viernes, 1 de noviembre de 2019

Todos los santos

Desde inicios de la Edad Media, el 1 de noviembre fue señalado por la Iglesia para la celebración de la solemnidad de Todos los santos. Se trataba de un día consagrado a venerar a todas aquellas personas que han alcanzado la santidad, conocidos y desconocidos, canonizados o no. Como en esta fiesta se recordaba de manera destacada a los mártires de los primeros tiempos del cristianismo y se exponían sus reliquias al público, la fecha tomó muy tempranamente cierto carácter mortuorio que la ligó con el día inmediato siguiente, en que se conmemoraba a los cristianos ya fallecidos: los Fieles difuntos.

En este día de Todos los santos de 2019 quiero presentarles, si no todas las imágenes aculquenses de santos (lo que sería imposible), sí buena parte de las que en las fiestas de cada uno de los templos de nuestro municipio "peregrinan" desde su propia comunidad y reunidas contribuyen a engalanar los días solemnes. Estas que les muestro aquí son las que llegaron a la fiesta del Señor de Nenthé del año 2015.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Cuando los peregrinos queretanos adquirieron "El Despacho" de Arroyozarco

Hace cerca de dos años, mi primo Octavio Lara Chávez me compartió unas páginas tomadas de El Peregrino, un periodiquito de la Asociación de Peregrinos Queretanos al Tepeyac, unión que como muchos de ustedes saben compró en la década de 1970 el antiguo edificio arroyozarqueño conocido como "El Despacho" (el cual en el siglo XVIII era llamado la "Casa del Mayordomo"). Precisamente, el texto y las fotografías de esa publicación nos hablan escuetamente de las reparaciones llevadas a cabo en el inmueble para que cumpliera con su función de albergar cada año a los peregrinos a su paso por Arroyozarco, en camino hacia la Basílica de Guadalupe. Aunque este tema merece una entrada mucho más extensa y detallada en el blog, que algún día espero escribir, me gustaría mostrarles ahora las fotografías y trasncribir literalmente el texto, antes de que pase demasiado tiempo y estos datos caigan en mi olvido:

 

Gira de trabajo de la Directiva en Arroyo Zarco

El día 6 de enero la Directiva de la Pía Unión de Peregrinos de a Pié de Querétaro al Tepeyac llevó a cabo una inspección en la finca de Arroyo Zarco, a fin de programar y dotar de los materiales necesarios para las obras que se realizan en el presente año, entre ellas destacan el aplanado de el "Salón Grande" que se dotará de ventanas y pintura.

También se piensa en el aposento de los señores sacerdotes, tanto en los dormitorios como en el comedor, con una readaptación, los sacerdotes tendrán un lugar más cómodo para tomar sus alimentos y descansar.

El mismo día, realizada la inspección, se trasladaron al pueblo de Aculco del Estado de México, para hacer los pagos correspondientes de las contribuciones de la mencionada finca.

A partir de e4sta fecha los directivos estarán en la finca cada fin de semana parab supervisar el avance de estas obras y liquidar a los trabajadores que las realicen.

Hacemos un llamado desde esta columna a los hermanos que tienen aposentos en dicha finca, para quen con tiempo hagan las reparaciones necesarias y los que están construyendo pongan empeño en su obra para que esté terminada para el mes de julio.

Vemos con entusiasmo el trabajo que realiza la directiva y hacemos mención especial de nuestro Vice Presidente el hermano Baltazar Durán, que el día de su onomástico lo pasó trabajando en la supervisión de estas obras, y le enviamos desde aquí un afectuoso saludo.

En Arroyo Zarco, la directiva aparte contar con la gran ayuda de un grupo de peregrinos que en todo el año trabajaranon en la reconstrucción de la Finca. Ahora se cuenta también con la colaboración en esta obra, con las hermanas peregrinas y vemos con verdadero agrado el entusiasmo que están poniendo los niños, tomando la pala y la carretilla como se ve en las gráficas.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Los arrieros de Aculco

Entre los 60 sitios incluidos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO como parte del Camino Real de Tierra Adentro, el pueblo de Aculco tiene la singularidad de que dicho camino no pasaba exactamente por él, sino a varios kilómetros de distancia. La importancia del lugar en relación con la vía es, sin embargo, de primer orden por una razón muy concreta: la importancia que sus vecinos dedicados a la arriería tuvieron en la historia del Camino Real durante más de tres siglos. Aculco, en efecto, era reconocido como uno de los llamados "pueblos de arrieros":

Algunos pueblos destacaron porque la gran mayoría de su población se empleaba en la arriería; eran denominados “pueblos de arrieros”; entre los que podemos mencionar a San Gerónimo Aculco, Alfajayucan, Chilcuautla, Huichapan, Jilotepec, Nopala, Rancho del Paye, San Francisco Soyaniquilpan, la hacienda San Jeronimito, San Juan del Río, Tecozautla, Tepetitlán y Tula, entre otros. En esas localidades abundaron los propietarios que poseían más de dos recuas, quienes tuvieron que emplear a uno o más mayordomos como responsables de ellas; todos recurrieron a trabajadores locales encargados de realizar los traslados; su número estaba en relación con la cantidad de mulas que integraban el hatajo. (1)

Ya desde el siglo XVIII se señalaba que los habitantes de Aculco se dedicaban predominantemente a la arriería (2). Los dueños de las principales haciendas de la zona se contaban en esa misma época entre los grandes propietarios de recuas del reino de la Nueva España (3). Antes de la Guerra de Independencia, no menos de ochenta hatajos de mulas pertenecientes a los vecinos de Aculco recorrían el Camino Real de Tierra Adentro (4), y los arrieros aculquenses de la llamada “carrera de tierra adentro” alcanzaban en sus viajes las ciudades de Durango y Chihuahua (5). Pero más allá de estos datos generales que muestran la importancia de la arriería aculquense, ¿quiénes eran, con nombre y apellido, estos personajes, al mismo tiempo viajeros, transportistas y comerciantes?

Hablemos primero de los grandes dueños de recuas en Aculco en los siglox XVIII y XIX. Entre ellos estaba la Compañía de Jesús, propietaria de la hacienda de Arroyozarco entre 1715 y 1767. En este último año, la recua enviada desde esa finca al puerto de Matanchén (Nayarit) con los avíos para las misiones jesuitas de California, bajo el mando del mayordomo Marcelo Garrido, constaba de cinco hatajos de 176 bestias de carga y silla, además de dos recuas de “madres”. Empleaba por entonces la hacienda a no menos de 36 arrieros (6). También era “dueño de recuas” don Antonio del Castillo, uno de los más importantes propietarios de tierras en la Provincia de Jilotepec, quien adquirió la hacienda de Ñadó,también situada en territorio aculquense, en 1726 (7). Don Nicolás Sánchez de la Mejorada, próspero aculquense que obtuvo en remate público la hacienda de Ñadó en 1780, contaba entre sus bienes con ocho hatajos de mulas “del camino real”, “aparejadas de lazo y reata” (8). Precisamente el nieto de don Nicolás, José María Sánchez, se vio en apuros en 1821 a causa de una deuda contraída con don Julio Antonio Aranda, a quien debía seiscientos pesos como importe de un hatajo de mulas por el que tenía como fiador a su padre Eusebio, propietario de la hacienda de Ñadó en aquel entonces (9).

Los nombres de los arrieros específicamente aculquenses que guiaban las recuas por el Camino Real son más difíciles de indagar (salvo las listas correspondientes a la hacienda de Arroyozarco, en 1767 y años posteriores, que no incluiré aquí), aún cuando algunos de ellos eran también propietarios de sus mulas. La mayor parte de los arrieros que hemos identificado proceden de fuentes incidentales (como registros parroquiales y licencias matrimoniales solicitadas al Arzobispado), todos de la segunda mitad del siglo XVIII y los primeros tres lustros del siglo XIX. Así, aparecen los nombres de los arrieros Antonio Sánchez de Vargas y Joseph Antonio Mondragón en 1743, Salvador Toribio de la Vega en 1749, Joseph Luis de Herrera en el mismo año, Domingo Baptista en 1751 y Francisco Sánchez de la Mejorada en 1758 (10).

Anastasio de García, mestizo y “arriero con mulas propias”, es mencionado hacia 1754. De la misma categoría era Joseph Atanasio Romero, “dueño de recua”, que transportaba cargas de lana en 1755. José María Alcántara, reclamaba el pago de ciertos fletes en 1796, por lo que probablemente era también dueño de sus bestias de carga. José Miguel Monroy, mayordomo originario de Aculco, participaba en el año de 1800 en la distribución de tabaco desde México. Aparece también en los registros Victoriano Jaso, vecino de Aculco que transportaba cargas de "tela de Ypres" al puerto de Veracruz y retornaba a la ciudad de Puebla con más de mil pesos en metálico, en 1806. Debe mencionarse también a José Dionisio Vergara, conductor de cargas, quien reclamó a Joaquín Aguiñaga el alterar el costo del flete y despojarlo de 23 mulas y otros efectos en 1810. Finalmente, ya en el curso de la Guerra de Independencia, es mencionado el aculquense Marcelino González como conductor de metales preciosos desde la ciudad de San Luis Potosí en 1810, e Ignacio Reyes, vecino de Aculco, como propietario de recuas que transportaban pólvora al puerto de Acapulco, en 1811. Se señala también los arrieros Nicolás García de Figueroa, Matías de Perca y Francisco Martín, dueño de mulas propias, en 1815 (11).

Otra lista de arrieros aculquenses, compilada por la historiadora Clara Eugenia Suárez Argüello, incluye a los siguientes: José Mariano Barrientos, quien por sus propias mulas llegaba hasta Real de Catorce y Parras. El mayordomo Alexo Sánchez, que conducía la recua de doña Lucía de la Hacienda de Ávalos a Querétaro. José Felipe Vega, mayordomo de la recua propiedad de don Gabriel García, que la guiaba a Guadalajara. José Miguel Monroy, mayordomo del huichapense don Luis García, que en su compañía las llevaba sitios como Querétaro, San Luis Potosí, Aguascalientes, Sombrerete, Guadalajara, Durango, San Juan del Río y Rosario. José Cayetano González, propietario de mulas que llevaba a Querétaro. José Manuel Ledesma, mayordomo de don Francisco Olabarrieta, que iba a Guadalajara. (12)

Cada hatajo de mulas constaba usualmente de entre 25 y 60 animales. En total, no más de doscientas mulas formaban una recua. La recua de 176 mulas de Arroyozarco, por señalar un ejemplo, era atendida por 17 arrieros: un mayordomo, que se encontraba al mando de los otros, cinco cargadores, que se ocupaban de cargar las mulas, cinco aviadores, que vigilaban la carga, cinco sabaneros, encargados de llevar a pastar a los animales al terminar la jornada, y un refaccionero, como reemplazo de quien moría o caía enfermo. Los sueldos en dinero y en especie de estos muleros variaban, en 1767, entre los 8 pesos al mes y 3 cuartillos de maíz semanales del mayordomo de la recua grande, 6 pesos y 1 cuartillo de los cargadores, 5 pesos y 8 cuartillos de maíz de los aviadores, 4 pesos y 8 cuartillos de los sabaneros y los 2 pesos sin ración de los atajadores. Esto los ubicaba entre los empleos mejor pagados entre los trabajadores rurales de la zona, pues un caporal, jefe de los vaqueros de una hacienda, ganaba 6 pesos y tres cuartillos (13).

La importancia de los arrieros aculquenses a fines del siglo XVIII era tal, que don Francisco Javier Ramírez, asentista conductor de reales azogues solicitó en 1780 que no se les enlistara en las milicias de Toluca, pues “por experiencias anteriores, estos arrieros harán falta a la llegada de este ingrediente para su conducción a México.” Sin embargo, el inicio de su declive puede situarse poco después, hacia 1795, cuando una epizootia provocó tanta mortandad de mulas que algunos arrieros de Aculco, Huichapan y San Juan del Río perdieron hasta la mitad de su recua (14).

Los efecto de la Guerra de Independencia (1810-1821) en la arriería aculquense fueron también enormes. En un informe que las autoridades del pueblo enviaron a sus superiores de Huichapanen los últimos años del conflicto, se afirma que:

Este pueblo es carente en todas sus partes de tránsito, comercio, artes y agricultura, pues lo que se obtenía en los tiempos anteriores, eran ochenta hatajos de mulas al camino real, que servía a este país, de lo que ahora carece (15).

Asi, la guerra prácticamente acabó con las recuas de Aculco, que habían constituido su mayor riqueza a lo largo del siglo anterior. Pese a ello, un año después de consumada la Independencia, en diciembre de 1822, un padrón del pueblo (que es necesario recalcar no incluye otras localidades del municipio) nos muestra que dentro de una población total de 437 individuos de todas edades y sexos, existían 100 adultos varones mayores a 14 años, de los que 30, casi una tercera parte, todavía se dedicaban a la arriería. Su número sólo era superado por quienes se dedicaban a la labranza, 43 individuos. De estos arrieros, doce (casi la mitad), eran mayores de 50 años, y once más tenían 25 años o menos, lo que parece reflejar cierta pérdida en la población adulta en los años más duros del conflicto. Estos arrieros -que podríamos llamar a unos “sobrevivientes a la guerra” y a buena parte del resto “de nueva generación”- eran don Antonio Sánchez (de 56 años), José María Jiménez (56), Cristóbal Sánchez (62), José Francisco Sánchez (22), José María Castañeda (18), Domingo Morales (50), Marcelino Ronquillo (23), José y José Luis Ríos (70 y 20 años), Don Gabriel Euribe (35), José María Reséndez (49), Guadalupe Reséndez (46), José Reyes Muñoz (60), José Agapito Muñoz (18), don José Antonio Varela (77), José Cándido Díaz (71), don Julián Díaz (25), don Julián Ledesma (69), José Francisco Jaso (18), don Ignacio Dorantes (36), José Francisco Reséndez (18), Ramón Ledesma (22), don Ignacio Díaz (62), José Rafael Díaz (24), don Jerónimo Ronquillo (61), Dionisio Vergara (32), José Guadalupe Jesús (22), don Albino Reyes (35), don Martín Reyes (40) y Cástulo Godoy (50 años) (16).

Aunque la arriería de la región se recuperó a lo largo del siglo XIX, seis décadas después le llegó la muerte junto con la del propio Camino Real de Tierra Adentro. Esto sucedió con fecha exacta: el 22 de marzo de 1882, cuando el primer tren del Ferrocarril Central Mexicano en su trayecto México–Querétaro pasó por las estaciones de Dañú y Polotitlán, las más cercanas a Aculco. El maltratado Camino Real no significaba ya para entonces mucha competencia a los tres trenes diarios de este ferrocarril (uno para 250 pasajeros, y dos de carga de 300 toneladas, todos en viajes de ida y vuelta), y éste se convirtió rápida e indudablemente en “el mejor medio de transporte”, como fue llamado ya en 1897. Como muestra de esta decadencia del transporte en mulas, en 1901 ya no había más que 15 arrieros aculquenses de un total de 2,981 personas económicamente activas en el municipio (17).

 

NOTAS

1. Montaño Lucero, Leandro. "Los arrieros y la cultura popular: una introducción", en revista Navegando, número 1, nueva época, p. 87.

2. Clara Elena Suárez Argüello, Camino Real y Carrera Larga: la arriería en la Nueva España durante el siglo XVIII (México: CIESAS, 1997), 231.

3. Javier Lara Bayón, Arroyozarco, puerta de Tierra Adentro (México: Instituto Mexiquense de Cultura, 2003), 83; Javier Lara Bayón y Víctor Manuel Lara Bayón, Ñadó, un monte una hacienda, una historia (Manuscrito; libro seleccionado para su publicación por la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario en el 2009), 54, 111.

4. Javier Lara Bayón y Víctor Manuel Lara Bayón, Ñadó, un monte una hacienda, una historia (Manuscrito; libro seleccionado para su publicación por la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario en el 2009), 109.

5. Clara Elena Suárez Argüello, Camino Real y Carrera Larga: la arriería en la Nueva España durante el siglo XVIII (México: CIESAS, 1997), 159.

6. Javier Lara Bayón, Arroyozarco, puerta de Tierra Adentro (México: Instituto Mexiquense de Cultura, 2003), 83-84, 89-90.

7. Javier Lara Bayón y Víctor Manuel Lara Bayón, Ñadó, un monte una hacienda, una historia (Manuscrito; libro seleccionado para su publicación por la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario en el 2009), 47-48.

8. Archivo General de Notarías del Estado de México (AGNotEM). Distrito de Jilotepec, notaría 1, caja 2, legajo 6, f. 81v.

9. Archivo particular del Dr. Juan Lara Mondragón, Aculco (AJLM). “Carta de Rafael Godoy al Lic. Ignacio Ruiz Peña”, San Juan del Río, 15 de septiembre de 1820; AHMA. “Carta de Andrés de Quintanar al alcalde constitucional de Aculco”, San Juan del Río, febrero 1º de 1821. Justicia, caja 1.

10. AGN. Matrimonios, vol. 51, exp. 14, f. 49; AGN. Matrimonios, vol. 51, exp. 12, f. 43. AGN. Matrimonios, vol. 65, exp. 94, f. 379. AGN. Matrimonios, vol. 221, exp. 45, f. 155. AGN. Matrimonios, vol. 178, exp. 34, f. 6.

11. AGN. Matrimonios, vol. 85, exp. 48, f. 104. AGN. Indiferente virreinal, caja 5151, exp. 99, f. 1. AGN. Consulado, vol. 19, exp. 10, f. 167. Clara Elena Suárez Argüello, Camino Real y Carrera Larga: la arriería en la Nueva España durante el siglo XVIII (México: CIESAS, 1997), 277. AGN. Indiferente virreinal, caja 6513, exp. 38, f. 1; AGN. Indiferente virreinal, caja 6563, exp.56, f. 1. AGN. Consulado, vol. 130, exp. 23, f. 1. Carlos María de Bustamante. Cuadro histórico de la Revolución Mexicana. (México: Imprenta de J. M. Lara, 1843). Tomo I, 56. AGN. Indiferente virreinal, caja 067, exp. 20, f. 1. AGN. Matrimonios, vol. 2, exp. 2bis, f.66.

12. Suárez Argüello, Clara Elena, Camino real y carrera larga : la arriería en la Nueva España a fines del siglo XVIII, Tesis (Doctor en Historia), Universidad Iberoamericana, Apéndice II, pp. 363-370

13. Gerardo Sánchez, “Mulas, hatajos y arrieros en el Michoacán del siglo XIX” en Relaciones, vol. V, no. 17 (invierno 1984), 41. Javier Lara Bayón, Arroyozarco, puerta de Tierra Adentro (México: Instituto Mexiquense de Cultura, 2003), 89.

14. AGN. Minería, vol. 194, exp. 3, f. 145r. Clara Elena Suárez Argüello, Camino Real y Carrera Larga: la arriería en la Nueva España durante el siglo XVIII (México, CIESAS: 1997), 92.

15. AHMA. “Respuesta a un cuestionario sobre estadística, 1820”. Secc. Estadística. Caja 1. Exp. 1

16. AHMA. “Padrón de los individuos de ambos sexos de que se compone este vecindario en el referido año, expresivo del estado, edad, ocupación, empleo o profesión de cada uno...” Aculco, 20 de diciembre de 1822. Secc. Estadística. Caja 1.

17. Censo y división territorial del Estado de México (México: Oficina Tipográfica de la Secretaria de Fomento, 1901).

jueves, 26 de septiembre de 2019

La leyenda y la simple realidad

De un tiempo para acá he visto referida entre las leyendas de Aculco -cada vez con más frecuencia y detalles- cierta historia que habla de una bruja que encerró a tres niños en el viejo pirul que se levanta en la Plaza del Ojo de Agua. Al caminar por aquel sitio varias veces me he topado con visitantes que conocen la leyenda y que intentan distinguir los rostros y los miembros de aquellos infelices niños en el tronco deforme del árbol, al tiempo que tratan de descifrar sus lamentos en el murmullo del canal de los lavaderos públicos. Quizá la versión más elaborada y extensa es ésta que copio aquí, tomada del sitio de internet de la revista México desconocido:

La leyenda cuenta que, en la casa que está al lado de Los Lavaderos, existió una mujer bellísima. Su cuerpo era delgado y lucía una piel dorada y tersa. Solía peinar su largo cabello negro en una suave trenza que resaltaba la hermosura de su rostro. Sin embargo, casi ningún hombre se le acercaba pues algo en ella inspiraba temor. La gente del pueblo decía que aquella mujer no era de fiar. ¿Y cómo podía serlo si su familia era conocida por practicar magia negra? Así que los muchachos recibían advertencias para mantenerse distantes y los adultos ni siquiera eran capaces de verla a los ojos.

Pasó el tiempo y aquella muchacha se convirtió en mujer. A la par, también se fue quedando sola. Entonces, un enorme deseo comenzó a gestarse en su corazón: anhelaba tener un hijo. Estaba convencida de que sería una excelente madre. A pesar de que la gente no la quería, ella sería capaz de darle a su hijo la mejor crianza jamás soñada. Sin embargo, los años no perdonan así que comenzó a ver aquel sueño como algo lejano. En ese momento decidió hacer algo. Ya que ningún hombre se atrevía a unirse con ella en matrimonio, recurriría a otros métodos. Poco a poco se dejó envolver por fuerzas oscuras.

Debido a esto, su semblante cambió. Ya no era el de una joven resplandeciente sino el de una mujer sombría. En sus ojos ya no había dulzura sino rencor. Por más que lo intentaba, no podía engendrar nada. Su vientre la había traicionado y no se preñó más que de un odio creciente.

El tiempo continuó su curso y la ira y el odio creció en esa mujer. No obstante, cualquier dejo de cordura se extinguió cuando, un día, escuchó a dos mujeres del pueblo cuchichear. Las insensibles comenzaron a burlarse porque aquella desgraciada no podía engendrar nada más que soledad.

Cuando escuchó las burlas no hizo ni dijo nada. Sin embargo, eso no se podía quedar así. Entonces, la mujer de Aculco juró vengarse a costa de su propia existencia. No pasaron muchos días cuando cerró un trato con el diablo. La gente lo supo porque, cuando pasaban cerca de la casa, escuchaban que la mujer hablaba a gritos con alguien. No obstante, todos sabían que estaba sola. Además, los gritos eran como cantos con una voz de ultratumba que hacían temblar a todo aquel desafortunado que la escuchara. Poco tiempo después, Aculco se volvió un pueblo lleno de terror. Primero desapareció un niño, luego dos y, por último, tres.

Todos sabían que aquella bruja tenía algo que ver. Así que, un día, el pueblo, armado de valor, se reunió y fueron armados con antorchas, hachas y piedras a su casa. ¡Querían quemarla viva! Sin embargo, nadie abrió la puerta. Entonces, la gente decidió entrar por la fuerza. En ese momento, una niebla espesa cubrió el ambiente y un frío sin igual los hizo temblar a todos. Al mismo tiempo, una voz profunda surgió del gran árbol que estaba frente a la casa.

La voz era como de ultratumba. Primero lanzó injurias y palabras de odio. Después, cuando el terror ya había apresado a todo mundo, confesó ser la misma mujer a la que habían llamado bruja. Y sí, ella había raptado a los niños como una venganza en contra del pueblo. En ese momento, un hombre quebró su propia pasividad y dio un hachazo al árbol. Sin embargo, un grito infantil y de profundo dolor se escuchó. Entonces, la bruja comenzó a burlarse y a decir que las almas de los tres niños estaban atrapados ahí junto con ella.Por eso, si dañaban el árbol no solo ella sufriría sino también los niños. Las madres de los niños desaparecidos estaban presentes así que rogaron al hombre que no dañara al árbol por piedad a sus hijos. El valiente comprendió el pesar de las madres y asintió con la cabeza. Además, hizo prometer a todos no dañar al árbol.

Pasaron decenas de años y, aquella historia se volvió una leyenda que se narra en Aculco. Cabe señalar que, según se cuenta, si clavas un cuchillo o algo filoso en el tronco de aquel deforme y gran árbol, primero saldrá una especie de savia blancuzca que luego se teñirá de rojo. Después, si pones atención, escucharás los quejidos infantiles de dolor y las risas de la bruja de Aculco quienes estarán ahí, por lo menos, hasta el final de los tiempos.

La leyenda tiene su gracia, sin duda alguna, a pesar de que no es tradicional y seguramente no tiene muchos años de haber sido elaborada (por no decir inventada). Pero la historia real del pirul de la Plaza del Ojo de Agua, y de la mujer que lo plantó cuando habitaba la casita que abre su portal hacia este sitio, es muy distinta. Por supuesto no tiene nada de sobrenatural.

Esa mujer se llamaba doña Mariana Fernández, enfermera militar. Era la mujer de don Teófilo Tovar, michoacano y gran hombre de a caballo avecindado en Aculco en 1935 como guardabosques (o guardaparques, como se les llamaba también). Sin embargo, don Teófilo no habitaba en esta casa con ella, sino en la conocida como "casa de la hacienda de La Loma", situada a media cuadra sobre la calle de Iturbide. Doña Mariana, como decía antes, fue quien plantó el pirul de la historia frente a su casa hacia 1940. Al tratarse de una especie de rápido crecimiento y por las características de su tronco es fácil que nos haga pensar que se trata de un árbol centenario, pero en realidad no tiene más que unos ochenta años. Desconozco por qué escogió un pirul, pero quizá lo hizo por las propiedades medicinales que se le atribuyen a su corteza y resina. Porque doña Mariana no sólo no practicaba la brujería contra los niños, sino que gracias a sus conocimientos médicos logró salvar a varios infantes que a principios de la década de 1940 contrajeron la difteria, durante una epidemia que asoló al pueblo. Entre ellos estaba mi padre Gildardo Lara Mondragón.

Así, lejos de ser aquel árbol el protagonista de una oscura leyenda, resulta ser más bien un recuerdo de esa mujer que por años salvó vidas. Lo más probable es que la historia real de la mujer y su árbol no consiga alcanzar la difusión que tiene ya la leyenda, pero eso no importa: siempre habrá quien quiera llegar a la raíz de esas historias y encuentre aquí lo que busca.