miércoles, 3 de agosto de 2016

"Nosotros, soldados de Francia, vendimos a Maximiliano"

El antiguo edificio conocido a principios del siglo XX como El Despacho y anteriormente como Casa del Mayordomo, de la hacienda de Arroyozarco (del que ya he escrito ampliamente en este blog como puedes leer aquí), es una construcción de evidente carácter defensivo: sus altos muros apenas tienen algunas ventanas, están coronados por almenas aisladas y en sus cuatro ángulos se levantan sendos garitones para su vigilancia y resguardo. Este aspecto le viene desde su origen, ya que en él se encontraban las bodegas en las que en tiempos de los jesuitas se almacenaban los bienes procedentes de ésta y otras haciendas de su propiedad, así como los bienes que eran enviados a las misiones de California. Sin embargo, su aire militar debió subrayarse aún más a mediados del siglo XIX, cuando sirvió como cuartel de las tropas del ejército francés enviado al país por Napoleón III para apoyar al emperador Maximiliano en su trono.

Hace apenas unos años me enteré de que el interior de este inmueble guardaba justamente un singular testimonio de su uso como albergue de aquellos soldados entre los años de 1864 y 1867: una serie de extraños grafitis en el muro que da al patio de la gran troje que forma su crujía norte. Y es ahora, gracias a las fotografías que amablemente me proporcionaron Alejandro Molina Osornio, Lázaro Frutis e Isis Isidoro, tras su visita al lugar el pasado 20 de julio, que he podido analizarlos con más detalle, aunque por su estado de conservación y lagunas estoy muy lejos todavía de comprender totalmente su sentido.

El texto central de estos grafitis parece ser uno escrito en francés sobre el que posteriormente se pintó con pintura roja el fierro de marcar ganado de la hacienda (que combina una A con una Z). En su parte legible este texto dice así:

Nous soldats de la France vendu a Maximillien

On nous prends pour des indiens de la France

La [...] de no[tr]e Liberté vien [...] et on dira [que] [...]

El texto prosigue, pero únicamente es posible leer algunas palabras aisladas y de sentido dudoso. La parte que pude transcribir arriba significaría algo cercano a:

Nosotros, soldados de Francia, vendimos a Maximiliano.

Nos consideramos indios de Francia.

La [...] de nuestra Libertad acaba de [...] y se diría que [...]

Pese a lo poco que se puede leer, podemos suponer que se trata de una especie de manifiesto que muestra el pesar y remordimiento cuando los soldados franceses recibieron, a principios de 1867, la orden de abandonar México y embarcarse de regreso a Francia, dejando aquí al emperador en manos de sus enemigos, ya que su propio comandante, el mariscal Aquiles Bazaine, había obstaculizado la formación de un ejército imperial mexicano que habría podido sostenerlo.

Es posible que este texto haya estado firmado en la parte inferior, pues los restos que quedan ahí parecen indicarlo. Sin embargo, sobre esas firmas se fueron escribiendo a lo largo de los años cuentas, rayones sin sentido, rúbricas, textos completos casi borrados, etcétera, que ahora hacen imposible su interpretación. Es ésta quizá la zona más repleta de grafitis, pero en toda la pared alrededor del texto central se pueden encontrar otras palabras y dibujos que aquí les muestro, como ejemplo de lo mucho que todavía queda por investigar en esos raros trazos de Arroyozarco, que esperan todavía a un buen y dedicado intérprete:

viernes, 22 de julio de 2016

El ejido de Arroyozarco en la década de 1940 (versión novelada)

María José de Chopitea nació en Barcelona, España, en 1915, en el seno de una familia acomodada de origen vasco-catalán. En su ciudad natal conoció al periodista mexicano Luis Octavio Madero, que entre 1938 y 1938 ocupó la plaza de cónsul en la representación mexicana ante las autoridades de la República en plena Guerra Civil Española. Cuando las tropas franquistas comenzaron a acercarse a la ciudad y el gobierno republicano escapó hacia Gerona, María José junto con Madero (de quien ya era novia) y el resto del personal del consulado salieron hacia el norte hasta cruzar el 30 de enero de 1939 la frontera con Francia.

Después de pasar algunos meses en París, Ginebra y Burdeos, María José decidió ir a México para encontrarse con Luis Octavio Madero y emprendió un viaje lleno de vicisitudes. Poco después de su llegada contrajo matrimonio con él, pero terminaron por separarse al poco tiempo. A pesar de ello, María José decidió permanecer en nuestro país y desarrolló aquí una interesante labor editorial y literaria muy cerca de otros personajes del exilio español y de la izquierda mexicana. Escribió cuentos, ensayos, novelas, poemas, obras de teatro, realizó traducciones (pues dominaba el catalán y el francés) y administró la editorial Premià. Fue también asistente del muralista David Alfaro Siqueiros hasta el fallecimiento del pintor.

Una de sus novelas, titulada Sola (1954), resulta de especial interés para nosotros. Se trata, sí, de una novela, pero mejor deberíamos decir que es un fragmento autobiográfico novelado en el que la autora narra su vida desde que conoce cónsul mexicano (que en su obra se llama José Carlos) hasta que "Montserrat" (que no es otra que ella misma) recibe la noticia del fallecimiento de su padre ya en México, después de pasar por muchos sucesos entre Europa, Estados Unidos y este país.

En un momento dado de la novela, Montserrat decide abandonar a José Carlos, quien se halla sumido en la bebida y la depresión. Va entonces en busca de Susana, una amiga que estudia Leyes, para que la ayude a salir de la ciudad de México. Ella, en su casa, le presenta a un amigo, "Poncho", a quien describe como "ingeniero agrónomo, jefe de una brigada que trabaja en el campo". Él se ofrece a albergarla en "una hacienda convertida en campamento" alejada de la capital, donde reside con otros ingenieros y sus esposas. "Allí podrá pensar en calma, durante el tiempo que quiera y, siendo que yo viajo a México todas las semanas, en cuanto usted quiera podrá regresar a la ciudad. Allí nadie sabrá de su vida pasada: les diremos que va a descansar", le asegura Poncho hasta convencerla. "Al día siguiente salí en compañía de aquel ingeniero rumbo a Arroyozarco", escribe Montserrat/María José.

La historia de los meses que vivió en Arroyozarco ocupan cerca de 70 páginas del libro. Describe principalmente el ambiente social, humano y material de los primeros tiempos del ejido de ese sitio, una vez consumado el reparto agrario cardenista que finiquitó la hacienda. Aunque naturalmente ficcionado, el relato de lo que vivió ahí por unos meses parece verídico, o por lo menos verosímil. La descripción de eventos, personas (y sus nombres), lugares y edificios tiene imprecisiones, pero se ajusta mucho con la realidad: en verdad parecen hechos rescatados de la memoria con los errores que esto implica.

En suma: no me extrañaría saber que todavía alguien de Arroyozarco recuerda a la catalana que estuvo ahí hacia 1940, y que quizá nos pueda confirmar la realidad de lo que ella escribió.

Por la extensión del texto es difícil trasladarlo todo aquí para compartirlo con ustedes y si lo intentara muchos detalles especiales pasarían desapercibidos. Hay en él incluso narraciones que se prestan mejor para que las vaya desgranando en entradas particulares, como aquel que relata los festejos del 15 y 16 de septiembre que pasó en Aculco, o la Navidad en Arroyozarco. Así que por ahora solamente copiaré aquí lo que escribió sobre su llegada al lugar y más adelante procuraré regresar al tema para que puedan conocer más momentos de esta historia:

 

A una velocidad moderada. la camioneta avanzaba por la carretera de México a Laredo; al llegar al kilómetro ciento sesenta y siete, desvió por la que conduce a Querétaro. "Poncho" amenizaba el viaje hablando de los problemas agronómicos relacionados con la erosión de los suelos. La conversación era interesante y, para mí, bastante novedosa. Temas que yo tenía olvidados desde que anduve por los campos de Cataluña en compañía de mi padre.

Antes de llegar a San Juan del Río, dejamos la carretera para seguir el camino de San Ildefonso, por Huichapa y Estación Palmillas y, luego, el camino de Aculco -de San Jerónimo de Aculco, como en realidad se le llamo anteriormente-. Este ultimo dato me lo dio el mismo ingeniero, por quien supe, además, que dicha población es significada por el famoso combate conocido con el nombre de "Batalla de Aculco", acaecido la mañana del 6 de noviembre de 1810. Fue en tiempos del virrey Francisco Venegas cuando las avanzadas de Calleja -que habían salido de Querétaro con direccion a la Capital- se encontraron con gran parte del ejército insurgente retirado en las inmecdiaciones de Arroyozarco. Justamente en aquella fecha -Calleeja lo sabía- Hidalgo se hallaba en San Jerónimo de Aculco, en donde se le había unido el licenciado Aldama quien, con su familia y la de su hermano Juan, venia de San Miguel el Grande huyendo de los realistas. La batalla fue desastrosa para los insurgentes.

Al escuchar el relato, a tiempo de cruzar los que fueron campos de batalla, senti un profundo respeto por los héroes caídos en defensa de sus ideales y me pareció oir el fragor del combate -uno de los tantos episodios de aquella lucha que ayudó a la navidad de un pueblo nuevo.

El camino iba siendo cada vez más pedregoso: mostraba profundos surcos marcados por ruedas de camiones y carretas. El agua del motor hervía; los neumáticos, frecuentemente, fracasaban en su intento de avanzar por el hosco terreno y era necesario realizar maniobras. Asi nos sorptendió la noche, por aquellos lugares poco poblados; si nos topábamos con algun mortal, ése era un indigena pobremente vestido, con los pies deformes y descalzos. "Poncho'" hablaba de sistemas de riego, de planes pára la reforestación, de presas y de ensayos para la rotación de cultjvos.

Por fin, tras una vuelta del camino, surgió, ante nosotros, la silueta de un caserón rodeado de árboles. Estábamos frente a la antigua hacienda de Arroyozarco. Los faros de la camioneta alumbraron una gran puerta de hierro; un hombre embozado en su sarape abrió la pesada reja; ésta crujió al girar sobre los viejos goznes, como entablando diálogo con el tin tin de llaves y cadenas. Cruzamos el parquecillo, del cual se desprendía un amable aroma de flores; el coche penetró en un patio vasto, descubierto y rodeado de arquerías. El ronco ruido del motor cesó, y nació una quietud como de cementerio en la que se escuchaban todos 1os rumores de la noche. Por aquel pedazo de cielo, sobre el patio, se asomaban, por millones, las enigmáticas estrellas. Escuché el murmullo de las aguas de un riachuelo cercano, el canto de las ranas y el tema persistente y monótono de los sapos. El velador se acercó con una lámpara de petróleo; vi su rostro enjuto, de facciones indias; era un rostro oscuro, lúgubre, trágico. Formaba contraste con el de "Poncho" de color vivo, de piel fina -antes blanca que morena-, de alegres ojos, de nariz recta y boca pequeña.

Subimos por una escalera amplia y señorial, de piedra gris. Una nube negra cruzó ante nuestros ojos, deteniéndonos el paso. -Son los murciélagos que andan por estos techos -dijo el ingeniero alumbrándolos con la lámpara y siguiendo ade!ante.

Caminamos por una galería con el piso de mosaico. Tras nosotros repercutía el eco de nuestros pasos lentos y graves. Los leves resplandores azulinos de la mecha prendida iban dibujando fantasmas por las paredes. Al fondo, topamos con una puerta. Él la empujó; en la penumbra adiviné, más que vi, a varias personas sentadas en bancas puestas a lo largo de una mesa. Del otro lado de la habitación chisporroteaban las brasas en grandes fogones. Era una enorme cocina. El intenso frío de aquella noche la había ascendido a la categoría de comedor.

-¿Cómo le va, ingeniero? -Dijeron diversas voces.

-Buenas noches todos. -Contestó mi protector, y añadió: -Aquí les traigo a una españolita que viene a descansar unos días. Sentí una decena de miradas sobre mí. Uno por uno me alargó su mano. Una mujerona de silueta ancha -sin duda por la holgura de sus ropas-, con cierto aire bíblico por el rebozo pegado a la cabeza y suelto a lo largo de sus costados, surgió de no sé dónde y me ofreció, con voz de pesadumbre, frijoles y café de olla.

-¿Nó ha sentido miedo por estos rumbos? Aquí espantan -dijo una voz de buen humor.

-Solamente en la escalera los murciélagos me asustaron -contesté.

-Pues sepa usted que por los tejados anda un alma en pena, llorando su desventura.

-A ver si se le aparece, por andarla nombrando -contestó, severamente, la mujer que me servía la cena, dirigéndose a mi interlocutor.

Una voz desde un rincón de la cocina gritó con ún chillido: "¡Ayyy mis hiiijooooos..!

-¡No seas bromista, hombre!, que vas a espantar a la españolita.

-¡Dios mío! ¿A dónde me han traído? -Exclamé, muy divertida.

-Está usted en una hacienda de renombre: tiene su historia.

-Total, ¿qué? -Reclamó otro-: fue administración de diligencias, la convirtieron en hotel y, cuando el sitio de Querétaro, pernoctaron aquí Maximiliano y Carlota; eso es todo.

-¡Me causa respeto el lugar! -Asenté, poniéndome a la altura de las circunstancias.

-¡Si, sí!; nomás que oiga a la que pena por sus hijos -dijo el guasón del grito.

-Ya estuvo suave, ¿no? -Inquirió el que se las daba de formal.

A una serie de preguntas mías encauzadas a la historia del lugar, me hablaron de que en 1725 los jesuitas se instalaron en Arroyozarco; que ellos fueron los que impulsaron la agricultura y la ganadería; que, otrora, se construyeronla presa de Huapango y la escuela; y que, así también, se fomentó la industria de hilados y tejidos movida por agua...

-Aun la llaman El Molino... Sí, ha dado todo muchas vueltas -Dijo quien así me infórmaba, lo cuál contestó el mismo guasón de antes:

-Claro; como que era molino.

-No le haga caso -dijo el que explicaba y prosiguió: -Luego, vino el agrarismo y dotó de ejidos a veintioch9 pueblos; la presa y el edificio de esta hacienda pasaron a poder de la Comisión Nacional de Irrigación. El Molino quedó como pequeña propiedad y pertenece a Miguel Torres quien, a su vez, compró a... ¿a quién, doña Gertrudis?

-Al señor Valdés, que se lo había comprado a los señores Hilanda y Henríquez -contestó la mujerona, recalcando las palabras como si repitiera, de carretilla, una vieja lección.

Un disimulado bostezo hizo comprender a "Poncho" que yo necesitaba descanso. Al punto promovió que los mozos preparasen mi habitación.

Aquella noche dormí en una pequeña cama de hierro, abrigada con capotes de monte.

 

* * *

Al otro día, pude comparar el caserón con una de nuestras masías catalanas. Tenía el sello característico de la época Colonial: algo derruído, pero de confección maciza; la madera de sus vigas y ventanas, carcomida; altos sus techos y vastas las alcobas; señorial el comedor, aunque ausentes, sobre la mesa, el blanco mantel, la cerámica que armonizara con las transparentes y el frutero lleno de aromas... En una de las paredes, el torno daba vueltas; en otra, dormía la chimenea empolvada en el olvido. Era un comedor muy grande, con sólo una mesa muy larga y unas bancas apolilladas.

Los ingenieros eran, en su mayoría, jóvenes recién salidos de la [Universidad] de Chapingo; algunos, casados. El reglamento de la Comisión -según supe más tarde- prohibía que dentro de los límites del campamento vivieran mujeres solteras. Así, pues, estaba justificado el que las señoras -más o menos simpáticas- me miraran con más curiosidad que afecto. Me limité a seguir el consejo del jefe de la brigada: tuve mis cautelas vivas; no di explicaciones a nadie.

Con un libro -que no abrí- salí a pasear por el campo. Aquella mi primera mañana en Arroyozarco se grabó a cincel en la memoria. Fué mi primer contacto con México; con el verdadero México que crece entre el doble prodigio de su claro cielo y su oscura tierra. Parece que esa mañana, por fin, me volvió a estrechar entre sus brazos ese viejo amigo de la niñez: el paisaje puro, no manchado por el hombre. Ahora mis ojos, libres del llanto de la ciudad, podían hundirse en la Naturaleza; a solas con mi espíritu, me sentí más cerca de Dios, con ansias de ser buena. El ayer quedaba tras las montañas de distancia y dolor; un nuevo día se abría ante mis ojos; me volví a sentir alegre, casi ébria, de tanto beber el aire puro a pleno pulmón. Renacía en mí el viejo amor por el campo, cuya simiente plantara mi padre. Escuché el canto de los pájaros en la arboleda y noté que no era el mismo que advertí en Suiza ni el que domina en mi añorada Cataluña; las especies, sin duda, eran otras; no obstante, su mensaje también era de paz y de alegría. Y en pos de la música, fuí hasta la fronda para espiar a los cantores; me embelesó la belleza de sus plumajes, de colorido distinto al de sus congéneres europeos.

De vuelta del paseo, fuí a dar a las oficinas de la brigada. Ahí ofrecí a "Poncho" mi ayuda en sus trabajos de escrItorio, cosa que aceptó de mil amores. Con ello, le libraba del encierro -lo que hacía tiempo estaba deseando- y le daba la oportunidad de que alguien le escribiera en máquina su tesis profesional. Supe así que, de los ingenieros que pasaban por tales, no todos tenían ya el título, y "Poncho" estaba entre ellos.

 

* * *

Transcurrió la primera semana. El domingo, "Poncho", que debía volver a México, me invitó a acompañarlo. Aunque decidida a permanecer en Arroyozarco por una temporada, acepté sólo por recoger el resto de mis ropas, ya que eran escasas las que había llevado conmigo.

El viaje a la Capital se deslizó sin incidente digno de mención, aunque algo, en la excesiva amabilidad de "Poncho", despertó una sospecha de que su ayuda no era totalmente desinteresada.

Hasta aquí el primer fragmento de la novela Sola. Como habrán podido darse cuenta os lectores más cuidadosos y conocedores de la historia de este lugar, hay ciertas imprecisiones, como llamar a los antiguos dueños de Arroyozarco "Hilanda y Henríquez" cuando sus nombres con exactitud eran Enrique Landa y José Henríquez, esposos de las herederas de la propiedad, Guadalupe y María Verdugo Rozas. O cuando afirma que el patio del antiguo Hotel de Diligencias está rodeado de arquerías, o que su escalera es de piedra gris. O cuando dice que los jesuitas se instalaron en Arroyozarco en 1725, siendo que la fecha correcta es 1715 (aunque, en favor a Chopitea, la cifra del año 1723 sí está grabada en el escudo jesuita de la Casa Vieja de la hacienda). A mí me parecen detalles sin importancia. Lo valioso en este relato es la descripción del ambiente humano que se vivía ahí en 1940.

martes, 12 de julio de 2016

Algo sobre la capilla de Encinillas

Revisando viejos periódicos encontré hace poco algunos datos muy interesantes sobre la capilla de la comunidad de Encinillas, sitio limítrofe entre los municipios de Aculco y Polotitlán que fue un importante punto de remuda del Camino Real de Tierra Adentro. Aunque el lugar en que se levanta aquel edificio no pertenece a nuestro municipio -aclaran siempre los vecinos que el pueblo de Encinillas es de Polotitlán, mientras que el ejido de Encinillas sí se encuentra dentro de los límites de Aculco- su historia está profundamente ligada con la historia aculquense y por eso quiero compartirles esta nota publicada hace casi 109 años:

 

BENDICIÓN DE UN TEMPLO

Nos dicen de Aculco, Estado de México, que las fiestas verificadas en la ranchería de Encinillas (Polotitlán) de aquel estado, con motivo de la dedicación del templo erigido en dicho lugar, en honor del Sagrado Corazón de Jesús, resultaron espléndidas.

La misa solemne fue celebrada por el Pbro. Don Benjamín Manuel Romero. La cátedra sagrada fue ocupada por el Pbro. Francisco Cervantes, párroco de San Juan del Río, quien con fácil y persuasiva palabra exhortó a los fieles a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

Una banda de Aculco y una orquesta de San Juan del Río, contribuyeron al esplendor de las fiestas.

La nueva capilla ostenta en el frontispicio un buen reloj de grande utilidad para aquel vecindario.

Los iniciadores de la obra fueron la señora Doña Dolores Rozas viuda de Verdugo, quien cooperó con la mayor parte de los gastos y la señora Doña Jesús S. viuda de Romero, que cedió el terreno para la capilla. Colocó la primera piedra el finado jurisconsulto, Lic. Agustín Verdugo.

La voz de México, 19 de septiembre de 1907.

 

Como sabemos, doña Dolores Rozas era la propietaria de la hacienda de Arroyozarco y el Lic. Agustín Verdugo era su esposo. La construcción de la capilla católica en Encinillas fue sin duda un hecho de especial significación, ya que en ese sitio habían comenzado las prédicas protestantes en la zona en la década de 1870 y en apenas 15 años la mayoría de sus vecinos había abrazado el credo metodista-episcopal. Resulta así plausible creer que se trataba de un esfuerzo específicamente dirigido a recuperar terreno para el catolicismo, lo que se consiguió sin duda pues ya para 1930 los protestantes representaban sólo el 18% de la población de Encinillas. También es notorio el espíritu de cooperación entre la familia Romero, donante del terreno, y los propietarios de Arroyozarco, constructores de la capilla, después de los fuertes enfrentamientos que tuvieron aquellos con el administrador de la finca, Macario Pérez, a fines del siglo XIX.

Si quieres saber más sobre los temas que sirven de contexto a esta nota puedes leer en este mismo blog los textos La llegada del protestantismo a Aculco en el siglo XIX y La gavilla de Encinillas, ¿bandidaje o simple venganza?

viernes, 24 de junio de 2016

Nerviosismo: las obras de restauración que no empiezan

Esta semana caí en cuenta que ha corrido ya la mitad de este año 2016 y las anunciadas obras de restauración de la torre de la parroquia de San Jerónimo y de la cubierta de la capilla de Santiago Toxhié no han comenzado todavía. Cierto que normalmente este tipo de obras, que emplean recursos provenientes a la par del erario municipal y del FOREMOBA (una instancia federal dependiente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes), suelen iniciar con algún retraso debido a las naturales cuestiones financieras y administrativas a que da lugar la participación de dos niveles de gobierno. Pero esta vez me parece que son ya demasiados meses...

Extrañado por esta situación, le pregunté al Arq. Lázaro González Frutis, encargado de llevar a cabo dichas restauraciones, por la fecha de inicio de las obras. Sólo me respondió que están en espera de los recursos, pero prudentemente no me quiso decir si dichos recursos son los del FOREMOBA o falta la parte que corresponde al municipio (como considero más probable).

Como sea, resulta verdaderamente lamentable que no haya sido canalizado el dinero comprometido para ejecutar estas obras en beneficio de nuestro patrimonio histórico. Patrimonio que, dicho sea de paso, es el principal activo gracias al cual Aculco es pueblo mágico y patrimonio de la humanidad, y al que en último término deben sus ingresos directamente quienes se dedican en este pueblo a la hotelería, el turismo, la producción y servicio de alimentos, artesanías, viajes en globo, etcétera, e indirectamete todos los demás habitantes.

Por otra parte, no deja de ser un mal precedente para futuros proyectos de conservación de nuestros edificios emblemáticos que las autoridades involucradas no cumplan con su parte del compromiso económico. ¿Cuándo volverá el FOREMOBA -y aquí asumo, sin tener la certeza, aclaro, que el Ayuntamiento es quien no ha aportado recursos- a comprometer cantidad alguna cuando su contraparte no responde de la misma manera? Si el Ayuntamiento llega a fallar en este compromiso, no solamente se perderá la oportunidad de restaurar ahora la torre del templo (que presenta daños mal reparados desde el terremoto de 1912) y la cubierta de Santiago Toxhié (que tiene filtraciones que comprometen su conservación), sino que seguramente se perderá en el futuro próximo la posibilidad de obtener recursos para otras obras del mismo tipo, tan necesrias en un pueblo con valor patrimonial reconocido.

Ojalá que no suceda que por dedicar recursos a solucionar lo urgente, se deje sin atender lo importante.

 

Por cierto, ya que hablo de compromisos del gobierno municipal y de conservación del patrimonio, me pregunto también ¿hasta cuándo el Ayuntamiento decidirá hacer cumplir las leyes en materia de conservación del patrimonio histórico edificado de Aculco? Nunca antes de este periodo de gobierno las autoridades locales contaron con más herramientas normativas para protegerlo, y sin embargo todos los días se puede apreciar en el pueblo que cada quien hace lo que quiere con sus construcciones: por allá se hace la ampliación de una puerta y se pierde todo su valor histórico, por aquí se construye toda una casa nueva en medio del patio de otra antigua, más allá se fracciona una construcción catalogada como monumento histórico, el pueblo se llena de tinacos en las azoteas (aunque el bando municipal prohibe que sean visibles) y ahora, justamente a un lado de la presidencia municipal, sobre la calle Hidalgo, SE ESTÁ ALTERANDO TAMBIÉN UNA FACHADA, seguramente sin licencias municipales ni del INAH. ¿De veras este Ayuntamiento quiere cargar con la responsabilidad de haber contribuido, por omisión, a la pérdida del valor patrimonial de Aculco? ¿Vamos a llegar a una situación de deterioro irreversible? ¿Por qué nadie parece entender lo que significa que una población haya sido incluida en la Lista del Patrimonio Mundial? ¿Dónde están los "vigías del patrimonio" que deberían estar atentos a denunciar estas obras?

Créanme, si la destrucción de la arquitectura tradicional de Aculco continúa, ni sus quesos, ni sus cascadas ni sus charros serán atractivo suficiente para que los turistas se acerquen al pueblo.

lunes, 13 de junio de 2016

La Presa del Túnel (o "se recibe cascajo")

Cuando el viajero se acerca a Aculco procedente de Santa María Nativitas, antes de llegar a la desviación del libramiento norte, lo recibe un gran arco de construcción moderna pero con formas pretendidamente "coloniales", chapado en cantera rosa y que apenas seis o siete años después de construido ya muestra los primeros signos de deterioro, tanto a causa de los vándalos como por su propia deficiente calidad constructiva. Justo ahí, al lado de este "monumento" falso y prematuramente envejecido, se encuentra uno de los auténticos monumentos históricos de aculco (catalogado como tal por el INAH con número de clave 1500300470007): la cortina de la llamada Presa del Túnel, que todavía la gente mayor suele llamar la Presa de don José Díaz, que fue quien la poseyó en la primera mitad del siglo XX. En realidad, parece ser que en la época de don José la llamaban la Presa de la Soledad, por encontrarse en este barrio de la cabecera municipal.

No creo que don José haya construido esta cortina, pues por sus características parece tratarse más bien de una obra del siglo XIX. Se levanta sobre el cauce del río de Santa María, justo antes de que éste se una con un arroyo que baja de las lomas nombradas Las Peñitas para formar el río Aculco. Está fabricada con mampostería de la típica piedra blanca de Aculco que se extiende cerca de 60 metros, tiene dos compuertas y la refuerzan diez contrafuertes de seis metros de altura. Lo que sí construyó don José Díaz es el túnel que le da nombre, y que permitía conducir sus aguas por debajo de la carretera para irrigar las tierras que le pertenecían en los llamados "Planes" (la pequeña planicie agrícola que forma el valle entre el pueblo de Aculco, Santa María Nativitas y Gunyó).

El río sobre el que se levanta la presa fue declarado de propiedad nacional en 1929 y derivado de ello las presas construidas para retener sus aguas también fueron nacionalizadas en los años siguientes. En los hechos, esta situación tardó en regularizarse y los anteriores dueños siguieron haciendo uso de ellas durante algún tiempo más. Algunos incluso tuvieron tiempo de destruir sus embalses para evitar que las zonas inundadas de sus tierras pasaran también pertenecer a la nación y con ello se perdió una indudable riqueza hídrica y ambiental. La Presa del Túnel si continuó en uso antes y después de quedar bajo el control de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos (que, entiendo, actualmente la renta a particulares).

No sé en qué momento la Presa del Túnel dejó de almacenar agua. Todavía recuerdo que hacia 1975 se utilizaba y lo más probable es que lo haya sido muchos años más, quizá hasta la década de 1990. En 1988 el libro Los municipios del Estado de México, publicado por la Secretaría de Gobernación, todavía la incluye entre los "sitios de recreo" con que contaba el municipio de Aculco. Cuando la presa abría sus compuertas se formaba una cascada y aquel lugar rodeado de árboles cobraba especial encanto. Pero el caso es que ahora ya se encuentra permanentemente vacía y no sólo eso: el bordo que la limitaba hacia la carretera ha comenzado a ser deshecho intencionalmente y su vaso se ha comenzado a llenar con decenas de cargas de escombros y cascajo. Se encuentra, pues, en vías de desaparecer como embalse.

Aunque no me gusta esta situación, no tengo elementos para juzgar si se trata de una buena o mala decisión. Tal vez sus bordos y cortina no son ya lo suficientemente fuertes para continuar en uso, o no se adaptan a los planes hidrológicos nacionales. El caso es que se perdió un lugar hermoso y que la antigua e imponente cortina es hoy una construcción en desuso, prácticamente en el abandono. Si hoy nos entristece su olvido, ojalá no tengamos algún día que lamentarnos de su destrucción.

miércoles, 11 de mayo de 2016

La señalización de la nomenclatura de las calles... y algunos consejos

A mediados del año pasado, el Ayuntamiento de Aculco colocó nuevas placas de cantera rosa para la señalización de las principales calles de la cabecera municipal. Debo confesar que este hecho me preocupó, principalmente porque las antiguas placas que existen en el pueblo tienen valor histórico, artístico y algunas de ellas contienen incluso fechas que remontan su origen al siglo XIX. En un conjunto urbano incorporado a la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, como es Aculco, ese tipo de detalles son justamente parte muy importante de su patrimonio y su pérdida -además de ireemplazable- significa el empobrecimiento de los valores por los que obtuvo dicho reconocimiento.

Aunque al principio algunas de las placas antiguas con los nombres de las calles se retiraron, prevaleció después el buen sentido y fueron conservadas en todos los casos. Sin embargo, el resultado de esta incorporación de nuevas señales, debo decirlo, fue muy poco feliz por varias razones.

El primer problema de las placas tiene que ver con su propio diseño: contienen tanta información en tan corto espacio (la denominación completa de la calle, a veces demasiado largo, el escudo del pueblo ocupando mucho espacio, el nombre de Aculco y la entidad federativa, el código postal) que resultan confusas y contradicen el punto esencial de cualquier señalización: la claridad. Además, salvo el nombre de la calle, todos los demás datos no varían en todo el pueblo, por lo que su inclusión resulta más bien inútil. El labrado y dimensiones, por alguna extraña razón, no fue uniforme. La tipografía elegida no parece la más conveniente para efectos de señalización, pero además su ejecución es muy pobre pues parece desalineada y mal pintada. Todas contienen errores ortográficos pues escriben "Aculco Mex" y no lo correcto, que sería "Aculco, Méx." Otras contienen sus particulares errores del mismo tipo, como la que señala la calle de "Ermenejildo Galeana" en lugar de "Hermenegildo". O, de plano, aquella que nombra a una calle "José Riva Palacio", cuando en realidad debió referirse a Vicente Riva Palacio.

A estas deficiencias de diseño y ejecución debe sumarse, cosa sumamente importante, el que la mayoría de ellas fueron colocadas al lado de las viejas placas, compitiendo inútilmente (algunas de manera bastante desfavorable). El resultado, estéticamente hablando, es de lo más desagradable y ahora nuestras esquinas lucen desordenadas e inarmónicas. Inefectivas. La cereza en el pastel: casi puedo apostar que el INAH, instituto que debe normar todo este tipo de intervenciones en un conjunto urbano protegido por ley, no fue consultado al respecto. Y si el propio Ayuntamiento no cumple con las reglas, ¿qué se puede esperar del resto de la gente?

Esto es lo que resulta cuando las cosas se ejecutan por capricho, por ocurrencia, al chilazo, como se dice.

Sinceramente, si estuviera en mis manos tomar una decisión, retiraría todas las placas nuevas, pues antes que aportar algo al conjunto urbano, se lo restan. Sé muy bien que resulta sumamente difícil para nuestras autoridades de cualquier nivel aceptar cuando se comete un error y veo difícil que se corrija esto, por lo menos en el corto plazo. A pesar de ello, quisiera darles algunos consejos para que por lo menos en el corto plazo se subsane algo de este despropósito:

1. Lo primero que se debe evitar es ese contraste tan incómodo a la vista entre las placas antiguas y las nuevas. Sugiero que en los casos en los que sucede esto, las placas nuevas sean retiradas y colocadas a la mitad de la cuadra, donde su presencia puede también tener sentido. En ningún caso, ninguno, se debe retirar la placa antigua.

2. Quitar todas las placas nuevas con errores ortográficos o de otro tipo en el nombre de la calle.

3. En adelante, cuando se requiera colocar el nombre de la calle en una placa, debe procurarse que tengan un diseño mucho más limpio y cuidado en su tipografía. ¿Por qué no tomar como modelo alguna de las propias placas históricas y reproducirlo? Tómese en cuenta que incorporarle información adicional al nombre de la calle no es ni verdaderamente útil, ni práctico. Las placas nuevas deben verse como un complemento de la señalización histórica, no una competencia con ella.

4. En todo caso, solicítese siempre la autorización al Instituto Nacional de Antropología e Historia, aunque sean autoridad municipal. Así se corre menos riesgo de tomar decisiones desacertadas en materia de imagen urbana pues ellos se dedican cotidianamente a asesorar en estos temas.