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domingo, 23 de junio de 2024

Los aculquenses que compraban esclavos en Guadalajara

En los viejos protocolos notariales del siglo XVIII de la ciudad de Guadalajara, Jalisco existen muchos documentos que nos hablan de una de las realidades más terribles de la época: la esclavitud de la raza negra (y de los mezclados con ella). Estos papeles dan fe la compra-venta de hombres, mujeres, niños e incluso bebés esclavizados, que aunque nunca aparecen en las cantidades en que se comerciaban en Brasil o en los Estados Unidos, por mencionar algunos otros lugares, sí revelan el trato inhumano, casi de objetos, que se les daba a estos seres humanos. "Piezas", por ejemplo les llama dos de las escrituras que les mostraré aquí.

Curioso es hallar en tales documentos que tres aculquenses participaban del comercio de esclavos en aquella ciudad en el útimo tercio del siglo XVIII: Nicolás Sánchez, Manuel Perfecto de Chávez Navas y José Joaquín de Chávez Navas. El primero es probablemente don Nicolás Sánchez de la Mejorada, próspero aculquense que obtuvo en remate público la hacienda de Ñadó en 1780 y contaba entre sus bienes con ocho hatajos de mulas “del camino real”, “aparejadas de lazo y reata” (1). El segundo es sin duda alguna el mismo personaje que hacia 1810 era teniente de Justicia del pueblo de Aculco y que con tal cargo se encargó de informar a las autoridades acerca de la llegada del cura Hidalgo al pueblo, los muertos en la batalla del 7 de noviembre de ese año, los despojos levantados del campo de batalla y los prisioneros que se les hicieron. Por esas comunicaciones pasó a los libros de historia (2). El tercero era pariente naturalmente de Manuel Perfecto, aunque desconozco en qué grado. Fue "justicia" de Aculco y tenía su casa junto a las Casas Reales del pueblo (2 bis).

¿Qué hacían estos tres aculquenses en el occidente del virreinato por aquellos años? De Nicolás Sánchez, podemos prensar que sus intereses como dueño de recuas quizá lo llevaron allá. De los Chávez Navas la cuestión en menos fácil de dilucidar, pues además de que se dice que Manuel Perfecto era "residente en esta corte" (es decir, por lo visto un habitante permanente, no un viajero) se ocupaba de cosas extrañas, como la venta de una "mesa de truco" -esto es, una mesa para juegos de cartas- a nombre de un tal Luis Dumon (3). En fin, transcribo aquí fragmentos de los documentos en que se registra la compra de esclavos que hacían aquellos hombres entre 1772 y 1774, con algunas correcciones y cambios en la puntuación para hacerlos más legibles:

 

En la ciudad de Guadalajara, a diez y seis de marzo de mil setecientos setenta y dos años: Ante mí, el escríbano de Su Majestad y testigos, don Francisco Xavier Vizcarra, vecino y de este comercio, a quien doy fe conozco: otorga que vende realmente y con efecto a don Nicolás Sánchez, vecino de San Gerónimo Aculco, jurisdicción de Huichapan, para sí y sus herederos o sucessores y quien su derecho representare es, a saber, dos piezas de esclavos, madre e hijo, nombrados Juana Paula,de color negro, la misma que hubo y compró de don Felipe de Oleta y Muchen, por escritura que se celebró en la Villa de San Sebastián, jurisdicción de el Real de San Joseph de Copala de la Gobernacion de Sinaloa, Nuevo Reino de la Andalucía, a los veinte y siete de junio de setecientos sesenta y uno, ante don Lázaro Antontio Tirado, teniente de Justicia [?] de aquella Villa; y el hijo nombrado Joseph de edad de diez meses: En cuya virtud libres dichos esclavos de todo empeño, hipoteca, y la madre de vicio, defecto, o enfermedad, los vende a dicho don Nicolás en precio y cuantía de ciento y setenta y cinco pesos, libres de todos costos, oro común en reales que por ellos le ha dado y confiesa tener recibidos en pesos efectivos as su voluntad y satisfacción, sobre que renuncia la excepción de la non numerata pecunia, leyes de la entrega primera, y paga del recibo como en ellas se contienen. Y declara ser dicha cantidad su legítimo precio, que no vale mas, y caso que más valga del exceso, cualquiera que sea le hace, gracia y donación al comprador pura, mera, perfecta e irrevocable. (4)

 

En la ciudad de Guadalajara, a siete de enero de mil setecientos setenta y cuatro años: Ante mí, el escríbano de Su Majestad y testigos, doña María Nicolasa Gómez, esposa legítima de don José de la Torre vecinos de esta ciudad a quienes doy fe conozco: con licencia a que la susodicha pidió y demandó al referido su esposo quien se la concedió en bastante forma de derecho, so expresa obligación de su persona y bienes de hacerla por firme y valedera a [?] y en todo tiempo, y de no la revocar en manera alguna, y de ella usando, otorga que vende realmente y con efecto a don Manuel de Chávez Nava, vecino del pueblo de San Gerónimo de Aculco, jurisdicción de Huichapan, provincia de Xilotepec, para sí y quien su derecho representare, es a saber un mulatillo esclavo nombrado Francisco de edad de trece años, poco menos; el mismo que la otorgantte hubo y compró de doña Yldefonsa de Huerta por escritura que de celebró en esta ciudad a los nueve de abril de setecientos sesenta y ocho ante mí el presente escribano, a que me remito, y como propio libre de todo gravamen de que lo asegura, y no de vicio, tacha defecto o enfermedad pública o secreta que haya padecido o padezca, pues con la que tuviere o pareciere tener, con esta misma se lo vende en precio y cuantía de cien pesos libres de todos costos, de oro común en reales, que por él le ha dado, y confiesa la otorgante tener recibidos en pesos efectivos a su voluntad y satisfacción sobre que renuncia las leyes de la entrega su prueba y excepción de pecunia como en ellas se contiene. Y declara ser dicha cantidad su legítimo precio, que no vale más, y caso que más valga del exceso, cualquiera que sea, hace gracia y donación al comprador, pura, mera, perfecta e irrevocable. (5)

 

En la Ciudad de Guadalajara a trece de marzo de mil setecientos setenta y dos años. Ante mí el escribano de Su Majestad y testigos doña María Rita Cid de Escobar, esposa legítima de don Joseph Manuel Valcárcel Guzmán, vecina de esta corte a quien doy fe conozco: por sí, como dueña legítima de la pieza de esclava que se expresará que heredó de sus padres entre otros bienes, y en virtud de poder general que para este y otros efectos le dio y confirmó el expresado su esposo, su fecha en el pueblo de Tamazula, jurisdicción de Zapotlán de la Nueva España a los quince de noviembre del año próximo passado de setecientos setenta y uno, que pasó ante don Joseph de Ochea, teniente de aquel partido, que yo el presente escríbano doy fe haber visto en cuatro fojas útiles: otorga que vende realmente y con efecto a don Manuel Perfecto de Chávez Nava, vecino de la jurisdicción de Huichapan, para el susodicho y los suyos y quien su derecho representare es, a saber: una mulatilla esclava nombrada María Gertrudis, que será de edad de diez y ocho años poco más o menos, nacida y criada en casa de la otorgante. En cuya virtud, libre dicha esclava de todo gravamen de que la asegura, y no de vicio, tacha, defecto o enfermedad pública o secreta, que haya padecido o padezca, pues con la que tuviere o pareciere tener con esta misma se la vende en precio y cuantía de ciento y veinte pesos libres de escritura y alcabala de oro común en reales que por ella le ha dado, y confiesa tener recibidos en pesos efectivos a su voluntad y satisfacción sobre que renuncia la excepcion de la non numerata pecunia, leyes de la entrega prueba y paga del recibo como en ellas se contienen. Y declara ser dicha cantidad su legítimo precio, que no vale más y caso que más valga, del exceso cualquiera que sea hace gracia y donación al comprador, pura, mera, perfecta e irrevocable. (6)

 

En la Ciudad de Guadalajara a trece de marzo de mil setecientos setenta y dos años. Ante mí el escríbano de su Majestad y testigos doña Juana Josefa Salgado, vecina de esta corte a quien doy fe conozco: otorga que vende realmente y con efecto a don Joseph Joaquín de Chávez, vecino de Aculco, jurisdicción de Huichapan, para sí, sus herederos o sucesores y quien su derecho representare, es, a saber: una mulatilla esclava nombrada María Vicenta, que será de edad de veinte y un años, la misma que hubo y compró la otorgante (en consorcio de su hermana doña Gertrudis, difunta) del licenciado don Joseph Reyes Gómez de Aguilar, cura propio de la Villa de Lagos, por escritura que celebró ante mí el presente escribano a los veinte y tres de mayo del año pasado de setecientos sesenta y cinco ante mi el presente: en cuya virtud libre de todo gravamen de que la asegura, y no de vicio, tacha, defecto o enfermedad pública o secreta, que haya padecido o padezca, pues con la que tuviere o pareciere tener con esa misma se la vende en precio y cuantía de ciento y cuarenta pesos libres de escritura y alcabala de oro común en reales, que por ella le ha dado y confiesa tener recibidos en pesos efectivos a su voluntad y satisfacción, sobre que renuncia la excepción de la non numerata pecunia, leyes de la entrega, prueba y paga, de el recibo como en ellas se contienen y declara ser dicha cantidad su legítimo precio, que no vale más, y caso que más valga, de el exceso cualquiera que sea hace gracia y donación al comprador pura, mera perfecta e irrevocable.(7)

 

¿Qué habrá sido de aquellos pobres esclavos, todos ellos vulnerables por su edad o sexo?, ¿habrán permanecido allá en Guadalajara o sus compradores los tajeron a Aculco? Preguntas sin respuesta por ahora. Lo cierto es que en aquella misma ciudad de Guadalajara casi cuatro décadas más tarde, a inicios de la Guerra de Independencia, el cura Hidalgo promulgó el decreto que abolía la esclavitud, el 6 de diciembre de 1810. Tal vez, con un poco de suerte, alguno de estos cinco esclavos vivió para verse libre en aquellas circunstancias.

 

FUENTES:

1. Archivo General de Notarías del Estado de México (AGNotEM). Distrito de Jilotepec, notaría 1, caja 2, legajo 6, f. 81v.

2. Por ejemplo el de Carlos María de Bustamante, Cuadro histórico de la revolución mexicana, tomo I, México, Imprenta de J. M. Lara, 1843, p. 93.

2 bis. Catálogo de protocolos de la notaría no. 1 de Jilotepec, agosto 8, Ca. 1, Leg. 13, Fs. 66-68v.

3. Archivo de instrumentos públicos de Guadalara, Jalisco. Protocolo del escribano Ignacio de la Sierra, 1772-1775, s/f, 13 de enero de 1774.

4. Archivo de instrumentos públicos de Guadalara, Jalisco. Protocolo del escribano Antonio Berroa, 1772, f. 112v-113v.

5. Archivo de instrumentos públicos de Guadalara, Jalisco. Protocolo del escribano Antonio Berroa, 1774, f. 73 y 73v.

6. Archivo de instrumentos públicos de Guadalara, Jalisco. Protocolo del escribano Antonio Berroa, 1772, f. 111 y 111v.

7. Archivo de instrumentos públicos de Guadalara, Jalisco. Protocolo del escribano Antonio Berroa, 1772, f. 112.

viernes, 26 de abril de 2024

La escalera del convento de Aculco

Después de mucho tiempo retomo en este texto la descripción de los espacios del antiguo convento franciscano de Aculco, hoy casa cural. Ya antes les he hablado del refectorio, la galería de los novicios, la torre oculta, la sacristía, el bautisterio viejo, la sala de profundis, la loggia de la planta alta de la portería, el claustro, el reloj de sol y algún otro sitio más. Esta vez conoceremos la escalera que permite acceder a la planta alta del edificio. Esta escalera se localiza en un cubo situado hacia el ángulo sureste del claustro, contiguo al salón que fue originalmente el refectorio y a un cuarto que hoy se usa para sanitarios.

Se trata de una escalera de dos tramos con un descansillo entre ellos y otro más en el desembarque. A ella se accede desde un arco escarzano de piedra blanca sin molduras -no muy amplio- que da a la planta baja del claustro, el cual estuvo anteriormente cubierto con aplanados y hoy luce con la piedra aparente después de un reciente y nocivo despellejamiento. La reja de hierro que cierra este acceso es de construcción moderna. La cubierta de la escalera está formada por petatillo y vigas, no es antiguo sino, posiblemente, contemporáneo de la estancia de los frailes agustinos (1951-1964), ya que originalmente debió ser de terrado sobre vigas de madera.

La primera rampa consta de diez peldaños de cantera. La mitad de ellos asciende bajo la bovedita que conforma el descanso superior. A sus costados corre un pasamanos de mampostería de piedra blanca aparente, que en su origen también debió estar cubierto de aplanados de cal y arena. El primer descansillo, con piso de ladrillo, tiene hacia el poniente una puerta que comunica con el refectorio. El muro sur tiene aquí un remetimiento parcial de unos 20-25 cm que no se explica fácilmente, salvo para hacer más ancha dicha entrada al refectorio. En este mismo muro la escalera se ilumina con una ventana semitapiada que anteriormente tuvo un barandal de madera hacia el interior que ya no existe. Esta ventana da hacia los altos de la galería de los novicios.

En el punto de unión del pasamanos de las dos rampas existe una gran piedra labrada que se adosa verticalmente y tiene dos remates a diferente altura. El remate más bajo es curvo, mientras que el alto termina en corte recto y tiene una horadación que quizá sirvió para colocar velas o algún otro tipo de iluminación.

La segunda rampa tiene sólo ocho peldaños de piedra. Sus barandales, a diferencia de los otros, están todavía cubiertos de aplanados. No desemboca este segundo tramo directamente al corredor alto, sino, como hemos dicho ya, a un descansillo que ocupa todo el ancho de la escalera. Desde él, un arco semejante al que da acceso en la planta inferior y colocado a eje con él permite entrar al claustro, sin la reja que estorba al tránsito en la planta baja. Nada más trasponer el arco encontramos, a mano izquierda, una curiosa pila de agua bendita de piedra encalada, forma troncocónica con reborde marcado, alojada en un nicho con cerramiento triangular.

Aunque los aplanados originales de cal y arena de esta escalera han sido removidos parcialmente, es muy importante que los que restan se conserven. No sólo por tratarse de la "piel" que sus constructores le dieron a principios del siglo XVIII, cuando presumiblemente se levantó, sino porque al tratarse de uno de los principales espacios de un convento que estuvo profusamente decorado con pintura mural es probable que conserve aún restos de ella. Y, quizá con un poco de suerte, alguna restauración futura los pondrá a la vista.

martes, 23 de abril de 2024

Y siguen despellejando el antiguo convento de Aculco

Hace 16 años, en uno de los primeros textos publicados en este blog titulado El claustro desollado, criticaba la pésima decisión que se tomó hacia la década de 1960 de retirar los aplanados decorados con pintura mural que cubrían los arcos del patio del viejo convento de Aculco. Me referí en este escrito a la ponencia Los acabados de los monumentos novohispanos y la petrofilia al final del siglo XX, donde el autor, David Charles Wright Carr, escribe:

Los aplanados de mortero de cal, los enlucidos finos y las capas de pintura son eliminados de los elementos arquitectónicos pétreos con demasiada frecuencia, con el pretexto de descubrir la piedra. Curiosamente, muchos monumentos son agredidos por los mismos profesionales de la conservación que tienen como misión la protección de la integridad física de los inmuebles. Justifican sus intervenciones con la teoría estética moderna y los gustos populares actuales, de tendencia marcadamente petrófila (es decir, que gusta de la piedra a la vista). [...] En la Nueva España era usual aplanar los elementos pétreos con mortero de cal y arena, en el caso de los elementos formados con mampostería de piedras irregulares. [...] En muchos monumentos esta piel protectora fue tratada de manera bicroma o policroma. Los constructores novohispanos utilizaban un lenguaje de formas y colores. Mediante sillares fingidos, figuras geométricas, cenefas, frisos grutescos, fajas fitomorfas y elementos figurativos, enfatizaban y jerarquizaban los elementos dentro de las composiciones.

Precisamente este tipo de decoración en forma de sillares fingidos pintados sobre el aplanado es el que tenía el claustro del convento. Todo, salvo algún "testigo" pictórico que dejó prudentemente el encargado de retirarlo, se perdió irremisiblemente en aquellos años, arrebatándole así parte de su historia arquitectónica al edificio.

Sinceramente creí que esa nociva idea de retirar los aplanados del convento era cosa del pasadao y no continuaría, ya que se había abandonado hace 60 años. Es más: pensaba que llegado el momento, una restauración del edificio revelaría nuevas pinturas murales en paredes que hoy sólo lucen encaladas en blanco, pero que por su ubicación es muy probable que estuvieran originalmente decoradas: el antiguo refectorio, la escalinata, la sala de profundis, la sacristía. Sin embargo, hace unos días descubrí con sorpresa y disgusto que en los corredores que comunican el claustro con la sacristía y con el patio de los novicios se ha llevado a cabo una nueva obra de remoción de aplanados, y con ello quizá también de destrucción de pintura mural que podría haber existido oculta bajo el encalado.

Debo aclarar aquí que no se trata de una cuestión estética, sino histórica y patrimonial. Yo he sido un gran defensor de la piedra blanca de Aculco, que es uno de los principales signos de identidad de la arquitectura local, incluso por encima de la cantera rosa. Sin embargo, no se trata de arrancar los aplanados de los edificios históricos, que tienen un valor por sí mismos, para dejar expuesta la piedra porque así nos parece más hermosa. Como dice la cita que copié líneas arriba, ese gusto por la piedra expuesta es un gusto moderno, que no corresponde a la época en la que se construyó este convento.

Este nuevo atentado contra la integridad del convento de Aculco debió realizarse en algún momento en los últimos cinco o seis años, ya que cuento con fotografías de 2014 y 2018 que muestran esa zona del inmueble todavía intacta. Hoy la piedra blanca irregular ha quedado al descubierto. Por su corte descuidado es evidente que sus constructores nunca quisieron verla así. ¿A quién se le habrá ocurrido tamaña tontería?, ¿por qué abundan los tontos con iniciativa?

En fin, ya lo había escrito en otro post, pero lo repito: el patrimonio de Aculco se pierde de poco en poco todos los días. Cuando nos demos cuenta no nos quedará nada.

sábado, 12 de agosto de 2023

Los apaches que aterraron a Aculco en 1797

A finales del siglo XVIII, el extenso norte del virreinato de la Nueva España era un territorio mayormente despoblado. Pese a la fundación de ciudades como Santa Fe de Nuevo México (1610), Albuquerque (1707), Chihuahua (1709) o San Antonio de Béjar (1718), así como de una línea de presidios con fuerzas militares, los escasos habitantes de estas regiones padecían la incomunicación con el centro del virreinato (el viaje desde la Ciudad de México a Santa Fe, a 2,600 kilómetros de distancia, podía tomar seis meses), sufrían el clima desértico y, particularmente, vivían expuestos a un peligro humano constante: las incursiones de las tribus indígenas nómadas.

Las provincias del norte [...] están expuestas a las invasiones de los apaches salvajes. Estos terribles indígenas, empujados de valle en valle por la superioridad de las armas europeas, han acabado por encontrar en los climas rigurosos donde se han refugiado, la energía necesaria para vengarse de los usurpadores de su patria y, a su vez, atacan a los españoles establecidos en sus fronteras. Dependen de sus numerosos rebaños, que reemplazan los recursos dudosos de la caza, así como de la cría de caballos castellanos, sobre los que recorren las vastas sabanas del norte e irrumpen inopinadamente sobre las rancherías aisladas en busca del botín. [...] Se diferencian de los indios civilizados de México por sus duros rasgos, su nariz aquilina y la conformación de su frente. [...] Los trajes de los apaches, como los de los osages y de los pawnies, se componen de un sarape de lana, de pantalones de gamuza, de mocasines, de una banda en la frente y de adornos, collares y brazaletes. Sus armas son el arco y las flechas y la lanza, que empiezan a reemplazar por las armas de fuego. (1)

Los apaches eran el grupo más temido entre los "indios de guerra" o "indios bravos", como solía llamárseles. Desde tiempos remotos se dedicaban al saqueo y la depredación de las tribus vecinas y continuaron con este sistema sobre los nuevos pueblos, ranchos y haciendas fundados por españoles y mexicanos, especialmente después de que los comanches los desplazaron más al sur. Los colonos trataron de atraerlos a la paz de muchas maneras, pero los apaches lucharon fieramente por mantener su independencia. De tal manera que ya en el siglo XVIII se les enfrentaba casi sin esperanzas de incorporarlos al orden colonial y a la fe católica. Desde 1729, a los apaches que caían prisioneros se les enviaba a la Ciudad de México, de donde partían a Veracruz para forzarlos a trabajar en las fortificaciones del puerto e incluso para desterrarlos a Cuba, Campeche, Santo Domingo o Puerto Rico:

Lo que se veía a menudo entrando a Veracruz era una cuerda miserable, un tropel de hombres y mujeres reducidos a la condición de bestias. Semidesnudos, o apenas cubiertos con sus cueros de gamuza, de venado o bisonte, con sus raídas prendas de una manta ennegrecida por el uso constante, van asomando una mirada insondable por entre sus largas cabelleras. La piel tostada por el sol, el polvo y la intemperie, que los hace ver más morenos de lo que lo son en libertad, les da un aspecto inconfundible; pues traen consigo todavía las sequedades del desierto, el teatro de la guerra impreso en el fondo de los ojos y a flor de piel. Mientras caminan bajo un calor sofocante apenas balbucean “en fingida humildad” (como dicen sus captores) algunas palabras en su lengua en demanda de agua y comida, mientras la tropa que los conduce toma las mayores precauciones para asegurarlos y mantenerlos cautivos, ya que harán todo lo posible para fugarse en cualquier momento. (2)

A finales de 1796, uno de estos grupos, formado por "apaches mezcaleros" capturados en las fronteras de Texas, Sonora y Nuevo México, era conducido por los soldados del rey desde la capital del virreinato precisamente hacia el puerto de Veracruz para su posterior envío a La Habana. Estaba formado por 29 mujeres y niñas y 28 varones de todas las edades. Pese a la fuerte vigilancia, 18 de esos hombres consiguieron fugarse violentamente la noche del 7 de noviembre, mientras se les repartía la cena en la venta de Plan del Río. Uno de los evadidos sería hallado herido dos meses después no lejos de ahí, en el pueblo de Teocelo, pero el resto se lanzó en una huída desesperada, tratando de retornar a sus lejanísimas tierras. El gran historiador Antonio García de León ha narrado con gran detalle esta odisea en su libro Misericordia. El destino trágico de una collera de apaches en la Nueva España (FCE, 2017), magnífica obra de la que extraigo aquí la información y algunas citas.

Encabezaba al grupo de apaches prófugos un personaje singular: un hombre apodado el Genízaro, "güero y encarnado". Se trataba de Juan Alonso Avilés, criollo secuestrado por los apaches a los cuatro años de edad que había crecido como uno de ellos. Ya mayor, fue capturado por los españoles en un enfrentamiento con su pueblo adoptivo, tras lo que fue reconocido por su familia y en lugar de mantenerlo prisionero se le dio empleo como soldado, puesto en que se esperaba que aprovechara sus conocimientos de los apaches. En esta labor llegó a la Ciudad de México vigilando a un grupo de apaches cautivos y haciendo el trabajo de traductor, pero ahí decidió desertar del ejército. Sin embargo, se le detuvo cerca de Tepotzotlán y como se consideró que había intentado regresar a la "barbarie" apache, fue encerrado con los cautivos de esa etnia y condenado a sufrir la misma suerte en las fortificaciones de La Habana.

Los apaches escapados en Plan del Río tomaron en su huída bayonetas y otras armas. Fabricaron arcos y flechas y se mantuvieron de la cacería y de saqueos a las rancherías a las que se acercaban. Robaron caballos que les permitieron avanzar más de prisa y empezaron a subir al Altiplano de cumbre en cumbre. Pasaron por el Pico de Orizaba y se adentraron por Tlaxcala. Luego fueron vistos por Zacatlán, separados en dos grupos. El 11 de enero de 1797, su persecución tomó un carácter más formal, pues se encomendó al capitán Francisco de Viana y especialmente al teniente Nicolás de Cosío su captura, partiendo de las inmediaciones de Tulancingo. Perseguidos y perseguidores entraron al Valle del Mezquital por los alrededores de Actopan. Pasaron después por Huichapan y se aproximaron a San Juan del Río en busca del Camino Real de Tierra Adentro que conducía al norte novohispano. Los apaches llevaban ventaja y pronto se supo que se habían adelantado por el Bajío hasta Jerécuaro. Luego se les vio por Celaya y hacia el 20 de enero acampaban en las inmediaciones de Querétaro, antes de moverse hacia Salvatierra y Yuririapúndaro, en la intendencia de Guanajuato. Sus ataques eran cada vez más sangrientos y tres apaches murieron en ellos. El asesinato de dos pequeños inició el rumor de que comían niños y el capitán Cosío, enfermo y obsesionado con la persecución, se encargó de propagarlo.

El 1 de febrero, los apaches fueron avistados por Coroneo. Al día siguiente, tres mil hombres se organizaron en varias partidas para enfrentarlos en el cerro del Capulín. Ahí, tras una fuerte batalla, capturaron a seis apaches mal heridos, no sin sufrir 27 bajas del lado español, tres de los cuales murieron. Del grupo de ocho indios que consiguieron escapar, uno caería muerto poco después en un fiero combate cuerpo a cuerpo. Los siete restantes pronto volvieron a perderse por los montes:

Los justicias involucrados en la persecución reconocían que los apaches se habían vuelto ojo de hormiga, que habían desaparecido del todo: aun cuando dieron por cierto que algunos informes recabados decían “haberlos sentido en las goteras del Real de Tlalpujahua”, significando con esto que se hallaban en ruta desviada, ya no hacia el norte, como muchos imaginarían, tratando de retomar el Camino Real —que a esta altura se hallaba bloqueado por los piquetes de movilizados—, sino de nuevo al oriente, muy posiblemente hacia las inmediaciones del rumbo de Jilotepec o Aculco, para retomarlo desde ahí.

Al atardecer del día 6 y siguiendo la ruta hacia el oriente, ganaron una serie de elevaciones boscosas que ofrecían un buen abrigo antes de dirigirse de nuevo hacia el norte. Fue en aquel despoblado montañoso donde decidieron pernoctar. Allí pudieron volver a comer carne y conservar una parte como reserva; descansar unas horas y emprender de nuevo la ruta. En la mañana, avanzando hacia Aculco, toparon de repente con la vera de un camino, el que había que seguir para salir hacia la ruta planeada. Detuvieron la marcha de golpe al llegar a un vado, pues un grupo de gente armada, al parecer un destacamento de soldados, se dirigía hacia el sur, hacia Acambay, para movilizar en su contra a los indios otomíes de aquel pueblo. Una vez pasada la tropa, salieron de sus escondites y retomaron el rumbo cruzando el mismo camino. Fue entonces cuando un hombre y una mujer, acompañados de un niño pequeño, los avistaron y empezaron a dar voces para alertar a la tropa, que enfrascada en su derrotero, y por el ruido de sus cabalgaduras, no alcanzaba a oírles. En un instante, el hombre y la mujer cayeron atravesados de dos flechazos, cesando la gritería. Ella, tratando de proteger al niño, cayó sobre él, cubriéndolo de sangre. Al poco rato, el niño se repuso, se zafó del cadáver que lo aplastaba y echó a correr hacia unos ranchos llorando por la pérdida de su madre y su abuelo. Los apaches habían desaparecido, pero los rancheros se ocuparon del menor, que resultó ileso, y avisaron a los rastreadores —que pasaron después— que el derrotero de los fugados parecía ser un grupo de lomeríos llenos de bosques de coníferas que los lugareños llamaban “la sierra de Naá [¿Ñadó?]”. Asustados de estas muertes, los rancheros abandonaron sus casas y ganados y huyeron a refugiarse en Aculco, distribuyendo rumores por toda la región. (3)

El teniente de justicia de Acambay, Ignacio Díaz de la Vega, organizó a los vecinos de ese pueblo para enfrentar a los apaches, a los que llamaba "mecos", contracción de "chichimecos", el nombre genérico que en náhuatl se les daba a los indios nómadas del norte. Su idea era que "se formase cordón de unos y otros desde el paraje que llaman La Lechuguilla, hasta el Rancho de Chethé, a efecto de que, en la mañana del citado día se explorasen los Montes del Agostadero, Muitejé y Ñadó, para aprehender a los indios mecos que se hallaban amadrigados en ellos" (4). Procedente de Aculco, un destacamento de soldados se reuniría con los 400 otomíes armados con hondas convocados por Díaz de la Vega en el paraje de Caximó:

Antes de partir de ese lugar, el destacamento había recibido las bendiciones del cura [de Aculco] después de una misa mayor en la parroquia de San Jerónimo, en una ceremonia acompañada de cohetes y campanazos que llenaban el ambiente de aquel poblado abrupto. Poco después, el 9 de febrero y desde Acambay, el justicia territorial don Ignacio Díaz de la Vega le escribía a don Alfonso Ramón de Barturen, su homólogo y superior en Aculco, acerca de los incidentes ocurridos en las estribaciones de la sierra —en el paraje de Caximó—, en donde se había topado con la tropa proveniente de Aculco, aprovechando para informarle acerca de la insolente desobediencia de los indios del lugar acaudillados por su gobernador de república, un tal Pedro García. Según él, la insubordinación de los indios, motivada por lo que reconocía como “una actitud soberbia de los españoles durante un decomiso de caballos”, debía ser severamente condenada y reprimida, pues había impedido la captura de los apaches sobrevivientes, quienes tuvieron tiempo para parapetarse en las sierras vecinas, reponerse de su casi total derrota y “desaparecer para siempre.” (5)

¿Pero qué sucedió exactamente en Caximó, Acambay, que arruinó los planes de los perseguidores y propició la fuga de los apaches? Sucede que los soldados decomisaron los caballos de los voluntarios otomíes y uno de ellos intentó recuperar el suyo del oficial español que lo montaba. Éste respondió a cintarazos con su sable, hiriéndolo, y entonces el resto de los indígenas de Acambay apedrearon al oficial. Aunque los soldados intentaron detener el motín y algunos resultaron heridos en el intento, los otomíes decidieron regresar al pueblo sin participar en el cerco de los montes. Ya sin posibilidades de apresar a los apaches en los bosques de Ñadó, la tropa tuvo que retirarse también a esperar nuevas señales de su paso por otros sitios.

Mientras todo esto pasaba y mientras los partes y comunicados iban y venían entre Aculco, Huichapan, Acambay y la ciudad de México, los perseguidos siguieron su camino, siguiendo ahora más claramente su recorrido hacia el norte, para "restituirse a su país y desde allí hacernos la guerra", como rezaba un parte; mientras las autoridades locales atribuían el fracaso final de la misión a las insubordinaciones de los otomíes del rumbo. Los últimos reportes señalan que seis de los fugados cabalgaban por aquellos montes de Dios, armados de arcos y flechas y moviéndose con cautela hacia San Juan del Río y Querétaro. Desde el 27 de febrero, en carta al virrey marqués de Branciforte, el comandante y subdelegado, Juan José Valverde, informaba desde Huichapan que cerca de Aculco habían sido avistados los apaches, camuflados a la usanza rural de aquellas regiones, dando constancia de que los esfuerzos por localizarlos "no han producido últimamente más realidad que la de que se hayan ausentado estos enemigos de los límites y términos de esta Jurisdicción, en que efectivamente fueron perseguidos con todo tesón". (6)

Se desconoce por completo qué sucedió al final con los seis apaches restantes de aquellos 18 que escaparon en Plan del Río. Nadie supo de ellos ni dieron señales de vida desde que se les avistó por última vez en las inmediaciones de Aculco, todavía a miles de kilómetros de las tierras que eran su hogar. ¿Habrán llegado a ellas? Antonio García de León, poéticamente, imagina al final de su libro cinco posibilidades:

Que regresaron a sus dominios siguiendo el Camino Real, que murieron en el camino, que merodean como espíritus en la región de Aculco, que se sumaron a la plebe urbana de Querétaro o que ascendieron, como los gemelos de la mitología de los suyos, a la inmensa comba del cielo estrellado... (7)

***********

Hasta aquí la historia. No quiero dejar de recomendarles mucho el libro del que la sacado, que pueden leer gratuitamente acá: Misericordia. El destino trágico de una collera de apaches en la Nueva España.

Finalmente, hay que decir que esos no fueron los primeros ni los últimos apaches que pasaron por tierras aculquenses: casi todos los prisioneros de esta etnia llevados a la Ciudad de México viajaban por el Camino Real de Tierra Adentro y en consecuencia por tierras de la jurisdicción de Aculco:

En los últimos años [se refiere a finales del siglo XVIII] los indios bravos convictos se han vuelto parte del paisaje del Camino Real de Tierra Adentro, el que llega a la ciudad de México serpenteando desde la Santa Fe de Nuevo México, en el extremo norte de las llamadas Provincias Internas. (8)

Una de las últimas noticias de apaches prisioneros transitando por estas tierras es de 1806, cuando una mujer apache murió en Arroyozarco mientras se le llevaba a la capital, de lo que dio fe el administrador de la hacienda, don Miguel Sánchez de la Concha:

Certifico en cuanto puedo y el derecho me permite que en esta hacienda a mi cargo ha muerto una india de las de la cuerda que conduce el teniente don Facundo Melgares y queda tirada en el campo y para que conste doy la presente en 8 de enero de 1806. (9)

Ese poco caritativo "queda tirada en el campo" quizá indica que incluso se le negó sepultura y su cadáver quedó a merced de los animales.

 

NOTAS:

(1) Claudio Linati. Costumes civils, militaires et réligieux du Mexique, Bruselas, 1827, pl. 22.

(2) Antonio García de León. Misericordia. El destino trágico de una collera de apaches en la Nueva España, México, FCE, p. 23.

(3) Idem, p. 178, 189-190.

(4) Idem, p. 195.

(5) Idem, p. 194.

(6) Idem, p. 202.

(7) Idem, p. 204.

(8) Idem, p. 22.

(8) Idem, p. 62.

viernes, 14 de julio de 2023

La Inquisición en Aculco

El Santo Oficio de la Inquisición fue un tribunal establecido en España en 1478 y ampliado después a sus dominios con el fin de mantener la ortodoxia católica entre sus habitantes. Nadie podría hoy en día defender sus medios (represión de la libertad de pensamiento, juicios sin conocer al acusador, tortura, confiscación de bienes y en último término la muerte), pero lo cierto es que, en su contexto histórico, la institución fue mucho menos terrible de lo que acostumbramos imaginar. Para empezar, en un tiempo en que todos los tribunales acostumbraban torturar a los reos, la Inquisición reglamentó esta práctica para evitar abusos. Asimismo, mientras los tribunales religiosos de la Europa protestante quemaban decenas de miles de "brujas" en los siglos XVI y XVII, la Inquisición española apenas ajustició mujeres por esa causa. Ni más ni menos que Enrique VIII, rey de Inglaterra que separó a la Iglesia Anglicana de la comunión con Roma, ejecutó a unos 70,000 católicos por mantener su lealtad al papa, muchísimos más que los 3,000 reos cuya muerte se puede atribuir a la Inquisición en Europa y América según sus archivos. En la Nueva España, desde 1571 en que se estableció hasta 1821 cuando se consumó la Independencia, sólo unas 50 personas murieron condenadas por el tribunal. Además, en tierras americanas la Inquisición no actuaba sobre los indígenas (que eran la mayor parte de los pobladores), pues como nuevos conversos se les consideraba propensos a recaer en la idolatría, pero también disculpables por ello.

Puestas las cosas en su contexto, paso a hablarles sobre la actuación de la Inquisición en Aculco. Dado que la inmensa mayoría de los habitantes del pueblo y su jurisdicción en los siglos XVI y XVII eran indígenas que quedaban fuera de la supervisión del tribunal, seguramente hubo muy pocos asuntos inquisitoriales en esos años, y de hecho los archivos no conservan registro de alguno. Al llegar el siglo XVIII, sin embargo, la situación demográfica había cambiado mucho debido al mestizaje y esa nueva población mezclada sí caía bajo la jurisdicción del tribunal:

El Santo Oficio descubriría que el mestizaje y la población de mezclas involucraba nuevos sujetos bajo su autoridad. Si antes los pueblos de indios estaban exentos de su competencia, las mezclas habían creado diferentes calidades, cuyos individuos, ausentes de pureza india, estarían bajo su tutela. Estas individualidades localizadas en pueblos indios debían, al menos en teoría, ser una preocupación de los comisarios. (1)

Esta situación explica el nombramiento para Aculco un calificador interino del Santo Oficio de la Inquisición en 1728, que fue el sacerdote franciscano fray Bernardo de Rivera. (2) Veinte años más tarde, se nombró comisario de la Inquisición para los pueblos de Aculco y Acambay y Jilotepec al también franciscano fray Miguel García Figueroa, cura de este último pueblo. (3) Bajo esta administración inquisitorial delegada localmente en los franciscanos se tiene constancia del primer caso relacionado con Aculco: en 1735, ni más ni menos que un religioso de esa orden, fray Jacinto de Piña, fue acusado de aprovechar el confesionario para hacer "solicitudes deshonestas" (es decir, proposiciones sexuales) a las feligresas de la doctrina de este pueblo. (4)

Es hasta 1776, cuando se había creado ya la parroquia de Aculco y la autoridad religiosa había pasado de los franciscanos a manos del clero secular, cuando Aculco reaparece en los archivos de la Inquisición. Esta vez se trata de un caso misterioso: el bachiller don Juan José Pichardo, sacerdote que residía en el pueblo, envió al tribunal una carta cerrada "sin título ni carátula alguna" por conducto del padre Luis de Neve y Molina. El contenido de esta carta secreta es desconocido. (5)

En las últimas dos décadas del siglo XVIII el número de casos inquisitoriales aumenta y éstos abarcan temas muy variados. En 1783, por ejemplo, el cura don José Moreno recibió el encargo de realizar las diligencias relativas a verificar la "limpieza de sangre" de José Almaraz Carbajal. Esta tarea se refería a comprobar que el sujeto involucrado no tuviera ascendientes judíos, musulmanes o negros en su genealogía, y se requería para acceder a ciertos cargos públicos. Almaraz, residente en Cadereyta y con antepasados en Aculco, aspiraba a ser nombrado notario de la Inquisición y por ello necesitaba tal comprobación. (6)

Dos años después, una mujer criolla de Aculco, doña María Rosalía García, se "denunció espontáneamente" -es decir, se denunció a sí misma- por haber dudado del misterio de la Santísima Trinidad. Estas autoinculpaciones ante la Inquisición a veces eran ciertamente voluntarias, pero otras muchas eran producto de una denuncia o sospecha previa, ante la cual el acusado decidía confesar plenamente para atenuar su castigo. En el caso de María Rosalía parece que no hubo mayor castigo pues su infracción era muy leve, así que simplemente "se le absolvió de su error". (7)

En 1787, el cura de Aculco, don Luis Carrillo y Troncoso, solicitó expesamente y obtuvo formalmente el cargo de comisario del Santo Oficio de la Inquisición de la jurisdicción de Aculco, si bien ya antes había actuado como comisario exprofeso para un solo caso. (8) Sin duda los tiempos de Carrillo fueron los más activos en lo que se refiere a denuncias inquisitoriales y nadie mejor que él puede ser llamado "el inquisidor de Aculco" como modernas tradiciones lo han hecho, si bien jamás tuvo tal título sino el mencionado de comisario del Santo Oficio de la Inquisición, que orgullosamente plasmó en el gran cuadro del Privilegio Sabatino ubicado en la parroquia. El presbitero don Juan José Pichardo ejerció como notario suyo al principio de su encomienda. (9)

En el ejercicio de esa tarea, a Carrillo le correspondió investigar diversos asuntos interesantes, por ejemplo el de Petra, una esclava denunciada en 1795 por doña Xaviera Basurto (esposa del labrador don Ciriaco de la Cueva) por decir que no había Infierno, cuyo caso no llegó a concretarse porque la acusada falleció (10). O el de fray José de Lima, religioso mercedario que en la cuaresma de 1786 fue a Aculco para ayudar en los servicios de la iglesia y más tarde se le acusó por "solicitante", es decir, por pedir favores sexuales en el confesionario (11). Ese mismo año, el bilbaíno Manuel Bernaola fue acusado por don Juan José Jiménez y Peñaranda, teniente del partido de Aculco -a quien servía como amanuense- por sus proposiciones heréticas. (12) También atendió la denuncia de la castiza Rita María de la Trinidad Millán, vecina del pueblo, contra Jorge Melgarejo, a quien escuchó proferir "cosas nada conformes a la santidad de nuestra santa Fe" en 1787. (13) Ese mismo año, se denunció a José Ignacio Basurto, joven que comenzaba su carrera clerical como acólito "a título de idioma otomí" (es decir, por conocer esa lengua) y sin tener las órdenes sacerdotales se atrevió a confesar a una india. (14)

En 1790 hubo otro caso de "denuncia espontánea": la de Inés Luisa Sánchez, esclava soltera de don Manuel García, quien se acusó a sí misma de "herejía mixta", término que se refiere a que creía y había manifestado cosas contrarias a la fe sabiendo que lo eran. El propio cura Carrillo solicitó facultad para absolverla de este "crimen", por lo que seguramente no era asunto de importancia ni ameritó mayores investigaciones, aunque al parecer el perdón se retardó hasta 1793, cuando fue absuelta ad cautelam (es decir, con reservas). (15)

En 1792, fue María Tiburcia Mendoza quien denunció a José Antonio Millán, alias Vértiz, no tanto por solicitarla lujuriosamente "para cosas torpes", sino por otras "proposiciones" blasfemas o heréticas que lo oyó proferir. (16) Pero quizá el caso más interesante en tiempos de Carrillo fue el del negro, ciego y manco José Manuel, esclavo de doña Micaela de Terreros, a quien se tenía por difusor de supersticiones y que por ello fue denunciado en 1792 en Aculco, aunque los hechos habían tenido lugar diez años atrás en Púcuaro, Michoacán (17). Según el historiador José Antonio González, quien ha profundizado en este caso, se trata de un caso sumamente interesante de "magia amorosa, donde se combinaron las técnicas de la ventriloquía, el empleo de la chuparrosa como amuleto erótico, la ingestión de un alucinógeno para tener visiones y potenciar poderes espirituales y que se concretaron en una seducción mágica". Te recomiendo mucho que leas lo escrito por González en su blog sobre este asunto inquisitorial, pues ayuda a conocer mucho de las supersticiones de la gente de esa época. Lo puedes encontrar aquí: "La chuparrosa parlante del ciego José Manuel".

Al año siguiente, el padre Carrillo atendió un nuevo caso de denuncia espontánea por la que también solicitó facultades para absolver a la penitente. Se trataba de la española María Antonia Morales, culpable de herejía mixta. (18) También herética fue la expresión que oyeron proferir a Vicente Morales, de tan sólo 15 años, cuando dijo "que no creía cómo sería eso de la resurrección de la carne, o que no creía eso", lo que le valió una denuncia también en 1793. (19) En 1794, el comisario del Santo Oficio en Aculco se ocupó de tres casos de denuncias espontáneas por herejía mixta: la de la española soltera María Teresa Hernández, que vivía en la calle Real a la salida del pueblo; la de la también española Rosalía Garfias, y la de la doncella Rita Morales, que hizo a través del bachiller don Ignacio Ruiz Peña, sacerdote avencidado en Aculco que aparece en los documentos también como comisario inquisitorial y a quien en 1798 se le concedieron facultades para absolver a la acusada. El fiscal de la Inquisición, José de Pereda y Chávez, anotó que Rita había confesado "varios errores y disparates que, según su tenor, parece maniática". (20) Llama la atención ciertamente que estas autoinculpaciones sean en todos estos casos hechas por mujeres.

Un caso algo distinto fue el denunciado por doña María Desideria Alarcón en 1795. La mujer no vivía en Aculco, sino en la Ciudad de México, en la esquina de Pacheco (por otro nombre Puente de Santiaguito), pero era natural de ese pueblo. Ella acusó a un hombre que habitaba en el entonces pueblo de Tacuba, "quien hablaba cosas horrorosas y se limpiaba por las asentaderas con una estampa de la virgen de Guadalupe". (21)

Curiosamente, varios casos relacionados con brujería de los que ya les he platicado en este blog (el brujo Alejandro, del que se decía que hablaba con los animales, y las tres brujas indígenas) y que por su naturaleza podrían creerse materia de proceso inquisitorial no ameritaron que los párrocos de Aculco los turnaran a las autoridades superiores de la Inquisición. ¿Por qué? Primero, porque se trataba de indios no sujetos al tribunal, pero quizá también porque a aquellas alturas del siglo XVIII la creencia en hechicerías se iba teniendo más por supersticiosa que por real.

Ya en el siglo XIX, en 1804, se sabe que existió una causa contra un tal Mario Antonio Urquiza, pero sólo sobrevive la carta en que los inquisidores apremiaron a don Luis Carrillo a darle curso, temiendo que hubiera caído en el olvido. (22) Pocos años después, durante la Guerra de Independencia, se tiene noticia de un último caso de la Inquisición relacionado con Aculco: se trata del proceso contra el franciscano fray José de Lugo y Luna "por proposiciones heréticas y revolucionario", pues este sacerdote había escapado del convento de Toluca y se había unido a los insurgentes: "destinado de capellán a San Jerónimo Aculco bajo las órdenes del Coronel Insurgente apellidado Polo, en cuya compañía vivió tres meses en el Cerro Ñadó donde sólo decía Misa, e hizo un Matrimonio”. (23)

Seguramente muy pocos entre esta veintena de casos relacionados con Aculco implicaron medidas severas por parte de la Inquisición. Si acaso dos o tres de los acusados llegaron quizá a pisar las cárceles de este tribunal. Ninguno, por cierto, recibió como condena la pena capital.

El archivo de la parroquia de Aculco resguardaba documentos relacionados con estos y otros casos inquisitoriales. Hace bastantes años alguien cercano me comentó que tales documentos habrían sido destruidos intencionalmente hace muchos años y ciertamente ya no existen. Cierta tradición no muy extendida (y que quizá tiene apenas unas tres décadas) ha dado en llamar al inmueble ubicado en la calle Juárez número 2 la "casa de la Inquisición" o "casa del inquisidor", pero en realidad nada parece vincularla con ese tribunal ni con los comisarios del Santo Oficio que ejercieron sus funciones en el pueblo. Pero quizá alguien logre en el futuro hallar esa liga.

 

NOTAS:

(1) Miranda Ojeda, Pedro. "La articulación de las comisarías dependientes en los distritos del Santo Oficio de Nueva España, 1611-1662", en Desacatos número 69, mayo-agosto 2022, pp. 106-123.

(2) Archivo General de la Nación (AGN), Inquisición, vol. 818, exp. 22, f. 429 a 432.

(3) AGN, Inquisición, vol. 847, exp. 921, f. 216.

(4) AGN, Inquisición, vol. 1175, exp. 18, f. 179-183.

(5) AGN, Inquisición, vol. 1111, exp. 2. f. 2.

(6) AGN, Inquisición, vol. 1167, exp. 7, f. 80-142 y exp. 7B, f. 202-239.

(7) AGN, Inquisición, vol. 1214, exp. 2, f. 11-15.

(8) AGN, Inquisición, vol. 1216, exp. 2, f. 115-119; vol. 1217, exp. 15, f. 198-199; vol. 1272, exp. 1, f. 1-7.

(9) AGN, Inquisición, vol. 1217, exp. 15, f. 198-199.

(10) AGN, Inquisición, vol. 1380, exp. 19, f. 378-381.

(11) AGN, Inquisición, vol. 1272, exp. 1, f. 1-7.

(12) AGN, Inquisición, vol. 1203, exp. 8, f. 51-91.

(13) AGN, Inquisición, vol. 1066, exp. 14, f. 335-338.

(14) AGN, Inquisición, vol. 998, exp. 11, f. 137-141.

(15) AGN, Inquisición, vol. 1304, exp. 1, f. 1-2; vol. 1319, exp. 14, f. 1-3; vol. 1302, exp. 15, f. 1-4.

(16) AGN, Inquisición, vol. 1193, exp. 24, f. 269-274.

(17) AGN, Inquisición, vol. 1358, exp. 8, f. 195-196.

(18) AGN, Inquisición, vol. 1338, exp. 4, f. 105-125; vol. 1340, exp. 10, f. 1-8.

(19) AGN, Inquisición, vol. 1351, exp. 9, f. 1-7.

(20) AGN, Inquisición, vol 1337, exp. 13, f- 1-5; vol. 1337, exp. 14, f. 1-3; vol. 1389, exp. 2, f. 14-20; vo. 1199, exp. 11, f. 52-53. Libro del Fiscal 1794-1815, Biblioteca Lafragua, BUAP, registro 1154. Don Ignacio Ruiz Peña tendría unos 36 años en 1794. Exactamente tres décadas después residía en San Juan del Río. AHMA, Estado de México. Fondo: Independencia. Sección: Presidencia. Vol. 01. Clave: 284. Expediente: 05. Febrero de 1824

(21) AGN, Inquisición, vol. 1373, exp. 22, f. 249-257.

(22) AGN, Indiferente Virreinal, caja 5486, exp. 75, f. 1.

(23) AGN, Inquisición, vol. 462, exp. 91. f. 27. Transcripción tomada de “Relación de la causa de Fray José de Lugo y Luna, por proposiciones heréticas y revolucionario”, en Boletín del Archivo General de la Nación. Tomo III, julio, agosto y septiembre de 1932, número 3, p. 346.

miércoles, 7 de junio de 2023

Una esclava rescatada por amor

El matrimonio criollo formado por Rita Ávarez Godoy y Juan González Rubio, junto con sus cuatro hijos, habitaba a mediados del siglo XVIII en la ranchería de Ruano, entonces parte de la jurisdicción de Aculco y hoy del municipio de Polotitlán. Infortunadamente, la mujer falleció en abril de 1759 y fue sepultada el día 25 de ese mes. Con tal motivo, el viudo acudió con el cura interino de Aculco, don Nicolás María de Arroyo, para cubrir los derechos parroquiales. En aquella reunión, sin embargo, el cura le comentó que su mujer había dejado "esclavos para su funeral", es decir, cautivos que debían venderse para cubrir los gastos de su sepelio.

No es claro dónde consignó doña Rita esta disposición acerca de sus esclavos. Tal vez estaba escrita en un testamento depositado en el archivo del templo (como se hacía frecuentemente en aquella época), o quizá simplemente lo había señalado de manera verbal al sacerdote. El caso es que González admitió que aquello era cierto, pero que la difunta, hallándose ya "en artículo de muerte", había ordenado que se dejara libres a esos esclavos. El padre Arroyo aconsejó entonces a González que se dirigiera al teniente de Justicia de Jilotepec para que éste les diera a aquellos pobres siervos -una mujer y sus dos hijos- su correspondiente carta de liberación.

González siguió el consejo y compareció ante el teniente, don Antonio de la Colina. Inesperadamante, éste desechó la liberación y le ordenó conducir a los esclavos a su presencia para sacarlos a pública subasta. El viudo no tenía evidentemente recursos para participar en aquel remate y, viéndose así "tan oprimido de la justicia", recurrió a un par de amigos más solventes, don Manuel Sánchez y don José Quintanar, para que compraran a su nombre a la madre y a un hijo, respectivamente, y le permitieran recuperarlos al saldar su deuda con ellos.

Sánchez, en efecto, obtuvo a la esclava en remate, pero no a nombre de González como éste quería sino al suyo propio. Por su parte, Quintanar también obtuvo a un hijo esclavo e incluso recibió del viudo 50 pesos que cubrían "su ínfimo precio", pero en una situación poco clara, mientras González sufría las fiebres de un tabardillo (tifus), sus familiares le entregaron el recibo de aquel monto a don Manuel Sánchez. De tal manera el teniente de Justicia escrituró los esclavos a don Manuel Sánchez por un monto total de 150 pesos. El intento de González de conservar a los esclavos para liberarlos parecía haber fracasado.

Pero don Juan no podía darse por vencido, por razones que veremos enseguida. Regresó con el cura de Aculco y le descubrió la raíz de su empeño en liberar a aquella mujer y a sus hijos: "haciéndole patente mi desdicha en la cual había caído como hombre en fragilidad", es decir, confesándole que mantenía relaciones con la mujer, le manifestó que deseaba su libertad para casarse con ella. Al arrebatársela, sospechaba el viudo, don Manuel Sánchez intentaba impedir ese matrimonio, ya que era su tío y seguramente no veía con buenos ojos una unión tan dispar.

El cura decidió dar cuenta de todo esto al teniente de Justicia de Jilotepec. Éste, comprensivo aunque severo, ordenó que la mujer y sus dos hijos le fueran entregados enseguida a Juan González, pero también que se le multara con 200 pesos. Esta cantidad no incluía el monto que Manuel Sánchez había pagado por ellos, de modo que se emitiría una nueva escritura, en que mediante fianza de don Diego González -hermano de Juan- le reconocería a Sánchez un adeudo por 150 pesos por los menores, mientras que a mujer se le daría carta de libertad.

Pero don Manuel no estaba conforme con aquello y se negó a comparecer para elaborar la nueva escritura. Es más, a causa de otro proceso judicial se vio en la circunstancia de huir de Aculco y se llevó los documentos, por lo que don Juan pidió al cura Arroyo que lo ayudara ante las autoridades civiles para, de no hallarse la escritura que daba propiedad de los esclavos a Sánchez, se elaborara "una detestación en forma para que en ningún tiempo [aquellas escrituras] valgan fe".

La situación, sin embargo, no obstaculizó que se celebrara el matrimonio de don Juan y la esclava, que por cierto era mulata y se llamaba Paula de Álvarez (su apellido, que coincide con el de la primera mujer de González, seguramente derivaba de él; además, curiosamente, el matrimonio de Juan y Rita había llamado María Paula a su última hija, nacida el 2 de marzo de 1755). Tras levantarse la información matrimonial en que declararon que deseaban casarse "de su libre y espontánea voluntad" y correr las amonestaciones, su boda se celebró en la parroquia de Aculco el 3 de febrero de 1761 ante el cura don Nicolás María de Arroyo, con Manuel Martínez y María Martínez como testigos y padrinos. Así, aquella pobre mujer cambió de estado y condición, para unirse legalmente a una familia que, sin ser necesariamente rica, pertenecía a los estratos sociales más altos de la región.

 

NOTAS

(1) Esta historia tiene como única fuente los libros sacramentales de la parroquia de san Jerónimo Aculco. El documento principal es una "Relación de todo lo que pasó en el discurso de este negocio, desde su origen hasta el fin", manuscrito anónimo y sin fechar que proporcionó sin embargo datos suficientes para hallar los registros que muestran el segundo apellido de Juan González, el entierro de su primera esposa y su posterior matrimonio con la ex esclava. Las referencias de estos documentos son las siguientes:

"Relación de todo lo que pasó": "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:9396-1Q96-1F?cc=1837908&wc=MGXY-MNL%3A164300601%2C164305102%2C165841601 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Información matrimonial 1688, 1719, 1768-1770 > image 89 of 417; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

Registro de entierro de Rita Álvarez Godoy: "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:939X-QK7R-5?cc=1837908&wc=MGNZ-PT5%3A164300601%2C164305102%2C165570901 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Defunciones 1679-1762 > image 549 of 1145; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

Información matrimonial de Paula de Álvarez, mulata esclava, y Juan González, español: "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:9396-1QSC-8Y?cc=1837908&wc=MGX1-3TG%3A164300601%2C164305102%2C165945503 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Información matrimonial 1759-1782 > image 129 of 591; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

Registro de matrimonio de Paula de Álvarez y Juan González: "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:939X-DB93-XQ?cc=1837908&wc=MGVW-16D%3A164300601%2C164305102%2C168343603 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Matrimonios 1719-1789 > image 597 of 609; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

Registro de bautizo de María Paula, hija de Juan González Rubio y Rita Álvarez, 2 de marzo de 1755: "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:939X-DBQ7-Y?cc=1837908&wc=MGVW-6TG%3A164300601%2C164305102%2C164409701 : 8 December 2021), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Bautismos de hijos legítimos 1744-1763 > image 143 of 435; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico). Otra hija, María, nació el 4 de febrero de 1754: "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:939X-DBQW-1?cc=1837908&wc=MGVW-6TG%3A164300601%2C164305102%2C164409701 : 8 December 2021), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Bautismos de hijos legítimos 1744-1763 > image 124 of 435; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico). Una más, María de la Concepción, nació el 15 de diciembre de 1748: "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:939X-DBQK-F?cc=1837908&wc=MGVW-6TG%3A164300601%2C164305102%2C164409701 : 8 December 2021), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Bautismos de hijos legítimos 1744-1763 > image 44 of 435; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

miércoles, 10 de mayo de 2023

La sacristía de la parroquia de Aculco

No sé por qué motivo -quizá por simple distracción- había dejado de describir en este blog los espacios del antiguo convento franciscano de Aculco, cuando me había propuesto ir mostrándolos con cierta periodicidad hasta formar un recorrido completo por ese edificio. Quisiera retomar esa serie, hablándoles esta vez de la sacristía, que se ubica al lado de la epístola del templo (es decir, del lado derecho) y paralela a la Sala de Profundis, que precisamente se interpone entra aquella y el claustro. El siguiente croquis muestra claramente su ubicación.

La sacristía es el lugar del templo donde los sacerdotes se revisten con las ropas litúrgicas y donde se guardan los ornamentos y otros objetos necesarios para celebrar la misa, como son las hostias sin consagrar, el vino, cálices y otros vasos sagrados, velas, etcétera. Por eso lo habitual es que la sacristía se ubique en un salón cercano al altar. El sacristán es el empleado encargado de mantener en orden la sacristía.

Viejos papeles de esta iglesia de Aculco hacían distinción entre la "sacristía vieja" y la "sacristía nueva" en el siglo XVIII, pero es difícil saber si esta última correspondía ya a la actual. Lo cierto es que aquella sacristía vieja debió ser la que se utilizaba cuando los franciscanos habitaban todavía el convento (edificada en 1708 y descrita como "de costilla", lo que parece referirse a la forma de su bóveda), mientras que la "nueva" sería una construcción realizada después de que se erigió la parroquia de Aculco en 1759. Dado que ambas sacristías coexistieron al mismo tiempo y no hay indicios de que la antigua haya sido demolida, me pregunto si el salón que he identificado como Sala de Profundis del convento habrá sido esa sacristía vieja.

En mi opinión, la sacristía actual de la parroquia de San Jerónimo Aculco data en su mayor parte precisamente de la segunda mitad del siglo XVIII, pero habría sido modificada hacia 1843-1848, cuando en el templo se realizaron la obras de edificación de la bóveda y cúpula. Así lo muestran ciertos detalles, como sus ventanas y la portada de cantera extrañamente oculta tras una alacena.

La sacristía se desplanta sobre un rectángulo de unos cuatro y medio o cinco metros de ancho por nueve o diez de largo en dirección norte-sur. En sus lados cortos, sendas entradas enmarcadas en cantera permiten acceder desde el presbiterio de la iglesia y desde el curato. Al lado oriente se abre un par de ventanas que miran a la antigua huerta, mientras que el lado poniente, salvo por la exigua entrada a la alacena a la que me referí antes, es ciego.

En el lado sur, a la izquierda del acceso hacia el convento, se encuentra el sacrarium: un lavamanos en que se limpian los vasos sagrados y que tiene salida directamente a tierra, con el fin de que cualquier partícula de la hostia o gotas del vino consagrados no se mezclen con el drenaje común. En la pared oriente se encuentra una alacena cubierta con un bonito par de puertas entableradas antiguas que seguramente servía para guardar copones, cálices, navetas, acetres, incensarios y otros vasos sagrados.

La sacristía está cubierta por un par de bóvedas de arista, separadas por un arco toral de cantera. A lo largo de la imposta corre una cornisa con resaltes justo donde se apoya ese arco. La molduración de la cornisa es de orden toscano.

Como mobiliario propio de este espacio hay que destacar la gran cajonera de madera con cerraduras de bronce en que se guardan las vestiduras sacerdotales. Ocupa poco más de la mitad del muro poniente, al que se encuentra adosada. Una cajonera más sencilla y pequeña, pero también de cierta edad, se encuentra al otro extremo del salón. Encima dela cajonera grande se suele colocar un par de atriles neoclásicos de calamina. Arriba, en el muro, se encuentra el magnífico cuadro de La Última Cena de Miguel Cabrera, joya de este espacio y de todo el inmueble. Al centro de la sacristía debió existir una gran mesa como era habitual, pero la que hay ahora es moderna y sin valor alguno. Subsiste sin embargo sobre ella un hermosísimo Cristo antiguo, quizá del siglo XIX.

La sacristía fue el sitio donde tradicionalmente se colgaron los retratos de los antiguos párrocos, de los que quedan seis. En tiempos relativamente recientes, se concentraton también aquí la mayor parte de las pinturas que se hallaban en otras partes del viejo convento.

Desmerece algo en esta sacristía su piso de pasta ajedrezado en blanco y negro de la década de 1950. No sé si el piso original era de madera como el del templo, o de ladrillo, como el resto de las dependencias del convento.

Hacia el exterior, la sacristía sólo tiene fachada hacia el oriente. Es de piedra blanca aparente, con tres contrafuertes del mismo material. Esta fachada se prolonga hacia la izquierda en una composición parecida, pero que se nota inconclusa. Malamente, esta prolongación de la fachada fue cubierta por una aborrecible construcción reciente, que en tiempos de mayor cuidado al patrimonio de Aculco deberá ser demolida. En el contrafuerte del extremo izquierdo de la fachada se incrusta el canal de cantera con ménsula que desagua la bóveda, pero que ahora, a causa de aquella misma construcción moderna, tiene un tubo de pvc en la boca para desviar los escurrimientos. Las ventanas se cubren con rejas del siglo XIX, adornadas con nudos de plomo.

Hace no muchos años y con muy mal criterio, se abrió un agujero en la bóveda de la sacristía para pasar una cuerda y tocar desde ella la campana que se encuentra a un lado de la cúpula de la iglesia. Esta cuerda puede verse en alguna de las fotografías que incluyo aquí.