viernes, 6 de diciembre de 2013

Un par de estribos coloniales

La relación de tres siglos de Aculco con el Camino Real de Tierra Adentro, debió dejar, más allá de las huellas arquitectónicas en caminos, puentes, mesones y haciendas que en buen o mal estado se conservan, numerosos objetos relacionados directamente con el tránsito por esta vía, la más importante de la Nueva España. Tal vez es difícil de imaginar ahora, pero en su momento las calles del pueblo debieron estar llenas de carros cargados de los más variados productos del interior del país, los herreros y carpinteros trabajando sin darse abasto en reparar ruedas y ejes averiados, decenas o hasta cientos de mulas, con todos sus arreos, esperando a ser cargadas por los arrieros, algún caporal o mayordomo luciendo su traje de campo ornamentado en plata, más cercano al del chinaco que al charro como lo conocemos hoy, montando su caballo ricamente enjaezado. En fin, una estampa en la que casi todos los objetos que veríamos nos parecería extraño y difíciles -si no imposibles- de encontrar en el Aculco actual.

Aculco sigue siendo un lugar de gente de a caballo como antes -y parece que en los últimos años cada vez en mayor número y más entusiasta-. Los silleros de varios notables charros de Aculco guardan preciosas sillas de montar de faena, piteadas, chumeteadas, hermosos sombreros de fieltro y algunos de "pelo de llama" al estilo del siglo XIX con sus toquillas bordadas en plata, trajes con hermosas botonaduras bien trabajadas, arreos más bien escasos como chivarras y armas de agua, frenos y espuelas con incrustaciones de plata, etcétera. Pero son objetos que, a lo más, tendrán 100 o 130 años: se remontan tan solo, cuando mucho, al Porfiriato. De aquellos otros hombres de a caballo de hace dos o tres siglos, los del Virreinato, casi ningún vestigio material ha quedado. Esto es en buena medida algo natural: los arreos, por ricamente que estuvieran trabajados, estaban hechos para cumplir una función específica, ruda además, que normalmente limitaba su tiempo de vida. De ahí que los objetos charros coloniales sean sumamente escasos y por ello muy apreciados y valiosos.

De esos objetos charros coloniales, en Aculco sólo conozco dos medianas colecciones de frenos (no muy bien conservados) del tipo que hoy se suele llamar "zacatecano", pero que en esta región era más conocido por "mulero". Tienen este tipo de frenos la característica de poseer una barbada formada por una argolla rígida que se une al bocado, lo que significa un gran castigo para la cabalgadura y que por esa razón están prohibidos por la Federación Mexicana de Charrería en competencias oficiales. Éstos y algunos fierros de marcar ganado eran, hasta hace poco, los únicos objetos charros reconocibles en Aculco como vestigios de la gran época del Camino Real de Tierra Adentro, posiblemente empleados en las recuas de mulas que hasta principios del siglo XIX representaban una importante fuente de recursos para sus habitantes.

Muy recientemente, sin embargo, traídos de otro lugar de nuestro país, se incorporó al inventario de arreos charros legítimamente virreinales un par de estribos de madera del siglo XVIII, excepcionales por su raro diseño y magnífica calidad. Aunque en los museos y algunas colecciones privadas existen ejemplos notables de estribos de la época -algunos de ellos de calidad superior en el trabajo de la madera- estos estribos ahora aculquenses son especiales por su belleza, extraña conformación, originalidad y magnífico estado de conservación. Y cosa rara en objetos de este tipo, forman el par completo.

Los estribos más lujosos de aquella época se elaboraban en metal, a veces plata, y adoptaban una característica forma de cruz. De ellos han sobrevivido bastantes ejemplares -pocos formando pares- gracias al material con que eran fabricados. En cambio, de los estribos más populares o de aquellos que se usaban en el campo para las faenas charras muy pocos se han llegado a conservar pues se elaboraban en materiales perecederos como la madera y el cuero. Aunque normalmente los estribos campiranos eran sencillos, entre los rancheros ricos de la época barroca alcanzaron cotas verdaderamente artísticas, sacrificando incluso la ligereza y practicidad al lujo y la ostentación.

Como puede verse en las fotografías, los estribos que presentamos ahora se ajustan a las características arriba señaladas. Incluso, he llegado a sospechar, por su riqueza y buen estado de conservación, que más que tratarse de objetos utilitarios bien pudieron haber sido elaborados con intención ornamental para la imagen ecuestre de algún santo, como una escultura de Santiago o San Martín.

En primer lugar, este par de estribos llama la atención por su gran tamaño. Su silueta adopta la forma de campana casi natural para esta clase de artefactos, ancha en la base y estrecha en la parte superior, describiendo una curva. Con el hueco horadado en el cuerpo del estribo donde se introducen los pies, la silueta se torna un perfil arqueado que el artesano aprovechó para formar el cuerpo serpentino de un grifo de dos cabezas, labrando escamas en toda su superficie, al frente y al reverso. Las cabezas del grifo se unen mirando en direcciones opuestas en la parte superior del estribo, dejando entre ellas el hueco que los unía con la arción, tomando el aspecto de una bestia de dos cabezas. Estas cabezas, hermosamente talladas para ser apreciadas desde todos los ángulos, se apegan a la representación tradicional de los aquellos seres mitológicos: pico y cabeza de águila, mirada fiera y crestas de plumas (u orejas) en la parte posterior. Curiosamente, las escamas más próximas a la cabeza adoptan la forma aguzada de plumas, más cercanas a las caracterización general de los grifos con plumas en lugar de piel de reptil.

Aunque me parece a mí que estos estribos son obra del siglo XVIII por su carácter barroco, lo cierto es que hay algo en esas cabezas de grifo -quizá sólo el que se haya elegido una representación mitológica procedente del pasado Clásico- que me hace pensar en las obras renacentistas del siglo XVI. Incluso la primera vez que vi estos estribos, las líneas del labrado de esas cabezas me trajo a la mente inmediatamente el recuerdo de las antiguas sillerías de los coros de las catedrales españolas, adornadas con motivos semejantes, aunque naturalmente de una calidad artística superior.

Para bien o para mal, estos estribos que ya se habían convertido en aculquenses por formar parte de la colección de un entusiasta de este pueblo, se encuentran en venta, pues su propietario lo ha decidido así y es muy factible que salgan de Aculco en un momento dado. En el pueblo, como decíamos arriba, existen varios grandes aficionados a la charrería que poseen buenas colecciones de arreos charros. Sería estupendo que alguno de ellos se entusiasmara con estas piezas tan excepcionales y antiguas, y decidiera adquirirlas para que, en propiedad particular como hasta ahora, permanecieran incorporados de alguna manera al patrimonio de nuestro pueblo, como un recuerdo tangible del campo mexicano en los años del Virreinato. Si alguno de ellos lee este texto y está interesado en ellos, puede enviar un mensaje a este sitio para que lo dirija con el propietario de tan hermosos y raros objetos.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Nuestra Señora de la Luz y su marco fragmentario

I. La imagen y devoción de Nuestra Señora de la Luz

Cualquiera que haya dedicado su atención a las imágenes que se veneran al interior del templo parroquial de Aculco, habrá notado que, con pocas excepciones, sobreviven muy pocos ejemplos de lo que debió ser su decoración barroca de los siglos XVII y XVIII, perdida seguramente a partir de la década de 1840, cuando a la reedificación de las bóvedas siguió la ornamentación de su interior al gusto neoclásico de la época. Entre las pocas excepciones, se encuentra el óleo que representa a Nuestra Señora de la Luz, colocado desde largo tiempo atrás sobre la puerta que antiguamente daba acceso desde el templo principal a la desaparecida Capilla de la Tercera Orden, y que destruida ésta dio paso en la década de 1950 a un pequeño bautisterio que hoy funciona como Capilla del Santísimo Sacramento.

La de Nuestra Señora de la Luz es una devoción de origen italiano, pues tiene su origen en Palermo aproximadamente en 1722. Esta advocación está directamente relacionada además con la Compañía de Jesús, pues fue un religioso de esa orden, el padre Juan Antonio Genovesi, quien encargó la realización de la imagen original, de acuerdo con la siguiente tradición:

Deseando un esclarecido religioso de la Compañía de Jesús, el P. Juan Antonio Genovesi, consa- grar su vida al bien de las almas“trabajando en las santas misiónes, y poniendo sus apostólicos trabajos bajo la protección de la inmaculada Reina del cielo, anbelaba ardientemente saber bajo que invocación imploraría a la Santísima Virgen y en qué forma la presentaría alos fieles como su especial abogada y protectora. Salió de su perplejidad con la determinación de acudir a una ejemplar religiosa a quien Dios favorecía con extraordinarias manifestaciones para pedirle que obtuviese de la Virgen Santísima el que se dignara indicar la invocación con que debía implorarla, y la forma en que más de su agrado fuese ser representada a los fieles. La Virgen Santísima complaciendo al celoso misionero se dignó aparecer a aquella santa religiosa en forma tan bella y divina que la dejó singularmente maravillada con la manifestación de tan celestial hermosura. En esta sobrenatural visión sobresalía la afabilidad y ternura que resaltaba en el rostro de María, y el torrente de luz que de aquel semblante divino se despren— día era de tal viveza que no hubiera podido compararse ni con la del sol en su mayor esplendor. Manifestó la Santísima Virgen a la religiosa que aceptaba el obsequio que el misionero le hacía consagrándole sus apostólicos trabajos, y que en la forma en la que la veía quería ser venerada, y por último, que la divisa en que se le debería invocar sería la de Madre Santísima de la Luz.

Se procedió luego a hacer el retrato de la Virgen Santísima, en la forma en que se había dejado ver, mas el trabajo del pintor quedó muy lejos de satisfacer al religioso porque no concordaba con los detalles con que la Divina Señora se había manifestado. La Santísima Virgen intervino bondadosamente al grado de dejarse ver otra vez por la religiosa , de hacer que estuviese ella presente al trabajo del pintor, de mostrarse a la misma religiosa en el tiempo mismo en que el pintor hacía su obra; y de esa suerte, el pintor guiado por las indicaciones de la religiosa, y más que todo, trabajando bajo el impulso de la Santísima Señora, como ella lo tenía ofrecido, concluyó la hermosa copia de la Madre Santísima de la Luz, la que, una vez concluida, bendijo la Reina del cielo, siendo aquella bendición el feliz augurio de los celestiales favores que los fieles obtendrían con la veneración de la divina imagen.(1)

La imagen, prosigue esta crónica, fue donada diez años después a la iglesia de la Compañía de Jesús de aquella ciudad siciliana. Por alguna extraña determinación, los jesuitas decidieron echar suertes para decidir a cuál de las casas de la orden dispersas por todo el orbe debía ser enviada aquella imagen milagrosa. Cuenta la leyenda que tres veces se repitió el sorteo y en las tres resultó favorecido el colegio jesuita de la ciudad de León, Guanajuato. La imagen, en efecto, fue enviada a la entonces Nueva España y llevada al templo leonés. Al reverso de ella se escribió una patente que certifica ser la original según carta de donación del propio padre Genovesi, de 1729, si bien la imagen no llegó sino hasta 1732.

La devoción a Nuestra Señora de la Luz se extendió, por supuesto, de mano de los propios jesuitas: fue declarada patrona de las misiones de la Compañía en 1756 y por su propio nombre se le opuso, con alguna frecuencia, a las "falsas luces" de filosofía del siglo. Muy rápidamente se convirtió en una de las imágenes más frecuentes en las iglesias y hogares mexicanos. Hasta tal punto, que ni siquiera la expulsión de los jesuitas en 1767 logró reducir su culto y así la propia ciudad de León la juró en 1770 como patrona contra los rayos y tempestades, y en 1777 se solicitó la aprobación de las constituciones para formar en la parroquia del lugar una cofradía bajo su protección. Ya en la Guerra de Independencia, fue proclamada "defensora y caudilla" de León, se le ofrendó un bastón de mando de oro y a su gracia se atribuía que esa ciudad apenas hubiera sufrido por la contienda.

Iconográficamente, la advocación de María Santísima de la Luz muestra a la Virgen María con túnica blanca y manto azul, apoyada en querubines, sosteniendo con la mano derecha, por la muñeca, a un alma a punto de caer en las fauces del demonio. En el brazo izquierdo María carga al Niño Jesús, quien escoge un par de entre los corazones ardientes (que simbolizan el amor a Dios) que un ángel le ofrece en una cesta. En la parte superior, un par de ángeles la coronan como reina del cielo. En 1771, durante el IV Concilio Provincial Mexicano, ya expulsados de los territorios españoles los jesuitas y cuestionándose algunas de las devociones por ellos promovidas, se discutió si era teológicamente correcta la la acción de la Virgen de sacar a un alma de las fauces del demonio, siendo que sus atributos le permiten ser intercesora de una acción así, pero no actora. Así, se determinó suprimir la figura el demonio de las imágenes de Nuestra Señora de la Luzy se le sustituyó con otras alusiones al Purgatorio, el Infierno o el pecado, no sólo en las pinturas nuevas, sino aún retocando las más antiguas. Aunque por supuesto esta orden no debe haber sido acatada de inmediato ni en todos los casos, puede ser un buen indicio para intentar fechar una imagen de esta advocación. Cierto que hay evidencia también de que, tras la independencia, los artistas regresaron con gran frecuencia a su diseño original.

II. El marco fragmentario de la imagen de Aculco

La imagen aculquense de Nuestra Señora de la Luz sigue fielmente la iconografía tradicional de la advocación. La orla del manto de la Virgen se enluce con hilo metálico, quizá dorado, y en algún tiempo llevaba unos aretes reales de perlas de río que le fueron robados no hace muchos años. Realizada por un pintor más bien mediocre, no es seguro siquiera que pertenezca al siglo XVIII, pues en su trazo parece haberse perdido ya la inspiración barroca. Lo que es barroco y dieciochesco sin duda es su marco, coronado por una elaborada composición formada por retorcidas hojas de acanto con una venera en la cúspide. Del lado izquierdo desciende un adorno formando una especie de guirnalda que en el lado derecho se ha perdido. A simple vista, yo daría como 1750 la fecha probable de elaboración de este marco, de acuerdo con sus características formales y estilísticas.

Sin embargo, al observar con más cuidado este remate, saltan enseguida a la vista una serie de irregularidades que difícilmente se pueden atribuir al simple capricho del artista barroco. De hecho, salvo por la venera y una especie de jarrón ubicado en la parte más baja , no existe la menor simetría en él. Tal parece que el remate hubiera sido formado por partes tomadas de otro marco de distinto tamaño y características o de incluso de un retablo desechado para adaptarlas a su nuevo uso. Según mi interpretación, quizá una docena de piezas que originalmente formaban un par de obras distintas fueron ensambladas para elaborarlo. Se trataría, pues, de un marco fragmentario, siguiendo la terminología acuñada por Manuel González Galván:

Sin exagerar, ¡miles y miles de retablos! fueron ahuyentados de las iglesias, destruidos, quemados, fragmentados. Así desapareció la memoria de sus estructuras en sus distintas modalidades: salomónicas, estípites, tritóstilas [...] A pesar de la muerte y desoladora desaparición, un compás de espera histórica hizo llamar de nuevo a los supérstites para que se reunieran, aunque carentes de cartas de identificación los más, pero sólo a condición de afinidad formal y devocional, en breve gregaciones formales: éstos son los retablos fragmentarios.

El caso del marco aculquense es por su puesto un caso menor de estas agregaciones de partes de una obra anterior para constituir una nueva. Ejemplos mayores son los del retablo principal de la capilla de La Conchita, en Coyoacán, y el altar mayor del templo del convento de San Diego Churubusco. Con todo, permite suponer algunos detalles, por mínimos que sean, del tipo y época de la decoración barroca preexistente en la parroquia de Aculco antes de la transformación neoclásica de su interior.

(1) Album dedicado a la Madre Sma. de la Luz, patrona de la Diócesis de León con motivo de la solemne coronación de su imagen original verificada el 8 de octubre de 1902, México, 1903, Imprenta Comp. Editorial Católica, pp. 7-10.

(2) Manuel González Galván, Trazo proporción y estilo en el arte virreinal, México, 2006, UNAM-IIE / Gobierno de Michoacán / Secretaría de Cultura, p. 349.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Aquellos ojos verdes (2012), un corto de Joe Rendón

En varias ocasiones anteriores he hablado en este blog de las veces que las calles y paisajes de Aculco han servido de locación para la filmación de películas, cortometrajes, videos musicales, documentales, telenovelas o anuncios de cine y televisión. Aquella lista ha crecido en años recientes no sólo al descubrir alguna producción hecha en nuestro pueblo de la que no tenía noticia, sino también por la creación de nuevos filmes de todo tipo enmarcados principalmente en la arquitectura tradicional del lugar, así como en sitios específicos como la cascada de La Concepción.

Es curioso, pero la mayoría de las veces los realizadores de estos trabajos poco se ocupan por difundirlos en los lugares en que fueron producidos (con excepción de las telenovelas, que por el alcance y penetración de la televisión en los hogares mexicanos, no necesitan hacerlo). De ello resulta que, aunque con relativa frecuencia vemos cámaras rodando escenas en las calles de Aculco, muchas veces acabemos sin tener idea ni de la historia ni del resultado final de la filmación.

Algo así pasó con Aquellos ojos verdes, un cortometraje de Joe Rendón con locaciones interiores y exteriores en Aculco. A muchos emocionó la presencia de Héctor Suárez en el pueblo e incluso se difundió una entrevista con él hecha para un medio local de Jilotepec. Pero pasó el tiempo y estoy seguro de que pocos aculquenses habrán visto el cortometraje. La buena noticia es que ahora pueden verlo aquí en Vimeo. Enseguida, mostramos algunos stills de este cortometraje, en el que ciertamente no se escatimaron las tomas de Aculco, principalmente en la Casa de don Juan Lara Alva, la calle de Iturbide, el Portal de los Arcos, la Calle de Morelos y la Quesería Lupy, el atrio de la parroquia, etcétera.

Ficha del corto

En el ocaso de la enfermedad de su esposa, don Jaime, un viejo sastre mexicano se embarcará en su rutina diaria y, poco a poco, va a redescubrir la belleza en las pequeñas sorpresas de la vida, sólo para volver a casa y compartir con ella un acto final de amor incondicional.

Cortometraje mexicano dirigido por Joe Rendón. Seleccionado para "la esquina del cortometraje" del Festival de Cannes en 2012, así como en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara 2012, el Festival de Cine Latino de Puerto Rico, el Festival Internacional de Cine de Guanajuato 2012, Ty el Festival Internacional de Cine de Tenerife 2012.

Reparto: Héctor Suarez, Rodolfo Nevarez, Valeria Maldonado, Pablo Astiazarán, Rafael León, Miriam Calderón.

Fotografía: Khristian Olivares

Música Original: Andrés Franco Medina-Mora

Edición: Alan de Luca Brown / Joe Rendón

Escrito y dirigido por Joe Rendón

Corrección de color: New Art Digital, Mexico.

viernes, 22 de noviembre de 2013

La casa de Bernarda Alba y sus locaciones en Aculco

El gran poeta y dramaturgo español Federico García Lorca escribió la obra teatral en tres actos La casa de Bernarda Alba -considerada por muchos críticos el mejor de sus trabajos- en 1936, el mismo año de su injusta muerte, fusilado en plena Guerra Civil Española. En La casa de Bernarda Alba, Lorca intentó retratar la "España profunda" de la época: una mujer de 60 años, Bernarda, que acaba de enviudar y ejerce dooe matriarca de una familia formada enteramente por mujeres (incluso las criadas), decide que todas deben guardar luto por el marido muerto durante ocho años. La única libre del luto es la hija mayor, Angustias, cercana ya a los 40 años pero próxima a casarse con un personaje que nunca aparece en escena, Pepe El Romano, y que además es la heredera de la mayor parte del patrimonio dejado por el padre. Todas las mujeres de la casa sufren el encierro impuesto por Bernarda, la ausencia de futuro y al mismo tiempo fantasean con Pepe El Romano. A quien por cierto, no le atrae tanto la madurez y bienes de Angustias sino la juventud de la hija menor, Adela.

Sólo hasta 1945 este drama fue publicado y estrenada en los escenarios teatrales por Margarita Xirgu.

El director de cine Luis Buñuel, gran amigo de Lorca desde sus años en la Residencia de Estudiantes de Madrid (donde también trabó amistad con Salvador Dalí, Rafael Alberti y Juan Ramón Jiménez), emigró en 1925 a Francia y realizó allá sus primeras películas. Filmó allí su famoso cortometraje surrealista Un perro andaluz (1928), título con el que Lorca se sintió ofendido y llegó a decir "Buñuel ha hecho una mierdecita así de pequeñita que se llama Un perro andaluz; y ese perro andaluz soy yo". Buñuel siempre negó la alusión a su amigo.

Después de un largo periplo por Francia, España y Estados Unidos a la caza de proyectos de cine que muchas veces se frustraron, en un momento en que se encontraba sin dinero y sin proyectos, Buñuel se encontró en 1946 en una cena en Los Ángeles, California, con Denise, viuda del protagonista de Un perro andaluz, que se había vuelto a casar con el productor Ronald Tual. Por entonces proyectaban casualmente rodar una versión fílmica de La casa de Bernarda Alba e invitó a Buñuel a dirigirla. Al principio Buñuel se negó, pero no tenía en realidad tantas opciones como para persistir en su negativa. Así que acompañó a Denise a México, desde donde volarían de regreso a París. Pero al llegar a nuestro país se enteraron de que los derechos de la obra habían sido vendidos ya a otra productora que había ofrecido más dinero que ellos.

Si al principio debió sentir una enorme frustración por hallarse nuevamente sin proyectos y en un país extraño, lo cierto es que México acogió rápidamente a Buñuel y nuestro país acabaría por convertirse en su segunda patria, hasta el punto de naturalizarse mexicano. Entre México y Francia realizaría prácticamente todas las películas que le dieron fama. Pero afirman que siempre le quedó la desilusión de no haber logrado filmar aquella película basada en la obra de su amigo Lorca que, inesperadamente, lo había traído a tierras mexicanas.

Gustavo Alatriste, amigo de Buñuel y productor de algunas de sus mejores películas -como Viridiana (1961), El ángel exterminador (1962) y Simón del desierto (1965)- decidió en 1980 convertir aquel sueño de Buñuel en realidad. Así, produjo y dirigió una versión cinematográfica de La Casa de Bernarda Alba que dedicó al propio director español ("a don Luis Buñuel, por las horas muertas en las que me platicaba de Federico") y aderezó con algunos guiños surrealistas siguiendo el estilo del director aragonés. Apegada en su mayor parte a la obra teatral de Lorca, no deja sin embargo detalles a la imaginación del espectador, sino que casi cada diálogo que se refiere a sucesos vistos u oídos por los protagonistas, pero que no aparecen representados, se transforma en la película en una escena real. Incluso la presencia de Pepe El Romano, que en el drama es continua pero tácita, Alatriste la convirtió en un repetido rondar del actor que lo encarna, Manuel Capetillo Jr., junto a los muros y rejas de la casa.

Y es aquí donde entra a escena -literalmente- Aculco, pues todos los exteriores de la película fueron rodados en nuestro pueblo, aprovechando ese aire extremeño-andaluz de su arquitectura. La Casa de don Juan Lara Alva -extraña coincidencia de apellidos- fue elegida para aparecer como la propia morada de Bernarda Alba, sobre todo en su fachada pero también en alguna toma interior. Incluso el diseño de la escenografía en foro para los interiores parece basarse en la casa aculquense, aunque adaptado a la obra, reducido en dimensiones y estilizado en sus detalles para crear mejor el ambiente de una casa andaluza. Otras locaciones aprovechadas por el director fueron el atrio de la parroquia, la bajadilla que va del mismo atrio hacia la Plazuela Hidalgo, el corral de la Casa de la familia Lara Mondragón, la calzada llamada La Ceja y la calle Juárez.

Lo mejor, sin duda, de la película La casa de Bernarda Alba fue el reparto, encabezado por la reconocida actriz española Amparo Rivelles, fallecida hace apenas unos días, en el papel de Bernarda Alba. Magda Guzmán representaba a Poncia, la criada más vieja de la casa, Rosenda Monteros aparecía como Martirio y Laura Cepeda como la hija menor, Adela. Pepe El Romano, ya lo hemos dicho, lo encarnó un jovencísimo Manuel Capetillo Jr. En la página de internet de IMDB es posible ver la ficha completa con otros detalles de este filme.

La Casa de Bernarda Alba de Alatriste fue estrenada en 1982, pero yo no pude verla completa hasta hace unos pocos meses. Probablemente muchos aculquenses tampoco llegaron a verla en el cine, pero aquellos que presenciaron la filmación, o que incluso participaron como extras, seguramente conservan aún buenas memorias de aquellos momentos, fotografías o tal vez alguna anécdota. Yo recuerdo, sobre todo, aquel hermoso caballo retinto de Capetillo que me quedaba literalmente al alcance de la mano, pues durante varios días guardaron en la caballeriza de la casa de mis abuelos.

En este enlace de Youtube puedes ver completa la película La Casa de Bernarda Alba.

Pero ya sabemos que de Aculco hay mucho que fue y ya no es. Al ver la película, admire el espectador el arbolado de la calle Juárez y compárelo con su aspecto actual, en el que muchos árboles han muerto, otros tantos han sido talados y el resto luce como muñones después de las podas a las que los sometió la Comisión Federal de Electricidad para evitar que las ramas dañaran los cables de energía eléctrica.

domingo, 17 de noviembre de 2013

La Virgen de Guadalupe en Aculco

La difusión del culto a la Virgen de Guadalupe en la Nueva España es un asunto que ha recibido la atención de diversos investigadores. Más allá de la Ciudad de México, su sitio de origen, donde los testimonios más antiguos dan fe de la gran devoción que despertaba entre los naturales y españoles, a lo largo del siglo XVI son muy pocos los lugares en lo que se ha demostrado la existencia de la veneración a la imagen del Tepeyac. Parece ser que el culto al interior del territorio novohispano alcanzó primero las ciudades criollas que los pueblos de indios por una razón muy clara: si bien es cierto que los franciscanos que evangelizaban buena parte del virreinato mostraron siempre una especial veneración por María en su advocación de la Inmaculada Concepción (a la que iconográficamente puede asociarse la Virgen de Guadalupe), también es muy cierto que, al trabajar directamente con los indígenas, recelaban de las imágenes -como aquella- en la que percibían algún sincretismo o resabio de idolatría. Lo cierto es que "de manera paulatina, pero firme, esta devoción se extendió durante la década de los años treinta del siglo XVII hacia urbes como San Luis Potosí, Valladolid, Puebla, Guadalajara y Zacatecas".(1) La secularización de las doctrinas en manos de los misioneros para entregarlas a sacerdotes diocesanos, iniciada en el siglo XVI pero impulsada sobre todo a partir de 1749, favoreció asimismo su difusión en los pueblos de menor importancia.

Más allá de ello, fue sin duda la Nueva España barroca, orgullosa y ostentosa, que convertía la vida cotidiana en todo un teatro de maravillas, que en las fiestas exaltaba su riqueza y desbocada imaginación; ávida de milagros, sucesos sobrenaturales, que se sabía ya diferente de España y encontraba en todo -el paisaje, la mezcla étnica, la fauna, los alimentos, las costumbres y las devociones- razones para sentirse única, fue ella la que con mayor vehemencia exaltó y extendió el culto a la Virgen de Guadalupe. Como escribió Carlos Herejón Peredo:

[El período] de 1732 a 1756 de distingue por la marcha vertiginosa del culto guadalupano a través del púlpito [...]. Anteriormente la Inmaculada Concepción había sido el tema mariano más pregonado en el púlpito. En adelante la Virgen de Guadalupe lo desplaza, o mejor dicho lo reasume. Al mismo tiempo ocurren las mayores sanciones oficiales al culto guadalupano: en 1737 la Virgen de Guadalupe es declarada patrona de la Ciudad de México y nueve años más tarde de toda la Nueva España; en 1754 el Papa Benedicto XIV aprueba el patronato nacional y concede y oficio y misa propios a la festividad del 12 de diciembre [...]. México entraba con credencial propia y distinguida al universo de las naciones.(2)

Aunque la tradición cuenta que al conocer la copia de la imagen de la Virgen de Guadalupe pintada por el afamado Miguel Cabrera, el Papa exclamó la frase tomada del Salmo 147 Non fecit taliter omini nationi ("no hizo cosa tal por pueblo alguno"), lo cierto es que la arrogante Nueva España le había ya adjudicado el epígrafe a la imagen por lo menos desde 1681.(3)

¿Cómo saber cuándo arribó y cuándo adquirió fuerza el culto guadalupano en Aculco? Es un asunto de difícil, pero quizá no imposible solución: consultando los libros sacramentales que se conservan en el archivo parroquial, algunos de los cuales se remontan a 1606, quizá sea posible señalar alguna década de los siglos XVII o XVIII en los que el nombre de Guadalupe comenzó a hacerse frecuente al bautizar a los niños, particularmente los nacidos el 12 de diciembre. Es sin duda una tarea ardua, pero por fortuna se pueden consultar estos registros en línea, en el sitio www.familysearch.org, lo que facilitará enormemente la tarea a quien decida emprenderla.

Pero hay por cierto un indicio que nos permite suponer que quizá a principios del siglo XVIII la devoción no estaba todavía arraigada en Aculco y se encuentra curiosamente en su más importante monumento arquitectónico: la fachada de la parroquia de San Jerónimo, concluida en 1701. Como recordarán los lectores habituales de este blog, esta fachada lleva en su remate un relieve que representa los desposorios místicos de Santa Rosa de Lima. Resulta significativo que el diseñador de la iconografía de esta portada eligiera dicha escena, que como observó la historiadora de arte Elisa Vargas Lugo reúne a la santa peruana con un indio arrodillado que representa a México, "interpretado con franco espíritu americanista y oficio nativo" (4), en lugar de un relieve guadalupano que habría cumplido mejor su aparente intención nacionalista criolla. Al mismo tiempo, es de destacarase la presencia en la propia fachada de una Inmaculada Concepción no guadalupana en el nicho inmediatamente inferior al de los desposorios y de otra muy bella imagen barroca con la misma advocación en el interior del edificio, lo que partece indicar que, usando las palabras de Herrejón, el culto de una no había sido "reasumido" aún por la otra.

Con todo, es casi seguro que en la segunda mitad del siglo XVIII, y en particular después de la secularización de la parroquia de San Jerónimo Aculco en 1759, el culto a la Virgen del Tepeyac se estableciera ya con firmeza en la región y fue entonces cuando la imagen comenzó a ser reproducida en el arte local, como veremos, tanto en la pintura como en la escultura.

Seguramente la imagen más importante entre las guadalupanas que se conservan en el pueblo es la que se encuentra en la parroquia. Se trata un óleo de factura popular que representa no sólo la imagen misma (con algunos defectos en sus proporciones), sino la tilma en que está imprimada. Sin más indicios que sus características formales y materiales, me parece a mí obra de la segunda mitad del siglo XVIII y me atrevería a situarla entre 1760, poco después de la secularización, y 1799, por su bello marco de calamina similar al que resguarda el gran cuadro de ánimas fechado en este último año. El retablo neoclásico en el que se encuentra, el más cercano al presbiterio del lado de la epístola, seguramente fue destinado desde su origen a albergar esta imagen. En el inventario parroquial levantado el 6 de marzo del 1918 por el cura don Rafael G. Morán, al entregar el templo a su sucesor el presbítero don Antonio Ochoa (del que existe copia en el Archivo Histórico Municipal), se advierte sin embargo que este altar lucía entonces más ornamentado:

ALTAR DE NTRA. SRA. DE GUADALUPE.

1 Cuadro grande, forrado de yarda, con la imagen de Nta. Sra. de Guadalupe, vidrio.

2 Esculturas de Stos. viejos.

1 Crucifijo, metal, en cruz de madera, incrustaciones de concha.

1 Nichito, con vidriera de Sn. Luis Gonzaga.

Otra fotografía de este altar, en el que se distinguen mejor los adornos de flores agregados a la "tilma" en su parte inferior, puedes verla en este blog

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Hoy en día el segundo cuerpo del altar lo ocupa, coincidentemente, la antigua imagen barroca de la Inmaculada Concepción que mencionamos líneas arriba. Por cierto, el mismo inventario de 1918 nos da noticia de otras imágenes guadalupanas que desconocemos si existen todavía: un óleo en la sacristía (al que se califica de "antiguo") y un par de cuadros de distinto tamaño (uno "mediano" y otro "pequeño") en la capilla de Nenthé, que de ninguna manera coinciden con la pintura venerada actualmente en aquel lugar. Lo que sí existe en la sacristía parroquial es un óleo muy interesante del Divino Rostro, de factura popular y posiblemente de la primera mitad del siglo XIX, en el que se advierte con claridad que fue repintado sobre una guadalupana, pues se percibe aún, con cierta iluminación, el trazo de sus rayos de sol característicos.

Así como la representación más común de la Virgen de Guadalupe fue de manera pintada, siguiendo a la imagen original, no fue rara su elaboración en piedra ya fuera en relieve o como esculturas exentas. Del primer caso, las imágenes en relieve, existen en Aculco dos ejemplos muy semejantes realizados en las claves de sendas portadas del siglo XVIII, ambas además con patrones comunes en su diseño pero diferentes en su factura, lo que hace pensar que son obra de distintos canteros. La primera de estas portadas se ubica en la Plazuela Hidalgo, mirando al norte, y es la más elaborada y fina de las dos. Formalmente es una típica portada del siglo XVIII con el característico alargamiento de jambas hasta la cornisa, basas áticas y molduras que limitan el dintel, relativamente angosta. La clave, como ya dijimos, la ocupa una bien labrada imagen de la virgen de Guadalupe dentro de un enmarcamiento ovalado. Las otras dos canteras que forman el dintel llevan labrados, a su vez, los monogramas de María, a la izquierda, y el de Jesús, a la derecha, ambos enmarcados también en sendos óvalos.

La segunda portada guadalupana de Aculco se encuentra no lejos de la primera, en una casa del lienzo norte de la calle de Morelos, mirando al sur. Perteneciente también al siglo XVIII, es evidente la mayor tosquedad de sus acabados, pero también sus semejanzas formales con la otra portada: alargamiento de jambas, basas áticas, molduraciones junto al dintel y clave adornada con la imagen de la Virgen de Guadalupe. Tiene esta portada la novedad de un adorno de poco relieve en las jambas, que cerca de la basa forma dos róleos planiformes. Sin embargo, carece de los monogramas del dintel de la portada antes reseñada. Pero la imagen guadalupana, labrada también dentro de un óvalo, resulta no sólo desproporcionada, sino que el angelito ubicado a los píes de María ocupa demasiado espacio y con sus brazos parece formar una segunda luna, mientras el trazo de sus alas se encuentra tan desplazado hacia abajo que pareciera perder su sentido y convertirse en una especie de adorno o tarja en la parte inferior del relieve. Esta portada fue posiblemente en su origen tan angosta como la de la plaza Hidalgo, sin embargo fue ensanchada hace unas décadas para permitir la entrada de automóviles, sin gran menoscabo de su valor.

Las capillas de los pueblos de la jurisdicción de Aculco debieron tener también abundantes imágenes de la Virgen de Guadalupe. De igual manera sus haciendas, como la de Arroyozarco. Lamentablemente de esta capilla fue robada hace algunos años una imagen guadalaupana junto con un San Martín. Posiblemente era la misma que mencionan los inventarios de esta propiedad levantados en 1767: "en el corredor de la casa [...] una imagen de la Virgen de Guadalupe".

Pero hubo una fecha verdaderamente inolvidable para los pobladores de Aculco, el 5 de noviembre de 1810, cuando no sabemos si con alegría o temor, pero sí seguramente con enorme sorpresa, vieron entrar el estandarte de la Virgen de Guadalupe conducido al frente de los 40 mil hombres de las tropas insurgentes de Miguel Hidalgo. No era, por cierto, la única imagen guadalupana llevada como bandera por los rebeldes: los soldados de Allende llevaban dos más, casi idénticas, con la imagen de la Virgen de Guadalupe en el anverso. La llamada "bandera de Aculco", que pudo haber sido confeccionada en este mismo pueblo, tenía también bordada en una de sus caras a la Virgen del Tepeyac. Tras la batalla librada dos días después, desastrosa para los insurgentes, el brigadier Calleja dio cuenta de siete banderas capturadas en el enfrentamiento, dos de ellas guadalupanas, y más tarde se le envió una más hallada en el campo. Entre esas banderas se cree que estuvo el estandarte principal, tomado por el cura de Dolores en el santuario de Atotonilco, y probablemente también la mencionada "bandera de Aculco".

Posiblemente también, aunque oculta a la vista de todos, otra Virgen de Guadalupe estuvo presente en el encuentro entre insurgentes y realistas: la pequeña imagen que en una bolsita llevaba colgada al pecho Miguel Hidalgo, que se le halló tras su ejecución en Chihuahua el 30 de julio de 1811. Aunque es seguro que la portaba, no se sabe con certeza si es alguna de las que actualmente se tienen como reliquia del héroe.

Un detalle singular relacionado con esta batalla: uno de los clérigos apresados en Aculco, el presbítero insurgente José María Gastañeta y Escalada, compuso en 1813, estando preso en el Convento de la Cruz de Querétaro, la Salve a la Virgen de Guadalupe, para ser cantada por los presos de la cárcel de aquella ciudad. Esta composición reza así:

Guadalupana, salve; / salve, Virgen excelsa, / que del Divino Verbo / sois madre verdadera.

A Juan Diego dijisteis / que, como madre tierna, / nos contituía objetos / vuestra piedad inmensa.

Por eso los indianos / en la presente guerra / vuestro poder invocan, / vuestros cultos aumentan.

Escuchad compasiva / sus ayes y sus quejas, / pues sois su protectora / liberal, fiel, discreta.

Humildes os pedimos / que una paz duradera / selle gloriosamente / vuestra dulce clemencia.

Romped, Reina adorable, / romped nuestras cadenas, / y enjugad nuestros ojos / con amorosa diestra.

Al Padre siempre damos, / al Hijo ¡oh Madre tierna! / y al Espíritu Santo / alabanzas eternas (5)

Ya más avanzado el siglo XIX, ocurrió en tierras de la hacienda de Arroyozarco -aunque no en las pertenecientes a la jurisdicción de Aculco, sino de Jilotepec- un suceso guadalupano que se tomó por milagroso, cuando en una piedra apareció grabada la imagen de la Virgen. Tal como se refiere ahora el acontecimiento, las cosas ocurrieron así:

La historia de esta imagen se remonta a los últimos días de abril o los primeros de mayo de 1868, cuando ya están sembrada las tierras y comienza a brotar la simiente: un jornalero de nombre Juan Nolasco, a sueldo de un Sr. D. Carlos, vecino de Canalejas, se ocupaba en cerrar los portillos de una cerca de piedra de un terreno sembrado en un rancho de la hacienda de Arroyozarco, que rentaba dicho Don Carlos, para evitar que entraran los animales y destrozaran las plantas nacientes; (así es que) en una de tantas veces cogió una piedra de las muchas que había tiradas, no se sabe si ya tomó una rota o si para mejor acomodo la rompió en pedazos, el caso es que al revolverla entre sus manos vio la manchita con la imagen de la virgen de Guadalupe...(6)

La imagen comenzó a recibir una gran veneración y a fines del siglo XIX comenzó a construírsele en la cima del cerro de Canalejas un bellísimo santuario de estilo entre neorománico y neogótico, donde se le rinde culto bajo la interesante advocación de la "Virgen de la Piedrita".

Finalmente, sólo agregaremos a este texto que la difusión de la devoción a la Virgen de Guadalupe se hizo ya tan universal en el México Independiente, que es rara la iglesia, capilla o catedral católica que no le tenga reservado un lugar especial. Muchas de ellas antiguas, otras tantas modernas, situadas en capillas o veneradas en casas particulares, sería imposible ennumerar las imágenes de Nuestra Señora de Guadalupe que existen a lo largo del territorio municipal de Aculco. Aquí sólo hemos querido dar cuenta de algunas de ellas, las artística o históricamente más significativas. Queda para el lector viajero hallar las otras, aunque le daremos todavía, en las siguientes fotografías, algunas pistas.

Referencias

1. María del Rosario Guadalupe Lima Jiménez. La Génesis del culto guadalupano en la ciudad de México, vista a través de los sermones del siglo XVIII, Tesis de maestría en Historia de México, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, México, 2000, p. 40-81.

2. Carlos Herrejón Peredo. Del sermón al discurso cívico: México, 1760-1834, México, El Colegio de Michoacán / El Colegio de México, 2003, p. 153.

3. David A. Brading. Mexican Phoenix: Our Lady of Guadalupe: Image and Tradition Across Five Centuries, Cambridge University Press, 2002, p. 132-133.

4. Elisa Vargas Lugo. "La vicaría de Aculco", en Anales del Instituto de INvestigaciones Estéticas, núm. 22, vol. VI, 1954, p. 103.

5. Justo Sierra (director), Antología del Centenario, Primera Parte, Tomo II, México, UNAM, 1985, p. 274.

6. Efraín Noguez Noguez, Canalejas, un enfoque histórico y antropológico, Canalejas, Jilotepec, edición del autor, 2006.