En el número 2 de la calle Juárez (hasta 1892 Calle del Águila), haciendo esquina con la del padre José Canal (que llevó el nombre de Porfirio Díaz hasta 1912), se encuentra una casa que seguramente es la más hermosa de Aculco. No fue así siempre; quizá fuera en su momento la tercera o cuarta casa de mayor interés histórico y artístico en el pueblo, pero la destrucción o mutilación de las que ocupaban los primeros lugares (la Casa de Ñadó, la Casa de los Terreros, la Casa de don Abraham Ruiz) la han ubicado en ese sitio.

Tradicionalmente, la casa de don Juan Lara Alva se ha fechado en 1656, debido a que un dintel lleva la inscripción "13 de febrero de 1656 Año del Señor" (desatando las abreviaturas). Este dintel se encontraba originalmente en las cocinas de la casa, no en su emplazamiento actual.
Como todas las casas aculquenses, la de don Juan Lara Alva se desarrolla con crujías alrededor de un patio ajardinado. Alrededor de él, se levantaron los corredores en forma de L con pilares de cantera y arcos de mampostería, de una sola planta. En la crujía principal, con fachada hacia la calle Juárez, se encontraban, de sur a norte, una habitación que se introducía en el predio contiguo, el cubo del zaguán, la sala y la habitación esquinera que en algún momento sirvió como bodega y tienda. En la segunda crujía, sobre la calle de José Canal, se encontraban, de poniente a oriente, una sucesión de cuatro habitaciones, de las que la tercera era utilizada como comedor.
El costado oriente del patio estaba limitado por un cuerpo de construcción que constaba de dos plantas de poca altura. En la parte inferior se encontraban las cocinas y el pasadizo que llevaba a los corrales. La planta alta la ocupaba una vasta troje con techo plano de viguería y terrado, como el resto de la casa. En su costado sur, cerraba el patio un alto muro divisorio con la casa vecina, que correspondía a una enorme troje.
A fines de los años de 1960 y principios de los 1970, el Dr. Juan Lara Mondragón adquirió esa misma casa vecina, que había sido propiedad de don José María Basurto, y unió los dos predios de Juárez números 2 y 4. Aprovechando la circunstancia de que en aquel tiempo la hermosa Casa de Ñadó estaba siendo demolida, el Dr. Lara adquirió buena parte de sus piedras para ensamblarlas de nuevo en su propiedad. Así, decidió demoler el cuerpo de construcción en que se hallaban las cocinas de la casa para extender los corredores sobre el área que ocupaban éstas. De la misma manera, demolió la troje que dividía ambas casas para hacer más extenso el patio y extendió el corredor principal hacia el inmueble vecino. En estas obras empleó los antiguos pilares de la Casa de Ñadó.
En sus fachadas la casa de don Juan Lara Alva también fue modificada: los balcones hacia la calle Juárez fueron unificados de acuerdo con las características que mostraba el balcón de la sala. La portada principal fue ampliada y su rústico portón de principios del siglo XX fue trasladado a otra casa de la familia, la de los Lara Mondragón, donde subsiste. En su lugar se colocó un gran portón casetonado de cedro, más reciente, que perteneció también a la Casa de Ñadó. En la fachada de la calle José Canal se abrieron varias ventanas que ya existían, pero que se encontraban tapiadas y se abrió un nuevo acceso en cuyas jambas y dintel se utilizaron piedras provenientes de la Casa de Ñadó. En él se colocó un hermoso y antiguo portón casetonado, del siglo XVIII, que perteneció también a esa casa.

Con esta obra la casa de don Juan Lara Alva perdió parte de su valor histórico, aunque ganó en estética y contribuyó a preservar los restos de una casa desaparecida de gran valor arquitectónico. Pero lamentablemente no se dio total conclusión a estas adecuaciones: las habitaciones que debieron construirse en los antiguos corrales nunca fueron edificadas, el jardín de la casa de Juárez 4 quedó convertido en un inculto jardín sobre los escombros de la troje divisoria demolida y el corredor oriente nunca fue adornado con la cornisa recuperada de la Casa de Ñadó que ostenta el resto.
Últimamente, se contruyeron unas habitaciones en la azotea, sobre la calle José Canal. Aún cuando en los dos vanos que se abrieron hacia la calle fueron colocadas sendas rejas del siglo XIX, las proporciones y los materiales con los que se construyeron estos cuartos son sobradamente inapropiados, por lo que aparecen como un pegoste lamentable para tan bella casa. Aún así y sobre todo en su parte más antigua, la Casa de don Juan Lara Alva es uno de los mejores ejemplos de lo que fueron las viviendas de los aculquenses prósperos entre los siglos XVII y XX.