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sábado, 17 de octubre de 2026

De campanas, autoridades omisas y supuestas excomuniones

Este es un texto que me molesta mucho escribir, al que le he estado dando vueltas en la cabeza desde el miércoles pasado, pero que me ha costado pasar a la computadora sencillamente porque me duele mucho, me preocupa y me desalienta profundamente.

Ustedes saben qué sucedió aquel día: de improviso los vecinos de Aculco vieron que las antiguas campanas del templo parroquial de san Jerónimo, uno de los conjuntos históricos de campanas más importantes del Estado de México, estaban siendo bajadas del campanario. Observaron además que la maniobra se estaba realizando sin el cuidado que merecen objetos patrimoniales con 238 años de edad; por ejemplo, el antiquísimos yugos barroco de una de las esquilas fue destrozado sin remedio.

Las personas verdaderamente preocupadas por esta acción se dieron cuenta bastante tarde. Al parecer, la operación comenzó desde las once de la mañana y sólo alrededor de las cinco de la tarde comenzaron a congregarse algunos vecinos en el atrio para pedir explicaciones al cura párroco, Pbro. Ruperto Martínez Mercado. Para entonces tres campanas antiguas estaban cargadas ya en una camioneta de Campanas San Judas Tadeo, empresa de Zacualtipán de Ángeles, estado Hidalgo. Yo sólo conozco de oídas las respuestas del padre, y todo lo que me cuentan es vago y contradictorio: que se iban a restaurar, que nada se les iba a pulir, que las habían intercambiado por campanas nuevas (ciertamente la camioneta había traído un par de sospechosas campanas nuevas), o lo más terrible que podría haber sucedido, que se les iba a volver a fundir en campanas nuevas porque ya estaban viejas y dañadas. Pero algo sí es más seguro: se le dijo al sacerdote que necesitaba para cualquier intervención un permiso del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y él señaló que no lo tenía y no lo necesitaba.

En aquel momento empezaron a aparecer en redes sociales las primeras imágenes del desaguisado. Varios amigos de Aculco me enviaron mensajes casi simultáneamente y a pedirme que hiciera algo. Al estar yo en la Ciudad de México me era por supuesto imposible llegar a tiempo si se mantenía la intención de sacar las campanas (y una vez fuera de Aculco, quién sabe cuál podría haber sido su destino, quizá hoy no existirían). Lo único que podía hacer era solicitar la intervención del INAH, lo que hice a través del Dr. Diego Prieto, anterior director de este instituto, y del arqueólogo Nahúm Noguera Rico, director del Centro INAH Estado de México. Ellos, con verdadera diligencia, emitieron el oficio NO. 401.2C.1-2026/3939, en el que solicitaban al Ayuntamiento que se suspendiera cualquier trabajo o actividad relacionado con la denuncia. Nahúm me lo envió por whatsapp y yo le di difusión a través de las redes, enviándoselo incluso a algún miembro de la propia corporación municipal.

Para entonces, la gente se había movilizado rápidamente a través de Facebook para pedir mayor presencia en el atrio e impedir la salida de las campanas. Especialmente importante parece haber sido la participación del cronista y los delegados municipales. Se obligó así a que la empresa que pretendía llevárselas las subiera nuevamente a la torre -donde permanecen, ahora tristemente descolgadas. Aquí viene un aspecto que, como católico, me resulta particularmente desagradable: la indignación de los vecinos contra el padre Ruperto fue creciendo y, por momentos, alcanzó niveles preocupantes. Según los testimonios que he recibido, no hubo agresiones físicas, pero sí situaciones de intimidación, hasta el punto de que el sacerdote no podía retirarse libremente. Entiendo perfectamente el enojo de la gente, que yo mismo compartía, pero ninguna causa, por justa que sea, autoriza a recurrir a semejantes procedimientos.

¿Por qué fue tan grave el descolgar las campanas de su lugar? Ya lo he dicho arriba: además de su notable antigüedad, valor histórico, valor patrimonial e incluso valor económico, se trata de objetos que forman parte integral de un monumento histórico y toda intervención sobre ellos debe contar con una autorización expresa del INAH, pues de otra manera se incurre en una infracción a la legislación federal. Pero hay varias agravantes: se trata de objetos de propiedad federal. Pero, además, se encuentran en Aculco, sitio del Patrimonio Mundial de la UNESCO como parte del Camino Real de Tierra Adentro, es decir, no son sólo patrimonio de Aculco y de México, sino de la humanidad. El simple maltrato que se les dio es ya una infracción importante.

El resto depende de qué se pretendía hacer con ellas: si era pulirlas, debo decir que el bronce histórico no necesita ningún pulimento, normalmente tiene de origen una pátina que lo protege del medio ambiente y abrillantarlas puede llevar a un daño irreparable; si era restaurarlas, no es claro que la empresa que pretendía llevárselas tenga las credenciales para restaurar campanas históricas de esta importancia; si se trataba de intercambiarlas por otras nuevas, pues sería como cambiar oro por cobre, pues el precio de una campana histórica es mayor que el de una campana moderna; y si se quería fundirlas, la destrucción de un patrimonio histórico es una barbaridad que empaña todas las demás por la ignorancia imperdonable. En todo caso, lo repito, el padre no solicitó una licencia al INAH que aclarara bien sus objetivos.

Al difundir el oficio de suspensión de las maniobras, varias personas se dieron cuenta de que el encabezado tenía una errata: decía "Aculco del Valle" en lugar de simplemente "Aculco", que es el nombre correcto de nuestro municipio. Yo, la verdad, no le di importancia: entendí que las prisas habían llevado a ese error y,como no hay otro municipio que se llame Aculco en todo el Estado de México, que además tenga como presidenta municipal a una Lic. Valeria Cruz Olvera, y en el que se estuvieran descolgando campanas la tarde del 14 de octubre, pensé que nadie de buena fe podría considerar que semejante errata invalidaba el contenido del documento. A pesar de ello avisé inmediatamente a Nahúm, quien me informó que al día siguiente se corregiría la errata en un nuevo oficio.

Para mi sorpresa, al día siguiente la presidenta municipal publicó un video que, además de informar que se respetaría el patrimonio histórico de Aculco (como corresponde), señalaba aquel error y declaraba que no había recibido tal oficio. Debo decir que me molestó esa actitud. Ya el día anterior, al difundirlo, algunos facebookeros habían intentado hacer creer que era falso, o creado con inteligencia artificial, o que llamar al municipio "Aculco del Valle" lo desvirtuaba por completo.

Pero no esperaba una actitud parecida de la autoridad municipal. Porque, por una parte, bastaba con levantar el teléfono, llamar al Centro INAH Estado de México y preguntar si el oficio existía. Además, ¿por qué se dedicó tanta atención a cuestionar el oficio y tan poca a averiguar si existía autorización para intervenir las campanas? Por otra parte, he visto una infinidad de oficios dirigidos al Ayuntamiento con errores similares y que no son cuestionados por la errata. Por ejemplo, muchos oficios llegan dirigidos al "municipio de Aculco de Espinoza", cuando Aculco de Espinosa (y con "s") es sólo la cabecera municipal y no el nombre correcto del municipio. Todo eso resulta sin embargo menor considerando lo siguiente: a 150 metros de distancia del Palacio Municipal se estuvieron descolgando las campanas del templo desde las 11 de la mañana de ese día... ¿No vieron nada raro las autoridades en ese movimiento?, ¿la Dirección de Obras Públicas?, ¿la propia presidenta?

Ignoro si las autoridades municipales tenían conocimiento previo de los trabajos. Pero tanto si los conocían como si no, resulta indispensable que expliquen por qué una intervención de semejante magnitud pudo desarrollarse durante horas, a unos pasos del Palacio Municipal, sin que nadie verificara la existencia de la autorización correspondiente.

Después de ver el video, nuevamente me comuniqué con Nahúm quien en respuesta me envió la corrección del oficio y el correo electrónico en el que habían enviado esta corrección al Ayuntamiento desde las 10:25 de la mañana, con copia a varias instancias del Municipio y el gobierno del estado. Lo difundí y ahora la gente de mala fe del pueblo me pedía el sello de recibido, como si fuera mi responsabilidad tenerlo, y sin cuestionar la inexistencia del permiso del INAH, verdadero problema en el origen de todo esto.

¿Y ahora qué sigue? En primer lugar, es indispensable que el INAH realice una inspección exhaustiva de las campanas, documente los daños que sufrieron y determine las medidas necesarias para su conservación. Debe establecerse también qué sucederá con los yugos barrocos destruidos, cuya pérdida no puede despacharse como un simple accidente de las maniobras. Finalmente, corresponde esclarecer quién autorizó los trabajos, con qué propósito y bajo qué responsabilidad. Las campanas deben permanecer en Aculco, pero no basta con que sigan allí: es necesario garantizar su integridad y evitar que una situación semejante vuelva a repetirse.

 

¿EXCOMUNIÓN?

Me cuentan también que desde la parroquia se ha pretendido intimidar a quienes participaron en la movilización del miércoles por la tarde. Incluso se habla de posibles excomuniones. No sé qué haya de cierto en estas versiones, pero, si efectivamente se han hecho tales advertencias, me parece necesario aclarar algunas cosas.

Amigos, no se dejen amedrentar. La Iglesia católica -que es la mía- no exige a sus fieles una obediencia ciega ni les prohíbe manifestar su desacuerdo con las decisiones de sus sacerdotes. Por el contrario, el propio Código de Derecho Canónico, en su canon 212, reconoce expresamente el derecho de los fieles a expresar sus opiniones sobre los asuntos que conciernen al bien de la Iglesia y, en determinadas circunstancias, considera que hacerlo constituye también un deber. Por supuesto, ese derecho debe ejercerse con respeto a los sacerdotes y a la dignidad de las personas. Pero el respeto no equivale al silencio, como tampoco la autoridad sacerdotal supone infalibilidad en las decisiones que toma un párroco. Un sacerdote puede equivocarse, actuar imprudentemente y tomar determinaciones que perjudiquen a su comunidad. Y sus feligreses tienen derecho a señalarlo.

La defensa de los bienes históricos y religiosos de una parroquia no es una manifestación de rebeldía contra la Iglesia. Por el contrario, puede ser una expresión de responsabilidad y compromiso con ella. Las campanas de Aculco no son simples objetos que puedan tratarse con indiferencia. Forman parte de la historia de nuestro pueblo, de su patrimonio material y de una tradición religiosa que pertenece a la memoria de muchas generaciones. Defenderlas, por medios legítimos y pacíficos, es una causa perfectamente digna de cualquier católico.

En cuanto a la excomunión, conviene recordar que no es una amenaza que pueda utilizarse discrecionalmente para acallar a quienes protestan. Es una pena gravísima, reservada por el derecho canónico para delitos determinados, como la apostasía, la herejía, el cisma, la profanación de las especies eucarísticas, la violencia física contra el papa y otros supuestos expresamente previstos por la legislación de la Iglesia. Nada de eso tiene que ver, por sí mismo, con reunirse para expresar inconformidad, exigir explicaciones o defender los bienes de una parroquia.

Desde luego, tampoco es admisible agredir, amenazar o coaccionar a un sacerdote. Tales conductas pueden constituir delitos y merecer sanciones. Pero no deben confundirse con el ejercicio pacífico del derecho de los fieles a manifestar sus preocupaciones. Por lo que sé, no existe fundamento alguno para amenazar con la excomunión a quienes se limitaron a manifestar pacíficamente su inconformidad y a defender las campanas. Si alguien sostiene lo contrario, correspondería que señalara con precisión qué delito canónico se habría cometido y qué disposición de la Iglesia justificaría semejante pena.

No permitan que las amenazas, los reproches o los intentos de descalificación los hagan desistir de esa responsabilidad. Pero tampoco permitan que la indignación los lleve a cometer excesos que desvirtúen la legitimidad de su causa. Sigan defendiendo lo que consideran justo. Háganlo con firmeza, con argumentos y con perseverancia. Nunca con violencia. Sin insultos ni amenazas, con el respeto debido al ministerio sacerdotal, pero también con la dignidad de quien sabe que tiene derecho a preguntar, a disentir y a exigir explicaciones.

A veces, precisamente por amor a la Iglesia y a lo que representa para una comunidad, es necesario levantar la voz. Y si alguien tiene dudas sobre todo esto, puede consultar directamente el Código de Derecho Canónico. Está al alcance de cualquiera.

 

DESALIENTO

Las campanas de San Jerónimo han acompañado la vida de Aculco durante generaciones. Han anunciado sus fiestas, sus desgracias, sus celebraciones y sus duelos. Sobrevivieron a guerras, revoluciones y a las transformaciones de nuestro pueblo. Resulta doloroso pensar que hayan estado a punto de perderse no por alguna gran catástrofe, sino por la ignorancia, la imprudencia y la indiferencia de quienes tenían la obligación de cuidarlas.

Y aquí vuelvo al sentimiento con el que comencé este texto. Lo sucedido me duele, pero sobre todo me desalienta. Porque no es un hecho aislado. Es un caso más de una realidad que conocemos demasiado bien: la facilidad con que se atropella nuestro patrimonio, la indiferencia con que se contempla su destrucción y la dificultad de conseguir que las autoridades cumplan con las responsabilidades más elementales. Uno quisiera creer que los años, la experiencia y los esfuerzos de tantas personas han servido para crear una mayor conciencia sobre el valor de lo que hemos heredado. Que todo lo que en 18 años he escrito en este blog para concientizar sobre el valor de nuestro patrimonio y la importancia de conservarlo habría servido de algo. Pero episodios como este parecen demostrar lo contrario.

Y, sin embargo, sería injusto no reconocer que la movilización de tantos vecinos demuestra que esa conciencia también existe. Que hay personas dispuestas a defender lo que hemos heredado. Tal vez no todo haya sido inútil. Lo que verdaderamente desalienta es que esa conciencia parezca estar mucho más presente en algunos ciudadanos que en quienes tienen la responsabilidad de cuidar nuestro patrimonio. Que para impedir una barbaridad haya sido necesario que se movilizara medio pueblo, recurrir de urgencia al INAH y enfrentarse a las autoridades.

Hoy las campanas permanecen en su torre, aunque descolgadas y maltratadas. Ojalá vuelvan pronto a ocupar su lugar y a cumplir su función. Pero ojalá, sobre todo, que lo sucedido sirva para recordarnos que el patrimonio de Aculco no se conserva por sí solo. Necesita de personas dispuestas a conocerlo, valorarlo y defenderlo, incluso cuando hacerlo resulte incómodo para quienes ejercen la autoridad.

Si quieres saber más sobre las campanas de Aculco mira aquí.

 

POSDATA: ¿Y LA POLÍTICA?

Hay también ya quien cree ver intenciones políticas en todo este asunto. Me da pena decepcionarlos, pero por lo menos de mi parte no es así. Más allá de mis preferencias políticas, siempre he criticado las malas decisiones o las omisiones de los gobiernos de todos los signos. En su momento, por ejemplo, critiqué la mala decisión del gobierno del presidente municipal Guadalupe Tovar Lugo (PAN) al intentar canalizar los manantiales del Ojo de Agua que causó un grave problema de suministro en el pueblo. Ya en tiempos de este blog, critiqué también a Javier Venancio (PRI) cuando destruyó y reconstruyó como nuevos los antiguos lavaderos, entre otros estropicios. Esto sólo por mencionar dos casos de distintos partidos al gobernante (Morena). Por otra parte, es importante señalar que el INAH, que ayudó a obtener la suspensión, es una instancia federal de un gobierno también encabezado precisamente por Morena.

viernes, 25 de septiembre de 2026

La Muralla: una olvidada casa de Aculco

La avenida de los Insurgentes marcaba antiguamente el límite de Aculco por el poniente. A pesar de su carácter periférico, esta larga y recta vía conserva todavía varias construcciones de interés, especialmente en el tramo comprendido entre la avenida Hidalgo y la calle de Aldama. De dos de ellas me he ocupado ya en este blog: la casa que perteneció a don Guadalupe Reyes y la curiosa bóveda que acaso fue un antiguo oratorio familiar otomí. Hoy les platicaré de otra casa que se levanta en esta avenida y que lleva el misterio hasta en el nombre: la Muralla.

La Muralla se encuentra en el número 5 de la avenida de los Insurgentes. Actualmente está dividida en dos predios, pero originalmente formaba un rectángulo de unos 30 metros de frente por poco más de 40 de fondo. Toda la casa se desarrollaba en un solo nivel, aunque en algunas áreas contaba, bajo los tejados, con trojes que formaban una suerte de entrepiso y que tenían pequeñas ventanas rectangulares (quizá sería mejor llamares ventilas, de unos 40x20 cm) que daban hacia los patios. Quizá las habitaciones bajo estas trojes llegaron a tener un entrepiso de viguería y terrado de buena calidad constructiva, pero lo cierto es que las cubiertas de teja que llegaron a nuestros días parecen ser en general de poca calidad, con vigas delgadas, muy separadas entre sí. Quizá esto se deba a una remodelación más bien tardía.

Al exterior, la antigüedad del inmueble se advierte de inmediato en sus desgastados muros de piedra encalada. La fachada que mira a la calle presenta una particularidad: su mitad derecha sobresale unos 80 centímetros respecto de la alineación de la parte izquierda. Ambas partes quedan unificadas, sin embargo, por la misma calidad constructiva, la misma altura y el talud de cerca de un metro de altura que refuerza los muros en casi toda su extensión.

Sólo dos de los muchos vanos de esta fachada conservan sus dimensiones originales, altas y estrechas, con enmarcamientos de la misma piedra, unos a ras del muro y otros ligeramente resaltados. Se advierten también las huellas de otros vanos que fueron tapiados. A pesar de estas modificaciones, la casa conserva un marcado carácter y contribuye sin duda a enriquecer el ambiente urbano de Aculco.

La cantidad de trojes altos y bajos, corrales empedrados y caballerizas con que contó este edificio permite suponer, sin mucha duda, que en su origen fue un mesón, más dedicado, por supuesto, a la comodidad de las cabalgaduras que a la de los arrieros. La tradición oral apoya también esta idea. Aunque no tiene elementos decorativos que permitan fechar muy fácilmente su construcción, su método constructivo parece remontarse al siglo XVIII. Prueba de su antigüedad son los muchos remiendos que presentan sus muros, algunos tan viejos que su sola presencia parece envejecer aún más el edificio original.

Según la tradición, el edificio sirvió como cuartel en algún momento del siglo XIX. No me ha sido posible comprobar esta información ni precisar cuándo ocurrió: se habla lo mismo de los años de la Guerra de Independencia que de los tiempos de la Intervención francesa. Lo único que parece más seguro es que fue durante esta etapa militar cuando recibió el nombre de La Muralla, que en ciertos documentos aparece también con el todavía más poderoso apelativo de "La Fortaleza". Posiblemente, antes de las reformas que abrieron más vanos en su fachada, y cuando sus muros ciegos de la parte trasera formaban la última línea de construcciones de Aculco hacia el oeste, el edificio respondía un tanto a esos nombres.

En algún momento entre finales del siglo XIX y principios del XX, aquella "fortaleza" se convirtió en propiedad del Pbro. José Canal, cura de Aculco y filántropo en vida, que a su muerte en 1906 dejó además sus bienes para el socorro de pobres y desprotegidos. Precisamente en esta casa se pretendió establecer una especie de asilo para viudas pobres, con viviendas separadas, y quizá de entonces data cierto acomodo anárquico de algunas habitaciones. De estos años proviene el nombre de "La Beneficencia" con el que también se conoció al edificio.

El legado del padre Canal no pudo, desafortunadamente, conservarse. La verdad es que no era fácil hacerlo en los años de la Revolución y los bienes fueron mermando hasta desaparecer. En el Archivo Histórico del Estado de México existen las cuentas de esta fundación entre los años de 1914 y 1917, cuando estuvo a cargo de don Macario Sánchez y Ruiz, como patrono (1). Quizá su revisión ayude a saber qué fue lo que pasó, cómo decayó y de qué manera se liquidaron sus bienes. El caso es que la casa del padre Canal, una casa vecina a la Casa del Puente, su rancho nombrado Casellas y la misma casa de la Beneficiencia de la que hemos estado hablando terminaron por ser vendidos a particulares.

Desconozco en qué momento La Muralla se fraccionó en dos partes: la principal, hacia el oriente, y la parte de los corrales y huerta hacia el poniente, a la que sólo se puede acceder por un estrecho pasillo común que corre al sur. La primera fracción pasó a manos de don Urbano Correa Ruiz, administrador de la hacienda de Cofradía, quien la habitaba hacia 1930. Luego la adquirió -a finales de la década de 1970- don Alfredo Andrade, quien la remodeló en gran parte y en cuya descendencia se conserva. La segunda fracción fue propiedad en la década de 1960 de don Agustín Osornio Padilla y hoy pertenece al señor Enrique Alcántara y esposa.

Gracias a las fotografías que generosamente me compartió Oziel Martínez Andrade, podemos hacer un recorrido gráfico por los distintos espacios de este inmueble, algunos de ellos conservados y en pleno uso, y otros más en camino de convertirse en ruinas:

Patio sureste (marcado en rojo en el plano)

Trojes y cuartos del patio suroeste (en azul en el plano)

Patio suroeste o segundo patio (en azul en el plano)

Corral norte (verde en el plano)

viernes, 11 de septiembre de 2026

La devoción al Señor del Santo Entierro de Aculco (1743)

En el interior de la parroquia de Aculco, el primer retablo que se encuentra del lado de la epístola (derecho) llama un poco la atención al visitante medianamente conocedor, pues difiere de los demás que existen en la nave. No tanto porque tenga un solo cuerpo, en lo que coincide con el retablo frontero, sino porque es el único que adopta, con cierta libertad, el orden dórico romano y despliega cuatro columnas en su frente. Resulta así más ancho que sus vecinos. Sus columnas, además, lucen un tanto achaparradas, pues no arrancan directamente del banco como el resto, sino que se apoyan sobre un cuerpo prismático alargado que alberga un nicho donde yace la imagen del Señor del Santo Entierro. En lo alto, tiene un entablamento con dentículos y un friso adornado con motivos vegetales dorados; sobre la cornisa se levantan vasos ornamentales en los extremos. En la parte inferior, dos grandes ménsulas sostienen la mesa del altar, actualmente recortada, y entre ellas aparece el monograma de Jesucristo, JHS.

Por su configuración, es evidente que este sobrio retablo fue fabricado expresamente para albergar esta imagen. En la parte superior, entre las columnas, una vitrina guarda la del Sagrado Corazón de Jesús, escultura que, según la tradición local, costeó ni más ni menos que el bandolero conservador Lindoro Cagigas. Parece que éste ha sido también desde antiguo su lugar. Por lo menos, así consta desde 1918, hace 108 años, cuando los inventarios que conozco ya la ubican ahí. Desde entonces, el altar ha perdido solamente dos elementos: un crucifijo, del que no sabemos dónde estaría colocado, y la corona de plata de la propia imagen del Señor del Santo Entierro.

El Cristo del Santo Entierro es una imagen procesional articulada, calculo que del siglo XVIII, que servía especialmente para los oficios de Semana Santa. Mientras que el Señor de Ramos -que representa a Cristo vivo y se guardaba en el Santuario de Nenthé- era quien protagonizaba el prendimiento y el viacrucis, la imagen del Santo Entierro se colocaba en aquella gran cruz verde de brazos ondulantes, que no he vuelto a ver desde que era niño, para representar la Crucifixión. De ahí se le bajaba la tarde del Viernes Santo para colocarlo en su preciosa urna portátil de madera dorada, de la que ya les hablé antes en este texto, y salir en la procesión del Santo Entierro. Después volvía a su nicho en el altar del Sagrado Corazón hasta el año siguiente.

En algún momento, quizá por influencia externa, se volvió popular la representación de la Semana Santa con personas y las antiguas esculturas procesionales fueron perdiendo importancia. Calculo que el Cristo del Santo Entierro no ha vuelto a ser "crucificado" desde hace unos cuarenta años.

Parece ser que el Señor del Santo Entierro del templo de Aculco gozó en el pasado de gran devoción. En su nombre, alguno de sus devotos instituyó, todavía en tiempos del Virreinato, una obra pía con cierta cantidad de "bueyes, vacas y cabras". Con los frutos que produjera aquel ganado debían celebrarse en el convento "distintas misas por honras del Santo Entierro de Cristo, Señor Nuestro y que se convirtiesen los demás frutos en culto de esta santísima imagen".

Sabemos de esta obra pía gracias a que, en 1743, la Provincia Franciscana del Santo Evangelio de México reclamó al indio Gaspar Asensio, encargado del manejo y administración de sus bienes, que no hubiera rendido cuentas de ellos ni de su crecimiento y se limitara a entregar la limosna para las misas. El documento es medianamente interesante, por lo que lo transcribo aquí, esperando no aburrir a mis lectores:

México, julio 9 de de 1743 años.
Líbrese despacho sometido al juez eclesiástico de San Gerónimo Aculco para que haga comparecer a Gaspar Asensio y le notifique que dentro de seis días ponga de manifesto todos los bienes que están de su cargo pertenecientes a la obra pía que se refiere, dando cuenta de lo que ha entrado en su poder y su distribución y en caso de resultar alcance contra el susodicho, con auxilio de la Real Justicia le ponga preso y haga todas las diligencias convenientes al seguro de dichos bienes. Así lo proveyó el señor D. Francisco Xavier Gómez de Cervantes, juez provisor y vicario general de este Arzobispado. Y lo rubrico.=

Pablo Antonio de Sotomayor, vecino y del comercio de esta ciudad, apoderado del síndico general de la Provincia de el Santo Evangelio por lo tocante a el convento de San Gerónimo Aculco, como mejor proceda por derecho y con las protestas necesarias y competentes dijo = Que a cargo de un indio nombrado Gaspar Asensio en aquella jurisdicción se hallan distintos bienes de bueyes, vacas y cabras destinados para la obra pía de que se celebren por el convento distintas misas en honra del Santo Entierro de Cristo, Señor Nuestro y que se convirtiesen los demás frutos en culto de esta Santísima Imagen.-

Dilatado tiempo ha estado dicho Gaspar Asensio corriendo con la administración y manejo de estos bienes sin que hasta ahora haya dado cuentas algunas de sus productos sino sólo contribuyendo con la limosna de las misas que le ha parecido. Pero no se sabe qué productos, digo, aumentos haya, cuando según la naturaleza de los bienes debe haberlos por ser por sí fructíferos y augible; Y es m con cuyo en derecho que en razón de administración se debe compeler a el ecónomo a que dé en forma cuentas de lo que ha sido a su cargo, y las mismas disposiciones legales enseñan que cuando es sospechosa la persona de el administrador se prenda y asegure, y es innegable que por sí es dicho Gaspar Asensio persona sospechosísima.-

Pero en la presente es inngeable que se ha hecho mas sospechoso dicho Gaspar Asencio, porque llevado de su cavilosísimo genio se ha inherido en pleitos conmoviendo a varios indios del pueblo de la Concepción para empresas muy arduas y costosas como es el litigio que hoy tienen sobre punto de aranceles maltratando y vejando a los que no le han querido seguir, y es verosímil y muy natural que para el fomento de sus cabilaciones heche mano de los bienes de esta obra pía y que quede extenuada, y aún destruida.

No puede ofrecerse duda alguna en la acción que le asiste a el convento mi parte no sólo para exigir los frutos pretéritos y corrientes, y para pedir las cuentas para que lo producido se convierta en su destino piadoso, sino para solicite el seguro e indemnidad del principal para lo futuro, para que no solo no decaezca, sino que antes se aumente dicho principal, en cuya atención se ha de servir V. S.justicia mediante de mandar se me libre despacho cometido a cualquier eclesiástico que sea requerido para que haga que dicho Gaspar Asensio dé las referidas cuentas, exhiba los productos y frutos de dichos bienes, y los que existieren se secuestren y depositen a satisfacción de mi parte. Para todo por la ninguna seguridad que [...] la persona el dicho indio se asegure en la prisión primero y ante todas cosas y se impongan graves penas para su cumplimiento por lo qual a V. S. suplico así lo mande pido justicia juro [...]. Pablo Antonio de Sotomayor.

Por cierto, este documento permite entrever que hay un trasfondo adicional en la mala administración de la obra pía del Santo Entierro: la actitud un tanto revoltosa de Gaspar Asensio, quien, como se ve aquí, animaba a los habitantes del pueblo de La Concepción a mantener un pleito por el pago de los aranceles -los pagos que los pueblos de indios hacían al convento o doctrina por la atención religiosa-, que seguramente sostenían con los frailes del convento de Aculco.

FUENTE:

El documento es consultable en: https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:939Z-RR96-9S?view=fullText&keywords=Aculco%2CEvangelio&searchForm=advanced&lang=es&groupId=M9ZY-DXB

viernes, 28 de agosto de 2026

Veintitantos patios de Aculco

En la arquitectura tradicional del centro del país -heredera sobre todo de los usos constructivos mediterráneos, aunque también de ciertos modelos prehispánicos- los patios interiores son una de las constantes mejor establecidas. Aunque variaban en dimensiones, materiales, alturas y proporciones, los patios son casi ubicuos en los edificios mexicanos desde el siglo XVI hasta principios del XX, lo mismo en las casas sencillas que en los conventos, colegios, casonas y palacios. En Aculco no podía ser de otra manera y, a pesar de las muchas destrucciones en sus edificios históricos, existen todavía en el pueblo algunos patios antiguos -y unos cuantos de construcción moderna- que vale la pena revisitar en este post. Como verán, se trata de una colección variada con ejemplos de épocas y calidades distintas, que reúno aquí para que los disfruten en conjunto y, quizá, puedan inspirar a alguien. Permítanme también tomarme esta vez una licencia, pues no les mostraré aquí fotografías antiguas ni actuales de estos lugares, sino ilustraciones creadas con ayuda de inteligencia artificial (IA) a partir de fotografías de todas las épocas. La razón es simple: darles cierta uniformidad. En este blog he hecho poco uso de la IA -casi exclusivamente para colorear alguna imagen- y sé que a algunos de mis lectores más leales les incomoda su uso. Sin embargo, creo que es una herramienta extraordinariamente útil que no podemos simplemente ignorar o evitar a toda costa.

Vayamos pues a esta selección de patios aculquenses donde lo hay de todo: patios de casonas y de casitas humildes, patios de haciendas y del convento, patios antiguos y recientes, patios grandes y minúsculos, patios que existen y otros que lamentablemente desaparecieron.

El patio del convento de Aculco -es decir, su claustro- se edificó hacia 1708 e históricamente es, sin duda alguna, el más importante del pueblo. Se trata, además, el único patio antiguo dde Aculco que se halla rodeado de corredores por sus cuatro costados y en sus dos plantas. Hasta la década de 1960, como muchos otros, estuvo ajardinado. Hoy cubre el piso una combinación de adoquín y concreto. Los arcos que lo rodean son mayormente de piedra blanca y ladrillo, escarzanos en la planta baja y de medio punto en lo alto. El pretil calado con arquillos es característico de la época de su construcción. Todo el claustro estuvo originalmente aplanado y adornados con sillares fingidos, una decoración que fue torpemente destruida en distintos momentos del siglo XX. Pero el daño mayor ocurrió en 2009, cuando se le cubrió con la espantosa cubierta industrial de lámina que lo hace parecer hoy en día una vulgar bodega, lo que mutiló además los canales de piedra que desaguaban sus azoteas. En tiempos más sensatos esa cubierta deberá desaparecer.

Este gran patio, cuyo costado norte se muestra al principio de este artículo, era en su origen bastante más pequeño, pero a principios de la década dde 1970 se le ensanchó hacia el oriente y hacia el sur, eliminando para ello cocinas y trojes. El rincón que vemos aquí corresponde a los corredores antiguos, que posiblemente pueden fecharse entre los siglos XVIII y XIX. La casa en su conjunto es, sin embargo, más antigua y en un dintel reubicado se puede leer una fecha correspondiente a febrero de 1656. Como era frecuente en algunos otros patios de Aculco, un pretil separaba los corredores del patio propiamente dicho. Pueden verse, además, piedras de cantera sueltas, restos de otras construcciones perdidas, que en casos como este convertían esos espacios en pequeñas gliptotecas. Este es posiblemente el patio más notable que sobrevive en Aculco.

Construido entre 1786 y 1791, ya bajo la influencia del neoclasicismo, es un espacio sencillo y utilitario, destinado originalmente a la carga y descarga de las diligencias. Sus corredores, relativamente estrechos -con excepción del que se extiende al poniente en la planta alta-, descansan sobre pilares de cantera de molduración muy sencilla, hoy cubiertos de pintura. Aunque el conjunto parece inconcluso, pues el lado oriente carece de planta alta y habitaciones, algunos documentos sugieren que fue incendiado durante la Guerra de Independencia y que quizá de entonces date esa ausencia. Por lo demás, las modificaciones realizadas en el siglo XX sustituyeron toda la antigua viguería de madera por vigas y zapatas de concreto, una intervención que produce cierta desazón al visitante. Lo cierto es que este patio nunca tuvo la prestancia que podría esperarse al observar la fachada del edificio, resuelta con mucha mayor belleza. Se puede atribuir al arquitecto Esteban González, aunque sería José del Mazo y Avilés quien lo terminó

Hace más de treinta años, cuando conocí la hacienda de Cofradía Grande, la casa se encontraba en completa decadencia e incluso parte de este patio se utilizaba como corral. Por fortuna, fue restaurada con cuidado y hoy puede contemplarse así, con toda su hermosa sencillez puesta en valor. Como se observa, su disposición es sencillísima: un gran patio abierto, sin corredores y de una sola planta, al que se abren vanos enmarcados en cantera y de cerramiento curvo. Es de elogiar que durante la restauración se respetara esta dignidad, pues, aunque la hacienda se enriqueció con nuevas dependencias, como la capilla y el lienzo charro, la casa antigua se mantuvo en toda su originalidad, conservando así su carácter, su historia y la sobriedad que siempre la distinguió.

Este es el patio de la preciosa casa que se levanta en el número 5 de la avenida Hidalgo, antiguamente llamada "La Pechera", sin que se sepa en realidad el porqué de ese nombre. Aunque en sus corredores antiguos -al sur y al este- los pilares fueron reemplazados hace mucho tiempo por columnas y zapatas de concreto, la cubierta plana de viguería y ladrillo contribuye a conservar el aire tradicional del espacio. El corredor de la izquierda, correspondiente al lado norte, es más moderno y posee columnas de cantera que sostienen un tejado. El pretil que separa los corredores del patio, poblado de macetas, es aquí de citarilla de barro, una disposición que evoca el antiguo jardín de la plaza mayor de Aculco. En el patio, plantados en rodetes (pues el subsuelo de piedra blanca dificulta el crecimiento de las plantas), hay pequeños árboles frutales y orquídeas moradas, de esa especie antes tan extendida en los patios del pueblo.

Este patio se hallaba en la casa número 1 de la calle de Riva Palacio, una preciosa construcción que desapareció casi por completo en la década de 1980. Cuando se tomó esta fotografía, la casa ya había sido demolida y sólo permanecía en pie la arquería del patio, dispuesta en escuadra sobre sus lados oriente y sur. Al fondo asoma la chimenea del horno, todavía existente, de la Casa de los Terreros, hoy ocupada en parte por el Hotel Hidalgo. En realidad, la casa de don Abraham Ruiz y la de los Terreros formaron originalmente una sola propiedad, y sus respectivos patios constituían entonces un único espacio. Su división dio lugar, sin embargo, a historias distintas en su devenir arquitectónico: mientras la Casa de los Terreros conservó por mucho tiempo sus viejas columnas de madera del siglo XVIII, en la de don Abraham Ruiz éstas fueron sustituidas a principios del siglo XX por esta arquería de medio punto, labrada con en cantera rosa. Ya en la década de 1990, los arcos fueron desmontados y reconstruidos en una casa nueva por el rumbo de Nenthé, donde todavía se conservan. El antiguo patio, en cambio, desapareció por completo, ocupado por nuevas construcciones.

Me atrevo a decir que las ruinas coloniales más importantes de nuestro municipio son las de la Casa Vieja o Hacienda Jesuita de Arroyozarco, situadas al sur de la capilla de esta comunidad. Sólidamente construida con mampostería de piedra brasa, tezontle y cal, la fortaleza de sus muros ha impedido que caiga por completo a tierra pese a tantos años de abandono. Aunque la posibilidad parece cada vez más remota, conserva todavía la solidez suficiente para que algún día pudiera ser reconstruida. Lo que vemos aquí es el patio principal de aquella casa, en una imagen tomada desde el acceso. En primer plano aparece el arco del cubo del zaguán, desprovisto de toda molduración, como también lo están los austeros arcos de los corredores bajos que se observan al fondo. Sobre ellos se distinguen los pedestales de cantera de la planta alta que antaño sostenían sendos pilares del mismo material, hoy desaparecidos. Los escombros caídos y las yerbas y nopales que crecen entre los muros dan al conjunto un profundo aire de desolación.

En el habla aculquense, un "jacal" es una construcción normalmente aislada, cubierta de teja, que servía para las labores de los ranchos o de alguna porción específica de tierras dentro de las haciendas. Eran en cierta medida equivalente a las "galeras" que se levantaban dentro de los límites de la hacienda de Arroyozarco. Así, existe por ejemplo el Jacal de Ñadó, donde se almacenaba el carbón que producía la hacienda, el Jacal de los Terreros, que todavía se levanta, destechado, al norte de la Unidad Deportiva o éste al que llamaban Jacal de los de la Vega pues perteneció a esa familia durante buena parte del siglo XX. Los jacales se caracterizaban sobre todo porque la construcción principal era un edificio de trabajo, no propiamente habitacional, aunque normalmente se rodeaban de anexos como corrales, eras y también pequeñas viviendas. El Jacal de los de la Vega (no sé el nombre que le dan sus propietarios actuales) fue remodelado hace años con muy buen gusto, convirténdolo en preciosa casa de campo. Este pórtico da hacia el patio que se extiende a su frente, al oriente. Nótese como se ha conservado la sobriedad original del inmueble, sin añadidos de cantería o de otros materiales que con tanta frecuencia suelen desfigurar las casas que se remodelan en Aculco.Actualmente está a la venta.

Si les dijera que en esta imagen lo único verdaderamente antiguo es el brocal de pozo que se ve a la izquierda quizá pocos lo creerían, pero así es. Este es un patio que se construyó hace unas dos décadas donde antes había sólo un corral. Al levantar se la nueva construcción, se buscó sin embargo que armonizara perfectamente con las casas vecinas, que conformabn uno de los conjuntos más bellos de Aculco. En sus costados norte y oriente el patio tiene sus corredores altos y bajos con pilares de cantera y hacia el sur muestra este aspecto, donde predomina la piedra y en el que la combinación de planos, techos planos y tejados con vanos desiguales crean un ambiente acogedor y pintoresco.

Esta casa perteneció durante las primeras seis o siete décadas del siglo XX a la familia Villafuerte. Don Fidencio Villafuerte estableció en ella, hacia 1905, una pequeña fábrica de mantas y cambayas en el galerón porticado que asoma al fondo. Su patio es pequeño -abarca apenas un poco más de lo que puede verse aquí- pero es un ejemplar casi prototípico: dos corredores en L, uno mayor de norte a sur y otro muy pequeño de este a oeste; dos plantas con columnas alternadas de piedra y madera (éstas casi todas reemplazadas ya) sobre un pretil de mampostería; entrepisos de madera y cubierta de teja; pisos de ladrillo en los corredores y en el patio la piedra del subsuelo aculquense sin otro recubrimiento; un pozo sin brocal junto al lavadero; una estrecha escalera de madera torneada para comunicar las dos plantas. Aunque este patio se conserva, no se encuentra en perfecto estado. Sin arreglos profundos, quizá no llegue a sobrevivir muchos años más.

Este patio es particularmente evocador, quizá por el estado de ruina en que se encuentra su parte más antigua. Da la impresión de que sus corredores se mantienen en pie sólo gracias al grosor de sus pilares, pues todas las vigas de madera están podridas. Semejante a otros patios de Aculco, se distingue sobre todo por esa apariencia fuerte, aunque tuvo también otras gracias, hoy deslavadas por el abandono: sus zapatas de madera, los bien labrados enmarcamientos de cantera de mediados del siglo XIX y la decoración de pintura mural en tonos azules, amarillos y rosas que cubría su interior. A la derecha, más allá de la escalera que se ve aquí y ya fuera de la fotografía, sobrevive el brocal cubierto de un pozo hoy cegado. El conjunto siempre me recuerda al Corral del Carbón de la ciudad de Granada. Por desgracia, parece ya destinado, sin remedio, a desaparecer cualquier mal día.

Este patio reúne, de manera bastante armoniosa, aportaciones de distintas épocas. Su parte más antigua es el corredor bajo del costado oriente, que vemos aquí sostenido por robustos pilares de piedra blanca y rematado, hacia el sur, por un hermoso arco del mismo material. Los pilares de la planta alta, en cambio, son modernos: datan apenas de 2010, cuando el inmueble fue adaptado como hotel, y sustituyeron con acierto a otros soportes, de aspecto y materiales menos afortunados. Al fondo asoma una construcción de mediados del siglo XX que, con sus delgadas columnas de concreto, introduce una nota algo disonante. Con todo, hoy se integra mucho mejor al conjunto que cuando el inmueble funcionaba como casa habitación y sus muros mostraban un ajedrezado desafortunado. El pavimento de adoquín, por su parte, constituye un buen complemento pétreo y contribuye a dar unidad al espacio. Quizá lo único lamentable de su apariencia actual es su cubierta de lámina que intentan imitar un tejado de barro sin conseguirlo, colocada además sobre vigas de acero. La solución es, sin duda, más práctica y favorece la conservación del inmueble, pero a cambio le quita parte de su sabor tradicional.

Éste era, sin duda, el patio más elegante de Aculco, pero desapareció en la década de 1960. Parte de su cantería rosa y blanca, sin embargo, se conserva en el interior del edificio que se levantó en su lugar -la Superterraza- y en los patios de las casas números 2 y 4 de la calle de Juárez. Como puede verse en la imagen, los pilares, capiteles y pretiles seguían un modelo común en el pueblo; su verdadero interés residía en los arcos de asa, bellamente moldurados, y en la fina labor de cantería de las enjutas, molduras y cornisas que corrían sobre ellos. Como en tantos otros patios de Aculco, el espacio central no estaba enlosado, sino que se destinaba al cultivo de árboles frutales y plantas ornamentales. Lo favorecía el ligero desnivel respecto de la plaza Juárez, que permitía cubrir la piedra viva con una capa de tierra.

El patio central de la hacienda de Ñadó presenta varias particularidades frente a otros del municipio de Aculco. Su aspecto general recuerda los patios toluqueños: corredores elevados sobre el nivel del patio, columnas de fierro colado apoyadas en basas de cantería y barandales de herrería en lugar de los pesados pretiles aculquenses. Sin embargo, el tejado que cubre los corredores, el jardín central poblado de frutales y el bonito desayunador poligonal del centro le dan un aire campestre muy distinto del de las casas de aquella ciudad. Aunque pasó por años de cierto abandono, por fortuna el patio fue restaurado junto con todo el casco de la hacienda y hoy se conserva en excelentes condiciones.

Debo decir que no conozco este patio en persona y sólo puedo referirme a él por las fotografías modernas que alguien amablemente me hizo llegar. El nombre de la propiedad resulta evocador de los primeros tiempos de la colonización, cuando las tierras vacantes comenzaron a repartirse en extensiones que empleaban precisamente ese término: la estancia de ganado menor, de unas 780 hectáreas, y la estancia de ganado mayor, de unas 1,755. El edificio, construido con la piedra blanca de Aculco, fácil de extraer de las barrancas vecinas, tiene la solidez de una fortaleza. Desde el patio pueden advertirse distintas etapas constructivas; el cuerpo de pequeñas ventanas alargadas parece corresponder a la más antigua. El espacio central -el patio- luce hoy cubierto de pasto y adornado con bancas y farolas. A la izquierda, en un nivel ligeramente más alto y fuera de la vista en esta fotografía, está un sencillo corredor con tejado, sostenido por columnas poligonales de la misma piedra blanca que, por su rusticidad, recuerdan vagamente ejemplos románicos o góticos. Por fortuna, buena parte del edificio se encuentra hoy bien restaurada.

Este patio data de 1946 y 1947. Diseñado por el ingeniero Harmodio de Valle Arizpe, es uno de los pocos patios de Aculco cuyo autor puede señalarse con certeza. Siempre me ha parecido desproporcionadamente grande para el edificio que lo alberga, aunque hay que tomar en cuenta que las teorías educativas de la época insistían en la necesidad de contar con espacios amplios para que los niños se ejercitaran. Por su función escolar, el patio está completamente pavimentado con concreto, alternado con franjas de piedrecillas que forman una cuadrícula. Sus corredores, más bien angostos y construidos en concreto armado, se suavizan un tanto con la cubierta ornamental de teja y las molduras a modo de capiteles o zapatas. Al poniente -a la izquierda en la foto- se abre el cubo del zaguán, que sobresale del plano marcado por los muros de los salones de clase y se abre mediante un arco hacia el patio. Su cornisa elevada, de formas mixtilíneas, introduce una nota ornamental que subraya el estilo neocolonial del inmueble, la que se repite en el otro extremo en la cornisa del Teatro Municipal. El sol de barro colocado sobre el arco es una artesanía de alrededor de 1974 que anteriormente adornó el cubo de la escalera del Palacio Municipal.

Este patio en ruinas es sumamente sencillo y posiblemente no merecería una nota si no fuera porque su abandono permite apreciar con particular claridad su disposición, sus materiales y su antigüedad. Está edificado con la ubicua piedra blanca de Aculco y su planta es trapezoidal, debido sobre todo a las exigencias del terreno. Muy probablemente fue conformándose mediante adiciones de distintas épocas que acabaron por darle un aspecto hermosamente anárquico. Vemos los restos de un ala de dos plantas, pilares de piedra caídos o a punto de caer, un arco que no parece conducir a ninguna parte, tejados derrumbados y piedras rotas. Por supuesto, este espacio merecería una adecuada restauración o, al menos, una intervención respetuosa; pero lo más probable es que nunca llegue a tenerla y termine ocupado por una construcción moderna.

Este diminuto patio se encuentra en una de las casas que conforman el callejón que desciende del atrio de la parroquia hacia la plazuela Hidalgo. Como otros patios antiguos del pueblo, combina la cantera blanca (pilares y arcos) con la rosa (capiteles y claves). Sus corredores bajos están formados por arcos de medio punto en tres de sus costados y un muro ciego en el restante. El consabido pretil separa la zona cubierta del patio propiamente dicho. En la parte alta, a la que se llega por una escalera en parte construida en piedra y en parte en madera, no tiene arcos aunque sí pilares idénticos a los de la planta baja y cubierta de teja sobre vigas de madera. Une los pilares un pretil sumamente bajo, pensado más para colocar macetas que pare proteger de una caída, algo que se repite en muchas casas de Aculco.

Éste es otro de esos patios de aspecto anárquico y pintoresco que con tanta facilidad pueden formarse en Aculco utilizando apenas piedra blanca, madera, ladrillo y teja. Es fácil advertir que fue tomando forma mediante añadidos sucesivos de distintas épocas y desigual calidad. Así, encontramos muros de mampostería irregular junto a otros de sillares mejor cortados -sobre todo en el cuerpo de dos plantas-; pilares cuadrados de piedra blanca, de distinto grosor y dispuestos sin un ritmo aparente; otros poligonales y mejor tallados; columnas de madera, y escaleras tanto rectas como en abanico. Resulta curioso que, en contraste con este desorden, la fachada principal del inmueble sea ordenada y esté bien diseñada, con cierto aire italianizante.

A fines del siglo XIX y principios del XX, la "modernidad" arquitectónica llegó a Aculco de una manera muy sutil, con formas más clasicistas que eclécticas y sin expresarse casi nunca en edificios con elaborados trabajos de piedra que pudieran calificarse claramente como porfirianos. Recuérdense obras como el reloj público (1904) o el basamento del kiosco (1889), que pertenecen a esa modernidad, pero parecen concebidos para prolongar la sencillísima arquitectura de Aculco y no para competir con ella. Algunas casas del municipio incorporaron elementos de este nuevo gusto, como una que ya hemos visto páginas atrás, la de don Abraham Ruiz. En la hacienda de Cofradía, hacia 1905 se construyó el portal de arcos de la fachada, mientras que el patio recibió la ornamentación que vemos aquí: esbeltas columnas toscanas de cantera blanca, con basas y capiteles de cantera rosa. Aunque hoy están pintados de rojo, se reconocen también elementos mucho más arraigados en la arquitectura de Aculco, como los pretiles que separan el patio de los corredores. En los muros del fondo se observan los notables murales de Ernesto de Icaza que dan fama a esta propiedad.

Este patio, ubicado en una casa de la Plaza de la Constitución, es un buen ejemplo de la armonía que pueden alcanzar aportaciones de distintas épocas en un mismo edificio aculquense. Véase, por ejemplo, el cuerpo de piedra blanca de dos niveles que aparece a la izquierda de la imagen y que podríamos llamar torrecilla: la planta baja data de tiempos coloniales; la segunda, de la década de 1950, y el pretil almenado, de hace menos de diez años. En sus pequeños corredores, esta construcción alterna pilares de cantera en el nivel inferior y columnas de madera en el superior, una disposición tradicional de Aculco que todavía puede verse en la portería del antiguo convento y que aquí se recuperó con acierto. También el piso de lajas fue común en el pueblo, con ejemplos notables en el atrio de la parroquia, el Molino de Arroyozarco y la casa número 2 de la calle de Juárez. Un elemento ajeno a la tradición local, pero que se integra sin estridencias, es la fuente de construcción reciente: en el municipio son muy escasos los ejemplos antiguos. Este patio conservó por algún tiempo unos cuantos vestigios de su antiguo origen como tenería (es decir, curtiduría): tinajas y canales tallados directamente en la roca madre.

Durante muchos años desconocí la existencia de este patio, ubicado en la casa de la esquina de Comonfort y Corregidora. Lo primero que llama la atención son los gruesos muros de piedra blanca que lo separan de las casas vecinas y le dan un precioso marco. Luego están sus arcos encalados, de poca altura y aspecto un tanto conventual, acompañados del tradicional pretil. En la planta alta, en cambio, sólo hay pilares que sostienen el tejado. Son seguramente una adición posterior, pero no restan armonía al conjunto. A veces pienso que otras pequeñas casas aculquenses debieron de tener patios semejantes a éste, perdidos con el tiempo entre destrucciones, abandono, modernizaciones, subdivisiones y otras desgracias.

El edificio del Despacho -llamado en el siglo XVIII "casa del mayordomo"- es uno de los más importantes de la antigua hacienda de Arroyozarco. Su patio se encuentra actualmente desprovisto de corredores y con algunas construcciones parásitas apoyadas en sus muros, pero antiguamente tuvo en sus costados vastos pórticos con cubierta de viguería, sostenidos por grandes columnas de madera que descansaban sobre basas poligonales de tezontle rojo. Algunos restos sobreviven desarmados in situ, pero sólo gracias a una fotografía de la década de 1980 —cuando los peregrinos de Querétaro adquirieron el edificio— podemos conocer con precisión el aspecto que tenían, aunque para entonces se encontraban ya próximos a la ruina. Es una verdadera lástima que un patio tan original se haya perdido.

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Hasta aquí nuestro recorrido, necesariamente incompleto, por los patios de Aculco. Como hemos visto, no existe propiamente un modelo único de patio aculquense, pero sí una manera muy reconocible de construirlos: piedra blanca y rosa, madera, ladrillo y teja; corredores y pretiles; árboles, macetas y, de vez en cuando, algún pozo o una fuente. Quizá su mayor encanto esté precisamente en que rara vez fueron espacios concebidos de una sola vez. Crecieron con las casas, recibieron añadidos, perdieron otros, cambiaron de materiales y de usos y terminaron por reunir, a veces con orden y otras de manera hermosamente anárquica, varios siglos de historia. Algunos han llegado hasta nosotros casi intactos, otros han sido transformados con mayor o menor fortuna y muchos sólo sobreviven en fotografías. Ojalá los que quedan sigan siendo patios y no se conviertan, como ha ocurrido tantas veces, en habitaciones, cocheras o simples metros cuadrados disponibles para construir.