miércoles, 19 de julio de 2023

El chapitel

La palabra chapitel (no confundir con capitel) se refiere al remate de una construcción aislada, por ejemplo una torre, de forma piramidal o cónica. Por extensión, se les llamó también así en la Nueva España a las capillas en forma de templete que se solían cubrir precisamente de esa manera, si bien muchas tuvieron también bóvedas, cúpulas, tejados y terrados de distinto tipo. Existieron capillas-chapiteles en diversos lugares del virreinato. En todos los casos se trataba de sitios dedicados al culto, aunque de formas distintas: mientras el llamado Chapitel del Calvario en Cuernavaca era, por ejemplo, un sitio de devoción para los caminantes que llegaban o salían de esa ciudad (lo que se conocía como "humilladero"), la ubicación del Chapitel de Cocotitlán en alto y a un costado de la plaza permite apreciar que se le usaba para la celebración de misas o por lo menos para la predicación a quienes acudían a comerciar al pueblo (de manera semejante al uso de una capilla abierta). Así, puede decirse que el término "chapitel" define más una tipología arquitectónica que un uso, si bien edificios de construcción similar, como podría ser una capilla posa del tipo de Calpan o Huejotzingo, nunca serían llamados chapiteles.

Aculco tuvo también su chapitel (más cercano al tipo de Cocotitlán) y lo sabemos gracias a dos notables testimonios gráficos. El primero es el dibujo de Plaza Mayor del pueblo en 1838, que nos lo presenta adosado al exterior del muro del atrio parroquial, mirando hacia el poniente, hacia la plaza, justo en el sitio donde está hoy el Portal de la Primavera. Se apoyaba en un ancho basamento con contrafuertes en los costados que lo elevaba al nivel del atrio y se desplantaba ahí como una pequeña capilla cuadrangular abierta con arcos en tres de sus lados. Al frente el arco se inscribía en un alfiz a la manera mudéjar y protegía el vano una barandilla seguramente de madera. El fondo estaba cerrado por un muro en el que se abría una puertita descentrada por la que se accedía desde el atrio. La cubierta era plana, probablemente de viguería y terrado.

El segundo testimonio gráfico que muestra el chapitel de Aculco es un dibujo de 1878, mucho más simplificado que el anterior, en el que la capilla aparece ya tapiada y cercada por el nuevo Portal de la Primavera, cuya construcción inició entonces. Los muretes que ciegan los arcos del chapitel se ven horadados con una serie de ventanitas cuadradas o mechinales cuyo sentido no es muy claro. Lo evidente es que el chapitel había perdido ya su uso original.

En las fotografías posteriores del Portal de la Primavera no se advierte ya ninguna huella del chapitel. Su basamento seguramente estorbaba para la construcción de los cuartos de este inmueble y por ello habría sido demolido completamente aún antes de que se edificara la segunda planta del nuevo edificio, en la década de 1930. Por el interior del atrio, a primera vista parece que tampoco quedaría huella del antiguo chapitel. Sin embargo, una pequeña diferencia en los planos de la fachada quizá indica la supervivencia de por lo menos de una parte de sus muros.

Sin testimonios documentales y con las limitaciones de estos dos dibujos, es difícil deducir la época en que fue construido el chapitel de Aculco. Sin duda databa de tiempos del virreinato, pero poco más se puede decir. En mi opinión, dado que el muro del atrio en esta zona fue construido en 1666, debería ser posterior a esos años y quizá incluso de principios del siglo XVIII. En fin, lo único cierto es que esta pequeña construcción no existe desde finales del siglo XIX y podemos considerarnos afortunados de que dos dibujantes nos hayan permitido saber que existió.

viernes, 14 de julio de 2023

La Inquisición en Aculco

El Santo Oficio de la Inquisición fue un tribunal establecido en España en 1478 y ampliado después a sus dominios con el fin de mantener la ortodoxia católica entre sus habitantes. Nadie podría hoy en día defender sus medios (represión de la libertad de pensamiento, juicios sin conocer al acusador, tortura, confiscación de bienes y en último término la muerte), pero lo cierto es que, en su contexto histórico, la institución fue mucho menos terrible de lo que acostumbramos imaginar. Para empezar, en un tiempo en que todos los tribunales acostumbraban torturar a los reos, la Inquisición reglamentó esta práctica para evitar abusos. Asimismo, mientras los tribunales religiosos de la Europa protestante quemaban decenas de miles de "brujas" en los siglos XVI y XVII, la Inquisición española apenas ajustició mujeres por esa causa. Ni más ni menos que Enrique VIII, rey de Inglaterra que separó a la Iglesia Anglicana de la comunión con Roma, ejecutó a unos 70,000 católicos por mantener su lealtad al papa, muchísimos más que los 3,000 reos cuya muerte se puede atribuir a la Inquisición en Europa y América según sus archivos. En la Nueva España, desde 1571 en que se estableció hasta 1821 cuando se consumó la Independencia, sólo unas 50 personas murieron condenadas por el tribunal. Además, en tierras americanas la Inquisición no actuaba sobre los indígenas (que eran la mayor parte de los pobladores), pues como nuevos conversos se les consideraba propensos a recaer en la idolatría, pero también disculpables por ello.

Puestas las cosas en su contexto, paso a hablarles sobre la actuación de la Inquisición en Aculco. Dado que la inmensa mayoría de los habitantes del pueblo y su jurisdicción en los siglos XVI y XVII eran indígenas que quedaban fuera de la supervisión del tribunal, seguramente hubo muy pocos asuntos inquisitoriales en esos años, y de hecho los archivos no conservan registro de alguno. Al llegar el siglo XVIII, sin embargo, la situación demográfica había cambiado mucho debido al mestizaje y esa nueva población mezclada sí caía bajo la jurisdicción del tribunal:

El Santo Oficio descubriría que el mestizaje y la población de mezclas involucraba nuevos sujetos bajo su autoridad. Si antes los pueblos de indios estaban exentos de su competencia, las mezclas habían creado diferentes calidades, cuyos individuos, ausentes de pureza india, estarían bajo su tutela. Estas individualidades localizadas en pueblos indios debían, al menos en teoría, ser una preocupación de los comisarios. (1)

Esta situación explica el nombramiento para Aculco un calificador interino del Santo Oficio de la Inquisición en 1728, que fue el sacerdote franciscano fray Bernardo de Rivera. (2) Veinte años más tarde, se nombró comisario de la Inquisición para los pueblos de Aculco y Acambay y Jilotepec al también franciscano fray Miguel García Figueroa, cura de este último pueblo. (3) Bajo esta administración inquisitorial delegada localmente en los franciscanos se tiene constancia del primer caso relacionado con Aculco: en 1735, ni más ni menos que un religioso de esa orden, fray Jacinto de Piña, fue acusado de aprovechar el confesionario para hacer "solicitudes deshonestas" (es decir, proposiciones sexuales) a las feligresas de la doctrina de este pueblo. (4)

Es hasta 1776, cuando se había creado ya la parroquia de Aculco y la autoridad religiosa había pasado de los franciscanos a manos del clero secular, cuando Aculco reaparece en los archivos de la Inquisición. Esta vez se trata de un caso misterioso: el bachiller don Juan José Pichardo, sacerdote que residía en el pueblo, envió al tribunal una carta cerrada "sin título ni carátula alguna" por conducto del padre Luis de Neve y Molina. El contenido de esta carta secreta es desconocido. (5)

En las últimas dos décadas del siglo XVIII el número de casos inquisitoriales aumenta y éstos abarcan temas muy variados. En 1783, por ejemplo, el cura don José Moreno recibió el encargo de realizar las diligencias relativas a verificar la "limpieza de sangre" de José Almaraz Carbajal. Esta tarea se refería a comprobar que el sujeto involucrado no tuviera ascendientes judíos, musulmanes o negros en su genealogía, y se requería para acceder a ciertos cargos públicos. Almaraz, residente en Cadereyta y con antepasados en Aculco, aspiraba a ser nombrado notario de la Inquisición y por ello necesitaba tal comprobación. (6)

Dos años después, una mujer criolla de Aculco, doña María Rosalía García, se "denunció espontáneamente" -es decir, se denunció a sí misma- por haber dudado del misterio de la Santísima Trinidad. Estas autoinculpaciones ante la Inquisición a veces eran ciertamente voluntarias, pero otras muchas eran producto de una denuncia o sospecha previa, ante la cual el acusado decidía confesar plenamente para atenuar su castigo. En el caso de María Rosalía parece que no hubo mayor castigo pues su infracción era muy leve, así que simplemente "se le absolvió de su error". (7)

En 1787, el cura de Aculco, don Luis Carrillo y Troncoso, solicitó expesamente y obtuvo formalmente el cargo de comisario del Santo Oficio de la Inquisición de la jurisdicción de Aculco, si bien ya antes había actuado como comisario exprofeso para un solo caso. (8) Sin duda los tiempos de Carrillo fueron los más activos en lo que se refiere a denuncias inquisitoriales y nadie mejor que él puede ser llamado "el inquisidor de Aculco" como modernas tradiciones lo han hecho, si bien jamás tuvo tal título sino el mencionado de comisario del Santo Oficio de la Inquisición, que orgullosamente plasmó en el gran cuadro del Privilegio Sabatino ubicado en la parroquia. El presbitero don Juan José Pichardo ejerció como notario suyo al principio de su encomienda. (9)

En el ejercicio de esa tarea, a Carrillo le correspondió investigar diversos asuntos interesantes, por ejemplo el de Petra, una esclava denunciada en 1795 por doña Xaviera Basurto (esposa del labrador don Ciriaco de la Cueva) por decir que no había Infierno, cuyo caso no llegó a concretarse porque la acusada falleció (10). O el de fray José de Lima, religioso mercedario que en la cuaresma de 1786 fue a Aculco para ayudar en los servicios de la iglesia y más tarde se le acusó por "solicitante", es decir, por pedir favores sexuales en el confesionario (11). Ese mismo año, el bilbaíno Manuel Bernaola fue acusado por don Juan José Jiménez y Peñaranda, teniente del partido de Aculco -a quien servía como amanuense- por sus proposiciones heréticas. (12) También atendió la denuncia de la castiza Rita María de la Trinidad Millán, vecina del pueblo, contra Jorge Melgarejo, a quien escuchó proferir "cosas nada conformes a la santidad de nuestra santa Fe" en 1787. (13) Ese mismo año, se denunció a José Ignacio Basurto, joven que comenzaba su carrera clerical como acólito "a título de idioma otomí" (es decir, por conocer esa lengua) y sin tener las órdenes sacerdotales se atrevió a confesar a una india. (14)

En 1790 hubo otro caso de "denuncia espontánea": la de Inés Luisa Sánchez, esclava soltera de don Manuel García, quien se acusó a sí misma de "herejía mixta", término que se refiere a que creía y había manifestado cosas contrarias a la fe sabiendo que lo eran. El propio cura Carrillo solicitó facultad para absolverla de este "crimen", por lo que seguramente no era asunto de importancia ni ameritó mayores investigaciones, aunque al parecer el perdón se retardó hasta 1793, cuando fue absuelta ad cautelam (es decir, con reservas). (15)

En 1792, fue María Tiburcia Mendoza quien denunció a José Antonio Millán, alias Vértiz, no tanto por solicitarla lujuriosamente "para cosas torpes", sino por otras "proposiciones" blasfemas o heréticas que lo oyó proferir. (16) Pero quizá el caso más interesante en tiempos de Carrillo fue el del negro, ciego y manco José Manuel, esclavo de doña Micaela de Terreros, a quien se tenía por difusor de supersticiones y que por ello fue denunciado en 1792 en Aculco, aunque los hechos habían tenido lugar diez años atrás en Púcuaro, Michoacán (17). Según el historiador José Antonio González, quien ha profundizado en este caso, se trata de un caso sumamente interesante de "magia amorosa, donde se combinaron las técnicas de la ventriloquía, el empleo de la chuparrosa como amuleto erótico, la ingestión de un alucinógeno para tener visiones y potenciar poderes espirituales y que se concretaron en una seducción mágica". Te recomiendo mucho que leas lo escrito por González en su blog sobre este asunto inquisitorial, pues ayuda a conocer mucho de las supersticiones de la gente de esa época. Lo puedes encontrar aquí: "La chuparrosa parlante del ciego José Manuel".

Al año siguiente, el padre Carrillo atendió un nuevo caso de denuncia espontánea por la que también solicitó facultades para absolver a la penitente. Se trataba de la española María Antonia Morales, culpable de herejía mixta. (18) También herética fue la expresión que oyeron proferir a Vicente Morales, de tan sólo 15 años, cuando dijo "que no creía cómo sería eso de la resurrección de la carne, o que no creía eso", lo que le valió una denuncia también en 1793. (19) En 1794, el comisario del Santo Oficio en Aculco se ocupó de tres casos de denuncias espontáneas por herejía mixta: la de la española soltera María Teresa Hernández, que vivía en la calle Real a la salida del pueblo; la de la también española Rosalía Garfias, y la de la doncella Rita Morales, que hizo a través del bachiller don Ignacio Ruiz Peña, sacerdote avencidado en Aculco que aparece en los documentos también como comisario inquisitorial y a quien en 1798 se le concedieron facultades para absolver a la acusada. El fiscal de la Inquisición, José de Pereda y Chávez, anotó que Rita había confesado "varios errores y disparates que, según su tenor, parece maniática". (20) Llama la atención ciertamente que estas autoinculpaciones sean en todos estos casos hechas por mujeres.

Un caso algo distinto fue el denunciado por doña María Desideria Alarcón en 1795. La mujer no vivía en Aculco, sino en la Ciudad de México, en la esquina de Pacheco (por otro nombre Puente de Santiaguito), pero era natural de ese pueblo. Ella acusó a un hombre que habitaba en el entonces pueblo de Tacuba, "quien hablaba cosas horrorosas y se limpiaba por las asentaderas con una estampa de la virgen de Guadalupe". (21)

Curiosamente, varios casos relacionados con brujería de los que ya les he platicado en este blog (el brujo Alejandro, del que se decía que hablaba con los animales, y las tres brujas indígenas) y que por su naturaleza podrían creerse materia de proceso inquisitorial no ameritaron que los párrocos de Aculco los turnaran a las autoridades superiores de la Inquisición. ¿Por qué? Primero, porque se trataba de indios no sujetos al tribunal, pero quizá también porque a aquellas alturas del siglo XVIII la creencia en hechicerías se iba teniendo más por supersticiosa que por real.

Ya en el siglo XIX, en 1804, se sabe que existió una causa contra un tal Mario Antonio Urquiza, pero sólo sobrevive la carta en que los inquisidores apremiaron a don Luis Carrillo a darle curso, temiendo que hubiera caído en el olvido. (22) Pocos años después, durante la Guerra de Independencia, se tiene noticia de un último caso de la Inquisición relacionado con Aculco: se trata del proceso contra el franciscano fray José de Lugo y Luna "por proposiciones heréticas y revolucionario", pues este sacerdote había escapado del convento de Toluca y se había unido a los insurgentes: "destinado de capellán a San Jerónimo Aculco bajo las órdenes del Coronel Insurgente apellidado Polo, en cuya compañía vivió tres meses en el Cerro Ñadó donde sólo decía Misa, e hizo un Matrimonio”. (23)

Seguramente muy pocos entre esta veintena de casos relacionados con Aculco implicaron medidas severas por parte de la Inquisición. Si acaso dos o tres de los acusados llegaron quizá a pisar las cárceles de este tribunal. Ninguno, por cierto, recibió como condena la pena capital.

El archivo de la parroquia de Aculco resguardaba documentos relacionados con estos y otros casos inquisitoriales. Hace bastantes años alguien cercano me comentó que tales documentos habrían sido destruidos intencionalmente hace muchos años y ciertamente ya no existen. Cierta tradición no muy extendida (y que quizá tiene apenas unas tres décadas) ha dado en llamar al inmueble ubicado en la calle Juárez número 2 la "casa de la Inquisición" o "casa del inquisidor", pero en realidad nada parece vincularla con ese tribunal ni con los comisarios del Santo Oficio que ejercieron sus funciones en el pueblo. Pero quizá alguien logre en el futuro hallar esa liga.

 

NOTAS:

(1) Miranda Ojeda, Pedro. "La articulación de las comisarías dependientes en los distritos del Santo Oficio de Nueva España, 1611-1662", en Desacatos número 69, mayo-agosto 2022, pp. 106-123.

(2) Archivo General de la Nación (AGN), Inquisición, vol. 818, exp. 22, f. 429 a 432.

(3) AGN, Inquisición, vol. 847, exp. 921, f. 216.

(4) AGN, Inquisición, vol. 1175, exp. 18, f. 179-183.

(5) AGN, Inquisición, vol. 1111, exp. 2. f. 2.

(6) AGN, Inquisición, vol. 1167, exp. 7, f. 80-142 y exp. 7B, f. 202-239.

(7) AGN, Inquisición, vol. 1214, exp. 2, f. 11-15.

(8) AGN, Inquisición, vol. 1216, exp. 2, f. 115-119; vol. 1217, exp. 15, f. 198-199; vol. 1272, exp. 1, f. 1-7.

(9) AGN, Inquisición, vol. 1217, exp. 15, f. 198-199.

(10) AGN, Inquisición, vol. 1380, exp. 19, f. 378-381.

(11) AGN, Inquisición, vol. 1272, exp. 1, f. 1-7.

(12) AGN, Inquisición, vol. 1203, exp. 8, f. 51-91.

(13) AGN, Inquisición, vol. 1066, exp. 14, f. 335-338.

(14) AGN, Inquisición, vol. 998, exp. 11, f. 137-141.

(15) AGN, Inquisición, vol. 1304, exp. 1, f. 1-2; vol. 1319, exp. 14, f. 1-3; vol. 1302, exp. 15, f. 1-4.

(16) AGN, Inquisición, vol. 1193, exp. 24, f. 269-274.

(17) AGN, Inquisición, vol. 1358, exp. 8, f. 195-196.

(18) AGN, Inquisición, vol. 1338, exp. 4, f. 105-125; vol. 1340, exp. 10, f. 1-8.

(19) AGN, Inquisición, vol. 1351, exp. 9, f. 1-7.

(20) AGN, Inquisición, vol 1337, exp. 13, f- 1-5; vol. 1337, exp. 14, f. 1-3; vol. 1389, exp. 2, f. 14-20; vo. 1199, exp. 11, f. 52-53. Libro del Fiscal 1794-1815, Biblioteca Lafragua, BUAP, registro 1154. Don Ignacio Ruiz Peña tendría unos 36 años en 1794. Exactamente tres décadas después residía en San Juan del Río. AHMA, Estado de México. Fondo: Independencia. Sección: Presidencia. Vol. 01. Clave: 284. Expediente: 05. Febrero de 1824

(21) AGN, Inquisición, vol. 1373, exp. 22, f. 249-257.

(22) AGN, Indiferente Virreinal, caja 5486, exp. 75, f. 1.

(23) AGN, Inquisición, vol. 462, exp. 91. f. 27. Transcripción tomada de “Relación de la causa de Fray José de Lugo y Luna, por proposiciones heréticas y revolucionario”, en Boletín del Archivo General de la Nación. Tomo III, julio, agosto y septiembre de 1932, número 3, p. 346.

martes, 13 de junio de 2023

Elogio de la piedra blanca de Aculco

Más que la cantera, más que la teja o la madera, más que la cal que blanquea sus muros enlucidos, es sin duda la piedra blanca de Aculco el material histórico de construcción más representativo de este pueblo. No sólo sus casas antiguas están construidas con ella, sino que el subsuelo mismo está formado por este tipo de roca y de allí su abundancia y amplio uso desde los orígenes de este poblado hasta nuestros días.

La piedra blanca de Aculco es una toba volcánica, roca ígnea que procede de erupciones muy violentas que producen flujo piroclástico (nube ardiente), el cual, al enfriarse, conforma grandes depósitos de muchos metros de profundidad, a veces ubicados a decenas de kilómetros de su fuente. A simple vista se observa que contiene gran cantidad de fragmentos de piedra pómez de distintos tamaños, ceniza, cristales y fragmentos de otras rocas. Suele aparecer formando columnas o paredes verticales (como se ve en el Salto de la Concepción), así como esferas que antes eran extraídas cuidando su forma como simple curiosidad.

Seguramente las primeras construcciones del pueblo se levantaron con piedra blanca extraída del propio lugar. Consta incluso que hasta la década de 1950 se extrajo piedra blanca de la casa ubicada en la Plaza de la Constitución no. 12 para aprovecharla en el mismo inmueble. Pero conforme Aculco crecía seguramente se fueron buscando yacimientos un poco más apartados. Uno de ellos sigue en explotación y se ubica en la zona que conocemos como Los Puentes, en el límite poniente del Barrio de San Jerónimo. El aprovechamiento de los yacimientos situados entre el pueblo de La Concepción y su cascada parecen ser mucho más recientes. El color de la piedra extraída de cada sitio varía ligeramente con respecto a los otros, a veces es más blanca, más amarillenta, azulosa o rosada, aunque casi nadie se percata de ello.

La piedra blanca se aprovechaba principalmente para formar muros de mampostería. Se labraba de forma irregular y los ángulos rectos se reservaban sólo para los marcos de puertas y ventanas, así como para los ángulos de las construcciones. Algunas veces, cuando se le extraía de yacimientos en donde su conformación era más compacta, se le podía tallar casi como cantera para obtener superficies más pulidas. Hoy en día es quizá en forma de sillares cortados con maquinaria como se comercializa más, si bien es muy fácil comprarla en bruto directamente en los yacimientos para construir muros de mampostería tradicional. Un camión de piedra blanca bruta (aproximadamente cien piedras) tiene en estos tiempos uno costo de entre 1,400 y 1,800 pesos.

Esta piedra resultó un magnífico material de construcción: abundante, ligera, fácil de labrar, reutilizable, con una rugosidad que favorece el agarre del lodo o la cal con que se unía en las viejas casas. Los muros construidos con ella son térmicos, pues permiten conservar la temperatura interior de los cuartos sin grandes variaciones, así en el frío como en el calor. Pero, además, la piedra blanca tiene una particular belleza, lo mismo acabada de labrar, cuando se muestra en toda su blancura, como cuando tras años de exposición a la intemperie va tomando al oxidarse un agradable tono dorado.

¿Desventajas? Bueno, una es que es que su suavidad la hace poco apta para usarla en suelos, especialmente si es mucho el tránsito. La lluvia la hace además resbaladiza, especialmente para los automóviles. Cuando la humedad es permanente, como en un desagüe mal atendido, la piedra blanca ennegrece con facilidad y hasta se vuelve verde por el crecimiento de musgo. Otro problema es que resulta mucho más quebradiza que la cantera. También que por su suavidad es poco apta para dejarla a la vista en el interior de las habitaciones, pues con cualquier frotamiento desprenderá arenillas. La última, que por su porosidad permite con alguna facilidad el ascenso capilar de la humedad, por lo que en terrenos húmedos se solia construir un cimiento alto de "piedra maciza" antes de elevar los muros de piedra blanca.

Las grandes y antiguas bardas de piedra blanca que todavía existen en el pueblo de Aculco, especialmente en sus extremos norte y oriente, deberían considerarse patrimonio histórico y arquitectónico, y exigirse su conservación en cualquier proyecto de construcción o remodelación. No sólo las que muestran la piedra a la vista, sino también donde se encuentra cubierta de aplanados. Para mí resulta increíble que, muy recientemente, los dueños de algunos terrenos que tenían por único adorno el lujo de una barda así hayan preferido derruirla en lugar de aprovecharla para vincular una nueva construcción con sus raíces aculqueñas.

Como simple dato curioso, la piedra blanca de Aculco es muy similar a la piedra que se conoce como sillar de Arequipa, que se extrae en la ciudad peruana de ese nombre. Arequipa es llamada también la "ciudad blanca" pues la gran mayoría de sus edificios históricos están construidos con esa piedra clara. Haz una búsqueda en Google y te encontrás con imágenes de la Arequipa colonial que sin duda te recordarán algunos sitios de Aculco debido a la semejanza de materiales.

miércoles, 7 de junio de 2023

Una esclava rescatada por amor

El matrimonio criollo formado por Rita Ávarez Godoy y Juan González Rubio, junto con sus cuatro hijos, habitaba a mediados del siglo XVIII en la ranchería de Ruano, entonces parte de la jurisdicción de Aculco y hoy del municipio de Polotitlán. Infortunadamente, la mujer falleció en abril de 1759 y fue sepultada el día 25 de ese mes. Con tal motivo, el viudo acudió con el cura interino de Aculco, don Nicolás María de Arroyo, para cubrir los derechos parroquiales. En aquella reunión, sin embargo, el cura le comentó que su mujer había dejado "esclavos para su funeral", es decir, cautivos que debían venderse para cubrir los gastos de su sepelio.

No es claro dónde consignó doña Rita esta disposición acerca de sus esclavos. Tal vez estaba escrita en un testamento depositado en el archivo del templo (como se hacía frecuentemente en aquella época), o quizá simplemente lo había señalado de manera verbal al sacerdote. El caso es que González admitió que aquello era cierto, pero que la difunta, hallándose ya "en artículo de muerte", había ordenado que se dejara libres a esos esclavos. El padre Arroyo aconsejó entonces a González que se dirigiera al teniente de Justicia de Jilotepec para que éste les diera a aquellos pobres siervos -una mujer y sus dos hijos- su correspondiente carta de liberación.

González siguió el consejo y compareció ante el teniente, don Antonio de la Colina. Inesperadamante, éste desechó la liberación y le ordenó conducir a los esclavos a su presencia para sacarlos a pública subasta. El viudo no tenía evidentemente recursos para participar en aquel remate y, viéndose así "tan oprimido de la justicia", recurrió a un par de amigos más solventes, don Manuel Sánchez y don José Quintanar, para que compraran a su nombre a la madre y a un hijo, respectivamente, y le permitieran recuperarlos al saldar su deuda con ellos.

Sánchez, en efecto, obtuvo a la esclava en remate, pero no a nombre de González como éste quería sino al suyo propio. Por su parte, Quintanar también obtuvo a un hijo esclavo e incluso recibió del viudo 50 pesos que cubrían "su ínfimo precio", pero en una situación poco clara, mientras González sufría las fiebres de un tabardillo (tifus), sus familiares le entregaron el recibo de aquel monto a don Manuel Sánchez. De tal manera el teniente de Justicia escrituró los esclavos a don Manuel Sánchez por un monto total de 150 pesos. El intento de González de conservar a los esclavos para liberarlos parecía haber fracasado.

Pero don Juan no podía darse por vencido, por razones que veremos enseguida. Regresó con el cura de Aculco y le descubrió la raíz de su empeño en liberar a aquella mujer y a sus hijos: "haciéndole patente mi desdicha en la cual había caído como hombre en fragilidad", es decir, confesándole que mantenía relaciones con la mujer, le manifestó que deseaba su libertad para casarse con ella. Al arrebatársela, sospechaba el viudo, don Manuel Sánchez intentaba impedir ese matrimonio, ya que era su tío y seguramente no veía con buenos ojos una unión tan dispar.

El cura decidió dar cuenta de todo esto al teniente de Justicia de Jilotepec. Éste, comprensivo aunque severo, ordenó que la mujer y sus dos hijos le fueran entregados enseguida a Juan González, pero también que se le multara con 200 pesos. Esta cantidad no incluía el monto que Manuel Sánchez había pagado por ellos, de modo que se emitiría una nueva escritura, en que mediante fianza de don Diego González -hermano de Juan- le reconocería a Sánchez un adeudo por 150 pesos por los menores, mientras que a mujer se le daría carta de libertad.

Pero don Manuel no estaba conforme con aquello y se negó a comparecer para elaborar la nueva escritura. Es más, a causa de otro proceso judicial se vio en la circunstancia de huir de Aculco y se llevó los documentos, por lo que don Juan pidió al cura Arroyo que lo ayudara ante las autoridades civiles para, de no hallarse la escritura que daba propiedad de los esclavos a Sánchez, se elaborara "una detestación en forma para que en ningún tiempo [aquellas escrituras] valgan fe".

La situación, sin embargo, no obstaculizó que se celebrara el matrimonio de don Juan y la esclava, que por cierto era mulata y se llamaba Paula de Álvarez (su apellido, que coincide con el de la primera mujer de González, seguramente derivaba de él; además, curiosamente, el matrimonio de Juan y Rita había llamado María Paula a su última hija, nacida el 2 de marzo de 1755). Tras levantarse la información matrimonial en que declararon que deseaban casarse "de su libre y espontánea voluntad" y correr las amonestaciones, su boda se celebró en la parroquia de Aculco el 3 de febrero de 1761 ante el cura don Nicolás María de Arroyo, con Manuel Martínez y María Martínez como testigos y padrinos. Así, aquella pobre mujer cambió de estado y condición, para unirse legalmente a una familia que, sin ser necesariamente rica, pertenecía a los estratos sociales más altos de la región.

 

NOTAS

(1) Esta historia tiene como única fuente los libros sacramentales de la parroquia de san Jerónimo Aculco. El documento principal es una "Relación de todo lo que pasó en el discurso de este negocio, desde su origen hasta el fin", manuscrito anónimo y sin fechar que proporcionó sin embargo datos suficientes para hallar los registros que muestran el segundo apellido de Juan González, el entierro de su primera esposa y su posterior matrimonio con la ex esclava. Las referencias de estos documentos son las siguientes:

"Relación de todo lo que pasó": "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:9396-1Q96-1F?cc=1837908&wc=MGXY-MNL%3A164300601%2C164305102%2C165841601 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Información matrimonial 1688, 1719, 1768-1770 > image 89 of 417; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

Registro de entierro de Rita Álvarez Godoy: "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:939X-QK7R-5?cc=1837908&wc=MGNZ-PT5%3A164300601%2C164305102%2C165570901 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Defunciones 1679-1762 > image 549 of 1145; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

Información matrimonial de Paula de Álvarez, mulata esclava, y Juan González, español: "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:9396-1QSC-8Y?cc=1837908&wc=MGX1-3TG%3A164300601%2C164305102%2C165945503 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Información matrimonial 1759-1782 > image 129 of 591; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

Registro de matrimonio de Paula de Álvarez y Juan González: "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:939X-DB93-XQ?cc=1837908&wc=MGVW-16D%3A164300601%2C164305102%2C168343603 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Matrimonios 1719-1789 > image 597 of 609; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

Registro de bautizo de María Paula, hija de Juan González Rubio y Rita Álvarez, 2 de marzo de 1755: "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:939X-DBQ7-Y?cc=1837908&wc=MGVW-6TG%3A164300601%2C164305102%2C164409701 : 8 December 2021), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Bautismos de hijos legítimos 1744-1763 > image 143 of 435; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico). Otra hija, María, nació el 4 de febrero de 1754: "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:939X-DBQW-1?cc=1837908&wc=MGVW-6TG%3A164300601%2C164305102%2C164409701 : 8 December 2021), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Bautismos de hijos legítimos 1744-1763 > image 124 of 435; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico). Una más, María de la Concepción, nació el 15 de diciembre de 1748: "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:939X-DBQK-F?cc=1837908&wc=MGVW-6TG%3A164300601%2C164305102%2C164409701 : 8 December 2021), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Bautismos de hijos legítimos 1744-1763 > image 44 of 435; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

lunes, 5 de junio de 2023

El general Antonio López de Santa Anna en Arroyozarco

Ya alguna vez he comentado aquí que resulta un tanto elemental señalar que este o aquel personaje de la historia mexicana pasó por Arroyozarco. Esto porque la hacienda era sitio de tránsito obligado para quien viajaba desde la Ciudad de México hacia el Bajío y el norte del país, y las más de las veces el pasar por ahí no tenía nada de extraordinario. Esto no disminuye, hay que subrayarlo, la importancia de Arroyozarco como punto de encuentro de todos esos viajes, pues fue un lugar por el que pasó "todo México" desde el Virreinato hasta finales del siglo XIX.

Hubo viajes, claro, dignos de ser reseñados, como las tres veces que Maximiliano pasó por la hacienda. O el paso de Guillermo Prieto por estos parajes, de los que escribió magníficas descripciones costumbristas. Hoy les voy a hablar de una visita a Arroyozarco que dejó ciertamente menos huella, pero es igualmente interesante: la del general Antonio López de Santa Anna en 1844.

Santa Anna, uno de los personajes más importantes de nuestra historia y también de los más aborrecidos, nació en Xalapa en 1794. Formó parte del ejército virreinal y en 1821 se adhirió al Ejército Trigarante de Agustín de Iturbide para proclamar la independencia. En 1823 se rebeló contra Iturbide y lanzó en su contra el Plan de Casa Mata. En 1829 aplastó el intento de reconquista española en Tampico. Y en 1833 se convirtió por vez primera en presidente de la República. Pero Santa Anna era más un hombre en busca de gloria que de poder; prefería retirarse a su hacienda Manga de Clavo en lugar de ejercer la Presidencia, dejando el poder en manos de su vicepresidente, y de ahí solamente lo sacaban las ocasiones en las que podía aspirar a un mayor renombre. En 1836 creyó que la Guerra de Texas le permitiría cubrirse de honores, pero fue derrotado y hecho prisionero. En 1838 la suerte le permitió recuperar el honor, cuando resistió la primera intervención francesa en Veracruz y perdió una pierna en ese trance. Gracias a ello volvió al poder en 1839, 1841 y 1844. Ya sabemos que en 1847 participó en la guerra contra Estados Unidos y aunque peleó con valentía fue nuevamente derrotado, lo que costó a México más de la mitad de su territorio. Santa Anna salió al exilio y regresó a México hasta 1853, para coupar nuevamente la Presidencia. Esta vez su gobierno fue degenerando hacia la dictadura (fue cuando se autonombró "Alteza Serenísima") y terminó con el triunfo de la Revolución liberal de Ayutla en 1855. Salió nuevamente al exilio y se le permitió regresar a México en 1874. Murió pobre y enfermo en 1876.

Santa Anna estuvo en Arroyozarco varias veces, pero muy poco sabemos de esos momentos más allá de algunas fechas. Estuvo, por ejemplo, en 1833, en su campaña contra los generales Arista y Durán (1). Hacia abril o mayo de 1835 también habría pasado por ahí, rumbo a Zacatecas. Lo mismo en diciembre del mismo año, para ponerse al frente del ejército que combatió a los rebeldes texanos. Pero de su estancia en la hacienda entre el 2 y 3 de diciembre de 1844 sí se conservó algo más, una carta firmada en el lugar, dirigida al general guanajuatense Pedro Cortázar y Rábago. Veamos ese texto:

Exmo. Sr. D. Pedro Cortázar.— Arroyozarco, diciembre 2-3 de 1844.— Reservada.— Mi estimado amigo— Como la carta de V. que contesté desde San Juan del Rio cayó en manos de mi secretario, fué preciso que ella contestara en los términos que V. habrá visto; pues ya V. sabe que ciertos secretos no pueden fiarse á todos en momentos que hay su exaltación entre estos militares. Contesto, pues, á aquella agradeciendo á V. mucho sus amistosos consejos, hijos sin duda del afecto que siempre le he merecido, y queriendo darle una prueba de mi singular aprecio, acepto en todas sus partes la mediación en su persona para transigir la cuestión que hoy agita á la república. He dicho á V. que estoy muy ageno de querer desempeñar la presidecia que se me confirió por el voto legal de los pueblos, y si aun me presento reclamando mis prerogativas, mas bien lo hago por dignidad ó delicadeza, que por deseos de continuar con aquella investidura. Estoy, pues, dispuesto á renunciar los derechos que la ley me da como presidente de la república, y expatriarme luego, sin mas condición, que V, sea, como me ha ofrecido, quien se constituya responsable de ponerme sin vejámenes en el puerto donde me convenga embarcarme, acompañado de mi familia é intereses que pueda reunir. Supuesto lo dicho, he de merecer á V. se ponga en camino luego luego, pero sin comunicar á nadie el objeto que á V. lo trae por aquí; pues ya he manifestado que hay en el ejército su exaltación, y podia esta negociación entorpecerse. Quedo en su espera y entre tanto me repito suyo, amigo afectísimo, Q. B. S.M.—Antonio López de Santa-Anna. (2)

Como ya habrán podido deducir por esta carta, Santa Anna era entonces presidente de la República, pero había surgido una rebelión militar en Guadalajara que le disputaba el cargo. El historiador Luis Jáuregui hace un excelente resumen de las circunstancias en que ocurría esto:

En su ambición de ser dictador, el general veracruzano se enemistó con todos los grupos sociales. Se confeccionó una Constitución, la de las Bases Orgánicas de 1843, y él mismo la desobedeció a pesar de que, contrario a lo que él creía, tenía al Congreso de su lado.

Se enemistó con los extranjeros cuando les prohibió la venta al menudeo de sus productos y vendió, a precio reducido y a sus financieros favoritos, inmuebles que pertenecían a la Iglesia. También prohibió al clero la venta de propiedades sin permiso del gobierno. Modificó los términos de la deuda contraída con algunos prestamistas para favorecer a otros. Para arreglar la situación en Yucatán, otorgó exenciones fiscales tan excesivas que fueron interpretadas como una humillación del gobierno nacional. Manipuló el proceso electoral de agosto y septiembre de 1844 para la designación del nuevo Congreso.

Se cobraron múltiples impuestos, se solicitaron préstamos y se adoptaron medidas caprichosas y sin concierto mientras que a los empleados del gobierno no se les pagaron sus salarios y a los militares de bajo rango se les redujo su ración diaria. Ciudad de México, con su flamante estatua del veracruzano y un nuevo teatro acional, continuó siendo un lugar sucio y peligroso para vivir. Además, Santa Anna desafió las convenciones sociales de la élite que lo había colocado en el poder cuando, apenas a seis semanas de haber enviudado, se casó con la quinceañera Dolores Tosta.

Santa Anna también se enemistó con militares de alto rango en la República. Por una cuestión trivial, a inicios de 1843 se distanció del general Gabriel Valencia, quien lo había ayudado a deponer a Anastasio Bustamante en 1841. Por causas desconocidas, en abril de 1844 destituyó del Ministerio de Guerra a su mano derecha, el también veracruzano José María Tornel, el más fiel informante de Santa Anna de lo que ocurría en Ciudad de México durante sus ausencias. Más grave aún fue el agravio que años antes había hecho a Paredes y Arrillaga cuando, debido a una indiscreción de borrachera, le quitó sus poderes militares y políticos en Ciudad de México.

Fue Paredes y Arrillaga el general que se pronunció en Guadalajara en contra del régimen santannista. El 2 de noviembre de 1844 reclamaba la violación de la Constitución, el despilfarro y el desarreglo de la hacienda y el ejército. Santa Anna marchó en contra de los pronunciados sin percatarse de que ya no era popular en Ciudad de México. El 6 de diciembre, después del pronunciamiento militar en la capital republicana, el pueblo salió a las calles, tiró la estatua del general veracruzano y desenterró la pierna para arrastrarla por las calles gritando “¡Muera el cojo! ¡Viva el Congreso!”. (3)

Santa Anna, pues, se hallaba en Arroyozarco el 2 de diciembre de regreso de Silao, pues antes de enfilar hacia Guadalajara a sofocar la rebelión de Paredes y Arrillaga se enteró de que Valentín Canalizo, a quien había dejado como interino en la Ciudad de México, había suspendido el Congreso y comenzaban a estallar revueltas populares. El 6 de diciembre, el Congreso nombró un nuevo presidente, el general Herrera. El 14 de diciembre, el general Pedro Cortázar, a quien Santa Anna había enviado la carta desde Arroyozarco, se rebeló y lanzó su propio plan, que en su artículo segundo establecía "cesará en el poder ejecutivo el Excmo. Sr. D. Antonio López de Santa Anna, hasta que no responda de todos sus actos públicos, y deje satisfecha a la nación de su manejo durante la época de su administración provisional" (4). Al cabo de de unas semanas, las rebeliones triunfaron y Santa Anna fue capturado, aunque al final se le amnistió en 1845. Partió al destierro en Cuba, de donde regresó para combatir la invasión de Estados Unidos a México.

 

NOTAS

(1) "Luego que Arista y Durán avanzaron hacia Querétaro, salimos de Arroyo Zarco para San Juan del Río. Aquellos siguieron su camino para Guanajuato y nosotros entramos a Querétaro, cuya población estaba ya muy consternada, porque se esperaba ya la invasión del cólera morbo que en México estaba ya haciendo estragos horrorosos", escribió un médico del Ejército, Francisco J. Estrada. Estrada, Francisco J. 1992. "Guerra y cólera: la campaña de Santa Anna". Ciencias núm. 25, enero-marzo, pp. 41-45. [En línea].

(2) Causa criminal instruida al Exmo. Sr. presidente constitucional general de división don Antonio López de Santa Anna. México, Imprenta de Lara, 1846, p. 60.

(3) Jáuregui, Luis. "Santa Anna y los impuestos", Relatos e historias de México, no. 147, enero de 2021.

(4) Plan del general Pedro Cortázar, 14 de diciembre de 1844.