Victoriano Agüeros, Tomo I, pp. 215-221

(17) Ignacio B. del Castillo, "El tamborcito de Valladolid" en El Mundo Ilustrado, año XIII, tomo II, núm. 12, México, 16 de septiembre de 1906, p. 7 nota.

(18) Epigmenio González, Memorias de don Epigmenio González, Querétaro, Gobierno del Estado, 1926, p. 40.

(19) Lucas Alamán, Historia de Méjico, México, Jus, 1968, vol. 3, p. 250.

(20) Brian R. Hammet. Revolución y contrarrevolución en México y el Perú: Liberales, realistas y, Méxic, 2012, FCE.

(21) "La misión apostólica informa a Calleja del estado, que guarda Querétaro proponiendo al mismo tiempo varias providencias.- Mayo 2 de 1813", en J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México, México, 1877, José M. Sandoval, impresor, tomo V, núm. 132.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Un par de estribos coloniales

La relación de tres siglos de Aculco con el Camino Real de Tierra Adentro, debió dejar, más allá de las huellas arquitectónicas en caminos, puentes, mesones y haciendas que en buen o mal estado se conservan, numerosos objetos relacionados directamente con el tránsito por esta vía, la más importante de la Nueva España. Tal vez es difícil de imaginar ahora, pero en su momento las calles del pueblo debieron estar llenas de carros cargados de los más variados productos del interior del país, los herreros y carpinteros trabajando sin darse abasto en reparar ruedas y ejes averiados, decenas o hasta cientos de mulas, con todos sus arreos, esperando a ser cargadas por los arrieros, algún caporal o mayordomo luciendo su traje de campo ornamentado en plata, más cercano al del chinaco que al charro como lo conocemos hoy, montando su caballo ricamente enjaezado. En fin, una estampa en la que casi todos los objetos que veríamos nos parecería extraño y difíciles -si no imposibles- de encontrar en el Aculco actual.

Aculco sigue siendo un lugar de gente de a caballo como antes -y parece que en los últimos años cada vez en mayor número y más entusiasta-. Los silleros de varios notables charros de Aculco guardan preciosas sillas de montar de faena, piteadas, chumeteadas, hermosos sombreros de fieltro y algunos de "pelo de llama" al estilo del siglo XIX con sus toquillas bordadas en plata, trajes con hermosas botonaduras bien trabajadas, arreos más bien escasos como chivarras y armas de agua, frenos y espuelas con incrustaciones de plata, etcétera. Pero son objetos que, a lo más, tendrán 100 o 130 años: se remontan tan solo, cuando mucho, al Porfiriato. De aquellos otros hombres de a caballo de hace dos o tres siglos, los del Virreinato, casi ningún vestigio material ha quedado. Esto es en buena medida algo natural: los arreos, por ricamente que estuvieran trabajados, estaban hechos para cumplir una función específica, ruda además, que normalmente limitaba su tiempo de vida. De ahí que los objetos charros coloniales sean sumamente escasos y por ello muy apreciados y valiosos.

De esos objetos charros coloniales, en Aculco sólo conozco dos medianas colecciones de frenos (no muy bien conservados) del tipo que hoy se suele llamar "zacatecano", pero que en esta región era más conocido por "mulero". Tienen este tipo de frenos la característica de poseer una barbada formada por una argolla rígida que se une al bocado, lo que significa un gran castigo para la cabalgadura y que por esa razón están prohibidos por la Federación Mexicana de Charrería en competencias oficiales. Éstos y algunos fierros de marcar ganado eran, hasta hace poco, los únicos objetos charros reconocibles en Aculco como vestigios de la gran época del Camino Real de Tierra Adentro, posiblemente empleados en las recuas de mulas que hasta principios del siglo XIX representaban una importante fuente de recursos para sus habitantes.

Muy recientemente, sin embargo, traídos de otro lugar de nuestro país, se incorporó al inventario de arreos charros legítimamente virreinales un par de estribos de madera del siglo XVIII, excepcionales por su raro diseño y magnífica calidad. Aunque en los museos y algunas colecciones privadas existen ejemplos notables de estribos de la época -algunos de ellos de calidad superior en el trabajo de la madera- estos estribos ahora aculquenses son especiales por su belleza, extraña conformación, originalidad y magnífico estado de conservación. Y cosa rara en objetos de este tipo, forman el par completo.

Los estribos más lujosos de aquella época se elaboraban en metal, a veces plata, y adoptaban una característica forma de cruz. De ellos han sobrevivido bastantes ejemplares -pocos formando pares- gracias al material con que eran fabricados. En cambio, de los estribos más populares o de aquellos que se usaban en el campo para las faenas charras muy pocos se han llegado a conservar pues se elaboraban en materiales perecederos como la madera y el cuero. Aunque normalmente los estribos campiranos eran sencillos, entre los rancheros ricos de la época barroca alcanzaron cotas verdaderamente artísticas, sacrificando incluso la ligereza y practicidad al lujo y la ostentación.

Como puede verse en las fotografías, los estribos que presentamos ahora se ajustan a las características arriba señaladas. Incluso, he llegado a sospechar, por su riqueza y buen estado de conservación, que más que tratarse de objetos utilitarios bien pudieron haber sido elaborados con intención ornamental para la imagen ecuestre de algún santo, como una escultura de Santiago o San Martín.

En primer lugar, este par de estribos llama la atención por su gran tamaño. Su silueta adopta la forma de campana casi natural para esta clase de artefactos, ancha en la base y estrecha en la parte superior, describiendo una curva. Con el hueco horadado en el cuerpo del estribo donde se introducen los pies, la silueta se torna un perfil arqueado que el artesano aprovechó para formar el cuerpo serpentino de un grifo de dos cabezas, labrando escamas en toda su superficie, al frente y al reverso. Las cabezas del grifo se unen mirando en direcciones opuestas en la parte superior del estribo, dejando entre ellas el hueco que los unía con la arción, tomando el aspecto de una bestia de dos cabezas. Estas cabezas, hermosamente talladas para ser apreciadas desde todos los ángulos, se apegan a la representación tradicional de los aquellos seres mitológicos: pico y cabeza de águila, mirada fiera y crestas de plumas (u orejas) en la parte posterior. Curiosamente, las escamas más próximas a la cabeza adoptan la forma aguzada de plumas, más cercanas a las caracterización general de los grifos con plumas en lugar de piel de reptil.

Aunque me parece a mí que estos estribos son obra del siglo XVIII por su carácter barroco, lo cierto es que hay algo en esas cabezas de grifo -quizá sólo el que se haya elegido una representación mitológica procedente del pasado Clásico- que me hace pensar en las obras renacentistas del siglo XVI. Incluso la primera vez que vi estos estribos, las líneas del labrado de esas cabezas me trajo a la mente inmediatamente el recuerdo de las antiguas sillerías de los coros de las catedrales españolas, adornadas con motivos semejantes, aunque naturalmente de una calidad artística superior.

Para bien o para mal, estos estribos que ya se habían convertido en aculquenses por formar parte de la colección de un entusiasta de este pueblo, se encuentran en venta, pues su propietario lo ha decidido así y es muy factible que salgan de Aculco en un momento dado. En el pueblo, como decíamos arriba, existen varios grandes aficionados a la charrería que poseen buenas colecciones de arreos charros. Sería estupendo que alguno de ellos se entusiasmara con estas piezas tan excepcionales y antiguas, y decidiera adquirirlas para que, en propiedad particular como hasta ahora, permanecieran incorporados de alguna manera al patrimonio de nuestro pueblo, como un recuerdo tangible del campo mexicano en los años del Virreinato. Si alguno de ellos lee este texto y está interesado en ellos, puede enviar un mensaje a este sitio para que lo dirija con el propietario de tan hermosos y raros objetos.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Nuestra Señora de la Luz y su marco fragmentario

I. La imagen y devoción de Nuestra Señora de la Luz

Cualquiera que haya dedicado su atención a las imágenes que se veneran al interior del templo parroquial de Aculco, habrá notado que, con pocas excepciones, sobreviven muy pocos ejemplos de lo que debió ser su decoración barroca de los siglos XVII y XVIII, perdida seguramente a partir de la década de 1840, cuando a la reedificación de las bóvedas siguió la ornamentación de su interior al gusto neoclásico de la época. Entre las pocas excepciones, se encuentra el óleo que representa a Nuestra Señora de la Luz, colocado desde largo tiempo atrás sobre la puerta que antiguamente daba acceso desde el templo principal a la desaparecida Capilla de la Tercera Orden, y que destruida ésta dio paso en la década de 1950 a un pequeño bautisterio que hoy funciona como Capilla del Santísimo Sacramento.

La de Nuestra Señora de la Luz es una devoción de origen italiano, pues tiene su origen en Palermo aproximadamente en 1722. Esta advocación está directamente relacionada además con la Compañía de Jesús, pues fue un religioso de esa orden, el padre Juan Antonio Genovesi, quien encargó la realización de la imagen original, de acuerdo con la siguiente tradición:

Deseando un esclarecido religioso de la Compañía de Jesús, el P. Juan Antonio Genovesi, consa- grar su vida al bien de las almas“trabajando en las santas misiónes, y poniendo sus apostólicos trabajos bajo la protección de la inmaculada Reina del cielo, anbelaba ardientemente saber bajo que invocación imploraría a la Santísima Virgen y en qué forma la presentaría alos fieles como su especial abogada y protectora. Salió de su perplejidad con la determinación de acudir a una ejemplar religiosa a quien Dios favorecía con extraordinarias manifestaciones para pedirle que obtuviese de la Virgen Santísima el que se dignara indicar la invocación con que debía implorarla, y la forma en que más de su agrado fuese ser representada a los fieles. La Virgen Santísima complaciendo al celoso misionero se dignó aparecer a aquella santa religiosa en forma tan bella y divina que la dejó singularmente maravillada con la manifestación de tan celestial hermosura. En esta sobrenatural visión sobresalía la afabilidad y ternura que resaltaba en el rostro de María, y el torrente de luz que de aquel semblante divino se despren— día era de tal viveza que no hubiera podido compararse ni con la del sol en su mayor esplendor. Manifestó la Santísima Virgen a la religiosa que aceptaba el obsequio que el misionero le hacía consagrándole sus apostólicos trabajos, y que en la forma en la que la veía quería ser venerada, y por último, que la divisa en que se le debería invocar sería la de Madre Santísima de la Luz.

Se procedió luego a hacer el retrato de la Virgen Santísima, en la forma en que se había dejado ver, mas el trabajo del pintor quedó muy lejos de satisfacer al religioso porque no concordaba con los detalles con que la Divina Señora se había manifestado. La Santísima Virgen intervino bondadosamente al grado de dejarse ver otra vez por la religiosa , de hacer que estuviese ella presente al trabajo del pintor, de mostrarse a la misma religiosa en el tiempo mismo en que el pintor hacía su obra; y de esa suerte, el pintor guiado por las indicaciones de la religiosa, y más que todo, trabajando bajo el impulso de la Santísima Señora, como ella lo tenía ofrecido, concluyó la hermosa copia de la Madre Santísima de la Luz, la que, una vez concluida, bendijo la Reina del cielo, siendo aquella bendición el feliz augurio de los celestiales favores que los fieles obtendrían con la veneración de la divina imagen.(1)

La imagen, prosigue esta crónica, fue donada diez años después a la iglesia de la Compañía de Jesús de aquella ciudad siciliana. Por alguna extraña determinación, los jesuitas decidieron echar suertes para decidir a cuál de las casas de la orden dispersas por todo el orbe debía ser enviada aquella imagen milagrosa. Cuenta la leyenda que tres veces se repitió el sorteo y en las tres resultó favorecido el colegio jesuita de la ciudad de León, Guanajuato. La imagen, en efecto, fue enviada a la entonces Nueva España y llevada al templo leonés. Al reverso de ella se escribió una patente que certifica ser la original según carta de donación del propio padre Genovesi, de 1729, si bien la imagen no llegó sino hasta 1732.

La devoción a Nuestra Señora de la Luz se extendió, por supuesto, de mano de los propios jesuitas: fue declarada patrona de las misiones de la Compañía en 1756 y por su propio nombre se le opuso, con alguna frecuencia, a las "falsas luces" de filosofía del siglo. Muy rápidamente se convirtió en una de las imágenes más frecuentes en las iglesias y hogares mexicanos. Hasta tal punto, que ni siquiera la expulsión de los jesuitas en 1767 logró reducir su culto y así la propia ciudad de León la juró en 1770 como patrona contra los rayos y tempestades, y en 1777 se solicitó la aprobación de las constituciones para formar en la parroquia del lugar una cofradía bajo su protección. Ya en la Guerra de Independencia, fue proclamada "defensora y caudilla" de León, se le ofrendó un bastón de mando de oro y a su gracia se atribuía que esa ciudad apenas hubiera sufrido por la contienda.

Iconográficamente, la advocación de María Santísima de la Luz muestra a la Virgen María con túnica blanca y manto azul, apoyada en querubines, sosteniendo con la mano derecha, por la muñeca, a un alma a punto de caer en las fauces del demonio. En el brazo izquierdo María carga al Niño Jesús, quien escoge un par de entre los corazones ardientes (que simbolizan el amor a Dios) que un ángel le ofrece en una cesta. En la parte superior, un par de ángeles la coronan como reina del cielo. En 1771, durante el IV Concilio Provincial Mexicano, ya expulsados de los territorios españoles los jesuitas y cuestionándose algunas de las devociones por ellos promovidas, se discutió si era teológicamente correcta la la acción de la Virgen de sacar a un alma de las fauces del demonio, siendo que sus atributos le permiten ser intercesora de una acción así, pero no actora. Así, se determinó suprimir la figura el demonio de las imágenes de Nuestra Señora de la Luzy se le sustituyó con otras alusiones al Purgatorio, el Infierno o el pecado, no sólo en las pinturas nuevas, sino aún retocando las más antiguas. Aunque por supuesto esta orden no debe haber sido acatada de inmediato ni en todos los casos, puede ser un buen indicio para intentar fechar una imagen de esta advocación. Cierto que hay evidencia también de que, tras la independencia, los artistas regresaron con gran frecuencia a su diseño original.

II. El marco fragmentario de la imagen de Aculco

La imagen aculquense de Nuestra Señora de la Luz sigue fielmente la iconografía tradicional de la advocación. La orla del manto de la Virgen se enluce con hilo metálico, quizá dorado, y en algún tiempo llevaba unos aretes reales de perlas de río que le fueron robados no hace muchos años. Realizada por un pintor más bien mediocre, no es seguro siquiera que pertenezca al siglo XVIII, pues en su trazo parece haberse perdido ya la inspiración barroca. Lo que es barroco y dieciochesco sin duda es su marco, coronado por una elaborada composición formada por retorcidas hojas de acanto con una venera en la cúspide. Del lado izquierdo desciende un adorno formando una especie de guirnalda que en el lado derecho se ha perdido. A simple vista, yo daría como 1750 la fecha probable de elaboración de este marco, de acuerdo con sus características formales y estilísticas.

Sin embargo, al observar con más cuidado este remate, saltan enseguida a la vista una serie de irregularidades que difícilmente se pueden atribuir al simple capricho del artista barroco. De hecho, salvo por la venera y una especie de jarrón ubicado en la parte más baja , no existe la menor simetría en él. Tal parece que el remate hubiera sido formado por partes tomadas de otro marco de distinto tamaño y características o de incluso de un retablo desechado para adaptarlas a su nuevo uso. Según mi interpretación, quizá una docena de piezas que originalmente formaban un par de obras distintas fueron ensambladas para elaborarlo. Se trataría, pues, de un marco fragmentario, siguiendo la terminología acuñada por Manuel González Galván:

Sin exagerar, ¡miles y miles de retablos! fueron ahuyentados de las iglesias, destruidos, quemados, fragmentados. Así desapareció la memoria de sus estructuras en sus distintas modalidades: salomónicas, estípites, tritóstilas [...] A pesar de la muerte y desoladora desaparición, un compás de espera histórica hizo llamar de nuevo a los supérstites para que se reunieran, aunque carentes de cartas de identificación los más, pero sólo a condición de afinidad formal y devocional, en breve gregaciones formales: éstos son los retablos fragmentarios.

El caso del marco aculquense es por su puesto un caso menor de estas agregaciones de partes de una obra anterior para constituir una nueva. Ejemplos mayores son los del retablo principal de la capilla de La Conchita, en Coyoacán, y el altar mayor del templo del convento de San Diego Churubusco. Con todo, permite suponer algunos detalles, por mínimos que sean, del tipo y época de la decoración barroca preexistente en la parroquia de Aculco antes de la transformación neoclásica de su interior.

(1) Album dedicado a la Madre Sma. de la Luz, patrona de la Diócesis de León con motivo de la solemne coronación de su imagen original verificada el 8 de octubre de 1902, México, 1903, Imprenta Comp. Editorial Católica, pp. 7-10.

(2) Manuel González Galván, Trazo proporción y estilo en el arte virreinal, México, 2006, UNAM-IIE / Gobierno de Michoacán / Secretaría de Cultura, p. 349.