sábado, 27 de noviembre de 2010

Érase una vez un cedro



A veces parece que la destrucción de Aculco es una conspiración. Todos participan y todos callan, nadie se atreve a levantar la voz y protestar contra los desaguisados que se cometen todos los días contra su patrimonio histórico, arquitectónico, urbanístico... y esta vez también contra el natural.

Este de la fotografía era un gran cedro que alegraba con su siempre verde follaje la llegada del viajero a Aculco. Plantado en la milpa de San Isidro quizá cien años atrás por mi bisabuelo, siempre recibió atenciones de la familia: algún abono, un poco de agua cuando se regaban esas tierras, incluso algunos años se le fumigaba. El árbol recompensaba a todos con su fronda y porte.

Pero un buen día llegó la Comisión Federal de Electricidad. Plantó unos postes y una línea eléctrica donde no los había y sin dudarlo ni un poco mutiló todo un costado del árbol, dejando todas las ramas del lado opuesto como testimonio de lo que se le arrebató.

El árbol, medio vivo, sigue recibiendo a los viajeros que llegan a Aculco. Ya no es un árbol hermoso, sino un muñón triste. Un buen símbolo de la decadencia de este pueblo, destrozado por todos, los que aquí viven y los que por aquí pasan.

viernes, 26 de noviembre de 2010

¿Quién fue Delia Garduño?

El monumento de Delia Garduño, en "La Ceja".

El 26 de noviembre de 1972, hace hoy exactamente 38 años, parecía un domingo cualquiera del otoño aculquense, que podemos imaginar frío por la mañana y templado ya hacia las dos de la tarde, cuando unos jinetes cabalgaban por el tradicional paseo conocido como "La Ceja" o "La Calzada". Por el sendero bordeado de cedros y otros árboles se colaban los rayos del sol en una cascada que adormecía.

Todo debe haber sucedido muy rápido: el caballo que montaba una jovencita de 21 años, invitada a pasar el día en el pueblo, se desbocó por alguna razón desconocida. Su enloquecida carrera no terminó ni siquiera cuando derribó a la muchacha al lado sur de la calzada. Cuando sus acompañantes llegaron al sitio, Delia Garduño Sánchez había muerto ya por el golpe recibido en la cabeza.

Otra vista del monumento. Al fondo, las lomas de Cofradía.

Nadie recordaría ya el incidente si no fuera porque su familia construyó en aquel punto preciso uno de los monumentos más conmovedores de Aculco. Se trata de una especie de túmulo con notoria semejanza a un sepulcro que se desplanta sobre un basamento y eleva tres cuerpos escalonados de cantera rosa. El último de estos cuerpos muestra una ligera inclinación hacia la calzada y sobre él se halla una lápida de mármol en la que se lee:

+
A LAS 14:30 DEL 26-XI-72
EN ESTE LUGAR ENTREGA
SU ALMA AL SER SUPREMO
LA SEÑORITA
DELIA GARDUÑO S.
A LA EDAD DE 21 AÑOS
--------------
QUE DIOS LA GUARDE EN SU SENO


La lápida del monumento.

En la parte posterior del monumento existió una cruz de la que ya sólo queda la huella del sitio en el que se alzaba. Sobre la lápida se ven algunos trazos tallados por inoportunos visitantes que no resistieron la tentación de grabar iniciales, fechas, nombres...

No sé si es sólo casualidad que, sin recordar la fecha que lleva este túmulo, el día de ayer me acercara a él para fotografiarlo, justo a tiempo para publicar hoy que se cumple un aniversario más del fatídico accidente una entrada sobre él en este blog. Yo no acostumbro pensar en estas coincidencias como casualidades: uno suele estar en donde debe estar cuando debe estarlo.

Parte posterior del monumento. Se advierte el sitio en el que se erguía la cruz que lo remataba.

No sé más de Delia que aquello que se inscribió en la lápida y lo que me contaron mis padres: que no era de Aculco. No sé quién fue ni quién pudo haber sido de no haber muerto tan joven en aquel lugar. Sólo sé que su desafortunado fallecimiento dio al pueblo uno de sus sitios más poéticos y sensibles.

Extremo de la parte superior del monumento, donde se advierte el sitio en el que se desplantaba la cruz.

Y aunque el monumento no lo pide y aquello de "SER SUPREMO" tiene un tufillo esotérico o masónico que invitaría a evitarlo, no puedo hacer otra cosa más que acompañar esta evocación con una oración. Descansa en paz, Delia.


ACTUALIZACIÓN

Gracias al interés de Delia Garduño Salas, sobrina de Delia Garduño Sánchez, y de mi primo Octavio Lara Chávez, puedo responder en buena medida la pregunta que da título a este post. Esto es lo que nos escribe Delia:

De mi tía te puedo decir que era la segunda de seis hermanos, estudió en la ciudad de Querétaro en el Colegio Plancarte, era la reina de las fiestas de San Juan del Río (feria que se realiza año con año durante el mes de junio) pero desafortunadamente no pudo terminar el reinado.
Sé también que un día antes del fatal accidente fue madrina en la boda de una de sus amigas y personas que la conocieron comentan que ese día estuvo muy intranquila...
Efectivamente al día siguiente de la boda fue invitada junto con mi tía Emma y otros amigos a un rancho en Aculco pero por el momento desconozco el nombre y apellido de los propietarios.
Delia no quería ir a Aculco, pero mi tía Emma insistió hasta que logró convencerla. Dicen que iba montando el caballo junto con un amigo y que él le intentó dar un beso, pero ella no se dejó e hizo movimientos bruscos. El caballo se espantó y los tiró a los dos. A él no le paso nada, pero la cabeza de mi tía cayó en una piedra y murió instantáneamente.
No se volvió a saber nada del muchacho, se fue de San Juan del Río.
Esto es lo que sé de ella, la foto te la mando después ...


Y gracias a Octavio puedo mostrarles la noticia aparecida después de este suceso en el Diario de Querétaro, que incluye una fotografía:



Gracias a los dos por tomarse el tiempo para aportar esta información y sumarse a la cadena de casualidades que rodeó la elaboración de este post.

lunes, 22 de noviembre de 2010

El túmulo de Toxhié

El túmulo de Santiago Toxhié, dibujado por Aarón Flores Crispín (ca. 1976)

Túmulo.
2. m. Armazón de madera, vestida de paños fúnebres, que se erige para la celebración de las honras de un difunto.
(Del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española)


Después de recibir varios comentarios, todos ellos de palabra, acerca del texto dedicado al Panteón de Aculco, en el que expresaba mi rechazo por la caracterización del Día de Muertos como prácticamente un carnaval (gracias al legado del cardenismo y a una elaboración de supuesta recuperación antropológica-tradicional a partir de aquella etapa), escribo estas líneas para hacer algunas aclaraciones y añadir algunos datos sobre la manera de conmemorar a los difuntos en esta región del Estado de México.

En primer lugar, no niego la existencia de una tradición (más bien debería decir tradiciones, pues difieren en sus formas por su lugar de origen) arraigada y de origen remoto ligada al recuerdo de los muertos los días 1 y 2 de noviembre de cada año. Tampoco niego que parte importante de esa conmemoración sea la colocación de ofrendas (que no "altares") con alimentos particulares de estos días (los cuales, en su origen, eran para consumo de los vivos, no de los muertos). Lo que sí niego es que tales costumbres tengan por único y más importante origen el prehispánico, ya que su raíz principal es occidental, y afirmo que el agregado de elementos ajenos a ellas (como el perrito, referencias al Mictlan prehispánico, cempasúchiles en sitios donde nunca se cultivó ni se cultiva, calaveritas de azúcar en pueblos donde nunca se les conoció), han venido a convertir esas fechas en algo uniforme y tan "tradicional" como puede serlo el Halloween en una calle de Los Ángeles, California. Pero lo que rechazo con mayor energía es la idea de que todos los mexicanos somos tan patológicos como para reirnos de la muerte. Hasta uno de los que más patológicamente se reían de la muerte -la ajena por supuesto-, como fue Pancho Villa, lloró y suplicó de rodillas cuando Victoriano Huerta estuvo a minutos de fusilarlo.

Los mejores argumentos para fundamentar todas estas afirmaciones nos las da un libro sobrio y bien documentado llamado Ceremonias mortuorias entre los otomíes del norte del Estado de México, obra de los antropólogos Isabel Lagarriga Attias y Juan Manuel Sandoval Palacios, publicado por el gobierno del Estado de México en 1977, en el que los autores describen detalladamente sus observaciones de campo a mediados de aquella década en varias comunidades de los municipios de Acambay y Aculco. Sobre el origen de las conmemoración de los difuntos, los autores escriben:

La festividad de los fieles difuntos en el ceremonial católico fue instituida por Gregorio IV en el siglo IX. Vino a ser una amalgama de ideas pagano-cristianas, las cuales fueron introducidas a nuestro continente a raíz del contacto europeo. Aquí se entremezclaron con otras ceremonias de origen prehispánico. La fiesta de los muertos, en su forma actual, es entonces producto de todo este tipo de influencias... Tratar de hacer una división sobre qué elementos del ritual dedicados a los muertos son de origen prehispánico y cuáles no, nos parece fuera de lugar. Quitando algunos rasgos que son muy peculiares de la cultura otomí desde tiempo inmemorial (enterrar a los muertos con una escobita y copal) los demás rasgos no son sólo propios de la cultura hispana que importaron los conquistadores o de la cultura prehispánica, son comunes en muchos pueblos y su extensión es casi universal; tratar de caracterizar al mexicano por una especial actitud a la muerte y a los muertos, es olvidarse de lo anterior.



Puestos así los puntos sobre las íes, volvamos a lo que es realmente interesante y verdadero: en la región de Aculco sí existieron -tal vez todavía existen- formas tradicionales para recordar a los muertos que subsistieron hasta tiempos relativamente recientes en las comunidades indígenas que pertenecen a su circunscripción municipal. No hallará en ellas el espectador aquella gran mentira popularizada por Octavio Paz, en que el mexicano a la muerte "la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente"; por el contrario, en estos sitios donde la tradición fue menos afectada por la propaganda del Estado Revolucionario, "en ningún momento la broma o el humor se vislumbra", como leemos en el libro antes citado.

El estudio de los antropólogos Lagarriga y Sandoval da para mucho en este tema. Sin embargo, esta vez nos limitaremos únicamente a recuperar uno de los aspectos por ellos observados en un punto por demás interesante de la geografía cultural aculquense: el pueblo otomí de Santiago Oxthoc Toxhié. Según relatan los autores, en Toxhié encontraron un particular culto a la cruz en tres sitios distintos, la colocación de ofrendas de alimentos en las viviendas, un complicado ceremonial en su templo, y la erección de un singular túmulo o catafalco en la nave de éste:

A las 20:00 hrs [del 1o de noviembre], se empieza el rosario, cantado, dirigido por un "fiscal" y seis "cargueros" (de la fiesta de diciembre) que, parados en fila cerca de la puerta, dan el frente al altar. Delante de ellos, han dispuesto una mesita de 1.50 m. de largo por 50 cm. de ancho y 50 cm. de altura, con un mantel blanco donde ponen flores de cempasúchil y gladiolas.* Delante de esta mesita, un banco de 1 m. de largo por 20 cm. de ancho y 50 cm. de altura, con tres perforaciones. En las dos perforaciones de los extremos ponen dos candelabros de 1.75 m., con sus bases tocando el suelo. En la central, un Cristo. Delante de este banco, otra mesa, igual que la primera, cubierta por un lienzo negro que llega casi hasta el piso por sus cuatro lados. bajo este lienzo, una pequeña caja alargada, conteniendo copal. Dicha caja forma una protuberancia, que representa el tórax de un difunto, ya que ponen una calota (bóveda craneal) humana (sin cráneo facial) junto al tórax. De esta manera representan, pues, un cuerpo humano sin vida. El cráneo es muy antiguo y no se sabe de quién era.** Esta representación se pone siempre desde hace mucho tiempo. Son los "fiscales" quienes hacen el arreglo el 1o de noviembre, después de medio día que es cuando entran los difuntos grandes y salen "los angelitos".***

Encima de esta mesa, se ponen también 6 candelabros, 5 de bronce y 1 de barro, con ceras encendidas [...]

A las 9:30 de la mañana del 2 de noviembre, el campanero empieza a "doblar a muerto". A medio día se reúnen de nuevo las personas en la iglesia. Siete "cargueras" barren la iglesia, mientras algunos "cargueros" arreglan los adornos. Un "carguero mayor" se acerca a la mesa donde está el cráneo y se persigna, toma una flor por el tallo, la sumerge en un pocillo con agua bendita y rocía el cráneo, así como el cuerpo simulado, haciendo dos veces la señal de la cruz, para luego volver a poner la flor en el pocillo. Después se vuelve a persignar y hace una caravana, dando la impresión de que besa el cráneo. También se persigna ante el candelabro que tiene la cruz.

[Después de acudir al cementerio] la gente se reúne dentro de la iglesia donde un "carguero" baja la imagen de las ánimas, descolgándola de la vitrina donde está la imagen de Jesucristo, en el altar mayor. La imagen la reciben dos "cargueras" que se paran, ya con el cuadro, frente a la mesa donde está el cráneo...Cuando terminan (diversas ceremonias al interior y exterior del templo), el "rezandero" principal toma la flor del pocillo que están en la parte posterior de la mesa donde se encuentra el cráneo, y rocía la mesa con el agua bendita, así como el cuadro de las ánimas que es puesto en su altar por un "carguero".

Termina la ceremonia y los asistentes salen de la iglesia, sólo se quedan los "cargueros" para quitar las mesas, apagar las ceras y el copal. El cráneo es puesto detrás del cuadro de las ánimas en el altar...

* Los cempasúchiles se traían de afuera a muy alto costo; en Aculco no existía el cultivo de esta planta por lo que difícilmente se puede aceptar su carácter tradicional en el lugar (Nota de JLB basada en los comentarios de los autores).

** Además de la ornamentación con cráneos y osamentas común en el México prehispánico, su uso, como representación de la muerte estuvo muy en boga en la Colonia por lo que el uso del cráneo en esta localidad debió de haberse reforzado con su auge en esa época [Nota de los autores].

*** La celebración de los "angelitos" o niños muertos el 1o de noviembre no tiene, como a veces se trata de hacer ver, su origen en la fiesta prehispánica de los "muertos chiquitos" o más bien "pequeña fiesta de los muertos" (que además se celebraba enm agosto, no en noviembre). Se trata más bien de una tergiversación o extensión del sentido de la fiesta católica oficial del día, "Todos los Santos", bajo el que se incluyen a los niños que, muertos bautizados e inocentes, adquieren automáticamente cierto halo de santidad, o por lo menos se puede asegurar que se han salvado (Nota de JLB).



Intencionalmente hemos dejado fuera de esta descripción el detalle pormenorizado de las ceremonias que se realizan en presencia de este curioso túmulo, que ya serán motivo de otro post. En esta ocasión sólo hemos querido señalar la existencia de esta tradición, que no sabemos si aún perdura bajo la misma forma en el pueblo de Santiago Toxhié. A algunos les parecerá que no tiene la gracia de una ofrenda con pan de muerto, calabaza, papel de china, y sonrientes calaveritas de azúcar. Para otros quizá resulte turbadora e incluso patética. Pero tiene, a mi ver, un valor muy alto: primero, por el profundo sentido de memento mori que seguramente quisieron darle allá en la profundidad de los siglos sus creadores; segundo, por su relación como ejemplo menor, pero vivo, de los mucho más fastuosos catafalcos novohispanos como el erigido por el arquitecto Claudio de Arciniega para las exequias de Carlos V, o el de carácter permanente que existe todavía en el Museo de Bellas Artes de Toluca; y tercero, como manifestación cultural propia del Día de Muertos en el municipio de Aculco, ajena casi completamente a lamentables mixturas contemporáneas. Es decir, tiene el incomparable valor de la autenticidad.

viernes, 19 de noviembre de 2010

La capilla de San Pedro Denxhi

Fachada principal de la capilla de San Pedro Denxhi, municipio de Aculco, Méx.

Hace cerca de año y medio, hablábamos en este blog de la cruz de la plaza del Pueblo de San Pedro Denxhi, construcción de interesante factura que es además uno de los pocos sobrevivientes de un tipo de monumento que debió ser abundante en los poblados de la antigua Provincia de Jilotepec. Esta vez volvemos a ese pueblo del municipio de Aculco para ocuparnos de su capilla, que como en tiempos del virreinato sigue siendo el inmueble más importante de la localidad.

Vista general de la capilla, desde la plaza del poblado.

Decíamos en aquella entrada sobre la cruz de la plaza, que "San Pedro Denxi es el pueblo más remoto del municipio de Aculco, pues se sitúa cerca de 25 kilómetros al noroeste de la cabecera municipal, en el extremo de esa especie de península que forma el mapa de esta entidad al introducirse en territorio del estado de Querétaro. De él lo separan dos grandes barrancas: la que lleva el nombre de Cañón de Aculco (que en esta zona alcanza su mayor profundidad), y el cauce del Arroyo Zarco. Al unirse las corrientes que avanzan por el fondo de estas barrancas, se forma el Río de San Juan, que da nombre a aquella ciudad queretana". La palabra otomí Denxhi, por cierto, se traduce normalmente como "cebolla" pero es posible que esté relacionada con el topónimo utilizado por dicho pueblo indígena para referirse a Jilotepec, es decir "Madenxhi", que quiere decir simplemente "el gran Denxhi".

Portada de la entrada principal de la capilla.

El poblado conserva aún un urbanismo disperso en el que la capilla dedicada a San Pedro ocupa un lugar principal frente a la plaza irregular y apenas delimitada. El edificio sigue fielmente el modelo parroquial carecterizado por una sola nave apoyada en contrafuertes con bóveda cañón, presbiterio que resalta sobre la nave cubierto por cúpula semiesférica sobre pechinas, fachada principal que mira al poniente, torre como sucesión de prismas escalonados de mayor a menor al lado izquierdo de la porrtada, y un gran atrio al frente adornado con su cruz atrial. Posee sin embargo ciertas características propias que difieren no sólo de la parroquia de San Jerónimo Aculco, sino del resto de las capillas de los pueblos de la jurisdicción. Entre ellas están la propia cantera en la que están labrados los adornos de sus fachadas -de un tono muy oscuro, semejante a la utilizada en los edificios históricos de la ciudad de San Juan del Río-, la ausencia de coro (que no sabemos si alguna vez llegó a existir)y ciertas peculiaridades de su fachada que detallaremos adelante.

Pila bautismal monolítica en el interior de la capilla.

Al interior de la iglesia destacan algunas esculturas de buena factura popular, entre ellos dos Cristos, así como un auténtico sillón frailero del que ya hemos dado cuenta antes. En el presbiterio se halla el altar mayor, un baldaquino neoclásico cuyas cuatro columnas jónicas con volutas angulares se desplantan sobre un cuerpo escalonado, todo elaborado en la misma cantera morena de la que ya hemos hablado líneas arriba. Tiene la peculiaridad esta capilla de contar con dos imágenes del santo titular, San Pedro, en este altar, ambos esculturas aparentemente barrocas, estofadas pero muy retocadas, cubiertas con algunas prendas de tela. La más hermosa de las dos imágenes muestra al santo con corona papal, un libro en la mano izquierda (que representa sus epístolas), báculo en la diestra y varias llaves de hierro colgantes de la muñeca.

Altar mayor de la capilla, con sus dos San Pedros. La fotografía tuvo que tomarse en este mal ángulo debido a que lo cubría una cortina, como es costumbre durante la Semana Santa.

La cúpula, aunque de intención hemisférica, resulta bastante achaparrada e irregular. En su cima se halla la linternila, de forma prismática abierta con arcos a los cuatro costados, cubierta por un cupulín que sirve de pedestal a una cruz y con sendos remates en los ángulos. Por sus formas y proporciones, bastante más esbeltas que la cúpula, se le podría considerar una pequeña torre.

Derrame interior del acceso, en forma de concha. Nótese la ausencia de coro sobre el primer tramo de la nave.

La torre verdadera se desplanta sobre un basamento casi ciego que ocupa todo lo alto de la portada y que sólo es aligerado en su masividad por un pequeño relieve y un par de ventanas, la inferior cuadrangular y la superior lobulada. Una moldura marca sobre este basamento el inicio de un corto pedestal rematado a su vez por una moldura más gruesa sobre la que se desplanta el primer cuerpo del campanario, prismático como ya hemos dicho, con vanos arcados por cada viento. El segundo cuerpo del campanario es una réplica menor del primero, ligeramente más bajo en su proporción vertical. El último cuerpo, que parece ser un añadido posterior, intenta reproducir esta sucesión, pero ni el color de la piedra ni la calidad del labrado y ni siquiera la disposición dentada de los sillares de los ángulos es la misma. Remata la composición un cupulín cubierto con azulejos amarillos y azules seguramente recientes y sobre él el orbe y la cruz.

Cristo en la sacristía de la capilla. Aunque se encuentra dañado, en especial en su brazo izquierdo, es una obra de arte de gran calidad.

Podría decirse que la portada de la capilla de San Pedro Denxhi se distribuye en tres cuerpos verticales, si bien las molduras que lo dividen no cumplen propiamente con esa función de delimitación. El primero de estos cuerpos tiene como elemento principal el arco de acceso al templo, de un sencillo barroco entablerado apenas enriquecido por las curiosas basas de sus jambas, que aparecen como "fingidas" pues por encima de ellas no existen ni las pilastras principales que deberían estar dispuestas sobre ellas, ni las pilastras "asomadas" que insinúan, sino sólo una serie de róleos barrocos que quizá sugieren una ménsula invertida. Al interior, el derrame de esta entrada forma una gran concha. Una sencilla moldura se halla sobre la entrada, dando inicio al segundo cuerpo ocupado por un nicho de mampostería con una bien marcada venera que alberga un Cristo labrado en cantera. Sobre el nicho y en el tercer cuerpo de esta portada se abre la ventana que usualmente llamaríamos "del coro", pero que en este caso y por no existir tal ilumina directamente la nave. Esta ventana es sencillísima, de forma cuadrangular y limitada en la parte baja por un repisón y en la superior por una cornisa algo más gruesa. El remate de la portada es mixtilíneo, con una cruz de cantera en la parte central y un róleo en la parte derecha, elemento que no se repite al lado izquierdo pues ahí existe un elemento prismático.

Cristo (¿O San Dimas?) en la ventana sobre el acceso principal.)

La capilla de San Pedro Denxhi, monumento histórico catalogado por el INAH con clave 18003012, es uno de los edificios históricos de carácter religioso más importantes del municipio de Aculco y parte esencial de la serie de templos que sirvieron durante siglos de vínculo, de sitio de reunión, de elemento de identidad, de espacio propio para las fiestas tradicionales y hasta de objeto de ostentación e ingenuo lujo para los habitantes otomíes de esta región del actual Estado de México.

Habitantes de San Pedro sostienen una imagen de Cristo crucificado de carácter popular. Viernes Santo del año 2003.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Un platero aculquense del siglo XVIII

Cáliz de plata sobredorada (ca. 1810), 23 x 13.5 cm con la marca del platero Alejandro Antonio de Cañas. Museum of New Mexico.

Entre las tareas más interesantes que podría tener un historiador de Aculco estaría la de descubrir a todos aquellos personajes que en tiempos pasados destacaron en las actividades propias de su oficio o profesión, contribuyeron de alguna manera al desarrollo de su pueblo e incluso del país, o que simplemente por circunstancias del destino se vieron situados como testigos privilegiados en medio del "torbellino" de la Historia.

Nadie ha emprendido en realidad este camino y vemos así que en las insulsas "Monografías municipales" suelen anotarse en la categoría de personajes notables a muchos que no deberían figurar ahí de ninguna manera: largas listas de presidentes municipales sin otro mérito que el del poder, generalmente mal ejercido y sólo para beneficio propio, algún diputado caciquil, individuos conocidos pero de ninguna manera destacados, pero poco o nada de los nombres que realmente deberíamos recordar, mucho menos si vivieron antes de la Independencia. En fin, como pequeña contribución a ese estudio pendiente de los auténticos "grandes hombres de Aculco" hablaremos esta vez de un notabilísimo artista aculquense que vivió hace doscientos años, el maestro platero Alejandro Antonio de Cañas.

Según su registro bautismal, Alejandro Antonio, hijo legítimo de Casimira de Llanos y de Mariano Cañas, de calidad español, nació en febrero de 1755 en la cabecera municipal de Aculco y fue bautizado el día 26 de ese mismo mes, siendo sus padrinos don José de Llanos y Ana María García. Lawrence Leslie Anderson, autor del libro pionero El arte de la platería en México, nos proporciona algunos datos más acerca del ejercicio de su profesión:

fué aprobado en examen para ser maestro y poner tienda pública el 27 de septiembre de 1786. En 1794 resultó electo veedor, y también lo fue en 1804. Todavía en el año de 1831 aparecen referencias de él, siendo su marca, que se encuentra con mucha frecuencia, la siguiente:





Por su parte, Francisco Santiago Cruz, autor de Las artes y los gremios en la Nueva España, escribe que "en la segunda mitad del siglo XVIII florecieron por su perfección y belleza las obras de un grupo de plateros, entre los cuales es posible mencionar a Alejandro Antonio Cañas, José María Rodállega ya José Luis Rodríguez". Y no duda en afirmar que esa "fue la época de mayor esplendor de la platería en tiempos del Virreinato". O como precisa Salvador Calvillo Madrigal en Platería mexicana, "las caracteristicas de la plateria de esa época, sin faltar las de origen europeo, son el buen gusto, el equilibrio, la serenidad".

Candelero de plata sobredorada (ca. 1810), 21 x 14 cm, atribuido a Alejandro Antonio de Cañas, colección privada, Zaragoza, España.

Entre las obras conocidas de este notabilísimo platero, la primera es el "puño de oro para bastón hecho por él" que en 1785 presentó como examen práctico ante el jurado reunido para atender su solicitud para ejercer como patrón de platería. (AGN, Real Casa de Moneda y Apartado, Vol. 271, exp. s/n, fs. 290-291v). En el Museo Franz Mayer de la ciudad de México se encuentra un cáliz suyo de plata sobredorada, de hacia 1825. Es factura suya también otro cáliz, actualmente en el Museo de Nuevo México, fechado alrededor de 1810. Clara Bargellini (La catedral de Saltillo y sus imágenes) le atribuye un cáliz neoclásico que existe en la catedral de Saltillo, debido a su parecido con el de Nuevo México. En España se le atribuyen también un ostensorio regalado por Domingo José Perillo a la iglesia de Moneo, Burgos, de hacia 1815, y un candelero en una colección privada de Zaragoza de hacia 1810. Por completo y por lo documentado de su origen e historia destaca el ajuar de la parroquia de San Esteban de Oyarzún, Guipúzcoa, obsequiado a ella por el indiano don Juan Bautista de Fagoaga en 1783, en el que existen un copón, una custodia y un cáliz con la marca de este platero.




De arriba a abajo: custodia, copón, cáliz y acetre elaborados por Alejandro Antonio de Cañas (ca. 1786). Forman parte del ajuar de Oyarzún, Guipúzcoa, España.

Alejandro Antonio de Cañas tuvo un hijo también platero, Gumersindo, nacido ya en la ciudad de México y activo desde 1811, de quien se conocen asimismo obras importantes, como el aguamanil de la Colegiata de San Miguel de Alfaro, en España, un cáliz procedente de Treguajantes, actualmente en el Museo Catedralicio de Calahorra, también en la Península Ibérica. Un plato de su autoría, en plata, de 30.5 cm. de diámetro y casi un kilogramo de peso, fue subastado en Londres por la casa Christie's en 1997 por $3,826 dólares. Un lote de dos piezas que incluía un cáliz de plata atribuido a él o Alejandro Antonio fue subastado asimismo en Sotheby's por 4,250 euros. Un platero más, Mateo Mariano de Cañas, del que se conocen obras a partir de 1818, pudo ser también hijo o quizás nieto de Alejandro Antonio. De Gumersindo o de Mateo Mariano debe ser la preciosa custodia mayor de la catedral de Saltillo, que lleva la marca de su apellido.

Cáliz de Treguajantes, de Gumersindo de Cañas, Museo Catedralicio de Calahorra, La Rioja, España.

Aguamanil de la Colegiata de San Miguel de Alfaro, elaborado por Gumersino de Cañas, La Rioja, España.

¿Habrá llegado a existir alguna obra dell aculquense Alejandro Antonio u otro miembro dela dinastía Cañas en Aculco? Resulta imposible saberlo ya que prácticamente ha desaparecido toda la orfebrería colonial que alguna vez tuvo la parroquia, y aunque en los viejos inventarios aparecen mencionados cálices, custodias y copones, no existe en ellos mención de las marcas que pudieran haber tenido. También va en contra de esa posibilidad lo tardío de las obras de esta familia de artistas, pues su época de actividad coincide casi con precisión con los tiempos más difíciles para la economía del pueblo a partir del estallido de la Guerra de Independencia en 1810. Pero que la obra de los Cañas haya sido realizada enteramente fuera del pueblo y que no existan ejemplos que admirar en su lugar de origen no es obstáculo para reconocer a Alejandro Antonio como el valioso artista que fue y nombrarlo entre los verdaderos personajes notables del Aculco virreinal.

Caliz realizado por Gumersindo o Alejandro Antonio de Cañas, subastado por Sotheby's.

Custodia mayor de la catedral de Saltillo, Coahuila, atribuida a Gumersindo o Mateo Mariano de Cañas.

ACTUALIZACIÓN: 7 de julio de 2015.

Según el censo de 1811, Alejandro de Cañas, de 56 años de edad, tenía su casa y taller en la calle de más renombre para su oficio en la ciudad de México, el número 7 de la primera calle de Plateros (hoy Francisco I. Madero). Vivía ahí con su esposa María Josefa Andrea Villegas, de 54 años, y sus hijos Gumersindo, de 28, y Mateo, de 11. Este último debe ser sin duda el Mateo Mariano del que hablábamos arriba, dedicado a la platería como su padre y su hermano.

Fuente: Lawrence Anderson, The Art of Silversmith in Mexico, 1519-1936, Oxford University Press, New York, 1941, volumen 1, p. 249.

martes, 9 de noviembre de 2010

Burros

Un burro de antaño, década de 1930, en la Plaza de la Constitución de Aculco.

No, no me refiero a la manada de políticos que durante ya muchos años han gobernado a Aculco y que son culpables de la destrucción continuada del patrimonio arquitectónico e histórico del lugar (como ha quedado puntualmente registrado en este blog), con lo que han hecho gala de una preparación intelectual que bien les haría merecer esa denominación. No: hablo de los mucho más humildes (pero también más útiles) equinos que desde el alba de la humanidad le han acompañado con gesto resignado para realizar tareas tan duras como poco reconocidas. Una especie antaño abundante y ahora casi extinta en muchos puntos de la geografía mexicana, como ocurre precisamente en este pueblo.

Burros en la Plazuela Hidalgo, en la década de 1960.

El burro era siempre compañero de los más pobres. En las grandes haciendas, como la de Arroyozarco, su presencia estaba más ligada a la producción de mulas -importantísimas para la economía local por su relación con el Camino Real de Tierra Adentro- que para su uso directo. Pero para el indio y el mestizo pobre de los pueblos de la jurisdicción de Aculco era el único vehículo posible, el único medio de transporte que podía disfrutar. En él cargaba los sacos de carbón que bajaba del monte para repartir de casa en casa, o los botes (antiguamente jarros) de leche, o la pastura acarreada desde algún alfalfar, quizás la compra de la semana, o en él montaba la esposa, o los niños, acaso a él mismo si el burrillo, casi nunca demasiado grande en estas tierras, soportaba su peso, también normalmente reducido por la mala alimentación...

Burros repartiendo carbón en la casa de Juárez no. 2, hacia 1964.

Desde las décadas de 1930 y 1940 el burro comenzó a perder terreno ante la bicicleta -más rapida, cómoda, fácil de cuidar, aunque no podía transitar por cualquier terreno ni usarse para llevar una carga mediana-. Por aquel entonces se cerró el último mesón que daba servicio en Aculco, situado en la casa de la Plaza de la Constitución número 14, que sirvió en sus últimos años como tal en dar albergue a los numerosos burros y alguna otra cabalgadura de quienes acudían al pueblo al tianguis de los domingos. Luego, el automóvil, el transporte público y la general elevación del nivel de vida en las décadas siguientes redujeron aún más el número de estos animales hasta volverlos poco frecuentes.

Burros en la bajadilla del atrio hacia la Plazuela Hidalgo, en la década de 1960.

Aún así, cuando yo era niño, hace no más de treinta años, era posible verlos todavía normalmente, atados a los postes en ciertos lugares precisos como la entrada al atrio de la parroquia por la Plaza Juárez, frente a la tienda de don José María Sánchez, por el Portal de la Primavera o en la tienda El Triunfo, en la calle Comonfort y en la calle Morelos. Me llamaba la atención de aquellas bestias su eterna mirada triste, su paciencia bíblica al esperar por horas al dueño, la variedad de sus pintas, los fustes de madera con los que se les ensillaba... y su casi inmutable silencio roto sólo alguna rara vez por la fuerza por su desagradable rebuzno (que ahora me parece simpático por pura añoranza). Cuando se trataba de una burra acompañada de su potrillo, pensaba siempre que aquella cría de actitud alegre y aspecto enternecedor no tardaría en convertirse también, a fuerza de palos, mal comer y trabajo pesado, en un asno tan triste y cabizbajo como cualquier otro.

Un burro de nuestros días fotografiado por José Luis Cárdenas. Fotografía tomada de Flickr.

Hoy, aún cuando ver jinetes a caballo por las calles congestionadas de automóviles de Aculco es algo todavía cotidiano, mirar a alguno de ellos montado en un burro o al cuadrúpedo atado a un poste es casi excepcional. Sin duda, en algunos pocos años habrán desaparecido por completo como elemento de su paisaje urbano. Por ello, si paseando por el pueblo llegas a ver por casualidad a uno de estos animales poco airosos y de tan lamentable fama, no dudes en tomarle una fotografía. Quizá sea la última.



Resignado, humilde, triste. Como si supiera que es uno de los últimos burros que serán amarrados a ese poste. Fotografías de M.A.P.

domingo, 7 de noviembre de 2010

El bicentenario de la Batalla de Aculco

Hoy, 7 de noviembre de 2010, se cumplen 200 años de aquel encuentro entre los insurgentes del cura Miguel Hidalgo y Costilla y el ejército realista del general Félix María Calleja del Rey. Ya hemos hablado extensamente en este blog acerca del enfrentamiento, enfocándonos sobre todo en tres temas estrechamente relacionados con él: la casa en la que pernoctó Hidalgo dos noches en vísperas del acontecimiento, el campo de batalla y, finalmente, la leyenda del Palo Bendito. En el sitio Cabezas de Águila publicamos incluso una narración personal de todo el trayecto del cura de Dolores por tierras aculquenses.

Ahora, presentamos a nuestros lectores un documento fundamental, la "Relación circunstanciada de la batalla de S. Gerónimo Aculco", documento distinto y complementario a los dos partes de guerra -el provisional y el definitivo- que Calleja rindió al virrey Venegas y que son las más conocidas fuentes para comprender el desarrollo de los hechos del 7 de noviembre. Esta relación, fechada el 15 de noviembre y dirigida también al virrey, fue enviada por ésta a la Península Ibérica para su publicación en la Gazeta de la Regencia de España e Indias, donde apareció en dos partes, los días 28 de febrero y 5 de marzo de 1811. A continuación incluimos las páginas digitalizadas de esa publicación, obtenidas a través de consulta a la colección histórica en el sitio de Internetd el Boletín Oficial del Estado Español.







martes, 2 de noviembre de 2010

El Panteón Nuevo (1876)

La fea entrada actual al panteón, reciente y ya deteriorada. La anterior no era notable, pero tenía al menos la ventaja de la sencillez.

No me entusiasman las celebraciones del Día de Muertos. Tampoco, por supuesto, del Halloween. No comparto esas ideas tan extendidas como aceptadas de que los mexicanos nos reímos de la muerte, que la vemos de manera distinta al resto de la humanidad y que sentimos que los muertos viven entre nosotros. Para quienes hemos sentido el verdadero dolor de una muerte cercana y no le hacemos coba a las figuraciones pseudoantropológicas y pseudonacionalistas, todo eso resulta francamente ridículo.

Tumba de mi tía Trinidad Lara. Cuentan que la tarde de su muerte los perros aullaban extrañamente.

No quiere esto decir que rechace o tema a la muerte, por lo menos no a la mía. Estoy convencido de que uno debe levantarse cada mañana dispuesto a entregar la vida, sin siquiera pedir al Cielo la oportunidad de un día más. Afirmando que la posibilidad de morir no se constituya en obstáculo para conseguir lo que uno quiere. Acaso, sólo deseando que la propia muerte no sea tan dolorosa, para que nuestra debilidad no le quite ni un gramo de dignidad. Pero tampoco se trata de llevarla como sombra, oscureciendo la vida; tan sólo, recordar de vez en vez que habremos inevitablemente de encontrarla.

Lápida de tía Genarita. Cayó muerta cuando colgaba una jaula en el corredor de su casa.

Más de una vez me han discutido mi negativa a participar de "nuestras tradiciones del día de muertos". Y de nada ha servido explicar que la mayor parte de esas supuestas tradiciones no son más que reelaboraciones y tergiversaciones de la auténtica costumbre de honrar a los difuntos (comunes, por lo demás, a todo el orbe cristiano) que se remontan apenas a la época cardenista, cuando el omnipotente estado revolucionario y su séquito de intelectuales y antropólogos se dieron a la tarea de crearle todo un folclor ajeno a su origen.

Monumento funerario de mi bisabuelo Juan, muerto en el desacarrilamiento del ferrocarril Cazadero-Solís el 5 de septiembre de 1927.

Así, se creó el "altar de muertos", se le puso el perrito que los guía al Mictlán, se integró al cempasúchil, se habló de los "muertos chiquitos", se imaginó un antecedente prehispánico y, en fin, perdonando el oxímoron, se inventó una tradición. Y por ello da tanta risa que no falte el mexicanito que se rasgue las vestiduras porque año con año estas costumbres medio inventadas estén perdiendo terreno frente al Halloween. Respecto a la verdadera historia de las tradiciones del Día de Muertos, recomiendo esta entrevista con la historiadora Elsa Malvido aquí una interesante entrevista con la historiadora Elsa Malvido y este artículo más detallado de la misma autora.

Toda esta larga introducción acerca del 2 de noviembre nos sirve en realidad de excusa para escribir un poco sobre el Panteón Nuevo de Aculco -aunque aquello de "nuevo" sea difícil de sostener 134 años después de que se construyera en 1876, el mismo año que Porfirio Díaz alcanzó la presidencia de la República-. Pero así preferimos nombrarlo ya que existió un cementerio anterior en el atrio de la parroquia, que sobrevivió con sus lápidas y sepulcros hasta la década de 1950.

Pedestales de pilastras, vestigios de la capilla inconclusa de los Basurto.

El sitio elegido para la edificación del Panteón Nuevo estuvo ocupado en tiempos coloniales por la Capilla del Calvario (cuya existencia documentó el cronista fray Agustín de Vetancurt por lo menos desde 1697), lo que daba pie a que la actual Avenida Manuel del Mazo, que conecta el centro de Aculco con el cementerio, se llamara precisamente "Calle del Calvario". Aquella capilla colonial fue derruida posiblemente a fines del siglo XIX, cuando el señor Rafael Basurto y su hijo Ignacio comenzaron a construir otra mayor a devoción suya. Con la muerte de Ignacio Basurto la obra quedó inconclusa, y aunque dejó algunos bienes para continuarla, parece ser que sus hijos no quisieron o no pudieron cumplir con su "superior y última voluntad" (Trinidad Basuirto. El Arzobispado de México, Biblioteca Enciclopédica del Estado de México, Toluca, 1997, pág. 21). Parece haber motivado a Rafael Basurto para iniciar esta capilla el descubrimiento que hizo de una mina de plata "en el cerro de las Cruces, pueblo de Aculco del distrito de Jilotepec", en mayo de 1873. Sin embargo, esta mina parece haber dejado más leyendas que utilidades (Anne Staples, Bonanzas y borrascas mineras, El Colegio Méxiquense, Zinacantepec, 1994, pág. 143).

Base desmochada de una torre, posible vestigio de la antigua Capilla del Calvario. Al fondo asoma una almena del área de sepulcros de la familia Arciniega.

De la capilla de los Basurto se conservan los muros del lado de la epístola, levantados hasta media altura, suficientes para percatarse que su planta era de cruz latina, poco alargada y con cabecera rectangular. En la parte interna se conservan los pedestales, las bases y fragmentos de los fustes de las pilastras en cuyos labrados se observa una relativa riqueza. Al frente de la construcción se puede ver lo que seguramente fue una torre, pero que no parece estar inconclusa como el resto, sino más bien desmochada. Quizá es el único resto que subsiste de la antigua capilla colonial. En la década de 1970 se construyó, en medio de las ruinas pero al parecer sin afectarlas en nada, una moderna capilla simple y sin ambiciones que por lo menos se integra fácilmente al conjunto urbano al estar construida en la tradicional piedra blanca de Aculco.

La moderna capilla del panteón, construida en la década de 1970.

Pero nos hemos centrado en la capilla y hemos hecho a un lado lo que es propiamente el cementerio. Decíamos que fue establecido en 1876, en una época particularmente difícil para la economía aculquense. La creación de este cementerio "extramuros" fue bastante tardía (incluso el cementerio de Arroyozarco es anterior), pues las ordenanzas para regular los sitios de entierro fuera de los templos y su entorno inmediato provenían desde finales del siglo XVIII, aunque fueron las Leyes de Reforma que establecían su secularización las que impulsaron definitivamente su creación no sólo en Aculco, sino en todos los rincones del país. Pero incluso con su construcción, el antiguo cementerio del atrio parroquial continuó en uso, sobre todo para quienes disfrutaban allá de espacio en los túmulos o monumentos familiares. Por tradición familiar sé que esto pudo suceder todavía hacia el año de 1900.

Aunque por lo relativamente tardío el Panteón Nuevo no llegó a alcanzar la monumentalidad de otros cementerios, no quiere decir esto que carezca por completo de interés. Por el contrario, subsisten varios sepulcros que ameritan una visita al lugar. Los más destacados sin duda por su aire antiguo son el par de monumentos de la familia Sánchez, ambos de estilo toscano, el mayor con dos molduras de este orden y el menor con un friso que incluye triglifos y metopas. Ambos se cubren con sendos chapiteles masivos de mampostería, rematados en cruces sobre esferas.

Tumbas de la familia Sánchez.

Tumba de la familia Sánchez. Obsérvense los triglifos y metopas del friso.


Llama también el alineamiento a lo largo de la calle central de los sepulcros de la familia Lara, todos dispuestos de manera parecida pero con detalles distintos. Básicamente están formados por un cuerpo horizontal de cantería sobre el que va colocada la lápida y un pilar en la cabecera rematado en cruz.

Sepulcros de la familia Lara. Al fondo, una nueva y deplorable capilla familiar que contrasta desfavorablemente con la austeridad de las antiguas tumbas.

Menos notorio pero sumamente interesante es el área destinada al entierro de la familia Arciniega. El espacio queda limitado al fondo por el muro de la capilla inconclusa, desde el que se proyecta hacia el frente un par de muros perpendiculares rematados con una almena a cada lado. Al frente, el terreno se cierra con una baja reja de hierro. Por dentro, un par de sepulturas más convencionales complementan el conjunto.

Sepulturas de la familia Arciniega.

Ya sin formar agrupamientos, existen otros sepulcros notables por su historia, por sus detalles o por los personajes que fueron enterrados ahí. Está, por ejemplo, la ssepultura del padre José Canal, cuyos restos por cierto ya no están ahí, sino colocados en un nicho oculto en la parroquia. También está el sepulcro estilo art-déco de Magdaleno Mondragón, fallecido en 1928. O aquella lápida de aspecto muy primitivo, que lleva labradas de manera invertida el alfa y la omega a los lados de una cruz... En fin, el Panteón Nuevo de Aculco, además de guadar los restos de nuestros antepasados, familiares y amigos, es también un sitio que resguarda una riqueza histórica y artística nada despreciable que es conveniente conocer.

La lápida con la alfa y la omega invertidas.

Tumba estilo art-déco de don Magdaleno Mondragón

Sepulcro (vacío) del padre José Canal.

GRACIAS por las fotografías a Víctor Manuel Lara Bayón.