sábado, 19 de diciembre de 2015

La restauración del portal de peregrinos del antiguo convento de Aculco

El pasado miércoles 9 de diciembre de 2015, el arquitecto Lázaro González Frutis entregó la segunda etapa de las obras de restauración del templo parroquial de Aculco. Estas obras consistieron principalmente en la conservación del portal de peregrinos -cuyos pilares fueron consolidados y sus maderas originales restauradas cuidadosamente- así como en la restauración del antiguo portón del templo. Se trata de una obra que ejemplifica sin duda el cuidado que debe ponerse en este tipo de trabajos: nada de lo que podía preservarse fue retirado, se mantuvo la originalidad y carácter histórico del inmueble y sus elementos fueron tratados para asegurar su conservación durante muchos años más.

El resultado más patente de esta intervención está en la nueva apariencia de las maderas antiguas, lo que resulta evidente al observar esta selección de fotografías del estado anterior del sitio, otras del proceso de restauración y algunas más de la restauración concluida. Ojalá las disfruten.

El portal visto hacia el norte, arriba en su estado original, abajo tras la restauración.

El exterior del portal en 2009 y el día de la entrega de las obras de restauración.

Conservar la originalidad e historicidad del portal de peregrinos exigía mantener las antiguas vigas alabeadas (curvadas) de sus extremos que, salvo esa deformación (que es muy antigua, anterior incluso a la construcción de la planta alta del portal), se hallaban en buen estado. Para lograrlo sin comprometer su estabilidad, se incorporaron estos refuerzos de acero en su parte anterior.

el portón restaurado.

Como ya es habitual en este blog, quiero agradecer mucho su trabajo al arquitecto González Frutis, a Cristina Artigas de Latapí, directora del FOREMOBA por la gestión de recursos federales, y por supuesto al presidente municipal Salvador del Río quien aportó igual cantidad de recursos municipales para la obra. También quiero informarles que está comprometida una tercera etapa de restauración a realizarse en 2016 en la que se intervendrá la torre del templo y esperamos que los trabajos prosigan después hacia otras áreas del antiguo conjunto.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Plazuela ganada y esquina perdida

Desde hace cerca de medio año, quienes llegan o salen de Aculco por el oriente, en dirección a la ciudad de México, se han percatado de la transformación de la esquina que forman la calle Morelos y la calle del Sol, justamente en el punto en que empieza la carretera que lleva a Santa María Nativitas. Es decir, en el ángulo noroeste de lo que nuestros abuelos llamaban la "milpa de Vidó". Este cambio se debe a la remodelación de las construcciones que se hallan en ese sitio para convertirlas en locales comerciales pero, sobre todo, a la apertura de una zona de estacionamiento frente a ellos al retirar parte de las bardas de piedra blanca que se levantaban como fachadas de esa propiedad hacia las dos calles mencionadas.

Aunque me pesa cada vez que cae una más de las típicas bardas de piedra blanca de Aculco, en este caso particular no se trataba de un muro verdaderamente antiguo y el resultado me parece bien logrado. Con el uso de materiales tradicionales de la arquitectura local (como la propia piedra blanca en las fachadas, la cantera de sus seis columnas, las vigas de madera, la teja y el ladrillo), la disposición de los accesos a los locales no demasiado grandes en relación con los muros y con su dintel curvo, la construcción de un portal proporciones adecuadas, el mismo empedrado del área de estacionamiento y la colocación de farolas de buen gusto, la ausencia casi completa de "estridencias" y un ambiente arquitectónico que todos podemos reconocer como muy aculquense, ha surgido en efecto un nuevo rincón agradable en el pueblo.

Esto no significa, por supuesto, que la intervención quede libre de cuestionamientos y críticas. Por ejemplo, en las poblaciones históricas como Aculco el trazo urbano mismo, la disposición en calles y manzanas es parte de su patrimonio. De tal manera, alterarlo abriendo, cerrando o ensanchando calles, disminuyendo o creando nuevos espacios abiertos como plazas, es un daño directo a dicho patrimonio. En este caso, la apertura del estacionamiento ha creado prácticamente una pequeña plaza y con ello le ha quitado una esquina a la traza histórica de Aculco en la que fue -y de cierta manera todavía es- la última y más oriental de las calles del viejo poblado. De igual manera, han desaparecido las placas de cantera con los nombres de las calles que se hallaban en las paredes demolidas y que son de propiedad municipal. También pudo haberse evitado la vista de los tinacos sobre sus azoteas.

En conclusión, aunque no sea más que la zona de estacionamiento de los negocios que en el sito habrán de abrirse, Aculco ha ganado con esta intervención una bonita plazuela. Con ello también ha perdido una esquina de su traza histórica. Si bien en este caso, por el buen sentido de sus constructores, el resultado es favorecedor para la imagen del pueblo, al Ayuntamiento debe tener un poco más de cuidado al autorizar obras de este tipo. Porque, ni más ni menos que enfrente de este mismo lugar está, por ejemplo, una muestra de lo que puede suceder cuando se permiten construcciones parecidas pero prevalece el mal gusto. Me refiero, por supuesto, a los locales que se encuentran nada más atravesar la calle del Sol, donde se derrumbó también hace varios años la barda de piedra blanca sobre la calle de Morelos para crear un estacionamiento y dar vista a los comercios que se encuentran ahí. En este lamentable caso, la construcción resulta una bofetada a la arquitectura tradicional del pueblo: grandes ventanas acristaladas, vigas metálicas que sobresalen a la construcción en la segunda planta, balconada corrida con un feo barandal sobre marquesinas de concreto... y agregados como un pilar de cantera y recubrimiento laminado del mismo material que no logran enmascarar la fealdad un edificio que podría estar en Neza, o en Atizapán, pero nunca debió construirse en el histórico Aculco.

martes, 1 de diciembre de 2015

El Puente Colorado: entre la leyenda y la decadencia

Ya antes me he referido en este blog al Puente Colorado, el más hermoso de los puentes históricos que subsisten en las afueras de la cabecera municipal de Aculco. Pero cuando hace unos meses conocí una leyenda suya que nunca antes había escuchado decidí contárselas aquí, y para acompañar este esta narración pensé acercarme al puente para tomar nuevas fotografías. Desafortunadamente, lo que encontré en mi última visita a este lugar fue abandono, descuido y desolación: el puente deteriorándose más cada día, partes cubiertas de grafiti, muros rotos por el impacto de los automóviles que circulan sobre él. Algo verdaderamente lamentable pues el Puente Colorado está entre los más importantes vestigios relacionados con el Camino Real de Tierra Adentro que conserva el pueblo y a los que debe el reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad que tanto enorgullece a sus habitantes. Un nombramiento que, por cierto, Aculco puede llegar a perder si no se conservan sus construcciones históricas como ésta. Si quieres conocer el estado de conservación anterior del puente, puedes ver unas fotos aquí.

En fin, yo hubiera querido fotografías que mostraran el puente en toda su belleza, pero quizá estas imágenes de su estado actual ayuden a crear una mayor conciencia sobre su deterioro. Y vamos, pues, a la leyenda que les prometí.

 

El Puente Colorado

(leyenda)

A finales del período virreinal vivía en las afueras de Aculco un anciana solitaria, alta y flaca como una escoba, de nariz enorme y retorcida, ojos lagañosos, largos y despeinados cabellos grises y sonrisa desdentada. Es decir, una perfecta bruja por su apariencia. Y, en efecto, aquella anciana -que llevaba el nombre de Esperanza, o doña Esperanza como se dirigían a ella con respeto casi todos- ejercía de curandera y más de uno juraba que, además de yerbas, sus preparaciones llevaban extraños ingredientes agregados al tiempo que la mujer pronunciaba palabras incomprensibles. Sin embargo, nadie dudaba de la bondad de doña Esperanza, que nunca negó una curación aunque nada se le pagara a cambio. Aún así eran muchos los que, agradecidos por la recuperación de sus enfermedades o las de sus hijos, solían llevarle a su desvencijada casucha techada con hojas de maguey, huevos, tortillas recién hechas y alimentos preparados que ayudaban a la anciana a llevar una vida austera, pero sin grandes necesidades. Todos la apreciaban, incluso el párroco que alguna vez había acudido a sus remedios, pero él era el único que parecía dispuesto a aceptar que ella era sólo una gran conocedora de las plantas medicinales, una buena cristiana y no realmente una hechicera.

Hasta aquel pueblo tranquilo llegó una tarde de noviembre la noticia de que se aproximaba un enorme ejército, o más bien una enorme banda de desarrapados armados con palos y machetes que, acompañados de algunas decenas de militares, eran guiados por un cura calvo y encorvado que portaba un estandarte de la Virgen de Guadalupe. Sin invitación de por medio, aquellos hombres, mujeres y niños se posesionaron de todas las casas de Aculco, tomaron los alimentos que había y mataron algunas reses para alimentarse. Pero digo mal de todas las casas: a pesar de que la casucha de doña Esperanza estaba a la orilla del camino, nadie entre aquellos invasores traspasó sus puertas ni tomó de ella ni una gallina, como si un encantamiento la protegiera. Al segundo día de la estancia de aquella multitud -cuyos integrantes explicaban confusamente las razones de su sublevación, a veces lanzando vivas al rey deseado, Fernando VII, otras veces mueras a Napoleón, franceses y gachupines, y también, claro, vivas a la independencia de La América- comenzó a rumorarse que presentarían batalla a sus enemigos, las tropas del virrey. Y, en efecto, al amanecer del 7 de noviembre de 1810 apareció en las lomas de Gunyó un verdadero y perfectamente organizado ejército que, también entre vivas al rey Fernando VII, se desplegó presto para el combate. Después del primer cañonazo que señaló el inicio del encuentro, no pasaron dos horas antes de que los realistas se mostraran vencedores y se posesionaran esta vez ellos del pueblo de Aculco. Pero si los insurgentes habían tomado lo que necesitaban de las casas de los vecinos, los soldados realistas robaron de ellas hasta lo que a nadie podía ser de utilidad más que a sus dueños. Y una vez más, para sopresa de todos, a la choza de doña Esperanza no se acercó nadie para saquearla.

La historia oficial se ha esforzado por mostrarnos la Guerra de Independencia como una lucha épica del pueblo mexicano por obtener su libertad política. Pero quienes la experimentaron en carne propia la vivieron más bien como una sangrienta guerra civil de once años de duración en la que quedaron enfrentados y divididos pueblos, hermanos, amigos, vecinos, compadres... Los realistas eran casi todos novohispanos, igual que sus enemigos insurgentes. Así, precisamente después de la batalla de Aculco los propios habitantes del pueblo empezaron a tomar partido por alguno de los bandos y a acusarse mutuamente de ser culpables de las penurias, las plagas y las muertes que acompañaban a la guerra. Cuando una tropa insurgente ocupaba el pueblo, quienes apoyaban la independencia aprovechaban para acusar a sus vecinos realistas y se regocijaban al verlos amenazados por los rebeldes si no entregaban sus bienes. Pero en cuanto los insurgentes dejaban el pueblo al acercarse una partida realista, aquellos comenzaban a temblar por su vida y sus propiedades, pues sabían que serían a su vez acusados. Más de uno fue llamado, según aprovechara la ocasión, insurgente o realista. Otros más sufrieron a manos de rebeldes o leales de venganzas personales motivadas por causas muy distintas a la de esa guerra.

Este estado de cosas afectó incluso a la pobre doña Esperanza, a la que unos veían con malos ojos por atender las enfermedades de sus enemigos, y otros por negarse siempre a preparar algún brebaje que disimuladamente llevara al sepulcro a las personas que odiaban. Que nadie hubiera tocado su casa durante la doble ocupación del pueblo era también motivo de sospecha, pues sólo el diablo, decían, podía haberle brindado esa protección. Si antes siempre la llamaban todos doña Esperanza, entonces ya comúnmente se referían a ella despectivamente como la bruja y su presencia en el pueblo había dejado de ser tan apreciada como antes.

Cierta tarde un grupillo formado por unos cuantos insurgentes aculquenses muy jóvenes (que decían ser seguidores del coronel Polo) se asoleaban despreocupadamente en la azotea de una casa del pueblo que habían tomado por cuartel. Sorpresivamente, sin aviso alguno que hubiera delatado su presencia, diez soldados realistas rodearon la casa y les llamaron con grandes gritos a la rendición. Entre tropezones y tiros lanzados sin puntería a sus atacantes, los insurgentes huyeron saltando por las azoteas vecinas hacia los corrales de las casas. Pero uno de ellos, al apoyarse en un viejo muro de piedra, resbaló y cayó pesadamente al piso. En un instante se vio rodeado por los fusiles de los realistas que le apuntaban al pecho. Llevado a rastras a la presencia del comandante, éste ordenó que fuera ahorcado enseguida, sin formalides de ninguna clase. De nada valieron las súplicas de sus padres: una hora después, su cuerpo se balanceaba en el más alto de los fresnos de la Plaza Mayor de Aculco.

El comandante de la fuerza realista ordenó que el cuerpo de aquel infeliz permaneciera en la horca hasta el día siguiente y para asegurarse de ellos dispuso que nadie se acercara al sitio de la ejecución hasta que todos sus hombres hubieran abandonado el lugar. Antes del amanecer ya esperaban sus deudos la partida de los realistas fuera del mesón en que habían pasado la noche rezando un improvisado rosario, pero cuando se abrieron las grandes puertas y la tropa fue saliendo para tomar el camino de Arroyozarco guardaron un profundo silencio. Encendieron entonces algunos faroles de mano y, sin decir palabra, caminaron hacia el ocuro extremo de la plaza para descolgar al ejecutado.

Mas, al acercarse al lugar, alumbrado apenas por las pocas luces que llevaban en las manos, vieron alejarse precipitadamente un bulto, casi una sombra. La madre ahogó un grito, que se convirtió en espantable lamento cuando estuvo más cerca y vio con horror que el cadáver estaba a medio descolgar y mutilado salvajemente. Pocos minutos después comenzaron a acudir los vecinos, asustados por el lamento y por los gritos de miedo y disgusto que le siguieron, hasta reunirse más de un centenar de ellos al pie del fresno. "Es obra de un coyote que quizo comérselo", observó un viejo. "Pero mire, eso no parecen dentelladas, sino cuchilladas", chilló una mujer envuelta en su rebozo."¿Pero quién podría querer un trozo de ajusticiado?", observó un tendero. "¿Quién? Naturalmente una bruja, una hechicera", le respondió uno de sus empleados, que se las daba de muy leído, y añadió: "Sé bien que el sebo de delincuente es útil en algunas pócimas".

La visible profanación del cuerpo y la simple idea de que aquello era obra de una hechicera pareció enloquecer a la multitud. ¡Mutilar el cuerpo de alguien ya juzgado por Dios! ¡Claro, sólo podía haberlo hecho una bruja, y la única bruja ahí era doña Esperanza!

Enardecidos, los vecinos se dirigieron velozmente a la casa de la curandera, a la que hallaron parada en el umbral de su casucha, mirándolos con ojos desorbitados y como aturdida. Entre gritos e insultos fue amarrada y arrastrada calle abajo, hacia el río, y cuando llegaron al puente de piedra blanca que señalaba el límite del pueblo la arrojaron violentamente al suelo. La pobre anciana no hizo ni el menor esfuerzo por levantarse; sólo volvió los ojos hacia la turba y abrió la boca sin emitir sonido alguno, muda de terror. A la primera piedra arrojada a su rostro por un niño le siguieron decenas, arrancadas del propio empedrado de la calle. En minutos la mujer yacía muerta, era sólo un bilto ensangrentado, pero las pedradas continuaban golpeando el cuerpo inerte, como si quienes las lanzaban simplemente no pudieran detenerse.

Entre el gentío se abrió paso entonces el párroco del pueblo, al que había dado aviso el alcalde, uno de los pocos que inútilmente habían intentado desde el principio frenar a la multitud enajenada. Horrorizado por el crimen cometido por sus propios feligreses, los mismos que cada semana acudían a sus misas, los mismos que diariamente veía y a quienes creía incapaces de mancharse las manos con un acto así, dirigió la vista al cielo que comenzaba a clarear, como rogando a Dios le dijera qué hacer, cómo dirigirse a aquel gentío criminal que en su arrebato se tenía todavía por justiciero. El sol había salido ya cuando el sacerdote comenzó a hablar. Sus palabras mostraban una enorme decepción, un terrible dolor: "¡Insensatos! ¿Cómo pudieron enloquecer así? ¿Cómo pudieron matar a una mujer a la que no le debían ningún mal? ¿Cómo pudieron olvidar todo el bien que le debían? Hoy, aquí, ustedes se han convertido en asesinos del inocente. Con sus manos criminales no han obrado la voluntad de Dios, sino la de Satanás. Es tan grande su pecado como el de aquellos que crucificaron a Nuestro Señor". Como si las palabras del cura y la luz del sol hubieran hecho penetrar un rayo de cordura en todos ellos, de las sonrisas enloquecidas pasaron al llanto, comenzaron a lamentarse de su acción y a implorar perdón. "Perdonado será el que de corazón se arrepienta", les dijo tristemente el padre, "pero llevarán como penitencia su misma vida y salud: cada vez que enfermen, cada vez que uno de los suyos muera de enfermedad, recordarán su crimen hacia la anciana que los pudo haber salvado. Y para que nunca lo olviden, para perpetua memoria de su maldad, este puente será pintado de rojo, para que cada vez que lo miren o transiten sobre él hagan memoria de este gran pecado."

El puente efectivamente fue pintado de rojo como penitencia y por muchos años las autoridades del pueblo se encargaron de renovar su color. Pero el tiempo, que lo borra todo, hizo también olvidar poco a poco las razones de aquello. Incluso llegó el día en que el puente dejó de ser pintado y ya sólo le restó el nombre de Puente Colorado con el que lo seguimos conociendo, aunque su antiguo color apenas se advierta ya en los restos de enlucido.

 

Naturalmente, la historia no me fue contada exactamente así, sino que quise presentarla de una manera un poco más literaria. Lo que puedo asegurarles es que esta narración respeta la esencia de la leyenda que escuché. De cualquier manera, aún si el relato no tiene bases históricas o tradicionales, o si exageré al "vestirlo" para poder presentarlo aquí, no me lo tomen a mal: por lo menos los habrá entretenido un rato.

viernes, 20 de noviembre de 2015

José Riverón Mondragón: el único general aculquense en la Revolución

El título de este post es un poco engañoso: si bien José Riverón Mondragón participó en la Revolución Mexicana y fue el único revolucionario aculquense que llegó a ser general del Ejército mexicano, no fue en el curso de aquel conflicto en el que alcanzó dicho grado, sino algunos años después, en 1924. Debo mencionar también aquí que Riverón es mi pariente pues descendemos de un mismo antepasado, Eduardo Mondragón: él era su nieto y yo soy su tataranieto; sin embargo, la cercanía entre su rama familiar y la mía se perdió desde principios del siglo XX, prácticamente desde que se lanzó a la Revolución, de tal manera que lo que aquí relato es lo que he podido conocer de su historia a través de libros, documentos, testimonios de sus descendientes y algunas deducciones personales.

Según su partida de bautismo, José Albino Timoteo, hijo de Francisco Riverón (1853-1906) y Estéfana Mondragón (1862-1886), nació en el rancho de su abuelo Eduardo Mondragón en las inmediaciones de El Zethe, municipio de Aculco, el 16 de diciembre de 1878. Fue bautizado nueve días después en la parroquia de Aculco, siendo sus padrinos Sabino Peña y Ponciana Ríos (1). El acta de Registro Civil, sin embargo, omitió los nombres de Albino y Timoteo, y señaló como fecha de nacimiento las tres y media del día 10 de diciembre, apuntando como lugar de nacimiento la ranchería del Jazmín, inmediata al Zethe (1b). Poco tiempo después la familia se trasladó al pueblo de Aculco, donde habitó la casa en el actual número 10 de la calle de Morelos, hogar de su pariente don Alberto Riverón. Realizó sus estudios de primaria en la escuela oficial de este lugar (2). Con poco más de veinte años contrajo matrimonio civil y eclesiástico con la sanjuanense Josefa Almaraz y parece que muy pronto emigró al vecino pueblo de Acambay (de ahí provenía su familia paterna), donde nació su hija María de la Luz en 1903. Tuvo también un hijo, Francisco Riverón Almaraz, que se graduó en el Colegio Militar en 1932 y alcanzó asimismo el grado de general brigadier (3).

Según ciertas versiones, José Riverón Mondragón, "hijo y sobrino de soldados republicanos" (es decir, de combatientes contra el Imperio de Maximiliano), y dedicado al comercio de carbón en la ciudad de México, fue maderista desde 1910 y no dudó en levantarse en armas siguiendo el llamado del Plan de San Luis con la división del general Guillermo García Aragón, con el grado de capitán segundo y ejerciendo funciones de ayudante dentro de su Estado Mayor (4). Se habla incluso de un desastroso combate que habría sostenido entonces en el rancho de El Tejocote (muy cercano a las tierras familiares de los Mondragón, al sur de la hacienda de Ñadó, ya en territorio municipal de Acambay) contra un cuerpo de rurales del distrito de El Oro, cuyo auxilio solicitó el presidente municipal de Acambay, Honorato Serrano. José Riverón, relata el historiador Román García Plata, "salió vencido y apenas tuvo tiempo de huir vestido de mujer" (5).

Lo más probable, sin embargo, es que la participación de Riverón en el conflicto armado se diera sólo hasta 1913, tras el derrocamiento y asesinato del presidente Francisco I. Madero por el traidor Victoriano Huerta en febrero de ese año. José Ángel Aguilar, autor del libro La Revolución en el Estado de México, narra así la forma en que Riverón se unió a quienes pelearon contra Huerta, comenzando por una incursión de revolucionarios en Acambay -en la que probablemente ya estuvo aquél, pero sin que pueda asegurarse-, y continuando justamente con una acción militar en el rancho de El Tejocote que puede ser la misma a la que se refieren otros autores:

A los pocos días [después del 26 de abril de 1913] cinco hombres armados entran a Acambay, exigiendo armas, caballos y dinero, hasta diez mil pesos y amenazando con un próximo saqueo de la gente "que nos está esperando". Emeterio López [enviado en persecución de los sublevados] vuelve a salir de El Oro hacia Acambay y esta vez alcanza a un grupo armado. El subteniente informa telegráficamente que la víspera a las 12 del día dio alcance a los bandoleros, que decían ser carrancistas, en la hacienda de El Tejocote, logrando capturar a seis de ellos así como pudo quitarles caballos, monturas, armas, etcétera.

Si la derrota de los revolucionarios representa cierta alegría para quienes los persiguen, el combate tiene otras ventajas al ser capturados algunos de los sublevados. Más que el botín, que en realidad carece de importancia, lo valioso es que uno de los prisioneros hace sorprendentes revelaciones sobre la actividad sediciosa, incluso de cuatro diputados que se reunían en la ciudad de México en una casa de las calles del Chopo. De los diputados logran saberse dos nombres: Silvestre Raya e Isidro Saavedra; los cuatro legisladores se reunieron con José Riverón Mondragón, quien en efecto aparece como animador del grupo, poseedor además de un depósito de carbón vegetal en las calles de Vidal Alcocer de la propia ciudad capital, donde se puede encontrar a un señor de apellido Tejeda o Tejeira y otro que responde al nombre de José, cuyas señas particulares incluso se proporcionan. Claro que conspiraban contra el gobierno.

A pesar de la diligencia del entonces gobernador, doctor Antonio Vilchis, que proporciona todos estos datos a la Secretaría de Guerra y Marina, nada puede lograrse en lo que respecta a los conspiradores, pues Riverón produce su primer asalto ya sublevado.

Este ataque de Riverón, el primero plenamente documentado, se dio con la toma del pueblo de Aculco el 30 de junio de 1913, al frente de una partida de 16 hombres en la que se contaban Ezequiel Riverón, Camerino Arcos y Alfonso Navarrete:

En junio, el nombre del rebelde José Riverón Mondragón, ocupa la atención del jefe político [de Jilotepec,] Ezeta, porque llega a Aculco, que no ofrece resistencia y lo abandona a las pocas horas, para hacer rumbo a Acambay. Pero el gobierno posee algunos datos en relación con el sublevado; sabe que tiene un depósito de carbón en las calles de Vidal Alcocer en la ciudad de México, en compañía de sus hermanos Silviano y Manuel. Paralelamente, el destacamento de Jilotepec captura allí a Magdaleno Mondragón [primo de José Riverón], Ignacio E. Vizcarra y Leonardo Ocampo. Magdaleno tiene cierta responsabilidad, pues señala a Riverón cuáles son aquellas casas donde viven personas de cierta posibilidad económica, a quienes puede exigírseles dinero y donde pueden encontrarse caballos. Al entrar a Aculco, los rebeldes se llevan como rehén a Jesús Carrero, pidiéndose a su padre algún dinero a título de rescate, sin obtenerlo. Del interrogatorio de los detenidos, surgen mayores datos, en torno a la conjura en México, diciéndose que Riverón Mondragón tomó contacto con Rafael Cerón, dos gendarmes desertores y un agente de la policía reservada cuyo nombre se ignora. (6)

Los años siguientes fueron ya de plena inmersión en la lucha armada dentro del bando carrancista. Entre julio y septiembre de 1913, Riverón combatió en Michoacán y el Estado de México contra fuerzas federales comandadas por los generales Paliza y Cárdenas. Entre octubre siguiente y enero de 1914, ya muy lejos de sus lares, enfrentó en la Sierra Madre del Sur, en el estado de Guerrero, a las fuerzas huertistas. Volvió entonces al centro del país para proseguir su lucha en el Distrito Federal, Guanajuato e Hidalgo. Cinco años después de su rebelión, en julio de 1918, se le confió la formación del 51 y 1er regimientos de Caballería pertenecientes a la brigada José María Morelos, en la 1ª División de Oriente. Con el rango de Capitán primero se incorporó a las fuerzas del general Guillermino García Aragón. Riverón Mondragón se contó también entre los miembros del 31 Regimiento de la Brigada 11 de la división que estuvo bajo las órdenes del general Lucio Blanco y en la Brigada 17, al mando del general Gustavo A. Elizondo.

Al final de la etapa armada de la Revolución, entre el 11 de febrero de 1920 y hasta 1924, Riverón estuvo comisionado en el Consejo de Guerra Permanente de la plaza de Tampico, Tamps. En este último año -terminada la rebelión delahuertista que comprometió a muchos militares de alto rango-, José Riverón Mondragón fue nombrado General brigadier por méritos en campaña por acuerdo presidencial y ratificado por la Cámara de Senadores del Congreso de la Unión, con fecha 1 de mayo. En diciembre del mismo año se le otorgó el Voto de Confianza y Simpatía concedido a todos los generales, jefes, oficiales y tropa que, a partir de 1923 y precisamente en el contexto de la rebelión de Adolfo de la Huerta, se habían mantenido leales al gobierno de Obregón.

Entre el 11 de marzo de 1926 y el 31 de agosto de 1928, José fue parte de la 36a. Jefatura de Operaciones Militares, con el objeto de levantar planos topográficos en Tamaulipas. Entre septiembre de 1928 y marzo de 1929, fungió como presidente propietario del Consejo de Guerra de la plaza de Guadalajara, Jal., y, en la misma ciudad, estuvo comisionado en la 18a Jefatura de Operaciones Militares. De marzo de 1929 a enero de 1933, tuvo a su mando el 3er Batallón Regional de Jalisco. Al parecer, al año siguiente se hallaba de nuevo en Tamaulipas, como comandante de la guarnición de la plaza.

Aunque según el censo de 1930 que lo sitúa viviendo en Guadalajara (en la calle 17 no. 521, sector Hidalgo) se declaró abiertamente católico, lo cierto es que sus años desempeñando comisiones militares en Jalisco estuvieron marcadas por el combate a los rebeldes cristeros, quienes impulsados por las restricciones impuestas por el gobierno de Plutarco Elías Calles al culto católico se sublevaron espontáneamente en 1926 para defender la libertad religiosa y llegaron a representar una amenaza real para el Estado revolucionario, hasta la suscripción de los acuerdos de coexistencia con la Iglesia en 1929. Inclusive hay evidencia de que fue masón, pues las memorias del IV Congreso Masónico Nacional parecen mencionarlo: "la primera voz amiga que oímos fue la del H:. Riverón Mondragón" (1c). Un relato que no he podido confirmar se refiere incluso a la muerte a manos de Riverón de Cosme, un niño de doce años que repartía volantes del boycot que los católicos lanzaron contra los comerciantes que apoyaban al gobierno, y que es tenido por mártir de la Cristiada. En esta liga puedes leer el relato completo, que pinta a Riverón como odioso, despiadado y sanguinario. Además, este texto da un dato equivocado: que Riverón fue acribillado por los cristeros a las afueras de Guadalajara.

En 1933, Riverón Mondragón recibió la Condecoración de Perseverancia de 4ª clase por justificar 20 años de servicios. Entre mayo de ese año y junio de 1936, fue jefe de la guarnición de la plaza de Tampico, Tamps., y, de junio a octubre del último mismo año, asumió la comandancia de la guarnición de la plaza de Guadalajara. Posteriormente, desempeñó el cargo de Jefe del Estado Mayor de la 15ª Zona Militar, con cuartel general en Guadalajara (2).

Hacia 1937 continuaba viviendo en aquella ciudad. Poseía entonces una granja en la calle de Florida en el vecino municipio de San Pedro Tlaquepaque (7). Murió el 16 de noviembre de aquel año, según consta en un telegrama enviado a su hijo, entonces destacado en Zacatlán. Una historia familiar que me fue relatada por su descendiente Luis Jorge Ibarra afirma que pretendía ser candidato al gobierno del Estado de México o de la capital del país y murió envenenado. Casos como este ocurrirían en la política mexicana hasta la década de 1940.

 

NOTAS

(1) Partida de Bautismo de José Albino Timoteo Riverón Mondragón, no. 1068, 19 de diciembre de 1878. Archivo Parroquial de Aculco.

(1b) Partida de registro de José Riverón, Libro de nacimientos 1871-1887, no. 19, febrero de 1880, Aculco.

(1c) El IV Congreso Masónico Nacional, Ediciones Símbolo, México, 1928, p. 50.

(2) Diccionario de generales de la Revolución, México, SEP/SEDENA/INERM, 2014, tomo II, p. 880-881.

(3) Roderic Ai Camp, Generals in the Palacio: The Military in Modern Mexico, Oxford University Press, New York-Oxford, 1992, p. 238.

(4) Eliseo Lugo Plata, Antonio Ruiz Pérez, Édgar Serrano Pérez, Acambay 100 años después, 1912-2012, Gobierno del Estado de México / H. Ayuntamiento de Acambay, México, 2012, p. 80; Juan Ortiz Escamilla y David Carbajal López, General Lázaro Cárdenas, fundador de pueblos: La Ruana, Felipe Carrillo Puerto, Michoacán, 1955-2005, EL Colegio de Michoacán, Morelia, 2005; Álvaro Ochoa Serrano, Repertorio michoacano, 1889-1926, El Colegio de Michoacán, Zamora, 1995, p. 168.

(5) Citado por Edgar A. Serrano Pérez, Acambay. Monografía municipal, Gobierno del Estado de México, 1999, p. 83; Juan Montiel Flores, Alfredo del Mazo Vélez: síntesis de una vida luminosa, Gobierno del Estado de México, Secretaria de Educación, Cultura y Bienestar Social, 2002, p. 43.

(6) José ángel Aguilar, La Revolución en el Estado de México, Patronato del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, México, 1977, vol. 2, págs. 112 y 120.

(7) Diario El Informador, 7 de marzo de 1937. Citado por Bernardo Carlos Casas en sus Crónicas de San Pedro Tlaquepaque: "Este día se habla de una nueva línea de agua potable para Tlaquepaque. La verdad es que sólo es una tubería que partiendo de la calle Cruz Verde, lleva como destino la calle Florida donde el General José Riverón Mondragón posee una granja. Era un tubo de dos pulgadas que beneficiaba también a 53 casas de la zona".

sábado, 14 de noviembre de 2015

Los toros de San Lucas Totolmaloya

Desde los primeros siglos del cristianismo, los cuatro evangelistas fueron representados habitualmente con otras tantas figuras alegóricas: el toro fue asociado con en el evangelista San Lucas, el águila se consideró distintivo de san Juan, el hombre -o un ángel- representaba a san Mateo y el león era el emblema de san Marcos. Este simbolismo tenía origen en dos visiones proféticas del Antiguo y Nuevo Testamento: la primera de ellas de Ezequiel, que describió cuatro criaturas cuyo rostro tenía apariencia multiforme: "el aspecto de sus caras era cara de hombre, y cara de león al lado derecho de los cuatro, y cara de buey a la izquierda en los cuatro; asimismo había en los cuatro cara de águila" (Ezequiel, 1:10); la segunda, del evangelista san Juan: "El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo era semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre; y el cuarto era semejante a un águila volando" (Apocalipsis, 4:7).

"En la iglesia primitiva" -relata Emile Mle en su libro El arte religioso del siglo XIII en Francia: el gótico- "el miércoles de la cuarta semana se cuaresma se explicaba a los catecúmenos, cuyo bautismo estaba ya próximo, el significado de esos cuatro animales misteriosos. Se les enseñaba que el hombre era figura de san Mateo, el águila de san Juan, el león de san Marcos y el toro de san Lucas, y se les daba las razones". Estas razones, para el caso de san Lucas, según precisa Mle, estaban en el carácter del toro, animal del sacrificio, pues su Evangelio inicia precisamente con el sacrificio ofrecido por Zacarías. Además, san Lucas relata extensamente el propio sacrificio de Cristo en la cruz y, como apunta Olivier Beigbeder en El léxico de los símbolos, "el toro, víctima de la Antigua Ley, hace pensar en la pasión por la que el Redentor sacrificó su vida por la humanidad. El cristiano debe ser igualmente un toro, porque al renunciar a las voluptuosidades, se inmola a sí mismo".

En la hoy parroquia del pueblo de San Lucas Totolmaloya, municipio de Aculco, esta identificación de su santo titular con el toro cobra un carácter casi obsesivo: entre representaciones antiguas y modernas, el toro aparece no menos de diez veces en el templo. En casi todos los casos, las figuras taurinas son relieves aplicados a elementos arquitectónicos y según se deduce de su estilo pertenecen a mediados del siglo XIX, época en la que se renovó la capilla como se lee en una lápida de su fachada.

El primer par de toros lo encontramos en la cara exterior de la peana de la cruz que remata el arco de entrada al atrio. Se trata de unas figuras enfrentadas en bajorelieve que llevan en el costado un símbolo que une una S con una L -"San Lucas"- y que no es otra cosa que el fierro de marcar el ganado de la comunidad que por entonces se utilizaba en ese pueblo. El segundo par de toros, muy semejante al primero, se encuentra justamente en la cara posterior de la misma peana, mirando hacia el interior del atrio.

Por cierto, y déjenme hacer este comentario que interrumpe la descripción pero viene a cuento, la cruz que actualmente se yergue sobre esta peana es moderna; hasta hace seis años existía la cruz original y se encontraba en buen estado como puede verse en la fotografía. Sus cantoneras en forma de tunas era típica de las cruces del virreinato y tenía algunos otros detalles de interés en su decoración incisa... pero desafortunadamente ya se perdió. Ni siquiera se tomaron el cuidado quienes la cambiaron de copiar la original para preservar algo de lo antiguo.

Pero sigamos adelante. Al pararnos frente a la fachada poniente de la parroquia, podemos observar sobre la cornisa, como remates de los contrafuertes a izquierda y derecha, un par de pináculos de cantera formados por un elemento circular que apoya una base prismática sobre la que se levanta una especie de perillón cilíndrico, muy probablemente inspirado en la arquitectura neoclásica pero transformado por el gusto popular. A su frente, cada elemento circular lleva la figura en bajorrelieve de un toro, que difiere de los de la entrada al atrio por su labrado un poco más cuidadoso y porque se añaden otros elementos que identifican a san Lucas como Evangelista: el tintero y las plumas de ave para escribir. Pero en el remate del lado izquierdo aparece también la mano del santo, llevando en ella su pluma. Ambos toros llevan también el fierro de marcar sanluqueño en el costillar.

Al interior del templo, sobre el ciprés o baldaquino neoclásico del altar, se encuentra una pintura de san Lucas, posible obra popular de mediados del siglo XIX. El santo aparece sentado, con el pie derecho apoyado sobre un toro, lleva los instrumentos de pintor en la mano y frente a él, sobre un atril, se observa un cuadro con la Virgen María y el Niño. Esto último porque la tradición señala que san Lucas fue pintor, autor de un retrato de la madre de Cristo, además de médico. Una columna sobre un alto pedestal, cortinajes rojos con fleco dorado y un rompimiento de Gloria con nubes, ángeles y el Espíritu Santo completan la escena.

El toro de esta pintura es, lo recuerdo si el lector no lleva la cuenta, el séptimo.

Dos toros más se pueden ver en la llamada "estampa", es decir, en el relieve que se colocó a espaldas del presbiterio de la iglesia para señalar que ahí, del otro lado, está el sagrario que guarda las hostias consagradas. Esta estampa es una sencilla lápida con una cruz en bajorrelieve que lleva en su pedestal a los dos toros enfrentados, aunque labrados con mayor descuido en sus proporciones y trazo. Estos dos toros ni siquiera llevan el fierro SL.

¿Y el décimo toro donde está? Pues si el visitante ha andado con descuido por el atrio seguramente habrá pasado por encima de él sin darse cuenta. Porque se trata de una figura moderna formada con piedrecillas de distinto color directamente aplicadas sobre el concreto del suelo. Su aspecto es, sin lugar a dudas, el de un cebú. Aunque carece del valor artístico e histórico de las otras representaciones de toros en el pueblo de San Lucas, es valiosa en el sentido de ofrecernos una continuidad en la comprensión del simbolismo asociado con el santo patrón del lugar.

Ya sólo como despedida, y a la manera que en las fiestas de los pueblos de la región las imágenes de otros poblados vienen en procesión a "visitar" el templo local, les dejo aquí una imagen de san Lucas acompañado de su toro, que forma parte de un cuadro que se encuentra en el pueblo también aculquense de San Pedro Denxhi.