domingo, 1 de noviembre de 2020

Día de muertos

Se acerca el 2 de noviembre, el Día de los fieles difuntos en el calendario de la Iglesia, el Día de muertos en la tradición popular. Ya se sabe que cada año aprovecho la fecha para renegar del falseamiento de las tradiciones ligadas a este día que vienen desde la década de 1930, cuando el Estado revolucionario, bajo el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas, procuró alejarlas de su raíz católica y Occidental, vestirlas con supuestas tradiciones prehispánicas que en realidad ya estaban para entonces olvidadas, homogenizarlas como si hubieran sido idénticas de un extremo al otro del país e incluso inventarles significados que nunca tuvieron.

Este año, más que subrayar esa lamentable mistificación de tradiciones auténticas, quiero presentarles una hermosa narración que da cuenta de la forma en que en realidad se llevaban a cabo los ritos y ceremonias de este día en un pueblo en la segunda mitad del siglo XIX. Verán en ella cómo la tradición estaba profundamente imbuída de catolicismo y no de supuestas supervivencias indígenas. También, que no era una fiesta alegre, ni se trataba de reirse o burlarse de la muerte, sino de recordar con tristeza y melancolía, con recogimiento, a los que ya no estaban aquí. Nada había de disfraces, esa novedad tan reciente que algunos despistados ya creen tradición. Por supuesto, algunas particularidades de la narración seguramente se alejan de la manera exacta en que el Día de muertos transcurría en Aculco por las mismas fechas, puesto que el autor, Victoriano Agüeros, era nativo de Tlalchapa, Guerrero, y a ese pueblo colindante con el sur del Estado de México se refiere su relato. Pero su sentido general debe haber sido indudablemente muy parecido.

Para adornar el relato, me ha parecido interesante incluir fotografías de algunas piezas históricas, éstas sí propiamente aculquenses: los diez ornamentos litúrgicos antiguos que para la celebración de las exequias y misas del Día de los fieles difuntos existen en la parroquia de San Jerónimo. Ornamentos a los que caracteriza su color negro con adornos dorados y que, lamentablemente, se conservan en muy mal estado, pero fue posible fotografiarlos por un buen amigo en la última transición entre párrocos.

 

EL DÍA DE MUERTOS EN MI PUEBLO

(FRAGMENTO)

En las aldeas, donde se mantiene vivo y es más espontáneo el sentimiento religioso, esta fiesta de los Muertos tiene una manifestación tierna y conmovedora; se liga á las más íntimas y hondas afecciones del alma; porque allí donde todos forman como una sola familia, ¿quién no ha sufrido el dolor de perder a un ser querido? ¿quién no tiene una sepultura que regar con lágrimas? ¿en qué corazón no ha penetrado el frío que se siente cuando se oye caer lúgubremente la tierra sobre las tablas del féretro? ¡Ah! el día de Difuntos..! ¡qué recuerdos tan dolorosos se levantan del fondo del alma ante esta palabra! ¡qué sucesión de tristes reflexiones, de melancólicas memorias, de renovadas heridas, calmadas ya por el tiempo o por el bálsamo de la resignación! La muerte, cuando elige una víctima, no la hiere á ella solamente: hiere también a todos los que la aman, a los que la rodean, a los que conocen sus virtudes y se sienten bien con su amistad; por eso en este día los que viven al abrigo del mismo valle, los que habitan un mismo lugar, los que trabajan y cultivan los mismos campos, recuerdan a todos los que no pueden ya ocupar su asiento en el modesto banquete del día de Todos Santos; ya son el compañero de trabajo, el amigo de la infancia, el que vivía en la casita de arriba o el que sembraba en tal cañada, los que faltan esta noche; ya es la venerable abuela o el amable anciano, que no pueden responder al llamamiento de sus nietos ni acallar sus llantos con caricias; ya es la tierna esposa que dejó en luto un hogar, y en él huérfanos y desamparados a sus hijos; ya es, en fin, la candida y amorosa doncella que se huyó al cielo, y que era en otro tiempo la gala del pueblo, la joya de sus padres, el encanto de los niños y la dulce esperanza de su amante... ¡Todos descansan ya en el seno del Señor, y exigen de sus deudos y amigos recuerdos y oraciones, piadosas ofrendas y lágrimas de gratitud y de cariño!

En los hogares del pobre, en las calles y plazas de mi pueblo, en los senderos que conducen a la huerta y a la montaña, hay, antes de llegar el Día de Muertos, un movimiento inusitado y extraordinario: diríase que se prepara una gran fiesta en la cual deben tomar parte todos los corazones. Por donde quiera se ven ramos y coronas de flores, cirios de blanquísima cera, tiendecillas donde se venden frutas secas, pan blanco sin levadura salpicado de manchitas ro- jas y azules, foqueres de maíz y pastas dulces de leche, para las ofrendas que deben ponerse en los sepulcros el día 2 de noviembre: el ambiente se perfuma con las rosas y esencias traídas de los bosques, y en el atrio de la parroquia, en las puertas de las casas, enormes ramas verdes indican que allí va a rendirse culto á la memoria de algún muerto. No se ve en todo esto un solo adorno de lienzo; y al observar tales preparativos parece que los bosques, las selvas, los árboles, la naturaleza entera, envían á las familias aquellas galas de que se despojan, y con las cuales quieren que se adornen únicamente las tumbas de los que fueron sus hijos y sus amigos predilectos...

Entre tanto, levántase en la humilda nave de la iglesia el carafalco para la misa de difuntos: monumento fúnebre, triste y severo, que servirá para avivar más y más en los corazones de los asistentes el fervor piadoso y la unción de que han menester en sus oraciones...

Llega el día 2: el olor de la cera; las rosas de los campos; los colores de algunas, vistas este día solamente en los altares, y sobre todo, los ornamentos negros con que oficia el sacerdote y los oscuros paños de que está revestida el ara, dan á las ceremonias de este día una expresión de tristeza indefinible. Todos callan y rezan, inclinado el cuerpo, lloroso el semblante, atentos sólo a los pensamientos que se agitan en su mente: van con su oración hasta el trono de Dios, y allí ruegan por personas amadas, cuyos nombres no se atreven los labios a pronunciar, temerosos de que se desaten con estrépito las fuentes de las lágrimas. Hay momentos en que solo se oye el chisporroteo de la cera, la llama de los cirios que se agita al impulso de un aire sutil, el murmullo que allá en el atrio forman los que no han entrado al templo.

La voz del sacerdote turba este silencio, y saliendo los fieles de su honda meditación, les parece ver entre las nubes del blanco y oloroso incienso la imagen de la Religion que los consuela y los llena de esperanza ¡Dichoso momento en que una voz secreta les dice que sus ruegos han sido oídos!

Tal es la misa de finados en la iglesia de una aldea: toda de recogimiento, de dulce tristeza, de penosos recuerdos mezclados de cierta piadosa resignación, que lleva al alma el celestial rocío de la fe, y que la alienta y la fortifica.

Mas no termina con esto el homenaje tributado a los muertos: para ver cómo aman los campesinos la memoria de sus deudos, hay que salir de la iglesia y observar todo lo que hacen en la intimidad de sus hogares y en las tumbas del camposanto.

Las ofrendas: he aquí la costumbre que da un carácter particular al Día de muertos en mi pueblo. Aquellas velas de limpia cera, aquellos panes en forma de muñeca, aquellas coronas, aquellas pastas exquisitas que durante seis días han estado expuestas en las tiendecillas de la plaza, van a depositarse sobre los sepulcros del cementerio, de tal manera, que cubierto el banco de mezcla con un paño de algodón finísimo, toma el aspecto de una mesa cuidadosamente preparada, llena de los más ricos y delicados manjares. Allí se colocan tarros de almíbar, tazas con miel de panales silvestres, panecillos de maíz tierno azucarados y perfumados con canela, flores, conservas, vasos de agua bendita y cuanto de más fino puede fabricar en su casa la madre de familia: es el banquete que los vivos dan á los muertos...

Desde las tres de la tarde, en que la campana de la parroquia comienza a doblar triste y lentamente, como son siempre los dobles en los pueblos, las familias salen de sus casas y se dirigen al camposanto, o al atrio de la iglesia, donde también hay algunas tumbas. Allí recorren las callecitas que éstas forman; y viendo las cruces (no los nombres ni los epitafios, porque no los hay) recuerdan el lugar donde descansan sus parientes o amigos... Colocan en seguida los objetos que llevan para la ofrenda, se encienden los cirios, se arrojan sobre ésta algunas gotas de agua bendita, y poco después sólo se oye en aquel recinto de la muerte el murmullo de las oraciones que se elevan al cielo... Así pasa la tarde: ni la curiosidad, ni el afán de ver, ni otro pasatiempo profano, distraen la atención de los pobres campesinos, que recogidos en el santuario de sus recuerdos íntimos, rezan y suspiran con tierna y honda tristeza.

Cuando las sombras de la noche los arrojan de allí, trasladan las ofrendas al interior de las casas. Se renuevan las luces, se improvisa uno a modo de altar, y colocados en él los objetos que antes estaban sobre los sepulcros, comienzan otras oraciones y otras tristezas. No es raro ver en lo alto de un árbol del bosque, o en un sitio retirado y solitario, una lucecilla que arde a pesar del viento de la noche: es la ofrenda del ánima sola, es decir, de la que en el pueblo no tiene ya ni un pariente, ni un amigo que la recuerde y le adorne su sepultura. Un panecillo y un pequeño cirio, y una oración que se rece por ella, he aquí lo que cada familia dedica al alma de aquel desconocido.

De este modo honran las pobres gentes de mi pueblo la memoria de los muertos.

 

Victoriano Agüeros

(Recogido en Artículos literarios (1880).

lunes, 19 de octubre de 2020

Un viajero de diez años en Arroyozarco

José Rosas Moreno, el llamado "poeta de la niñez", nació en Lagos de Moreno, Jalisco, en 1838. Aunque sus intereses políticos lo llevaron a ser varias veces diputado federal, se le recuerda sobre todo por su obra escrita en la que cultivó la poesía, la fábula, los relatos fantásticos e instructivos y el teatro infantil. Entre sus obras está Un viajero de diez años. Relación curiosa e instructiva de una excursión infantil por diversos puntos de la República. Se trata de una especie de novela didáctica, en la que un padre de familia, don Juan, viaja en diligencia con sus hijos Carlos y Luis, enseñándoles sobre los más variados temas -geografía, geología, ciencia, arte, política, historia- aprovechando los incidentes del camino. Esta obra se publicó por primera vez antes de 1873, pero su versión más conocida es la de edición de 1881, actualizada y enriquecida por el autor.

En este viaje por México, don Carlos y sus hijos paran una noche en el Hotel de Diligencias de Arroyozarco. Por aquellos días, después de la intervención francesa, el tránsito había disminuido y el mesón ya mostraba signos de decadencia. Pocos años después las diligencias dejarían de hacer alto en este punto y luego dejarían de correr por el viejo Camino de Tierra Adentro, cuando el ferrocaril atrajo a casi todos los viajeros y comerciantes que transitaban desde la Ciudad de México hacia el Bajío o el norte, o en sentido contrario. Por eso no sorprende su descripción del hotel, triste, sucio y con mal servicio. Sin duda estas impresiones se basan en la experiencia del autor, quien incluso agregó una nota que señala como "histórico", es decir, verdadero, el pasaje en que la familia conoce al cantante ciego José María Rubin en Polotitlán.

Vayamos pues a la parte del texto de Rosas Moreno que sitúa el viaje entre Calpulalpan y San Juan del Río:

 

A las cinco de la mañana del dia siguiente se dirigieron á Arroyozarco.

Luis dormia profundamente sobre las rodillas de D. Juan y Carlos perfectamente envuelto en su capa, se entretenía en contemplar, al través de los vidrios, la vaga luz del crepúsculo que comenzaba a colorar con tiritas de púrpura y de oro, los lejanos bordes del horizonte.

El carruaje caminaba lentamente.

El silencio era apenas interrumpido por el monótono ruido de las ruedas, al chocar contra las piedras.

Al fin llegaron á la cumbre de la cuesta. Después de algún tiempo, Luis despertó sonriendo.

En ese momento el camino pasaba, por una especie de hondonada y a uno y otro lado se elevaban grupos de cerros, coronados de encinos y de otros árboles.

Luis bajó el vidrio para ver mejor, pero tuvo que subirlo en el acto, porque el frío era muy intenso.

—¿Qué punto es este, papá? preguntó.

—La sierra de Calpulalpam, contestó D. Juan: el pueblecito que pronto vamos a ver es célebre por la memorable batalla de Calpulalpam, donde fue derrotado el general reaccionario D. Miguel Miramón.

No bien habia acabado de hablar D. Juan, cuando algunos centenares de indios de todas edades, rodearon el carruaje, extendiendo las manos en ademán suplicante.

—¿Qué quieren, papá? preguntó Luis.

—Estos infelices que estás viendo, casi desnudos, enflaquecidos por la miseria y embrutecidos por la ignorancia, viven de la caridad pública y han hecho una profesión de la mendicidad. Ellos no tienen la culpa de su envilecimiento. Los gobiernos que embellecen las ciudades, que levantan estatuas, que gastan inmensas sumas en fiestas, han abandonado a estos desgraciados en su desventura. Seguro estoy de que en este pueblo, cuyo aspecto debía hacernos ruborizar, nadie ha pensado en establecer una escuela, ni en dar protección al trabajo. ¡Y estos infelices son ciudadanos mexicanos! ¡Oh! en vez de despedazarnos en inútiles contiendas, deberíamos estar pensando continuamente en regenerar, por medio de la educación, a estos pobres hermanos nuestros, que imploran nuestra piedad, pálidos y macilentos, cuando podrían levantarse erguidos como nosotros, grandes por la ilustración y poderosos por el trabajo.

Hubo un momento de silencio.

El grito plañidero de los pobres indios quu corrían tras del carruaje, llevando a la espalda a sus pequeños hijos volvió a escucharse más próximo.

Carlos tomó algunas monedas de cobre y se las arrojó.

D. Juan dio a Luis dinero para que lo distribuyera entre aquellos infelices.

Al caer las monedas al suelo, todos los mendigos se precipitaron sobre ellas, y se presentó a los ojos de los viajeros un espectáculo repugnante.

Un anciano de más de setenta años habia logrado tomar una moneda de plata, y se levantaba gozoso, cuando tres o cuatro indios completamente desnudos, emprendieron con él una terrible lucha para arrebatarle su tesoro.

El anciano se defendía heroicamente. Al fin sucumbió, cayendo entre las piedras, ensangrentado y lleno de contusiones.

La india que habia triunfado corrió con su moneda y los demás la siguieron dando gritos horrorosos.

Carlos y Luis estaban profundamente conmovidos.

—Os he llamado la atención, hijos mios, sobre este triste cuadro, dijo D. Juan, para que si algún día llegáis a tener influencia en los negocios públicos, no os olvidéis de estos infelices, como lo hacen en la actualidad muchos de nuestros grandes hombres.

El carruaje siguió caminando con rapidez.

A las diez y cuarenta y dos minutos, llegaron a Arroyozarco.

Esta hacienda es bastante extensa; pero tiene un aspecto triste.

El mesón y hotel de las diligencias, es un viejo edificio, de dos pisos, feo y desaseado.

Nuestros viajeros fueron alojados en el segundo piso. Inmediatamente pasaron al comedor, que es un gran salón que se calienta en invierno por medio de una chimenea antigua.

El apetito de los niños era excelente; pero el almuerzo estaba verdaderamente detestable.

El mal servicio de esta posada es proverbial entre los viajeros. La empresa de diligencias sirve mal pero cobra bien.

Después del almuerzo, D. Juan se dirigió a la oficina del telégrafo.

—¿Papá, preguntó Luis, las cartas pasan por el alambre?

—No, hijo mío, le contestó D. Juan.

—¿Pues explícame qué es el telégrafo?

—Grande dificultad tendré para hacerlo porque careces de algunos conocimientos que son indispensables; sin embargo, procuraré darte una idea de esta maravillosa invención, que hará eterna la memoria del célebre profesor Morse.

La electricidad es un fluido invisible, cuya velocidad es asombrosa.

—¿Pero si no han visto nunca la electricidad, ¿cómo saben que existe? preguntó Carlos.

—Porque se sienten sus efectos, contestó D. Juan. El viento no puedo ser visto y sin embargo nadie duda de su existencia.

—Y qué ¿la electricidad corre más de prisa que el viento? preguntó Luis.

—Mucho más, hijo mío; su velocidad es tal, que en un segundo recorre algunos millares de leguas.

—Y qué ¿la electricidad lleva los partes?

—Ella misma nos sirve de idioma para comunicarnos con los amigos distantes. Las corrientes eléctricas pueden hacerse pasar por el alambre voluntariamente, o interrumpirse cuando sea necesario; ahora bien, estas interrupciones sirven de señales, y con ellas se ha formado un alfabeto. El empleado en la oficina de Arroyozarco interrumpe una, dos, tres o más veces la corriente eléctrica; estas interrupciones son notadas en México, y como ellas significan una letra o una palabra, comprenden perfectamente los oficinistas en la capital lo que nosotros pretendemos decirles.

—¿Y hay muchos telégrafos en el mundo, papá?

—En 1867 existían en las varias partes del mundo, las siguientes líneas telegráficas: en Europa 188,072 kilómetros con 517,074 de alambre; en América 105,646 kilómetros de línea, con 260,290 de alambre; en Asia 35,146 kilómetros de línea con 40,100 de alambre; en Australasia 13,670 con 16,800; en África 11,160 kilómetros de línea con 16,800; y submarino 11,816 con 16,697 de alambre.

Suma total 365,476 kilómetros ó 49,255 millas geográficas de líneas, con 866,555 kilómetros de alambre que equivalen á 116,786 millas geográficas. En la república mexicana existían en 1870 catorce líneas telegráficas con 4,152 kilómetros y estaban abiertas al público ochenta y dos oficinas. De 1870 a la fecha se han construido nuevas líneas, que se extienden en diversas direcciones.

La extensión de todas las líneas telegráficas que existen en el mundo seria casi suficiente para hacer una comunicación telegráfica entre la tierra y la luna, mientras que la longitud de los alambres no solamente bastaría para esa comunicación dos veces, sino que sobraría un pedazo que podría rodear la tierra casi tres veces. Con todos los alambres telegráficos que están en servicio en la actualidad, se podría circular la tierra veintidós veces.

—¿A qué hora nos vamos, papá? preguntó Luis.

—Hoy nos quedamos aquí, contestó D. Juan.

—Pues vamos a dar una vuelta, dijo el niño, abrazándose de las rodillas de su padre.

—Yo tengo necesidad de poner unos telegramas y esperar la contestación; pero Carlos te acompañará.

Los dos niños salieron del hotel, radiantes de alegría.

— Mucho juicio, hijos míos, les dijo D. Juan, cariñosamente.

—¡Qué portal tan feo! exclamó Luis: este debe ser el de Mercaderes.

—Aquí no hay mas que una tienda, dijo Carlos, apuntando en su cartela, y sin fijarse en lo que decía su hermano.

—Mira, mira allí la sierra; qué alta es y qué llena de árboles.

—Es la sierra de Calpulalpan que acabamos de atravesar.

—¿Y por qué se llamará esta hacienda Arroyozarco?

—Yo cre, contestó Carlos, que le dieron ese nombre por el riachuelo que hemos visto desde el balcón.

—Efectivamente, dijo Luis, allá voy yo a hacer torrecitas en la arena. Ya verás qué bonita catedral voy a construir.

—Corrió el niño dando saltos de alegría y su hermano a pesar suyo tuvo que seguirle. Allí, forjando frágiles edificios, recogiendo piedrecitas y conversando amigablemente pasaron algunas horas.

En la tarde D. Juan los llevó a ver la fábrica de casimires que existe en la hacienda.

A las siete, comieron e inmediatamente se fueron a reposar.

A las seis de la mañana del dia siguiente continuaron su viaje.

El mal estado del camino hacia a D. Juan temer otra catástrofe y se mostraba inquieto. Luis y Carlos dormían profundamente.

Al fin el carruaje se detuvo frente a un extenso portal.

—¿Cómo se llama este punto, papá? preguntó Carlos, despertando.

—La Soledad o Polotitlán, contestó D. Juan. Este pueblo comenzó a formarse hace veinte años y creció con asombrosa rapidez al principio; desgraciadamente de algún tiempo a acá ha permanecido estacionario.

—Allá enfrente veo una capillita, exclamó Luis.

—En este momento lo que debemos buscar son las fondas, dijo D. Juan, sonriendo.

—Sí, papá, sí, vamos á almorzar, gritó Luis, aplaudiendo.

El apetito de nuestros viajeros les hizo calificar el almuerzo de excelente. No valía gran cosa; pero para ser justos, debemos decir que en la Soledad se come mejor que en Arroyozarco.

Al salir de la fonda, vieron á un pobre anciano ciego, que cantaba con triste voz algunas coplas populares. La extraña y dulce expresión de su canto, indefiniblemente melancólico, llamó la atención de los dos niños.

El viejo bardo del pueblo comprendió que había excitado la curiosidad y la compasión de los viajeros y para mejor cautivarlos comenzó a tocar en la jaranita una alegre sonata nacional.

En el campo, el sonido de la música causa siempre una profunda impresión, y es natural: en la agitación de las grandes ciudades, los mas dulces acordes se pierden entre los mil rumores de las multitudes; en la soledad, al pie de las montañas, o al borde de los caminos, cada una de las armonías arrancadas á un instrumento, nos conmueven tiernamente porque nos revelan la existencia de un corazón que palpita en el goce o en el dolor, inspirado por el magnífico espectáculo de la naturaleza.

Al ver a aquel anciano ciego, cubierto de harapos, y que con santa resignación sonreia, exhalando en dulcísimos ecos sus pesares, D. Juan tuvo que ocultarse para enjugar una lágrima.

—¿Está vd. muy triste, cieguito? le dijo Cárlos, acercándose.

El anciano preludió una canción, y derrepente, como inspirado, contestó cantando:

 

Estoy triste por lo proben;

por lo ciego no lo estoy;

que usté mira con los ojos

y yo con el corazón.

 

Carlos dio una moneda de plata al pobre poeta de los campos, que se llama José María Rubín.

Entonces el ciego, agradecido, haciendo pasar su aliento por el hueco de las manos, y modulando su voz de una manera extraña, imitó con admirable propiedad el sonido de la flauta y el armonioso canto del cenzontle.

Luis manifestaba su admiración y su entusiasmo con gritos de alegría y con aplausos.

—Vámonos, dijo D. Juan, dirigiéndose al carruaje, y procurando disimular su emoción.

Los dos niños le siguieron. El bardo ciego volvió á cantar:

 

En un camino de flores,

feliz y perfecto el día,

les desea con alegría,

el cieguito á los señores.

 

El coche se alejó rápidamente, dando saltos entre las piedras de la única calle de la Soledad.

Durante algún tiempo los viajeros percibieron de una manera vaga las lejanas y dulcísimas armonías del admirable ciego.

—¡Cuán bellas inteligencias hay ignoradas y oscuras en nuestro pueblo, exclamó D. Juan. El desarrollo de la instrucción pública hará la felicidad y la grandeza de nuestra patria.

Los dos niños guardaron silencio.

A las once y cincuenta y dos minutos llegaron a San Juan del Río.

viernes, 16 de octubre de 2020

La epidemia de viruela de 1797-1798 en Aculco

Si algo caracterizó la salud pública durante los 300 años de la dominación española en México fue el embate de las epidemias. La historia es bien conocida: Un esclavo negro de nombre Francisco Eguía, llegado con las tropas de Pánfilo de Narváez en 1520, trajo consigo la viruela. Los indígenas, que carecían de cualquier inmunidad para ese virus, sufrieron una terrible mortandad que en buena medida determinó la caída del Imperio Mexica. Nuevas epidemias de distintas enfermedades desconocidas para los naturales asolaron a la población de la Nueva España a lo largo del siglo XVI, despoblando el país de tal manera que quizá sólo sobrevivió entre el 10% y el 20% de ellos. Durante los siglos XVII y XVIII, aunque las epidemias no provocaron tantos estragos como en el siglo de la Conquista, golpearon repetidamente a todos los novohispanos, no sólo a los indios sino a los de todas las castas. Fue hasta 1804 que estos males comenzaron a atacarse de manera más activa y sistemática, cuando el Dr. Francisco Xavier de Balmis introdujo en este país la inoculación contra la viruela mediante la técnica de brazo en brazo.

La epidemia de viruela de 1797-1798 fue la última importante del siglo XVIII. Resulta especialmente interesante porque el espíritu ilustrado de la época permitió que fuera registrada y estudiada con mayor precisión. Hasta la fecha siguen apareciendo estudios relacionados con ella, como el que puedes ver aquí, relativo a la parroquia tlaxcalteca de San Pablo Apetatitlan. Es importante señalar que mucha de la información sobre esta epidemia procede de los libros de defunciones de las parroquias, debido a que antes de la existencia de un registro civil la Iglesia era la responsable de llevar cuenta de nacimientos, matrimonios y muertes. Precisamente es el caso de los datos que sobre los efectos de esta epidemia en Aculco conoceremos hoy.

La primera advertencia del inicio de la viruela es una nota que el cura, bachiller don Luis Carrillo, dejó al margen del último registro de defunciones del año de 1797: "Hasta hoy han muerto de viruelas 12". A partir de ese momento, los registros de quienes fallecieron por esa enfermedad se acompañan de la nota "viruelas" y un número que se incrementa sin cesar, prácticamente sin interrupción entre un registro y otro, incluyendo "párvulos", hombres y mujeres adultos, ancianos, españoles e indios. Al terminar enero eran ya 131 los fallecidos (más los doce de 1797). El 21 de marzo, justo al inicio de la primavera que quizá traería mejores condiciones climáticas que disminuirían la propagación, el padre Carrillo decidió cerrar la cuenta y anotó: "366. 12 al principio. 378 murieron de viruelas". Y al otro extremo de la página: "Enfermaron de viruelas naturales 2512. Murieron 378. Sanos 2134".

Pero todavía se habrían de sumar algunos más: meses después, en un extraño apunte, consignó: "En el pueblo de San Pedro Denxhi, visita de esta cabecera se han hecho los entierros siguientes... Certifico que todos estos entierros que aquí se hallan se encontraron que los indios de dicho pueblo no los habían querido asentar ni se supo en la parroquia hasta que por una casualidad se descubrió que éstos habían sepultado ellos en su pueblo, y como no constaban en los libros de la parroquia sin embargo de que comprenden desde el año de noventa y seis hasta febrero de noventa y ocho se pusieron aqui juntos". Cinco de ellos habían muerto de viruela.

En aquellos años, la población total de la jurisdicción parroquial de Aculco podría estimarse en unas 4,000 personas (se habían contabilizado 3,000 en 1759). De tal manera, se puede considerar que esta enfermedad tuvo una altísima morbilidad de 62% (prácticamente llegó a la tasa considerada para la "inmunidad de rebaño"), la letalidad fue del 15% y la mortalidad habría representado el 9.5% de la población aculquense en apenas tres meses que duró la epidemia.

 

* Agradezco mucho a Jesús Chávez la información que me permitió escribir este texto.

viernes, 18 de septiembre de 2020

"Fiestas patrióticas" (1895)

En el pueblo de Aculco, Estado de México, se nota gran entusiasmo por la próxima celebración de las fiestas de la Patria.

La Junta Patriótica, presidida por el Sr. D. Francisco Sánchez y Ramírez, ha acordado que los gastos que se eroguen, sean costeados por la misma, y todos y cada uno de las que la forman han aprontado gustosos sus cuotas con las que han formado un fondo competente.

Se preparan salvas e iluminaciones, discursos alusivos, carros alegóricos, fuegos artificiales, cucañas y jaripeo, no quedándose sin tomar parte las señoras y señoritas de la localidad, pues fueron invitadas por la Junta para sacar el carro de "La Libertad", invitación que aceptaron gustosas, y bajo la dirección de las Sras. Matiana Martínez de Basurto, Austreberta Quintanar de Ruiz y Apolonia Arciniega de Jasso, hacen ya sus preparativos correspondientes.

 

Fuente: El Tiempo, 12 de septiembre de 1895.

lunes, 14 de septiembre de 2020

La hacienda de Arroyozarco en 1882

A principios del año de 1882, el periódico capitalino El Telégrafo publicó una serie de tres artículos acerca de la hacienda de Arroyozarco, su situación, recursos y producciones, firmado por "V, Ramírez". Si bien la información que proporciona el texto es de gran interés, éste no es obra de una gran pluma: la redacción es mediocre y enredada, la puntuación mala, y hasta sus metáforas (como la de unos "cimientos que caminan") resultan deplorables. Se intuye que se trata de un texto escrito por encargo, seguramente a petición de los dueños de la hacienda, por algún periodista de medio pelo, con el fin de promover sus productos, especialmente los casimires que salían de los telares de su fábrica, que en vivía entonces su mejor época.

Estos artículos aparecieron en los números 214 a 216 de El Telégrafo, los días 26, 27 y 28 de enero de 1882. Aquí los copio sin interrupciones, como un texto continuo:

La Hacienda de Arroyozarco

En la era de paz porque hoy cruzamos no faltan, como es natural, ciudadanos activos y emprendedores que den grande impulso a la industria y por medio del trabajo derramen el bienestar een las clases proletarias. Entre estos ciudadanos tan útiles a su patria y a sus semejantes, podemos contar con justicia al Sr. Macario Pérez, quien con asiduo empeño dirije desde hace tiempo la conocida iglesia de Arroyozarco, habiéndola convertido en un filón de oro.

Conocida es la hacienda de Arroyozarco de la mayor parte de los habitantes de la República pues que, aun hace doce años, era el paraje de las diligencias que de esta capital salían hacia el interior, y situada en esa importante carretera era el paso preciso para los viajeros que venían o iban al centro de la República o a la frontera. Con este motivo, también ocupa un lugar en la historia patria pues que en su recinto ha habido imporatntes conferencias políticas y viajeros ilustres han hecho de ella mención al encontrarla a su paso llena de recursos históricos y demostrando la importancia de su riqueza, elementos agrícolas y abundancia de agua.

Desde el año de setenta dejaron de pernoctar allí las diligencias, y el tránsito para el interior se dividió por aquel camino y el de Tula.

Esto podría haber hecho decaer a la hacienda, pues que el tráfico de las diligencias, carros y pasajeros le producía importantes sumas, fue reemplazado por otras mejoras para lo que tanto se presta aquella finca, y sobre todo por el establecimiento de una fábrica de tejidos de lana donde actualmente se fabrican los mejores casimires del país habiendo logrado competir con los extranjeros en clase y dibujo y aventajándolos en duración.

***

Tiene la hacienda de Arroyozarco poderosos elementos de riqueza siendo en la actualidad los principales y que se explotan y son manantiales de dinero, los siguientes: -El agua. -El monte. -Y la fábrica.

Anexa a la hacienda de Arroyozarco y formando de ella una parte integrante, está la hacienda de Huapango, a quien ha dado nombre una presa que allí existe. Esta presa mide en su longitud siete leguas de agua estrechándose y ampliándose en su latitud según los accidentes del terreno, pero en su mayor parte tendrá media legua.

La cortina de esta presa medirá como cien varas de largo y en su mayor altura doce y en esa proporcional pequeñez puede contener la gran cantidad de agua que contiene debido a lo bien situada que está entre la principal cañada de un largo llano limitado por un círculo de cerros de donde en las lluvias descienden las aguas que la surten teniendo permanentes las confluencias de siete importantes manantiales que la abastecen y otros varios pequeños que también le dan sus aguas, siendo los principales los conocidos con los nombres de Bucio, Lavanderas y Huapango.

A la altura a que está colocada la presa baña todos los terrenos de la hacienda, y una de las zanjas para riego forma una preciosa y poética cascada en la estancia de San Francisco, cayendo a un arroyo para venir de nuevo a la zanja y servir para parte del riego y movimiento de la fábrica y formando con sus desperdicios lo que es el río de San Juan y que pasa a la orilla de la ciudad de este nombre.

Esta presa, que como he dicho, baña todos los terrenos de la hacienda, riega los ranchos y hacienditas del municipio de Polotitlán, Aculco, algunas del de Nopala, pudiendo regar todas éstas y las de Huichapan, cuyas cosechas, en estas últimas, serían muy productivas si comprasen esta agua.

La hacienda de Arroyizarco tiene una gran renta con la venta de su agua para riegos, sin más gasto que el desenzolve de las zanjas, y cuya renta de día en día aumenta el activo del Sr. Pérez, construyendo obras y zanjas para riego.

La abundancia de agua de esta hacienda es prodigiosa, siendo de notar su limpieza debido a que es en gran parte de manantiales, habiendo sin duda tomado por esta razón la finca el nombre de Arroyozarco.

La laguna de Huapango se extiende en su longitud hasta lamer con sus ondas la base de una loma donde está situado el pueblo de San Andrés Timilpa.

Hay en las aguas de esta laguna un botecito de vapor, una gran canoa de veinticinco varas de largo por tres de ancho, un bote de vela y varias canoas muy útiles para ciertas operaciones de tráfico de la hacienda y que facilitarán el transporte de maderas de los montes que rodean la laguna para la hacienda cuando empiece su explotación.

Tanto la abundancia de agua como los accidentes de aquel terreno se presentan de una manera muy ventajosa para establecer en ellos fábricas, teniendo por motor el agua, lo cual es una importante eocnomía por no erogar los cuantiosos gastos de combustible que necesita el vapor.

Los montes de la hacienda de Arroyozarco, cuidadosamente conservados, están asegurando una positiva riqueza al tener lugar su explotación, lo cual debe empezar en ests días en que los caminos de fierro necesitan grandes cantidades de durmientes y las locomotoras de leña para combustible.

La altura que guarda la hacienda de Arroyzarco sobre el nivel del mar, es una de las primeras de la república, motivo por el cual su clima es frío y la vegetación de sus montes gigantesca y exuberante.

Diversas clases de encinos, desde el duro roble hasta el encino blanco, todos corpulentos y gigantescos pinos son los que en compacta asimilación, pueblan aquellos bosques, haciéndose verdaderamente impenetrables en la aglomeración de sus árboles los rayos del sol de medio día.

Los montes más ricos en madera de esta finca, son los conocidos con el nombre de Bucio, Madó y Huapango, teniendo otros de menos importancia como San Juanico y la Cañada Oscura.

Bien pueden sacarse de los montes referidos doscientos mil durmientes, sin que queden destruidos ni se talen de una manera notable, aprovechando los desperdicios naturales de la labrada de los durmientes como leña para combustible de las máquinas.

En nuestro humilde concepto, creemos que ningunos montes como los de Arroyozarco oueden surtir de durimientes y leña a las empresas ferrocarrileras, pudiendo hacer con ella ventajosas contratas, pues los elementos con que cuenta que son, varios motores de vapor para aserrar maderas y trenes de carros con que hacer el transporte , y sobre todo brazos y dinero con que hacer la explotación, garantizan a las empresas, que con ella contraten, del cumplimiento de sus obligaciones.

Pocos días hace que la Compañía del Ferrocarril Central, hacía presente por medio de un informe de sus representantes, que sus trabajos caminaban con menos actividad de la que debían tener por falta de durmientes, pues aún cuando habían verificado varias contratas, no daban a ellas cumplimiento.

Nosotros creemos que si la mencionada empresa tuviera ofertas más aceptables para pago de durmientes, éstos non escasearían asegurándole desde luego en la hacienda de Arroyozarco un buen abasto.

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Por lo que hemos dejado asentado comprenderán nuestros lectores la importancia de la propiedad agrícola y natural de nuestro país pues que, solo en esta finca se encuentran tan cuantiosos elementos y los más que ligeramente vamos a enumerar, dejando para cuando tratemos de la agricultura práctica en nuestro país, en otra serie de artículos, los elementos con que en este sentido cuenta Arroyozarco, así como la cría de todos sus ganados, siendo notable el lanar, sus grandes plantíos de magueyes y las clases de siembras que allí se pueden emprender con brilante éxito; ocupándonos sólo por ahora de la fábrica de tejidos que tan justo renombre ha adquirido a pesar del poco tiempo que tiene de estar establecida.

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En los años de mil ochocientos sesenta a sesenta y dos, siendo propietarios de la hacienda de Arroyozarco los ricos capitalistas don Joaquín y don Manuel de Rosa [sic pro Rozas], se construyó esa fábrica que hoy es un modelo de la industria de nuestro país.

A un cuarto de legua hacia el poniente de la finca de Arroyozarco y la falda de una loma de pequeña elevación, se alza en robustas paredes de cal y canto y ayudada también por los tajos de la loma, la fábrica en la que hoy se solaza nuestra industria y que con justicia se le acaba dar el nombre de "Fábrica del Progreso".

La finca material de esta fábrica es de una solidez notable y se encuentra dotada de todas las comodidades apetecibles para tener las diversas oficinas que la componen, pues sus amplios salones de cardas, mulas, telares, depósito, lavadero y tintorería están perfectamente situados y tienen la amplitud y condiciones que se pueden apetecer siendo muy notable y de suma importancia el taller de mecánica donde se montan los aparatos, las máquinas, y se perfeccionas las piezas que las componen y vienen de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos.

La fábrica tiene seis mulas de catorce metros cada una, quince cardas inglesas y americanas, seis grandes telares automáticos, varios de mano, lavaderos y acaladuría, y talleres de tornería y herrería.

Toda la maquinaria de la fábrica, así como las seis piedras que tiene el molino de harina que tiene allí unido, reciben movimiento de una turbina donde cae un grueso de agua de veinticuatro pulgadas de diámetro.

La fábrica elabora casimires, franelas y cobertores.

Los casimires son de varias clases, siendo admirablemente trabajados los de primera clase, cuyos dibujos, clase, vista y duracion supera a los casimires extranjeros.

Los casimires de tercera clase que son los corrientes y que usan nuestros artesanos, están perfeccionados de tal manera que imitan perfectamente a los casimires ingleses y en más de un aparador de las tiendas de esta capital los he visto pasar como tales a los ojos del público.

Desde el año de 1862 en que empezaron los trabajos de esta fábrica a la fecha, algunas ocasiones se han suspendido con motivo de la revolución, habiendo entrado en un trabajo no interrumpido hace diez años.

El dia primero del actual tuvo lugar en Arroyozarco una fiesta con motivo del perfeccionamiento de varias obras de la fábrica: de esta fiesta, nuestro estimable colega "El Hijo del Trabajo" ha hecho una minuciosa reseña y de la cual tomo aquí una pequeña parte que da ligera idea de la importancia de aquella finca y la fiesta.

"Después se organizó una gran comitiva agrícola-industrial, compuesta de todos los operarios de la fábrica, presididos por el propietario Sr. Pérez, yendo a su lado los maestros de los respectivos departamentos, sirviéndoles de descubierta la música; seguían después veinticinco carretas tiradas por bueyes, adornados con lazos de colores, pañuelos y enradamada; cien yuntas, cincuenta negras y cincuenta amarillas, también adornadas vistosamente; los tlacualeros con sus canastas y jarros a la espalda; la cuadrilla de trabajadores del monte, conduciendo unos pequeños durmientes adornados con lazos de colores; los albañiles con sus cubos y herramientas adornadas, y por último los mayordomos, picadores o quebrantadores y mozos de estribo, todos vestidos lujosamente y montados en magníficos caballos con excelentes sillas.

"A esta vistosa procesión seguían los carros de transporte, yendo en uno de ellos el bote marino, que sirve al propietario de la finca para sus paseos a la laguna de la hacienda de Huapango, finca que mide siete leguas de longitud por tres de latitud, con su correspondiente capitán y seis marinos con remos sirviendo de escolta; las acémilas, parte del ganado de pelo y lana y, en una palabra, todo lo que constituye una finca de campo".

***

Los trabajos de la fábrica y hacienda de Arroyozarco dan vida al vecino pueblo de Aculco y algunos otros pueblos de indígenas que la rodean, pues en esta finca encuentran perennemente trabajo con buen pago de jornal.

La hacienda tiene sobre ochocientos ranchos que arrienda cobrando a razón de diez pesos por fanega de siembra de temporal y, y veinte de riego.

Las cosechas de trigo son ahí abundantes, haciéndose la siega por medio de brazos y de máquinas; teniendo tres trilladoras con motores de vapor de las afamadas fábricas de Ruston, Proctor &. Ca. y de Ramson, Sines &. Head.

Esta hacienda modelo, es a no dudarlo una de las primeras de la República, y bajo la sombra de la paz y de la buena dirección del Sr. D. Macario Pérez, llegará a su perfecto engrandecimiento dando a la vez que recursos y bienestar por medio del trabajo a las clases proletarias, honra y prez a la nación, que tiene en su seno estable, cimientos que caminan a la altura de nuestros siglos y que ofrecen la prosperidad por el más grato y sublime de los medios que es LA INDUSTRIA Y EL TRABAJO.

V. Ramírez

Enero 27, 82.

jueves, 3 de septiembre de 2020

"Moralitos": Un raro cuento arroyozarqueño

José Ferrel Félix fue un político y escritor mexicano nacido en 1865. Aunque era originario de Hermosillo, Sonora, su vida estuvo más ligada al estado de Sinaloa, especialmente a la ciudad de Mazatlán donde pubñicó dos de sus tres novelas: Los de la mutua de elogios (1892) y La caída de un ángel (1893). En su juventud fue todo un personaje romántico: "bullicioso y agresivo individualista supremo, burlador de maridos celosos, hábil duelista y escritor", como lo describió el historiador José C. Valadés.

Estudió derecho, pero su actividad se inclinó más por el periodismo. Publicó sus primeros trabajos en el diario mazatleco El Correo de la tarde (en el que entonces publicaba también Amado Nervo). Después viajó a la ciudad de México donde fue director del periódico Patria y fundó otros tres más: El Intransigente, El progreso Latino y El Demócrata. Su trabajo periodístico lo llevó a ser detenido en dos ocasiones, la primera en 1893 con todo el personal de El Demócrata, acusado por Arturo Paz (tío del premio Nobel Octavio Paz) por difamación, cumpliendo una breve condena pues se negó a aceptar el indulto del gobierno. El asunto en realidad se arregló con un duelo a espada entre Paz y Ferrel en el que resultó ganador el primero. La segunda vez no llegó a pisar la cárcel pues fue absuelto por un jurado popular.

A pesar de esas y otras peripeciasen que intervino la justicia porfirista, Ferrel no era un opositor radical al régimen, sino más bien un opositor leal dentro de las estructuras políticas vigentes que tomaba partido por Bernardo Reyes (aspirante a suceder a Porfirio Díaz) en sus disputas con el ministro de Hacienda José Yves Limantour. Debido precisamente a ello, aunque fue electo diputado no terminó su periodo al ser desaforado tras increpar en la Cámara a Limantour. En 1909 contendió en las elecciones a gobernador de Sinaloa y a pesar de haber sido derrotado por Diego Redo de la Vega, su movimiento (muy popular y que logró reunir a importantes personajes opositores como Heriberto Frías) se ha considerado precursor de la Revolución en el estado. Durante la campaña de Francisco I. Madero a la presidencia, la actitud de Ferrel fue ambigua: Madero declaró que Ferrel era antireeleccionista pero no se adhería a su grupo por no compromneterse, pero Ferrel no permitió entre sus partidarios la fundación de clubes antireeleccionistas como proponía Madero.

Por haber colaborado con la dictadura de Victoriano Huerta, la Revolución lo relegó pese a su papel precursor. Confinado al periodismo, siguó escribiendo en diversos periódicos hasta 1920 y falleció en la Ciudad de México en 1954.

José Ferrel publicó el cuento que les traigo hoy en El Demócrata el 16 de abril de 1893. El autor sitúa la acción en Arroyozarco, si bien no hace casi ninguna referencia a las características del lugar, savo brevemente al río, ni a las razones por las que decidió que la hacienda fuera el escenario de su cuento. Quizá fue sólo una ocurrencia, aunque el título del cuento "Moralitos", alude a un apellido que era frecuente en el municipio de Aculco por esos años. Como sea, no deja de ser una curiosidad digna de sumarse a las verdaderas historias o leyendas tradicionales del viejo Arroyozarco.

 

MORALITOS

I

Si por la hermosura la querían coger, no había quien se le pusiera por delante a Victoria, la muchacha más hermosa de Arroyozarco y uno de los mejores partidos para los jóvenes casaderos. Ya ella lo había comprendido y a más de cuatro que la adoraban, nunca se supo si por su dinero o por su belleza, había dejado con un palmo de narices, porque Victoria era el vivo diablo. Y si alguno de los habitantes de Arroyozarco tuvo en duda la existencia de su majestad caída, al ver a Victoria por fuerza tuvo necesidad de creer en el ángel expulsado del cielo como súbdito pernicioso.

Ni la lengua de los empleados destituidos que suele ser de todas las lenguas la más venenosa y ruin, osó nunca decir una palabra que pudiese lastimar la honra de Victoria. Cosa extraña, por cierto, pues que no han faltado ni fañtan en Arroyozarco ni en ninguna otra parte del globo infelices que quieran manchar con su aliento la reputación que envidian.

Pero a Victoria la estimaban, porque todos decían que era muy buena y que en medio de sus locuras y calaveradas revelaba un corazón de oro, siempre dispuesto al bien y jamás sordo a las voces de los desgraciados, y por eso, y no por otra cosa, era por lo que hasta las muchachas envidiosas se hacían de la vista gorda, cada vez que sabían alguna travesurilla de Victoria, como por ejemplo que se iba a pasear sola con Moralitos por el cascajal que bordaba las márgenes del arroyo, no precisamente a la hora en que el sol no permite secretos, sino cuando ni aún la luna asomaba por el cortinaje negro de la noche su ojo blanco como un plato de porcelana.

II

Pero también hay que convenir que Moralitos era poco menos que un santo, por lo menos para la familia de Victoria.

Los papás de ésta veían en el muchacho facultades, disposiciones y talentos que, además de Victoria y de sus papás, y de los papás del muchacho, nadie había descubierto. Pero tantas bellezas surgen y mueren ignoradas que nadie debe de culpar a los vecinos de Arroyozarco por no haber consziderado a Moralitos en todo su valer.

Y era Moralitos un muchacho más valedor que una peonza; hablaba y se retorcía como imitando una espiral, y a lo mejor tronaba sus dedos sobre la cabeza y se ponía a bailar una jota, no porque supiera bailar, sino porque le habían dicho que la bailaba bien, y porque bailándola creía que jugaba un gran papel la falda rabona de su levita, porque hay que confesarlo, para que nadie se dé por engañado, que Moralitos era el elegante de Arroyozarco; el único que usaba fistol en la corbata y el único que se engrasaba el pelo todos los días. Por eso las muchachas decían, cuando hablaban de él:

-Ah, Moralitos es un joven muy simpático.

-Ah, Moralitos aquí y en cualquier parte se ha de distinguir.

-Ah, Moralitos tiene gracia especial para vestirse.

-Ah, Moralitos es un buen partido.

III

Pero otro mejor le salió a Victoria. Un muchacho tan honradote como trabajador; casi casi era uno de los capitalistas de Arroyozarco; pero no era ni bonito ni elegante, aunque no era feo para ser hombre, ni descuidado en su traje hasta ser desaseado. No usaba fistol, pero tampoco usaba corbata los días de trabajo y no sengomaba los cabellos, porque ni el domingo tenía rizos sobre la frente.

Enamoróse de Victoria, la cortejó, se enamoró de su trato como se había enamorado de su humanidad y sin pensarlo mucho, para no arrepentirse de su resolución, resolvió casarse con Victoria. Los padres de ésta, perdida un tanto la esperanza de que Moralitos dejara de bailar jotas para dejar de ser aturdido, y viendo que el tiempo pasaba rápidamente y que Moralitos no le decía Victoria "por ahi te pudres y antes de que te pudras me caso contigo", pensaron seriamente en casar a la muchacha con Santiago Mantequilla, que la solicitaba para mujer.

-Si no me quiero casar todavía, dijo.

-Pero muchacha, ¿te has fijado bien en el sr. Mantequilla? -repuso la mamá.

-Sí, señora...

-Pues debes de quererlo, -agregó el papá- es un hombre de buena posición; joven, juicioso y muy puntual en sus pagos.

-¡Ay!, ¿y yo me voy a casar con un señor que se llama Mantequilla?

-Reflexiona, niña, que no te vas a casar con el apellido.

-Ya lo sé, mamá.

-Mira, hija, que con Moralitos no estás sino perdiendo el tiempo y es necesario que ya vayas pensando en escoger, porque cuando una llega a cierta edad muchas veces no nos queda ni el recurso de que nos escojan.

-Pero yo soy joven todavía.

-Por eso es que te lo advierto ahora que es tiempo.

-Pues lo voy a pensar.

-Sí, piénsalo y resuélvete, y no te olvides de que el sr. Mantequilla es dueño de la tienda "La Palma Sola", antiguamente "La Reforma".

Y como por más cara que pongan las mujeres cuando se les habla de matrimonio, al fin la ponen buena si el pretendiente insiste, Victoria se dejó vencer y consintió en admitir por marido a Santiaho Mantequilla, prometiéndose para sus adentros que no olvidaría a Moralitos, por quien sentía el cariño que ciertas muchachas tontas y casquivanas sienten por los que con femenil coquetería se saben prender el fistol y lucir los puños de la camisa.

IV

Llegó el día del casorio y desde temprano pudo notarse en casa de los novios un movimiento inusitado; en casa de Mantequilla se preparaban para recibir a Victoria y en casa de ésta se disponían a despedirla, y Moralitos que en todo se metía y que bailaba jotas cuando menos se necesitaban, aquel día amaneció tristón y serio; se asustaba cuando le dirigían la palabra y se ponía a temblar cuando algún amigo se le encaraba y le decía:

-Pero Moralitos, ¿qué tienes tú hoy?

Los papás de Victoria notaron la tristeza de Moralitos y si los sucesos les hubieran dado tiempo se habrían arrepentido de no haber esperado a que Moralitos les hubiera pedido a la muchacha para casarse con ella.

Ya esperaban por momentos que se presentara el novio y ya se habían recibido noticias en casa de Victoria de que Mantequilla había estrenado sombrero y leontina cuando, ¡cataplum!, la muchacha se enfermó y se fue a meter en la cama, recomendando que le dijeran a Mantequilla que no se desesperara y que tuviera paciencia. Y el pobre de Santiago la tuvo, y después de estar con la enferma que conversaba con Moralitos para distraer los dolores de la repentina enfermedad, se due a su casa y guardó cuidadosamente el sombrero nuevo y la leontina.

Ni un minuto se despegó Moralitos de la cabecera del lecho de Victoria y si no hubiera sido por su traje, y por seis pelillos que a fuerza de cosméticos parecían dos espinas clavadas sobre el labio superior, cualquiera hubiera dicho que Moralitos era la madre de Victoria.

Aquella noche no se pegaron los párpados de Mantequilla. ¡Qué había de dormir el pobre, si tiempo le faltaba para estar pensando en las dichas que le esperaban! Apenas amaneció, se puso su traje nuevo y se dirigió a la casa de su prometida. Encontró llorando a su futura suegra, y Mantequilla, que tenía un corazón más blando que su apellido, hizo un puchero y se acercó a la señora diciendo:

-¿Qué le pasa a usted, mamá..?

-¡Ay, don Santiago, qué desgracia!

-¿Sigue mala Victoria?

-No, Señor Mantequilla. ¿Quién lo había de decir?

-¿Pues qué sucede?

-Victoria... Victoria... señor Mantequilla.

-¿Murió? ¡Contésteme usted!

-No, señor. ¡Ojalá se hubiera muerto!

-Déjeme usted pasar, ¡la quiero ver!

-¡Ya no la verá usted, don Santiago!

-¿Por qué?

-¡Porque anoche se la robó Moralitos!

V

Deducción: Los papás que hayan educado a sus Victorias para los Moralitos no quieran después casarlas con Mantequillas.

JOSÉ FERREL.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

La muerte de Lindoro Cajigas

Lindoro Cajigas, el español administrador de la hacienda Arroyozarco, emparentado con sus propietarios, que capturó a Melchor Ocampo en su rancho de Pomoca en Michoacán y lo condujo preso hasta entregarlo en Huapango a Leonardo Márquez, quien lo fusilaría en Tepeji del Río, es en esta región del noroeste del Estado de México un personaje casi legendario. Edgar Serrano Pérez, cronista de Acambay, ha hecho un recuento puntual de sus acciones de mayo a diciembre de 1861, que pueden leer en esta liga. Sobre él he escrito también varias veces (aquí pueden encontrar algo), especialmente sobre su muerte en Acambay en diciembre de 1861, reuniendo diversas versiones que incluso se contradicen. Esta vez les traigo una nueva versión que descubrí hace poco, publicada en el diario El Mundo en junio de 1897, con motivo de la exhumación de los restos de Ocampo del Panteón de San Fernando en la Ciudad de México para su traslado a la Rotonda de los Hombres Ilustres de la propia capital. A diferencia de otras versiones, esta procede de un testigo presencial, Trinidad Aranda, sargento primero en el cuerpo del ejército que sorprendió y ejecutó a Cajigas. Esta es su historia:

 

EL APREHENSOR DE OCAMPO

¿Cuál fue su fin?

ENTREVISTA INTERESANTE

En otro lugar, al referirnos a la prisión y muerte del Sr. Melchor Ocampo, hemos mencionado el nombre de Lindoro Cajigas, individuo acerca del cual tenemos curiosos datos que comunicar, merced a una entrevista de nuestros reporters celebró ayer con D. Trinidad Aranda, ex-sargento primero que presenció el fusilamiento del cabecilla conservador.

Aranda es un hombre que revela franqueza en su carácter, él mismo dice con satisfacción que fue chinaco, refiere los trabajos que pasó durante la guerra de tres años y creemos que es digno de crédito, por lo que aceptamos la narración que nos hizo de este episodio de su vida y la transcribimos íntegra.

"Pertenecía yo -dice- al escuadrón de Lanceros de Guanajuato, en cuyo cuerpo hice toda la campaña de los tres años, al mando del teniente Coronel Francisco Díaz Barriga, que era hermano político del general Degollado. Tenía yo el grado de sargento de la Plana Mayor; nos encontrábamos de guarnición en Arroyozarco cuando una tarde, acabándose de dar el toque de lista de seis, se presentó en el cuartel un joven como de 20 años. Su semblante revelaba la gran indignación de que estaba poseído y las únicas palabras que pronunció fueron éstas: 'Necesito un arma para defender mi honor y matar al bandido Lindoro Cajigas, que acaba de raptarse a una hermana mía".

Al oir el nombre de Lindoro comenzamos a interrogar al joven, ofreciéndole que se le ayudaría a perseguirlo, como en efecto lo hicimos con todo tesón, pues ya había llegado a conocimiento de nuestro jefe el decreto del Congreso en que se declaraba fuera de la ley y de toda garantía a Cajigas, hombre audaz, español, todavía joven valiente, bien parecido y tan listo, que nos parecía imposible que cayera en nuestro poder, no obstante que lo perseguíamos con empeño. Habíamos tenido varios encuentros con él y estábamos convencidos de lo necesario que era capturarlo para librar a las poblaciones de los constantes atropellos e insaciable pillaje del cabecilla español, que secundado por otros paisanos suyos, si se encontraba con las armas en la mano era sólo para ejercitar el más escandaloso bandidaje, pues nada podía importarle nuestra patria.

Sin pérdida de tiempo ordenó el jefe que saliera el escuadrón guiado por el joven para perseguir a Cajigas, lo cual se hizo, habiendo llegado en la misma noche a inmediaciones del pueblo de San Miguel Cambaya [sic pro Acambay], donde nos aseguró que se encontraba nuestro perseguido.

Se preparó la sorpresa y apenas se acababa de tocar diana, en las primeras horas de la mañana siguiente, cuando la fuerza, dividida en fracciones, penetró por las calles del pueblo, llegando hasta la casa municipal donde Cajigas había penetrado [sic pro pernoctado].

La sorpresa fue completa; la caballada estaba encadenada en la plaza pues los doscientos hombres que llevaba consigo el cabecilla iban a salir ese día y su defensa tenía que ser deficiente; pero Cajigas no era hombre que se dejara matar sin hacer resistencia y su esfuerzo fue tal que poco faltó para que lograra escapar.

Nos recibió a balazos lo mismo que los suyos, y pretendió montar en una magnífica yegua para huir; pero el animal se encabritó, Cajigas cayó al suelo y levantándose violentamente corrió hacia una barranca donde todavía estuvo haciendo fuego hasta que se logró herirlo.

Entonces se llevó hasta su cama y allí mismo dentro de su alojamiento se le acabó de matar, cortándose enseguida su cabeza, que nos llevamos para Arroyozarco, donde se le colgó de una alcayata en un paraje público.

Tan poco respeto inspiraba aquel hombre y era tanto lo que se le odiaba, sobre todo después de que aprehendió a Ocampo, que Aranda refiere que uno de los soldados, sabiendo que Cajigas usaba dentadura postiza, subió al árbol donde estaba pendiente la cabeza y le sacó de la boca la dentadura, tirando después la cabeza.

Al poco tiempo el gobierno hizo venir a México al escuadrón y se repartió entre los aprehensores del cabecilla español la prima de diez mil pesos que se tenía ofrecida.

 

FUENTE: "El aprehensor de Ocampo", El Mundo, México, viernes 4 de junio de 1897, p. 1.