El actual conjunto parroquial de Aculco nació, como sabemos, como un convento franciscano. Hasta la secularización de 1759, fue una de las casas desde las que los frailes dirigieron la evangelización y la vida religiosa de esta región. La construcción que ha llegado hasta nuestros días refleja plenamente ese origen.
Aunque muy probablemente existió una primera capilla para la evangelización franciscana hacia mediados del siglo XVI, la disposición actual del conjunto corresponde a los últimos años del siglo XVI y los primeros del XVII, cuando se estableció formalmente el convento con frailes residentes. Esta construcción corresponde así a una etapa ya madura de la arquitectura conventual novohispana, cuando las órdenes religiosas habían dejado atrás las soluciones provisionales de las primeras décadas y construían sus casas conforme a modelos más definidos. Lo que se llamó la "traza moderada".
Esta expresión proviene del informe que el primer virrey de Nueva España, don Antonio de Mendoza, dejó a su sucesor don Luis de Velasco. En él, le explica que se habían cometido errores en la construcción de los monasterios, "porque ni en las trazas ni en lo demás no se hacia lo que convenía, por no tener quien lo entendiese ni supiese dar orden en ello" y se había remediado concertando con los agustinos y franciscanos "una manera de traza moderada", conforme a la cual se edificaban todos los conventos a partir de 1550, aproximadamente. Desafortunadamente no se conservan por escrito las normas de aquella "traza moderada", pero siguen ahí muchos de los conventos levantados en esta época, verdaderos documentos de piedra, que en efecto revelan consistentemente lo sustancial de sus reglas: una iglesia de una sola nave con fachada hacia el poniente, un amplio atrio al frente del templo con cruz atrial y capillas posas (o procesionales) en las esquinas, una capilla abierta para la predicación y la celebración del culto con grandes congregaciones, un claustro sencillo al sur del templo, con las dependencias conventuales organizadas a su alrededor, una huerta a espaldas de iglesia y claustro, y una arquitectura austera y funcional.
Más que imponer un diseño único, la traza buscaba racionalizar la construcción de los conventos, moderar sus dimensiones y evitar gastos y cargas innecesarias para las poblaciones indígenas. De igual manera, las dimensiones y ornamentación de estos edificios respondieron a la situación concreta de los pueblos en que se levantaron, o de los recursos y operarios de los que se disponía. También a veces se omitieron algunos de los elementos arquitectónicos de la traza, o desaparecieron en posteriores remodelaciones o adaptaciones de los conjuntos. El primer convento de la región, que fue el de Jilotepec, tiene por ejemplo un gran atrio, su grandiosa cruz atrial, tuvo una capilla abierta grande de la que sólo quedan vestigios, subsiste su templo de una nave y un claustro muy sencillo. No queda en cambio huella de sus capillas posas. Pero en él se reconoce la aplicación de esa "traza moderada".
¿Y el convento de Aculco?, ¿se construyó también de acuerdo con ella? Sí, por supuesto.
Para explicarlo, vamos a comenzar por la ubicación del convento en el pueblo. Esto no estaba determinado por la "traza moderada", sino por una norma posterior: las Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación que promulgó el rey Felipe II en 1573. Estas ordenanzas establecían que la plaza mayor debía ser el centro de toda nueva población. Alrededor de ella se ubicarían -separados- los edificios principales: cabildo, casas reales e iglesia. Entre ellos, el templo debía tener cierta preeminencia y se recomendaba que estuviera ligeramente elevado respecto de las demás construcciones, incluso que pudiera accederse a él mediante escalinatas. La iglesia debía asimismo ocupar una manzana completa, con un atrio o espacio libre alrededor. Aunque no se especificaba en las ordenanzas, la tradición litúrgica señalaba que el altar del templo debía encontrarse hacia el oriente y su puerta principal hacia el poniente, por lo que en buena parte de los poblados fundados bajo estas ordenanzas la iglesia ocupó la manzana oriente de la plaza mayor.
Fácilmente podemos advertir que el convento de Aculco cumple en general con las Ordenanzas de Felipe II: ocupa la mayor parte de la manzana oriente de la actual Plaza de la Constitución; se levanta un poco en alto, lo que obligó a rellenar una plataforma amplia para asentarlo y se accede a él mediente escalinatas en sus lados norte y poniente; destaca igualmente sobre el resto de las construcciones del pueblo y tiene un atrio libre al frente y una huerta también sin construcciones en la parte posterior.
Vayamos ahora a su cumplimento de la traza moderada.
La iglesia mira al poniente, es efectivamente de una sola nave y aunque buena parte de lo que vemos pertenece a los siglos XVII, XVIII y XIX, es muy probable que algunos de sus muros provengan del siglo XVI (como lo sugieren la portada conopial del coro y el perfil almenado de sus muros que se conservó hasta mediados del siglo XIX). Tuvo su entrada norte o puerta porciúncula, que en el siglo XX se aprovechó como entrada a un bautisterio de nueva construcción, hoy transformado en capilla del Santísimo Sacramento. Al sur de la iglesia está el claustro, que se terminó en 1708, y si no reemplazó a un claustro anterior sí se ubicó por lo menos donde le correspondería en un convento del siglo XVI. A su frente tiene la portería de dos niveles. Aunque en general pertenece al siglo XVIII, las bases de los pilares de su planta baja denotan una mayor antigüedad. No me parece probable que haya funcionado -como ocurría en otros conventos- como capilla abierta, pero ciertas irregularidades en su traza y algunos detalles en el dibujo de 1838 de este convento podrían sugerirlo. Al frente de la iglesia está el atrio, con muros terminados en 1666. No es tan grande ni tan regular como el del convento de Jilotepec, que es perfectamente cuadrado y mide unos 100 metros de lado, pero aún así es de buenas proporciones y el trapecio que describe mide unos 60 x 55 x 45 x 65 metros. Tiene sus tres accesos al poniente, norte y sur. Este atrio tiene en las esquinas cuatro capillas posas, de las que tres son originales y la restante es obra de mediados del siglo XX. Tuvo su cruz atrial; la fotografía del equilibrista en el atrio muestra su pedestal de mampostería y una delgada cruz de madera que probablemente ya no era la original. Tras el templo y el convento se encuentra la huerta, que servía para sembrar (maíz, entre otras cosas) y hoy es un estacionamiento. Su muro trasero lleva la fecha de 1689.
Vemos así que el convento de Aculco reunió la mayor parte de los elementos característicos de la llamada traza moderada. Aunque algunos de ellos pudieron incorporarse en etapas posteriores -y no necesariamente durante la campaña constructiva de finales del siglo XVI y principios del XVII-, el conjunto responde con notable fidelidad al modelo conventual que comenzó a difundirse en Nueva España hacia mediados del siglo XVI. Comprender esa organización original permite apreciar mejor el sentido de muchos espacios que aún hoy sobreviven, incluso cuando algunos han desaparecido o han cambiado de función.



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