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sábado, 8 de septiembre de 2018

El "altar roto" de Santa Ana Matlavat

Hace ya más de 30 años, cuando comenzaba a interesarme en la historia y patrimonio cultural de Aculco, mi tio Juan Lara Mondragón me habló de lo que él llamaba el "altar roto" de la capilla de Santa Ana Matlavat: un fragmento de retablo colonial colocado en uno de los muros laterales de aquel templo, que era el último resto de la decoración barroca que alguna vez tuvo la parroquia de San Jerónimo Aculco. Sustituida dicha ornamentación hacia mediados del siglo XIX por los altares de estilo neoclásico que hoy tiene, ese altar fue enviado a Santa Ana, donde por fortuna se conservó.

Pocos años después conocí el "altar roto". No recuerdo por qué, pero en aquel momento no llevaba mis anteojos, por lo que en la penumbra de la nave me fue difícil percibir sus detalles. Sólo me quedó el recuerdo del nicho y sus columnas salomónicas. Desde entonces no lo he visto más: cada vez que he regresado a Santa Ana Matlavat he encontrado la capilla cerrada y en creciente deterioro. Es una pena porque se trata quizá del templo que conserva vestigios de mayor antigüedad en todo el municipio. De ello da fe su ábside ochavado y almenado del siglo XVI.

Pero gracias a una fotografia algo borrosa, colgada hace algunas semanas en Facebook, he podido ver nuevamente y con detenimiento este retablo. No es posible estudiar sus detalles ya que la imagen no tiene la calidad para ello, pero sí para darse una idea general de su estado actual y deducir sus características originales.

Estructuralmente, más que "roto", el retablo se observa fragmentado. Se conserva en primer lugar la mesa del altar con sus guardamalletas, róleos, conchas y medallones, y el espacio para el ara. Sobre ella se encuentra el sagrario, lamentablemente ya sin su puerta, flanqueado por dos relieves de gusto manierista. A ambos lados, un par de ángeles atlantes policromados sostienen los pedestales de la columnas. A este mismo nivel, se extiende la predela con relieves fitoformes más allá del ancho de la mesa.

Por encima del sagrario se abre un nicho que en su momento debió albergar la escultura de algún santo. La parte frontal del nicho se halla ornamentada con relieves vegetales y lo mismo sucede con las paredes internas, salvo el fondo. Cubre el nicho un arco abocinado con ornamentación radial que no alcanza a convertirse en una concha.

Las columnas a cada lado del nicho son estilo salomónico, con sus senos bien marcados, basas áticas y capitel corintio. Estas columnas resultan muy esbeltas, especialmente si las comparamos con las del otro retablo barroco salomónico que subsiste en Aculco: el de la capilla de La Concepción. Otra diferencia con aquél (e incluso con la fachada de la parroquia de Aculco) es que en éste las columnas no se presentan en pares.

Las columnas soportan cada una un dado, que es parte de un friso perdido. Una cornisa muy elaborada remata el conjunto, aunque falta la parte centra que debido a la mayor altura del nicho debió formar una curva o polígono como otros muchos retablos de la época. Salvo la mesa, pintada de un desteñido rojo almagre, y los angelitos atlantes, el resto del retablo está dorado. Tiene una altura aproximada de tres metros.

El barroco salomónico se desarrolló especialmente en la segunda mitad del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIIII. Por ciertos detalles tardíos, como la mesa del altar y la esbeltez de las columnas, me parece a mí que el retablo de Santa Ana se podría fechar alrededor de 1750.

Ahora bien. Dado que sólo se conserva fragmentariamente, ¿cómo sería en su origen el retablo completo? La anchura que señalan la cornisa y la predela nos indican casi con seguridad que contó con calles laterales que muy posiblemente enmarcaban pinturas. Además, debido a esa misma anchura, el altar habría resultado desproporcionado de no contar con un segundo cuerpo, o hasta un tercero, o por lo menos un gran remate, por lo que también se puede inferir su existencia. Después de revisar varios retablos contemporáneos, considero que se le pude comparar con uno de los retablos laterales de la iglesia de san Agustín de Oaxaca. Aunque se trata de un retablo bastante importante de tres cuerpos, y es muy posible que el de Santa Ana fuera mucho más humilde, en la estructura del primer cuerpo se pueden apreciar sus semejanzas y con ello imaginar su aspecto original.

sábado, 14 de abril de 2018

La urna del Santo Entierro

En muchas poblaciones de España y Latinoamérica es una tradición arraigada sacar en procesión en Viernes Santo una imagen que representa a Cristo yacente, muerto, colocada al interior de una urna acristalada a modo de ataúd. Procesión a la que se le llama del "Santo Entierro". Esta costumbre se originó hacia el siglo XVI, en el contexto de la Contrarreforma, y alcanzó gran difusión en el siglo siguiente, pasando entonces de España a América. Durante el periodo barroco, en los siglos XVII y XVIII, la procesión adquirió mayor dramatismo cuando se le añadieron toda clase de alegorías y representaciones para acompañarla: disciplinantes azotándose las espaldas, sombríos cófrades encapuchados, niños disfrazados de ángeles portando los símbolos de la pasión, la dramática imagen de la Virgen de la Soledad, etcétera. Fue entonces también cuando las urnas en que se llevaba la imagen comenzaron a ser ricamente adornadas siguiendo el estilo de la época. En muchos lugares de Andalucía se conservan urnas procesionales de aquellos siglos. En México sobreviven también algunas, entre las que merecen mencionarse por su belleza las de Tepeji del Río Hidalgo, y Oaxtepec, Morelos, relacionadas ambas con el estilo barroco del siglo XVII.

No tan suntuosa como aquéllas, pero del mismo estilo y antigüedad es la urna del Santo Entierro de Aculco. Consta de varias secciones: la parihuela, en la parte más baja, que conserva los huecos para colocar las "trabajaderas" o palos que servían para llevarla en andas, pero que ya no se utilizan. Sobre ella va la "cama", formada por un estrechamiento moldurado y un friso abombado que se adorna con figuras vegetales de escaso relieve. Encima de ella se coloca la vitrina de 22 cristales, en forma de paralepípedo la caja y de prisma la cubierta. Se adorna esta vitrina con columnitas entorchadas con capitel corintio en los ángulos de la caja (lo que permite fecharla a fines del siglo XVII o principios del XVIII), adornos fitomorfos exentos en los ángulos de la tapa, veneras en los cristales frontero y trasero, y diversas molduras. La urna es de madera dorada, pero en una pésima restauración se le aplicó pintura dorada comercial que le da un aspecto lamentable. Compárese para apreciar esto el acabado de la urna de Aculco con el cálido brillo del acabado de oro real de las urnas de Oaxtepec y Tepeji. Ojalá en algún momento la urna de Aculco recupere su auténtico dorado original, pues lo merece.

¿Cómo serían las procesiones del Santo Entierro en Aculco en tiempos virreinales?. Es difícil saberlo, pero podemos suponer que la representación del viacrucis se llevaba a cabo por las calles del pueblo y la crucifixión tenía lugar en la capilla del Calvario, que se encontraba junto al actual panteón. Desde ahí partiría la procesión del Santo Entierro hasta la parroquia, donde se dejaría la urna expuesta como si se tratara del sepulcro de Cristo hasta la misa de resurrección. Por cierto, estas representaciones se hacían siempre con imágenes, nunca con personas de carne y hueso al modo de los actuales "viacrucis vivientes" que tanto se han extendido en todo México y que en Aculco ya son la forma habitual de conmemorar la Semana Santa. Para nuestros lejanos antepasados, el pretender representar con una persona Cristo, la Virgen o los santos significaba una verdadera falta de respeto, casi un sacrilegio. Por ello fue que sólo a partir de la década de 1970 comenzó a extenderse esta costumbre y todavía entonces fue muy criticada. Yo, en lo personal, prefiero ver una bella imagen antigua de Cristo en la procesión y no a mi vecino actuando dicho papel.

En muchos sitios, la urna del Santo Entierro tiene un lugar especial para ser colocada a lo largo del año en la nave de la iglesia o en una capilla adyacente, donde permanece con la imagen de Cristo muerto expuesta a la veneración. En Aculco, la urna se guarda fuera de la vista y la imagen de Nuestro Señor se coloca en el altar lateral neoclásico dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, que en la parte baja tiene su propia urna aunque es fija, no procesional.

domingo, 27 de diciembre de 2015

El portentoso retablo de La Concepción

Una de las mayores pérdidas para el arte mexicano ocurrió desde poco antes de la independencia hasta mediados del siglo XIX, cuando en el afán de poner el interior de las iglesias "a la moda", cientos, quizá miles de retablos de estilo barroco de los siglos XVII y XVIII fueron convertidos en leña y reemplazados por frías y repetitivas composiciones de tipo neoclásico. Y, más allá del gusto artístico, los nuevos retablos fueron erigidos en épocas de gran penuria económica, mientras que los antiguos altares lo habían sido en tiempos de mayor prosperidad, lo que derivó en que casi siempre las iglesias redecoradas al estilo neoclásico resultaran, por decirlo llanamente, mucho más pobres en todos sentidos.

En la parroquia de Aculco y en las capillas de los pueblos que pertenecían a su jurisdicción sucedió lo mismo y en su interior sólo quedaron vestigios de su pasado barroco: algunas buenas imágenes y cuadros, algún viejo sillón, un desvencijado nicho que perteneció a la parroquia en Santa Ana Matlavat... Pero, por fortuna y casi milagrosamente, el más humilde de los pueblos de Aculco, el que era más pobre y por ello no pudo costear esa renovación a la nueva moda neoclásica, conservó su preciosísimo retablo barroco y por ello el de La Concepción es hoy en día el templo con el interior artística, histórica y materialmente más importante de todo el municipio.

Hace mucho tiempo quería dedicar una entrada en mi blog para hablarles de esta joya colonial. Pero, como las fotografías que poseo son de muy mala calidad, había ido postergando el momento de escribir sobre él. Estas fotografías las tomé un Viernes Santo de hace varios años y por ello el retablo se hallaba cubierto con una cortina morada que colgaba del arco del presbiterio y varias de sus imágenes estaban tapadas con lienzos blancos. Si bien aquella penumbra en la que contemplé por primera vez ese portento le prestaba un especial misterio a lo que para mí era un descubrimiento, desafortunadamente las imágenes que tomé con mi cámara resultaron desenfocadas, mal iluminadas y descoloridas. Pero aún así he decidido mostrárselos de una vez por todas por una razón muy sencilla: en una breve plática que tuve el pasado 9 de diciembre con Aurora González Ledezma, presidente municipal electa, me comentó su intención de que durante su período de gobierno se restaure este valiosísimo retablo. No podría estar más de acuerdo con ella: es, sin duda alguna una de las piezas artísticas más importantes de Aculco. Y quiero yo que lo conozcan ustedes, estimados lectores, con su deterioro actual, para que quizá en unos años pueda volver a mostrarlo aquí mismo ya recuperado.

Pues bien, vayamos al retablo.

En la capilla de La Concepción existen diversas inscripciones que establecen la cronología de su construcción y remodelaciones. Una de ellas, que corre siguiendo la curva del arco que separa la nave del presbiterio, muestra la fecha del 28 de mayo de 1721, que en vista del estilo del altar se puede considerar contemporánea suya, o por lo menos su límite temporal inferior. El retablo es, como ya dije, de estilo barroco en su variedad salomónica y de factura popular. Tiene la característica de que en él la policromía de rojos, verdes y azules compite con los dorados dándole un aire particular, distinto de otros altares de su tiempo. Se organiza en un pedestal o predela sobre el que se yerguen dos cuerpos y un remate, divididos en tres calles, una central y dos laterales. Enmarcan estas calles pares de columnas salomónicas -más bien columnas entorchadas- no idénticas, pues las columnas de cada par difieren en color y relieves. Por ejemplo, en las columnas centrales del primer cuerpo, la de afuera es verdosa y cubierta enteramente con decoración vegetal de forma helicoidal; en cambio, la interior es rojiza, con su decoración vegetal que asciende sin enredarse en el fuste y con un pequeño atlantito labrado casi a la mitad de su altura. O, en las columnas laterales del segundo cuerpo, donde la interior lleva un grueso entorchado y la exterior es tritóstila, con el primer tercio adornado con relieves vegetales y el resto estriado.

La base o pedestal del retablo es sumamente interesante. En él se aprecia mejor que en otras partes la proporción entre policromía y dorados. Vemos en esta base predelas pintadas, mascarones que emergen entre volutas labradas, y al centro un interesante cuerpo ochavado con tres nichos y un par de columnitas salomónicas, que pudo ser el sagrario original.

Sobre esta base, el primer cuerpo del retablo nuestra tres nichos sobre los que no puedo hablar mucho pues como se puede apreciar se hallaban cubiertos, pero muy probablemente albergan pinturas con escenas de la vida de la Virgen María. El del centro lleva encima un relieve con par de ángeles que portan una palma y una cruz y sostienen una corona con la leyenda AVE MARÍA. A los lados de este nicho, poco visibles en las fotografías, recuerdo haber visto unos relieves de ángeles turiferarios, es decir, que llevan incensarios.

En el segundo cuerpo, el nicho central, bajo una venera que en vez de remitir a una concha lo hace a un decorado de plumas, como algunos nichos de la fachada de la parroquia de san Jerónimo, está ocupado por la hierática imagen de Nuestra Señora de La Concepción, contemporánea del retablo. A sus lados, un par de columnas parecen disolverse en volutas vegetales y sólo su capitel corintio nos recuerda que son eso, columnas. En las calles laterales de este segundo cuerpo hay dos escenas pintadas: la de la izquierda corresponde a la Natividad y la de la derecha a la Adoración de los Reyes. Ambas tan oscurecidas por los siglos que resulta difícil apreciarlas.

El remate es también hermosísimo: al centro está una imagen labrada en madera del Padre Eterno con corona pontificia que sostiene en sus brazos a Cristo muerto, bajo un cielo de ángeles mofletudos. A cada lado existe una pintura en su grueso marco octogonal, imposibles ya de apreciar por lo oscuras.

El presbiterio que aloja este retablo se halla cubierto por una bóveda bastante irregular que intenta parecer una cúpula y que es probablemente un añadido posterior, pues quizá tuvo una hermosa cubierta plana de terrado y viguería sobre canecillos como la de la nave. Por el techo, el coro y el retablo se puede presumir que en otros tiempos abundó en este sitio la madera.

Seguramente muchos de ustedes ya se habrán percatado de la semejanza estilística entre este retablo y la fachada barroca de la parroquia de san Jerónimo. En efecto, coinciden en estilo y época de construcción. Es más, es muy probable que el interior de esta parroquia contara originalmente con un retablo principal y varios laterales de este mismo estilo. Así, al contemplar este retablo de La Concepción podemos tener una idea, remota quizá pero elocuente, de cómo pudo ser el interior de la parroquia de Aculco cuando estuvo lleno de altares como éste; cuando, al gusto del barroco semejaba seguramente una gruta dorada y policromada -como Santa Prisca de Taxco o Tepotzotlán o Santa María Tonantzintla- que de haberse conservado admiraríamos verdaderamente extasiados.

Espero que hayan disfrutado de este artículo y de los poco más de treinta que a lo largo de este 2015 les he ofrecido en el blog Aculco, lo que fue y lo que es. Aprovecho para desearles un feliz año 2016 y espero que nos podamos seguir acompañando con historias sobre nuestro pueblo durante mucho tiempo más.

domingo, 9 de febrero de 2014

El actual altar mayor de la parroquia de San Jerónimo Aculco

Cuentan que cuando en 1951 los padres Agustinos Recoletos fueron destinados a atender la parroquia de Aculco, encontraron ya en muy mal estado de conservación el viejo altar mayor neoclásico, el "ciprés" del siglo XIX al que nos hemos referido en anteriores ocasiones. Más que la polilla, el retablo había sido invadido por ratones, que incluso penetraban al sagrario a mordisquear las hostias consagradas. En un acto radical y lamentable, los agustinos decidieron retirar por completo el ciprés y dejar el presbiterio vacío, sin adornos, tan sólo con lo necesario para que se continuara celebrando misa. Algunos pocos vestigios, empero, se conservaron: fue el caso, en primer lugar, de la imagen titular de San Jerónimo; la mesa del altar, el sagrario y las columnas del manifestador que se hallaba dentro del baldaquino fueron reutilizados para formar un pequeño retablo que se encuentra en la capilla del Hospital Concepción Martínez; también rodó por ahí, hasta perderse, una tabla de madera blanca enmarcada en rojo que señalaba que aquella obra había recibido a principios del siglo XIX el privilegio perpetuo de Altar de Ánimas por bula del Papa Pío VII. Ello significaba, según las disposiciones sobre la Eucaristía:

Altar privilegiado es aquel al cual el Romano Pontífice concede el privilegio de que los sacerdotes que celebren en él, pueden ganar una indulgencia plenaria a favor de aquella alma por la que apliquen la Misa que celebran. Ordinariamente este privilegio se concede a todos los sacerdotes que dicen Misa en aquel altar, aunque algunas veces es para sacerdotes determinados. (1)

A muchos aculquenses molestó, por supuesto, la pérdida del centenario ciprés de la parroquia. Más aún, que se hiciera sin haber proyectado siquiera su reemplazo por otro altar, que se rompiera la armonía neoclásica del interior -que sufrió también por esos años otros cambios y pérdidas en sus altares laterales, pintura mural e imágenes religiosas- y, en suma, que se empobreciera notoriamente la imagen del interior del templo que, si bien no podía considerarse una joya de su estilo, tenía el inmenso valor de su autenticidad.

Pasaron algunos años y fue hasta 1959 que el templo parroquial de Aculco pudo contar nuevamente con un retablo mayor. Esto fue gracias a la donación que hizo una sola mujer, la señora Catalina Ocañas viuda de Suárez. Era ella originaria de Aculco, donde nació el 21 de marzo de 1881, hija de Nazario Ocañas y María Praxedis Osornio. Al día siguiente fue bautizada en la parroquia de este lugar con los nombres de Benita Catalina por el padre Francisco Guerra y fueron sus padrinos don Guadalupe Guadarrama, propietario de la hacienda de Ñadó, y su esposa Ana María Monroy. (2) Más que con Aculco, su familia estaba ligada con Atlacomulco, donde se hallaba establecida desde 1871 y había nacido una hermana de Catalina, diez años mayor que ella, de nombre María Adalberta Alejandra. (3) Por ello, muy niña fue llevada por sus padres a aquella población y, se dice, "nunca más volvió a su tierra natal, a la que sin embargo, siempre guardó un gran cariño y un sentimiento generoso de admiración". (4)

Catalina Ocañas contrajo matrimonio con Pablo Suárez Nuñez, con quien tuvo siete hijos (Rafael, María, Guadalupe, Paula, Alejandra, Francisco y Nazaria). Entre ellos destacó como político el licenciado Rafael Suárez Ocañas, presidente municipal de Atlacomulco en 1938-1939 y 1940-1941, integrante de la comisión para la construcción de una hidroeléctrica que aprovecharía las aguas del río Lerma y, a la llegada de Adolfo López Mateos a la presidencia de la República, funcionario en el Departamento del Distrito Federal.

Catalina falleció el 2 de octubre de 1958, dejando a sus hijos el encargo de realizar un nuevo altar mayor para la parroquia del pueblo donde nació. Su diseño y fabricación fue encomendada a la casa "El Arte Católico" (5), que tenía su domicilio desde 1944 en la Avenida Chapultepec de la ciudad de México y subsistía allí mismo hasta hace no muchos años bajo el cuidado del último descendiente de una verdadera dinastía de escultores que se remonta a más de dos siglos, Mario Antonio Hernández Escamilla. Según una descripción de la época este retablo está realizado

... en madera de caoba con aplicaciones de cedro, talladas y finamente doradas, está asentado sobre tres gradas de mármol de tepeaca gris claro con peraltes de mármol travertino, formando un artístico conjunto de muy agradable aspecto. Al centro de la mesa, encima de ella y cortando las gradas de la mesa del altar, se ha realizado un sagrario del mismo estilo, que lleva en la parte superior del mismo una cúpula con ángeles en adoración, rematándola una cruz. Sobre de [sic] la cubierta del muro que sirve de fondo a todo el conjunto, y al centro, va el manifestador en madera de caoba, finamente tallada con un frente de 1.50 ms. y una altura de 1.50. Está sostenida por cuatro columnas rematadas por cornisa con molduras talladas, rematando el ornato superior con una corona, todo ello dorado bruñido. (6)

El nuevo altar fue bendecido el 30 de septiembre de 1959, en el bicentenario de la erección parroquial, por el doctor Francisco Orozco y Lomelín, obispo auxiliar y vicario general de la Arquidiócesis de México, a la que pertenecía todavía Aculco (después pasaría a la de Toluca y finalmente a la de Atlacomulco). El 2 de octubre siguiente se realizaron allí mismo solemnes honras fúnebres por la donadora del retablo. (7)

Como pieza de arte, sin duda el nuevo retablo es una realización menor. Aunque evoca remotamente los retablos barrocos, sus elementos labrados y dorados -que se concentran en el gran arco que lo enmarca, las peanas que sostienen las esculturas, los capiteles y primer tercio de las columnas del nicho central y los relieves que sobre él se disponen en forma de dovelas (los que incluyen un par de ángeles y el Espíritu Santo representado como paloma, sobre fondos plateados)- se acercan más a las realizaciones neocoloniales de la primera mitad del siglo XX. El fondo del retablo es claro y completamente liso; el respaldo de los nichos sólo se distingue por su enmarcamiento y color oscuro de la madera. Carece además de un verdadero discurso iconográfico, pues en él se ubicaron la antigua imagen de San Jerónimo (santo patrono del pueblo) con sus atributos de doctor de la iglesia al centro, San Agustín (patrono de la orden a cuyo cuidado estaba la parroquia en ese tiempo) con sus vestiduras de obispo a la derecha y la Virgen María en su advocación de la Medalla Milagrosa (posiblemente a petición de la donadora) a la izquierda. Incluso, el retablo propiamente dicho resulta pequeño para el muro del presbiterio, y el espacio entre él y los arcos de cantera lo cubre una superficie de duelas de caoba oscura que contribuye a destacar el altar, pero que también acusa cierta pobreza de ideas y recursos.

De cualquier manera, casi 55 años después de su realización, el altar mayor de la parroquia de Aculco se ha convertido ya en un elemento tradicional de su interior. Una pieza que debe cuidarse y protegerse, y por la que además debe mantenerse siempre la gratitud hacia la donadora, doña Catalina Ocañas viuda de Suárez, sin la cual posiblemente sólo tendríamos en su lugar un enorme muro vacío.

(1) José M. Morán, O.P. Teología Moral, tomo II, Madrid-México, Librería Católica de Gregorio del Amo / Librería Católica de Herrero hermanos, 1899, p. 335.

(2) Registro bautismal de Benita Catalina Ocañas, 22 de marzo de 1881, Libro de Bautismos de hijos legítimos 1874-1883, Archivo Parroquial de Aculco.

(3) "México, bautismos, 1560-1950," index, FamilySearch (https://familysearch.org/pal:/MM9.1.1/NXMM-RQ5 : accessed 30 Jan 2014), Nasario Ocanas in entry for Maria Adalberta Alejandra Ocanas, 24 Apr 1871.

(4) Aculco. Órgano de la Voz y Espíritu de un pueblo, Aculco, 30 de septiembre de 1959, año 1, núm. 4. pág. 6.

(5) Idem.

(6) Idem.

(7) Idem.