viernes, 27 de agosto de 2010

Las Conchitas: otro paraíso perdido

Panorama de Aculco desde Las Conchitas en 1985. A la derecha se observa una parte de la corraleta del lienzo charro y, en descenso, los muros de la huerta.

Al fondo, las lomas donde se formó cerca de veinte años después de tomada esta foto el rancho de Las Conchitas.

El sitio aculquense al que me referiré esta vez no forma parte ciertamente de su patrimonio histórico o arquitectónico. Se trata simplemente de un lugar antaño sumamente agradable, que se fue fragmentando y degradando al paso del tiempo, y que hoy muestra en algunas de sus áreas un abandono y desdén atribuible directamente a las administraciones municipales que las han convertido en un basurero.

No faltará quien opine positivamente sobre las razones que han llevado a dicho estado a este sito, entre ellas la construcción dentro de su perímetro de una escuela preparatoria, un kinder y una clínica del IMSS. Yo, convencido de que el fin no justifica los medios, siempre lamentaré que todo esto se haya hecho a costa de un gran espacio verde, una amplísima huerta que pudo haber tenido un mejor destino, o por lo menos un mejor aprovechamiento de sus espacios.

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Panorama de Aculco desde Las Conchitas en la actualidad. En primer término, la barda y árboles que delimitan el perímetro de la escuela preparatoria.

Una de las situaciones recurrentes en la historia reciente de Aculco tiene que ver con lo que he llamado "los paraísos perdidos": comienzan cuando un hijo de este poblado, que ha logrado hacer fortuna lejos de él, lo escoge para crearse el paraíso con el que ha soñado toda la vida y que habitualmente incluye una casa hecha a la medida de sus deseos, tierras, árboles frutales, ganado o caballos, y hasta algún poder político... A veces, las fortunas involucradas en esta creación de paraísos han sido verdaderamente cuantiosas, como la don Ignacio Espinosa Martínez (filántropo cuyo apellido fue impuesto a la cabecera municipal), pero el final de casi todas, grandes, medianas y pequeñas, ha sido el olvido, el abandono y la destrucción. Dice mi nada optimista primo Octavio, que esa es la prueba de que no hay paraíso posible en Aculco: parece que la misma tierra "dice que no".

Uno de esos paraísos dolorosamente perdidos es la quinta o rancho de "Las Conchitas", el edén que soñó don Cipriano.

Registro del censo de 1930. Aparece "Sipriano" Ortega, de diez años de edad y de ocupación pastor, como habitante de la la "loma llamada o nombrada de La Garita".

José Cipriano Ortega nació en Aculco hacia 1920 y vivió su infancia en una pequeña casa de piedra blanca y cubierta de teja que se hallaba a media subida en el camino que comunicaba la zona de Nenthé con las lomas de Cofradía (que hoy es la calle José Sánchez Lara). No debería avergonzar a nadie decir que su familia era muy pobre pero igualmente laboriosa. Su madre, de nombre Concepción Pérez, se dedicaba a tejer canastas y chiquihuites de jara. En su infancia y primeros años de su juventud, Cipriano fue pastor y efectuaba también trabajos para distintas personas de Aculco. Todavía hay quien lo recuerda acarreando leche en cántaros desde la desaparecida Casa de Nenthé hasta la Casa de don Juan Lara Alva, debido a un accidente en que la leche se derramó, lo que le valió a Cipriano una fuerte e inmerecida reprimenda.

Vista de lo que fue la huerta de as Conchitas, ya despojada de sus frutales y fragmentada en diversos espacios.

Pero Cipriano hizo lo mejor que podía hacer un hombre inteligente como él y sin ninguna posiblidad de crecimiento en el pueblo: irse de ahí a la ciudad de México. Trabajó en la capital en la tienda de ultramarinos de un español (creo recordar que se llamaba "La Sevillana"), donde se involucró en este negocio a cabalidad y después de años de trabajo él mismo se convirtió en empresario. El esfuerzo rindió frutos y hacia la década de 1960, cuando logró acumular una regular fortuna, regresó a Aculco para crear su paraíso.

Escogió para tal fin los terrenos que limitaban al oriente con lo que había sido la casita de su infancia los que, además, gozaban de una de las más hermosas vistas del pueblo de Aculco. Compró una parte de ellos a don Evodio Ángeles y la complementaria, del otro lado del camino, a don Pablo Padilla (o a sus descendientes). Cercó el terreno con muros de piedra blanca, sembró cientos de árboles frutales, construyó una casa, levantó caballerizas y un gran lienzo charro. Curiosamente, Cipriano dejó sin tocar su vieja casita. No hubo en él esa frecuente actitud de quien nace pobre de borrar las huellas de su antigua humildad. En esa vivienda que todavía yo conocí, parecía haber querido dejar una doble moraleja: para él mismo, el recuerdo y aceptación de su origen; para los demás, el ejemplo de lo que consigue el trabajo.

Vista de las gradas del lienzo charro de Las Conchitas desde el camino que se ha abierto para tirar cascajo en sus terrenos.

El paraíso de Cipriano (a quien ya entonces se le daba trato de "don") fue bautizado como "Las Conchitas" en recuerdo, naturalmente, de su madre. Pero extrañamente su constructor disfrutó quizá por menos de 15 años aquel edén construido a la medida. En algún momento, en tiempos de Carlos Hank González, decidió venderlo al gobierno del Estado de México y se mudó al rancho "Las Vegas" que perteneció a la familia Terreros y se encuentra al extremo opuesto de la larga loma de Cofradía, a unos dos o tres kilómetros de distancia.

El gobierno del Estado entregó después Las Conchitas al gobierno municipal de Aculco y ahí comenzó su decadencia. Primero, la casa fue convertida a principios de la década de 1980 en "posada familiar", destino que podría haber sido su salvación pero que resultó poco afortunado por la poca demanda. En esos mismos años, la huerta principal fue utilizada para guardar las yeguas brutas que utilizaba la Asociación de Charros de Aculco y estos animales acabaron con gran parte de los árboles frutales al roerles la corteza. Más tarde, los terrenos que habían pertenecido a don Pablo Padilla fueron convertidos en la Unidad Deportiva Municipal, transformándose aquellos prados en polvosas canchas de futbol. Luego, la casa fue destinada a acoger las instalaciones del IMSS -uso que conserva hoy en día- pero la gran transformación comenzó a ocurrir cuando se trazó una calle en el extremo oriente del terreno (calle que hoy se llama precisamente Las Conchitas) y se levantó a su vera la nueva Escuela Preparatoria Venustiano Carranza que, por lo menos, ofrece como fachada una agradable barda de piedra blanca. Pocos años después un jardín de niños se construyó también junto a ella.

El redondel convertido en despósito de autos accidentados, basurero y almacén de cascajo. Al fondo, la ostentosa casa edificada donde estuvo la humilde casa de la infancia de don Cipriano Ortega.

Aunque se aceptara como inevitable su urbanización y fragmentación, lo cierto es que en manos de un verdadero urbanista la huerta de Las Conchitas podría haberse utilizado de una manera estupenda, aprovechando sus desniveles, su magnífica vista, su amplitud... Pero simplemente no se hizo así.

Hace unos días regresé a este sitio y comprobé su decadencia. Calles mal trazadas y acabadas, ningún orden en las construcciones, bardas derruidas. Quizá sólo la escuela preparatoria luce un buen mantenimiento. En lugar de la casita humilde de don Cipriano se ha construido una casa ostentosa, de nuevo rico. Y aquel lienzo charro que fuera la construcción más grande y costosa de este paraíso, en cambio, es hoy utilizado como corralón para automóviles chocados, basurero para el cascajo que han producido las recientes obras municipales en calles y empedrados, almacén de todo tipo de trebejos. Las gradas se están derrumbando y ya casi no queda recuerdo de la huerta que lo rodeaba.

Las gradas cayéndose a pedazos.

Es lamentable y hasta inexplicable que infraestructura así se esté perdiendo por el abandono. ¿No existen en territorio municipal poco menos de una decena de asociaciones charras que podrían ocupar este lienzo como sede, ya fuera mediante una contribución al erario municipal o, mejor, ocupándose de su mantenimiento y mejoramiento? ¿No es cierto que el Auditorio Municipal es utilizado con frecuencia para eventos inapropiados que mejor sería realizar en un sitio como éste (hablo, por ejemplo, del palenque)? ¿No valdría más conservar la infraestructura que se posee que desembolsar después cuantiosos recursos en repararla?

En fin, Las Conchitas, aquel paraíso rural de don Cipriano Ortega es ya sólo un eco lejano de lo que fue. Al paso que continúa su transformación y su abandono no tardarán en perderse sus últimos recuerdos.

El lienzo en su uso actual. Al fondo se alcanzan a observar las instalaciones del IMSS en lo que fue la casa de Las Conchitas.



Tres vistas del estado actual del lienzo charro de Las Conchitas.



ACTUALIZACIÓN: 22 DE SEPTIEMBRE DE 2011

Nos comunican que don José Cipriano Ortega falleció el pasado 17 de septiembre en la ciudad de México, donde fue sepultado.

ACTUALIZACIÓN: 2 DE ENERO DE 2014

A finales de la administración municipal anterior, el 9 de octubre de 2012. el Cabildo decidió "por unanimidad de votos la desafectación de 7,352 m2 del predio denominado 'Las Conchitas', propiedad d el H. Ayuntamiento, el cual se destina para la construcción de un hospital". Ello implicó el completo arrasamiento del lienzo charro, del que no quedó piedra sobre piedra. Aquí las fotografías aéreas de la degradación y su final destrucción.

Vidó

EL torreón de la casa de Vidó.

Vidó es un topónimo de origen otomí que según Rubén García (Rincones y paisajes del México maravilloso) significa "Piedra Roja", traducción que no nos satisface del todo pues aunque ciertamente "dö" en esa lengua significa piedra, rojo se diría más bien "thëni". A falta de una mejor interpretación conviene dejar abierta aquella posibilidad. Pero, sea cual fuere su significado preciso, lo interesante aquí es que recibía este nombre una milpa con una pequeña casita de piedra que se extendía en el extremo oriente de Aculco, limitada por la Calle del Sol, el camino que lleva al pueblo de Santa María Nativitas, la prolongación de la Calle José Canal y el arroyo llamado también Vidó que desciende desde la Sierra de Aculco a lo largo del Barrio de la Soledad.

El único tramo de la calle del Sol, antaño la vía más oriental de Aculco. Esta calle se prolonga al norte por el Callejón del Sol, que tiene distinto alineamiento.

La milpa de Vidó era -apenas puede creerse hoy en día- uno de los sitios de recreo del Aculco viejo. A orillas del arroyo se formaba una playa de arena fina y en sus pozas nadaba la gente (principalmente los niños) en el calor de la primavera, única época del año en que el frío clima permitía solazarse de esta manera. Existía en esa milpa una sola vivienda, como dijimos arriba: una casita de piedra cubierta de teja que tenía la única particularidad de contar con una alacenda donde, asegura la leyenda, su dueño halló dinero enterrado. Sea que el dinero tuviera su origen en este entierro o en su trabajo (en el que debemos incluir el puesto de Diputado local), el propietario edificó allí mismo en la década de 1970 una amplia y hermosa casa moderna con detalles neocoloniales, de piedra blanca, bóvedas esféricas de ladrillo, jardín al frente y un simpático torreón, que si bien no se inspiró directamente en la antigua arquitectura aculquense, por lo menos se adaptó al entorno de manera tersa, sin estridencias.

Muro norte de Vidó, hacia el camino entre Aculco y Santa María Nativitas.

Una vista más extensa de este muro en Google Steetview. A la izquierda, a la orilla del arroyo, se extendían las pequeñas playas que hicieron localmente famosa a esta milpa.

Si de la antigua casita no sabemos si quedó huella, en cambio se conservan a la vista en Vidó otros restos importantes que datan de los primeros años del siglo XX. El más importante de ellos es un gran arco de piedra que libra perpendicularmente el arroyo y que fue construido por don Abraham Ruiz Lara para conducir el agua de riego proveniente de la presa de Ñadó hacia los terrenos que poseía en la margen derecha de esta corriente. El arco nunca llegó a cumplir con su función, de hecho parece ser que nunca llegó a construirse el canal de la parte superior. En cambio, sirvió para que algunos charros de antaño hicieran gala de la habilidad propia y la de sus caballos para transitar por tan estrecho paso; así lo hacía, por ejemplo, don Luis del Castillo.

El arco de Vidó, edificado en piedra blanca.

Las dimensiones del arco resultan verdaderamente notables.

El arco prolonga el muro sur -que sirve de lienzo a la Calle José Canal- al otro lado del arroyo de Vidó.

Sillares del estribo oriente del arco. Aunque están construidos en suave piedra blanca, su desgaste es mínimo.

Hoy en día, Vidó es un terreno cercado por todos sus lados. Aunque la casa construida en los setentas ocupa buena parte de su superficie, en otra sección existen unos baños públicos y una enorme área a orillas del arroyo permanece como espacio abierto, sin edificar. No sé a qué se deba, será seguramente que el camino no lleva a ninguna parte, pero el tramo final de la calle José Canal que corre a lo largo del muro sur nunca ha sido empedrado y, en los últimos tiempos, se le utilizado como excusado, basurero y hasta para descargar cascajo. Todos estos desechos se deben sortear si uno desea acercarse a la orilla del ahora maloliente arroyo (gracias a las descargas del drenaje en el mal urbanizado barrio de La Soledad) para apreciar el grandioso arco de Vidó, quizá el arco exento de mayor radio construido nunca en el municipio de Aculco.

Muro de Vidó hacia la calle José Canal. El remate de lomo de toro con una cornisilla de ladrillo era característico de las construcciones antiguas del pueblo.

La prolongación de la calle José Canal hacia el arroyo de Vidó ha sido respetada por los colindantes como lugar público, pese a no estar empedrada y constituir prácticamente un baldío.

Esquina norponiente de Vidó (Calle del Sol y Avenida Morelos), sitio donde se encuentran actualmente unos baños públicos. Fotografía de Google Street View.

Muro frontero a Vidó, en la esquina de José Canal y Calle del Sol.