martes, 1 de noviembre de 2011

2 de noviembre

El pequeño José María García, muerto hace cien años.

Los lectores habituales de este blog saben bien que personalmente me siento tan ajeno al Halloween como a esa construcción cultural artificial, cardenista y pseudoindigenista -obra en buena medida de fridas y diegos- con que se celebra actualmente en México el "Día de Muertos". Este "invento de antropólogos", como lo llamó la ya fallecida especialista Elsa Malvido, tiene por supuesto una base real que es la conmemoración, común al orbe cristiano y no particular de México, de los "Fieles Difuntos", para utilizar los términos de la ortodoxia católica.

Sin embargo, al sentido original de la fecha -el recuerdo de quienes han muerto, la oración por las almas del Purgatorio, la reflexión porque todos hemos de morir y la aceptación y preparación para la muerte- fue trastocado a partir de la década de 1930 hasta asegurar que se creía que los muertos regresaban en estos días a convivir con los vivos (y más aún, primero los "muertos chiquitos" y despúes los adultos), que los difuntos consumen los alimentos que se colocan como ofrenda, e incluso, ya sin fundamento documental o tradicional alguno, que se pensaba que las mariposas monarca que llegan por estas fechas a los bosques de los estados de México y Michoacán eran las almas que volvían (de ahí el famoso Festival de las Almas). De igual manera, se resucitaron a partir de entonces prácticas prehispánicas (algunas medio inventadas) que ya no tenían ninguna clase de arraigo entre la gente y que por lo tanto no constituían una verdadera tradición.

No, la muerte no es la "catrina" de José Guadalupe Posada, ni la que da la mano a Diego Rivera en su conocido mural, sino algo muy serio que nos mira desde las órbitas vacías de la calavera desnuda que sostienen las imágenes de San Francisco. Es la muerte de los óleos de Juan de Valdés Leal que nos dice "en un abrir y cerrar de ojos se va la vida" y nos reta a vivir cada día aceptando que la podemos encontrar en cualquier momento, sin temerle a pesar de todo, ni siquiera al aceptar que al cabo se alzará triunfante sobre nosotros.

La dedicatoria de la foto.

En estos días en que las calles se inundan con visiones dulzonas de la muerte, ya sean las anglosajonas o las supuestamente mexicanas, que más bien parecen sugerir que la muerte es algo en lo que nadie cree, les comparto la foto más dolorosa entre las que forman mi colección de imágenes aculquenses.

Es un pequeño bebé de dos meses, muerto hace exactamente 100 años, a mediados de 1911. El niño, de nombre José María García, era ahijado de mi bisabuelo y la foto le fue obsequiada y dedicada por sus padres. El cadáver está amortajado con ropas sacerdotales, incluido un enorme bonete en su cabecita, y su cuerpo yerto se halla cubierto de flores. En su rostro, bajo su nariz, se ve un ligero rastro de sangre.

Así es la muerte de verdad. No me pidan que, después de ver a este pequeño, de imaginar el dolor de sus padres, y por más que le cubra ya un siglo, me crea eso de que los mexicanos nos reímos de la muerte.

Descansa en paz, José María.

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