sábado, 25 de junio de 2022

"Grandísima puta arrastrada": la historia de José María Aguilar y su infiel mujer (1803-1804)

Perdonarán los lectores de este blog que encabece el texto con tan escandaloso título. Algo hay de curiosidad por saber si el uso de palabras altisonantes atraerá más o menos personas que vengan a enterarse de lo que aquí escribo, aunque también es cierto que de todo lo que voy a contarles son quizá esos insultos los que mejor describen la historia, o por lo menos cómo la vivió el infortunado José María Aguilar. En fin, pido nuevamente me disculpen y no se ofendan por una historia que es completamente real y sucedida en nuestro Aculco hace casi 220 años.

 

El escándalo comenzó a mediados de septiembre de 1803, cuando el criollo José María Aguilar, nacido en Huichapan y avencidado en Aculco, se presentó ante el teniente de justicia de este último lugar, Félix Buentostro, para exponer su caso:

Hace algunos días anduve sospechoso que don Agustín Rivero tenía ilícita comunicación con mi esposa doña María [Encarnación] Villanueva. De tal modo que llegué a hacerle ver a uno y a otra que no me gustaba que dicho don Agustín entrase a mi casa como con efecto se retiró y no frecuentaba visita. Pero de nada me sirvió porque se iban a juntar en casa de Ana María Castañeda que los tapaba por interés. Que tenía esto no sólo yo lo advertía, aún hasta mi hijo pues éste me ha dicho que cuando yo salía se llevaba la dicha Ana María las botellas de vino y tras de ella iba mi mujer a juntarse.

Aquel hijo de Aguilar, llamado José María Porfirio, tenía suficiente edad para percatarse del comportamiento de su madre pues contaba ya con doce años. Además, el cómplice de su progenitora era nada menos que su maestro, quien supuestamente le estaba enseñando a leer. Había sido el propio José María Aguilar quien le había buscado profesor a su hijo, e incluso había alentado en un principio que su mujer le sirviera el chocolate o el almuerzo para que de esta manera cuidara los adelantos del niño. Hasta el día, claro, en que Aguilar notó que se su esposa lo miraba de otra manera.

Una noche oscura, estando yo en el pueblo de Acambay, salieron de mi casa ambos dos y le dijo mi mujer a mi hijo que ya iba a dejar a su señor maestro, que no siguiera. El muchacho empezó a llorar y los siguió hasta que entraron a la casa del prenotado don Agustín. Como quiera que no podían efectuar el destino se considera iban, despacharon a los dos muchachos -a mi hijo y al suyo- a pedir unas pajuelas a la tienda de don Santiago Guerrero para encender velas. Esta estratagema de las pajuelas sólo condujo a quedarse solos como se quedaron a efecto de incontinencia. No se puede negar lo conforme que este se hallaba en mi sospecha pues aún un día de los de la semana pasada lo hallé viendose en la casa de Ana María. Pero en fin, volví a mi casa y le dije a mi mujer "me corto una oreja si no fuere tu alcahueta Ana María".

Si las sospechas de la infidelidad de María Encarnación eran ya para entonces muy grandes, lo que pasó poco después fue para él ya la evidencia indiscutible de que su mujer se entendía con el maestro de su hijo:

El día domingo próximo pasado me fui a las Encinillas a encaminar a mis hermanos y no volví hasta el día martes de esta semana corriente. Llegué a mi casa y hallándola cerrada me pasé a la casa de la mencionada Ana María, como que allí tenía la sospecha de que había de estar. Y al llegar a la casa me columbró su mismo hijo de don Agustín y arrancó para adentro a avisarles, como que lo tenían a prevención. Y mirando yo la acción, arranqué sobre el muchacho y al entrar a la puerta me la tapó don Agustín. Saludándonos me entré adentro asomándome por dónde estaría mi mujer, y no estando arriba de la cama, alcé un petate que la cubría y la hallé debajo en el rincón de la cama escondida.

Ya se imaginarán los lectores la indignación y furia de don José María al encontrar ahí a su mujer. En la declaración judicial que he venido transcribiendo, sin embargo, el ofendido no fue tan elocuente al describir la escena que siguió, por lo que me remito ahora a una declaración posterior que hizo ya ante las autoridades de Huichapan, más de un mes después:

Le dijo "grandísima puta, ya ves cómo eres una arrastrada", y volviendo a ver al otro le dijo "grandísimo cabrón, macuteno, ya ve cómo anda con esa grandísima puta, no había de ver sino que me debe favores" y quréndole dar a su mujer se metió el maestro entre ellos, y entonces salió el que depone [es decir, declara] para afuera a buscar una piedra, y habiendo salido también el otro, cogió una piedra y le dió con ella al deponente en la cabeza de modo que cayó fuera de sí. Y siguiendo a darle le desconchabó una mano y le hizo otras lastimaduras de suerte que ya le suplicaba que por Dios lo dejara con vida.

Mientras Encarnación corrió a refugiarse a la casa del padre don José María Basurto, José María Aguilar, molido a golpes, se levantó como pudo. A la escena llegó don Martín Aranda, primo del maestro y a su pregunta de qué había sucedido le contestó "que había hallado a su mujer con el grandísimo carajo de su primo".

Pero María Encarnación Villanueva no habría de aceptar de ninguna manera que cometía adulterio con el maestro Agustín. Por el contrario, en sus declaraciones afirmó que su comportamiento era por completo inocente, y sólo había ido a aquella casa por la necesidad que tenía de empeñar unas hebillas para mantenerse, ya que el esposo la había dejado hacía días sin medio de sustento:

Habiendo salido dicho Agustín a hacer su diligencia, dejando a la que habla sin medio para mantenerse, por cuyo motivo fue a la casa de Ana María Castañeda, viuda de Pablo (cuyo apellido ignora) a suplicarle fuera a empeñar un par de hebillas de plata a casa del padre don José María Basurto, y no habiéndola hallado entró, y allí estaba el citado maestro, y una cojita llamada Catarina de parte de afuera. Y habiendo oído decir que venía su marido, la deponenta se metió debajo de una cama, de donde la fue a sacar agarrándola de los cabellos. Entonces le suplicó al maestro que la defendiera, lo que hizo éste suplicándole a José María la dejase. Y que le dio una guantada, por lo que el maestro le correspondió con unos puñetazos de tal modo que lo descalabró y le desconcertó una mano, y que viendo la que habla esto se fue a ver al padre don José María Basurto a decirle que su marido había armado un escándalo gravísimo.

La cojita Catarina, india "bastante ladina" y que por ello no necesitó traductor para declarar, respaldó esas aseveraciones. Sólo agregó como detalle dos cosas: que el maestro estaba ahí esperando que le preparan un chocolate para desayunar, y que el hijo del maestro había entrado para avisar que venía don José María no para alertar a la pareja, sino para avisarle al padre en caso de que tuviera aún algo que cobrarle a aquél por sus servicios. Ana María Castañeda, la presunta alcahueta que resultó ser además la nana de José María y estaba ausente cuando sucedieron los hechos, sólo aclaró que Agustín Rivero se encontraba en esa casa para permanecer ahí por ocho días "ínterin se transportaba a la hacienda de Arroyozarco a un acomodo".

Pero en contra de María de la Encarnación hablaba el pasado. Aguilar relató a las autoridades una serie de infidelidades que su mujer había cometido antes, y que él le había perdonado creyendo que podría enmendarse:

Casi desde el principio de nuestro matrimonio, ha correspondido la citada mi mujer a mi amor y buenas advertencias con infidelidad adulterina, pecados y hechos tan públicos que han dado escándalo a los vecinos de los lugares donde hemos vivido y han ofendido a mi honor en los términos más afrentosos.

Habrá cuatro años que estando yo ausente del partido de Aculco (en donde ha sido mi residencia tiempo de diez años), encontré a mi regreso a mi mujer bien golpeada y quebrada la puerta, cuya acción ejecutó la noche anterior un amasio y socio, como consta de las diligencias practicadas en dicho Aculco y remitidas a Xilotepec a pedimento de aquel subdelegado a quien me remito; cuyo agravio por cristiandad y por buenos oficios de dicho subdelegado le remití y condoné, remitiéndome con ella y olvidando la injuria.

Habrá un año estando yo así mismo ausente en mi trabajo, sin fundamento alguno pues tenía por mi orden tiendas abiertas (como haré constar) para abrir mandé lo necesario a expensas de mi trabajo, se extravió con un vinatero de esta tierra según estoy informado, ausentándose en un tiempo de nueve meses, al cabo del cual habiéndola éste largado se apareció en Aculco con sumisión e interponiendo sus mayores respectos con el señor cura vicario, no pudiendo negarme accedí a sus súplicas juzgando cierta la enmienda por lo que no se procedió a proceso en forma.

Ante esta evidencia las autoridades de Aculco dispusieron, tal como solicitaba José María, que se detuviera al maestro Agustín Rivero "con un par de grillos y como hombre extranjero se destierre para que así tenga yo mi vida segura". En efecto, después de estar preso por quince días, Rivero obedeció y se marchó "por la mala nota que daba de su persona y para que por ese medio se evitase disturbio".

Para su esposa, Aguilar exigió darla "en perpetuo depósito, que así lo tiene merecido por las muchas ocasiones que se han practicado diligencias en el juzgado de este mismo tenor". Este "depósito" significaba que la mujer fuera internada en la casa de una familia honorable en tanto se arreglaban sus pleitos o se procedía al divorcio eclesiástico (trámite que no disolvía el vínculo, pero sí ejecutaba la separación de cuerpos y establecía el cese de las obligaciones matrimoniales). El subdelegado de Aculco, atendiendo también esta petición del esposo ofendido, determinó que se depositara a María Encarnación primero provisionalmente en la casa de don José Rivera, comerciante, y después en la de don Miguel Arcaute, donde su esposo la socorrería con lo que adquiriera de su trabajo "para ver si de este modo se reduce a nueva y virtuosa vida, para que siendo satisfecho si así lo verifica trate de proceder a reunirse con ella". Aguilar accedió a darle 6 reales semanarios para su manutención, pero después de cumplir con el pago por dos semanas se ausentó al viajar a Huichapan con su madre para terminar de restablecerse de los golpes que había recibido del amante de su esposa. Según él mismo declaró, le avisó a Arcaute del viaje y le aseguró que si le faltaba alguna cosa a su esposa, se la enviaría.

Cuál no sería su sorpresa cuando, quince días más tarde, el 20 de octubre de 1803 y mientras continuaba en Huichapan, fue llamado a la oficina del escribano público Manuel Peimbert, donde se había presentado su esposa acusándolo de que "la había largado" y abandonado en Aculco. Aseguraba la mujer que, al ver que nada le mandaba su marido, había pedido licencia de buscar un medio para mantenerse. Con autorización del subdelegado, afirmaba, se habia mudado a la casa de su compadre Bruno Millán "a arrimarse", hasta que se acomodó en la casa de don Santiago Legorreta. De ahí había salido para presentarse a las autoridades de Huichapan a exigir justicia.

Aguilar estaba furibundo. Sopechaba que las historias de la mujer eran falsas y que simplemente había huído del depósito, por lo que merecía la cárcel. Más de dos horas gastó el escribano en "persuasión cristana" a fin de reunir al matrimonio (como que no conocía los antecedentes del caso), pero Aguilar se negó rotundamente. Exasperado, dijo que su mujer, "a más de ser una puta, era intolerable su genio, y que por esa razón estaba expuesto hasta a matarlo y que no quería perderse, por lo que suplicaba al juez de esta causa que mejor lo despachara a él a un presidio por delito que no tiene, que no remitirlo a su matrimonio".

Al comprobarse que Encarnación había huido del depósito, fue apresada y mantenida con grillos "para asegurar el que no haga fuga". Pero José María no tuvo mejor suerte y fue también se le aprehendió. No queda clara la razón con la que los jueces reales justificaron la prisión del marido, pero hablando de ellos y quizá otros jueces anteriores, los acusó de haber "patrocinado a los adúlteros por servirla a ella y abochornándome a mí hasta con capturaciones" y que con esos patrocinios "ha tenido dicha mi mujer más libertad y desvergüenza para sus adúlteros excesos, repitiéndolos con diferentes personas, atropellando a su marido y haciendo fuga de mi lado y compañía por un tiempo hasta que a fuerza de mucho trabajo la he encontrado".

El juez de Huichapan, visto que Aguilar se resisitía firmemente a juntarse nuevamente con su esposa, ordenó que las autoridades eclesiásticas señalaran un plazo para que el agraviado presentara formalmente la demanda de divorcio. A principios de enero, se enviaron las diligencias del caso a don Luis Carrillo, cura de Aculco, así como la persona de María de la Encarnación Villanueva (Aguilar había llegado ya con otra conducta). Justificando que en Aculco se carecía "de letrado, defensores y demás" para encargarse de un caso así, el 15 de febrero Carrillo envió los documentos y la mujer al juez provisor general del Arzobispado de México, en la capital del país. Parece broma, pero Encarnación era tan recurrente en sus extravíos, que cuando se le condujo a la Ciudad de México, "con sus conductores anduvo embriagándose y cometiendo excesos", según acusó más tarde su esposo.

Por esos mismos días, Aguilar solicitó finalmente de manera formal el divorcio eclesiástico:

Que se estorben los pecados gravísimos que contra Dios se están cometiendo, que viva con seguridad mi persona, y que se castigue a los reos declarándose el divorcio formal de mi matrimonio, que es el fin al que conspiro con suficientes méritos, para vivir con quietud y lograr la salvación de mi alma.

Pedro José de Fonte (que en 1816 llegaría a ser arzobispo), recibió en la capital a Encarnación. Pero el 21 de febrero la envió de regreso junto con los papeles del caso, comisionando al padre Carrillo para que todo se resolviera en Aculco "hasta ponerla en vía de sentencia". Nuevamente parece broma, pero el conductor Miguel Ramos y su acompañante llegaron al pueblo con las manos vacías: la Villanueva se había fugado al pasar por Arroyozarco.

Hasta mediados de marzo seguía sin ser hallada, pero de los papeles del caso parece desprenderse que en abril María Encarnación había regresado y vivía en la casa de su suegra en Huichapan. Su marido tuvo que ausentarse otra vez por esos días y cuando regresó el 14 de mayo, su madre le informó que 24 días antes su mujer había huído de la casa "y no se supo por dónde".

No se sabe tampoco si alguna vez retornó.

 

(Toda esta historia se puede seguir con detalle en los documentos anexados al libro de Informaciones Matrimoniales de 1712 a 1808 del archivo de la parroquia de San Jerónimo Aculco, marcado con el número 4.)