sábado, 8 de septiembre de 2018

El "altar roto" de Santa Ana Matlavat

Hace ya más de 30 años, cuando comenzaba a interesarme en la historia y patrimonio cultural de Aculco, mi tio Juan Lara Mondragón me habló de lo que él llamaba el "altar roto" de la capilla de Santa Ana Matlavat: un fragmento de retablo colonial colocado en uno de los muros laterales de aquel templo, que era el último resto de la decoración barroca que alguna vez tuvo la parroquia de San Jerónimo Aculco. Sustituida dicha ornamentación hacia mediados del siglo XIX por los altares de estilo neoclásico que hoy tiene, ese altar fue enviado a Santa Ana, donde por fortuna se conservó.

Pocos años después conocí el "altar roto". No recuerdo por qué, pero en aquel momento no llevaba mis anteojos, por lo que en la penumbra de la nave me fue difícil percibir sus detalles. Sólo me quedó el recuerdo del nicho y sus columnas salomónicas. Desde entonces no lo he visto más: cada vez que he regresado a Santa Ana Matlavat he encontrado la capilla cerrada y en creciente deterioro. Es una pena porque se trata quizá del templo que conserva vestigios de mayor antigüedad en todo el municipio. De ello da fe su ábside ochavado y almenado del siglo XVI.

Pero gracias a una fotografia algo borrosa, colgada hace algunas semanas en Facebook, he podido ver nuevamente y con detenimiento este retablo. No es posible estudiar sus detalles ya que la imagen no tiene la calidad para ello, pero sí para darse una idea general de su estado actual y deducir sus características originales.

Estructuralmente, más que "roto", el retablo se observa fragmentado. Se conserva en primer lugar la mesa del altar con sus guardamalletas, róleos, conchas y medallones, y el espacio para el ara. Sobre ella se encuentra el sagrario, lamentablemente ya sin su puerta, flanqueado por dos relieves de gusto manierista. A ambos lados, un par de ángeles atlantes policromados sostienen los pedestales de la columnas. A este mismo nivel, se extiende la predela con relieves fitoformes más allá del ancho de la mesa.

Por encima del sagrario se abre un nicho que en su momento debió albergar la escultura de algún santo. La parte frontal del nicho se halla ornamentada con relieves vegetales y lo mismo sucede con las paredes internas, salvo el fondo. Cubre el nicho un arco abocinado con ornamentación radial que no alcanza a convertirse en una concha.

Las columnas a cada lado del nicho son estilo salomónico, con sus senos bien marcados, basas áticas y capitel corintio. Estas columnas resultan muy esbeltas, especialmente si las comparamos con las del otro retablo barroco salomónico que subsiste en Aculco: el de la capilla de La Concepción. Otra diferencia con aquél (e incluso con la fachada de la parroquia de Aculco) es que en éste las columnas no se presentan en pares.

Las columnas soportan cada una un dado, que es parte de un friso perdido. Una cornisa muy elaborada remata el conjunto, aunque falta la parte centra que debido a la mayor altura del nicho debió formar una curva o polígono como otros muchos retablos de la época. Salvo la mesa, pintada de un desteñido rojo almagre, y los angelitos atlantes, el resto del retablo está dorado. Tiene una altura aproximada de tres metros.

El barroco salomónico se desarrolló especialmente en la segunda mitad del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIIII. Por ciertos detalles tardíos, como la mesa del altar y la esbeltez de las columnas, me parece a mí que el retablo de Santa Ana se podría fechar alrededor de 1750.

Ahora bien. Dado que sólo se conserva fragmentariamente, ¿cómo sería en su origen el retablo completo? La anchura que señalan la cornisa y la predela nos indican casi con seguridad que contó con calles laterales que muy posiblemente enmarcaban pinturas. Además, debido a esa misma anchura, el altar habría resultado desproporcionado de no contar con un segundo cuerpo, o hasta un tercero, o por lo menos un gran remate, por lo que también se puede inferir su existencia. Después de revisar varios retablos contemporáneos, considero que se le pude comparar con uno de los retablos laterales de la iglesia de san Agustín de Oaxaca. Aunque se trata de un retablo bastante importante de tres cuerpos, y es muy posible que el de Santa Ana fuera mucho más humilde, en la estructura del primer cuerpo se pueden apreciar sus semejanzas y con ello imaginar su aspecto original.

lunes, 27 de agosto de 2018

Un día de mercado en Aculco, hacia 1901-1903.

Esta vista de Plaza Juárez con su tianguis forma parte de una serie muy interesante de fotografías que muestran distintos aspectos del pueblo de Aculco, que se puede ubicar entre las más antiguas que retratan el lugar. Las he podido fechar entre 1901 y 1903 gracias a un par de detalles en ellas: por una parte, en una de las fotos se advierte ya colocada la placa que conmemora el cambio del siglo XIX al XX que se encuentra en la base de la torre de la parroquia, lo que indica que la serie no puede ser anterior a 1901. Por otra parte, en otra de las vistas no se observa todavía la torre del reloj público que empezó a construirse en 1903, lo que nos lleva a pensar que son necesariamente anteriores a ese año. Existen dos copias antiguas de esta serie fotográfica: una que perteneció a don Juan Lara Mondragón y otra que estuvo en manos de don Manuel Arciniega Basurto. En los dos casos esa serie está formada por las mismas cinco imágenes.

Desde mucho tiempo atrás, quizá desde los mismos orígenes del pueblo, la Plaza Juárez sirvió para ubicar el mercado o tianguis que se celebraba tradicionalmente los domingos. Por eso mismo este espacio, que originalmente llevó el nombre de Plaza de la Cruz, se llamó posteriormente Plaza del Baratillo, aludiendo con ello seguramente al Baratillo de la Ciudad de México, es de decir, al espacio de la Plaza Mayor destinado al comercio de artículos viejos y usados o de poca calidad que contrastaba con las ricas tiendas del Parián, los "cajones" del Portal de Mercaderes y las fruterías y verdulerías de la Plaza del Volador. La Plaza del Baratillo aculquense cambió de denominación en 1890 para llamarse Plaza Hidalgo, pero este título por alguna extraña razón no prosperó y al cabo terminó por adoptar el nombre de Plaza Juárez, que sigue llevando hoy en día.

No deja de ser curioso que el mercado se ubicara en esta plaza y no en la Plaza Mayor de Aculco, espacio bastante más extenso. Supongo que la propia topografía del pueblo fue la que propició esta situación, ya que como se puede ver en la imagen la Plaza Juárez es llana y nivelada, mientras que la Plaza de la Constitución (nombre que desde 1813 lleva la Plaza Mayor) tiene un acusado desnivel cuya incomodidad se acentuaba por la erosión que provocaba el agua en el suelo de piedra desnuda. El tianguis continuó celebrándose en el lugar por muchas décadas más y con el tiempo se extendió por banquetas, portales y plazas del centro del pueblo. La atinada decisión de construir en 1978 un nuevo mercado a las orillas de Aculco terminó con la tradición, si bien esto benefició el tránsito y la limpieza.

Pero vayamos a la fotografía. La imagen está tomada mirando hacia el poniente y retrata cerca de dos terceras partes de la superficie de la plaza. Por la perspectiva un tanto elevada, se puede concluir que el fotógrafo se apostó muy probablemente en la azotea de la casa de la calle Juárez no 2. Se observa en ella quizá un centenar de personas -hombres, mujeres y niños- y un perro, lo mismo comprando que vendiendo o simplemente "estando", conformando todos una imagen variada con muchos detalles que sólo se van descubriendo poco a poco, con el examen cuidadoso de la escena. La plaza en sí misma aparece como un rectángulo limitado por las bancas (que en el pueblo llamaban "lunetas") y eucaliptos en sus costados norte y sur. El piso estaba formado por un empedrado que formaba veredas perimetrales y otras que se cruzaban al centro formando una estrella. Justo en medio se levantaba un exiguo farolillo. Al fondo se observa el portal de la Casa del Volcán, que antes de la construcción de la fuente que ahora cierra la vista formaba conjunto con esta plaza. A la izquierda asoma a la plaza un balcón de la desaparecida Casa de Ñadó. Por encima de los tejados de la Casa del Volcán se distinguen algunas otras casas del pueblo y, a lo lejos, la silueta del cerro del Tixhiñú. Por la proyección de las sombras se puede intuir que se trata de una soleada mañana -casi el mediodía- de un mes del invierno.

Veanos ahora algunos detalles de la fotografía.

sábado, 30 de junio de 2018

La capilla de la hacienda de Cofradía

Hasta mediados del siglo XX, la hacienda de Cofradía no contó con una capilla propia. Fue hasta los tiempos en que el banquero don Armando Hernández fue su propietario cuando decidió levantar una, a un lado de la calzadita arbolada por la que se accede a la casa principal de la propiedad. Muy probablemente aprovechó para ello parte de los muros de piedra blanca una construcción anterior, quizá una troje de medianas dimensiones.

El edificio tiene planta rectangular de una sola nave, con la cabecera hacia el oriente y la fachada hacia el poniente, disposición tradicional de las iglesias antiguas. El tejado a dos aguas se sostiene en una sencilla armadura de madera que semeja un artesonado de par-hilera con tirantes. La decoración de la nave es sencilla, pero a la vez muy digna: sobre el piso de ladrillos de barro colocados a "espina de pescado" corre un par de hileras de bancos de madera; a las paredes se adosa un guardapolvo de madera casetonada; hay varios cuadros antiguos y modernos de calidad desigual colocados con cierto desorden, así como unas cuantas lámparas más bien anodinas. De algunos de esos cuadros ya he hablado antes y del resto trataré en otra ocasión.

El altar se levanta al fondo de la nave, sin gradas, al mismo nivel que ésta. Lo forma una mesa de madera entablerada, un sagrario dorado, un Cristo de tamaño mediano que resalta a contraluz de un vano con cristal translúcido y unos vasos con flores artificiales.

A los lados del altar se abre un par de puertas también entableradas que dan acceso a la sacristía, que ocupa toda la cabecera del templo. Ahí se pueden ver dos armarios y una cómoda de madera casetonada. También se encuentran varias imágenes religiosas de poca importancia.

La fachada de la capilla está formada por una gran portada de cantera con cerramiento ligeramente curvo. Al lado derecho de ella se encuentra la lápida de piedra con los símbolos de la pasión de Cristo que se ha relacionado con la Batalla de Aculco y de la que ya he hablado antes en este blog. Sobre el muro se yergue una espadaña mixtilínea con una sola campana, adornada con perillones de cantera de aire neoclásico y una cruz en el remate. A la fachada se adosa un pequeño pórtico de teja que semeja una continuación de la cubierta del interior -a nivel un poco más bajo- y se apoya en su extremo en un par de pilarcitos de cantera con basa y capitel, colocados sobre sendos muretes perpendiculares a ella.

Pese a que se trata de una construcción relativamente moderna, en esta capilla se advierte la intención de su constructor por integrarla a la arquitectura de Aculco, lo mismo a través de sus materiales -piedra blanca, cantera rosa, ladrillo, madera y teja- que en sus formas -cubierta a dos aguas, espadaña semejante a la de la capilla de la hacienda de Arroyozarco, puertas casetonadas. Resulta así un bello ejemplo de sencilla arquitectura regionalista del que se pueden derivar muchas buenas lecciones para quienes buscan contribuir a la conservación dela imagen tradicional de Aculco.

lunes, 11 de junio de 2018

El refectorio del convento

En los antiguos conventos el refectorio tenía especial importancia, no sólo por su carácter de comedor de la comunidad religiosa, sino como espacio en que los frailes "alimentaban" también el alma con lecturas edificantes que uno de los religiosos hacía desde una tribuna, especie de púlpito adosado al muro. Arquitectónicamente se trataba de un salón que rivalizaba en tamaño con la sala de profundis y en los conventos novohispanos se localizaba casi invariablemente en la galería del claustro opuesta a donde se levantaba la iglesia.

Justo en ese lugar se encuentra el salón que debió ser el refectorio del convento franciscano de Aculco, es decir, ocupando casi todo el costado sur de la planta baja del claustro. Es un salón alargado, relativamente grande y de poca altura (pues, como todos sabemos, el convento de Aculco se caracteriza por lo pequeño en comparación con otros edificios similares de la misma ápoca), con una entrada y tres ventanas altas y pequeñas por el lado del claustro, dos ventanas con las mismas características y dos puertas en el lado opuesto, y una puertecilla al oriente que por medio de unos peldaños comunica con la escalinata principal del inmueble. El tamaño y ubicación de las puertas y ventanas se explica en buena medida por su uso, ya que los bancos en que se sentaban los frailes se colocaban junto a los muros a todo lo largo del refectorio, como puede apreciarse en esta pintura correspondiente a un convento de monjas carmelitas.

Longitudinalmente el salón está dividido en dos tramos -el mayor al poniente y el menor al oriente- por un arco de piedra muy rebajado que puede o no ser original (hay que recordar que todos los espacios del convento han sido muy alterados a lo largo del tiempo, espcialmente durante los años en que los Agustinos lo acondicionaron como seminario). Con todo, muchos refectorios cuentan con dicha característica y basta ver de nuevo la pintura mostrada arriba para comprobarlo. Al espacio menor se le llamaba anterefectorio, servía de transición entre el claustro y el refectorio, solía contar con un lavamanos y en él se reunía la comunidad antes de pasar al comedor propiamente dicho.

La cubierta del refectorio ya no es la original, que debió ser de terrado, pero tiene un techo de viguería y ladrillo bastante digno que le confiere carácter. No así el piso, formado por deplorables losetas hidráulicas marmoleadas amarillas. Del mobiliario original subsistía hasta hace pocos años una banca que todavía pude fotografiar y que aquí les muestro. Como curiosidad, hay que señalar el fragmento de lápida sepulcral de la década de 1870 que se encuentra en el umbral de la puerta que da al claustro, vestigio del desaparecido cementerio del atrio.

viernes, 8 de junio de 2018

Sin andamios

Desde hace unas cuantas semanas podemos disfrutar, por fin, de la fachada de la parroquia de Aculco ya sin los andamios que estorbaban la vista de la torre durante los trabajos de restauración que se acometieron a lo largo de nueve meses. Esos trabajos constituyeron la cuarta etapa de restauraciones a este edificio religioso iniciadas hace ocho años en conjunto por el FOREMOBA y el Ayuntamiento, que han abarcado antes la planta alta del portal de peregrinos (2010) las fachadas (2014) y la planta baja del portal de peregrinos (2015). Gracias a dichas obras ahora el antiguo conjunto conventual de Aculco luce en mucho mejor estado que a principios de la década, pero además los trabajos han contribuido a despertar consciencia entre muchos aculquenses acerca de la conservación de sus inmuebles patrimoniales.

En esta etapa se limpió la cantera de la torre, se arreglaron las juntas entre los sillares, se completaron cornisas, molduras y faltantes de cantera, se eliminó un murito que ocultaba una de las columnas esquineras del primer cuerpo, se repusieron los aplanados de las bóvedas y se completaron los del paramento de la base, se eliminaron grietas y flora parásita, se aceitaron los cabezales de las esquilas, etcétera. La torre luce ahora repuesta, cuidada, pero sin que haya perdido su apariencia antigua.

Quisiera poder anunciarles alguna nueva etapa de restauración en este edificio -el principal monumento religioso, histórico y arquitectónico de Aculco- ya que todavía faltan acciones para recuperar y poner en valor muchas de sus áreas: la fachada de lo que fue la capilla de la Tercera Orden, el claustro, el atrio, el interior del templo, la cúpula... Lamentablemente no se han propuesto nuevas etapas de restauración ante el FOREMOBA para este año o el próximo. Parece ser -aunque no he podido confirmarlo todavía- que hay algún conflicto por cuestiones de dinero entre la autoridad municipal y la empresa de restauración que se ha encargado de todas estas obras. No sé quién tendrá la razón, pero es una pena porque el arquitecto Frutis ha puesto mucho empeño en alentar a los Ayuntamientos a participar, en armar los proyectos y presentarlos al FOREMOBA, en obtener un fallo favorable en la asignación de recursos y finalmente en ejecutar muy adecuadamente las restauraciones.

En fin, sin duda en algún momento estas obras continuarán. Les dejo aquí algunas fotos de la torre, por fin, libre de andamios.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Diez años de "Aculco, lo que fue y lo que es"

Hoy hace exactamente diez años publiqué la primera entrada de este blog Aculco, lo que fue y lo que es. En este tiempo han aparecido aquí 356 textos y miles de fotografías de nuestro pueblo, intentando cumplir con el propósito señalado desde el inicio: difundir la historia de Aculco, dar a conocer su patrimonio histórico, artístico y arquitectónico, y documentar la pérdida y destrucción de ese mismo patrimonio, que tantas veces ocurre ante nuestros ojos sin que nadie haga nada, ni siquiera lamentarse por ello.

Algo que no pretendía al iniciar este blog y que al cabo del tiempo ha resultado casi espontáneamente, era convertirlo en una suerte de enciclopedia histórica de Aculco. Hoy puedo afirmar que, aunque un poco desordenada y todavía incompleta, ya lo es. Con gusto me he dado cuenta en estos años cómo lo que escribo aquí ha influido en el conocmiento histórico de Aculco, cómo los alumnos de muchas escuelas de nuestro municipio utilizan estos textos para sus tareas, cómo incluso se han empleado para hablar del pueblo en folletos, artículos, presentaciones, ponencias. Ha llegado el caso que alguien me relata una historia de Aculco como si ya fuera de conocimiento popular y distingo en sus palabras lo que yo escribí. Hay historiadores muy celosos de lo que escriben, que siempre quieren que se les dé crédito de todo... Créanme, en lo que se refiere a Aculco yo prefiero que lo que escrito se convierta de verdad en conocimiento público y general.

Espero seguir publicando textos aquí por muchos años más. Hay veces que mis ocupaciones no me permiten escribir para el blog tan frecuentemente como quisiera, pero es mi propósito mantener una media de dos publicaciones al mes. Quisiera contar con ustedes, lectores, como hasta ahora

No me extiendo más. Les mando a todos, conocidos y desconocidos, un saludo y mi agradecimiento por estos diez años.

Javier Lara Bayón

lunes, 21 de mayo de 2018

Que no muera esa casa II

Debido a la extraordinaria cantidad de visitas a este blog derivadas del post que llamé Que no muera esa casa, decidí ir nuevamente esa propiedad el pasado 1o de mayo para ofrecerles las fotografías de un recorrido puntual por toda su parte antigua (o, por lo menos, lo que se puede visitar). Aquí van las imágenes, acompañadas de algunos comentarios de lo que fui hallando y descubriendo.

Llego caminando por el descompuesto empedrado de la calle de Riva Palacio (a la que la pasada administración municipal le colocó una placa que dice "José Riva Palacio", cuando en realidad su epónimo es Mariano o quizá Vicente). Esta calle se llamó antiguamente "del Biombo", ignoro la razón. Por muchos años tuvo en su extremo, al llegar a la calle de Abasolo, una escalerilla que limitaba el tránsito y la volvía prácticamente peatonal. Algo muy sensato dado lo estrecho de la calle, casi un callejón, cosa que compruebo cuando un par de automóviles pasan rozando a la gente que camina por ella. Las autoridades municipales deberían plantearse seriamente volver a cerrar así esta calle y devolverle aquella vocación que tuvo, de atajo para peatones (y no para autos) entre la Plaza de la Constitución y la muy comercial calle de Abasolo.

Al llegar frente a la casa marcada con el número 2, que es la que pretendo visitar, me percato que lo estrecho de la calle me impide tomar una fotografía que abarque toda su fachada en una toma frontal. Prefiero tomar tres fotografías: una del balcón antiguo que queda a la izquierda, otra de la vieja entrada a la casa que está al frente y una más del resto de la fachada, ya muy modernizada, que se levanta a la derecha. En la reja del balcón está colocada una tarima de madera de pino que anuncia el restaurante Los Jarritos: recurso publicitario lamentable y pobre, pero que a nadie parece molestar. Así de acostumbrados estamos los mexicanos a que todo a nuestro alrededor sea feo y lo que es hermoso se afee. Sobre el muro de la casa veo un letrero infomando que la propiedad está en venta o renta. Lo está desde hace seis años, sin hallar todavía comprador.

Hay que subir dos escalones para acceder a la casa. El cubo del zaguán es amplio, sobre todo profundo. Un poyo o banca de mampostería pegado al muro recuerda que estos espacios servían antaño para recibir a los visitantes de menos consideración, aquellos que no merecían pasar a la sala. En algunas casas, en vez del poyo, había una gran banca de madera. Al fondo del cubo del zaguán, un arco sin molduración ni adornos se abre al patio.

Ya en el patio, nos reciben las mesas del restaurante. Echo una mirada a mi derecha, a la parte moderna de la construcción, con su corredor bajo de arcos y el superior de pilares, ambos edficados en tabique. No son de ninguna manera feos, al contrario. Pero como veremos contrastan demasiado con la parte antigua de la construcción. Veo algunas mesas colocadas en el corredor, junto a una ventana de cantera rosa, y me dirijo hacia ellas.

Tomo asiento en una de las mesas, desde la que tengo a la vista los antiguos corredores de la casa, esos que tanto llaman la atención por su antigüedad y su carácter original. Ordeno unos chilaquiles y pido permiso para acercarme a tomar fotografías, que me concede la mesera indicándome solamente que lo haga con cuidado, pues algunas zonas están a punto de caer.

Comienzo a recorrer la casa por un extremo del patio que está casi oculto a mi vista por un frondoso granado en flor. El viejo patio, las mesas, el granado, traen a la memoria un comentario que escuché hace unos días, en otro lugar de Aculco: "esto parece la Toscana". Sí, en efecto, en ciertos sitios y en ciertos momentos puede uno sentirse en algún pueblito italiano. Este patio es así, con su sencillez y su decadencia, uno de ellos. Lo que descubro en este extremo del patio es algo tan interesante como extraño: es el viejo brocal abovedado de un pozo, pero que ya está cegado y sirve ahora de tránsito hacia una habitación destechada. Junto a él hay un nicho horadado en el muro con una especie de salida de humo al fondo, seguramente servía para colocar un hachón u otra forma de iluminación.

Paso a través del brocal del pozo y encuentro -ya lo he dicho- una habitación con la cubierta caída que tuvo aparentemente también una planta alta. Ventanas y puertas tapiadas muestran que esta casa es sólo una fracción de lo que fue en su origen una propiedad muy extensa. Una puertecilla comunica hacia un gran salón todavía cubierto con un techo de viguería, pero sin entrar regreso sobre mis pasos hacia el patio. Ya entraré en él más adelante.

De nuevo en el patio, me acerco a los corredores antiguos. Decido subir primero a la planta alta por la vieja y empinada escalera, pero antes de hacerlo me percato de que aquello que describí en mi postanterior como un pozo en el que se apoyaban los escalones, es un cuarto, una covacha solamente a la que se accede por el corredor bajo y con una pequeña ventana hacia el patio.

Subo la escalera y a medio camino encuentro el descanso, donde se abre en un contrafuerte un arco de tabique moderno pintado de amarillo que da paso hacia una especie de tapanco. Continúo y llego al corredor alto, en el que ya no se puede caminar pues es una ruina que amenaza colapsar en cualquier momento. Con todo, su estado nos permite darnos cuenta precisa de que este entrepiso era un terrado de excelente calidad, formado por vigas sobre las que se colocaban tiras de tejamanil en diagonal, y sobre ellas una "torta" de lodo y tierra, que se cubría con una mezcla de cal y arena para colocar encima el piso de ladrillos cuadrados. El techo del corredor, también muy deteriorado y de no mucha altura, es de teja sobre gruesos morillos de madera. Las paredes estuvieron pintadas de amarillo ocre.

Aunque no puedo caminar por el corredor alto, por lo menos puedo echar una mirada al interior del cuarto que parece ocupar todo el ancho del mismo. Es una gran habitación cubierta también de teja, tablas y morillos de color rojizo. En la pared posterior se abren dos ventanas a los lados y un vano tapiado al centro que lo mismo pudo ser otra ventana que una alacena. El piso está cubierto de trebejos que me hacen recordar una frase leída en algún libro: "los restos sin valor del naufragio de una casa".

Desciendo por escalera para visitar ahora el corredor bajo. Las paredes conservan aquí su pintura decorativa, que aunque desgastada muestra aún el verde claro de los muros así como los azules y rojos de una moldura fingida en lo alto, y de un guardapolvo en la parte baja. Una segunda mirada me permite ver que es tan solo la última decoración que tuvo, pues en el descarapelado muro asoman capas rosadas y amarillo ocre más antiguas.

Al corredor se abre una puerta con cerramiento curvo por la que entro a un gran cuarto cubierto con un terrado dañado en algunos puntos por la humedad y las filtraciones de agua. Da la impresión de haber sido una sala. Conserva restos de la decoración mural en la que destaca un guardapolvo azul. En el muro del fondo se abre una pequeña alacena con puertas de madera. El piso es de ladrillos cuadrados como toda la parte antigua de esta casa.

Salgo de nuevo al corredor y miro al otro extremo una pequeña puerta, hacia la que me dirijo. Se accede a través de ella a una pequeña habitación pintada de color turquesa claro, con una ventana antigua al fondo y otra más moderna a mi derecha. Del lado izquierdo hay una puerta, aunque al asomarme a ella me doy cuenta de que el desnivel hacia la habitación contigua es mucho y resulta ser más bien una ventana. La cubierta está frágilmente sostenida por una viga transversal mal colocada en uno de sus extremos sobre unos cuantos ladrillos. No tardo mucho en percatarme que este pequeño y estrecho cuarto fue originalmente un tramo más del antiguo corredor, que fue cerrado al edificar todo un cuerpo de construcción -quizá en el siglo XIX- perpendicularmente al ala más antigua (que debe datar de los siglos XVII o XVIII). En uno de los ángulos del cuartito está un pilar similar a los del corredor que confirma esta idea.

Como decía, para pasar desde el cuartito hacia la habitación contigua habría tenido que saltar por aquella puerta-ventana, por el gran desnivel que existe entre las dos. Así que no hay más remedio que salir de nuevo al patio. Allí observo ese cuerpo de construcción que mencioné antes, que se adosa en ángulo recto al viejo corredor y que es de construcción más reciente aunque debe tener por lo menos unos 150 años de edificado. Por el exterior se advierte que tuvo una decoración más elaborada de la que en ciertos casos sólo quedan restos. Por ejemplo, en uno de sus extremos está una pilastra almohadillada que abarca las dos plantas y remata en una cornisa que con seguridad se extendía antes por todo el borde de la azotea.

Pero lo más interesante está un poco más a la izquierda. Se trata del acceso al salón que atisbé desde el cuartito color turquesa, enmarcado en cantera y con una moldura en la parte superior, así como los dos hermosos balcones neoclásicos que lo flanquean. Tienen el mismo diseño que el balcón de la fachada -es decir, con un par de mensulas que enmarcan una tarja sosteniendo una cornisilla- y ambas están tapiadas.

Entro al salón, cubierto con viguería y terrado ya un poco dañado. Es amplio, pero no tanto ni tan alto como los de las grandes casas de Aculco. De su antiguo mobiliario sólo resta una vieja ménsula de cortinero junto al acceso. Al fondo se abre una puerta desde la que se ve la luz del sol.

Al pasar la puerta, encuentro la recámara destechada que se puede ver desde la calle, esa misma que tiene un hermoso balcón neoclásico. La caída del techo la ha dejado totalmente a la intemperie, En sus muros se advierten varias capas de pintura mural de distintas épocas y colores: junto al balcón asoman entre el encalado descarapelado capas de rosa y azul pálido. En otro muro una guirnalda marca el borde del guardapolvo perdido. Más allá se advierten unas flores blancas sobre el muro ennegrecido, y a trechos asoma una moldura fingida junto a los huecos de las vigas que alguna vez sostuvieron un terrado.

Esta azotea caída, por cierto, sirvió de terraza a uno de los cuartos de la planta alta, a la que no puedo subir. Todavía está ahí en lo alto la puerta desde la que se accedía a él y que ahora mira al vacío. Regreso por el salón hacia el patio. Echo una última mirada al conjunto y regreso a mi mesa, donde me esperan ya mis chilaquiles. Pienso entonces que, dado su deterioro, puede ser la última vez que vea esta casa. Que es importante guardar fotografías de cada detalle, por lo menos para dejar constancia de lo que se pierde. Y empiezo a imaginar cómo he de contar en mi blog esta visita a esta vieja casa que tanto deseo no muera.