lunes, 4 de abril de 2016

El caso y la casa de don Tiburcio Terreros

Hace unos días, entre el 20 y el 23 de marzo, en el marco del Festival Internacional Cultural Tierra Adentro, se presentó una interesante exposición fotográfica y pictórica en la casa que lleva el número 4 de la Avenida Hidalgo, misma que nuestros padres y abuelos llamaban "la casa de don Tiburcio Terreros". Con extraña sincronía, en la página de Facebook de Fotos_aculcojma se publicó el 21 de marzo una interesantísima y desconocida fotografía fechada el 12 de enero de 1934 (que creo yo tiene el año equivocado, pues debería ser 1935 como se verá más adelante) en la que aparecen centenares de manifestantes en plena Plaza de la Constitución de Aculco opuestos, como reza el pie de la foto, a "la imposición de T. Terreros": el mismo Tiburcio que fue propietario de aquella casa. Y, pues ya que el destino parece habérmelo puesto enfrente para que les platique de él, lo haré acompañando el texto con las fotografías del inmueble que justamente tomé en esos días.

Vale la pena comentar que no tomo partido acerca de los hechos que relataré aquí, ocurridos hace más de 80 años: en el enfrentamiento entre dos bandos igualmente violentos, que existían en el contexto de un México que apenas trataba de abandonar los años de guerra, muchos tuvimos algún pariente que se inclinó por alguno de ellos y quizá otro en el grupo contrario. Sus acciones no marcan a sus descendientes o parientes.

 

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Derivado de la Revolución, de la Guerra Cristera y del agrarismo, apareció en esta zona, al igual que en muchas otras partes del país, el fenómeno del "caciquismo revolucionario" entre los años veinte y treinta del siglo XX. Fue la época en la que el coronel Artemio Basurto consolidó su poder en la región, a través de la venta de protección a las haciendas contra los líderes agrarios que comenzaban a aparecer, alentados por los primeros repartos de tierras. Su regimiento de caballería, formado por él mismo en 1915, se convirtió en una verdadera guardia blanca en defensa de los intereses de los grandes propietarios. En ocasiones estas tropas recibieron el apoyo de otras fuerzas armadas, como sucedió en 1923 cuando el general Miguel Henríquez Guzmán envió, de acuerdo con su hermano José (que hacía cabeza en aquel entonces entre los dueños de la hacienda de Arroyozarco) y con Basurto, a la policía montada del Estado en persecución del líder agrarista Antonio Cadena, originario de Maravillas, Hidalgo.

Entre los enemigos de Artemio Basurto estaban también otros líderes agrarios, Antonio y Felipe Romero, de conocida familia oriunda de las rancherías de Encinillas y Tenazat (o Tenazdá), situadas en los límites entre Aculco y Polotitlán, cerca de Arroyozarco. Famosos eran los miembros de esa familia, desde mediados del siglo XIX, como excelentes charros. El escritor Domingo Revilla, quien vivió en Arroyozarco cuando su familia poseía la finca, se refirió a ellos en 1846 como “los inteligentes Romeros de Tenazat, en cuya familia desde el más grande hasta el de ocho años, manganea, laza, colea, jinetea y arrienda un caballo con igual destreza”. Pero eran también hombres bravos que en la época tan hostil que les tocó vivir se hicieron diestros de igual modo en el manejo de las armas; a los Romero se les atribuyó la muerte de Leopoldo, el violento hermano de Artemio, caído en el rancho de San Rafael en marzo de 1934. Para entonces Artemio había muerto también, asesinado en la ciudad de México por Heriberto Pérez Bravo, el hijo de una de sus víctimas, en 1933.

Pero el grupo formado por Artemio Basurto subsistió a pesar de su muerte, gracias al apoyo del sanjuanense Saturnino Osornio (gobernador de Querétaro y antiguo patrón de Artemio) y del diputado toluqueño Agustín Rivapalacio. En Aculco, don Tiburcio Terreros fue precisamente el heredero parcial del poder y también de las enemistades del coronel Basurto. Terreros nació hacia 1893 en Aculco. Contrajo matrimonio con María de la Luz Silva Alcántara, hija de Jesús Silva y Trinidad Alcántara, nacida en 1899. Después de pasar algún tiempo en la ciudad de México, donde nació su hija María de la Luz Amelia en marzo de 1925, regresó a su pueblo natal. Aquí vivía ya en 1930 en la casa de la Avenida Hidalgo que mencioné arriba (que entonces llevaba el número 3 de dicha calle), en compañía de su esposa y sus cuatro hijos, como señala el censo de aquel año.

Terreros alcanzó la presidencia municipal con el apoyo de Rivapalacio y Osornio en 1935, y puso a su lado como secretario a Luis Terrazas, un hombre excesivamente cruel y sanguinario que excedió muchas veces las funciones de ese cargo. La oposición política, encabezada por Andrés Vega (originario de Santa Ana Matlavat) y apoyada por los Romero, movilizó a los campesinos agraristas en contra de lo que ellos llamaban una "imposición". Las tensiones entre los grupos antagónicos de Terreros y de Felipe Romero se incrementaron a partir de ese momento y terminaron por explotar con violencia en el mes de mayo de 1935. Según la información levantada entonces por el Juez Conciliador 2o. Suplente, Pedro Navarrete, los graves hechos ocurrieron de la siguiente manera:

Los días 26 y 28 del mes de abril de 1935, un grupo de habitantes de Encinillas y Arroyozarco entró en Aculco lanzando tiros al aire y gritando vivas al “general” Felipe Romero y mueras al Gobierno (En realidad, era Antonio Romero quien ostentaba un grado militar, el de coronel, por haber militado en las filas de Francisco Murguía). A causa de estos disturbios, Tiburcio Terreros decidió llamar en su auxilio a las fuerzas federales estacionadas en Polotitlán. El 1o. de mayo, a las once de la mañana, los soldados se presentaron en Arroyozarco, acompañados del secretario Terrazas y de algunos vecinos. Haciendo uso de la fuerza, detuvieron a Esteban Trejo, Tomás Pérez, José Ruiz, Encarnación Jiménez, Encarnación Rodríguez, Jerónimo y José Pérez, a quienes condujeron hacia Polotitlán. Al paso de los detenidos por Aculco y en circunstancias poco claras, Encarnación Rodríguez fue abatido a tiros por los soldados al intentar huir. Todos ellos eran reconocidos como abiertos simpatizantes de Felipe Romero.

A pesar de la participación de las autoridades municipales y del ejército en esta acción, el Juez de Distrito debió encontrar insuficientes las pruebas contra los prisioneros, pues ordenó su liberación inmediata y puso sus vidas bajo la responsabilidad de los militares, a quienes seguramente consideró capaces de asesinarlos como había sucedido con Encarnación Rodríguez. Por su parte, Terreros aseguró que la muerte de Rodríguez no había sido gratuita, pues antes de intentar escapar había agredido al jefe del destacamento de manera tan violenta que le rompió el saracoff y después había sacado una navaja para atacar al soldado Leobardo Zamuco Brander.

Todavía no se apaciguaban los ánimos por esta muerte cuando, pocos días después, Víctor Maya y Pedro Becerril, comisarios de Arroyozarco y quizá ni siquiera partidarios de Romero, decomisaron al cobrador de plaza del lugar una escopeta con la que intimidaba a los comerciantes para el pago de los derechos de venta. Inocentemente, llevaron el arma a Aculco para entregarla al presidente municipal, quien ordenó la inmediata detención de los portadores por haber desarmado a uno de los suyos. Encerrados en la cárcel estuvieron Maya y Becerril hasta las nueve de la noche de aquel día, cuando el Secretario Luis Terrazas los sacó para torturarlos. Cada uno recibió cincuenta azotes con una reata mojada. Pero la crueldad de Terrazas no se contentó con esto: después de golpearlos con su pistola, los hizo arrastrar a cabeza de silla. Terriblemente lastimados, fueron devueltos a su celda. Ahí los encontró el Juez Navarrete, a quien narraron el suceso.

Con estos acontecimientos el descontento popular, azuzado por el bando agrarista, llegó al límite. El 7 de mayo de 1935, un grupo de mil quinientas personas amotinadas rodeó el Palacio Municipal de Aculco (situado entonces en la calle Juárez) y la casa de Tiburcio Terreros (en la calle Hidalgo) en busca de Tiburcio Terreros y Luis Terrazas, para hacer justicia por su propia mano. La turba entró violentamente a la casa de Terreros, arrojando sus pertenencias por las ventanas, pero el presidente municipal había logrado ya escapar por un caño hacia Querétaro junto con el secretario.

Si bien estos sucesos acabaron definitivamente con el poder del grupo caciquil que había tenido su origen en Artemio Basurto, también fortalecieron demasiado al bando agrarista de los Romero de Encinillas -a su manera otro cacicazgo- cuya influencia fue muy grande en la región hasta bien entrados los años 40 del siglo XX.

Por cierto, aunque don Tiburcio Terreros fue presidente municipal de Aculco, su nombre no aparece en la lista que formó hace treinta años el cronista Domingo Gaspar Sampayo, probablemente debido a que sólo pudo gobernar por poco más de cuatro meses antes de ser arrojado del cargo violentamente. Don Andrés Vega, el candidato rival de Terreros, alcanzó la presidencia municipal en 1938.

 

REFERENCIAS

Laviada, Iñigo. Vida y muerte de un latifundio. México, 1984. Ed. Porrúa. Pág. 169-177.

Àlvarez del Villar, Rafael. Historia de la Charrería. México, 1941. Imprenta Londres. Pág. 136.

Relativo al encausamiento del expresidente municipal Tiburcio Terreros. Aculco, mayo 17 de 1935. Exp. 14. Secc. Tierras (por error). Archivo Histórico Municipal de Aculco.

Puntos de vista que presenta el Ayuntamiento del Muncipio de Aculco al C. Wenceslao Labra, Gobernardor Constitucional del Estado. Aculco, 28 de abril de 1938. Archivo Histórico Municipal de Aculco.

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