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viernes, 27 de octubre de 2023

El capitán francés Jacques Sengel, comandante superior de Arroyozarco (1864-1865)

Entre los episodios más recordados de la historia del municipio de Aculco -pero a la vez de los menos conocidos con profundidad- está el de la presencia de una guarnición francesa en la hacienda de Arroyozarco durante los años del Segundo Imperio, de 1864 a 1867. En fragmentos he podido recuperar ciertos datos, narraciones y anécdotas (algunos los pueden encontrar en este mismo blog), pero en realidad no son más que informaciones aisladas e inconexas, que espero algún día servirán para escribir de manera más estructurada y completa esa historia. Por ahora sólo quiero sumar un fragmento más con los datos biográficos de quien fuera el comandante superior de las fuerzas francesas en Arroyozarco en durante unos meses entre 1864 y 1865: el entonces capitán de infantería Jacques Sengel (1822-1897).

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Jacques Sengel, hijo de Rosine Hahn y Jacques Sengel, nació el 2 de marzo de 1822 en el pequeño pueblo de Brumath, cerca de la ciudad de Estrasburgo, en la región de Alsacia: una zona que constantemente ha sido disputada por Francia y Alemania, y que en diversos momentos ha estado bajo la soberanía de uno u otro paíso. En aquel momento, Alsacia era francesa. A los 21 años, Jacques se alistó voluntariamente como soldado en el 7o. regimiento de línea. Alcanzó el grado de subteniente el 30 de noviembre de 1851. Marchó después a la Guerra de Crimea (1853-1856), donde se enfrentaron Francia y sus aliados contra Rusia. Durante este conflicto recibió el grado de teniente, el 24 de marzo de 1855. Cuatro años después, el 5 de mayo de 1859, fue ascendido a capitán. A mediados de 1862 -en vísperas del inicio de la intervención francesa en México- se le contabilizaban 19 años de servicio efectivo y cinco campañas. Napoleón III lo nombró entonces caballero de la Orden de la Legión de Honor por el Decreto Imperial número 13,870.

Sengel, con el 7o. regimiento de línea al que pertenecía, regresaba apenas de la Expedición a Roma cuando recibió a principios de 1863 la orden de embarcarse en el puerto de Cherburgo rumbo a México. Meses antes, el 5 de mayo de 1862, el ejército francés había sufrido una vergonzosa derrota en Puebla, por lo que el emperador había decidido reforzar sus tropas en nuestro país con más hombres. El regimiento de Sengel arribó al puerto de Veracruz en abril de 1863 en el buque Tilsitt, que durante el viaje había hecho escalas en Madeira y Martinica. Tras la caída de Puebla en mayo y hasta mediados del año siguiente, el 7o regimiento se mantuvo en las inmediaciones del camino entre Veracruz y México, escoltando los convoyes franceses y persiguiendo al enemigo cuando se aproximaba. En estas tareas, Sengel -al mando de la primera compañía del primer batallón del regimiento- fue enviado a Paso de Ovejas en abril de 1864 para dispersar la banda de Zeferino Daquin, a quien derrotó el día 25, hiriendo o matando a 15 de sus hombres. Al mes siguiente, el 1er. batallón se estableció en la Ciudad de México y la compañía de Sengel se acuarteló en el viejo convento de Santiago Tlatelolco. Fue hasta junio cuando esta misma compañía llegó más al norte, para proteger hasta Tepeji del Río un convoy que llevaba víveres de la Ciudad de México a Querétaro.

Cuando se ordenó el regreso a Francia del 20o batallón de cazadores, el 1er batallón del 7o regimiento avanzó desde la Ciudad de México hacia Querétaro para ocupar los puestos de los que aquél se había encargado. Así, el 1o de septiembre de 1864 llegaron a Arroyozarco, donde se estableció la 1a. compañía bajo el mando de Sengel para proteger el Camino de Tierra Adentro. Su actuación en este lugar siguió el patrón habitual de esta campaña: cuando se tenía noticia del avistamiento de alguna guerrilla republicana, salía en su busca y trataba de sorprenderla, para regresar después a su puesto. Asi sucedió, por ejemplo, el 22 de septiembre, cuando el comandante superior de Querétaro ordenó a Sengel que avanzara en marchas forzadas hacia Solís con 54 hombres, dejando un oficial y el resto de su compañía en Arroyozarco. No halló a los guerrilleros que amenazaban aquella hacienda. Más fructífero fue, sin embargo, su avance contra las guerrillas de Juan Valencia y León Ugalde a finales de diciembre:

El final del mes de diciembre [de 1864] es señalado por los varios empeños de nuestros destacamentos contra las bandas enemigas. Alrededor del 20 de diciembre, partidas pertenecientes a las bandas de Valencia y Ugalde salen de Zitácuaro y cruzan el Lerma entre San Felipe del Obraje y Atlacomulco; El 23 saquean Acambay y se llevan algunos habitantes. El capitán Sengel deja una treintena de hombres en Arroyo Zarco para mantener esta posición y sale el día 23 con el resto de la 1a. compañía del 2o. batallón. Al llegar a Aculco se entera de que el enemigo se ha dirigido hacia El Agostadero; desde la hacienda de Ñadó marcha sobre San Francisco [Shaxní] donde se le informó que está el enemigo, y sorprende a la banda a punto de partir, la persigue, le mata un hombre, hiere a varios y se lleva armas y caballos. El día 25 cruza el Lerma, llega a Solis, luego regresa a Acambay y retorna al día siguiente a Arroyo Zarco. Se le felicita con una carta del mariscal [Bazaine] de fecha 10 de enero de 1865.

El guerrillero Catarino Fragoso -prácticamente un bandido- peleaba entonces en el bando imperial, después de haber recibido una amnistía, y se encargaba de la vigilancia del camino de México a Querétaro. Sin embargo, a finales de enero decidió pasarse de nuevo al bando republicano. Sengel intentó sorprenderlo con parte de sus hombres la noche del 23 al 24 de febrero en La Soledad (nombre que todavía entonces recibía Polotitlán), aunque sin éxito. Luego partió el día 25 en busca de los rebeldes hacia Tepeji del Río, regresó el 26 hacia San Francisco Soyaniquilpan y el 27 retornó a Querétaro, sin hallar tampoco a los rebeldes. Con todo, estos movimientos obligaron a Fragoso -que se había unido ya a Valencia y Ugalde- a huir en dirección a Nopala, siendo sorprendido en la hacienda de Cuaxithí por una partida francesa de la compañía franca del 7o regimiento y sus fuerzas fueron dispersadas. Fragoso reapareció pronto sobre el Camino de Tierra Adentro y Sengel partió nuevamente en su busca el 1 de marzo con 55 hombres y 14 exploradores locales. Pasó por San Miguel de la Victoria y Chapantongo, y en el rancho del Durazno descubrió a las tropas del guerrillero, al que persiguió entre San Sebastián y San Bartolomé, causándole muertos y heridos hasta desbandarlo.

El 7o regimiento completo recibió semanas más tarde la orden de movilizarse hacia el norte del país. Sengel abandonó Arroyozarco el 29 de marzo y el 13 de mayo siguiente todo el regimiento se hallaba ya en Durango. A partir de ese momento se pierde el nombre de Sengel en la campaña mexicana, a pesar de que permaneció en aquellas tierras del norte por más de un año.

En enero de 1866, el emperador Napoleón III había decidido ya retirar sus tropas del territorio mexicano, lo que se haría de manera escalonada. Así, en el otoño de ese año los efectivos del 7o regimiento francés comenzaron a abandonar las ciudades que ocupaban -como Durango, Zacatecas y San Luis Potosí- para concentrarse en la Ciudad de México. El 15 de enero de 1867 todo el regimiento estaba ya reunido en la capital del país. El 7o sería uno de los últimos cuerpos militares en abandonar la ciudad rumbo al puerto de Veracruz escoltando al mariscal Bazaine. El 9 de marzo, Sengel se embarcó con sus hombres en el buque Souverain, donde también viajó el mariscal. Después de hacer una escala en La Habana entre 22 y el 26 de marzo, y otras más en Fayal y Gibraltar, el 7o. regimiento de línea llegó finalmente a Tolón, Francia, el 2 de mayo.

Terminaba la aventura mexicana de Sengel. Pero, tras su matrimonio algo tardío con la joven Caroline Goetz (1847-1910), el 11 de febrero de 1869, comenzó para él y su país una nueva y terrible etapa: la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871). En ella, el capitán pasó al 20o regimiento de línea y con éste peleó en la Batalla de Sedán del 1 de septiembre de 1870, donde se consumó la derrota francesa. El valor con el que se comportó en este confliccto justificó sin embargo su ascenso a Jefe de Batallón el 6 de enero el año siguiente y en 1878 se le promovió a oficial de la Legión de Honor. Ya en tiempos más pacíficos para Francia, Sengel fue nombrado teniente coronel del 46o regimiento estacionado en Reims el 30 de marzo de 1880. En ese cuerpo terminó su carrera militar, aunque desconozco la fecha exacta de su baja. Lo cierto es que en 1886 se hallaba ya retirado viviendo en su Brumath natal que, tristemente para él, había pasado a dominio alemán en 1871. Fue entonces cuando su paisano, el pintor Gustave Stoskopf, dibujó su retrato, que el hijo del artista reseñó así: "representa el tipo perfecto del oficial del Segundo Imperio. Jacques Sengel, terminada su carrera militar, se retira a Brumath, orgulloso de ostentar en una Alsacia ahora alemana su roseta de oficial de la Legión de Honor".

El comandante Jacqaues Sengel murió en enero de 1897 después de una larga enfermedad y se le sepultó en su pueblo natal. El periódico alsaciano Messin describió su sepelio de esta manera:

Un largo e imponente cortejo acompañó a su última morada al comandante Sengel (antiguo teniente coronel de la armada territorial francesa), de quien anunciamos su muerte en el número del domingo. Como la comuna de Brumath carece de guarnición, el cuerpo de bomberos, que consta de unos 80 hombres, rindió los últimos honores al difunto. El ataúd, cubierto de flores y de coronas, y sobre el que habían colocado el uniforme de monsieur Sengel, avanzó precedido por el alcalde y los adjuntos, así como por todo el consejo municipal. El veterano de los viejos soldados franceses avecindados en Brumath portaba en un cojín de terciopelo negro las condecoraciones del difunto.

La tumba de Sengel se conserva el cementerio de Brumath. Sobre ella, en agosto de 1897, el capitán en retiro M. Pfender mandó colocar una placa de mármol blanco con la inscripción: "A su coronel, recuerdo del 46o. territorial" (según otra versión, la placa dice "Al valiente comandante Sengel. Antiguo teniente-coronel del 46o regimiento territorial").

 

FUENTES:

Quise evitar al lector la molestia de leer entre muchas llamadas a las fuentes de este texto, pero sí quiero anotar que la información procede de los libros y documentos que aparecen en la siguiente lista:

- Annuaire militaire de l'Empire Francais pour l'année 1853, Veuve Berger-Levrault el fils, París-Estrasburgo, 1853.

- Annuaire militaire de l'Empire Francais pour l'année 1863, Veuve Berger-Levrault el fils, Paris-Estrasburgo, 1863.

- Annuaire militaire de l'Empire Francais pour l'année 1881, Veuve Berger-Levrault el fils, París-Estrasburgo, 1881.

- Annuaire militaire de l'Empire Francais pour l'année 1885, Veuve Berger-Levrault el fils, París-Estrasburgo, 1885.

- Bulletin des lois, partie suplementaire, no. 1875, París, 1862.

"France, Bas-Rhin, Parish and Civil Registration, 1525-1912", , FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/1:1:6XFG-GJZD : 29 March 2022), Jacques Sengel, 1869.).

- Nicholas Stoskopf y Charles Gustave Stoskopf. Gustave Stoskopf: la peintre (1869-1944), Ediciones Alsatia, Colmar, 1976.

- Grande Chancellerie de la légion-d'honneur: Livre d'or contenant la liste générale des personnes qui ont souscrit pour la reconstruction du palais de la Légion d'honneur, incendié le 23 mai 1871, Imprimerie Nationale, Paris, 1871.

- La guerre au Mexique: journal de marche du 7e régiment d'infanterie (1863-1867), París, 1906.

- Le Messin: organe des intérêts lorrains, Metz, 27 y 30 de abril, y 8 de agosto de 1897.

- Sam W. Fuller. Real e Imperial Fábrica la Honradez, La Habana, 1867.

jueves, 15 de diciembre de 2022

Los zuavos de Arroyozarco y sus mulas

Como "zuavos" se conoció a ciertos regimientos de infantería francesa creados en el siglo XIX en Argelia. En su origen estaban formados por bereberes argelinos, pero con el tiempo se fueron conformando casi totalmente con franceses asentados en aquel país. Los caracterizaba su vistoso uniforme que reflejaba su origen norafricano: anchos pantalones rojos, chaqueta corta azul, polainas blancas y gorro "fez", que a veces cambiaban por un turbante. Muchos zuavos solían dejarse largas barbas y atusados bigotes o fumaban pipas para enfatizar esa imagen exótica y extravagante.

Los zuavos se hicieron especialmente famosos con las aventuras imperiales de Napoleón III, pues se les envió lo mismo a Crimea que a Italia o a México. En nuestro país, seguramente muchos de ustedes los habrán visto representados en pinturas, ilustraciones, caricaturas o películas sobre la Batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862, pues combatieron en ese encuentro que significó la victoria mexicana sobre el ejército francés. Era tal la extrañeza que causaba entonces su uniforme entre los mexicanos, que el propio Porfirio Díaz, quien tuvo un papel destacado en dicha batalla, recogió del campo algunas prendas de zuavos muertos para mandarlas a su hermana en Oaxaca como una curiosidad.

En Arroyozarco hubo zuavos en diversos momentos de la intervención francesa, entre 1864 y 1867, pero es poco lo que sabemos de su estancia en el lugar, menos aún de su vida cotidiana.* Por ello resulta valioso el texto que hoy quiero compartirles, el cual apareció en Francia en el periódico Le Derby del 17 de julio de 1866. Su autor, el teniente Paul Laurent, explica las razones por las que era importante establecer un destacamento de zuavos en en Arroyozarco durante esos años y cómo, a pesar de tratarse de soldados de infantería, se les dotó de mulas para facilitar su desplazamiento por los alrededores. Al final, dejando de lado lo noticioso o informativo, Laurent dedica unos párrafos a describirnos la extraña imagen de aquellos hombres torpemente montados, pero divertidos, cabalgando por los caminos de la zona.

Espero que todos, y muy especialmente mis amigos arroyozarqueños, disfruten mucho este artículo.

 

La compañía libre en mulas

(Le Derby, journal universel des courses et du sport, 17 de julio de 1866, p. 3)

Arroyozarco es una llave de caminos. Desde los cuatro rincones de México se pasa por ahí para llegar a la capital y a Veracruz. Este lugar ha sido también teatro de muchos ataques contra los viajeros. Se comprende por ello la necesidad de ocuparlo con una fuerza bastanta móvil, capaz de moverse a veinte leguas a la redonda con rapidez. ¿Pero cómo lograrlo?

No se podía pensar en caballería, no teníamos suficiente para las necesidades del gran guerra. Por otra parte, jamás podría esperarse que la infantería alcanzara a las guerrillas que se mantienen siempre a distancia de sus bayonetas.

El general Bazaine, habiendo hallado pronto el expediente, creó la compañía libre en mulas.

Acabo de pasar por Arroyozarco. Con mis propios ojos vi a los zuavos y sus mulas. Enseguida pensé en el regimiento de dromedarios que Napoléon organizó en Egipto. Es la misma idea la que ha presidido esta formación.

Hacía falta encontrar una manera de trasladar rápidamente una tropa de infantería, con el fin de que llegara lo bastante fresca y reposada para poder lanzarse al pie de la montaña y usar su fusil.

Ahora, cuando el destacamento de Arroyozarco es alertado por los habitantes de los contornos -que tienen todo el interés- cuando han visto rondar un grupo de jinetes que, emboscados en algún cruce de caminos, esperan la ocasión de una rica captura, suena la corneta como en un escuadrón de caballería; los zuavos suben a sus pequeñas y ágiles mulas, y marchan a la ambladura en un convoy a ocho kilómetros por hora con el saco a la espalda y el fusil en bandolera, para caer sobre los que se creían a salvo a una jornada de distancia de la infantería ordinaria.

A dos kilómetros del punto en que la presencia del enemigo ha sido indicada, ponen pie a tierra, una sección guarda las mulas y los equipajes, mientras los restantes avanzan a paso ligero para despertar a golpes de bayoneta al enemigo dormido.

Nuestros buenos zous-zous se divierten como colegiales con este nuevo género de cabalgata y gustan mucho de esta manera de acercarse a la batalla. Los parisienses del grupo dicen que les recuerda a los asnos de Mémorency.**

Se disputa quién formará parte de esta infantería a cuatro patas, como se le llama, y los lugares de la compañía en mulas están siempre llenos, aunque las balas del enemigo abren numerosas vacantes. Se inscriben por adelantado y los zuavos que tienen cierto conocimiento literario lo llaman "postularse para un asiento en la Academia", aludiendo a la silla en el lomo de las mulas.

Cada uno cuida a su mula con el clásico amor del caballero por su montura, le da algún apodo cariñoso y la cubre de pompones, verroterías, de oropel, con el gusto fantasioso que caracteriza a los señores zuavos.

Es un espectáculo muy curioso, se los juro, ver pasar sobre el polvo a esta banda de diablos felices, trotando corto sobre sus monturas de largas orejas, uno aquí a horcajadas, creyéndose un caballero serio, otro por allá sentado de lado como mujer, este otro posando las piernas colgantes sobre la grupa como un burrero árabe. Todos marchan a la batalla riendo, cantando, tratando de adivinar la parte del botín que tomarán de los vencidos.

Las mulas alerta trotan con un aire travieso, sacudiendo sus penachos y campanas. Los ruidos acerados del sable-bayoneta las emociona, agachan las orejas o las levantan cuando perciben sobre la ruta alguna cosa anormal.

Llenas de emulación, se animan entre ellas, y sus caballeros bastante novicios tienen dificultades para hacerlas guardar el orden de batalla reglamentario. Las caidas frecuentes y poco peligrosas divierten a la columna. Cuando un zuavo cae de cabeza, su mula se detiene con aire sorpendido, para ver a su amo levantarse entre los abucheos de sus camaradas, sacudiendo entre juramentos el polvo que lo cubre.

Sin embargo la columna marcha siempre a buen paso, y en el tiempo que nuestro torpe tarda en volver a subirse a su silla de montar, las otras mulas han ganado terreno.

Su montura se vuelve y se agita, apenas se ha montado el zuavo cuando parte en un galope frenético para alcanzar a los otros. Nuestro caballero improvisado se une nuevamente a la columna, agarrado a la crin, a la silla, a la cola, donde quiera que halle un punto de apoyo.

"Qué felicidad, decia uno de ellos, que la naturaleza le ha dado a estos animales un mechón más sólido que el de sus damas."

La primera mitad del recorrido no es más que un estallido de risas y una canción con mil coplas interminables, pero suena el clarín. ¡Atención! Ponen pie a tierra, ajustan todo lo que ha desacomodado el desordenado encanto de las mulas. El capitán hace una señal, los rostros de ponen serios, las pipas se apagan, las mulas son atadas unas con otras, un pequeño clic avisa que el sable bayoneta ha sido ajustado al cañón del fusil. Comienzan a andar en silencio esta vez, poco a poco el paso se acelera, el clarín toca a carga, la compañia ha tomado el paso ligero marchando en tres o cuatro columnas para dar vuelta a la posición.

Al final de un cuarto de hora la posición es levantada y la banda ha sido atacada y derrotada.

 

Paul Laurent, teniente del Primer Regimiento de Cazadores de África

 

NOTAS

* En marzo de 1864, era comandante superior de Arroyozarco el teniente Fonvieille, del 2o regimiento de zuavos: Eugène Lefebvre, Documentos oficiales recogidos en la secretaria privada de Maximiliano, vol. 1, Bruselas y Londres, 1869, p. 410.

** Parece que alude a una obrilla de teatro, "La fiesta de los asnos o un día en Montmorency" ("La partie des ânes ou un journée a Montmorency") de Gabriel de Lurieu, 1837.

miércoles, 11 de agosto de 2021

Un tránsito breve por el cerro de Ñadó en 1864

El teniente coronel Vicente Villagrán Gutiérrez y Bárcena fue un militar originario de Huichapan, nacido en 1826, que participó en la guerra contra Estados Unidos, la Guerra de Reforma y la Intervención Francesa. Con singular detalle, relató su vida a partir de su infancia en su pueblo natal hasta 1883,año en que están fechadas sus últimas anotaciones. Su manuscrito se conservó en diversas manos hasta que, por fortuna, lo publicó en 1992 el Gobierno del Estado de Hidalgo.

Buena parte de la narración de Villagrán tiene lugar precisamente en la zona limítrofe entre los estados de Hidalgo y México. Naturalmnte sus aventuras militares lo llevaron mucho más lejos, pero es notable la manera en la que identifica personajes, lugares y costumbres de esta región a la que pertenece Aculco.

Entre los pasajes que se refieren a diversos puntos de nuestro municipio, he escogido éste en el que el autor describe un recorrido desde Huichapan hasta la hacienda de San Pablo, en la vertiente noroeste del cerro de Ñadó, en 1864. Recordemos que ese año Maximiliano había llegado a México y los soldados franceses mantenían el control de casi todas las poblaciones importantes, pero no así de los poblados pequeños y el campo, donde los republicanos mantenían la resistencia contra el Imperio. Villagrán, republicano él mismo, se había separado de sus tropas y se hallaba en Huichapan, que estaba controlada por los "mochos", como llamaba a los imperialistas. Con el fin de reunirse con las tropas republicanas que se encontraban en Zitácuaro, convenció a un par de amigos y emprendió el camino simulando ser tratantes de ganado. Pasaron de Huichapan a Nopala, de ahí a Encinillas y por el Camino Real de Tierra Adentro hasta la Hacienda del Álamo. Luego, en algún sitio enfilaron hacia el cerro de Ñadó, que atravesaron para llegar a San Pablo, del lado queretano del cerro. Pero dejemos que sea el propio Villagrán quien nos hable de este camino:

Me estuve allí en la casa de doña Gregoria, esposa de don Manuel Ramírez, paisano y otro día lunes fui a la casa de doña Soledad Romero y como la señora es muy buena, allí me estuve todo el día y allí comí y tomé harto pulque. Seguí allí martes y miércoles y viendo que no parecían los compañeros, otro día jueves antes de irnos le dejé mi despacho a doña Soledad para que me guardara porque consideraba que por el camino no podía andar con él porque si me encontraban con él me colgaban. Se lo dejé en unc caja de hojalata y nos fuimos tomando el rumbo del Cerro de Ñadó, pasamos por detras de la presa del mismo Nopala a dar a la hacienda de Encinillas y ahí almorzamos enchiladas y tomamos pulque y un jarro que se llevaron lleno los compañeros para que tomaran más adelante porque es el mejor que se conoces por allá por esos rumbos de Dios. Seguimos nuestro camino a pasar por la Hacienda del Carrizal y al llegar a esa hacienda nos ha caído una fuerte lloviznita y allí nos estuvimos un rato a fin de ver si dejaba de llover, pero viendo que no cesaba y que manifestaba continuar todo el día, seguimos y nos fuimos por una hacienda que era de unos señores Basurto, que son muchos y allí estaban y temimos que ellos nos exhortaran y de allí nos volvimos para atrás, y de casualidad no nos dijeron nada y seguimos adelante hasta llegar al rancho de un señor Juan Benítez, por una casualidad estaba un hijo de dicho señor en la puerta del rancho y que había estado en la casa de Félix Anaya de aprendiz y éste me conocía perfectamente y nos dijo: "¿Qué andan ustedes haciendo por aquí? Pasen para adentro". Y como eso deseábamos, entramos y nos recibió muy bien su padre (el señor don Juan), entramos adentro de la casa, estuvimos contestando con el señor y después con otro señores que llegaron después y como estábamos puestos de acuerdo los tres compañeros que íbamos, que andábamos en busca de carneros para llevar a matar a Huichapan porque se nos estaba vendiendo bien la carne allí, preguntamos que si tenían algunas cabezas que nos vendieran; de casualidad no tenían ninguna, si no, nos comprometen a tratarlas y dar alguna cantidad en seña de trato inter seguíamos adelante a buscar más. No señor, comenzó el hijo a tocar una jaranita y luego me la pasó a que yo la tocara también, entonces quedamos muy bien porque yo estuve tocando y los demás bailaron toda la tarde y noche hasta las diez que nos dieron de cenar muy bien, con mucho pulque, estuvieron muy contentos con nosotros motivo a la conocencia del hijo conmigo pues ni maliciaron nada de nuestra partida, antes nos dijo el señor Benítez que en la hacienda de Álamos había de haber ganado, que pasáramos a ver. Nos quedamos en un cuarto los cuatro con el amigo aquel, otro día nos despedimos y nos fuimos por la orilla de una milpa y como yo no sabía por allí nos perdimos y nos volvimos para atrás hasta que encontramos un camino, nos fuimos siguiéndolo hasta que llegamos a la mencionada Hacienda de Álamos, todos llenos de lodo porque había llovido mucho en la noche y amaneció lloviznando. Llegamos a la hacienda y vimos un gato colgado de un palo y más adelante un perro lo mismo que el primero y luego nos dio mala idea, pero sin embargo entramos a una tienda que era la única que habñia allí y vamos encontrando a un gachupín que era el dueño o encargado de allí; compramos leche y pan y nos desayunamos muy bien y le dijimos el objeto de nuestra llegada allí y nos dijo que él no tenía carneros pero un amigo suyo tenía un chivato y que el domingo que fuera a la santa misa a Aculco que vería al dueño para ver cuánto quería por el chivo y que el lunes volviéramos por la razón; convenimos en que lo haríamos y que inter si llegaba el lunes (porque aquel día era viernes), nos íbamos para adelante a buscar más.

Nos fuimos y nos perdimos otra vez hasta encontrar con un señor que tenía carneros, nos dio el derrotero y seguimos el camino que nos convenía, entramos al monte del cerro de Ñadó y comenzó un fuerte aguacero muy grande y lo único que hicimos fue hacer capote nuestras cobijas, alzarnos el pantalón y seguir adelante con la fuerza del aguacero encima; cayendo y levantando llegamos cosa de las tres de la tarde al rancho de San Pablo hechos unas sopas, allí pedimos licencia de quedarnos y de casualidad se nos dio el permiso y luego comenzamos a decir que andábamos buscando carneros que vendieran, los que tuvieran, y nos dijo el señor de la casa que sí tenía unas, que contáramos con ellas, viendo que tomaron el falso dijimos que nos las guardaran que íbamos al Ahijadero a buscar más y que de vuelta trataríamos con aquellas. Cenamos muy bien, nos acostamos en un cuartito sobre la paja, y todos mojados, aun cuando tendimos la ropa en la noche, fue lo mismo, amaneció mojada. Otro día sábado nos levantamos, nos desayunamos atole blanco y la agua en corriente; a poco rato llegó un señor de allí con un venado muy grande que había matado en el cerro y como está muy inmediato el rancho al cerro, cada rato suben a matar animales.

La narración de Villagrán prosigue naturalmente hasta su encuentro con sus camaradas republicanos ya en tierras michoacanas, pero aquí debo cortar para mantenernos en nuestros rumbos. Quizá otro día comente algunos episodios más de su vida, que se refieren a su paso por Arroyozarco.

martes, 22 de diciembre de 2020

El blocao de Arroyozarco

Un blocao (palabra procedente del alemán blockhaus) es una fortificación reducida, de madera, tierra y piedra, provisional y a veces transportable, muy usado por los imperios coloniales del siglo XIX y principios del XX en sus incursiones por el continente africano. Durante la segunda guerra de los Boers en Sudáfrica (1899-1902) y la Guerra de España en Marruecos (1911-1927), los blocaos fueron ampliamente utilizados e incluso retratados en varias novelas bélicas. Aunque por su propia naturaleza no tuvieron una fisonomía uniforme, a todos los caracterizaba su reducido tamaño, cierta fragilidad y su condición temporal.

En los años de la intervención francesa en México (1862-1867), existió en la hacienda de Arroyozarco una pequeña fortificación utilizada por el ejército invasor cuyo aspecto evocaba ciertamente al de un blocao africano, de ahí que -salvando distancias- me halla tomado la libertad de llamarlo en el título de esta entrada precisamente así, el blocao de Arroyozarco. Lo primero que llama la atención de este fortín es su tamaño tan pequeño, de quizá unos diez metros de frente por otros cinco de fondo y menos de cinco de altura. Su planta, rectangular, muestra un saliente hacia su frente, como una especie de baluarte. El blocao se desplantaba sobre lo que parece ser una base de adobe, encima de la cual se observa un muro revocado hasta no más de tres metros de altura en el que se abren aspilleras para disparar desde el interior. Por encima de todo, una estructura de vigas de madera y mampostería con mirillas sostiene una cubierta plana.

La rara fotografía en que aparece el blocao, tomda en 1864, muestra nopaleras taladas y dos todavía en pie, junto a lo que parece ser la cerca de un corral. Un soldado francés se apoya en el baluarte portando un rifle y sirve de punto de comparación para dimensionar el fortín. Casi al centro de la imagen, otro militar barbado y aparentemente de mayor rango descansa en el tronco de uno de los nopales cortados. Esta imagen fue publicada por primera vez en el libro Precursores de la fotografía en Querétaro de Guadalupe Zárate Miguel y procede de la Fototeca Constantino Reyes Valerio del INAH. Fue gracias a José Luis Hernández Peña, patrón del blog San Juan Iztacchichimeca, que tuve noticia de la existencia de la fotografía.

 

ACTUALIZACIÓN: 9 DE OCTUBRE DE 2026

Cuando escribí este texto consieraba un "atrevimiento" referirme a este forín como un blocao. El caso es que tenía yo mucha razón en llamarlo así y aquí está la prueba: una copia de la misma fotografía que se conserva en el Castillo de Miramar, en Trieste, hogar del emperador Maximiliano, tiene una anotación a mano que dice "ARROYO-ZARCO Blockhaus construit pour les français", es decir "Blocao construido por los franceses".

miércoles, 22 de julio de 2020

Una de franceses

Hace muchos años, suando comenzaba a interesarme en la historia local, los hechos que más me llamaban la atención eran siempre los que mayor importancia tenían en el panorama nacional. No alcanzaba a notar la evidente contradicción de creer que la historia de Aculco era importante en tanto significara algo para México, no para el pueblo mismo. Con el tiempo fui aprendiendo que la verdadera riqueza del pasado de un sitio minúsculo de la geografía mexicana está en lo cotidiano, lo irrepetible, la experiencia personal, y que todo esto es mucho más difícil de hallar, de entender y de divulgar que los "grandes hechos" de la historia.

Este comentario explica en buena medida por qué les traigo hoy este texto. Se trata de un relato en primera persona de J. F. Elton, militar inglés que recorrió el país en 1866, en plena intervención francesa. De hecho, su libro publicado al año siguiente lleva el nombre de With the French in Mexico ("Con los franceses en México") pues buena parte de su recorrido lo realizó en compañía de soldados de esa nacionalidad. Elton pasó por Arroyozarco en mayo de 1866. Lo interesante de su narración no es lo que lo liga con el "gran relato" de la intervención, sino los detalles simples como la descripción de los juegos de los soldados franceses en ese lugar, tras la fatiga de un día de camino entre el lodo y bajo la lluvia.

En la sección en la que habla de este viaje, el autor incluyó además un par de dibujos que bien se pueden identificar con su paso por Arroyozarco. Seguro los disfrutarán tanto como yo.

 

Por la mañana, mucho antes de que México despertara, avanzábamos ya por el camino del norte y estábamos a medio trecho de nuestra primera parada, Tlalnepantla. Afortunadamente no tuvimos lluvia hasta la tarde, pero alrededor de las cuatro cayó en torrentes. A la mañana siguiente los caminos tenían una gruesa capa de lodo, a través de la cual los carros muy cargados rodaban con evidente dificultad y las mulas necesitaban una constante descarga de maldiciones lanzadas en español y francés para mantenerlas avanzando. La marcha fue corta, pero ya era tarde cuando llegamos al pequeño pueblo de Cuautitlán. Era dolorosamente evidente para todos que si el clima húmedo duraba unos pocos días más, era inevitable una crisis. Sin embargo, tuvimos un pequeño y agradable alboroto juntos Dupeyron, comandante del convoy, Carrère (ambos capitanes del Batallón de África), De Colbert y yo mismo. Como cocinero Carrère era infatigable. Estaban también una centena de hombres del cuerpo belga agregados a nuestro convoy, pero sus oficiales se mantuvieron apartados y no los vimos mucho. Una línea sin fin de carros y una fuerza de cerca de cien hombres de diversos regimientos -convalecientes y hombres que se reunían con sus compañías- completaban el conjunto bajo el comando de Dupeyron, uno muy molesto para él, me supongo. Creo que nadie le envidiaba el cargo.

El día 20, con gran dificultad, la lluvia precipitándose en torrentes, nos arrastramos por cinco leguas de negro, tenaz y arcilloso lodo, y llegamos a la posta de Arroyo Zarco justo antes del anochecer. Fuimos más afortunados que nuestra retaguardia: ellos pasaron la noche en una desvencijada y vieja fonda, y no llegaron sino ya tarde a la mañana siguiente. Por supuesto una pausa era inevitable y pasamos en el Hotel de Diligencias un largo y tonto día, sólo soportable escribiendo cartas para el próximo correo y fumando innumerables pipas del inestimable tabaco restante del que habíamos tomado de la tienda de La Habana.

El soldado francés es realmente admirable en las malas circunstancias; a pesar de la mucha lluvia, lodo o polvo que provocan su enojo durante la marcha del día, una vez que ha terminado es de nuevo divertido y alegre, fuma su pipa negra, bebe su trago de aguardiente y se burla de todo. Durante todo el día, entre el caer de la lluvia, los "céfiros"*, desvestidos hasta la cintura, se bañaron en el río poco profundo que corre a través de Arroyo Zarco y mantuvieron una incesante serie de bromas entremezcladas con fuertes carcajadas que asombraban a los mexicanos, entumecidos, de aspecto deprimente, temblando bajo sus sarapes, que se congregaban bajo el refugio de las paredes del hotel en espera de la llegada de la diligencia.

*Así se llamaba a los soldados del Batallón de Infantería de África.

miércoles, 3 de agosto de 2016

"Nosotros, soldados de Francia, vendimos a Maximiliano"

El antiguo edificio conocido a principios del siglo XX como El Despacho y anteriormente como Casa del Mayordomo, de la hacienda de Arroyozarco (del que ya he escrito ampliamente en este blog como puedes leer aquí), es una construcción de evidente carácter defensivo: sus altos muros apenas tienen algunas ventanas, están coronados por almenas aisladas y en sus cuatro ángulos se levantan sendos garitones para su vigilancia y resguardo. Este aspecto le viene desde su origen, ya que en él se encontraban las bodegas en las que en tiempos de los jesuitas se almacenaban los bienes procedentes de ésta y otras haciendas de su propiedad, así como los bienes que eran enviados a las misiones de California. Sin embargo, su aire militar debió subrayarse aún más a mediados del siglo XIX, cuando sirvió como cuartel de las tropas del ejército francés enviado al país por Napoleón III para apoyar al emperador Maximiliano en su trono.

Hace apenas unos años me enteré de que el interior de este inmueble guardaba justamente un singular testimonio de su uso como albergue de aquellos soldados entre los años de 1864 y 1867: una serie de extraños grafitis en el muro que da al patio de la gran troje que forma su crujía norte. Y es ahora, gracias a las fotografías que amablemente me proporcionaron Alejandro Molina Osornio, Lázaro Frutis e Isis Isidoro, tras su visita al lugar el pasado 20 de julio, que he podido analizarlos con más detalle, aunque por su estado de conservación y lagunas estoy muy lejos todavía de comprender totalmente su sentido.

El texto central de estos grafitis parece ser uno escrito en francés sobre el que posteriormente se pintó con pintura roja el fierro de marcar ganado de la hacienda (que combina una A con una Z). En su parte legible este texto dice así:

Nous soldats de la France vendu a Maximillien

On nous prends pour des indiens de la France

La [...] de no[tr]e Liberté vien [...] et on dira [que] [...]

El texto prosigue, pero únicamente es posible leer algunas palabras aisladas y de sentido dudoso. La parte que pude transcribir arriba significaría algo cercano a:

Nosotros, soldados de Francia, vendimos a Maximiliano.

Nos consideramos indios de Francia.

La [...] de nuestra Libertad acaba de [...] y se diría que [...]

Pese a lo poco que se puede leer, podemos suponer que se trata de una especie de manifiesto que muestra el pesar y remordimiento cuando los soldados franceses recibieron, a principios de 1867, la orden de abandonar México y embarcarse de regreso a Francia, dejando aquí al emperador en manos de sus enemigos, ya que su propio comandante, el mariscal Aquiles Bazaine, había obstaculizado la formación de un ejército imperial mexicano que habría podido sostenerlo.

Es posible que este texto haya estado firmado en la parte inferior, pues los restos que quedan ahí parecen indicarlo. Sin embargo, sobre esas firmas se fueron escribiendo a lo largo de los años cuentas, rayones sin sentido, rúbricas, textos completos casi borrados, etcétera, que ahora hacen imposible su interpretación. Es ésta quizá la zona más repleta de grafitis, pero en toda la pared alrededor del texto central se pueden encontrar otras palabras y dibujos que aquí les muestro, como ejemplo de lo mucho que todavía queda por investigar en esos raros trazos de Arroyozarco, que esperan todavía a un buen y dedicado intérprete:

miércoles, 18 de enero de 2012

"Resolución y obediencia heroica"

Soldados mexicanos, detalle de un grabado sobre la intervención francesa

Bajo el título "Resolución y obediencia heroica", más el subtítulo "histórico" para dejar claro que se trataba de hechos reales, apareció publicada en el Diario del Hogar del 26 de septiembre de 1907 una interesante historia ocurrida en Aculco en tiempos de la intervención francesa (1862-1867). Este texto, firmado por Luciano Pagaza -autor de quien no he podido encontrar información alguna- describe la difícil situación que vivían los pobladores de esta región frente a la entrada de tropas que, afiliadas a las guerrillas liberales o conservadoras, en realidad estaban formadas por simples bandidos, "azote de las poblaciones a las que sacrificaban con la mayor crueldad y cinismo".

Aunque el texto contiene algún error (como el asegurar que Aculco formaba parte del vecino estado de Querétaro), claramente está novelado y el tipo de tragedia de la que se ocupa podría hacer dudar a más de uno de su verosimilitud, me parece a mí que Pagaza narró en verdad sucesos de los que tuvo noticia cierta. Queda, por supuesto, averiguar plenamente si esto es así, ya sea en los archivos municipales, ya en los parroquiales, pues las víctimas, de haber existido, tuvieron que recibir sepultura y su muerte violenta debió haber quedado anotada en los registros civiles o eclesiásticos.

Resolución y obediencia heroica
- Histórico -

Adela y Guadalupe eran dos jóvenes simpáticas, dos rosas en capullo que alegraban la obra retraída de su honrado y amado padre el señor X, el cual decepcionado por las veleidades de la esbelta diosa vendada y por la muerte de su inolvidable esposa, se había retirado pesaroso y triste en compañía de sus hermosas hijas a una propiedad rústica situada en las goteras del pueblo de S. Gerónimo Aculco, pertenenciente al Estado de Querétaro.

Damas mexicanas. Detalle de un grabado de Casimiro Castro.

En la cruenta época de la intervención francesa, muchos mexicanos inspirados en el amor patrio, más bien dicho, decididos a cooperar de buena fe al triunfo del atribulado y heroico gobierno liberal, tomaron las armas para ayudarle en la grandiosa empresa de defender con empeño y heroísmo los derechos nacionales ultrajados villanamente por un invasor y por traidores, a la vez que muchos mentecatos y canahlas tomaron también las armas, no para llevar a cabo un ideal noble como los anteriores, sino para ser el azote de las poblaciones a las que sacrificaban con la mayor crueldad y cinismo.

En general, las poblaciones de la república estuvieron entonces continuamente amagadas por beduinos que, a la sombra injustificada de la revolución, se constituyeron en verdugos de los habitantes, y cuyas guerrillas al presentarse en los pueblos de la manera en que lo hacían, los habitantes azorados abandonaban sus hogares y huían, otros se encerraban en sus habitaciones dispuestos a defenderlas de la rapiña y por último, todos llenos de zozobra, eran las vícitimas inocentes de un partido que sobre sí se atrajo la odiosidad eterna.

Obedeciendo el señor X a la precavida costumbre de sus vecinos durante las visitas de los bandidos y en obvio de dificultades que lo perjudicarían al fin, se encerró de una manera conveniente y esta precaución le valió de mucho, pues en!20los momentos que declinaban la tarde, cuando el sol parece que va hundiéndose entre un lecho de nubes, artística y primorosamente coloreadas, se presentó una fuerza de caballería, cuyo jefe dio unos toquidazos alarmantes en el zaguán, los cuales revelaban desde luego la bastarda e inicua procedencia.

En el acto el señor subió a la azotea y desde allí contestó a ese atrevido llamamiento con la energía que jamás le abandonó y cuya respuesta fue la siguiente: Si usted viene a mi casa como caballero y me ofrece respetar a mi familia y propiedades, desde luego tendrá franca la entrada, pero si no es así, le advertiré que sabré defenderme e una agresión violenta y sin razón, aún cuando para ello fuere necesario sacrificar mi vida.

Soldados del sur. Detalle de un grabado de Casimiro Castro.

El oficial compendió que se las había con un hombre enérgico capaz de cumplir con lo que decía. Esta consideración, o sus miras particulares que llevaba, le hicieron contestar al señor X de un modo más afable: que venía únicamente a descansar dos o tres días, asegurándole que no tenía la más mínima intención de ofenderlo, ni mucho menos causarle perjuicios.

Tres días estuvo alojada la fuerza en el caserón del señor X, y en obsequio de la verdad no cometió en lo ostensible ninguna falta, por lo que el dicho señor X quedó tranquilo al despedirse sus huéspedes, aún cuando la estancia de esa gente le había causado inquietud y necio malestar.

Una o dos horas a los más habían transcurrido, cuando regresó la misma fuerza al citado pueblo y lugar de donde había salido, pero no en la forma!20que antes habían llegado, sino queriendo tirar a fuerza de golpe el zaguán.

El señor X, que comprendió que sus hermosas hijas eran el móvil principal de esa gentuza desarrapada y viciosa, violentamente las llamó y enseñándoles lo que hacían con el zaguán esa falange de bandidos, les dijo: Dentro de unos cuantos momentos esa gente villana y criminal, habrá traspasado el umbral sagrado de este lugar en que ha vivido encarnada la virtud. Esos foragidos vienen directamente a convertirlas a ustedes en sus mancebas para después despreciarlas como viles e inútiles despojos de sus hazañas; por lo tanto no hay más que dos recursos en estos momentos: la deshonra o la muerte, escojan pronto pues ya están dentro de esta casa. La muerte, padre mío, la muerte mil veces, dijeron ambas llorando, antes que llenar con el lodo y el remordimiento tu nombre inmaculado!

Tres tiros paulatinamente alternados, fueron la salva que escucharon los asaltantes en los momentos que forzaban la puerta de la azotea de la casa en cuyo lugar se desarrolló el drama, de que un padre matara a sus hijas primero y él al último se suicidara para no presenciar su ruina física y moral.

Un montón de humeantes cenizas fue el epílogo al aparecer la luz en el horizonte, despojos humanos carbonizados de seres que se sacrificaron para no llenar su nombre de lodo y de vergüenza!

Luciano Pagaza.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Un curioso relato de la intervención francesa en México

Hace ya bastante tiempo escribí en este blog un texto sobre el cementerio francés de Arroyozarco, en el que relataba aquella acción en la que -tal como rezaba una lápida ya desparecida- "el 31 de diciembre de 1863, ocho franceses resistieron durante muchas horas a un ataque de más de doscientos enemigos", siendo enterrados en el lugar "los que murieron gloriosamente en ese combate". Eran ellos Charles Bergenstrahl, un oficial sueco, Montfaucon, sargento del 81 de línea, Le Cuilhon, cazador del 18o batallón, Messannot, un zuavo del primer regimiento y Guillemain, del segundo regimiento de cazadores de África.

Curiosamente, encontré un relato desconocido para mí que hace mención de este suceso (y sobre todo de sus consecuencias), si bien lleno de errores y escrito con tan poca precisión que vale más tomarlo como lo que parece ser, sólo un cuentecillo basado en ciertos hechos reales y no una historia verdadera. Los errores comienzan con las fechas, ya que el autor afirma que la matanza ocurrió a fines de enero de 1864, cuando en eralidad sucedió un mes antes. Luego, habla del pueblo de "Nopales" cuando sin duda se refiere a Nopala. Y, aún más grave, cambia el apellido del famoso guerrillero nopalteco Nicolás Romero por "Ramírez", y , pese a retratarlo fielmente en otros rasgos, asegura que era michoacano. Para quienes conozcan algo de la vida y muerte de Nicolás Romero, no quedará duda de que el "Ramírez" de esta historia no puede ser nadie más que él.

De cualquier manera, el texto es entretenido y capta muy bien otros detalles como la naturaleza, orografía y fauna de la región que se extiende entre San Juan del Río, Arroyozarco, Polotitlán, Nopala y Cazadero.

Por cierto, el autor es el conde Emile de Kératry, autor del famoso libro Elevación y caída del emperador Maximiliano. Fue publicado en La revue pour tous, en 1889. La traducción es mía, por lo que pido a los lectores disculpas adelantadas por los errores, aunque el uso irregular de los tiempos verbales proviene en muchos casos directamente del autor.






La Soldadera

Por el conde Émile de Kératry

Hacia fines de enero de 1864, las tropas francesas irradiaban en el interior de México hasta Zacatecas y Guadalajara, sobre la vertiente del Pacífico, con la misión de preparar la elevación al trono del archiduque Maximiliano.
La larga ruta de México a Guadalajara, donde el general en jefe había establecido su cuartel general, estaba resguardada militarmente. En las ciudades principales, grandes destacamentos; en el campo, pequeños puestos intermedios, para prevenirse de las sorpresas de los liberales.
Un oficial francés ocupaba entonces el punto de San Juan [del Río], cerca de Querétaro, de lúgubre memoria, con cuarenta y cinco hombres de caballería, todos voluntarios de África, y una compañía de guardias rurales, mexicana, puesta bajo sus órdenes. Hombres y bestias dormían tranquilamente la siesta en pleno sol, a cubierto bajo unas chozas de rastrojo de maíz, cuando el pequeño campamento se conmocionó. Un indio, cubierto de sudor y polvo, acababa de llegar con una triste noticia.
El correo del general en jefe, pasado la víspera y cargado de adhesiones al Imperio de las provincias sometidas a los destinos de las Tullerías y de Miramar, había sido atacada en los alrededores de Arroyo Zarco, a unas treinta leguas de la ciudad de México, por una fuerte banda de guerrilleros. La diligencia que transportaba una decena de zuavos y un oficial sueco, había sufrido un asalto de muchas horas. La masacre había sido completa. La escolta entera había sucumbido. Solo a la partida del indio, el oficial, aunque tenía once heridas tanto de bala como de lanza, respiraba todavía. Este valeroso oficial era M. Ericsson [Kératry parece confundiar a Bergenstrahl y Ericsson; en todo caso, habrían sido dos los oficiales suecos presentes en este suceso], quien había seguido toda la campaña con nosotros con en el 3o. de cazadores de África. Sobrevivió milagrosamente y fue agregado más tarde a Su Majestad el rey de Suecia como oficial de ordenanza.
Los partisanos mexicanos habían, de cualquier manera, pagado caro su triunfo. Setenta y siete cadáveres de los suyos habían tapado el sol alrededor de la diligencia transformada en fortaleza. El indio, tembloroso todavía, añadió de parte del alcalde "que la guerrilla, una vez dado su golpe, se había lanzado por el campo hacia la hacienda de Nopales [sic, en realidad el pueblo de Nopala, como le llamaremos en adelante], marchando con el fin de regresar y aplastar de improviso el débil puesto de San Juan". El informe de la catástrofe fue transmitido inmediatamente a l general Mejía, comandante en jefe de Querétaro. Al día siguiente por la mañana, llegó la orden de perseguir a los guerrilleros.

La desaparecida lápida del cementerio francés de Arroyozarco

Los informes recientes señalaban que esa multitud de partisanos obedecía a uno llamado Ramírez [¿sic pro Romero?], joven patriota de Michoacán, conocido como uno de los más audaces e infatigables adversarios de la intervención. Ante un enemigo semejante, que disponía de fuerzas superiores, debía actuarse con rigor.
El azar había acomodado las cosas. El capitán V..., que comandaba el puesto de San Juan, aunque con la fuerza de la edad, tenía muchas leguas andadas. Vasco de origen, antiguamente enrolado como voluntario en Argelia, había transcurrido su carrera en los asuntos árabes y nadie era mejor que él para los ardides de la guerra. Alto de estatura, frío, tan enérgico como prudente, se imponía a todos con su cicatriz en plena frente. Lo conocía todo, excepto la suerte. Sólo se le conocían dos pasiones, la de su bandera y la de su caballo, valiente compañero venido con él de las arenas de Djebel Amour. Una vez en la silla, corcel y caballero parecían uno.

Carga de cazadores de África, detalle de la estampa Guerre du Mexique no. 121, BNF

***

La sopa ha sido comida. El toque de partida suena. La pequeña tropa francesa está jubilosa de correr a la aventura. ¡La larga inacción del vivac es tan pesada! ¡Va finalmente a encontrar al enemigo tan frecuentemente inasible! La columna se estremece, caballeros al frente; los sesenta infantes de la guardia rural les siguen. Las soldaderas cierran ruidosamente la marcha.
La soldadera es la compañera irregular del soldado mexicano. Algunas montan en mulas, la cara cuidadosamente envuelta bajo el sombrero de paja con grandes alas, temerosas del polvo. Otras, las más humildes, llevan en la espalda o sobre la cabeza, normalmente, los utensilios de hogar y sus magras provisiones de la jornada; con la misma frecuencia, tienen un niño en brazos. Fisgonean por todos lados del camino con el fin de aumentar la ración de su soldado. Se lanzan como una nube de langostas sobre los campos de maíz o de cañas de azúcar que despojan, sin que nadie se atreva a quejarse. Es un uso común: es el diezmo de la guerra. Por la tarde, ellas encienden las mil cocinas del vivac, cantan, fuman cigarros, después se acuestan al aire libre, mezcaladas con la soldadesca. En el combate, ellas toman su puesto y marchan con aire resuelto. La soldadera, esa intendencia militar. Sin ella, el soldado mexicano moriría frecuentemente de hambre.
Con sorpresa general, el capitan, que precede a la tropa, ha tomado el camino de Querétaro, volviendo precisamente la espalda a la dirección señalada por la guerrilla de Ramírez. Y es que siempre al partir, con el fin de despistar a los espías, enmascara el verdadero objetivo. Después de una hora de marcha, se lanza a la derecha y retrocede sobre sus pasos. La columna se alarga por la planicie sin ramales por la que corre el camino. Tiene interminables milpas de maíz, medio saqueadas, a las que suceden campos de maguey del que se extrae el pulque, el vino de México.
Después, vastas soledades sembradas de pirules con largas ramas olorosas que se agitan con la brisa. Allí están algunas pequeñas lagunas, verdaderas reservas de este desierto de la altiplanicie, donde con un tiro alzan el vuelo enormes batallones de ocas salvajes. Es ahí donde se detienen para refrescarse y rellenar los bidones de agua salobre. En este país de la sed, el sol quema, el viento es glacial. El campo no se altera más que por remolinos de polvo que se elevan blanquecinos y turbulentos por los aires.
El capitán, siempre al acecho, el catalejo fijo en el horizonte, interroga a los torbellinos, con la duda de si son levantados por una tropa en marcha. A través de esta zona erosionada, las sorpresas son de temerse por la profundidad de las barrancas en que surcan el país. Muchas veces, el reflejo de los grandes quiotes de los magueyes con su resplandor metálico espejean a lo lejos bajo el sol e imitan, hasta confundir, un desfile perpetuo de lanzas, el arma favorita del hombre de a caballo mexicano.

Fusileros franceses, detalle de la estampa Guerre du mexique no. 121, BNF

El tranco ha sido largo y polvoso. A lo largo del camino, el capitán no ha hecho nada más que señalar cierto comportamiento del oficial de la guardia rural, que se demoraba a veces al lado de una soldadera, velada hasta los ojos y montada en una mula de patas nerviosas. El capitán, a quien no le gusta el flirteo bajo las armas, le ha invitado un poco rudamente a regresar a la cabeza de su compañía. El galante Prieto obedeció rápidamente: la soldadera le ha lanzado una mirada de inteligencia.
Prieto es este caballero, de tez morena y cabello medio crespo. Hijo de un sacerdote y de una india, ha combatido bajo todas las banderas, bajo la de Juárez como la de Márquez. Indiferente a la vida y a la muerte, no es sensible más que al pillaje y no conoce más que la razón del más fuerte.
Finalmente, la silueta de un "mirador" se perfila sobre el cielo azulado; es el campanario de la modesta iglesia de Cazadero, pequeño poblado situado a varias leguas de Nopala donde se oculta la guerrilla de Ramírez.

Capilla de la hacienda de Cazadero, Qro.

El capitán, que desconfía de todas las poblaciones, sube a un cerro desde el que se domina el pueblo y planta ahí su campamento. Tan pronto se establece la guardia, se arman las tiendas con defensa absoluta para salir al campo. El montículo no es accesible por la cara que da hacia Cazadero. Por detrás, está resguardado por una inmensa barranca de más de sesenta metros de largo que se hunde a más de cincuenta metros de profundidad. Los indios, con sus cabellos negros y lacios, su nariz aplastada y largo pantalón blanco, acuden a vender mezcal, tortillas de maíz y manteca. Dos vaqueros, vestidos de gamuza de los pies a la cabeza y armados con reatas, han traído un toro que será muerto para alimentar a la columna.
Al momento mismo en que la retaguardia de soldaderas llega al pie del cerro, el animal, que presiente su suerte, escapa. La reata silba en el aire y enlaza una de sus patas traseras. Furioso, el animal embiste y golpea con su cuerno un flanco de la mula montada todavía por la soldadera embozada. La mula, enloquecida, enfila a toda velocidad en dirección a la barranca llevando con ella a la joven mexicana que no puede ya controlar a su cabalgadura. El capitán, todavía montado, se ha dado cuenta del peligro: se lanza al galope en pos de la mula, la alcanza, toma por su brazo izquierdo a la soldadera y con gran esfuerzo, llevando en vilo a la mujer, detiene su caballo al borde mismo del precipicio en el que rueda y se despedaza la mula lanzada a toda velocidad. La mexicana está sana y salva. El capitán, después de dejarla deslizarse en tierra, regresa tranquilamente al campo, aclamdo por la tropa y los indios maravillados.

***

Campamento francés. Detalle de la estampa Guerre de Mexique no. 121, BNF

Bajo una espléndida bóveda estrellada donde destaca el brillo de la Cruz del Sur, el campamento descansa, vigilado por sus centinelas. La noche es fría en el altiplano de San Juan cuya altitud alcanza los 1900 metros sobre el nivel del mar. Solo, el capitán, dentro de su capote, atizando el fuego que se apaga, duerme con un ojo abierto. Al contacto de una mano que acaba de posarse en su espalda, se endereza sobresaltado. Tras él, está en pie la soldadera con un dedo sobre sus labios, como la estatua del silencio. La llama de la fogata que se ha reavivado con el viento ilumina su rostro. Estaba encantadora, la soldadera, son sus grandes ojos pardos, llenos de energía y delicadeza, la cabeza encapuchada bajo un rebozo rayado en rojo, formando los pliegues graciosos de la mantilla.
"Señor caballero, murmura ella en voz baja, me has salvado la vida. Quiero pagar mi deuda. Se dice que esta noche quieres ponerte en ruta para sorprender a Ramírez. ¡Cuídate bien de hacerlo! Porque él mismo espera en la barranca frente a Nopala, con cuatrocientos jinetes; fue informado que tu tropa no cuenta más que con cien soldados. ¡Guárdate también de la traición que puede marchar contigo. Créeme y adiós! Me voy". Apenas estas palabras fueron lanzadas en la noche, el capitán estaba en pie. Deseoso de explicaciones más claras, trata en vano de retener a la mujer que se le escapa. La encantadora ha desaparecido tras las tiendas de campaña y se ha perdido en las sombras entre las otras soldaderas.
El misterioso aviso tenía apariencia de sinceridad, pero el viejo jefe de asuntos árabes tenía un alma demasiado desengañada para apartarse un minuto de su deber de soldado. Encararse contra un enemigo superior en número, emboscado, era el oficio de todos los días y su audacia no temía un punto. Pero reflexionaba en la palabra traición. El recuerdo del oficial mexicano a quien había reprendido vino a su memoria. Pensó que debía quizá tomar cierta precaución, porque la defección de nuestros aliados durante la acción estaba ya vista. También resolvió esperar la claridad del día para marchar al combate. Por una parte, los avistaría mejor; por otra, se sentiría seguro por el conocimiento exacto del terreno sobre el que debía operar. Entonces se tendió de nuevo sobre su dura cama; después, los párpados entrecerrados, se puso a soñar en la tierra de Francia. Por un instante, la seductora mexicana, como una sombra, atraviesa los sueños del capitán de corazón de bronce.

Monograma en el acceso contemporáneo a la hacienda de Cazadero, Qro.

***

El alba ilumina el horizonte. El crepúsculo es corto en esta latitud. El toque de diana, jubiloso como el canto de la alondra, ha sonado en el aire, confundiéndose con el sonido argentino de la campana de Cazadero que llama a sus piadosos indios al rezo del Ángelus. Después de una buena noche de reposo, cada uno se siente alegre y listo para trabajar. Jinetes e infantes están ya sobre las armas. El capitán, con aire marcial, inspecciona a la tropa; después se detiene al centro: "Hijos míos, lamentablemente la mañana será caliente. Seremos uno contra cinco. Ustedes están acostumbrados. Hará falta juntar los codos; sangre fría y siempre la vista sobre mí. Saben bien que pueden tener confianza. Y recuerden, pues, que debemos vengar a nuestros pobres camaradas. Ahora, ¡adelante! ¡Y con el favor de Dios!
Un escalofrío sacudió todos los pechos: en el aire se sentía ya la pólvora. La columna se puso en ruta, los ojos de cada soldado penetrando ansiosamente la bruma de la mañana. ¿Quién no ha experimentado ese breve sentimiento de angustia, precursor de la pelea?
Una vez en marcha, el capitan se aproximó sin ser sentido al oficial de la guardia rural. "Y bien, teniente Prieto, ¿está seguro de sus hombres?" -"Como de mí, comandante". -"He tenido un sueño singular, Prieto". -"¿Cuál, comandante?" -"He soñado que te volabas los sesos". Prieto levantó bruscamente la cabeza, como si le hubieran alcanzado en pleno cráneo: estaba pálido, los labios apretados, fijos los ojos en el capitán para saber si hablaba seriamente o bromeaba.
El capitán llamó enseguida a uno de sus jinetes, hercúleo, y le habló en voz baja. El jinete dio media vuelta y se colocó al otro flanco del oficial mexicano. "Teniente, añade el oficial francés, aquí tiene a un caballero a disposición de usted. Se me ha ordenado no dejarlo solo y velar por usted, ...por temor a que se equivoque de camino". Enseguida, el capitán espoleó su caballo hacia adelante, dejando a Pedro aturdido, mientras que el jinete sacaba el revólver de su funda y daba vuelta al seguro, ajustando el arma a su cintura, al tiempo que silbaba plácidamente la cancioncilla "de la casquete à Bugeaud". Esta vez, Pedro había entendido bien: había que andar derecho. Por otra parte, la soldadera había desaparecido de las filas; falta de cabalgadura, sin duda había debido permanecer en la retaguardia de la columna.

Emboscada de mexicanos, detalle de la estampa Guerre du Mexique no. 121, BNF

Se aproximan a la barranca de Nopala. Todos están al acecho. Entonces, dos tiros silban por encima de las cabezas; son las avanzadas de Ramírez, que se repliegan y dan la voz de alerta. Sobre la otra ribera, a esta hora desierta, se despliega una línea rápida de caballería que tirotea. Tras los tiradores, cuyas provocaciones injuriosas se confunden con gritos casi salvajes, aparecen dos fuertes escuadrones de guerrilleros que, lanzas al viento, esperan a pie firme sobre un terreno desnudo y lleno de agujeros.


La plaza y una calle de Nopala, Hgo.

El capitán no duda, ordena a Pedro atravesar la barranca de frente, oponer tiradores a tiradores, ganando el terreno sobre la izquierda para alcanzar una gran hacienda que, en caso de derrota, podrá cubrir la retirada. Mientras que los infantes entretienen al enemigo, el capitán y su medio escuadrón desaparecen en el barranco, lo rodean sin descubrirse, escalan la orilla opuesta y se abaten como un huracán, los sables en ristre, sobre los escuadrones que todavía le vuelven la espalda. El choque tiene lugar. Se escucha un gran ruido de hierro y acero. Los jinetes se entrecruzan y cargan unos contra otros. El desorden de la guerrilla llega al límite. Por su lado, Prieto, que no tiene más elección que vencer o morir, lleva intrépidamente a sus infantes con sólo las bayonetas.
El terreno se cubre de muertos y heridos. Un esfuerzo más y los liberales cederán, a pesar de la "furia" de Ramírez que no deja de concentrar a sus partisanos. El jefe mexicano, de chaqueta negra, bajo un sombrero con una serpiente de plata, se para sobre sus grandes estribos, el sarape ondenando en el arzón de la silla, confiado a la vista, el rostro en fuego, machete y revólver en los puños, en lo más fuerte de la pelea.

Monumento a Nicolás Romero en Nopala, Hgo.

Más he aquí que un rugido de júbilo se extiende por la línea mexicana. El caballo negro del capitán, golpeado a muerte por una lanzada y desangrándose, acaba de desplomarse sobre su jinete. Los liberales regresan con rabia. El círculo se estrecha. El capitán, levantado y sano y salvo, pero desmontado, comprendió lo comprometido de la situación, hizo sonar el toque de concentración y no tiene más tiempo, con aquellos de sus compañeros que sobreviven, de lanzarse al corral de la hacienda, donde las puertas se cierran a tiempo, a pesar del esfuerzo de los asaltantes.
Se pasa lista rápidamente; de los cien combatientes, ¡no quedan más que 63! Caballeros e infantes suben a las azoteas de la hacienda, que no tiene aberturas exteriores.
Protegidos por las almenas de adobe (ladrillos cocidos al sol), rápidamente comprometen una nutrida fusilería por los cuatro costados que hace retroceder fuera de su alcance a Ramírez y su banda.
Pero el capitán no se hace muchas ilusiones. ¡El respiro no durará mucho!Mientras lanza una mirada melancólica a su pobre caballo, ese bravo compañero caído allá en el campo del honor, Prieto le grita, desde la azotea opuesta, que los liberales regresan en gran número, seguidos de indios cargados de grandes bultos de paja. Es claro que el enemigo va a tratar de incendiar la hacienda, como en otro tiempo en Tierra Caliente, en Camarón, donde fue quemada viva la gloriosa compañía de la Legión Extranjera. Se da la orden de dejarlos aproximarse a buena distancia, de modo que no se tire sino a la segura. Si se les logra detener hasta la tarde, hasta que caiga la noche, se arriesgará una salida para ganar la barranca.
El fuego de fusilería comienza de una parte y otra. Los incendiarios ganan terreno. Las trompetas mexicanas, con notas chillonas mezcladas con vociferaciones de vencedor, resuenan en las cuatro esquinas de la hacienda. Bajo el ardor del suelo que transforma en braceros la blancura de las azoteas, el cansancio vence poco a poco a los defensores. Mas el capitán, cuya energía no ha vacilado, acaba de estremecerse. Su oído ejercitado ha captado en el aire un coro que le es grato. Una nube de polvo aparece en los límites de la planicie. Una tropa de caballería formando torbellinos atraviesa el campo arrasando todo a su paso. Los liberales alarmados se dispersan como bandadas de aves al grito de "¡Los carniceros azules!" Este era el sobrenombre de los cazadores de África después de nuestros sangrientos encuentros de Cholula y Atlixco. Uno de nuestros escuadrones, lanzado la misma mañana desde Tula en persecución de Ramírez, tomando hacia San Juan, había acudido a la carga al primer ruido de fusilería que resonó en la montaña. Al aproximarse, el capitán y su tropa diezmada hicieron una vigorosa salida fuera de la hacienda. Los guerrilleros, tomados entre dos fuegos, caen o huyen. Pero su jefe Ramírez acaba de ser hecho prisionero. De nuestra parte hay abrazos y expresiones de gratitud y felicidad. Después, comienzan a recogerse los muertos y los heridos.

Derrota de la caballería mexicana, detalle de la estampa Guerre du Mexique no 121, BNF

***

El sol declina. El capitán, herido de bala durante la salida, reposa tumbado sobre una cama en la hacienda. Sólo la carne de la pierna ha sido afectada. El aposentador ha venido a darle cuenta que la corte marcial se ha reunido para juzgar al jefe Ramírez. Éste ha comparecido frente a sus jueces, fieramente embozado en su sarape hasta medio rostro, y ha rehusado hablar para defenderse. Ha sido condenado a ser pasado por las armas. Por el momento, es asistido por el cura de La Soledad [Polotitlán], villa vecina de Nopala, y la ejecución tendrá lugar a las seis, frente a la hacienda.

Parroquia de San Antonio Polotitlán, sitio frecuentemente nombrado desde tiempos antiguos como "La Soledad".

Al momento en que el suboficial se retiraba, el padre apareció en el umbral de la habitación, y, sin esperar la invitación para entrar, se precipitó hacia el capitán. "Señor caballero, dijo, me dirijo a usted porque se me ha dicho que es usted el comandante de la tropa francesa. Los deberes de mi ministerio me obligan a suplicarle clemencia. El capitán protesta. Sí, señor, cuando usted haya entendido la revelación que la confesión me ha hecho conocer y cuyo secreto la humanidad me ordena violar para evitar un verdadero crimen, estoy cierto de que concederá su gracia. El oficial que acaba de ser condenado a muerte, bajo el nombre de Ramírez... es una mujer. Después de haber visto masacrar frente a sus ojos a su padre y su hermano, en Morelia, la desesperación la ha extraviado. Desde hace seis meses, Anita Palon... se bate contra usted, ella lo declara. En muchas ocasiones, disfrazada, ha atravesado sus líneas, según se gloria. Pero es una mujer, señor, y los franceses no asesinan mujeres". Todo ello era dicho en un largo sollozo. Viendo la emoción penetrar en su interlocutor, el padre insiste. "Le suplico, comandante, no hay un minuto que perder. En nombre de su madre, de aquellos que ama, déjese convencer!"
El capitán, a pesar del sufrimiento que traicionaba su rostro, se levantó; apoyado en el brazo del buen cura, se dirigió a la puerta de la hacienda.
A doscientos pasos en el campo, estaba ya formado el pelotón de ejecución. Diez pasos al frente, la condenada, con los ojos vendados, esperaba, fieramente plantada. Al momento mismo en que el capitán, con su voz más fuerte gritaba "¡Deténganse!", el ayudante había levantado su sable; el fuego del pelotón desgarra el aire y la mexicana. después de gritar "¡viva la libertad!" cae de una sola vez, cara en tierra.
El médico se aproxima al cuerpo y constata que no late el corazón. A la vista de la joven, el capitan vacila sobre sí mismo al verle los ojos. La muerta era la soldadera. El ministro de Dios misericordiosamente salmodia el de profundis con voz angustiada.
Al recuerdo de la lealtad caballeresca de la joven patriota. caída como heroína por la independencia de su país, el capitán, mudo, se descubre lentamente, y una gruesa lágrima cae de los ojos del viejo soldado.


El falso "Ramírez", ilustración de la La revue pour tous


Agradezco las fotografías de Nopala y Cazadero a Víctor Manuel Lara Bayón.


ACTUALIZACIÓN, 14 de diciembre de 2011:

Según publicó el diario La Época, de Madrid, del 5 de marzo de 1864

Del ejército de Uraga quedaron algunas partidas gruesas como las de Canales, Toro, Riva Palacio y Pueblita. La primera de esas partidas, después de saquear algunas haciendas, vino a atacar a una de las diligencias del interior entre la Soledad y Arroyozarco, dando muerte a dos oficiales y algunos soldados franceses que venían en ella y que se defendieron heróicamente , lo mismo que un correo del mariscal Bazaine.

El general a quien este periódico atribuye el ataque a la diligencia era Servando Canales, nacido en Carmargo, Tamaulipas, en 1830, que participó en importantes batallas a lo largo de la guerra de intervención y que años después se adhirió al Plan de Tuxtepec que llevó a Porfirio Díaz a la presidencia.Fue después gobernador de Tamaulipas y, reconocido como benemérito de su entidad, el aeropuerto de la ciudad de Matamoros lleva su nombre.

El general Servando Canales