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sábado, 13 de diciembre de 2025

Los acueductos antiguos de Aculco

¿Con cuántos acueductos antiguos cuenta Aculco? Escrita así, esta frase es casi un trabalenguas. Pero, hablando ya en serio, ¿cuántos acueductos serías capaz de recordar que existen en nuestro municipio? Lo más fácil es que recuerdes dos de ellos que son uno solo: los llamados "arcos de Aculco", que forman parte del sistema que conducía el agua desde la presa de Ñadó hacia las tierras de riego de la misma hacienda, y que tienen dos tramos de arquerías a la orilla misma de la carretera. En el otro extremo del municipio, si te has alejado un poco de los caminos habituales, posiblemente conozcas el acueducto de Arroyozarco, que se encuentra en la ribera de la presa del Molino. Pero hay varios más. Algunos casi ocultos, como los que conformaban el sistema de riego que conducía el agua del Ojo de Agua y de la Alberca hacia las tierras de cultivo al norte de la cabecera municipal. Porque, aunque estamos acostumbrados a referirnos a un acueducto como un canal que va sobre unos arcos, la realidad es que al acueducto le basta el canal para conducir agua, aunque no tenga esos apoyos.

Es difícil, por tanto, contabilizar los acueductos de Aculco, pero hay quien ya lo intentó: se trata del ingeniero Antonio de las Casas Gómez y del arquitecto Rafael Ramírez Eudave, quienes en 2016 publicaron el libro Acueductos de México. Antología y breve revisión histórica, que es en realidad un inventario de los acueductos históricos en territorio mexicano, como ellos mismos lo explican:

El interés de identificar e inventariar los acueductos en territorio nacional es, por sí misma, una tarea sumamente ambiciosa; la extensión territorial, la inaccesibilidad de ciertas poblaciones y los problemas documentales son solo algunos de los contratiempos que impiden una certeza científica de muchos de los datos recabados.

No obstante, existen medios para asegurarse de no obviar los ejemplos más representativos de los acueductos mexicanos. Una de esas herramientas es el Catálogo Nacional de Monumentos Históricos Inmuebles, desarrollado por la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia desde la década de 1980, y que es un compendio de construcciones relevantes entre los siglos XVI y XX. Otra fuente importante la constituyen el Archivo Geográfico Jorge Enciso, a cargo de la misma Coordinación, y la bibliografía especializada, pese a su relativa escasez.

Para Aculco, los autores reseñaron siete acueductos antiguos. No son todos, naturalmente, pero sí están ahí los más importantes y algunos otros que son casi desconocidos para la gran mayoría de los aculquenses. Por eso quiero compartirles hoy las fichas de esos acueductos: en esas fichas encontrarán alguna información conocida, que ya he públicado aquí, pues los autores usan mi blog como una de sus fuentes, pero también datos novedosos de interés.

Mirar estos viejos acueductos con atención es también una forma de reconocernos: en esos canales de piedra, visibles u ocultos, persiste la memoria de un territorio trabajado, pensado y habitado a lo largo de siglos. Contarlos es apenas el inicio, comprenderlos y preservarlos es la tarea que sigue.

 

FUENTE: Antonio de las Casas Gómez y Rafael Ramírez Eudave. Acueductos de México. Antología y breve revisión histórica, México, s.p.i., 2016.

domingo, 22 de junio de 2014

La "gavilla de Encinillas", ¿bandidaje o simple venganza?

Hacia 1890, cuando el régimen porfiriano estaba consolidado, la seguridad de los caminos y en campo se había restablecido gracias a la presencia de la Policía Rural -conocidos por todos simplemente como los "Rurales"-, cuerpo al que desde su creación en tiempos del gobierno de Benito Juárez se le había concedido la facultad de ejecutar sumariamente y sin juicio a cualquier salteador capturado en flagrante delito. Pese a ello, justo en aquel año comenzaron a aparecer en los periódicos de la capital del país noticias alarmantes que señalaban la presencia de un grupo de bandoleros, al que se le bautizó como la "gavilla" o la "cuadrilla" de Encinillas por ser esta ranchería, situada en los límites entre los municipios de Aculco y Polotitlán, el centro de sus actividades delictivas.

Así, el 11 de febrero de 1890, en la primera plana de El Diario del Hogar se publicó una nota acerca de cierto "Asesinato frustrado", que tenía que ver con uno de los personajes más influyentes de la región en esa época, don Macario Pérez Sr.:

Asesinato frustrado

-Excitativa a las autoridades del Estado de México-

Hay en Encinillas, población del municipio de Polotitlán, Estado de México, un individuo llamado Manuel Romero, contra cuya conducta protestarán los vecinos por ver amagadas así su tranquilidad como las garantías que merecen ver aseguradas todos los hombres de bien que sólo aspiran a vivir tranquilos en sus labores.

El deseo de disfrutar de esas garantías es el que hace alzar la voz contra la existencia en dicha población del individuo citado, quien tuvo una cuestión judicial con una familia, en la que el fallo no fue favorable a Romero, por no asistirle razón ni justicia.

Esto enojó a Romero, quien buscó la venganza. Poco después resultó incendiada la casa de aquella familia.

El sr. Macario Pérez, avecindado en Aculco, donde posee algunas propiedades, es persona cuya reputación es generalmente reconocida, y bien conocidos sus antecedentes, pues el Estado todo conoce a dicho señor y lo ha juzgado. El día 12 del próximo pasado enero, en la noche, hallándose el sr. Pérez en su residencia de San Rafael, rancho de su propiedad, acercóse a su casa inesperadamente un grupo de ocho individuos.

Inquiridos por el sr. Pérez sobre visita tan inesperada, fue uno de ellos presentado de entre el grupo a Cándido Calleja, dependiente del sr. Pérez, diciendo que lo presentaba acusándolo de haber lastimado un caballo de Romero que se hallaba haciendo daño en terrenos de San Rafael.

Parece que esto no fue más que un pretexto para introducirse en la casa, y cerciorado el sr. Pérez de la verdad de las cosas, procuró que cada quien quedara en su lugar, y dada por terminada la entrevista, los visitantes se retiraron y todo quedaba al parecer en calma.

Esto, no obstante, el sr. Pérez, temiendo alguna celada, quiso dejar las cosas en su lugar, y al efecto se dirigió a casa del sr. Romero, a fin de cerciorarse si en efecto el caballo estaba lastimado.

Se le dijo que el mal lo tenía el caballo en una pata, y al inclinarse el sr. Pérez a reconocer al animal, oyó un disparo tras de sí; se puso en pie y vio a un hombre que le apuntaba a boca de jarro con una pistola, el cual de inmediato hizo fuego disparándole tres tiros, de los cuales uno le tocó la oreja izquierda y los otros dos le atravesaron la ropa rozando el costado izquierdo.

Dominando el sr. Pérez aquella situación de un solo golpe de vista, se arrojó a luchar a brazo partido y cuerpo a cuerpo con el asesino, al que derribó por tierra desarmándolo, mientras el desarmado gritaba "¡Quítenmelo, que me mata!" Y muy bien que pudo el sr. Pérez darle muerte inmediata; pero no fue así; noble siempre y siempre todo un hombre, perdonó la vida al asesino, dejándolo en libertad para que se uniera con sus demás compañeros.

Aquí terminó el incidente. El sr. Pérez como tenía que ser, informó a la autoridad superior de lo acontecido, quedando bajo la acción de la justicia la averiguación y persecución del responsable de ese delito.

Esto coincide con la ausencia de Romero de dicha población. Nos permitimos recomendar muy especialmente a las dignas cuanto honorables autoridades superiores del Estado de México, no omitan fijar su atención en el acontecimiento a que hemos hecho referencia, esperando que con su reconocida rectitud y energía, pongan coto a los desmanes de la canalla que infesta a Encinillas, dando a los hombres honrados y laboriosos, como el Sr. Pérez, las garantías consiguientes, evitándoles que tengan que hacerse justicia por su mano. (1)

Otros periódicos de la ciudad de México hicieron eco de aquella noticia: el 15 de febrero, el periódico católico El Tiempo publicó una nota en la que resumía el suceso, añadiendo que el agresor estaba ya en manos de la justicia:

Intentona.- Refiere el Diario del Hogar que el 12 del pasado, el Sr. Macario Pérez, vecino de Aculco (Estado de México) estuvo a punto de ser asesinado por unos individuos que, valiéndose del pretexto de la reclamación de un caballo herido, se introdujeron a la casa del Sr. Pérez no siendo en realidad sino con el fin de prepararle una celada infame. Parece que en los momentos de estar reconociendo el caballo del Sr. Pérez, uno de los asaltantes le disparó a quemarropa varios tiros de una pistola; pero con tan mala puntería, que sólo una bala vino a herirlo ligeramente en una oreja. La policía, que ha aprehendido al infame agresor, ya aclarará los hechos. (2)

Por su parte, el periódico de la comunidad metodista de México (a la que pertencía don Macario), llamado El Abogado Cristiano Ilustrado, publicó en su sección "Crónica religiosa" un texto que decía:

El Sr. Macario Pérez, buen amigo y hermano nuestro que residió por muchos años en Arroyozarco, estuvo a punto de ser proditoria y alevosamente asesinado por unos facinerosos de San Rafael, rancho de su propiedad, el día 12 del próximo pasado enero. Sentimos el lance y nos alegramos que ninguna de las heridas que recibió el Sr. Pérez reviste gravedad alguna. Que Dios conserve su vida y castigue a los culpables (3).

A pesar de los buenos deseos y de la noticia de la aprehensión del atacante, las agresiones, según publicó la prensa, no se detuvieron allí: el 21 de mayo de 1890 El Diario del Hogar dio cuenta del asesinato del administrador de los ranchos de don Macario Pérez:

Un asesinato alevoso

El 13 del corriente fue asesinado de la manera más vil e inicua el administrador y encargado de la hacienda de Cofradía y rancho de San Rafael, perteneciente a la Municipalidad de Polotitlán, Distrito de Jilotepec, en el Estado de México. Los asesinos pertenecen a una conocida familia de la Ranchería de Encinillas, y no parece sino que se han propuesto ser el azote de aquellos rumbos, pues ni perdonan medio de saciar su sed de sangre y exterminio, al grado de que las familias empiezan a emigrar, buscando en otra población la garantías que pongan a salvo su vida e intereses.

Como consecuencia del último crimen queda una familia en la miseria, y unos huérfanos abandonados, esperando correr también la suerte de su infeliz padre.

Nos permitimos excitar, una vez más, al Gobernador del Estado de México, a fin de que las autoridades del Distrito de Jilotepec, cumpla con sus deberes, aplicando a los delincuentes todo el rigor de la ley.

Se nos ofrecen mayores informes, por lo cual más adelante, volveremos a tratar este asunto; agregando que ya el Sr. Gobernador tiene conocimiento de este escandaloso suceso y que a los quejosos ha ofrecido proceder en la órbita de sus facultades con toda la energía y actividad que los caracterizan.

Tendremos al tanto a nuestros lectores de lo que sobre el particular ocurra. (4)

Sin embargo, hay evidencias de que esta muerte pudo no haberse dado exactamente en esos términos. De hecho, la partida de defunción del supuesto administrador, Jesús Romero Almaraz, parece contradecir varios puntos de la noticia anterior. El compareciente, Federico Romero, labrador de 24 años, originario y vecino de Encinillas, testificó:

... el martes trece del corriente como a las ocho de la mañana en una riña que tuvo lugar en aquella Ranchería fue muerto por mano homicida su hermano Jesús Romero Almaraz, no indígena casado que fue civil, zapatero y de 38 años de edad del mismo origen y vecindad del compareciente, quedando viuda la señora Guadalupe Romero, no indígena y de 24 años de edad, originaria de Nopala y residente en la misma Ranchería de Encinillas... (5)

Así, su muerte no parece haberse debido a un ataque, sino sólo a una riña. No se trataba además del administrador de don Macario, sino de un zapatero. Y, para remate, su esposa y él tenían el mismo apellido Romero de los presuntos atacantes(que hasta aquí el diario no menciona, pero lo haría en los meses siguientes). ¿Podría tratarse más bien de una venganza familiar (recordemos que don Macario estaba también relacionado familiarmente con esa familia: sus hijos Manuel y Sara los había tenido con doña Velina Romero, y a Macario con doña Rosaura Romero), o por lo menos personal en curso que de agresiones de un verdadero grupo de bandoleros? Muy probablemente sí.

El 19 de agosto de 1890, El Diario del Hogar volvió sobre el asunto. Fue entonces cuando se atrevió incluso a bautizar al real o imaginario grupo delictivo como "La gavilla de Encinillas":

La gavilla de Encinillas

En enero y mayo de este año ocurrieron, y de ello hicimos mención, ataques en las personas de los Sres. D. Macario Pérez, hacendado del Estado de México y su administrador D. Jesús Romero respectivamente.

La agresión de este último le produjo la muerte; fue un asesinato proditorio, ambos hechos llevados a término por un grupo de foragidos [sic] vecinos de Encinillas, apellidados Romero, que han venido siendo un amago para las personas y los intereses.

De esos hechos ha dado cuenta la prensa excitando a las autoridades del Estado de México a cortar de raíz el mal. El resultado de tales excitativas fue que el Sr. Gobernador Villada tomara providencias, que por desgracia no han sido eficazmente secundadas por las autoridades de Jilotepec y especialmente por la de Encinillas.

Prueba de ello es que los Romero y sus compañeros no cesan en sus ataques emprendidos contra los intereses y servidores del Sr. Pérez.

Al asesinato del [...] administrador Jesús Romero, hay que agregar un hecho que acaba de pasar y es el siguiente:

Marchando por el camino real junto a la ranchería de Encinillas, el encargado del Tinacal de San Rafael, de nombre Magín Romero, fue insultado por un vecino de Jilotepec Florencio Yera, perteneciente al grupo de los Romero; este individuo insultó y provocó a una riña al encargado del Tinacal; pero éste, apercibiéndose de que al lugar en que se hallaban se aproximaba el grupo de aquellos bandoleros de Encinillas y recordando la suerte del administrador asesinado por los mismos, se retiró.

Dio parte al Juez de Encinillas, pero éste en lugar de conjurar el peligro, se agrupó al insultador Yera y sus colegas los Romero, y se dirigieron a embriagar, haciendo aquel Juez alarde de amistad con éstos.

Semejante conducta de esta autoridad ha envalentonado a esos individuos constituidos en un verdadero peligro para la gente honrada, al grado de que en el distrito de Jilotepec no se vive con tranquilidad.

En ese concepto, debemos llamar la atención del Sr. Gobernador del Estado de México a fin de que, con energía, ordene la persecución de esos individuos y que las autoridades secunden sus acuerdos encaminados a dar garantías a los gobernados.

Por otra parte, debemos llamar la atención del Inspector de Rurales acerca del deficiente servicio que presta el destacamento situado en Arroyozarco, así en el reciente caso que referimos como en los anteriores acaecidos, pues poca o ninguna ayuda han prestado, como no contribuye en general a poner a raya a los malhechores tantas veces citados y cuyo centro es Encinillas.

Muy probablemente al tomarse nota de estos datos, nos informará la Gaceta del Estado de México de las medidas que dicte el Sr. Villada: quedamos pues, esperando esa noticia. (6)

Esta narración me convence aún más de que tal gavilla no existía. No se trataba de ladrones que atacaran indiscriminadamente a la población, sino de un grupo específicamente antagónico a Macario Pérez. Incluso la manera de buscar el enfrentamiento con los empleados de éste no parece el de delincuentes gratuitos. Aun la falta de acción de los rurales de Arroyozarco mueve a preguntarse si en realidad existía una razón para que ellos actuaran y no la autoridad común. Fue el comentario sobre el "deficiente servicio" de los rurales en la nota anterior lo que movió a una respuesta precisamente en ese sentido por parte del Inspector de Fuerzas Rurales, Francisco M. Ramírez:

Sobre la cuadrilla de Encinillas

Carta del Inspector de Fuerzas Rurales

Oficina, agosto 19 de 1890.- Señor Director del Diario del Hogar.- Presente.

Muy señor mío:

[...]

A reserva de lo que el periódico oficial del Estado de México diga, respecto a la existencia de esa gavilla, de que el que suscribe no tiene conocimiento alguno, creo de mi deber manifestar a vd. que, en ningún caso, puede la policía rural obrar en oposición a las autoridades locales, ya del orden político, ya del judicial, y, del caso de que se habla, de la riña a que provocaba un vecino de Jilotepec al encargado del tinacal de San Rafael, tomó conocimiento el juez de Encinillas y no se dice que los quejosos recurrieran al auxilio de la fuerza rural, que, seguramente, lo habría prestado, como lo presta en todos los casos en que se le pide.

Por otra parte, sabedor el que suscribe de que, por cuestiones que no es el caso señalar aquí, el Sr. Macario Pérez, el hacendado de que el articulista habla, o sus dependientes pudieran ser agredidos, he dado al primero, a fines del año próximo pasado o principios del presente, una carta para que el encargado del destacamento de Arroyozarco, una carta en la que prevenía a este jefe que le prestase los auxilios que necesitara, única cosa que él solicitó de mí y que era lo que estaba en mis facultades otorgar; pues las fuerzas de la federación no pueden intervenir en los detalles de la administración interior de los Estados.

Por causas muy locales no es raro que se formen grupos, en las poblaciones pequeñas, para hostilizar a determinadas personas o a determinados intereses y, acaso, a este móvil haya obedecido la formación del grupo, si es que existe, de los Romeró [...]; pero, mientras estos no recurran a las vías de hecho, las fuerzas rurales no pueden proceder contra ellos, como, acaso, podría proceder la autoridad judicial [...].

Desde el momento en el que proveí a dicho Sr. Pérez del documento de que he hablado, a él tocaba, como a interesado, graduar la oportunidad del momento y la gravedad del peligro que podría ocurrir para solicitar el auxilio de la fuerza rural, y si así no lo ha hecho, seguramente que de ello no es responsable ni esta Inspección ni el destacamento de Arroyozarco, que, como todos los de rurales, está listo para hacer el servicio que se le ordena [...]. (7)

Unos cuantos días después El Diario del Hogar regresó por última vez al asunto. Pero entonces el tono de alarma había disminuido notoriamente, había cesado en su cuestionamiento a la autoridad (excepto al juez de Encinillas) y aceptaba que no existía tal "cuadrilla de Romero". Incluso parecía darse por satisfecho con la aprehensión de sólo dos de los antes llamados "forajidos":

La seguridad en Jilotepec

La Gaceta del Estado de México, después de reproducir nuestro escrito referente a una agresión frustrada con el encargado del Tinacal de San Rafael por un compañero de los Romero, familia pendenciar y peligrosa radicada en Encinillas, del Distrito de Jilotepec, nos ha informado que en aquella Ranchería no existe cuadrilla alguna de bandoleros, que hay absoluta seguridad y por parte de las autoridades empeño en conservar el orden.

No nos sorprende esto último, cuando los primeros hemos reconocido el empeño del Sr. Gobernador Villada y principales funcionarios del Estado porque en él se disfrute de garantías; precisamente por eso nos pareció desusada la lenidad del Juez de Encinillas en el último suceso, motivo de estas líneas.

Ahora bien, nadie ha asegurado que existe la cuadrilla de Romero recorriendo cierta zona en armas; lo que aseguramos fue que radicada esa peligrosa familia en Encinillas, constituye un amago para la gente honrada y que por ello urge tenerla a raya. A ese fin excitamos a las autoridades del Estado de México y al Jefe de la Fuerza Rural de Arroyozarco, cuyo Comandante radicado en San Juan del Río a lo que parece ha sentídose molesto porque dijimos que era deficiente la vigilancia de aquella sección.

Afortunadamente el empeño de las autoridades de Jilotepec ha estado ya a la altura de los primeros funcionarios del Estado y así podemos ahora anunciar que dos de los autores del proditorio homicidio perpetrado en la persona del Administrador de una de las haciendas del Sr. D. Macario Pérez y cuyos reos son miembros de la familia Romero, de Encinillas, han sido reducidos a prisión y en breve se les sentenciará. Esto es ya un motivo de tranquilidad, que adjudica un encomio a esas autoridades y una excitativa para que persistan en la tarea de imponer orden a los que pretendan reincidir en sus fechorías. (7)

Hasta aquí, si bien parece haber quedado claro que se trataba simplemente de venganzas locales y no del surgimiento de una auténtica banda armada como en algún momento supusieron los diarios capitalinos (seguramente por influencia del propio Macario Pérez), sólo hemos escuchado las voces que acusaban a los Romero. Pero esta familia tenía su versión de los hechos, misma que publicaron en julio de 1890 en un folleto titulado Proceso de don Macario Pérez ante el tribunal de los hombres honrados (9). En este documento, firmado por José Romero (hermano de Manuel, todavía entonces prófugo), y por el abogado Lic. M. Mejía, se afirma de Pérez que "su vida entera es una larga cadena de asesinatos, plagios estupros, raptos y otros excesos; pero ¿quién se atreve a quejarse de ellos, a denunciarlos a la justicia, a declarar contra el culpable, a ministrar todas las pruebas del delito, cuando vemos la impunidad de que viene gozando desde hace muchos años, unas veces porque las autoridades del Distrito son sus compadres, otras porque le temen y otras por el singular y extraño fenómeno de ver las cosas al revés de como el mundo las ve, tomando por criminales a los ofendidos y por agraviados a los mismos ofensores?". En efecto, la narración de los hechos del 12 de enero de ese año es distinta en términos de culpabilidad a la publicada en los diarios:

Manuel Romero se quejó la tarde de aquel día al Juez auxiliar de la ranchería de Encinillas, de que Cándido Callejas, dependiente de Pérez, le había lastimado un caballo con actos de bárbara crueldad. El Juez hizo comparecer a su presencia a aquel sujeto, y pasada la averiguación puramente verbal relativa al caso, en la que ambas partes convinieron pasarse al siguiente día ante las autoridades de la cabecera, determinó acompañarlo hasta la casa de su amo, la que por pura malicia había dejado sola y abierta, para hacer constar que nada se había extraviado de ella. El respeto y atenciones que ciertos reyezuelos de aldea se hacen tributar de los sencillos labradores movieron al Señor Juez auxiliar a dar a Pérez, que se encontraba ya en su finca, una especie de satisfacción por el llamado de Callejas. Pérez recibió esa satisfacción con su acostumbrada altanería; afeó y censuró la conducta, demasiado prudente y justificada de la autoridad, y dándose por ofendido con los procedimientos empleados con su dependiente, descubrió su mala voluntad hacia mi hermano Manuel, a quien viene persiguiendo de algún tiempo a esta parte, como se verá después, con un odio implacable.

Retirada la autoridad y llegadas las altas horas de la noche [...] Macario Pérez, a caballo y armado, se dirige resueltamente a mi casa en compañía de su cómplice Cándido Callejas; llaman al zaguán que por la sorpresa se les abre irreflexivamente; echa pie a tierra don Macario y penetra al interior del patio sin ser invitado a entrar por ninguna persona de la casa. Como disimulara sus criminales intentos fingiendo y manifestando deseos de ver el caballo lastimado, creyendo yo en la sinceridad de sus intenciones aunque me preocupaba lo inoportuno de tales reconocimientos, vuelvo a las piezas interiores por una linterna, diríjome a mi regreso delante de él hacia la caballeriza creyendo que me seguiría don Macario; pero me sorprende de repente una detonación y luego otra que me deja azorado. Vuelvo la cara hacia atrás y aunque la lámpara apagádose descubro a don Macario y a Manuel rodando por los suelos empeñados en lucha terrible. Corro hacia ellos para apaciguarlos, y entre tanto procuro yo separarlos se acerca Callejas para prestar auxilio a la agresión de su amo; y sin duda habría dado muerte a Manuel si yo no lo hubiera detenido, o él no hubiera temido herir a don Macario que cubría con su cuerpo el de Manuel. Cuando éste siente la presencia de otro enemigo que le arrebató de la mano izquierda su pistola, pues con la otra sujetaba la de Pérez, , hace un esfuerzo supremo, se desprende de Macario, párase violentamente, se arroja sobre Callejas, le arrebata una pistola y echa a correr para salvar su vida ante un peligro inminentísimo. Todavía Pérez le sigue a balazos, pero las sombras de la noche lo protegen [...].

¿Qué pasó entre aquel hombre y mi hermano en el momento de las detonaciones? Sólo Dios y ellos lo deben saber bien, porque nadie presenció el encuentro: ni el mismo Callejas, por impedírselo la oscuridad de la noche. Pero según Manuel, de cuya veracidad no puedo dudar, al oír el tropel de los caballos a horas tan avanzadas en el zaguán de la casa, sospechó que algún peligro amenazaba a la familia y mientras yo salía ver qué sucedía [...] él buscaba una pistola vieja que en la casa tenía. Habiéndola encontrado se dirigió también al patio, pero al ser descubierto por Pérez, que parecía estar esperándolo, éste le disparó un tiro y luego otro. Manuel también disparó sobre él, pero como no dio fuego su pistola tuvo que arrojarse sobre su adversario y emprender con él una lucha muy desventajosa, por cierto, para desarmarlo.

¿Quién sería, pues, el ofensor y quién el ofendido? A 124 años de distancia de aquellos enfrentamientos, resulta muy difícil averiguar quién tenía razón en la disputa. Es claro que don Macario Pérez tenía bastantes enemigos, producto de su carácter y actos personales, así como de sus creencias religiosas protestantes, pero seguramente también a causa de sus decisiones como administrador de la hacienda de Arroyozarco (puesto que en 1890 ya había abandonado), y todo ello le pudo haber acarreado un ataque como el que describió. Pero también resulta evidente que don Macario no era ninguna "hermana de la caridad", que tenía gran influencia sobre las autoridades así como los editores de El Diario del Hogar y bien pudo ser que los sucesos acaecieran tal como los relató Romero. En todo caso, estos hechos nos permiten abrir una pequeña ventana hacia los tiempos del porfiriato en esta zona, que no fueron tan pacíficos como a veces suponemos. Estas enemistades, acumuladas por décadas, aflorarían con violencia años después, en tiempos de la Revolución y la Reforma Agraria.

NOTAS

(1) El Diario del Hogar, 11 de febrero de 1890, p. 1.

(2) El Tiempo, 13 de febrero de 1890, p. 2.

(3) El Abogado Cristiano Ilustrado, 15 de febrero de 1890, p. 29.

(4) El Diario del Hogar, 21 de mayo de 1890, p. 2.

(5) Registro Civil de Polotitlán, Defunciones, 1890, partida 46, 16 de mayo de 1890.

(6) El Diario del Hogar, 19 de agosto de 1890, p. 1.

(7) El Diario del Hogar, 22 de agosto de 1890, p. 2.

(8) El Diario del Hogar, 5 de septiembre de 1890, p.1.

(9) Romero, José y M. Mejía, Proceso de don Macario Pérez ante el tribunal de los hombres honrados, s.p.i, [1890].

martes, 26 de abril de 2011

Los cuatro padres Basurto

Para mi tío Manuel Arciniega Basurto.**


Aunque hoy ya casi nadie lo recuerde, hubo tiempos en que los aculquenses recibían, sobre todo de sus vecinos acambayenses y polotitlecos, el sobrenombre de "mochos", esto es, una manera peyorativa de referirse a los muy devotos. En efecto, Aculco fue una población piadosa, rica en vocaciones sacerdotales y religiosas auténticas -de esas que aún entre los no creyentes producen respeto y admiración-, aunque también abundó en hipocresías de viejas beatas, religiosidad mal comprendida, superstición y casi hasta idolatría.

Lamentablemente, en el afán de eliminar estas últimas actitudes se barrió casi con todas las demás y hoy en día Aculco es pobre hasta en tradición religiosa. Díganlo si no las conmemoraciones de la Semana Santa, en las que nunca se sabe si saldrán las imágenes de la parroquia o será un viacrucis viviente, si la procesión se limitará al atrio o irá por las calles del pueblo, si la crucifixión se representará en el mercado, el panteón, el atrio parroquial o en algún nuevo sitio elegido por el párroco en turno. Acaso lo único que permanece medianamente inmutable son los xhitas, la traslación de las imágenes de los pueblos y comunidades a la parroquia, las ceremonias con las banderas cerradas llenas de pétalos que se abren fuera del templo en la misa de resurrección, y las chirimías y tambores, pero todo ello ya en franca decadencia. No le falta razón a mi perogrullesco hermano cuando afirma que en este pueblo "cada año cambiamos nuestras tradiciones"...

Pero regresemos al motivo de este post. Una de las familias que en mayor medida contribuyeron a que los aculquenses fueran calificados de mochos fue, sin duda alguna, la de los Basurto. Desde tiempos coloniales y hasta nuestros días, no han faltado entre los miembros y descendientes de esa familia las vocaciones religiosas, aunque fue quizá ello mismo contribuyó a que, poco a poco, el apellido fuera perdiendo importancia tanto cualitativa como cuantitativa y llegara casi a desaparecer. Contrariamente, las ramas de Basurtos de Nopala, San Juan del Río y Polotitlán, originadas en el propio Aculco y separadas desde mediados del siglo XIX, prosperaron y son todavía numerosas aunque no llegaron a destacar precisamente por su devoción; por el contrario, engendraron a personajes como el execrable coronel nopalteco Artemio Basurto.

Cuatro fueron los Basurto que en el siglo XIX y primeros años del XX destacaron de alguna manera en el estado clerical que abrazaron, ya como regulares o como sacerdotes seculares. Aunque mucho falta para tener una biografía completa de ellos, los datos que aquí aportamos seguramente servirán a los lectores de este blog Aculco, lo que fue y lo que es para conocer más de estos aculquenses de otros tiempos.


NICANOR BASURTO

Nicanor debe haber nacido en Aculco en los últimos años del siglo XVIII o primeros del XIX. Su vocación religiosa fue tardía, ya que primero se dedicó a la agricultura y al comercio e incluso contrajo matrimonio con María Felipa Sánchez, de quien nacieron sus cinco hijos: Mariana, Paula, Nicolás, un par de Franciscos y las gemelas Juana Justiniana Ygnacia de la Trinidad y Hermenegilda de Jesús María.

Nicanor enviudó hacia 1846 y tres años después se ordenó sacerdote (Archivo General de Notarías, Notario Joaquín Vigueras, Acta 37336, f. 2633, 1849). Este tiempo tan breve en que logró convertirse en sacerdote parece indicar que ya contaba con algunos estudios en el seminario, o quizás con cierta formación en Derecho. Después de su ingreso al clero continuó con algunos de sus negocios, en particular con una tienda instalada en 1860 en sociedad con su yerno Luis de la Vega (casado con Ygnacia) en la ciudad de San Juan del Río (Archivo General de Notarías, Notario José María Guerrero, Acta 90660, 1860, f. 1294).

Casi toda la vida de Nicanor se desarrolló precisamente en aquella ciudad queretana, que fue en la que se casó y en la que nacieron la mayoría de sus hijos. A pesar de ello conservó en propiedad en Aculco una enorme casa situada entre las calles del Águila y del Calvario (después Juárez y Manuel del Mazo). Parece ser que fue en esta casa (conocida también como la "Casa de Ejercicios") donde fue aposentado entre el 14 de mayo y el 29 de junio de 1859 el sacerdote catalán José María de Vilaseca, miembro de la Congregación de la Misión que se convertiría en fundador a su vez de los misioneros josefinos en México (cuya labor consistía en re-evangelizar a través de misiones celebradas en los pueblos y ciudades). En aquella ocasión, el padre Vilaseca escribió:

"Aunque alojados en una casa abandonada desde muchos años atrás, porque se le creía infestada por espíritus malvados, estuvimos perfectamente tranquilos por ese lado. Un suceso notable señaló esta misión: habíamos acostumbrado en todas nuestras misiones a plantar una gran cruz en una plaza pública, para recordar a la gente el bien recibido y para que la vista de este monumento fuera como una predicación continua que recordara a todos los buenos propósitos que habían hecho. Un arquitecto había entonces trazado esta cruz sobre un gran bloque de piedra dura y compacta. Desde que se le dieron los primeros golpes de martillo en uno de sus brazos para desprenderla, la cruz entera salió espontáneamente del lecho de piedra en que se le había dibujado" (Annales de la Congregation de la Mission, vol. 25, París, 1860, p. 500).



Portada de piedra que sobrevive en lo que fue la casa del padre Nicanor Basurto.

Los misioneros que participaron en esta evento fueron los padres Pascual, Alabau, Recoder, Learreta, el propio Vilaseca, "el catequista Basurto" (que se llamaba Francisco Basurto, seguramente aculquense o polotitleco y pariente de todos los Basurto aquí mencionados, llegó a ordenarse diácono entre los vicentinos pero luego los dejó debido a la falta de un "clima adecuado para un sólido arraigo" de la orden - Vicente de Dios, Historia de la familia Vicentina en Mexico: 1844-1994 (1993), pp. 147 y 179) y el hermano Tornill. La casa que habitaron fué cedida poco después al Ayuntamiento de Aculco, que había quedado sin sede tras venderse en algún momento indeterminado de la primera mitad del siglo XIX las viejas casas de cabildo. El licenciado Nicolás Basurto, hijo del padre Nicanor, formalizó la cesión en 1875 y desde entonces hasta la casi total destrucción de este histórico edificio en 1947 sirvió como Palacio Municipal, como ya hemos comentado más ampliamente en otro post. La visita de los vicentinos a Aculco no fue enteramente pacífica: una noche, saliendo del sermón de la misión, se presentaron algunos hombres en la plaza "insultando a los misioneros y amenazando al pueblo, los persiguieron, hirieon a uno y los demás huyeron" (Vicente de Dios, Historia de la familia Vicentina en Mexico: 1844-1994 (1993), p. 176). Algo así podía esperarse dada la turbulencia de los tiempos. El párroco de Aculco, el bachiller Eusebio García, con anterioridad había solicitado la misión al padre Sanz, visitador vicentino. De hecho la misión se había aceptado en agosto del año anterior (1858), e incluso se había nombrado al personal que asistiría, pero por prudencia, dadas las condiciones de la Guerra de Reforma, se habían dejado las cosas para un mejor momento (Ramón Aguilera Murguía, JOSE MARIA VILASECA AGUILERA, INFANCIA, JUVENTUD Y SU ETAPA VICENTINA, tesis, UIA, 2018, p. 102).

Vista general de la esquina sobreviviente, ya muy dañada, de la casa del padre Nicanor Basurto.

Fue Nicolás, nacido en 1840, el hijo más destacado de Nicanor y su nombre aparece con frecuencia entre los vecinos más notables de San Juan del Río. Él casó en 1866 con Josefa Basurto Díaz (la endogamia era otra característica familiar) y fueron padres de María Basurto Basurto, celebrada por su bella voz de soprano (Rafael Ayala Echávarri, San Juan del Río: geografía e historia, México, 1971, p. 209). El 28 de abril de 1866, el emperador Maximiliano nombró al licenciado Nicolás Basurto como Abogado Defensor de los Pobres en el Tribunal Superior de México (AGN. Despachos, vol. 2, exp. 105).


MODESTO BASURTO


A partir de sus misiones celebradas en Aculco, el padre Vilaseca estableció una fuerte amistad con la familia Basurto. No sólo con la inmediata a Nicanor, sino aún con las ramas establecidas en Polotitlán y San Juan del Río. De ello es muestra una carta suya, escrita en 1862, cuando se encontraba en camino hacia San Juan del Río y recordaba la "destrucción de numerosas enemistades inveteradas" en la misión llevada a cabo en Polotitlán del 13 de marzo al 24 de mayo de 1859:

“... a la vista de Polotitlán me acuerdo de uno de los días más hermosos de mi vida... Sus pobladores San Juan Bautista, Blanco, los Polo, los Basurto y los Garfias me hacen pensar en esta feliz paz que Dios, por medio de la Misión, ha restablecido allí entre los habitantes" (Annales de la Congregation de la Mission, vol. 27, París, 1862, p. 70-71).

Incluso, al llegar a San Juan del Río, continúa escribiendo Vilaseca, "M. Basurto vino, como habitualmente, a decirnos que su casa era la nuestra". Más allá de esta amistad, uno de los frutos de estas misiones fue la incorporación de las vocaciones religiosas locales a su fundación. Así, sólo tres años después de establecido el Colegio Clerical de San José en 1872, atendido por los josefinos, sentó plaza en él Modesto Basurto Guisa, quien a sus catorce años de edad iniciaba lo que sería una interesantísima carrera religiosa.


Modesto, nacido en Aculco el 15 de junio de 1861, era hijo de José María Leocadio Francisco de Paula Basurto (nacido en Aculco en 1822, presidente municipal en 1864) y de Gertrudis Guisa. Curiosamente, al ser nieto de José Gregorio Basurto y Gertrudis Cuevas (padres de Leocadio), su tronco familiar resulta ser el mismo del ya mencionado coronel Artemio Basurto, famoso por su crueldad y carácter sanguinario.



La credencial de diputado de Artemio Basurto.









A pesar de haber estudiado con los josefinos (y posiblemente haber recibido las órdenes menores en el seno de la orden), se ordenó como sacerdote del clero secular en 1884. Recibió su primera parroquia como cura encargado de Culhuacán en 1889 y pasó después a las de Tlalpan, Metepec, Calimaya, San Pablo, San Cosme, San Miguel (éstas tres últimas en la capital del país) y en 1906 fue nombrado canónigo honorario de la Catedral Metropolitana.





Pero más allá de su labor puramente sacerdotal, Modesto gustaba de escribir y sus crónicas de la segunda peregrinación mexicana a Roma y primera a Tierra Santa fueron publicadas entre 1897 y 1898 por el periódico El Tiempo, de Victoriano Agüeros. Estos artículos fueron recopilados más tarde en el volumen titulado Cartas y ligeros apuntes sobre un viaje a Roma y Tierra Santa (México, Tipografía Guadalupana, 1908).


Curiosamente, el padre Modesto, siendo cura de Tlalpan, fue objeto de una de las crónicas del famoso escritor Ángel del Campo Micrós, quien en el artículo "Tiene razón el padre Basurto", aparecido en El Universal el 21 de mayo de 1896, justifica los regaños del sacerdote a su feligresía por la falta de compostura que se observaba en su parroquia durante las celebraciones litúrgicas:

¡Con razón nuestro buen amigo Basurto se ve precisado a poner en la pared las reglas elementales de educación religiosa que los fieles no acatan! Tiene razón: los católicos son necios y son inconvenientes en un templo; lo declaran plaza pública y poco falta para que lo sea: hay puestos de estampas, música callejera, actitudes de paseo y risas de día de campo. Tiene razón D. Modesto Basurto en recordarles la cartilla; ya que el grupo es intransigente y fanático, que se conduzca como debe".


No sabemos casi nada del padre Basurto después de la Revolución, aunque es seguro que seguía vivo en 1929, en plena persecución callista, cuando escribíó a su sobrina Mercedes Arciniega en respuesta a sus lamentos por la difícil situación que se vivía en Aculco:

“Deploro en el alma las necesidades de ese mi pueblo, tan querido para mi; las hago mías, y cumpliré con su encargo de pedirle a Dios el remedio de ellas. Que después de haber soportado hasta aquí tan dura prueba, solo Dios sabe lo que todavía tengamos que sufrir, porque el Señor no se aplaca, ni quiere, porque no se quita la causa que ha provocado su indignación divina, que es el pecado; antes por el contrario, las costumbres se pervierten cada día, la inmoralidad es un lujo, los crímenes se multiplican, la Fe se debilita, y no se teme al Señor ni se le aplaca. ¿A dónde iremos a parar?” (Carta del Pbro. Modesto Basurto Guisa a la srita Mercedes Arciniega. Ms. México, Enero 20 de 1929).



Parece ser que el padre Modesto Basurto fue sepultado en el Panteón del Tepeyac. Sus padres, en cambio, reposan en Aculco, en el único sepulcro que se conserva en el cementerio del atrio parroquial, al pie de la torre del templo.



J. TRINIDAD BASURTO

Foto de grupo de los mimebros de la segunda peregrinación mexicana a Roma y primera a Tierra Santa, entre los que se encuentran los padres Modesto y Trinidad Basurto.

Aunque según Mario Colín nació en la ciudad de Tula, Hidalgo, en 1862 (lo que a mí me parece poco probable), su liga familiar con los Basurto aculquenses la aclara en cierta medida él mismo, al referirse al padre Modesto Basurto como "tío" en uno de sus escritos, aunque eran estrictamente contemporáneos. En su juventud ingresó al Colegio de San Joaquín. Se ordenó sacerdote en 1882 y sirvió en varias parroquias, entre ellas las de Metepec, Calimaya y de Regina, ésta en la ciudad de México. Se desempeñó como también capellán del Hospital Concepción Béistegui. Fue muy cercano a los arzobispos Pelagio Antonio de Labastida y Próspero María Alarcón, e incluso acompañó a este último en su viaje a Roma para participar en el Concilio Plenario Americano, en abril de 1899. Ya para entonces había recibido el título de monseñor, debido a su nombramiento como Misionero Apostólico ad honorem realizado por el Papa León XIII.


Su talento literario, narrativo e histórico, aunque compartido con su tío Modesto, era muy superio al de éste. Prueba de ello es la obra titulado Recuerdo de mi viaje, publicada en tres volúmenes de unas 400 páginas, que se refiere al mismo viaje a Roma y Tierra Santa sobre el que Modesto Basurto escribió un libro, pero que resulta mucho más interesante, mejor ilustrado, más extenso y más profundo.


Su obra más conocida, empero, es El Arzobispado de México, publicada en 1901, en la que no sólo profundizó en la historia eclesiástica general de la principal diócesis del país y sus arzobispos, sino en la de cada una de sus parroquias, incluyendo información estadística, vías de comunicacíón y transporte, etc.




JOSÉ MARÍA BASURTO


Vista la cercanía del padre Vilaseca con los Basurto, resultó casi natural que cuando el aculquense José María Basurto (hijo de Cayetano Basurto y Cresencia González, nacido hacia 1878) decidió seguir la carrera sacerdotal, lo hiciera precisamente en el seno de la orden josefina a partir de 1897. Su ordenación se llevó a cabo en Roma, el 19 de diciembre de 1903 y al día siguiente cantó en esa misma ciudad, en la Basílica de San Pedro, su primera misa.



José María destacó en esta congregación regular por sus grandes virtudes, especialmente en el desempeño de cargos ligados a la aplicación de los principios del catolicismo social impulsados por el papa León XIII con su encíclica Rerum Novarum (1891), que se orientaban a detener la "descristianización de las masas trabajadoras". Así, José María participó en la fundación de los "Centros Recreatorios Católicos", nombrados después "Recreatorios de San Tarcisio", con el objetivo de "proporcionar diversiones honestas y morales a las familias verdaderamente católicas, especialmente a los niños y a los artesanos". Llegó incluso a ser el director de estos centros.


En 1910 murió el padre Vilaseca y estalló la Revolución Mexicana. En el curso de ésta, en el año de 1914, las cuatro casas de formación de los josefinos fueron ocupadas por las tropas. Algunos de los misioneros se escondieron y otros, como el propio superior, padre José María Troncoso, tuvieron que exiliarse fuera de nuestro país. José María Basurto se trasladó a su pueblo natal junto con algunos jóvenes seminaristas josefinos, de los que era maestro, buscando alejarse del riesgo de ser hostigados e incluso aprehendidos. Así, en la casa de sus padres, ubicada en la Plaza de la Constitución no. 12 de Aculco, quedó establecido por algún tiempo un seminario clandestino. Pero para mala suerte suya, cuenta una curiosa anécdota, mientras paseaba un día con su grupo de seminaristas por el pueblo, arribó un destacamento de soldados federales que se percató -a pesar de no portar sus hábitos- de que se trataba de religiosos. El comandante de aquella fuerza ordenó que se les detuviera y fueran llevados a su presencia, amenazando con fusilarlos.


Al llegar al improvisado cuartel, la sorpresa y el miedo de José María Basurto subieron de grado al darse cuenta de que aquel oficial era un viejo compañero del seminario, que no sólo había renunciado a la carrera eclesiástica sino que había adquirido fama de comecuras. El militar reconoció también enseguida a Basurto, pero antes que desquitarse con ese testigo de su devoción juvenil, ordenó que liberaran inmediatamente al grupillo y le expresó que él era uno de los pocos compañeros de estudios de quienes guardaba un buen recuerdo.


La iglesia de la Sagrada Familia en Santa María la Ribera, donde está enterrado el padre José María Basurto

El padre José María Basurto murió en la ciudad de México y fue enterrado en la cripta de la Iglesia de la Sagrada Familia, de los josefinos, en la colonia Santa María la Ribera de la ciudad de México, donde reposan también su hermana Matilde y su cuñado Cirino María Arciniega. Cuentan que su misa de cuerpo presente convocó a miles de personas que lo conocieron, especialmente obreros y artesanos, muchos de los cuales se acercaban a tocar su cuerpo con cruces y medallas, como si se tratara de un santo.


RECONOCIMIENTO

Es poco comprensible que estos cuatro personajes oriundos de Aculco o con raíces aculquenses no aparezcan nunca en las listas de individuos notables de nuestro municipio. Esto se explica, claro, por la escasa admiración que puede despertar en nuestros tiempos una carrera eclesiástica, o por simple desconocimiento y hasta por el deseo de no aparecer como muy mochos al elogiar a estos sacerdotes. Sin embargo, ellos reúnen sin duda muchos más meritos que otros personajes dudosos de la historia aculquense que han recibido hasta el honor de tener una calle con su nombre. Por ello, es justo recordar, aunque sea en este modesto espacio, a Nicanor Basurto como el benefactor que regaló a Aculco su antiguo Palacio Municipal (y cuyo terreno ocupa actualmente todavía, de de manera parcial, la Casa de la Cultura), a Trinidad y Modesto Basurto como autores de importantes obras escritas, y a José María Basurto, como impulsor de organizaciones obreras católicas.


ACTUALIZACIÓN

Dos fotografías más del padre José María Basurto González, misionero josefino:




** Se lo leí, a sus 97 años, el 4 de octubre de 2011.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

A la venta: Ñadó, un monte una hacienda, una historia.


Hace unos días dimos cuenta de la aparición de la obra Ñadó, un monte, una hacienda, una historia, de Javier y Víctor Manuel Lara Bayón, libro publicado en la Colección Mayor de la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, creada por el Gobierno del Estado de México.

Ahora, les informamos que a partir del próximo miércoles 2 de diciembre de 2009 este título estará ya a la venta en Aculco, en la farmacia veterinaria "La Parcela de San Jerónimo", propiedad del Sr. Octavio Lara Mondragón, que se ubica en la calle de Abasolo, como se indica en el mapa:



Para cualquier duda o informacíón sobre el libro, pueden dejar un mensaje en este blog.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Ñadó, un monte, una hacienda, una historia



Después de varios -demasiados- meses de espera, por fin ha salido a la luz el libro Ñadó, un monte, una hacienda, una historia, obra ganadora de la Convocatoria de Publicación de Obra 2008, escrito por Javier y Víctor Manuel Lara Bayón y publicado en la Colección Mayor de la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Este trabajo es un recorrido histórico de cuatro siglos por la hacienda de Ñadó, la segunda en importancia del municipio de Aculco, que incluye mapas, fotografías y otras ilustraciones, así como un interesante apéndice documental.

Pero no puedo ser yo quien hagamos la reseña de esta obra; por ello, aparte de darles la buena nueva de su publicación, copiamos, para abrir apetito entre los interesados en la historia de esta región, el texto introductorio -sin los errores que le introdujo una desafortunada "corrección de estilo" que no hizo sino trastocar o volver confusos algunos párrafos de esta obra-:

Ñadó en perspectiva

La realidad se ofrece en perspectivas individuales. Lo que para uno está en último plano, se halla para otro en primer término. El paisaje ordena sus tamaños y sus distancias de acuerdo con nuestra retina, y nuestro corazón reparte los acentos.

José Ortega y Gasset, El Espectador.

El paisaje no sólo es entorno, sino memoria. Para quien sabe observarlo, el horizonte guarda las huellas del tiempo con enigmática fidelidad, cambiante y permanente. Bajo el acontecer humano, el paisaje ensancha su condición de escenario y se torna causa, circunstancia y efecto, depósito de razones (o de sinrazones) y de consecuencias, fuente, en fin, inestimable para el estudio de la Historia. Con este sentido, lo mismo al otear el paisaje que al estudiar un viejo documento, la exploración de un trozo de la realidad pasada significa, como observaba Ortega y Gasset, percibir prudentemente las escalas y dispensar con cordial sinceridad los acentos.

En Ñadó, un monte, una hacienda, una historia, dimensión y énfasis se revelan desde el nombre mismo del libro: es el cerro de Ñadó quien brinda al panorama la proporción y el límite, mientras que la profundidad le corresponde a la hacienda y su historia. Como todo atisbo a la realidad, esta obra se funda en una perspectiva personal, conciente además de que sólo puede expresar la parte de verdad que nos corresponde observar a nosotros mismos. Haciendo una analogía, Ñadó es bajo esta perspectiva el cerro tal como se le mira desde Aculco: con la peña y el picacho, con sus grandes cañadas que bajan desde la cumbre, con sus oscuros encinares y el sol poniéndose a sus espaldas. Una imagen sin duda discutible para quien, del otro lado del monte, ni siquiera alcanza a avizorar la peña y ve las luces del amanecer clarear a diario detrás de la silueta de Ñadó.



La perspectiva esencialmente aculquense con la que abordamos esta obra se explica por razones de origen, afectos y una clara intención: es una suerte de hija de Aculco histórico, artístico, tradicional y legendario (H. Ayuntamiento Constitucional de Aculco, 1996) y hermana por tanto de Arroyozarco, puerta de Tierra Adentro (Instituto Mexiquense de Cultura, 2003). Se trata, pues, del tercer tomo de una breve serie que ha centrado su estudio en una pequeña región al noroeste del Estado de México, vinculada estrechamente a las zonas vecinas de los estados de Hidalgo y Querétaro, que en esta ocasión se ocupa de relatar la vida varias veces centenaria de una hacienda ligada al monte que le dio nombre.




Porque Ñadó, en efecto, tiene historia, tragedia y leyenda. Situado el monte sobre la línea mal definida que separaba al Imperio Mexica de los nómadas chichimecas, la hacienda constituida a sus pies y extendida hacia las cumbres se desarrolló desde el siglo XVI y hasta bien entrado el XVIII como un latifundio de propiedad indígena. A principios del siglo XIX, la conmoción de la Guerra de Independencia le alcanzó cuando por sus encinares huyeron los hombres de Hidalgo, derrotados por vez primera en Aculco ante el general Calleja. Pocos años más tarde, en sus cimas se peleó nuevamente por la independencia cuando la natural atalaya se transformó por obra del coronel José Rafael Polo en baluarte de la lucha insurgente. Por aquel fuerte de Ñadó pasó el gobierno y la prensa itinerante de la Junta Nacional Americana de Ignacio López Rayón, y en esos mismos bosques Andrés Quintana Roo escribió la proclama de la primera conmemoración del Grito de Dolores, en 1812. Convertidos en vasta explotación forestal al menguar la centuria, de sus bosques salieron en ferrocarril los miles de pilotes sobre los que se erigieron algunos de los edificios más emblemáticos del Porfiriato en la ciudad de México y los durmientes sobre los que se tendieron cientos de kilómetros de vías férreas. Finalmente, más que la violencia de la Revolución de 1910, Ñadó vivió la rabia del agrarismo: hacia 1937, el 80% de sus tierras habían sido ya adjudicadas a los ejidatarios y el último propietario que poseyó la propiedad entera murió, cuenta la conseja, del dolor que le causó su expropiación.

De manera casi espontánea, esta historia es también una evocación de la vieja toponimia de raíz otomí, nahua y española de la zona, que en muchos casos está ya prácticamente perdida y que mucho esfuerzo nos ha costado reconstruir, aunque sea sólo en fragmentos. Intencionalmente, la crónica no se prolonga más allá de los años cuarenta del siglo XX más que para aportar algunos datos que complementan la descripción del fin de Ñadó como gran propiedad rural y para añadir algún suceso anecdótico que aligera la narración. Señalado este límite, han caído fuera de la demarcación temporal y temática varios aspectos de los que en otra ocasión habremos de ocuparnos. Uno de ellos, quizá de los más sensibles, es la supervivencia entre algunos pobladores de Ñadó de prácticas atávicas y supersticiosas que incluso han llegado al crimen: allá todavía se habla de brujas y alguna pobre mujer ha tenido que pagar con su sangre el miedo y la ignorancia de quienes se creyeron afectados por sus supuestas hechicerías. Punto menos que cuatro siglos atrás, Tláloc parecía demandar nuevamente sacrificios hace no más de treinta años, cuando se murmuraba que las obras de la cortina de la presa de Ñadó se habían atrasado porque aún no se arrojaba ningún niño al agua.

Dado que la hacienda de Ñadó no conservó sus archivos (a excepción de un par de libros de contabilidad que guarda cuidadosamente el actual propietario del casco, Arq. Emilio Alemán), las fuentes de las que se nutre esta monografía son por necesidad muy variadas. Por la importancia de la información que aportan, resultaron particularmente valiosos los documentos provenientes del Archivo General de la Nación, del Archivo General de Notarías del Estado de México y del Archivo Histórico del Municipio de Aculco. Algunos documentos existentes en acervos particulares cobraron singular relevancia, como fue el caso de los Libros Diarios de Contabilidad de 1912 a 1919 amablemente facilitados por el Dr. Humberto Mondragón Barragán, que nos permitieron esbozar un análisis de la economía de la hacienda durante la Revolución, y la Reducción del plano de la hacienda de Ñadó (1920), propiedad de la señora Carmen Mondragón Barragán. Especialmente trascendentes resultaron los papeles del archivo particular del Dr. Juan Lara Mondragón, médico a cuya admirable vocación por la historia local debe mucho este libro, así como los que hemos escrito antes y los que esperamos escribir en el futuro. El componente bibliográfico, si bien estimable, no tuvo en el caso de Ñadó la preeminencia que adquirió en nuestro anterior trabajo sobre la hacienda de Arroyozarco. La tradición oral encontró cabida principalmente como una guía para buscar, organizar y dar sentido a las distintas piezas que conforman este gran mosaico.

Finalmente, para concluir con esta pequeña introducción, sólo nos resta comunicarle al lector que hallará mucha información adicional al texto en las notas al pie, por lo que le convendría no evitar su lectura. Para nosotros es esa, de alguna forma, la manera de acompañarle en los pasos difíciles a lo largo del recorrido histórico por Ñado, monte y hacienda.



La distribución de este libro, como ocurre con todas las obras de la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, es deficiente y se limita a ciertas librerías de la ciudad de Toluca. Sin embargo, próximamente informaremos aquí mismo del sitio en que podrá ser adquirido en Aculco. Mientras tanto, se puede obtener la versión electrónica de Ñadó, un monte, una hacienda, una historia en el sitio de internet del Consejo Editorial de la Administración Pública del Estado de México.