jueves, 22 de septiembre de 2022

El primer arzobispo de México que visitó Aculco: don Francisco Manso y Zúñiga en 1632

Don Francisco Manso y Zúñiga nació en La Rioja, España, en 1587. Ocupó diversos cargos de importancia en la península -lo mismo académicos que eclesiásticos y civiles- hasta 1628, cuando el rey Felipe IV lo propuso como arzobispo de México. Consagrado como tal en 1629, su gobierno se recuerda especialmente por la gran inundación de la Ciudad de México, cuando la capital del virreinato quedó anegada durante cinco años, hasta 1634. Don Francisco dictó en esas circunstancias diversas disposiciones para que continuaran las funciones religiosas y la impartición de los sacramentos: permitió, por ejemplo, que se celebraran misas en balcones y azoteas, y construyó de su peculio hospitales para atender a los enfermos. En aquellos años tuvo ciertas desavenencias con el virrey Lope Díez de Armendáriz con motivo de la injerencia del poder civil en los asuntos de la Iglesia, lo que lo llevó a regresar a España en 1635. Allá fue destinado al obispado de Cartagena en 1637 y después al arzobispado de Burgos en 1641. El rey, agradecido por sus servicios, le concedió además en 1651 el título de conde de Hervías. Murió en su sede de Burgos en 1655.

A pesar del corto tiempo que permaneció Zúñiga al frente del arzobispado de México y de las dificultades que enfrentó por la gran inundación, es de destacarse que procuró cumplir con la engorrosa obligación de visitar las parroquias y doctrinas del territorio archiepiscopal. Fue en una de estas visitas, a finales de 1632, cuando el arzobispo llegó al pueblo de Aculco y de su paso quedó constancia en los libros sacramentales:

1632 años

Visita

En el pueblo de San Gerónimo Aculco a trece dias del mes de diciembre de mil seiscientos y treinta y dos años, el ilustrísimo señor don Francisco Manso y Zúñiga arzobispo de México del Consejo de Su Majestad y del Real de las Indias estando visitando la iglesia deste lugar y su doctrina, vio y visitó mediante intérprete este libro donde parece se asientan los casamientos de indios desta doctrina y de otros de esta doctrina que exhibió el padre fray Joseph Vázquez, presidente del convento de este pueblo, y a cuyo cargo está la dicha doctrina por ausencia del padre fray Joseph de Villegas, guardián de dicho convento y ministro de doctrina de estep pueblo. Los cuales dichos asientos de matrimonios están por buen estilo y orden según la costumbre que hasta ahora se ha tenido. Y atento a que los dichos asientos están escritos en lengua otomí, de aquí en adelante ordena Su Ilustrísima no se escriban en la dicha lengua sino en la castellana para mayor claridad. Lo cual se observe y guarde por todos los religiosos a cuyo cargo estuviere esta doctrina y para que se cumpla lo mandó asentar por auto y lo señaló.

(rúbrica)

Ante mí Alonso de Carvajal

Notario Público

(1)

Además de ser una obligación de obispos y arzobispos, como mencioné arriba, las visitas pastorales cumplían con otro fin en la particular administración religiosa novohispana: como saben, las necesidades religiosas de gran parte de la población eran atendidas directamente por las órdenes religiosas a las que se había encargado su evangelización. Esta situación era irregular, pues normalmente los feligreses deben estar agrupados en parroquias atendidas por el clero diocesano y no por frailes con su propia estructura jerarquica. De tal modo, la visita episcopal a una doctrina atendida por franciscanos -como era el caso de Aculco- servía también para recalcar la obediencia que que la orden debía mostrar a la jerarquía de la diócesis.

Los provinciales y los comisarios generales de la orden [franciscana] se preocuparon por llevar en regla los registros parroquiales, ya que estaban en la mira del rey y los obispos, de modo que a partir de 1616 hicieron visitas constantes para revisar que estuvieran conforme a las Constituciones de su Provincia y del Concilio de Trento. Pero el interés por supervisar las doctrinas no sólo le incumbió a los regulares sino también a los diocesanos, quienes de una u otra forma intervenían en los registros, ya fueran notarios eclesiásticos, visitadores o el mismo arzobispo. Confirmando de esta manera la sujeción que debían tener los doctrineros a la autoridad ordinaria, considerando que en estos años los obispos estaban realizando campañas contra las órdenes religiosas, de modo que debían evitar cualquier motivo.

(2)

Pero lo más importante de esta visita del arzobispo Manzo y Zúñiga fue, como ya lo habrán visto, su decisión de que los libros sacramentales dejaran de llevarse en otomí y en adelante los registros de bautizos, matrimonios y defunciones se escribieran en castellano. Esta decisión resultaba hasta cierto punto comprensible proviniendo de un eclesiástico español con apenas tres años de estancia en la Nueva España, y especialmente si tomamos en cuenta que los registros se llevaban para ser consultados por el propio clero, que tenía por lengua materna casi invariablemente al español. Pero seguramente fue molesto para los feligreses y para los frailes, cuyos esfuerzos se orientaban en buena medida a formar un cristianismo nativo. Prueba de ello es que muchos registros se siguieron haciendo en lengua otomí durante los siguientes diez años, contraviniendo con ello la orden episcopal. Al cabo, sin embargo, los religiosos tuvieron que ceñirse al orden y los libros sacramentales de Aculco a partir de 1642 dejaron de estar escritos en la lengua originaria de sus habitantes.

NOTAS

1. Archivo Parroquial de Aculco. Libro de bautizos 1606-1651 (en realidad son matrimonios), registro del 13 de diciembre de 1632.

2. Edgar Daniel Yañez Jiménez. Cleros en pugna. Tensiones entre el clero secular y los franciscanos por las prácticas de primacía eclesiástica en Querétaro 1704-1759. Tesis que presenta para obtener el grado de maestro en Estudios Histñoricos, UAQ, 2018, p. 59-60.