jueves, 3 de septiembre de 2020

"Moralitos": Un raro cuento arroyozarqueño

José Ferrel Félix fue un político y escritor mexicano nacido en 1865. Aunque era originario de Hermosillo, Sonora, su vida estuvo más ligada al estado de Sinaloa, especialmente a la ciudad de Mazatlán donde pubñicó dos de sus tres novelas: Los de la mutua de elogios (1892) y La caída de un ángel (1893). En su juventud fue todo un personaje romántico: "bullicioso y agresivo individualista supremo, burlador de maridos celosos, hábil duelista y escritor", como lo describió el historiador José C. Valadés.

Estudió derecho, pero su actividad se inclinó más por el periodismo. Publicó sus primeros trabajos en el diario mazatleco El Correo de la tarde (en el que entonces publicaba también Amado Nervo). Después viajó a la ciudad de México donde fue director del periódico Patria y fundó otros tres más: El Intransigente, El progreso Latino y El Demócrata. Su trabajo periodístico lo llevó a ser detenido en dos ocasiones, la primera en 1893 con todo el personal de El Demócrata, acusado por Arturo Paz (tío del premio Nobel Octavio Paz) por difamación, cumpliendo una breve condena pues se negó a aceptar el indulto del gobierno. El asunto en realidad se arregló con un duelo a espada entre Paz y Ferrel en el que resultó ganador el primero. La segunda vez no llegó a pisar la cárcel pues fue absuelto por un jurado popular.

A pesar de esas y otras peripeciasen que intervino la justicia porfirista, Ferrel no era un opositor radical al régimen, sino más bien un opositor leal dentro de las estructuras políticas vigentes que tomaba partido por Bernardo Reyes (aspirante a suceder a Porfirio Díaz) en sus disputas con el ministro de Hacienda José Yves Limantour. Debido precisamente a ello, aunque fue electo diputado no terminó su periodo al ser desaforado tras increpar en la Cámara a Limantour. En 1909 contendió en las elecciones a gobernador de Sinaloa y a pesar de haber sido derrotado por Diego Redo de la Vega, su movimiento (muy popular y que logró reunir a importantes personajes opositores como Heriberto Frías) se ha considerado precursor de la Revolución en el estado. Durante la campaña de Francisco I. Madero a la presidencia, la actitud de Ferrel fue ambigua: Madero declaró que Ferrel era antireeleccionista pero no se adhería a su grupo por no compromneterse, pero Ferrel no permitió entre sus partidarios la fundación de clubes antireeleccionistas como proponía Madero.

Por haber colaborado con la dictadura de Victoriano Huerta, la Revolución lo relegó pese a su papel precursor. Confinado al periodismo, siguó escribiendo en diversos periódicos hasta 1920 y falleció en la Ciudad de México en 1954.

José Ferrel publicó el cuento que les traigo hoy en El Demócrata el 16 de abril de 1893. El autor sitúa la acción en Arroyozarco, si bien no hace casi ninguna referencia a las características del lugar, savo brevemente al río, ni a las razones por las que decidió que la hacienda fuera el escenario de su cuento. Quizá fue sólo una ocurrencia, aunque el título del cuento "Moralitos", alude a un apellido que era frecuente en el municipio de Aculco por esos años. Como sea, no deja de ser una curiosidad digna de sumarse a las verdaderas historias o leyendas tradicionales del viejo Arroyozarco.

 

MORALITOS

I

Si por la hermosura la querían coger, no había quien se le pusiera por delante a Victoria, la muchacha más hermosa de Arroyozarco y uno de los mejores partidos para los jóvenes casaderos. Ya ella lo había comprendido y a más de cuatro que la adoraban, nunca se supo si por su dinero o por su belleza, había dejado con un palmo de narices, porque Victoria era el vivo diablo. Y si alguno de los habitantes de Arroyozarco tuvo en duda la existencia de su majestad caída, al ver a Victoria por fuerza tuvo necesidad de creer en el ángel expulsado del cielo como súbdito pernicioso.

Ni la lengua de los empleados destituidos que suele ser de todas las lenguas la más venenosa y ruin, osó nunca decir una palabra que pudiese lastimar la honra de Victoria. Cosa extraña, por cierto, pues que no han faltado ni fañtan en Arroyozarco ni en ninguna otra parte del globo infelices que quieran manchar con su aliento la reputación que envidian.

Pero a Victoria la estimaban, porque todos decían que era muy buena y que en medio de sus locuras y calaveradas revelaba un corazón de oro, siempre dispuesto al bien y jamás sordo a las voces de los desgraciados, y por eso, y no por otra cosa, era por lo que hasta las muchachas envidiosas se hacían de la vista gorda, cada vez que sabían alguna travesurilla de Victoria, como por ejemplo que se iba a pasear sola con Moralitos por el cascajal que bordaba las márgenes del arroyo, no precisamente a la hora en que el sol no permite secretos, sino cuando ni aún la luna asomaba por el cortinaje negro de la noche su ojo blanco como un plato de porcelana.

II

Pero también hay que convenir que Moralitos era poco menos que un santo, por lo menos para la familia de Victoria.

Los papás de ésta veían en el muchacho facultades, disposiciones y talentos que, además de Victoria y de sus papás, y de los papás del muchacho, nadie había descubierto. Pero tantas bellezas surgen y mueren ignoradas que nadie debe de culpar a los vecinos de Arroyozarco por no haber consziderado a Moralitos en todo su valer.

Y era Moralitos un muchacho más valedor que una peonza; hablaba y se retorcía como imitando una espiral, y a lo mejor tronaba sus dedos sobre la cabeza y se ponía a bailar una jota, no porque supiera bailar, sino porque le habían dicho que la bailaba bien, y porque bailándola creía que jugaba un gran papel la falda rabona de su levita, porque hay que confesarlo, para que nadie se dé por engañado, que Moralitos era el elegante de Arroyozarco; el único que usaba fistol en la corbata y el único que se engrasaba el pelo todos los días. Por eso las muchachas decían, cuando hablaban de él:

-Ah, Moralitos es un joven muy simpático.

-Ah, Moralitos aquí y en cualquier parte se ha de distinguir.

-Ah, Moralitos tiene gracia especial para vestirse.

-Ah, Moralitos es un buen partido.

III

Pero otro mejor le salió a Victoria. Un muchacho tan honradote como trabajador; casi casi era uno de los capitalistas de Arroyozarco; pero no era ni bonito ni elegante, aunque no era feo para ser hombre, ni descuidado en su traje hasta ser desaseado. No usaba fistol, pero tampoco usaba corbata los días de trabajo y no sengomaba los cabellos, porque ni el domingo tenía rizos sobre la frente.

Enamoróse de Victoria, la cortejó, se enamoró de su trato como se había enamorado de su humanidad y sin pensarlo mucho, para no arrepentirse de su resolución, resolvió casarse con Victoria. Los padres de ésta, perdida un tanto la esperanza de que Moralitos dejara de bailar jotas para dejar de ser aturdido, y viendo que el tiempo pasaba rápidamente y que Moralitos no le decía Victoria "por ahi te pudres y antes de que te pudras me caso contigo", pensaron seriamente en casar a la muchacha con Santiago Mantequilla, que la solicitaba para mujer.

-Si no me quiero casar todavía, dijo.

-Pero muchacha, ¿te has fijado bien en el sr. Mantequilla? -repuso la mamá.

-Sí, señora...

-Pues debes de quererlo, -agregó el papá- es un hombre de buena posición; joven, juicioso y muy puntual en sus pagos.

-¡Ay!, ¿y yo me voy a casar con un señor que se llama Mantequilla?

-Reflexiona, niña, que no te vas a casar con el apellido.

-Ya lo sé, mamá.

-Mira, hija, que con Moralitos no estás sino perdiendo el tiempo y es necesario que ya vayas pensando en escoger, porque cuando una llega a cierta edad muchas veces no nos queda ni el recurso de que nos escojan.

-Pero yo soy joven todavía.

-Por eso es que te lo advierto ahora que es tiempo.

-Pues lo voy a pensar.

-Sí, piénsalo y resuélvete, y no te olvides de que el sr. Mantequilla es dueño de la tienda "La Palma Sola", antiguamente "La Reforma".

Y como por más cara que pongan las mujeres cuando se les habla de matrimonio, al fin la ponen buena si el pretendiente insiste, Victoria se dejó vencer y consintió en admitir por marido a Santiaho Mantequilla, prometiéndose para sus adentros que no olvidaría a Moralitos, por quien sentía el cariño que ciertas muchachas tontas y casquivanas sienten por los que con femenil coquetería se saben prender el fistol y lucir los puños de la camisa.

IV

Llegó el día del casorio y desde temprano pudo notarse en casa de los novios un movimiento inusitado; en casa de Mantequilla se preparaban para recibir a Victoria y en casa de ésta se disponían a despedirla, y Moralitos que en todo se metía y que bailaba jotas cuando menos se necesitaban, aquel día amaneció tristón y serio; se asustaba cuando le dirigían la palabra y se ponía a temblar cuando algún amigo se le encaraba y le decía:

-Pero Moralitos, ¿qué tienes tú hoy?

Los papás de Victoria notaron la tristeza de Moralitos y si los sucesos les hubieran dado tiempo se habrían arrepentido de no haber esperado a que Moralitos les hubiera pedido a la muchacha para casarse con ella.

Ya esperaban por momentos que se presentara el novio y ya se habían recibido noticias en casa de Victoria de que Mantequilla había estrenado sombrero y leontina cuando, ¡cataplum!, la muchacha se enfermó y se fue a meter en la cama, recomendando que le dijeran a Mantequilla que no se desesperara y que tuviera paciencia. Y el pobre de Santiago la tuvo, y después de estar con la enferma que conversaba con Moralitos para distraer los dolores de la repentina enfermedad, se due a su casa y guardó cuidadosamente el sombrero nuevo y la leontina.

Ni un minuto se despegó Moralitos de la cabecera del lecho de Victoria y si no hubiera sido por su traje, y por seis pelillos que a fuerza de cosméticos parecían dos espinas clavadas sobre el labio superior, cualquiera hubiera dicho que Moralitos era la madre de Victoria.

Aquella noche no se pegaron los párpados de Mantequilla. ¡Qué había de dormir el pobre, si tiempo le faltaba para estar pensando en las dichas que le esperaban! Apenas amaneció, se puso su traje nuevo y se dirigió a la casa de su prometida. Encontró llorando a su futura suegra, y Mantequilla, que tenía un corazón más blando que su apellido, hizo un puchero y se acercó a la señora diciendo:

-¿Qué le pasa a usted, mamá..?

-¡Ay, don Santiago, qué desgracia!

-¿Sigue mala Victoria?

-No, Señor Mantequilla. ¿Quién lo había de decir?

-¿Pues qué sucede?

-Victoria... Victoria... señor Mantequilla.

-¿Murió? ¡Contésteme usted!

-No, señor. ¡Ojalá se hubiera muerto!

-Déjeme usted pasar, ¡la quiero ver!

-¡Ya no la verá usted, don Santiago!

-¿Por qué?

-¡Porque anoche se la robó Moralitos!

V

Deducción: Los papás que hayan educado a sus Victorias para los Moralitos no quieran después casarlas con Mantequillas.

JOSÉ FERREL.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

La muerte de Lindoro Cajigas

Lindoro Cajigas, el español administrador de la hacienda Arroyozarco, emparentado con sus propietarios, que capturó a Melchor Ocampo en su rancho de Pomoca en Michoacán y lo condujo preso hasta entregarlo en Huapango a Leonardo Márquez, quien lo fusilaría en Tepeji del Río, es en esta región del noroeste del Estado de México un personaje casi legendario. Edgar Serrano Pérez, cronista de Acambay, ha hecho un recuento puntual de sus acciones de mayo a diciembre de 1861, que pueden leer en esta liga. Sobre él he escrito también varias veces (aquí pueden encontrar algo), especialmente sobre su muerte en Acambay en diciembre de 1861, reuniendo diversas versiones que incluso se contradicen. Esta vez les traigo una nueva versión que descubrí hace poco, publicada en el diario El Mundo en junio de 1897, con motivo de la exhumación de los restos de Ocampo del Panteón de San Fernando en la Ciudad de México para su traslado a la Rotonda de los Hombres Ilustres de la propia capital. A diferencia de otras versiones, esta procede de un testigo presencial, Trinidad Aranda, sargento primero en el cuerpo del ejército que sorprendió y ejecutó a Cajigas. Esta es su historia:

 

EL APREHENSOR DE OCAMPO

¿Cuál fue su fin?

ENTREVISTA INTERESANTE

En otro lugar, al referirnos a la prisión y muerte del Sr. Melchor Ocampo, hemos mencionado el nombre de Lindoro Cajigas, individuo acerca del cual tenemos curiosos datos que comunicar, merced a una entrevista de nuestros reporters celebró ayer con D. Trinidad Aranda, ex-sargento primero que presenció el fusilamiento del cabecilla conservador.

Aranda es un hombre que revela franqueza en su carácter, él mismo dice con satisfacción que fue chinaco, refiere los trabajos que pasó durante la guerra de tres años y creemos que es digno de crédito, por lo que aceptamos la narración que nos hizo de este episodio de su vida y la transcribimos íntegra.

"Pertenecía yo -dice- al escuadrón de Lanceros de Guanajuato, en cuyo cuerpo hice toda la campaña de los tres años, al mando del teniente Coronel Francisco Díaz Barriga, que era hermano político del general Degollado. Tenía yo el grado de sargento de la Plana Mayor; nos encontrábamos de guarnición en Arroyozarco cuando una tarde, acabándose de dar el toque de lista de seis, se presentó en el cuartel un joven como de 20 años. Su semblante revelaba la gran indignación de que estaba poseído y las únicas palabras que pronunció fueron éstas: 'Necesito un arma para defender mi honor y matar al bandido Lindoro Cajigas, que acaba de raptarse a una hermana mía".

Al oir el nombre de Lindoro comenzamos a interrogar al joven, ofreciéndole que se le ayudaría a perseguirlo, como en efecto lo hicimos con todo tesón, pues ya había llegado a conocimiento de nuestro jefe el decreto del Congreso en que se declaraba fuera de la ley y de toda garantía a Cajigas, hombre audaz, español, todavía joven valiente, bien parecido y tan listo, que nos parecía imposible que cayera en nuestro poder, no obstante que lo perseguíamos con empeño. Habíamos tenido varios encuentros con él y estábamos convencidos de lo necesario que era capturarlo para librar a las poblaciones de los constantes atropellos e insaciable pillaje del cabecilla español, que secundado por otros paisanos suyos, si se encontraba con las armas en la mano era sólo para ejercitar el más escandaloso bandidaje, pues nada podía importarle nuestra patria.

Sin pérdida de tiempo ordenó el jefe que saliera el escuadrón guiado por el joven para perseguir a Cajigas, lo cual se hizo, habiendo llegado en la misma noche a inmediaciones del pueblo de San Miguel Cambaya [sic pro Acambay], donde nos aseguró que se encontraba nuestro perseguido.

Se preparó la sorpresa y apenas se acababa de tocar diana, en las primeras horas de la mañana siguiente, cuando la fuerza, dividida en fracciones, penetró por las calles del pueblo, llegando hasta la casa municipal donde Cajigas había penetrado [sic pro pernoctado].

La sorpresa fue completa; la caballada estaba encadenada en la plaza pues los doscientos hombres que llevaba consigo el cabecilla iban a salir ese día y su defensa tenía que ser deficiente; pero Cajigas no era hombre que se dejara matar sin hacer resistencia y su esfuerzo fue tal que poco faltó para que lograra escapar.

Nos recibió a balazos lo mismo que los suyos, y pretendió montar en una magnífica yegua para huir; pero el animal se encabritó, Cajigas cayó al suelo y levantándose violentamente corrió hacia una barranca donde todavía estuvo haciendo fuego hasta que se logró herirlo.

Entonces se llevó hasta su cama y allí mismo dentro de su alojamiento se le acabó de matar, cortándose enseguida su cabeza, que nos llevamos para Arroyozarco, donde se le colgó de una alcayata en un paraje público.

Tan poco respeto inspiraba aquel hombre y era tanto lo que se le odiaba, sobre todo después de que aprehendió a Ocampo, que Aranda refiere que uno de los soldados, sabiendo que Cajigas usaba dentadura postiza, subió al árbol donde estaba pendiente la cabeza y le sacó de la boca la dentadura, tirando después la cabeza.

Al poco tiempo el gobierno hizo venir a México al escuadrón y se repartió entre los aprehensores del cabecilla español la prima de diez mil pesos que se tenía ofrecida.

 

FUENTE: "El aprehensor de Ocampo", El Mundo, México, viernes 4 de junio de 1897, p. 1.

jueves, 13 de agosto de 2020

"Venció en Aculco, Guanaxuato y Calderón"

Mucho tiempo atrás escribí en este blog acerca de la medalla concedida a los soldados realistas que participaron en las batallas de Aculco, Guanajuato y Calderón, en que el ejército del general Félix María Calleja derrotó a los insurgentes del cura Miguel Hidalgo. En aquel texto incluí una fotografía de la versión bordada de dicha medalla y transcribí las dudas del famoso numismático chileno José Toribio Medina, quien se preguntó si solamente había existido tal versión o también una acuñada en metal como afirmaban las fuentes documentales, pues no la encontró entre las valiosas colecciones que examinó para escribir su magna obra Medallas coloniales hispano-americanas. De hecho, aunque entonces hallé descripciones por las que se podía asegurar que las medallas acuñadas sin duda alguna existieron, no me fue posible encontrar fotografías y ni siquiera referencias de algún ejemplar que formara parte de colecciones privadas o públicas.

Hace unos pocos días, encontré finalmente otra versión de la medalla, la cual salió a subasta en agosto de 2010 en la casa estadounidense Heritage Auctions. Sin embargo, para mi sorpresa no se trataba de una medalla acuñada, sino elaborada en porcelana esmaltada, pintada a mano y contenida en un marco oval de bronce dorado con un anillo para colgarla. Es más, sus medidas de 3.1 por 2.4 centímetros no corresponden a lo indicado por Carlos Pérez Maldonado en su libro Condecoraciones mexicanas y su historia, que las reseña como prácticamente del doble de este tamaño. Tampoco la descripción es enteramente la misma que hace Pérez Maldonado, en la que aparece una corona de laurel y un busto del rey.

En este caso, tal como se observa en las fotografías que les presento, la medalla tiene una cartela ovalada con la cifra de "Viva Fernando VII" ("V F 7"), rodeada de un marco afiligranado que corona una flor de lis, símbolo de la casa real de Borbón. Rodean esta cartela banderas y palmas que simbolizan la victoria, un león sobre un tambor de guerra, emblema del valor, y un perro que representa la fidelidad. En la mitad inferior de la medalla, otra cartela con marco y guirnaldas lleva la leyenda "VENCIÓ EN ACULCO, GUANAXUATO Y CALDERÓN".

¿Se trata de una versión hasta ahora desconocida de esa misma medalla? Puede serlo, pues por sus características, más que al campo de la numismática, pertenece al de la joyería y ello habría contribuido a que pasara desapercibida en las principales publicaciones sobre el tema. Lo cierto es que parecen haber existido múltiples versiones de la medalla elaboradas en distintos materiales. Con suerte, algún día encontraremos una de las versiones acuñadas.

Pueden hallar más datos sobre la medalla en el sitio de Heritage Auctions y leer mi texto sobre la medalla bordada en la entrada "Venció en Aculco, Guanajuato y Calderón".

viernes, 7 de agosto de 2020

Un crimen

El 26 de diciembre de 1880, alrededor de las siete de la noche, en el paraje de Las Adjuntas, cerca de San Ildefonso Tultepec y en el límite entre los municipios de Amealco y Aculco, Andrés Fernández caminaba en compañía de Catalino Obregón cuando fueron asaltados por un grupo de entre cuatro y seis individuos. Sin saber si se trataba de un robo o un ataque por alguna otra causa, los dos trataron de huir. A la mañana siguiente, el comisario de San Ildefonso halló el cadáver de Fernández y se presentó ante el prefecto de Amealco para informar del asesinato. Inmediatamente, la prefectura "dio órdenes al jefe de acordada de este distrito para que procurara la captura de los malhechores". (1)

Fernández, de 52 años, agricultor y vecino de la hacienda de la Muralla, era de nacionalidad española. (2) El asunto provocó un gran escándalo especialmente por ello, pues acontecimientos como éste solían provocar problemas diplomáticos, alarmaban a las comunidades extranjeras asentadas en el país y preocupaban a la sociedad por afectar la imagen internacional de México y los mexicanos, tan frecuentemente calificados de "bárbaros" debido a la violencia que había dominado al país desde 1810 hasta 1876. El periódico El centinela español dio así la noticia el 2 de enero:

Entre Amealco y San Juan del Río ha sido asesinado por dos indios el súbdito español don Andrés Fernández. Aun no tenemos pormenores, pero no tardaremos en recibirlos y entonces repetiremos las reflexiones que hace tiempo venimos haciendo sobre estos desgraciados sucesos. (3)

Dos semanas después, la misma publicación añadía algunos pormenores bajo el título "Otro español asesinado", aunque según parece algo adornados por la pluma del redactor hasta convertirlos en una novela de intrigas:

El asesinato -nos dicen- estuvo horrendo: volvía el sr. Fernández de un pequeño viaje, cuando a una legua de su ranchito de La Muralla le salieron unos indios en número de 18 a pie y a caballo, y le asesinaron a machetazos y a palos; fue reconocido por la ropa, pues su cara estaba horriblemente mutilada. Su cadáver permaneció 24 horas abandonado en el campo, hasta que un vecino de Amealco tuvo la caridad de levantarlo y darle sepultura. Ignoro lo que habrá hecho después la autoridad en averiguación del hecho, en caso de que se haya ocupado de este suceso. Como el Sr. Fernández no tenía enemigos, pues era hombre pacífico, creemos que el asesinato se llevó a cabo con objeto de apoderarse del valor del ya citado rancho, que su dueño hacía poco había vendido, y acababa de recibir su importe, dándolo probablemente a alguna persona para que se lo guardara; el depositario encontró fácil hacer desaparecer al Sr. Fernández y apropiarse de su depósito, convencido de la impunidad en que quedaría el crimen; hay que advertir que al sr. Fernández le fue antes robada una cartera, que contenía las noticias de todos sus negocios. (4)

Ante las quejas de otro periódico de la comunidad española, La voz de España, el diario oficial del estado de Querétaro, La sombra de Arteaga, se sintió obligado a responder:

Debemos significar al estimable colega español que el funesto acontecimiento a que se refiere no tuvo lugar en el estado de Querétaro, sino en el de México, que, no obstante esta circunstancia, se han dictado y dictan enérgicas providencias, conducentes todas a esclarecer el hecho a fin de castigar a los culpables. Por fortuna para Querétaro, para su buen nombre y civilización, no se registran hace mucho tiempo sucesos como el que lamentamos y bien pudiéramos, sin hipérbole, aseverar que Querétaro es hoy una localidad importante por la seguridad indiscutible que se disfruta en su territorio. (5)

Las investigaciones se llevaron en realidad con gran rapidez. Antes de transcurrido un mes, el 18 de enero de 1881, el prefecto de Amealco, Rafael Velarde, comunicaba a los diarios la aprehensión de los responsables:

En las averiguaciones que el juzgado de letras de este distrito ha hecho con el fin de descubrir los autores del asesinato perpetrado a la persona del súbdito español D. Andrés Fernández aparece que los indígenas José y Joaquín María de Jesús Martínez, vecinos del pueblo de San Pedro Denxhi de la jurisdicción de Aculco en el Estado de México, fueron los que asaltaron al expresado Fernández, y hasta ayer se logró aprehenderlos, siendo puestos inmediatamente a disposición del juez respectivo, a quien a pesar de tener bastantes causas, que según la ley deben concluirse en término perentorio, está instruyendo el proceso con actividad, según le consta a esta prefectura. (6)

No sé en qué habrá acabado el proceso contra ese par de aculquenses, si eran verdaderamente culpables y si actuaron por su cuenta o como parte de una conspiración contra Fernández para apropiarse del dinero de la venta de su propiedad. Pero hay un misterio final en el caso: aunque su partida de defunción señala que Andrés Fernández era soltero, unos meses después de su asesinato fue bautizada en San Juan del Río la niña María Melitona Cresencia, hija póstuma de Ana María Correa y un Andrés Fernández, difunto. (7)

 

FUENTES:

 

(1) La sombra de Arteaga, 13 de enero de 1881, p. 4.

(2) Partida de defunción del señor Andrés Fernández, Amealco, 30 de diciembre de 1880.

(3) El centinela español, 2 de enero de 1881, p. 3.

(4) El centinela español, 20 de enero de 1881, p. 3.

(5) La sombra de Arteaga, 13 de enero de 1881, p. 6.

(6) La Voz de México, 10 de febrero de 1881, p. 3.

(7) Partida de baustismo de María Melitona Cresencia, parroquia de san Juan Bautisa de San Juan del Río, Querétaro, 19 de abril de 1881.

viernes, 24 de julio de 2020

Aculco en 1855

Al revisar los archivos municipales, se advierte la frecuencia con que el gobierno de la República solicitaba a los ayuntamientos informes estadísticos sobre la localidad. Por su propia naturaleza, estos informes deberían ser una fuente inestimable de datos para la historia, pero desafortunadamente eran llenados -casi sin excepción- con descuido y desconocimiento, además de sin tener claras las razones por las que se les solicitaban ni qué fines podrían tener. He llegado a encontrar algún caso en que las propias autoridades distritales señalaban las inconsistencias de un informe con respecto a otros anteriores y prácticamente le corregían la plana a las de Aculco, reclamándoles además su poca colaboración.

A pesar de lo anterior, siempre es posible entresacar cosas interesantes de estos informes y aunque sepamos que son imprecisos pueden ser muy útiles para corroborar algún dato, hallar indicios o simplemente para conocer la percepción que las autoridades locales tenían de su propio pueblo.

En 1855, el apéndice del Diccionario Universal de Historia y Geografía de don Manuel Orozco y Berra recogió uno de estos informes referido a Aculco. Si bien es un texto poco extenso y se nota la poca atención del Ayuntamiento al proporcionarla, no deja de haber datos curiosos. Por ejemplo, una prueba más de que hasta mediados del siglo XIX seguían existiendo lobos en esta región, un hecho al que ya me referí anteriormente:  

ACULCO: juzgado de paz del partido de Jilotepec, departamento de México.

Tierras.— Su calidad y producciones.— La parte mayor de las tierras de la comprensión de este juzgado de paz, son útiles para la agricultura por su fertilidad, y en ellas se cultiva maíz, frijol, haba, trigo, cebada y alverjón: de la primera semilla se cosechan de sesenta a cien cargas por cada una de sembradura, y de las otras de quince a veinte.

Montañas.— No ofrecen particularidad que merezca atención.

Maderas.— Abundan las de ocote, encino de varias clases, madroño, sauz, ailes y otros árboles de menos importancia.

Caminos.- Se hallan medianamente atendidos los interiores de comunicación entre los pueblos del juzgado, a mas de los cuatro generales que lo atraviesan.

Aguas.— En el pueblo de Aculco se hallan dos manantiales de agua potable; los demás no merecen tal nombre por la escasez de sus aguas.

Ríos.— Atraviesa este territorio y nace de la presa el llamado de Huapango. Aunque hay otros que se forman de las avenidas en la estación de lluvias, pero en la seca son muy escasos de agua.

Puentes.— Solo hay uno en la hacienda de Arroyozarco, y se conserva en buen estado.

Cavernas. — Hay varias en las montañas al Norte de Aculco, que hasta ahora no se han examinado.

Animales domésticos.— Se hace cría de ganado vacuno, caballar, mular, lanar y de cerda. Parte de él se consume en los pueblos que corresponden a este juzgado, y el resto se conduce para su expendio a la capital de la república.

Aves.— Gallinas, palomas y guajolotes.

Salvajes.— En las montañas se halla el lobo, el coyote, el gato montés, el venado, la liebre, el conejo y toda clase de aves.

Reptiles.— Víbora parda o blanca: su mayor tamaño es de cinco cuartas; es venenosa. Víboras de diversas especies, pero cuyo veneno no es mortal. Escorpiones, lagartijos, lagartijas, sapos y camaleones.

Insectos.— Alacranes, tarántulas, pinacates, mestizos, cochinitas, arañas diversas, moscos, moscas, mayates, mariposas, hormigas, cucarachas, pulgas, chinches, grillos, chapulines y hormigas prietas y coloradas.

Medios comunes de subsistencia. — Casi exclusivamente la agricultura y la cría de ganado, pues es muy reducido en Aculco el número de los artesanos.

Alimentos comunes. — Carnes de vaca y carnero, frijol, alverjón, chile y tortillas.

Bebidas.— Pulque tlachique, y con exceso el aguardiente de caña y vino mezcal.

Enfermedades endémicas.— Reumatismo, inflamaciones de estómago, disentería y punzadas de cabeza.

Idiomas.— El castellano y otomí.

 

Por cierto, habrán notado ustedes que el texto no se refiere a Aculco como municipio, sino como "juzgado de paz", al distrito de Jilotepec lo llama "partido" y el Estado de México es "Departamento de México". Eso se debe a que en el momento de la edición de la obra, el país había dejado de ser una república federal y había adoptado el centralismo.

miércoles, 22 de julio de 2020

Una de franceses

Hace muchos años, suando comenzaba a interesarme en la historia local, los hechos que más me llamaban la atención eran siempre los que mayor importancia tenían en el panorama nacional. No alcanzaba a notar la evidente contradicción de creer que la historia de Aculco era importante en tanto significara algo para México, no para el pueblo mismo. Con el tiempo fui aprendiendo que la verdadera riqueza del pasado de un sitio minúsculo de la geografía mexicana está en lo cotidiano, lo irrepetible, la experiencia personal, y que todo esto es mucho más difícil de hallar, de entender y de divulgar que los "grandes hechos" de la historia.

Este comentario explica en buena medida por qué les traigo hoy este texto. Se trata de un relato en primera persona de J. F. Elton, militar inglés que recorrió el país en 1866, en plena intervención francesa. De hecho, su libro publicado al año siguiente lleva el nombre de With the French in Mexico ("Con los franceses en México") pues buena parte de su recorrido lo realizó en compañía de soldados de esa nacionalidad. Elton pasó por Arroyozarco en mayo de 1866. Lo interesante de su narración no es lo que lo liga con el "gran relato" de la intervención, sino los detalles simples como la descripción de los juegos de los soldados franceses en ese lugar, tras la fatiga de un día de camino entre el lodo y bajo la lluvia.

En la sección en la que habla de este viaje, el autor incluyó además un par de dibujos que bien se pueden identificar con su paso por Arroyozarco. Seguro los disfrutarán tanto como yo.

 

Por la mañana, mucho antes de que México despertara, avanzábamos ya por el camino del norte y estábamos a medio trecho de nuestra primera parada, Tlalnepantla. Afortunadamente no tuvimos lluvia hasta la tarde, pero alrededor de las cuatro cayó en torrentes. A la mañana siguiente los caminos tenían una gruesa capa de lodo, a través de la cual los carros muy cargados rodaban con evidente dificultad y las mulas necesitaban una constante descarga de maldiciones lanzadas en español y francés para mantenerlas avanzando. La marcha fue corta, pero ya era tarde cuando llegamos al pequeño pueblo de Cuautitlán. Era dolorosamente evidente para todos que si el clima húmedo duraba unos pocos días más, era inevitable una crisis. Sin embargo, tuvimos un pequeño y agradable alboroto juntos Dupeyron, comandante del convoy, Carrère (ambos capitanes del Batallón de África), De Colbert y yo mismo. Como cocinero Carrère era infatigable. Estaban también una centena de hombres del cuerpo belga agregados a nuestro convoy, pero sus oficiales se mantuvieron apartados y no los vimos mucho. Una línea sin fin de carros y una fuerza de cerca de cien hombres de diversos regimientos -convalecientes y hombres que se reunían con sus compañías- completaban el conjunto bajo el comando de Dupeyron, uno muy molesto para él, me supongo. Creo que nadie le envidiaba el cargo.

El día 20, con gran dificultad, la lluvia precipitándose en torrentes, nos arrastramos por cinco leguas de negro, tenaz y arcilloso lodo, y llegamos a la posta de Arroyo Zarco justo antes del anochecer. Fuimos más afortunados que nuestra retaguardia: ellos pasaron la noche en una desvencijada y vieja fonda, y no llegaron sino ya tarde a la mañana siguiente. Por supuesto una pausa era inevitable y pasamos en el Hotel de Diligencias un largo y tonto día, sólo soportable escribiendo cartas para el próximo correo y fumando innumerables pipas del inestimable tabaco restante del que habíamos tomado de la tienda de La Habana.

El soldado francés es realmente admirable en las malas circunstancias; a pesar de la mucha lluvia, lodo o polvo que provocan su enojo durante la marcha del día, una vez que ha terminado es de nuevo divertido y alegre, fuma su pipa negra, bebe su trago de aguardiente y se burla de todo. Durante todo el día, entre el caer de la lluvia, los "céfiros"*, desvestidos hasta la cintura, se bañaron en el río poco profundo que corre a través de Arroyo Zarco y mantuvieron una incesante serie de bromas entremezcladas con fuertes carcajadas que asombraban a los mexicanos, entumecidos, de aspecto deprimente, temblando bajo sus sarapes, que se congregaban bajo el refugio de las paredes del hotel en espera de la llegada de la diligencia.

*Así se llamaba a los soldados del Batallón de Infantería de África.

Las fuentes del Río San Juan

Hace unos días hallé un libro bastante extenso titulado Descripción de los ríos principales del mundo, publicado en 1902 por el diputado Ángel M. Domínguez. Sinceramente no esperaba mucho de esta voluminosa obra zalameramente dedicada al presidente Porfirio Díaz: el prejuicio me inclinaba a suponer que se trataría de una mediocre obra recopilatoria, con poca información aprovechable para mis propósitos. Para mi sorpresa, el libro aborda con mucho detalle el tema de las fuentes del Río de San Juan (cuenca a la que pertenece el municipio de Aculco), aportando variada información hidrográfica, algo de histórica e incluso anecdótica.

Desde el virreinato, se identificó a la laguna o presa de Huapango como lugar de nacimiento del Río de San Juan. Una de las referencias más antiguas de este origen es la del franciscano fray Agustín de Vetancurt, que en 1697, en su obra Teatro mexicano , escribió: "De Guapango que es en la [Provincia] Otomí de una laguna hermosa nace el río que va a dar a San Juan del Río, tan caudaloso que a veces lo pasan en canoa". Domínguez explica que según tradición el río se originaba en unos manantiales que, sin embargo, cuando se vació el vaso de Huapango no se pudieron encontrar. Dentro del territorio aculquense son también tributarios los ríos de Aculco y de Ñadó, como explica el autor prolijamente. Añade también una idea que escuché hace muchos años atribuida a Isidro Fabela: la posibilidad de desviar parte del caudal del río Lerma hacia esta cuenca para aprovecharla mejor. Gracias a Domínguez, hoy sabemos que esa propuesta es muy anterior al político mexiquense.

En fin, no me detengo más en explicaciones y copio aquí la parte del texto donde se refiere a las fuentes del Río San Juan y su trayecto hasta las inmediaciones de esa ciudad queretana. Las ilustraciones que lo acompañan están tomadas de un plano hidrográfico de la Mapoteca Orozco y Berra.

 

EL SAN JUAN.

(Afluente del Pánuco.)

En una de las más elevadas alturas de la Mesa Central, correspondiente la región al Distrito de Jilotepec del Estado de México, á 2,500 metros sobre el nivel del mar, existe una gran presa conocida con el nombre de “Laguna de Guapango,” en terrenos de la hacienda de Arroyozarco; lo asentado de su vaso, permitió que con la sola construcción de una cortina de mampostería relativamente pequeña, se formara el depósito de agua tan considerable que ha merecido el nombre de laguna por la extensión de su superficie, que mide 28 kilómetros de longitud, por 4 de latitud en su punto más ancho.

Existe la tradición de que en el fondo de este vaso brotaban antes unos ricos manantiales que eran los generadores del rio de San Juan; pero en nuestros días, cuando por haberse dejado abiertas las compuertas del dique, la laguna ha quedado completamente vacía, se ha visto que no existen esas fuentes que refiere la tradición, ignorándose si la presión del agua allí represa, ó el azolve natural que se ha depositado, impidieron la salida de los manantiales que, á consecuencia de esto, adoptaron otra dirección, ó si hay que relegar las tradiciones á la categoría de consejas, por más que algunos pequeños ojos de agua que á orillas del lago existen, parezcan confirmar lo que de antaño se decía. Sea de esto lo que fuere, lo cierto en la actualidad es que los derrames de la presa forman el principal origen del Río de San Juan, y que á este vasto depósito lacustre llevan su tributo las vertientes de las montañas de Jilotepec y de otras circunvecinas.

La gran cordillera de la serranía de Jilotepec, prolongación de la del Ajusco y la Bufa, que mantiene hacia el N.O. la línea de separación de las aguas entre las vertientes tributarias del Pacífico y del Golfo, desprende una ramificación hacia el N., constituida por la cordillera de los elevados montes de Calpulalpan, los cuales dividen á so vez las cuencas del lecho troncal del Pánuco en la región de Tula y la de su tributario el río de San Juan. La caudalosa corriente de éste, el que su origen lo tome en la línea divisoria de las aguas, su dirección acaso más en línea recta que la del Tula respecto de la general del Pánuco, y ese “algo de provincialismo” tan común en todos los pueblos, hizo que por mucho tiempo los ribereños de San Juan sostuvieran que su río era la línea troncal del caudaloso tributario del Golfo; pero el mayor volumen de agua que el Tula arrastra; la mucha mayor longitud de su trayecto, y hoy sobre todo, el que el San Juan interrumpe su corriente en determinada época del año, no dejan ninguna duda de que es el Tula el tronco principal del gran río mexicano.

Los derrames de la presa de Guapango que se verifican por las compuertas del dique, son suficientemente abundantes para dar el tributo necesario á los riegos y demás necesidades de la rica hacienda de Arroyozarco, y para mantener constante la corriente del río de San Juan; pero disputas sobre derechos á la propiedad de la corriente, surgidas entre los propietarios de la hacienda y los pueblos de Polotitlán y San Juan del Río, dieron motivo á que la hacienda desviara el curso de los derrames para vender el sobrante á algunos propietarios de las cercanías, ó que durante la seca no diera salida á mayor cantidad de agua que la necesaria para las exigencias de la finca. Desde entonces se interrumpe la corriente del río todos los años, como por el mes de Febrero hasta que comienzan las lluvias, verificándose tal interrupción desde la presa hasta Tequisquiapan, pues allí recibe el tributo de riquísimos manantiales que aseguran la vida constante del río para todo el resto de su curso.

La gran cantidad de agua que despide la presa en tiempo de lluvias y sus derrames naturales en la época de secas, se desliza rápidamente por una cañada que va variando de profundidad según lo requiere la naturaleza del terreno sujeto á fuertes y continuas ondulaciones; la dirección general de la corriente hasta llegar á San Juan del Río es la del O., con tendencias á ganar terreno en sus diversas curvaturas inclinándose hacia el N-; la corriente en lo general es muy violenta por tener que descender 250 metros en un tramo relativamente corto para salvar la diferencia de altura que existe entre la presa de Guapango y el Cazadero. A un lado de Encinillas, rumbo al S., forma el río un bonito salto de 5 metros de altura, el cual es conocido con el nombre de “Taxtó” y muy inmediato á él construyeron los vecinos de Polotitlán un dique de mampostería con el objeto de desviar una parte de la corriente para uso de los habitantes del pueblo, aprovechándola á la vez en la irrigación de algunas propiedades particulares. Esta construcción dió origen á serías disensiones con el Ayuntamiento de San Juan del Río, y á la actitud más marcadamente hostil de los propietarios de Arroyozarco.

Después de este dique, el río que ha atravesado ya por terrenos de Encinillas y Ruano, continúa su curso de una manera menos rápida por la extremidad meridional del hermosísimo valle que genéricamente se conoce con el nombre de “Llanos del Cazadero,” aun cuando sólo una parte de la planicie pertenece á la hacienda de ese nombre. A la margen derecha del río, rumbo al N. y á bastante distancia, se formó en época reciente y con sorprendente rapidez, el pueblo de Polotitlán, al lado de una casa aislada que en el llano existía y que á causa de su mismo aislamiento se llamó “Venta de la Soledad” pero ese movimiento ascendente del pueblo se vió contenido de improviso por la falta de tráfico en la vía carretera á consecuencia del establecimiento de ferrocarriles, y como por la misma época se acentuó mucho más la falta de agua por haberse exacerbado las diferencias con Arroyozarco, la declinación y el agotamiento del pueblo fué tan rápido como había sido su desarrollo. En cuanto al rio, pasa en esta parte de su trayecto al S. de la población atravesando terrenos de las haciendas de San Antonio y de Taxié, sin impartirles ningún beneficio por lo más bajo del lecho respecto á las tierras de ambas riberas y recibiendo á su paso los fuertes escurrimientos de todo el llano en tiempo de aguas, así como por la margen izquierda recibe los arroyos y riachuelos que forman las últimas colinas y laderas correspondientes á la vertiente septentrional de la serranía de Ñadó.

En los limites de Taxié forma el rio un pequeño salto de unos tres metros de altura aproximativamente, y comienza á servir de línea divisoria entre los Estados de México y Querétaro, dejando á un lado los terrenos del rancho de la Cofradía y al otro los del pueblo de San Sebastián de la Barranca ó de los Cajetes; la corriente desde este punto vuelve á ser muy rápida, porque se acentúa el descenso de 360 metros que es preciso salvar para ponerse á nivel de la ciudad de San Juan del Río, hacia la cual camina con velocidad extrema por el fondo de una barranca que va profundizándose en proporción de lo que el río desciende. Después de los terrenos de la Cofradía, la margen izquierda del río va lamiendo la orilla de la barranca que corresponde á la “Estancia de Dosocuá,” predio que por el costado opuesto rumbo al S., también está limitado por profundísima barranca en cuyo fondo corre precipitadamente otro río, el San Ildefonso, que se acerca para depositar su tributo en el San Juan, con el que se une en la extremidad de los terrenos de Dosocuá, que forman allí como el cabo de una península entre las haciendas de la Laborcilla y de la Cueva, desde cuyo punto la corriente unida entra ya de lleno al Estado de Querétaro.

La hermosa serranía de Ñadó, que como un desprendimiento de la cordillera de Jilotepec se extiende por el S.O. basta los cerros de San Ildefonso, pertenecientes al Distrito de Amealco del Estado de Querétaro, da origen á tres corrientes que forman el río de San Ildefonso sub-afluente del Pánuco y poderoso tributario del San Juan. La primera de esas corrientes se forma de los escurrimentos de una extensa altiplanicie que al reunirse forman lo que se llama río de Aculco, por ser el nombre de la población hacia la cual se dirige, dejándola á su margen derecha y siguiendo después su curso rumbo al O. basta donde se le une la segunda corriente llamada “Río de Ñadó." Este tiene su origen en los manantiales de una cañada formada por el cerro grande de Ñadó y por un contrafuerte de la misma serranía llamado el “Cerro Colmilludo,” el cual limita por ese rumbo al bonito valle de Acambay que queda hacia el S. del Colmilludo, Esta garganta y toda la región es muy notable, porque de algunos reconocimientos que se han practicado se ha adquirido la convicción de que el valle de Acambay puede regarse con aguas tomadas en el río do Lerma, y una vez llevadas esas aguas a Acambay, bastaría cavar un túnel de 300 metros de largo para enviarlas por el Ñadó hasta San Juan del Río, con lo cual se salvarían las grandes necesidades de la ciudad. El rio de Ñadó toma en la garganta donde nace la dirección N.; pero en seguida va practicando una curva como ciñendo el gran cerro por su base, hasta adoptar al fin la dirección del O. que cambia al alejarse de la serranía, por la del N.O. que lo lleva á unirse con el río de Aculco, tomando en este punto de unión el nombre de río de Ávalos con el que es conocida la corriente unida. La tercera corriente que genera ese sistema de montañas nace en los cerros de San Ildefonso, teniendo por origen unos manantiales que, como los que forman el Ñadó, no son suficientes para mantener la corriente todo el año; pero que en la época de lluvias son tantos los arroyos tributarios que alimentan estas tres corrientes, que cada una de por si presenta un caudal considerable, mientras que se agotan completamente durante la sequía.

Ese río de San Ildefonso, tan pronto como acaba de descender de los cerros donde nace, toma la dirección N. inclinándola después al N.O., hasta que al llegar al cerro del Tepozán en terrenos de la Cofradía se une al río de Ávalos, y conservando de preferencia el nombre de “San Ildefonso,” adopta la corriente unida el rumbo del O., continuando su curso por el fondo de una barranca muy profunda que va correspondiendo á les haciendas de la Muralla y de la Laborcilla, del Estado de Querétaro y al rancho de la Cofradía, pueblo de San Pedro Denshi y Estancia de Dosocuá, correspondiente al Estado de México, uniéndose al San Juan en el extremo de Dosocuá, en un punto llamado “Las Adjuntas,” en terrenos de las haciendas Laborcilla y Cueva, pertenecientes las dos al Distrito de San Juan del Río del Estado de Querétaro. En este punto de la confluencia el terreno se asienta lo bastante para prestarse á la construcción de una gran presa que daría la vida á la ciudad de San Juan, distante todavía catorce kilómetros y la que por su importancia llegó á dar su nombre á todo el río.

En el lugar donde re reúnen las dos corrientes, la barranca parece haber adquirido su mayor grado de profundidad y anchura; el río en sus crecidas es muy caudaloso pues adquiere un volumen que puede estimarse en más de cien metros cúbicos de agua por segundo, y aun cuando la corriente continúa rápida por el fuerte desnivel de so lecho, los bordes superiores de la barranca van disminuyendo su altura y el río á su vez va adquiriendo una corriente más tranquila hasta formar frente al rancho “Soledad de Pichardo” un remanso bastante considerable que podría aprovecharse también para obtener un gran depósito de agua al servicio de la ciudad de San Juan.