La calle de Nicolás Bravo corre entre la Avenida Hidalgo y la calle de Pomoca: dos cuadras que hacia el oeste se vuelven tres, pues desemboca en aquel costado la callecita de Santos Degollado sin prolongarse hacia el este. Degollado, por cierto, fue hastala década de 1950 o 60 apenas un angosto callejón al que solían nombrar "del Beso", en referencia al mucho más famoso callejon del mismo nombre que se encuentra en la ciudad de Guanajuato. Pero no nos desviemos del tema de este texto y comencemos a andar por la calle de Bravo.
La calle inicia entre dos casas significativas en el paisaje aculquense. Al poniente, la casa que fue don Macario Sánchez Ruiz y su esposa María Lara Rodríguez, remodelada a mediados del siglo XX con unas ventanas de cantera adornadas con una guardamalleta bajo el alféizar. Al oriente, la que llamaban Casa de la Pechera, que en este extremo tenía un portalito con arcos el cual, en la década de 1970 se cerró con una fachada de piedra blanca con elementos similares a los de la Unidad Jorge Jiménez Cantú.
Si el caminante levanta la vista desde este inicio, advertirá que el primer tramo de la calle corre en línea recta. Pero a lo lejos, después de cruzar Aldama, percibirá que el segundo tramo se tuerce pues serpentea al tiempo que desciende hacia el norte. Este es un detalle que revela la distinta antigüedad de estos dos tramos: los mapas más antiguos, como el de 1898, permiten comprobar que el segundo tramo no existía entonces, y que se abrió ya en el siglo XX trazándolo con menos cuidado, atendiendo seguramente más a los linderos de los solares que a la conveniencia de una traza rectilínea. El censo de 1930 parece apuntar en esa dirección. Registra apenas cuatro viviendas en la calle, al parecer todas ubicadas en el primer tramo. Esto podría indicar que el segundo todavía no existía, aunque también cabe la posibilidad de que ya hubiera sido abierto, pero permaneciera prácticamente deshabitado.
No es una de las calles más hermosas de Aculco, pero sí es simpática y conserva en buena medida su armonía. Empedrada, como todas las del centro. En ella todavía no se aprecia el desorden arquitectónico que ha alterado de manera irreversible otras calles del pueblo. Es una calle angosta y sin banquetas. Como los corrales de varias casas daban hacia ella, durante mucho tiempo estuvo definida por las altas bardas de piedra blanca que se alzaban a ambos lados, interrumpidas aquí y allá por antiguas portadas de cantera. Recuerdo especialmente la del número 8, que hacia 1995 vi desmontada junto a la nueva entrada, ampliada para permitir el acceso de vehículos. Con todo, la mayor parte de los muros que hoy verá el caminante sigue siendo la original, aunque muchos hayan sido horadados con ventanas de proporciones poco afortunadas (con alguna excepción) o con accesos ensanchados para colocar portones metálicos.
Llegamos al cruce con la calle de Aldama. Vemos con claridad que no sólo es el trazo de la calle de Bravo el que cambia, sino que también sus construcciones son más sencillas, señal de que se edificaron en tiempos relativamente recientes y en lo que ya eran plenamente las orillas del pueblo. O, más bien debería decir, eran más sencillas, pues la reciente edificación de construcciones nuevas ha comenzado a alterar ese aire ese aire que durante tanto tiempo caracterizó a este lugar. Una de esas nuevas construcciones está precisamente en la esquina. Vamos a detenernos un momento en ella.
La casa intenta integrarse a su entorno mediante el uso de muros blancos, teja de barro, vanos verticales y herrería sencilla. Pero la escala del edificio, su volumen compacto y los numerosos retranqueos y huecos de distintas dimensiones le dan una presencia mucho más dominante que la de las construcciones tradicionales vecinas. "Salta a la vista", pues, lo que es un grave pecado cuando una casa nueva se inserta en un entorno histórico. Arquitectónicamente, además, me parece fallida: su composición carece de una jerarquía clara y sus referencias coloniales parecen añadidas a una construcción moderna más como una concesión que como parte de una intención genuina de integrarse al conjunto urbano de Aculco. Con una composición de fachadas más sencilla, el resultado habría sido mucho mejor. El muro colindante hacia el norte es además una desgracia, con sus castillos de concreto y ladrillos expuestos en toda su altura. En resumen, su incorporación no es un error dramático, pero sí una oportunidad desperdiciada para aumentar la belleza de este rincón del pueblo.
Justo enfrente de esta casa y abarcando también su respectiva esquina, se está levantando también otra casa de nueva planta. Esta vez, la fachada está construida íntegramente en la hermosa y rústica piedra blanca de Aculco. El muro de este material se prolonga sin vanos a lo largo de toda la calle de Bravo, evocando en materiales y dimensiones la vieja barda que existía antes ahí. Sobre esta barda sobresalen en altura un par de cuerpos de dos plantas que, desde el exterior, apenas muestran hacia la calle unas pocas ventanas de pequeño tamaño. Al momento de tomar las imágenes, no se había completado el rajueleado entre las piedras, lo que le daba una apariencia poco tradicional, pero las zonas donde el rajuleado se ha colocado indican que esto se resolverá adecuadamente.
Esta construcción tiene sus méritos. Me gusta. Me parece mucho más adecuada e integrada al sitio. La verdad es que la piedra blanca tiene mucho que ver con ello, pues este material tiene la capacidad de evocar inmediatamente la imagen tradicional de Aculco. Sus dos torrecillas recuerdan además las trojes construidas en alto de las viejas casas del pueblo, trojes que casi se han perdido en remodelaciones y adaptaciones. Con todo, hay que señalar detalles que me parece que fallan, como son la torpe cornisilla de concreto que recorre toda la construcción y la falta del tratamiento en piedra de su colindancia hacia el norte (por lo menos no deja este muro expuesto como en la otra casa que reseño). Pero no es este su mayor pecado, sino otro: para levantar esta construcción se destruyó una vieja casa tradicional, extremadamente sencilla y bastante maltratada, cierto, pero auténtica. Podría haberse conservado parcialmente. Aquí algunas fotos de aquella vieja casa cuando estuvo a la venta:
Aunque tomé algunas fotos del interior de esta casa, casi todo se halla todavía en construcción y es difícil saber cómo será en definitiva. Pero continuemos nuestro camino por la calle de Bravo. Seguimos bajando entre bardas de piedra blanca y casitas de poca importancia arquitectónica, lo mismo revocadas que con acabado en ladrillo. Destaca sólo por mejor cuidada la que alberga ahora al Café Casa Arte, con su entrada principal enmarcada en ladrillo, un acceso lateral con portada de cantera y sus canales que desaguan la azotea. Desde su terraza -como desde los altos de otras casas del rumbo- se tiene una preciosa vista del centro de Aculco.
Llegamos así a los últimos metros de esta calle, que aquí se ensancha para confluir con la de Pomoca. Al mismo tiempo, su lienzo occidental se endereza hacia el norte, mientras el oriental gira ligeramente al noreste. Sus últimas casas son muy sencillas. Una de ellas, pequeña y de un solo piso, estuvo hace poco a la venta por un precio absurdo. Hoy ya no está el letrero que la anunciaba y, aunque parece haber sido reparada, una nueva y desafortunada cubierta de estructura metálica y teja plástica protege ahora su pasillo de entrada. Quizá sea el preludio de una transformación mayor en un futuro no demasiado lejano. Es de temerse que para aprovechar tan reducida superficie su dueño intente levantar más de dos pisos.
Frente a ella hay otra casa pequeña que podría pasar por su gemela. Lo que destaca detrás de ella es una construcción reciente de dos plantas, pintada de color crema, tan simple como poco afortunada. Uno se pregunta cómo quien la edificó pudo dejar pasar la oportunidad de embellecer este rincón del pueblo cuando habría bastado incorporar unos cuantos elementos tradicionales para integrarla al conjunto urbano. No parece haber sido una cuestión de recursos. Tampoco de falta de ejemplos, porque Aculco ofrece muchos. La pregunta es otra: ¿se trata de falta de cultura arquitectónica, de sensibilidad o, simplemente, de indiferencia hacia el paisaje urbano que todos compartimos?
El caminante deja finalmente la calle Nicolás Bravo. Puede visitar el Santuario de Nenthé, que se encuentra a unos cuantos metros, o regresar al centro del pueblo por la calle de Pomoca. Yo me alejo con un poco de melancolía. ¡Sería tan fácil que Aculco conservara, e incluso acrecentara, su belleza con un poco de cuidado y buen gusto! Pero vivimos en una época en la que esto preocupa a muy pocos. Cada quien dirige su atención hacia asuntos distintos y sólo unos cuantos seguimos creyendo que no se puede vivir de espaldas a la belleza.















