domingo, 23 de febrero de 2014

Manuelita, una novela de Guillermo Prieto que inicia en Arroyozarco

Guillermo Prieto



Guillermo Prieto fue un escritor tan prolífico y tan amante de los viajes y las descripciones de lugares que no sorprende que en por lo menos cinco ocasiones distintas haya escrito sobre el mesón de Arroyozarco, ya como simple referencia en el Camino Real de Tierra Adentro (somo sucede en el "Romance de Aculco"), ya recreando con sus palabras todo un cuadro costumbrista que lo tiene como escenario (como lo hace en las Memorias de mis tiempos y los Viajes de orden suprema). Pero hasta hace poco tiempo no conocía uno más de esos textos: una novela corta escrita por él y publicada con su seudónimo habitual -Fidel- en el periódico el Siglo Diez y nueve, segunda época, año II, número 338, del 16 de mayo de 1843, llamada Manuelita. En esta novela romántica poco conocida, el protagonista conoce a su amada en el antiguo mesón de la hacienda de Arroyozarco, en un viaje por el Camino Real de Tierra Adentro. Después el escenario va cambiando a diversos lugares del interior del país, hasta su conclusión. Lo interesante para este blog, por supuesto, son apenas las primeras páginas, las que se refieren precisamente a la noche que transcurre en ese punto de la geografía aculquense, mismas que copio para disfrute, o por lo menos entretenimiento, de los lectores de Aculco, lo que fue y lo que es:

Una diligencia mexicana, del libro Mexico, California and Arizona, de William Henry Bishop (New York, Harper & Brothers, 1900)




MANUELITA 
Guillermo Prieto 
Un cuarto

–Dilata el viajero.

–Pues chicos, su carta no puede mentir, aquí debe apearse.

–¡Canario! es tardísimo, yo no lo espero.

–Tiburcio Matraca a nadie espera, sus atenciones...

–Y cómo que sí, si ustedes supieran la importancia de mis quehaceres: Vean ustedes (leyendo): Ver a Laforgue que me venda una mancuerna de botones para que cierre a la moderna mi frac; sengundo: pésame a doña Luz Girasol; tercero: preguntar a Taconini, por la salud de la prima-donna de la ópera.

–¿Quieres callar?

–Está visto, Miguel nos da un tabardillo.

–¿Qué, se propone hacer a caballo la jornada de Arroyozarco a México?

–No, señores, debería haber llegado hace dos días; pero un asunto preciso lo detuvo en Tula un día, y ahora creo infalible su llegada.

–Vendrá tostado por el sol, lleno de polvo.

-Silencio... oigan caballos.

–Pasaron de largo.

Un diálogo poco más o menos como el referido, se entabla hace cosa de un año en mi cuarto, donde esperábamos ansiosos a Miguel Enríquez, de su viaje a tierra adentro.

Era este Miguelito bullicioso y sentimental, de ojos ardientes y rasgados, nariz roma, tez morena un sí es no es, emprendedor y entusiasta, con sus puntas de literato y sus ribetes de hombre de mundo.

Fecunda en aventuras su vida, la relación de sus viajes era fácil, amena, sin exageranción ni petulancia; en fin, era nuestro amigo, y cuanto salía de sus labios tenía para nosotros la doble belleza de pertenecer a él y de ser en sí mismo interesante.

El teatro donde debía representarse la escena de su llegada, era nada menos que mi cuarto, en donde hasta una docena de cócoras en las tardes de invierno matpabamos el fastidio entregándonos a esa charla chismográfico-burlesca, charla alborotadora y enciclopédica que ha dejado recuerdos tan vivos en mi mente, y excitará siempre sentimientos tiernos en mi corazón.

Y ya que bambolea en el extremo de mi pluma, nada menos que la descripción de mi suso-expresado cuarto, ánimo y pintarlo, que están en moda las pinturas, ya que sin alzar los ojos de sobre el papel puedo ver el original a mis anchuras.

Hasta doce sillas, que por lo enteleridas podrían creerse viudas de militares; hasta un par de cuadros, que por lo discordantes se podrían tomar por la representación del Gobierno y el Congreso que cayó; una mesa tan mal parada como la hacienda pública; una librería como la del canónigo del Gil Blas, y multitud de papeles borradores, obleas, puros, tarjetas y billetes, en la anarquía más completa; he aquí el centro de reunión de los doce muchachos, todos parlanchines, todos entusiastas, fumadores de profesión, que tan pronto discutían la crónica escandalosa del país, como analizaban a Byron; tan pronto referían sentimentales sus amores, como generosos proponían y se esforzaban por el remedio de los males de algún desdichado; tan prontos para idear una contradanza, como para improvisar una oda; tan decididos en un ambigú como en un duelo; tan jocosos en un corrillo, como circunspectos en un entierro: de este jaez eran los autores del diálogo con que comencé mi tan cierta como verdadera historia.

–Ahora sí es él.

–Hola mozo, toma ese caballo, quita el equipo de esa mula, ese cajoncito con cuidado...

–Miguel.

–Bribón.

–Venga un abrazo.

–Sube.

–¡Qué gordo vienes!

–Chocolate para Miguel.

–Viva el recién venido.

Pasaron las preguntas y respuestas de estilo, los abrazos y cumplimientos, la revista de sus facciones, y el atropellamiento con que queriéndose preguntar todo y responder a todo, se forma una algarabía linda, que no es posible transcribir con exactitud. Así transcurrieron algunas horas, siempre desviándose y revolviéndose la conversación, siempre comenzando de nuevo la noticia del viaje desde el día de la salida, siempre perdiéndose en alegres episodios sobre la belleza de las muchachas, el pésimo estado de los caminos y rondas, y la razón de los amigos, y cosas que por mucho tiempo había dejado de ver el viajero.

Entre las anécdotas amatorio-pecaminosas de que sembró Miguel su conversación, mi malicia percibió el nombre de unaManueltita, que al mentarla Miguel tomaba cierto aire grave y melancólico, que decía mal con aquella fisonomía revolucionaria y vivaracha, hecha como con privilegio exclusivo para la alegría y el buen humor.

–Podías hacer algo de provecho, MIguel.

–¿Qué cosa?

–Contarnos de pe a pa la historia de esa Manuelita que sale y se escabulle tan a menudo en tu conversación.

–Sí, sí, la historia.

–Después de mil dimes y diretes, bajando su sombrero tendido hasta la frente, cruzando sus piernas y asegurado entre una nube de humo del constante fuego de su habano, dijo: atención noble auditorio, y despepitó en medio del silencio público la susodicha historia.

"Con el corazón seco como una pasa salí de México, cabizbajo como tahúr que juega proyecto, y deseoso de aventuras como el Hidalgo de la Mancha.

"Nada interrumpió en las dos primeras jornadas de mi viaje la monotonía más hostigosa; pero como donde menos se piensa salta la liebre, en Arroyozarco en un abrir y cerrar de ojos, estando en la fonda me presenta el más sazonado y fresco plato de ensalada, una chicuela como hasta de quince años, ligera y pizpireta, de enaguas de castor y camisa de encaje y bordados sobre el abultado seno, fisonomía hermosa y picaresca, un pie y hasta la cuarta parte de una pierna blanca y torneada, y un cabellito que en naturales ondas caía sobre su frente como una cortina a los lados del cuadro de una imagen. Comía despacio para prolongar la doble tentación de comer bien, y al frente de aquella beldad figonista, y ya en mi alborotada cabeza cruzaban mil planes subversivos, cuando caten ustedes que pasó por enfrente de mí un talle esbelto con su andar desembarazado y majestuoso.

"No vi su rostro, y cuando desapareció exclamé sin sentir:

Pasó, no era un ensueño

que atrevida forjó mi fantasía.

"Dos, dos lindas para un hombre soloy amante de lo bello... era volverse loco. Mi maldita propensión a lo ideal y novelesco, me hizo olvidar el terreno afecto de la fonderita... y cuasi loco me decidí a hablar, a enamorar y a armar pendencia por decir un yo te amo a mi desconocida.

"La abertura estrecha que dejaba su cuarto, no me permitió distinguir absolutamente nada, casi me decidía a entrar, pero me lo impidió el enérgico ruido de unas botas que daban por consecuencia unos pies que servían de base a un hombrón, cuya vista, maldito lo que hubiera tenido de agradable.

"No me retiré sin embargo, notando que el exagerado compañero, ni hablaba ni se acercaba a la sombra que en la paredproyectaba la incógnita; tal indiferencia me dio malísima espina, dije para mi sayo: este helado acompañante, es marido sin duda, y como yo no sé qué tienen de antipáticos tales animales, me fui a mi cuarto, enamorado como un tuerto, y cuidado que no es mal decir [sic]. Como es de suponerse, a las cuatro de la mañana estaba en pie, mis caballos ensillados y todo en disposición para partir, a la vez que las diligencia cuyas cadenas crujían por los impacientes caballos que ya estaban uncidos.

"Entre arrieros dormidos, aparejos y bestias, inclusive los cocheros de otros carruajes, se deslizó aquel talle airoso, gallardo, divino, la presidía el sospechoso de marido, con el farolillo del huésped y allí junto al estribo, mientras acomodaban algunos envoltorios en el carruaje, la vi, ¡Jesús me ampare! la vi.

Bella como el lucero refulgente

fin de la noche y precursor del alba.

"Era la realización de las ideas que tendría sobre la belleza Rafael antes de producir sus vírgenes. ¡Cuán bella era! Su frente apacible como la de los ángeles que pintan contemplando a Jesucristo recién nacido, sus ojos rasgados con esa pestaña riza en su extremo, cuya sombra cae en la mejilla como la del sauce sobre el cristal de la corriente, nariz afilada, labios delgados, su sonrisa forzada dejaba ver su dentadura nítida pareja; yo estaba parapetado con un pilar, como en el éxtasis de un santo que ve a Dios desde la tierra.

"Mi respiración agitada, algún movimiento endeliberado, no sé; pero ella me vio, fijó la atención, yo estaba al hincarme después de dar un trancazo al marido... Subió al coche, sonó el látigo. y dando tumbos la diligencia salió... yo la seguí, aunque nada se veía, caminé mucho tiempo tras el carruaje que volaba, e inconstante y dando saltos se alejaba... era imposible seguirla, el sudor de mi caballo había empapado mis pantalones, sentía en la bota la sangre caliente del animal, que tenía rasgados por mis espuelas los ijares... .. la luz vino y la volví a ver; yo era feliz, vi también a su marido.

"Era un inglés como de 35 años, entrecano, el sombrero de palma le cubría los ojos, tenía un color escarlata, sus mejillas y su exagerada nariz paralela a su puro, que despedía torrentes de humo, su mirada era sombría, feroz; noté el mismo silencio, la propia frialdad... esto algo quería decir, ya me soñaba un paladín... Mi caballo desfallecía, la diligencia se precipitaba en las cuestas, y como una exhalación cruzaba los llanos; por fin, sentí flaquear mi caballo... era imposible alcanzar la diligencia; perdida la esperanza, detuve mi carrera, y casi llorando vi la nube de polvo, y oí que salía de ella el ruido del carruaje distante... Me pareció distinguir una cosa negra por un postigo, era su cabeza, su lindísima cabeza; después desapareció, y como con la mayor precaución por el mismo postigo percibí su mano con un pañuelo blanco que se agitaba... Corrí desatinado, resollaba el caballo con fuerza, el pañuelo seguía agitándose;, de repente cae de súbito... Mi pobre caballo estaba muerto. Dejo a la consideración de ustedes las interpretaciones que haría de la mujer hermosa, de su indigesto compañero, y sobre todo, de aquel pañuelo que flotaba delante de mis ojos como la bandera del náufrago en su isla, como la como la materialización de una confianza, tal vez de una queja, tal vez como su último recurso a la libertad, a la vida. Quería distraerme; comenzaba por entonar una canción y seguía un monólogo de declaración amorosa, o fingía un diálogo en que había blasfemias contra el inglés y contra todos los hijos del Támesis. Así llegué a San Juan del Río, en un caballo que compré en una miserable ranchería; no había remedio; la diligencia pasó hasta Querétaro; no obstante, y como la esperanza es también supersticiosa, pregunté si efectivamente la habían visto, porque deseaba de todo corazón verla rota con todo y el custodio."

Hasta aquí la parte que transcribo de este raro texto de Guillermo Prieto, suficiente para dar a los lectores una idea general del carácter de la novela. Para quien esté interesado en leerla completa existen dos ediciones más recientes incluidas en los libros La Novela corta en el primer romanticismo mexicano de Celia Miranda Cárabes, ‎Jorge A. Ruedas de la Serna (UNAM, México, 1998) y, por supuesto, en las Obras completas de Guillermo Prieto compiladas por Boris Rosen (Conaculta, México, 1992).

domingo, 16 de febrero de 2014

¿Dónde quedó la estación del tren de Ñadó?

A diferencia de la estación de tren de Cofradía del ferrocarril Cazadero Solís, que se encuentra todavía en pie aunque convertida en vivienda y en lamentable situación de deterioro (como se puede ver en este texto que publiqué años atrás), de la estación principal de la línea situada en la hacienda de Ñadó, que contaba con talleres y otras instalaciones, no quedó huella. O eso nos parecía hasta hace poco tiempo, cuando al comparar los planos que existen en la Mapoteca Orozco y Berra de esta línea ferroviaria local -que existió entre 1896 y 1928- encontramos elementos suficientes para ubicar con precisión el sitio en que se levantó aquella.

Aunque algunas personas nos aseguraron que la estación estuvo, o bien en la propia casa principal de la hacienda de Ñadó, o tal vez en el edificio conocido como Jacal de Ñadó -construcciones de las que ya hemos hablado antes en este blog-, dos testimonios contemporáneos nos habían indicado ya que ninguna de esas ubicaciones era precisa. El primero de esos testimonios corresponde a Francisco Alcántara Gómez, quien trabajó en las oficinas del ferrocarril y dejó en el Archivo Histórico Municipal un texto mecanografiado que refiere variados temas históricos del pueblo, tanto observados por él como tradicionales. Uno de sus relatos se refiere a la inundación sufrida precisamente por los talleres del ferrocarril en Ñadó:

Por el año de 1906, en pleno Agosto, una especie de tromba se desencadenó por sobre el cerro de Toxhié. Como a las tres de la tarde se desbordó el río, comenzando a inundar el maizal de enfrente de nuestra oficina. No tardó mucho tiempo en llegar a las oficinas, a los talleres y a las casas del personal. La inundación alcanzó altura hasta dos metros. Todo el mobiliario nadaba dentro de los cuartos y muchos de los útiles fueron arrastrados por el agua.

Una máquina [del tren] encendida cerca del taller fue arrastrada por el agua como 200 metros, hasta que la misma agua apagó el fogón.

Un tinaco alimentador como de dos mil litros, fue volteado y llevado también a larga distancia. Las herramientas de talleres fueron encontradas al siguiente día río abajo. Y mucha gente se proveyó de diferentes cosas que el agua se había llevado.

Había en bodega de mi oficina algo así como 500 cuñetes de pólvora y cajas de dinamita para los trabajos de la línea de Llano largo. Todo fue llevado por la corriente.

El que suscribe y las familias pudimos escapar a partes altas en donde tuvimos que pasar la noche a la intemperie. Varios aprovecharon las cocheras durante varios días hasta despejar de lodo y basura las casas.

El Sr. Don Francisco Mendoza, jefe de talleres, mecánico muy inteligente, no hallaba qué hacer en aquel maremágnum inusitado.

El segundo testimonio lo publicamos en este blog hace apenas unos días, como parte de la entrada que titulé "Una hermosa descripción de la hacienda de Ñadó en 1901". El texto en cuestión dice:a

El mismo Ferrocarril de Cazadero a Solís cruza por la hacienda en una extensión de 17 kilómetros con dirección de Norte a Sur y Poniente [...] Dividiendo la estación del Ferrocarril y el casco de la propiedad cruza el río de Ñadó que ligado con otros desemboca en el Pánuco.

Tales textos demuestran pues, que la estación del tren se hallaba cercana a la casa de la hacienda pero separada de ella con el río de Ñadó de por medio. Y que, además, la estación se situaba en terrenos bajos, fácilmente inundables, en la ribera del arroyo que desciende del cerro de Toxhié o alguna de las corrientes con las que éste confluye.

Pero la ubicación precisa nos la da el "Plano y Perfil de los kilómetros 30 al 40 del ferrocarril de Cazadero, La Torre y Solís", aprobado por la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas en 1898 y que junto con varios más referidos a la misma obra forma parte del acervo de la Mapoteca Manuel Orozco y Berra. Entre los kilómetros 35 y 37, este plano abarca precisamente la zona en la que se asienta el casco de la hacienda de Ñadó y donde estaba, como veremos enseguida, la estación del ferrocarril, que además aparece detallada en su planta en un dibujo dentro del mismo documento.

Aunque el autor del plano omitió señalar en el plano de curvas de nivel la situación de la estación de Ñadó, sí lo hizo con la casa de la hacienda que además remarcó en oscuro. Con ella como referencia, no fue difícil dar con el dibujo de la estación, que sigue puntualmente el dibujo detallado del que hablábamos arriba, con sus tres edificios. Y lo mejor: al compararlo con las fotografías satélites aparecen delineado los cimientos de esta construcción con gran precisión, justo al lado de la Carretera Panamericana:

Incluso, al acercarnos más en las vistas satelitales la huella dejada por el edificio en cimientos, árboles y plantas crecidos entre ellos coincide plenamente con la planta detallada del inmueble en orientación, disposición y dimensiones:

Empleando esa magnífica herramienta que es Google Street View, pudimos acercarnos a ese punto de la Carretera Panamericana y ver, con sorpresa y alegría, que en el terreno no sólo las plantas delimitaban lo que fue la estación del ferrocarril de Ñadó, sino que en el terreno asomaban lo que parecían ser cimientos e inicios de muros del edificio. Algo, pues, quedaba físicamente de la estación del tren que tanto tiempo había tratado de ubicar infructuosamente.

Sin embargo, en este Aculco tan cambiante que no sabe respetar los restos materiales de su historia a pesar de estar incluido -inútilmente- en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, el gozo pronto se fue al pozo, como reza el refrán: sucede que en las obras de ampliación de la Carretera Panamericana realizadas por el Gobierno Federal en los últimos años e inauguradas este mismo mes de enero de 2014, se destruyeron buena parte de esos vestigios, antes siquiera de que pudiéramos conocerlos in situ y recabar algunas fotografías. Como muestran las siguientes fotografías satelitales, casi una mitad del cuadrángulo que formó el edificio principal de la estación -justo donde asomaban los restos de muros- fue engullido por la carretera.

domingo, 9 de febrero de 2014

El actual altar mayor de la parroquia de San Jerónimo Aculco

Cuentan que cuando en 1951 los padres Agustinos Recoletos fueron destinados a atender la parroquia de Aculco, encontraron ya en muy mal estado de conservación el viejo altar mayor neoclásico, el "ciprés" del siglo XIX al que nos hemos referido en anteriores ocasiones. Más que la polilla, el retablo había sido invadido por ratones, que incluso penetraban al sagrario a mordisquear las hostias consagradas. En un acto radical y lamentable, los agustinos decidieron retirar por completo el ciprés y dejar el presbiterio vacío, sin adornos, tan sólo con lo necesario para que se continuara celebrando misa. Algunos pocos vestigios, empero, se conservaron: fue el caso, en primer lugar, de la imagen titular de San Jerónimo; la mesa del altar, el sagrario y las columnas del manifestador que se hallaba dentro del baldaquino fueron reutilizados para formar un pequeño retablo que se encuentra en la capilla del Hospital Concepción Martínez; también rodó por ahí, hasta perderse, una tabla de madera blanca enmarcada en rojo que señalaba que aquella obra había recibido a principios del siglo XIX el privilegio perpetuo de Altar de Ánimas por bula del Papa Pío VII. Ello significaba, según las disposiciones sobre la Eucaristía:

Altar privilegiado es aquel al cual el Romano Pontífice concede el privilegio de que los sacerdotes que celebren en él, pueden ganar una indulgencia plenaria a favor de aquella alma por la que apliquen la Misa que celebran. Ordinariamente este privilegio se concede a todos los sacerdotes que dicen Misa en aquel altar, aunque algunas veces es para sacerdotes determinados. (1)

A muchos aculquenses molestó, por supuesto, la pérdida del centenario ciprés de la parroquia. Más aún, que se hiciera sin haber proyectado siquiera su reemplazo por otro altar, que se rompiera la armonía neoclásica del interior -que sufrió también por esos años otros cambios y pérdidas en sus altares laterales, pintura mural e imágenes religiosas- y, en suma, que se empobreciera notoriamente la imagen del interior del templo que, si bien no podía considerarse una joya de su estilo, tenía el inmenso valor de su autenticidad.

Pasaron algunos años y fue hasta 1959 que el templo parroquial de Aculco pudo contar nuevamente con un retablo mayor. Esto fue gracias a la donación que hizo una sola mujer, la señora Catalina Ocañas viuda de Suárez. Era ella originaria de Aculco, donde nació el 21 de marzo de 1881, hija de Nazario Ocañas y María Praxedis Osornio. Al día siguiente fue bautizada en la parroquia de este lugar con los nombres de Benita Catalina por el padre Francisco Guerra y fueron sus padrinos don Guadalupe Guadarrama, propietario de la hacienda de Ñadó, y su esposa Ana María Monroy. (2) Más que con Aculco, su familia estaba ligada con Atlacomulco, donde se hallaba establecida desde 1871 y había nacido una hermana de Catalina, diez años mayor que ella, de nombre María Adalberta Alejandra. (3) Por ello, muy niña fue llevada por sus padres a aquella población y, se dice, "nunca más volvió a su tierra natal, a la que sin embargo, siempre guardó un gran cariño y un sentimiento generoso de admiración". (4)

Catalina Ocañas contrajo matrimonio con Pablo Suárez Nuñez, con quien tuvo siete hijos (Rafael, María, Guadalupe, Paula, Alejandra, Francisco y Nazaria). Entre ellos destacó como político el licenciado Rafael Suárez Ocañas, presidente municipal de Atlacomulco en 1938-1939 y 1940-1941, integrante de la comisión para la construcción de una hidroeléctrica que aprovecharía las aguas del río Lerma y, a la llegada de Adolfo López Mateos a la presidencia de la República, funcionario en el Departamento del Distrito Federal.

Catalina falleció el 2 de octubre de 1958, dejando a sus hijos el encargo de realizar un nuevo altar mayor para la parroquia del pueblo donde nació. Su diseño y fabricación fue encomendada a la casa "El Arte Católico" (5), que tenía su domicilio desde 1944 en la Avenida Chapultepec de la ciudad de México y subsistía allí mismo hasta hace no muchos años bajo el cuidado del último descendiente de una verdadera dinastía de escultores que se remonta a más de dos siglos, Mario Antonio Hernández Escamilla. Según una descripción de la época este retablo está realizado

... en madera de caoba con aplicaciones de cedro, talladas y finamente doradas, está asentado sobre tres gradas de mármol de tepeaca gris claro con peraltes de mármol travertino, formando un artístico conjunto de muy agradable aspecto. Al centro de la mesa, encima de ella y cortando las gradas de la mesa del altar, se ha realizado un sagrario del mismo estilo, que lleva en la parte superior del mismo una cúpula con ángeles en adoración, rematándola una cruz. Sobre de [sic] la cubierta del muro que sirve de fondo a todo el conjunto, y al centro, va el manifestador en madera de caoba, finamente tallada con un frente de 1.50 ms. y una altura de 1.50. Está sostenida por cuatro columnas rematadas por cornisa con molduras talladas, rematando el ornato superior con una corona, todo ello dorado bruñido. (6)

El nuevo altar fue bendecido el 30 de septiembre de 1959, en el bicentenario de la erección parroquial, por el doctor Francisco Orozco y Lomelín, obispo auxiliar y vicario general de la Arquidiócesis de México, a la que pertenecía todavía Aculco (después pasaría a la de Toluca y finalmente a la de Atlacomulco). El 2 de octubre siguiente se realizaron allí mismo solemnes honras fúnebres por la donadora del retablo. (7)

Como pieza de arte, sin duda el nuevo retablo es una realización menor. Aunque evoca remotamente los retablos barrocos, sus elementos labrados y dorados -que se concentran en el gran arco que lo enmarca, las peanas que sostienen las esculturas, los capiteles y primer tercio de las columnas del nicho central y los relieves que sobre él se disponen en forma de dovelas (los que incluyen un par de ángeles y el Espíritu Santo representado como paloma, sobre fondos plateados)- se acercan más a las realizaciones neocoloniales de la primera mitad del siglo XX. El fondo del retablo es claro y completamente liso; el respaldo de los nichos sólo se distingue por su enmarcamiento y color oscuro de la madera. Carece además de un verdadero discurso iconográfico, pues en él se ubicaron la antigua imagen de San Jerónimo (santo patrono del pueblo) con sus atributos de doctor de la iglesia al centro, San Agustín (patrono de la orden a cuyo cuidado estaba la parroquia en ese tiempo) con sus vestiduras de obispo a la derecha y la Virgen María en su advocación de la Medalla Milagrosa (posiblemente a petición de la donadora) a la izquierda. Incluso, el retablo propiamente dicho resulta pequeño para el muro del presbiterio, y el espacio entre él y los arcos de cantera lo cubre una superficie de duelas de caoba oscura que contribuye a destacar el altar, pero que también acusa cierta pobreza de ideas y recursos.

De cualquier manera, casi 55 años después de su realización, el altar mayor de la parroquia de Aculco se ha convertido ya en un elemento tradicional de su interior. Una pieza que debe cuidarse y protegerse, y por la que además debe mantenerse siempre la gratitud hacia la donadora, doña Catalina Ocañas viuda de Suárez, sin la cual posiblemente sólo tendríamos en su lugar un enorme muro vacío.

(1) José M. Morán, O.P. Teología Moral, tomo II, Madrid-México, Librería Católica de Gregorio del Amo / Librería Católica de Herrero hermanos, 1899, p. 335.

(2) Registro bautismal de Benita Catalina Ocañas, 22 de marzo de 1881, Libro de Bautismos de hijos legítimos 1874-1883, Archivo Parroquial de Aculco.

(3) "México, bautismos, 1560-1950," index, FamilySearch (https://familysearch.org/pal:/MM9.1.1/NXMM-RQ5 : accessed 30 Jan 2014), Nasario Ocanas in entry for Maria Adalberta Alejandra Ocanas, 24 Apr 1871.

(4) Aculco. Órgano de la Voz y Espíritu de un pueblo, Aculco, 30 de septiembre de 1959, año 1, núm. 4. pág. 6.

(5) Idem.

(6) Idem.

(7) Idem.

domingo, 2 de febrero de 2014

Y el Tixhiñú, ¿es una pirámide?

El cerrito del Tixhiñú (antiguamente también llamado con mucha frecuencia Texhiñú, pronunciación quizá más cercana a la primitiva), se levanta a unos cuatro kilómetros al oeste de Aculco, muy cerca de la confluencia natural del arroyo de la Ladrillera y del río de Aculco -aguas abajo de la presa de Cofradía- y a unos pocos metros del río Ñadó. Justo en esa zona el cauce del río comienza a hacerse más profundo y a formar el Cañón de Aculco. La vieja Carretera Panamericana (que ahora, tras su reciente ampliación, llaman ya autopista Atlacomulco-Palmillas), permite llegar fácilmente al lugar, a través de una desviación ubicada a la altura del kilómetro 110.

El topónimo Tixhiñú deriva de las raíces otomíes t’öhö-cerro y xiñu-nariz, esto es "cerro de la nariz"; aunque la forma regular de este cerro visto desde casi cualquier perspectiva le da una silueta triangular que justifica plenamente el nombre, también es cierto que dicha denominación fue frecuente entre los pueblos mesoamericanos para referirse metafóricamente a los montes que se desprendían un poco de alguna serranía, al modo que lo hace la nariz al extenderse al frente del rostro humano. Así, por ejemplo, el cerro del Tepeyac situado en la capital del país, tiene las mismas raíces semánticas aunque procedentes de la lengua náhuatl: tepetl-cerro, yacac-nariz, y se le llamó así pues se proyecta más al sur que el resto de los cerros que forman la sierra de Guadalupe. En el caso del Tixhiñú, el cerro de Ñadó, cuyas primeras estribaciones comienzan a poca distancia hacia el oeste, sería la montaña de las que se halla "proyectado" como una nariz.

Sin duda alguna, lo que más llama la atención del Tixhiñú y le distingue de otros hitos del paisaje aculquense es la uniformidad de sus pendientes, particularmente visto a la distancia, la que ha llevado a que desde mucho tiempo atrás se le crea una pirámide edificada por la mano del hombre. Una enorme pirámide, por cierto, pues de ser así podría alcanzar los 400 metros en sus costados, es decir, equivalente al mayor edificio prehispánico conocido, la Pirámide Cholula, Puebla. Pero no nos engañemos: el Tixhiñú es una formación natural con características geológicas muy parecidas a las de su vecino, el Cerrito Colorado, que se levanta a muy poca distancia al sur pero que carece por mucho de la elevación y regularidad de aquél. Así lo determinaron las exploraciones de la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH, llevadas a cabo en la década de 1990, previo a la construcción de un gasoducto paralelo al trazo de la Carretera Panamericana entre Palmillas y Toluca. Sin embargo, las excavaciones también demostraron que, de un modo u otro, quienes creían ver en su perfil la traza de una pirámide tenían algo de razón: había evidencia de la ocupación del cerro desde tiempos muy tempranos, de la construcción de terrazas que alteraron su perfil natural y de la existencia de un templo prehispánico en su cima

La arqueóloga Alicia Bonfil Olivera, responsable de esos trabajos, escribe:

Tixhiñú figura como un sitio peculiar en el área que estudiamos, debido tanto a sus características geográficas como culturales. Se trata de un asentamiento cuyo origen puede tal vez ubicarse en las últimas etapas del Formativo, cuya posición lo hace visible desde Huamango así como desde Los Toritos (sitios que comparten una misma tradición cerámica) y viceversa, fundado sobre una elevación de pendientes abruptas dispuesta al centro de una planicie agrícola, en medio de dos cauces. Las laderas de la elevación están aprovechadas al máximo con fines habitacionales y en la cima se levanta un conjunto ceremonial de importancia considerable. (1)

Por su parte, la arqueóloga Laura Solar Valverde afirma que dicha disposición en terrazas pudo, sin embargo, servir también para el cultivo: "[los habitantes de estos sitios] utilizaban extensivamente el piedemonte de las mesetas y serranías mediante sistemas de terrazas que retenían suelo y captaban humedad para el cultivo de maguey, entre otros productos, tal como ocurre en el sitio de Tixhiñú..." (2).

No hay que perder de vista que las sierras de San Andrés Timilpan, Acambay y Ñadó constituyen una frontera natural entre el valle de Acambay -prolongación del valle de Toluca- y la región de los llanos del sur de Querétaro. Las exploraciones indican que esta división sirvió también como frontera cultural en la época prehispánica dentro de la cual, afirma la autora citada, "Tixhiñú da la idea de haber sido un punto clave" (3).

Aunque en el sitio se hallaron algunos vestigios arquitectónicos que sugieren dos etapas distintas de ocupación, la cerámica suele ser para los arqueólogos un mejor indicador para fijar filiaciones culturales y temporalidad de la ocupación de un lugar. En el Tixhiñú, los arqueólogos hallaron una situación compleja en las muestras cerámicas, pues junto con los tipos locales relacionados con los hallados en el principal sitio arqueológico explorado en la zona, el de Huamango, Acambay, otros

... relacionados con tradiciones del Formativo o del Clásico temprano, que al parecer tienen que ver más con los estilos del Bajío que con los de la Cuenca de México, así como otros más cuyas características los ubican dentro de ese gran universo conocido como "Coyotlatelco". Figuran también entre los materiales de Tixhiñú ejemplares de tipos de la región sur de Querétaro y suroeste de Hidalgo, tales como el Rojo inciso Xajay y el Marqués Anaranjado Pulido... (4)

Un detalle interesante para los estudiosos fue que los restos de cerámica del llamado "complejo Huamango", que responde a la tradición local, se hallaron mezclados en las mismas proporciones con el complejo cerámico del sur de Querétaro (sobre todo el tipo Rojo Inciso Poscocción Xajay que data del período Epiclásico), que no ha sido hallado en las exploraciones realizadas en el muy cercano valle de Acambay. Falta dilucidar, escribe Bonfil, si ello responde a que esas dos tradiciones culturales distintas convivieron temporalmente en el Tixhiñú, o bien responden a etapas de ocupación alejadas cronológicamente que sugieren, interpretamos nosotros, una frontera fluctuante (5).

Aunque esta situación dificulta datar los períodos de ocupación del Tixhiñú en tiempos prehispánicos, la conclusión a la que se ha llegado es que "el sitio fue ocupado inicialmente cuando menos desde el Clásico temprano [200-600 d.C.], si no es que desde el Formativo terminal [400 a.C.-150 d.C.], permaneciendo abandonado durante la mayor parte del Clásico [200-900 d.C.] y siendo reocupado a partir del Epiclásico [650-1000 d.C.]" (6).

Así, podemos responder con certeza a la pregunta que plantea el título de este post. ¿Es el Tixhiñú una pirámide? No, no lo es desde el punto de vista arqueológico y arquitectónico. Pero sí es un sitio arqueológico de importancia, en cuya cima existió probablemente un templo y que con la alteración de sus laderas en terrazas -ya fuera para fines habitacionales o de cultivo- posiblemente tuvo en algún momento la apariencia escalonada de un verdadero basamento piramidal construido por la mano del hombre. Ojalá futuras exploraciones nos permitan conocer más de este lugar y de la vida de quienes nos precedieron en los tiempos más remotos en lo que hoy es Aculco.

Si quieres ver una muy buena fotografía del Tixhiñú en panoramio, pincha aquí.

 

Notas

(1) Alicia Bonfil Olivera, "Investigaciones arqueológicas recientes en la región matlatzinca y otomí del noroeste del Estado de México", en Alfonso Serrano (compilador), Memoria del Tercer Coloquio Internacional sobre Grupos Otopames, Vol. 1, p. 111 (edición electrónica disponible en http://www.otopames.net/pag/PDF/p1999-1.pdf).

(2) Laura Solar Valverde, El fenómeno coyotlatelco en el centro de México, México, INAH / Coordinación Nacional de Arqueología, 2006.

(3) Alicia Bonfil Olivera, op. cit., Idem.

(4) Alicia Bonfil Olivera, op. cit., Idem.

(5) Alicia Bonfil Olivera, op. cit., p. 108.

(6) Alicia Bonfil Olivera, op. cit., p. 108-109.