lunes, 18 de septiembre de 2017

La grieta

En abril de 2014, denuncié en este blog el daño que la colocación de una carpa en el atrio de la parroquia causó en uno de los remates neoclásicos de su acceso sur. Aunque el caso fue difundido incluso en la prensa y la propia secretaria de Turismo del Estado de México hizo pocos días después una visitya al pueblo e informó en su cuenta de Twitter que la restauración estaba autorizada, lo cierto es que el remate de piedra sigue ahí, derrumbado y sin que al parecer a nadie le importe.

Pero como las cosas siempre pueden ir a peor, hace cerca de un año el otro lado del mismo acceso sur fue dañado por el golpe de un automóvil y desde entonces permanece cuarteado, de igual manera sin importarle a nadie esa situación que compromete su estabilidad.

La raíz de estas dos afectaciones a un elemento importante del patrimonio arquitectónico aculquense está en el mal uso de dicho patrimonio: por una parte, la colocación de cuerdas en el pebetero por personal mal capacitado, ignorante de su valor histórico y con la complacencia o falta de vigilancia de las personas que lo tienen a su cargo; por otra parte, el permitir introducir automóviles cotidianamente a un lugar evidentemente impropio e inadecuado para ello como es el atrio, peor aún cuando existe un estacionamiento a unos metros, también ante la mirada complaciente de quienes podrían impedirlo.

Pero quizá más preocupante que ello es el que se vayan acumulando daños sin que alguien tome las medidas para evitarlos en adelante, ni para reparar el perjuicio causado. La indiferencia al ver el deterioro de lo que es de todos es lo que verdaderamente escandaliza. La grieta, más que en el muro, parece que está en nuestra sensibilidad y en nuestro amor por Aculco.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El Dr. Gustavo Baz en Aculco, en 1957

Dudé mucho en ponerle el título a esta entrada de mi blog Aculco, lo que fue y lo que es. Porque, en realidad, el texto que quiero compartirles hoy de lo que menos habla es propiamente del Dr. Gustavo Baz Prada, gobernador del Estado de México de 1957 a 1963, pese a que fue escrito en relación con su campaña electoral a la gubernatura. Resulta mucho más extenso, en cambio, el espacio que dedica el autor a dos filántropos aculquenses -Ignacio Espinosa y Alfonso Díaz- y particularmente a dos de sus donaciones al pueblo, entonces muy recientes: el Hospital Concepción Martínez y la reconstrucción de la Alberca Municipal (a la que por esos años se pretendió darle el nombre poco afortunado y convenientemente olvidado de "Balneario María Elena"). Vayamos, pues, al texto.

Por un camino de terracería, polvoriento, dejamos Polotitlán. Aculco era nuestra siguiente meta.

Aculco es un pueblo que debemos conocer. Es muy interesante. Baste decir que una tarde, ya para ponerse el sol, llegó un anciano de mirada noble y de porte augusto, a pedir ayuda para su causa. De esto hace siglo y medio. El pueblo lo observó, primero con angustia y luego lo acogió con fervor.

"Hijos — les dijo tan noble varón — , acudo a ustedes para que hagamos juntos la libertad de México". Aquel anciano había de ser el Padre de la Patria, don Miguel Hidalgo y Costilla. Aculco le dio, junto con el corazón, todo lo que pidió aquel inolvidable cura.

Al llegar a Aculco, un centenar de charros y chinas poblanas, esperaban al Maestro [Gustavo Baz] en las afueras del pueblo. El Doctor montó en un hermoso caballo canelo y lo escoltaron los charros hasta el jardín principal, donde se realizaría nuestro segundo mitin del día. El acto se desarrolló ordenadamente y se veía mucho entusiasmo en las gentes. Cuando terminó dicho acto, nos invitaron a visitar una preciosa alberca olímpica que tenía poco de inaugurada. Casi no quieren bañarse, para no maltratarla. Su historia es la siguiente:

De Aculco son dos ciudadanos ejemplares, filántropos de corazón gigantesco. El señor Alfonso Díaz y don Ignacio Espinoza. El primero es el que se encargó casi en forma permanente, de hacer arreglar las calles, donó hace algún tiempo, el Palacio Municipal y acaba de construir para bien del pueblo, aquella alberca que costó más de un cuarto de millón de pesos.

La alberca está en la parte Norte de la población y tiene una vista panorámica muy hermosa. Desde aquellos trampolines se miran las casas de Aculco, cuyas paredes de blanca piedra, tienen un trasunto de pueblo arábigo.

El otro hijo predilecto del pueblo, don Ignacio Espinoza, introdujo el agua potable y llevó la electricidad y con ella las múltiples comodidades que la vida moderna ofrece. Al morir en 1952, dejó un donativo de tres millones de pesos para un precioso hospital que ya se construyó. Este donativo lo manejaron con tal habilidad, que durante cinco años que trabajaron el dinero, construyeron su hospital con costo de más de un millón de pesos y a la fecha, tienen íntegro el donativo original.

El hospital lo maneja un patronato y es adecuado para las necesidades actuales, además de que se encuentran previstas las necesidades hospitalarias de una población creciente. Allí se palpa con objetividad, la labor casi apostólica que realizan los médicos de pueblo, que tienen claro sentido de su deber y son conscientes de una misión tan importante.

En una misma sala del hospital, se apreciaba el esfuerzo de un joven cirujano. Allí estaba el resultado de su arte y de su ciencia. Una señora convalecía de una operación de la vesícula biliar; una más había sido tratada de cierta fractura en una pierna; a otra se le practicó una cesárea, etc. Las demás se quejaban y no investigué el motivo. Me dió mucho gusto ver allí, el resultado de ubicuos esfuerzos. ¡Para que el cirujano aquél llegara a curar tanta dolencia, cuántos años de esfuerzo personal y cuántos sufrimientos habrá tenido! ¡Cuántos Maestros le transmitieron paulatinamente sus experiencias y le dieron su tiempo y su paciencia! Pero el resultado, hoy se veía presente. Como una planta que se observa desde que brota, crece.

 

Fuente: Gascón Mercado, Julián, Acuarelas sociales; de gira con el maestro Gustavo Baz, México, 1959, edición del autor, p. 70 y 71.

Del Hospital Concepción Martínez podemos decir que entró años después en franca decadencia, de la que lo rescató un nuevo patronato en la década de 1980 y hoy en día continúa, por fortuna, brindando atención médica. De la alberca... bueno, todos sabemos que un fallido intento de remodelación por parte del Ayuntamiento la dejó inutilizable desde hace cerca de dos años. Los trabajos por recuperarla se han reanudado hace poco, aunque no se advierte mucho empeño en ello.

miércoles, 30 de agosto de 2017

¿Aculco de Espinosa o de Espinoza?

Justo en vísperas de la fiesta patronal de san Jerónimo del año de 1954, la Legislatura del Estado de México aprobó un decreto por el que la cabecera municipal de Aculco perdió oficialmente la parte de su nombre que lo ligaba con aquel santo y recibió a cambió el apellido de don Ignacio Espinosa Martínez, filántropo local al que el pueblo le debe entre otras cosas la fundación del Hospital Concepción Martínez (que lleva ese nombre por su madre). Pero si cuando se llamaba San Jerónimo Aculco con gran frecuencia su nombre se veía escrito como "San Gerónimo Aculco" (y esta ortografía, con "g", resulta además la más abundante en documentos históricos que se refieren a él), con su nuevo nombre resultó que también en innumerables ocasiones lo vemos escrito -incluso en documentos oficiales- como "Aculco de Espinoza", con "z".

Pero lo cierto es que la ortografía que le corresponde es con "s". Así escribía su apellido don Ignacio y lo siguen haciendo de la misma manera sus familiares cercanos y lejanos. Incluso el decreto original respetó dicho uso, como se puede ver con claridad en el número 28 de la Gaceta del Gobierno del Estado de México del miércoles 6 de octubre de 1954, en la que se publico del decreto correspondiente.

Un detalle más en el que acostumbro insistir: sólo la cabecera municipal lleva el nombre de Aculco de Espinosa, no el municipio que se llama simplemente Aculco.

sábado, 26 de agosto de 2017

Aquí estuvo la escalera más hermosa de Aculco

Hace ya mucho tiempo escribí en este blog acerca de la Casa del Puente, una de las grandes casonas virreinales de Aculco, que fue estúpidamente demolida en la década de 1960 para dejar en su lugar prácticamente un baldío. Sobrevivieron apenas el portal que da a la plazuela José María Sánchez y Sánchez, su gran acceso enmarcado en cantera que se abre hacia dicho portal, unas habitaciones hacia la calle de Iturbide que también acabaron por desaparecer años después y, al interior, el cuerpo de construcción de mampostería de piedra blanca, tezontle y "piedra maciza" que albergó un día su escalera.

Pese a su ruinoso estado actual, los restos de esta señorial escalera todavía nos sirven para imaginarla en su mejor momento. Conserva, por ejemplo, el arco carpanel de acceso desde el patio, apoyado en un par de capiteles de orden toscano en cantera de buena factura. A su izquierda se observan dos vanos: el superior parece corresponder a la ventana del rellano; el de la parte baja a un acceso semienterrado a los sótanos que tuvo esta casa y que la distinguían entre todas las casas del pueblo.

Al interior de este cubo se observa un amontonamiento de piedras que quizá son los restos de la propia escalera, si bien los escalones de cantera fueron reutilizados al parecer en la fachada de un inmueble nuevo que se construyó parcialmente en su sitio. Al fondo se abre todavía el hueco de una alacena que se ubicaba en el descanso de la misma.

En el extremo opuesto y también bajo el arco de acceso se pueden ver todavía los restos del aplanado de cal y arena que cubrió en su totalidad sus paredes. Conserva este aplanado restos de policromía de diversas épocas y colores. El más antiguo corresponde quizá a a una capa de color amarillo con sillares fingidos que más tarde se cubrió de azul y al final de su existencia se adornó con un guardapolvo rojizo, época en que también se pintaron de ese color el arco, las pilastras e incluso los capiteles de cantera.

Escalinatas de esta importancia en Aculco sólo las hubo en el convento y en el Hotel de Diligencias de Arroyozarco. Por ello es más de lamentarse su pérdida, más cuando correspondió a una casa que fue por muchos otros motivos verdaderamente excepcional.

viernes, 18 de agosto de 2017

Santiago Oxthoc Toxhié y la restauración de su capilla

En febrero pasado alertaba sobre la demora en el inicio de los trabajos de restairación de la cubierta de la capilla de Santiago Oxtoc-Toxhié, uno de los pueblos con mayor presencia indígena otomí de nuestro municipio de Aculco. No era para menos ya que el proyecto fue anunciado en diciembre de 2015 y refrendado cerca de seis meses después en una visita al propio pueblo de Toxhié por parte de las autoridades del Ayuntamiento. Aunque con una larga demora difícil de explocar, por fortuna los trabajos preliminares para estas obras han comenzado ya, a cargo del Arq. Lázaro González Frutis.

Originalmente se había contemplado que la restauración abarcara las cubiertas de la nave del templo y de la sacristía. Sin embargo, por petición de los propios vecinos el proyecto original se modificó para que las maderas de la techumbre que quedan a la vista desde el interior sean también restauradas y en consecuencia por ahora no se tocará la cubierta de la sacristía.

En otro post prometo hablarles después acerca de la historia de Santiago Toxhié. Por ahora déjenme ocuparme solamente de su capilla, una de las más interesantes de toda la jurisdicción municipal.

La capilla señala el centro del pueblo, que se ubica apenas a unos 12 kilómetros en línea recta al sur de Aculco de Espinoza, si bien lo accidentado de su ubicación, rodeado de cerros, dificulta un tanto el acceso. El sitio, pese a las numerosas viviendas nuevas, conserva el patrón de asentamiento disperso característico de los poblados de raíz otomí de la zona, en el que las casas no forman una agrupación compacta sino que se levantan entre las milpas y junto a los caminos. La capilla continpua siendo el inmueble de mayor altura y relevancia del lugar.

Indudablemente debió existir donde hoy se levanta el templo una capilla en el siglo XVI, pero no parece haber quedado algún vestigio visible de esa construcción. Lo que hoy podemos contemplar se remonta a principios del siglo XVIII, con el significativo añadido del campanario a mediados del siglo XIX. Es fácil advertir que el desconocido arquitecto de la capilla dedicada a Santiago se inspiró en el templo parroquial de Aculco, si bien edificándolo con dimensiones mucho menores, empleando menos recursos y utilizando materiales más humildes. El resultado fue una interesantísima muestra de arquitectura popular indígena que, aunque, sobria, evoca en sus detalles el gran estilo barroco de la época.

La planta de la capilla señala claramente dos espacios bien diferenciados: la nave única cubierta con viguería y tejado, con tapanco, y el presbiterio, más angosto que ella y cubierto por una cúpula. Acaso esto también indica una mayor antigüedad del presbiterio, que pudo haber sido una capilla abierta aislada antes de que se le agregara la nave al frente. Al sur del presbiterio se levanta perpendicularmente la sacristía y, formando un estrecho callejón con la nave, una casa anexa de construcción moderna.

El atrio estuvo limitado anteriormente sólo con bardas de "piedra sobre piedra", pero hará apenas unos diez años que se le construyó una barda de mampostería que, por alguna extraña razón, no abarcó toda su antigua superficie, especialmente hacia el norte y el este. Tuvo este atrio su cruz atrial de piedra al centro sobre un masivo pedestal de dos cuerpos, el inferior casi cúbico y coronado por una cornisilla, y el superior de media esfera. Muy lamentablemente este pedestal fue destruido y la cruz atrial corona ahora el moderno acceso al atrio, fabricado en mampostería de cantera rosa. Sería prudente intentar en algún momento la reconstrucción del pedestal y colocar de nuevo ahí esta cruz atrial, en el sitio para el que fue labrada.

Adornaban también este atrio varios credros de bastante altura igualmente retirados ya.

La fachada de esta capilla -igual que la de la parroquia de Aculco- se desarrolla en varios cuerpos horizontales separados por molduras y tres calles verticales divididas por machones verticales. El remate de perfil triangular que se quiebra o forma un "escalón" a la altura de los machones centrales, para formar un triángulo menor, sigue directamente las líneas del gablete de aquella parroquia. Sin embargo, difiere de ella significativamente en los materiales, pues no empleó la cantera en sus paramentos sino una rústica mampostería enfoscada. De igual manera la relativa abundancia de detalles ornamentales del templo de Aculco se reduce aquí a lo esencial: el arco de cantera del acceso principal, un par de hornacinas vacías a sus lados, la ventana del coro adornada con relieves muy rústicos, el nicho que bajo una venera guarda un relieve pintado del apóstol Santiago en su caballo, un par de gárgolas que emergen de los machones laterales y una estrella o sol casi en la cúspide. Sobre la cornisa se yerguen dos imágenes de bulto en piedra, que parecen representar a san Pedro y san Pablo (aunque parece ser que la tradición local los identifica con los encomenderos). Una antigua cruz remata la composición y frente a ella, cubriendo parte de su pedestal, se colocó una escultura de ave con las alas extendidas que parece representar la paloma del Espíritu Santo.

Al lado derecho de la fachada se levantó un contrafuerte inclinado que la oculta parcialmente.

El primer cuerpo de la torre es contemporáneo de esta fachada, lo que se descubre en una fecha que lleva inscrita: 1708. En la cara oeste de este primer cuerpo fueron empotrados un par de corderos pascuales de piedra, cada uno de ellos mirando hacia el lado opuesto, que siempre me han parecido fascinantes por su carácter arcaico, casi románico o gótico, y que pueden señalarse entre las mejores piezas escultóricas en piedra de todo el municipio. Sobre este pedestal se desplanta el campanario de dos cuerpos rematado por un chapitel que recuerda una mansarda, el cual fue edificado entre 1858 y 1860 por el maestro don Juan Llerende, como reza una inscripción. Las campanas pertenecen también a la década de 1860.

Un elemento interesante que conocí ya fuera de su ubicación original fue un reloj de sol hecho en cantera, que estaba malamente colocado sobre el arco de entrada al atrio antes de su reciente reconstrucción. Parece ser que todavía se encuentra ahí en el atrio, entre otras piedras descartadas. Ojalá en la restauración en curso se consiga por lo menos reubicarlo en un sitio en el que esté menos comprometida su supervivencia.

El presbiterio se aloja en un alto cuerpo prismático, cubierto como ya mencioné por una cúpula de media naranja (aunque lo defectuoso de su construcción le da una forma muy poco regular). Corona la cúpula una cruz de doble travesaño sobre un peestal que evoca sin serlo una linternilla, mientras que los ángulos de los muros tuvieron sendos remates de los que sólo se conservan los dos posteriores. Una cruz más se yergue sobre el testero y desaguan la cubierta cuatro gárgolas que evocan muy cercanamente por su extremo en forma de flor las del templo parroquial y del antiguo convento. En el muro de la "estampa" existe un curioso relieve con flores y una cruz.

El interior de la capilla de Santiago Toxhié es oscuro, ya que se ilumina solamente por la puerta de entrada, la ventana del coro y un par de óculos en los muros laterales del presbiterio. Entre la nave y el prebiterio se ubica el "arco triunfal" de cantera, que lleva labrada en su clave una figura que puede ser la de un ángel (por los relieves en forma de ala a los lados) o la de un sacerdote (pues parece llevar sobre la cabeza un bonete). La viguería del tapanco está pintada de azul y se apoya en canecillos labrados, de los que los más cercanos al arco triunfal son más largos y están labrados en forma de león. El coro, también de madera, es de poca altura y se halla muy maltratado.

El altar mayor parece ser demasiado moderno. Por su remate formado por tres frontones triangulares excesivamente peraltados y coronados por una cruz el del centro y ráfagas los laterales, se puede afirmar que está inspirado en un retablo neoclásico, si bien éste es poco más que una gran vitrina. Al pie del altar se colocan las antiguas imágenes procesionales de Santiago el Mayor y el Menor (según me han dicho), ambos sobre caballos blancos y casi indistingubles uno de otro. A lo largo de la nave se hallan otros altares y cuadros, las banderas que los habiatntes de Toxhié usan en sus procesiones (y que probablemente están emparentadas con la bandera insurgente de Aculco), etcétera.

La parte del templo que habrá de intervenirse en la actual restauración comprende todos los elementos de madera del tapanco de la nave, el interesante terrado que se ubica encima suyo, con curiosas canalizaciones para el agua de lluvia que se filtra, los morillos que sostienen la cubierta a dos aguas y la totalidad del tejado. La obra se realizará con recursos a partes iguales del FOREMOBA/CONACULTA y del municipio de Aculco.

jueves, 13 de julio de 2017

In memoriam

Ayer por la noche falleció mi tío, el Dr. Juan Lara Mondragón, médico oftalmólogo apasionado por la historia de Aculco con quien tuve gran afinidad.

Con toda certeza no hubo otra persona que conociera mejor la historia de nuestro pueblo y municipio en los siglos XIX y XX, y pocos eran capaces de referir dicha historia como él: con su contexto y matices, lugares y circunstancias, elaborando un cuadro vívido de las personas y costumbres de otros tiempos. Hombre culto, con estudios, viajes, lecturas y relaciones académicas y políticas, durante años extendió su protectora sombra patriarcal sobre su extensa familia; en ella muchos le somos deudores en diversos aspectos, desde el afectivo e intelectual hasta el económico.

Hace quizá unos 25 años, en cierta ocasión en que mi tío Juan me platicaba con su habitual amenidad alguna de sus historias, le pregunté ya no acerca de esos aculquenses decimonónicos de los que hablaba, sino de los que habitaron este sitio en tiempos coloniales. "No sé quiénes fueron", me contestó, y a partir de aquel momento comenzamos los dos a investigar extensamente sobre ello, compartiendo nuestros hallazgos y disfrutando el coincidir en gustos e intereses en ese y otros ámbitos. Gracias a todo ello fue que logré escribir el libro Arroyozarco, puerta de Tierra Adentro (2003), obra que en gran medida se debe a su saber y a su atinada guía.

En los últimos años no estuve cerca de él y lo lamento. Él lo quiso así. Se perdieron muchas horas de pláticas, de conocimiento (pues mi tío continuó investigando sobre Aculco toda su vida) y de ese simple disfrutar de la cercanía de alguien con quien se comparte familia, historia, gustos, aficiones y opiniones. Pero nunca dejé de quererlo y admirarlo, de sentirlo parte esencial de mi vida, y su fallecimiento me resulta así cercano y doloroso.

En fin, gracias por todo y descansa en paz, tío Juan.

viernes, 26 de mayo de 2017

La cárcel de Aculco a principios del siglo XIX y sus misterios

Hace unas semanas, al platicarles aquí acerca de la localización de las antiguas Casas de Cabildo o Casas Reales de Aculco, comentaba que este tipo de inmuebles solía cumplir con funciones diversas relacionadas con el ejercicio de la autoridad local, por lo que contaban con espacios adaptados para cada una de ellas. Uno de esos espacios solía ser el de la cárcel, reservada normalmente en los pueblos a encerrar presos por faltas menores o, cuando éstas eran graves, sólo para albergarlos durante un tiempo corto, hasta su traslado a la cabecera de la jurisdicción donde serían procesados.

En el caso de Aculco, sabemos que efectivamente las Casas de Cabildo tuvieron su cárcel. Y no sólo eso, sino que justamente los únicos dos planos que han sobrevivido de aquel edificio municipal corresponden al área ocupada por la prisión, pues en 1808 se proyectó ampliarla y mejorarla ya que se hallaba en muy mal estado y las fugas de reos resultaban frecuentes. Estos planos se encuentran en el Archivo General de la Nación en la Ciudad de México.

El primero de ellos está acompañado de una nota que explica (corrigiendo su ortografía):

En este pueblo de san Jerónimo Aculco y en veintiocho días del mes de diciembre de mil ochocientos ocho, don Antonio de Garfias y don José Manuel García, ambos vecinos de dicho pueblo, por orden del señor teniente don Ignacio Lozano, quien nos mostró una superior orden del Excelentísimo Señor Virrey para que justipreciáramos el costo que podían erogar dos piezas en las Casas Reales y un patio para soleadero de presos, lo cual ejecutamos en la manera siguiente:

En seguida se incluye el plano, que muestra una superficie en forma de cuadrado con un pequeño apéndice en la parte inferior izquierda. Aparecen inscritos en esta superficie leyendas que señalan la "carcel que está hecha" -es decir, la cárcel vieja- y dos aposentos nuevos: el "cuarto para separar presos", que tendría un valor de 60 pesos, y el "cuarto del alcaide" (o jefe de la prisión), que es el que forma el apéndice descrito antes, con idéntico valor. Al patio al que miran estos aposentos se le asigna un valor de 204 pesos (que suena excesivamente elevado) y a la construcción de un zaguán nuevo, 30 pesos. El documento prosigue con otra leyenda:

En este estado hemos hecho este aprecio que todo monta trescientos cincuenta y cuatro pesos y para que conste declaramos por menor que el cuarto de separación costará sesenta pesos y el del alcaide sesenta pesos, las paredes del patio doscientos cuatro pesos, la puerta del zaguán con todas sus cerraduras y canterías treinta pesos y monta la cantidad dicha, y lo firmaron en dicho día, mes y año. Antonio de Garfias. José Manuel García.

De tal manera, eliminando lo que se pretendía construir, la cárcel de Aculco en 1808 casi seguramente no era otra cosa sino un cuarto dentro terreno bardado. Algo muy natural en un pueblo tan pequeño como era el nuestro a principios del siglo XIX. Al parecer, esta cárcel se hallaba al fondo del edificio de las Casas Reales, es decir en la zona que corresponde actualmente al segundo patio del Hotel Jardín.

Sin embargo, existe un segundo plano mucho más complejo, aparentemente elaborado por los mismos funcionarios aculquenses y unos meses anterior al de diciembre de 1808. Este plano, elaborado "para ver qué se podía mejorar y qué materiales serían los mejores para evitar algún riesgo", revela un proyecto mucho más ambicioso formado por catorce secciones. Todas ellas se distribuyen alrededor de dos patios (separados éstos por una simple barda). En el primer patio encontramos la "puerta principal", la "cárcel para hombres", la "vivienda del alcaide" (dividida en dos piezas) y, contiguos, el "patio de mujeres", la "cárcel de mujeres" y la "sala para enfermas". En el segundo patio están, al fondo, la "cárcel vieja" y "casa vieja en donde vive el alcaide", y a un costado la "sala para enfermos", el "cuarto de la bartolina" y la "sala para separación de presos".

Ahora bien, hay tres cosas desconcertantes en este segundo plano. La primera es el tamaño del edificio, ya que las Casas Reales parecen no haber sido muy grandes y una construcción así habría ocupado prácticamente todo su terreno únicamente para cumplir con su función carcelaria. La segunda es su orientación, pues el edificio abre su puerta principal hacia el poniente, cuando sabemos que las Casas Reales tenían su entrada hacia el sur, del lado de la Plaza Mayor. Esto podría explicarlo, quizá, un error posterior a su trazo, ya que los puntos cardinales están escritos con letra y tinta diferente. La tercera es que la cárcel preexistente, la llamada "carcel que está hecha" en el primer plano y "cárcel vieja" en el segundo no coinciden plenamente, ya que en este último caso está acompañada de la "casa vieja en donde vive el alcaide", además de quela orientación de la "entrada principal" o "zaguán" según se refieren a ella estos planos resulta incompatible. Hay aquí, pues, un misterio que no alcanzo a develar todavía. he llegado a pensar incluso que este plano no corresponde a Aculco, mientras que del primero no hay duda alguna.

Y bien, ¿queda algo de aquella vieja cárcel de principios del siglo XIX, histórica además porque cuenta la leyenda que Miguel Hidalgo liberó de ella a los presos en noviembre de 1810 y luego tras su derrota en la Batalla de Aculco albergó a varios insurgentes capturados en dicha acción? Pues muy probablemente sólo los muros que la limitaban, entre los que destaca el situado al norte, que da hacia la calle de la Corregidora. Este poderoso muro, construido en tezontle, con un gran contrafuerte y una portada del siglo XVIII que no estuvo originalmente ahí, pero forma con él un hermoso conjunto, sin duda nos permite evocar aquella antigua cárcel de Aculco.