domingo, 27 de abril de 2014

La desolación: capilla de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro

Más que capilla, la señora María de Lourdes Mondragón de Lara se refería a ella como su "oratorio". No sé si era por hacer alguna distinción acerca de su uso privado -excepto en la festividad de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, el 27 de junio, en que se celebraba misa- o quizá como una remembranza de los oratorios de raigambre otomí que de fijo se sabe existieron en el pueblo de Aculco en siglos pasados y de los cuales subsiste una apreciable cantidad en su término municipal, especialmente en las localidades de San Pedro Denxhi y La Concepción. Lo cierto es que este pequeño templo no es tan antiguo como aquellos: se construyó en los primeros años de la década de 1970 por devoción de aquella dama, mi abuela paterna, en lo que por entonces eran las afueras del pueblo.

Ubicada en un solar aledaño al Lienzo Charro Garrido-Varela, sobre la calle Manuel del Mazo, no tenía entonces varias de las características arquitectónicas que hoy la distinguen: aunque los muros son los mismos de entonces, tenía originalmente un techo plano de vigas de madera y ladrillo colocado en "petatillo". Sobre la portada, un par de espadañas mixtilíneas albergaban sendas campanas. La puerta de tableros y madera torneada se conserva.

Fue a mediados de la década de 1990 cuando su dueña decidió terminar con las goteras que abrumaban su techumbre, causadas principalmente por la mala calidad de las vigas y su poca capacidad portante en el vano que cubrían, lo que provocó que se curvaran. Así, un arquitecto que por entonces laboraba en el Ayuntamiento (cuyo nombre no recuerdo, pero averiguaré), realizó el proyecto de reconstrucción que le dio su actual apariencia: la cubierta fue sustituida por un techo de concreto a dos aguas; sobre el tejaroz de la portada se agregó un nicho de piedra blanca con repisón de cantera rosa; se retiraron las espadañas y se construyó una torre con un campanario de dos cuerpos, guardapolvo de piedra, molduras y cornisas de ladrillo aparente, vanos de medio punto y columnillas de concreto en los ángulos, que emulan las de la torre de la parroquia. Creo recordar que esta torre no alcanzó los nueve metros que señalaban los planos. Tampoco se le agregaron las columnas de piedra que flanquearían la portada entre los dos contrafuertes.

Al concluirse la reconstrucción, mi abuela tuvo la idea de dejar abierta permanentemente la capilla, aprovechando que los cuartos adjuntos estaban siendo habitados. Lamentablemente el oratorio tuvo una visita poco piadosa que robó un par de adornos de altar que yo le había obsequiado y alguna otra cosa. Naturalmente, la capilla se volvió a cerrar excepto en su día de fiesta.

Mi abuela murió hace casi una década. No sé si en la capilla se celebra misa todavía alguna vez. Hace poco caminé frente a ella y, aunque se le ha construido un nuevo muro de piedra y colocado una reja para impedir el paso, la capilla y su entorno inmediato me parecieron la imagen pura del abandono: aplanados carcomidos por la humedad, habitaciones sin techo a sus costados, yerbajos creciendo en su entrada, montones de piedra, la hornacina vacía, una zanja mal cubierta que atraviesa el terreno y, a sus espaldas y en el terreno vecino, las ominosas cubiertas metálicas que nos hablan de un Aculco muy distinto a aquél de hace 40 años, cuando fue edificada. Los nubarrones que cubrían el cielo acompañaban bien mis recuerdos de ese Aculco que fue y ya no es. Tal vez debería cambiársele el nombre a la capilla por el de "Nuestra Señora de la Desolación".

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