domingo, 23 de febrero de 2014

Manuelita, una novela de Guillermo Prieto que inicia en Arroyozarco

Guillermo Prieto



Guillermo Prieto fue un escritor tan prolífico y tan amante de los viajes y las descripciones de lugares que no sorprende que en por lo menos cinco ocasiones distintas haya escrito sobre el mesón de Arroyozarco, ya como simple referencia en el Camino Real de Tierra Adentro (somo sucede en el "Romance de Aculco"), ya recreando con sus palabras todo un cuadro costumbrista que lo tiene como escenario (como lo hace en las Memorias de mis tiempos y los Viajes de orden suprema). Pero hasta hace poco tiempo no conocía uno más de esos textos: una novela corta escrita por él y publicada con su seudónimo habitual -Fidel- en el periódico el Siglo Diez y nueve, segunda época, año II, número 338, del 16 de mayo de 1843, llamada Manuelita. En esta novela romántica poco conocida, el protagonista conoce a su amada en el antiguo mesón de la hacienda de Arroyozarco, en un viaje por el Camino Real de Tierra Adentro. Después el escenario va cambiando a diversos lugares del interior del país, hasta su conclusión. Lo interesante para este blog, por supuesto, son apenas las primeras páginas, las que se refieren precisamente a la noche que transcurre en ese punto de la geografía aculquense, mismas que copio para disfrute, o por lo menos entretenimiento, de los lectores de Aculco, lo que fue y lo que es:

Una diligencia mexicana, del libro Mexico, California and Arizona, de William Henry Bishop (New York, Harper & Brothers, 1900)




MANUELITA 
Guillermo Prieto 
Un cuarto

–Dilata el viajero.

–Pues chicos, su carta no puede mentir, aquí debe apearse.

–¡Canario! es tardísimo, yo no lo espero.

–Tiburcio Matraca a nadie espera, sus atenciones...

–Y cómo que sí, si ustedes supieran la importancia de mis quehaceres: Vean ustedes (leyendo): Ver a Laforgue que me venda una mancuerna de botones para que cierre a la moderna mi frac; sengundo: pésame a doña Luz Girasol; tercero: preguntar a Taconini, por la salud de la prima-donna de la ópera.

–¿Quieres callar?

–Está visto, Miguel nos da un tabardillo.

–¿Qué, se propone hacer a caballo la jornada de Arroyozarco a México?

–No, señores, debería haber llegado hace dos días; pero un asunto preciso lo detuvo en Tula un día, y ahora creo infalible su llegada.

–Vendrá tostado por el sol, lleno de polvo.

-Silencio... oigan caballos.

–Pasaron de largo.

Un diálogo poco más o menos como el referido, se entabla hace cosa de un año en mi cuarto, donde esperábamos ansiosos a Miguel Enríquez, de su viaje a tierra adentro.

Era este Miguelito bullicioso y sentimental, de ojos ardientes y rasgados, nariz roma, tez morena un sí es no es, emprendedor y entusiasta, con sus puntas de literato y sus ribetes de hombre de mundo.

Fecunda en aventuras su vida, la relación de sus viajes era fácil, amena, sin exageranción ni petulancia; en fin, era nuestro amigo, y cuanto salía de sus labios tenía para nosotros la doble belleza de pertenecer a él y de ser en sí mismo interesante.

El teatro donde debía representarse la escena de su llegada, era nada menos que mi cuarto, en donde hasta una docena de cócoras en las tardes de invierno matpabamos el fastidio entregándonos a esa charla chismográfico-burlesca, charla alborotadora y enciclopédica que ha dejado recuerdos tan vivos en mi mente, y excitará siempre sentimientos tiernos en mi corazón.

Y ya que bambolea en el extremo de mi pluma, nada menos que la descripción de mi suso-expresado cuarto, ánimo y pintarlo, que están en moda las pinturas, ya que sin alzar los ojos de sobre el papel puedo ver el original a mis anchuras.

Hasta doce sillas, que por lo enteleridas podrían creerse viudas de militares; hasta un par de cuadros, que por lo discordantes se podrían tomar por la representación del Gobierno y el Congreso que cayó; una mesa tan mal parada como la hacienda pública; una librería como la del canónigo del Gil Blas, y multitud de papeles borradores, obleas, puros, tarjetas y billetes, en la anarquía más completa; he aquí el centro de reunión de los doce muchachos, todos parlanchines, todos entusiastas, fumadores de profesión, que tan pronto discutían la crónica escandalosa del país, como analizaban a Byron; tan pronto referían sentimentales sus amores, como generosos proponían y se esforzaban por el remedio de los males de algún desdichado; tan prontos para idear una contradanza, como para improvisar una oda; tan decididos en un ambigú como en un duelo; tan jocosos en un corrillo, como circunspectos en un entierro: de este jaez eran los autores del diálogo con que comencé mi tan cierta como verdadera historia.

–Ahora sí es él.

–Hola mozo, toma ese caballo, quita el equipo de esa mula, ese cajoncito con cuidado...

–Miguel.

–Bribón.

–Venga un abrazo.

–Sube.

–¡Qué gordo vienes!

–Chocolate para Miguel.

–Viva el recién venido.

Pasaron las preguntas y respuestas de estilo, los abrazos y cumplimientos, la revista de sus facciones, y el atropellamiento con que queriéndose preguntar todo y responder a todo, se forma una algarabía linda, que no es posible transcribir con exactitud. Así transcurrieron algunas horas, siempre desviándose y revolviéndose la conversación, siempre comenzando de nuevo la noticia del viaje desde el día de la salida, siempre perdiéndose en alegres episodios sobre la belleza de las muchachas, el pésimo estado de los caminos y rondas, y la razón de los amigos, y cosas que por mucho tiempo había dejado de ver el viajero.

Entre las anécdotas amatorio-pecaminosas de que sembró Miguel su conversación, mi malicia percibió el nombre de unaManueltita, que al mentarla Miguel tomaba cierto aire grave y melancólico, que decía mal con aquella fisonomía revolucionaria y vivaracha, hecha como con privilegio exclusivo para la alegría y el buen humor.

–Podías hacer algo de provecho, MIguel.

–¿Qué cosa?

–Contarnos de pe a pa la historia de esa Manuelita que sale y se escabulle tan a menudo en tu conversación.

–Sí, sí, la historia.

–Después de mil dimes y diretes, bajando su sombrero tendido hasta la frente, cruzando sus piernas y asegurado entre una nube de humo del constante fuego de su habano, dijo: atención noble auditorio, y despepitó en medio del silencio público la susodicha historia.

"Con el corazón seco como una pasa salí de México, cabizbajo como tahúr que juega proyecto, y deseoso de aventuras como el Hidalgo de la Mancha.

"Nada interrumpió en las dos primeras jornadas de mi viaje la monotonía más hostigosa; pero como donde menos se piensa salta la liebre, en Arroyozarco en un abrir y cerrar de ojos, estando en la fonda me presenta el más sazonado y fresco plato de ensalada, una chicuela como hasta de quince años, ligera y pizpireta, de enaguas de castor y camisa de encaje y bordados sobre el abultado seno, fisonomía hermosa y picaresca, un pie y hasta la cuarta parte de una pierna blanca y torneada, y un cabellito que en naturales ondas caía sobre su frente como una cortina a los lados del cuadro de una imagen. Comía despacio para prolongar la doble tentación de comer bien, y al frente de aquella beldad figonista, y ya en mi alborotada cabeza cruzaban mil planes subversivos, cuando caten ustedes que pasó por enfrente de mí un talle esbelto con su andar desembarazado y majestuoso.

"No vi su rostro, y cuando desapareció exclamé sin sentir:

Pasó, no era un ensueño

que atrevida forjó mi fantasía.

"Dos, dos lindas para un hombre soloy amante de lo bello... era volverse loco. Mi maldita propensión a lo ideal y novelesco, me hizo olvidar el terreno afecto de la fonderita... y cuasi loco me decidí a hablar, a enamorar y a armar pendencia por decir un yo te amo a mi desconocida.

"La abertura estrecha que dejaba su cuarto, no me permitió distinguir absolutamente nada, casi me decidía a entrar, pero me lo impidió el enérgico ruido de unas botas que daban por consecuencia unos pies que servían de base a un hombrón, cuya vista, maldito lo que hubiera tenido de agradable.

"No me retiré sin embargo, notando que el exagerado compañero, ni hablaba ni se acercaba a la sombra que en la paredproyectaba la incógnita; tal indiferencia me dio malísima espina, dije para mi sayo: este helado acompañante, es marido sin duda, y como yo no sé qué tienen de antipáticos tales animales, me fui a mi cuarto, enamorado como un tuerto, y cuidado que no es mal decir [sic]. Como es de suponerse, a las cuatro de la mañana estaba en pie, mis caballos ensillados y todo en disposición para partir, a la vez que las diligencia cuyas cadenas crujían por los impacientes caballos que ya estaban uncidos.

"Entre arrieros dormidos, aparejos y bestias, inclusive los cocheros de otros carruajes, se deslizó aquel talle airoso, gallardo, divino, la presidía el sospechoso de marido, con el farolillo del huésped y allí junto al estribo, mientras acomodaban algunos envoltorios en el carruaje, la vi, ¡Jesús me ampare! la vi.

Bella como el lucero refulgente

fin de la noche y precursor del alba.

"Era la realización de las ideas que tendría sobre la belleza Rafael antes de producir sus vírgenes. ¡Cuán bella era! Su frente apacible como la de los ángeles que pintan contemplando a Jesucristo recién nacido, sus ojos rasgados con esa pestaña riza en su extremo, cuya sombra cae en la mejilla como la del sauce sobre el cristal de la corriente, nariz afilada, labios delgados, su sonrisa forzada dejaba ver su dentadura nítida pareja; yo estaba parapetado con un pilar, como en el éxtasis de un santo que ve a Dios desde la tierra.

"Mi respiración agitada, algún movimiento endeliberado, no sé; pero ella me vio, fijó la atención, yo estaba al hincarme después de dar un trancazo al marido... Subió al coche, sonó el látigo. y dando tumbos la diligencia salió... yo la seguí, aunque nada se veía, caminé mucho tiempo tras el carruaje que volaba, e inconstante y dando saltos se alejaba... era imposible seguirla, el sudor de mi caballo había empapado mis pantalones, sentía en la bota la sangre caliente del animal, que tenía rasgados por mis espuelas los ijares... .. la luz vino y la volví a ver; yo era feliz, vi también a su marido.

"Era un inglés como de 35 años, entrecano, el sombrero de palma le cubría los ojos, tenía un color escarlata, sus mejillas y su exagerada nariz paralela a su puro, que despedía torrentes de humo, su mirada era sombría, feroz; noté el mismo silencio, la propia frialdad... esto algo quería decir, ya me soñaba un paladín... Mi caballo desfallecía, la diligencia se precipitaba en las cuestas, y como una exhalación cruzaba los llanos; por fin, sentí flaquear mi caballo... era imposible alcanzar la diligencia; perdida la esperanza, detuve mi carrera, y casi llorando vi la nube de polvo, y oí que salía de ella el ruido del carruaje distante... Me pareció distinguir una cosa negra por un postigo, era su cabeza, su lindísima cabeza; después desapareció, y como con la mayor precaución por el mismo postigo percibí su mano con un pañuelo blanco que se agitaba... Corrí desatinado, resollaba el caballo con fuerza, el pañuelo seguía agitándose;, de repente cae de súbito... Mi pobre caballo estaba muerto. Dejo a la consideración de ustedes las interpretaciones que haría de la mujer hermosa, de su indigesto compañero, y sobre todo, de aquel pañuelo que flotaba delante de mis ojos como la bandera del náufrago en su isla, como la como la materialización de una confianza, tal vez de una queja, tal vez como su último recurso a la libertad, a la vida. Quería distraerme; comenzaba por entonar una canción y seguía un monólogo de declaración amorosa, o fingía un diálogo en que había blasfemias contra el inglés y contra todos los hijos del Támesis. Así llegué a San Juan del Río, en un caballo que compré en una miserable ranchería; no había remedio; la diligencia pasó hasta Querétaro; no obstante, y como la esperanza es también supersticiosa, pregunté si efectivamente la habían visto, porque deseaba de todo corazón verla rota con todo y el custodio."

Hasta aquí la parte que transcribo de este raro texto de Guillermo Prieto, suficiente para dar a los lectores una idea general del carácter de la novela. Para quien esté interesado en leerla completa existen dos ediciones más recientes incluidas en los libros La Novela corta en el primer romanticismo mexicano de Celia Miranda Cárabes, ‎Jorge A. Ruedas de la Serna (UNAM, México, 1998) y, por supuesto, en las Obras completas de Guillermo Prieto compiladas por Boris Rosen (Conaculta, México, 1992).

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