sábado, 8 de noviembre de 2025

La "iglesia vieja" de San Ildefonso Tultepec

La "iglesia vieja" de San Ildefonso Tultepec, ubicada a unos 1500 metros del actual templo del pueblo, se ha convertido en años recientes en uno de los sitios más frecuentemente visitados del circuito turístico compartido entre el vecino municipio de Amealco, Querétaro, y el nuestro de Aculco. Ciertamente es un lugar muy pintoresco: en medio de los campos de cultivo, alejado de las construcciones modernas, se yergue una iglesia de mayores dimensiones y mejor orientada que la que se conserva en culto, destechada, en ruinas, vandalizada con grafiti, pero con sus altos muros de piedra parda prácticamente intactos.

Su planta es de una sola nave con cabecera recta y una torre a los pies del templo, del lado izquierdo de la fachada. Su entrada principal, que mira hacia el poniente, es un arco de cantera de medio punto con jambas que se prolongan hasta la cornisa; su derrame interior está labrado en forma de concha. La ventana del coro, rectangular y con enmarcamiento de cantería, tiene un alféizar soportado por un par de ménsulas con mascarones y encima una cornisa apoyada en ménsulas simples. Su dintel, monolítico, posee un resalte circular con una flor inscrita. Más arriba de esta ventana se observa un relieve con una custodia al centro.

En el interior, es notable el esbelto arco que separa la nave del presibterio, apoyado en pilastras molduradas, y un pequeño altar adosado al muro posterior, formado al parecer con piedras tomadas de otras partes del templo. El inmueble no tiene actualmente anexos, aunque una entrada lateral en el presbiterio parece construida con el propósito de acceder a una sacristía, destruida o nunca edificada. A su frente está un atrio delimitado por con un muro de piedra de poca altura. Fuera de este espacio, hacia el poniente, se levanta una cruz del clásico tipo otomí, sobre un pedestal de dos cuerpos, el más alto de los cuales tiene horadado un nicho que mira a la fachada de la iglesia.

En los muros del viejo templo sólo se abren tres ventanas, todas en su fachada sur, pequeñas, muy elevadas y de trazo mixtilíneo. A la altura del arco del presbiterio se colocaron al exterior dos contrafuertes, quizá tardíamente, para evitar que dicho arco se abriera más, pues sus dovelas se observan un poco fuera de su lugar.

El dintel del acceso a la sacristía muestra la única inscripción que encontramos en el edificio: "Jesús María + de 1616 años". Al observar un poco, sin embargo, se advierte que esa fecha sólo nos permite situar parte de su construcción, pues el edificio es obra de varias etapas constructivas con cambios estilísticos y materiales, que posiblemente abarcan desde el siglo XVI hasta el XIX. Pero, ¿por qué está este templo aquí?, ¿se abandonó o nunca se concluyó?, ¿perteneció a San Ildefonso o se trata de otro pueblo ya desaparecido?.

La propia tradición del lugar explica su origen básicamente como lo hace una mujer habitante de San Ildefonso en una entrevista informal que se puede ver completa aquí:

Es de mil seiscientos y algo... por ahí hay una piedra que tiene el año.

Sí vienen [a esta iglesia] especialmente los que tienen las mayordomías. Para las fiestas importantes hacen lo que llamamos "el Alba". Es un encuentro de los cargueros en la iglesia, donde hacen oración, danzas, y de ahí antes se acostumbraba mucho a venir a esta iglesia a rezar un rato y regresarse. Todavía hay eventos que se realizan aquí, en torno a la fiesta de la Navidad: se vienen y comparten comida, tamales. Vienen y hacen oración, danza y comparten la comida. [Se hace] en la fiesta de la Navidad, el 23 de enero, de la Virgen de Guadalupe, se celebra el 12 de diciembre. Pero días antes a eso, se vienen para acá también a hacer oración. No hay una fecha específica porque se van moviendo [...]. Hace todavía varios años, me tocó todavía ver, que todos los niños recién nacidos que fallecían sin el bautismo los traían para enterrarlos aquí. Les buscaban como el sentido de que se guarden en un lugar sagrado. Entonces hay varios chiquitos por aquí enterrados. Pero ya últimamente los llevan a todos en el panteón de la comunidad.

No, no se terminó de construir, porque al momento de estar construyéndose, se vio que se humedecía mucho la parte de abajo, y de hecho por aquí cerquita pasa el río, y cuando trae mucha, mucha agua, se desborda y llena esto. Aunque no la tire, pero se moja todo. Se inunda. Y pues la gente dijo "aquí no va a servir". Dice la leyenda que san Ildefonso al ver eso no quiso estar aquí. La imagen del patrón de San Ildefonso. Entonces por eso ya no siguieron construyendo, porque pues la imagen no quería estar aquí. Se movía. Lo traían y lo dejaban aquí, al otro día ya estaba hasta por allá arriba.

Y también hay otra leyenda más atrás, pues más antigua, que decía que aquí la voluntad del Creador no era éste, y entonces por medio de una águila se iba y se posaba hasta allá arriba.

Esto es lo que nos cuenta la tradición local, junto con algunos detalles como que la capilla llegó a estar techada con paja (lo que no es en absoluto descabellado en el contexto de la arquitectura de los pueblos otomíes de la región en el Virreinato). Pero veamos ahora lo que nos dice la historia.

San Ildefonso Tultepec, como otros antiguos poblados pertenecientes a la Provincia de Jilotepec, contó seguramente con un templo construido tras la conquista española en el siglo XVI. Es posible que este templo no haya sido una iglesia completa, sino sólo su ábside: una capilla abierta como las que dieron origen a otros edificios religiosos de la región a los que se añadió una nave tiempo después, por ejemplo la iglesia de Santa Ana Matlavat. Pero a finales del siglo XVI, después de las grandes epidemias que diezmaron a la población indígena de la Nueva España, San Ildefonso como muchos otros pueblos se halló casi despoblado. Los virreyes de la época ordenaron que los sobrevivientes de los llamados "pueblos de indios" de juntaran -es decir, se congregaran- para que la dispersión no obstaculizara la vida cotidiana y la evangelización. Se señalaron para estas congregaciones los sitios mejor provistos en cada zona, que en este caso fue el pueblo de San Gerónimo Aculco. Allí se trasladaron, en otros pueblos con escasos vecinos, los pueblos de San Juan Aculco, Santa María Xiponeca, San Lucas Totolmaloya, Santa Ana Matlavat y San Ildefonso Tultepec. Los habitantes de estos lugares dejaron abandonados casas y templos, aunque siguieron reivindicando la propiedad de las tierras que les pertenecían alrededor de ellos. Esta congregación ocurrió entre 1593 y 1605.

En algunos casos, los pueblos congregados desaparecieron por completo y su memoria se perdió, como fue el caso de San Juan Aculco (que estaba cerca de Arroyozarco) y Santa María Xiponeca (al lado del cerro de Ñadó). Pero otros tuvieron mejor suerte y se repoblaron cierto tiempo después, continuando así su existencia. Así sucedió con los pueblos de Santa Ana, San Lucas y precisamente San Ildefonso. Es en este proceso de éxodo y retorno en el que una serie de documentos redactados un siglo después de los hechos, a partir de 1707, sitúan el abandono del viejo templo de San Ildefonso y la construcción del nuevo. Los papeles se refieren a un pleito de tierras entre don Lucas Magos Bárcena y Cornejo, "cacique de la provincia de Jilotepec, teniente gobernador y alcalde del pueblo de San Gerónimo Aculco" y los naturales de San Ildefonso, que sucedió más o menos así:

Don Lucas Magos compró un sitio de ganado mayor y dos caballerías de tierra por 400 pesos a Marcos Lorenzo y Juana de Ávalos y Granada, su madre (propiedad que estaba amparada con títulos de una merced concedida a Baltasar García en 1596) en el año de 1706. Las tierras se ubicaban "a un cuarto de legua del dicho pueblo [de San Ildefonso]", en una cañada donde existían unos paredones, junto al río, sitio que sin gran dificultad se puede reconocer como el mismo donde se levanta la "iglesia antigua", pero cuyos vestigios don Lucas identificaba sólo como "las casas que se demuestra hubo en aquel tiempo de dicho don Baltasar, aunque con el transcurso del tiempo apenas se reconocen sus cimientos". Al año siguiente, sin embargo, cuando don Lucas intentó tomar posesión de esas tierras, los vecinos de San Ildefonso "lo impidieron y se sublevaron". Argumentaban que esas tierras eran suyas y presentaron para probarlo el amparo que el virrey marqués de Montesclaros le había concedido en 1605 a San Ildefonso, "sin embargo de estar despoblado por entonces" y la posesión que les había dado en 1662, una vez repoblado San Ildefonso, el teniente de alcalde mayor, don Manuel de Texeira y Zúñiga, a quien los indios habían "demostrado por su iglesia antigua", la anterior a la congregación, aquellos paredones junto al río.

Y que por ser nosotros, congregantes en este dicho para pueblo de San Ildefonso, y tener títulos y mercedes de tierras en su contra no podemos ser damnificados, por cuya razón hablando con el debido respeto, contradecimos, una y dos y tres veses, y todas las que el derecho nos concede, las dichas medidas y demás diligencias que se pretenden por el mucho daño y perjuicio que se le sigue a nuestro pueblo y congregación.

Don Lucas Magos, naturalmente, rechazó tales afirmaciones. Aseguraba que las paredes no eran vestigios de un templo, pues San Ildefonso "donde hoy se haya poblado que es a donde siempre fue [su] fundación" y que en cambio todavía podían apreciarse los verdaderos vestigios de la iglesia antigua mucho más cerca del nuevo templo:

La antigua iglesia que tuvieron primitiva cuando fueron congregados al pueblo de San Gerónimo Aculco era la que de presente demuestra su ruina, que está de esta iglesia como cincuenta varas a la parte del poniente, que todavía se perciben los restos del cuerpo de la iglesia, cementerio y sacristías, de que se han aprovechado dichos naturales de toda la más fábrica que tenía para la reedificación de la actual iglesia, como están de presentes unas piedras de cantería las que están en las gradas de la puerta que sale para el sur.

Para concluir, don Lucas señalaba de las otras ruinas más alejadas situadas junto al río, "que está a un cuarto de legua de este pueblo, nunca fue iglesia como se demuestra [...] porque fue una fábrica que nunca se acabó, ni sé cómo más lo justifica su fábrica que hasta ahora están por adentro las piedras con los picos que para su trabazón eran necesarios". Presentó además como testigos a dos indios de la zona, uno de Aculco y otro de san Ildefonso, que informaron lo siguiente:

Juan Nicolás, vecino de Aculco: "Y siéndole preguntado que si sabe o ha oído decir cuál fue la primera iglesia de los naturales de este pueblo que tenían antes de que fueren congregados al pueblo de San Gerónimo Aculco, dijo que aunque no vió la más fábrica antigua en pie, conoce y ha visto dónde estaba la primera iglesia que antes de su congregación tenían y ha visto desde que tiene uso de razón que es más adelante de la que ahora esta actual que está como a un tiro de mosquete hacia la parte del poniente que esta su ruina de manifiesto con sus señales de cuerpo de iglesia y el cementerio que tuvo y su sacristía, cuya fábrica fue de cal y canto, de donde han sacado muchas piedras labradas dichos naturales para la reedificación de la otra".

Sebastián Pérez, indio de San Ildefonso: "Siéndole preguntado si sabe fijamente dónde estaba la iglesia antigua, que tenían antes que fuesen congregados sus del causantes al pueblo de San Gerónimo Aculco, dijo que lo que sabe desde que tiene uso de razón y le dijeron sus padres que la iglesia antigua que tuvieron antes de dicha congregación es dicha ruina que está como a un tiro de arcabuz para la parte del poniente junto a la casa de un Gerónimo Gaspar, cantor de la iglesia, donde está de manifiesto la señal de su fundación y todavía con la muestra de su cementerio, sacristía y lo demás, donde alcanzó este testigo algunos pedazos de pared y en la tapia de dicho cementerio que era alcanzó este testigo un ciprés grande copado; Y en dicha fábrica este testigo y los mas naturales de este pueblo han aprovechado la más piedra de dicha fábrica en la reedificación de la que hoy tienen, y de donde este testigo sacó con otros más piedras de cantería labradas que están por gradas en la puerta del cementerio que sale al sur".

La expresión "a un tiro de mosquete" o "a un tiro de arcabuz" es vaga para señalar una distancia, pero según la RAE podría oscilar entre los 50 y los 250 metros. De tal manera, esas ruinas seguramente se encontrarían donde hoy se levantan algunas de las casas del pueblo y al parecer no son ya visibles en la superficie.

Las autoridades de la Provincia de Jilotepec ordenaron una visita al lugar. El encargado de la diligencia, Juan Sánchez García, inspeccionó los restos del edificio en disputa y dejó constancia por escrito de esa diligencia:

Estando en el campo en cuarto de legua del pueblo de San Ildefonso a la parte del poniente en una cañada donde está un edificio de paredes junto a un río en medio de dichas sementeras de los naturales del pueblo de San Ildefonso en veinte y cuatro días del mes de mayo de mil setecientos y siete años. Yo, dicho teniente y los testigos de mi asistencia. Vi y reconocí si se demuestra haber sido iglesia, y no hallo señales que conduzcan haberlo sido en ningún tiempo, por que tan solo tiene los dos lienzos de su cuerpo en largo a la parte del poniente y su respaldo al oriente, por arriba de dicha pared algo más levantada y según se demuestra nunca tuvo efecto el que techasen como está de manifiesto; y por la parte de adentro en dichas paredes con piedras largas que dejaron para la trabazón que se le había de seguir que según parece se habría formado para jacal de trigo, ni consta que haya tenido muestras de cementerio, ni otra fábrica alguna que es la que dicen los naturales demostraron por su iglesia antigua.

Ante tal conclusión, escribió Sánchez García, "se amotinaron los dichos naturales en que cesó esta diligencia". Don Lucas naturalmente no pudo tomar posesión de las tierras, que siguieron en poder de la comunidad de San Ildefonso. Éstos, además, procedieron en 1710 a regularizar cualquier deficiencia que tuvieran en sus tierras por la vía de la "composición": un proceso en el que reconocían ante las autoridades un excedente de tierras para las que no tenían títulos y ofrecían una cantidad de dinero para subsanar esa falta de documentos. Consiguieron en ese proceso una nueva "vista de ojos" y recorrido por el terreno, en el que esta vez obtuvieron un resultado favorable: "habiendo ido hacia la parte del poniente por una loma abajo, se reconoció al pie de ella una vega y en ella unos paredones que según su fábrica parece iglesia vieja". Pidieron después a la autoridad se le notificase la posesión que habían tomado de esas tierras a don Lucas Magos, con quien se mantenía el litigio, "para que no les inquietase en la posesión... y que ocurriese a la Real Audiencia si tuviere que pedir".

Para 1714, don Lucas se había dado ya por vencido. Creía firmemente que el asunto era una "estafa" de los indios de San Ildefonso, pero como le había sido imposible tomar posesión decidió actuar contra quien le había vendido las tierras: Marcos Lorenzo, puesto que su madre ya había fallecido. Reclamaba que era responsabilidad del vendedor "sanear" la venta para evitar reclamaciones, y puesto que no lo había hecho debía compensarlo. Lorenzo accedió a devolverle el dinero o a darle otras de sus tierras a cambio, pero no hizo lo uno ni lo otro. De tal manera, don Lucas lo denunció y Marcos Lorenzo acabó preso en la cárcel de comunidad de Aculco, puesto que San Ildefonso pertenecía entonces a este pueblo. Luego se le embargó una de sus propiedades, el Rancho de Ávalos, para con su remate pagar lo que le adeudaba a Magos. Así, no continuó con su pelea por las tierras con los paredones junto al río, que quedaron desde entonces en posesión del pueblo de San Ildefonso.

Seguramente los lectores ya habrán notado algo muy interesante en esta historia: los vestigios de tal "iglesia vieja", si le creemos a los habitantes de San Ildefonso, o los restos de una casa o troje para almacenar trigo, si nos inclinamos por la opinión de don Lucas, eran tan poco notables como para generar precisamente esa duda. Nada que ver con los restos de la actual "iglesia antigua", mucho más importantes y que inequívocamente se reconocen como un templo completo, con su nave, presbiterio, torre y atrio. ¿Qué sucedió entonces?

Entramos aquí al terreno de la especulación. Sospecho que los propios vecinos de San Ildefonso procuraron reforzar la idea de que ahí había existido el templo anterior a su congregación en Aculco reedificándolo, construyendon quizá sobre los mismos paredones antiguos, y dotándolo de una imagen que nunca más hiciera sospechar que no había sido una iglesia. Eso explicaría los detalles ligados al estilo barroco que encontramos en las ventanas mixtilíneas, el derrame en forma de concha del acceso principal, la molduración de su portada y las pilastras del arco del presbiterio. Pero la construcción se habría prolongado por lo menos hasta mediados del siglo XIX, época a la que parece pertenecer la ventana del coro, la torre (con una calidad distinta en su mampostería) y el campanario de cantería. Los muros, llenos de mechinales abiertos (esos hoyos en los que se colocaban vigas para sostener los andamios durante la construcción), indican claramente que todo aquel esfuerzo quedó a pesar de todo inconcluso. Acaso sólo el presbiterio llegó a techarse, pues cuenta con canales para desaguar su ya inexistente azotea y en la parte posterior posee todavía una cornisa que indicaría la finalización de esa zona de la iglesia. La leyenda de que llegó a estar techada con paja sería así sólo un falso recuerdo.

Pero en esta conclusión se mantiene un misterio: la fecha de 1616 labrada en la entrada a lo que debió ser la sacristía. No es una fecha que corresponda a una iglesia anterior a la congregación, sino más bien a los tiempos de la repoblación de San Ildefonso. Y si estaba ahí, ¿por qué en ninguna de las dos visitas de las autoridades al sitio se consignó su existencia, que quizá les habría servido para el establecer el origen del edificio en el tiempo? ¿Quizá estaba ese dintel labrado ya caído en tierra entonces y sólo al reconstruir el templo se le descubrió y volvió a colocar? ¿O habrá venido de otro lugar, tal vez la otra iglesia vieja que don Lucas señalaba como la verdadera, para darle autenticidad a este otro edificio? ¿O del templo nuevo? Preguntas hasta ahora sin respuesta, pero que no hacen más que aumentar el interés que produce la "iglesia antigua" de San Ildefonso Tultepec.

 

FUENTES:

AGN/Instituciones Coloniales/tierras/vol.1794/expediente 5.

AGN/México independiente/ Gobierno y relaciones exteriores/ Archivo de buscas y traslado de tierras/ volumen 46286/92/expediente 1

* Buena parte de las fotografías con las que ilustro este texto son de Neftalí Sáenz Bárcenas, cronista de San Juan del Río, Querétaro.

** Después de terminar este texto hallé que Yesenia Martínez Maldonado había utilizado estos mismos documentos para su tesis "Justicia, autoridad y territorio en la historia de San Ildefonso Tultepec, una comunidad ñañhö del sur de Querétaro" con el que obtuvo el grado de Doctora en Estudios Interdisciplinarios sobre Pensamiento, Cultura y Sociedad de la Universidad Autónoma de Querétaro. Sin embargo, no coincido en su interpretación de dichos documentos, pues ella identifica plenamente la "iglesia vieja" que describió Lucas Magos con la que hoy existe, sin percatarse de la disputa por ello con los naturales de San Ildefonso. La tesis se puede consultar aquí.

sábado, 1 de noviembre de 2025

El arca de comunidad de Aculco y lo que guardaba en 1782

A lo largo de casi todo el Virreinato, los cabildos de los pueblos de la Nueva España acostumbraban guardar sus fondos numerarios y los documentos que acreditaban la propiedad de sus bienes comunales en grandes arcones de madera con tres cerraduras. Cada una de ellas se abría con una llave propia, y las tres llaves quedaban en poder de tres distintas autoridades, asegurando así que sólo por consenso podía disponerse del dinero o extraerse los papeles. A esos arcones se les llamaba “arca de comunidad” o “caja de comunidad”. Esto seguía lo ordenado en las Leyes de Indias, que indicaban:

En las cajas de comunidad han de entrar todos los bienes, que el cuerpo y colección de indios de cada pueblo tuviere, para que de allí se gaste lo preciso en beneficio común de todos, y se atienda a su conservación, y aumento, y todo lo demás que convenga, distribuyéndolo por libranzas, buena cuenta y razón y asimismo las escrituras y recaudos por donde constare de su caudal y efectos. (Recopilación de Leyes de Indias, 5ª ed., Libro V, Tit. IV, Ley II, Madrid, Boix, 1841, p. 232.)

Los fondos de las arcas de la comunidad se destinaban al sostenimiento de los servicios básicos y la infraestructura del pueblo, como la construcción y mantenimiento de edificios, caminos y puentes. También para financiar festividades, socorrer a los miembros de la comunidad en situaciones como hambrunas, epidemias o desastres naturales, financiar los procesos legales y la defensa de las tierras comunales y a veces para completar el pago de tributos. Las cajas de comunidad estaban sujetas a la vigilancia de las autoridades superiores: alcaldes mayores, el virrey y la Audiencia de México. Sin embargo, en la práctica los oficiales de república, con el gobernador a la cabeza, administraban con gran libertad esos bienes y sólo a finales de la Colonia las autoridades españolas comenzaron a controlar más estrictamente los gastos. Aunque Aculco no contó con un gobernador indígena hasta 1803, pues hasta entonces dependía de Jilotepec, sí tenía autoridades propias, si bien subordinadas al gobernador de aquella cabecera, y poseyó su propia arca de comunidad desde tiempos remotos, la cual se guardaba en las Casas Reales, el equivalente a lo que hoy sería un palacio municipal.

Gracias a un proceso legal de finales del siglo XVIII, conocemos qué guardaba el arca de comunidad de Aculco hace casi 250 años. Esto es así porque en 1782 las autoridades del pueblo solicitaron al virrey que se les deslindaran sus tierras de acuerdo con los títulos que guardaban en su caja. De tal manera, el teniente de Justicia de la provincia, Juan de Verroja Albiz, se dirigió a Aculco a finales del mes de agosto para inventariar los papeles que poseía la república de naturales del pueblo. El documento que registra este inventario es en realidad breve, pero nos revela detalles muy valiosos para la historia de nuestro pueblo:

[En] el pueblo de Aculco, distante de la cabecera de Xilotepeque ocho leguas, en treinta y uno de agosto de mil setecientos ochenta y dos años. Yo, don Juan de Verroja Albiz, teniente general de esta provincia y su jurisdicción de Huichapan, confirmado por el excelentísimo señor virrey, gobernador y capitán general de la provincias de los reinos de esta Nueva España, en virtud de lo superiormente preceptuado por el excelentísimo señor, en el precedente despacho. Presentes el señor licenciado don José Moreno, cura y juez eclesiástico de este partido, Don Juan José Jaimes y Peñaranda, apoderado del común y naturales, el alcalde de primer voto Manuel de la Cruz, Francisco Nicolás, alcalde segundo, Francisco Pascual, tercero, Pascual Nicolás, regidor, Andrés González, escribano de República y Juan José del Castillo, que hizo oficio de intérprete, y a todos doy fe de conocer. Procedí estando el arca de comunidad en estas Casas Reales, a que se abriese, notificándole a ruego y encargo a dicho señor licenciado don José Moreno diese su venia y llave que para en su poder, de las tres de que se compone sus cerraduras, que manifestó y así mismo a el alcalde Manuel de la Cruz, para que exhibiere la otra llave que le corresponde. Y por cuanto no se encuentra la otra llave, que debía parar en poder de mi alcalde mayor, capitán don Francisco Antonio Cossío Velarde, y por su recibo no habérmela dejado, determiné por que no se demorase esta diligencia se abriese dicha arca y se formase o fabricase nueva llave, para que [...] este acta a las providencias que fueren necesarias se manifieste. Y constando que los papeles y documentos que en ella se encierran, son sobre tierras y a beneficio de este común, se sacaron los siguientes que van inventariados, y se le entregaron a el enunciado señor licenciado don José Moreno.

Primeramente, un cuaderno de la fondacion [sic] de este pueblo de Aculco, con Real Cédula inserta, en fojas seis.

Ítem, un quaderno de los títulos del pueblo de Aculco, en veinte y una fojas útiles.

Ítem, un cuaderno de los títulos del pueblo de Santa Ana, en fojas cinco, muy maltratado.

Ítem, una escritura de venta de una caballeria de tierra pertenecientes a los naturales del Pueblo de San Lucas, en fojas cuatro.

Ítem, un cuaderno de títulos de los naturales del pueblo de Santa María, en fojas doce maltratadas.

Quedando en dicha arca las diligencias de visita hechas por dicho mi alcalde mayor, que constan en fojas siete, en las que consta haber encerrado en dicha arca la cantidad de trescientos treinta y seis pesos, tres y medio reales, según la diligencia practicada a los diez y seis de agosto de mil setecientos setenta y nueve años, a la foja cinco vuelta, y a la siete, en la certificación puesta por don Juan José de Paz, escribano público de esta jurisdicción, a diez y siete del citado mes y año. Consta así mismo que se rebajado de la enunciada cantidad de los trescientos treinta y seis pesos, tres y medio reales, diez pesos y tres reales de los costos y derechos de las diligencias practicadas conque vino a quedar líquida la de trescientos veinte y seis pesos, medio real. Por bienes de esta comunidad los que se contaron y se hallan cabales, en moneda nueva corriente del cuño y selo mexicano, y volvieron a poner en dicha arca en la misma conformidad que se hallaron, lo que asiento por diligencia que firmaron conmigo el teniente general, el señor licenciado don José Moreno, el apoderado don Juan Jaimes y Peñaranda, don Manuel de la Cruz, alcalde, con el escribano de Republica, intérprete y los testigos de mi asistencia, actuando como juez receptor por ausencia del escríbano, y no haberle real ni público en el termino del derecho. Doy fe.

Sabemos así que las llaves del arca de comunidad Aculco estaban en poder del párroco, del alcalde de primer voto (una autoridad indígena aculquense) y el alcalde mayor de la Provincia de Jilotepec (autoridad española que residía en Huichapan). Vemos que además de las escrituras de las tierras propiamente de Aculco se guardaban las de los pueblos de su jurisdicción, como San Lucas, Santa Ana y Santa María (que entiendo sería Nativitas, no La Concepción ni el desaparecido pueblo de Santa María Xipopeca). Y que los fondos de la comunidad ascendían en aquel momento a 326 pesos, medio real (un real era la octava parte de un peso). ¿Era mucho o poco dinero? Bueno, si consideramos el valor de la plata de esos pesos, hoy equivaldría a unos $115 mil pesos. Pero en términos del ingreso de la época era una cantidad considerable, equivalente a más de tres años de trabajo de un jornalero, o al sueldo de un año de un funcionario menor.

Pero lo que a mí me llama más la atención es ese cuaderno (hoy naturalmente desaparecido) que hablaba de la "fondación de Aculco". En sus apenas seis hojas guardaba seguramente los datos importantísimos sobre el origen de nuestro pueblo, sobre los que hoy solamente podemos especular.

 

FUENTES:

AGN. Tierras, vol. 2751, exp. 5, f. 45 y ss.

sábado, 25 de octubre de 2025

Algunos datos sobre el origen del guerrillero Lindoro Cajigas

Creo que todos hemos oído hablar del guerrillero Lindoro Cajigas, antiguo administrador de la hacienda de Arroyozarco, famoso por haber capturado al prócer liberal Melchor Ocampo para entregarlo a los conservadores Leonardo Márquez y Félix Zuloaga, quienes ordenaron su ejecución en Tepeji del Río. También hemos escuchado de la violenta muerte de Lindoro en Acambay a finales de 1861. Lo que hasta ahora no estaban muy claros eran los detalles sobre su origen, más allá de saber que era español y oriundo de la provincia de Santander (hoy provincia de Cantabria). Pero gracias a un documento migratorio que se conserva en España, hoy podemos saber algo más sobre su nacimiento y primeros años en su país natal.

Lindoro Lucas de las Cajigas Riva nació el 18 de octubre de 1830 en el lugar de Septién o Setién, en el municipio de Marina de Cudeyo, comarca de Trasmiera Cantabria, España. Una zona de hermosos valles junto a la costa del mar Cantábrico. El cura don Benito Antonio de Caricedo lo bautizó al día siguiente en la parroquia de san Vicente Mártir del mismo lugar. Según su registro de bautismo era "hijo legítimo de Juan de las Cagigas y de Juana de la Riva, residentes en el referido Septién y naturales lo es el dicho Juan del lugar de Agüero y la dicha Juana del referido Septién, nieto por línea paterna de Juan de las Cagigas difunto natural que fue de dicho Agüero y de María Corino natural de Flechas, y vecinos ambos de Agüero, y por la materna de D. Fernando de la Riva, y Doña Francisca de la Portilla, vecinos y naturales de este misma Septién". Aunque sólo por la línea materna sus antepasados llevaban el "don", sus padrinos de bautismo pertenecían a la nobleza de la región: "la Sra. Condesa de Ysla, Doña María Juana de Ceballos y D. José de Belarde, habitantes en el Lugar de Muriedas y al presente en casa de dicha condesa en este Lugar mismo de Septién".

Al parecer, Lindoro pasó los primeros 15 años de su vida tranquilamente en su pueblo. Pero en el otoño de 1846 su familia decidió enviarlo a México, donde se encontraría con su hermano, Adolfo. Adolfo era bastante mayor que Lindoro: un documento de 1850 señala que tenía 35 años, es decir, 15 más que él. Había emigrado algunos años antes y no sólo había alcanzado ya una posición estable en el comercio de la capital del país, sino que se había casado con María Francisca Rozas Yrazábal (de quien enviudaría en 1862), hermana de José Joaquín y Manuel, quienes pocos años más tarde se convertirían en propietarios de la hacienda de Arroyozarco. Para aquel momento el padre de Lindoro había muerto ya y su madre fue quien le dio su "permiso y licencia" para el viaje. De acuerdo con las leyes de la época, el alcalde de la Marina de Cudeyo certificó que Lindoro contaba con ese beneplácito, "cono también con el de la demás familia", que no trataba de sustraerse a procedimientos de autoridad alguna, ni eludía el cumplimiento de obligaciones contraídas, ni huir del servicio de la armas.

En efecto, el alcalde certificó que era "público y notorio" que Cajigas no adolecía "de nota fea", ni se hallaba "con impedimento alguno racional" para su embarque, como lo había solicitado, y obtuvo su permiso final para emigrar el 16 de septiembre de 1846. Muy probablemente partió ese mismo año desde el puerto de Santander, aunque las matrículas de españoles en el país sólo lo empiezan a mencionar desde 1852. México se hallaba entonces, por cierto, en plena guerra con Estados Unidos, lo que no parece haber influido en el propósito de Lindoro de establecerse en nuestro país. Desafortunadamente no sabemos mucho de sus actividades en sus primeros años en tierras mexicanas, pues siempre el que destaca es su hermano Adolfo. Un hermano más, Maximino, nacido hacia 1828-1829 y por tanto también mayor que Lindoro, obtuvo también permiso para emigrar a México en 1848. También fue el caso de un primo suyo en el mismo año de 1848, César de la Sota y Riva, quien decía tener "determinado trasladarme al reino de Méjico, con destino de dedicarme al comercio en compañía y al lado de mis primos D. Adolfo y D. Lindoro de las Cajigas Riva, que se hallan establecidos en aquel reino y su tierra". Sabemos que Lindoro regresó por lo menos una vez a su patria, embarcándose en el vapor inglés Conway desde Veracruz el 7 de mayo de 1855. Para 1858 ya estaba de vuelta en el país. Por entonces, una escueta descripción señala sus ojos pardos, su barba poblada y nariz regular.

Algún autor sitúa la llegada de Lindoro a Arroyozarco en la década de 1840, con el fin de establecer una posada. Es difícil que así sucediera, tanto por su poca edad (no podría haber tenido más de 19 años), como porque los cuñados de su hermano Adolfo, los Rozas, sólo adquirieron la propiedad en 1858. Es a partir de esta fecha cuando se puede ubicar su nombramiento como administrador, es decir, en plena Guerra de Reforma. Una carta de don Manuel Pérez (cercano a la familia Rozas) nos lo describe en esa época de esta manera:

Lindoro Cajiga fue uno de tantos españoles que viene al país en la peor condición en pos de mejor fortuna. Cuando llegó a Arroyozarco traía ropa que ni era de su medida, peo luego que se recibió de la administración de la hacienda, todo cambió; se hizo de muy buenos caballos y comenzó a gastar lujo. Le agradaba la charreada y con diez o quince mozos hacía sus jaripeos muy a menudo.

Pero lo verdaderamente interesante de esta época en Arroyozarco es su transformación de pacífico comerciante en feroz guerrillero conservador. Quizá a alguno le sorprenda que siendo español se involucrara así en un conflicto interno de México, pero lo cierto es que no fue el único: Cobos, Ibarguren, Islas, Beltram, Casillas, Otero, Alonso, entre otros, participaron también en la guerra en el bando conservador. Sobre sus razones no se puede descartar lo ideológico, una verdadera convicción de que se trataba de la facción que aseguraba un mejor futuro para el país. Pero lo cierto es que casi todos los que han escrito sobre él le atribuyen motivos menos elevados. El propio Manuel Pérez escribe:

Parece que tuvo algunos amores con una señorita Romero, de una de las rancherías de la municipalidad de Polotitlán, por cuya circunstancia los parientes le comenzaro a mal ver, queriéndole buscar camorra y sin duda esto fue uno de los móviles para empezar a buscar relaciones con gente de la política de aquella época, como Luis Larrauri, Francisco Llamosa, Márquez y otros, con lo que bastó, nombrándose jefe revolucionario más que servidor de Arroyozarco.

Lindoro terminó por apartarse de la administración de Arroyozarco, pero, convertido en jefe guerrillero, se dedicaba a extorsionar e imponer peajes a viajeros y rancheros de la región, maltrataba a las autoridades civiles y liberaba de las cárceles a otros sublevados. Así recibió la orden de ejecutar su mayor “hazaña”: la captura de Melchor Ocampo en mayo de 1861. Meses después, en diciembre de ese mismo año, la muerte lo alcanzó en Acambay, todavía en su papel de guerrillero. No hablaré aquí de estos dos momentos, de los que ya he tratado ampliamente en mis libros y aún en este blog. El texto de hoy sólo pretende hablar de su vida antes de que adquiriera fama como uno de los asesinos de don Melchor.

Pero antes de poner punto final quero hacer una última observación: al morir, Lindoro Cajigas había cumplido apenas 30 años. De ahí que las descripciones que hablan de él como un hombre canoso muy probablemente no sean ciertas, lo mismo las que se refieren a sus ojos azules pues ya hemos visto que se les registró como "pardos". Y, por supuesto, aquella foto que ha circulado ampliamente (de manera especial en el ámbito acambayense), que nos lo muestra como un hombre mayor de larga barba blanca, ha sido mal atribuida casi con total certeza: no muestra a un hombre de tres décadas, sino a una persona de mucha más edad.

 

FUENTES:

La transcripción del registro de bautismo de Lindoro Cajigas dice así:

En el Lugar de Septién y su parroquia de S. Vicente Martir a diez y nueve días del mes de Octubre de mil ochocientos y treinta, yo D. Benito Antonio de Caricedo, Presbítero Cura Beneficial de dicho lugar - bauticé solemnemente, e impuse los Santos Óleos y Crisma a Lindoro Lucas, que nació el día diez y ocho de dicho mes y año, siendo hijo legítimo de Juan de las Cagigas y de Juana de la Riva, residentes en el referido Septien y naturales lo es el dicho Juan del lugar de Agüero y la dicha Juana del referido Septién, nieto por línea paterna de Juan de las Cagigas difunto natural que fue de dicho Agüero y de María Corino natural de Flechas, y vecinos ambos de [...] Agüero, y por la materna de D. Fernando de la Riva, y Doña Francisca de la Portilla, vecinos y naturales de este misma Septién. Fueron sus padrinos la Sra. Condesa de Ysla, Doña María Juana de Ceballos y D. José de Belarde, habitantes en el Lugar de Muriedas y al presente en casa de dicha condesa en este Lugar mismo de Septién, quienes tocaron al bautizado en la acción del Sacramento, y les advertí el parentesco espiritual y demás obligaciones que tienen.- Fueron testigos D. Domingo Xabier de Sierra testigo de prima y Rufino de Guerra habitantes en dicho Lugar de Septién. Hago fe y lo firmo = D. Benito Antonio de Caricedo.

Su petición para obtener permiso para emigrar a México es ésta:

Don Lindoro Lucas de las Cajigas Riva, natural del Lugar de Septién en el Ayuntamiento de la Marina de Cudeyo, hijo legítimo de D. Juan de las Cajigas ya difunto, y de Doña Juana de la Riva, vecina del mismo Pueblo, de edad de quince años y diez meses cumplidos como se acredita por la partida del Bautismo que debidamente presento ante V. Sr. Alcalde parezco diciendo: que tengo determinado trasladarme al Reino de México con destino de dedicarme al comercio en compañía y al lado de mi legítimo hermano D. Adolfo de las Cajigas que se halla establecido en aquel punto, a lo cual me ha prestado mi dicha madre su permiso y licencia, y para poderlo certificar sin ningún riesgo en mi embarque, nececito y me conviene justificar con citacion del Regidor Síndico de dicho Ayuntamiento los artículos siguientes.

1o. Como es cierto y saben que para mi trasladacion a dicho Reino de México tengo el beneplácito y permiso de mi referida madre de quien deciendo por falta y voluntad de mi finado padre cono también con el de la demás familia: que no trato de sustraerme a procedimientos de Autoridad alguna, ni eludo el cumplimiento de obligaciones contraídas ni huir del servicio de la armas.

2o. Como lo es y sabelo también que no adolezco de nota fea, ni me hallo con impedimento alguno racional para mi embarque y es público y notorio.

Suplico a V. que habiendo por presentada la dicha partida de bautismo, y precedida la rectificacion de la licencia materna, recibirme con la referida citación sumaria información de testigos al tenor de los presentes artículos y sin evacuado manden que me entreguen originales las dichas diligencias, previa su aprobación e imponiendo su autoridad y decreto judicial [...].

- Expedientes de pasaportes, Leg. 69 Part 2, Número del grupo de imágenes 100177291, Archivo Histórico Provincial de Cantabria (España) "Santander, Santander, Spain registros," imágenes, FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3QS7-L9XM-VFVT?view=explore : 29 ago 2025), Imagen 193 de 703; Archivo Histórico Provincial de Cantabria (España). Número del grupo de imágenes: 100177291

- Matrículas de españoles, libro 03471, Consulado Español (Mexico City, Mexico), Archivo General de la Administración (Madrid, España), Número de referencia del archivo AGA_55_LIB_03471, Número del grupo de imágenes 005000197 "Mexico, Mexico registros," imágenes, FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:33SQ-GRTS-SHHB?view=explore : 27 sept 2025), Imagen 60 de 94; Archivo General de la Administración (Madrid, España), Archivo General de la Administración (Paseo de Aguadores, España). Número del grupo de imágenes: 005000197

- Cédulas de nacionalidad, Libro 03563, Consulado Español (Mexico City, Mexico), Archivo General de la Administración (Madrid, España), Número de referencia del archivo AGA_55_LIB_03563, Número del grupo de imágenes 004894773 "Mexico registros," imágenes, FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:33S7-95PN-9NGH?view=explore : 27 sept 2025), Imagen 117 de 180; Archivo General de la Administración (Madrid, España),Archivo General de la Administración (Paseo de Aguadores, España). Número del grupo de imágenes: 004894773

- Expedientes de pasaportes, Leg 73, Archivo Histórico Provincial de Cantabria (España), Número de referencia del archivo Expedientes de pasaportes_Leg 73_1848, Número del grupo de imágenes 100177041 "Santander, Santander, Spain registros," imágenes, FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3QSQ-G9XM-V8F8?view=explore : 27 sept 2025), Imagen 446 de 950; Archivo Histórico Provincial de Cantabria (España). Número del grupo de imágenes: 100177041

- Expedientes de pasaportes, Leg. 72, Archivo Histórico Provincial de Cantabria (España) Número de referencia del archivo Expedientes de pasaportes_Leg. 72_1848, Número del grupo de imágenes 100177289 "Santander, Santander, Spain registros," imágenes, FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3QS7-L9XM-VJ4S?view=explore : 27 sept 2025), Imagen 286 de 863; Archivo Histórico Provincial de Cantabria (España). Número del grupo de imágenes: 100177289

- Notario Francisco de Madariaga, protocolo 1296, México, 18 de febrero de 1850, AGNCM

- El Ómnibus, periódico literario agrícola y fabril de religión, variedades y avisos, México, 15 de mayo de 1855, p. 3.

- Para la carta de don Manuel Pérez: Ángel Pola. "Melchor Ocampo (1814-1861)", en el libro Melchor Ocampo, Departamento de Coordinación de Actividades Educativas y Culturales del Gobierno de Michoacán, México, 1964, pp. 57n y 58n.

jueves, 23 de octubre de 2025

Dos recreaciones de construcciones desaparecidas de Aculco con el uso de inteligencia artificial

El uso de la inteligencia artificial generativa para la creación o manipulación de imágenes ha abierto las puertas a infinitos usos. No es que antes de ella no se pudieran dibujar este tipo de imágenes, sino que su creación exigía tiempo, habilidad y conocimientos que no estaban al alcance de la mayor parte de la gente. Hoy, en minutos o segundos, se puedan crear imágenes que, con todas las deficiencias que esta tecnología tiene todavía, permiten alcanzar rápidamente objetivos particulares de difusión, comunicación y apreciación.

En el área de nuestro patrimonio histórico son también múltiples las posibilidades. Hoy les muestro, como un ejemplo de su utilización, la recreación de un par de construcciones desaparecidas desde hace mucho tiempo en Aculco, y que conocemos sólo gracias a un dibujo de 1838. A partir de éste y tras muchas iteraciones en las que se han corregido errores (incluso manualmente), podemos ver de nuevo en pie su arquitectura de manera realista y con ello podemos darnos una mejor idea de cómo fueron antes de su destrucción.

Veamos primero la entrada poniente al atrio, la que da hacia la Plaza de la Constitución. Hoy en día no hay nada en su lugar, es un acceso completamente abierto y de gran anchura entre los portales de La Primavera y de las Carnicerías. Pero hasta mediados del siglo XIX el acceso era un arco de carácter barroco con perfil mixtilíneo, una hornacina y pináculos. Veamos cómo pudo ser:

También gracias al dibujo de 1838 y corrigiendo las proporciones podemos recrear la fachada de la capilla de la Tercera Orden franciscana (después capilla de San José y más tarde del Rosario), de la que hoy sólo queda un paredón con el nicho de san Francisco, a la izquierda de la fachada de la parroquia. Subsistió hasta principios del siglo XX, pero posiblemente el terremoto de 1912 la condenó a la ruina.

Las nuevas tecnologías son muy útiles para alcanzar nuestros propósitos y para facilitar el trabajo. No debemos rechazarlas visceralmente, sino aprender a emplearlas y beneficiarnos de ello.

sábado, 18 de octubre de 2025

El escudo jesuita de la hacienda de Arroyozarco

En un muro del patio de lo que fue la antigua casa grande de la hacienda de Arroyozarco -ahora una construcción ruinosa al costado sur de la parroquia del lugar- se encuentra un interesante escudo jesuita de piedra de tezontle que se remonta a los tiempos en que la Compañía de Jesús administró esta finca, como parte que era del Fondo Piadoso de las Californias. En diversos puntos del casco de la hacienda existen algunas otras piedras labradas con las letras IHS, monograma de Jesucristo que ocupa el lugar central en los escudos de esa orden religiosa, pero el escudo al que me refiero es el único que muestra sus elementos completos, tal como se le acostumbraba representar en el siglo XVIII: el monograma con una cruz que se eleva desde su parte central, bajo él los tres clavos de cristo y todo rodeado por un círculo (a veces un óvalo) ornado con rayos solares. Este escudo, en particular, muestra también una ornamentación formada por róleos que en la parte inferior que flanquean un cartucho con una fecha no completamente legible: ¿1723, 1725, 1727? Para facilitar su interpretación al lector, generé esta imagen usando inteligencia artificial.

Todo el conjunto se halla protegido por una sencilla cornisa de ladrillo soportada por una especie de ménsulas del mismo material. Se apoya además directamente sobre la clave, también de tezontle, de lo que fue la entrada a una troje. Por su ornamentación -barroca, aunque con ciertas reminiscencias renacentistas- siempre he creído que el cantero que lo labró se inspiró directamente en algún grabado de la época, de los muchos que con el mismo motivo se imprimieron en el frontispicio de los libros con tema jesuita o escritos por algún miembro de la Compañía desde los siglos XVI al XVIII. El que muestro aquí es particularmente parecido en su parte interior al de Arroyozarco, aunque carece de la ornamentación con róleos:

Aquí otros escudos jesuitas ejecutados en grabado e impresos en libros, con decoración similar:

Es una pena que una pieza tan interesante e histórica se encuentre así, casi en total abandono. Su futuro es inicierto, como lo son todos los restos de la hacienda vieja de Arroyozarco, la antigua casa jesuita.

sábado, 11 de octubre de 2025

Asesinato en el Huizache: un crimen en el Aculco de principios del siglo XIX

Existen multitud de pequeñas historias dentro de la gran historia de Aculco que nunca serán contadas. Algunas, porque simplemente no son interesantes para el público, aunque a veces lo sean para el investigador. Otras, porque no encuentran acomodo en relatos más extensos o enfocados a cierto tema o época. O en ocasiones porque de ellas apenas se puede desprender una pequeña anécdota que pasará al olvido tan rápido como se conoció. Hoy quiero contarles una de esas pequeñas historias, muy simple en sus hechos, pero que permite conocer algo del ambiente social de nuestro pueblo en vísperas de la Independencia, al mismo tiempo que sirve de ejemplo de cómo funcionaba entonces la justicia. Espero que, por lo menos, les resulte entretenida.

 

Todo comenzó la madrugada del 27 de noviembre de 1803.

Fuertes golpes resonaron en el portón de la casa de don Félix Buenrostro, teniente de Justicia de Aculco. Al abrir, encontró en el umbral a una india del pueblo, Andrea María, que acababa de enviudar: momentos antes, su esposo, Matías Gabriel, de oficio labrador, había sido asesinado de una fuerte pedrada por otro indio, José Mariano Juan, de 21 o 22 años, conocido como Troxita. Antes de acudir a Buenrostro, Andrea había buscado al gobernador de los naturales de Aculco, don José de la Cruz, pero él le indicó que correspondía al teniente de Justicia atender aquel crimen.

Quizá medio adormilado pero dispuesto a cumplir con su deber, don Félix escribió el primer documento de aquel asunto, cabeza de proceso, a las 4:30 de la mañana, y se dirigió enseguida a reconocer el cadáver donde se hallaba tendido: el "paraje del Huizache" (o "del Huizachito", le llamaban también), sitio que entonces no incluía únicamente el rancho que sigue llamándose así, aledaño a la prolongación hacia el sur de la Avenida de los Insurgentes, sino también los terrenos en los que se construyó un siglo después la Plaza de Toros Garrido-Varela.

Acompañaba a don Félix don Juan Manuel Gómez, sujeto "instruido en el arte de la cirugía", para que reconociera el cuerpo, al que hallaron "sobre el lado del hígado, a lo que notoriamente parece está difunto por faltarle los alientos y movimientos vitales, y tener otros signos cadavéricos, el cual está vestido de cotón de lana azul y su pechera de vaqueta, calzón de gamuza arriscada (¿?), calzones blancos de lana, y manga parda". Al voltear el cuerpo, el cirujano "halló tener una pedrada en la sien derecha, según lo manifestaba la hinchazón que en ella tenía". Gómez le hizo una incisión en la sien con una lanceta, de la que brotó "sangre apelmazada y molida", y tras reconocer todo el cuerpo no halló otra cosa capaz de haberle quitado la vida más que aquel golpe.

El teniente de Justicia procedió después a tomar declaración a la viuda, único testigo presente de aquel crimen. Andrea María aseguró que cuando se dirigían ambos hacia su casa les había salido al encuentro un indio de San Pedro Denxhi, "provocando [...] expresándole que ahora sabía quién era él". Llegaron así a la milpa "que está en el paraje que llaman el Huizache, propia de Marcos Juan", donde se toparon con José Mariano, el señalado como asesino. Éste, "de buenas a primeras le tiró una pedrada sin haberle precedido voces ni pleito con él", y "le dio en una sien del lado derecho de la que cayó súbito". El hermano del agresor, de nombre José Juan, al verlo en el suelo, se habría acercado y al percatarse de que había muerto lo cubrió con su manga y se apartó. Mientras tanto, Mariano Juan y el indio de San Pedro Denxhi escaparon, echando a correr "por detrás del Calvario", es decir, hacia la parte posterior del actual Panteón Municipal.

Al día siguiente, Buenrostro pidió al cura don Luis José Carrillo que se procediera al entierro de Matías Gabriel. El padre Carrillo lo sepultó en efecto el mismo 28 de noviembre "de gratis", es decir, sin que se pagaran los correspondientes de rechos parroquiales. En la partida anotó únicamente que "no se confesó por haber muerto de repente".

José Juan, hermano del agresor, fue llamado a testificar. Indio tributario de 30 años, no requirió de intérprete para hacerlo, pues hablaba español (todos los demás otomíes de esta historia sí necesitaron un traductor). Él añadió alguna información al caso: "que habiéndose alborotado varios indios con motivo de estar bebidos, dio un grito José Mariano, hermano del que declara, provocando a pleito, en cuya vista procuró [...] sacarlo del pueblo para llevárselo al rancho en donde ambos trabajaban; y que habiendo salido como tres o cuatro cuadras hacia el campo, vio al cabo de rato que su hermano José Mariano se hizo de razones con Matías Gabriel, quien por distinto rumbo había salido del pueblo, riñendo también de palabra con un indio del pueblo de San Pedro Denxhi nombrado José Pablo, a quienes, como a su hermano, instó a sosegarse metiendo paz entre ellos, y que a ese tiempo observó la pedrada que recibió Matías Gabriel, pero que no vio si quien tiró la pedrada fue su hermano José [Mariano] o el indio Pablo".

La indagatoria se detuvo momentáneamente ahí, pues el presunto asesino y el indio de San Pedro se hallaban prófugos.

Pero apenas dos días después del crimen, José Mariano fue aprehendido en el pueblo de Santiago Toxhié, en la casa de una tía suya a la que había acudido a refugiarse. Tras asegurarlo, el alcalde este pueblo lo envió a Aculco vigilado por dos topiles (es decir, alguaciles) y se le encerró en la cárcel pública del pueblo. El 1 de diciembre se le sacó de la cárcel para interrogarlo. En este acto, se le mostró primero la piedra con la que había cometido el asesinato, que reconoció como la misma que había tomado del suelo para tirársela al difunto. Cuando se le cuestionó sobre sus motivos para haber cometido el crimen, declaró con ambigüedad que había sido "con motivo de haber tenido con él una especie de pleito de resultas de haber bebido un poco de pulque", porque "habiendo visto al indio de Denxhi peleándose y apedreándose con Matías [...] llegó su hermano José y le dijo a este una mala razón, a que correspondió José diciéndole que se fuese, que por Dios que no se peleasen, a cuyo tiempo cogió el difunto dos piedras con las cuales creyó el deponente que iba a ofender a su hermano, y que entonces", cuando lo tenía como aocho pasos de distancia,"tomó la que se le ha manifestado y asestándola a Matías cayó al golpe en el suelo sin sentido". Es decir, afirmaba que había arrojado la piedra en defensa de su hermano, y que la pedrada la había lanzado "con ánimo de contenerlo, sin ánimo ni la más mínima intenciónd e darle muerte, y que aunque lo vio caído en el suelo no lo juzgó cadáver".

Aunque confeso, el indio Mariano necesitaba una defensa de acuerdo con la ley. Por ello, el mismo don Juan Manuel Gómez que había acompañado al teniente a levantar el cadáver, "vecino y del comercio de este propio pueblo", "persona inteligente de ciencia y conciencia", fue nombrado de oficio su defensor el 15 de diciembre, y lo acompañó en los sucesivos interrogatorios. En éstos, se supo que Mariano había caído antes dos veces preso, una "por haberlo encontrado ebrio y otro con motivo de castigarle la mala amistad en que estaba con una mujer, en cuya causa se le apercibió no la frecuentase más, como lo ha cumplido".

Transcurrieron sin mayor avance varias semanas hasta que, el 8 de febrero de 1804, una curiosa petición se agregó al preceso: la viuda y los padres del difunto (Gabriel Hernández y Marcelina Cecilia), "prestando voz y caución por los demás parientes", indicaron respecto al asesino que "como cristianos hemos venido de común acuerdo a perdonarle". Claro que con una condición: que Mariano le entregara la viuda un buey y diez ovejas, "para poder en parte subvenir a mis necesidades". Las autoridades, sin embargo, no llegaron a tomar en cuenta esa petición, coniderando seguramente que se apartaba de la correcta administración de justicia.

Un mes más tarde, el 10 de marzo, se presentó en el juzgado el padre del asesino, de nombre Juan Alonso, con otra petición: señalando que el rey Carlos IV había decretado un indulto a los cautivos con motivo del casamiento del príncipe de Asturias (el futuro Fernando VII), solicitó que los documentos del proceso se remitierana a la Ciudad de México a los jueces encargados de revisar los perdones.

El defensor se tomó su tiempo para presentar, por escrito, sus argumentos. Basó su defensa especialmente en tres puntos: primero, "la falta de reflexión que es propia de los menores de edad" (porque, argumentaba, aunque se le atribuían 20 o 22 años, "puede ser errado este cálculo"); segundo, "el enajenamiento en que se hallaba por la embriaguez"; tercero, "la falta de intención para matar". Pidió además la presencia de algunos testigos que habían conocido a Mariano desde niño, para que testificaran, como en efecto lo hicieron, sobre su "genio quieto, nada rijoso ni mal intencionado". Testificaron así sobre sus buenos antecedentes el español Gabriel Antonio Ocañas, de oficio carpintero, Mariano Sánchez, también español y jabonero, José Severino Castañaeda, asimismo español, Marcelo Blas, indio zapatero, y los labradores españoles José Vicente Navarrete, José María Gómez y José Severiano Saldívar. Lo describieron como un joven de "genio suave, apacible y humilde... ni amigo de pleitos ... muy obediente a su anciano padre y a quien le da el jornal que adquiere con su trabajo". Señalaron tambioén a su favor que no había intentado refugiarse en la iglesia "como era regular si hubiera pensado que había dado muerte a Matías Gabriel", pues en aquel tiempo los perseguidos solían recurrir todavía al "asilo en sagrado", una costumbre que se remontaba a la Edad Media que los ponía a resguardo de la autoridad civil.

Dando por concluida la causa penal el 18 de mayo, don Félix Buenrostro determinó enviar los autos al licenciado Antonio de López Matoso, de la Real Audiencia de México, para que dictaminara como asesor. Éste respondió el 9 de junio, indicando que había deficiencias en la documentación, pues faltaba, entre otras cosas, el testimonio de un testigo más: José Pablo, el indio de San Pedro Denxhi que había presenciado y quizá inciaido el pleito fatal. Buenrostro intentó subsanar este problema, pero el alcalde de San Pedro Denxhi, Miguel Antonio, le informó que Pablo Manuel (su nombre correcto, por lo visto) no se hallaba allá.

Muy tardíamente, en otubre de 1804, y mientras su defendido seguía preso, don Juan Manuel Gómez presentó otro testigo que detalló lo sucedido en las horas anteriores al crimen: se trata del indio José Valentín, quien declaró que aquel día anduvo tanto con el asesino como con su víctima, y que "a causa de estar ambos (él y José Mariano) sirviendo en el rancho de don Luis García de gañanes, vinieron juntos aquel domingo a misa y después se fueron a pasear y llegando a las pulquerías tomaron pulque con el cual se perturbó en sus sentidos José Mariano". Que no habían bebido con Matías Gabriel, quien seguramente habría tomado "en otro de los muchos puestos que se ponen de esta bebida los domingos". Así a las 3:30 o 4:00 de la tarde emprendieron el regreso juntos al rancho, pero se separaron cuando Valentín se desvió hacia la casa de una tía, momento en que ocurrió el crimen. Un testigo más, José Félix, corroboró su declaración.

A resultas de la duda en la edad del agresor que había apuntado el defensor, se pidió al cura que revisara los libros parroquiales, y se averiguara si José Mariano "había tomado este nombre en lugar del que tuviese antes, como aquí vulgarmente lo hacen los indios", con lo que su registro de bautismo podía ser distinto al de su nombre conocido. Nada resultó, sin embargo, de esta averiguación.

El 22 de diciembre, finalmente, el expediente se remitió a la Ciudad de México. Los oidores y alcaldes del crimen resolvieron primero lo concerniente al indulto, y el 7 de enero desecharon esa pétición indicando que el reo no estaba comprendido en el perdón concedido por el rey. El resto de los documentos se enviaron nuevamente al asesor Matoso, quien halló una nueva deficiencia: la primera declaración del reo se había hecho sin su defensa, por lo que estaba expuesta a nulidad. De tal manera, se procedió a subsanar el problema con ratificaciones del asesino y su defensa a aquella declaración y de nuevo se envío el papeleo a Montoso. Esta vez ya no halló faltas en la documentación y respondió el 5 de junio de 1805 en su papel de asesor judicial, razonando sobre las declaraciones y exponiendo que atendiendo a la equidad "y a la larga prisión que ha sufrido, condene vuestra merced al reo Mariano Juan a tres años de presidio en las fortificaciones de Veracruz". Fallo que por supuesto debía enviar a la Real Sala del Crimen "para la confirmación o reforma".

Pero en julio, cuando el dictamen del asesor llegó a manos de Buenrostro, había ocurrido otro incidente: José Mariano Juan se había fugado de la cárcel de Aculco.

Así, en su ausencia, el 19 de agoto de 1805 Buenrostro pronunció su juicio de acuerdo con el consejo de Montoso, mismo que envió para su ratificación a la Real Audiencia de México. Aunque el procurador de Indios Juan José Monroy apeló la sentencia, la Sala del Crimen afirmó que se le había tratado con equidad al darle sólo tres años de trabajos forzados, "pues merecía cinco", y se pronunció a favor del fallo el 11 de septiembre de 1805. Sin embargo, la Real Sala del Crimen ordenó en noviembre que el proceso se prosiguiera hasta aprehender al asesino, pues había cometido un delito más, el de fuga.

El caso permaneció sin avances por más de cuatro años. A principios de febrero de 1810, el nuevo teniente de Justicia de Aculco, don Ignacio Lozano, ordenó pregonar a lo largo del mes la orden de que compareciera, pues de otra manere el jucio proseguiría "en ausencia y rebeldía". Estos pregones se realizaban en la puerta del juzgado, "paraje acostummbrado", por medio de Santiago Ysidro, indio ladino que hacía el oficio de pregonero. Los pregones concluyeron el 26 de febrero. Y entonces la historia dio un nuevo giro de tuerca: el 27 de febero se presentó en el juzgado el alcaide de la Real Cárcel, Francisco Coraza, conduciendo al reo.

Sobre su fuga, José Mariano declaró que una mañana, al despertar, "halló ya la puerta de la cárcel quebrada, que otros seis reos que estaban allí la habían quebrado". Decidió entonces fugarse como lo habían hecho aquéllos porque temía que el teniente de Justicia "le hiciese cargo de los reos como presidente que era". En efecto, seguro por el largo tiempo que llevaba ahí, a Mariano se le había dado el cargo de "presidente", es decir, el encargado de representar a los reos y mediar entre ellos y las autoridades. Ya libre, el indio Mariano huyó para la Ciudad de México, pero no permaneció largo tiempo allá. Regresó entonces al pueblo "donde jamás le habían buscado", según afirmó.

El expediente se envió de nuevo a la Real Audiencia de México el 16 de marzo de 1810. Por el exceso de trabajo de Montoso, se nombró como nuevos asesor a don Francisco Manuel Nieto, quien el abril 2 siguiente advirtió que en el ínterin, en septiembre de 1808, se había publicado un nuevo indulto con motivo de la exaltación al trono del rey Fernando VII, que quizá podría beneficiar al reo. Consultó al respecto la Audiencia, pero ésta determinó que "no le alcanza el último indulto general", ni por el homicidio ni por la fuga, pues no se había presentado en el plazo establecido por el perdón. Los oidores opinaron, sin embargo, que su pena debía ya "compurgarse con el nuevo tiempo de prisión que ha sufrido" y que continuar con el proceso "no conduciría... a otra cosa que a prolongar más las penalidades del infeliz reo". Por ello ratificó la sentencia anterior del 19 de agosto de 1805, sin añadir pena alguna por la fuga, condenándolo a tres años de presidio en las fortificaciones de Perote. Poco después, el 19 de mayo de 1810, se ordenó que ese trabajo forzado se realizara en "el camino nuevo de Veracruz", corriendo el tiempo a partir del 10 de mayo último.

Así, el 24 de julio se ordenó que José Mariano Juan fuera enviado a la Real Cárcel de Corte de la Ciudad de México, primera escala en su camino. El asesino salió en efecto de Aculco "en la cuerda del 11 de septiembre de 1810". Mala suerte para él: de haberse prolongado su prisión en Aculco un poco más, seguramente habría sido liberado por el ejército insurgente del cura Miguel Hidalgo y Costilla cuando llegó al pueblo dos meses después, el 5 de noviembre de 1810.

****

Más allá de la relación de los hechos, tenemos aquí un ejemplo clásico del funcionamiento del sistema de justicia en la Nueva España, que voy a tratar de explicar brevemente. Para empezar tenemos que identificar a los personajes que intervienen en él y cuál es su papel:

Teniente de justicia (don Félix Buenrostro): Era el juez local de primera instancia para criminal y civil. Recibe la denuncia “a deshora”, abre cabeza de proceso (acta inicial) y dirige las diligencias: inspección del lugar, levantamiento del cadáver, aseguramiento del indicio (la piedra), citación de testigos, prisión del sospechoso y conducción del sumario.

Gobernador de naturales (don José de la Cruz): Autoridad del cabildo indígena. Orienta a la viuda a ir con el juez real; en delitos graves contra la vida, la causa pasa a la jurisdicción real (no se resuelve sólo en el cabildo indígena).

Cirujano o “instruido en cirugía” (don Juan Manuel Gómez): Practica un reconocimiento médico-legal (protoautopsia): ubica la lesión mortal, deja constancia escrita. La prueba pericial era central en causas de homicidio.

Topiles y alcaldes de pueblos vecinos: Policía local. Aprehenden al reo en Santiago Toxhié y lo remiten custodiado. La red de pueblos sostiene la coerción del proceso.

Defensor de oficio (el mismo Gómez, ahora “persona inteligente de ciencia y conciencia”) Aunque el reo confiesa, la ley exige defensa. Más tarde la Audiencia advierte nulidad por haber tomado una primera declaración sin defensor y ordena subsanar con ratificación: típico control de formas.

Procurador de Indios (Juan José Monroy): Funcionario de la Audiencia que vela por los derechos procesales de los indígenas. Interpone apelación buscando atenuación o corrección.

Asesores letrados y oidores de la Real Audiencia (López Matoso; luego Francisco Manuel Nieto): La primera instancia eleva el sumario a un asesor (jurista) que dicta parecer; la Sala del Crimen (oidores) confirma o reforma la sentencia. Es el filtro de legalidad y equidad.

Clero parroquial (el cura don Luis Carrillo): Interviene por las funciones sacramentales y registrales (entierro, búsqueda de partidas para acreditar edad). El “asilo eclesiástico” aparece como argumento de conducta (no se refugió), indicador de mentalidad jurídica de la época.

 

Ahora bien, ¿cuál era el procedimiento que se seguía para procesar el crimen? Constaba de una serie de pasos que en este caso específico quedan ejemplificados de esta manera:

-Denuncia y apertura (27 nov 1803): viuda acude al juez; se asienta la cabeza de proceso a las 4:30 a. m.

-Reconocimiento del cadáver e inspección: se describe vestimenta, sitio, lesión; se asegura la piedra como cuerpo del delito.

-Testifical: declaración de la viuda y del hermano del reo; luego se busca a un tercer testigo clave (José Pablo de San Pedro Denxhi), cuya ausencia debilita el sumario (la Audiencia lo reclama).

-Prisión del reo y confesión (1 dic 1803): confiesa el hecho y alega defensa de tercero (de su hermano) y falta de intención.

-Nombramiento de defensor (15 dic): requisito de validez.

-Peticiones de parte:

a) Perdón privado con reparación (buey + 10 ovejas) promovido por la viuda y los padres: no vincula al juez en homicidio; la justicia real no es transigible por simple avenimiento.

b) Indulto real por festejos dinásticos (Carlos IV 1803; luego Fernando VII 1808): se consulta a la Audiencia; no aplica por los términos del perdón y por fuga.

-Fuga del reo (1805): genera delito adicional, la Audiencia ordena proseguir “hasta aprehensión”.

-Pregones y reaprehensión(1810): se pregonan edictos para comparecencia; el reo reaparece y se remite de nuevo a la Audiencia.

-Sentencia: asesor propone 3 años de presidio (Veracruz/Perote); Sala del Crimen confirma (aunque anota que “merecía cinco”). Parte de la prisión previa compurga (se le cuenta) por el largo encierro.

 

Finalmente, ¿qué criterios jurídicos se aplicaron?

-Tipicidad y prueba del hecho: homicidio por pedrada; prueba pericial y testifical.

-Atenuantes clásicos:

a) Posible minoridad (incertidumbre de edad por registros parroquiales confusos).

b) Embriaguez (disminuye la imputabilidad, no la elimina).

c) Falta de “ánimo de matar” (dolo vs. culpa; alega defensa de tercero).

-Política penal de la época: énfasis en equidad y orden social más que en igualdad abstracta. De ahí la pena de presidio (trabajos forzados) en vez de pena capital: castigo útil al reino (fortificaciones, caminos) y ejemplar.

-Control de formas: nulidad por declaración sin defensor, subsanada por ratificación; búsqueda de testigo faltante; cómputo de prisión preventiva a favor del reo (compurgación).

-No transigibilidad del homicidio: el perdón de la familia y la “composición” en bienes no extinguen la acción penal pública.

 

Es así como este caso -sólo uno de muchos que deben haber ocurrido en Aculco en tiempos coloniales- nos permite conocer cómo se aplicaba la justicia y con ello nos deja tener un atisbo más profundo a laa vida en nuestro pueblo hace más de 200 años.

 

FUENTE:

AGN, Criminal, vol. 14, exp. 7, f. 358-433.

sábado, 4 de octubre de 2025

Blas Guller, el penúltimo administrador jesuita de Arroyozarco

El 25 de junio de 1767, las casas de los jesuitas en Nueva España amanecieron rodeadas de soldados. El rey Carlos III había ordenado detener a todos los miembros de la Compañía de Jesús para expulsarlos de los dominios españoles. La operación se preparó con el máximo sigilo para ejecutarse sin tropiezos y de manera simultánea, como había ocurrido meses antes en la metrópoli. Sobre las causas de este decreto se ha especulado y novelado mucho, pero pueden resumirse en una: en tiempos de consolidación del absolutismo monárquico, la creciente influencia de los jesuitas -sustentada en su poder, su riqueza y su voto especial de obediencia al papa- resultaba incómoda y riesgosa para el monarca.

Hubo, sin embargo, jesuitas que lograron escapar en un primer momento de la aprehensión: los destinados a las misiones remotas de Paraguay o California, así como aquellos que administraban las haciendas de la Compañía de Jesús. Aunque no lo sabemos con absoluta certeza, es muy probable que entre ellos se encontrara el hermano Blas Guller y Huarte, penúltimo administrador de la hacienda de Arroyozarco y residente en ella.

Guller había nacido en Estella, Navarra, en abril de 1703. Se le bautizó en la iglesia de San Juan Bautista de ese lugar el día 3 de quel mes y año. Fueron sus padres Blas Guller de Monteagudo y María de Huarte y Gómez (mencionada a veces con el apellido Duarte, Aduarte, Uduarte o Ugarte). Sus padres se habían casado tres años antes en el templo de San Julián y Santa Basilisa de Andosilla, del mismo reino, de donde al parecer eran originarios. Desconocemos cuándo viajó Blas Guller a la Nueva España y a qué se dedicó en su juventud, pues fue hasta pasadas las cuatro décadas de edad, en 1744, cuando ingresó al noviciado jesuita, el 25 (o 23) de mayo de ese año. Ya en 1748 aparece como administrador de alguna de las haciendas jesuitas y se describen sus dotes como "de ingenio y juicio bueno; de alguna prudencia y experiencia; de complexión temperada; de talento para lo del campo y la casa". En 1751 actuaba ya como apoderado del procurador de las misiones de California.

Resulta llamativo que se le confiaran tales responsabilidades cuando aún era novicio, antes de pronunciar sus votos temporales de pobreza, castidad y obediencia, pues no fue sino hasta junio de 1753 cuando se le autorizó a hacerlo. Un año más tarde emitió sus "últimos votos", los definitivos, entre los cuales figuraba el cuarto, propio de los jesuitas: la especial obediencia al Papa. Algunos documentos se refieren a él como "reverendo padre", sin embargo, parece seguro que no se ordenó sacerdote, por lo que el tratamiento correcto sería simplemente el de "hermano".

Desde 1755 Blas Guller se hallaba en Arroyozarco como administrador de la hacienda. Aunque su residencia regular era este lugar, como encargado de una finca perteneciente a las misiones de California se le consideraba adscrito al Colegio de San Andrés de la Ciudad de México (famoso por su hospital), como lo reseñan documentos jesuitas de 1761 y 1764. ¿Cómo era el trabajo de los administradores de las haciendas jesuitas? Sobre eso escribí en mi libro Arroyozarco, puerta de tierra dentro (2003):

El Fondo Piadoso de las Californias tenía como cabeza a un padre Procurador, quien era el supervisor de los padres o hermanos jesuitas administradores nombrados para cada una de las haciendas que pertenecían a la fundación. Él se encargaba de visitar las propiedades, vigilar su explotación y habilitar a los distintos administradores con objetos y mercaderías que les era imposible conseguir en el lugar en que se ubicaban las fincas. Durante ciertos períodos existió un administrador general que ocupaba un puesto intermedio entre el Procurador General y los administradores de las haciendas. Por su parte, los padres administradores estaban directamente encargados de los trabajos de las fincas.

Quizá con el objeto de regular su conducta, se recomendaba que, en lo posible, no se dejara al hermano administrador solo, sino que se designara un capellán como compañía. Por debajo del puesto del administrador se encontraban los mayordomos (de campo y de casa) y después toda una escala de empleados menores como escribanos, caporales, vaqueros, arrieros, pasteros, sirvientes de la labor, ayudantes, carpinteros, herreros, albañiles, cocineras, molenderas, cuida pastos, gañanes, sacristán, cuadrillas de trabajadores forasteros y capataces en tiempo de cosechas, veladores, boyeros, peones, ayudantes, caballerangos, muleros, etc.: todo lo necesario para la subsistencia de un grupo más o menos numeroso de gente dedicada al trabajo agrícola y ganadero. Cada hacienda era en sí misma un pequeño mundo con mayor o menor interacción con el exterior, pero autosuficiente en muchos aspectos, lo cual a veces agudizaba su aislamiento respecto a pueblos y ranchos vecinos pero contribuía a la integración de sus habitantes.

[...]

Tal vez los padres administradores de la hacienda hayan tenido como diversión la lectura de libros piadosos y profanos, acompañándose con chocolate caliente servido al uso de la época, en su taza con mancerina o en un coquito encasquillado en plata, pues todos estos objetos se mencionan en los inventarios de la época. Quizá alguno de ellos practicó la esgrima, pues existía una espada vieja de este ejercicio en las bodegas de la finca. Cada año, el padre administrador debía acudir a ejercicios espirituales y entonces dejaba la hacienda a cargo del mayordomo y sus ayudantes. Antes o después de dichos ejercicios debía rendir cuentas a sus superiores. Se recomendaba que el administrador fuera “observante y fervoroso en la soledad de una hacienda donde no hay Superior que cele, ni campana que llame, ni visitador que registre, no ojos que observen, ni censores que noten la vida de un religioso campista”. y que se levantara temprano, pues “desdice mucho que en una hacienda donde todos madrugan antes del alba, sólo el Administrador duerma hasta después de salido el sol”. Por la noche, el administrador “rayaba” las cuentas de los sirvientes para su posterior pago y daba órdenes al mayordomo sobre los trabajos del siguiente día.

Para el padre administrador, el capellán, algunos hermanos jesuitas convalecientes o de vacaciones y huéspedes que se encontraban en la hacienda se tocaba a comer a las doce del día y a cenar a las ocho de la noche. Quizá la visita o el paso de viajeros importantes añadían alguna compañía interesante al administrador.

En sus años como administrador de Arroyozarco seguramente debió atender innumerables asuntos, pero de los que más documentación ha sobrevivido es de los que se relacionan con límites de tierras. Fue el caso del pleito con los naturales del pueblo de Santiaguito Maxdá, Timilpan, en 1762, o los que tuvo por el sitio de San Juan Ashuatepec, que la hacienda había intercambiado con Santiago Navarrete y que los naturales de Acambay reclamaban en 1753.

Acerca de los espacios que habitó don Blas en la Casa Vieja de la hacienda, escribí también en la mencionada obra:

El extremo norte del ala estaba ocupado por la nave de la capilla, su atrio y una troje de dos naves sobre columnas cilíndricas. Esta área era la única que contaba con una planta alta, que rodeaba al patio principal sólo por los lados norte y poniente, y al que se accedía por una escalera de piedra en el lado norte del patio. Ese piso contaba con dos soleados corredores, que miraban hacia el sur y oriente, soportados por pilastras de cantería; debe haber sido el lugar habitado por los jesuitas administradores y residentes en la hacienda, contaba con tres salas, dos recámaras, una sala de huéspedes (adornada con una bella portada de tezontle con la característica forma de H y con su clave en forma de róleo, ricamente esculpida), despensa, palomar, cocina, letrinas y almacén además de varios cuartos. Una de esas salas debió ser la lujosa “Sala del Administrador”, descrita ampliamente en el inventario de 1776, que estaba adornada con varias imágenes de bulto, como un San José con el niño con potencias, diadema y vara de plata, una Virgen de Loreto con corona de plata y un Santo Cristo pequeño de madera con su baldaquino. Los muros estaban cubiertos por grandes pinturas, como las de Santa María Magdalena y Santa Bárbara, de dos varas de alto, y una de los Cinco Señores, de dos varas y media. Los muebles eran de lo más variado: un reloj despertador con su caja dorada y encarnada, una mesa de dos y media varas de largo con cajón, dos bancas con respaldo, una de ellas servía además de cajón, un par de escritorios, un de ellos de madera de sabino con dos cajoncitos y seis huecos para libros, un baulito viejo, una caja de madera de sabino con chapa, un armero, cuatro pequeñas pilas de agua bendita de estaño, dos escopetas viejas cortas “para caminar” y dos bacinicas de cobre. Cubría el suelo una alfombra grande de colores blanco, encarnado y verde, y los vanos un par de cortinas azules de bayeta. Según lo que mandaban las Instrucciones para los hermanos jesuitas administradores de haciendas, el administrador debió tener ahí una tabla con clavos en los que colgaba las llaves de oficinas y aposentos de la hacienda, con un letrero que indicaba el uso de cada una y a donde debían volver una vez terminado su uso.

Cuando en 1764 pasó por la hacienda fray Francisco de Ajofrín en viaje hacia el norte de la Nueva España, conoció a Blas Guller y dejó unas cariñosas palabras en su Diario:

Es Arroyo Zarco hacienda de los misioneros de California, y su administrador, el padre Blas, me detuvo con mucha urbanidad y cariño hasta otro día, que era la festividad de la Encarnación del Señor, que habiendo dicho misa tomé mi camino (...).

En algún momento posterior a esta visita y antes de 1767, el padre Blas Guller fue relevado de la administración de Arroyozarco, quizá por su edad, reemplazándolo el padre Diego Cárcamo. Sin embargo, algunos documentos nos indican que continuó residiendo en la hacienda.

La hermana de don Blas Guller, María Benita, contrajo matrimonio en España con otro navarro, Bernardo de Ecala Lorente, noble con casa solar en Eulate. Fueron ellos padres de Martín Bernardo de Ecala Guller, nacido también en Estella, quien al cabo del tiempo siguió los pasos del tío y emigró a la Nueva España. Cuando en 1767 cayó la orden de expulsión de los jesuitas, en una decisión quizá algo cuestionable por el parentesco con el hermano Blas, don Bernardo de Ecala fue nombrado como administrador interino de la hacienda de Arroyozarco el 11 de julio y permaneció en el cargo hasta 1773.

Si don Blas estaba en Arroyozarco al momento de la aprehensión de los jesuitas, como es probable, pudo tomar alguna de dos determinaciones: la primera, retornar voluntariamente a su casa del Colegio de San Andrés, con la certeza de que ahí sería detenido; la segunda, esperar en la hacienda, donde posiblemente habría sido obligado a unirse a alguno de los grupos de compañeros de su orden que desde el interior del país viajaban por el Camino Real de Tierra Adentro camino de la expulsión. Como haya sido, lo cierto es que la mayoría de los jesuitas llegaron a Veracruz a lo largo del verano de 1767 y en el mes de octubre se embarcaron hacia España, desde donde se les envió a los Estados Pontificios.

Existe en la Biblioteca Nacional de España un manuscrito con la Lista de los jesuitas expulsados de Indias, llegados al Puerto de Santa María. Puerto de Santa María, [hasta el] 30 de junio de 1769, sin embargo el nombre del hermano Blas Guller no aparece, mientras que Diego Cárcamo, último administrador jesuita de Arroyozarco, sí consta en ella. ¿Habrá muerto antes de embarcar rumbo al exilio?, ¿habrá renunciado a la Compañía de Jesús y permanecido en la Nueva España?, ¿su nombre simplemente se omitió y terminó como sus compañeros de orden? Preguntas, hasta ahora sin respuesta.

 

FUENTES:

"España, bautismos, 1502-1940", FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/1:1:HZ5H-VWN2 : Wed Mar 05 01:05:26 UTC 2025), Entry for Blas and Blas Guller, 22 Apr 1703.

"España, matrimonios, 1565-1950", database, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/1:1:C9VL-9CW2 : 13 February 2020), Blas Guller, 1700.

"España, matrimonios, 1565-1950", database, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/1:1:C9Q2-Q5MM : 17 February 2020), Blas Guller, 1700.

"España, bautismos, 1502-1940", FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/1:1:HZ5Q-J7W2 : Wed Mar 05 01:06:28 UTC 2025), Entry for Maria Benita Ecala and Bernardo Ecala, 14 Jan 1730.

Zambrano, Francisco y Gutiérrez Casillas, José. Diccionario bio-bibliográfico de la Compañía de Jesús en México, tomo XV, México, Jus, 1961, p. 268, 732.

"Mexico registros," imágenes, FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3Q9M-CSD2-R3K2-S?view=explore : 8 sept 2025), Imagen 135 de 194; . Número del grupo de imágenes: 007984610

Fr. Ángel de los Dolores Tiscareño. El Colegio de Guadalupe, desde su origen hasta nuestros días, México, La Prensa Católica, 1905, pp. 224 y 137.

Javier Lara Bayón. Arroyozarco, puerta de tierra adentro, Toluca, Instituto Mexiquense de Cultura, 2003.

Ajofrín, Fray Francisco de. Diario del Viaje que hizo a la América en el siglo XVIII el P. Fray Francisco de Ajofrín. México, 1964. Instituto Cultural Hispano - Mexicano. Págs. 127 y 128.

Uruburu de Toro, Francisco. "Lista de los jesuitas expulsados de Indias, llegados al Puerto de Santa María. Puerto de Santa María", 30 de junio de 1769, manuscrito, Biblioteca Nacional de España.