domingo, 5 de enero de 2014

Las tres veces que Maximiliano pasó por Arroyozarco

Casi siempre me parece poco menos que intrascendente mencionar a los personajes de nuestra historia que pasaron por Arroyozarco. Esto, principalmente porque desde 1550 y hasta antes de la construcción del Ferrocarril Central Mexicano en 1882, era un sitio de tránsito prácticamente obligado para todo aquel que viajaba hacia el centro y norte de nuestro país. Párrafos como uno tan mal redactado que dice "el Lic. Benito Juárez de regreso a México en junio de 1867, a su paso por la población, pernoctó en la Hacienda de Arroya Zarco. Don Maximiliano de Habsburgo también pernoctó en este lugar cuando se dirigía a Querétaro", que se puede leer en varios sitios de internet, en realidad resultan de una obviedad casi absoluta con sólo saber que estos dos personajes viajaron en algún momento entre las ciudades de Quérétaro y México.

Si se medita bien, escritos como aquel otro en una costosa placa de bronce que existe en Polotitlán que reza "Por esta calle, antes camino nacional, transitaron Ignacio Zaragoza, Benito Juárez, Maximiliano, Guillermo Prieto, Vicente Riva Palacio y otros personajes de la historia de México" sólo sirven para asombrar a los incautos. Imagínese si en cada sitio, importante o no, desde la ciudad de México hasta la lejana Ciudad Juárez se pusiera una placa como ésta. Y en cada uno de esos lugares el letrero sería tan verídico como, en el fondo, absurdo.

Todo cambia, sin embargo, cuando lo importante no es señalar únicamente que por ahí pasaron y quizá ahí durmieron algunos personajes destacados, sino que existe algún testimonio de ese tránsito que se extiende aunque sea sólo un poco más en los detalles, las circunstancias, los acontecimientos y el lugar mismo, hasta convertirlo en una verdadera historia digna de ser contada. Es el caso, por ejemplo, del paso del Emperador Maximiliano por estos rumbos, las tres veces que la vida -y también la muerte- le llevaron por Arroyozarco.

 

Rumbo al Grito en Dolores

La primera vez que Maximiliano de Habsburgo tomó el viejo Camino Real de Tierra Adentro lo hizo en su viaje al interior del país, que abarcó parte del altiplano mexicano, el Bajío y Michoacán, y se extendió de agosto a octubre de 1864. El momento culminante del viaje ocurrió la noche del 15 de septiembre, cuanbdo en la recientemente nombrada (por Juárez) ciudad de Dolores Hidalgo el monarca dio el tradicional Grito de independencia en la casa del cura Miguel Hidalgo. Pero el propósito del viaje excedía ese acto simbólico; como escribió a su suegro el rey Leopoldo de Bélgica, era indispensable demostrar a Europa "que el país estaba tranquilo y que el monarca podía recorrerlo sin peligro; espolear la actividad militar y expulsar del territorio a Juárez" (1). No obstante, el recorrido se limitó naturalmente a la región ocupada por las tropas francesas enviadas por Napoleón III, las que debido a la falta de organización de un ejército imperial propiamente mexicano le resultaban indispensables.

El encargado de dirigir este viaje fue el consejero honorario de Estado Sebastián Schortzonloelmer. La comitiva estaba compuesta por el coche particular del Emperador (que vajaba sin la Emperatriz Carlota) y cuatro diligencias, una de las cuales se adelantaba a las otras para preparar comida y alojamiento suficiente para las 16 personas principales que acompañaban a Maximiliano. Por supuesto, el grupo viajaba fuertemente resguardado por soldados a caballo. (2)

Aunque el itinerario oficial señalaba que el Emperador llegaría a Arroyozarco el 11 de agosto, al terminar la cuarta jornada del viaje, que constaba de siete leguas desde San Francisco Soyaniquilpan que habrían de recorrerse en cuatro horas, algún retraso debió sufrir desde su inicio pues no arribó a este punto sino dos días más tarde, según relatan los diarios de la época:

Día 13 [de agosto de 1864].- Salimos de San Francisco [Soyaniquilpan] a las seis de la mañana; a las diez llegamos la venta de Santa Rosa, donde almorzamos, y de allí continuamos a Arroyozarco sin que hubiera nada notable , excepto el entusiasmo con que labradores y dependientes de todas las haciendas del tránsito salían a recibir y vitorear a S.M.

En Arroyozarco, se presentaron a felicitarle las diputaciones de los pueblos de Aculco y Acambay, cuyos principales miembros concurrieron a la comida. Concluida ésta y habiendo hecho presente los del primer punto al Emperador el mal estado en que se encontraba su pueblo por falta de fondos, les dio S.M. lo necesario para el establecimiento de una escuela , y 60 pesos de su caja privada para el pago de la conducción de 200 fusiles que necesitan para su defensa.

Día 14.- A las seis hubo misa en la capilla de la hacienda, y luego que concluyó partimos para San Antonio Polotitlán, a donde llegamos a las dos de la tarde, habiendo almorzado en la venta del Carrizal. (3)

De tal manera, Arroyozarco no sólo fue lugar de paso para Maximiliano, sino sitio de encuentro con el pueblo y los gobernantes locales, lugar de pernocta e incluso el templo de la hacienda sirvió, aunque fuera una sola vez, como Capilla Imperial. Un breve texto nos permite conocer además -así sea someramente- lo que se dijo en los discursos presentados por las autoridades de Acambay y Aculco al Emperador y cómo se desarrolló aquella reunión:

A las dos en punto de la tarde llegamos a la hacienda de Arroyozarco. Maximiliano recibió a dos delegaciones de las comunidades vecinas. En sus floridos discursos, dieron cuenta de las grandes esperanzas depositada en él: "Señor, hemos sufrido mucho durante la larga y devastadora guerra civil, pero decimos: ¡bendita sea la anarquía, si al cabo nos ha traído los mexicanos un emperador ilustrado... que es, sin duda, el elegido entre miles de nuestros grandes para hacer feliz a nuestra Patria! México ha extendido su brazo tembloroso hacia ti en medio de la agonía de un largo medio siglo de guerra civil, para que lo liberes de la necesidad y la miseria". (4)

Curiosamente, para la ocasión el Ayuntamiento de Aculco mandó pintar un cuadro en lienzo de 150 por 175 centímetros aproximadamente, con el escudo imperial. Esta pintura fue realizada por el sanjuanense Roque Chávez y sobrevivió por lo menos hasta principios del siglo XX en el pueblo, en manos de don Cirino María Arciniega. Él lo calificó como "regular" en su calidad y lo valuó entonces 50 pesos. No sabemos cuál fue su paradero, pero seguramente Arciniega concretó su intención de venderlo, posiblemente en la ciudad de Querétaro (5).

A su regreso a la capital del país a fines de octubre de 1864, Maximiliano no pasó ya por Arroyozarco, pues viniendo de Michoacán entró al Valle de México por el camino de Toluca. Antes de ello, sin embargo, a su paso por San Felipe del Progreso, fue informado del desastre sufrido por el pueblo de Acambay -a cuyas autoridades había conocido dos meses atrás en Arroyozarco- a causa de un terremoto, por lo que se detuvo en el lugar para disponer se enviara madera a este pueblo, que la necesitaba con urgencia. (6)

 

Hacia el sitio de Querétaro

Si el viaje de 1864 tuvo el aire optimista de un paseo triunfal por sus dominios imperiales, cuando Maximiliano volvió a tomar el Camino Real de Tierra Adentro a principios de 1867 su situación no podía ser más distinta. La Guerra de Secesión de Estados Unidos había terminado en abril de 1865 y el país vecino se mostraba ya abiertamente hostil a la presencia de un ejército francés en América. Napoleón III, en carta fechada el 15 de enero de 1866, había informado al Emperador de su decisión de dar fin a la ocupación francesa de México, lo que dejaría a Maximiliano con el apoyo sólo de un desorganizado ejército mexicano y algunos cuerpos leales belgas y austriacos. Ni siquiera la presencia de la emperatriz Carlota en la corte de Napoleón -enviada para intentar recuperar el apoyo francés- logró variar sus planes pues aquél tenía ya sus propios problemas en Europa y sabía que se avecinaba un conflicto con Prusia. De la crisis nerviosa, Carlota pasó a la franca locura de la que jamás se recuperaría. La evacuación francesa inició y el 5 de febrero de 1867 la guarnición francesa de la capital partió rumbo al puerto de Veracruz.

Maximiliano, agobiado por el abandono de Napoleón y las terribles noticias por la salud de su esposa, pensó abdicar y abandonar el país junto con las tropas francesas. Sin embargo, un sentimiento de honor y las promesas de apoyo de Leonardo Márquez y Miguel Miramón lo decidieron a permanecer en México. Y optó por encerrarse en la ciudad de Querétaro, donde tenía numerosos partidarios y le parecía más fácil soportar ahí el asedio de las fuerzas republicanas procedentes que avanzaban desde el norte del país. Así, partió de la ciudad de México el 13 de febrero de 1867, dispuesto a defender lo que restaba de su Imperio en aquella ciudad del Bajío.

La columna militar que acompañaba a Maximiliano resultaba más bien pequeña para lo que representaba en términos de un gobierno que reunía fuerzas para su última resistencia: 961 soldados de infantería, 504 de caballería, dos obuses de 15 cm, 2 cañones de montaña, 4 cañones de proyectiles de ocho libras, 94 hombres de la servidumbre imperial y "suficiente personal de sanidad". Los soldados eran todos mexicanos: decidió dejar en la capital a la infantería austriaca y a los húsares, que le suplicaron en vano acompañarlo. (7)

Renunciando a hacer uso de un coche y asumiendo un papel activo que se mantendría en sl sitio de Querétaro y en el que muchos han querido ver el deseo de morir en acción, Maximiliano montó uno de sus caballos favoritos, el dócil Anteburro, e inició la cabalgata:

El Emperador se propuso hacer todo el camino a caballo y montaba un arrogante corcel, pinto, con silla mejicana; vestía casaca de general, sin charreteras, pantalón oscuro; bota fuerte hasta la rodilia y sombrero ancho, de ala grande, llamado jarano propio de la gente de campo de aquel país, que es común en todos al montar a caballo, y muy propio para evitar los rayos abrasadores del sol. Sus armas eran una espada que la llevaba colgando de vistosos cordones que pendían de un hermoso cinturón, y dos pistolas giratorias de seis tiros colocadas en el arzón de la silla. En la mano llevaba un telescopio de campaña muy bueno, pero sencillo en su adorno. (8)

Es curioso que se mencione que montaba un caballo pinto, color desdeñado habitualmente por los jinetes mexicanos, sobre todo cuando en los cuadros que existen de Anteburro aparece de color uniforme y claro, aparentemente tordillo palomo. De cualquier manera, casi en las puertas de la capital, en Tlalnepantla, el convoy imperial tuvo a la vista al primer contingente de enemigos: veinte hombres de caballería, seguramente espías, que huyeron a toda prisa. Poco después, en la hacienda de Lechería, se toparon con un batallón de 600 hombres comandado por el guerrillero Catarino Fragoso con el que se enfrentaron dejando 80 enemigos muertos en el campo. Fragoso, más que un guerrillero liberal, era un vulgar bandolero que aprovechaba el estado de guerra para sus latrocinios amparándose bajo aquella bandera, como deja claro la carta que envió Juárez a Porfirio Díaz el 2 de agosto de 1863:

Por el lado de Arroyozarco y Tepeji, los guerrilleros Fragoso, Romero y un cierto padre Domínguez, cometen excesos escandalosos y extorsionan a los pueblos. Estos malhechores cada día nos desacreditan más, y es fuerza exterminarlos." (9)

Tan poco apegado a las convicciones liberales era Catarino Fragoso, que en los primeros días de febrero de 1864 se había pasado al Imperio con sus 150 hombres, pero regresó con los liberales cuando empezó su declive (10).

Todavía el mismo Fragoso intentó atacar a la columna del Emperador en Cuautitlán, pero fueron nuevamente rechazados ahí por la guardia Municipal de la Ciudad de México. Durante los enfrentamientos, Maximiliano se mezclaba entre sus hombres y a tres pasos de él uno de ellos resultó herido. Al final de aquella primera jornada Maximiliano durmió en Cuautitlán y al día siguiente recibió refuerzos de Santiago Vidaurri, que contraviniendo las órdenes venía escoltado por los húsares austriacos. La jornada siguiente, del 14 de febrero, la rindieron con tranquilidad en Tepeji del Río. La mañana del 15, al salir de este poblado, los imperialistas recibieron el aviso de que camino adelante estaba nuevamente el enemigo. Se trataba ahora de los guerrilleros José Cosío Pontones y Martínez, que con 300 infantes y 200 jinetes ocupaban la hacienda de Arroyozarco, mientras que el juarista Carvajal había tomado Polotitlán.

Pese a todo, la jornada que concluyó en San Francisco Soyaniquilpan no tuvo sobresaltos. Pero por la noche se dio aviso a Márques de que la fuerza de Cosío se aproximaba y pretendía apoderarse de un desfiladero kilómetros adelante, cerca de Calpulalpan, por donde tendría que pasar el convoy imperial. El 16 de febrero a las seis de la mañana se pusieron nuevamente en marcha, deteniéndose a almorzar en San Miguel Mandó (hoy San Miguel de la Victoria, llamado así por la batalla final de la Guerra de Reforma en 1860, que dio el triunfo a los liberales), al pie del monte de Calpulalpan.

El liberal Cosío, en efecto, había tomado el desfiladero de la Cuesta de Pajaritos, pretendiendo atacar desde su protegida posición entre el bosque a los imperialistas, pero sólo en uno de sus costados. Márquez dispuso entonces que los tiradores avanzaran haciendo fuego hacia el lado izquierdo del camino, cubriendo al resto de la comitiva. Sobre el camino hallaron una diligencia volcada que había sido tiroteada también por los liberales, suponiéndola parte del convoy imperial. Durante la necesaria maniobra de enderezarla no dejaron de recibir los tiros del enemigo. Cerca de tres horas tomó transitar aquel desfiladero. Y relata el príncipe Félix de Salm-Salm, que acompañaba al Emperador, que al pasarlo fueron atacados nuevamente por el flanco izquierdo en "los llanos" (seguramente ya los Llanos del Colegio, pertenecientes a la hacienda de Arroyozarco):

Cuando hubimos pasado el desfiladero conquistado, nuestro flanco izquierdo fué atacado por unas guerrillas que se presentaron en los llanos. El destacamento de los exploradores y otro del 9 de caballería, bajo el mando del mayor Malburg avanzaron para arrojarlos y yo tomé parte en el ataque. Uno de los enemigos a quien perseguí, saltó una muralla de piedra, cayendo del otro lado con el caballo. Salté tras él la cerca inmediatamente, para hacerlo prisionero, pero se levantó y me apuntó con la carabina a tres pasos de distancia; sólo tuve tiempo para hacerle fuego y le envié una bala a la cabeza que le entró por el ojo derecho. (11)

Maximiliano, según su secretario Blasio, en este ataque marchó "a la vanguardia, rodeado de sus oficiales y de su comitiva". Pero uno de los grupos del enemigo que iba a la retaguardia hizo una descarga sobre el carro del ministro Aguirre y sobre el que seguía, creyendo que en alguno de ellos viajaba el Emperador.

En el último ataque de "los más denodados guerrilleros" republicanos, los imperialistas lograron hacerles varios muertos y capturar varios caballos, haciendo retroceder al grueso del enemigo. Continuaron así su camino:

Por la tarde llegamos a Arroyozarco, donde en la casa de diligencias encontramos una excelente comida dispuesta para los liberales, comida a la que hicimos todos los honores, festejando la ocurrencia de que comiéramos los manjares preparados para nuestros enemigos. (13)

En las acciones del día se habían tomado bastantes prisioneros juaristas, a quienes el general Leonardo Márquez quería fusilar inmediatamente. El Emperador, con nobleza, lo prohibió. Pero corrió el rumor de que aquella noche en Arroyozarco Márquez los había fusilado en secreto durante la noche y, comenta Salm-Salm, una acción así estaría "en consonancia con su carácter". (14)

Maximiliano y sus hombres dejaron Arroyozarco a las seis de la mañana del 17 de febrero rumbo a San Juan del Río y prosiguieron después sus jornadas hasta llegar a Querétaro. Como todos sabemos, no saldría vivo de aquella ciudad, donde vencido el Imperio fue fusilado el 19 de junio de 1867.

 

De regreso a Europa

Pero aún habría de pasar Maximiliano una vez más por Arroyozarco, aunque se tratara sólo de su cuerpo, malamente embalsamado por el doctor Vicente Licea tras su ejecución. El cadáver salió de Querétaro a principios de septiembre de 1867, pero su tránsito sería sumamente desventurado:

En las inmediaciones de Arroyozarco en un arroyo llamado San Sebastián, se volcó el carro que conducía las reliquias del señor archiduque y lo mismo pasó en una acequia inmediata a la hacienda de Ahuehuetes (...). La acción del agua que penetró permaneciendo en contacto con el cadáver y macerándolo produjo la degeneración grasosa que sufren algunas momias. (15)

¿Cuál sería aquel arroyo cercano a Arroyozarco en que cayó, en un infortunio más, el cuerpo del Emperador? No debe tratarse del río de San Sebastián de las Barrancas que al unirse al Arroyo Zarco forma el río de San Juan (que da nombre a la ciudad Queretana), pues definitivamente no se halla "en las inmediaciones" sino a muchos kilómetros de distancia. Debe tratarse de otro arroyo, que por ahora escapa a nuestro conocimiento.

El cuerpo de Maximiliano, embalsamado por segunda ocasión para dejarlo presentable, fue embarcado finalmente en la fragata Novara el 27 de noviembre de 1867. Hoy en día reposa en Viena, en la cripta imperial de la iglesia de los Capuchinos, donde su catafalco se distingue de otros por la flores y banderas mexicanas que suelen depositarse junto a él.

 

NOTAS

(1) Ralph Roeder. Juárez y su México, México, Fondo de Cultura Económica, 1947, p. 836

(2) Periódico La Sociedad, 27 de agosto de 1864.

(3) "Viaje del Soberano al Interior.- Relación de sus jornadas hasta Querétaro", publicado en el periódico La Sociedad, 26 de agosto de 1864.

(4) Konrad Ratz y Amparo Gómez Tepexicuapan. Ein Kaiser unterwegs, Böhlau, 2007, p. 53 y 54.

(5) Copiador de cartas de Cirino María Arciniega, manuscrito, carta a Pedro de la Vega.

(6) Jesús Yhmoff Cabrera. El municipio de San Felipe del progreso a través del tiempo, México, Biblioteca Enciclopédica del Estado de México, 1979, p. 146.

(7) Teodoro Kaehlig. Historia del sitio de Querétaro. Talleres Gráficos de la Revista de Yucatán, Mérida, 1923, p. 11-17. En buena parte del texto hacemos uso de la narración de Kaehlig, por lo que no repetiremos la cita.

(8) Niceto de Zamacois. Historia General de México. Tomo 18, J.F. Parrés y Compañía, 1882, p. 1000.

(9) Conde E. de Kératry. Elevación y caída del Emperador Maximiliano, México, Imprenta del Comercio, 1870, p. 308.

(10) Niceto de Zamacois. Historia General de México. Tomo 17, J.F. Parrés y Compañía, 1881, p. 96.

(11) Félix de Salm-Salm. Mis memorias sobre Querétaro y Maximiliano, México, Tipografía de Tomás F. Neve, 1869, p. 38-39.

(12) José Luis Blasio. Maximiliano íntimo, México, UNAM, 1996, p. 209.

(13) Idem, p. 210.

(14) Félix de Salm-Salm. Mis memorias sobre Querétaro y Maximiliano, México, Tipografía de Tomás F. Neve, 1869, p. 39.

(15) Esther Acevedo. La definición del Estado Mexicano, 1857-1867, México, Secretaría de Gobernación, 1999, p. 102.

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