domingo, 23 de marzo de 2014

La llegada del protestantismo a Aculco en el siglo XIX

Desde la Conquista, uno de los mayores empeños de la Corona española fue mantener a sus dominios de América libres de la influencia del protestantismo que se había extendido por Europa bajo diversos credos: anglicanismo, luteranismo, calvinismo, anabaptismo, etcétera. Con ello, no sólo cumplían lo que veían como un designio providencial al dar al catolicismo más fieles de los perdidos por la herejía en el Viejo Continente, sino también apartar a sus reinos de las guerras de religión que ensangrentaron y dividieron a Europa a lo largo de los siglos XVI y XVII.

Sin embargo, algunos cristianos no católicos llegaron a Nueva España durante los tres siglos del Virreinato. La mayor parte de ellos fueron piratas y corsarios de nacionalidad inglesa, francesa y holandesa tomados prisioneros en acciones de guerra o después de naufragar. También parece que unos cuantos llegaron ocultando sus verdaderas creencias y pudieron vivir pacíficamente hasta que una denuncia o algunas expresiones soltadas sin precaución los entregaban en manos de la Inquisición (por ello quedó constancia de su presencia). Hubo también algunos que llegaron con autorización de las propias autoridades españolas, como el extraño caso de unos constructores de barcos procedentes de Nueva York a los que se pretendía emplear en el puerto de San Blas, Nayarit, a fines del siglo XVIII.

Con todo, la Corona española logró su propósito y al iniciar la etapa del México Independiente en 1821 sólo una minoría -aunque influyente- cuestionaba seriamente el papel de la Iglesia Católica en el país y comenzaba a pugnar por la libertad de culto. Conforme avanzó el siglo XIX estas voces se fueron haciendo más fuertes; a veces abogaban por sí mismos aunque pocos lo declaraban con franqueza, pues el libre examen de las Sagradas Escrituras -elemento básico en casi todas las vertientes del protestantismo- y la eliminación del control de la Iglesia en todos los ámbitos de la vida social, concordaba con el liberalismo político-económico que profesaban. En otros casos, aunque practicaban el catolicismo con verdadera convicción, los defensores la libertad de culto veían en ella un factor de desarrollo económico pues pensaban que al decretarse atraería, como lo estaba haciendo Estados Unidos, a inmigrantes de toda Europa que contribuirían a la prosperidad de México.

Sin duda, la independencia de Texas acalló por un tiempo esas voces, pues resultaba evidente que la entrada de inmigrantes no católicos había propiciado, junto con otros muchos factores por supuesto, la pérdida territorial.

Los conservadores, por su parte, se mostraban siempre adversos a la libertad de culto. Pensaban que, siendo la población mexicana íntegramente católica (por lo menos de nombre), no había necesidad de permitir en las leyes otro tipo de cultos religiosos, ya que además en la práctica a nadie que tuviera otra religión se le perseguía; además, si se quería atraer inmigrantes, se debería buscar que procedieran de países católicos para así facilitar su integración. Pero había también motivos de orden práctico que expresó muy bien don Lucas Alamán: "es lo primero conservar la religión católica, porque creemos en ella y porque aun cuando no la tuviéramos por divina, la consideramos como el único lazo común que liga a todos los mexicanos, cuando todos los demás han sido rotos" (1). En un México profundamente dividido y desigual, anárquico, en el que todavía eran minoría quienes hablaban español, con estados que expresaban intenciones separatistas, extenso e incomunicado, la posición de Alamán no podía considerarse disparatada.

Finalmente, la Constitución liberal de 1857 permitió la libertad de culto de manera tácita, simplemente al eliminar de su texto cualquier referencia al tema, pues las constituciones anteriores tuvieron siempre un artículo que señalaba que la única religión de México sería la católica. La liberta de culto explícita la promulgaría el presidente Juárez tres años después, durante la Guerra de Tres Años, como parte de las Leyes de Reforma. A partir de aquel momento, pero en especial después del triunfo de la República frente al Imperio de Maximiliano en 1867, la llegada de misioneros protestantes y las conversiones que lograron, la apostasía de algunos clérigos católicos y el arribo de numerosos empresarios y comerciantes extranjeros permitieron arraigar a diversas denominaciones cristianas evangélicas en nuestro territorio. En su afán por atacar a la Iglesia Católica, además, los liberales jacobinos en el poder dieron toda clase de facilidades a la predicación protestante, que naturalmente llegó en primera instancia desde Estados Unidos. Más tarde algunos de estos liberales como Ignacio Ramírez "el Nigromante" (quien, por cierto, era ateo) se arrepintieron de ello y alentaron la creación de una iglesia protestante nacional como fue la Iglesia de Jesús, fundada por el padre Manuel Aguas y otros clérigos católicos que habían renunciado a su fe.

El protestantismo llegó a tierras aculquenses en la primera mitad de la década de 1870. El sitio de entrada de estas nuevas creencias a Aculco fue precisamente el punto desde el que le llegaba tradicionalmente toda novedad: la hacienda de Arroyozarco y otros puntos situados sobre el Camino Real de Tierra Adentro. Todo comenzó en 1874, cuando un ministro protestante que predicaba en Nopala extendió sus trabajos a Tenazat y Encinillas, en la jurisdicción parroquial de Aculco (hoy en día pertenecientes a Polotitlán). Probablemente la predicación de este religioso tuvo entonces éxito con algunas decenas de conversiones, pero una sola valdría por muchas: la del administrador de la hacienda de Arroyozarco, don Macario Pérez Sr., el mismo que sería años después suegro de don Francisco I. Madero (2).

La situación alarmó naturalmente al clero católico, pues veía en riesgo a "multitud de gente que habitaba en la hacienda, 'ya como operarios del campo, arrendatarios o peones; ya como venteros, artesanos o empleados de diversas clases; como se puede inferir de la grande extensión e importancia de la finca'". Sin embargo, don Macario era sólo el administrador, y don Manuel Rozas Irazábal, el propietario de Arroyozarco, seguía siendo católico. Por ello se mantuvieron sin cambios los servicios prestados por el párroco de Aculco en la capilla de la hacienda (3).

Pasaron algunos años. Don Manuel Rozas falleció en 1877 y la hacienda de Arroyozarco quedó en manos de su sobrina, María Dolores Rozas. Ella nombró a Macario, quien era al parecer su medio hermano, para que continuara como administrador de la finca. Mas la juventud de la dueña legítima -tenía apenas 17 años- le permitió al administrador usar y abusar del cargo como le vino en gana (4). Fue entonces que tomó todas las medidas posibles para expandir el culto protestante en sus dominios y disminuir el católico. Así, hizo un llamado a los misioneros de la Iglesia Metodista-Episcopal (que habían llegado al país en 1873 y adquirido el antiguo claustro mayor del convento de San Francisco, en la ciudad de México, para fundar su templo de la Santísima Trinidad) para que acudieran a establecerse al lugar. El reverendo John William Butler, irlandés y fundador de las misiones metodistas de México y de la India, escribió:

One of the most important works in our mission to-day is Arroyozarco. Long before any Christian missionary found out this beautiful spot up in the mountains, Christian tracts and a copy of the Bible had providentially found their way thither. Last spring, as a result of the work of these silent messengers, there came to us a true Macedonian cry. We hastened "over to help", and found on our first visit nearly sixty souls waiting to be taught more perfectly the new way (5).

(Una de las obras más importantes de nuestra misión hoy en día es Arroyozarco. Mucho antes de que cualquier misionero cristiano descubriera este hermoso lugar en las montañas, folletos cristianos y una copia de la Biblia habían encontrado providencialmente su camino hacia allá. La primavera pasada, como resultado de la labor de estos mensajeros silenciosos, vino a nosotros un verdadero grito de Macedonia. Nos apresuramos "a ayudar", y encontramos en nuestra primera visita casi sesenta almas esperando a aprender con mayor perfección el nuevo camino.)

Con aquello del "grito de Macedonia", que se refiere a la visión que tuvo San Pablo en Troas (Hechos de los Apóstoles 16:09), cuando en sueños se le apareció un hombre le rogaba ir a Macedonia a ayudarlos, Butler naturalmente hablaba del llamado de don Macario Pérez. Al llegar a la hacienda, los metodistas miraron con horror iconoclasta las bellísimas imágenes de santos que llenaban la capilla de la hacienda y las más humildes de los altares domésticos de las viviendas de los trabajadores. En un artículo titulado "Mexico-Light in the darkness" ("México-luz en la oscuridad"), publicado originalmente en el Zion's Herald, el propio Butler escribió:

About ninety miles north of the city of Mexico, "beautiful for situation", lies the immese state of Arroyozarco on which over a thousand persons are employed. Until recently these people lived in "the land of darkness and the shadow of death". The Word of God was to them an unknown book; the gospel's shining rays had not penetrated into those sombre regions. Near every cluster of mud huts there was a little chapel with its altar; but such an altar! These altars, instead being places where shone forth the "brightness of his glory", where literally covered with idols, pictures of saints, and such a variety of human inventions as, like the locusts of Egypt, "covered the face of the whole earth, so that the land was darkness".

During our firsts visits to this place we learned of a beautiful incident which suggested the title of this article. One day a poor labourer fell ill, and soon came down to death's door. Realizing his critical condition he asked a fellow-labourer to go and bring the priest, so that he might confess, receive the last sacrament, and be ready to die. This fellow-labourer said to him, "A neighbour of mine has a book in his house which I want to bring you first". So oft he ran to bring the book. He himself knew very little about it, but as he returned and sat by the dyin man's side, he opened the book, as he supposed accidentally, in the Acts of the Apostles, and instantly his eye fell upon the following verse, which he read aloud: "What must I do to be saved?" He read on: "Believe on the Lord Jesus Christ, and thou shalt be saved". He proceeded to turn the leaves of that wonderful book, and read to his dying friend such verses as he thought appropriate to his circumstances. Soon the pallid countenance began to gleam, and the tears fell profusely. Then he asked his dying friend, "Shall I go now for the priest?" "Oh, no", was the reply, "I am satisfied"; and in a few moments he died happy in Jesus. "A brand plucked from the burning", without priest or sacrament -another testimony of the inestimable value of the word. On this word is founded our little congregation of Arroyozarco (6).

(A unos noventa kilómetros al norte de la ciudad de México, "hermosa por su ubicación", se encuentra la inmensa finca de Arroyozarco, en la que se emplean más de mil personas. Hasta hace poco, estas personas vivían en "la tierra de tinieblas y en sombra de muerte". La Palabra de Dios era para ellos un libro desconocido, los brillantes rayos del Evangelio no habían penetrado en aquellas regiones sombrías. Cerca de cada grupo de chozas de barro había una pequeña capilla con su altar, ¡pero qué altar! Estos altares, en lugar de ser lugares en los que brillara el "resplandor de su gloria", estaban literalmente cubiertos de ídolos, imágenes de santos, y una variedad de invenciones humanas que, al igual que las langostas de Egipto, "cubrieron la faz de toda la tierra y la tierra se oscureció".

Durante nuestras primeras visitas a este lugar nos enteramos de un hermoso incidente que sugiere el título de este artículo. Cierto día, un pobre trabajador cayó enfermo y pronto estuvo a las puertas de la muerte. Al darse cuenta de lo crítico de su estado, le pidió a un compañero traer al sacerdote, para que pudiera confesarse, recibir los últimos sacramentos y disponerse a morir. El compañero le dijo: "un vecino mío tiene un libro en su casa que quiero traer antes". Así que corrió a traer el libro. Él mismo sabía muy poco de aquél, pero cuando regresó y se sentó al lado del hombre que moría abrió el libro, suponiendo que por accidente, en los Hechos de los Apóstoles, y al instante sus ojos se posaron en el siguiente versículo, que leyó en voz alta: "¿Qué debo hacer para ser salvo?" Siguió leyendo: "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo". Él procedió a pasar las hojas de ese maravilloso libro, y leyó a su amigo moribundo versículos que creyó adecuados a sus circunstancias. Pronto su semblante pálido comenzó a brillar y las lágrimas cayeron profusamente. Entonces le preguntó a su amigo moribundo, " ¿Voy ahora por el sacerdote? " "Oh, no", fue la respuesta, "estoy satisfecho", y al poco murió feliz en Jesús. "Un tizón arrebatado del incendio", sin sacerdote o sacramento -otro testimonio del inestimable valor de la palabra. En esta palabra se funda nuestra pequeña congregación de Arroyozarco.)

La congregación metodista de Arroyozarco era atendida por el predicador Paulino Martínez, antiguo seminarista que llegó a recibir el subdiaconado en la diócesis de Guadalajara y había apostatado del catolicismo. Según escribió el párroco de Aculco, José Ma. Flores, en 1885, Martínez había seducido y casado civilmente con una "desgraciada de Arroyozarco" (7). Macario Pérez le dio todas las facilidades para instalarse, le proporcionó un local y los muebles necesarios para sus reuniones (8). El propio superintendente de las misiones metodistas en México, el reverendo Charles W. Dress, llegó a predicar dos veces en Arroyozarco a principios de marzo de 1884, y asistió a la apertura de la escuela metodista local "bajo auspicios muy favorables" (9). A esta escuela acudía, ese mismo año, un total de 25 alumnos: 12 niños y 13 niñas (10). En su número de abril de 1884, el periódico El Abogado Cristiano Ilustrado, editado por la Iglesia Metodista Episcopal, reportaba:

ESCUELA HIDALGO

Con este nombre tan respetado y querido de todo mexicano ha abierto nuestra Iglesia una nueva escuela en Arroyozarco, de la cual es director el Sr. Paulino Martínez. Esperamos con fundamento ópimos frutos de este plantel, que será mirado con la misma solicitud y empeño que lo ha sido la congregación que tenemos allí mismo establecida, por nuestro apreciado amigo el Sr. Macario Pérez, quien se muestra tan entusiasta por cuanto dice relación, directa o indirecta, por la instrucción y moralidad de las clases trabajadoras, cuyo progreso y bienestar tanto le preocupa e interesa (10b).

En su combate al catolicismo, don Macario Pérez comenzó por anunciar al vicario de Aculco que la hacienda no pagaría ya los diez pesos que daba para las misas, "porque la casa estaba pobre", lo que motivó que los empleados católicos reclamaran al administrador su decisión. Le reprochaban, por ejemplo, que no tuviera recursos para pagar al sacerdote, "pero sí tiene para pagar al ministro protestante que viene cada ocho días desde esa capital, se le costea el viaje en el ferrocarril, se le trae en carruaje desde la estación de Dañú y se le lleva para que regrese a la capital. Se costean ministros protestantes para las escuelas, y se obliga a los padres de familia a enviar a sus hijos a ellas, so pena de privacía de quehacer..." (11).

Por aquellos días Arroyozarco estaba pasando por una terrible sequía que afectó de manera señalada a la comunidad protestante. A fines de año, el periódico El Abogado Cristiano Ilustrado informaba que la falta de agua había producido "grandes trastornos en la fábrica y hacienda de Arroyozarco, y asimismo ha perjudicado a la congregación y escuela allí establecidas. Muchos de los trabajadores han tenido que salir a otras partes y el resultado ha sido la disminución de la congregación y de la escuela" (12). En efecto, dos tercios de los operarios de la fábrica de casimires El Progreso de Arroyozarco, movida todavía entonces por energía hidráulica, eran miembros de esa iglesia y, aunque el reporte parece exagerado, se decía que "cientos de familias" se habían visto obligadas a emigrar en busca de trabajo (13).

Quizá esa disminución en en el empuje del protestantismo en Arroyozarco fue lo que hizo que el arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, al tomar cartas en el asunto de la supresión de las misas católicas en la hacienda, lo hiciera de manera conciliadora con Macario Pérez. Así, con la anuencia del administrador y el interés en ello de doña Dolores Rozas, propietaria de finca, el arzobispo destinó a Arroyozarco el 27 de marzo de 1885 al padre Rosendo Pérez para restablecer el culto católico, con la recomendación de que obrara "en armonía y buena inteligencia" con don Macario. El resto de las instrucciones que recibió el padre Pérez estaba dirigido a evitar el enfrentamiento de la población católica y del propio sacerdote con los protestantes: eludir todo encuentro con los ministros metodistas, nada decir a los que siguieran sus prácticas (excepto cuando espontáneamente lo consultaran), informarse al bautizar un niño o un adulto si no lo había sido ya bajo el rito evangélico y qué ceremonias se habrían usado, absolver a los protestantes que acudieran a la confesión incluso del pecado de herejía mixta, predicar en la capilla y sacar procesiones con la anuencia del administrador, así como casar en caso de muerte de no existir impedimento canónico (14).

De esta manera, el padre Rosendo Pérez, casi sin tiempo para prepararlas, pudo realizar las funciones de Semana Santa de aquel año sin oposición, como comunicó oportunamente don Macario al arzobispo el 5 de abril, Domingo de Resurrección. Satisfecho de la buena relación que parecía existir entre el sacerdote católico y el administrador protestante, el arzobispo decidió nombrarlo vicario y crear una jurisdicción separada que incluía no sólo parte del territorio parroquial de Aculco, sino también las tierras de la hacienda que caían dentro de los límites de las parroquias de Acambay y Jilotepec. Aún más: el prelado decidió que también le correspondería atender a los pocos católicos de la ranchería de Encinillas (donde la población protestante era mayoritaria) y la vicaría de San Francisco Soyaniquilpan, que estaban fuera de la propiedad (15).

Uno de tantos conflictos que tuvo que atender el padre Rosendo Pérez en Arroyozarco fue el que se refería al entierro de los protestantes que fallecían. En el período anterior a su llegada, habían sido sepultados en el mismo cementerio de la hacienda utilizado por la población católica. El padre Pérez sugirió y obtuvo la autorización de poner una valla que dividiera en dos el camposanto, a mediados de 1885 (16).

Pero si don Macario Pérez se había mostrado aquiescente, de buen o mal grado, a todas las sugerencias del padre Rosendo (pese a que el párroco de Aculco opinaba que el administrador era un hombre sin moralidad que sacrificaba todo en aras de sus pasiones), el predicador Paulino Martínez, "el más tenaz en el protestantismo, el maestro de escuela puesto por el administrador, que ejecuta fielmente las órdenes de Lutero en aquel lugar" no pudo soportar aquella situación de convivencia entre católicos y protestantes, así como de indiferencia hacia su persona, y pasó a la ofensiva.

Martínez estaba decidido a conseguir la salida del padre Pérez, pues como escribió al encargado de difundir el protestantismo en Jilotepec, "el fraile que está aquí perjudica mucho nuestra causa con el púlpito y el confesionario". Así, primero convenció al administrador de expulsar a las familias de los empleados que enviaban a sus hijos a la escuela católica que él mismo le había permitido establecer al padre Pérez, y los recontrató sólo bajo la condición expresa de enviar a sus hijos a la escuela municipal. Después, en el mes de julio, consiguió la destitución del director de dicha escuela municipal, un antiguo aspirante al ministerio metodista que había regresado al redil católico por influencia del padre Pérez, para ser nombrado él mismo como nuevo director por el Jefe Político de Jilotepec pues, según el Annual report of the Missionary Society of the Methodist de 1885, aquél había "sobrepasado sus límites, y enseñado la superioridad de la Iglesia de Roma y su autoridad sobre el Estado". Aquel cambio de director, visto como "providencial" desde el punto de vista de los protestantes, tuvo un curioso suceso cuando los inspectores de educación -por lo visto menos liberales que el Jefe Político- se presentaron días después a hacer su visita anual a esa escuela. Así lo narra la misma publicación evangélica:

Decidieron llamar a nuestro hombre [el predicador metodista] "al orden" por la enseñanza de la Constitución de su país en lugar del "Catecismo de Ripalda". Al principio, de hecho, se negaron a examinar a la clase, e incluso amenazaron con suspenderlo de su puesto. Afortunadamente, nuestro maestro estaba lo suficientemente familiarizado con el libro como para saber cómo responder a los examinadores fanáticos. Así que repuso calmadamente que si se negaban a continuar con los exámenes, lo notificaría al comandante militar de la plaza. Con lo cual el examen siguió, y el pequeño volumen que tanto detestaban sirvió como libro de texto para, al menos, una clase. Así se ganó otra victoria sobre el fanatismo ignorante, y se dio un paso hacia el día en que la importancia de "la libertad de culto y de expresión", garantizada por la Constitución, sea un hecho para los millones de esta tierra largamente controlada por los sacerdotes.

Poco tiempo después Martínez continuó su ofensiva: cuando el padre Rosendo Pérez sacó una procesión fuera de los límites del templo con el permiso de don Macario Pérez, el reverendo Martínez lo denunció a las autoridades por violar las Leyes de Reforma, por lo que el sacerdote católico fue aprehendido y llevado por siete soldados a Jilotepec (17).

No contento con todo ello, el reverendo se quejó en una carta abierta dirigida al padre Rosendo, que publicó íntegra el diario El Monitor Republicano el 15 de julio de 1885, de los adjetivos que supuestamente había vertido contra su persona desde el púlpito, llegando en su protesta al extremo de llamar sociedad vampírica al catolicismo (18). Aunque larga en extensión, las quejas podían resumirse en tres: haberle llamado nocivo para sociedad, hablar en contra de las autoridades civiles y pedir a su feligresía no tener trato con el ministro protestante ni llevar a sus hijos a la escuela que él dirigía:

Carta abierta

Arroyozarco, julio 4 de 1885.

Sr. Presbítero Rosendo Pérez.-Presente.

Muy señor mío:

Habiéndome comunicado personas fidedignas y de entero crédito, que el mipércoles 1o. del actual -olvidando los bienhechores preceptos del Decálogo y las máximas sublimes, caritativas y consoladoras, del Cristianismo puro- convirtió vd. la tribuna dizque cristiana en trono bélico de Júpiter, tronando rayos y centellas contra nuestras autoridades legítimamente constituidas; fulminando excomuniones contra todos aquellos que siguen el bando de Juárez; contra los protestantes, contra todos los padres de familia, tutores o encargados de menores, que mandaran a sus hijos a la escuela municipal; y muy particularmente contra mi individuo; diciendo al auditorio que no debían saludarme, ni aún rozarse con mi ropa, porque yo era un hombre nocivo ante la sociedad, hereje, etc; y en su consecuencia, se condenaban los que, siquiera, me dirigieran una mirada...

Por lo expuesto, me veo en la necesidad de contestar vuestros católico-papistas ultrajes.

Advirtiendo al público sensato que si dichos ultrajes, no tuvieran otro fin que execrar mi persona, los vería como merecen ser vistos!...

Mas como vuestro fin, es amedrentar a los padres de familia, para que no manden a sus hijos a la escuela municipal (de la que soy director) estoy aun más obligado a contestaros; pues mi silencio, en tal caso, sería un delito que jamás podría perdonarme, el Partido neto-liberal, al cual tengo la dicha, el honor y la gloria de pertenecer.

Así pues, Sr. Pérez, entremos en materia.

Tened la bondad de decirme; por qué soy nocivo para la sociedad? Qué crímenes he cometido? Qué pena infamante me han aplicado las leyes o los representantes de la sociedad?

¡Vamos señor presbítero! Convenid en que vuestro discurso del 1o. del actual nada tuvo de cristiano. Lo habéis elaborado en medio de las convulsiones de la agonía papista...

Era muy natural.

Os habían noticiado que en la mañana de ese día, previa la protesta de ley (*) había arrancado de manos de vuestro ciego adepto y estimado favorito (antes herjísimo y aspirante a ministro protestante) la dirección de esta escuela municipal.

Y como nada tenía que alegar vuestro acomodaticio favorito; pues se le despedía por inepto y desobediente a las Leyes de Reforma (como puede justificarlo la H. Junta de Instrucción Pública del Distrito) era muy natural que tratara de pintarlo, en el púlpito, como una víctima más del bando de Juárez; y dijérais de mí todo lo que vino en aquella hora, a vuestra loca y calenturienta imaginación.

Empero, debíais haber explicado mejor -de un modo más claro- por qué (en vuestro concepto) soy nocivo a la sociedad.

Es decir, poco más o menos, en estos términos: "Ese hereje que acaba de recibir la escuela municipal es un hombre nocivo a la sociedad romanista; porque no subyuga su conciencia humana, bajo el yugo férreo del Papismo; porque no degrada sus facultades intelectuales, ante esa densa bruma que ofusca completamente los destellos sublimes de la inteligencia con que el Creador dotara al hombre, al crearle a su imagen y semejanza... es nocivo a la sociedad de las siete colinas porque no nos ayuda a embrutecer al pueblo y sumergirle en la ignorancia para explotarle con más facilidad. ; es nocivo a la gran familia del Papa porque les enseña a vuestros tiernos hijos -esa riquísima presa, ese sabroso y suculento manjar de nuestro porvenir, en el cual tenemos la única esperanza de nuestro porvenir- los derechos del hombre consignados en ese Código, siete veces herético, del 57, y les enseña además sus obligaciones civiles!.."

Sí; es nocivo a la sociedad de la Ciudad Eterna porque transige con el progreso y propaga activamente el credo malhadado de la Democracia moderna: Libertad, Igualdad, Fraternidad! Y sobre todo; es siete mil veces nocivo a nuestra sociedad vampírica porque tuvo la audacia de acusarme ante la autoridad política del distrito, por infractor y desobediente a las Leyes de Reforma. Por todo esto; mis... queridos oyentes, no mandéis vuestros hijos a la escuela. Ni le saludéis a ese condenado! Ni consintáis en el roce de su traje!...

Aún más, cuando pase cerca de vosotros ni le miréis!...

Al explicar por qué soy nocivo a vuestra digna familia (os hablo comos sectario del Romanismo) habríais obrado con justicia y verdad.

En cuanto a la herejía, les hubiérais explicado por qué soy hereje y en qué consiste mi herejía.

Os suplico muy afectuosamente, que en la próxima tempestad que lanzéis desde la tribuna de Júpiter, les expliquéis esto:

Soy hereje, porque he leído las Sagradas Escrituras y en ellas he encontrado la verdad pura y sublime en todo su esplendor! Allí he reconocido el Cristianismo en su primitiva forma y esencia... Le he visto libre de todas las cadenas que le forjó el Papismo! ¡Ah! La doctrina del Salvador y Regenteador de la Familia Humana, ha hecho palpitar mi corazón de un modo inexplicable!...

[...]

En fin, señor Presbítero, tendría que llenar muchos volúmenes, para deciros todas las negras iniquidades de vuestra sociedad papista. Por lo mismo, sinteticemos las causas de mi herejía así:

Soy hereje porque no regalo mi trabajo a vuestra digna sociedad, para que lo emplee después en... obras de caridad. Estoy anatematizado, porque maldigo la memoria de Pedro Arbués, Domingo de Guzmán, Ignacio de Loyola y todos los demás asesinos; así como bendigo la de los caritativos Vicente de Paul, Francisco de Asís, Juan de Dios y demás bienhechores de la humanidad como Hidalgo, Juárez, Washington, Bolívar, Ocampo, Comonfort, degollado, Iturbide (Sabás) y otros muchos!...

Soy herejísimo, en fin, porque no me burlo de la madre del Salvador, deificándola como a los dioses de la gentilidad pagana, sino dándole su verdadero lugar de Santa y altamente favorecida del Altísimo; pero nunca Madre de Dios!!

Termino suplicándoos que obréis de un modo más cristiano y caritativo! Siquiera por conveniencia vuestra no le echéis más lodo a vuestra religión! Poned las cosas en su verdadero lugar!

Decidles a los padres de familia que manden a sus hijos a la escuela; pues nada deben temer de la enseñanza puramente civil que aquí se les enseña.

Decidles que según la ley orgánica del 15 de mayo de 1875, la enseñanza es obligatoria a todos los niños mayores de cinco años y menores de doce y que el apóstol Pedro a quienes vosotros tituláis primer Papa de Roma, dice: debemos ser sujetos y obedientes a toda ordenación humana por causa del Señor.

Vuestroa afectísimo servidor.

P. Martínez.

(*) Aunque no se me exigió dicha protesta, ni por el Auxiliar presente, ni por el preceptor saliente.

En carta del 25 de julio de 1885, el padre Rosendo Pérez afirmó al arzobispo que aquel texto era calumnioso en todas sus partes, "pues nada he dicho en el púlpito que pueda ofender a persona alguna". Negó también haber predicado contra Martínez ni contra las autoridades, tampoco haber pedido a los padres de familia que no enviaran a sus hijos a la escuela municipal (cosa que le constaba a don Macario Pérez). En sucesivas misivas enviadas en esos mismos días, le comunicó que se encontraba en una situación crítica, "perseguido, calumniado y sin ningún apoyo para el santo Ministerio" y que "ya no puedo predicar, porque como los protestantes comprenden la gran fuerza que tiene la palabra de Dios, la atacan y me calumnian que digo cosas ofensivas a sus personas; sin embargo, no debo callar". Asimismo, afirmaba que no había hablado en contra de ninguno de los ministros protestantes que celebraban su culto en Arroyozarco, ni contra Martínez, ni contra el reverendo Butler, ni contra el padre Agustín Palacios (sacerdote católico apóstata que entre 1871 y 1879 había dirigido su propia iglesia y se había unido después al metodismo) (19).

El sacerdote, sin embargo, se topó con la falta de determinación del arzobispo para actuar o quizá un exceso de prudencia. Puede ser que estuviera esperando a hablar personalmente con Macario Pérez o simple espíritu de tolerancia, pero la situación desgastó innecesariamente al padre Rosendo Pérez y a su feligresía. Finalmente, el 30 de noviembre de 1885, el sacerdote salió de Arroyozarco para ejercer su ministerio como vicario de San Andrés Timilpan y los pueblos, ranchos y rancherías que habían conformado la vicaría de Arroyozarco regresaron a sus respectivas parroquias. (20)

Pese a que la suspensión del trabajo en la fábrica de Arroyozarco se había mantenido aquel año, y ello afectaba especialmente a su congregación (que contaba entonces, 1885, con 50 adherentes y una asistencia promedio de 15 feligreses a los servicios dominicales), los metodistas se mostraban optimistas por el apoyo que recibían y la manera en la que se había ido esparciendo su credo desde ahí hacia Jilotepec y otros pueblos de la zona. Hablan incluso de que quizá, en unos años, en lugar de hablar de la "congregación de Arroyozarco" lo harían del "circuito de Arroyozarco" (20b). Pero entonces la situación dio un giro inesperado. Doña Dolores Rozas, dueña de la hacienda, contrajo matrimonio con el reconocido abogado Lic. Agustín Verdugo. A través de don Agustín, Dolores le solicitó a Macario Pérez la entrega de la hacienda, recuperando así el control de la propiedad que su condición de mujer, su juventud y orfandad le habían impedido detentar cabalmente. Macario exigió una compensación exorbitante de 80,000 pesos sólo por concepto de administración de la hacienda, más otros gastos. Parece ser que el matrimonio Verdugo-Rozas, con tal de librarse de él, aceptó pagarle $63,890.00 pesos por el tiempo de su administración, más $28,800.00 por otros adeudos, con los bienes inventariados al 30 de noviembre de 1885. Así, Macario dejó de ser administrador de la hacienda de Arroyozarco y su influencia se redujo enormemente (21).

Ya con Macario fuera de la administración de Arroyozarco, y estableciendo un acuerdo con don Agustín Verdugo, el arzobispo retornó en septiembre del año siguiente a la idea de crear una vicaría fija en la hacienda que no dependiera de ninguna parroquia, sino directamente de la Mitra. Nombró para ocuparla al padre Teófilo Rojas, a quien la nueva administración de la hacienda le daría mensualmente 150 pesos, se le proporcionaría habitación en la hacienda "modesta y decente", se le darían los alimentos y, en contraparte, el sacerdote estaría obligado a administrar los sacramentos sin exigir derechos y estipendios. Sólo los cobraría a los feligreses comprendidos en la delimitación de la vicaría que no pertenecían a la hacienda de Arroyozarco. El 21 de enero de 1887 esta jurisdicción quedó delimitada por el arzobispo, incluyendo naturalmente todo el territorio de la hacienda, más las rancherías de Encinillas, Dos Caminos, Mesón Viejo llamado Rosal Chico, Encinos, Santa Gertrudis, Estancia de San Francisco, San Antonio, Trujillo, Huapango, El Capulín y La Lechera (22). La congregación protestante de Arroyozarco, falta del apoyo de don Macario Pérez, comenzó a decaer. Para 1887, mientras las congregaciones de Arroyozarco y Jilotepec se hallaban ya sin guía de algún pastor, el reverendo Paulino Martínez residía en San Juan del Río, Querétaro (23). Esta decadencia (que incluía lo económico) fue descrita así por los propios metodistas:

Arroyozarco was last year the seat of a hopeful work being the centre of a large hacienda. The work had been begun at the invitation of the adiministrador of the estate, but as it has changed hands and that gentleman is no longer in charge, our chapel was taken away from us, our people deprived of work and nearly all has been lost apparently. Our preacher still visits the place and encourages the few who remain but temporarily our work is almost entirely rooted up.

Jilotepec is one of the oldest towns in Mexico, having a history which turns far back beyond the conquest. We have here a circle of friends and believers of rather better social standing than anywhere else in the district, and the outlook for a good work is very good if we can properly attend to it. When our preacher was obliged to leave Arroyozarco he removed to this place and has made it the centre of his operations, visiting San Sebastian, Acazuchitlan and other villages, in each of which we have friends. But the present civil authorities of the State of Mexico are so hostile that our work in all this región has been hindered.

Finances. If we deduct the $150 reported last year from Arroyozarco and given by the gentleman in charge, I suppose in the way of rent, the total contributions on the district have been about one third more than last year. The missionary collections were especially good, being almost double what they were the previous year. In the midst of the greatest poverty Our people are learning to contribute to the benevolences of the Church. Had we a better-to-do class of people we could soon reach self-support (24).

(Arroyozarco fue el año pasado la sede de una obra esperanzadora por ser el centro de una gran hacienda. El trabajo se había iniciado por invitación del administrador de la finca, pero ya que ha cambiado de manos y este señor ya no está a cargo, se nos quitó nuestra capilla, nuestras personas fueron privadas de trabajo y casi todo se ha perdido, aparentemente. Nuestro predicador todavía visita el lugar y anima a los pocos que permanecen temporalmente, pero nuestro trabajo está casi completamente desarraigado.

Jilotepec es una de las ciudades más antiguas de México, con una historia que se remonta más allá de la Conquista. Aquí tenemos un círculo de amigos y creyentes de bastante mejor posición social que en cualquier otro en el distrito, y las perspectivas para un buen trabajo son muy buenas si podemos asistir adecuadamente al mismo. Cuando nuestro predicador se vio obligado a abandonar Arroyozarco se trasladó a este lugar y lo ha convertido en el centro de sus operaciones, visitando San Sebastián, Acazuchitlan y otros pueblos, en cada uno de los que tenemos amigos. Pero las actuales autoridades civiles del Estado de México son tan hostiles que nuestro trabajo en toda esta región se ha visto obstaculizado.

Finanzas. Si restamos los $150 reportados el año pasado de Arroyozarco y suministrados por el caballero a cargo, supongo que en cuanto a rentas las contribuciones totales en el distrito han sido alrededor de un tercio más que el año pasado. Las colectas de los misioneros han sido especialmente bueas, siendo casi el doble de lo que eran el año anterior. En medio de las pobreza más grande nuestra gente está aprendiendo a contribuir a la benevolencia de la Iglesia. Si tuviéramos una clase de personas más prósperas pronto podríamos llegar a la autosuficiencia).

Justo cuando el predicador Paulino Martínez fue enviado a San Juan del Río, Francisco L. Aguilar envió una carta al periódico católico El Tiempo, advirtiendo del "peligro" que su presencia representaba para los sanjuanenses:

Ha salido de la ciudad de Jilotepec en estos días, con dirección a San Juan del Río; con el exclusivo objeto de plantar allí un colegio; el cual tendrá por única base sus ideas masónicas, quedarán por consecuencia inconcusa esa población, si no lo rechazan, la discordia e inmoralidad, como en otros lugares ha hecho.

[...]

Ese individuo se llama Paulino Martínez, es de estatura mediana y un tanto fornido, de escasa barba, color trigueño. Ese individuo siempre emprende cuestiones principalmente con los sacerdotes, no esgrimiendo más armas que la calumnia y la hipocresía. Entre los suyos, es tenido como divinidad en talento, entre los católicos, como hipócrita trastornador de la sociedad; ha nurtido su cerebro con impías novelas, de las cuales ha sacado sus perversas doctrinas, que hoy con su crasa ignorancia diviniza y trata de propagarlas entre los seres débiles, como un gran apóstol de Jesucristo.

Además una de las notas que lo distinguen es su afabilidad con el sexo femenino, hablándole de aquello que más les agrada; con el fin de se que sea tenido en la sociedad como hombre sensato e instruido, para engañar a los incautos. No dudo que la presente noticia que hoy doy a la respetable y católica población de San Juan del Río, llegue a oídos de Paulino Martínez, y de los suyos y dirán por los periódicos liberales que es mentira; pero antes de que me exijan pruebas, las daré únicamente con pedir el testimonio y ratificación a las personas que han tenido ocasión de conocerle. Dígalo Arroyozarco, que por algún tiempo le tuvo en su seno y sufrió las consecuencias de sus falsas doctrinas y hasta hoy se encuentran muchos con extraviadas ideas. Dígalo Jilotepec, a donde sembró la calumnia, la división, el odio y sembró sus míseras ideas entre pobres incautos, que hoy se revuelcan en el fango inmundo del desprecio y del ridículo. Dígalo el virtuoso señor cura D. Rosendo Pérez, lo que ha sufrido de Martínez y cuyos hechos son bastante conocidos en gran parte de la sociedad. Dígalo, en fin, el sabio y prudente sacerdote Sr. D. Gerardo Herrera*, cuando por celo a su ministerio santo, estuvo unos días en Arroyozarco (26).

* Este sacerdote fue rector del seminario entre 1895 y 1898 y arcediano de la Catedral de México en 1908.

Existen indicios (más bien circunstanciales pues no hemos podido hallar la prueba definitiva) de que don Macario Pérez regresó al catolicismo después de 1890 y murió bajo ese credo. En primer lugar, todavía en ese año don Macario es llamado en el periódico metodista El Abogado Cristiano Ilustrado "buen amigo y hermano nuestro que residió por muchos años en Arroyozarco" (27). Sin embargo, en noviembre de 1895 apareció en el periódico católico El Tiempo una nota que informaba acerca de la próxima inauguración de una nueva iglesia, católica por supuesto, dedicada a la Virgen del Carmen en el pueblo de San Francisco Soyaniquilpan, y uno de los padrinos era, precisamente, Macario Pérez, quien por aquellas fechas regresó también a la administración de Arroyozarco (27b). También es dato importante que en 1892 su hijo Macario Jr. estudiaba en un colegio católico, el Instituto Josefino de Querétaro (27c). Luego, en febrero de 1909, aunque El Abogado Cristiano Ilustrado seguía publicándose, guardó notorio silencio por el fallecimiento de quien había sido benefactor de la congregación metodista. Antes bien el periódico que difundió la noticia en la capital fue, de nuevo, el católico El Tiempo, indicando además que sería sepultado en el Panteón Español que, si bien como todo cementerio civil admitía a personas de cualquier creencia, no era usado habitualmente por los protestantes (28). Casualmente -o no- era por entonces capellán de dicho cementerio el padre Teófilo Rojas, el mismo sacerdote que reemplazó al padre Rosendo Pérez en Arroyozarco. Son estos datos sueltos los que parecen indicar que finalmente, don Macario, como dirían los protestantes de la época, "murió papista".

Y bien, ¿quedó huella de aquella congregación metodista de Arroyozarco? Al examinar con detalle los datos del censo nacional de 1930, encontramos que en Encinillas y Tenazat, rancherías en que la población protestante llegó a ser mayoritaria, sólo se reportaron entonces 64 protestantes y evangélicos de un total de 357 habitantes. Arroyozarco, con 1,085 habitantes, no reportó un solo protestante. Es de suponerse, pues, que hasta la segunda oleada de las misiones protestantes de nuestro país, a mediados del siglo XX, la población que seguía ese credo en la región continuó su declive (29). Al mismo tiempo, resulta interesante considerar que, si en las décadas de 1870 y 1880 la convivencia entre católicos y protestantes fue difícil, pero no violenta, siete décadas más tarde, en tiempos que tenemos por más civilizados, la sangre sí llegó al río: el 5 de julio de 1954, un ministro bautista de nombre Nicodemo Jeronimo fue emboscado por un grupo de personas y brutalmente asesinado a tiros en Arroyozarco (30).

 

NOTAS

(1) González Navarro, Moisés. El pensamiento político de Lucas Alamán, México, El Colegio de México, 1952, p. 63.

(2) García Ugarte, Marta Eugenia. Poder político y religioso. México siglo XIX, México, IIS-UNAM/IMDOSOC/Miguel Ángel Porrúa/LXI Legislatura, Cámara de Diputados, 2010, Tomo II, p. 1483.

(3) Idem.

(4) Para una narración más extensa sobre los cambios de propietario y la situación de Macario Pérez en la hacienda, ver Lara Bayón, Javier. Arroyozarco, puerta de Tierra Adentro, Toluca, Instituto Mexiquense de Cultura, 2003, pp. 158-160 y 220-227.

(5) Butler, Rev. J. W. Manual of the Methodist Episcopal Church, New York, Phillips & Hunt, 1884, vol. 4, p. 127.

(6) Bible Society Record, Vol. 29, June 1884, pp. 88-89.

(7) García Ugarte, Marta Eugenia. Poder político y religioso..., p. 1486.

(8) Butler, John W. to Charles G. Drees, s.d. y Annual Report for 1883. Methodist Episcopal Church Archive, Correspondencia de John Wesley Butler, 1880-1884.

(9) Dress, Charles W (from letrers of). Thirteen years in Mexico, New York, Abingdon Press, 1915, p. 198.

(10) El Abogado cristiano ilustrado, Tomo VII, no. 10, México, enero de 1884, p. 74. Idem, Tomo VIII, no. 8, noviembre de 1884, p. 68.

(10b) El Abogado cristiano ilustrado, Tomo VIII, no. 1, México, abril de 1884, p. 5.

(11) García Ugarte, Marta Eugenia. Poder político y religioso..., pp. 1483-1484.

(12) El Abogado cristiano ilustrado, Tomo VII, no. 10, México, enero de 1884, p. 74. Idem, Tomo VIII, no. 8, noviembre de 1884, p. 68.

(13) 66th Annual Report of the Board of Missions of the Methodist Episcopal Church, 1884 p. 195.

(14) García Ugarte, Marta Eugenia. Poder político y religioso..., pp. 1484-1485.

(15) Idem, pp. 1485-1486.

(16) Idem, p. 1486.

(16b) Minutes of the Second Session of the Mexico Annual Conference of the Methodist Episcopal Church, Mexico, Methodist Episcopal Mission Press, 1886, p. 18.

(17) García Ugarte, Marta Eugenia. Poder político y religioso..., pp. 1486-1487; Sixty-Seventh Annual Report of the Missionary Society of the Mehodist Episcopal Church for the Year 1885, New York, 1886, p. 221.

(18) El Monitor Republicano, Quinta Época, Año XXXV, No. 168, miércoles 15 de julio de 1885, p. 2.

(19) García Ugarte, Marta Eugenia. Poder político y religioso..., pp. 1486-1487.

(20) Idem, pp. 1486-1488.

(20b) Sixty-Seventh Annual Report of the Missionary Society of the Mehodist Episcopal Church for the Year 1885, New York, 1886, p. 221.

(21) Lara Bayón, Javier. Arroyozarco, puerta de Tierra Adentro, pp. 220-223.

(22) García Ugarte, Marta Eugenia. Poder político y religioso..., pp. 1488-1489.

(23) Minutes of the Third Session of the Mexico Annual Conference of the Methodist Episcopal Church, Mexico, Methodist Episcopal Mission Press, 1887, p. 18.

(24) Idem, p. 29.

(25) Minutes of the Second Session of the Mexico Annual Conference of the Methodist Episcopal Church, Mexico, Methodist Episcopal Mission Press, 1886, p. 20.

(26) El Tiempo. Diario católico, Año IV, no. 1038, México, sábado 5 de febrero de 1887, p. 3.

(27) El Abogado Cristiano Ilustrado, Tomo XIV, no. 4, México, 15 de febrero de 1890, p. 29.

(27c) Boleta de calificaciones del Macario Pérez Jr. en el Instituto Josefino de Querétaro, enero 6 de 1892, Archivo del Dr. Juan Lara Mondragón.

(28) El Tiempo. Diario católico, Año XXVI, no. 8483, México, domingo 7 de febrero de 1909, p.2.

(29) El Censo de Población y Vivienda 2010 mostró que de un total de 44,805 habitantes del municipio de Aculco, 41,679 eran católicos (93.02%), 2,247 profesaban religiones protestantes y evangélicas (5.01%), 147 pertenecían a religiones bíblicas no evangélicas, 1 practicaba "otras religiones", 416 no tenían religión y 315 no la especificaron.

(30) The Pentecostal Evangel, Springfield, Missouri, Number 1954, October 21, 1951, p. 2.

domingo, 16 de marzo de 2014

La más antigua descripción de Aculco (ca. 1697)

245. Aculco. En un alto de fértiles vegas rodeado, donde por ocho leguas se siembra trigo y maíz, y se tienen cría de ganado menor, tierra de variedad de pájaros halcones, y codornices; está un convento de cuya iglesia es titular San Jerónimo. En él viven tres religiosos, que con su ministro en lengua otomí administran cerca de mil personas, y más de treinta familias de labradores españoles, mestizos y mulatos de trescientas y veinte personas en doce haciendas y ranchos. Tiene doce pueblos de visita con sus iglesias; dos de Nuestra Señora, de San Pedro, San Miguel, Santiago, San Lucas, Nuestro Padre San Francisco, San Ildefonso y Santa Clara, donde se alternan dos misas. En el de Santiago que está más lejos asiste religioso, que está un cuarto de legua de la hacienda de la Torre. Todos están al alcalde mayor de Huichapan sujetos; tiene Cofradía de el Santísimo Sacramento y de Nuestra Señora en una.

Fuente: Fray Agustín de Vetancurt. Chronica de la provincia del Santo Evangelio de México, México, imprenta de doña María de Benavides, 1697, p. 87.

domingo, 9 de marzo de 2014

La Batalla de Aculco en el Romancero de la Guerra de Independencia

 
Rafael Ruiz Rivera (1865-1932) fue un escritor mexicano nacido en Jaral del Progreso, Guanajuato, mismo lugar en el que falleció. En 1880 ingresó al Colegio del Espíritu Santo de Santiago Maravatío, Guanajuato, en el que cursó latín, lógica, literatura, metafísica y moral como parte de su preparación al sacerdocio. Sin embargo, interrumpió sus estudios por falta de vocación y regresó a su ciudad natal, donde desarrolló su actividad como autor y editor. En 1903 fundó, en colaboración con su amigo Fulgencio Vargas Ortiz, dos periódicos La Voz del Jaral y Renacimiento. Años después, en 1914, fundó también la revista quincenal "Flor de Lis". En esas y otras publicaciones foráneas dio a conocer muchos de sus textos literarios, obras casi todas de carácter romántico, heroico y legendario, como los poemas “Piedras y Bronces”, “Lirios y Lágrimas”, “Rosas Fúnebres”, “Hojas de Tulipán” y el drama en verso “Las Campanas de la Profesa”. Cultivó también la prosa con obras como Mi resumen Epistolario y la novela Matilde o la Cruz Solariega.

Don Rafael publicó un tomo con sus Romances históricos*, coincidiendo con la celebración del Centenario de la Independencia de México en 1910, impreso en los talleres tipográficos del periódico El Tiempo. La obra recibió el primer premio en el Certamen Nacional de Literatura, convocado con motivo de aquellos festejos. Ese mismo año varios de sus poemas fueron incluidos en los dos tomos del Romancero de la Guerra de Independencia, editados por Victoriano Agüeros como parte de su colección Biblioteca de autores mexicanos (volúmenes 71 y 74), donde se compilaron también obras de Vicente Riva Palacio, Guillermo Prieto, Manuel Acuña, José Rosas Moreno, Francisco Sosa, Rafael Ceniceros y Villarreal, etcétera. Entre los romances de Ruiz Rivera se encuentra uno titulado "Hidalgo", que forma parte del tomo II del Romancero. Se trata de un poema bastante extenso, que abarca desde la sublevación del cura de Dolores hasta su ejecución y que dedica una parte a la Batalla de Aculco. Por ser poco conocido, quiero presentarlo aquí a los lectores del blog Aculco, lo que fue y lo que es, aunque con la prevención de que el poco atractivo aspecto con el que describe al pueblo ("jacales cenicientos") deriva seguramente de su desconocimiento del lugar, pero sobre todo de la influencia que el "Romance de Aculco" -escrito años antes Guillermo Prieto e igualmente despectivo con la imagen de este pueblo- tuvo en él. Por lo demás, la descripción de la batalla es poco precisa históricamente y debemos ver este romance sólo como lo que es: una obra literaria. Incluso la narración de la ejecución de los prisioneros quintados es errónea, como quedó claro cuando tratamos en este mismo blog el tema del Tamborcito de Valladolid. Pese a todo, no deja de agradarme la visión sobrenatural con que Ruiz Rivera quiso concluir sus versos: Desde entonces en la falda / de aquellos pelados cerros / vense en la noche vagar / largas hileras de espectros...

* Romance: Combinación métrica de origen español que consiste en repetir al fin de todos los versos pares una misma asonancia y en no dar a los impares rima de ninguna especie (Diccionario de la R.A.E.).






VIII
LA BATALLA DE ACULCO
__________
I

Desandando las montañas,
repasando los senderos
que escalaran como cóndores
los caudillos insurrectos
descienden por el camino
que formando vericuetos
conduce desde Toluca
a la ciudad de Querétaro.
Después de cuatro jornadas
distinguen allá a lo lejos
el cuadro triste y sombrío
de un melancólico pueblo.
Es Aculco (San Jerónimo)
que al pie de estériles cerros
indolente desparrama
sus jacales cenicientos.
Hacen alto los indianos;
y los últimos reflejos
van del sol a juguetear
sobre el ancho campamento.
Negras sombras poco a poco
de los montes van cayendo
y en sus mortajas y pliegues
el paisaje queda envuelto.
Sólo las tristes hogueras
con su rojo parpadeo
iluminan la montaña
como cráteres sangrientos.

II

Más allá, tras un recodo,
y a las espaldas del pueblo
los realistas vivaquean
confiados, somnolientos;
en pabellones descansan
los fusiles, y no lejos
de Arroyozarco las trojes
se levantan como espectros.
Calleja se halla en persona
al frente de aquel ejército
con potente artillería
y magníficos pertrechos.
Sus avanzadas recorren
olfateando cual sabuesos
la maleza y los peñascos
  de aquel paraje desierto.
Así discurren las horas
y del alba al reverbero
se miran cinco columnas
de guerreadores iberos.
Como manga de tormenta
dirígense hasta los cerros
donde Allende los recibe
con cataratas de hierro;
retroceden, y formando
línea candente de acero
sobre los indios disparan
sus relámpagos y truenos.
Pronto Calleja dispone
terrible, audaz movimiento
que con furia va a envolver
la espalda del insurrecto.
Los indígenas se aturden
y sin orden ni concierto,
se retiran al azar
por encontrados senderos:
Allende va a Guanajuato
de mal humor y violento,
en tanto a Valladolid
Hidalgo mancha sereno.

III

Desesperado Calleja,
al ver de sus garras lejos
a los héroes que soñara
ver en cadalso cruento,
descargó toda su rabia
en los pobres prisioneros
que quintados allí mismo
con entereza murieron.
Desde entonces en la falda
de aquellos pelados cerros
vense en la noche vagar
largas hileras de espectros.
El viajero o peregrino
que los mira desde lejos,
siente en su alma palpitar
todo un mundo de recuerdos;
y una voz que eterna vibra
como de Dios el acento,
le dice que los valientes
que en ese campo cayeron
firmaron con noble sangre
la Independencia de México.


Si quieres saber más sobre la obra Romancero de la Guerra de Independencia, puedes leer este texto.

Además, como simple detalle cuirioso, a partir del minuto 5:10 del siguiente video, puedes ver una recreación de la Batalla de Aculco del 7 de noviembre de 1810, realizada para la telenovela La Antorcha Encendida:

Batalla de Aculco.

domingo, 2 de marzo de 2014

Un coleadero en Arroyozarco en la primera mitad del siglo XIX

Domingo Revilla fue un escritor costumbrista mexicano nacido en agosto de 1810 en Pachuca, Hidalgo, hijo de José Manuel de Revilla Robles y María Felícitas Hernández de Yslas, quienes habían contraído apresurado matrimonio apenas tres meses antes de su nacimiento. Ese mismo año, sus tíos, los hermanos Ángel y Antonio Revilla, adquirieron en subasta la hacienda de Arroyozarco, que después de haber pertenecido a los jesuitas había sido administrada desde 1767 por la Real Hacienda. José Manuel fue designado administrador de la finca y consta en el padrón municipal de Aculco que residía ahí con sus esposa y el pequeño Domingo en 1816.

No es posible saber cuántos años permaneció Domingo Revilla en Arroyozarco, pero su infancia en este lugar dejó en él una huella imborrable, como veremos adelante. Sus tíos vendieron la propiedad hacia 1838 y Domingo se introdujo a los negocios mineros que constituían la riqueza principal de la familia. Pero más que los asuntos empresariales, a Domingo le atraían las letras. Por ello viajó a la ciudad de México a realizar estudios en la escuela de Jurisprudencia. Siendo ya "pasante aprovechado" de esa carrera, en 1844, en medio de la revuelta popular contra el presidente Santa Anna -escribió de él su amigo Guillermo Prieto (quien le dedicaría un poema, "La Agonía", publicado en El Museo Mexicano ese mismo año)- "aplazaba su examen [profesional] por imponerse de marchas y maniobras de los cuerpos del ejército, hacerse amigo de los jefes y hacerse amateur de la vida de cuartel y campamento". Al mismo tiempo, junto con el propio Prieto, Manuel Payno, Juan José Baz y otros redactaban folletos particularmente ácidos contra el gobierno.

Domingo Revilla, "hombre vigoroso y resuelto, jinete diestrísimo y amateur del combate y de los peligros", era además, por su riqueza, mecenas y socorro de aquel grupo de jóvenes liberales, casi todos pobres:

Domingo era la adoración de sus amigos, su dinero estaba en la palma de la mano para socorro de los desgraciados... Violento y nervioso, cualquier cosa le sulfuraba, pero volvía en sí inmediatamente, y entonces raudales de bondades borraban las ligeras huellas de sus impaciencias.

Por su cuenta y riesgo, Revilla decidió unirse a las fuerzas del general Inda para enfrentarse contra el ejército de Santa Anna. Pero cerca de Puebla fue denunciado y sin que mediara proceso ni causa fue condenado a recibir doscientos azotes, que sufrió con gran entereza.

Después de su fallida entrada a las armas, Revilla continuó sus incursiones en las letras. Se unió a la redacción de El Monitor Republicano para oponerse al gobierno de Paredes y, después de la guerra con Estados Unidos, al regreso de Santa Anna. Vivió un tiempo, por allá de 1848, en la casa de Manuel Payno en la calle de Santa Clara.

Pero lo que hace más recordado a Domingo Revilla son sus escritos costumbristas, campiranos, vertidos en publicaciones como El Museo Mexicano, El Mosaico Mexicano y El Liceo.

Estos textos, además, tienen la particularidad de referirse en muchas ocasiones a las tierras donde Revilla pasó su infancia y juventud: la enorme extensión de la hacienda de Arroyozarco. Los seguidores de este blog recordarán que ya me ocupé anteriormente de un texto suyo, que se refería a las batidas de lobos que se daban precisamente en esa hacienda y que pueden volver a leer aquí. Comentábamos entonces que muchos historiadores de la charrería se han aprovechado de sus escritos, pero cayendo todos en un error propiciado por el propio Revilla: dan por hecho que la charrería tuvo su origen en los llanos de Apam, cuando en realidad el charro, su atuendo y las suertes charras como los conocemos ahora son la conjunción de prácticas y tradiciones de muy diversos lugares de la región central y occidental del país. El propio Revilla, después de afirmar aquello, pasa a describir un coleadero... pero que no se desarrolla en los llanos de Apam como habría sido más congruente con lo que escribe, sino uno realizado en tierras arroyozarqueñas. Aún más: al mencionar a los mejores coleadores del país lo hace brevemente, a excepción de "los inteligentes Romeros de Tenazat" (Tenazat o Tenasdá, ranchería de Polotitlán inmediata a Encinillas, cercana a Arroyozarco, tierras todas que por aquel entonces pertenecían aún al municipio de Aculco), familia que, en sus palabras "desde el más grande hasta el de ocho años, manganea, laza, colea, jinetea y arrienda un caballo con igual destreza".

Para ilustrar este texto en lo que se refiere a las escenas de coleaderos hemos seleccionado un grabado de los Recuerdos del Chamberín (1867) y un par más de Reglas con que un colegial pueda colear y lazar (1860), obras ambas de de Luis G. Inclán, que son los más cercanos cronológicamente a la narración. También, aunque son mucho más tardíos, algunos óleos de Ernesto Icaza que muestran la continuidad de esas prácticas a campo abierto a principios del siglo XX. Contextualizan el artículo algunas pinturas más de Icaza (incluso tres murales de la hacienda de Cofradía, en el propio Aculco) y de James Walker, un pintor inglés que en el último cuarto del siglo XIX seguía pintando a los charros mexicanos vestidos a la usanza de los años que vivió en México, hacia 1847.

En fin, demos paso al texto de Domingo Revilla, que sin duda disfrutarán los aficionados a la charrería y aquellos que conocen las tierras que pertenecieron a la hacienda de Arroyozarco:

 

Escenas del campo. - Un coleadero.

A mi amigo D. Ramón Domingo Terreros

 

I

Como esta diversión sea en el día tan común, como nuestros liones se manifiestan cada vez más aficionados a ella, ya sea por recreo, o ya por vanidad, para acreditar que son hombres de a caballo, y por lo mismo tienen las cualidades de sufridos esforzados, y valientes, que en cierta manera entra en el tono de la juventud de nuestra patria, para que tenga un titulo de más que exhibir ante las beldades; y como por otra aparte, no se haya escrito acaso sobre tal diversión, diremos algo apelando a recuerdos ajenos y a los propios.

Acerca de donde tuvo origen el arte de colear si puede llamarse arte, hablando con propiedad, no cabe duda que fue en esta parte de América, que se llama Nueva España; pues aun cuando de la antigua se trajeron el toro y el caballo, no se sabe que allí se hayan dedicado a tan riesgoso ejercicio, aunque los españoles fueron los primeros que en Santiago Tlaltelolco jugaron con unos toros. Tampoco en América del Sur se sabe que se hayan dedicado a colear, con todo y que en ella se han manifestado muy diestros en otras operaciones del campo sus charros, conocidos con el nombre de guachos [sic pro gauchos].

Se ignora desde cuando se empezó a hacer uso de esta diversión; pero se infiere que ha de haber sido en los llanos de Apam, por varias razones. Primera: estando estos puntos más inmediatos a la capital, disfrutando de buen temperamento y abundantes pastos, es claro que en ellos los españoles colocaron los ganados vacuno y caballar que trajeron para su propagación y abasto consiguiente. Segunda: Aumentando su número, el ganado fue alzándose y embraveciéndose, y de la necesidad de reducirlo a los diversos objetos que está dedicado, se usó el medio de colear a un toro, como el más sencillo para contenerlo, y evitar por los tirones y porrazos que no escapase. Tercera: Siendo estas tierras donde se encuentran los mejores pulques, sus habitantes alimentados con él, criándose muy robustos, y con ese fuerte estímulo se hallaban más diestros a lanzarse tras de un toro, despreciando los peligros; porque es bien sabido que es uno de los efectos que produce el uso de los licores fermentados.

Estas conjeturas son las más naturales en el particular y si no se merecen la aprobación de los amateurs, cada cual hará las que mejor le plazca, pues uno es libre para opinar, hasta que la realidad destruye la opinión. Respecto al orden con que fueron inventados los diversos modos de colear, no hay conjeturas; pues hemos tenido oportunidad de consultar a los más inteligentes y más antiguos aficionados, que prodigiosamente han escapado de tantos peligros. El primer modo fue a pulso, (1) como el más sencillo y natural, necesitándose para éste más pujanza que agilidad. El segundo, a cabeza de silla; pero por no tener gracia y ser más riesgosa, no se acostumbra. El tercero, a arción vieja (2). El cuarto a arción bolera (3). El quinto a rodilla (4); y el sexto a la charrada (5). El más moderno de todos es a rodilla; pero ninguno es más airoso y galán que el de la bolera, tanto por lo fuerte y seguro del tirón, como por la destreza que se necesita para tomar la cola, levantar la pierna, enredar aquella en la mano y en la pantorrilla, trabándola al mismo tiempo en la espuela, y abrir y sacar al caballo para pasar al toro y darle la caída.

El autor de la bolera fue un tal Aguilera, picador del virrey Iturrigaray: a pocos días lo invitaron en los llanos de Apam D. Eugenio Montaño, que después fue coronel insurgente del regimiento de Otumba, D. Nicolás Saldierun y un tal Casullas. De los llanos de Apam pasó el uso de la bolera al Mezquital, del departamento de México, que está situado en el Distrito de Tula; en el Mezquital es donde se ha perfeccionado más que ninguna otra parte este modo de colear. Tres personas fueron las que más se distinguieron desde luego por su agilidad para colear y que llamaron la atención. ¡Y cosa rara! Estas tres personas que hace cerca de cuarenta años que han corrido en diversos puntos, en distintos terrenos, entre breñales y precipicios, que día a día han expuesto su vida, viven y se consideran todavía vigorosos, y aún no han abandonado esa diversión. Los tres campeones del Mezquital son: D. José Antonio Olguín, D. José Luís Monroy y D. Pedro Lombardo, y pueden llamarse los veteranos de los coleadores de esos rumbos, y justo es que hagamos mención de ellos.

Cada familia, según es el rumbo, ha sabido sostener su reputación de colear y demás operaciones de campo, a caballo. En los llanos de Apam, los Montaños; en el Mezquital, los Monroys en donde figura, con otros muchos, el caporal de Tenquedó Luís Monroy; por Tierra-Fría, los Cervantes, de quienes ha sido el jefe el mentado don Marín, y los inteligentes Romeros de Tenazat, en cuya familia, desde el más grande hasta el de ocho años, manganea, laza, colea, jinetea, y arrienda un caballo con igual destreza. Hoy los hombres de a caballo se encuentran por casi todas partes, pero no todos colean a bolera.

Antes de que el uso de la razón se desarrolló en nosotros, ya presenciábamos esas escenas, que al principio infundían cierta especie de terror, cuya impresión se va insensiblemente disminuyendo hasta convertirse en un verdadero placer. Familiarizados con ellas, comenzamos a apreciar la agilidad de D. José Luís Monroy, de los Andrades de Pachuca, del valiente Andrés Tilas, del afamado D. Marín Cervantes, y del infatigable y muy apreciable, por todos títulos D. Ángel Carmona

(1) Consiste en enredarse la punta de la cola en la mano, y tirar al toro de ella en fuerza de la carrera, y botarlo al suelo.

(2) Llámese colear a arción, cuando el jinete coloca la cola del toro debajo de la pierna, y en consecuencia de la arción de la silla.

(3) Colear a arción bolera, es cuando el jinete coloca la cola del toro, para estirarlo, debajo de la arción, y enredándola simultáneamente en la pantorrilla, o más abajo, y en la espuela.

(4) A rodilla, consiste cuando se enreda en la mano la cola, y encogiéndose la pierna, se coloca debajo de la rodilla, apretándola con ésta y haciendo fuerza hacia adelante con todo el cuerpo para darle el tirón al toro.

(5) Este modo es igualmente riesgoso, y se acostumbra por Jalisco; se toma la cola, y en la fuerza de la carrera, sin soltarla, se apea el jinete del caballo y da el tirón al toro.

 

II

 

Aunque casi todo el año se colea, especialmente en las haciendas que tienen bastante ganado, y que disfrutan de excelentes pastos y de buenos aguajes, no es lo común, porque el estropeo de los animales causa grande mortandad. Regularmente del mes de junio a diciembre las diversiones del campo tienen lugar, especialmente en los meses de julio y agosto, en que se dan los rodeos del ganado mayor.

Los lugares en que se pasan los primeros días de la infancia tienen para todo el mundo cierto encanto que no se borra jamás; y a cualquier distancia, en todas épocas, se presentan a la imaginación con la misma vivacidad que la primera vez; las imágenes son animadas y los recuerdos exactos. He aquí el motivo por que se aman con delirio esos lugares. Nosotros no estamos libres de esta justa afección hacia la hermosa hacienda de Arroyozarco donde recibimos las primeras impresiones. ¡Cuán grato nos sería hacer de renombre los pintorescos puntos de esa hacienda, que hemos recorrido, cuando llenos de júbilo concurrimos a presenciar o a participar de esos coleaderos, en medio de muchos amigos y de las personas de nuestra familia! Si alguna cosa hay que más ponga en movimiento en una hacienda, es ese ahínco, esa ansiedad que se tienen por las diversiones del campo. La preparación de los caballos para que no falten ni sean vencidos por otros en el coleadero, la conducción de ellos con sus arneses y camisas, producen cierta emulación en todos los que han de asistir, ya sea por obligación, por gusto o por compromiso. La víspera o ante-víspera de esos días de diversión, hay las mismas órdenes, las mismas prevenciones, el mismo convite y la misma diversión.

-Ve a decir al caporal, le ordena el amo a un criado, que mañana temprano nos aguarde para ir a colear.

-Que prevenga los mejores toros en tal lienzo, le dice un aficionado.

-Que disponga una barbacoa y unos asados de pastor, le previene uno que es más gastrónomo que aficionado.

El criado parte con gran velocidad, y otros marchan con cartas para convidar a diversas personas, si no es que se han hecho los convites ocho días antes.

No es fácil explicar la alegría con que se anuncia el coleadero; todos los corazones palpitan. El lugar donde se ha de tener es como un punto de cita de honor. Muy buen cuidado tienen para no faltar a ella, tanto los convidados como los que se unen a ellos, o los que por sí y ante sí se reputan tales, más bien por el almuerzo que por el coleadero, bien que todo entra en la diversión, como dicen los rancheros.

Los preparativos, cada vez que hay una de estas diversiones, animan a la generalidad de los rancheros de los alrededores, y cada uno manifiesta grande empeño por su parte para concurrir, sin que obste la distancia, porque es ninguna, si se atiende a que más corren en un coleadero o diversión semejante, que en un día caminando.

Muy temprano, el día de la diversión, cada cual se dispone para la partida, y procura llegar oportunamente.

Circunscribiéndose al teatro expresado, séanos lícito manifestar las impresiones que hemos sentido por más de una vez. Una distancia de cuatro leguas, hacía que antes que rompiese el día, estuviesen en pie los diversos grupos de aficionados. Al principio, un profundo silencio reinaba, después todo era movimiento: el relincho de los caballos que se ensillaban, sus estrepitosas pisadas resonaban en todo el ámbito y se confundían con el incesante voceo de jinetes y criados; el bullicio crecía a su colmo. Ya montado todo el mundo las voces eran más claras, las prevenciones más expresas y las órdenes más terminantes. La caravana se ponía en marcha, y el silencio sucedía al clamoreo que iba disminuyéndose cuanto más aquella se alejaba.

Los días de julio o agosto son los más propios para un coleadero. ¡Cuán frescas eran las mañanas de esos días! La neblina estaba tendida al pie de los cerros y en una gran parte de los valles: el viento a poco la barría y los árboles se presentaban como agrupados unos sobre otros; marchábamos unas veces silenciosos, y otras bulliciosos y alegres debajo de sus espesas ramas que se movían al soplo de un ambiente embalsamado. Al pasar se levantaban del pie de los árboles los toros y vacas que dormían tranquilos y que habían venido allí a resguardarse de la lluvia: al vernos corrían por todas partes huyendo de nosotros , y desaparecían perdiéndose en la espesura de la cañada Oscura y en las del Bonxi, lugares cubiertos de elevadas y copudas encinas bajo las que crecen hermosas rosas silvestres. La luz del crepúsculo comenzaba a difundirse , y al poco la aurora teñía el firmamento de arrebol, trinando los jilgueros y otras aves en aquellas soledades con encanto indefinible. En medio de esa pompa, el sol aparecía lleno de gala, y la naturaleza ostentaba toda su majestad, e inspiraba una emoción de dulce melancolía, emoción que no puede expresarse, y que sólo se sabe sentir.

Muy temprano, por su parte, el caporal y los vaqueros, con otras personas, que por lo común se les unen hasta 500, habían pasado a los abrevaderos para reunir el número de toros destinados al coleadero, , los que reúnen con sus furiosos y monótonos gritos de : oh, jooo, oh... A las ocho de la mañana se percibe a los lejos y entre las arboledas un punto negro que apenas se mueve; pasada media hora, el punto se convierte en una reunión de ganado: el caporal viene por delante de los toros galopando ligeramente y gritando: guía, guía, palabras que entiende el ganado para seguirlo. Los vaqueros circundan a los toros para cubrir los claros y evitar que se escapen; y siguiendo al caporal lo arrean; cuando un toro se sale del ganado y corre, el caporal y los demás gritan: cárgalo; esto es, que lo vuelvan al cuerpo de animales. Los asistentes van a su encuentro para reforzar a los vaqueros, pues los toros por un instinto singular, parece que presienten el mal trato que van a sufrir. Llegados los toros al lienzo o cerca de donde deben colearse, se colocan allí, custodiados y vigilados, y se da un pequeño descanso.

El paraje que se escoge es el lienzo de las Águilas; pero antes de pasar adelante permítasenos describirlo. Es una eminencia un poco elevada, y que tiene un suave descenso para todas partes: de oriente a poniente está puesta una cerca doble de piedra, alta y como de trescientas varas de longitud: el terreno, en toda la línea, es macizo y parejo, por lo regular. El inmenso panorama que se desarrolla a los pies del observador desde el cerro de las Águilas o del Azafrán, que es otro semejante y que está inmediato a él, hacia el oriente, es bello: al poniente se divisa una hermosa cordillera cubierta de corpulentos pinos y de frondosos encinos de los montes de Madó, Buxio y San Juanico; la cordillera se va prolongando al sur por los montes de Timilpan , Agua-bendita; tras estos, aparece, con la superioridad de su elevación, el cerro de Jocotitlán, y a la parte del sudeste, este y noreste, se dibujan en un fondo azul oscuro los montes de Meleza, Calpulalpam (punto el más elevado entre México y el interior, según el barón de Humboldt) y el majestuoso cerro de la Virgen. A la parte del norte y del noroeste se encuentran inmediatos los pequeños y graciosos cerros del Bonxi, el Conejo y la Cruz. Dentro de toda esta circunvolución se ven inmensas lomas y llanuras cubiertas de excelentes pastos y de infinidad de rosas que los matizan, especialmente en el punto de observación en donde crecen algunas, cuya fragancia deleita los sentidos. Desde aquí se distinguen hacia el sur los poéticos llanos de Guapango, cubiertos de innumerables ganados de los hacendados del rumbo de Toluca, que vienen a agostar desde junio hasta fines de octubre. Por una parte, la vista de la frondosidad de los montes que rodean el valle, la de las aguas de la presa de Guapango, que están tendidas y tranquilas a la manera de un gran espejo, a un lado de ese valle y en una dimensión de siete leguas, y por otra la de las llanuras cubiertas de animales, en una vasta extensión, contenidos todos como en un gran circo, forman un espectáculo sorprendente y grandioso, que debe verse, por lo ineficaz de las descripciones, si se pretende tener una idea exacta de él.

 

III

 

Después del descanso que se ha concedido, se comienza a disponer el coleadero. Todo el mundo se prepara, como si se fuese a dar una batalla, bien que es una verdadera lid con los toros, , y en la que se expone la vida, que se pierde a veces. Desde luego se ven a los vaqueros remudar sus caballos, y a los criados los de sus amos; los caballos comprenden la tarea que van a tener, y dirigiendo la vista hacia donde se halla reunido el ganado, se ponen valientes, briosos y con el cuello erguido. Si se les tiene parados, dan vueltas y rascan la tierra con las pezuñas; al punto que se montan se ponen muy garbosos y vivos.

El caporal, y en su defecto el caudillo o sobresaliente, arregla, como en todo lo demás, el orden de la diversión; las paradas de coleadores se sitúan una después de otras, formadas de tres individuos, para que uno tome la cola y los otros dos le hagan lado, esto es, evitar que el toro culebree, lo que sucede cuando el toro no corre derecho o en línea recta, pues en este caso es muy riesgoso seguirlo, por la facilidad que hay de que se traben las manos del caballo con los pies del toro. dada la señal para que dé principio el coleadero, el caporal o caudillo toman la garrocha y cortan uno por uno los toros hasta ponerlos en el partidero (*) del lienzo, en donde los esperan los tres jinetes que lo han de colear. Apenas llega el toro a este lugar, cuando corre por el claro que le abren con sorprendente velocidad; los coleadores lo siguen con admirable empeño; los caballos parten como unas flechas disparadas; en un momento han desaparecido los hombres montados y los animales; un ligero ruido, como el de la violenta tempestad, se ha oído y se ha desvanecido en el acto: ese ruido lo han causado las pisadas de los toros, las de los caballos que lo siguen, las voces de los jinetes y el chasquido de sus cuartas con que animan a aquellos. Después de la primera parada va la que sigue; tras ésta otra, después otra y otra. El caporal, con toda la fuerza de sus pulmones, y empuñando la garrocha con que pica a los toros por el cerviguillo, les grita:

-¡Corta toro!

-¡Fuera, bruto!

-¡Corta, animal! ¡corta!

-Las paradas que siguen. ¿A quiénes les toca este toro?

En un corto espacio de tiempo la mayor parte de los jinetes se han diseminado por la llanura, que está cubierta con hombres de a caballo y toros que corren en diversas y encontradas direcciones; el movimiento de jinetes y toros cambia según las desigualdades del terreno; aquellos se esfuerzan para alcanzar a éste, y éstos huyen burlando su tenacidad. En donde la vista alcanza se ven rodar algunos toros, que los han estirado en fuerza de la carrera, y han caído enseguida a tierra: más lejos apenas se distinguen los coleadores y animales en sus movimientos y sólo se perciben unos bultos negros, porque aunque sea veloz su carrera parece que es lenta, ya sea por la distancia, o ya sea por lo inmenso del terreno en que andan.

Las paradas vuelven sucesivamente; algunos jinetes, para dar descanso a sus caballos, se apean de ellos, les aflojan la silla y los estiran hasta cerca del partidero; aquí montan nuevamente y continúan con el mismo ardor, con igual entusiasmo. La parada que vuelve, parte en el acto; le sucede otra y después las demás.

Llega la hora del almuerzo. y la diversión se suspende; todos concurren a la mesa, improvisada debajo de un árbol o de una enramada, y sobre la fresca yerba y el verde césped, matizado con multitud de flores de diversos colores. Se traen los manjares y empieza la distribución: la fatiga o el ejercicio que han tenido, la familiaridad, la buena armonía con que cada uno se siente inspirado, y la vista del campo, en que se desarrolla una vegetación llena de vida y de caprichosas y variadas formas, sazonan la mesa y reina el buen humor y la cordialidad. La conversación, como siempre que hay estos pasatiempos, se anima, elogiándose la destreza de los coleadores, los riesgos que se han corrido, los precipicios que se han salvado o evadido, la agilidad de sus caballos y su maestría, la ligereza de los toros y su dureza para estirarlos, su bravura, arrendando o haciendo frente a los que los siguen. Acaso los más expeditos de los coleadores son los que menos hablan, y sólo se sonríen cuando escuchan elogios o descripciones exageradas. -Una cosa disgusta a los que , no acostumbrados a las diversiones del campo, asisten a estos convites, y es de ver las manos de algunos de los concurrentes, que gotean sangre, que las tienen heridas por enredarse en ellas la cola, cuando los toros oponen grande resistencia al tirón que se les da, y son los que se tienen por toros duros. Mas cuando se ha familiarizado con estas escenas, ningún disgusto causa la vista de las manos desolladas: antes es para algunos un placer; y si no, díganlo los jóvenes mexicanos, que se presentan ufanos en la Alameda, el Paseo, el café y el Teatro, aparentando que se han rozado las manos en algún coleadero.

Las alegría preside por todas partes a los convites que se tienen en el campo. especialmente en algunas diversiones favoritas como éstas. Así, pues, la complacencia no tiene límites; y para que sea completa, las copas de pulque y de vino pasan del uno al otro extremo de la mesa.

 

(*) Se llama así el punto en que empiezan a cortar los toros.

 

 

IV

 

Después del almuerzo, todos los concurrentes se manifiestan con más franqueza, y a un tiempo se oyen las diversas órdenes que dan, para que se remuden los caballos.

-Juan, ensíllame el Coral.

-A mí el Dos-caras.

-Échale la silla al Tamarindo.

-Ponle el freno al Jilguero.

-Onofre, ensilla para ti el Silencio y que Gregorio lleve el Travieso.

-Félix, ponle mi silla al Ciervo, monta tú en el Naipe, y lleva al Charro, al Canario y al Tambor debajo de aquél árbol.

-Atanasio, tráeme el Duende.

-Nacho, mete al Cejillas.

Todas las voces de mando, como los nombres de los caballos, se oyen simultáneamente por todas partes; los criados se afanan, los vaqueros se multiplican, y es el único día en que se les ve diligentes. Unos y otros, vestidos con sus calzoneras, botas de campana, sus cotonas lujosas, más o menos, y sus sombreros en mano, dan a cada uno su caballo, que han ensillado con sorprendente prontitud. El ruido de sus monstruosas espuelas, el relincho de los caballos y los gritos de todos, forman una batahola y una algazara sin igual, en medio de la que se advierte una competencia entre dos compadres que se aman con el corazón. Uno de ellos pretende cumplimentar al otro y le dice a su hijo:

-Apéate, muchacho, y dale el Chispillas a mi querido compadrito. -El Chispillas es un caballo de las dimensiones de un perro, y el compadre, a quien quieren obsequiar, es muy gordo y obeso, como un provincial o un usurero, ve que el caballo liliputiense no lo aguanta, y temblando por sus días, con gran empeño le responde a su amado compadre:

-Compadrito de mi alma, mil gracias: que se divierta mi ahijadito; yo no corro hoy.

-Ni diga vd. eso compadrito: ¿qué se diría de mí, que venía vd. a un coleadero y yo no le había de dar en qué se divirtiera?

-Muchacho, ensíllale a mi compadre pronto tu caballo; pero pronto.

-Compadrito de mi vida, yo no coleo: hoy hace años que me iba a matar, y su comadre de vd. por nada se me muere del susto, y he hecho juramento de no volver a colear, y promesa al Señor de Chalma.

-Compadrito, no, no: hoy todos hemos de colear. No tenga vd. cuidado, el caballo es fuerte y seguro para correr; pero si no le gusta a vd. ése, montará el Apenitas, que es muy bueno. -El Apenitas era un caballito punto menos que el Chispillas, en esto el infeliz compadrito temblaba. En fin, después de varios cumplidos y excusas, y habiendo agotado media docena de vasos de pulque, ambos compadres se resolvieron a correr la misma suerte, y quedando anuentes, requirente y requerido, sin apelación alguna.

Concluido del todo el almuerzo y los cumplimientos, vuelven a montar a caballo actores y espectadores, y ninguno desmiente su decisión: los primeros para obrar, y los otros para aplaudir o censurar, como patriotas hojalateros, desde el seguro sitio en que se colocan para ver y divertirse. Todos están joviales y vigorosos; los que censuran están más severos, los coleadores más atrabancados, el caporal más complaciente y los vaqueros más atentos, aunque no más cuidadosos de que el ganado no se alborote. Todos marchan al campo de la lid con mayor entusiasmo.

El caporal vuelve a empuñar la garrocha, y con grande esfuerzo corta otra vez los toros a los coleadores: ahora está más garboso, y como por hacer alarde de su buena memoria, corta a los toros por sus nombres, y malicioso o picaresco, separa los más mañosos, duros o arrendadores, a los individuos de las paradas, con quien quiere divertirse o vengarse de alguna mala partida que le han jugado. Las paradas se colocan por sus turnos, y el caporal grita:

-¡Ave María Purísima!

-Anden, señores.

-Vamos, caballeros.

-Corta, Jicote, corta.

-Fuera, Gato.

-Guía, Gavilán.

-Parte, Venado.

-Corta, Huitlacoche.

Los coleadores parten veloces : los caballos participan del mismo empeño, de la misma emulación de sus amos, y saliéndose de la rienda, tascando el freno, echando espuma, arrojando humo por boca y narices, centelleando los ojos, tendiéndose como gamos, saltando como liebres, siguen al toro. Un jinete, para dar pruebas de su habilidad, empareja en arrebiate su caballo al toro: desde el partidero le pone la mano sobre la palomilla; el toro luego que la siente da un brinco, y el coleador, solazándose, la deja resbalar en todo el lomo, cuya piel parece, por la violencia y lo lozano del animal, un terciopelo, y toma la cola: a un tiempo casi imperceptible la enreda en la mano, alza la pierna, traba la bolera, saca y abre el caballo; éste, luego que ve levantar la pierna, agacha las orejas y hace un empuje para salir, (1) gana al toro la delantera y dale el tirón, y en seguida la caída. El jinete en estos instantes en nada piensa; no es exageración, se olvida de sí, no se acuerda de sus amigos ni de su familia, y tal vez ni de Dios mismo: está en un verdadero éxtasis, y se siente transportado a otro mundo. Los asistentes al verlo dar la caída al toro, exclaman unánimes:

-¡Caída redonda!

-¡Qué buen tirón! dice el caporal.

-¡Ah, qué cuaco tan razonable! expresan los vaqueros.

-¡Bien haya el amo tan persona! exclaman otros.

No han acabado de hacer estos elogios, cuando ya otro jinete ha tomado la cola y ha jalado al toro, que apenas lo ha ladeado sin caer. Se sigue el otro coleador, y metiéndole una zurda (2) le da al toro una segunda caída.

Algunos concurrentes, que pueden distinguirlos, dicen:

-Ya, cuando, el toro amainó y menean la cabeza.

En pocos momentos todo el campo está cubierto de coleadores y toros diseminados; la llanura parece que se agita y que se mueve: unos corriendo, otros espantando a algún toro mañoso que está echado por la caída y no quiere pararse. Entonces los coleadores, para pararlo, dicen:

-Vamos a hacerle la fuereña, anden luego: se alejan del toro a una pequeña distancia, y reunidos vienen sobre el animal, haciendo gran ruido sobre las corazas de sus sillas, y ando grandes gritos. Entonces el toro se para, y si no corre sino trota, los hombres gritan:

-Déjenlo que arme la carrera, no vaya a arrendar. Armando la carrera, esto es, corriendo al toro, le levantan la cola y le estiran, con buen o mal éxito.

Por otra parte está un toro que se ha embravecido haciendo frente a los pertinaces coleadores. En estas circunstancias llega uno de esos que mucho hablan sin que nada ejecuten, que todo se vuelven consejos o reglas, diciendo en voz alta y como satisfecho de su poder:

-Anden, amigos, no le tengan miedo.

-Pues éntrele vd., amo.

-Pues vamos, -y cuando esto dice, se aleja del toro y le grita. -¡Ah, toro josco! ¡ah, bruto! y se va, porque cree que viene sobre él. Por diverso rumbo se ve una parada con otro toro, y detrás de los coleadores uno que grita por todos, que nada hace más que talonear y azotar sin conmiseración a un endeble andante, como él le llama, y dice con gran esfuerzo:

-Háganle ruido, aunque sea con la hacha, y no lo dejen de buscar.

Cualquiera diría que éste era un famoso coleador; mas nada de eso, pues aunque año por año concurre a los herraderos y coleaderos, su ocupación es gritar y correr.

En el partidero no ha cesado el movimiento. Los coleadores se han alternado ya sin orden, porque todo degenera y se ordinaria, desde el vaquero hasta el diputado y el general, y así se ven cambiar constituciones como se remudan caballos.

Volviendo a nuestro objeto, ha salido un toro, y burlando a los que le siguen, arma el brinco y salta la cerca; ha partido otro y se ha estirado como badana, tanto, que ha dejado muy atrás a sus perseguidores; otro toro ha cortado el caporal, y por entre las manos de los caballos ha girado a la izquierda, formando un ángulo recto con la línea que traía; y mientras que los coleadores arrendaban sus caballos, el animal les había ganado un gran trecho. Por rumbo opuesto, algunos jinetes corren en pos del toro, al que despachan furiosos y frenéticos sus caballos; pero éstos, siendo boquimelles o no teniendo gobierno, llevan a sus amos contra su voluntad por donde place a los brutos; y aquellos y éstos, sin saberse cuáles sean más, van como demonios, hasta que se pierden de vista.

No faltan convidados o caballeritos que pretendan arriesgarse a colear; en este caso el caporal los acompaña para darles reglas; pero no corren en el lienzo porque se ruborizan sus mercedes. El caporal u otro le parte el toro en primera carrera, le da la caída, y al pararse, los niños o gandules corren tras el animal; entonces levanta alguno la cola y se la da a estos coleadores vergonzantes, quienes se empeñan por su parte para jalar al toro.

El caporal los anima y les grita:

-Ándele, señor amito.

-Téngala su merced, y le ofrece la cola al más inmediato.

-Véngase de este lado.

-No se eche encima el caballo.

-Ya, ya, señor amo.

A estas voces el toro corre: el amito quiere alzar la pierna y ni puede, contiene el caballo, y el toro se escapa, visto lo cual por el caporal, y que non siguió el aficionado sus reglas, dice:

-¡Válgame Dios qué amito!

Se siguen otros aficionados que parecen más resueltos, procurando cumplir con los consejos del caporal. Con efecto, corren, pero sin conocimiento alguno, porque le parten al toro desde una gran distancia, atascan a sus caballos, y cuando han llegado cerca del toro, diverso del que seguían, unos a los otros se entorpecen atravesándose los caballos. El toro, como quo ya ha sido corrido y estirado, apenas corre y menea ligeramente la cabeza por uno y otro lado. El caporal lo advierte y les grita:

-Cuidado, señores amos, eso toro es matrero: vengan sus mercedes a divertirse con otro.

El caporal les dispone un nuevo torete a quien jala en primera carrera, y se los acomoda a los señoritos. Éstos corren, y al tiempo de tomar la cola se les cae el sombrero, pierden las estribos, se agarran de la cabeza de la silla, y sueltan, no solo la cola, sino la rienda, por lo que los caballos corren velozmente a su discreción, y al brincar alguna zanja o barranca, los jinetes dan en el suelo. Los caballos continúan corriendo mas azorados, y los vaqueros los siguen con reata en mano hasta que los lazan; los niños están por tierra medio desquebrajados; pero el caporal, que en tiempos mas bonancibles los acompañaba, dándoles consejos, ahora no desmiento su adhesión, y no olvida sus consejos: llega y los arropa de la manera mas tierna y presurosa, y les dice:

-No hay cuidado, amitos: no es jinete el que no cae. Por fin, más ha sido el susto que el golpe: so levantan los niños, y los demás los excitan a retirarse en donde están las señoras, para sólo divertirse, y todos, se van, no sin dejar de hacer grandes reflexiones de lo caro que es aprender oficio ajeno. El caporal vuelve á su puesto, y la diversión se prolonga.

En esto, algunos mas duchos e instruidos están de peloteros a alguna distancia del partidero, esperando que a los animales se los avienten otros coleadores: los peloteros, corriendo con ventaja les ganan a aquellos y los colean. Entre los espectadores hay varios que están viéndolo todo y criticando a cuantos colean, dando con fuertes voces buenos consejos. Al presenciar que alguno va a tomar la cola, sacan los ojos, hacen varios ademanes y mil gestos, también levantan la mano, so inclinan y dan un silbido o exclaman:

-Levántala, guaje.

-Saca el caballo.

-Llama rienda.

-No llames tanto al caballo.

-Arrabiátalo.

-Abre el caballo.

-No jales arriba.

-No colees á dos manos.

-¡Así se hace, bien haya quien te parió!

-No hostigues al penco.

-Ah qué toro tan persona.

-Se fue limpio.

-Miren qué cristiano tan bruto.

Y las carcajadas y los silbidos se suceden, y crece una infernal algarabía.

Los dos compadras, que al principio se manifestaban tan decididos, han corrido, pero poco, porque no han alcanzado los toros o por que han sido muy cautos. Con todo, los humos del pulque de algunos vasos, que han vuelto á apurar, han fomentado el ardor, y el sagaz caporal, viéndolos, les corta un torete y les grita:

-Anden, compadritos, ahí va el de vds.

Y los compadres han corrido valientes, y ¡oh impiedad! uno de los compadres ha caído revolcándolo el torete, y ha herido mortalmente al Chispillas. Afortunadamente los demás concurrentes han ocurrido a quitar el animal a los compadres, pero el convidado está casi muerto. El sudor le ha parecido qué es sangre de las heridas, y cuando vuelve en sí pide confesión. Los rancheros lo han envuelto y le dan una bebida improvisada, no a la verdad agradable; pero vuelve más en sí, y ve que nada le sucedió. El dueño del caballo reniega de su compadre, por torpe, le declara la guerra ofensiva, se entiende, y rompe las hostilidades; el compadre caído se la declara también, pero defensiva, y se lanza al campo de batalla, poniéndose de oro y azul, hasta que los apartan; pero no terminaron su contienda sin verse ante un formidable juez, que con los hombres buenos y testigos de asistencia, los ponen en paz, hasta que han consumido sus borregos, caballos y cosecha: ¡Y luego se dice que no hay jueces de paz que cumplan!

Avanzada la tarde, el desorden crece y ya se cortan hasta tres toros juntos, lo que ocasiona a veces alguna desgracia; pero no por esto desisten los aficionados, quienes cuanto más colean, más se envician, remudando un caballo después de otro. El jinete, encendido su semblante con la fatiga, y el caballo, jadeando y bañado en sudor por la continua lucha en que ha estado, vienen orgullosos de sus triunfos; aquél, no obstante que su caballo está entero, o no se ha acabado, dispone remudarlo. En el acto dos mozos ensillan otro, echándole uno el freno y otro la silla; pero antes han cubierto con una manta al caballo quo acaban de desensillar, y lo han puesto de modo que no lo dé de frente el aire: para esto, uno de los mozos reconoce antes por donde corre el viento, por medió de una saliva que arroja hacia arriba. El sol ha desaparecido en Occidente, y todavía los coleadores siguen divirtiéndose con el mismo ardor, que no so les extingue ni a la luz del crepúsculo, ni a la de la luna. ¿Qué lauro obtienen? ¿Qué premio ganan? ¿Qué utilidad les recompensa ese estropeo de sus personas y de sus sufridos caballos? Nada. Pero hay en esto una pasión que arrostra con las ideas y con las reflexiones, y esa pasión ha degenerado en un verdadero vicio.

 

(1) Hay caballos que salen con tal violencia que en un descuido zafan al jinete de la silla, y a veces queda trabado con su espuela, de la cola del toro.

(2) Bolera por el lado izquierdo.

 

 

V

 

La concurrencia, tiendo la pertinacia de los coleadores, que no se dan por satisfechos, se comienza a retirar y a dispersarse, y la poesía de las escenas de la aurora se repite, bajo de otra forma, al ver reinar en el firmamento a la luna, derramando sobre el campo y los bosques su argentada y apacible luz. Por donde quiera la naturaleza y las reflexiones. Los años van y vienen: los mismos montes, las mismas cañadas, las mismas escenas, el mismo sol que las alumbra; no así los ojos y las flores, los hombres y los animales. Los actores se han cambiado, los espectáculos son los mismos.

 

Hacienda de Coscotitlán, agosto 4 de 1846. —.D. R.