miércoles, 2 de octubre de 2019

Los arrieros de Aculco

Entre los 60 sitios incluidos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO como parte del Camino Real de Tierra Adentro, el pueblo de Aculco tiene la singularidad de que dicho camino no pasaba exactamente por él, sino a varios kilómetros de distancia. La importancia del lugar en relación con la vía es, sin embargo, de primer orden por una razón muy concreta: la importancia que sus vecinos dedicados a la arriería tuvieron en la historia del Camino Real durante más de tres siglos. Aculco, en efecto, era reconocido como uno de los llamados "pueblos de arrieros":

Algunos pueblos destacaron porque la gran mayoría de su población se empleaba en la arriería; eran denominados “pueblos de arrieros”; entre los que podemos mencionar a San Gerónimo Aculco, Alfajayucan, Chilcuautla, Huichapan, Jilotepec, Nopala, Rancho del Paye, San Francisco Soyaniquilpan, la hacienda San Jeronimito, San Juan del Río, Tecozautla, Tepetitlán y Tula, entre otros. En esas localidades abundaron los propietarios que poseían más de dos recuas, quienes tuvieron que emplear a uno o más mayordomos como responsables de ellas; todos recurrieron a trabajadores locales encargados de realizar los traslados; su número estaba en relación con la cantidad de mulas que integraban el hatajo. (1)

Ya desde el siglo XVIII se señalaba que los habitantes de Aculco se dedicaban predominantemente a la arriería (2). Los dueños de las principales haciendas de la zona se contaban en esa misma época entre los grandes propietarios de recuas del reino de la Nueva España (3). Antes de la Guerra de Independencia, no menos de ochenta hatajos de mulas pertenecientes a los vecinos de Aculco recorrían el Camino Real de Tierra Adentro (4), y los arrieros aculquenses de la llamada “carrera de tierra adentro” alcanzaban en sus viajes las ciudades de Durango y Chihuahua (5). Pero más allá de estos datos generales que muestran la importancia de la arriería aculquense, ¿quiénes eran, con nombre y apellido, estos personajes, al mismo tiempo viajeros, transportistas y comerciantes?

Hablemos primero de los grandes dueños de recuas en Aculco en los siglox XVIII y XIX. Entre ellos estaba la Compañía de Jesús, propietaria de la hacienda de Arroyozarco entre 1715 y 1767. En este último año, la recua enviada desde esa finca al puerto de Matanchén (Nayarit) con los avíos para las misiones jesuitas de California, bajo el mando del mayordomo Marcelo Garrido, constaba de cinco hatajos de 176 bestias de carga y silla, además de dos recuas de “madres”. Empleaba por entonces la hacienda a no menos de 36 arrieros (6). También era “dueño de recuas” don Antonio del Castillo, uno de los más importantes propietarios de tierras en la Provincia de Jilotepec, quien adquirió la hacienda de Ñadó,también situada en territorio aculquense, en 1726 (7). Don Nicolás Sánchez de la Mejorada, próspero aculquense que obtuvo en remate público la hacienda de Ñadó en 1780, contaba entre sus bienes con ocho hatajos de mulas “del camino real”, “aparejadas de lazo y reata” (8). Precisamente el nieto de don Nicolás, José María Sánchez, se vio en apuros en 1821 a causa de una deuda contraída con don Julio Antonio Aranda, a quien debía seiscientos pesos como importe de un hatajo de mulas por el que tenía como fiador a su padre Eusebio, propietario de la hacienda de Ñadó en aquel entonces (9).

Los nombres de los arrieros específicamente aculquenses que guiaban las recuas por el Camino Real son más difíciles de indagar (salvo las listas correspondientes a la hacienda de Arroyozarco, en 1767 y años posteriores, que no incluiré aquí), aún cuando algunos de ellos eran también propietarios de sus mulas. La mayor parte de los arrieros que hemos identificado proceden de fuentes incidentales (como registros parroquiales y licencias matrimoniales solicitadas al Arzobispado), todos de la segunda mitad del siglo XVIII y los primeros tres lustros del siglo XIX. Así, aparecen los nombres de los arrieros Antonio Sánchez de Vargas y Joseph Antonio Mondragón en 1743, Salvador Toribio de la Vega en 1749, Joseph Luis de Herrera en el mismo año, Domingo Baptista en 1751 y Francisco Sánchez de la Mejorada en 1758 (10).

Anastasio de García, mestizo y “arriero con mulas propias”, es mencionado hacia 1754. De la misma categoría era Joseph Atanasio Romero, “dueño de recua”, que transportaba cargas de lana en 1755. José María Alcántara, reclamaba el pago de ciertos fletes en 1796, por lo que probablemente era también dueño de sus bestias de carga. José Miguel Monroy, mayordomo originario de Aculco, participaba en el año de 1800 en la distribución de tabaco desde México. Aparece también en los registros Victoriano Jaso, vecino de Aculco que transportaba cargas de "tela de Ypres" al puerto de Veracruz y retornaba a la ciudad de Puebla con más de mil pesos en metálico, en 1806. Debe mencionarse también a José Dionisio Vergara, conductor de cargas, quien reclamó a Joaquín Aguiñaga el alterar el costo del flete y despojarlo de 23 mulas y otros efectos en 1810. Finalmente, ya en el curso de la Guerra de Independencia, es mencionado el aculquense Marcelino González como conductor de metales preciosos desde la ciudad de San Luis Potosí en 1810, e Ignacio Reyes, vecino de Aculco, como propietario de recuas que transportaban pólvora al puerto de Acapulco, en 1811. Se señala también los arrieros Nicolás García de Figueroa, Matías de Perca y Francisco Martín, dueño de mulas propias, en 1815 (11).

Otra lista de arrieros aculquenses, compilada por la historiadora Clara Eugenia Suárez Argüello, incluye a los siguientes: José Mariano Barrientos, quien por sus propias mulas llegaba hasta Real de Catorce y Parras. El mayordomo Alexo Sánchez, que conducía la recua de doña Lucía de la Hacienda de Ávalos a Querétaro. José Felipe Vega, mayordomo de la recua propiedad de don Gabriel García, que la guiaba a Guadalajara. José Miguel Monroy, mayordomo del huichapense don Luis García, que en su compañía las llevaba sitios como Querétaro, San Luis Potosí, Aguascalientes, Sombrerete, Guadalajara, Durango, San Juan del Río y Rosario. José Cayetano González, propietario de mulas que llevaba a Querétaro. José Manuel Ledesma, mayordomo de don Francisco Olabarrieta, que iba a Guadalajara. (12)

Cada hatajo de mulas constaba usualmente de entre 25 y 60 animales. En total, no más de doscientas mulas formaban una recua. La recua de 176 mulas de Arroyozarco, por señalar un ejemplo, era atendida por 17 arrieros: un mayordomo, que se encontraba al mando de los otros, cinco cargadores, que se ocupaban de cargar las mulas, cinco aviadores, que vigilaban la carga, cinco sabaneros, encargados de llevar a pastar a los animales al terminar la jornada, y un refaccionero, como reemplazo de quien moría o caía enfermo. Los sueldos en dinero y en especie de estos muleros variaban, en 1767, entre los 8 pesos al mes y 3 cuartillos de maíz semanales del mayordomo de la recua grande, 6 pesos y 1 cuartillo de los cargadores, 5 pesos y 8 cuartillos de maíz de los aviadores, 4 pesos y 8 cuartillos de los sabaneros y los 2 pesos sin ración de los atajadores. Esto los ubicaba entre los empleos mejor pagados entre los trabajadores rurales de la zona, pues un caporal, jefe de los vaqueros de una hacienda, ganaba 6 pesos y tres cuartillos (13).

La importancia de los arrieros aculquenses a fines del siglo XVIII era tal, que don Francisco Javier Ramírez, asentista conductor de reales azogues solicitó en 1780 que no se les enlistara en las milicias de Toluca, pues “por experiencias anteriores, estos arrieros harán falta a la llegada de este ingrediente para su conducción a México.” Sin embargo, el inicio de su declive puede situarse poco después, hacia 1795, cuando una epizootia provocó tanta mortandad de mulas que algunos arrieros de Aculco, Huichapan y San Juan del Río perdieron hasta la mitad de su recua (14).

Los efecto de la Guerra de Independencia (1810-1821) en la arriería aculquense fueron también enormes. En un informe que las autoridades del pueblo enviaron a sus superiores de Huichapanen los últimos años del conflicto, se afirma que:

Este pueblo es carente en todas sus partes de tránsito, comercio, artes y agricultura, pues lo que se obtenía en los tiempos anteriores, eran ochenta hatajos de mulas al camino real, que servía a este país, de lo que ahora carece (15).

Asi, la guerra prácticamente acabó con las recuas de Aculco, que habían constituido su mayor riqueza a lo largo del siglo anterior. Pese a ello, un año después de consumada la Independencia, en diciembre de 1822, un padrón del pueblo (que es necesario recalcar no incluye otras localidades del municipio) nos muestra que dentro de una población total de 437 individuos de todas edades y sexos, existían 100 adultos varones mayores a 14 años, de los que 30, casi una tercera parte, todavía se dedicaban a la arriería. Su número sólo era superado por quienes se dedicaban a la labranza, 43 individuos. De estos arrieros, doce (casi la mitad), eran mayores de 50 años, y once más tenían 25 años o menos, lo que parece reflejar cierta pérdida en la población adulta en los años más duros del conflicto. Estos arrieros -que podríamos llamar a unos “sobrevivientes a la guerra” y a buena parte del resto “de nueva generación”- eran don Antonio Sánchez (de 56 años), José María Jiménez (56), Cristóbal Sánchez (62), José Francisco Sánchez (22), José María Castañeda (18), Domingo Morales (50), Marcelino Ronquillo (23), José y José Luis Ríos (70 y 20 años), Don Gabriel Euribe (35), José María Reséndez (49), Guadalupe Reséndez (46), José Reyes Muñoz (60), José Agapito Muñoz (18), don José Antonio Varela (77), José Cándido Díaz (71), don Julián Díaz (25), don Julián Ledesma (69), José Francisco Jaso (18), don Ignacio Dorantes (36), José Francisco Reséndez (18), Ramón Ledesma (22), don Ignacio Díaz (62), José Rafael Díaz (24), don Jerónimo Ronquillo (61), Dionisio Vergara (32), José Guadalupe Jesús (22), don Albino Reyes (35), don Martín Reyes (40) y Cástulo Godoy (50 años) (16).

Aunque la arriería de la región se recuperó a lo largo del siglo XIX, seis décadas después le llegó la muerte junto con la del propio Camino Real de Tierra Adentro. Esto sucedió con fecha exacta: el 22 de marzo de 1882, cuando el primer tren del Ferrocarril Central Mexicano en su trayecto México–Querétaro pasó por las estaciones de Dañú y Polotitlán, las más cercanas a Aculco. El maltratado Camino Real no significaba ya para entonces mucha competencia a los tres trenes diarios de este ferrocarril (uno para 250 pasajeros, y dos de carga de 300 toneladas, todos en viajes de ida y vuelta), y éste se convirtió rápida e indudablemente en “el mejor medio de transporte”, como fue llamado ya en 1897. Como muestra de esta decadencia del transporte en mulas, en 1901 ya no había más que 15 arrieros aculquenses de un total de 2,981 personas económicamente activas en el municipio (17).

 

NOTAS

1. Montaño Lucero, Leandro. "Los arrieros y la cultura popular: una introducción", en revista Navegando, número 1, nueva época, p. 87.

2. Clara Elena Suárez Argüello, Camino Real y Carrera Larga: la arriería en la Nueva España durante el siglo XVIII (México: CIESAS, 1997), 231.

3. Javier Lara Bayón, Arroyozarco, puerta de Tierra Adentro (México: Instituto Mexiquense de Cultura, 2003), 83; Javier Lara Bayón y Víctor Manuel Lara Bayón, Ñadó, un monte una hacienda, una historia (Manuscrito; libro seleccionado para su publicación por la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario en el 2009), 54, 111.

4. Javier Lara Bayón y Víctor Manuel Lara Bayón, Ñadó, un monte una hacienda, una historia (Manuscrito; libro seleccionado para su publicación por la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario en el 2009), 109.

5. Clara Elena Suárez Argüello, Camino Real y Carrera Larga: la arriería en la Nueva España durante el siglo XVIII (México: CIESAS, 1997), 159.

6. Javier Lara Bayón, Arroyozarco, puerta de Tierra Adentro (México: Instituto Mexiquense de Cultura, 2003), 83-84, 89-90.

7. Javier Lara Bayón y Víctor Manuel Lara Bayón, Ñadó, un monte una hacienda, una historia (Manuscrito; libro seleccionado para su publicación por la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario en el 2009), 47-48.

8. Archivo General de Notarías del Estado de México (AGNotEM). Distrito de Jilotepec, notaría 1, caja 2, legajo 6, f. 81v.

9. Archivo particular del Dr. Juan Lara Mondragón, Aculco (AJLM). “Carta de Rafael Godoy al Lic. Ignacio Ruiz Peña”, San Juan del Río, 15 de septiembre de 1820; AHMA. “Carta de Andrés de Quintanar al alcalde constitucional de Aculco”, San Juan del Río, febrero 1º de 1821. Justicia, caja 1.

10. AGN. Matrimonios, vol. 51, exp. 14, f. 49; AGN. Matrimonios, vol. 51, exp. 12, f. 43. AGN. Matrimonios, vol. 65, exp. 94, f. 379. AGN. Matrimonios, vol. 221, exp. 45, f. 155. AGN. Matrimonios, vol. 178, exp. 34, f. 6.

11. AGN. Matrimonios, vol. 85, exp. 48, f. 104. AGN. Indiferente virreinal, caja 5151, exp. 99, f. 1. AGN. Consulado, vol. 19, exp. 10, f. 167. Clara Elena Suárez Argüello, Camino Real y Carrera Larga: la arriería en la Nueva España durante el siglo XVIII (México: CIESAS, 1997), 277. AGN. Indiferente virreinal, caja 6513, exp. 38, f. 1; AGN. Indiferente virreinal, caja 6563, exp.56, f. 1. AGN. Consulado, vol. 130, exp. 23, f. 1. Carlos María de Bustamante. Cuadro histórico de la Revolución Mexicana. (México: Imprenta de J. M. Lara, 1843). Tomo I, 56. AGN. Indiferente virreinal, caja 067, exp. 20, f. 1. AGN. Matrimonios, vol. 2, exp. 2bis, f.66.

12. Suárez Argüello, Clara Elena, Camino real y carrera larga : la arriería en la Nueva España a fines del siglo XVIII, Tesis (Doctor en Historia), Universidad Iberoamericana, Apéndice II, pp. 363-370

13. Gerardo Sánchez, “Mulas, hatajos y arrieros en el Michoacán del siglo XIX” en Relaciones, vol. V, no. 17 (invierno 1984), 41. Javier Lara Bayón, Arroyozarco, puerta de Tierra Adentro (México: Instituto Mexiquense de Cultura, 2003), 89.

14. AGN. Minería, vol. 194, exp. 3, f. 145r. Clara Elena Suárez Argüello, Camino Real y Carrera Larga: la arriería en la Nueva España durante el siglo XVIII (México, CIESAS: 1997), 92.

15. AHMA. “Respuesta a un cuestionario sobre estadística, 1820”. Secc. Estadística. Caja 1. Exp. 1

16. AHMA. “Padrón de los individuos de ambos sexos de que se compone este vecindario en el referido año, expresivo del estado, edad, ocupación, empleo o profesión de cada uno...” Aculco, 20 de diciembre de 1822. Secc. Estadística. Caja 1.

17. Censo y división territorial del Estado de México (México: Oficina Tipográfica de la Secretaria de Fomento, 1901).

jueves, 26 de septiembre de 2019

La leyenda y la simple realidad

De un tiempo para acá he visto referida entre las leyendas de Aculco -cada vez con más frecuencia y detalles- cierta historia que habla de una bruja que encerró a tres niños en el viejo pirul que se levanta en la Plaza del Ojo de Agua. Al caminar por aquel sitio varias veces me he topado con visitantes que conocen la leyenda y que intentan distinguir los rostros y los miembros de aquellos infelices niños en el tronco deforme del árbol, al tiempo que tratan de descifrar sus lamentos en el murmullo del canal de los lavaderos públicos. Quizá la versión más elaborada y extensa es ésta que copio aquí, tomada del sitio de internet de la revista México desconocido:

La leyenda cuenta que, en la casa que está al lado de Los Lavaderos, existió una mujer bellísima. Su cuerpo era delgado y lucía una piel dorada y tersa. Solía peinar su largo cabello negro en una suave trenza que resaltaba la hermosura de su rostro. Sin embargo, casi ningún hombre se le acercaba pues algo en ella inspiraba temor. La gente del pueblo decía que aquella mujer no era de fiar. ¿Y cómo podía serlo si su familia era conocida por practicar magia negra? Así que los muchachos recibían advertencias para mantenerse distantes y los adultos ni siquiera eran capaces de verla a los ojos.

Pasó el tiempo y aquella muchacha se convirtió en mujer. A la par, también se fue quedando sola. Entonces, un enorme deseo comenzó a gestarse en su corazón: anhelaba tener un hijo. Estaba convencida de que sería una excelente madre. A pesar de que la gente no la quería, ella sería capaz de darle a su hijo la mejor crianza jamás soñada. Sin embargo, los años no perdonan así que comenzó a ver aquel sueño como algo lejano. En ese momento decidió hacer algo. Ya que ningún hombre se atrevía a unirse con ella en matrimonio, recurriría a otros métodos. Poco a poco se dejó envolver por fuerzas oscuras.

Debido a esto, su semblante cambió. Ya no era el de una joven resplandeciente sino el de una mujer sombría. En sus ojos ya no había dulzura sino rencor. Por más que lo intentaba, no podía engendrar nada. Su vientre la había traicionado y no se preñó más que de un odio creciente.

El tiempo continuó su curso y la ira y el odio creció en esa mujer. No obstante, cualquier dejo de cordura se extinguió cuando, un día, escuchó a dos mujeres del pueblo cuchichear. Las insensibles comenzaron a burlarse porque aquella desgraciada no podía engendrar nada más que soledad.

Cuando escuchó las burlas no hizo ni dijo nada. Sin embargo, eso no se podía quedar así. Entonces, la mujer de Aculco juró vengarse a costa de su propia existencia. No pasaron muchos días cuando cerró un trato con el diablo. La gente lo supo porque, cuando pasaban cerca de la casa, escuchaban que la mujer hablaba a gritos con alguien. No obstante, todos sabían que estaba sola. Además, los gritos eran como cantos con una voz de ultratumba que hacían temblar a todo aquel desafortunado que la escuchara. Poco tiempo después, Aculco se volvió un pueblo lleno de terror. Primero desapareció un niño, luego dos y, por último, tres.

Todos sabían que aquella bruja tenía algo que ver. Así que, un día, el pueblo, armado de valor, se reunió y fueron armados con antorchas, hachas y piedras a su casa. ¡Querían quemarla viva! Sin embargo, nadie abrió la puerta. Entonces, la gente decidió entrar por la fuerza. En ese momento, una niebla espesa cubrió el ambiente y un frío sin igual los hizo temblar a todos. Al mismo tiempo, una voz profunda surgió del gran árbol que estaba frente a la casa.

La voz era como de ultratumba. Primero lanzó injurias y palabras de odio. Después, cuando el terror ya había apresado a todo mundo, confesó ser la misma mujer a la que habían llamado bruja. Y sí, ella había raptado a los niños como una venganza en contra del pueblo. En ese momento, un hombre quebró su propia pasividad y dio un hachazo al árbol. Sin embargo, un grito infantil y de profundo dolor se escuchó. Entonces, la bruja comenzó a burlarse y a decir que las almas de los tres niños estaban atrapados ahí junto con ella.Por eso, si dañaban el árbol no solo ella sufriría sino también los niños. Las madres de los niños desaparecidos estaban presentes así que rogaron al hombre que no dañara al árbol por piedad a sus hijos. El valiente comprendió el pesar de las madres y asintió con la cabeza. Además, hizo prometer a todos no dañar al árbol.

Pasaron decenas de años y, aquella historia se volvió una leyenda que se narra en Aculco. Cabe señalar que, según se cuenta, si clavas un cuchillo o algo filoso en el tronco de aquel deforme y gran árbol, primero saldrá una especie de savia blancuzca que luego se teñirá de rojo. Después, si pones atención, escucharás los quejidos infantiles de dolor y las risas de la bruja de Aculco quienes estarán ahí, por lo menos, hasta el final de los tiempos.

La leyenda tiene su gracia, sin duda alguna, a pesar de que no es tradicional y seguramente no tiene muchos años de haber sido elaborada (por no decir inventada). Pero la historia real del pirul de la Plaza del Ojo de Agua, y de la mujer que lo plantó cuando habitaba la casita que abre su portal hacia este sitio, es muy distinta. Por supuesto no tiene nada de sobrenatural.

Esa mujer se llamaba doña Mariana Fernández, enfermera militar. Era la mujer de don Teófilo Tovar, michoacano y gran hombre de a caballo avecindado en Aculco en 1935 como guardabosques (o guardaparques, como se les llamaba también). Sin embargo, don Teófilo no habitaba en esta casa con ella, sino en la conocida como "casa de la hacienda de La Loma", situada a media cuadra sobre la calle de Iturbide. Doña Mariana, como decía antes, fue quien plantó el pirul de la historia frente a su casa hacia 1940. Al tratarse de una especie de rápido crecimiento y por las características de su tronco es fácil que nos haga pensar que se trata de un árbol centenario, pero en realidad no tiene más que unos ochenta años. Desconozco por qué escogió un pirul, pero quizá lo hizo por las propiedades medicinales que se le atribuyen a su corteza y resina. Porque doña Mariana no sólo no practicaba la brujería contra los niños, sino que gracias a sus conocimientos médicos logró salvar a varios infantes que a principios de la década de 1940 contrajeron la difteria, durante una epidemia que asoló al pueblo. Entre ellos estaba mi padre Gildardo Lara Mondragón.

Así, lejos de ser aquel árbol el protagonista de una oscura leyenda, resulta ser más bien un recuerdo de esa mujer que por años salvó vidas. Lo más probable es que la historia real de la mujer y su árbol no consiga alcanzar la difusión que tiene ya la leyenda, pero eso no importa: siempre habrá quien quiera llegar a la raíz de esas historias y encuentre aquí lo que busca.

martes, 25 de junio de 2019

Los otros clérigos insurgentes que acompañaron a Hidalgo en Aculco

Una de las particularidades del proceso de independencia de México, especialmente si lo comparamos con la independencia de los países sudamericanos que ocurría simultáneamente, fue la relevancia que adquirieron en él los sacerdotes y religiosos insurgentes. Mientras que en los virreinatos del Perú, Nueva Granada y del Río de la Plata la rebelión contra el gobierno español fue encabezada por criollos laicos pertenecientes a las élites de la sociedad, como el propio Simón Bolívar, en la Nueva España nació del llamado de un cura de pueblo, Miguel Hidalgo, que con el estandarte de la Virgen de Guadalupe arrastró a decenas de miles de indios, mestizos y criollos a un combate que en muchos momentos tomaba el aspecto de una "guerra santa".

Quizá bajo el mando de Allende o de otros militares criollos el movimiento habría seguido una tendencia más civil, pero lo cierto es que siempre tuvo un fuerte componente religioso, mantenido después de Hidalgo por Matamoros, Morelos, José María Cos, etcétera. Un sacerdote adverso a Hidalgo describía así la forma en que muchos miembros del clero lo siguieron:

Es grande el número de individuos del clero secular y regular que siguen a Hidalgo en su cruel sistema de revolución; si no fuera tan público y notorio como es el gran número de sacerdotes que ha tenido, y tiene de su parte. Puedo, y aun debo asegurar a vuestra señoría ilustrísima, sin que me quede el más leve escrúpulo en mi conciencia, que según lo que yo advertí en la villa de San Miguel el Grande, si por ejemplo, había en la villa cincuenta sacerdotes; de éstos, los cuarenta, aprobaron la insurrección y contribuyeron con palabra y ejemplo al fomento de ella, tomando algunos las armas, y agregándose a la gavilla de Hidalgo; y otros admitiendo el nombramiento de vocales de las juntas de guerra, y policía que el despótico Aldama estableció.(1)

Según diferentes conteos, hubo entre 400 y 1,027 eclesiásticos insurgentes entre 1810 y 1821.(2)

Por todo lo anterior, no resulta extraño saber que en aquel primer ejército insurgente que el 5 de noviembre de 1810 llegó a Aculco, Hidalgo no era el único clérigo. Lo acompañaba una buena cantidad de sacerdotes y frailes, de los que cuatro fueron tomados prisioneros por los realistas tras su derrota dos días más tarde y por ello conocemos con precisión sus nombres y otros datos. Los partes detallan que ninguno de ellos tenía "empleo militar", es decir que no actuaban como soldados sino como capellanes de la tropa. Ellos eran, según el general Calleja (3):

1. El presbítero y doctor en Teología José María Castañeta y Escalada. Nació alrededor de 1765 en Guanajuato. Se unió a Hidalgo en Valladolid (Morelia). Estuvo prisionero en el convento de san Francisco de Querétaro, San Juan de Ulúa y España. Mientras se hallaba en San Juan de Ulúa, en 1816, escribió una oración titulada "Día diez y seis dedicado á celebrar el triunfo de la constancia y sigilo sacramental de San Juan Nepomuceno", que Carlos María de Bustamante publicó en 1826. En 1834 pronunció una Oración cívica en la Alameda de la ciudad de México en la que se describió como "patriota antiguo". Murió hacia 1840 (4).

2. El doctor José María (o Mariano) de Abad y Cuadra. Nacido en Salvatierra, acompañó también a Hidalgo desde Valladolid. Fue enviado prisionero al convento de san Francisco de Querétaro tras la Batalla de Aculco. Se le procesó en aquella ciudad e intentó acogerse al indulto, por lo que se mantuvo en suspenso mientras las autoridades en España contestaban a la consulta que se les hizo al respecto. El indulto no le fue concedido y se le condenó a un destierro de diez años en Manila, Filipinas, pero no pudo emprender el viaje y falleció en Veracruz en diciembre de 1814 (5).

3. El presbítero fray Manuel Orozco, franciscano originario de Querétaro. Residía en el convento de Celaya cuando se incorporó a los insurgentes.Fue enviado con los otros prisionero al convento de san Francisco de Querétaro.

4. Fray José María Esquerro, sacerdote agustino oriundo de Guadalajara, era vicario en Cuitzeo de la Laguna (6).

Tres meses después, fray Simón de Mora, religioso del Colegio de Propaganda Fide de la Santa Cruz de Querétaro, informó al inquisidor Ruiz de Molina haber tenido una conversación en la hacienda de la Calera con su dueño, el padre don Juan Verástegui. En ella, el sacerdote le comentó:

El ejército [realista] va cometiendo muchos desórdenes, despreciando las iglesias... un soldado entró en la casa de un pobre y vio allí la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe; y dijo ¿para qué tienen aquí esta puta o alcahueta?... los sacerdotes que trajeron prisioneros de Aculco venían tirando de los cañones que yo mismo los vi; y ahí los tiraron en un obraje, como si fueran...

Al llegar a ese punto, fray Mora interrumpió a Verástegui tratando de contradecirlo, al percatarse de su inclinación a la insurgencia. En su informe aseguró que lo dicho por él era sin duda "una calumnia contra el señor Calleja, que se le puede probar al padre con todo el ejército, y aun con los cuatro sacerdotes prisioneros". (1)

El abogado Juan Nepomuceno Mier y Altamirano, fundador de la Academia Literaria de Querétaro (que había tenido parte en la conspiración de esa ciudad) se encargó de la defensa de estos cuatro eclesiásticos, que por lo que se ve en los dos primeros casos (de los otros dos no se conoce sentencia) no fue demasiado efectiva.

 

NOTAS

(1) Hernández y Dávalos, Juan E. Colección de documentos para la historia de la Guerra de Independencia de México, tomo 1, no. 47.

(2) Santos Villarreal, Gabriel Mario. “Religión y Política. Sacerdotes en la Independencia de México”, marzo de 2010.

(3) Bustamante, Carlos María, Campañas del general Calleja, Imprenta del Águila, México, 1828, p. 23.

(4) Herrejón Peredo, Carlos. Del sermón al discurso cívico, 1760-1834, El Colegio de Michoacán/El Colegio de México, México, 2003, p. 364.

(5) Anales del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, Volumen 1, 1909, p. 204, y Hurtado Gálvez, José Martín. Los queretanos en la conspiración de 1810, Gobierno del Estado de Querétaro, Querétaro, 2007, p. 244.

(6) González Obregón, Luis (introducción y suplementos), Los procesos militar e inquisitorial del padre Hidalgo, Ediciones Fuente Cultural, México, 1953, p. 219.

lunes, 29 de abril de 2019

El oratorio de Guadalupe de Toxhié: medio sí y medio no

Muy cerca del pueblo de Santiago Oxthoc Toxhié se encuentra el oratorio de Guadalupe: una pequeña construcción de carácter religioso que se relaciona con la serie de capillas u oratorios otomíes de los que ya he escrito antes en este blog. No parece haber sido un oratorio familiar como otras capilla semejantes, ya que no se vincula con una vivienda, sino que desde su origen debió hacer tenido un uso colectivo relacionado con las fiestas de la Semana Santa, la Santa Cruz y la Virgen de Guadalupe. En este sentido, resulta análogo a la capilla del Calvario del pueblo de La Concepción.

Aunque el inmueble está catalogado como monumento histórico por el INAH, hasta hace pocos meses se hallaba en completa ruina. Sólo se mantenía en buen estado su cruz atrial, mientras que el oratorio en sí mismo mostraba sus muros desplomados desde media altura y aún más, conservando, eso sí, el arco del acceso en pie. Si estado era tal que resultaba incluso difícil adivinar cómo habría sido su cubierta original.

Gracias a una fotografías publicadas por Daniel Reyes en Facebook acerca de los ritos de Semana Santa en Toxhié, me he venido a enterar que los vecinos de aquel pueblo se encuentran reparando esta capilla. En las imágenes se advierte que los muros han sido completados con piedras procedentes del propio derrumbe, así como pedacería de sillar trabajado industrialmente con un color semejante al original. Esta reconstrucción de los muros sirve de asiento a una bóveda de tabique todavía sin cerrar.

Con esta reparación la comunidad ha recuperado un espacio tradicional que se hallaba arruinado, lo que siempre debe ser motivo de elogio. Más aún cuando su abandono ponían en riesgo de inminente pérdida a sus vestigios. Sin embargo, preocupa un poco que lo hicieran fuera de todas las normas de restauración que deben seguirse en un edificio de su antigüedad y valor histórico. Sorprende un poco, además, que los habitantes de Toxhié decidieran ejecutar la obra así, sin asesoría profesional, cuando a la vista tenían el magnífico resultado de una restauración profesional y cuidadosa en la cubierta de la capilla del pueblo, terminada apenas hará un año.

En resumen: no está mal, pero tampoco está por completo bien. No es tarde todavía para que se busque alguna asesoría en cuestiones como la resistenacia de los muros para la carga que deben soportar con la bóveda (ya que es probable que ese no fuera el sistema constructivo para el que fueron levantados), el acabado de las piedras nuevas para integrarlas mejor a los muros antiguos, y la correcta ejecución de los aplanados y pisos del interior. Con ello no sólo estaríamos hablando de la rehabilitación de un recinto, sino de su puesta en valor.

miércoles, 27 de marzo de 2019

Lo que Aculco donó al rey Carlos IV


Además de los impuestos habituales que la población debía pagar al gobierno, hacia fines del siglo XVIII la mala situación financiera del Imperio Español provocada por las guerras contra la Francia revolucionaria e Inglaterra, llevaron al rey Carlos IV a solicitar grandes cantidades dinero a sus súbditos europeos y americanos "por vía de préstamo y donativo", como explica el historiador Carlos Marichal:

Durante los tres decenios que precedieron a las guerras de independencia en México y el resto de América Latina, la corona española se vio envuelta en una serie sucesiva de guerras internacionales que minaron su poder y el del imperio. Estos conflictos incluyeron la guerra con Inglaterra (1779-1783), la guerra con la Convención francesa en los años de 1793-1795, la primera guerra naval con Inglaterra de 1796-1802 y la segunda guerra naval con Inglaterra entre 1805 y 1808. Para cubrir los gastos cada vez más elevados que representaron estos enfrentamientos militares, el gobierno español tuvo que recurrir a pesadas exacciones fiscales y crediticias que impuso a sus subditos en la metrópoli y en las colonias. El virreinato de la Nueva España fue una de las regiones americanas que contribuyó con una mayor cantidad de fondos para estas causas, siendo obligado a remitir un volumen cuantioso de pesos plata derivados de diversos ramos fiscales así como de numerosos préstamos y donativos.
Y continúa Marichal:

Entre las facetas más singulares de los préstamos y donativos novohispanos está su universalidad, ya que las exacciones se hicieron extensivas al conjunto de la población. [...] Los préstamos afectaron a todos los sectores sociales de la Nueva España, sin excepción, y la presión para obtener fondos se fue incrementando con cada guerra. (1)
Así, en mayo de 1798 el nuevo ministro de hacienda Francisco Saavedra presentó un plan de medidas extraordinarias para tratar de evitar la bancarrota que apuntaba en primer lugar a obtener caudales en América, para lo que convocaba a un donativo y "préstamo patriótico". Fue una medida ciertamente exitosa, ya que en efecto los fondos americanos representaron el 60% del total obtenido por el gobierno español. (2)


Aculco, por supuesto, participó en esta colecta. La lista de quienes en 1799 donaron dinero al rey está encabezada naturalmente por los hombres más ricos del pueblo en aquella época (algunos de ellos muy conocidos en la historia local), pero también están ahí personas de mucha menos fortuna que contribuyeron en lo personal y las llamadas "repúblicas de indios", que participaron como corporaciones, llegándose a reunir en total en la jurisdicción de nuestro pueblo poco más de 400 pesos "por vía de donativo pronto y anual".

Es conveniente señalar que entre dichas repúblicas de indios están incluidos los pueblos de San Ildefonso, San Miguel Tlaxcaltepec, Santiago Mezquititlán, San Pedro Tenango, que pasarían tiempo después a la jurisdicción de Amealco, Querétaro. Lo mismo sucedió con la Hacienda de la Torre.

Aquí está dicha lista, publicada en la Gazeta de México del sábado 28 de septiembre de 1799 (3):



Cabe mencionar, además, que el cura párroco de Aculco, don Luis Carrillo, cooperó también con 25 pesos en junio del mismo año. (4)


Ya vemos que los más generosos donadores fueron José Garfias y [Domingo] Faustino Ruiz, aportando cada uno de ellos 50 pesos. Es difícil proponer equivalencias con el valor actual de la moneda, pero podemos darnos una idea muy general de lo que representaba esa cantidad si consideramos que por aquellos años el 68% de la población novohispama vivía con un ingreso promedio anual precisamente de 50 pesos, según Manuel Abad y Queipo.(5)


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NOTAS
(1) Carlos Marichal, "Las guerras imperiales y los préstamos novohispanos, 1781-1804", en Historia Mexicana, vol. XXXIX, no. 4, 1990.
(2) Idem.
(3) Suplemento a la Gazeta de México del sábado 28 de septiembre de 1799, tomo IX, no. 77, p. 641.
(4) Suplemento a la Gazeta de México del miércoles 12 de junio de 1799, tomo IX, no. 49, p. 391.
(5) Daniel Cosío Villegas, et. al., Historia general de México. Versión 2000, México, El Colegio de México, 2000.

jueves, 14 de marzo de 2019

Arquitectura contemporánea en Aculco

Arquitectura contemporánea -en el sentido temporal de haber sido edificada en años recientes- hay mucha en Aculco. Arquitectura contemporánea como reflejo e las ideas estéticas del presente, hay en cambio poca. Esto porque a pesar de que muchas construcciones nuevas de nuestro municipio utilizan materiales y técnicas modernos como el block, la mampostería confinada por castillos y las losas de concreto, casi siempre asoma el deseo del propietario de embellecerlas y el repertorio ornamental del que suele echar mano es el de la arquitectura tradicional local (teja curva, columnas, marcos y molduras de cantera, herrería colonial) o incluso elementos muy ajenos a Aculco, pero identificados como tradicionales (teja plana, balaustradas, bay-windows). Hoy no me ocuparé de a estos últimos casos, sino de tres interesantes ejemplos de arquitectura estéticamente contemporánea edificados en Aculco en años recientes.

 

 

EL CUBO: MINIMALISMO Y MÍMESIS

El arquitecto Víctor Chávez Alcántara es el autor de esta casa, construida entre 2010 y 2011. Aunque es pequeña, la considero muy importante como ejemplo de la forma en la que la arquitectura contemporánea puede ocupar en Aculco un lugar muy digno -sin enmascaramientos y mostrando sus propios valores- al lado de la arquitectura tradicional. Se trata de un prisma rectangular puro de dos niveles, con muros lisos pintados de blanco y ventanales cuadrangulares sin divisiones repartidos de manera asimétrica, orientado convenientemente para aprovechar la luz del sol sin encuadrar su planta a la forma del terreno.

Su minimalismo, líneas rectas, proporciones y dimensiones reflejan, con todo y su modernidad, la intención de mimetizarse con el ambiente urbano de Aculco. Más aún, la integración completa con él la alcanza con las bardas de la tradicional piedra blanca que limitan el terreno hacia la calle y sus colindancias. Ofrece así al mismo tiempo una referencia inmediata hacia lo aculquense por medio de un material local trabajado a la manera local, una textura de contraste que deshace cualquier posible monotonía del "cubo", y una adecuada transición hacia la calle. Y todo sin menoscabo de su sencillez.

Considero que el Cubo es buena referencia para actuaciones puntuales en el casco histórico de Aculco, así como muy especialmente para obras más grandes edificadas en zonas de nuevo crecimiento del pueblo.

 

 

NUEVAS OFICINAS ADMINISTRATIVAS: LO COLONIAL SIMPLIFICADO

No podrían contrastar más las formas puras del Cubo con las plantas poligonales y cubiertas inclinadas de las nuevas oficinas administrativas del Ayuntamiento de Aculco. Sin embargo, este conjunto muestra al igual que aquél la intención de integrarse al ambiente urbano del lugar, si bien por vías notablemente distintas. En este caso, estamos hablando de una serie de pequeños edificios de un solo nivel y de planta generalmente trapezoidal, cubiertos de teja, que forman bloques alrededor de patios, separados por callejones y espacios abiertos. La inspiración, como resulta evidente, parte del lugar común del aspecto de un pueblito colonial pintoresco con tejados, calles irregulares y plazas, simplificado en formas geométricas en las que la línea recta está casi ausente tanto en las plantas como en las cubiertas.

Esta intención se refuerza por medio de los materiales: teja, como ya se dijo, muros blanqueados y detalles de piedra blanca, todos los cuales contribuyen a que el espectador perciba una familiaridad con lo aculquense. Los acabados de los edificios están tratado con gran simplicidad, con vanos amplios sin subrayarlos, herrería muy sencilla y predominio de las paredes lisas.

Este conjunto me parece interesante por varias razones: la primera, que logra evitar la apariencia anodina de las oficinas burocráticas, jugando con los espacios y los volúmenes de manera inteligente. La segunda, que se une perfectamente al perfil de Aculco gracias a sus tejados, por lo que en panorámica se vuelve casi indistinguible de la zona histórica. La tercera, que la discreción de sus volúmenes logra una mejor integración que si se tratara de un solo gran edificio administrativo.

La solución que ofrecen estas oficinas me parece apta para incorporaciones en la zona patrimonial de Aculco y en sitios inmediatos a ella. La veo como una excelente manera de establecer una transición entre lo antiguo y lo moderno en el pueblo.

 

 

PROYECTO ACULCO: LO ELEMENTAL

Esta casa fue construida por el despacho de arquitectos PPAA en 2018. La descripción que se encuentra en la página web del propio despacho me parece muy completa y precisa, por lo que la reproduzco aquí: "El proyecto Aculco es una casa vacacional en medio de la naturaleza, desconectado por completo de la ciudad. El espacio es ideal para descansar. Nos regresa a lo más elemental en un entorno natural, cercano a unos acantilados de piedra impresionantes. El lugar lo encontraron dos hermanos amantes de actividades al exterior durante un viaje de escalada y para quienes finalmente se construyó el proyecto. Adquirieron el área y cuidaron durante varios años, incluso se reforestó, antes de decidir construir. En el proyecto arquitectónico buscamos que la casa dialogara con el entorno en constante reciprocidad. Se optó por la sencillez, la mínima necesidad de mantenimiento y, sobretodo, la cercanía con el ambiente externo. La construcción está hecha a base de muros de bloques de cantera maciza pertenecientes a la zona, piso de barro, madera y vidrio; así mismo conservamos todos los materiales en su estado natural. Con espacios limpios, la construcción se vuelve tan solo un contenedor de vistas". Sólo podría agregar que la construcción es de planta rectangular y se eleva un nivel y medio, lo que se refleja en su perfil oblicuo.

Creo que esta casa consigue su objetivo de integrarse sin estridencias al enorno natural que la rodea, si bien me parece que lo hace con cierta frialdad. Pienso también que en su búsqueda de "lo más elemental", sus constructores hallaron el elemento quizá más básico en la tradición constructiva aculquense: los muros de piedra blanca. Con ello lograron crear una casa moderna y al mismo tiempo reconociblemente aculquense.

Esta arquitectura la considero apta para las afueras de Aculco y no para su área central, debido especialmente a las grandes dimensiones de sus puertas y ventanas que romperían con el contexto constructivo histórico en que predomina del muro sobre el vano.

 

 

TECNOLÓGICO DE JOCOTITLÁN, EXTENSIÓN ACULCO: A LA CHINGADA CON EL CONTEXTO

Al arquitecto Rem Koolhaas se le atribuye la frase "fuck the context" ("a la chingada con el contexto", podríamos traducir), pues en su opinión la arquitectura contemporánea no debería ser limitada por consideraciones de estilo, proporción, materiales o historia del sitio en que se construye. En realidad la postura de Koolhaas no es tan novedosa: en México prácticamente todos los arquitectos desde la década de 1950 hasta hoy han actuado (concientemente o no) de esa manera y el resultado ha sido el urbanismo caótico característico de los centros históricos de una buena parte de las ciudades y pueblos de nuestro país, con el que casi todas han perdido su identidad y su atractivo.

El campus aculquense del Tecnológico de Jocotitlán construido en 2017 es un buen ejemplo de ese desprecio por el contexto. Tan ajeno es a éste que su diseño no es nás que una versión del campus del mismo instituto en Jocotitlán. Se trata de un edificio masivo, de dos plantas, con un gran acceso acristalado de doble altura y fachada marcada por el ritmo de sus columnas de concreto. Recuerda un poco la arquitectura "bancaria" de la década de 1980.

El inmueble refleja el nulo interés de su autor por conocer, respetar o reinterpretar las tradiciones constructivas locales, con lo que resulta una estructura a la vez petulante y ajena al ambiente aculquense. Incluso sus colores parecen despreciar su entorno. Su única disculpa es, quizá, el hallarse relativamente apartada del pueblo.

Considero esta propuesta completamente desaconsejable en cualquier sitio, excepto si queremos que Aculco pierda su personalidad y se parezca a cualquier otro lugar de México.

miércoles, 27 de febrero de 2019

El Portal de los Terreros en riesgo

Esta semana han acordonado el Portal de los Terreros (también llamado anteriormente el Portal de la Botica y el Portal de la Reforma), según parece por "riesgos estructurales". En las fotografías que me han enviado no se perciben tan claramente estos riesgos y lo único que noto es algún desplazamiento en la zapata de madera de la columna poniente y cierto ligero pandeo de una viga, pero si las autoridades han decidido tomar la precaución de acordonar el sitio es porque seguramente tiene problemas graves.

Hagamos un poco de historia acerca de este portal ubicado en la esquina de la avenida Hidalgo y de la calle de Rivapalacio. Su origen parece remontarse a 1776, como refería una inscripción en la casa a la que está adosado. De hecho, los corredores del desaparecido patio de esta misma casa tenían las mismas características del portal, con sus basas de cantera, columnas panzudas de madera rematadas por grandes zapatas y su techumbre de viguería y terrado. Ciertamente durante la Colonia debieron abundar en Aculco las galerías soportadas por pilares de madera, aunque hoy no lo parezca tanto pues casi todas han sido destruidas. Quedan como ejemplos de ello en exteriores tan sólo este portal, la planta superior de la portería del antiguo convento, la reconstruida planta alta del Portal del Cinco de Mayo y la moderna entrada del casino del Lienzo Charro Garrido Varela.

La casa a la que pertenecía el portal fue construida por el comerciante Faustino Donato Ruiz Peña, el hombre más rico de Aculco en su época. Naturalmente fue una casa grandiosa, comenzando por su enorme superficie de diez mil metros cuadrados que ocupaban la propia casa, extensos corrales y hasta una pequeña plaza de toros. En el siglo XIX devino propiedad de la familia Martínez y luego fue partida en dos fracciones: una con fachada hacia la calle de Rivapalacio que compró don Abraham Ruiz y otra que abarcaba todo el frente hacia la calle de Hidalgo, que adquirió don Fermín Terreros. En esta última porción quedó incluida la accesoria esquinera y su portal. Porque, en efecto, el portal servía a la tienda y desde su origen estuvo destinado a darle marco. De hecho, fácilmente se advierte que para construirlo sobre una acera angosta, la tienda tuvo que construirse ligeramente remetida del paramento general de la casa.

Lastimosamente, tanto la casa de don Abrahan Ruiz como la de don Fermín Terreros fueron a su vez fraccionadas y en gran parte destruidas. De hecho, su degradación de este conjunto continúa hasta el día de hoy, algo que se advierte tan sólo con observar sus caóticas azoteas desde la Plazuela José María Sánchez y Sánchez.

Pero volvamos al portal. Éste se levanta sobre una pequeña plataforma que lo eleva sobre el nivel de la avenida Hidalgo. Posee tres columnas apoyadas en dados de mampostería sobre los que tienen sendas bases de cantera. El fuste de las columnas es abombado, lo que les da un perfil muy característico. Las columnas soportan una techumbre de viguería de madera con sus canecillos labrados, que desaguan tres grárgolas de cantera. Vale la pena comentar aquí que en una restauración realizada a este portal a principios de la década del 2000 se eliminaron inexplicablemente tres de las cinco gárgolas que tenía originalmente. Es posible que debido a ello la evacuación del agua de lluvia de esta azotea no haya sido el correcto y que en ello se encuentre la raíz de sus daños.

En fin, el portal de los Terreros tiene problemas y espero que las autoridades municipales los resuelvan pronto, sin permitir que este importante hito del centro de Aculco se deteriore más. Lo ideal sería, por supuesto, no un remiendo sino su restauración integral para asegurar su permanencia a largo plazo. Se tiene el magnífico antecedente de la restauración de las columnas y viguería de la potería del ex convento como ejemplo de la manera en que puede recuperarse un espacio con las características de éste.

 

Si quieren saber más sobre la casa y portal de los Terreros pueden seguir estas ligas:

La casa de los Terreros I.

La casa de los Terreros II.

La casa de los Terreros III.

viernes, 22 de febrero de 2019

Una casa, un patio

La casa de la esquina de Corregidora y Comonfort

Probablemente la mayoría de los lectores de este blog han puestopoca atención a la casa que se encuentra en la esquina de sureste del cruce de las calles de Corregidora y Comonfort. Es natural, pues en su exterior esta casa muestra sólo una digna y agradecible sobriedad que encaja muy bien en este lugar del pueblo, pero que no llama la atención. Con sus aleros de teja, ventanas pequeñas en la planta baja y balcones en el piso alto sin molduras ni ornatos más allá de sus sencillas rejas, la casa pasa en general desapercibida salvo para quienes nos gusta recordar cada rincón de Aculco.

Según entiendo, esta casa perteneció a don Félix Herrera (quien fue dueño también de la muy cercana casa de la panadería, en la Plazuela Hidalgo) y sigue siendo propiedad de sus descendientes. Me han dicho que la propiedad fue dividida en dos fracciones, pero desde el exterior parece matener su unidad arquitectónica. En la tienda que existió en su accesoria de la planta baja estuvo un tiempo el teléfono público, cuando dejó de ofrecerse este servicio en la tienda de El cinco de mayo. Con la proliferación de los teléfonos celulares, hoy nos suena casi a cuento que hasta hace unos 20 años todavía existiera necesidad de un teléfono público con larga distancia.

En fin, poco más que lo que ya he escrito tendría que platicarles sobre esta casa, si no hubiera visto una bella foto de su interior publicada en el marco del Festival Internacional del Camino Real de Tierra Adentro (FICTA) el año pasado. Aquí se las muestro con sus características originales, pues después la manipularé un poco para mayor claridad.

La barda y tejados más altos del lado izquierdo de la fotografía corresponden a la vieja casa de don Hesiquio Morales, de la que ya he escrito antes. El patio con corredores a más bajo nivel es el de la casa a la que me he estado refiriendo.

Pocas eran las casas aculquenses antiguas con arcos en sus corredores (poco más de media docena, incluyendo el claustro del convento), lo que la vuelve especialmente interesante. Estos arcos, de medio punto, poca altura, apoyados en gruesos pilares con un sencillo capitel, parecen ubicarse sólo en uno de los lados del patio, aunque no se puede descartar que existan otros formando un ángulo recto con estos. Un pretil bajo para poner macetas une los intercolumnios, dejando libres algunos espacios para el paso. Al fondo de uno de ellos se observa una portada de cantera que quizá perteneció a la sala de la casa.

Por los canales de piedra que desaguan su azotea (algo desalineados y a distinto nivel), se advierte que originalmente sólo existió el corredor de la planta baja. Con todo, la ampliación construida sobre él se resolvió con la sencillez y gracia habitual de la antigua arquitectura popular: una serie de pilares simples que sostienen un pequeño tejado. Si bien todos los muros de lo descrito están blanqueados, por encima del tejado asoma en hermoso contraste la mampostería de piedra blanca y tezontle al natural.

Como este encantador patio, Aculco guarda todavía muchos pequeños sitios casi desconocidos. Descubrirlos y mostrarlos es una invitación a apreciar su valor y procurar su conservación.