martes, 29 de noviembre de 2022

De María Manuela a José Ignacio: dos cartas de amor de 1782

Escribía aquí, hace poco más de un mes, acerca de cuatro cartas de amor escritas en el Aculco del siglo XVIII. Quizá es muy pronto para repetir el tema, pero confío en que mis lectores serán indulgentes y me disculparan al contarles hoy de otras dos cartas amorosas de la misma época y procedencia. Éstas nos hablan de un amor más juvenil y sencillo, sin los enredos de la historia que les conté entonces, pero que narran de igual manera un amor finalmente frustrado.

 

***

 

El joven aculquense José Ignacio Morales se hallaba prendado desde hacía dos años de María Manuela Olloqui, criolla nacida en Acambay.

Los jóvenes habían intercambiado cartas y la madre de ella, Florencia o Florentina Ríos, parecía estar de acuerdo con aquel amor. Siguiendo la costumbre, el padre del muchacho, don Antonio Morales, pidió su mano al progenitor de la novia -don Joaquín García de Olloqui- y éste le respondió por escrito con su aceptacion. Cosa de año y medio después, sin embargo, Olloqui se desdijo argumentando que "la niña no quería" casarse y no sólo eso, sino que procuró alejarla enviándola desde su casa de Acambay a la de un yerno suyo que vivía en Atlacomulco.

Don Antonio se inconformó, pues sospechaba que aquel cambio de opinión de María Manuela no era tal, sino que el padre la presionaba para evitar el matrimonio. Por ello decidió denunciar la situación ante el cura y juez eclesiástico de Aculco, el bachiller don José Moreno, pidiéndole que se investigara si en verdad era Olloqui quien no la dejaba casarse a pesar de que era su voluntad.

Como prueba, Morales presentó al sacerdote una carta enviada por Olloqui el 12 de julio de 1780, en la que decía haber consultado "la libre inclinación" de su hija y que ésta era favorable al matrimonio, añadiendo que de su parte celebraba "la unión que nos ofrece este sacramento, para que con más satisfacción, mi esposa, familia y principalmente a mí nos contemplen suyos y a todo su arbitrio".

Mostró también don Antonio dos cartas que María Manuela le había escrito a José Ignacio, en las que quedaba claro que le correspondía. La primera, que transcribo a continuación y no tiene fecha, revela ya algún descontento de parte de su padre. Es interesante la firma, en que la joven juega con su apellido Olloqui llamándose "Olla Prieta". Es de notarse asimismo el uso excesivo de las abreviaturas Vmd. (vuestra merced)y Vg. (vuestra gracia). Finalmente, hay en ella una posdata que no es sino una copla española que al parecer se había popularizado en la Nueva España:

Mi más venerado negrito de mi corazón:

Yo estoy buena y siempre para servirte, pues el que no hubiera escrito en estos días es por no haber habido ningún lugar. Pues sabe mi negrito lo que lo quiero y lo estimo, que por ti perdería la vida y no te olvido hasta el morir. Y no ha habido ningún motivo en mí pues p. mi padrecito lo dijo, porque nomás se le puso en la cabeza y así no pierda Vmd. las esperanzas de mí y puede Vmd. creer que que desde que supe lo que había pasado en estos días, pues todos los días lloro más que niña chiquita y así no tenga Vmd. que sentir de mí pues soy suya, espero en Dios y en María Santísima mi señora y no molesto a Vmd. más, sabe Vmd. que lo quiero y sin más, Dios Guarde la vida de Vmd. mía para que nos veamos juntos de con [ilegible].

Su criada, Manuela María de Olla Prieta.

Y dónde estás prenda querida, cielos de mis pensamientos, en dónde que no escuchas mis suspiros y lamentos.

La segunda carta tampoco está fechada. Su redacción es mucho más confusa que la anterior y por momentos es imposible seguir el sentido de las palabras de María Manuela, lo que deja ver su instrucción deficiente, a pesar de que pertenecía a una familia acomodada. Menciona, por ejemplo, alguna enfermedad de José Ignacio, pero no se entiende si se trata de una enfermedad del cuerpo o del alma:

Mi estimado y querido negrito de mi corazón:

No sé cómo explicarle a Vmd. el dolor que tuve cuando supe que Vmd. se había ido muy malo pues puede creer que por de qué se diría no fui yo esa noche, pues no ha de ver Vmd. si yo ya estaba vestida y salí hasta la puerta ya puede considerar Vg. a cuánto puede llegar de amor que le tengo a Vmd., pues ya no atendía a ver si mi padre estaba, pues ya me iba saliendo como una loca, y me alegraré que ésta halle a Vmd. muy aliviado y juntamente muy contento y que ya no se vuelva Vg. a enfermar, que siga adelante del alivio. Yo me hallo media buena, porque he estado un poco indispuesta. Yo tengo con Vmd. un sentimiento de ver cómo le ha enseñado a Vg a su compadre la esquela que le envié a Vmd. y a su padre y le dijo Vg. que yo le había enviado a que por un camino Vg. y yo por otro yo había de ver a Vg., eso porque me habían dicho quitaban la tienda, ahí puede considerar nos habiamos de vera bien fácil, ya no oñi no. A Vmd. le han hecho creer por otros [ilegible] yo le daba a entender a Vg. que yo me quedaba en Acambay porque me ha dado a entender mi padre que sí me quería ir allá, pero puede creer Vg. que primero la vida, no lo ha de creer Vmd. que es tanto el amor que tengo a Vg. que cuando Vd. estaba a enfermo [ilegible] de Vmd. hasta tenía yo un dolor que si mi madre me hubiera preguntado con ánimo le hubiera respuesto, pero en cuanto Vmd. [ilegible] se acaba el ánimo y no más. Dios guarde la vida de Vmd. muchos años, como de su segura servidora que sus manos besa.

María Manuela García de Olloqui.

Vmd. ha de enmendar las mentiras porque ya sabe Vg. que yo no sé escribir a bien que Vmd. como capaz lo ha dispensar.Y adiós, sola me quedo en la [ilegible].

La queja de don Antonio Morales fue enviada por el cura de Aculco al Provisor y Vicario General de Españoles, es decir, al máximo juez eclesiástico del Arzobispado de México, para que determinara qué debía hacerse. Éste ordenó se interrogara a María Manuela para que declarara bajo juramento si las cartas eran suyas y si su deseo era contraer matrimonio con José Ignacio. En caso de que así lo quisiera y su padre mostrara oposición, la niña sería depositada en una casa respetable en tanto se resolvía cualquier recurso legal que interpusiera su progenitor. En caso de que no quisiera contraer matrimonio, el caso simplemente concluiría.

Se ordenó en efecto a don José Joaquín que enviara por María Manuela desde Atlacomulco para que fuera interrogada en su casa de Acambay, y el 6 de marzo de 1782 se llevó a cabo la diligencia. María Manuela declaró lo siguiente:

Que la primera [carta] la mandó escribir y la segunda la escribió de su mano y la firmó de su puño, que en orden así de su libre y espontánea voluntad quería casarse con don José Ignacio Morales. Dijo que antes quería casarse y era su gusto y voluntad porque quería su padre; que no queriéndolo ahora no quiere, por no hacerlo contra su voluntad, porque su intención ha sido siempre darle gusto. Que aunque la que declara le ha mandado algunas cosas como es un rosarito de oro y el dicho don José Ignacio le ha correspondido con otras como un rebozo y dos eslabones, pero que esto no lo ha tomado por vía de prenda y que apreciaría que el dicho don José le mandara lo que le ha enviado para devolverle lo que éste ha dado.

Concluyó así el caso, diríamos que casi anticlimáticamente. Aquella frase "no te olvido hasta morir" escrita por María Manuela a su pretendiente quedó sin más en vana e incumplida promesa. Pero las cartas de aquel amor sobrevivieron y nos permiten hoy asomarnos, aunque sea sólo un poco, a la vida cotidiana de nuestros antepasados aculquenses de hace casi 250 años.

 

NOTAS

"México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:9396-1QS8-2V?cc=1837908&wc=MGX1-3TG%3A164300601%2C164305102%2C165945503 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Información matrimonial 1759-1782 > image 529 of 591; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

* Las cartas de María Manuela están escritas con muchas fallas gramaticales y ortográficas, e incluso parecen revelar su dislexia. La que mandó escribir a otra persona tiene además una letra muy difícil de leer. Hice lo posible por interpretarlas y transcribirlas con correcciones para que sean legibles para los visitantes de este blog.

sábado, 26 de noviembre de 2022

Las historias reales de tres brujas de Aculco

La semana pasada les platicaba aquí del brujo Alejandro, al que se le atribuía la capacidad de hablar con los animales. Por el gran número de visitas que tuvo ese relato entiendo que gustó y que a los lectores de este blog les interesaría conocer más historias por el estilo. Las hay, por supuesto, aunque la mayoría de las veces no se conoce su desenlace, pues apenas han llegado hasta nosotros documentos sueltos que guardan las denuncias de estos casos ante las autoridades eclesiásticas. Por lo que parece, pocos llegaban a preocupar realmente a la Iglesia, pues seguramente se atribuían simplemente a la ignorancia o a la superstición de los feligreses, más que a una verdadera intervención diabólica, y por ello no pasaban de la denuncia o de las primeras averiguaciones. Hoy les traigo tres más de estas historias de brujas, todas muy interesantes, pero lamentablemente todas ellas también truncas.

 

I. La india Rosa Zidi y sus maleficios (1)

Esta primera historia no tiene fecha, pues el documento que trata de ella no la tiene, ni tiene relación con los papeles a los que se halla anexo (que, baste apuntar el dato, señalan fechas tan distantes como 1725 y 1688). El relato, resumido, es el siguiente: Nicolasa María, india tributaria que vivía en el barrio de San Pedro del pueblo de San Gerónimo Aculco, casada con Juan Antonio, acusó en el juzgado eclesiástico de la parroquia a la también india Rosa Zidi, vecina del lugar, por haber "maleficiado" a su hija Anastasia por encargo de una tal María, casada con Nicolás, gañán del rancho de Las Ánimas, debido a los celos que sentía por ella.

Lo curioso es que la propia "hechicera" se descubrió y reveló el maleficio a Anastasia, ofreciéndole librarla de él si le pagaba, "y que lo afianzaba con el pescuezo si no la curaba". Fueron las dos mujeres a la casa de la bruja, pero como Anastasia no pagó, "la dejó dañada pues se halla malísima casi agonizando". Siendo conocido en el pueblo que Rosa Zidi era "de malísima opinión pues anda por la ocasión" y que había hecho algunas otras malas obras de hechicería en San Lucas, Nicolasa pidió al cura que mandara por ella "y se ponga en grande apremio para que confiese tanta maldad como se dice de ella, como hace constar por testigos, pues se ha visto presa por sus maldades, y como no sea presa como corresponde su depravada malicia, no cesa de andar haciendo maldades".

 

II. La hechicera que negaba serlo (2)

A diferencia del caso anterior, en el que la hechicera se asumió como tal, este segundo relato parte de la negación de dicha condición. Sucedió en éste que una india tributaria de nombre Francisca María acusó a otra mujer de Aculco por haber hechizado a su hijo y con ello haberle causado la muerte.

En defensa de la supuesta hechicera -cuyo nombre no se conoce- salieron sus cuatro hijos: Mateo, Matías, Antonio y Bartolo, todos de apellido Cristóbal. Acusaron ellos a su vez a Francisca María de culpar a su madre con la única intención de "desquiciarse de nuestra casa, y todo cuanto ocurre, el bienestar con su marido". Señalaron que la muerte del niño se debía a "las lombrices que tenía, de comer tierra" y apuntaban como prueba que en el pueblo habían "muerto varios del aventamiento y lombrices que echan". Los hermanos, ante el "falso testimonio" de Francisca María, pidieron al cura de Aculco "la remoción de dicha Francisca, cuyos excesos la hacen sin duda indigna de que se le dé crédito" y que "entretanto se justifique su demanda ... se ponga en depósito ... con la integridad debida". Este "depósito" significaba recluirla en alguna casa respetable del pueblo para tenerla vigilidada. El documento que cuenta esta historia no tiene fecha, pero por el fraseo de la denuncia parece ser contemporáneo de la acusación a Rosa Zidi.

 

III. María Antonia García, bruja de San Pedro Denxhi (3)

El asunto ocurrió en 1768. Esta vez, la mujer acusada de hechicería se presentó primero como curandera y fue después que levantó sospechas sobre sus maleficios, cuando el hombre al que pretendió curar falleció.

Los documentos cuentam que el indio Manuel Gerónimo, del pueblo de San Pedro Denxhi, sufrió dolores de estómago por varios meses, hasta que finalmente la enfermedad lo postró. Ni los remedios caseros ni los de botica lograron mejorarlo. Llevaba ya tres meses en cama, aunque en sus cinco sentidos, cuando el domingo 15 de mayo de 1768 llegó a su casa María Antonia García acompañada de su esposo Melchor de los Reyes. Después de saludar a la familia y a Manuel, preguntó por qué no le habían pedido algún remedio "para la sanidad del enfermo". Ellos le respondieron que lo viera y si tenía remedio los ayudara. Antonia les informó entonces que aquel mal "era muy malicioso" y preguntó al enfermo si recordaba con quién se había topado en el río o de camino hacia él. Manuel contestó que primero se había encontrado a un tal Pascual y a otro Miguel, y después a Ángel Argüello. La india señaló que este último era quien lo tenía en ese estado, que sabía que andaba rodeando la casa con cal y que valiéndose de su dinero había hecho que le causara daño un vecino de la "Cofradia de Nuestro Amo" (es decir la Cofradía del Santísimo Sacramento, después conocida como Cofradía Grande). En más de diez ocasiones -relató Antonia- aquel hombre le había dicho que Manuel Gerónimo "no se había de casar sino con la tierra", una clara amenaza de muerte.

La curandera indicó entonces el remedio que habían de aplicarle al enfermo: un menjurje que incluía aceite de comer, aceite de abeto, aceite de alicornio y un escorpión, aceite de contra y aceite de Santa María. Además, debían pagarle cuatro misas pero tenían que darle el dinero a su esposo, "que él sabía a qué padre había que pagársela". Mientras conseguían los ingredientes, ordenó le aplicaran "tantita yerba de Santa María que llaman thixú", la que molida le untaron al enfermo en brazos y piernas, y luego el sobrante se lo dieron a beber a la fuerza. Finalmente, Antonia comentó que si le hubieran avisado antes habría hecho un remedio con "llave de chivo", pezuña de caballo y estiércol de zorrillo.

Cuando la mujer se fue, el enfermo comenzó a sentirse muy mal, le ardía el estómago y dijo que sabía que aquella mujer lo había matado con el supuesto remedio. Al día siguiente, sus hermanos fueron nuevamente a buscar a la curandera, pero ella les dijo que desde luego se moría, porque toda la noche había estado soñando que luchaba con un gato negro que le quería quitar al enfermo y que por fin se lo quitó, así que no tenia remedio. En efecto, cuando los familiares regresaron a la casa el hombre se hallaba ya sin habla y al poco tiempo, cerca de la media noche, expiró. "Luego que murió el difunto -declaró su hermano, Pascual Gerónimo- dijimos como tan adoloridos que quizá esa dicha Antonia había enhechizado al enfermo o ayudado a ello". A los tres días que se presentó Antonia de nuevo en la casa, la llamaron bruja y decidieron informar al cura de Aculco.

A diferencia de los dos casos anteriores, esta vez consta que el párroco don Lorenzo Díaz del Costero decidió investigar el asunto más a fondo. Además de citar como testigos a los familiares del difunto Manuel Gerónimo, que coincidieron en sus declaraciones con lo aquí apuntado, se apersonó también Francisco Valeriano, quien en algún tiempo que había estado amancebado con la tal Antonia García. Él había rechazado casarse con ella a pesar de sus apremios y lo hizo en su lugar con una mujer de nombre María Josefa. Sin embargo, al mes y medio de la boda la esposa murió, después de sufrir un dolor de cabeza por ocho días. Mientras agonizaba, afirmó Francisco, estaba ahí presente un gato prieto, que se mantuvo en el sitio hasta que murió. El dueño le echó entonces a sus dos perros y al salir de la casa se oyó un estruendo en el techo, pero después de revisarlo nada hallaron en él. El cuerpo de María Josefa fue conducido a su oratorio y colocado en el suelo. Y a la noche, con horror, la mucha gente presente vio que entre el cabello de la difunta salían hormigas y arañas prietas "que no había en tal forma en el pueblo", además de gusanos blancos "en demasía". Naturalmente, las sospechas de Francisco recayeron en la bruja despechada.

Finalmente compareció ante el cura la propia curandera. María Antonia se cuidó de hacer cualquier declaración que la comprometiera como bruja. Explicó que el "medicamento" de aceite de cocina (no mencionó los otros ingredientes) le había servido a ella misma para curarse y nada habló de maleficios, gatos, ni de otros remedios como señalaron sus acusadores.

¿Qué pasaría con aquella mujer? ¿Convencería al párroco de su inocencia con esa declaración? Para no variar, los documentos no nos dicen nada más que lo aquí transcrito.

***

Hay en estas tres historias muchos detalles de interés. El primero es que se trata siempre de mujeres, pues indudablemente eran ellas más señaladas por practicar la brujería que los hombres. El segundo es que parece haber más puntos de coincidencia con la tradición occidental de la hechicería que con prácticas prehispánicas, pues aparecen notoriamente los gatos negros, especie que no existía en América antes de la llegada de los europeos, y en la poción de la hechicera Maria Antonia hay ingredientes del Viejo Mundo, como el chivo y el caballo. Sobre esto, hay que apuntar que las declaraciones solían hacerse en lengua otomí y eran traducidas por un intérprete al castellano, por lo que ciertos detalles que podrían indicar una supervivencia de antiguas prácticas indígenas pudieron perderse en su traslación. El tercer detalle es la persistente creencia en brujas y hechicerías, que a los aterrados aculquenses de la época les parecían factibles y reales, tanto como para denunciar sus actos a las autoridades y esperar un castigo para ellas.

Esto último quizá no es tan soprendente. En fechas tan recientes como finales de la década de 1970, hubo todavía en el municipio de Aculco alguna mujer que pagó con su vida la convicción de sus vecinos de que se trataba de una hechicera.

 

NOTAS

(1) "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:9396-1Q9X-CQ?cc=1837908&wc=MGXY-MNL%3A164300601%2C164305102%2C165841601 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Información matrimonial 1688, 1719, 1768-1770 > image 65 of 417; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

(2) "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:9396-1Q9X-BG?cc=1837908&wc=MGXY-MNL%3A164300601%2C164305102%2C165841601 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Información matrimonial 1688, 1719, 1768-1770 > image 61 of 417; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

(3) "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:9396-1QS4-RL?cc=1837908&wc=MGX1-3TG%3A164300601%2C164305102%2C165945503 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Información matrimonial 1759-1782 > image 421 of 591; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

viernes, 18 de noviembre de 2022

Alejandro, el brujo de Aculco que hablaba con los animales

El crecimiento del turismo en años recientes ha causado una singular situación: quienes ofrecen recorridos por el pueblo no conocen muchas leyendas o sucedidos de Aculco, por lo que se los inventan sin vergüenza alguna. Quizá el mejor ejemplo es el de la "bruja de Aculco", un relato que nació hace pocos años, pero que se ha extendido como si fuera tradicional gracias a internet. Y la verdad no es que las historias falten, sino quizá que no les parecen lo suficientemente atractivas o no han encontrado la manera de narrarlas.

Hace quizá unos seis meses, tal vez más tiempo, un conocido me preguntaba precisamente por leyendas de Aculco. Le conté algunas y por insistencia suya prometí hablar en este blog de una historia que no había tenido oportunidad de poner por escrito, relacionada con un pacto con el diablo y un hombre que hablaba con los animales. Lo interesante de ella es que está registrada en documentos de 1773 del archivo parroquial. Espero les guste y que cuando les pregunten sobre historias aculquenses de miedo, se aprovechen de ella:

El 12 de junio de 1773, una aterrada mujer se presentó ante don Ignacio Claudio de Mendoza, cura párroco de Aculco. Se trataba de Manuela Gertrudis de Rivera, de calidad española, vecina del rancho de Toxindejé (conocido también como rancho de Almoloya, que había pertenecido a Gabriel Lorenzo Magos) y casada con don José Saldívar. Su intención era denunciar a un joven de nombre Alejandro, sin que se conociera su apellido, del rancho de Fondó, por "brujo, sacrílego o que tiene pacto con el diablo". Decía Manuela que Alejandro era culpable de que se hallara enferma "según parece de maleficio que le ha hecho por no condescender a torpes contratos" (un eufemismo por no decir que quería acostarse con ella), pues él mismo le había confirmado "que la tiene así, y que tiene poder para hacer eso y mucho más".

¿Qué más podía hacer el tal Alejandro? El mismo documento lo aclara:

Le ha dicho que él es del Infierno, y que tiene poder para hacer entender a los animales, como con efecto le consta a la que declara: que habiendo soltado un buey en el corral, lo oyó decir la que declara al buey preguntado por Alejandro: "Ya vendrá". Lo que le parece pudo percibir y entender don Cristóbal Basurto que al mismo tiempo iba llegando hacia la casa, y vio la que declara que los ojos se le anegaron de agua al dicho Basurto, y entendió ser por lo que había oído del buey.

Que en otra ocasión habiéndola amenazado dicho Alejandro, le dijo Chepa la mujer de Marcelino: "yo no he de venir asustada del agua" y al día siguiente habiendo ido a lavar la que declara oyó la voz del dicho Alejandro, aunque no lo vio, que decía "cójalo, allá va", y al instante vio la declarante delante de sí dos carneros blancos con astas que la querían embestir, y conforme alababa la que declara a María Santísima se retiraban dichos carneros, habiendo hecho el acometimiento de embestirle tres ocasiones, pero nunca le hicieron daño, y habiéndose ido para su casa la que declara, los carneros estuvieron a la vista de dicha casa hasta el anochecer. Que se fueron metiendo para el monte.

Y que algunas veces le ha dicho, y ahora en este tiempo le ha enviado a decir, que ha de tener algún dolor en parte señalada de su cuerpo, y que en efecto lo ha tenido.

Todo esto declaró la mujer bajo juramento, señalando "que no hace dicha denuncia por odio ni mala voluntad, sino únicamente por celo de nuestra santa Fe, y que no tiene otros documentos, no sabe que otras personas tengan noticia para justificar la sospecha contra dicho Alejandro".

El problema con esta historia es que no sabemos lo que sucedió después, si el cura de Aculco consideró que el caso ameritaba mayores investigaciones o simplemente archivó la declaración de Manuela Gertrudis. Como sea, nos legó la imagen de un personaje que con algo de dramatización se puede recuperar como leyenda local: la historia del misterioso y lujurioso brujo Alejandro de Fondó, que se decía venido del Infierno, capaz de hablar y hacer hablar a los animales, que enviaba un par de carneros blancos a atacar a sus enemigos (a los que se podía alejar lanzando alabanzas a la Virgen María) y ejercía maleficios sobre otros causándoles dolores en partes precisas del cuerpo. Es una buena historia y tiene casi 250 años.

 

NOTAS

La declaración de Manuela se puede consultar aquí: "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:9396-1Q9N-ZH?cc=1837908&wc=MGXY-MNL%3A164300601%2C164305102%2C165841601 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Información matrimonial 1688, 1719, 1768-1770 > image 386 of 417; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico

viernes, 28 de octubre de 2022

La visita del arzobispo Lorenzana a Aculco en 1768

A lo largo de este año les he hablado varias veces de las visitas pastorales de los arzobispos de México a la iglesia de Aculco durante el Virreinato. Este asunto puede parecer algo tedioso y la lectura de las actas levantadas en cada una de esas ocasiones suele ser en efecto aburrida por burocrática y repetitiva. Pero lo cierto es que esos documentos guardan algunos detalles históricos interesantes. Ya hemos visto aquí, por ejemplo, que la visita de don Francisco Manso y Zúñiga en diciembre de 1632 llevó a que los libros sacramentales dejaran de ser escritos en lengua otomí. O que don Francisco Aguiar Seijas, en su visita de mayo de 1685, pidió a los frailes del convento de Aculco procuraran que no se vendiera tepache y pulque, y recordó la prohibición de bañarse con mezcla de sexos en los temascales.

Esta vez voy a contarles acerca de la visita algo más tardía del arzobispo Lorenzana, la primera que se realizó una vez elevada la iglesia de Aculco al rango de parroquia.

Don Francisco Antonio de Lorenzana y Butrón nació en León, España, en 1722. Estudió con los jesuitas en su ciudad natal y tras ordenarse sacerdote alcanzó una canonjía en Toledo. En 1765 fue nombrado obispo de Plasencia, cargo que dejó para viajar a la Nueva España y asumir aqui el arzobispado de México. En apenas seis años que duró su encargo (1766-1772), Lorenzana emprendió grandes proyectos de reforma en la Iglesia local. Recogió y publicó las actas de los primeros concilios provinciales de México en 1555, 1565 y 1585: Concilios provinciales, I, II, III, de México (México, 1769-70). En 1771 él mismo convocó el cuarto Concilio Provincial Mexicano, que comenzó el 13 de enero y terminó el 26 de octubre. Infortunadamente sus decretos, que envió a Madrid para ser confirmados, no fueron aprobados por los monarcas ni por el Papa y quedaron sin publicar. Le correspondió la expulsión de los jesuitas en 1767, en la que actuó acatando las órdenes del rey. También se dedicó a la historia profana escribiendo y anotando prolija y eruditamente una Historia de la Nueva España, escrita por su esclarecido conquistador Hernán Cortés (México, Joseph Antonio de Hogal, 1770) que incluye la primera edición mexicana de las Cartas de Relación de Hernán Cortés, con importantes mapas y ampliaciones con textos de Lorenzo Boturini Benaducci y fray Agustín de Betancourt. reunió una interesante colección de objetos etnográficos procedentes de los indios de California, cuadros de mestizaje pintados en Puebla de los Ángeles, piezas de cerámica de Tonalá (Guadalajara) y bateas de Michoacán, que trasladó a Toledo. Regresó a España cuando fue nombrado arzobispo de Toledo, el cargo eclesiástico más importante del reino. Su vida de regreso a España fue aún más fructífera hasta su muerte en 1804: fundó bibliotecas, publicó obras modernas y medievales, creó un Museo de Historia Natural y Antigüedades, fundó dos hospicios y recibió el cardenalato en 1789. Después de paricipar en Roma en el cónclave que eligió al papa Pío VII, renunció a su arzobispado y permaneció en la Ciudad Eterna, donde murió en 1804.

Dada su gran actividad, no debe extrañarnos que entre tantas ocupaciones Lorenzana cumpliera también con las visitas pastorales a las parroquias de arquidiócesis de México. En el curso de estas visitas, llegó a la parroquia de San Jerónimo Aculco el 16 de octubre de 1768. En los libros sacramentales de la parroquia -matrimonios, bautizos y defunciones- dejó constancia de su paso y de la revisión de los registros correspondientes, como en el caso del libro de bautismos:

En el pueblo de San Jerónimo Aculco a diez y seis días de octubre de mil setecientos sesenta y ocho años, el Ilustrísimo Señor Don Francisco Antonio de Lorenzana, arzobispo de la Santa Iglesia Metropolitana de México, del Consejo de Su Magestad mi Señor, estando en su santa general visita de este arzobispado y en la particular de esta parroquial y su feligresía, habiendo visto y reconocido cuatro libros con éste en que se han asentado las partidas de bautismos así de españoles y otras castas como de indios hechos en ella desde catorce de diciembre de el año pasado de mil setecientos cincuenta y siete, en que últimamente se visitaron hasta la presente, Su Ilustrísima por ante mí su secretario de visita, dijo que debía de mandar y mandó que el cura actual y sus sucesores pongan especial cuidado en expresar en todas ellas no solamente el día en que se hicieron los bautismos, sino también aquél en que hubieren nacido los que se bautizan, el nombre, sobrenombre o apellido, estado, calidad y vecindad de sus padres y padrinos, haber advertido a éstos el parentesco y obligación que contraen; que el referido cura y sus sucesores firmen con firma entera y no con media aún aquellos bautismos que de su licencia hicieron otros ministros, sin omitir en lo demás la misma forma, método y estilo que ha observado el actual. Y por este auto que Su Señoría ilustrísima firmó, así proveyó y mandó.

Francisco Arzobispo de México.

 

Por mandato del arzobispo mi Señor.

Don Francisco Pérez Sedano

Secretario de Visita

Para el libro de defunciones dio también instrucciones precisas de los datos que debían ser consignados en cada registro:

Que en lo sucesivo se exprese en todas las partidas el día en que hubieren fallecido los que se entierran, además de aquel en que se hicieren los entierros [...] que se añadan si los contenidos en ellas testaron o no, ante quién, en qué día, mes y año, quiénes fueron sus albaceas y herederos, si dejaron algunas mandas de misas u obras piadosas, y en caso de que no testen se expresará si fue por no tener de qué o por cuál otra causa.

Estas indicaciones cumplían con un doble o hasta triple propósito: el primero, mejorar la calidad de los registros de vida en una época -recordemos- en la que aún no existía el registro civil; el segundo, adicionar los registros con datos no relacionados con los sacramentos, como los testamentos, para facilitar el acceso a ellos por parte de los interesados; un tercer propósito pudo ser el de proteger los legados a la Iglesia mediante un adecuado registro de ellos al momento de la muerte del donante. Además de estas indicaciones, sabemos que el arzobispo Lorenzana dio algunas otras referentes a los gastos de las cofradías fundadas en la parroquia de Aculco, como el de disminuir los gastos erogados en sus comidas y refrescos. (1)

Con todo, llama la atención que al revisar los registros sacramentales inmediatamente posteriores a la visita de Lorenzana a Aculco no se advierte en ellos gran mejoría. Seguramente pesó más la costumbre que las propias órdenes del arzobispo.

En el Libro de la visita del arzobispo lorenzana a la Arquidiócesis de México, 1767-1769 (2), su visita a tierras aculquenses se registró de manera mucho más detallada, dando cuenta de la ceremonia de su recepción, misas, sermones, comida, disposiciones, fieles que confirmó y visitas que se atendían desde la parroquia. Incluso nos informa que antes de llegar a este pueblo se detuvo en la hacienda de Arroyozarco:

/Arroyozarco [hacienda]. 10 leguas/

/Día 15/ Este día, a las cuatro de la mañana, salió su señoría ilustrísima del pueblo de Tula para la hacienda de Arroyozarco, que fue de los regulares de la Compañía [de Jesús] y dista doce leguas del referido pueblo, a la que llegó a la hora de las once y después que hizo oración a la imagen de Nuestra Señora de Loreto, sita en altar mayor de la capilla de dicha hacienda, hizo una breve plática de la vida de santa Teresa, cuya fiesta se celebraba en este día y del sacramento de la confirmación, que administró en este día a ciento treinta y nueve personas de ambos sexos. Por haber sido dilatada esta jornada, su ilustrísima determinó hacer noche en esta hacienda y a la mañana del día siguiente, que fue domingo, dijo misa su señoría ilustrísima y partió para el pueblo inmediato que es.

/San Jerónimo Aculco. Otomí. 2 leguas/

/Día 16/ A las ocho de la mañana, poco más, llegó su señoría ilustrísima al pueblo de San Jerónimo Aculco, dos leguas distante de la mencionada hacienda, en el que le recibió el cura con el palio y demás ceremonias que se acostumbra, hizo oración al Santísimo, visitó dos sagrarios que hay en la iglesia de este pueblo, los altares, pila bautismal y santos óleos, que todo estaba con el mayor aseo, se cantaron los tres responsos que manda el ritual, los que, concluidos subió a su habitación hasta después de las nueve, que bajó a oír la misa mayor cantada que se dijo al pueblo y últimamente hizo la plática sobre el evangelio del día procurando instruir a los indios en las verdades de nuestra santa fe y en el misterio del sacramento de la confirmación que (leído el edicto de pecados públicos) administró en esta mañana a quinientas personas y por la tarde a trescientas veintisiete. /Confirmados, 500+327= 827/ Esta parroquial tiene por titular a San Jerónimo y su cura párroco es el bachiller don Lorenzo Díaz de Costero. Hay un vicario, hermano de dicho cura, que lo es el bachiller don Miguel Díaz del Costero.

Esta cabecera tiene de visita los siguientes pueblos:

2 1⁄2 leguas San Francisco
5 [leguas] San Pedro Denxhi
3 [leguas] Santiago Thoxi [Oxtoc-Toxhie]
1⁄2 [legua] Santa María Nativitas
2 [leguas] Santa Ana
2 [leguas] San Lucas
2 [leguas] San Francisco Acazuchitlantongo

Haciendas y ranchos

3 [leguas] Palo Alto
1⁄2 [legua] Gado
2 [leguas] Hacienda de Arroyozarco
1 [legua] La de Ñadó
3 [leguas] La de Taxié
3 [leguas] Rancho de San Nicolás de los Cerritos
3 [leguas] El de los Potreros
3 [leguas] El Ruano
3 [leguas] El de las Encinillas
3 [leguas] Totolmaloya
1 [legua] San Antonio del Judío
1 [legua] El Bathé
1⁄2 [legua] El Fondó
2 [leguas] Tzethe
2 [leguas] Santa Rosa
1 [legua] El Baño
1 [legua] El de La Concepción
2 [leguas] Guadalupe
2 [leguas] La Cañada
1 [legua] Taxhtoc
3 [leguas] Temascalapa
1 [legua] Jurica
2 [leguas] Paso de Carretas Ábalos
1 [legua] Ávalos
2 [leguas] San Joaquín
1⁄2 [legua] Decadho

/Libros parroquiales/ En este día se visitaron los libros parroquiales que se componen de cuatro de bautismos, dos de entierros y dos de casamientos con diferentes legajos de informaciones matrimoniales y se mandó generalmente que el cura actual y sus sucesores firmen con firma entera todas las partidas, aun aquellas que de su orden hicieren otros ministros, que se expresen los días en que hubieren nacido o muerto los bautizados o difuntos, además de aquellos en que se hicieren los bautismos o entierros y en los libros de uno y otro que se separen los de indios de los de españoles y demás castas y en par- ticular en los de bautismos que se exprese el nombre y sobrenombre y demás circunstancias de los padres y padrinos y haber advertido a estos el parentesco y obligación que contraen. En los de entierros, si testaron o no los difuntos, ante quién, en qué día, mes y año, quiénes fueron sus albaceas y herederos, si deja- ron algunas mandas piadosas y, cuando no testen, se diga por qué y en los de casamientos que se sigan asentando sus partidas en la misma forma y método que ha observado el cura actual a quien se le encargó que acabase de asentar dos partidas de entierros que se hallaron por concluir.

En este día se visitaron los libros pertenecientes a las cofradías del Santísimo Sacramento, Nuestra Señora de la Concepción y Benditas Ánimas, fundadas con autoridad ordinaria en esta iglesia parroquial, cuyas constituciones se mandaron observar y en cada una de ellas se mandó lo mismo que queda referido en las de Tula y en estas se añadió que los diputados anualmente reconozcan los ranchos que le pertenecen, sus aperos y ganados y que también asistan a los herraderos y en la del Santísimo que se destine un arca de tres llaves para que en ella se introduzcan los caudales de la cofradía y que, en llegando a tener trescientos pesos juntos, se impongan a réditos en finca segura y con la correspondiente escritura de que se pondrá una copia auténtica en el arca y en la de la Concepción, que se cobrarán dentro de dos meses de don Ignacio Sánchez cincuenta y cuatro cargas de maíz y treinta y siete pesos y cuatro reales que está debiendo y que se notificará al bachiller don Nicolás Franco Coronel, vecino de San Juan del Río, que dentro del mismo término exhiba trescientos pesos que está debiendo a esta cofradía o de ellos otorgue la correspondiente escritura de reconocimiento sobre finca segura.

/Dotación de Dolores/ También se visitó el libro de la dotación u obra pía de la festividad de Nuestra Señora de los Dolores y se mandó que, por ahora y sin perjuicio de determinar en lo sucesivo lo conveniente, se siga gobernando del modo que hasta aquí. Y que el sujeto que corre, y en lo de adelante corriere, con la administración de ella, afiance a satisfacción del juez eclesiástico, y que no se gasten en otro destino sus rentas.

En este día se visitó el inventario de las alhajas y ornamentos de esta iglesia, y se hallaron existentes los contenidos en él, excepto los que quedaron anotados al margen y rubricados por el secretario de su ilustrísima.

/Bachiller Costero/ En este día se refrendaron las licencias de celebrar y confesar hasta su conclusión al bachiller don Miguel Díaz del Costero.

En el mismo día se concedió dispensa del tercero con cuarto grado de consanguinidad a Juan de Aguilar y María Josefa, vecinos de Tula. Y también de cuarto de consanguinidad a José Toribio Chávez y doña Rosa de las Cuevas, españoles, vecinos de este pueblo.

 

NOTAS

1. David Carbajal López, "Administración, corporaciones y seglares: el arzobispo Lorenzana y las cofradías del arzobispado de México, 1767-1769", en Signos históricos, vol. 19. no. 37.

2. Libro de la visita del arzobispo lorenzana a la Arquidiócesis de México, 1767-1769. Archivo Histórico del Arzobispado de México, Fondo episcopal, Secretaría Arzobispal, Libros de visitas pastorales, caja 23CL, libro 3, f. 153v-156v. Uso la transcripción de José María García Redondo y Salvador Bernabéu Albert en Territorio, iglesia y sociedad. Francisco Antonio Lorenzana y su visita a la Arquidiócesis de México, 1767-1769, México, UNAM / El Colegio de Michoacán, 2022, p. 341-344.

viernes, 21 de octubre de 2022

Cuatro cartas de amor en el Aculco del siglo XVIII

No es en realidad una historia hermosa. Es un relato de mentiras, engaños y reclamaciones entre dos amantes que llegaron a ocupar la atención de las autoridades civiles y eclesiásticas de Aculco. Quizá todo este asunto no habría llamado mucho mi atención si no fuera porque en el expediente judicial que se formó para el caso se transcribieron las misivas intercambiadas por esa pareja. Incluso algunas están en original ahí mismo. Escritas a en 1781, resultan ser las cartas amorosas más antiguas que se conocen en Aculco.

Trataré de reconstruir los hechos brevemente y de la mejor manera posible de acuerdo con los enredados testimonios, en los que por supuesto hay interpretaciones opuestas y hasta falsedades manifiestas.

Doña Rosalía Bárbara de Flores, viuda, criolla originaria de Jilotepec, llegó a mediados de 1780 con su madre y hermana a Aculco, donde abrieron una exitosa "vendimia de pulque y comistrajos". Cierto día que el lugar se hallaba lleno de clientes varones, ella voceó "que había de tener de todos, sin que ninguno llegase a su honor" (o, como señala otro testimonio, "que a cuantos iban a su casa los había de chasquear y dejar colgados").

Estaba ahí un mozo de 23 o 24 años, José Manuel Ruiz de Morales, también criollo, de oficio sastre, nacido en Tlalnepantla y avencidado de diez años antes en Aculco, quien ante aquella exclamación y "como hombre, por experimentar si era cierto lo que decía", según afirmó él mismo, decidió declarársele. Ella primero lo rechazó. Le respondió que "pusiera los ojos en otra persona", pues "era una pobre y no quería que le hiciera burla". Pero al cabo, y según ella con promesa de matrimonio (que "si se portaba con honra se casaría con ella"), aceptó sus requerimientos.

A Rosalía, sin embargo, la perseguía la mala fama. Se decía de ella que, casada en Toluca con Cristóbal Pérez, había "largado al marido", yéndose con otro a la Ciudad de México. Había viajado después a Santiago de Querétaro, "se infiere con otro", y de allí "en la misma forma" a Valladolid (Morelia), desde donde había llegado a Aculco. En este pueblo se divulgó que su marido era muerto, "más no que ella lo viera morir". Esto es, se dudaba de que en realidad hubiera fallecido. Pasado un tiempo, había "fraguado" casarse aquí con un hijo de don Francisco Saldívar, pero vista su "locura y desorden" (que mereció incluso la reconvención del cura del pueblo), y que su madre y hermanas no la podían "sujetar", el joven había desistido por consejo paterno.

Con todo, Rosalía y José Manuel iniciaron una relación e intercambiaron prendas -una forma en que en los viejos tiempos se mostraba el compromiso- según ella con la palabra de casarse, pero a decir de él sin que hubiera existido nunca ni promesa ni intención de ello. Él le entregó un relicario y ella correspondió con un rosario y un anillo. Pero, pasado el tiempo, cuando Rosalía se dio cuenta de que su José Manuel no se casaría con ella, decidió demandarlo ante el teniente de Justicia. La decisión de éste fue detener brevemente a José Manuel y colocar a Rosalía en depósito en una casa respetable del mismo pueblo en mayo de 1781.

Contra lo que pudiera imaginarse, José Manuel intentó acercarse nuevamente ella a pesar de la demanda y de las restricciones que le imponía el que se hallara vigilada en casa ajena. Le envió sentidas cartas, que son las que dan motivo a este post. Según él lo hizo como respuesta a las muchas misivas que ella le enviaba, pero no hay constancia de la existencia de éstas. La primera de las cartas de José Manuel dice:

Muy señora mía:

Me alegraré que esta halle a Vmd. [vuestra merced] con cabal salud. Señora, he tenido novedad el no haber tenido razón de Vmd. Parece que ya es poca la voluntad que me tiene. Yo, desde el domingo que vide a Vmd. no la he vuelto a ver, más no he tenido hora de gusto porque hasta tiricia [tristeza, melancolía] me quiere dar. De lo que me dice Vmd. lo que le haré mayor cuenta porque no me parece mal [es] la casa. Pero si ahí donde estás tienes gusto, ¿para qué te has de ir? Dios te me guarde muchos años para mi, deseo.

Tu criado que te estima y ver desea.

Yo.

Y la siguiente:

Señora doña Bárbara:

Muy estimada señora de mi estimación. Me alegraré que al recibo de esta se halle Vmd. con salud que yo para mí deseo. Mi vida ten paciencia que el tiempo se ha de llegar en que puedas descansar de tanta melancolía. Pondrás una seña para que pueda llegar allá a platicar contigo al silencio de la noche contigo porque no hallo hora de g[..]. Y no soy más largo porque no tengo tiempo. Dios te me guarde por largo tiempo.

José Manuel Ruiz de Morales.

Con sigilo, José Manuel se acercaba al balcón de Rosalía para hablarle, "no con otro intento de entrar, pues aunque viera lugar para ello, no lo ejecutara por no atropellar el sagrado de la casa". Sin embargo, ella afirmó que la noche del jueves de Corpus, además de llevarle vino, le había pedido que la noche siguiente le abriera el zaguán, de lo que se excusó pues la señora de la casa guardaba las llaves.

Pero entonces sucedió algo que vino a trastornar aquel acercamiento. El día de san Juan, 24 de junio, Rosalía salió de la casa donde se hallaba depositada en compañía de otra mujer y se dirigieron al Calvario (capilla que se hallaba donde hoy está el panteón municipal). Ahí se encontraron con dos hombres, Ramón Ximénez y un tal Bernabel. José Manuel se hallaba por casualidad por aquel rumbo en compañía de su padre y, cuando los vio, tomaron ellos por una parte "como de huida", mientras que ellas se fueron a esconder a un rancho cercano. El padre le dijo a José Manuel -según su testimonio- que viera "el juicio que tenía la señora que de aquí en antes se había enamorado". Con sospechas de infidelidad, José Manuel le escribió entonces esta ofensiva carta:

Señora doña Rosalía:

Mi señora, apreciaré que ésta halle a Vmd. con mucho gusto en compañía de su querido y me haré fuerza el ver lo contrario de lo que Vmd. me había dicho en tan poco tiempo. Había de ver Vmd. más el modo como me he portado pues no pensé que tuviera tan poco juicio. Aunque me lo habían dicho, no lo había querido creer hasta que lo vi por mis ojos. Pues nomás puede agradecer a que iba mi padre ahí, que yo muy bien lo supe desde por la mañana. Que yo hubiera enseñado a Vmd. cómo se había de portar conmigo y viera cómo se me engaña. A ver si era hombre el que iba ahí para defender a semejante persona, pues no le echo la culpa a él, no conocerá la floja que Vmd. es. Pues no se resolvió mi padre nomás a decirme ni [...] para nada ni que me ha conocido diga, pues para la semana que entra se iba a meter mano a que nos casáramos.

La respuesta de Rosalía fue, en cambio, dolida y cariñosa:

Mi alma:

Recibí la tuya, aunque no con mucho gusto viendo lo que me escribías. Aunque me viste ir allá y aquellos fueron allá, bien lo sabe la Reina de los Cielos que no fue por mala y si te quieres satisfacer, pregúntales a ellos. Dime, mi vidita, sola yo y va de mujer [¿?] amor llevaban ellos, pues sabes que yo primero largaré la vida que dejarte de querer y hablar, que por ti padezco tanto. Y la causa de venir yo de allá fue haber visto a tu padre. Ya te digo, negrito, que no le debo nada a mi Dios. Si los buenos días te ofende, no los daré ya por causarte a ti enojo al que viste allá. Adiós, negrito, y por vida tuyita haz por vernos donde siempre. Y nomás te digo, negrito, yo doy lo que hay de mi a ti no más. Dios te guarde muchos años para mi amparo. Besa tu mano tu segura servidora.

Ya tú sabes quién.

Al final no hubo, naturalmente, matrimonio, pues quedó claro que José Manuel no quería contraerlo con Rosalía y ella desistió voluntariamente de exigirlo. Lo que sí consiguió la mujer fue que le devolvieran sus prendas -el anillo y el rosario- que antes su amante se había negado a entregar. Las autoridades ordenaron también que José Manuel saliera del pueblo y su padre lo vigilara para evitar toda comunicación subsecuente con ella.

 

NOTAS:

El expediente se encuentra en el Libro de informaciones matrimoniales 1759-1782 de la parroquia de San Jerónimo Aculco. Utilicé la copia digital que se encuentra en: México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:9396-1QSZ-TN?cc=1837908&wc=MGX1-3TG%3A164300601%2C164305102%2C165945503 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Información matrimonial 1759-1782 > image 581 of 591; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

viernes, 30 de septiembre de 2022

Los 400 años del Molino Viejo

En medio de las celebraciones por los 500 años de la fundación de Aculco, no podemos olvidar otros aniversarios varias veces centenarios que concurren precisamente este año. Es el caso del Molino Viejo, uno de los edificios civiles más antiguos del municipio, que ahora está cumpliendo cuatro siglos de existencia.

En efecto, un documento de 1622 del Archivo General de la Nación señala que las autoridades novohispanas concedieron ese año un permiso a la comunidad del pueblo de Aculco para la "hechura y fundación" de un molino en las tierras que poseían al norte del pueblo (que era toda la extensión que iba desde el Ojo de Agua hasta Gunyó), "en un sitio que tienen de propios de su comunidad con unos ojos de agua que en ellos nacen" (1). Con el tiempo y la instalación de otros sitios de molienda en la jurisdicción aculquense, aquél se ganó con justicia el bonito nombre de Molino Viejo. La tradición local nunca dejó de reconocerle su antigüedad y precedencia, como apuntó el escritor Rodolfo García Gutiérrez:

Varios sitios tiene Aculco de interés para el visitante. Citemos algunos como [...] el Molino Viejo, lugar donde fue instalada la primera aceña que hubo en los contornos, y donde, por cierto, hay magníficas huertas de perales, manzanos y membrillos. (1)

García Gutiérrez usó correctamente el sustantivo "aceña", pues ese fue precisamente el tipo de molino que se construyó ahí: un ingenio harinero situado a la orilla del río, con maquinaria impulsada por agua extraída de la propia corriente. Más allá de su antigüedad, el hecho de su fundación señala un hito de importancia en la historia de Aculco: el momento en que el mestizaje cultural y material hizo necesaria la molienda masiva del trigo, cuyo cultivo había venido desde Europa.

El edificio se encuentra un poco apartado del casco histórico del pueblo, al otro lado del arroyo que corre a mitad de la vega y justo en donde entronca el camino que comunica a Aculco y Gunyó con "La Calzada", o "La Ceja", hermosa vía bordeada de cedros que llevaba precisamente del Molino Viejo a la hacienda de Cofradía, y que fue construida cuando ambas propiedades pertenecían al mismo dueño, Macario Pérez Sr. (suegro de Francisco I. Madero), a fines del siglo XIX o principios del XX.

Hasta los años de 1940 o 1950, el molino tenía el aspecto de un viejo y destartalado caserón de dos plantas y cubiertas de teja a dos aguas. Frente a él, aprovechando un desnivel del arrroyo en el que se formaba una pequeña cascada natural, se había construido una represa (cuya cortina subsiste) de la que partía un pequeño acueducto con arcos que conducía el agua hasta la gran rueda de cangilones que movía la maquinaria. Pero en aquellos años su nuevo propietario, don Mateo Espinosa (hermano de don Ignacio Espinosa, filántropo y epónimo de la cabecera municipal) realizó en él importantes reformas para que, sin perder su rusticidad y encanto, sirviera de cómoda residencia. De esa época data la gran entrada principal y su portón casetonado de cedro, los corredores interiores con columnas de madera (al estilo de los porches de la arquitectura sureña de los Estados Unidos), el arreglo del jardín y las grandes huertas de peras, manzanas y otros frutos en las tierras vecinas a él.

De las manos de los Espinosa, el Molino Viejo pasó a las de don Alfonso Díaz de la Vega y, de las suyas, a unos inversionistas que le compraron esa y muchas otras fincas que le pertenecían en Aculco, en los años 80. Desde entonces, El Molino ha estado alternativamente ocupado por arrendatarios o en el abandono, lo que ha provocado el deterioro que ya acusa en muchos de sus rincones.

Para mayor daño, el arroyo comenzó a ser utilizado formalmente para el desalojo de aguas negras en 1974, cuando se construyó el drenaje de la cabecera municipal y todos los desechos fueron conducidos hacia esa corriente, que los llevaba a cielo abierto. Hace no muchos años intentó corregirse esta situación, grave por la contaminación y malos olores que producía, especialmente en tiempo de secas: se construyó un nuevo drenaje cerrado, que corre paralelo al arroyo y que lleva las aguas negras hasta una planta de tratamiento construida en un terreno aledaño a La Ceja. Esta planta, sin embargo, estuvo mucho tiempo detenida y no sé si ha vuelto a funcionar.

Como sea, para todos aquellos que pudimos ver todavía correr esas aguas limpias y precipitarse formando una cascada frente al Molino, en aquel rincón hermoso por su fronda y por el histórico edificio asentado a su lado, el abandono actual no puede ser más deprimente. Sin duda es uno de los puntos de Aculco que fueron más hermosos hasta hace poco más de cuarenta años, y que hoy se encuentran más degradados.

Como casi cada rincón del pueblo, el Molino Viejo tiene su leyenda: para evitar que los niños entraran a las huertas a comer la fruta, don Mateo Espinosa propagó el cuento de que en esa zona habitaba un extraño ser, al que yo imagino como un fauno, llamado el "patas de burro". No sólo los niños se creyeron la historia, sino aún muchos adultos, que pensaban que el grito de los pavorreales que vagaban por sus jardines era el de aquella criatura.

El Molino Viejo es un monumento histórico catalogado por el INAH, con números de ficha I-0011100096 (para el edificio del molino), y I-0011100095 (que corresponde a la cortina de la presa y el acueducto).

 

NOTAS

(1) AGN, grupo documental Mercedes, vol. 35, f. 163v.

(2) Rodolfo García Gutiérrez. Páginas dispersas, Biblioteca Enciclopédica del Estado de Mñéxico, 1982, p. 43.

 

 

ACTUALIZACIÓN, 13 DE FEBRERO DE 2023.

Unas fotografías actuales del ruinoso interior del edificio. Estos interiores son resultado de las modificaciones que sufrió a mediados del siglo XX. Tomadas del perfil de Joselyn Alcántara en Instagram.

lunes, 26 de septiembre de 2022

Las dilapidadas columnas de un portal

La llamada "Casa de Hidalgo" en Aculco fue dividida en el siglo XX en dos porciones: una mayor, que abarcaba la entrada y casi todo su frente hacia la Plaza de la Constitución, y otra menor que incluyó la accesoria esquinera hacia esta misma plaza así como toda su fachada hacia la Plazuela Hidalgo y la calle de Comonfort. Actualmente estas dos fracciones se han vuelto a reunir bajo un mismo propietario, si bien se mantienen independientes en su régimen legal, distribución interior y numeración (16 y 17 de la plaza principal).

Hasta hace unos 50 años, la parte que hacía esquina con la Plazuela Hidalgo contó con un portalito de teja sobre columnas de piedra blanca. En las ilustraciones más antiguas de este punto, que datan de 1838, el portal no aparece dibujado. En cambio, las fotografías de 1907 tomadas por Gustavo F. Solís para ilustrar la ruta de la Independencia nos lo muestran con gran detalle y animado por los viandantes vestidos al uso de la época, por lo que se puede suponer que fue construido hacia la segunda mitad del siglo XIX. En 1960, el historiador de arte Francisco de la Maza lo describió de esta manera:

En la esquina, como fue costumbre en muchos pueblos y ciudades y que sólo en Aculco se ha conservado, se adelanta un soportal con tres columnas que sostienen el techo inclinado, de tejas. Dos puertas, con sus dinteles adornados en las claves, dan entrada a la tienda. Alrededor del muro, poyos adosados para descanso de los clientes. (1)

Las preciosas portaditas barrocas del siglo XVIII descritas por De la Maza se conservaron. No así el viejo portal, que hacia principios de la década de 1970 fue desmantelado para levantar en el mismo sitio uno nuevo sostenido por columnas de concreto, añadiéndose en la parte alta una terracita acristalada. La remodelación de 1974 intentó ocultar su modernidad engrosando las columnas de las dos plantas y añadiéndoles algunas molduras de piedra blanca, al tiempo que las trabes de concreto armado se pintaron de negro intentando simular vigas de madera. Finalmente, en 2008, se uniformó el aspecto de este portal con el recién edificado portal vecino, recubriendo sus pilares con cantera rosa y trazándole arcos rebajados en sus intercolumnios. La parte alta quedó tal como había sido arreglada en 1974.

Por mucho tiempo creí que las columnas simplemente se habían perdido. Han sido tantas las viejas piedras aculquenses destruidas sin atender a su valor histórico o artístico, que se me hacía difícil pensar que esas columnas podrían haber sobrevivido, considerando que estaban ya maltratadas cuando fueron retiradas, cubiertas además de incontables capas de pintura durante décadas, y habiendo sido desmontadas en un tiempo en el que nadie apreciaba su valor. Pero afortunadamente existen y se conservan, enteras según parece, al interior de la casa.

Hace apenas una semana, al pasar frente al lugar, vi uno de los capiteles colocado cerca de la entrada. Nunca antes lo había visto ahí. Luego, el viernes pasado y por una afortunada casualidad, el amable inquilino actual me permitió entrar y apreciar de cerca esas piedras. Así pude comprobar que los tres grandes pedestales se conservan, lo mismo que los tres capiteles. Los tambores de los fustes no sé si están completos, algunos se encuentran colocados como base y asientos de una rústica mesa. Al lado de estas piedras identificables hay otros sillares, una base para columna de madera y otras canteras interesantes de desconocida procedencia.

Por la época y su aspecto general, podemos decir que las columnas pertenecen al estilo neoclásico popular. Corresponden a una variante del orden dórico serliano sobre basas áticas, si bien las proporciones, los fustes sin gálibo y la talla de las molduras no se apegan cabalmente a las estrictas reglas clásicas. Están labradas en cantera blanca y los restos de pintura indican que alguna vez estuvieron encaladas, pero otras veces fueron rosadas y hasta verdes.

Naturalmente, lo ideal sería volver a ver alguna vez estas columnas en su sitio original. Pero seamos realistas: su reinstalación requeriría de una transformación del actual portal (y del vecino) que resulta improbable que se lleve a cabo. Lo importante, eso sí, es que las columnas se conserven, y que de preferencia se integren de alguna manera a la propia casa a la que pertenecen. Su ubicación en medio de los jardines y expuestas a la lluvia no asegura hoy en día esa conservación, por lo que este texto es también un llamado a que se les brinde mayor protección. Sería lamentable que después de haber sobrevivido desarmadas -dilapidadas- por cinco décadas, terminen por perderse por simple descuido.

NOTAS

1. Francisco de la Maza. La ruta del padre de la Patria. México, Secretaría de Hacienda y Crédito Público, 1960, p. 289.