En el interior de la parroquia de Aculco, el primer retablo que se encuentra del lado de la epístola (derecho) llama un poco la atención al visitante medianamente conocedor, pues difiere de los demás que existen en la nave. No tanto porque tenga un solo cuerpo, en lo que coincide con el retablo frontero, sino porque es el único que adopta, con cierta libertad, el orden dórico romano y despliega cuatro columnas en su frente. Resulta así más ancho que sus vecinos. Sus columnas, además, lucen un tanto achaparradas, pues no arrancan directamente del banco como el resto, sino que se apoyan sobre un cuerpo prismático alargado que alberga un nicho donde yace la imagen del Señor del Santo Entierro. En lo alto, tiene un entablamento con dentículos y un friso adornado con motivos vegetales dorados; sobre la cornisa se levantan vasos ornamentales en los extremos. En la parte inferior, dos grandes ménsulas sostienen la mesa del altar, actualmente recortada, y entre ellas aparece el monograma de Jesucristo, JHS.
Por su configuración, es evidente que este sobrio retablo fue fabricado expresamente para albergar esta imagen. En la parte superior, entre las columnas, una vitrina guarda la del Sagrado Corazón de Jesús, escultura que, según la tradición local, costeó ni más ni menos que el bandolero conservador Lindoro Cagigas. Parece que éste ha sido también desde antiguo su lugar. Por lo menos, así consta desde 1918, hace 108 años, cuando los inventarios que conozco ya la ubican ahí. Desde entonces, el altar ha perdido solamente dos elementos: un crucifijo, del que no sabemos dónde estaría colocado, y la corona de plata de la propia imagen del Señor del Santo Entierro.
El Cristo del Santo Entierro es una imagen procesional articulada, calculo que del siglo XVIII, que servía especialmente para los oficios de Semana Santa. Mientras que el Señor de Ramos -que representa a Cristo vivo y se guardaba en el Santuario de Nenthé- era quien protagonizaba el prendimiento y el viacrucis, la imagen del Santo Entierro se colocaba en aquella gran cruz verde de brazos ondulantes, que no he vuelto a ver desde que era niño, para representar la Crucifixión. De ahí se le bajaba la tarde del Viernes Santo para colocarlo en su preciosa urna portátil de madera dorada, de la que ya les hablé antes en este texto, y salir en la procesión del Santo Entierro. Después volvía a su nicho en el altar del Sagrado Corazón hasta el año siguiente.
En algún momento, quizá por influencia externa, se volvió popular la representación de la Semana Santa con personas y las antiguas esculturas procesionales fueron perdiendo importancia. Calculo que el Cristo del Santo Entierro no ha vuelto a ser "crucificado" desde hace unos cuarenta años.
Parece ser que el Señor del Santo Entierro del templo de Aculco gozó en el pasado de gran devoción. En su nombre, alguno de sus devotos instituyó, todavía en tiempos del Virreinato, una obra pía con cierta cantidad de "bueyes, vacas y cabras". Con los frutos que produjera aquel ganado debían celebrarse en el convento "distintas misas por honras del Santo Entierro de Cristo, Señor Nuestro y que se convirtiesen los demás frutos en culto de esta santísima imagen".
Sabemos de esta obra pía gracias a que, en 1743, la Provincia Franciscana del Santo Evangelio de México reclamó al indio Gaspar Asensio, encargado del manejo y administración de sus bienes, que no hubiera rendido cuentas de ellos ni de su crecimiento y se limitara a entregar la limosna para las misas. El documento es medianamente interesante, por lo que lo transcribo aquí, esperando no aburrir a mis lectores:
México, julio 9 de de 1743 años.
Líbrese despacho sometido al juez eclesiástico de San Gerónimo Aculco para que haga comparecer a Gaspar Asensio y le notifique que dentro de seis días ponga de manifesto todos los bienes que están de su cargo pertenecientes a la obra pía que se refiere, dando cuenta de lo que ha entrado en su poder y su distribución y en caso de resultar alcance contra el susodicho, con auxilio de la Real Justicia le ponga preso y haga todas las diligencias convenientes al seguro de dichos bienes. Así lo proveyó el señor D. Francisco Xavier Gómez de Cervantes, juez provisor y vicario general de este Arzobispado. Y lo rubrico.=Pablo Antonio de Sotomayor, vecino y del comercio de esta ciudad, apoderado del síndico general de la Provincia de el Santo Evangelio por lo tocante a el convento de San Gerónimo Aculco, como mejor proceda por derecho y con las protestas necesarias y competentes dijo = Que a cargo de un indio nombrado Gaspar Asensio en aquella jurisdicción se hallan distintos bienes de bueyes, vacas y cabras destinados para la obra pía de que se celebren por el convento distintas misas en honra del Santo Entierro de Cristo, Señor Nuestro y que se convirtiesen los demás frutos en culto de esta Santísima Imagen.-
Dilatado tiempo ha estado dicho Gaspar Asensio corriendo con la administración y manejo de estos bienes sin que hasta ahora haya dado cuentas algunas de sus productos sino sólo contribuyendo con la limosna de las misas que le ha parecido. Pero no se sabe qué productos, digo, aumentos haya, cuando según la naturaleza de los bienes debe haberlos por ser por sí fructíferos y augible; Y es m con cuyo en derecho que en razón de administración se debe compeler a el ecónomo a que dé en forma cuentas de lo que ha sido a su cargo, y las mismas disposiciones legales enseñan que cuando es sospechosa la persona de el administrador se prenda y asegure, y es innegable que por sí es dicho Gaspar Asensio persona sospechosísima.-
Pero en la presente es inngeable que se ha hecho mas sospechoso dicho Gaspar Asencio, porque llevado de su cavilosísimo genio se ha inherido en pleitos conmoviendo a varios indios del pueblo de la Concepción para empresas muy arduas y costosas como es el litigio que hoy tienen sobre punto de aranceles maltratando y vejando a los que no le han querido seguir, y es verosímil y muy natural que para el fomento de sus cabilaciones heche mano de los bienes de esta obra pía y que quede extenuada, y aún destruida.
No puede ofrecerse duda alguna en la acción que le asiste a el convento mi parte no sólo para exigir los frutos pretéritos y corrientes, y para pedir las cuentas para que lo producido se convierta en su destino piadoso, sino para solicite el seguro e indemnidad del principal para lo futuro, para que no solo no decaezca, sino que antes se aumente dicho principal, en cuya atención se ha de servir V. S.justicia mediante de mandar se me libre despacho cometido a cualquier eclesiástico que sea requerido para que haga que dicho Gaspar Asensio dé las referidas cuentas, exhiba los productos y frutos de dichos bienes, y los que existieren se secuestren y depositen a satisfacción de mi parte. Para todo por la ninguna seguridad que [...] la persona el dicho indio se asegure en la prisión primero y ante todas cosas y se impongan graves penas para su cumplimiento por lo qual a V. S. suplico así lo mande pido justicia juro [...]. Pablo Antonio de Sotomayor.
Por cierto, este documento permite entrever que hay un trasfondo adicional en la mala administración de la obra pía del Santo Entierro: la actitud un tanto revoltosa de Gaspar Asensio, quien, como se ve aquí, animaba a los habitantes del pueblo de La Concepción a mantener un pleito por el pago de los aranceles -los pagos que los pueblos de indios hacían al convento o doctrina por la atención religiosa-, que seguramente sostenían con los frailes del convento de Aculco.
FUENTE:El documento es consultable en: https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:939Z-RR96-9S?view=fullText&keywords=Aculco%2CEvangelio&searchForm=advanced&lang=es&groupId=M9ZY-DXB



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