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sábado, 12 de marzo de 2022

¿La última capilla-oratorio otomí de Aculco?

Apartada del centro de Aculco, sobre la avenida de los Insurgentes y justo donde desemboca la calle de Santos Degollado, se levanta una de las construcciones más valiosas y desconocidas del pueblo. Siempre la he conocido como "la bóveda", aunque al preguntar aquí y allá me he percatado de que no es un nombre que sea reconocido por la población en general. De hecho, cosa muy extraña, casi nadie la toma en cuenta al hablar de las casas viejas de Aculco, a pesar de su evidente antigüedad y de su singularidad arquitectónica.

El nombre de "la bóveda" describe perfectamente a esta construcción, pues se trata de un espacio rectangular de unos siete metros de largo orientado de norte a sur y cubierto por una bóveda de cañón. Uno de sus lados largos forma la fachada hacia la calle, ligeramente remetida de la alineación de las casas vecinas y reforzada por un par de contrafuertes a cada extremo. Libre de vanos, lo más interesante de esta fachada es una antigua y hermosa cruz de cantera empotrada a la mitad del muro, colocada sobre un breve pedestal de piedra blanca.

El interior, que no conozco pero me ha sido descrito, evoca la nave de una capilla. Incluso posee una especie de tapanco en uno de sus extremos que recuerda el coro de un templo. El único vano es la puerta por la que se accede al interior, ubicada en el otro lado largo y en un extremo popuesto al del "coro". Debido a la poca iluminación del sitio, en algún momento le fueron abiertas varias lucernas circulares en la bóveda. Cubierta de petatillo, desaguan esta bóveda un par de típicas canales de cantera en su extremo sur.

El que esta construcción esté cubierta por una bóveda de medianas dimensiones nos habla de su importancia, pues las bóvedas resultaban costosas y fueron muy escasas en Aculco: la parroquia sólo fue abovedada hasta 1843 y antes tuvo un gran techo de vigas de madera; las capillas posas del atrio sí fueron abovedadas desde 1708, pero la superficie que cubrían es muy pequeña; la antigua capilla de Nenthé tuvo también techo de vigas y el actual santuario abovedado se levantó hata 1848; en las casas particulares, las únicas bóvedas solían ser las también muy pequeñas de los brocales de los pozos. En todo el pueblo, pues, no existe una construcción semejante a la bóveda de la avenida de los Insurgentes.

Sin embargo, en las comunidades del municipio y aún en otros puntos de municipios vecinos que comparten la raíz otomí, encontramos edificaciones muy parecidas que nos revelan cuál pudo ser el origen y uso de esta notable construccion: se trata de las capillas-oratorio familiares que en su agrupación del semidesierto queretano han sido reconocidas como Patrimonio de la Humanidad. Ya he hablado antes en mi blog de este tipo de capillas-oratorio. Como puedes ver en el texto que les dediqué (pincha aquí para leerlo), sus características generales son variadas, pero es evidente que las mejor construidas en territorio de nuestro municipio son muy semejantes a la bóveda de la que hemos venido hablando. Más allá de las dimensiones y cubierta, hasta la alineación paralela a la calle coincide con ellas.

Las capillas-oratorio se construían en las comunidades indígenas otomíes y mazahuas para realizar en ellas el culto familiar a los ancestros. Cada capilla estaba ligada así con una familia y su terreno, en el que también solía estar edificada la propia vivienda, pero independiente del oratorio y separada por el patio. Las capillas más elaboradas estaban adornadas en su interior con pintura mural y en sus altares se colocaban cruces que representaban a los miembros fallecidos de cada linaje.

En Aculco, como pueblo de origen otomí, debieron existir también en tiempos del virreinato varias capillas-oratorio de diversa categoría, desde las muy humildes y cubiertas con techos de hojas de maguey o teja hasta las abovedadas. Sin embargo, la transición étnica que ocurrió hacia la segunda mitad del siglo XVIII, cuando los indígenas vendieron en gran número sus propiedades del centro del pueblo a criollos y mestizos, seguramente propició que estos oratorios perdieran su uso y con el tiempo se adaptaran a otras funciones, perdiendo así su carácter, quedaran ocultas entre otras construcciones domésticas, o simplemente desaparecieran sin dejar rastro. La única excepción entre las capillas-oratorio abovedadas habría sido ésta de la avenida de los Insurgentes.

Aunque otras casas de su calle se han modificado lastimosamente, por fortuna "la bóveda" permanece en excelente estado de conservación. Sin duda es uno de los edificios de Aculco que merece más cuidadosa conservación pues incluso puede contener vestigios valiosos y desconocidos, como pinturas murales en su interior. Quizá es mucho desear, pero tal vez algún día pueda recuperar su antigua vocación, si no ya como espacio de culto familiar, sí como un sitio de visita para el turismo cultural, recreado el aspecto interior que debió tener bajo el cuidado de sus antiguos propietarios otomíes. Añadir un atractivo así a Aculco sin duda sería un acierto.

domingo, 22 de marzo de 2020

El servicio personal de los indios de Aculco en el siglo XVII

Desde los primeros años después de la Conquista, el llamado "servicio personal" de los indios fue sumamente importante para la construcción de grandes obras de ingeniería y arquitectura en la Nueva España. En el fondo no se trataba de una situación nueva -ya que bajo el dominio azteca las provincias tributarias contribuían obligatoriamente con el trabajo de algunos de sus pobladores a los obras del imperio- sino más bien una adaptación colonial de esa antigua costumbre.

El concepto mismo de ese servicio varió mucho a lo largo de las primeras décadas del dominio español, especialmente entre 1521 y 1550. Al principio, por ejemplo, se le consideró parte del tributo que las poblaciones indígenas debían entregar a su encomendero español o a los representantes del rey (según el propio estatus del asentamiento), y por lo tanto quienes trabajaban para cumplirlo no recibían un pago por sus servicios. Es decir, se trataba de un impuesto en especie, y esta especie era el trabajo físico. Con todo, ya desde mediados del siglo XVI el servicio personal se convirtió en una labor pagada en obras consideradas de beneficio público, aunque siguió siendo obligatoria, para las que cada comunidad indígena debía proporcionar cierto número de trabajadores cada año.

Así, por ejemplo, nuestro Aculco estaba obligado hacia la segunda década del siglo XVII a destinar trabajadores para las minas de Tlalpujahua, en Michoacán, y especialmente para la obra del desagüe de la Ciudad de México en Huehuetoca. Esta última era un obra de ingeniería de enormes proporciones y casi invisible (por no ser más que un túnel y un tajo) que evacuaría las aguas de la laguna para poner a salvo de inundaciones a la capital del virreinato. La construcción del desagüe cobró la vida de miles de personas, tardó siglos en realizarse y sólo en el Porfiriato se concluyó cabalmente.

Justo en esos tiempos, en 1618, el cabildo de Aculco solicitó al virrey que se les disculpara por un año el envío de trabajadores a las obras del desagüe de Huehuetoca, justificando su petición en que debido a ese servicio personal no habían podido ocuparse del "remedio y reparo" de su iglesia, que se estaba "cayendo juntamente con el convento donde habitan los religiosos del dicho pueblo". El virrey, don Diego Fernández de Córdoba, marqués de Guadalcázar, concedió efectivamente en diciembre de ese año que seis de los indios que enviaba Aculco fueran reservados del servicio personal para ocuparse del arreglo de su templo.

Más allá de las razones que adujeron los aculquenses, evitar el servicio personal era en gran medida un asunto de supervivencia: el viaje al sitio en que los trabajadores eran requeridos, las duras condiciones de vida, los frecuentes accidentes causaban una alta mortandad. En la obra del desagüe, por ejemplo, nos cuenta el cronista chalca Chimalpahin en febrero de 1608 que "“allá murieron muchos macehuales, y otros enfermaron, de los pobladores que fueron a prestar servicio durante los dos meses de enero y febrero y otros más".

 

FUENTE:

Silvio Zavala, El servicio personal de los indios en la Nueva España 1600-1635, México, El Colegio de México, 1990, p. 1050.

Domingo Francisco de San Antón Muñón Chimalpahin Cuauhtlehuanitzin, Diario, México, Conaculta, 2001, p. 133.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Lo que la Nao de China trajo a Aculco

Desde mediados del siglo XVI, tras la conquista de las islas Filipinas por los españoles y el descubrimiento de la ruta en la que los vientos permitían a los buques retornar desde ahí a la Nueva España, atravesando el Océano Pacífico, se estableció un importante intercambio comercial entre Oriente y Occidente que tuvo como centro al puerto de Acapulco. Ahí se celebraba anualmente una gran feria a la llegada del Galeón de Manila o "Nao de China", en la que se recibían productos como sedas, porcelanas, marfiles, especias, muebles, objetos de concha, carey, etcétera, que eran intercambiados por plata mexicana. Este comercio duró tres siglos e influyó de manera notable en el arte y la artesanía de nuestro país en tiempos del Virreinato. Algunas de estas influencias orientales pueden verse todavía en las cerámicas tradicionales, en las lacas de Olinalá e incluso en los rebozos.

Muchas de esas mercancías, especialmente los objetos suntuarios, se llevaban en recuas de mulas al puerto de Veracruz y de ahí se les embarcaba nuevamente con rumbo a España. Pero también muchas se quedaban en nuestro país, especialmente en las grandes ciudades como México y Puebla. Aquí, esos objetos formaban parte del ajuar de las casas más ricas de la época, así como de los templos que se engalanaban con esculturas de santos de marfil talladas en China o en Filipinas, tibores chinos o japoneses, biombos, rejas, alfombras, ornamentos y lámparas.

De aquellos lujos exóticos, tan apreciados por los novohispanos, quedaron algunas evidencias documentales y un solo objeto material conocido en nuestro Aculco. Sobre las primeras, provienen de los inventarios de la Hacienda de Arroyozarco en 1768 y 1776, por los que sabemos que en la capilla de la finca se encontraba "dos tibores grandes de China" de poco más de media vara (quizá unos 50 centímetros) de altura. Ahí mismo, en el altar mayor, existieron un Cristo de marfil con su cruz engastada en latón y con peana dorada, así como una imagen de la Virgen de la Soledad también de marfil. Estos dos objetos ya habían desparecido del lugar en 1790. En su sacristía se guardaban varios juegos de ornamentos con aplicaciones de seda (que bien pudo venir de Asia), como uno con flores blancas de ese material sobre tela de oro, y otro con flores de seda encarnadas sobre tela de oro y plata. También se guardaba ahí un frontal para el altar bordado en seda. En la tienda que se hallaba instalada en el mesón de Arroyozarco, se comerciaba entre muchos otros efectos con "peines de china" e hilo de seda en el último cuarto del siglo XVIII. (1)

En cuanto al objeto material que sobrevive, sin duda los lectores ya lo habrán observado a estas alturas en las fotografías que acompañan al texto: es una cabecita de marfil y madera de la Virgen María, que por sus características parece ser obra china del siglo XVII inspirada en alguna escultura gótica o renacentista europea. De muy fina factura, esta pieza de unos 15 x 18 centímetros es en realidad sólo un fragmento de una escultura mayor, de cuerpo entero, que pudo haber sido reconstruida varias veces a lo largo de su vida. En su origen, pienso, la imagen era quizá completamente de marfil y pudo corresponder a una Purísima Concepción. Pero en algún momento, seguramente todavía en tiempos virreinales, aquella escultura, quizá a causa de alguna ruptura o deterioro, fue posiblemente cortada en varias partes para reutilizar su material. El fragmento principal habría sido esta cabecita, pero incluso su parte posterior, la menos visible, le habría sido cortada y sustituida, como puede verse, con madera que conserva todavía rastros de dorado, pero con menor calidad en su talla. En esa misma época el cuerpo se le habría reemplazado también por una talla nueva de madera, siendo los restos de cola de la parte inferior evidencias de aquel remiendo.

Más allá del dorado de la cabellera, la escultura guarda todavía restos de policromía en el iris de los ojos y en sus labios que estuvieron pintados de carmín. La corona que luce hoy en día es moderna y de ningún valor, pero la imagen conserva los anclajes metálicos que indican que en efecto lució en cierto momento una corona, seguramente de plata.

Esta bella escultura de marfil, vestigio único en Aculco de las riquezas que venían del Lejano Oriente, se conserva en una colección particular. Aunque en buen estado general, sería deseable que un especialista la revise para evitar su deterioro, pues las uniones entre madera y marfil, hechas con clavos de estos mismos dos materiales, se hallan flojas y el dorado de la madera se está perdiendo. Ojalá su propietario, que tan amablemente me permitió hacer estas fotografías, asegure su conservación por otros siglos más poniéndola en manos de un buen restaurador.

(1) Lara Bayón, Javier, Arroyozarco, puerta de Tierra Adentro, México, Instituto Mexiquense de Cultura, 2003, pp. 73, 75, 98, 105, 359 y 361.

domingo, 12 de enero de 2014

1794: Cuando las diligencias comenzaron a correr por el Camino de Tierra Adentro

Aunque se trataba de uno de los caminos más transitados de la Nueva España, el Camino Real de Tierra Adentro careció hasta fines del siglo XVIII de un servicio formal de transporte de pasajeros en todos sus ramales y rutas. La mayoría de quienes emprendían el viaje por él lo hacían acompañando los convoyes de plata, a los arrieros que transportaban todo tipo de mercancías desde y hacia el interior del país, fletando algún coche en negocios dedicados a ello si pretendían viajar con mayor comodidad o en compañía, o arriesgando la bolsa y el pellejo ante algún asaltante al cabalgar solos. No pocos entre los viajeros que recorrieron este camino deben haberlo hecho simple y sencillamente a pie, al no tener más remedio por sus escasos recursos o su humildad, en el caso de los frailes.

Fue hasta el año de 1794 cuando el virrey conde de Revillagigedo autorizó un servicio de "coches de providencia" (como se les llamaba entonces a los carruajes de servicio público) para que se estableciera una ruta con itinerario fijo, paradas obligatorias y fechas específicas que reguló el transporte de pasajeros entre las ciudades de México y Guadalajara, y que pasaba naturalmente por Arroyozarco. Nació así el legendario servicio de diligencias que tuvo tan gran importancia a lo largo del siglo XIX y hasta la década de 1880, cuando el ferrocarril lo volvió obsoleto y lo relegó al olvido.

Las reglas bajo las cuales operó en un principio este servicio de diligencias resultan sumamente curiosas. En particular, la manera de dividir el peaje entre los pasajeros y el que éstos estuvieran obligados a cubir la manutención del cochero y sus ayudantes. Pero el propio lector tendrá oportunidad de hallar estos y muchos otros detalles de interés en el propio Reglamento, que copio a continuación respetando su ortografía original:

Deseando el Asentista de los Coches de providencia se extienda el beneficio de ellos á uno ú otro Lugar del Reyno, ha conseguido que el Exmo. Señor Virrey Conde de Revilla Gigedo le haya concedido su Superior permiso y ampliado el privilegio para que desde luego pueda poner Coches de camino, que mensual ó semanariamente salgan para Perote y Gualaxara baxo las condiciones que previene el siguiente Reglamento, dexando siempre en su libertad a los que no les acomoden, para que fleten los Coches como ha sido costumbre en las casas destinadas a este género de comercio.

1. El Coche de Providencia para la ruta de Guadalaxara deberá ser de cortinas, con camisa, fuerte en todas sus partes, y habilitado de aquellas piezas manuables que más comúnmente se necesitan en los caminos para una pronta composición; saldrán de esta Capital todos los días primeros de mes, comenzando en el de Marzo próximo, con doce mulas de tiro y dos Cocheros, y no llevará más carga que la que corresponda á quatro arrobas por cada individuo y lo que pueda acomodarse de cosas manuables, como chocolate, dulce y ropa limpia en los caxones que formarán los quatro asientos, cuyas llaves se entregarán á ios individuos que los ocupen, para su mayor seguridad.

2. Hará precisamente la caminata en doce días, terminando la primera jornada en Huehuetoca, la segunda en Tula, la tercera en Arroyosarco, la quarta en San Juan del Río, la quinta en Querétaro, la sexta en Celaya, la séptima en Yrapuato, la octava en Horcones, la nona en Frías, la décima en Cerrogordo, la undécima en Zapotlán y la última en Guadalaxara, de donde no pasará por ningún motivo.

3. Respecto á qué este Coche debe regresar á México el día 16 del mismo mes en que emprendió su marcha para Guadalaxara, y que según las jornadas que van apuntadas sólo viene á tener el descanso de tres días, no se concederá á ninguno de los Sujetos que lo fleten detenerse en alguno de estos parages pues á mas de que resultarían más días de camino, estorbaría que uno ú otro individuo que espere el Coche en algún paraje para introducirse en él, habiendo lugar vacío, lo pueda verificar y asimismo que en las Posadas y Mesones del tránsito se inutilizen las prevenciones de comidas y cenas que es regular dispongan seguros del arribo del Coche á ellas en los días determinados.

4. Sin embargo, si por algún motivo extraordinario, y que no pueda remediarse, se atrasare el Coche en alguna jornada, se reemplazará aquel día con uno de los de descanso, á fin de que no haya novedad que perjudique los cálculos de los Viajantes en los días asignados al regreso.

5. Éstos Coches se fletarán por asientos para la mayor comodidad del Público en orden á su precio: por ningún motivo admitirán á mas de quatro Personas; y habrán de ir y volver en los días asignados, bien haya una persona solamente, dos, tres o los quatro que pueden ocuparle.

6. Fletándolo una sola Persona deberá pagar 200 pesos; siendo dos 105 cada una; siendo tres a 75; y siendo las quatro á 63 pesos 4 reales, que hacen 250 pesos entre todas; precio el más baxo en que hasta ahora se ha fletado un Coche para Guadalaxara, aunque sea para una sola Persona; y sean las que fueren, la mantención de los Cocheros (que son tres reales diarios a cada uno) siempre ha de ser de cuenta de los que fleten el Coche, como ha sido costumbre, y a excepción de esto, toda la paga anticipada.

7. Siempre que el Coche salga ocupado de esta Ciudad, ó de la de su regreso, con menos de quatro Personas, deberán estar entendidas las que lo hubieren fletado, que por ningun motivo pueden estorbar, (y mucho menos los Cocheros) que en los parages del tránsito se ocupen los lugares vacíos por las Personas que lo soliciten, una vez que paguen anticipadamente lo que corresponda á los días que juzguen acompañarles, cuyos valores van asignados al fin de este reglamento con bastante claridad, para ahorrar á todos trabajo y disputas. Y para que á la salida de aquella Posada donde alguno se agregare no se ofrezca detención, se procurará en la noche precedente dexar efectuada la agregación, y prevenida la carga.

8. Si por ir con mayor comodidad quiere una Persona pagar los quatro asientos, aunque solo ocupe tres, dos ó uno, no se le embarazará, y se le dará una una Boleta ó Recibo impreso (como también á quantos ocupen ios Coches) en que se exprese haber pagado los quatro asientos, con la qual podrá satisfacer al que acaso quiera agregársele en el camino viendo lugar vacío, pues en tales circunstancias se deben tener por ocupados, y puede proceder con entera libertad para darlo o negarlo.

9. Fletado el Coche por un solo individuo, podrá conducir en él hasta la mitad de la carga asignada, que son ocho arrobas; fletado por dos, cinco arrobas cada uno; y fletado por tres, á quatro y media cada uno, para dar lugar a la carga del que pueda agregarse en el camino.

10. Si fletado el Coche por una, dos ó tres Personas para ir á Guadalaxara, solicita otra ú otras ocupar los asientos sobrantes para que las conduzcan á Querétaro u otro Lugar del tránsito, pagarán todas á prorrata lo que les corresponda como que solo fueran á Querétaro, y después también á prorrata lo que corresponda á las que continúen hasta Guadalaxara; v. gr. Fletado el Coche para que conduzca tres Personas á Guadalaxara, se agrega otra que sólo quiere ir á Celaya, que está puntualmente en la mitad del camino: pues deberán pagar entre las quatro 125 pesos correspondientes á la mitad del camino de Guadalaxara, y luego entre las tres que lo continúan 113 ps.,4 rs. que es la mitad de los 225 pesos en que se fletará el Coche quando salga de México con tres individuos. Otro exemplo; Fletado el Coche por una sola Persona para ir á Guadalaxara, quieren, acompañarlo otras dos hasta S. Juan del Rio; pues pagados entre las tres 75 pesos, correspondientes a la tercia parte del camino, donde se halla este Lugar, deberá pagar la que sigue hasta Guadalaxara otros 133 ps. 2 1/2 reales, y en este caso le sale a esta todo el viaje por 158 pesos 2 1/2 reales.

11. Queriendo dar el Asentista una prueba nada equívoca de que más que su beneficio procura el del Común, declara, que si fletado un Coche para Guadalaxara por uno ó mas individuos, se le agregan otros en alguna de las jornadas para seguir adelante, la que á estos pertenezca pagar se reparta por iguales partes entre los que salieron de México, aunque bien tirada la cuenta debía ir á la parte el Asentista, puesto que el valor de los fletes sube á proporción de los individuos que ocupan el Coche, y en este caso no se verifica. Bien que le serán responsables de la conciencia los que con dañada intención solo fleten el Coche para los que salgan de México, sabiendo que desde la segunda ú otra jornada debe acompañarles otro individuo, en que ya no es contingente su agregación.

12. Todo quanto va advertido para la ida á Guadalaxara, se debe entender para el regreso, á excepción del valor de los fletes, que son absolutamente la mitad: á saber: 100 pesos por una sola Persona, 105 siendo dos, 112 pesos 4 reales siendo tres, y 125 siendo quatro; no entendiéndose en esto el diario de los Cocheros, que á la ida y vuelta es el mismo, y siempre de cuenta de los que fletan el Coche.

13. El Coche para Perote saldrá de esta Capital también el día primero de cada mes: tornará el día 8: volverá á salir el 15, y tornará el 22; bien que en el mes de Marzo próximo sólo hará el segundo viage de ida y vuelta. Terminará su primer jornada en Otumba: la segunda en Buenavista, la tercera en Jonguito, y la quarta en Perote, donde se entregarán al Cochero principal los valores de los regresos, recogiendo de él los correspondientes Recibos. Será su precio para una Persona 70 pesos, para dos 76, para tres 82, y para quatro 90; á la vuelta para una Persona 35, para dos 38, para tres 41, y para quatro 45; advirtiéndose que quanto se ha dicho para el viage de Guadalaxara deberá entenderse con identidad para éste; á saber: que no yendo pagados los quatro asientos, debe admitirse al que lo solicite, cobrando y repartiendo á prorrata lo que le corresponda dar entre los que iban ocupando los otros asientos; que la manutención de los Cocheros es de cuenta de los que fletan el Coche; y que por ningún motivo deben atrasarse las jornadas; pues consultando con esto no se ha elegido el rumbo de Puebla, que aunque ofrece más proporción de Viageros, consta de mas jornadas, y por consecuencia ofrece mayores gastos en todo el camino.

El Exmo. Señor Virrey, propenso siempre á proteger los pensamientos útiles á la causa pública, no solo se ha servido aprobar el Reglamento precedente, y conceder al Asentista su permiso para que lo publique por medio de la Gazeta, sino que ha expedido las órdenes mas estrechas á los Señores Intendentes y á los Subdelegados del tránsito de una y otra carrera, para que teniendo presente lo prevenido en los artículos 64 y 66 de la Real Ordenanza de Intendencias, en orden al reparo de puentes y caminos públicos, aseo, capacidad y limpieza de las posadas, ventas y mesones, provisión de víveres, camas y lo demás preciso al buen hospedage, velen y zelen con la mayor eficacia y esmero para la comodidad, asistencia y alivio de los caminantes á la menos costa posible, confiando que mediante el zelo de dichos Señores Intendentes y Justicias en hacerlas observar y cumplir, sin dar lugar á justas quexas de los caminantes, se logrará uno de los mas importantes beneficios, digno de agregarse á los muchos que ha recibido el público en todos ramos y materias en el tiempo del feliz gobierno de S.E.

FUENTE: Gazeta de México del martes 18 de febrero de 1794, tomo VI, núm, 7, p. 51-54.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Un par de estribos coloniales

La relación de tres siglos de Aculco con el Camino Real de Tierra Adentro, debió dejar, más allá de las huellas arquitectónicas en caminos, puentes, mesones y haciendas que en buen o mal estado se conservan, numerosos objetos relacionados directamente con el tránsito por esta vía, la más importante de la Nueva España. Tal vez es difícil de imaginar ahora, pero en su momento las calles del pueblo debieron estar llenas de carros cargados de los más variados productos del interior del país, los herreros y carpinteros trabajando sin darse abasto en reparar ruedas y ejes averiados, decenas o hasta cientos de mulas, con todos sus arreos, esperando a ser cargadas por los arrieros, algún caporal o mayordomo luciendo su traje de campo ornamentado en plata, más cercano al del chinaco que al charro como lo conocemos hoy, montando su caballo ricamente enjaezado. En fin, una estampa en la que casi todos los objetos que veríamos nos parecería extraño y difíciles -si no imposibles- de encontrar en el Aculco actual.

Aculco sigue siendo un lugar de gente de a caballo como antes -y parece que en los últimos años cada vez en mayor número y más entusiasta-. Los silleros de varios notables charros de Aculco guardan preciosas sillas de montar de faena, piteadas, chumeteadas, hermosos sombreros de fieltro y algunos de "pelo de llama" al estilo del siglo XIX con sus toquillas bordadas en plata, trajes con hermosas botonaduras bien trabajadas, arreos más bien escasos como chivarras y armas de agua, frenos y espuelas con incrustaciones de plata, etcétera. Pero son objetos que, a lo más, tendrán 100 o 130 años: se remontan tan solo, cuando mucho, al Porfiriato. De aquellos otros hombres de a caballo de hace dos o tres siglos, los del Virreinato, casi ningún vestigio material ha quedado. Esto es en buena medida algo natural: los arreos, por ricamente que estuvieran trabajados, estaban hechos para cumplir una función específica, ruda además, que normalmente limitaba su tiempo de vida. De ahí que los objetos charros coloniales sean sumamente escasos y por ello muy apreciados y valiosos.

De esos objetos charros coloniales, en Aculco sólo conozco dos medianas colecciones de frenos (no muy bien conservados) del tipo que hoy se suele llamar "zacatecano", pero que en esta región era más conocido por "mulero". Tienen este tipo de frenos la característica de poseer una barbada formada por una argolla rígida que se une al bocado, lo que significa un gran castigo para la cabalgadura y que por esa razón están prohibidos por la Federación Mexicana de Charrería en competencias oficiales. Éstos y algunos fierros de marcar ganado eran, hasta hace poco, los únicos objetos charros reconocibles en Aculco como vestigios de la gran época del Camino Real de Tierra Adentro, posiblemente empleados en las recuas de mulas que hasta principios del siglo XIX representaban una importante fuente de recursos para sus habitantes.

Muy recientemente, sin embargo, traídos de otro lugar de nuestro país, se incorporó al inventario de arreos charros legítimamente virreinales un par de estribos de madera del siglo XVIII, excepcionales por su raro diseño y magnífica calidad. Aunque en los museos y algunas colecciones privadas existen ejemplos notables de estribos de la época -algunos de ellos de calidad superior en el trabajo de la madera- estos estribos ahora aculquenses son especiales por su belleza, extraña conformación, originalidad y magnífico estado de conservación. Y cosa rara en objetos de este tipo, forman el par completo.

Los estribos más lujosos de aquella época se elaboraban en metal, a veces plata, y adoptaban una característica forma de cruz. De ellos han sobrevivido bastantes ejemplares -pocos formando pares- gracias al material con que eran fabricados. En cambio, de los estribos más populares o de aquellos que se usaban en el campo para las faenas charras muy pocos se han llegado a conservar pues se elaboraban en materiales perecederos como la madera y el cuero. Aunque normalmente los estribos campiranos eran sencillos, entre los rancheros ricos de la época barroca alcanzaron cotas verdaderamente artísticas, sacrificando incluso la ligereza y practicidad al lujo y la ostentación.

Como puede verse en las fotografías, los estribos que presentamos ahora se ajustan a las características arriba señaladas. Incluso, he llegado a sospechar, por su riqueza y buen estado de conservación, que más que tratarse de objetos utilitarios bien pudieron haber sido elaborados con intención ornamental para la imagen ecuestre de algún santo, como una escultura de Santiago o San Martín.

En primer lugar, este par de estribos llama la atención por su gran tamaño. Su silueta adopta la forma de campana casi natural para esta clase de artefactos, ancha en la base y estrecha en la parte superior, describiendo una curva. Con el hueco horadado en el cuerpo del estribo donde se introducen los pies, la silueta se torna un perfil arqueado que el artesano aprovechó para formar el cuerpo serpentino de un grifo de dos cabezas, labrando escamas en toda su superficie, al frente y al reverso. Las cabezas del grifo se unen mirando en direcciones opuestas en la parte superior del estribo, dejando entre ellas el hueco que los unía con la arción, tomando el aspecto de una bestia de dos cabezas. Estas cabezas, hermosamente talladas para ser apreciadas desde todos los ángulos, se apegan a la representación tradicional de los aquellos seres mitológicos: pico y cabeza de águila, mirada fiera y crestas de plumas (u orejas) en la parte posterior. Curiosamente, las escamas más próximas a la cabeza adoptan la forma aguzada de plumas, más cercanas a las caracterización general de los grifos con plumas en lugar de piel de reptil.

Aunque me parece a mí que estos estribos son obra del siglo XVIII por su carácter barroco, lo cierto es que hay algo en esas cabezas de grifo -quizá sólo el que se haya elegido una representación mitológica procedente del pasado Clásico- que me hace pensar en las obras renacentistas del siglo XVI. Incluso la primera vez que vi estos estribos, las líneas del labrado de esas cabezas me trajo a la mente inmediatamente el recuerdo de las antiguas sillerías de los coros de las catedrales españolas, adornadas con motivos semejantes, aunque naturalmente de una calidad artística superior.

Para bien o para mal, estos estribos que ya se habían convertido en aculquenses por formar parte de la colección de un entusiasta de este pueblo, se encuentran en venta, pues su propietario lo ha decidido así y es muy factible que salgan de Aculco en un momento dado. En el pueblo, como decíamos arriba, existen varios grandes aficionados a la charrería que poseen buenas colecciones de arreos charros. Sería estupendo que alguno de ellos se entusiasmara con estas piezas tan excepcionales y antiguas, y decidiera adquirirlas para que, en propiedad particular como hasta ahora, permanecieran incorporados de alguna manera al patrimonio de nuestro pueblo, como un recuerdo tangible del campo mexicano en los años del Virreinato. Si alguno de ellos lee este texto y está interesado en ellos, puede enviar un mensaje a este sitio para que lo dirija con el propietario de tan hermosos y raros objetos.