domingo, 3 de agosto de 2014

La otra alberca

Seguramente muchos de los lectores de este blog recordarán que hace quizá unos ocho o nueve años fue derribado cierto tramo de una barda de piedra blanca de la calle Corregidora, justo en el sitio que cierra la brevísima calle de Comonfort. El Ayuntamiento pretendía, se dijo entonces, construir en ese sitio el nuevo mercado público, pues los propietarios de aquellas tierras estaban dispuestos a donar una parte de ellas al municipio. Al cabo, el nuevo mercado no fue construido allí, sino aledaño al anterior, en un sitio sin duda más adecuado, donde fue inaugurado por el gobernador Enrique Peña Nieto en mayo de 2007.

Pero la barda derribada en la calle Corregidora se quedó así, con completa negligencia, hasta hace apenas unos meses cuando finalmente fue repuesta. A pesar del mal aspecto que daba al transitar por ese punto, sobre todo por haberse convertido el terreno inmediato en excusado y basurero durante esa larga temporada en que careció de barda, la vista libre de obstáculos hasta el río resultaba sin duda agradable desde un poco más lejos, desde lo alto de la calle Comonfort. Y, para quienes con curiosidad se acercaron por ahí, brindó además la poco frecuente oportunidad de mirar lo que queda de un inmueble casi desconocido: la alberca que con fines recreativos construyó don Evodio Ángeles a principios de la década de 1950.

Hay que recordar que en ese entonces la alberca pública, la principal, guardaba todavía su aspecto antiguo, es decir, se trataba aún del rústico depósito de agua de tiempos coloniales cavado directamente en la roca, en el que crecían plantas acuáticas y medraban tortugas, pequeños peces y acociles, como puede verse en este post. Don Evodio excavó la suya de forma muy parecida a aquélla, aunque ciertamente de dimensiones menores, aprovechando el solar en que se encontraba uno de los muchos "baños" que existieron sobre la calle Corregidora. El agua provenía de los mismos manantiales que surtían a la alberca municipal, pues sus excedentes corrían por una acequia a través de los baños que se prolongaba por la calle de La Arena (hoy Matamoros) hasta más allá del puente Colorado.

El propietario agregó una novedad con la que no contaba la vieja alberca: una serie de vestidores construidos en la misma piedra blanca, ubicados en todo el costado norte de la misma.

Parece ser que nunca llegó a concluirse por completo esta otra alberca, y mucho menos a ofrecer servicio al público mediante una cuota, como era intención de don Evodio. Quizá ello se debió a que tenía la gran desventaja de que la alberca municipal era gratuita y que la nueva no ofrecía en realidad grandes novedades. Es más, por su poca anchura y al encontrarse inmediata a la gran barda de piedra blanca de la calle Corregidora, es muy probable que pasara buena parte del día a la sombra, sobre todo por la declinación al sur del sol en los días más fríos del año. Y, por añadidura, en 1954 don Alfonso Díaz de la Vega reconstruyó la alberca principal de manera nada modesta, dándole las dimensiones y aspecto actual, contra lo que no cabía ya competencia.

Así pues, la alberca de don Evodio quedó prácticamente en el abandono desde hace más de medio siglo. El agua estancada, los grandes árboles creciendo desordenadamente, tepozanes rompiendo los muros, cuartos destechados y caídos, botellas, basura y grafiti dan testimonio de esta incuria. Es una verdadera lástima que sea así, no sólo porque se trata de un testimonio material, aunque indirecto, del aspecto que tuvo la alberca antigua (y que de haber conservado la convertiría en atractivo histórico único), sino por su propio valor como uno de los componentes más interesantes del importante sistema de almacenamiento, uso y conducción hidráulica del viejo Aculco.

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