viernes, 2 de diciembre de 2016

La plazuela José María Sánchez y Sánchez

Hoy en día, cuando se habla de la Plazuela José María Sánchez y Sánchez, seguramente la mayoría de los aculquenses menores de 50 años piensan en la explanada que se extiende a espaldas del Palacio Municipal. La costumbre lo ha determinado así desde 1974, cuando este espacio quedó configurado como luce actualmente, momento en el que dicha explanada se construyó a costa de arrasar los corrales de la llamada Casa del Quisquémel. La original Plazuela José María Sánchez y Sánchez, que no era otra cosa que la callecita que corre al norte de la explanada y baja desde la Plaza de la Constitución hacia la calle de Iturbide, multiplicó así su superficie. Aunque, vale la pena comentarlo, no era esa la intención definitiva de los constructores del nuevo Palacio Municipal, pues se pretendía edificar en el futuro un anexo a este edificio sobre la explanada (lo que nunca llegó a hacerse), con lo que la plazuela habría regresado a su corta extensión inicial.

Pero incluso en esa que llamamos "su extensión inicial", la Plazuela José María Sánchez y Sánchez (bautizada así en 1912 en honor de un benefactor del pueblo que hacia 1893 y 1894 constribuyó a mitigar una hambruna en la región con carros de maíz traído desde muy lejos, sin obtener beneficio económico alguno por ello) había comenzado a delimitarse más bien tardíamente. Originalmente esa zona formaba parte del límite occidental de la Plaza Mayor (hoy Plaza de la Constitución), pero su superficie en que afloraba la piedra blanca del subsuelo, un arroyuelo que en época de lluvias corría por ahí y el inicio de una pequeña barranca que servía como desagüe y vertedero, hacían de él más un baldío inútil que parte del espacio público de la plaza.

Así, sabemos que antes de 1769 las autoridades del cabildo indígena de Aculco decidieron vender un solar de este parte de la plaza a don Bernardo Ecala Guller, quien había sido administrador de la hacienda de Arroyozarco y fue quizá el personaje de más rancia nobleza que estableció su residencia en este pueblo. Este solar es el que ocupa actualmente una casa ya reseñada en este blog, que antiguamente albergó un comerció que llevó el nombre de El Faro. Luego, en 1769, el cabildo indígena vendió otro solar no edificado al mismo personaje, que se encontraba inmediatamente al sur del anterior, terreno éste que corresponde al sitio en que se ubica el actual Palacio Municipal.

No resulta muy claro cómo fue que el espacio entre los dos solares -que por los documentos conocidos se sabe se hallaban contiguos, sin calle ni espacio que mediara entre ellos- se dejó libre y dio origen a la plazuela de la que venimos hablando. Pero puede haberse debido simplemente a una razón muy práctica: el arroyuelo de temporal mencionado líneas atrás, corría precisamente por ese punto y no había forma de desviarlo fácilmente para que tomara nuevamente su cauce en la barranquilla. El caso es que a costa de los terrenos de don Bernardo Ecala quedó abierta una corta calle para tránsito público (aunque difícil de recorrer por el mal terreno) que por estar cerrada hacia el poniente -y con algo de exageración- se consideró en adelante una plazuela, aunque ciertamente era poco más que un apéndice de la Plaza Mayor.

De tal manera, en el siglo XIX la plazuela -que no sabemos si ya tenía algún nombre- quedaba limitada al norte por la casa de El Faro y el murete que ocultaba la barranquilla; por el poniente por la Casa del Puente y su portal; por el sur por la Casa del Quisquémel (edificada por Ecala), donde en la década de 1920 se le agregó además un portalillo con arcos; y por el oriente por la Plaza de la Constitución. La siguiente fotografía muestra la plaza justamente así, en la década de 1940:

Nótese en esa foto, al fondo, la Casa del Puente y, a la izquierda, el portalito de la Casa del Quisquémel que se añadió en los años veinte. Obsérvese también el piso de la plaza, formado por la roca viva. En primer plano se advierte un poste con una canasta de basquetbol de una cancha que existió en este lado de la Plaza de la Constitución. Era en verdad una plazuela sumamente pequeña, pero las viejas construcciones que la rodeaban le daban un gran sabor típico.

En esta foto se puede ver el aspecto actual del mismo sitio. Al fondo, la Casa del Puente ha desaparecido y sólo se conserva su portal y las portadas de cantera que a él se abren. A la derecha, El Faro vio modificado su tejado para cambiar de un agua a dos en la remodelación de 1974, bajo el Programa Ecvehevrría de Remodelación de Pueblos. Del lado izquierdo, la Casa del Quisquémel desapareció hasta sus cimientos para la construcción del nuevo Palacio Municipal en 1974. También se perdió su pequeño portal.

Esta fotografía de la plazuela fue tomada en la década de 1940 en sentido opuesto, desde la Casa del Puente y en dirección a la Plaza de la Constitución. Al fondo se aprecia la torre del reloj público. A la derecha, el pequeño portal de la Casa del Quisquémel -derruido en 1974- muestra sus dos arcos de ladrillo y cantera. Del lado izquierdo se puede observar un puentecillo que servía para salvar el arroyuelo de temporal que corría aquí y se vertía justo hacia el ángulo izquierdo inferior de la foto, hacia la barranquilla.

Finalmente, esta fotografía muestra el punto preciso de la Plazuela José María Sánchez y Sánchez en que se abría una salida para que las aguas del arroyo cayeran hacia la barranca que existía aquí y a través de una cañería abierta se condujeran hacia la Calle de la Alberca.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Un ascenso a la torre de la capilla de Santa María Nativitas

Estas fotos no son recientes, las tomé hace casi exactamente dos años, cuando se concluyeron las obras de restauración de la capilla de Santa María Nativitas, pueblo que como todos saben se ubica al oriente de la cabecera municipal. Aproveché que se realizaría una ceremonia -no recuerdo si era un bautizo- para subir entonces a la torre siguiendo a un niño, improvisado campanero.

La torre de la capilla -construida total o parcialmente en 1856, como indica una lápida- es maciza en aproximadamente una cuarta parte de su altura total, de ahí que para poder subir al campanario exista en su parte posterior una escalera de mampostería de tres tramos con desgastados escalones de cantera. El último escalón, bastante más alto y un poco más ancho que el resto (y que por ello da en parte hacia el vacío) lleva a una entrada enmarcada en cantera, de tan poca altura que al regreso me di en ella un golpe en la cabeza.

Al trasponer esta entrada, se accede a una estancia de mínimas dimensiones iluminada apenas por un óculo a la que se abre por el lado izquierdo la puerta del coro. Al lado derecho se eleva una pequeña escalera de caracol con escalones angostos y desiguales que conduce al primer cuerpo del campanario.

Lo primero que llama la atención al llegar a este punto son justamente las tres campanas de bronce que ocupan los arcos del poniente, norte y sur. Estas dos últimas son antiguas, llevan ambas la fecha de 1863. Es algo que llama mucho la atención, pues México se hallaba en ese año en plena intervención francesa (la capital del país fue tomada el 10 de junio de 1863) y los tiempos de guerra no eran los mejores para hacer campanas, ya que en cualquier momento los templos podían ser saqueados y sus aquellas robadas para fundirlas y elaborar armamento. Como sea, este par de campanas sobrevivieron a la guerra. La campana moderna de esta torre es mucho más reciente: se hizo en 1993, 130 años después de sus hermanas.

Lo siguiente que llama la atención al visitante es la propia arquitectura del lugar. La torre de Santa María Nativitas repite la sucesión de cuerpos escalonados del templo parroquial pero su semejanza se limita a la estructura, no a la ornamentación. Aquella sigue los lineamientos del barroco del siglo XVII mientras que ésta es mucho más sencilla y cercana al neoclásico. Los machones de las esquinas llevan, por ejemplo, basas y capiteles de orden toscano que se unen con arcos de medio punto y sostienen la bóveda de arista (bóveda rota en parte para ascender al segundo cuerpo del campanario utilizando cuando se requiere una escalera de mano). El fuste de estos machones es también de cantera, pero por alguna razón en la última restauración fueron cubiertos con aplanados de cal y arena.

En cuanto a la vista, desde este primer cuerpo de la torre se pueden admirar el extradós de la bóveda, contrafuertes y cúpula de la capilla, que igual que la torre evocan las formas del templo parroquial pero en dimensiones reducidas. Poco se puede decir del paisaje, pues como todos sabemos Santa María Nativitas ha crecido mucho pero con un desafortunado urbanismo de pueblo-calle sobre el eje de la carretera que une a Arroyo Zarco con Aculco. A las orillas de esa vía se han construido casas, tiendas, escuelas y negocios de todo tipo, casi todos ellos sin atención a la imagen que debería prevalecer alrededor de un monumentos histórico como lo es la capilla. A ellos se suma el comercio ambulante, que en esta zona va siendo cada vez más nutrido los fines de semana. Este desafortunado aspecto es, por cierto, la que recibe al turista que se acerca a Aculco desde la dirección de la Ciudad de México.

Sólo dirigiendo la vista desde la torre hacia el norte se puede tener una idea de lo que fue Santa María Nativitas en tiempos pasados; en esa dirección las milpas llegan al pie del templo y las casas se levantan dispersas, entre los campos de cultivo.

sábado, 29 de octubre de 2016

Las esquelas de los muertos viejos

La tradición de las esquelas fúnebres subsiste en nuestros días, aunque relegada ya casi solamente a las páginas de obituarios de los periódicos impresos o a los sitios de internet de las compañías de servicios funerarios. ¿Qué son estas esquelas? Pues simplemente notificaciones impresas del fallecimiento de alguna persona, enviada a sus familiares y allegados para invitarlos a compartir el duelo, que eran entregadas por mensajeros, mediante el servicio de correos o incluso personalmente por sus deudos. Esta tradición llegó a México en el siglo XIX y por supuesto alcanzó a Aculco, donde encontramos esquelas de ese tipo desde fines de ese siglo hasta por lo menos la década de 1970.

Para estas fechas en que se acerca la conmemoración de los Fieles Difuntos (ustedes saben que no me gustan ni los festejos de Halloween ni del Dia de Muertos, los primeros por extranjeros y los segundos por haber sido medio inventados a partir de la década de 1930; ambos por banalizar la muerte) quiero compartirles las 23 esquelas que guardó mi bisabuelo y que conservó junto con otros papeles en un volumen fuertemente unido con alambres. Todas datan de entre 1897 y 1918. Aunque la mayoría pertenecen a difuntos aculquenses, otras no lo son, pero he querido mostrarlas en conjunto ya que reflejan bien quiénes eran las amistades, conocidos y familiares de quien decidió conservarlas y reunirlas.

Quizá más de uno encuentre entre estos nombres el de algún pariente o antepasado, o quizá simplemente al leerlos le signifiquen algo. Otros seguramente ya han sido olvidados hasta por su familia (y cien años después de su muerte quizá no era de esperarse otra cosa). Pero todos ellos fueron -por más que se evidente hay que recordarlo- no sólo nombres sino personas de carne y hueso, que vivieron vidas largas o cortas, felices o desgraciadas. Vale detenerse por lo menos un momento a interrogarse quiénes fueron aquellos muertos viejos.

lunes, 24 de octubre de 2016

Un mal ejemplo que no debe cundir

El pasado fin de semana, cuando caminaba por el Portal de la Primavera, vi desde ahí que sobre un contrafuerte de la fachada de uno de los portales vecinos (el que nuestros padres y abuelos llamaban simplemente "Los Arcos") se había colocado un nuevo letrero publicitario de lámina acero calada. Aunque el letrero en cuestión presumiblemente intenta no discordar del entono arquitectónico de la Plaza de la Constitución, lo cierto es que viola notoriamente lo que señala el bando municipal, que a la letra dice:

ARTÍCULO 67.-Queda prohibido en la Cabecera Municipal y Zona Conurbada: [...] IV. Anuncios en paredes y puertas. Debiendo utilizar para los anuncios placas metálicas y/o madera rústica, colgantes en color negro.

Es justamente la condición de colgante la que este letrero incumple. Se me dirá que otros letreros colocados en Aculco son del mismo tipo (por ejemplo el del restaurante El Rincón del Viejo, o el de las oficinas del PRI municipal o el aún más lamentable del restaurante El Pueblito) y que parecen no molestar a nadie, pero no por que otros también incumplen estas normas debe pasarse este caso por alto.

Si decidí señalar antes este letrero que los otros, es porque su ubicación tiene un problema más: está colocado sobre el portal y, los portales de la Plaza de la Constitución de nuestro pueblo -como los portales de todas las antiguas plazas del país- son de propiedad municipal, no particular. Porque en su origen estos portales se construían sobre la vía pública (una parte de la plaza) y así el dueño tenía la posibilidad de edificar sobre ellos o de utilizarlos de otra manera, y a cambio daba protección contra el sol y la lluvia a comerciantes y transeúntes. Si bien el dueño de la casa a la que quedaba adosado podía haber pagado su construcción y ser propietario efectivo de las plantas altas construidas sobre él, el portal en sí mismo y el terreno en el que está construido nunca pierden su carácter de propiedad municipal y aquél sólo es su usufructuario. Se trata, por decirlo así, un obsequio del propietario a la comunidad (levantado sobre terreno de la propia comunidad).

Es decir, este letrero está colocado sobre una propiedad municipal y, si bien supongo que el Ayuntamiento puede otorgar permiso para ubicarlo ahí, también puede retirarlo sin miramiento alguno. Yo sugiero esto último. Imagínense ustedes si cundiera el mal ejemplo de este anuncio en todos los portales de nuestra plaza: aquello dejaría de ser el espacio reposado y armónico que es hoy para convertirse en una competencia de reclamos publicitarios ocultando sus líneas arquitectónicas. Debe pararse esto ahora, cuando todavía no se ha contagiado la mala idea.

viernes, 7 de octubre de 2016

"Un cura revoltoso"

El viernes 29 de marzo de 1912, apareció en el Diario del Hogar, periódico dirigido por Juan Sanabria que se publicaba en la capital del país, una breve nota bajo el título "Un cura revoltoso", que informaba:

Varios vecinos del pueblo de Aculco del Estado de México se han dirigido a esta redacción quejándose de los atropellos de que vienen siendo víctimas por parte del cura del mismo, Pbro. Santiago Garza Treviño, con quien a decir de los expresados vecinos se encuentra todo el pueblo disgustado, al grado de que no ha faltado quien pretenda violentarse contra él si la autoridad eclesiástica no previene el removerlo. Los mismos quejosos nos han mostrado una carta que les dirige el odiado cura y que a la letra dice:

"Es conveniente que todos los que están en edad de casarse lo hagan pues el Gobierno Federal dispone un sorteo para obtener soldados entre los ciudadanos de 18 a 45 años de edad y este sorteo será entre los hombres solteros.

"El Sr. Juez Auxiliar y el Sr. Fiscal deben de aconsejar a sus vecinos, para que se casen y vivan como Dios manda en el pueblo del Santo Apóstol Santiago Toshié.

"El asperjes debe de hacerse cada ocho días, los domingos, en el pueblo de Toshié, ya por el Sr. Cura o por el Sr. Vicario de la Parroquia de San Jerónimo Aculco. Y el Sr. Fiscal don Faustino Ciriaco saldrá en el asperjes, con su 'vara', signo de autoridad en el templo".

Por el inserto anterior, se ve que no sólo se conforma el fraile de referencia en molestar a los habitantes de ese humilde pueblo sino se declara enemigo a las ideas del Gobierno cuando su deber como hombre honrado, sería dadas las condiciones por las cuales atraviesa el país y con la facilidad que tiene para hacerlo, llamar al pueblo para que preste su contingente y esté dispuesto a la defensa de honras e intereses del mismo en el caso dado de que se viera amagado por las hordas que perturban el orden de nuestra patria, y animarlos asimismo sin distinción de clases ni estados, a cumplir con un deber de patriotas apoyando y siguiendo las ideas del Gobierno constituido. Nosotros nos permitimos llamar la atención del ilustrísimo Sr. Arzobispo de México D. José Mora y del Río para que tome nota de la conducta del repetido cura.

Esta nota llama la atención por varias razones: la primera, que el padre Garza había llegado a la parroquia apenas el 2 de febrero anterior y además en calidad de cura interino, por lo que cualquier malqueriente podría haber tenido un poco más de paciencia y esperado algunos meses más a que fuera relevado del cargo. La segunda, que el único de los "atropellos" que se especifica es el de haber recomendado a sus feligreses de Toxhié que se casaran para no verse obligados por la leva a prestar servicio en el Ejército (que entonces combatía, en el norte, a Pascual Orozco, y en el sur, a Emiliano Zapata). La tercera, que tras una supuestamente respetuosa petición al arzobispo se esconden expresiones del más rancio anticlericalismo, como "el odiado cura" o el calificativo de "fraile", cuando obviamente no lo era. La cuarta, que los remitentes supieron exactamente a quién enviar su queja, pues el Diario del Hogar era un férreo defensor del gobierno de Francisco I. Madero y la noticia de que un sacerdote saboteaba el reclutamiento (por los únicos medios a su alcance, por cierto) era material muy aprovechable por esa publicación para señalar la deslealtad de quienes no compartían su adhesión al maderismo.

Quizá sea mucho especular acerca de la identidad los aculquenses remitentes de la carta al Diario del Hogar, pero ¿quién era el principal maderista de la época en nuestro pueblo y por ello podría haberle disgustado más la recomendación del padre Garza? Pues don Macario Pérez Jr., cuñado del propio presidente Madero.

Por lo demás resulta curioso -e interesante para nosotros, aunque quizá no para los lectores de entonces- que el gacetillero decidiera incluir en la transcripción de la carta del padre Garza la parte que se refiere al asperjes (un rezo de introducción a la misa que se acompañaba con aspersión de agua bendita) y la participación en ese acto del fiscal del pueblo con su vara de mando, "signo de autoridad".

La nota del Diario del Hogar produjo, por supuesto, gran enojo en Aculco entre quienes no veían mal al padre Garza. Así, un grupo de ellos respondió con una carta dirigida al periódico que apareció publicada también en el diario católico El País, el domingo 7 de abril de 1912, con el título "En defensa de un sacerdote". Esta carta decía:


Señor Director del "Diario del Hogar"

C. de Méjico, D.F.

Aculco, E. de Méjico, 4 de abril de 1912.

Muy respetable señor:

El día 24 del pasado, domingo y por lo tanto día de precepto para todo católico, para oir la santa misa, todo Aculco se hallaba representado en nuestro templo y en las dos misas de 6 a.m. y 11 a.m., que tocó por turno celebrar a nuestro respetable párroco el señor cura don Santiago Garza Treviño, nos habló en su sermón o conferencia religiosa, sobre el respeto que debemos guardar a las leyes de nuestra patria, de nuestro Estado, de nuestra jefatura y de nuestro municipio, con tal claridad que nadie dejó de comprender la importancia de su predicación, y como cada ocho días o cuando él cree oportuno, nos exhorta al cumplimiemto de nuestros deberes como católicos y como miembros de una sociedad culta, nos agrada, y con mayor gusto concurrimos a nuestro templo.

Todos los vecinos de esta municipalidad somos católicos y nos preciamos de respetar a nuestros sacerdotes, a nuestro párroco y a su vicario, por esta razón nos sorprendió a muchos, a los que formamos el centro de Aculco, nos sorprendió ver en el "Diario del Hogar" el día 29 del pasado, un artículo en el cual quiere tergiversarse la sana intención del señor cura Garza Treviño, en lo que nos promueve, contra cuyo artículo protestamos todos los caballeros de esta población, pues en lo que inicia o nos ordena nuestro párroco, reconocemos que lo anima el mejor propósito para nuestra cultura, para nuestra piedad, para nuestro bien.

Semejante artículo nos ha escandalizado porque es indudable que quien los inspiró, o no es de Aculco o ha olvidado sus principios de cristiano, pues Aculco se precia de ser católico, y repetimos, protestamos contra semejante escándalo, haciendo público nuestro respeto al señor cura don Santiago Garza Treviño.

Reconocemos en la permanencia de nuestro párroco en Aculco la voluntad de Dios, hecha palpable con la disposición de nuestro Ilmo. señor Arzobispo de México, el señor doctor don José Mora y del Río.

Tenga usted la bondad de conocernos como sus afectísimos y seguros servidores que con gusto damos a usted las gracias si se sirve ordenar se publique en su respetable diario esta rectificación en favor de nuestro párroco.

Cirino María Arciniega, José María Alcántara, Abraham Ruiz, Jesús Silva.

Con esta carta y la anterior, podemos imaginar lo que probablemente ocurrió: El padre Santiago Garza Treviño habría planteado a sus parroquianos la amenaza potencial del reclutamiento, pero no lo habría hecho con el fin de impulsarlos a inclumplir con un "deber patriótico" de acudir a combatir las "hordas que perturban el orden de nuestra patria", como aseguró el Diario del Hogar, sino más bien con la intención de presionar a aquellos que vivían amancebados "para que se casen y vivan como Dios manda", frase que parecería guardar, con sutileza, esa intención.

¿O no?

Porque ciertamente el padre Garza Treviño -originario de Tamaulipas y hermano de otro sacerdote, de nombre Norberto- no era por lo visto muy dado a permanecer largo tiempo en ninguna de sus parroquias, pues antes de llegar a nuestro pueblo había sido en 1901 cura de Ocuilan, en 1905 segundo vicario del Santuario de los Remedios (donde construyó el arco de entrada al trio y elaboró el reglamento de la asociación religiosa vinculada al recinto) y en 1908 párroco de Naucalpan. Y esa poca estabilidad puede ser un indicio de desavenencias constantes con sus feligreses o con la autoridad civil. De hecho, el sacerdote pasó también fugazmente por Aculco (como correspondía ciertamente, más allá del escándalo, a lo temporal de su nombramiento) pues fue sustituido el 25 de abril por el Pbro. Luis Ignacio Montes de Oca, partiendo enseguida a hacerse cargo de la parroquia de Chalco. Justamente en este sitio, asediado constantemente por los zapatistas, el padre Garza Treviño -por buenas razones o no- nuevamente se manifestó en contra de las acciones del ejército maderista:

Para octubre de ese mismo año [de 1912] el gobierno había retomado el control político y militar de la región. El número de soldados que habían llegado a Chalco fue tan numeroso que hubo problemas para instalarlos y ocasionó molestias a los lugareños. Tal fue el caso del presbítero Santiago Garza Treviño, quien al solicitarle el jefe político permiso para instalar sus tropas en el curato, con altanería y palabras injuriosas se negó ha acceder a tal petición. (Anaya Pérez, Marco Antonio, Rebelión y revolución en Chalco-Amecameca, Estado de México, 1821-1921: Sublevación campesina en la Sierra Nevada, INEHRM, México, 1997, p. 125)

En suma, sí existen indicios de que el padre Garza Treviño fue desafecto al maderismo. Las pruebas, sin embargo, son de alguna manera circunstanciales pues en el primer caso pudo tratarse tan sólo de un esfuerzo pastoral y en el segundo pudo haberse debido al disgusto por imaginar su propia casa ocupada por la soldadesca. Como haya sido, con este texto, junto con el que antes publiqué acerca del padre Antonio Martínez Infante, sólo he querido hacerles notar que los disgustos de la feligresía con sus sacerdotes no son en modo alguna cosa reciente, sino que han existido en todas las épocas y en todos los lugares, e incluso recientemente lo hemos visto así en Aculco. Cuando estos asuntos se ven con algo de perspectiva histórica, encontramos que con frecuencia partidarios y adversarios tienen su parte de razón. Por eso ayuda mucho, antes de tomar un bando, imaginar cómo será contada una historia así en cien años y de qué lado nos queremos ver; quizá lo mejor sea sólo ser espectador.

sábado, 1 de octubre de 2016

Don Antonio Martínez Infante: el cura alegre, generoso... y escandaloso

El bachiller don José Antonio Martínez Infante fue uno de los sacerdotes más conspicuos entre los que ocuparon la parroquia de Aculco en el siglo XIX. Durante ocho años, entre 1819 y 1827, fue cura del lugar y se distinguió por su alegría y generosidad, pero al final de esta etapa fue seriamente cuestionado por buena parte de sus feligreses, por lo que se vio obligado a salir de Aculco y defenderse ante el arzobispado de México.

No sabemos mucho sobre su vida anterior a su llegada a nuestro pueblo, tan sólo que probablemente era originario de Toluca -donde su hermano Francisco tenía una botica- (1), que en noviembre de 1809 la Real y Pontificia Universidad de México lo eligió consiliario canonista (2) y que hacia 1817-1818 era cura del pueblo de Xochicoatlán, situado en el actual estado de Hidalgo, cerca de Molango (3). Fue a principios de enero de 1819 que su predecesor en Aculco, el bachiller Pablo García (gran enemigo de los insurgentes) dejó la parroquia y el 31 de enero Martínez Infante tomó posesión de su nuevo curato (4).

Los libros parroquiales de Aculco dejan entrever a un hombre metódico en sus tareas, enérgico, mucho más ordenado al llevar los registros de bautismos, matrimonios y defunciones que los sacerdotes que le antecedieron. A don Antonio le tocó vivir la transición entre las épocas del Virreinato y del México Independiente, y con alguna frecuencia lo vemos aparecer en antiguos documentos que se refieren a sucesos públicos de su tiempo. Por ejemplo, cuando todavía bajo dominio español, al ser jurada la Constitución de Cádiz a las doce del día 28 de septiembre de 1820 por el pueblo y autoridades de Aculco, los representantes de las antiguas "repúblicas de indios" (que a partir de ese momento ya no serían tales, sino ciudadanos como el resto) solicitaron al cura continuar cubriendo las contribuciones parroquiales como lo hacían desde tiempos antiguos, pues resultaban menores que los derechos que pagaban a la Iglesia los mestizos, criollos y peninsulares. Don Antonio Martínez Infante lo concedió como lo pidieron. (5) También fue importante su participación en los grandes festejos por la Consumación de la Independencia en diciembre de 1821, que ya a hemos reseñado en otra entrada del blog. En esa ocasión, para celebrar la misa solemne del día 12:

A las diez de la misma se reunió el Ilustre Ayuntamiento en cuerpo y, precedido de la música, de dirigió a la Iglesia Parroquial donde lo salió a recibir el Venerable Clero con sobrepelliz, cruz y ciriales, conduciéndolo a sus bancas que estaban adornadas al intento. Luego que pasó el Evangelio, subió el Señor Cura Párroco don Antonio Martínez Infante al púlpito, en donde explicó la grandeza del Plan de Iguala, la utilidad y beneficios de nuestra religión, independencia y unión, las admirables y nunca bien ponderadas virtudes de nuestro Serenísimo Señor Almirante de Mar y Tierra don Agustín de Iturbide, con otras exhortaciones anexas al día, en que brilló su celo y patriotismo a favor de la justa causa, concluyéndose la función de iglesia a las doce del día, saliendo el venerable clero a dejar al Ayuntamiento hasta las puertas del templo. (6)

A las cinco de la tarde del mismo día se procedió al juramento del Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba, comenzando con el paseo del estandarte, que llevaba enarbolados ambos documentos, por las calles del pueblo:

El Alcalde ofreció el estandarte al Señor Cura, quien lo admitió a nombre de la religión, y asido de el con la mano derecha y el Alcalde con la izquierda se continuó el paseo por las calles que estaban dispuestas al efecto, que son las nombradas Estación Mayor. Concluido se dirigieron a un tablado que al propósito estaba formado de antemano en la Plaza Mayor [...] Colocado en él el Ayuntamiento con todo el Cuerpo Eclesiástico, pronunció el Primer Alcalde estas palabras: Fiel Pueblo de Aculco, es llegado el día de nuestra felicidad, nuestro Almirante nos ha puesto en libertad, rompiendo las cadenas de la esclavitud que nos oprimían, en cuya vista prestó el Juramento el Pueblo con demasiadas demostraciones de Júbilo y con arreglo al Bando; lo mismo fue repitiendo en los cuatro frentes en los que se tiraron algunas monedas, pero el Señor Cura, después de haber tirado lo que traía, mandó traer de su casa platos de plata y en demostración de su júbilo se los arrojó al Pueblo.

Pero México era entonces un país muy inestable y sin duda el cura Martínez Infante se apresuró demasiado al desprenderse de su vajilla de plata. Porque si en 1820 había jurado la Constitución de Cádiz que restablecía la monarquía española constitucional, y en 1821 el Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba que creaban el Imperio Mexicano independiente de España, tres años después, el 7 de noviembre de 1824, juró también la Constitución republicana federal de 1824 en la portería de las casas curales, cantó un Tedeum y él mismo pronunció un discurso "análogo a las circunstancias". (7)

En 1827 una acusación llegó a las oficinas del Arzobispo de México: Antonio Martínez Infante escandalizaba a sus feligreses por ser dado a la bebida, a cantar tocando la guitarra o la vihuela, y por vivir con una mujer de nombre Dolores con quien había tenido una hija, aunque al parecer "ya sólo vivían en la misma casa como amigos". Se aseguraba, además, que el cura había descuidado el culto, que cobraba en exceso los derechos parroquiales e incluso se dudaba se la validez de sus misas y de los sacramentos que había administrado en estado de embriaguez. En suma, que era un pésimo ejemplo para los habitantes de Aculco.

Las acusaciones debieron parecer suficientemente graves al provisor del Arzobispado, pues ordenó que el cura se separara de su parroquia y se presentara en la Ciudad de México para dar espacio a las investigaciones sin que su presencia intimidara a los acusadores. Lejos de hacerlo así, el sacerdote permaneció en Aculco, escribió una carta argumentando su defensa y organizó a los vecinos que le eran favorables, así como a las autoridades civiles de Jiloetepec para que atestiguaran a su favor:

En carta al provisor, explicó que hacía cuatro años se había granjeado el odio de muchos de sus feligreses por haber defendido de la muerte a un español que perseguían en la localidad. Después, otro tanto pasó cuando ayudó a un campechano, «defendiéndolo del despotismo y arbitrariedad» de unos vecinos que —confundidos por su acento porteño— «le atribuyeron alistados de emisario, gachupín, escoses [escocés, es decir, masón del rito escocés], hasta el grado de conseguir orden para ponerlo preso". No dejaba el cura de mencionar que sus feligreses le adeudaban ya unos cinco mil pesos. También expresaba Martínez al provisor que se había puesto en contacto con la «parte sana» del pueblo y recogido una representación a su favor por tales personas, pero temía que su defensa causaría asimismo la «denigración al estado eclesiástico pábulo para nuestros contrarios». Martínez había solicitado astutamente al alcalde constitucional primero de Xilotepec, sede de la subprefectura, una constancia a su favor, que éste elaboró mencionando la cumplida labor pastoral del cura así como «la general estimación de sus feligreses» y las notables «virtudes patrióticas que tiene acreditadas a toda prueba».(8)

El provisor, molesto, ordenó nuevamente al cura que se presentara en la capital. Esta vez Martínez tuvo que obedecer y dejar como encargado al padre Mariano Mendoza pero, la víspera de su partida, salió por las calles de Aculco a «correr gallo», armado y acompañado por músicos: «se pasaban los músicos a cantar versos de despedida en las casas de los amigos del señor cura y a cantar versos irritantes en las casas de los que cree [el cura] ser sus enemigos» (9).

La defensa de los vecinos de Aculco que se mantuvieron fieles al cura Martínez y solicitaban su restitución aseguró en sus "representaciones" dirigidas al provisor y al gobernador de la mitra, que las acusaciones provenían sólo de unos cuantos. Que durante nueve años el cura había dado «incontestables pruebas de amor paternal» tanto en el aspecto espiritual (promoviendo el culto y las cofradías) como en lo material (evitando las limosnas y aportando dinero para el pago de materiales y operarios que llevaban a cabo la compostura del campanario de la iglesia y casas curales). El cura, además, permitía según afirmaban que los derechos parroquiales se cubrieran según la preferencia de cada vecino de atenerse a la costumbre o al arancel (o incluso lo hacía gratuitamente), lo que coincide justamente con lo que mencionamos líneas arriba. Y hasta que, durante la Guerra de Independencia, había dado su apoyo a los independentistas. Sus defensores, con todo, no eran ciegos a sus faltas: «No por esto aseveramos -escribieron- que la conducta de nuestro cura sea del todo irreprensible, porque al fin es hombre, pero sí que la pública o ya sea en razón de su ministerio o ya en la que pertenece a su persona es honesta y nada escandalosa; mas en la privada no tocándonos su inspección nada tenemos que expresar»" (10).

Ya ante las autoridades del Arzobispado, don Antonio Martínez Infante fue interrogado y pudo defenderse personalmente de las acusaciones, comenzando por la de embriaguez:

Admitió sin dificultad su cercanía con el alcalde primero del pueblo y y su desenfadada socialización con la ayuda de una buena provisión de vinos en la anterior cena de Nochebuena, denostada por sus contrarios. Era "la cena que es uso corriente entre los de su clase con los licores correspondientes". Bueno, quizá un poco más, porque la reunión empezó a las ocho y la cena no la hizo hasta las diez de la noche, de modo que en el Ínterin hubo «música y brindis de bebida entre tanto [-] comenzó la cena [-] de aguardiente[,] vino y licores como correspondía a la casa de un cura generoso". Desde luego que él también bebía, pero negaba los desmanes que después se le achacaban durante la misa de gallo. Asimismo, negaba actos indecorosos durante otros servicios religiosos o los atribuía a contingencias accidentales. Pero sí admitía su afecto por la bebida y asentaba que no en una sino en muchas ocasiones había ido a caballo a «la trastienda de la vinatería a tomar un trago de aguardiente como lo hacen los caballeros que por sus enfermedades acostumbran usar de esa bebida». Que quizá a veces ni siquiera se apeaba del caballo para echarse una copa; no recordaba bien pero «no sería dificultoso que así lo ejecutara».

A la pregunta sobre el escándalo público la noche anterior a su salida hacia la Ciudad de México y su relación con la señora Dolores,

Admitía Martínez asimismo que la noche anterior a su partida de Aculco para México salió a las calles con María Dolores y con su amigo José María Rodríguez, cantando y con una vihuela, "pero sin el desorden que en sí envuelve la pregunta" que se le formuló. Iban en dirección a la casa del alcalde primero para divertirse, motivo por el cual llevaban una vihuela. Por su parte, él no sabía nada de gente armada en esa ocasión. Martínez admitía que vivía con María Dolores desde "hace catorce años con el único motivo de sacarla de la mala vida que padecía con sus deudos". Si bien tuvo una hija con ella al principio de su relación, en la actualidad su estado era "honesto" (11).

Pese a la rapidez con que don Antonio fue relevado de su parroquia, todavía a mediados de 1830 el asunto seguía sin resolverse. Sabemos que don Antonio continuaba vivo en 1832, pero desde ahí perdemos todo rastro sobre su vida.

Permítanme que en esta ocasión no agregue mayores conclusiones sobre esta historia. En estos tiempos en que la vida privada de cada uno de nosotros puede quedar expuesta en cualquier momento debido a la difusión que permiten los medios de comunicación, internet y las redes sociales, creo que a cada quien corresponde reflexionar sobre el derecho a la privacidad que reclamaba el sacerdote y que defendían sus partidarios. También, vale la pena considerar que, como decían estos vecinos de Aculco de principios del siglo XIX, don Antonio "al fin era hombre" y por tanto sujeto a errores, conductas reprensibles y malos hábitos, como todos nosotros. El estado sacerdotal no supone que se sea inmune a ellos; es una ingenuidad creerlo así y una tontería rasgarnos las vestiduras cuando vemos que un cura, como cualquier ser humano, es también pecador.

 

NOTAS

(1) AGN, Tierras, vol. 2857, exp. 3.

(2) Carreño, Alberto María, Efemérides de la Real y Pontificia Universidad de México, UNAM, México, 1963, p. 837.

(3) Zúñiga y Ontiveros, Mariano José, Calendario manual y guía de forasteros en México para el año de 1818, México, En la oficina del autor, 1817, p. 101.

(4) "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/pal:/MM9.3.1/TH-1-12983-8212-16?cc=1837908 : 20 July 2015), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Bautismos de hijos legítimos 1811-1825 > image 248 of 508; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

(5) AHMA, Actas de Cabildo del Ayuntamiento de Aculco, 1820.

(6) Archivo Histórico del Estado de México. Intendencia de México. 1821, Caja 24. EXp. 24. Fojas 81-84v.

(7) AHMA, Actas de Cabildo del Ayuntamiento de Aculco, 7 de noviembre de 1824.

(8) Todo este asunto se encuentra recogido en Archivo Histórico del Arzobispado de México (México), Episcopal, Provisoriato, Autos contra eclesiásticos, caja 17, exp. 18: »Expediente instruido contra el párroco juez eclesiástico de Aculco D. Antonio Martínez Infante, 1827». No he tenido acceso directo al documento, sino a través de Connaughton, Brian, "Los curas y la feligresía ciudadana en México, siglo XIX", en Rodríguez O., Jaime E. (coordinador), Las nuevas naciones: España y México, 1800-1850, Fundación MAPFRE, 2008, p. 241.

(9) Idem, pp. 253-254.

(10) Idem, p. 254.

(11) Idem, p. 255.