La existencia de bibliotecas en los conventos novohispanos —o librerías, como también se les llamaba— era indispensable no sólo para la celebración de los actos rituales (para los que se requerían misales, evangeliarios o libros de oraciones), sino también para la formación intelectual de los frailes (guardando obras de teología, filosofía, sermonarios, entre otras). En las instrucciones dirigidas a los conventos franciscanos del centro de México en 1567, contenidas en los Avisos tocantes a la Provincia del Santo Evangelio, se recomendaba que todos los conventos contaran con libros suficientes y adecuados a sus tareas, de modo que los religiosos puedan seguir el camino del estudio sin verse obligados a trasladar los volúmenes de un convento a otro. Asimismo, se ordenaba reforzar la pena de excomunión para quien sacara libros de la biblioteca sin licencia del Provincial.
Esos Avisos enlistaban además los libros que debían integrar la biblioteca básica de cada convento, con cerca de medio centenar de títulos: la Biblia y sus comentarios, las obras de los padres de la Iglesia (como san Gregorio, san Bernardo y san Agustín), textos de derecho canónico y del Concilio de Trento, tratados de teología escolástica, libros de predicación, diccionarios eclesiásticos y latinos, las reglas y manuales de la Orden, así como algunas obras devocionales e históricas.
El convento de Aculco debió contar con su propia biblioteca desde el siglo XVI. Fue seguramente la primera colección importante de libros en este pueblo y su jurisdicción, aunque en el siglo XVIII la biblioteca de la hacienda de Arroyozarco, de la que ya les he contado antes aquí, era quizá más interesante y variada, pues contaba con obras profanas que difícilmente se habrían hallado en la del convento aculquense.
De aquella biblioteca conventual de Aculco tenemos noticias ciertas de mediados del siglo XVII, cuando las autoridades de la provincia franciscana del Santo Evangelio de México ordenaron a los conventos un inventario de libros y alhajas. De las 98 casas de la provincia, respondieron entre los años de 1663 y 1664, 64 casas, entre ellas el convento de Aculco. Por ese inventario sabemos que contaba con sólo 28 volúmenes, una cantidad muy pequeña. Comparativamente, los conventos de San Mateo Huichapan y San Pedro y San Pablo de Jilotepec, los más importantes de la región, tenían 200 y 125 volúmenes respectivamente. De hecho, entre los 64 conventos franciscanos de la Provincia del Santo Evangelio de México, el de Aculco era el penúltimo en cantidad de libros, sólo era más pobre en ese aspecto el de Santa María de Texcalac en Tlaxcala, con 24 volúmenes.
A pesar de ello, a lo largo del siguiente siglo la biblioteca se fue enriqueciendo. Cuando sobrevino la secularización en 1759, con la que los franciscanos entregaron la administración de la parroquia al arzobispado de México, los libros de Aculco se remitieron a la aduana de la capital, de donde pasaron a manos del Provincial en el Convento Grande de San Francisco de México. Allí quedaron bajo el cuidado de fray Francisco Antonio de la Rosa Figueroa, quien anotó que esa colección estaba formada por "no pocos libros". Allí debieron permanecer los volúmenes por un siglo más (seguramente con las naturales pérdidas y deterioros), hasta que durante la Reforma la gran biblioteca fue expoliada y sus 16,417 volúmenes se llevaron a la Biblioteca Nacional de México, en cuyo acervo se conserva una gran parte.
Al parecer el convento de Aculco no tenía su propio ex libris o marca de fuego para identificar sus libros, lo que dificulta saber si se conservan algunos en la Biblioteca Nacional. Pero uno de ellos, por fortuna, tiene una anotación manuscrita que indica claramente su procedencia: "Del convento hieronimo aculco fr". Junto con ella, otras marcas señalan el camino que siguió hasta llegar a nosotros: las marcas de fuego de los conventos de San Cosme y Grande de San Francisco de México y el ex libris en estampa que confirma este último o(Ex Bibliotheca Magni Mexicani Conbventus S.P.N.S. Francisci). Se trata de un ejemplar del Libro de la regla y constituciones generales de la Orden de Nuestro Padre Sant Francisco de la obseruancia, impreso por Clemente Hidalgo en Sevilla en 1607. Esta fecha tan temprana podría significar que el libro estuvo en el convento de Aculco desde sus primeros tiempos.
Una obra que no sabemos si llegó a estar en la biblioteca conventual de Aculco, pero que lleva el nombre del pueblo en su portada, es un volumen impreso en México en 1724 por los herederos de la Viuda de Francisco Rodríguez Lupercio, con un larguísimo título del que sólo copio aquí una parte: Sermón moral en la Capilla Real de Palacio Al Excellentísimo Señor D. Juan Antonio Vázquez de Acuña, Marqués de Casa Fuerte. El sermón recogido en este libro se predicó en el "estreno" del gobierno del virrey, el segundo viernes de Cuaresma, 19 de febrero de 1723, por el padre fray Antonio Diaz del Castillo, quien era en aquel momento predicador mayor en el Convento Grande de San Francisco de México, y al imprimirse ocupaba el cargo de guardián del convento de San Gerónimo Aculco. Más aún: en sus páginas preliminares está una dedicatoria adornada con el escudo de la orden franciscana que aparece fechada el 20 de febrero de 1724 en Aculco.
Desafortunadamente esta obra es muy difícil de hallar pues se conservan poquísimos ejemplares, y yo no he podido verla, ni siquiera en formato digital. Pero espero tener algún día una imagen que pueda mostarles aquí. Existe un ejemplar en el ex convento de Nuestra Señora de Guadalupe, Museo Regional de Zacatecas, y otros en bibliotecas de los Estados Unidos de América.
FUENTES:
Ignacio Osorio Romero, Historia de las bibliotecas novohispanas, México, SEP-Dirección General de Bibliotecas, 1986, p. 104 y 140.
Rocío Cázares Aguilar y Francisco Mejía Sánchez, “La Biblioteca Franciscana del Portal de Peregrinos del Convento de San Gabriel Cholula”, en Marina Garone Gravier (ed. lit.), Miradas a la cultura del libro en Puebla:bibliotecas, tipógrafos, grabadores, libreros y ediciones en la época colonial, 2012, p. 43-69





