viernes, 20 de noviembre de 2015

José Riverón Mondragón: el único general aculquense en la Revolución

El título de este post es un poco engañoso: si bien José Riverón Mondragón participó en la Revolución Mexicana y fue el único revolucionario aculquense en llegar a general del ejército mexicano, no fue en el curso de aquel conflicto en el que alcanzó dicho grado, sino algunos años después, ya en la década de 1930. Debo mencionar también aquí que Riverón es mi pariente pues descendemos de un mismo antepasado, Eduardo Mondragón: él era su nieto y yo soy su tataranieto; sin embargo, la cercanía entre su rama familiar y la mía se perdió desde principios del siglo XX, prácticamente desde que se lanzó a la Revolución, de tal manera que lo que aquí relato es lo que he podido conocer de su historia a través de libros, documentos y algunas deducciones personales.

José Albino Timoteo, hijo de Francisco Riverón y Estéfana Mondragón, nació en el rancho de su abuelo Eduardo Mondragón en las inmediaciones de El Zethe, municipio de Aculco, el 16 de diciembre de 1878 (aunque su biografía oficial señala el día 10 como fecha de nacimiento). Fue bautizado nueve días después en la parroquia de Aculco, siendo sus padrinos Sabino Peña y Ponciana Ríos (1). Poco tiempo después la familia se trasladó al pueblo de Aculco, donde habitó la casa en el actual número 10 de la calle de Morelos. Realizó sus estudios de primaria en la escuela oficial de este lugar (2). Con poco más de veinte años contrajo matrimonio civil y eclesiástico con la sanjuanense Josefa Almaraz y parece que muy pronto emigró al vecino pueblo de Acambay (de allá, probablemente, provenía su familia paterna), donde nació su hija María de la Luz en 1903. No he podido precisar su parentesco, pero parece ser que tuvo también un hijo, Francisco Riverón Almaraz, que se graduó en el Colegio Militar en 1932 y alcanzó asimismo el grado de general brigadier (3).

Según ciertas versiones, José Riverón Mondragón, "hijo y sobrino de soldados republicanos" (es decir, de combatientes contra el Imperio de Maximiliano), y dedicado al comercio de carbón en la ciudad de México, fue maderista desde 1910 y no dudó en levantarse en armas siguiendo el llamado del Plan de San Luis con la división del general Guillermo García Aragón, con el grado de capitán segundo y ejerciendo funciones de ayudante dentro de su Estado Mayor (4). Se habla incluso de un desastroso combate que habría sostenido entonces en el rancho de El Tejocote (muy cercano a las tierras familiares de los Mondragón, al sur de la hacienda de Ñadó, ya en territorio municipal de Acambay) contra un cuerpo de rurales del distrito de El Oro, cuyo auxilio solicitó el presidente municipal de Acambay, Honorato Serrano. José Riverón, relata el historiador Román García Plata, "salió vencido y apenas tuvo tiempo de huir vestido de mujer" (5).

Lo más probable, sin embargo, es que la participación de Riverón en el conflicto armado se diera sólo hasta 1913, tras el derrocamiento y asesinato del presidente Francisco I. Madero por el traidor Victoriano Huerta en febrero de ese año. José Ángel Aguilar, autor del libro La Revolución en el Estado de México, narra así la forma en que Riverón se unió a quienes pelearon contra Huerta, comenzando por una incursión de revolucionarios en Acambay -en la que probablemente ya estuvo aquél, pero sin que pueda asegurarse-, y continuando justamente con una acción militar en el rancho de El Tejocote que puede ser la misma a la que se refieren otros autores:

A los pocos días [después del 26 de abril de 1913] cinco hombres armados entran a Acambay, exigiendo armas, caballos y dinero, hasta diez mil pesos y amenazando con un próximo saqueo de la gente "que nos está esperando". Emeterio López [enviado en persecución de los sublevados] vuelve a salir de El Oro hacia Acambay y esta vez alcanza a un grupo armado. El subteniente informa telegráficamente que la víspera a las 12 del día dio alcance a los bandoleros, que decían ser carrancistas, en la hacienda de El Tejocote, logrando capturar a seis de ellos así como pudo quitarles caballos, monturas, armas, etcétera.

Si la derrota de los revolucionarios representa cierta alegría para quienes los persiguen, el combate tiene otras ventajas al ser capturados algunos de los sublevados. Más que el botín, que en realidad carece de importancia, lo valioso es que uno de los prisioneros hace sorprendentes revelaciones sobre la actividad sediciosa, incluso de cuatro diputados que se reunían en la ciudad de México en una casa de las calles del Chopo. De los diputados logran saberse dos nombres: Silvestre Raya e Isidro Saavedra; los cuatro legisladores se reunieron con José Riverón Mondragón, quien en efecto aparece como animador del grupo, poseedor además de un depósito de carbón vegetal en las calles de Vidal Alcocer de la propia ciudad capital, donde se puede encontrar a un señor de apellido Tejeda o Tejeira y otro que responde al nombre de José, cuyas señas particulares incluso se proporcionan. Claro que conspiraban contra el gobierno.

A pesar de la diligencia del entonces gobernador, doctor Antonio Vilchis, que proporciona todos estos datos a la Secretaría de Guerra y Marina, nada puede lograrse en lo que respecta a los conspiradores, pues Riverón produce su primer asalto ya sublevado.

Este ataque de Riverón, el primero plenamente documentado, se dio con la toma del pueblo de Aculco el 30 de junio de 1913, al frente de una partida de 16 hombres en la que se contaban Ezequiel Riverón, Camerino Arcos y Alfonso Navarrete:

En junio, el nombre del rebelde José Riverón Mondragón, ocupa la atención del jefe político [de Jilotepec,] Ezeta, porque llega a Aculco, que no ofrece resistencia y lo abandona a las pocas horas, para hacer rumbo a Acambay. Pero el gobierno posee algunos datos en relación con el sublevado; sabe que tiene un depósito de carbón en las calles de Vidal Alcocer en la ciudad de México, en compañía de sus hermanos Silviano y Manuel. Paralelamente, el destacamento de Jilotepec captura allí a Magdaleno Mondragón [primo de José Riverón], Ignacio E. Vizcarra y Leonardo Ocampo. Magdaleno tiene cierta responsabilidad, pues señala a Riverón cuáles son aquellas casas donde viven personas de cierta posibilidad económica, a quienes puede exigírseles dinero y donde pueden encontrarse caballos. Al entrar a Aculco, los rebeldes se llevan como rehén a Jesús Carrero, pidiéndose a su padre algún dinero a título de rescate, sin obtenerlo. Del interrogatorio de los detenidos, surgen mayores datos, en torno a la conjura en México, diciéndose que Riverón Mondragón tomó contacto con Rafael Cerón, dos gendarmes desertores y un agente de la policía reservada cuyo nombre se ignora. (6)

Los años siguientes fueron ya de plena inmersión en la lucha armada dentro del bando carrancista. Entre julio y septiembre de 1913, Riverón combatió en Michoacán y el Estado de México contra fuerzas federales comandadas por los generales Paliza y Cárdenas. Entre octubre siguiente y enero de 1914, ya muy lejos de sus lares, enfrentó en la Sierra Madre del Sur, en el estado de Guerrero, a las fuerzas huertistas. Volvió entonces al centro del país para proseguir su lucha en el Distrito Federal, Guanajuato e Hidalgo. Cinco años después de su rebelión, en julio de 1918, se le confió la formación del 51 y 1er regimientos de Caballería pertenecientes a la brigada José María Morelos, en la 1ª División de Oriente. Con el rango de Capitán primero se incorporó a las fuerzas del general Guillermino García Aragón. Riverón Mondragón se contó también entre los miembros del 31 Regimiento de la Brigada 11 de la división que estuvo bajo las órdenes del general Lucio Blanco y en la Brigada 17, al mando del general Gustavo A. Elizondo.

Al final de la etapa armada de la Revolución, entre el 11 de febrero de 1920 y hasta 1924, Riverón estuvo comisionado en el Consejo de Guerra Permanente de la plaza de Tampico, Tamps. En este último año -terminada la rebelión delahuertista que comprometió a muchos militares de alto rango-, José Riverón Mondragón fue nombrado General brigadier por méritos en campaña por acuerdo presidencial y ratificado por la Cámara de Senadores del Congreso de la Unión. En diciembre del mismo año se le otorgó el Voto de Confianza y Simpatía concedido a todos los generales, jefes, oficiales y tropa que, a partir de 1923 y precisamente en el contexto de la rebelión de Adolfo de la Huerta, se habían mantenido leales al gobierno de Obregón.

Entre el 11 de marzo de 1926 y el 31 de agosto de 1928, José fue parte de la 36a. Jefatura de Operaciones Militares, con el objeto de levantar planos topográficos en Tamaulipas. Entre septiembre de 1928 y marzo de 1929, fungió como presidente propietario del Consejo de Guerra de la plaza de Guadalajara, Jal., y, en la misma ciudad, estuvo comisionado en la 18a Jefatura de Operaciones Militares. De marzo de 1929 a enero de 1933, tuvo a su mando el 3er Batallón Regional de Jalisco.

Aunque según el censo de 1930 que lo sitúa viviendo en Guadalajara (en la calle 17 no. 521, sector Hidalgo) se declaró abiertamente católico, lo cierto es que sus años desempeñando comisiones militares en Jalisco estuvieron marcadas por el combate a los rebeldes cristeros, quienes impulsados por las restricciones impuestas por el gobierno de Plutarco Elías Calles al culto católico se sublevaron espontáneamente en 1926 para defender la libertad religiosa y llegaron a representar una amenaza real para el Estado revolucionario, hasta la suscripción de los acuerdos de coexistencia con la Iglesia en 1929. Un relato que no he podido confirmar se refiere incluso a la muerte a manos de Riverón de Cosme, un niño de doce años que repartía volantes del boycot que los católicos lanzaron contra los comerciantes que apoyaban al gobierno, y que es tenido por mártir de la Cristiada. En esta liga puedes leer el relato completo, que pinta a Riverón como odioso, despiadado y sanguinario. Además, este texto da un dato equivocado: que Riverón fue acribillado por los cristeros a las afueras de Guadalajara.

En 1933, Riverón Mondragón recibió la Condecoración de Perseverancia de 4ª clase por justificar 20 años de servicios. Entre mayo de ese año y junio de 1936, fue jefe de la guarnición de la plaza de Tampico, Tamps., y, de junio a octubre del último mismo año, asumió la comandancia de la guarnición de la plaza de Guadalajara. Posteriormente, desempeñó el cargo de Jefe del Estado Mayor de la 15ª Zona Militar, con cuartel general en Guadalajara (2).

Desconozco la fecha de su fallecimiento.

 

NOTAS

(1) Partida de Bautismo de José Albino Timoteo Riverón Mondragón, no. 1068, 19 de diciembre de 1878. Archivo Parroquial de Aculco.

(2) Diccionario de generales de la Revolución, México, SEP/SEDENA/INERM, 2014, tomo II, p. 880-881.

(3) Roderic Ai Camp, Generals in the Palacio: The Military in Modern Mexico, Oxford University Press, New York-Oxford, 1992, p. 238.

(4) Eliseo Lugo Plata, Antonio Ruiz Pérez, Édgar Serrano Pérez, Acambay 100 años después, 1912-2012, Gobierno del Estado de México / H. Ayuntamiento de Acambay, México, 2012, p. 80; Juan Ortiz Escamilla y David Carbajal López, General Lázaro Cárdenas, fundador de pueblos: La Ruana, Felipe Carrillo Puerto, Michoacán, 1955-2005, EL Colegio de Michoacán, Morelia, 2005; Álvaro Ochoa Serrano, Repertorio michoacano, 1889-1926, El Colegio de Michoacán, Zamora, 1995, p. 168.

(5) Citado por Edgar A. Serrano Pérez, Acambay. Monografía municipal, Gobierno del Estado de México, 1999, p. 83; Juan Montiel Flores, Alfredo del Mazo Vélez: síntesis de una vida luminosa, Gobierno del Estado de México, Secretaria de Educación, Cultura y Bienestar Social, 2002, p. 43.

(6) José ángel Aguilar, La Revolución en el Estado de México, Patronato del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, México, 1977, vol. 2, págs. 112 y 120.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Los toros de San Lucas Totolmaloya

Desde los primeros siglos del cristianismo, los cuatro evangelistas fueron representados habitualmente con otras tantas figuras alegóricas: el toro fue asociado con en el evangelista San Lucas, el águila se consideró distintivo de san Juan, el hombre -o un ángel- representaba a san Mateo y el león era el emblema de san Marcos. Este simbolismo tenía origen en dos visiones proféticas del Antiguo y Nuevo Testamento: la primera de ellas de Ezequiel, que describió cuatro criaturas cuyo rostro tenía apariencia multiforme: "el aspecto de sus caras era cara de hombre, y cara de león al lado derecho de los cuatro, y cara de buey a la izquierda en los cuatro; asimismo había en los cuatro cara de águila" (Ezequiel, 1:10); la segunda, del evangelista san Juan: "El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo era semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre; y el cuarto era semejante a un águila volando" (Apocalipsis, 4:7).

"En la iglesia primitiva" -relata Emile Mle en su libro El arte religioso del siglo XIII en Francia: el gótico- "el miércoles de la cuarta semana se cuaresma se explicaba a los catecúmenos, cuyo bautismo estaba ya próximo, el significado de esos cuatro animales misteriosos. Se les enseñaba que el hombre era figura de san Mateo, el águila de san Juan, el león de san Marcos y el toro de san Lucas, y se les daba las razones". Estas razones, para el caso de san Lucas, según precisa Mle, estaban en el carácter del toro, animal del sacrificio, pues su Evangelio inicia precisamente con el sacrificio ofrecido por Zacarías. Además, san Lucas relata extensamente el propio sacrificio de Cristo en la cruz y, como apunta Olivier Beigbeder en El léxico de los símbolos, "el toro, víctima de la Antigua Ley, hace pensar en la pasión por la que el Redentor sacrificó su vida por la humanidad. El cristiano debe ser igualmente un toro, porque al renunciar a las voluptuosidades, se inmola a sí mismo".

En la hoy parroquia del pueblo de San Lucas Totolmaloya, municipio de Aculco, esta identificación de su santo titular con el toro cobra un carácter casi obsesivo: entre representaciones antiguas y modernas, el toro aparece no menos de diez veces en el templo. En casi todos los casos, las figuras taurinas son relieves aplicados a elementos arquitectónicos y según se deduce de su estilo pertenecen a mediados del siglo XIX, época en la que se renovó la capilla como se lee en una lápida de su fachada.

El primer par de toros lo encontramos en la cara exterior de la peana de la cruz que remata el arco de entrada al atrio. Se trata de unas figuras enfrentadas en bajorelieve que llevan en el costado un símbolo que une una S con una L -"San Lucas"- y que no es otra cosa que el fierro de marcar el ganado de la comunidad que por entonces se utilizaba en ese pueblo. El segundo par de toros, muy semejante al primero, se encuentra justamente en la cara posterior de la misma peana, mirando hacia el interior del atrio.

Por cierto, y déjenme hacer este comentario que interrumpe la descripción pero viene a cuento, la cruz que actualmente se yergue sobre esta peana es moderna; hasta hace seis años existía la cruz original y se encontraba en buen estado como puede verse en la fotografía. Sus cantoneras en forma de tunas era típica de las cruces del virreinato y tenía algunos otros detalles de interés en su decoración incisa... pero desafortunadamente ya se perdió. Ni siquiera se tomaron el cuidado quienes la cambiaron de copiar la original para preservar algo de lo antiguo.

Pero sigamos adelante. Al pararnos frente a la fachada poniente de la parroquia, podemos observar sobre la cornisa, como remates de los contrafuertes a izquierda y derecha, un par de pináculos de cantera formados por un elemento circular que apoya una base prismática sobre la que se levanta una especie de perillón cilíndrico, muy probablemente inspirado en la arquitectura neoclásica pero transformado por el gusto popular. A su frente, cada elemento circular lleva la figura en bajorrelieve de un toro, que difiere de los de la entrada al atrio por su labrado un poco más cuidadoso y porque se añaden otros elementos que identifican a san Lucas como Evangelista: el tintero y las plumas de ave para escribir. Pero en el remate del lado izquierdo aparece también la mano del santo, llevando en ella su pluma. Ambos toros llevan también el fierro de marcar sanluqueño en el costillar.

Al interior del templo, sobre el ciprés o baldaquino neoclásico del altar, se encuentra una pintura de san Lucas, posible obra popular de mediados del siglo XIX. El santo aparece sentado, con el pie derecho apoyado sobre un toro, lleva los instrumentos de pintor en la mano y frente a él, sobre un atril, se observa un cuadro con la Virgen María y el Niño. Esto último porque la tradición señala que san Lucas fue pintor, autor de un retrato de la madre de Cristo, además de médico. Una columna sobre un alto pedestal, cortinajes rojos con fleco dorado y un rompimiento de Gloria con nubes, ángeles y el Espíritu Santo completan la escena.

El toro de esta pintura es, lo recuerdo si el lector no lleva la cuenta, el séptimo.

Dos toros más se pueden ver en la llamada "estampa", es decir, en el relieve que se colocó a espaldas del presbiterio de la iglesia para señalar que ahí, del otro lado, está el sagrario que guarda las hostias consagradas. Esta estampa es una sencilla lápida con una cruz en bajorrelieve que lleva en su pedestal a los dos toros enfrentados, aunque labrados con mayor descuido en sus proporciones y trazo. Estos dos toros ni siquiera llevan el fierro SL.

¿Y el décimo toro donde está? Pues si el visitante ha andado con descuido por el atrio seguramente habrá pasado por encima de él sin darse cuenta. Porque se trata de una figura moderna formada con piedrecillas de distinto color directamente aplicadas sobre el concreto del suelo. Su aspecto es, sin lugar a dudas, el de un cebú. Aunque carece del valor artístico e histórico de las otras representaciones de toros en el pueblo de San Lucas, es valiosa en el sentido de ofrecernos una continuidad en la comprensión del simbolismo asociado con el santo patrón del lugar.

Ya sólo como despedida, y a la manera que en las fiestas de los pueblos de la región las imágenes de otros poblados vienen en procesión a "visitar" el templo local, les dejo aquí una imagen de san Lucas acompañado de su toro, que forma parte de un cuadro que se encuentra en el pueblo también aculquense de San Pedro Denxhi.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Un planito de Aculco de 1898

La Mapoteca Manuel Orozco y Berra, en la ciudad de México, resguarda una de las colecciones más interesantes de planos y mapas antiguos de todo el país. Para el caso de nuestro Aculco, por ejemplo, se localiza ahí el magnífico plano coloreado de la batalla del 7 de noviembre de 1810 en que se enfrentaron las tropas insurgentes de Miguel Hidalgo contra los realistas comandados por el general Calleja, dibujado por uno de los participantes en dicho combate. También están ahí los planos completos del Ferrocarril Cazadero-Solís, que me ayudaron a determinar dónde se encontraba la desaparecida estación del tren de la hacienda de Nadó. Justamente en esta serie de documentos del ferrocarril aparece el plano que hoy quiero mostrarles.

Aunque pequeño y esquemático, este plano en uno de los pocos dibujos antiguos en que aparece la traza urbana de Aculco con razonable precisión. La intención del dibujante, sin embargo, no fue tanto mostrar el detalle de la distribución de calles y manzanas en el pueblo, sino más bien situar su ubicación en un plano mucho más grande que incluye parte de las haciendas de Cofradía y Ñadó. Según una anotación manuscrita, el plano se remonta a 1898.

En este dibujo, la identificación de calles y manzanas con las actuales resulta muy sencilla pues coinciden en casi todo. De cualquier modo, incluyo en la imagen siguiente una numeración que ayudará a comprenderlo mejor. Hay sin embargo dos o tres detalles que llaman la atención y quiero subrayarlos para que no pasen desapercibidos a los lectores. El primero y más importante de ellos es que se puede observar al lado de la parroquia el trazo de una nave corta y perpendicular que no es otra cosa sino la desparecida capilla de la Tercera Orden (número 2), que para entonces todavía estaba en pie. El segundo detalle a notar es la importancia que el dibujante dio a la alberca municipal (número 7). El tercer detalle está en el número 10, donde el dibujante pone de relieve la entrada principal al pueblo desde el norte, que lo era entonces la Calle de la Arena (actual Matamoros), pues el camino hacia Santa María Nativitas que hoy es tan utilizado no era entonces más que un mal sendero de uso vecinal.