lunes, 19 de septiembre de 2016

El Puente Colorado, remozado

En diciembre del año pasado critiqué en este blog el lamentable estado en que se encontraba el Puente Colorado: cubierto de grafiti, con daños en la mampostería de sus pretiles y, en general, con un aspecto descuidado y decadente. Algo en verdad lamentable pues este puente histórico es uno de los elementos patrimoniales de más valor en nuestro pueblo, que lo liga además directamente con su carácter de sitio del Patrimonio Mundial de la UNESCO como parte del Camino Real de Tierra Adentro.

Por fortuna, las autoridades municipales se ocuparon pronto de reparar los daños y dignificar el Puente Colorado. No había tenido oportunidad de ir antes al lugar, pero aproveché estos días patrios para darme una vuelta por ahí y tomar algunas fotografías que hoy quiero compartirles. Debo decir también que me animó a constatar estas reparaciones el comentario al respecto que me hizo la presidenta municipal Aurora González Ledezma en una breve conversación el pasado 8 de septiembre; porque, si a veces soy muy rápido para la crítica, lo justo es también reconocer cuando nuestras autoridades demuestran su interés por conservar estos vestigios de nuestro pasado. Vestigios que, como lo he dicho otras veces aquí, son el principal atractivo de Aculco y lo que lo hacen realmente "mágico".

Pues bien, veamos las fotografías:

Como se puede observar, el remozamiento del puente se hizo bajo un criterio de mínima intervención, lo que considero sumamente adecuado ya que no se trata de una restauración propiamente dicha. Es decir: se borró completamente, por ejemplo, el grafiti, se limparon los muros y se completaron los faltantes de mampostería de piedra blanca con los mismos materiales originales, se retiraron las yerbas que crecían en la calzada y se reparó totalmente el empedrado, incluso se repintó el lomo de toro de los pretiles. Pero todo esto sin intentar llevar las reparaciones más allá de lo sensato, sin tratar de borrar la huella de la historia en sus muros, sin querer dejarlo "como nuevo", sin tratar de jugar al restaurador cuando no se es, ni se conoce su trabajo. Simplemente, hacer lo necesario para asegurar su conservación. Algo totalmente opuesto, por ejemplo, a la desafortunada remodelación de los Lavaderos Públicos que se hizo en 2007, que prácticamente les arrebató su valor histórico.

En fin, este remozamiento del Puente Colorado, con todo lo sencillo que pueda parecer, merece un elogio. Ojalá todas las pequeñas reparaciones que necesita cada vez más nuestro pueblo, tanto en sus edificios públicos como en los particulares que forman parte de su patrimonio arquitectónico, se llevaran a cabo siguiendo criterios parecidos. Salvo en sitios específicos (como la parroquia y el convento), más que necesitarse en realidad grandes obras de restauración, lo necesario es sólo buen sentido al acometer obras, interés por conservar lo que forma la personalidad de Aculco y algo de buen gusto. Tal como lo hicieron nuestros padres, abuelos y bisabuelos y que, extrañamente, muchas veces no somos capaces de hacer nosotros hoy.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Las fiestas patrias de septiembre de 1944

Hace algunas semanas les hablé de la novela Sola (1954) -escrita por la catalana María José de Chopitea Rossell- que retrata de manera novelada los meses que pasó en Arroyozarco en la década de 1940 por invitación del jefe de la brigada de la Comisión Nacional de Irrigación que ocupaba el viejo Hotel de Diligencias. A quienes no hayan leído en este blog la entrada dedicada a presentar esta novela, les sugiero que la lean ahora, por lo menos la parte introductoria y la conclusión, que pueden encontrar aquí bajo el título El ejido de Arroyozarco en la década de 1940 (versión novelada).

Pues bien, aprovechando la coincidencia con estos días festivos retomaré aquella narración justo cuando se refiere a las fechas patrias. Para ilustrar el tema, ya que no poseo imágenes de la década de 1940, utilizaré algunas de las décadas de 1950 y principios de la de 1960, que sin duda les parecerán interesantes, o por lo menos curiosas.

Pues bien, sucede que "Montserrat" (el nombre que adopta Chopitea como personaje de su novela) recibió autorización para organizar una escuela digamos paralela a la ejidal, que permitiera asistir a niños que no podían hacerlo en los horarios de la otra. Aquella escuela fue instalada en una bodega en la planta baja del viejo caserón arroyozarqueño y aunque empezó con apenas seis niños pronto, comenzaron a acudir varias decenas. Al mismo tiempo, Montserrat había recibido de "Poncho" (el ingeniero jefe de la brigada) una declaración amorosa primero brevemente correspondida y después rechazada, lo que empezaba a desmoronar la amistad que hasta entonces habían llevado. En fin, se acercaban las fechas patrias de 1944 y la maestra decidió organizar un festival con sus pequeños alumnos:

Como premio a su aplicación anuncié a mis alumnos que ibamos a preparar los festejos para los días patrios de septiembre. Era necesario impregnarnos del espíritu histórico de la independencia nacional, profundizar los móviles del grito glorioso en aquel 15 de Septiembre de 1810. Para poder mejor explicar, hube de remover las páginas de la historia de México, Francia y España; asimismo, la geografía interna del país para localizar, en en el mapa, los puntos principales adonde llegó el eco de aquel grito. Todo ello requería tiempo y tranquilidad, así es que ahorré la sobremesa, especialmente después de la cena y busqué un rincón donde dedicarrue al estudio. "Poncho" parecía siempre en celo, nervioso, malhumorado; me rondaba a todas horas e intentaba sorprenderme a solas; pero yo aparentaba no darme cuenta y le suplicaba que me dejara trabajar.

[...]

Ya próximos al aniversario histórico, organicé los números de la fiesta con recitaciones alusivas, fábulas y versos clásicos, bailables y canciones. Cecilia ayudó a los menores a memorizar sus parlamentos y, sobre todo, fue muy útil en los coros a varias voces, pues mi falta de entonación entorpecía la marcha y hubiera podido llevarnos al fracaso. Ella tenía una voz muy afinada y un sentido muy despierto para la música. Todo se deslizaba bien. El director y profesor de la escuela del ejido solicitó de mí la fusión de nuestros números en Su programa y, naturalmente; acepté con mucho gusto y nos pusimos de acuerdo. Eso dio un estímulo grande a mis alumnos, pues el amor propio los puso más avispados. queriendo ser los que mejor quedaran.

[...]

Llegó el día 15, aniversario del "Grito de Dolores" y vísperas de nuestra fiesta escolar. Momentos antes de la hora fijada para el ensayo general, se suscitó con "Poncho" una discusión bastante acalorada relativa a mi actitud de olvido al acercamiento amoroso surgido antes de la llegada de Cecilia. Y o le dije que aquello fué una nube de verano. pasajera; una ráfaga de amor sin fundamento. sin raíces. sin ilusión de un porvenir, y no considerándome una mujer para uno o varios ratos. había recapacitado en olvidar el incidente y encerrar los impulsos pasionales. "Poncho" no entendía de razones y, en el fuego de su indignación, me dijo que o cedía yo a su pasión o era necesario que me ausentase por unos días so pretexto de tomar mis vacaciones.

-¿Vacaciones como castigo y no como premio? Eso sí. no. Me quedo tratándonos usted y yo como lo hacíamos al principio, o me voy para siempre.

-Pues váyase y no vuelva.

-¿Qué dice?

-Lo que oye. Y se va hoy mismo mejor que si espera a mañana.

-Pero, ¿usted sabe lo que dice? En primer lugar me echa sin motivo y en segundo, es tanto como privar a mis alumnos de las fiestas patrias.

-El profesor de la escuela rural tiene preparado un festejo. Que lo celebren allí. Usted no hace ninguna falta.

-¿Qué es lo que oigo? Eso es inaudito. ¿Es su última palabra que me vaya?

-Sí: ya no la aguanto más. Váyase hoy mismo.

Salí de la oficina trastabillando; la cabeza me daba vueltas y la vista se me nublaba. Entré a mi cuarto y prorrumpí en llanto. Cecilia se sorprendió al verme en aquel estado y más aún al escuchar de mis labios estas frases:

-Debo hacer mis maletas y, a lomo de caballo, alcanzar el tren de la madrugada en Dañú. Prepara tus cosas y vete con doña Casimira. "Poncho" me echa.

-¡Debe ser una injusticia de ese hombre! Un mal entendimiento, tal vez. No creo otra cosa. Además. tú no puedes irte en este estado y corrió al encuentro del jefe de la brigada.

Regresó al punto, y me dijo:

-Dice "Poncho" que mejor esperes a mañana, que él mismo te acompañará a San Juan del Río en la camioneta.

A fuerza de ruegos logré dominar los ímpetus que, por dignidad, me animaban a partir de inmediato. De pronto, me acordé de que los alumnos me esperaban para el ensayo general.

-Corre, ve con ellos. Cecilia: diles que me siento enferma y que tú me suplirás por esta tarde. Ya mañana inventarás algo. Me iré de escondidas; pero no en la camioneta sino a caballo.

Cecilia cumplió el encargo. No obstante, el desconcierto fué notorio.

Como rayo se aparecieron, en la puerta de mi cuarto, niños y más niños preguntándome qué me ocurría. Me hice la enferma y les dije que necesitaba descanso, que regresaran al lado de Cecilia y supieran agradecer sus desvelos demostrándome, así, que eran mis amigos y que me querían tanto como yo a ellos.

No fuí capaz de acudir a la cena. En el curso de mi estancia en Arroyozarco, era la primera vez que estaba enferma. Las esposas de los ingenieros sólo se dirigieron a Cecilia para informarse más con curiosidad que con interés. Junto a la puerta de mi cuarto se instalaron en cuclillas varias mujeres, pendientes de mi estado de salud. De entre las de la cocina, hubo una que no sólo se puso a mis órdenes, sino que me obligó a tomar un té de hojas y raíces y me aplicó manteca caliente en la parte externa de la garganta y del estómago. También me hizo tomar un baño de pies, con una porción de cosas disueltas en el agua. Me atosigaron entre todas a tantas preguntas acerca de lo que me dolía que, por rehuir explicaciones, hube de inventar dolencias; pero es el caso que acabé sugestionándome de que estaba enferma y, cuando me pusieron el termómetro por orden intencionada de "Poncho", aquél marcó medio grado de fiebre.

Fingiendo pues, estar enferma, Montserrat se dispone a pasar la noche del "grito" encerrada en su habitación de Arroyozarco y pensando en salir definitivamente del lugar al día siguiente:

Convencí a doña Martina de que no era indispensable su compañía ni la de las mujeres que aguardaban, si bien agradecía mucho su gesto, tanto más siendo "noche mexicana", por lo cual no podía permitir que sacrificaran su ambiente de alegría en familia. Al fin se retiraron. Afuera se oía el estruendo de petardos y cohetes que sonaban espaciados y por distintos rumbos. Después de la medianoche todo quedó en silencio. Cecilia y yo nos dormimos.

Sin embargo, las razones de su disgusto por el altercado con el ingeniero se han difundido. Así, al amanecer del 16 de septiembre, los propios niños y los habitantes de Arroyozarco van al encuentro de "Poncho", para exigirle que la maestra acuda a la fiesta que ella misma ha preparado. "Poncho", al final, accede:

-Buenos días, ingeniero: venimos "en bola" a que nos dé razón por qué la españolita no va a la fiesta.

-Porque yo le he ordenado que no vaya.

-Pos usted podrá ordenar en días de trabajo, dentro de Ía brigada; pero a hoy es fiesta y en nada le ocupa su campamento ni tiene derecho a hacerla trabajar pa' la Comisión ni tampoco hacerla que se vaya pa México, si no es por la voluntad de ella. Y no por no rajarse de haberle dicho que sí, nos va a desoír a nosotros porque sería antes rajarse de la fiesta que ha preparado; nuestros chamacos han aprendido lo que les hizo favor de ponerles y han estrenado trapos. Usted dice, ingeniero... ¿ Va o no va la señorita a la fiesta?

La voz de aquella mujer de temple quedó por unos momentos en el aire. Se hizo el silencio. Cecilia corrió a mi encuentro:

-"Poncho" ha dicho que sí: ¡qué vayas!

No le contesté, tomé de la percha mi bata blanca, metí los brazos en las mangas y, en aquel instante, se plantó un muchacho en el umbral y me estiró de la mano:

-¡Que se venga, señorita! ¡Hemos ganado!

Me abrí paso por entre el tumulto y entré al comedor:

-¡Gracias, ingeniero! ¡Por ellos, por mis hermanos de Arroyozarco, gracias!

En el tono de mi voz no había venganza, sino ternura; pero al no oír una respuesta ni un saludo por parte de "Poncho" salí, y grité emocionada:

-¡Aquí están las llaves de la escuela! ¿Quién va por la bandera?

Las llaves me fueron arrebatadas. De nuevo levanté la voz, ya más serena.

-¡Por favor!... Los mayores pónganse a un lado y luego, se forman detrás. ¡Niños y niñas!: en dos filas. Los más pequeños delante. Por orden de alturas.

En un santiamén se formaron las dos hileras. "Chencha" se acercó a mí, con la enseña.

-¡Tomasín! Tú que luces tan majo tu traje de charro y eres el más chiquitín de la tropa, llevarás con dignidad la bandera; "Lencha" y Petrita te harán escolta. Vosotros encabezaréis el desfile, derechito hacia el ejido, todos conservando la distancia, marcando con el de enfrente, al mismo paso, con seriedad. ¡Firmes! ¡Marchen! -y haciendo un esfuerzo inaudito, por la emoción, entoné:

¡Oh Santa Bandera de heroicos carmines!,

suben a la gloria de tus tafetanes,

la sangre abnegada de tus paladines,

el verde pomposo de nuestros jardines

la nieve sin mancha de nuestros volcanes.

La caravana se puso en movimiento, las voces vibraban al aire y mezclan los tres colores de la patria. Yo no cantaba; iba regando el camino con lágrimas de mis ojos; pero iba al paso, con el cuerpo erguido y la cabeza en alto. El aire me parecía suave; el suelo. incrustado de hierbas y flores, era una alfombra blanda en la que se hundían los pies desnudos de mis valerosos zagales quienes no envidiaban, ni mucho menos, mis alpargatas blancas. El agua clara del riachuelo se deslizaba tranquila, salvando los pequeños obstáculos y puliendo las piedrecillas.

El cortejo llegó ante la escuela del ejido. Alli, nos recibieron el profesor y sus asiduos alumnos -que eran menos que los que yo llevaba conmigo, muchos de los cuales estudIaban con él a distintas horas-. Allí rompimos filas y pasamos al interior, en el lugar donde estaban dispuestos, por lotes, los trajes de papel o de manta de colores para los distintos cuadros.

Cuando se abrió el telón y dió principio el festejo, vi en las primeras filas a las autoridades del ejido y a los ingenieros de la Comisión. Mi corazón latía fuertemente y el de mis pequeños artistas creo que también. No hubo el más mínimo fracaso. Salieron airosos y, al finalizar, ellos me sacaron a escena a recibir el aplauso; entonces, yo tomé de la mano al viejo maestro, que llevaba en su cara toda la nobleza de su vocación, y aparecimos ante el público, dándonos un abrazo estrecho en presencia de todos.

El siguiente acto en los festejos consistía en el juego de basquetbol, precisamente enfrente a la hacienda de la Comisión. Fundidos los alumnos de ambas escuelas, fórmamos de nuevo dos filas, hasta el lugar del juego. Una vez allí. presenciamos 1a entrega de un balón que el propio jefe de la brigada obsequió al equipo. Pensé, entonces, en el balón que me había prometdo aquel alto jefe de ingenieros que vino de México. No sabía yo, a la sazón, que aquél cumplió su palabra y que el balón en cuestión era el que "Poncho" regalaba.

Antes e iniciar el partido, el profesor dirigió la palabra para evocar la fecha histórica y las figuras ilustres la Independencia, Una salva de aplausos se esató a los vientos y entre el chasquido de manos surgió una porra de voces que decía: "que hable la señorita. ..". Me hice de rogar, pues al cruzar mi mirada con la de "Poncho", de momento, me atemorizó la severidad de la suya; pero las voces insistían y empujada por ellas y conducida por manos que me llevaban hacia el centro, frente a la presidencia, me escuché, de pronto, improvisando una sarta de frases sentimentales, dirigida a los hijos de aquella tierra regada con la sangre de los héroes caídos en combate, en el doloroso episodio de Aculco, que no había sido estéril puesto que, a costa de triunfos y de fracasos, México logró su independencia.

Les hablé de corazón a corazón hasta ver latir los pechos y un batir de rebozos y pañuelos enjugando los rostros de mis nobles rudos amigos.

Terminé porque ya la voz me temblaba. Un nudo de lágrimas se deshacía en mi garganta, y más elocuente que mis palabras fué el apretón de manos que di en lo alto, en señal de hermandad. Pasé por en medio de los aplausos, recibiendo besos en la orilla de mi bata blanca, tan blanca, tan blanca como el cariño que me unía a aquella gente. Fuíme a sentar entre un grupo de mujeres y niños y, una vez iniciado el partido y las mentes distraídas con el juego, desaparecí sin ser advertida. A una seña me siguió un chiquillo y le dije que si era demasiado sacrificio privarlo de ver el juego por hacerme un favor.

-Es un gusto complacerla, señorita. Ordene nomás y como rayo lo cumplo.

-Ve con Tomás, el caporal de la finca [se refiere a la "Casa Vieja" de Arroyozarco, entonces propiedad de don Fernando Tornel Ricoy], y dile que, te mando a Bonito ensillado; que quiero irme para Aculco a visitar a los parientes de sus amos, pues me han dicho que está abierta la casa de allí y se encuentran reunidos celebrando las fiestas.

El rapaz corrió como flecha. Mientras, fuí a mi cuarto y me puse los avíos de charra. Me, despedí de Cecilia con un, "¡hasta luego!, si no vengo a dormir no te preocupes. Es probable que me quede en Aculco".

Y dando las gracias al cumplido muchacho, di espuelas a Bonito y arremetí a todo galope, llevándome tras de mí el asombro de todos los que asistían aún al juego de basquetbol.

Plugo al cielo que en la carrera nada se me parase enfrente, pues el coraje me hacía creer que nada era capaz de detenerme y que lo mismo hubiera sido un toro o un ocote, habría embestido de igual modo hasta desgajar lo mismo cuernos que troncos.

No hube bien andado una me una media legua cuando, a un lado del camino, frente a un jacal, vi una gran multitud de sombreros que no parecía sino una enorme sombrilla en medio de la estepa. Tiré de las riendas a Bonito y me fuí acercando al paso y de allí a poco descubrí que lo aquellas gentes reunidas hacían era presenciar una pelea de gallos. "¡Silencio!", gritaba el que hacía de juez de plaza. Al punto eché pie a tierra, amarré el caballo a un árbol y me colé entre el grupo para atender a la pelea.

Dos gallos soberbios abrían las alas y se esponjaban las plumas con hermosos reflejos de turquesa y obsidiana. Los dos a un tiempo, de sun salto se pusieron al suelo, frente a frente. En sus patas brillaban 1as navajas largas y afiladas. Las crestas, como dos banderolas rojas, se erguían sobre sus cabezas, mientras los cuellos crespos se les encorvaban y sus ojos color coral se encendían en una ferocidad casi humana. La lucha se inició: los dos cuerpos se confundieron en uno solo, con los picos y garras hundidos. Todo ocurrió en breves instantes. Los espectadores enmudecieron. Uno de los gallos se desprendió y, embestido por el otro, fue lanzado patas arriba más allá del círculo fijado. Me quedé atenta mirando cómo se cerraban sus párpados, cómo se estremecía su cuerpo bañado en sangre hasta formar un charco. Sin ser advertida de nadie, me separé del grupo, monté de nuevo y me alejé mirando el azul cielo para olvidar aquella escena espeluznante.

A eso de las cuatro de la tarde llegué al pueblo de Aculco sin la menor molestia; pero en cuanto me hube apeado, las piernas se me doblaban como si fueran de trapo. Sin embargo, no proferí queja alguna y cambié saludos con quienes me recibieron.

El pueblo estaba de gran fiesta y al poco de haberme instalado en una mecedora tras de una reja, la gente joven me estaba diciendo:

-Usted ya no se regresa. Esta noche tenemos baile, que no se puede usted perder.

-A la mano de Dios que con estas botas no habrá quien se atreva a bailar conmigo.

-Pero puede cambiarse de ropa.

-¿Cuál ropa?, si no traigo más que la puesta.

El amo de la casa intervino:

-No se apure, charrita. El mozo puede ir a caballo hasta Arroyozarco y que le traiga lo que necesite para que esté más a gusto; que si no, la vestimos con lo que haya. ¿Usted dice. españolita? ¿Se queda a la fiesta?

-Pues, ni hablar, señores. Que me traigan mis trapos. ¿A quién le hago el encargo?

Ninguno de los presentes dejó de reír al verme tan decidida. Salió el mozo con un papel escrito de mi puño, en el que pedía a Cecilia mis mejores prendas y afeites.

En comer un plato de mole y cuanto más me sirvieron, beber pulque curado y dormir una siesta, tendida boca abajo, se pasó el resto dc la tarde y con ella se fueron mis calladas dolencias.

Entre varias mujeres me plancharon mi traje de "luces", que no me había puesto desde México; en esta ocasión no me importó que fuese el de antaño y calcé mis zapatos de tacón alto.

Aquella noche bailé con los catrines de Aculco, entre ellos el "guapo" del pueblo; y, también, con los venidos de México; algunos eran charros de fama. Se armó un gran jolgorio hasta la madrugada, sin que de "Poncho" me acordara ni de otro mortal que pudiera robarme un poco de alegría.

Al otro día hubo charreada, jaripeo, coleadas, carreras hípicas, palo encebado y fuegos de artificio; todo esto rematado, al anochecer, con el gran baile en la plaza, en derredor del quiosco, animado por la banda municipal.

Terminadas las fiestas patrias lo mismo en Aculco que en todas partes, la gente desfiló a sus lugares y todo quedó tranquilo.

Así concluye la narración de María José de Chopitea acerca de las fiestas septembrinas de 1944 en Arroyozarco y Aculco. Como escribí antes, estas narraciones de la obra Sola, pese a estar naturalmente noveladas, tienen mucho de verosímil al mencionar sitios, costumbres, personas y hechos, por lo que sin duda podemos tomarlas como cercanas a la realidad y quizá todavía viva en el municipio alguien que pueda confirmar sus detalles. En fin, espero que esta crónica sirva para que, también leyendo, disfruten estos días de fiestas en Aculco.

miércoles, 3 de agosto de 2016

"Nosotros, soldados de Francia, vendimos a Maximiliano"

El antiguo edificio conocido a principios del siglo XX como El Despacho y anteriormente como Casa del Mayordomo, de la hacienda de Arroyozarco (del que ya he escrito ampliamente en este blog como puedes leer aquí), es una construcción de evidente carácter defensivo: sus altos muros apenas tienen algunas ventanas, están coronados por almenas aisladas y en sus cuatro ángulos se levantan sendos garitones para su vigilancia y resguardo. Este aspecto le viene desde su origen, ya que en él se encontraban las bodegas en las que en tiempos de los jesuitas se almacenaban los bienes procedentes de ésta y otras haciendas de su propiedad, así como los bienes que eran enviados a las misiones de California. Sin embargo, su aire militar debió subrayarse aún más a mediados del siglo XIX, cuando sirvió como cuartel de las tropas del ejército francés enviado al país por Napoleón III para apoyar al emperador Maximiliano en su trono.

Hace apenas unos años me enteré de que el interior de este inmueble guardaba justamente un singular testimonio de su uso como albergue de aquellos soldados entre los años de 1864 y 1867: una serie de extraños grafitis en el muro que da al patio de la gran troje que forma su crujía norte. Y es ahora, gracias a las fotografías que amablemente me proporcionaron Alejandro Molina Osornio, Lázaro Frutis e Isis Isidoro, tras su visita al lugar el pasado 20 de julio, que he podido analizarlos con más detalle, aunque por su estado de conservación y lagunas estoy muy lejos todavía de comprender totalmente su sentido.

El texto central de estos grafitis parece ser uno escrito en francés sobre el que posteriormente se pintó con pintura roja el fierro de marcar ganado de la hacienda (que combina una A con una Z). En su parte legible este texto dice así:

Nous soldats de la France vendu a Maximillien

On nous prends pour des indiens de la France

La [...] de no[tr]e Liberté vien [...] et on dira [que] [...]

El texto prosigue, pero únicamente es posible leer algunas palabras aisladas y de sentido dudoso. La parte que pude transcribir arriba significaría algo cercano a:

Nosotros, soldados de Francia, vendimos a Maximiliano.

Nos consideramos indios de Francia.

La [...] de nuestra Libertad acaba de [...] y se diría que [...]

Pese a lo poco que se puede leer, podemos suponer que se trata de una especie de manifiesto que muestra el pesar y remordimiento cuando los soldados franceses recibieron, a principios de 1867, la orden de abandonar México y embarcarse de regreso a Francia, dejando aquí al emperador en manos de sus enemigos, ya que su propio comandante, el mariscal Aquiles Bazaine, había obstaculizado la formación de un ejército imperial mexicano que habría podido sostenerlo.

Es posible que este texto haya estado firmado en la parte inferior, pues los restos que quedan ahí parecen indicarlo. Sin embargo, sobre esas firmas se fueron escribiendo a lo largo de los años cuentas, rayones sin sentido, rúbricas, textos completos casi borrados, etcétera, que ahora hacen imposible su interpretación. Es ésta quizá la zona más repleta de grafitis, pero en toda la pared alrededor del texto central se pueden encontrar otras palabras y dibujos que aquí les muestro, como ejemplo de lo mucho que todavía queda por investigar en esos raros trazos de Arroyozarco, que esperan todavía a un buen y dedicado intérprete:

viernes, 22 de julio de 2016

El ejido de Arroyozarco en la década de 1940 (versión novelada)

María José de Chopitea nació en Barcelona, España, en 1915, en el seno de una familia acomodada de origen vasco-catalán. En su ciudad natal conoció al periodista mexicano Luis Octavio Madero, que entre 1938 y 1938 ocupó la plaza de cónsul en la representación mexicana ante las autoridades de la República en plena Guerra Civil Española. Cuando las tropas franquistas comenzaron a acercarse a la ciudad y el gobierno republicano escapó hacia Gerona, María José junto con Madero (de quien ya era novia) y el resto del personal del consulado salieron hacia el norte hasta cruzar el 30 de enero de 1939 la frontera con Francia.

Después de pasar algunos meses en París, Ginebra y Burdeos, María José decidió ir a México para encontrarse con Luis Octavio Madero y emprendió un viaje lleno de vicisitudes. Poco después de su llegada contrajo matrimonio con él, pero terminaron por separarse al poco tiempo. A pesar de ello, María José decidió permanecer en nuestro país y desarrolló aquí una interesante labor editorial y literaria muy cerca de otros personajes del exilio español y de la izquierda mexicana. Escribió cuentos, ensayos, novelas, poemas, obras de teatro, realizó traducciones (pues dominaba el catalán y el francés) y administró la editorial Premià. Fue también asistente del muralista David Alfaro Siqueiros hasta el fallecimiento del pintor.

Una de sus novelas, titulada Sola (1954), resulta de especial interés para nosotros. Se trata, sí, de una novela, pero mejor deberíamos decir que es un fragmento autobiográfico novelado en el que la autora narra su vida desde que conoce cónsul mexicano (que en su obra se llama José Carlos) hasta que "Montserrat" (que no es otra que ella misma) recibe la noticia del fallecimiento de su padre ya en México, después de pasar por muchos sucesos entre Europa, Estados Unidos y este país.

En un momento dado de la novela, Montserrat decide abandonar a José Carlos, quien se halla sumido en la bebida y la depresión. Va entonces en busca de Susana, una amiga que estudia Leyes, para que la ayude a salir de la ciudad de México. Ella, en su casa, le presenta a un amigo, "Poncho", a quien describe como "ingeniero agrónomo, jefe de una brigada que trabaja en el campo". Él se ofrece a albergarla en "una hacienda convertida en campamento" alejada de la capital, donde reside con otros ingenieros y sus esposas. "Allí podrá pensar en calma, durante el tiempo que quiera y, siendo que yo viajo a México todas las semanas, en cuanto usted quiera podrá regresar a la ciudad. Allí nadie sabrá de su vida pasada: les diremos que va a descansar", le asegura Poncho hasta convencerla. "Al día siguiente salí en compañía de aquel ingeniero rumbo a Arroyozarco", escribe Montserrat/María José.

La historia de los meses que vivió en Arroyozarco ocupan cerca de 70 páginas del libro. Describe principalmente el ambiente social, humano y material de los primeros tiempos del ejido de ese sitio, una vez consumado el reparto agrario cardenista que finiquitó la hacienda. Aunque naturalmente ficcionado, el relato de lo que vivió ahí por unos meses parece verídico, o por lo menos verosímil. La descripción de eventos, personas (y sus nombres), lugares y edificios tiene imprecisiones, pero se ajusta mucho con la realidad: en verdad parecen hechos rescatados de la memoria con los errores que esto implica.

En suma: no me extrañaría saber que todavía alguien de Arroyozarco recuerda a la catalana que estuvo ahí hacia 1940, y que quizá nos pueda confirmar la realidad de lo que ella escribió.

Por la extensión del texto es difícil trasladarlo todo aquí para compartirlo con ustedes y si lo intentara muchos detalles especiales pasarían desapercibidos. Hay en él incluso narraciones que se prestan mejor para que las vaya desgranando en entradas particulares, como aquel que relata los festejos del 15 y 16 de septiembre que pasó en Aculco, o la Navidad en Arroyozarco. Así que por ahora solamente copiaré aquí lo que escribió sobre su llegada al lugar y más adelante procuraré regresar al tema para que puedan conocer más momentos de esta historia:

 

A una velocidad moderada. la camioneta avanzaba por la carretera de México a Laredo; al llegar al kilómetro ciento sesenta y siete, desvió por la que conduce a Querétaro. "Poncho" amenizaba el viaje hablando de los problemas agronómicos relacionados con la erosión de los suelos. La conversación era interesante y, para mí, bastante novedosa. Temas que yo tenía olvidados desde que anduve por los campos de Cataluña en compañía de mi padre.

Antes de llegar a San Juan del Río, dejamos la carretera para seguir el camino de San Ildefonso, por Huichapa y Estación Palmillas y, luego, el camino de Aculco -de San Jerónimo de Aculco, como en realidad se le llamo anteriormente-. Este ultimo dato me lo dio el mismo ingeniero, por quien supe, además, que dicha población es significada por el famoso combate conocido con el nombre de "Batalla de Aculco", acaecido la mañana del 6 de noviembre de 1810. Fue en tiempos del virrey Francisco Venegas cuando las avanzadas de Calleja -que habían salido de Querétaro con direccion a la Capital- se encontraron con gran parte del ejército insurgente retirado en las inmecdiaciones de Arroyozarco. Justamente en aquella fecha -Calleeja lo sabía- Hidalgo se hallaba en San Jerónimo de Aculco, en donde se le había unido el licenciado Aldama quien, con su familia y la de su hermano Juan, venia de San Miguel el Grande huyendo de los realistas. La batalla fue desastrosa para los insurgentes.

Al escuchar el relato, a tiempo de cruzar los que fueron campos de batalla, senti un profundo respeto por los héroes caídos en defensa de sus ideales y me pareció oir el fragor del combate -uno de los tantos episodios de aquella lucha que ayudó a la navidad de un pueblo nuevo.

El camino iba siendo cada vez más pedregoso: mostraba profundos surcos marcados por ruedas de camiones y carretas. El agua del motor hervía; los neumáticos, frecuentemente, fracasaban en su intento de avanzar por el hosco terreno y era necesario realizar maniobras. Asi nos sorptendió la noche, por aquellos lugares poco poblados; si nos topábamos con algun mortal, ése era un indigena pobremente vestido, con los pies deformes y descalzos. "Poncho'" hablaba de sistemas de riego, de planes pára la reforestación, de presas y de ensayos para la rotación de cultjvos.

Por fin, tras una vuelta del camino, surgió, ante nosotros, la silueta de un caserón rodeado de árboles. Estábamos frente a la antigua hacienda de Arroyozarco. Los faros de la camioneta alumbraron una gran puerta de hierro; un hombre embozado en su sarape abrió la pesada reja; ésta crujió al girar sobre los viejos goznes, como entablando diálogo con el tin tin de llaves y cadenas. Cruzamos el parquecillo, del cual se desprendía un amable aroma de flores; el coche penetró en un patio vasto, descubierto y rodeado de arquerías. El ronco ruido del motor cesó, y nació una quietud como de cementerio en la que se escuchaban todos 1os rumores de la noche. Por aquel pedazo de cielo, sobre el patio, se asomaban, por millones, las enigmáticas estrellas. Escuché el murmullo de las aguas de un riachuelo cercano, el canto de las ranas y el tema persistente y monótono de los sapos. El velador se acercó con una lámpara de petróleo; vi su rostro enjuto, de facciones indias; era un rostro oscuro, lúgubre, trágico. Formaba contraste con el de "Poncho" de color vivo, de piel fina -antes blanca que morena-, de alegres ojos, de nariz recta y boca pequeña.

Subimos por una escalera amplia y señorial, de piedra gris. Una nube negra cruzó ante nuestros ojos, deteniéndonos el paso. -Son los murciélagos que andan por estos techos -dijo el ingeniero alumbrándolos con la lámpara y siguiendo ade!ante.

Caminamos por una galería con el piso de mosaico. Tras nosotros repercutía el eco de nuestros pasos lentos y graves. Los leves resplandores azulinos de la mecha prendida iban dibujando fantasmas por las paredes. Al fondo, topamos con una puerta. Él la empujó; en la penumbra adiviné, más que vi, a varias personas sentadas en bancas puestas a lo largo de una mesa. Del otro lado de la habitación chisporroteaban las brasas en grandes fogones. Era una enorme cocina. El intenso frío de aquella noche la había ascendido a la categoría de comedor.

-¿Cómo le va, ingeniero? -Dijeron diversas voces.

-Buenas noches todos. -Contestó mi protector, y añadió: -Aquí les traigo a una españolita que viene a descansar unos días. Sentí una decena de miradas sobre mí. Uno por uno me alargó su mano. Una mujerona de silueta ancha -sin duda por la holgura de sus ropas-, con cierto aire bíblico por el rebozo pegado a la cabeza y suelto a lo largo de sus costados, surgió de no sé dónde y me ofreció, con voz de pesadumbre, frijoles y café de olla.

-¿Nó ha sentido miedo por estos rumbos? Aquí espantan -dijo una voz de buen humor.

-Solamente en la escalera los murciélagos me asustaron -contesté.

-Pues sepa usted que por los tejados anda un alma en pena, llorando su desventura.

-A ver si se le aparece, por andarla nombrando -contestó, severamente, la mujer que me servía la cena, dirigéndose a mi interlocutor.

Una voz desde un rincón de la cocina gritó con ún chillido: "¡Ayyy mis hiiijooooos..!

-¡No seas bromista, hombre!, que vas a espantar a la españolita.

-¡Dios mío! ¿A dónde me han traído? -Exclamé, muy divertida.

-Está usted en una hacienda de renombre: tiene su historia.

-Total, ¿qué? -Reclamó otro-: fue administración de diligencias, la convirtieron en hotel y, cuando el sitio de Querétaro, pernoctaron aquí Maximiliano y Carlota; eso es todo.

-¡Me causa respeto el lugar! -Asenté, poniéndome a la altura de las circunstancias.

-¡Si, sí!; nomás que oiga a la que pena por sus hijos -dijo el guasón del grito.

-Ya estuvo suave, ¿no? -Inquirió el que se las daba de formal.

A una serie de preguntas mías encauzadas a la historia del lugar, me hablaron de que en 1725 los jesuitas se instalaron en Arroyozarco; que ellos fueron los que impulsaron la agricultura y la ganadería; que, otrora, se construyeronla presa de Huapango y la escuela; y que, así también, se fomentó la industria de hilados y tejidos movida por agua...

-Aun la llaman El Molino... Sí, ha dado todo muchas vueltas -Dijo quien así me infórmaba, lo cuál contestó el mismo guasón de antes:

-Claro; como que era molino.

-No le haga caso -dijo el que explicaba y prosiguió: -Luego, vino el agrarismo y dotó de ejidos a veintioch9 pueblos; la presa y el edificio de esta hacienda pasaron a poder de la Comisión Nacional de Irrigación. El Molino quedó como pequeña propiedad y pertenece a Miguel Torres quien, a su vez, compró a... ¿a quién, doña Gertrudis?

-Al señor Valdés, que se lo había comprado a los señores Hilanda y Henríquez -contestó la mujerona, recalcando las palabras como si repitiera, de carretilla, una vieja lección.

Un disimulado bostezo hizo comprender a "Poncho" que yo necesitaba descanso. Al punto promovió que los mozos preparasen mi habitación.

Aquella noche dormí en una pequeña cama de hierro, abrigada con capotes de monte.

 

* * *

Al otro día, pude comparar el caserón con una de nuestras masías catalanas. Tenía el sello característico de la época Colonial: algo derruído, pero de confección maciza; la madera de sus vigas y ventanas, carcomida; altos sus techos y vastas las alcobas; señorial el comedor, aunque ausentes, sobre la mesa, el blanco mantel, la cerámica que armonizara con las transparentes y el frutero lleno de aromas... En una de las paredes, el torno daba vueltas; en otra, dormía la chimenea empolvada en el olvido. Era un comedor muy grande, con sólo una mesa muy larga y unas bancas apolilladas.

Los ingenieros eran, en su mayoría, jóvenes recién salidos de la [Universidad] de Chapingo; algunos, casados. El reglamento de la Comisión -según supe más tarde- prohibía que dentro de los límites del campamento vivieran mujeres solteras. Así, pues, estaba justificado el que las señoras -más o menos simpáticas- me miraran con más curiosidad que afecto. Me limité a seguir el consejo del jefe de la brigada: tuve mis cautelas vivas; no di explicaciones a nadie.

Con un libro -que no abrí- salí a pasear por el campo. Aquella mi primera mañana en Arroyozarco se grabó a cincel en la memoria. Fué mi primer contacto con México; con el verdadero México que crece entre el doble prodigio de su claro cielo y su oscura tierra. Parece que esa mañana, por fin, me volvió a estrechar entre sus brazos ese viejo amigo de la niñez: el paisaje puro, no manchado por el hombre. Ahora mis ojos, libres del llanto de la ciudad, podían hundirse en la Naturaleza; a solas con mi espíritu, me sentí más cerca de Dios, con ansias de ser buena. El ayer quedaba tras las montañas de distancia y dolor; un nuevo día se abría ante mis ojos; me volví a sentir alegre, casi ébria, de tanto beber el aire puro a pleno pulmón. Renacía en mí el viejo amor por el campo, cuya simiente plantara mi padre. Escuché el canto de los pájaros en la arboleda y noté que no era el mismo que advertí en Suiza ni el que domina en mi añorada Cataluña; las especies, sin duda, eran otras; no obstante, su mensaje también era de paz y de alegría. Y en pos de la música, fuí hasta la fronda para espiar a los cantores; me embelesó la belleza de sus plumajes, de colorido distinto al de sus congéneres europeos.

De vuelta del paseo, fuí a dar a las oficinas de la brigada. Ahí ofrecí a "Poncho" mi ayuda en sus trabajos de escrItorio, cosa que aceptó de mil amores. Con ello, le libraba del encierro -lo que hacía tiempo estaba deseando- y le daba la oportunidad de que alguien le escribiera en máquina su tesis profesional. Supe así que, de los ingenieros que pasaban por tales, no todos tenían ya el título, y "Poncho" estaba entre ellos.

 

* * *

Transcurrió la primera semana. El domingo, "Poncho", que debía volver a México, me invitó a acompañarlo. Aunque decidida a permanecer en Arroyozarco por una temporada, acepté sólo por recoger el resto de mis ropas, ya que eran escasas las que había llevado conmigo.

El viaje a la Capital se deslizó sin incidente digno de mención, aunque algo, en la excesiva amabilidad de "Poncho", despertó una sospecha de que su ayuda no era totalmente desinteresada.

Hasta aquí el primer fragmento de la novela Sola. Como habrán podido darse cuenta os lectores más cuidadosos y conocedores de la historia de este lugar, hay ciertas imprecisiones, como llamar a los antiguos dueños de Arroyozarco "Hilanda y Henríquez" cuando sus nombres con exactitud eran Enrique Landa y José Henríquez, esposos de las herederas de la propiedad, Guadalupe y María Verdugo Rozas. O cuando afirma que el patio del antiguo Hotel de Diligencias está rodeado de arquerías, o que su escalera es de piedra gris. O cuando dice que los jesuitas se instalaron en Arroyozarco en 1725, siendo que la fecha correcta es 1715 (aunque, en favor a Chopitea, la cifra del año 1723 sí está grabada en el escudo jesuita de la Casa Vieja de la hacienda). A mí me parecen detalles sin importancia. Lo valioso en este relato es la descripción del ambiente humano que se vivía ahí en 1940.

martes, 12 de julio de 2016

Algo sobre la capilla de Encinillas

Revisando viejos periódicos encontré hace poco algunos datos muy interesantes sobre la capilla de la comunidad de Encinillas, sitio limítrofe entre los municipios de Aculco y Polotitlán que fue un importante punto de remuda del Camino Real de Tierra Adentro. Aunque el lugar en que se levanta aquel edificio no pertenece a nuestro municipio -aclaran siempre los vecinos que el pueblo de Encinillas es de Polotitlán, mientras que el ejido de Encinillas sí se encuentra dentro de los límites de Aculco- su historia está profundamente ligada con la historia aculquense y por eso quiero compartirles esta nota publicada hace casi 109 años:

 

BENDICIÓN DE UN TEMPLO

Nos dicen de Aculco, Estado de México, que las fiestas verificadas en la ranchería de Encinillas (Polotitlán) de aquel estado, con motivo de la dedicación del templo erigido en dicho lugar, en honor del Sagrado Corazón de Jesús, resultaron espléndidas.

La misa solemne fue celebrada por el Pbro. Don Benjamín Manuel Romero. La cátedra sagrada fue ocupada por el Pbro. Francisco Cervantes, párroco de San Juan del Río, quien con fácil y persuasiva palabra exhortó a los fieles a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

Una banda de Aculco y una orquesta de San Juan del Río, contribuyeron al esplendor de las fiestas.

La nueva capilla ostenta en el frontispicio un buen reloj de grande utilidad para aquel vecindario.

Los iniciadores de la obra fueron la señora Doña Dolores Rozas viuda de Verdugo, quien cooperó con la mayor parte de los gastos y la señora Doña Jesús S. viuda de Romero, que cedió el terreno para la capilla. Colocó la primera piedra el finado jurisconsulto, Lic. Agustín Verdugo.

La voz de México, 19 de septiembre de 1907.

 

Como sabemos, doña Dolores Rozas era la propietaria de la hacienda de Arroyozarco y el Lic. Agustín Verdugo era su esposo. La construcción de la capilla católica en Encinillas fue sin duda un hecho de especial significación, ya que en ese sitio habían comenzado las prédicas protestantes en la zona en la década de 1870 y en apenas 15 años la mayoría de sus vecinos había abrazado el credo metodista-episcopal. Resulta así plausible creer que se trataba de un esfuerzo específicamente dirigido a recuperar terreno para el catolicismo, lo que se consiguió sin duda pues ya para 1930 los protestantes representaban sólo el 18% de la población de Encinillas. También es notorio el espíritu de cooperación entre la familia Romero, donante del terreno, y los propietarios de Arroyozarco, constructores de la capilla, después de los fuertes enfrentamientos que tuvieron aquellos con el administrador de la finca, Macario Pérez, a fines del siglo XIX.

Si quieres saber más sobre los temas que sirven de contexto a esta nota puedes leer en este mismo blog los textos La llegada del protestantismo a Aculco en el siglo XIX y La gavilla de Encinillas, ¿bandidaje o simple venganza?

viernes, 24 de junio de 2016

Nerviosismo: las obras de restauración que no empiezan

Esta semana caí en cuenta que ha corrido ya la mitad de este año 2016 y las anunciadas obras de restauración de la torre de la parroquia de San Jerónimo y de la cubierta de la capilla de Santiago Toxhié no han comenzado todavía. Cierto que normalmente este tipo de obras, que emplean recursos provenientes a la par del erario municipal y del FOREMOBA (una instancia federal dependiente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes), suelen iniciar con algún retraso debido a las naturales cuestiones financieras y administrativas a que da lugar la participación de dos niveles de gobierno. Pero esta vez me parece que son ya demasiados meses...

Extrañado por esta situación, le pregunté al Arq. Lázaro González Frutis, encargado de llevar a cabo dichas restauraciones, por la fecha de inicio de las obras. Sólo me respondió que están en espera de los recursos, pero prudentemente no me quiso decir si dichos recursos son los del FOREMOBA o falta la parte que corresponde al municipio (como considero más probable).

Como sea, resulta verdaderamente lamentable que no haya sido canalizado el dinero comprometido para ejecutar estas obras en beneficio de nuestro patrimonio histórico. Patrimonio que, dicho sea de paso, es el principal activo gracias al cual Aculco es pueblo mágico y patrimonio de la humanidad, y al que en último término deben sus ingresos directamente quienes se dedican en este pueblo a la hotelería, el turismo, la producción y servicio de alimentos, artesanías, viajes en globo, etcétera, e indirectamete todos los demás habitantes.

Por otra parte, no deja de ser un mal precedente para futuros proyectos de conservación de nuestros edificios emblemáticos que las autoridades involucradas no cumplan con su parte del compromiso económico. ¿Cuándo volverá el FOREMOBA -y aquí asumo, sin tener la certeza, aclaro, que el Ayuntamiento es quien no ha aportado recursos- a comprometer cantidad alguna cuando su contraparte no responde de la misma manera? Si el Ayuntamiento llega a fallar en este compromiso, no solamente se perderá la oportunidad de restaurar ahora la torre del templo (que presenta daños mal reparados desde el terremoto de 1912) y la cubierta de Santiago Toxhié (que tiene filtraciones que comprometen su conservación), sino que seguramente se perderá en el futuro próximo la posibilidad de obtener recursos para otras obras del mismo tipo, tan necesrias en un pueblo con valor patrimonial reconocido.

Ojalá que no suceda que por dedicar recursos a solucionar lo urgente, se deje sin atender lo importante.

 

Por cierto, ya que hablo de compromisos del gobierno municipal y de conservación del patrimonio, me pregunto también ¿hasta cuándo el Ayuntamiento decidirá hacer cumplir las leyes en materia de conservación del patrimonio histórico edificado de Aculco? Nunca antes de este periodo de gobierno las autoridades locales contaron con más herramientas normativas para protegerlo, y sin embargo todos los días se puede apreciar en el pueblo que cada quien hace lo que quiere con sus construcciones: por allá se hace la ampliación de una puerta y se pierde todo su valor histórico, por aquí se construye toda una casa nueva en medio del patio de otra antigua, más allá se fracciona una construcción catalogada como monumento histórico, el pueblo se llena de tinacos en las azoteas (aunque el bando municipal prohibe que sean visibles) y ahora, justamente a un lado de la presidencia municipal, sobre la calle Hidalgo, SE ESTÁ ALTERANDO TAMBIÉN UNA FACHADA, seguramente sin licencias municipales ni del INAH. ¿De veras este Ayuntamiento quiere cargar con la responsabilidad de haber contribuido, por omisión, a la pérdida del valor patrimonial de Aculco? ¿Vamos a llegar a una situación de deterioro irreversible? ¿Por qué nadie parece entender lo que significa que una población haya sido incluida en la Lista del Patrimonio Mundial? ¿Dónde están los "vigías del patrimonio" que deberían estar atentos a denunciar estas obras?

Créanme, si la destrucción de la arquitectura tradicional de Aculco continúa, ni sus quesos, ni sus cascadas ni sus charros serán atractivo suficiente para que los turistas se acerquen al pueblo.

lunes, 13 de junio de 2016

La Presa del Túnel (o "se recibe cascajo")

Cuando el viajero se acerca a Aculco procedente de Santa María Nativitas, antes de llegar a la desviación del libramiento norte, lo recibe un gran arco de construcción moderna pero con formas pretendidamente "coloniales", chapado en cantera rosa y que apenas seis o siete años después de construido ya muestra los primeros signos de deterioro, tanto a causa de los vándalos como por su propia deficiente calidad constructiva. Justo ahí, al lado de este "monumento" falso y prematuramente envejecido, se encuentra uno de los auténticos monumentos históricos de aculco (catalogado como tal por el INAH con número de clave 1500300470007): la cortina de la llamada Presa del Túnel, que todavía la gente mayor suele llamar la Presa de don José Díaz, que fue quien la poseyó en la primera mitad del siglo XX. En realidad, parece ser que en la época de don José la llamaban la Presa de la Soledad, por encontrarse en este barrio de la cabecera municipal.

No creo que don José haya construido esta cortina, pues por sus características parece tratarse más bien de una obra del siglo XIX. Se levanta sobre el cauce del río de Santa María, justo antes de que éste se una con un arroyo que baja de las lomas nombradas Las Peñitas para formar el río Aculco. Está fabricada con mampostería de la típica piedra blanca de Aculco que se extiende cerca de 60 metros, tiene dos compuertas y la refuerzan diez contrafuertes de seis metros de altura. Lo que sí construyó don José Díaz es el túnel que le da nombre, y que permitía conducir sus aguas por debajo de la carretera para irrigar las tierras que le pertenecían en los llamados "Planes" (la pequeña planicie agrícola que forma el valle entre el pueblo de Aculco, Santa María Nativitas y Gunyó).

El río sobre el que se levanta la presa fue declarado de propiedad nacional en 1929 y derivado de ello las presas construidas para retener sus aguas también fueron nacionalizadas en los años siguientes. En los hechos, esta situación tardó en regularizarse y los anteriores dueños siguieron haciendo uso de ellas durante algún tiempo más. Algunos incluso tuvieron tiempo de destruir sus embalses para evitar que las zonas inundadas de sus tierras pasaran también pertenecer a la nación y con ello se perdió una indudable riqueza hídrica y ambiental. La Presa del Túnel si continuó en uso antes y después de quedar bajo el control de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos (que, entiendo, actualmente la renta a particulares).

No sé en qué momento la Presa del Túnel dejó de almacenar agua. Todavía recuerdo que hacia 1975 se utilizaba y lo más probable es que lo haya sido muchos años más, quizá hasta la década de 1990. En 1988 el libro Los municipios del Estado de México, publicado por la Secretaría de Gobernación, todavía la incluye entre los "sitios de recreo" con que contaba el municipio de Aculco. Cuando la presa abría sus compuertas se formaba una cascada y aquel lugar rodeado de árboles cobraba especial encanto. Pero el caso es que ahora ya se encuentra permanentemente vacía y no sólo eso: el bordo que la limitaba hacia la carretera ha comenzado a ser deshecho intencionalmente y su vaso se ha comenzado a llenar con decenas de cargas de escombros y cascajo. Se encuentra, pues, en vías de desaparecer como embalse.

Aunque no me gusta esta situación, no tengo elementos para juzgar si se trata de una buena o mala decisión. Tal vez sus bordos y cortina no son ya lo suficientemente fuertes para continuar en uso, o no se adaptan a los planes hidrológicos nacionales. El caso es que se perdió un lugar hermoso y que la antigua e imponente cortina es hoy una construcción en desuso, prácticamente en el abandono. Si hoy nos entristece su olvido, ojalá no tengamos algún día que lamentarnos de su destrucción.