martes, 10 de diciembre de 2013

El tamborcito insurgente: ¿historia o leyenda?

Entre los muchos pequeños relatos -leyendas, cuentos, narraciones, tradiciones históricas- que existen sobre la Guerra de Independencia, hay uno que, aunque de origen queretano, se relaciona directamente con la Batalla de Aculco. Se trata de la historia del llamado "tamborcito insurgente" o "tamborcito de Valladolid" e incluso el "tamborcito de Aculco": un niño de doce años de nombre Pablo Armenta que formaba parte de las tropas insurgentes de Hidalgo y que fue hecho prisionero por el ejército realista en dicho enfrentamiento. Entre los escritores que más tempranamente se ocuparon de esta historia estuvieron Valentín F. Frías, "padre de la historia regional queretana" e Ignacio B. del Castillo, veracruzano discípulo del destacado historiador Genaro García.

Mucho tendremos que aclarar sobre el tamborcito Armenta y su historia. Pero vayamos primero a los relatos tradicionales que, escritos a principios del siglo XX, detallan esta historia y su conmovedor final.

***

El tamborcito insurgente (1)

Por Valentín F. Frías

Acaba de entrar Calleja en esta ciudad, triunfante y lleno de gloria, por la victoria obtenida en Aculco. Trae consigo, como trofeo, a un grupo de indefensos y heridos insurgentes, entre los que se ven cuatro religiosos y dos clérigos. Entre el núcleo de prisioneros se ve un chiquitín, también engrillado que apenas puede dar paso por la fatiga, el hambre y el cansancio.

Este es Pablo Armenta, el tamborcito que se presentó en Valladolid al Caudillo, para defender la causa, no obstante de sus 12 años no cumplidos.

Los prisioneros de guerra fueron notificados que al siguiente día serían pasados por las armas. Las autoridades y vecinos principales, unidos al clero, consiguieron el indulto para los sacerdotes, y las señoras de la alta sociedad tomaron por su cuenta el indulto del resto de los prisioneros sin resultado alguno.

Si se lamentaba lo infructuoso de las gestiones por salvar la vida a los pobres prisioneros, más se lamentaba la muerte prematura del pequeño tamborcito.

El padre prepósito del oratorio de san Felipe don Dima Díez de Lara, que también se vio envuelto en la política independiente, a pesar de su acendrada virtud, prudencia y obediencia fiel al trono, tomó por su cuenta al pequeño tamborcito insurgente y presentóse a Calleja, hospedado en el Convento de San Francisco, solicitando el indulto, mas éste le fue negado hasta con aspereza.

Entonces el venerable oratoriano dijo con cierto aire de gravedad: "con permiso de Su Excelencia me retiro, previniendo a Su Excelencia, que he de hacer todo lo posible por salvar ese niño" y haciendo una grave reverencia se retiró.

Al día siguiente, a las primeras horas de la mañana, se dejó escuchar el redoble de los tambores, las multitudes se agolpaban para ver el desfile de los ajusticiados que, con paso vacilante, caminaban rumbo a la Alameda a ser ejecutados como traidores al rey.

Al pasar el convoy por la calle del Hospital, se promovió entre el pueblo y la guardia que custodiaba a los reos, un desaguisado (que no se sabe si fue casual o preparado de antemano), del cual resultó la fuga de los presos en medio del tumulto.

Al comenzar la refriega entre el pueblo y la guardia, se vio entrar de prisa entre la multitud, P.D. Dimas, coger en hombros al pequeñín y huir con él a todo escape.

La guardia le hizo fuego varias veces sin causarle daño, y él continuó su fuga, entrando al convento de San Francisco sin sombrero ni capa, jadeante, con su preciosa carga, temeroso y casi seguro de haber incurrido en desagrado de Su Excelencia, teniendo que pagar quizá muy caro su caritativo arrojo.

Llegóse a Su Excelencia, y poniendo a los pies su rescate le dice: "Excelencia: He cumplido mi ofrecimiento; el niño está a salvo, pague yo por él, el desacato cometido".

Calleja con semblante airado, pero pesando la heroicidad de aquel santo varón, le contesta: "idos de mi presencia, quedáis indultados los dos, pero os prohíbo volverme a ver, porque no soy responsable en ese caso de mis actos".

El P. D. Dimas con lágrimas en los ojos y haciendo una profunda reverencia, le dice: "Gracias, Excelencia, Dios os premiará", Y retiróse loco de contento con su chiquillo, prometiéndose llevarlo a su convento y hacer de él un hombre útil a Dios y al Rey. La historia no dice más.

La tradición nos ha legado, entre tantos, este hecho de abnegación y de heroísmo que llena de gloria a los oratorianos de este mi suelo, y en particular al venerable padre don Dimas Díez de Lara.

El tamborcito de Valladolid (2)

Por Ignacio B. del Castillo

I.

La fatal noticia circuló con asombrosa rapidez por la siempre pacífica Querétaro, consternando los espíritus débiles y arrancando ayes de conmiseración a los corazones tieranos y compasivos. No había remedio: Calleja, a reiteradas súplicas de los principales vecinos de la ciudad, accedía a indultar a los religiosos aprehendidos en la batalla de Aculco, pero se manifestaba duro e inquebrantable para perdonar a los demás prisioneros. Las lágrimas de las damas queretanas ninguna mella habían hecho en el corazón de roca del jefe realista, y por consiguiente, la cruel sentencia de muerte dictada contra aquéllos se ejecutaría ineludiblemente.

Y no era eso todo. La socidedad, aunque nada acostumbrada a los sangrientos horrores de la guerra, podría soportar la muerte de los insurrectos prisiooneros pero no consentir en ser simple e irresponsable testigo de la injusta ejecución del inocente niño Pablo Armenta, tamborcito del ejército insurgente, sobre quien recaía también la severa sentencia de Calleja. Si era natural que los campos de Querétaro se humedecieran con la sangre de aquellos patriotas, porque así lo exigían las represalias de la guerra, aparaceía, en cambio, monstruosamente inhumano derramar la sangre de un niño, merecedor, por su inconsciencia, de misericordia, al menos, si no de absoluto perdón.

-Castíguesele en buena hora, decían los queretanos, mas no se le asesine: ninguna ley, ni divina ni humana, ha penado con la muerte a los niños.

No todos desesperaron, sin embargo; algunos pero muy contados confiaron en la salvación del pequeño reo y se propusieron agotar los medios posibles para obtenerla a toda costa, aun aventurando su propia seguridad personal. Decididos como estaban, creían vencer cuantos obstáculos se interpusiesen ante sus nobles propósitos y esperaban salir avantes en su empresa; seguramente lo conseguirían, porque eran hombres de fe.

II.

Pensativo, preocupado y taciturno estaba don Félix María Calleja en una de las celdas del Convento de San Francisco, convertida en despacho improvisado, cuando uno de sus ayudantes le anunció la visita del ilustre zacatecano, Fray Dimas Diez de Lara, una de las personas más caracterizadas de la población.

—Pase Su Paternidad y ordene lo que guste, dijo Calleja, levantándose de su asiento y saliendo a recibir al distinguido visitante.

—Doy gracias a Su Excelencia, contestó Fray Dimas con extremada cortesía. Una urgente y delicada misión me trae acá y me obliga á molestar a Su Excelencia, a quien ruego me perdone.

—Puede hablar Su Paternidad, repuso Calleja. Soy todo oídos.

—En nombre de las señoras de la ciudad, tan respetables por sus virtudes y su piedad, y en el mío propio, vengo a rogar a Su Excelencia sea servido de conceder su perdón al infortunado niño que cayó en poder de las valientes tropas de Su Majestad —que Dios guarde—en la reciente gloriosa batalla de Aculco, el cual, según rumores que hasta nosotros han llegado, será fusilado hoy mismo por orden de Su Excelencia.

—Me apena la petición de Su Paternidad, respondió Calleja vivamente incomodado, y si no fuera porque es bien pública su adhesión a nuestro amado Soberano, creería que Su Paternidad, al interceder por ese indigno rapaz, trataba de favorecer la inicua causa de los desleales y pérfidos vasallos que se han levantado en abierta rebelión contra Dios, contra la patria y contra el Rey.

—Puede estar seguro Su Excelencia, replicó, sin inmutarse Fray Dimas, de que mi ruego está inspirado tan sólo en un sentimiento de compasión hacia el niño de quien hablo, y de que yo nunca abjuraré de mi profunda fidelidad a Su Majestad—que Dios guarde.—Creo, sin embargo, que para domeñar la insurrección iniciada en los Dolores son inadecuados e infructuosos los medios hasta hoy usados, y que la única manera eficaz de reprimirla es mostrarse benigno con los mismos que han turbado la paz del Reino, porque sólo así se les puede atraer a la buena causa, y no con la crueldad que se ha desplegado, que únicamente les exaspera, les irrita y les hace afianzarse más y más en sus extraviadas ideas.

—Se engaña Su Paternidad, porque aquellos que, en nombre de una absurda libertad tan sólo deseada para quedarse sin ley y sin gobierno que impidan sus crímenes y latrocinios, se entregan con furor salvaje a saquear las poblaciones, robar a los vecinos, expoliar el comercio, profanar los templos y asesinar a los ministros de Dios, no merecen ni merecerán nunca la indulgencia de los soldados del Rey. Y no obstante, Su Paternidad ha visto que, esta misma mañana, he otorgado el indulto a no pocos prisioneros de guerra que deberían haber expiado en un patíbulo su grave y enorme delito; pero Su Paternidad mismo comprenderá que esto no puede repetirse ya.

—Perfectamente. Su Excelencia cumplirá con su deber al mostrarse severo e inflexible con los rebeldes adultos que tiene en su poder, si, en su concepto, no son acreedores a consideración alguna. Mas entiendo yo que, como cristiano, debe ser, al mismo tiempo, benigno e indulgente con los niños y otorgar, en consecuencia, la vida al tamborcito por quien abogo, que no sabe lo que ha hecho, porque no está aún en la edad de reflexionar y casi ni de pensar. Devuélvalo, pues, a sus padres, o entréguelo a mi Convento, donde se educará cristianamente y crecerá fiel a su Rey. Su Excelencia nada perderá con ello.

—No, de ninguna manera; al condenar á muerte a ese precoz forajido, no le castigo por crímenes pasados, sino que evito para siempre que los cometa en lo futuro, que sí los cometería, puesto que se ha lanzado ya, muy temprano, por la peor senda del mal; y si hoy que puedo poner el remedio no lo pongo, mañan a tendría que lamentar las consecuencias de mi debilidad. Por tanto, deje Su Paternidad morir en buena hora a ese muchacho y no insista en una petición inconveniente.

—No insisto más en ella, Excelentísimo Señor, y me retiro ya. Pero antes, quiero hacer saber a Su Excelencia, que estoy resuelto a agotar los recursos todos de que pueda disponer, para salvar a ese niño desdichado, y si es necesario que sacrifique mi vida, la sacrificaré gustoso. Su Divina Majestad, en quien confío, me lo tendrá en cuenta.

Calleja nada contestó, limitándose a hacer un saludo con la cabeza a Fray Dimas, que salía de la celda.

III.

Allí van, pobres, demacrados, andrajosos, cargados de cadenas, en medio de soldados, los bravos insurgentes del ejército libertador. Acaso en los momentos últimos de su existencia piensan en su abandonado hogar, en sus padres, en sus esposas; en sus hijos, en todos esos seres a quienes tanto aman y a quienes debían sostener; pero si esto les apena, no les hace arrepentirse de haber tomado las armas en defensa de la patria, porque el amor a ella es más grande que todos los afectos de familia y, porque el deber que tenemos de ampararla está muy por encima de todos los demás deberes. Caminan, pues, sin angustia, tranquilos, tal vez contentos, porque no es poca satisfacción haber servido a quien más se ama y haber cumplido con el primero de los deberes.

Allí van también Pablito, camino de la Alameda, sin preocupación alguna, indiferente, sin recordar lo que ha hecho, ni pensar, tampoco, en el triste fin que le espera.

Por fin, tras de interrumpido andar, llegan todos á la calle del Hospital, donde inesperadamente se vuelve muy dificultosa la marcha: una compacta muchedumbre, ansiosa, al parecer, de acompañar a los sentenciados hasta el patíbulo, se apiña allí y obstruye el paso. Los soldados de la escolta, para apartar a los curiosos, reparten golpes de fusil á diestra y siniestra; mas sus esfuerzos son vanos, porque la gente no se aparta y, por lo contrario, aumenta más y más á cada momento. Aquéllos no pueden avanzar ya un sólo paso, y lanzan imprecaciones contra la multitud, redoblan los culatazos y hasta amenazan con hacer fuego sobre aquella masa humana; pero todo es inútil.

Durante la afanosa brega, casi olvidan a los reos, y éstos, naturalmente, tratan de aprovechar el desorden para fugarse y salvar sus vidas. En aquellos supremos momentos, un fraile se acerca cautelosamente a los prisioneros y con extraordinaria rapidez arrebata de entre ellos con férrea mano, a Pablito: le toma en brazos, y atropellando a los guardianes, desaparece en seguida entre aquel inmenso grupo de gente.

La escolta apenas se da cuenta del imprevisto incidente, que no ha podido impedir; dispara sus armas sobre el secuestrador; pero es tarde: el buen fraile se encuentra ya muy distante, y los curiosos, apiñados como por encanto, han desaparecido también. La calle del Hospital queda desierta, así, ocupada únicamente por los soldados de la escolta, que aturdidos no saben contra quién vengarse de aquella inaudita afrenta.

IV.

Entretanto, había llegado Fray Dimas, jadeante, sudoroso, sin capa ni sombrero, ante la presencia del temible jefe realista don Félix María Calleja del Rey.

—Mi promesa está cumplida, Excelentísimo Señor, exclamó desfalleciente. Vengo, pues, a entregarme a Su Excelencia para que haga de mí lo que a bien tenga.

—Acabo de saber lo que ha hecho Su Paternidad, respondió Calleja con agrio tono, y ciertamente que no sé qué determinación tomar.

—Muera yo, el culpable, y sálvese el inocente, Excelentísimo Señor, repuso humildemente Fray Dimas.

—No. La acción de Su Paternidad es noble y yo le perdono. Mas tenga en cuenta que sólo soy clemente una vez. Sea ésta la última que vea a Su Paternidad, porque no quiero, al verlo de nuevo, sentir el remordimiento de haber dejado con vida á un pilluelo peligroso.

V.

Así salvó aquel ejemplar fraile zacatecano, con grave riesgo de su vida, a Pablo Armenta, ese niño de doce años de edad que la Historia designa con el sobrenombre de "El Tamborcito de Valladolid."

Uno y otro son verdaderamente dignos de nuestra admiración: Pablito, porque siguió á Hidalgo, que proclamaba la más justa y la más santa de la s causas—la de la libertad de la patria — y porque, á pesar de su tierna edad, no se arredró ante los peligros de la guerra. Fray Dimas, porque con excepcional abnegación y arrojo sobrehumano, llevó al cabo una sublime obra de caridad, inspirada en el más acendrado amor a un desvalido, de quien ninguna recompensa podía esperar.

Pablo Armenta: su verdadera historia

Al conocer el relato del tamborcito resulta casi natural saber que este personaje está representado en el conjunto escultórico del Monumento a los Héroes de la Independencia de la ciudad de Puebla, o que en aquella misma ciudad una escuela particular se llama "Niño Pablo Armenta". También, que otros escritores mucho más tardíos, como el moreliano Jesús Romero Flores aportaran aún más detalles sobre su vida, como muestran estos párrafos que siguen a la ya conocida descripción de la salvación del niño gracias al padre Dimas:

Y se efectuaron centenares de ejecuciones en aquel terrible día, pero no se volvió a saber nada del Tambor Insurgente de Aculco [...] Cuando la Guerra de Independencia terminó, once años más tarde, y tras de las variadas peripecias de una lucha terrible que culminó con la emancipación de nuestra patria del dominio español, volvió el joven Armenta a su ciudad natal. Como los verdaderos patriotas, no pidió recompensa por sus servicios el tamborcito de Valladolid; siguió ejerciendo el oficio de carpintero, como su padre y su abuelo lo habían ejercido, en aquella calle del barrio de Capuchinas que la gente conoció durante muchos años con el nombre de la Calle del Tamborcito en recuerdo del tamborcito Armenta; allá en la hermosa ciudad de Valladolid, que hoy se llama Morelia.(3)

Sin embargo, pese a lo simpático del personaje y al tono heroico de su liberación gracias al noble sacerdote, todo parece indicar que muy poco de lo escrito en los textos anteriores se apega a la realidad, y que la leyenda resultó más bien de la tergiversación de los hechos reales que sucedieron a mediados de noviembre de 1810 en Querétaro, así como a otros posteriores acaecidos en 1813.

Vayamos a donde comienza esta historia. El 17 de octubre de 1810, después de su campaña por el Bajío y adentrándose en la Intendencia de Michoacán, Miguel Hidalgo tomó sin que ofreciera resistencia la ciudad de Valladolid (hoy Morelia). Ahí, se adhirieron a la insurgencia tres batallones provinciales y el regimiento de Dragones de Pátzcuaro(4), los que vinieron a aumentar significativamente el número de militares profesionales en su ejército, si bien este componente siempre fue pequeño en comparación con la gran masa impreparada para la guerra que seguía a Hidalgo. En compañía de todo su regimiento se incorporó bajo el mando de Allende el dragón de caballería de Pátzcuaro Pablo Armenta -de ninguna manera tambor de su regimiento y tampoco menor de edad-, convencido de que se trataba de una guerra contra Napoleón Bonaparte, pues, confesaría más tarde, "le habían hecho saber que iría a pelear contra los franceses".(5)

El día de la batalla de Aculco del 7 de noviembre de 1810, sin embargo, Pablo Armenta se dio cuenta de que se enfrentarían no contra los napoleónicos, sino contra otros cuerpos del ejército novohispano. Así, continúa su confesión, "conforme los vio cerca conoció que eran soldados y en cuanto tuvo lugar como se presentó a un oficial de los amarillos"(6). En efecto, el dragón desertó de los insurgentes y, cuenta el Diario contemporáneo escrito por el queretano José Xavier de Argomaniz, "Pablo Armenta del Regimiento de Pátzcuaro quien hizo presente el que antes de la batalla en Aculco se presentó a nuestro ejército [realista] al Sr. Amparan apartándose él de el enemigo"(7). El coronel Miguel de Emparán formaba parte ciertamente de las tropas realistas que actuaron en Aculco la mañana del 7 de noviembre y comandaba la columna central-derecha de las cinco en que avanzaron sobre los insurgentes los leales al Rey. La columna de Emparán estaba compuesta por el regimiento de dragones de México, dos escuadrones del de San Luis, un piquete del de Querétaro, y cuatro escuadrones de lanceros con dos cañones.(8)

Fue en aquel avance cuando Armenta debió presentarse a la columna que encabezaba Emparán, aunque no por su deserción se le dio trato distinto al de prisionero.

Terminado el encuentro con la victoria de los realistas y la desordenada huida de los insurgentes, se hicieron más de 600 prisioneros, de los que sólo cerca de una veintena eran soldados que habían pertenecido a los cuerpos provinciales del ejército de la Nueva España, por lo que se les consideraba no sólo rebeldes, sino desertores y traidores. Era el caso de Pablo Armenta. Las cifras precisas de militares prisioneros varían según las fuentes, aunque normalmente se acepta que fueron 26.(9)

Así como Armenta, otros de los militares capturados en Aculco justificaron su presencia en las filas insurgentes de distintas maneras: Manuel Bartolache, soldado del batallón de infantería de Guanajuato de sólo 19 años de edad, aseguró que sus superiores le informaron que "trataban los europeos de jurar en este reino a Napoleón y que era preciso estorbar esto". Guillermo Sendejas, tambor del regimiento de infantería de Valladolid que se unió a los insurgentes desde que "todo el regimiento se formó a el toque de caja [tambor] para incorporarse a aquel ejército", huyó de los insurgentes en Aculco y se refugió en la parroquia "por miedo a que le hubieran dado un balazo el ejército de España por estar en el de Allende con su regimiento". Por su parte Rafael López, soldado también del regimiento de infantería de Valladolid, de 22 años, afirmó que sólo los había acompañado "por la obediencia que debía a sus oficiales" y reconoció haber "obrado mal, contra el Rey y contra la religión". Francisco Rocha, de 18 años y compañero de armas del anterior, reconoció haber seguido a Allende, pero nunca haber disparado "su fusil porque del miedo que le causó el primer cañonazo [...] se escondió entre unos pinos". Otro de los soldados prisioneros, el sargento Lorenzo Medina, dijo que "no creyó luchar contra el gobierno" y que al darse cuenta de que con sus tropas se había unido a unos rebeldes se había entregado a los realistas "por haberse desengañado que aquél no era el ejército verdadero".(10)

En este recuento de algunos de los aprehendidos en Aculco y de sus respectivos testimonios, se advierte ya el germen de la leyenda del "tamborcito de Valladolid": aparece el nombre de Pablo Armenta entre los prisioneros, se advierte la presencia entre ellos de varios soldados procedentes de los regimientos provinciales de Michoacán, es de considerarse la corta edad de algunos -18, 19 años-, y ciertamente es clara la existencia de uno que tenía el grado de tambor. Pero sigamos adelante.

Calleja condujo a sus prisioneros a San Juan del Río y Querétaro en los días que siguieron a la batalla de Aculco. En realidad, de acuerdo a los códigos militares, todos ellos pudieron haber sido ejecutados, pero parece ser que el propio Corregidor de Querétaro don Miguel Domínguez (quien había mantenido oculta su participación en la conspiración insurgente), fungiendo como "asesor de guerra", sugirió a Calleja que en vez de ello debían sortearse los que habrían de sufrir la pena capital.(11) Argomaniz en su diario da todo el crédito del perdón al brigadier español: "veinte y tantos eran los sentenciados al suplicio, pero la bondad de el sr. General D. Félix Calleja mandó que se quintaran, de lo que resultó el que a cuatro de ellos tocó la suerte".(12)

En efecto, la mañana del 11 de noviembre en la ciudad de Querétaro los prisioneros echaron suertes para decidir quién moriría: "vendados de los ojos echó cada uno los dados sobre la caja de guerra [el tambor] que se dispuso al efecto [y] salió el número nueve al expresado Rafael López que fue el mayor de los que salieron, y por consiguiente quedó comprendido en la pena de muerte, y se puso inmediatamente en capilla para que fuera ejecutado esta tarde a las cuatro la sentencia en la Alameda de esta ciudad". La suerte también designó a Pablo Armenta junto con otros dos soldados más para sufrir la pena capital. Los que salvaron la vida fueron condenados a diez años de presidio.(13)

Pero entonces fue, relata el cronista Argomaniz, que "[estando ya en capilla] se vindicó a Pablo Armenta del regimiento de Pátzcuaro".(14) He ahí otro de los elementos de la leyenda: el perdón a Armenta, si bien para nada aparece como su salvador el padre Dimas Díez de Lara ni, por supuesto, se habla de que se haya tratado de un niño. El perdón vino de haberse presentado al coronel Emparán antes de que iniciara la batalla.

Al parecer la sentencia de muerte para los otros tres soldados se cumplió el 15 de noviembre de 1810, día en que apunta Argomaniz "se han arcabuceado a tres soldados de varios regimientos de nuestro ejército, unos de los muchos que se cogieron prisioneros en Aculco".(15)

Estos son, pues, los hechos que quedaron escritos en documentos contemporáneos, muy distintos a las leyendas publicadas un siglo después. Pero, entonces, ¿se puede por lo menos determinar cómo y en qué momento se tergiversaron aquellos hechos hasta el punto de crear la leyenda del "Tamborcito insurgente"?

Una pista nos la da el propio Ignacio B. del Castillo en una nota que agregó a la versión de su relato que apareció publicada en El Mundo Ilustrado, pero que no incluyó en los Episodios históricos de la Guerra de Independencia (16) en que se compiló junto con relatos de otros autores en 1910. Anota Del Castillo: "De este episodio histórico habla D. Epigmenio González, uno de los comprometidos en la conspiración de Querétaro, en su 'Relación sucinta de los Principios de la Revolución de 1810', publicada [en 1901] por los señores Lic. D. Genaro García y D. Luis González Obregón en el Boletín Histórico Mexicano".(17) Esta relación fue escrita en 1853, pocos años antes de la muerte de Epigmenio en 1858. Si nos remitimos a dicha fuente, lo que se lee acerca del incidente es este párrafo:

Regresó Calleja a dicha ciudad [de Querétaro] con sus prisioneros, y allí manifestó su intención de fusilarlos, mas los principales vecinos intercedieron por ellos, y sólo fueron destinados al suplicio siete u ocho en quienes cayó la suerte fatal. Caminando al patíbulo estos desgraciados por la calle del Hospital, se hallaba allí casualmente el felipense don Dimas Díez de Lara, quien observó que entre ellos iba un niño de pocos años nombrado Pablo Armenta, tamborcito de Valladolid. No pudo menos nuestro heroico don Dimas que arrojarse a quitarlo, hecho que mereció tanto aplauso, que Armenta fue perdonado y los demás murieron en la Alameda.(18)

Parece ser que los escritores Frías (que escribió su texto, al parecer, en 1901) e Iglesias (que lo hizo en 1906) dieron completo crédito a lo escrito por Epigmenio González. Pero pasaron por alto que si, en efecto, González fue uno de los participantes en la Conspiración de Querétaro, fue también uno de los primeros en ser aprehendido cuando ésta fue descubierta, el 13 de septiembre de 1810. Aunque se le condenó a muerte, la pena le fue conmutada por presidio en Manila, de donde no regresó a México (a Guadalajara, ya no a Querétaro)) sino hasta 1838. Es decir, su narración de los hechos de la Guerra de Independencia que siguieron a su temprana aprehensión no es la de un testigo: sólo los pudo conocer por otras personas e incluso quizá únicamente a su regreso de Filipinas. Es significativo, por ejemplo, que Epigmenio González hable de "siete u ocho" ajusticiados, cuando fueron sólo la mitad. Y parece completa responsabilidad de Frías e Iglesias el haber fijado en 12 años los imprecisos "pocos años" del niño del que habla Epigmenio González.

Ahora bien, ya hemos visto que en los hechos reales hay situaciones y personajes suficientes como para que después de pasar por la tradición oral de dos o tres generaciones pudieran convertirse en la leyenda del tamborcito de Valladolid. Pero hay una presencia que sigue, hasta ahora, sin tener explicación: la del padre Dimas Díez de Lara como héroe salvador del tamborcito. Argomaniz, que menciona al religioso varias veces en su diario, calla sobre su pretendida participación en los hechos. La única explicación que nosotros encontramos tiene que ver, curiosamente, también con Aculco, como veremos en seguida.

Escribe el historiador Lucas Alamán que el padre don Manuel Toral se hallaba viviendo en Querétaro en 1813 "por no poder residir en su curato de Aculco, en donde no había seguridad alguna á causa de la revolución".(19) El sacerdote, enemigo de la insurgencia, organizó en esa ciudad una serie de "Misiones" con la ayuda de fray Manuel de Estrada y otros sacerdotes. que no tenían otro objetivo sino predicar en contra de los rebeldes y a favor de la obediencia a las autoridades españolas. La reacción del clero queretano fue adversa y pocos fueron los templos en que se les permitió predicar.

Con gran irritación y sospechando que la negativa de muchos de aquellos sacerdotes se debía a su apoyo a los insurgentes, Toral denunció en mayo de 1813 a varios de ellos. Entre los denunciados estuvo el padre Dimas Díez de Lara, "a quien la gente veneraba como un santo", y lo acusó de hacer abiertamente propaganda por la causa insurgente y que "no había hecho caso de las instancias del fraile Estrada para que desistiera de su actitud".(20) Es más: advirtió al gobierno encabezado por Calleja -ya convertido para entonces en virrey de la Nueva España- que existía en Querétaro toda una camarilla de "malos sacerdotes" que sostenía la cusa insurgente y estaban bajo la dirección del propio Díez de Lara. Estrada incluso sugirió poner bajo arresto al padre Dimas:

Señor excelentísimo: Querétaro conserva el entusiasmo de la mala causa sostenido por el número de diez a doce sacerdotes malos, de los cuales es corifeo el presbítero don Dimas de Lara felipense, y no faltan entre éstos algunos que están seduciendo en los confesonarios, y comúnmente lo hacen en los estrados.(21)

Calleja turnó al arzobispo estas denuncias, pero finalmente no se actuó contra los acusados. Sin embargo, esta acusación al padre Dimas por su pretendido favor hacia la insurgencia, que llegó además directamente al virrey Calleja, puede explicar que se añadiera a la leyenda del Tamborcito de Valladolid a tan respetado sacerdote. Pero al mismo tiempo parece ser prueba de que nunca sucedió aquel rescate del niño insurgente, pues Calleja difícilmente habría perdonado al padre Dimas en esta ocasión de haber tenido ya aquellos antecedentes.

***

Por cierto, cuando Ignacio B. del Castillo envió su relato "El Tamborcito de Valladolid" al Certamen de cuentos de Costumbres Nacionales convocado por la revista El Mundo Ilustrado en 1906, la redacción acordó premiarlo fuera de concurso, por tratarse de un episodio histórico y no propiamente un cuento. Es ya demasiado tarde para corregir a los miembros de aquella redacción, pero sin duda debió ser admitido a concurso... pues según todo indica se trata, efectivamente, sólo de un cuento.

NOTAS

(1) Valentín F. Frías. Leyendas y tradiciones queretanas, Segunda Serie, México, 1990, Universidad Autónoma de Querétaro, p. 85-87.

(2) Lucas Alamán, et. al. Episodios históricos de la Guerra de Independencia, México, 1910, Imprenta de El Tiempo de Victoriano Agüeros, Tomo I, pp. 215-221

(3) Jesús Romero Flores. Jóvenes ilustres en la historia de México, México, 1973, Gobierno del Estado de Michoacán, p. 22.

(4) Antonio García Cubas. Cuadro geográfico, estadístico, descriptivo é histórico de los Estados Unidos Mexicanos, México, 1884, Oficina Tipográfica de la Secretaria de Fomento, p. 414.

(5) Antonio Ibarra, "Crímenes y castigos políticos en la Nueva España Borbónica: patrones de obediencia y disidencia política, 1809-1816", en Marta Terán y José Antonio Serrano Ortega (editores). Las Guerras de Independencia en la América Española, México, 2002, El Colegio de Michoacán / Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo / Conaculta-INAH, p. 265.

(6) Idem.

(7) José Xavier de Argomaniz, Diario de Querétaro, manuscrito, 1807-1818, Tomo IV, Biblioteca de la Universidad Autónoma de Nuevo León, f. 34v.

(8) Félix María Calleja del Rey, "Parte detallado de la acción de Aculco", en J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México, México, 1877, José M. Sandoval, impresor, núm. 132.

(9) Carlos María de Bustamante. Campañas del General D. Félix María Calleja, México, 1828, Imprenta del Águila, p. 23.

(10) Antonio Ibarra, "Crímenes y castigos...", p. 266.

(11) "Sumaria instruida en Querétaro, por orden de Calleja, a diecinueve soldados y tres paisanos que fueron aprehendidos o se presentaron después de la atalla de Aculco", Infidencias, vol. 5, exp. 11, AGN.

(12) José Xavier de Argomaniz, Diario de Querétaro, f. 34r-34v.

(13) Antonio Ibarra, "Crímenes y castigos...", p. 270.

(14) José Xavier de Argomaniz, Diario de Querétaro, f. 34v.

(15) Idem, f. 34r.

(16) Lucas Alamán, et. al. Episodios históricos de la Guerra de Independencia, México, 1910, Imprenta de El Tiempo de Victoriano Agüeros, Tomo I, pp. 215-221

(17) Ignacio B. del Castillo, "El tamborcito de Valladolid" en El Mundo Ilustrado, año XIII, tomo II, núm. 12, México, 16 de septiembre de 1906, p. 7 nota.

(18) Epigmenio González, Memorias de don Epigmenio González, Querétaro, Gobierno del Estado, 1926, p. 40.

(19) Lucas Alamán, Historia de Méjico, México, Jus, 1968, vol. 3, p. 250.

(20) Brian R. Hammet. Revolución y contrarrevolución en México y el Perú: Liberales, realistas y, Méxic, 2012, FCE.

(21) "La misión apostólica informa a Calleja del estado, que guarda Querétaro proponiendo al mismo tiempo varias providencias.- Mayo 2 de 1813", en J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México, México, 1877, José M. Sandoval, impresor, tomo V, núm. 132.

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