martes, 29 de agosto de 2023

Cuando se necesitaba permiso para montar a caballo

Factores muy diversos contribuyeron a la conquista española del Imperio Mexica. Los historiadores solían dar más peso anteriormente a los de tipo tecnológico: las armas de fuego, las espadas de acero, las armaduras, los caballos. Actualmente -sin restar por supuesto importancia a esos factores- se piensa que fue mucho más importante la participación las naciones indígenas que eran sus enemigas o que vivían sometidas a ellos. Así, el número de indígenas aliados a Hernán Cortés habría sido tan grande que por sí mismo habría bastado para vencer a los mexicas.

Con todo, los españoles estaban muy conscientes de que el resplado de tlaxcaltecas, cempoaltecas, huexotzincas, otomíes y otras naciones se había originado en esa superioridad tecnológica, cuando los vieron montar por primera vez aquellos enormes "venados", cuando mostraron que eran dueños del trueno al disparar sus cañones y cuando lucieron sus relucientes armaduras hechas de un metal desconocido en estas tierras. Por ello, en los primeros años de la colonización se expidieron leyes que prohibían a los indios montar a caballo, poseer armas de fuego y vestir a la española.

La prohibición fue, desde el principio, poco aplicable: tlaxcaltecas y otomíes participaron en la conquista del Bajío y del norte de la Nueva España, y para ello usaban armas y caballos, que resultaban indispensables en las enormes extensiones que se iban incorporando al dominio español. Más tarde, se formaron de hecho milicias indígenas a caballo para proteger la frontera norte de las incursiones de los pueblos nómadas, como apaches y comanches. En zonas más pacíficas, el caballo, junto con los burros y las mulas, se convirtió muy rápidamente en compañero de trabajo de indios, mestizos y mulatos que laboraban las haciendas.

Pero la prohibición legal de montar a caballo subsistió y por ello algunos indígenas eran multados por las autoridades de justicia de sus pueblos, especialmente cuando montaban de manera ostentosa. En esos casos, muchos recurrían al virrey de la Nueva España para que les permitiera explícitamente montar a caballo, portar armas y vestir con ropas españolas, ya fuera en atención a su calidad de caciques o indios nobles, o bien por haber participado en la Conquista. La mayor parte de estas licencias se expidieron a partir del último cuarto del siglo XVI y el primero del siglo XVII. Luego, ya a finales del virreinato y a causa de la Guerra de Independencia, el virrey Calleja reactivó la prohibición y obligó a solicitar licencia ya no sólo a los indios, sino a todo aquel que quiera montar fuera de las ciudades y por los caminos, tratando de evitar así el movimiento de los insurgentes.

Para el caso de Aculco, se conservan en el Archivo General de la Nación dos permisos concedidos a indígenas para montar, uno de 1638 a don Pablo López de los Ángeles y otro expedido en 1684 a Juan Nicolás. Aquí transcribo el primer documento:

No. 5. Para que las justicias de Su Majestad no impidan a Pablo López de los Ángeles, del pueblo de Aculco, andar a caballo con silla, freno y espuelas y hábito de español con espada y faga, siendo de calidad la que se refiere.

Don Lope Díez de Armendáriz, marqués de Cadereyta, etc. Por cuanto Melchor López de Haro por don Pablo López de los Ángeles, principal y natural del pueblo de San Gerónimo Aculco de la Provincia de Xilotepeque, me ha hecho relación de que el dicho su parte anda en un caballo con silla, freno y espuelas, y para el adorno de su persona anda en hábito de español con espada y daga, tiros y pretinas, y las justicias se lo impiden, y ejecutan penas por ello, en que es agraviado, para cuyo remedio me pidió mandarle a las dichas justicias con graves penas no impidan a dicho su parte lo referido ni le hagan agravio, Y por mí visto en el Juzgado General de los Indios de la Nueva España y el parecer que dio el doctor don P. de Barrio mi asesor en él, por el presente mando a vos cualesquier justicia: no impidáis al concernido andar a caballo y en hábto de español con silla, freno y espuelas, con espada y daga, tiros y pretina, siendo de la calidad que refiere, sin que le haga agravio. Fecho en México a 27 de septiembre de 1638 años. El marqués de Cadereyta. Por mandamiento de Su Excelencia Luis de Tovar Godínez. (AGN, Indios, vol. 11, exp. 5, f. 3v.)

Y acá el segundo:

No. 18. Para que las justicias de Su Majestad y sus ministros no impidan a Juan Nicolás, indio natural del pueblo de San Gerónimo Aculco, y a sus hijos, cosa alguna de las que refiere en conformidad de las reales cédulas que se lo permite, sin que por ello se le cause agravio.

Don Tomás Antonio Lorenzo Manuel Enríquez de la Cerda, conde de Paredes, marqués de la Laguna. Por cuanto ante mí se presentó la petición siguiente: Excelentísimo Señor. José Hidalgo Rangel, por Juan Nicolás, natural del pueblo de San Gerónimo Aculco de la jurisdición de Huichapan. Digo que mi parte y Lázaro de León y Pedro de León, sus hijos, tienen por oficio el curtir corambres que compran de los criadores y obligados del abasto. Y de la corambre que así curten hacen vaquetas, hijuelas *, y obran corazas **, coxinillos *** y otras obras. Y para ello tiene el dicho las herramientas y adherentes necesarios y otras cosas. Y tienen diez mulas de carga con que trajinan en todos los géneros de semilla, frutas y legumbres de la tierra que le son permitidos: chile, maíz, frijol, lenteja, garbanzos, y otras semillas, ropa de la tierra. Y para ello tienen dos mozos arrieros, que ellos como mis partes andan en todas cabalgaduras ensilladas y enfrenadas, y traen espuelas, chuchillos, tijeras, lazos, jáquimas, reatas de cerda y cuero, almudes, cuartillejos, varas de medir, peso y balanzas, y otros aderezos necesarios. Y para que no se le impida el trajino del referido por todos los tianguis y plazas de esta Nueva España, a Vuestra Merced pido y suplico se sirva mandar a los justicias de su majestad y sus ministros no impidan a mi parte cosa alguna de las referidas, ni por ello, ni el vender las obras que así hace de la corambre, se le cause agravio, consientan con las penas, alcabalas [...] José Hidalgo Rangel. = Y por mí visto en el Juzgado General de los Indios, con parecer de mi asesor en él, por el presente mando a las justicias de su magestad y a sus ministros no impidan a Juan Nicolás natural del pueblo de San Gerónimo Aculco, jurisdicción de Huichapan, como a sus hijos cosa alguna de las referidas, en conformidad de la real cédula de su magestad que se lo permite, ni lleven penas, alcabalas, ni otras imposiciones, con apercibimiento de que lo contrario se proveerá de remedio lo que más convenga = A 25 de enero de 1684. El conde de Paredes, marqués de La Laguna. Por mandato de Su Excelencia, don Pedro Velázquez de la Cadena. (AGN, Indios, vol. 28, exp. 18, f. 14-15)

 

* Hijuelas: tiras de cuero; lo que hoy llamaríamos tientos.

** Corazas: piezas de varias capas de cuero que cubrían y formaban parte de la silla de montar.

*** Coxinillos o cojinillos: alforjas que formaban parte de las sillas de montar de la época; corresponden a las cantinas de la silla charra de nuestros tiempos.

Hay diferencias radicales entre estos dos permisos a indios de Aculco, no sólo porque entre ellos hay una distancia de casi medio siglo, sino por la "calidad" de los receptores y las razones por las que se les concedieron. En el primer caso, Pablo López de los Ángeles era un indio cacique a cuyo nombre se le anteponía el "don" y parece no tenía otras razones para montar a caballo, portar armas y vestir a la española que el vanidoso "adorno de su persona". Sin duda, el montar a caballo de esa manera era para él más una forma de mostrarse como miembro de la nobleza indígena que algo especialmente útil. En cambio, Juan Nicolás y sus hijos eran indios "del común", por lo visto trabajadores y activos, que necesitaban el permiso de montar para desarrollar su actividad como curtidores, arrieros y comerciantes. En la historia de Juan Nicolás hay además detalles muy interesantes para la historia de la charrería en Aculco que en otro momento me gustaría comentar, pero por ahora baste poner aquí estas dos historias de jinetes aculquenses del siglo XVII.

viernes, 18 de agosto de 2023

Un antiguo patio aculqueño que muy probablemente se perderá

Todos ustedes conocen el inmueble que se encuentra en el número 11 de la Plaza de la Constitución, formando esquina con la Plazuela José María Sanchez y Sánchez, a un lado de la Presidencia Municipal, calle de por medio. Ya la he reseñado antes en este blog por el nombre de su antigua tienda, El Faro, de esta manera:

Con el nombre de "El Faro" -por la tienda que albergaba en sus accesorias- pero también como la casa de don Domitilio Alcántara o más recientemente de don Gonzalo Ruiz (en cuya descendencia aún se conserva), se conoce a la casa que se encuentra el la esquina de la Plaza de la Constitución y Plazuela José María Sánchez y Sánchez. Se trata de un inmueble formado por construcciones de diversas épocas que se fueron yuxtaponiendo, si bien su aspecto exterior, bastante homogéneo, quedó definido a principios del siglo XX. Su parte más antigua, empero, se remonta al siglo XVIII y debió ser en ese entonces una casa de importancia, ya que conserva vestigios como la hermosa portada barroca del cuarto esquinero.

En aquel entonces (2010), comentaba que el exterior de la casa lucía impecable, pero que sus interiores se encontraban en un estado muy lamentable, próximo a la ruina, debido principalmente a la caída de sus tejados a causa del abandono:

Si bien el exterior de la casa de El Faro luce impecable y la instalación de nuevos comercios ha respetado los antiguos vanos en sus dimensiones e integridad, el interior del edificio (con excepción de las propias accesorias) se halla en un estado próximo a la ruina. Algunas zonas, como el segundo patio, se encuentran totalmente invadidas por la maleza mientras una buena parte de las habitaciones han perdido sus techos de teja. Grandes hoyos se advierten en las cubiertas aquí y allá, sin que se perciba la mínima intención de repararlos o, por lo menos, detener el deterioro. Si esta situación se prolonga durante más tiempo, seguramente en pocos años restará de esta casa poco más que su fachada.

En el tiempo transcurrido desde que escribí aquel texto, algunas áreas con deterioros menores fueron reparadas, pero la zona del segundo patio continuó en el abandono más absoluto. En esa dejadez que sumaba más de tres décadas -y casi me atrevería a decir que cuatro- grandes tepozanes crecieron libremente, ocultando casi por completo cuartos, corredores, un pozo y el patio mismo. Muchas veces, al intentar ver ese patio a través de ramas y hojas, trataba de reconstruir en mis recuerdos su antigua disposición, cuando habitaba la casa todavía don Gonzalo y criaba ahí gallinas. Recordaba, por ejemplo, que el extremo norte contaba con una construcción de dos pisos, pero desde hace muchos años era ya imposible reconocerla.

Realmente me sorprendió la noticia, hace una semana, de que habían talado los tepozanes parasitarios y algunos trabajadores estaban comenzando a limpiar el patio. De nuevo era visible el sitio: Construido con gran sencillez enteramente en piedra blanca y con algunas paredes que muestran aún su pintura en un tono rosa claro, sus bien construidos muros soportaron el abandono de 40 años casi sin derrumbres. Los pilares de los corredores, esos sí, cayeron casi completamente. El pozo que recordaba sigue ahí, casi entero, aunque su tejado naturalmente no existe más.

La limpieza de este patio podría ser una buena noticia, pues a pesar de los daños del tiempo el lugar conserva vestigios patrimoniales que podrían recuperarse sin detrimento de un uso nuevo. Pero sé bien en qué Aculco vivimos: en uno que a pesar de los presumidos nombramientos como Sitio del Patrimonio Mundial, Pueblo Típico, Pueblo con Encanto y Pueblo Mágico, no sabe conservar su patrimonio y día con día pierde algo de lo que constribuyó a esos nombramientos. Así, lo más probable es que este patio desaparezca en su forma original y sea reemplazado por lamentables estructuras de tabicón y cemento, como ha sucedido ya con tantas casas del pueblo, y seguirá ocurriendo pues a nadie le importa.

En fin, hay veces como ésta que lo único que se puede hacer es esperar que el dueño tenga algo de conciencia y amor por Aculco, que lo impulsen a tratar de conservar y recuperar estos vestigios. Por lo pronto, quedan aquí estas fotografías que ilustran lo que quizá muy pronto se pierda irremediablemente.

martes, 15 de agosto de 2023

Cuando Aculco era la frontera norte

Varias veces les he comentado en este blog que a principios del siglo XVI las tierras donde se ubica Aculco formaban parte de la frontera noroccidental del Imperio Mexica. Más allá comenzaban los vastos territorios dominados por los nómadas, a los que los mexicas se referían genéricamente como chichimecas. Consumada la conquista española en 1521, estos mismos parajes fueron la primera frontera de la Nueva España, que en los siglos siguientes se iría recorriendo hacia el norte conforme se exploraban y colonizaban nuevos territorios.

Estas incursiones en tierras chichimecas no fueron pacíficas: la Guerra del Mixtón (1540-1541) y la Guerra Chichimeca (1547-1600) se originaron en grandes y sangrientas rebeliones que pusieron en verdaderos apuros a los conquistadores y sus aliados otomíes, tlaxcaltecas y mexicas. De hecho, el enfrentamiento con los nómadas continuó después de ellas en forma de guerra de baja intensidad, conforme los novohispanos alcanzaban regiones cada vez más septentrionales. Los enfrentamientos con apaches y comanches -naciones que cabían también bajo la clasificación de chichimecas- se prolongarían después de la Independencia de México y no terminarían en realidad hasta muy avanzado el siglo XIX.

Sobre este tema, hoy quiero mostrarles un documento que ilustra el carácter fronterizo que tenía Aculco todavía en una fecha relativamante tardía, el año de 1618. En aquel momento se temían aún los ataques chichimecas y por eso el propio virrey marqués de Guadalcázar concedió al cacique Pablo de San Antonio un permiso para que portara un arcabuz y otras protecciones cuando se dirigiera a los pueblos de la jurisdicción a cobrar los tributos. Aquí transcribo este permiso, con algunas correcciones ortográficas que facilitan su lectura:

No. 284

Licencia a don Pablo de San Antonio, indio cacique y principal del pueblo de San Gerónimo Aculco, para por tiempo de dos años tener y traer un arcabuz cuando fuere a los lugares que refiere a la cobranza de los tributos, y no para dichos.

Por parte de don Pablo de San Antonio, cacique y principal del pueblo de San Gerónimo Aculco se me ha hecho relación que por estar el dicho pueblo en frontera de chichimecos y en unas montañas y serranías muy ásperas, con cuya ocasión va a favorecer los naturales que están en el pueblo de Santiago, San Ildefonso, San Pedro y San Francisco, que distan del dicho pueblo de San Gerónimo a seis y a siete leguas, donde los indios chichimecos por haberse alzado les suelen hacer daños, y asímismo va a cobrar los tributos y para su defensa lleva arcabuz y cuera de ante, porque le es muy preciso el hábito, y porque se teme que los justicias no se lo impidan, me pide se conceda licencia para el dicho efecto. Y por mí visto y lo firmé por orden mía y en forma. Lucas de Lara Cervantes, alcalde mayor de la Provincia de Jilotepec, en que dice se puede permitir que el señor don Pablo de San Antonio traiga armas ofensivas y defensivas para favorecer a los naturales en cualesquiera asaltos que los chichimecos hicieren. Por la presente doy y concedo licencia al dicho para que por término de dos años pueda tener un arcabuz y llevarlo cuando fuere a los lugares que refiere a la cobranza de los tributos y no para dichos, con lo cual no se lo impida justicia ni persona alguna.

En México, a dos días del mes de junio de 1618.

Yo, el marqués de Guadalcázar. Por mandado del virrey, Martín López de Gauna.

Los pueblos a los que se refiere el documento son casi con seguridad los de Santiago Mexquititlán, San Ildefonso Tultepec y San Pedro Tenango, hoy pertenecientes al municipio de Amealco, pero que en ese tiempo formaban parte todavía de Aculco. El de San Francisco no logro identificarlo, pues aunque existía un pueblo de este nombre en la jurisdicción, era el de San Francisco Acazuchitlantongo (hoy municipio de Polotitlán), no muy alejado de la cabecera y por eso difícilmente asimilable con aquél.

Llama la atención también la vestimenta que portaba don Pablo para ir al cobro de tributos, una "cuera de ante" (es decir, gamuza), indumentaria conformada por varias capas de piel que impedía el paso de las flechas y que a veces se extendía también a la cabalgadura. Finalmente, el virrey que firmó la licencia fue don Diego Fernández de Córdoba, primer marqués de Guadalcázar, que gobernó la Nueva España de 1612 a 1621.

NOTAS:

Fuente: Archivo General de la Nación, Grupo Documental Indios, vol. 7, exp. 284, f. 140.

sábado, 12 de agosto de 2023

Los apaches que aterraron a Aculco en 1797

A finales del siglo XVIII, el extenso norte del virreinato de la Nueva España era un territorio mayormente despoblado. Pese a la fundación de ciudades como Santa Fe de Nuevo México (1610), Albuquerque (1707), Chihuahua (1709) o San Antonio de Béjar (1718), así como de una línea de presidios con fuerzas militares, los escasos habitantes de estas regiones padecían la incomunicación con el centro del virreinato (el viaje desde la Ciudad de México a Santa Fe, a 2,600 kilómetros de distancia, podía tomar seis meses), sufrían el clima desértico y, particularmente, vivían expuestos a un peligro humano constante: las incursiones de las tribus indígenas nómadas.

Las provincias del norte [...] están expuestas a las invasiones de los apaches salvajes. Estos terribles indígenas, empujados de valle en valle por la superioridad de las armas europeas, han acabado por encontrar en los climas rigurosos donde se han refugiado, la energía necesaria para vengarse de los usurpadores de su patria y, a su vez, atacan a los españoles establecidos en sus fronteras. Dependen de sus numerosos rebaños, que reemplazan los recursos dudosos de la caza, así como de la cría de caballos castellanos, sobre los que recorren las vastas sabanas del norte e irrumpen inopinadamente sobre las rancherías aisladas en busca del botín. [...] Se diferencian de los indios civilizados de México por sus duros rasgos, su nariz aquilina y la conformación de su frente. [...] Los trajes de los apaches, como los de los osages y de los pawnies, se componen de un sarape de lana, de pantalones de gamuza, de mocasines, de una banda en la frente y de adornos, collares y brazaletes. Sus armas son el arco y las flechas y la lanza, que empiezan a reemplazar por las armas de fuego. (1)

Los apaches eran el grupo más temido entre los "indios de guerra" o "indios bravos", como solía llamárseles. Desde tiempos remotos se dedicaban al saqueo y la depredación de las tribus vecinas y continuaron con este sistema sobre los nuevos pueblos, ranchos y haciendas fundados por españoles y mexicanos, especialmente después de que los comanches los desplazaron más al sur. Los colonos trataron de atraerlos a la paz de muchas maneras, pero los apaches lucharon fieramente por mantener su independencia. De tal manera que ya en el siglo XVIII se les enfrentaba casi sin esperanzas de incorporarlos al orden colonial y a la fe católica. Desde 1729, a los apaches que caían prisioneros se les enviaba a la Ciudad de México, de donde partían a Veracruz para forzarlos a trabajar en las fortificaciones del puerto e incluso para desterrarlos a Cuba, Campeche, Santo Domingo o Puerto Rico:

Lo que se veía a menudo entrando a Veracruz era una cuerda miserable, un tropel de hombres y mujeres reducidos a la condición de bestias. Semidesnudos, o apenas cubiertos con sus cueros de gamuza, de venado o bisonte, con sus raídas prendas de una manta ennegrecida por el uso constante, van asomando una mirada insondable por entre sus largas cabelleras. La piel tostada por el sol, el polvo y la intemperie, que los hace ver más morenos de lo que lo son en libertad, les da un aspecto inconfundible; pues traen consigo todavía las sequedades del desierto, el teatro de la guerra impreso en el fondo de los ojos y a flor de piel. Mientras caminan bajo un calor sofocante apenas balbucean “en fingida humildad” (como dicen sus captores) algunas palabras en su lengua en demanda de agua y comida, mientras la tropa que los conduce toma las mayores precauciones para asegurarlos y mantenerlos cautivos, ya que harán todo lo posible para fugarse en cualquier momento. (2)

A finales de 1796, uno de estos grupos, formado por "apaches mezcaleros" capturados en las fronteras de Texas, Sonora y Nuevo México, era conducido por los soldados del rey desde la capital del virreinato precisamente hacia el puerto de Veracruz para su posterior envío a La Habana. Estaba formado por 29 mujeres y niñas y 28 varones de todas las edades. Pese a la fuerte vigilancia, 18 de esos hombres consiguieron fugarse violentamente la noche del 7 de noviembre, mientras se les repartía la cena en la venta de Plan del Río. Uno de los evadidos sería hallado herido dos meses después no lejos de ahí, en el pueblo de Teocelo, pero el resto se lanzó en una huída desesperada, tratando de retornar a sus lejanísimas tierras. El gran historiador Antonio García de León ha narrado con gran detalle esta odisea en su libro Misericordia. El destino trágico de una collera de apaches en la Nueva España (FCE, 2017), magnífica obra de la que extraigo aquí la información y algunas citas.

Encabezaba al grupo de apaches prófugos un personaje singular: un hombre apodado el Genízaro, "güero y encarnado". Se trataba de Juan Alonso Avilés, criollo secuestrado por los apaches a los cuatro años de edad que había crecido como uno de ellos. Ya mayor, fue capturado por los españoles en un enfrentamiento con su pueblo adoptivo, tras lo que fue reconocido por su familia y en lugar de mantenerlo prisionero se le dio empleo como soldado, puesto en que se esperaba que aprovechara sus conocimientos de los apaches. En esta labor llegó a la Ciudad de México vigilando a un grupo de apaches cautivos y haciendo el trabajo de traductor, pero ahí decidió desertar del ejército. Sin embargo, se le detuvo cerca de Tepotzotlán y como se consideró que había intentado regresar a la "barbarie" apache, fue encerrado con los cautivos de esa etnia y condenado a sufrir la misma suerte en las fortificaciones de La Habana.

Los apaches escapados en Plan del Río tomaron en su huída bayonetas y otras armas. Fabricaron arcos y flechas y se mantuvieron de la cacería y de saqueos a las rancherías a las que se acercaban. Robaron caballos que les permitieron avanzar más de prisa y empezaron a subir al Altiplano de cumbre en cumbre. Pasaron por el Pico de Orizaba y se adentraron por Tlaxcala. Luego fueron vistos por Zacatlán, separados en dos grupos. El 11 de enero de 1797, su persecución tomó un carácter más formal, pues se encomendó al capitán Francisco de Viana y especialmente al teniente Nicolás de Cosío su captura, partiendo de las inmediaciones de Tulancingo. Perseguidos y perseguidores entraron al Valle del Mezquital por los alrededores de Actopan. Pasaron después por Huichapan y se aproximaron a San Juan del Río en busca del Camino Real de Tierra Adentro que conducía al norte novohispano. Los apaches llevaban ventaja y pronto se supo que se habían adelantado por el Bajío hasta Jerécuaro. Luego se les vio por Celaya y hacia el 20 de enero acampaban en las inmediaciones de Querétaro, antes de moverse hacia Salvatierra y Yuririapúndaro, en la intendencia de Guanajuato. Sus ataques eran cada vez más sangrientos y tres apaches murieron en ellos. El asesinato de dos pequeños inició el rumor de que comían niños y el capitán Cosío, enfermo y obsesionado con la persecución, se encargó de propagarlo.

El 1 de febrero, los apaches fueron avistados por Coroneo. Al día siguiente, tres mil hombres se organizaron en varias partidas para enfrentarlos en el cerro del Capulín. Ahí, tras una fuerte batalla, capturaron a seis apaches mal heridos, no sin sufrir 27 bajas del lado español, tres de los cuales murieron. Del grupo de ocho indios que consiguieron escapar, uno caería muerto poco después en un fiero combate cuerpo a cuerpo. Los siete restantes pronto volvieron a perderse por los montes:

Los justicias involucrados en la persecución reconocían que los apaches se habían vuelto ojo de hormiga, que habían desaparecido del todo: aun cuando dieron por cierto que algunos informes recabados decían “haberlos sentido en las goteras del Real de Tlalpujahua”, significando con esto que se hallaban en ruta desviada, ya no hacia el norte, como muchos imaginarían, tratando de retomar el Camino Real —que a esta altura se hallaba bloqueado por los piquetes de movilizados—, sino de nuevo al oriente, muy posiblemente hacia las inmediaciones del rumbo de Jilotepec o Aculco, para retomarlo desde ahí.

Al atardecer del día 6 y siguiendo la ruta hacia el oriente, ganaron una serie de elevaciones boscosas que ofrecían un buen abrigo antes de dirigirse de nuevo hacia el norte. Fue en aquel despoblado montañoso donde decidieron pernoctar. Allí pudieron volver a comer carne y conservar una parte como reserva; descansar unas horas y emprender de nuevo la ruta. En la mañana, avanzando hacia Aculco, toparon de repente con la vera de un camino, el que había que seguir para salir hacia la ruta planeada. Detuvieron la marcha de golpe al llegar a un vado, pues un grupo de gente armada, al parecer un destacamento de soldados, se dirigía hacia el sur, hacia Acambay, para movilizar en su contra a los indios otomíes de aquel pueblo. Una vez pasada la tropa, salieron de sus escondites y retomaron el rumbo cruzando el mismo camino. Fue entonces cuando un hombre y una mujer, acompañados de un niño pequeño, los avistaron y empezaron a dar voces para alertar a la tropa, que enfrascada en su derrotero, y por el ruido de sus cabalgaduras, no alcanzaba a oírles. En un instante, el hombre y la mujer cayeron atravesados de dos flechazos, cesando la gritería. Ella, tratando de proteger al niño, cayó sobre él, cubriéndolo de sangre. Al poco rato, el niño se repuso, se zafó del cadáver que lo aplastaba y echó a correr hacia unos ranchos llorando por la pérdida de su madre y su abuelo. Los apaches habían desaparecido, pero los rancheros se ocuparon del menor, que resultó ileso, y avisaron a los rastreadores —que pasaron después— que el derrotero de los fugados parecía ser un grupo de lomeríos llenos de bosques de coníferas que los lugareños llamaban “la sierra de Naá [¿Ñadó?]”. Asustados de estas muertes, los rancheros abandonaron sus casas y ganados y huyeron a refugiarse en Aculco, distribuyendo rumores por toda la región. (3)

El teniente de justicia de Acambay, Ignacio Díaz de la Vega, organizó a los vecinos de ese pueblo para enfrentar a los apaches, a los que llamaba "mecos", contracción de "chichimecos", el nombre genérico que en náhuatl se les daba a los indios nómadas del norte. Su idea era que "se formase cordón de unos y otros desde el paraje que llaman La Lechuguilla, hasta el Rancho de Chethé, a efecto de que, en la mañana del citado día se explorasen los Montes del Agostadero, Muitejé y Ñadó, para aprehender a los indios mecos que se hallaban amadrigados en ellos" (4). Procedente de Aculco, un destacamento de soldados se reuniría con los 400 otomíes armados con hondas convocados por Díaz de la Vega en el paraje de Caximó:

Antes de partir de ese lugar, el destacamento había recibido las bendiciones del cura [de Aculco] después de una misa mayor en la parroquia de San Jerónimo, en una ceremonia acompañada de cohetes y campanazos que llenaban el ambiente de aquel poblado abrupto. Poco después, el 9 de febrero y desde Acambay, el justicia territorial don Ignacio Díaz de la Vega le escribía a don Alfonso Ramón de Barturen, su homólogo y superior en Aculco, acerca de los incidentes ocurridos en las estribaciones de la sierra —en el paraje de Caximó—, en donde se había topado con la tropa proveniente de Aculco, aprovechando para informarle acerca de la insolente desobediencia de los indios del lugar acaudillados por su gobernador de república, un tal Pedro García. Según él, la insubordinación de los indios, motivada por lo que reconocía como “una actitud soberbia de los españoles durante un decomiso de caballos”, debía ser severamente condenada y reprimida, pues había impedido la captura de los apaches sobrevivientes, quienes tuvieron tiempo para parapetarse en las sierras vecinas, reponerse de su casi total derrota y “desaparecer para siempre.” (5)

¿Pero qué sucedió exactamente en Caximó, Acambay, que arruinó los planes de los perseguidores y propició la fuga de los apaches? Sucede que los soldados decomisaron los caballos de los voluntarios otomíes y uno de ellos intentó recuperar el suyo del oficial español que lo montaba. Éste respondió a cintarazos con su sable, hiriéndolo, y entonces el resto de los indígenas de Acambay apedrearon al oficial. Aunque los soldados intentaron detener el motín y algunos resultaron heridos en el intento, los otomíes decidieron regresar al pueblo sin participar en el cerco de los montes. Ya sin posibilidades de apresar a los apaches en los bosques de Ñadó, la tropa tuvo que retirarse también a esperar nuevas señales de su paso por otros sitios.

Mientras todo esto pasaba y mientras los partes y comunicados iban y venían entre Aculco, Huichapan, Acambay y la ciudad de México, los perseguidos siguieron su camino, siguiendo ahora más claramente su recorrido hacia el norte, para "restituirse a su país y desde allí hacernos la guerra", como rezaba un parte; mientras las autoridades locales atribuían el fracaso final de la misión a las insubordinaciones de los otomíes del rumbo. Los últimos reportes señalan que seis de los fugados cabalgaban por aquellos montes de Dios, armados de arcos y flechas y moviéndose con cautela hacia San Juan del Río y Querétaro. Desde el 27 de febrero, en carta al virrey marqués de Branciforte, el comandante y subdelegado, Juan José Valverde, informaba desde Huichapan que cerca de Aculco habían sido avistados los apaches, camuflados a la usanza rural de aquellas regiones, dando constancia de que los esfuerzos por localizarlos "no han producido últimamente más realidad que la de que se hayan ausentado estos enemigos de los límites y términos de esta Jurisdicción, en que efectivamente fueron perseguidos con todo tesón". (6)

Se desconoce por completo qué sucedió al final con los seis apaches restantes de aquellos 18 que escaparon en Plan del Río. Nadie supo de ellos ni dieron señales de vida desde que se les avistó por última vez en las inmediaciones de Aculco, todavía a miles de kilómetros de las tierras que eran su hogar. ¿Habrán llegado a ellas? Antonio García de León, poéticamente, imagina al final de su libro cinco posibilidades:

Que regresaron a sus dominios siguiendo el Camino Real, que murieron en el camino, que merodean como espíritus en la región de Aculco, que se sumaron a la plebe urbana de Querétaro o que ascendieron, como los gemelos de la mitología de los suyos, a la inmensa comba del cielo estrellado... (7)

***********

Hasta aquí la historia. No quiero dejar de recomendarles mucho el libro del que la sacado, que pueden leer gratuitamente acá: Misericordia. El destino trágico de una collera de apaches en la Nueva España.

Finalmente, hay que decir que esos no fueron los primeros ni los últimos apaches que pasaron por tierras aculquenses: casi todos los prisioneros de esta etnia llevados a la Ciudad de México viajaban por el Camino Real de Tierra Adentro y en consecuencia por tierras de la jurisdicción de Aculco:

En los últimos años [se refiere a finales del siglo XVIII] los indios bravos convictos se han vuelto parte del paisaje del Camino Real de Tierra Adentro, el que llega a la ciudad de México serpenteando desde la Santa Fe de Nuevo México, en el extremo norte de las llamadas Provincias Internas. (8)

Una de las últimas noticias de apaches prisioneros transitando por estas tierras es de 1806, cuando una mujer apache murió en Arroyozarco mientras se le llevaba a la capital, de lo que dio fe el administrador de la hacienda, don Miguel Sánchez de la Concha:

Certifico en cuanto puedo y el derecho me permite que en esta hacienda a mi cargo ha muerto una india de las de la cuerda que conduce el teniente don Facundo Melgares y queda tirada en el campo y para que conste doy la presente en 8 de enero de 1806. (9)

Ese poco caritativo "queda tirada en el campo" quizá indica que incluso se le negó sepultura y su cadáver quedó a merced de los animales.

 

NOTAS:

(1) Claudio Linati. Costumes civils, militaires et réligieux du Mexique, Bruselas, 1827, pl. 22.

(2) Antonio García de León. Misericordia. El destino trágico de una collera de apaches en la Nueva España, México, FCE, p. 23.

(3) Idem, p. 178, 189-190.

(4) Idem, p. 195.

(5) Idem, p. 194.

(6) Idem, p. 202.

(7) Idem, p. 204.

(8) Idem, p. 22.

(8) Idem, p. 62.