domingo, 17 de mayo de 2009

Dos nuevos libros sobre Aculco

La Biblioteca Mexiquense del Bicentenario está formada por una serie de publicaciones divida en varias colecciones temáticas, que el Gobierno del Estado de México ha venido publicando como parte de su contribución a los festejos por los 200 años del inicio de la Guerra de Independencia y los 100 años de la Revolución Mexicana. Hasta ahora, esta serie representa el único esfuerzo editorial amplio, concreto y estable dedicado a estas conmemoraciones, lo que sin duda contrasta con la desorganización que campea en otras instancias culturales estatales y sobre todo federales.

En cuanto a la calidad de sus libros, la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario ha publicado obras perfectamente impresas, muy bien editadas, algunas mediocremente encuadernadas y con contenidos que van desde lo excelente hasta lo mediocre. En esta ocasión hablaremos de dos libros publicados en esta Biblioteca que tratan temas aculquenses y que contrastan específicamente en esto último: la calidad de sus textos.

Conventos mexiquenses, esplendor del arte virreinal.
Secretaría de Turismo.
Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Colección Mayor.
México, 2006.
19.8 x 27.5 cm.
168 pp.
INAH/CNA/Gobierno del Estado de México



El convento franciscano de Aculco ha sido habitualmente marginado de los libros que tratan de historia y arte novohispano, lo que es comprensible puesto que artísticamente es de segundo nivel. La excepción a esa marginación es el ensayo "La vicaría de Aculco", escrito por una muy joven (y, quizá por ello, aún poco atinada) Elisa Vargas Lugo, en 1954, y publicado en el número 22 de los Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas. Ella misma incluyó unos pocos renglones tomados de las conclusiones de aquel ensayo en su obra Las portadas religiosas en México(México, 1969). Por ello, resulta grato ver que esta vez el convento de Aculco no fue olvidado al tratar de las fundaciones franciscanas, dominicas y agustinas de nuestro estado, y aún más, que esta obra exhibe hermosas fotografías del inmueble.

Sin embargo, lo deplorable resulta que el autor del texto abrevó de publicaciones tan añejas como rebasadas para intentar hablarnos del convento de Aculco. Comienza por indicarnos que "Aculco debió haber sido una de las cabeceras del gran señorío otomí que tenía su cabecera en Jilotepec", afirmación gratuita que no puede sustentarse ni en los códices, ni en documentos coloniales, ni en la arqueología. Enseguida, después de aclarar el significado del nombre del pueblo, el autor escribe que "numerosas carretas y diligencias pasaban por el pueblo camino a las minas de zacatecas o a la ciudad de México", verdad a medias pues Aculco no era en realidad lugar de paso, sino de residencia de los arrieros del Camino Real de Tierra Adentro. Es más, las diligencias como tales nunca pasaron por Aculco, sino por Arroyozarco.

Preo precisamente el autor habla ahora de la hacienda de Arroyozarco y para ello ¡transcribe un párrafo de la vieja y malísima monografía municipal de 1973! Quizá eso puede no parecer tan deplorable, pero sí lo es que entre otras cosas confunda la fecha de expulsión de los jesuitas y la ubica en 1760, cuando en realidad ocurrió en 1767.

Después de proporcionarnos algunos datos aislados, a veces poco precisos de su fundación, el autor nos dice que el templo "hacia 1759 fue denominado parroquia, once años antes de que las tropas del cura Miguel Hidalgo sufrieran su primera derrota en la búsqueda de la independencia de México, cuando los soldados de Calleja lo interceptaron en un paraje cercano a Aculco". Aquí el error ya toma tintes más serios, pues según el autor el ejército de Hidalgo pasó por Aculco ¡en 1770! 40 años antes de que en verdad ocurriera ese suceso.

En fin. El autor nos cuenta después que el terremoto de 1912 "obligó a la reconstrucción del conjunto conventual, actualmente convertido en casa cural de no mucha calidad arquitectónica, dotada de arcos chaparros en dos niveles, con una portería, columnas de madera, puertas entableradas y bóvedas". Ciertamente, el terremoto del 19 de noviembre de 1912 causó daños, pero muy específicos y exclusivamente en el templo: cuarteaduras longitudinales en la bóveda y desplazamiento de las dovelas de los arcos de su campanario. Lo sabemos con precisión gracias al detallado estudio de Urbina y Camacho, La Zona Megaseísmica de Acambay-Tixmadejé, disponible en línea. Por tal motivo, el conjunto conventual no ameritó una reconstrucción (error en el que también cayó Elisa Vargas Lugo), sino sólo sencillas reparaciones que concluyeron poco más de un año después, en marzo de 1914.

Además, resulta excesivo hablar de la supuesta "no mucha calidad arquitectónica" de la actual casa cural, haciendo a un lado los muchos detalles de este edificio que no admiten el calificativo de mediocres, como son el hermosísimo reloj de sol, la singular sacristía, la escalinata e incluso las arquerías y el antepecho de la segunda planta del claustro, que probablemente el autor ni siquiera conoce.

Siguiendo también a Vargas Lugo, el autor intenta explicarnos que las capillas posas del atrio son de mayor calidad que la portada de la iglesia, afirmación muy discutible pues forman en realidad un conjunto con valores arquitectónicos equivalentes. Pero lo hace con una frase que no es nada clara: "en el atrio hay cuatro capillas posas, muy pequeñas empañadas por la portada de estilo barroco de la Iglesia." ¿Empañadas? ¿Querrá decir opacadas? ¿Pero si es opacadas, no es esta conclusión contraria a la de Vargas Lugo?

Como sea, el autor hace enseguida un inventario de los detalles interesantes de la fachada de la iglesia, entre los que incluye las "columnas pareadas", contrafuertes (que nada tienen de notables), "arco de acceso", "nichos con esculturas" y "relieves de un escudo franciscano", cuando en realidad son dos los escudos franciscanos que ostenta la parroquia. "Destacan además", nos dice el autor, "la ventana del coro, las columnas salomónicas, las gárgolas y el remate, con el relieve de Dios Padre". Este inventario omite las razones por las que estos elementos son notables. Por ejemplo, las gárgolas que tienen marcado aire medieval y adoptan la forma de un león que da un zarpazo a un pez. O el remate, en el que lo notable no es el relieve de Dios Padre, sino los Desposorios Místicos de Santa Rosa de Lima en los que aparece como expresión del naciente nacionalismo criollo, además de la santa peruana, un indio arrodillado, con penacho, faldellín y carcaj, que en su escudo o chimali lleva una M, que representa a México.

El cúmulo de errores concluye con una errata geográfica: Aculco no se encuentra a 2,300 metros de altitud, como supone el autor del texto, sino a 2,440.


Haciendas mexiquenses, cuatro siglos de historia.
Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Colección mayor.
México, 2008.
19.8 x 27.5 cm.
168 pp.
Gobierno del Estado de México.



El mal sabor de boca que nos deja el libro Conventos Mexiquenses nos lo quita, por fortuna, el segundo libro que reseñaremos, dedicado a las haciendas del Estado de México. Es esta una bella obra, de calidad editorial e iconográfica un poco superior al de Conventos Mexiquenses, muy al estilo de Haciendas de México publicado por Fomento Cultural Banamex, pero sobre todo con un contenido mucho más actualizado y preciso, por lo menos en lo que respecta a las haciendas del municipio de Aculco.

En efecto, el libro incluye textos sobre las tres principales haciendas de la jurisdicción de Aculco: Arroyozarco, Ñadó y Cofradía (que no necesita el apellido de "Chica" que le endilga el autor para distinguirla de Cofradía Grande, ésta sí denominada con ese calificativo de manera tradicional). Una breve y bien elaborada introducción que habla de la región Noroeste de la entidad y un mapa que sitúa estas haciendas en el territorio estatal, preceden a los textos que hablan específicamente de estas haciendas. El primero es el de Arroyozarco, bien documentado, actualizado, pero con la falla de incluir solamente fotografías lo que fue el antiguo Molino y Fábrica de Casimires "El Progreso", cuando podrían haberse agregado sin duda otras más interesantes del casco jesuita, la capilla, el Hotel de Diligencias y el edificio del Despacho.

Páginas adelante, después de hablar de la hacienda de Solís, de viene el texto que se refiere a la hacienda de Ñadó. Si bien en este caso el autor tuvo que recurrir a una bibliografía más amplia dado que no existen investigaciones monográficas sobre esta propiedad (hasta ahora, pues un libro dedicado a ella y escrito por Javier Lara Bayón y Víctor Manuel Lara Bayón está por ser publicado), el autor resuelve bien el problema, utilizando fuentes escogidas con estimable acierto.

El texto dedicado a la hacienda de Cofradía resulta mucho más breve e impreciso que los anteriores, como si el autor hubiera intentado acomodar los escasos datos históricos obtenidos sobre esta finca entre frases demasiado elaboradas o con información muy secundaria. Esa escasez de información, sin embargo, es reconocida por el autor y todos los datos que logró recabar son precisos. De hecho, constituyen prácticamente todo lo que incluso nosotros, más cercanos e interesados en la historia de esta hacienda, sabíamos de ella hasta hace muy pocos años. Compensa sin duda estas carencias las magníficas fotografías de la propiedad, sobre todo las del patio que permiten ver sus hermosos corredores cubiertos de murales de principios del siglo XX. Eso sí, se extraña alguna fotografía del portal principal de la casa, en lugar de una vista panorámica muy poco interesante.

En conclusión, a diferencia del libro de Conventos Mexiquenses, la información que se aporta en Haciendas Mexiquenses sobre los monumentos históricos de nuestro municipio sí resulta apreciable en contexto de un repertorio de las haciendas del Estado de México. Lo que sí debemos lamentar es la dificultad para conseguir un ejemplar impreso desde la ciudad de México, lo que nos ha sido imposible hasta el momento, y sólo hemos podido consultarla en su versión flash, disponible en Internet en el sitio web del Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal.

jueves, 7 de mayo de 2009

"Nadie pise este limbrar..."

Al fondo de la arquería, la portada del salón de la Casa de Hidalgo.

En el dintel de la portada del salón principal de la Casa de Hidalgo (inmueble del que ya hemos hablado extensamente en este blog), existe una inscripción casi ilegible, incompleta según nuestra conclusión, que aunque haya sido de paso llamó la atención de historiadores de arte tan renombrados como Francisco de la Maza. En sus palabras:

La Familia del Castillo enseña con respeto la sala en que durmió Hidalgo, con su viejo piso de ladrillo y techo de viguería; en el dintel, con el anagrama de Cristo, el IHS, un letrero casi ilegible "Nadie pise este lugar..." viejo consejo religioso que no sabemos si es anterior o posterior a la estancia de Hidalgo. (Franisco de la Maza: La Ruta del padre de la Patria. Secretaría de Hacienda y Crédito Público. México, 1960. Pág. 290)

Vista del salón en 1959. Corresponde exactamente a la descripción que hizo De La Maza en 1960.

Al identificarlo como "un viejo consejo religioso", De la Maza se refiere a la cuarteta que solía inscribirse a la entrada de los recintos religiosos marianos, como la parroquia de La Soledad en la ciudad de México:

Nadie pase a este lugar
sin que afirme con su vida,
que María fue concebida
sin pecado original.

Esta es sólo una de las versiones de esta redondilla, pues con frecuencia se alteraban algunas de las palabras, con algún menoscabo incluso de su métrica y rima (Como lo hace ver Camilo José Cela que transcribió una de esas versiones en su libro Desde el palomar de Hita). De tal modo, el mismo poema podría verse escrito así en alguna otra iglesia:

Nadie PISE este PORTAL
sin que ACEPTE POR su vida,
que María fue concebida
sin LA CULPA original.

O bien:

QUE Nadie PASE este UMBRAL
sin que JURE POR su vida,
que María ES concebida
sin pecado original.

O aún

Nadie ENTRE A este LUGAR
sin que DIGA POR su vida
"SOIS CONCEBIDA, María
sin LA CULPA original."

Vista general del dintel. La inscripción es poco legible, por lo que el resto de las fotografías han sido mejoradas por computadora.

Veamos ahora la forma que adopta la versión aculquense. Las letras se encuentran incisas con muy poca profundidad en el dintel (que, por cierto, es monolítico), lo que dificulta su lectura. El inicio, que corresponde a la parte que dice "nadie pise este" es sin embargo la más legible, por lo que no caben dudas de su sentido.

Pero los problemas empiezan enseguida pues, poco antes del mongrama de Jesús que ocupa la parte central del dintel y que divide esta inscripción en dos partes, se tallaron una o dos letras de difícil comprensión. Para De la Maza, como leemos en su transcripción, son una "L" y una "u" (que más bien parecería "v", comienzo de la palabra "lugar". Pero para nostros, debe ser interpretada como una "L" una "y" de acuerdo con lo que vermos adelante.

Lado izquierdo de la inscripción.

Al otro lado del IHS, la inscripción continúa, aparentemente con el resto de la palabra cortada antes de él. Aquí, la interpretación comienza a ser dificultosa y sólo al modificar el contraste de las fotografías en computadora podemos verlas con un poco de mayor claridad. Siguiendo a De la Maza, deberíamos encontrar aquí las letras "gar", pero las que vemos son "mbrar". Unido al "Ly" previo al monograma, lo que tenemos es la palabra "lymbrar", o acaso "lvmbrar". Seguramente esta palabra resultará desconocida para nuestros lectores como lo era para nosotros, por lo que es interesante profundizar en su significado.

Según el Diccionario Etimológico del Español de Joan Corominas, "umbral" se decía "limbrar" a fines del siglo XIII, y "lumbral" hacia 1395, procedente del latín liminaris, derivado de limen "umbral". De liminaris salió regularmente limbrar, alterado en lumbral, en parte por influjo del castellano antiguo lumbre "luz"; la l inicial desapareció por confusión con el artículo.

Así que ahi tenemos nuestro "lymbrar", es la misma palabra umbral en una forma arcaica. Pero, es de hacerse notar, demasiado arcaica y por ello cuestionable.

Después de esta palabra la inscripción continúa prácticamente sin dejar espacio de separación, con un par de letras que a primera vista podrían leerse como "sô", pero que que más bien deben ser "sñ", donde el signo sobre la "n" indica una abreviatura que desatada nos da un "sin". Adelante, un "que" es perfectamente legible, pero posteriormente se encuentra una palabra en la que sólo son legibles la primera y última letras, "d" y "a", respectivamente. Fácilmente la podemos interpretar como el "diga" que incluyen algunas versiones de la redondilla mencionada.

Enseguida, la inscripción concluye abruptamente con una especie de p y q combinadas, es decir, un círculo con líneas verticales a izquierda y derecha. No hay más rastros de que se haya intentado continuar la inscripción, que tal como queda escrita "nadie pise este lymbrar sin que diga pq" carece del sentido original, pues no menciona ni a María, ni a su Inmaculada Concepción.

Lado derecho de la inscripción.

Es evidente que existió la intención de continuar los versos, ya que el fragmento que llegó a realizarse se encuentra en una posición alta en el dintel, que sólo quedaría balanceada de haberse escrito el fragmento complementario en la parte baja. Pero, ¿qué sucedió? ¿Por qué se dejó inconclusa? No cabe aquí más que hacer suposiciones.

Para nosotros, lo más probable es que el autor de esta inscripción fuera alguien muy poco hábil para realizar este tipo de trabajos en piedra, lo que queda demostrado por la rusticidad de sus trazos, incluso del monograma IHS, al compararlos con inscripciones semejantes en el propio pueblo de Aculco. Es posible que este poco hábil operario, cuando comenzaba a labrar las palabras "por su vida", cometiera el error de tallar una letra "q" en lugar de la "p" requerida, lo que intentó arreglar añadiéndole la línea vertical del lado izquierdo, con muy malos resultados.

Descorazonado por el error o reprendido por los propietarios de la casa, habría abandonado su obra para siempre. Así, nos legó la "misteriosa" inscripción que no pocos han querido relacionar, más que con la concepción de la Virgen María sin el pecado de Adán (lo que sería imposible sin conocer la redondilla), con el episodio de la presencia de Miguel Hidalgo en esa casa a principios de noviembre de 1810, llegando al extremo de medio inventar su sentido con versiones como aquella "nadie pise este lugar... bravos quedaron", incluida en el Catálogo Nacional de Monumentos Históricos del INAH, que resulta de una mala lectura de las letras que la integran.

Vista general de la inscripción.