sábado, 31 de octubre de 2015

El Día de Muertos en San Lucas Totolmaloya, hace 40 años

Los lectores asiduos de este blog saben que me molesta la banalización del Día de Muertos que se ha hecho en México desde la década de 1930 y su transformación en una especie de carnaval en el que, supuestamente, los mexicanos nos burlamos de la muerte. Nada que ver con la forma que mantuvo la conmemoración del día de los Fieles Difuntos durante siglos y mucho menos con su verdadera esencia: el recuerdo y la oración por aquellos que nos precedieron y ya han sido juzgados por Dios. El Día de Muertos actual es en realidad una impostura, la apropiación promovida por el Estado posrevolucionario de una conmemoración religiosa católica tradicional a la que los antropólogos le han ido sumando aportaciones e interpretaciones prehispánicas hasta convertirlo en una fiesta, un lamentable Halloween mexicanista.

Quien quiera conocer las verdaderas tradiciones del Día de Muertos en México debe remitirse a la forma en la que se practicaban antes de 1936 y, además, cuidarse de no hacer generalizaciones ya que cada región mexicana tenía sus peculiaridades. Porque, en efecto, en la época cardenista las tradiciones de Michoacán -de donde era originario Lázaro Cárdenas- sirvieron como base para la reelaboración de la tradición ya bajo la tutela del gobierno, haciendo desaparecer muchas interesantes costumbres locales.

Hasta donde sé, en Aculco no tenemos relatos verdaderamente antiguos sobre el Día de Muertos. Sin embargo, entre 1972 y 1973 los antropólogos Isabel Lagarriga Attias y Juan Manuel Sandoval Palacios llevaron a cabo una investigación de campo acerca de las celebraciones relacionadas con esa conmemoración en la región otomí, que incluyó varios pueblos de la jurisdicción municipal de Aculco. En este blog ya me he referido a sus estudios al hablar sobre el túmulo de Toxhié, un catafalco que se levantaba en aquel pueblo para recordar a los difuntos y que incluía un fragmento de cráneo real.

Para la época en la que Lagarriga y Sandoval hicieron sus investigaciones Aculco se había transformado mucho, pero algo de las viejas tradiciones se conservaba en pueblos como el mencionado de Santiago Toxhié, el de Santa Ana Matlavat y el de San Lucas Totolmaloya, aunque ya irremediablemente influenciadas por la modernidad y por la uniformidad cultural. De cualquier manera este estudio, publicado con el nombre de Ceremonias mortuorias entre los otomíes del norte del Estado de México por el gobierno del Estado en 1977, resulta la única forma de atisbar lo que pudo ser la conmemoración verdaderamente tradicional del Día de Muertos en nuestro municipio.

Esta vez me referiré a las celebraciones como se daban entonces en el pueblo de San Lucas Totolmaloya, de acuerdo a lo investigado por aquellos dos antropólogos.

Lagarriga y Sandoval hallaron que eran tres los días señalados para la celebración en esta región: el 31 de octubre, dedicado a los abortos y niños muertos prematuramente antes de su bautizo, el 1 de noviembre, día de Todos los Santos en que se recordaba a los niños bautizados muertos a corta edad y el 2 de noviembre, día de los Fieles Difuntos, en que se tenían cabida todos los adultos fallecidos. En estos tres días, en el pueblo de San Lucas, se colocaban ofrendas en los altares domésticos o en los oratorios familiares (un tipo de capilla particular de la que he hablado antes aquí). El primer día, la ofrenda consistía en leche, ceras, flores (cortadas del campo: las ahora omnipresentes flores de cempasúchil eran ajenas a la tradición local) y copal; desde el día 31 por la tarde se colocaba leche, café, pan, fruta y se quemaba copal. Y el día 1 de noviembre desde las 12 del día y hasta el día siguiente se disponía una ofrenda de café negro, mole, caldo de pollo, gorditas de maíz, tamales, frutas pan, pulque, flores, velas de cera (una para cada difunto y una más para las ánimas). Ante la ofrenda se rezaban dos rosarios cada día y algunas otras oraciones (que, hasta 20 años antes de la visita de aquellos investigadores, se decían en otomí). La celebración concluía el 2 de noviembre a medio día.

La ofrenda se consideraba un deber moral hacia los familiares muertos: lo mínimo que se exigía era encender una vela de cera para su memoria, ya fuera en la iglesia o en el hogar. La creencia -ahora tan extendida- de que se pensaba que las almas regresaban en su día particular para ingerir los alimentos de la ofrenda, o acaso sólo su aroma parece que ni siquiera entonces se tomaba en serio: "No ha habido informante [al referirse a la visita de las ánimas] que no añada 'Usted cree que van a venir', 'No creo que vengan pero así es nuestra costumbre y servidumbre', 'lo hacemos porque así lo hacían nuestros antepasados'", escriben los investigadores. Curiosamente, fue un habitante -un fiscal- de San Lucas Totolmaloya quien les dio una respuesta más ortodoxamente católica a sus preguntas sobre las razones de la ofrenda: "Se hace todo esto para pedir por las almas del purgatorio, se le pide que al fin de nuestra vida tengamos ese mismo descanso en la gloria celestial".

En la capilla del pueblo de San Lucas -actualmente ya parroquia- los fiscales del pueblo ponían también una ofrenda de fruta, arroz, tortillas, tamales, café, pan, ceras, veladoras, flores y copal ante el altar, y se efectuaban rezos. Esta ofrenda era costeada por todos los habitantes del lugar y al final se repartía entre los propios fiscales, el sacerdote que acudía a celebrar una misa y su ayudante. El dibujante Aarón Flores Crispín hizo un apunte del aspecto que guardaba esta ofrenda del templo de San Lucas, que muestro enseguida:

De la noche del 31 de octubre y hasta la madrugada del día 2 era constante el doblar de las campanas de la iglesia. Curiosamente, y a diferencia de lo que ocurría en otros pueblos, en estos días los habitantes de San Lucas Totolmaloya no iban al panteón a practicar ningún ritual.

Aunque en varios momentos de la investigación de las costumbres del Día de Muertos llevada a cabo por Lagarriga y Sandoval se advierte cierto prejuicio de interpretación derivado seguramente de la idea que ya para entonces prevalecía en torno a estas costumbres, sus conclusiones acerca de la supuesta "indiferencia del mexicano por la muerte" con la que nos han adoctrinado por décadas no dejan sitio a ambigüedades:

[El dejo humorístico] no está presente en nuestras sociedades indígenas, donde el culto relacionado con la muerte es objeto de un tratamiento diferente, de ceremonial complicado que persiste en este tipo de culturas, a pesar de la aparente incredulidad sobre el retorno de los muertos que confiesan algunos individuos. [...] En ningún momento la broma o el humor se vislumbra, en toda su parafernalia.

Así que, cuando pienses que al festejar con catrinas sonrientes, calaveritas de azúcar, "altares" de tipo michoacano con su perrito prehispánico incluido, disfraces supuestamente mexicanistas e inundar de cempasúchles la ofrenda, estás reforzando las tradiciones de Aculco, piénsalo un poco más: así no conmemoraban el Día de Muertos nuestros antepasados, nunca fue una fiesta.

viernes, 23 de octubre de 2015

La receta aculquense del dulce de frijol y almendra

Una afirmación que quizá cause alguna molestia entre mis coterráneos es que la cocina aculquense resulta poco original. Porque en realidad casi todos lo "platillos típicos" de este lugar se parecen demasiado a los que se preparan en lugares cercanos de Querétaro, Hidalgo o el propio Estado de México, o incluso, más que ser característicos de la zona lo son de todo México. Otros son de incorporación demasiado reciente como para considerarlos verdaderamente tradicionales.

Siempre me he preguntado por qué esto es así. Libros y documentos antiguos callan al respecto. ¿Será que por su misma condición histórica de zona de tránsito hacia el centro y norte del país Aculco recibió tantas influencias que al cabo su cocina simplemente resultó demasiado común (es decir, compartida por muchos)? ¿O falló algo, hubo alguna ruptura que no alcanzo a identificar en la transmisión de secretos culinarios, recetas y recetarios? ¿O se podría calificar como simple pobreza gastronómica? ¿O se trata simplemente de mi punto de vista y Aculco guarda -esconde- una gastronomía que hay que redescubrir?

Aunque no está entre mis temas de investigación y en este blog rara vez he mencionado la comida, no dejar de ser un asunto importante por sus implicaciones culturales e históricas. Incluso turísticas, rubro al que parece estar apostado una parte importante del futuro económico de Aculco. Siendo así, hoy quiero compartirles una de las recetas que considero más originales en la cocina aculquense y que es poco conocida. Se trata del "dulce de frijol y almendra envinado, casero al estilo de Aculco, Méx.", según se lee en el viejo papel mecanografiado del que lo copio. Aunque ciertamente existen postres de frijol en otras partes del país, esta es la receta tradicional aculquense para prepararalo:

 

DULCE DE FRIJOL Y ALMENDRA ENVINADO

Casero, al estilo de Aculco, Méx.

 

Ingredientes:

400 gramos de frijol bayo gordo o ayocote

100 gramos de almendra

1 trozo de canela (20 gramos, o en polvo una cucharada repleta)

1-1/4 (kilo y cuarto) de azúcar refinada

2 litros de leche fresca

10 yemas de huevo

1 vaso de vino dulce o jerez

 

Se pone a remojar el frijol con un día de anticipación, cubriéndolo abundantemente con agua hirviendo a fin de que se pueda pelar fácilmente. En la misma forma se remoja la almendra, brevemente, y se pela. Se muele muy fina la canela, o si es en polvo se mezcla con un poco de azúcar para que no haga grumos. Se cuece el frijolya pelado hasta que esté suave. Se puede picar o moler la almendra aparte porque es muy dura y en el vaso de licuadora se van mezclando porciones de ésta, de frijol, de yemas, azúcar, canela y leche batiéndolas hasta que se vena bien incorporadas. Vaciando esta mezcla en una vasija de suficiente capacidad se cuece a un fuego mediano, teniendo cuidado de estarlo moviendo para que no se pegue en el fondo del recipiente. Se recomienda el uso de una palita de madera. Ya retirado y bien frío se le mezcla el vino. Ya en un platón se le puede decorar con almendra tostada y pasas.

¡Y buen provecho!

 

Justamente con su receta de dulce de frijol, una aculquense, la señorita Guadalupe Morales Basurto, ganó en cierta ocasión un concurso convocado por una estación radiofónica de la ciudad de México, allá por las décadas de 1940 o 1950. Aunque no puedo asegurar que esta receta sea la misma con la que ganó la señorita Morales, sí procede de su ámbito familiar. En fin, ojalá alguien se anime a preparar este auténtico postre aculquense y nos comparta, ya si no un poco del dulce, por lo menos alguna fotografía.

lunes, 19 de octubre de 2015

El equívoco histórico de la alberca de Aculco

¿Cuántos años tendrá la alberca de Aculco? ¿Alguien podría señalarlo con certeza?

El papel más viejo que habla de ella data de 1746 (1). Consta por documentos de 1820 que su uso y conservación caían bajo la responsabilidad de las autoridades civiles, pues en ese año las Actas de Cabildo municipales registran que se nombraba a un regidor para mantuviera limpio dicho estanque (2). Pero esto no significa que la alberca tenga solamente 269 años, pues seguramente fue construida mucho tiempo atrás; porque, en realidad, su existencia descansa en el origen mismo de este poblado y no se le puede considerar de manera aislada, sino como parte de todo un sistema hidráulico que se conserva parcialmente y que a pesar de ser casi desconocido es uno de sus patrimonios históricos más importantes.

Cierta narración tradicional recogida por las autoridades municipales de Aculco en 1923 afirma lo siguiente:

Por la tradición se sabe que el pueblo fue fundado por doce españoles que llegaron a lo que hoy es pueblo de Nativitas en donde pensaban fundar el pueblo de Aculco; pero que en vista de que carecían de agua se mostraban indecisos, y al ver una mañana que en punto de este lugar se levantaba una bruma, supusieron que debía existir agua, dirigiéndose en seguida al punto que les había llamado la atención encontraron un pantano. Que pretendieron fundarlo al lado norte del río; pero que, temiendo las inundaciones se decidieron por el lugar que hoy ocupa, habiendo encontrado bastante agua (3).

Aquel pantano inundaba probablemente buena parte del valle que se extiende entre Aculco y Gunyó, y debió estar entre las primeras tareas de los habitantes del pueblo procurar que el agua de los manantiales que le daba origen se canalizara para facilitar su consumo, al mismo tiempo que la ciénega se drenaba para utilizar las tierras para el cultivo. La importancia de los manantiales se refleja incluso en el nombre original en otomí de nuestro pueblo: Antämehe, que quiere decir "Gran manantial". Así, debieron haberse trazado en el pantano canales que derivaran el exceso de líquido hacia los ríos y construido un estanque al que vertieran directamente el agua los veneros. Y este estanque, seguramente pequeño al principio pero después ampliado excavando directamente en la roca que forma el subsuelo de Aculco, fue el antecesor de la actual alberca. Con el paso de los años se sumaron a este rudimentario sistema hidráulico nuevas acequias de mampostería, pequeños acueductos sobre arcos, sifones, una serie de baños particulares alineados sobre la calle de las Fuentes (como se le llamaba antiguamente a la calle Corregidora) y los famosos lavaderos públicos de 1884.

De tal manera, la razón de ser de la alberca habría sido en su origen el almacenamiento del agua de los manantiales de Aculco para los usos más diversos, desde el consumo humano, el riego agrícola, el baño de personas y animales (existía un área especial para bañar caballos) y hasta la pesca, pues por su rusticidad crecían en él plantas acuáticas y se criaban charales y acociles comestibles. Al centro del estanque se erguía una cruz de piedra (en cuya base salían a asolearse las tortugas) que delimitaba las zonas en las que se podían bañar, separados, mujeres y hombres.

Las más viejas fotografías que se conservan de aquella alberca original nos muestran que, si bien era bastante grande, su tamaño resultaba aproximadamente de la mitad de la alberca actual. Contaba ya en su extremo poniente, como ahora, con un portal, en el que se alternaban pilares de piedra y de madera. Pero en 1954 el filántropo aculquense don Alfonso Díaz de la Vega llevó a cabo el proyecto que transformó aquel estanque colonial en la piscina de dimensiones semiolímpicas que conocemos hoy en día. En este regalo a su pueblo, don Alfonso no escatimó en gastos y sin duda el sitio adquirió prestancia y comodidad, claro que a costa de perder buena parte de su historicidad. Además, la ampliación del estanque y la pérdida de su sustrato natural enfriaron el agua, como recuerdan todavía quienes llegaron a bañarse en la antigua alberca. Aunque se le dotó de una caldera, su operación nunca fue muy eficiente y era excesivamente costosa para un pueblo de las pocas posibilidades de Aculco. Esto, junto con el clima frío y el que ya para esa época casi todas las casas del pueblo contaran con agua corriente determinó que las oportunidades para disfrutarla fueran más bien escasas.Pero quizá la remodelación de 1954 la salvó, ya que otras albercas del mismo tipo en la región desaparecieron en épocas cercanas, como ocurrió con la que existió en Huichapan, destruida para edificar el mercado.

El equívoco al que alude el título de este texto se refiera a que, desde dicha remodelación de 1954, la alberca dejó de ser concebida en el imaginario aculquense como el tanque de almacenamiento que fue durante quizá cuatro siglos y sólo se le vio a partir de entonces como un sitio de nado recreativo y deportivo. También ayudó a ello que en el español de México la palabra "alberca" se use hoy en día en el sentido de "lugar para nadar" más que como simple estanque, que es el significado que todavía prevalece en el español peninsular. La alberca de Aculco perdió entonces, bajo la perspectiva de todos los que desconocían su historia, su relación de parentesco con estanques virreinales como el Tepeapulco o el del convento de Actopan o incluso más parecido aún, los llamados "baños de Moctezuma" del bosque de Chapultepec, para quedar simplemente en calidad de piscina para nadar. Y es precisamente bajo ese imaginario local que desde aquellos años y de manera recurrente se ha hablado de la necesidad de calentar el agua o de techar la alberca para que pueda ser utilizable más días al año. Vamos, que quienes ven la alberca sin considerar su historia se preguntan para qué diablos quiere Aculco una gran, enorme alberca en la que sólo se puede nadar una o dos semanas de cada año debido al clima, sin detenerse a pensar que tal vez el error está en haberse creído que en efecto se trata desde su origen de una piscina de nado y no un estanque colonial de múltiples usos al que se quiso dar caprichosamente un aspecto de alberca de competencias, como nos dice la realidad.

En fin, actualmente está en proceso un nuevo intento, muy respetable, de climatizar y techar la alberca. No tengo más información al respecto ni sé si se cuenta para ello con la autorización necesaria por parte del INAH, pues la alberca se encuentra dentro del área delimitada para su conservación como sitio del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Una modificación tal como la incorporación de una cubierta probablemente alterará no sólo su propio aspecto sino el paisaje urbano de Aculco en un sitio tan significativo desde el punto de vista patrimonial como es el Ojo de Agua y la calle Corregidora, pero no se puede saber si no se conoce el proyecto. Lo cierto es que la plataforma de clavados ya ha sido demolida y seguramente veremos muchas más alteraciones en el corto plazo. Supongo que las autoridades municipales han hecho bien sus cuentas, porque adaptar este inmueble, y sobre todo mantenerlo, no será con certeza nada barato. O tal vez el Ayuntamiento ya encontró la manera de concesionarlo y obtener utilidades, cosa que de ninguna manera critico -estoy convencido de que los edificios deben ganarse su existencia- pero que esto debe hacerse con total transparencia.

Ahora bien, en mi opinión muy personal y con todo respeto hacia las autoridades municipales considero que tales modificaciones no son adecuadas. Éstas son mis razones:

1. Estoy convencido en primer lugar de que la alberca de Aculco es demasiado grande como para que resulte rentable climatizarla y techarla. Pienso que lo más probable es que de realizarse el proyecto lo que tendremos es un "elefante blanco" que el Municipio de Aculco no podrá sostener. Además, dichas obras incidirán probablemente en el paisaje urbano protegido de Aculco.

2. Si hay un interés turístico en estas obras, creo que es un esfuerzo inútil intentar competir en materia de balnearios con "pueblos mágicos" muy cercanos que le llevan una gran ventaja a Aculco en ese renglón, como Ixtapan de la Sal, Méx., Tequisquiapan, Qro. y Tecozautla, Hgo. Está en la naturaleza de esos pueblos, por sun clima o aguas termales, ofrecer un atractivo así al visitante, no en la de Aculco.

3. Creo sin embargo que es muy loable la intención de que exista en Aculco un balneario que pueda utilizarse todo el año, donde se pueda aprender a nadar o simplemente echarse un chapuzón. ¿A quién no le atrae esa idea? Pero, ¿por qué no construirlo desde cero, con una alberca de menores dimensiones para facilitar su mantenimiento y climatización, incluso varias albercas? ¿Por qué no encontrar la zona más adecuada para ello, fuera de las restricciones que impone construir en el área patrimonial de Aculco? Quizá sería más oportuno buscar la participación de la iniciativa privada en un proyecto así, para evitar cargar el presupuesto municipal con gastos y costos relacionados con su construcción y operación.

Y, finalmente, ¿qué hacer con la alberca?, pues en efecto su uso es sumamente limitado. No es tan descabellado pensar en dejarla simplemente como está, situación en la que ha permanecido sin mayor problema por décadas y siglos, dando fe de su historia y de sus transformaciones. Esa sería mi decisión. Pero, si se le quiere dar un uso nuevo, respetuoso de su historia, de sus características hidráulicas, de su valor paisajístico, de su integración al conjunto urbano de Aculco, que al mismo tiempo sirva como reclamo turístico y que no genere grandes gastos de mantenimiento, sugiero que, una vez que exista un balneario que lo sustituya -porque de ninguna manera debe privarse a los aculquenses de su tradicional albercada de Semana Santa- se convierta en un estanque para remar.

Sí, para remar: tal como sucede con otros magníficos estanques recreativos de origen colonial, como el del Jardín Borda de Cuernavaca (con el cual la vieja alberca de Aculco guardaba algunas interesantes semejanzas). Añadirle otros atractivos como sitios de descanso o de alimentos para que la gente lo visite también como lugar para pasear y estar. Incluso de esa manera se podría, con un costo menor y programado en varias etapas, recrear parte de los elementos que la caracterizaban originalmente para devolverle un aspecto más evocador y concordante con la imagen colonial de Aculco. Y aún si este proyecto no resultara exitoso en un lapso razonable, podría revertirse fácilmente sin daño alguno para el inmueble y sin un gasto significativo.

Pero esa es sólo una propuesta que hago casi a vuelapluma. Ustedes, lectores ¿qué opinan?

NOTAS

(1) AGN, Indiferente Virreinal, Caja 1447, Exp. 9.

(2) AHMA, Actas de Cabildo, 1820.

(3) AHMA, Estadística, "Respuesta al cuestionario del Departamento de Estadística", 20 de octubre de 1923.

sábado, 17 de octubre de 2015

Al tiempo: la afortunadamente desaparecida cancha de Santa María Nativitas

"Se luce como un logro lo que es una pérdida", escribí hace casi cinco años en este blog al criticar la construcción de una cancha de usos múltiples en la plaza del pueblo aculquense de Santa María Nativitas. La cancha en cuestión, cerrada por sus cuatro costados, ocupaba casi toda la superficie de esta plaza, dejando sólo estrechos callejones entre sus muros y las casas que la rodean y ocultaba el ábside de la capilla del lugar (que tiene la particularidad de darle la "espalda" a esta explanada). En los muros de esta cancha (con sus tabicones a la vista hacia el exterior y aplanados en el interior), grandes letreros anunciaban a los promotores de la obra: el Ayuntamiento 2009-2012, la Delegación Municipal de Santa María Nativitas y el Diputado Federal del Distrito I. Todo con una estética iztapalapense -pobre en el sentido material y de diseño, ramplona, barriobajera, abundante en tabicones, cemento y varilla, malla de gallinero, mal concebida y mal ejecutada- que tristemente y ante la complacencia de los mexicanos va inundando poco a poco todos los lugares del país.

Afortunadamente para Aculco, aquel bodrio arquitectónico que quiso quitar su sentido a esta plaza ha sido retirado ya, dejando nuevamente el sitio libre en toda su superficie, rodeado por los mismos fresnos de siempre, permitiendo la vista de la recién restaurada capilla de Santa María. No sé cuándo sucedió, tal vez hace ya un buen tiempo y apenas me estoy dando cuenta. Pero me congratulo pues el espacio concebido para estar abierto ha recuperado ese sentido esencial. Las plazas, aunque las autoridades de todas las épocas hayan querido utilizarlas para construir jardines, kioscos, monumentos, mercados cerrados y hasta canchas, pierden su razón de ser una vez que el espacio libre resulta menor que el permanentemente ocupado.

Supongo que la cancha se retiró por las reclamaciones de los propios vecinos que vieron convertida su plaza en un conjunto de callejones lamentables y sucios, y a los que estoy seguro ni siquiera se les preguntó si querían que se construyera aquello. Imagino que también tuvo mucho que ver en su remoción el buen sentido queha demostrado el actual Ayuntamiento. Espero que este elogio no sea tomado como lambisconería, pues hago notar que todavía falta ver el resultado de las obras que se realizan en la alberca municipal para juzgar si ese buen sentido será o no la marca de esta administración.

Y bien, la plaza ha sido liberada. Ha vuelto a ser un espacio de sosiego en un pueblito que vive todos los días el agitado tránsito de su carretera. Pero, ¿se quedará así?

Personalmente, creo que se le debe dignificar, pero esto no quiere decir que nuevamente se intente ocupar su espacio. Significa delimitar bien su superficie llana, sus banquetas y sus zonas ajardinadas (que no existen, pero podrían crearse al pie de sus viejos fresnos) con pavimentos adecuados para el lugar, no cemento ni estampados de concreto, sino piedra natural de los tipos que por siglos se han usado en Aculco. Crear banquetas y adecuar sus transiciones hacia las casas y calles por las que se accede al sitio. Iluminarlo. Crear con todo ello una plaza de belleza serena: nada de estridencias en materiales, colores ni letreros de políticos vanagloriándose de sus obras. Varias de las casas que rodean la plaza también deberían pasar por un programa de "mejoramiento de fachadas" que ayude a transformar el sitio. Incluso podría construirse un portalito, siempre y cuando no le robe espacio a la plaza sino que se levante en el terreno de los predios que lo rodean, un sitio ideal podría ser el de la escuela. Opinaría que hasta un kiosco le vendría bien al lugar, pero creo que el espacio es demasiado pequeño ya para admitir algo así.

Y quizá es ya mucho soñar, pero un proyecto de este tipo podría extenderse poco a poco al resto de Santa María Nativitas. Aculco está apostando casi todo su futuro desarrollo al turismo y las autoridades de todos los niveles deben actuar en consecuencia. No perdamos de vista que este pueblo sirve como puerta de entrada a la cabecera municipal y para los viajeros el anárquico conjunto de accesorias que lo han hecho crecer como "pueblo calle" en las últimas décadas no resulta nada atractivo, ni tampoco los vendedores ambulantes que ya habitualmente se apostan a orillas de la carretera. Pero, al mismo tiempo, Santa María ha experimentado las ventajas económicas de estar en el camino hacia un atractivo turístico mayor -el propio pueblo de Aculco- y tener un sitio de paso obligado para los transeúntes -la gasolinería, lo que no debe soslayarse. Santa María Nativitas tiene además una capilla del siglo XVII recién restaurada y digna de visitarse; en su atrio está el más hermoso pedestal de cruz atrial del municipio, que lleva la fecha de 1678.

Lo que Santa María necesita es sencillamente orden urbano y arquitectónico, convertirlo por una parte en un "vistazo" a lo que el turista encontrará en Aculco y a la vez en un sitio que pueda visitar por sus propios valores patrimoniales, lo que en conjunto con otros sitios "menores" del municipio puede estimular la pernocta, que es sin duda alguna la piedra angular del desarrollo turístico de Aculco.

No esperemos a que el caos urbano de Santa María Nativitas sea tal que se vuelva irreparable.

sábado, 10 de octubre de 2015

La piedra de la misa de don Miguel Hidalgo

En la fachada de la capilla de la hacienda de Cofradía existe, al lado derecho de su entrada principal, una lápida de cantera rosa toscamente labrada y rodeada por un marco del mismo material. Entre varias figuras y cifras de difícil interpretación, parece leerse la frase "aquí celebrando misa" que es precisamente la que la vincula con una arraigada tradición aculquense. Según ésta, la piedra habría servido a don Miguel Hidalgo y Costilla, como mesa de altar para la celebración de una misa, durante su estancia en Aculco entre el 5 y el 7 de noviembre de 1810.

Aunque algunas variantes de la leyenda afirman que la piedra estuvo bajo el árbol conocido como Palo Bendito (otro sitio señalado para una improbable misa celebrada por Hidalgo), en realidad se encontraba lejos de ese sitio, en terrenos de la hacienda de Cofradía, al parecer en algún punto inmediato al salto llamado precisamente "de Cofradía" (donde hoy está la cortina de la presa) o al salto del Tixhiñú. Y no todas las versiones afirman que se trata de una mesa de altar, sino que algunas indican que es un fragmento de la roca desde la que el cura de Dolores contempló la Batalla de Aculco. Esto último no resulta del todo descabellado puesto que los planos de la batalla muestran que justamente en la zona en la que se encontraba esta cantera los insurgentes dispusieron se colocara el tesoro, carros y equipajes, e Hidalgo no solía estar en primera línea en los combates sino más bien en la retaguardia.

De cualquier manera, a principios del siglo XX los dueños de la hacienda de Cofradía mandaron cortar aquella piedra para retirar la inscripción y la llevaron para su resguardo a la capilla, como decíamos al principio de este texto.

Todo lo anterior corresponde a lo que escuché de niño o averigüé ya más grande entre la gente de edad de nuestro pueblo. Pero hace unos pocos años localicé un par de fotografías de la piedra, tomadas antes de que se le arrancara de su lecho, que cuestionan varias de estas ideas y que hoy quiero compartir con ustedes. Estas dos fotografías con parte de la serie de imágenes estereoscópicas capturadas por el fotógrafo Gustavo F. Solís durante el viaje que realizó por todos los puntos de la ruta de la Independencia con el historiador Luis Castillo Ledón en 1907.

En la primera fotografía, catalogada en la Fototeca Nacional bajo el número 603892 y con la descripción "barranca cercana a Aculco", aparece la piedra vista desde cierta distancia. Por su ubicación parece ser un afloramiento rocoso que forma parte de la pared de una de las barrancas que abundan precisamente en la zona que va desde la presa de Cofradía hasta el salto del Tixhiñú y más allá. Sólo contrastando mucho la fotografía se advierte que aquella roca tiene una inscripción en la cara que ve hacia el espectador, aunque resulta totalmente ilegible.

La segunda fotografía, con número de catálogo 603892 y descripción "barranca de Aculco, vista de roca con inscripciones", es un acercamiento a la piedra, tomada seguramente con el fin específico de retratar el texto inciso en ella. Pero desafortunadamente tampoco resultó comprensible lo que dice ahí salvo, quizá, una parte de la frase "... de mayo de 18..." y un "... Aquí ...". Acaso alguno de los lectores del blog Aculco, lo que fue y lo que es tendrá la paciencia y herramientas para descubrir el entido de esta inscripción.

Al conocer estas fotos antiguas de la piedra, me pareció evidente que por su ubicación definitivamente no pudo ser utilizada como mesa de altar. Tampoco, creo, como "telón de fondo" para una misa de las tropas insurgentes, pues habría sido absurdo celebrar la eucaristía en un sitio tan incómodo y poco apropiado como una barranca. Más fácil habría sido, como asegura la otra versión de la leyenda, que haya servido a Hidalgo de atalaya para atisbar el encuentro con las tropas de Calleja (quizá al otro lado de la barranca), pero sin otros puntos de referencia tampoco eso se podría asegurar. Quizá la única manera de tener idea de lo que conmemora la inscripción es revisarla detalladamente en su actual ubicación, en la hacienda de Cofradía. Yo la vi hace muchos años y no recuerdo casi nada de ella. Me han dicho que se encuentra ya muy desgastada y es imposible de leer, pero tengo la esperanza de revisarla personalmente algún día con suficiente calma y poder comprender algo de lo que en ella se grabó.

Sin ayuda de un visor estereoscópico, tan sólo cruzando un poco los ojos (haciendo bizco, pues) es posible mirar las fotografías dobles incluidas en este post con el "efecto 3-D", como diríamos ahora, que buscaron sus creadores. Sin embargo, como regalo a los lectores de este blog a los que se les dificulte hacer bizcos, subo enseguida los pares de imágenes como gifs animados que les darán una buena idea de su tridimensionalidad simulada.