Mostrando entradas con la etiqueta haciendas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta haciendas. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de octubre de 2025

Blas Guller, el penúltimo administrador jesuita de Arroyozarco

El 25 de junio de 1767, las casas de los jesuitas en Nueva España amanecieron rodeadas de soldados. El rey Carlos III había ordenado detener a todos los miembros de la Compañía de Jesús para expulsarlos de los dominios españoles. La operación se preparó con el máximo sigilo para ejecutarse sin tropiezos y de manera simultánea, como había ocurrido meses antes en la metrópoli. Sobre las causas de este decreto se ha especulado y novelado mucho, pero pueden resumirse en una: en tiempos de consolidación del absolutismo monárquico, la creciente influencia de los jesuitas -sustentada en su poder, su riqueza y su voto especial de obediencia al papa- resultaba incómoda y riesgosa para el monarca.

Hubo, sin embargo, jesuitas que lograron escapar en un primer momento de la aprehensión: los destinados a las misiones remotas de Paraguay o California, así como aquellos que administraban las haciendas de la Compañía de Jesús. Aunque no lo sabemos con absoluta certeza, es muy probable que entre ellos se encontrara el hermano Blas Guller y Huarte, penúltimo administrador de la hacienda de Arroyozarco y residente en ella.

Guller había nacido en Estella, Navarra, en abril de 1703. Se le bautizó en la iglesia de San Juan Bautista de ese lugar el día 3 de quel mes y año. Fueron sus padres Blas Guller de Monteagudo y María de Huarte y Gómez (mencionada a veces con el apellido Duarte, Aduarte, Uduarte o Ugarte). Sus padres se habían casado tres años antes en el templo de San Julián y Santa Basilisa de Andosilla, del mismo reino, de donde al parecer eran originarios. Desconocemos cuándo viajó Blas Guller a la Nueva España y a qué se dedicó en su juventud, pues fue hasta pasadas las cuatro décadas de edad, en 1744, cuando ingresó al noviciado jesuita, el 25 (o 23) de mayo de ese año. Ya en 1748 aparece como administrador de alguna de las haciendas jesuitas y se describen sus dotes como "de ingenio y juicio bueno; de alguna prudencia y experiencia; de complexión temperada; de talento para lo del campo y la casa". En 1751 actuaba ya como apoderado del procurador de las misiones de California.

Resulta llamativo que se le confiaran tales responsabilidades cuando aún era novicio, antes de pronunciar sus votos temporales de pobreza, castidad y obediencia, pues no fue sino hasta junio de 1753 cuando se le autorizó a hacerlo. Un año más tarde emitió sus "últimos votos", los definitivos, entre los cuales figuraba el cuarto, propio de los jesuitas: la especial obediencia al Papa. Algunos documentos se refieren a él como "reverendo padre", sin embargo, parece seguro que no se ordenó sacerdote, por lo que el tratamiento correcto sería simplemente el de "hermano".

Desde 1755 Blas Guller se hallaba en Arroyozarco como administrador de la hacienda. Aunque su residencia regular era este lugar, como encargado de una finca perteneciente a las misiones de California se le consideraba adscrito al Colegio de San Andrés de la Ciudad de México (famoso por su hospital), como lo reseñan documentos jesuitas de 1761 y 1764. ¿Cómo era el trabajo de los administradores de las haciendas jesuitas? Sobre eso escribí en mi libro Arroyozarco, puerta de tierra dentro (2003):

El Fondo Piadoso de las Californias tenía como cabeza a un padre Procurador, quien era el supervisor de los padres o hermanos jesuitas administradores nombrados para cada una de las haciendas que pertenecían a la fundación. Él se encargaba de visitar las propiedades, vigilar su explotación y habilitar a los distintos administradores con objetos y mercaderías que les era imposible conseguir en el lugar en que se ubicaban las fincas. Durante ciertos períodos existió un administrador general que ocupaba un puesto intermedio entre el Procurador General y los administradores de las haciendas. Por su parte, los padres administradores estaban directamente encargados de los trabajos de las fincas.

Quizá con el objeto de regular su conducta, se recomendaba que, en lo posible, no se dejara al hermano administrador solo, sino que se designara un capellán como compañía. Por debajo del puesto del administrador se encontraban los mayordomos (de campo y de casa) y después toda una escala de empleados menores como escribanos, caporales, vaqueros, arrieros, pasteros, sirvientes de la labor, ayudantes, carpinteros, herreros, albañiles, cocineras, molenderas, cuida pastos, gañanes, sacristán, cuadrillas de trabajadores forasteros y capataces en tiempo de cosechas, veladores, boyeros, peones, ayudantes, caballerangos, muleros, etc.: todo lo necesario para la subsistencia de un grupo más o menos numeroso de gente dedicada al trabajo agrícola y ganadero. Cada hacienda era en sí misma un pequeño mundo con mayor o menor interacción con el exterior, pero autosuficiente en muchos aspectos, lo cual a veces agudizaba su aislamiento respecto a pueblos y ranchos vecinos pero contribuía a la integración de sus habitantes.

[...]

Tal vez los padres administradores de la hacienda hayan tenido como diversión la lectura de libros piadosos y profanos, acompañándose con chocolate caliente servido al uso de la época, en su taza con mancerina o en un coquito encasquillado en plata, pues todos estos objetos se mencionan en los inventarios de la época. Quizá alguno de ellos practicó la esgrima, pues existía una espada vieja de este ejercicio en las bodegas de la finca. Cada año, el padre administrador debía acudir a ejercicios espirituales y entonces dejaba la hacienda a cargo del mayordomo y sus ayudantes. Antes o después de dichos ejercicios debía rendir cuentas a sus superiores. Se recomendaba que el administrador fuera “observante y fervoroso en la soledad de una hacienda donde no hay Superior que cele, ni campana que llame, ni visitador que registre, no ojos que observen, ni censores que noten la vida de un religioso campista”. y que se levantara temprano, pues “desdice mucho que en una hacienda donde todos madrugan antes del alba, sólo el Administrador duerma hasta después de salido el sol”. Por la noche, el administrador “rayaba” las cuentas de los sirvientes para su posterior pago y daba órdenes al mayordomo sobre los trabajos del siguiente día.

Para el padre administrador, el capellán, algunos hermanos jesuitas convalecientes o de vacaciones y huéspedes que se encontraban en la hacienda se tocaba a comer a las doce del día y a cenar a las ocho de la noche. Quizá la visita o el paso de viajeros importantes añadían alguna compañía interesante al administrador.

En sus años como administrador de Arroyozarco seguramente debió atender innumerables asuntos, pero de los que más documentación ha sobrevivido es de los que se relacionan con límites de tierras. Fue el caso del pleito con los naturales del pueblo de Santiaguito Maxdá, Timilpan, en 1762, o los que tuvo por el sitio de San Juan Ashuatepec, que la hacienda había intercambiado con Santiago Navarrete y que los naturales de Acambay reclamaban en 1753.

Acerca de los espacios que habitó don Blas en la Casa Vieja de la hacienda, escribí también en la mencionada obra:

El extremo norte del ala estaba ocupado por la nave de la capilla, su atrio y una troje de dos naves sobre columnas cilíndricas. Esta área era la única que contaba con una planta alta, que rodeaba al patio principal sólo por los lados norte y poniente, y al que se accedía por una escalera de piedra en el lado norte del patio. Ese piso contaba con dos soleados corredores, que miraban hacia el sur y oriente, soportados por pilastras de cantería; debe haber sido el lugar habitado por los jesuitas administradores y residentes en la hacienda, contaba con tres salas, dos recámaras, una sala de huéspedes (adornada con una bella portada de tezontle con la característica forma de H y con su clave en forma de róleo, ricamente esculpida), despensa, palomar, cocina, letrinas y almacén además de varios cuartos. Una de esas salas debió ser la lujosa “Sala del Administrador”, descrita ampliamente en el inventario de 1776, que estaba adornada con varias imágenes de bulto, como un San José con el niño con potencias, diadema y vara de plata, una Virgen de Loreto con corona de plata y un Santo Cristo pequeño de madera con su baldaquino. Los muros estaban cubiertos por grandes pinturas, como las de Santa María Magdalena y Santa Bárbara, de dos varas de alto, y una de los Cinco Señores, de dos varas y media. Los muebles eran de lo más variado: un reloj despertador con su caja dorada y encarnada, una mesa de dos y media varas de largo con cajón, dos bancas con respaldo, una de ellas servía además de cajón, un par de escritorios, un de ellos de madera de sabino con dos cajoncitos y seis huecos para libros, un baulito viejo, una caja de madera de sabino con chapa, un armero, cuatro pequeñas pilas de agua bendita de estaño, dos escopetas viejas cortas “para caminar” y dos bacinicas de cobre. Cubría el suelo una alfombra grande de colores blanco, encarnado y verde, y los vanos un par de cortinas azules de bayeta. Según lo que mandaban las Instrucciones para los hermanos jesuitas administradores de haciendas, el administrador debió tener ahí una tabla con clavos en los que colgaba las llaves de oficinas y aposentos de la hacienda, con un letrero que indicaba el uso de cada una y a donde debían volver una vez terminado su uso.

Cuando en 1764 pasó por la hacienda fray Francisco de Ajofrín en viaje hacia el norte de la Nueva España, conoció a Blas Guller y dejó unas cariñosas palabras en su Diario:

Es Arroyo Zarco hacienda de los misioneros de California, y su administrador, el padre Blas, me detuvo con mucha urbanidad y cariño hasta otro día, que era la festividad de la Encarnación del Señor, que habiendo dicho misa tomé mi camino (...).

En algún momento posterior a esta visita y antes de 1767, el padre Blas Guller fue relevado de la administración de Arroyozarco, quizá por su edad, reemplazándolo el padre Diego Cárcamo. Sin embargo, algunos documentos nos indican que continuó residiendo en la hacienda.

La hermana de don Blas Guller, María Benita, contrajo matrimonio en España con otro navarro, Bernardo de Ecala Lorente, noble con casa solar en Eulate. Fueron ellos padres de Martín Bernardo de Ecala Guller, nacido también en Estella, quien al cabo del tiempo siguió los pasos del tío y emigró a la Nueva España. Cuando en 1767 cayó la orden de expulsión de los jesuitas, en una decisión quizá algo cuestionable por el parentesco con el hermano Blas, don Bernardo de Ecala fue nombrado como administrador interino de la hacienda de Arroyozarco el 11 de julio y permaneció en el cargo hasta 1773.

Si don Blas estaba en Arroyozarco al momento de la aprehensión de los jesuitas, como es probable, pudo tomar alguna de dos determinaciones: la primera, retornar voluntariamente a su casa del Colegio de San Andrés, con la certeza de que ahí sería detenido; la segunda, esperar en la hacienda, donde posiblemente habría sido obligado a unirse a alguno de los grupos de compañeros de su orden que desde el interior del país viajaban por el Camino Real de Tierra Adentro camino de la expulsión. Como haya sido, lo cierto es que la mayoría de los jesuitas llegaron a Veracruz a lo largo del verano de 1767 y en el mes de octubre se embarcaron hacia España, desde donde se les envió a los Estados Pontificios.

Existe en la Biblioteca Nacional de España un manuscrito con la Lista de los jesuitas expulsados de Indias, llegados al Puerto de Santa María. Puerto de Santa María, [hasta el] 30 de junio de 1769, sin embargo el nombre del hermano Blas Guller no aparece, mientras que Diego Cárcamo, último administrador jesuita de Arroyozarco, sí consta en ella. ¿Habrá muerto antes de embarcar rumbo al exilio?, ¿habrá renunciado a la Compañía de Jesús y permanecido en la Nueva España?, ¿su nombre simplemente se omitió y terminó como sus compañeros de orden? Preguntas, hasta ahora sin respuesta.

 

FUENTES:

"España, bautismos, 1502-1940", FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/1:1:HZ5H-VWN2 : Wed Mar 05 01:05:26 UTC 2025), Entry for Blas and Blas Guller, 22 Apr 1703.

"España, matrimonios, 1565-1950", database, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/1:1:C9VL-9CW2 : 13 February 2020), Blas Guller, 1700.

"España, matrimonios, 1565-1950", database, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/1:1:C9Q2-Q5MM : 17 February 2020), Blas Guller, 1700.

"España, bautismos, 1502-1940", FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/1:1:HZ5Q-J7W2 : Wed Mar 05 01:06:28 UTC 2025), Entry for Maria Benita Ecala and Bernardo Ecala, 14 Jan 1730.

Zambrano, Francisco y Gutiérrez Casillas, José. Diccionario bio-bibliográfico de la Compañía de Jesús en México, tomo XV, México, Jus, 1961, p. 268, 732.

"Mexico registros," imágenes, FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3Q9M-CSD2-R3K2-S?view=explore : 8 sept 2025), Imagen 135 de 194; . Número del grupo de imágenes: 007984610

Fr. Ángel de los Dolores Tiscareño. El Colegio de Guadalupe, desde su origen hasta nuestros días, México, La Prensa Católica, 1905, pp. 224 y 137.

Javier Lara Bayón. Arroyozarco, puerta de tierra adentro, Toluca, Instituto Mexiquense de Cultura, 2003.

Ajofrín, Fray Francisco de. Diario del Viaje que hizo a la América en el siglo XVIII el P. Fray Francisco de Ajofrín. México, 1964. Instituto Cultural Hispano - Mexicano. Págs. 127 y 128.

Uruburu de Toro, Francisco. "Lista de los jesuitas expulsados de Indias, llegados al Puerto de Santa María. Puerto de Santa María", 30 de junio de 1769, manuscrito, Biblioteca Nacional de España.

jueves, 12 de enero de 2023

La hacienda de Arroyozarco a cambio de tierras en Sonora

Uno de los malentendidos habituales al hablar de la repartición de las haciendas mexicanas y su transformación en ejidos en las décadas posrevolucionarias, viene de suponer que los propietarios de esas tierras simplemente las perdieron sin recibir nada a cambio. Lo cierto es que las leyes agrarias de la época señalaban que el gobierno debía pagar una indemnización a los hacendados cuando tomara sus tierras para crear un ejido. La única excepción sería la de los terrenos que legalmente se demostrara habían sido arrebatados a los pueblos, en cuyo caso se consideraría una restitución de tierras comunales y no una dotación. Pero este caso fue más bien raro. De hecho, en nuestro municipio de Aculco únicamente el pueblo de Santiago Oxthoc Toxhié logró demostrar una usurpación de tierras de ese tipo y obtener la restitución.

Con todo, en la práctica este pago de indemnizaciones fue bastante irregular. Hubo desde aquellos hacendados que recibieron de inmediato una compensación, como otros que la reclamaron por décadas y jamás vieron un centavo. El secreto estaba, como siempre, en el dinero e influencia en gobiernos que eran tan corruptos y arbitrarios como todos los que han gobernado este país:

Las tensiones que se crearon entre los propietarios y el gobierno estaban íntimamente enlazadas a la situación política y económica del país, aprovechando los momentos de inestabilidad fue que los terratenientes más acaudalados y con mayor vinculación al poder lograron pactar con el gobierno y pudieron reorientar sus inversiones hacia otros ramos de la economía. Pero aquellos que no gozaban de buenas relaciones no pudieron evitar la expropiación de sus terrenos, sin ver nunca la indemnización prometida, por lo que eran los que más se quejaban de la política agraria y que estuvieron prestos a unirse a quienquiera que se opusiera al régimen (Regina Tapia y Catherine Andrews [coordinadoras], La reforma agraria desde los Estados: ensayos en conmemoración del centenario de la Ley Agraria del 6 de enero de 1915, México, SCJN, 2018, p. 39 y 40).

En el caso de la hacienda de Arroyozarco -como consigné en el epílogo de mi libro Arroyozarco, puerta de tierra adentro- se decía que la indemnización para sus dueños habría sido más bien extrajudicial y consistente en concesiones para la construcción de carreteras y otras obras de infraestructura en el norte del país. Negocios que les habrían rendido utilidades suficientes como para olvidarse de esa finca y sentirse plenamente compensados.

Existen ciertamente indicios de ello, pues José Henríquez Guzmán, esposo de María, hija de la dueña de Arroyozarco doña Dolores Rozas y quien actuaba como apoderado de sus herederos, tenía, entre otras inversiones en la industria de la construcción, acciones en la compañía Construcciones, S.A., a la que, por ejemplo, el gobierno del presidente Miguel Alemán concedió en 1947 la construcción de la presa Álvaro Obregón en el río Yaqui, en Sonora (José P. Arreguín Mañón y Ana Terán, Dos testimonios sobre historia de los aprovechamientos hidráulicos en México, México, CIESAS, p. 60). Pero hasta hace poco tiempo desconocía que sí hubo además por lo menos dos indemnizaciones formales por la expropiación de algunas tierras de Arroyozarco.

En efecto, el Diario Oficial de la Federación (DOF) del lunes 26 de marzo de 1945 señala que la presidencia de la República (en ese momento a cargo de Manuel Ávila Camacho) había resuelto "compensar por equidad a la señora Guadalupe Verdugo de Landa, por las expropiaciones que sufrió, para fines agrarios, en las fracciones de su propiedad de la ex hacienda de Arroyo Zarco". Guadalupe era la segunda hija de doña Dolores Rozas y don Agustín Verdugo, y usaba el apellido Landa por su esposo Enrique Landa. Esa compensación consistió en poco más de 646 hectáreas de terrenos en el Sistema del Río Yaqui, Sonora, adquiridos por el Ejecutivo federal con ese fin y que se consideraban equivalentes al valor catastral de las tierras perdidas por ella en Arroyozarco.

Ciertamente esas 646 hectáreas eran incomparables en superficie a las aproximadamente 25 mil que en Arroyozarco fueron convertidas en ejidos. Pero se trataba de tierras de riego, ubicadas además en una de las zonas agrícolas más productivas del país, donde ese mismo año el científico Norman E. Bourlag desarrolló las investigaciones que iniciaron la Revolución Verde, un proceso que transformaría la producción agrícola a nivel mundial. No eran en absoluto poca cosa.

María Verdugo de Henríquez, la otra hija y heredera de doña Dolores Rozas, recibió también su indemnización con tierras en la misma región, aunque en menor cantidad. O más bien fueron sus herederos, puesto que ella había fallecido en un accidente automovilístico en Michoacán unos años antes. En su caso, el acuerdo publicado en el DOF el viernes 27 de septiembre de 1846 indica que el valor de las afectaciones que sufrió su propiedad en Arroyozarco por dotaciones agrarias se había estimado en $ 323,177.93 pesos y se le compensaría con cien hectáreas de terrenos en el Valle del Yaqui por valor de $ 50,000.00 pesos, reconociéndole en todo caso a su sucesión un saldo de $ 273,177.93 pesos, sin que se indique cómo se le pagarían.

Así, las hermanas Verdugo Rozas prácticamente cambiaron sus tierras de Arroyozarco por otras en Sonora.

viernes, 20 de agosto de 2021

Los establos de la hacienda de Cofradía

El casco de la hacienda de Cofradía -sobre la que puedes conocer un poco más pinchando aquí- es probablemente el mejor conservado y más agradable de las antiguas haciendas de Aculco. Esto se debe, sobre todo, a que en la década de 1950 su dueño, el financiero don Armando Hernández, reformó la finca para convertirla en casa de descanso, arreglando su parte antigua y añadiéndole nuevas construcciones levantadas en la tradicional piedra blanca aculquense, con detalles tallados en cantera rosa.

Si bien ese arreglo de las antiguas dependencias de la hacienda fue en general respetuoso con lo original, don Armando no resistió la tentación de "embellecer" algunos espacios añadiéndoles también elementos de cantera labrada. Esto sucedió incluso en espacios que por ser meramente funcionales quizá no necesitaban esos adornos. Por ejemplo, en los viejos establos de la casa.

A este recinto en que se guardaban las vacas de ordeña se accede por una portada de cantera con cerramiento en forma de arco y clave resaltada. Ya al interior, se abre un corral de dimensiones no demasiado grandes que posee -a izquierda y derecha- sendos portales o tejavanes, al interior de los cuales se encuentran los comederos para las reses. Adosados a los pretiles del tejaván de la izquierda (el único que se mantiene techado) se halla un par de pilas de agua.

Al centro del corral está su parte más interesante: una construccion hexagonal de muros bajos de piedra blanca sobre los que se elevan seis columnitas cilíndricas de cantera con su basa y capitel que sostienen el tejado. Pareciera casi el kiosco de una plaza, pero es solamente el lugar en que se mantenían separados los becerros de sus madres. Como señalaba párrafos arriba, estas columnitas, junto con los pilares también de cantera de los tejavanes, son adiciones de la década de 1950 a la construcción original, que debió tener en su lugar sencillos pilares de piedra blanca.

lunes, 14 de septiembre de 2020

La hacienda de Arroyozarco en 1882

A principios del año de 1882, el periódico capitalino El Telégrafo publicó una serie de tres artículos acerca de la hacienda de Arroyozarco, su situación, recursos y producciones, firmado por "V, Ramírez". Si bien la información que proporciona el texto es de gran interés, éste no es obra de una gran pluma: la redacción es mediocre y enredada, la puntuación mala, y hasta sus metáforas (como la de unos "cimientos que caminan") resultan deplorables. Se intuye que se trata de un texto escrito por encargo, seguramente a petición de los dueños de la hacienda, por algún periodista de medio pelo, con el fin de promover sus productos, especialmente los casimires que salían de los telares de su fábrica, que en vivía entonces su mejor época.

Estos artículos aparecieron en los números 214 a 216 de El Telégrafo, los días 26, 27 y 28 de enero de 1882. Aquí los copio sin interrupciones, como un texto continuo:

La Hacienda de Arroyozarco

En la era de paz porque hoy cruzamos no faltan, como es natural, ciudadanos activos y emprendedores que den grande impulso a la industria y por medio del trabajo derramen el bienestar een las clases proletarias. Entre estos ciudadanos tan útiles a su patria y a sus semejantes, podemos contar con justicia al Sr. Macario Pérez, quien con asiduo empeño dirije desde hace tiempo la conocida iglesia de Arroyozarco, habiéndola convertido en un filón de oro.

Conocida es la hacienda de Arroyozarco de la mayor parte de los habitantes de la República pues que, aun hace doce años, era el paraje de las diligencias que de esta capital salían hacia el interior, y situada en esa importante carretera era el paso preciso para los viajeros que venían o iban al centro de la República o a la frontera. Con este motivo, también ocupa un lugar en la historia patria pues que en su recinto ha habido imporatntes conferencias políticas y viajeros ilustres han hecho de ella mención al encontrarla a su paso llena de recursos históricos y demostrando la importancia de su riqueza, elementos agrícolas y abundancia de agua.

Desde el año de setenta dejaron de pernoctar allí las diligencias, y el tránsito para el interior se dividió por aquel camino y el de Tula.

Esto podría haber hecho decaer a la hacienda, pues que el tráfico de las diligencias, carros y pasajeros le producía importantes sumas, fue reemplazado por otras mejoras para lo que tanto se presta aquella finca, y sobre todo por el establecimiento de una fábrica de tejidos de lana donde actualmente se fabrican los mejores casimires del país habiendo logrado competir con los extranjeros en clase y dibujo y aventajándolos en duración.

***

Tiene la hacienda de Arroyozarco poderosos elementos de riqueza siendo en la actualidad los principales y que se explotan y son manantiales de dinero, los siguientes: -El agua. -El monte. -Y la fábrica.

Anexa a la hacienda de Arroyozarco y formando de ella una parte integrante, está la hacienda de Huapango, a quien ha dado nombre una presa que allí existe. Esta presa mide en su longitud siete leguas de agua estrechándose y ampliándose en su latitud según los accidentes del terreno, pero en su mayor parte tendrá media legua.

La cortina de esta presa medirá como cien varas de largo y en su mayor altura doce y en esa proporcional pequeñez puede contener la gran cantidad de agua que contiene debido a lo bien situada que está entre la principal cañada de un largo llano limitado por un círculo de cerros de donde en las lluvias descienden las aguas que la surten teniendo permanentes las confluencias de siete importantes manantiales que la abastecen y otros varios pequeños que también le dan sus aguas, siendo los principales los conocidos con los nombres de Bucio, Lavanderas y Huapango.

A la altura a que está colocada la presa baña todos los terrenos de la hacienda, y una de las zanjas para riego forma una preciosa y poética cascada en la estancia de San Francisco, cayendo a un arroyo para venir de nuevo a la zanja y servir para parte del riego y movimiento de la fábrica y formando con sus desperdicios lo que es el río de San Juan y que pasa a la orilla de la ciudad de este nombre.

Esta presa, que como he dicho, baña todos los terrenos de la hacienda, riega los ranchos y hacienditas del municipio de Polotitlán, Aculco, algunas del de Nopala, pudiendo regar todas éstas y las de Huichapan, cuyas cosechas, en estas últimas, serían muy productivas si comprasen esta agua.

La hacienda de Arroyizarco tiene una gran renta con la venta de su agua para riegos, sin más gasto que el desenzolve de las zanjas, y cuya renta de día en día aumenta el activo del Sr. Pérez, construyendo obras y zanjas para riego.

La abundancia de agua de esta hacienda es prodigiosa, siendo de notar su limpieza debido a que es en gran parte de manantiales, habiendo sin duda tomado por esta razón la finca el nombre de Arroyozarco.

La laguna de Huapango se extiende en su longitud hasta lamer con sus ondas la base de una loma donde está situado el pueblo de San Andrés Timilpa.

Hay en las aguas de esta laguna un botecito de vapor, una gran canoa de veinticinco varas de largo por tres de ancho, un bote de vela y varias canoas muy útiles para ciertas operaciones de tráfico de la hacienda y que facilitarán el transporte de maderas de los montes que rodean la laguna para la hacienda cuando empiece su explotación.

Tanto la abundancia de agua como los accidentes de aquel terreno se presentan de una manera muy ventajosa para establecer en ellos fábricas, teniendo por motor el agua, lo cual es una importante eocnomía por no erogar los cuantiosos gastos de combustible que necesita el vapor.

Los montes de la hacienda de Arroyozarco, cuidadosamente conservados, están asegurando una positiva riqueza al tener lugar su explotación, lo cual debe empezar en ests días en que los caminos de fierro necesitan grandes cantidades de durmientes y las locomotoras de leña para combustible.

La altura que guarda la hacienda de Arroyzarco sobre el nivel del mar, es una de las primeras de la república, motivo por el cual su clima es frío y la vegetación de sus montes gigantesca y exuberante.

Diversas clases de encinos, desde el duro roble hasta el encino blanco, todos corpulentos y gigantescos pinos son los que en compacta asimilación, pueblan aquellos bosques, haciéndose verdaderamente impenetrables en la aglomeración de sus árboles los rayos del sol de medio día.

Los montes más ricos en madera de esta finca, son los conocidos con el nombre de Bucio, Madó y Huapango, teniendo otros de menos importancia como San Juanico y la Cañada Oscura.

Bien pueden sacarse de los montes referidos doscientos mil durmientes, sin que queden destruidos ni se talen de una manera notable, aprovechando los desperdicios naturales de la labrada de los durmientes como leña para combustible de las máquinas.

En nuestro humilde concepto, creemos que ningunos montes como los de Arroyozarco oueden surtir de durimientes y leña a las empresas ferrocarrileras, pudiendo hacer con ella ventajosas contratas, pues los elementos con que cuenta que son, varios motores de vapor para aserrar maderas y trenes de carros con que hacer el transporte , y sobre todo brazos y dinero con que hacer la explotación, garantizan a las empresas, que con ella contraten, del cumplimiento de sus obligaciones.

Pocos días hace que la Compañía del Ferrocarril Central, hacía presente por medio de un informe de sus representantes, que sus trabajos caminaban con menos actividad de la que debían tener por falta de durmientes, pues aún cuando habían verificado varias contratas, no daban a ellas cumplimiento.

Nosotros creemos que si la mencionada empresa tuviera ofertas más aceptables para pago de durmientes, éstos non escasearían asegurándole desde luego en la hacienda de Arroyozarco un buen abasto.

***

Por lo que hemos dejado asentado comprenderán nuestros lectores la importancia de la propiedad agrícola y natural de nuestro país pues que, solo en esta finca se encuentran tan cuantiosos elementos y los más que ligeramente vamos a enumerar, dejando para cuando tratemos de la agricultura práctica en nuestro país, en otra serie de artículos, los elementos con que en este sentido cuenta Arroyozarco, así como la cría de todos sus ganados, siendo notable el lanar, sus grandes plantíos de magueyes y las clases de siembras que allí se pueden emprender con brilante éxito; ocupándonos sólo por ahora de la fábrica de tejidos que tan justo renombre ha adquirido a pesar del poco tiempo que tiene de estar establecida.

***

En los años de mil ochocientos sesenta a sesenta y dos, siendo propietarios de la hacienda de Arroyozarco los ricos capitalistas don Joaquín y don Manuel de Rosa [sic pro Rozas], se construyó esa fábrica que hoy es un modelo de la industria de nuestro país.

A un cuarto de legua hacia el poniente de la finca de Arroyozarco y la falda de una loma de pequeña elevación, se alza en robustas paredes de cal y canto y ayudada también por los tajos de la loma, la fábrica en la que hoy se solaza nuestra industria y que con justicia se le acaba dar el nombre de "Fábrica del Progreso".

La finca material de esta fábrica es de una solidez notable y se encuentra dotada de todas las comodidades apetecibles para tener las diversas oficinas que la componen, pues sus amplios salones de cardas, mulas, telares, depósito, lavadero y tintorería están perfectamente situados y tienen la amplitud y condiciones que se pueden apetecer siendo muy notable y de suma importancia el taller de mecánica donde se montan los aparatos, las máquinas, y se perfeccionas las piezas que las componen y vienen de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos.

La fábrica tiene seis mulas de catorce metros cada una, quince cardas inglesas y americanas, seis grandes telares automáticos, varios de mano, lavaderos y acaladuría, y talleres de tornería y herrería.

Toda la maquinaria de la fábrica, así como las seis piedras que tiene el molino de harina que tiene allí unido, reciben movimiento de una turbina donde cae un grueso de agua de veinticuatro pulgadas de diámetro.

La fábrica elabora casimires, franelas y cobertores.

Los casimires son de varias clases, siendo admirablemente trabajados los de primera clase, cuyos dibujos, clase, vista y duracion supera a los casimires extranjeros.

Los casimires de tercera clase que son los corrientes y que usan nuestros artesanos, están perfeccionados de tal manera que imitan perfectamente a los casimires ingleses y en más de un aparador de las tiendas de esta capital los he visto pasar como tales a los ojos del público.

Desde el año de 1862 en que empezaron los trabajos de esta fábrica a la fecha, algunas ocasiones se han suspendido con motivo de la revolución, habiendo entrado en un trabajo no interrumpido hace diez años.

El dia primero del actual tuvo lugar en Arroyozarco una fiesta con motivo del perfeccionamiento de varias obras de la fábrica: de esta fiesta, nuestro estimable colega "El Hijo del Trabajo" ha hecho una minuciosa reseña y de la cual tomo aquí una pequeña parte que da ligera idea de la importancia de aquella finca y la fiesta.

"Después se organizó una gran comitiva agrícola-industrial, compuesta de todos los operarios de la fábrica, presididos por el propietario Sr. Pérez, yendo a su lado los maestros de los respectivos departamentos, sirviéndoles de descubierta la música; seguían después veinticinco carretas tiradas por bueyes, adornados con lazos de colores, pañuelos y enradamada; cien yuntas, cincuenta negras y cincuenta amarillas, también adornadas vistosamente; los tlacualeros con sus canastas y jarros a la espalda; la cuadrilla de trabajadores del monte, conduciendo unos pequeños durmientes adornados con lazos de colores; los albañiles con sus cubos y herramientas adornadas, y por último los mayordomos, picadores o quebrantadores y mozos de estribo, todos vestidos lujosamente y montados en magníficos caballos con excelentes sillas.

"A esta vistosa procesión seguían los carros de transporte, yendo en uno de ellos el bote marino, que sirve al propietario de la finca para sus paseos a la laguna de la hacienda de Huapango, finca que mide siete leguas de longitud por tres de latitud, con su correspondiente capitán y seis marinos con remos sirviendo de escolta; las acémilas, parte del ganado de pelo y lana y, en una palabra, todo lo que constituye una finca de campo".

***

Los trabajos de la fábrica y hacienda de Arroyozarco dan vida al vecino pueblo de Aculco y algunos otros pueblos de indígenas que la rodean, pues en esta finca encuentran perennemente trabajo con buen pago de jornal.

La hacienda tiene sobre ochocientos ranchos que arrienda cobrando a razón de diez pesos por fanega de siembra de temporal y, y veinte de riego.

Las cosechas de trigo son ahí abundantes, haciéndose la siega por medio de brazos y de máquinas; teniendo tres trilladoras con motores de vapor de las afamadas fábricas de Ruston, Proctor &. Ca. y de Ramson, Sines &. Head.

Esta hacienda modelo, es a no dudarlo una de las primeras de la República, y bajo la sombra de la paz y de la buena dirección del Sr. D. Macario Pérez, llegará a su perfecto engrandecimiento dando a la vez que recursos y bienestar por medio del trabajo a las clases proletarias, honra y prez a la nación, que tiene en su seno estable, cimientos que caminan a la altura de nuestros siglos y que ofrecen la prosperidad por el más grato y sublime de los medios que es LA INDUSTRIA Y EL TRABAJO.

V. Ramírez

Enero 27, 82.

jueves, 3 de septiembre de 2020

"Moralitos": Un raro cuento arroyozarqueño

José Ferrel Félix fue un político y escritor mexicano nacido en 1865. Aunque era originario de Hermosillo, Sonora, su vida estuvo más ligada al estado de Sinaloa, especialmente a la ciudad de Mazatlán donde pubñicó dos de sus tres novelas: Los de la mutua de elogios (1892) y La caída de un ángel (1893). En su juventud fue todo un personaje romántico: "bullicioso y agresivo individualista supremo, burlador de maridos celosos, hábil duelista y escritor", como lo describió el historiador José C. Valadés.

Estudió derecho, pero su actividad se inclinó más por el periodismo. Publicó sus primeros trabajos en el diario mazatleco El Correo de la tarde (en el que entonces publicaba también Amado Nervo). Después viajó a la ciudad de México donde fue director del periódico Patria y fundó otros tres más: El Intransigente, El progreso Latino y El Demócrata. Su trabajo periodístico lo llevó a ser detenido en dos ocasiones, la primera en 1893 con todo el personal de El Demócrata, acusado por Arturo Paz (tío del premio Nobel Octavio Paz) por difamación, cumpliendo una breve condena pues se negó a aceptar el indulto del gobierno. El asunto en realidad se arregló con un duelo a espada entre Paz y Ferrel en el que resultó ganador el primero. La segunda vez no llegó a pisar la cárcel pues fue absuelto por un jurado popular.

A pesar de esas y otras peripeciasen que intervino la justicia porfirista, Ferrel no era un opositor radical al régimen, sino más bien un opositor leal dentro de las estructuras políticas vigentes que tomaba partido por Bernardo Reyes (aspirante a suceder a Porfirio Díaz) en sus disputas con el ministro de Hacienda José Yves Limantour. Debido precisamente a ello, aunque fue electo diputado no terminó su periodo al ser desaforado tras increpar en la Cámara a Limantour. En 1909 contendió en las elecciones a gobernador de Sinaloa y a pesar de haber sido derrotado por Diego Redo de la Vega, su movimiento (muy popular y que logró reunir a importantes personajes opositores como Heriberto Frías) se ha considerado precursor de la Revolución en el estado. Durante la campaña de Francisco I. Madero a la presidencia, la actitud de Ferrel fue ambigua: Madero declaró que Ferrel era antireeleccionista pero no se adhería a su grupo por no compromneterse, pero Ferrel no permitió entre sus partidarios la fundación de clubes antireeleccionistas como proponía Madero.

Por haber colaborado con la dictadura de Victoriano Huerta, la Revolución lo relegó pese a su papel precursor. Confinado al periodismo, siguó escribiendo en diversos periódicos hasta 1920 y falleció en la Ciudad de México en 1954.

José Ferrel publicó el cuento que les traigo hoy en El Demócrata el 16 de abril de 1893. El autor sitúa la acción en Arroyozarco, si bien no hace casi ninguna referencia a las características del lugar, savo brevemente al río, ni a las razones por las que decidió que la hacienda fuera el escenario de su cuento. Quizá fue sólo una ocurrencia, aunque el título del cuento "Moralitos", alude a un apellido que era frecuente en el municipio de Aculco por esos años. Como sea, no deja de ser una curiosidad digna de sumarse a las verdaderas historias o leyendas tradicionales del viejo Arroyozarco.

 

MORALITOS

I

Si por la hermosura la querían coger, no había quien se le pusiera por delante a Victoria, la muchacha más hermosa de Arroyozarco y uno de los mejores partidos para los jóvenes casaderos. Ya ella lo había comprendido y a más de cuatro que la adoraban, nunca se supo si por su dinero o por su belleza, había dejado con un palmo de narices, porque Victoria era el vivo diablo. Y si alguno de los habitantes de Arroyozarco tuvo en duda la existencia de su majestad caída, al ver a Victoria por fuerza tuvo necesidad de creer en el ángel expulsado del cielo como súbdito pernicioso.

Ni la lengua de los empleados destituidos que suele ser de todas las lenguas la más venenosa y ruin, osó nunca decir una palabra que pudiese lastimar la honra de Victoria. Cosa extraña, por cierto, pues que no han faltado ni fañtan en Arroyozarco ni en ninguna otra parte del globo infelices que quieran manchar con su aliento la reputación que envidian.

Pero a Victoria la estimaban, porque todos decían que era muy buena y que en medio de sus locuras y calaveradas revelaba un corazón de oro, siempre dispuesto al bien y jamás sordo a las voces de los desgraciados, y por eso, y no por otra cosa, era por lo que hasta las muchachas envidiosas se hacían de la vista gorda, cada vez que sabían alguna travesurilla de Victoria, como por ejemplo que se iba a pasear sola con Moralitos por el cascajal que bordaba las márgenes del arroyo, no precisamente a la hora en que el sol no permite secretos, sino cuando ni aún la luna asomaba por el cortinaje negro de la noche su ojo blanco como un plato de porcelana.

II

Pero también hay que convenir que Moralitos era poco menos que un santo, por lo menos para la familia de Victoria.

Los papás de ésta veían en el muchacho facultades, disposiciones y talentos que, además de Victoria y de sus papás, y de los papás del muchacho, nadie había descubierto. Pero tantas bellezas surgen y mueren ignoradas que nadie debe de culpar a los vecinos de Arroyozarco por no haber consziderado a Moralitos en todo su valer.

Y era Moralitos un muchacho más valedor que una peonza; hablaba y se retorcía como imitando una espiral, y a lo mejor tronaba sus dedos sobre la cabeza y se ponía a bailar una jota, no porque supiera bailar, sino porque le habían dicho que la bailaba bien, y porque bailándola creía que jugaba un gran papel la falda rabona de su levita, porque hay que confesarlo, para que nadie se dé por engañado, que Moralitos era el elegante de Arroyozarco; el único que usaba fistol en la corbata y el único que se engrasaba el pelo todos los días. Por eso las muchachas decían, cuando hablaban de él:

-Ah, Moralitos es un joven muy simpático.

-Ah, Moralitos aquí y en cualquier parte se ha de distinguir.

-Ah, Moralitos tiene gracia especial para vestirse.

-Ah, Moralitos es un buen partido.

III

Pero otro mejor le salió a Victoria. Un muchacho tan honradote como trabajador; casi casi era uno de los capitalistas de Arroyozarco; pero no era ni bonito ni elegante, aunque no era feo para ser hombre, ni descuidado en su traje hasta ser desaseado. No usaba fistol, pero tampoco usaba corbata los días de trabajo y no sengomaba los cabellos, porque ni el domingo tenía rizos sobre la frente.

Enamoróse de Victoria, la cortejó, se enamoró de su trato como se había enamorado de su humanidad y sin pensarlo mucho, para no arrepentirse de su resolución, resolvió casarse con Victoria. Los padres de ésta, perdida un tanto la esperanza de que Moralitos dejara de bailar jotas para dejar de ser aturdido, y viendo que el tiempo pasaba rápidamente y que Moralitos no le decía Victoria "por ahi te pudres y antes de que te pudras me caso contigo", pensaron seriamente en casar a la muchacha con Santiago Mantequilla, que la solicitaba para mujer.

-Si no me quiero casar todavía, dijo.

-Pero muchacha, ¿te has fijado bien en el sr. Mantequilla? -repuso la mamá.

-Sí, señora...

-Pues debes de quererlo, -agregó el papá- es un hombre de buena posición; joven, juicioso y muy puntual en sus pagos.

-¡Ay!, ¿y yo me voy a casar con un señor que se llama Mantequilla?

-Reflexiona, niña, que no te vas a casar con el apellido.

-Ya lo sé, mamá.

-Mira, hija, que con Moralitos no estás sino perdiendo el tiempo y es necesario que ya vayas pensando en escoger, porque cuando una llega a cierta edad muchas veces no nos queda ni el recurso de que nos escojan.

-Pero yo soy joven todavía.

-Por eso es que te lo advierto ahora que es tiempo.

-Pues lo voy a pensar.

-Sí, piénsalo y resuélvete, y no te olvides de que el sr. Mantequilla es dueño de la tienda "La Palma Sola", antiguamente "La Reforma".

Y como por más cara que pongan las mujeres cuando se les habla de matrimonio, al fin la ponen buena si el pretendiente insiste, Victoria se dejó vencer y consintió en admitir por marido a Santiaho Mantequilla, prometiéndose para sus adentros que no olvidaría a Moralitos, por quien sentía el cariño que ciertas muchachas tontas y casquivanas sienten por los que con femenil coquetería se saben prender el fistol y lucir los puños de la camisa.

IV

Llegó el día del casorio y desde temprano pudo notarse en casa de los novios un movimiento inusitado; en casa de Mantequilla se preparaban para recibir a Victoria y en casa de ésta se disponían a despedirla, y Moralitos que en todo se metía y que bailaba jotas cuando menos se necesitaban, aquel día amaneció tristón y serio; se asustaba cuando le dirigían la palabra y se ponía a temblar cuando algún amigo se le encaraba y le decía:

-Pero Moralitos, ¿qué tienes tú hoy?

Los papás de Victoria notaron la tristeza de Moralitos y si los sucesos les hubieran dado tiempo se habrían arrepentido de no haber esperado a que Moralitos les hubiera pedido a la muchacha para casarse con ella.

Ya esperaban por momentos que se presentara el novio y ya se habían recibido noticias en casa de Victoria de que Mantequilla había estrenado sombrero y leontina cuando, ¡cataplum!, la muchacha se enfermó y se fue a meter en la cama, recomendando que le dijeran a Mantequilla que no se desesperara y que tuviera paciencia. Y el pobre de Santiago la tuvo, y después de estar con la enferma que conversaba con Moralitos para distraer los dolores de la repentina enfermedad, se due a su casa y guardó cuidadosamente el sombrero nuevo y la leontina.

Ni un minuto se despegó Moralitos de la cabecera del lecho de Victoria y si no hubiera sido por su traje, y por seis pelillos que a fuerza de cosméticos parecían dos espinas clavadas sobre el labio superior, cualquiera hubiera dicho que Moralitos era la madre de Victoria.

Aquella noche no se pegaron los párpados de Mantequilla. ¡Qué había de dormir el pobre, si tiempo le faltaba para estar pensando en las dichas que le esperaban! Apenas amaneció, se puso su traje nuevo y se dirigió a la casa de su prometida. Encontró llorando a su futura suegra, y Mantequilla, que tenía un corazón más blando que su apellido, hizo un puchero y se acercó a la señora diciendo:

-¿Qué le pasa a usted, mamá..?

-¡Ay, don Santiago, qué desgracia!

-¿Sigue mala Victoria?

-No, Señor Mantequilla. ¿Quién lo había de decir?

-¿Pues qué sucede?

-Victoria... Victoria... señor Mantequilla.

-¿Murió? ¡Contésteme usted!

-No, señor. ¡Ojalá se hubiera muerto!

-Déjeme usted pasar, ¡la quiero ver!

-¡Ya no la verá usted, don Santiago!

-¿Por qué?

-¡Porque anoche se la robó Moralitos!

V

Deducción: Los papás que hayan educado a sus Victorias para los Moralitos no quieran después casarlas con Mantequillas.

JOSÉ FERREL.

jueves, 2 de abril de 2020

El doctor Liceaga en Arroyozarco

En estos días de forzada permanencia en casa, aparte de mi trabajo cotidiano he tenido tiempo de desempolvar algunas notas sobre la hacienda de Arroyozarco, especialmente testimonios de viajeros que pasaron por allí y que por distintas razones dejé fuera del libro Arroyozarco, puerta de Tierra Adentro (2003) o los conocí después de su publicación. Esta vez quiero compartirles un testimonio muy corto pero interesante, escrito por el famoso médico guanajuatense Eduardo Liceaga.

Liceaga nació en la ciudad de Guanajuato en 1839. Hijo del también médico Francisco Liceaga y de Trinidad Torres, estudió en la Escuela Nacional de Medicina de la Ciudad de México. Recibió el grado de cirujano (y una medalla de oro) de manos del emperador Maximiliano en 1866. Calificado como "el higienista más distinguido de México de finales del siglo XIX", fue profesor de la Escuela de Medicina y luego su director de 1904 a 1910. Dirigió también, durante un cuarto de siglo, el Hospital Materno Infantil. Participó en la creación del Hospital General de México en 1905. Falleció en 1920 en la Ciudad de México.

El doctor Liceaga escribió un libro de memorias titulado Mis recuerdos de otros tiempos, publicado póstumamente en 1949. En él comenta brevemente, en las primeras páginas de la obra, su paso por Arroyozarco en un viaje desde su natal Guanajuato hasta la Ciudad de México:

Después de haber dejado los cerros que rodean a la ciudad, llegamos al valle de Silao y allí nuestra vista se extendió, por primera vez, en una amplia llanura, que es el principio de esa inmensa hondonada que se llama el Bajío, y ocupa la mayor parte del Estado de Guanajuato. Como es una comarca muy fértil, los campos sembrados se extienden en grandes llanuras a los dos lados del camino. Más adelante, nos encontramos la población de Irapuato, situada casi en el centro geográfico del Estado y rodeada de importantísimas haciendas de labor. Avanzando más y más llegamos a Salamanca y desde lejos distinguimos la pesada mole de piedra que forman las iglesias y el convento que fue de San Agustín, destinado ahora a penitenciaría del Estado. El primer poblado de importancia que encontramos después fue la ciudad de Celaya, centro también agricultor, importante por su población y porque en ella se levanta uno de los templos más artísticos del país. Eleva graciosamente su único campanario en el frente, sostenido por unos arcos elegantes y ostenta su cúpula de una curva perfecta. [...] Seguimos caminando durante la tarde, contemplando ya los campos sembrados, ya la soberbia montaña conocida con el nombre de cerro de Culiacán, ya los espléndidos celajes que cubrían el cielo a la puesta del sol.

Por fin llegamos a Querétaro, término de nuestra jornada del día. Entramos en la ciudad al anochecer y no pudimos darnos cuenta de su aspecto e importancia y penetramos en la casa de diligencia antigua y amplia, de tipo colonial : un gran patio, anchos corredores en la parte superior e inferior que daban acceso a los cuartos de los pasajeros, extensos, bien ventilados, con camas sencillas y limpias, jarras y lavabos de porcelana y todos los demás útiles de recámara conservados en buenas condiciones. En uno de los costados del piso superior estaba el comedor, salón grande, salón grande, de altos techos, donde comían en mesa redonda los pasajeros que acababan de llegar y los que venían de México. Presidía la mesa el administrador de la casa de diligencias, personaje serio y grave pero amable. La vajilla de porcelana tenía pintada una diligencia con un tiro de caballos lo cual significaba su origen, es decir, que era propiedad de la casa y el escudo de armas de la empresa. La comida era sana, abundante y bien servida. A las 9 de la noche todos los pasajeros estaban en su alojamiento, pues había que levantarse a las tres de la mañana, tomar el desayuno en el comedor y después volverse a acomodar en la diligencia.

Al salir de Querétaro subimos la pendiente que se llama la "Cuesta China", de triste celebridad porque era fama que allí se hacían frecuentes asaltos a la diligencia. Según se nos dijo, cuando esto sucedía los ladrones hacían bajar a los pasajeros y mientras uno se ocupaba en quitarles el dinero, los relojes y demás alhajas que llevan sobre sí, otros se entretenían en sacar los baúles que iban en la covacha de la diligencia. Terminada esta operación, los dejaban subir a la diligencia que continuaba su camino hasta que recorría cierta distancia, donde una nueva banda de ladrones venía a despojarlos de lo que les había quedado y era posible que en el resto del camino dejaran aún en paños menores a los pasajeros.Nosotros tuvimos la fortuna de no experimentar tan desagradable encuentro y pudimos llegar a San Juan del Río lugar donde se almorzaba. San Juan del Río es una simpática población rodeada también de haciendas y de ranchos, sembradíos de cereales, y circundada por el río que le da su nombre.

A las 6 de la tarde rendimos nuestra jornada en la hacienda de Arroyo Zarco, donde estaba la Casa de Diligencias. Era ésta una especie de hotel a la moderna, de cuartitos limpios, bien ventilados y amueblados como los de Querétaro. Ocupaba el frente de la casa en el piso superior el vasto comedor, en uno de cuyos extremos se veía la chimenea empleada en calentar el recinto durante la comida. La mesa, como en Querétaro, era presidida por el administrador y, como en aquella posada, a las 9 de la noche nos recogimos en nuestras habitaciones para levantarnos a las 3 de la mañana siguiente. Después del desayuno ocupamos nuestro pesado vehículo a fin de seguir el camino, que no describiré por no hacer tan pesada esta narración. Llegamos a almorzar a Tepeji del Río, pueblecito encantador, con muchos árboles, abundantes flores, risueño y tranquilo, que sentimos dejar sin haberlo visitado en detalle. Volvimos a la diligencia, atravesamos el extenso llano del Cazadero de San Juan del Río y luego comenzamos a subir hasta alcanzar la parte de la meseta del Anáhuac donde está situada la ciudad de México.

Quise dejar la parte que habla de la posada de Querétaro ya que Liceaga la compara con el Hotel de Arroyozarco. Además, describe ahí la porcelana propiedad de la empresa de diligencias de la cual sobrevivió en Arroyozarco una jabonera que pasó después manos de la familia de doña Sara Pérez y fue finalmente vendida en una casa de antigüedades de Coahuila (si quieres conocerla, oprime aquí). En fin, lo escrito por Liceaga es un fragmento más, pequeño pero apreciable, de la historia de estas tierras.

martes, 10 de marzo de 2020

El gavillero de El Colorado

Hasta hace no demasiados años se podía ver a la distancia, desde la carretera que lleva de Aculco a la autopista México Querétaro a la altura de la comunidad de El Colorado, esta fachada como único vestigio de un gavillero que perteneció a la hacienda de Arroyozarco. La fachada sigue ahí, por fortuna, pero el crecimiento de dicha comunidad -sin plan alguno, como una tripa que se extiende lo largo de la carretera- ahora prácticamente la oculta y sólo si uno sabe dónde mirar puede atisbarla al transitar por ahí.

Desde que lo conocí, hace más de treinta años, el gavillero se había derrumbado y sólo quedaba la fachada. También desde entonces su portada, que debió ser de cantera labrada, había sido ya expoliada y quizá se halle en algún lugar cercano, adornando la entrada a un rancho. Lo que asombra es que en tantos años no se haya desmoronado del todo y que este muro aparezca tan sólido a la vista, cuando de los otros tres casi no hay restos.

Construido en mampostería de lo que en Aculco llamamos "piedra maciza", sus ángulos muestran sillares mejor labrados. Sobre el hueco de la desaparecida porrtada, las piedras forman un tosco arco de descarga algo rebajado, que en buena medida es lo que ha evitado su hundimiento. Dos óculos en forma de rombo, algo irregulares, se abren en lo alto. Es fácil advertir que su cubierta fue de dos aguas, seguramente de viguería y teja. El edificio nos dice que los alrededores debieron ser tierras de cultivo de la hacienda y que en él se almacenaron quizá granos, tal vez sólo pastura.

Por lo poco que sobrevive es difícil calcular su edad. ¿100, 200, 300 años? Su hermana lejana, la troje o "galera" de Las Ánimas data de la década de 1850, pero en realidad son muy distintas. Quizá nunca lo sepamos.

sábado, 30 de junio de 2018

La capilla de la hacienda de Cofradía

Hasta mediados del siglo XX, la hacienda de Cofradía no contó con una capilla propia. Fue hasta los tiempos en que el banquero don Armando Hernández fue su propietario cuando decidió levantar una, a un lado de la calzadita arbolada por la que se accede a la casa principal de la propiedad. Muy probablemente aprovechó para ello parte de los muros de piedra blanca una construcción anterior, quizá una troje de medianas dimensiones.

El edificio tiene planta rectangular de una sola nave, con la cabecera hacia el oriente y la fachada hacia el poniente, disposición tradicional de las iglesias antiguas. El tejado a dos aguas se sostiene en una sencilla armadura de madera que semeja un artesonado de par-hilera con tirantes. La decoración de la nave es sencilla, pero a la vez muy digna: sobre el piso de ladrillos de barro colocados a "espina de pescado" corre un par de hileras de bancos de madera; a las paredes se adosa un guardapolvo de madera casetonada; hay varios cuadros antiguos y modernos de calidad desigual colocados con cierto desorden, así como unas cuantas lámparas más bien anodinas. De algunos de esos cuadros ya he hablado antes y del resto trataré en otra ocasión.

El altar se levanta al fondo de la nave, sin gradas, al mismo nivel que ésta. Lo forma una mesa de madera entablerada, un sagrario dorado, un Cristo de tamaño mediano que resalta a contraluz de un vano con cristal translúcido y unos vasos con flores artificiales.

A los lados del altar se abre un par de puertas también entableradas que dan acceso a la sacristía, que ocupa toda la cabecera del templo. Ahí se pueden ver dos armarios y una cómoda de madera casetonada. También se encuentran varias imágenes religiosas de poca importancia.

La fachada de la capilla está formada por una gran portada de cantera con cerramiento ligeramente curvo. Al lado derecho de ella se encuentra la lápida de piedra con los símbolos de la pasión de Cristo que se ha relacionado con la Batalla de Aculco y de la que ya he hablado antes en este blog. Sobre el muro se yergue una espadaña mixtilínea con una sola campana, adornada con perillones de cantera de aire neoclásico y una cruz en el remate. A la fachada se adosa un pequeño pórtico de teja que semeja una continuación de la cubierta del interior -a nivel un poco más bajo- y se apoya en su extremo en un par de pilarcitos de cantera con basa y capitel, colocados sobre sendos muretes perpendiculares a ella.

Pese a que se trata de una construcción relativamente moderna, en esta capilla se advierte la intención de su constructor por integrarla a la arquitectura de Aculco, lo mismo a través de sus materiales -piedra blanca, cantera rosa, ladrillo, madera y teja- que en sus formas -cubierta a dos aguas, espadaña semejante a la de la capilla de la hacienda de Arroyozarco, puertas casetonadas. Resulta así un bello ejemplo de sencilla arquitectura regionalista del que se pueden derivar muchas buenas lecciones para quienes buscan contribuir a la conservación dela imagen tradicional de Aculco.

viernes, 19 de junio de 2015

Arroyozarco en venta

Hace unos días me encontré con que la mitad de la "casa vieja" de Arroyozarco se encuentra a la venta, ofrecido como "terreno comercial". Este edificio, como lo he explicado ya en un artículo anterior que les invito a leer, pertenece al primer cuarto del siglo XVIII y fue levantado por los jesuitas cuando controlaban la hacienda como parte de las propiedades del Fondo Piadoso de las Californias que estaba bajo su administración.

De la construcción subsisten los planos de 1768 que nos permiten conocer con la mucha precisión el uso al que estaban destinadas sus distintas habitaciones y espacios. Así, por lo que vemos en las fotografías que sirven para anunciar la venta del inmueble, parece ser que la fracción que se ofrece es la que corresponde al viejo "patio de la matanza", donde eran sacrificados los borregos que constituían una parte importante de la producción de Arroyozarco, el área del obraje que incluía la vivienda del maestro tejedor, las bodegas de la lana, los cuartos de telares y las pilas para teñirla, la troje de caballerizas (que a principios del siglo XX se transformó en la galera en la que se guardaban las máquinas del ferrocarril de la Bucio Timber and Railway Company) y una sección de la huerta que estaba a espaldas del edificio. Un total de 12,936 metros cuadrados de terreno con 3,883.50 metros cuadrados de construcción

Ahora que se ha puesto de moda en esta región todo lo relacionado con el Camino Real de Tierra Adentro, este es precisamente uno de sus más significativos vestigios en el territorio municipal de Aculco. No sólo por la relación profunda de la hacienda de Arroyozarco con esta vía hacia el norte de México, sino en específico la sección ahora a la venta porque se relaciona directamente con el tránsito y aprovechamiento de los rebaños trashumantes que eran trasladados entre las haciendas jesuitas en distintas épocas del año. A continuacikón, las 17 fotografías que acompañan al primero de los anuncios.

Por el grado de abandono que tienen todas estas áreas es difícil pensar que su comprador quiera y pueda emprender una restauración adecuada, pues resultaría muy costosa. Aún así, no debemos perder de vista que se trata de una construcción declarada Monumento Histórico y por lo tanto protegida, por lo que aún estando sólo en pie los viejos paredones, cualquier obra realizada ahí debe contar con los permisos del INAH. Toca sobre todo a los vecinos de Arroyozarco vigilar que sea así y evitar que la ambición acabe por privarles de parte de su patrimonio histórico.

Si quieren ver los anuncios de la venta pueden pinchar aquí o aquí. Y si tienen los seis millones que piden quizá se animen a comprarlo.