Para continuar con la serie sobre los diputados federales de origen aculquense, quiero hablarles ahora de uno que lo fue, y al cabo no fue: don Macario Pérez Romero.
Don Macario era hermano de otro aculquense -arroyozarqueño- que fue trambién diputado, don Manuel Pérez Romero, de quien les platique hace unas semanas. Como el origen y la niñez de ambos son parecidos, permítanme para empezar copiar algunas líneas de lo que escribí antes sobre los hermanos Pérez Romero y proseguir después con la biografía propia de don Macario.
Les decía entonces que, para abordar la biografía de los Pérez Romero hay que ir al principio... y que en el principio está su padre, don Macario Pérez Sr.
Macario Pérez Sr. nació en 1845 en Real del Monte, hoy estado de Hidalgo. Su madre, Anastasia Sánchez Adrián, tras enviudar, se casó en segundas nupcias con José Joaquín de Rozas Irazábal, propietario desde 1858 de la hacienda de Arroyozarco junto con su hermano Manuel. José Joaquín y Anastasia tuvieron una hija, Dolores Rozas, media hermana por tanto de Macario. Cuando José Joaquín murió hacia 1872, Manuel su hermano quiso quedarse con la totalidad de la hacienda, pero no logró saldar el adeudo con Dolores por su parte y terminó por entregársela en propiedad en 1877. Se encargó de recibirla precisamente Macario, quien ya vivía en la hacienda y a partir de aquel momento se convirtió en el administrador de la finca.
La gestión de Macario Pérez resultó controvertida por diversas razones. Sus contemporáneos le reprocharon tanto sus abusos y maneras autoritarias como los conflictos que surgieron tras su conversión al protestantismo, lo que deterioró su relación con los trabajadores católicos de la hacienda (tema sobre el que escribí un texto que puede consultarse aquí). En 1885, Dolores decidió relevarlo de la administración, aunque diez años después consintió su retorno. Su vida privada tampoco contribuyó a mejorar su reputación. En mi libro sobre la hacienda de Arroyozarco esbocé este retrato suyo:
Para quien lo conoció u oyó hablar de él a sus padres o abuelos, don Macario coincide con la imagen cruel y altiva del administrador o hacendado del porfiriato, ampliamente difundida por los críticos de este período de la historia de México. Don Macario nunca se casó, pero sí engendró varios hijos con distintas mujeres, a algunos de los cuales ni siquiera reconoció (aunque a veces fue su padrino). Los que llevaron su apellido fueron Manuel, Sara, Macario hijo, Agustín y Tomás.
Sara (1872-1952) fue reconocida por su padre desde el nacimiento. Aunque don Macario no estaba casado con su madre, Velina Romero —quien figura como soltera en el acta levantada en San Juan del Río, Querétaro—, la niña recibió su apellido desde la cuna. No ocurrió lo mismo con Manuel (1875-1948), también hijo de Velina, ni con Macario Jr. (1884-1967), nacido de Rosaura Romero -media hermana de Velina por parte de padre, para mayor escándalo. Los dos varones nacieron en Arroyozarco y todo indica que el reconocimiento paterno sólo llegó tiempo después.
Porque, en efecto, don Macario Pérez Sr. llevó a esos dos hijos ya bastante crecidos al registro civil de la Ciudad de México, en 1888, para reconocerlos el mismo día. Vale la pena transcribir aquí el acta de Macario hijo. Nótese en ella, por una parte, la insistencia de don Macario en que su nombre constara en el acta, pero por la otra, que se haya callado el nombre de la madre:
255. Doscientos cincuenta y cinco. Pérez Macario Ramón
En la ciudad de México, a las 10 diez y 30 treinta minutos de la mañana del día 28 veintiocho de marzo de 1888 mil ochocientos ochenta y ocho, ante mí, Enrique Valle, juez del Estado Civil, compareció el ciudadano Macario Pérez, del real del Monte, Hidalgo, de 44 cuarenta y cuatro años, casado, agricultor, vive en la tercera calle de Balderas número 11 once y presentó vivo al niño Macario Ramón que nació en la hacienda de Arroyozarco, Estado de México, el día 31 treinta y uno de agosto de 1884 mil ochocientos ochenta y cuatro a las 11 once de la noche, hijo natural suyo, habido antes de celebrar su matrimonio civil. El compareciente pide expresamente que su nombre conste en esta acta. Son testigos los ciudadanos Bibiano Flores y Cornelio Carrillo, de México, comerciantes, el primero casado, vive en la calle de la Espalda de la Misericordia, número 6 seis, el segundo viudo, vive en el Hotel de Vergara. Leída la presente acta la ratificaron y firmaron. E. Valle = Macario Pérez = Bibiano Flores = Cornelio Carrillo.
También aparece aquí un dato que al escribir mi libro sobre Arroyozarco desconocía: Macario Pérez Sr. sí llegó a casarse, en noviembre de 1886. Lo hizo con María de la Luz Amalia Hartmann Lejárzar, de la que tuvo dos hijos más, los únicos legítimos: Francisco e Isabel Pérez Hartmann. De esta rama descienden los actuales propietarios de la hacienda de Cofradía.
A diferencia de Manuel, su hermano, acerca de Macario Jr. no he encontrado ningún registro de bautismno católico. hay que recordar que justamente por aquellos años, don Macario Sr. se había convertido al protestantismo, por lo que es posible Macario haya sido bautizado bajo ese credo.
Al parecer, Macario vivió sus primeros años en Arroyozarco con su madre. Luego su padre lo envió a estudiar la educación primaria al Instituto Josefino de Querétaro. Más tarde, según algunas biografías suyas, estudió el bachillerato en el Instituto Literario de Toluca, pero la base de datos de alumnos del propio Instituto parece no confirmar ese dato.
En contraste con su hermano Manuel, Macario Pérez Jr. tuvo siempre más interés por el campo que por la política u otras actividades. Aun en el libro donde de pequeño aprendía la lengua francesa (que existía en el archivo del doctor Juan Lara Mondragón) dibujó un paisaje –muy infantil- en el que vemos quizá anunciarse ese amor a la vida campestre que le llevó a reconstruir la hacienda de Cofradía y los ranchos de Santa Rosa, Decá, Chapala, San Rafael y el Molino Viejo, plantar calzadas de árboles, levantar presas, etc. Él fue, por cierto, quién encargó al pintor charro Ernesto Icaza los murales de tema campirano que adornan la hacienda de Cofradía.
Macario Jr. tuvo también algunos emprendimientos más allá de los ranchos. En mayo de 1907, formó una empresa llamada “Hernández, Pérez y Cía.” para la compra de caballos de Arroyozarco y su posterior venta en la ciudad de México. Esta empresa nació con un capital social de 300 pesos y subsistió corto tiempo. También se asoció on Rafael Frías, formando la sociedad “Pérez y Frías”, que se encargaría de la venta de carbón al menudeo en México. El negocio comenzó a prosperar pronto bajo la hábil administración de Frías y los oportunos envíos de carbón de Macario. Jocosamente escribió el administrador de Arroyozarco a su socio en 1907: "Te estás echando a perder, no cabe duda: ¿dónde has visto carboneros con sofá, sillones, columnas, etc.? Pero en fin, somos fachosos, para todo hay como no se arrebate".

La charra, la yegua favorita de Macario Pérez Jr., inmortalizada por el charro pintor Ernesto Icaza.
Tras la muerte de don Macario Pérez padre en 1909, el joven Macario se ocupó de la administración de Arroyozarco. Tenía para entonces ya cierta experiencia en el manejo de la finca, pues había ejercido temporalmente la administración en 1907, cuando su padre enfermo se vio obligado a retirarse a la ciudad de México.
Con la muerte de Macario Sr., empezaron sin embargo las dificultades entre los hermanos Pérez Romero por la hacienda de Cofradía. Esta propiedad había pertenecido primero a doña María Jesús Sánchez Adrián, tía materna de Macario Pérez padre. Ella la heredó tanto a su sobrino como a los tres hijos naturales de éste, Manuel, Sara y Macario, por partes iguales. Don Macario, a su vez, al morir heredó su parte a Macario hijo. De manera que, en 1909, Macario Jr. se había convertido en dueño de la mitad de la finca, mientras que sus hermanos poseían sólo una cuarta parte cada uno.
Macario no fue muy diligente para presentar cuentas de la hacienda a sus hermanos y en el mismo año comenzaron los pleitos por los productos de la finca. Francisco I. Madero, quien en 1903 se había casado con Sara, propuso a su cuñado una solución equitativa al problema y pidió a doña Dolores Rozas (a quien llamaba madrina) que sirviera de árbitro y buscara la aceptación del trato por parte de su sobrino Macario, pues aunque Madero no pensaba llevar el caso a los tribunales, escribió, sí “debía ver por los bienes de Sarita”. Para 1910, este problema quizá ya se había solucionado, o por lo menos la comunicación entre Macario hijo y Madero había vuelto a sus cauces normales, tal vez a causa de algún acuerdo económico aceptado por ambas partes, como deja entrever una carta de Macario a su cuñado.
Y luego llegó la Revolución.
Al principio, parece ser que Macario no tuvo en lo personal mayores problemas. Aunque era cuñado del caudillo que encabezaba la rebelión, no hay pruebas de que haya colaborado con él en su campaña presidencial -como sí lo había hecho su hermano Manuel- ni participó en el movimiento armado. Además, la Revolución maderista fue tan breve -apenas seis meses entre el 20 de noviembre de 1910 cuando estalló y el 25 de mayo de 1911 cuando Porfirio Díaz renunció- que sus efectos práticamente sólo se sintieron en Chihuahua y en Morelos. Tras el triunfo de la Revolución, sin embargo, Macario sí comenzó a compañar a Madero, como lo hizo en su viaje a Puebla y Tlaxcala a mediados de julio de 1911.
Como bien se sabe, tras la llegada de Madero a la presidencia, Emiliano Zapata y otros caudillos como Pascual Orozco y Félix Díaz se rebelaron contra el presidente. Fue entonces cuando el ambiente comenzó a volverse inseguro. Si bien a fines de marzo de 1912 don Macario Pérez hijo informaba a doña Dolores Rozas estar “hasta muy bien en cuanto a ladrones” en Arroyozarco, lo cierto es que no descuidaban la defensa, pues pocos días después decía que “de zapatistas no hemos tenido nada... pero ya estamos... en condiciones de hacerles una recepción digna de ellos”. No fue sino hasta septiembre de ese año cuando los zapatistas se acercaron peligrosamente a la hacienda. En noviembre de 1912, el diario El País publicaba esta nota:
Por qué Aculco no teme un asalto
Nos encontramos ayer con un vecino de Aculco, Estado de Méjico (sic), y le preguntamos noticias sobre la situación de su distrito. Nos manifestó que por aquellos rumbos los zapatistas no se atreven a merodear por estar cerca de Aculco la hacienda de Arroyo Zarco, propiedad de la familia del señor Madero, que se encuentra convertida en una verdadera fortaleza que cuenta con cañones, ametralladoras y numerosa guarnición bien armada y municionada. Nos aseguró nuestro entrevistado que el distrito de Aculco es un verdadero oasis de paz y seguridad en el Estado, que ha sido tan probado y sigue siendo por las hordas zapatistas que lo han invadido.
Las cosas acabarían por complicarse en 1913, al ser depuesto el presidente Madero por los golpistas Victoriano Huerta, Aureliano Blanquet, Manuel Mondragón y Félix Díaz. En su traslado a la penitenciaría, el expresidente fue asesinado. Más tarde, una multitud exaltada incendió su casa de la colonia Juárez. Los Pérez se sintieron entonces en verdero peligro a causa de su parentesco con el político caído. Es probable que Macario Pérez, que se hallaba en Arroyozarco, temiera represalias en su contra ahora que su cuñado había muerto pues, según Vasconcelos, los familiares de Sara Pérez “quedaron todos en calidad de sospechosos, vigilados como delincuentes o activamente perseguidos”. Durante algún tiempo permaneció don Macario en la hacienda, sin intentar un viaje a la capital. Finalmente, pidió a doña Dolores Rozas le indicara cuándo podría ir a México con toda seguridad. A partir del momento en que pudo hacerlo, dejó en su lugar en Arroyozarco al nuevo administrador: don Juan Lara Alva.
Don Macario, por cierto, era un hombre muy activo. Además de montar a caballo -su yegua favorita se llamaba La Charra, pedía que se la llevaran a la estación de tren de Dañú para ir en ella hacia Cofradía y la mandó pintar a Ernesto Icaza- fue socio del Club Olímpico de la Ciudad de México y practicaba el box. Otra de sus pasiones fue el automovilismo. En diciembre de 1911 ganó el primer premio en la Clase B, como aficionado, en la carrera Imparcial Puebla y regreso. Conducía un Buick con el número 10.
Después el golpe de Estado contra Madero, Macario Pérez Romero no regresó nunca más a la administración de Arroyozarco y se concentró en los años siguientes en el trabajo en Cofradía y otros ranchos que le pertenecían. Luego, tras el triunfo de la Revolución constitucionalista que vengó el asesinato de Madero, y una vez que Venustiano Carranza se erigió en triunfador de la guerra entre facciones revolucionarias, decidió participar por primera vez en la política, respondiendo a la convocatoria para elegir diputados para el Congreso constituyente de 1916-1917.
El 22 de octubre de 1916 se efectuaron las elecciones, en las que resultó triunfador Macario por el 10o. distrito electoral del Estado de México, con sede en Jilotepec. Obtuvo 3,042 votos contra los 2,332 que recibió su adversario Artemio Basurto, quien así quedó como diputados suplente. Los historiadores ubicaban a Macario entre los diputados "jacobinos", es decir, aquellos que durante las sesiones modificaron el proyecto de Venustiano Carranza -más cercano a la Constitución de 1857- y lo convirtieron en un documento con alto contenido social.
El primero de diciembre de 1916, ante la presencia de 151 diputados, se declaró abierto el periodo único de sesiones del Congreso Constituyente en la Ciudad de Querétaro. Aquel era un momento histórico: el trabajo de los diputados constituyentes consistiría en redactar, discutir y aprobar la Ley Suprema que, a pesar de infinidad de enmiendas, todavía rige en México. Pero no estaba ahí Macario y nunca llegó. Se disculpó justificándose en que tenía que atender "cuidados de familia" y así se bajó del carro de la historia cuando estaba a punto de ser uno de sus protagonistas. Simplemente no fue.
Unos años más tarde, en 1919, cuando doña Dolores Rozas intentaba proteger del agrarismo la hacienda de Arroyozarco vendiendo una franja de un kilómetro en toda la orilla de la propiedad, Macario compró una de aquellas fracciones, la 103, con una superficie de 250 hectáreas, la que se conoció como el rancho de Chapala. Esta compra refuerza la opinión que compartí antes: lo que interesaba verdaderamente a Macario era el trabajo del campo. Para su madre compró el rancho de Santa Rosa, ubicado entre el pueblo de Santa Ana Matlavat y las tierras de Arroyozarco.
Al mediar la década de 1920, Macario tenía ya 40 años pero no parecía muy entusiasmado por formar una familia. Sucedió entonces un hecho que en Aculco se comentaba en voz baja, como hablilla mal intencionada: en un viaje que emprendió a España, "emborracharon" a don Macario y lo casaron con una mujer llamada Juana Ibáñez, "Juanita". El chisme tiene algo de verdad, pero no la historia real no parece ser tan cruda.
María de los Dolores Juana Ibáñez Peón, nacida el 21 de julio de 1889, se había casado en primer matrimonio con don Pedro Dueñas Zárate (propietario y "agente de policía"), a finales de 1908. Dieciséis años después, el 24 de junio de 1922, murió don Pedro dejándola viuda y, al parecer, con no muy abudantes recursos. El drama era delicado, ya que Juanita pertenecía a una vieja y aristocrática familia y aquella escasez debió sentarle muy mal. Por lo visto era muy cercana a doña Dolores Rozas y en su casa debió conocer a Macario. Y tal como contaba la leyenda, en un viaje a España en 1925 se casó con ella en la catedral de Santander.
Para Juanita, el matrimonio significaba el remedio a sus apuros económicos. Para Macario, el ascenso a la primera línea de la aristocracia de la época. Pero el matrimonio no funcionó y duró sólo unos pocos años.
El 25 de enero de 1930, menos de cinco años después de su primera boda, don Macario se casó nuevamente, esta vez con María Luisa Hartinan, una mujer de León, de 26 años y ya divorciada como él, hija de Luis Lugo. Por aquellos años Macario habitaba en la calle de Querétaro 81, en la colonia Roma. Todavía vivía su madre Rosaura, de 62 años, a la que se atrevió a llamar "viuda" del viejo don Macario, aunque ya sabemos que nunca se casó con ella.
Para entonces, los Pérez Romero habían comenzado ya a padecer la expropiación de sus ranchos por la Reforma Agraria. Todo comenzó en 1926, cuando le fueron entregadas algunas tierras de Cofradía al pueblo de San Lucas Totolmaloya. Luego, el 31 de diciembre de 1932, 333 hectáreas más pasaron a los habitantes de la ranchería de Gunyó. En un breve lapso, la Cofradía quedaría reducida a los límites del casco, por el reparto de la mayor parte de sus tierras y la invasión de las restantes. Aun el pequeño rancho El Molino Viejo fue invadido por los agraristas de Gunyó en diversas ocasiones (una de ellas en abril de 1934), aunque a la postre consiguió conservar íntegra esta propiedad.
Acerca de la reforma agraria, don Macario Pérez hijo decía en 1923 a su administrador que “si implantan por esa región sus proyectos, nos perjudican a todos y no benefician a nadie.” Y así fue en efecto. El reparto de las haciendas no solamente no solucionó los problemas del campo, sino que los complicó, y condenó a las siguientes generaciones de campesinos a la emigración a las ciudades para encontrar el sustento que ya no hallaban en el agro destrozado.
La indemnización por la expropiación de sus tierras tardó varios años en concretarse. Finalmente, mediante un acuerdo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y de la Secretaría de Agricultura y Fomento, fechado el 1.º de noviembre de 1944, se determinó que Macario Pérez Romero sería indemnizado con 326,929.20 pesos por las casi 2,382 hectáreas que había perdido en las propiedades de Cofradía, San Rafael y Chapala. Esa suma equivalía a la mitad del avalúo oficial de los terrenos expropiados. El pago, además, no se efectuaría íntegramente en efectivo: la mitad se cubriría con tierras de riego en el Sistema del Río Yaqui, en Sonora, y el resto en dinero.
A partir de esos años se nos pierde el rastro de Macario. Vivió todavía más de dos décadas, pues murió el 13 de enero de 1967 de síncope cardiaco y ateroesclerosis coronaria, sumada a la diabetes en su casa de Zaragoza 71, colonia Guerrero. Dijeron los testigos que estaba "divorciado, se ignora de quién", lo que habla de su poco apego a sus mujeres. Fue inhumado en el Panteón Español de la Ciudad de México. En la casilla que señalaba ocupación al momento de fallecer, el acta de defunción dice "agricultor", una última declaración de su amor a la tierra.













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