sábado, 14 de febrero de 2026

Aculco en la revista "Artes de México" (1974)

En 1974, la conocida revista Artes de México publicó su número doble 177/178, dedicado a los "pueblos del [Estado] de Mexico", con la intención de mostrar los resultados del Programa Echeverría de Remodelación de Pueblos, que en ese año se concluyó y que tuvo como objeto dotar de servicios públicos a todas las cabeceras municipales del estado (y alguna otras poblaciones) y regenerar su imagen urbana:

Artes de México, con la inquietud propia de quienes por de veinte años han tratado de mostrar los valores artísticos, culturales y sociales de nuestro país, no podía dejar pasar inadvertida la regeneración que se está haciendo en los pueblos tado de México —ciento veintiséis poblaciones, en su mayoría cabeceras municipales— tanto en su aspecto social y funcional como estético. Muchos de ellos admirados de siempre por magníficas construcciones de todas las épocas, su participación en hechos históricos relevantes, su arte popular, sus fiestas, atractivos turísticos, como lagos, aguas termales o bellos paisajes: Aculco, Tenancingo, Valle de Bravo, Santiago Tianguistenco, Ixtapan de la Sal, Polotitlán, Sultepec, y tantos más, que antes abandonados, hoy nos muestran la sencillez, belleza y dignidad de nuestros pequeños pueblos.

Además de presentar un recorrido fotográfico por varias de estas poblaciones, organizadas por "rutas", la revista incluyó el discurso que el gobernador del Estado de México, Prof. Carlos Hank González, pronunció en Aculco en abril de 1974, donde precisó los fines y resultados del programa de remodelación, con algunas alusiones a nuestro pueblo:

Nuestra preocupación fundamental en el Estado de México es el problema demográfico, problema que acusa un crecimiento verda deramente aterrador; todos sabemos que en este aspecto nuestro país señala índices muy altos, de 3.4 y de 3.5, constituyendo, por ello, uno de los campeonatos mundiales que no debiéramos ostentar pero que sin embargo tenemos; para que ustedes deduzcan cuál es la preocupación del Estado, dicho incremento no se realiza al 3.5, que ya sería muy alto, sino al 7.4, más del doble de la media nacional, además, se produce de manera completamente desequilibrada; en la parte sur y en la parte norte crecíamos muy poco, no así en el Valle de México, donde tuvimos una expansión verdaderamente significativa durante el decenio de 1960 a 1970. En ese lapso, el Estado duplicó su población: 1.780,000 habitantes en 1960; 4.000,000 en 1970 y actualmente tenemos 5.000,000 de habitantes; el crecimiento en Naucalpan y Tlanepantla fue de 425% en el decenio; en Ecatepec fue de 540% y en Netzahualcóyotl superó el 1000% en diez años. Todo esto se relaciona con el Programa Echeverría. Hemos hecho un análisis bastante simple, pero lógico, de las causas que generan el éxodo del provinciano: ¿cuáles son las razones de que los habitantes huyan de los pueblos y se vayan a las ciudades? En contramos que son fundamentalmente tres: van en busca del trabajo, que no tienen en sus localidades; de educación para sus hijos y de salud y seguridad para sus vidas.

El provinciano siente siempre gran arraigo a su tierra, gran amor por su provincia; tiene ahí su familia, sus amigos, sus intereses espirituales, materiales, históricos y hasta sus muertos, que tanto pesan en el ánimo del mexicano; no quiere separarse de su tradición, de su pasado y de su familia, pero tiene que huir si no encuentra manera de vivir, de educarse o de cuidar su salud. Pensamos que si los habitantes de nuestra provincia tuvieran en su pueblo posibilidad de trabajar, de educar a sus hijos, y de cuidar de su salud, de asegurar su vida, no se irían. ¿Qué hacer para resolver esta situación, romper el éxodo del provinciano que deja abandonadas sus comunidades? Hay cientos de miles de pueblos fantasmas en la República, como Marfil, en Guanajuato o como San Bartolo Morelos, Sultepec y El Oro, en el Estado de México y en todos los Estados de la República; miles y miles de casas abandonadas que fueron construidas, muchas bien construidas y que están deshabitadas. Eso ocurría en Acúleo, Polotitlán, Ixtapan del Oro, Villa Donato Guerra y en muchas de las poblaciones de nuestra entidad; a cambio sufrimos verdaderos hacinamientos humanos en Netzahualcóyotl; Netzahualcóyotl no existía hace doce años, ahora tiene un millón de habitantes, quienes vivían en condiciones verdaderamente dramáticas, escalofriantes: sin agua, sin drenaje, sin luz, sin seguridad, sin salud, sin nada; ¿Por qué llegaron ahí esas gentes procedentes de toda la República? Llegaron buscando una manera de sub sistir, buscando trabajo y buscando un mejor modo de vida para sus hijos, para las futuras generaciones.

El Plan Echeverría pretende, fundamentalmente, hacer habitables nuestros pueblos, arraigar a la gente que aquí nace y a la que desee venir a radicarse y evitar la macrocefalia; para eso, hay que combatir las tres causas del éxodo: la falta de trabajo, la falta de escuelas superiores, la falta de seguridad y de centros de salud. El Plan Echeverría estableció, primero que nada, el cuidado de la vida del hombre. El mexicano se muere de enfermedades del aparato digestivo y de enfermedades pulmonares. La primera, es la causa del 50% de los fallecimientos; la segun da, del 23%. Cómo podemos evitar que se muera la gente por males del aparato digestivo. Las personas enferman porque benen agua sucia o alimentos contaminados; si logramos que beban agua limpia, que tomen sus alimentos confecciondos con agua limpia, se abatirá verticalmente el índice de mortalidad del mexicano, lo cual sólo requiere ponerle una red de agua potable, una red de drenajes y una toma domiciliaria en cada casa; esa es la base y eso es lo que no se ve: la infraestructura de este programa.

Hecha la red de agua potable y la de drenaje, arreglamos sus calles con piedra, como en Aculco; con adoquín, como en Valle de Bravo; con asfalto, como en Tenancingo; según la característica y la fisonomía del pueblo se pavimentan sus calles, sus banquetas, sus guarniciones; hecho eso, se remozan los edificios públicos importantes del lugar: el Palacio Municipal, el templo, la plaza, el jardín; se trata de regenerar las fachadas de todas las casas, primero, y la casa por dentro, después; ¿cómo?: con trabajo social que convenza a las gentes de mejorar sus casas en el interior. Además, procuramos poner en cada una de estas cabeceras municipales correo, telégrafo y teléfono y carretera pavimentada. Cuando ya tenemos esta infraestructura, podemos generar fuentes de trabajo distintas de las tradicionales. La vida de un pueblo, como Acúleo, es la agricultura y la producción de leche, fundamentalmente; pero es imposible multiplicar la superficie de la tierra cultivable; no hay más, toda está repartida, sumamente repartida en minifundios; tiene, además, muchos problemas que hemos tratado de resolver en cuanto a la propiedad. No es posible poner otro piso de suelos para duplicar la superficie agrícola, pero sí es posible industrializar, crear artesanías, propiciar la ganadería, y es lo que estamos tratando de hacer.

En las cabeceras municipales se puede ya invitar a un industrial para que venga a poner una industria. En un pueblo donde no hay agua potable, drenaje, electricidad, teléfono, carretera, es perder el tiempo, nadie nos va a hacer caso; llamar a un industrial para que venga a poner una fábrica en un poblado, tal como ahora están, ya es fácil y ya se logró; nuestros argumentos frente a los industriales son muy simples: si tienes tu fábrica en Naucalpan o Tlalnepantla, vas a comprar un terreno que te cuesta cuatro cientos o quinientos pesos el metro, aquí lo puedes adquirir en cuatro o cinco pesos; la construcción allá te va a costar como cien, aquí como cincuenta; y lo más importante de todo, a Naucalpan, Tlalnepantla, Vallejo, la Villa o cualesquiera de esas zonas industriales del Valle de México, igual en el Estado que en el Distrito Federal, el obrero llega en autobús después de viajar una, dos y hasta tres horas; nosotros hicimos un chequeo del itinerario de obreros y encontramos que muchos viven en Netzahualcóyotl; allá abordan el primer autobús que los lleva a la Merced, ahí el segundo, que los conduce a Chapultepec y en el bosque el tercero que los traslada a Tlalnepantla, Naucalpan, Tultitlán, Cuautitlán; eso es absurdo; cada autobús les consume como una hora, mientras pasa y después si se detiene; viajan como sardinas; a lo mejor le sacan la cartera, o lo empujan o se pelea; por fin termina el primer viaje y se inicia el segundo y el tercero, es decir, les recordamos a los industriales con qué ánimo de trabajar llega una persona cuando ha sufrido lo anterior. Además, qué le pasa al obrero cuando tiene que checar una tarjeta y que si llega con "X" minutos de retraso le descuentan tanto, y que si llega con más minutos de retraso ya no entró a trabajar ese día; con qué ánimo, repito, puede contribuir a la producción.

En Aculco les decíamos a los industriales: van a tener obreros que disfrutan casa propia; que de ahí van a ir a la fábrica caminando, platicando con sus amigos, silbando, para llegar siempre antes de tiempo; el lugareño es extraordinariamente puntual, los impuntuales somos los citadinos; el campesino siempre llega a tiempo o antes de tiempo; van a llegar fresquecitos a trabajar, tranquilos, contentos y felices; además, con el salario mínimo de Aculco viven dos veces mejor que con el salario mínimo del Valle de México, porque tienen casa, porque no gastan en autobuses, porque la comida es muy barata: aquí se produce la leche, la carne y la verdura y los frijoles y lo que hay que comer y no hay especulación, se puede comprar muy simplemente en forma económica. Las diversiones, son caras en la ciudad de México o en el Valle de México; para ir a una diversión, hay que salir de los palomares donde vivimos, tomar un autobús, un automóvil o un taxi; llegar a Chapultepec si se quiere ver árboles o ir a un cine o alguna otra forma de distracción. En Aculco, por ejemplo, si se trata del cine se va uno caminando, si de hacer un día de campo pues camina tres cuadras, como lo hicimos ahora que llegamos a la huerta; en fin, la diversión no cuesta nada, se vive y se vive bien y se vive con salud; es decir, el Plan Echeverría produce una infraestructura material, con el propósito, por una parte, de crear un "habitat" sano para el hombre y cuidar de su salud, de su existencia y de otra cosa que a nosotros nos preocupa profundamente: la vida familiar.

En las grandes ciudades, la vida familiar se vuelve difícil, cuesta energía ir a comer a la casa y regresar al trabajo, cuesta tiempo, transporte y lo frecuente es que el jefe de la casa salga por la mañana y regrese al anochecer, y a veces, que salgan el papá y la mamá y dejen abandonados a los hijos, sin querer, pero sin posibilidad de remediarlo. En los pueblos, la vida familiar, la conducta de los mayores y menores, debe ser buena, porque aquí, quien hace algo malo se enfrenta a todo el pueblo que lo califica o lo descalifica; en las ciudades, en el anonimato, la gente se pier de y la conducta deja de ser importante; el hombre generalmen te se aisla, a veces no sabemos quién es el vecino cercano, ni queremos saberlo porque a lo mejor no nos conviene hacer relación con determinada persona. En el pueblo hay vida familiar, hay vida social, hay vida gremial que permite conservar los valores y las tradiciones buenas de nuestro México.

Por otra parte, nosotros logramos con ésto arraigar aquí a las gentes, porque aquí pueden trabajar, porque aquí hay industrias. Esto se terminó de arreglar en noviembre del año pasado; ahora tenemos dos pequeñas fábricas que ya empezaron a trabajar; en esto, lo importante es que surja la primera; el mismo industrial platicando en su club de industriales o en el de Leones o en el de Rotarios, en las agrupaciones a que pertenece, conversa con sus compañeros y les platica cómo le va en Aculco.

Este programa lo empezamos en un pueblito cercano que se llama San Bartolo Morelos, que estaba en mucho peores con diciones que otros y por eso empezamos allí; un pueblo de 1,500 habitantes, lo terminamos de arreglar hace dos años, tiene ahora 700 o 800 plazas de obreros; es decir, hay más o menos mil quinientos habitantes en trescientas familias, hay dos y media plazas de obrero por familia; ahora el problema es de las señoras que me reclaman cada vez que voy, porque ya no hay criadas. Es un buen índice; nos permite entonces arraigar aquí a la gente que ya tiene trabajo en este pueblo de mil quinientos habitantes.

La educación en las cabeceras de municipio va del jardín de niños a la secundaria. En el Estado de México había seiscientos mil niños en las escuelas elementales hace seis años; hoy hay un millón de niños y en septiembre un millón doscientos mil niños; es decir, ya no tienen necesidad de moverse para estudiar la pri maria. Tenemos planteles de segunda enseñanza en cada una de estas cabeceras, los niños de las rancherías o de las delegaciones diar su secundaria, ya no tienen que desplazarse. Al terminar la secundaria, viene la preparatoria. Teníamos tres preparatorias, y ahora son setenta, diseminadas en todo el territorio del Estado, lo que permite agrupar, regionalmente, a los muchachos de las se cundarias, con varios propósitos: por una parte, nosotros pensa mos que el momento más peligroso en la vida del hombre es la adolescencia, de los trece o catorce a los dieciocho o diecinueve años, es el momento en que, con frecuencia, los muchachos salen de su casa para ir a estudiar la preparatoria a la ciudad más cer cana, o a la ciudad que se pueda, pero ya al margen de la vida familiar, del control y del consejo de sus padres y amigos. Si noso tros logramos radicar a los muchachos en sus propios hogares hasta que terminen la preparatoria, habrán de ir a estudiar la licenciatura, si lo desean, a alguna ciudad y en alguna universidad, pero ya pasaron ese tránsito de la adolescencia, tan difícil en la vida del hombre.

Por último, creamos una serie de estructuras para que sea posible la educación superior de los muchachos; teníamos cuatro escuelas normales y ahora hay treinta distribuidas en el Estado; teníamos cuatro mil ochocientos universitarios y tendremos, en septiembre, instalaciones para cien mil estudiantes de educación superior; ya no necesitan ir a ninguna parte para hacer sus estudios; la familia no deberá moverse de su pueblo para que sus hijos puedan estudiar.

Ahora bien si logramos fuentes de trabajo, si tenemos una forma de educar a sus hijos, habrá que cuidar que haya seguridad para la vida de las gentes. Ustedes saben que en muchos poblados hay inseguridad, porque la falta de comunicaciones, funda mentalmente, imposibilita la práctica de la justicia, ¿qué hemos hecho?, pues comunicar todo el Estado de México; hicimos un programa de carreteras muy ambicioso, había que invertir setecientos ochenta millones de pesos en seis años; nuestros paisanos nos juzgaron un poquito "tocados" del cerebro cuando presentamos nuestro programa de carreteras; el año pasado, sólo el año pasado, invertimos en ellas trescientos sesenta millones de pesos, y este año andamos en trescientos setenta millones. Es decir, en estos dos años prácticamente se hizo la inversión que proyectábamos para seis o más. Todo esto permite ir dando seguridad a las personas.

Atentos al cuidado de la salud, lo primero que vimos hoy al llegar a Aculco, fue una casita blanca con flores y unos jóvenes vestidos de blanco; un señor con bata que debe ser doctor y unas señoritas que son, sin duda, las enfermeras; es un centro médico en un pueblo de mil doscientos habitantes; no hay riesgo de en fermar y morir por falta de atención; allí está el médico y allí está el pequeño centro de salud; eso es en toda cabecera municipal.

También organizamos ejidos colectivos, pero en vez de llamar les comunas les llamamos "calpullis", nombre azteca de la orga nización colectiva para el trabajo. Tenemos un ejemplo cerca de Aculco, en el Ejido El Rosal: ¿Qué estamos haciendo allí?, bueno, allí tienen gallineros con doce mil gallinas y veinticuatro mil pollitos de engorda; están haciendo una granja para cerdos con ciento cuarenta y dos vientres; tienen una fabriquita de vidrio; es decir, hay ya trabajo para todos, no tienen por qué irse; arreglaron cada quien sus casas y ahora habitan un pueblito precioso.

¿Cuál es el objetivo final?: combatir la macrocefalia, evitar el éxodo combatiendo el abandono de los pueblos, arraigando a las gentes y así impedir, por una parte, que se despueble el campo mexicano, que se creen hacinamientos humanos con todas sus tragedias y sus problemas y, por la otra, que el territorio del Estado de México se consolide, esté permanentemente poblado, equilibradamente habitado, que se logre conservar los valores éticos de nuestro pueblo, que son muy grandes, que se logre preservar la tradición familiar mexicana, que es excelente y que, en realidad, es una escuela formadora de hombres y mujeres responsables, amantes de su tierra, arraigados a su pueblo.

Porque nosotros creemos que lo más importante que existe en un país, no son ni la riqueza petrolera, ni la aurífera, ni ninguna otra, sino la cantera humana que integra el pueblo, que consti tuye una nación; creemos que en la medida que seamos capaces de superar los valores humanos, de educar mejor a nuestros hijos, de formar mejor a las nuevas generaciones, realmente estare mos consolidando los cimientos de una nación que soñamos fuer te, poderosa y libre, porque la integran hombres conscientes de su libertad, hombres conscientes de su poder, de su fuerza y segu ros de que la paz sólo se consigue cuando existe la fortaleza suficiente para guardar la libertad y para hacernos respetados y respetables, al mismo tiempo que respetuosos de los pueblos y de los países que con nosotros conviven en nuestra época, en nuestro tiempo.

El Plan Echeverría es esto que en síntesis he tratado de bosquejar a ustedes y que me he permitido explicarles, porque no qui siera que se fuera a confundir con fachadismo, con escenografía cinematográfica; ya que se está atacando la raíz misma del pro blema. De momento es suficiente con que resolvamos la cuestión de vivir; hay que vivir, pero hay que vivir bien, hay que vivir con limpieza en el espíritu, en el cuerpo y en el pensamiénto y hay que vivir con alegría y con certidumbre de que el destino del hombre, como el destino de los pueblos, lo hacemos todos los días de toda nuestra vida, cada uno de los hombres y cada uno de los pueblos.

Sin duda el discurso de Hank era en exceso optimista y el tiempo terminó por destruir muchas de las esperanzas puestas en el Programa Echeverría. La concentración poblacional en los alrededores de la Ciudad de México continuó; proyectos como el "calpulli" de El Rosal fracasaron en pocos años: la industria, salvo excepciones, continuó por décadas concentrándose en los municipios urbanos; la mayoría de los pueblos remodelados terminaron por desechar esa imagen tradicional que les dio la remodelación y se convirtieron en lugares deprimentes, nada distintos de cualquier suburbio popular de la capital. Aculco, en este último sentido, tuvo algo de suerte: prácticamente todo lo que le dio la remodelación de 1974 se conserva, aunque ciertamente nunca atrajo industria, ni tuvo un "centro médico" digno, pues lo que vio Hank en su visita era el Hospital Concepción Martínez, de fundación privada. Pero, sobre todo, la remodelación le dio a los habitantes Aculco cierto sentido de la conservación, de que Aculco era distinto, de que era un pueblo bonito y que así debía mantenerse. Sin duda eso ayudó a que nuestro pueblo, con todas sus pérdidas patrimoniales, deterioros y despropósitos en sus construcciones históricas que he reseñado por muchos años en este blog, mantenga aún su imagen tradicional, sobre todo si lo compraramos con casi todos los pueblos del Estado de México que aparecen en esa edición de Artes de México.

viernes, 6 de febrero de 2026

Algunas fotos de Aculco en 1969

En 1969, la conocida revista Artes de México publicó su número 122, titulado "Hidalgo y la ruta de la Independencia", dedicada precisamente a relatar los primeros meses del levantamiento insurgente y a mostrarnos un recorrido fotográfico por los lugares por los que pasó el cura de Dolores durante su campaña militar de 1810-1811. Aunque las fotos correspondientes a Aculco -sitio en el que Hidalgo estuvo del 5 al 7 de noviembre de 1810- se publicaron en blanco y negro, y no se caracterizan precisamente por su originalidad ni por su calidad, creo que siempre es importante rescatar este tipo de imágenes dispersas que, aunque sea por una piedra o por una persona que aparecen en ellas, guardan un instante irrepetible de nuestro pueblo.

Acompaño estas fotografías con los pies de foto que tienen en la publicación, e incluyo el texto que en la revista se refiere al paso de Hidalgo por Aculco, en realidad muy brevemente relatado, sobre todo si consideramos la importancia que tuvo su derrota en este lugar para el desarrollo de su rebelión. Las fotografías están sin retocar, salvo la que muestra la capilla posa noreste, ya que la fotografía se imprimió en dos páginas contiguas y el corte entre ellas resultaba demasiado desagradable, por lo que decidí unir los dos lados de la imagen con el uso de herramientas de IA.

Con el estímulo de su primera victoria militar en campo abierto, Hidalgo avanza hasta las goteras de la capital, haciendo alto en el abrupto y pintoresco pueblo de Cuajimalpa. La gran metrópoli se halla a la vista, y durante un par de días de mortificante tortura, indeciso el caudillo entre dar el golpe sensacional o retroceder, al fin opta por esto último, contra la opinión de Allende. En la mañana del 2 de noviembre, aquel enjambre humano empieza a alejarse, como los sedientos viajeros del desierto ante un oasis cercano pero inalcanzable, del apetitoso manantial en que muchos pensaban saciar sus ansias de venganza por tres siglos de opresión y vasallaje. Si no mediaron consideraciones de tipo moral (y repárese en que, por su forma de obrar, Hidalgo bien pudo haber hecho suya la máxima sostenida por el eminente Luis Cabrera, un siglo después de que "la revolución es la revolución"), por lo menos hubo poderosas razones de tipo táctico que justificaron el proceder del Generalísimo: a marchas forzadas venía en auxilio del asustado Venegas la poderosa división de Calleja, que sin lugar a dudas caería sobre los insurgentes en la ratonera de la capital. Hidalgo, por lo tanto, trató de poner tierra de por medio entre su hueste, la ciudad de México y el ejército de Calleja, aunque en su itinerario de retroceso no pudo evitar ir a dar a la boca del lobo, pues precisamente, cerca del pueblo de Aculco se topó con la fuerza enemiga que le cerraba el paso a San Juan del Río y a Querétaro.

El combate de Aculco (7 de noviembre) fue el primer revés de importancia que sufrieron los insurgentes y el anuncio de lo que les esperaba en su lucha contra ejércitos profesionales mandados por jefes de la experiencia de un Calleja. En la desbandada que siguió al percance, Hidalgo y Allende se separaron, tomando el primero el rumbo de Valladolid y el segundo el de Guanajuato. Calleja, por su parte, contramarchó en dirección a Querétaro, donde estableció su cuartel general y preparó la ofensiva para recuperar Guanajuato.

Mientras desde la ciudad de México las principales corporaciones realistas (Universidad, Arzobispado, Santo Oficio, etcétera) lanzaban un diluvio de impresos para aplastar, desde los puntos de vista moral, político y religioso, a la revolución, ésta se propagaba, como epidemia incontenible, hasta los últimos rincones del virreinato. Y entre varias alternativas, Hidalgo escogió el occidente como la región más segura para plantar en ella un gobierno, acreditarlo y seguir impulsando el fuego de su causa. Guadalajara y una gran porción de la Nueva Galicia estaban en poder de los insurgentes, comandados en ese rumbo por el admirable José Antonio Torres. Invitado por éste a pasar a sus dominios, el Generalísimo no lo pensó dos veces y el 17 de noviembre abandonó Valladolid, el hogar de sus sueños de juventud que nunca volvería a ver, y por Zamora y las riberas del lago de Chapala se encaminó hacia la metrópoli occidental.

Portada del número 122 de la revista Artes de México (1969).

Agradezco mucho a José Luis Hernández, autor del interesantísimo blog San Juan Iztacchichimeca (referido a San Juan del Río, Querétaro), quien amablemente me envió estas fotografías ya hace bastante tiempo.)

domingo, 1 de febrero de 2026

Tres aculquenses en la guerrilla de Lindoro Cajigas

Hace unos meses les hablaba aquí sobre los primeros años del guerrillero español Lindoro Cajigas, de su emigración a México, de su trabajo como administrador de la hacienda de Arroyozarco y de su incorporación a las fuerzas irregulares conservadoras que continuaron en pie de guerra tras la derrota de su ejército por las tropas liberales en diciembre de 1860, a las que éstas se referían despectivamente como "bandidos". Hoy quiero platicarles acerca de algunos hombres que formaban su guerrilla, entre los cuales conocemos con certeza los nombres de tres aculquenses, si bien lo más probable es que muchos más hayan tenido ese origen.

La primera noticia acerca de la "Guerrilla Cajigas" (como la llamaban sus propios integrantes) apareció el 18 de mayo de 1861, cuando el diario El Monitor Republicano informó a sus lectores:

De una carta que nos dirigen de Polotitlán, con fecha 13 del corriente, tomamos la siguiente: "Con sumo sentimiento escribo a vdes. la presente, diciéndoles que el bandido, la pantera Márquez, ha pasado por aquí, y en todas partes ha saqueado, asesinado y hasta fusilado mujeres. No hay cabaña, rancheria ni poblacion, que no haya sufrido los beneficios de la religión; hasta las enaguas de las mujeres y ropa de los niños se han llevado estos bandidos. Lo que causa más horror, es que mas de quince hombres, pacíficos labradores, solo porque llevaban el nombre de liberales, han sido muertos a machetazos, muchos de ellos a la vista de su esposas e hijos. Estos males los han causado algunos vecinos de San Juan del Rio y de Arroyozarco, por los avisos que han dado á Márquez, y por las armas que les han proporcionado.

Un tal D. Lindoro Cagigas, administrador de Arroyozarco, y cuñado de los Rosas de esta capital, anda con cien hombres, y con el grado de coronel que Márquez le dio.

No pueden vdes. imaginarse el terror que a estos pueblos y rancherías le han causado las bandas religioneras. La mayor parte de las familias están escondidas en los montes y en las barrancas, temerosos de ver perecer a sus deudos. Los Sres. Romero, de Tenazat, han podido escapar a uña de caballo, pero el desgraciado D. Angel Mendoza, escribiente de la admistracion de correos en este lugar, fue alcanzado y muerto con dos lazandas que le dieron por la espalda.

Los reaccionarios viven tranquilos en todas épocas por la impunidad de que gozan, y luego asesinan cuando cogen indefensos a los liberales. No tenemos ya más que mucho abatimiento, pues no esperamos otra cosa en nuestra desgracia, que ver pasear a Márquez en las calles de México, de brazo con Mejía y con algunos de los del gobierno de esa capital. Estos pueblos, como vdes. saben, han combatido siempre en favor de la causa liberal; pero hoy el gobierno los ha dejado sin armas, y tienen que esconderse con sus familias en los montes para no ser asesinados. Todo es llorar por aquá, porque las familias no tienen ni en qué hacer la comida. Si Dios no pone remedio, del gobierno poco esperamos."

Aquel centenar de hombres que acompañaba a Lindoro en sus primeros días como guerrillero seguramente varió mucho a lo largo de los siguientes siete meses, en los que se desarrollaron sus actividades revolucionarias. Algunos textos aseguran, por ejemplo, que la "gavilla" se componía de apenas una veintena de "salteadores y asesinos". Lo más probable es que el tamaño de sus fuerzas dependieran de si agrupaba a las de otros cabecillas, subordinados o no a él, como lo era el también español José Alonso.

Pocos días después de su aparición, la "Guerrilla Cajigas" realizó la acción por la que es conocido principalmente su capitán: la captura de Melchor Ocampo el 30 de mayo de 1861 en su hacienda de Pomoca en Michoacán y su entrega a Leonardo Márquez en Huapango, para su traslado a Tepeji del Río donde se ordenó su ejecución el 3 de junio siguiente.

Como consecuencia de esta ejecución, Lindoro Cajigas junto con otros de los participantes en su secuestro y muerte fue declarado "fuera de la ley" e incluso el diputado Manuel Gómez, en sesión del Congreso del 8 de junio de 1861, propuso (como informó el periódico El Siglo Diez y Nueve del día siguiente) "que se declaren indignos del nombre de mexicanos, todos los que concurrieron bajo las órdenes del español Lindoro Cagiga a la prisión del señor Ocampo, sin que jamás se rehabiliten en sus derechos de ciudadanos, sea cual fuere el resultado del juicio a que se les sujete y para que se averigüen y publiquen sus nombres".

El 13 de agosto, em mismo diario informaba acerca de la conducción a la capital de "tres o cuatro presos hechos por las fuerzas del Sr. Quezada a la gavilla de Lindoro Cagigas... Los presos traídos a México aseguran ser liberales capturados por Cagigas." El 2 de septiembre, La Unidad Católica reportaba que "Lindoro Cajigas estaba en Arroyozarco con cien caballos", aunque al día siguiente rectificaba y señalaba que eran menos de 100 hombres. Esta debió ser la parte central de su guerrilla, pues cuando se le sitúa en compañía de otros jefes como Luis Larrauri, Marcelino Cobos, Argüelles, Reyna, Castillo o Negrete, siempre se contabilizan más hombres, alrededor de 300. Algunos descalabros le significaron sin embargo fuertes bajas en sus tropas, como su derrota del 8 de octubre, en la que el ejército le hizo "algunos muertos y como cincuenta prisioneros", según reportaba La Unidad Católica tres días después.

Después de esta larga introducción al tema de los soldados que acompañaban a Lindoro Cajigas, vayamos al tema principal de este post: el de los tres aculquenses de ese grupo cuyos nombres conocemos porque al parecer murieron en una de las acciones de su guerrilla. Se trata de José María Gallardo, de 60 años, viudo de Juana Rojas; Vicente Pérez, de 20 años, hijo de Vicente Pérez y Petra Hernández; y Piedad Osornio, hijo de Antonio Osornio, de apenas 16 años. Los tres "vecinos de Aculco", fueron enterrados en el camposanto de la iglesia parroquial el 7 de diciembre de 1861. Murieron los tres violentamente, "a alanzadas" como indican los registros de defunción, y no es difícil concluir lo que les debe haber sucedido con sólo seguir los pasos de Lindoro en aquellos días.

Justo aquel 7 de diciembre en que fueron sepultados esos tres hombres, El Siglo Diez y Nueve informaba que cinco días antes el general Manuel Doblado había tenido un pequeño enfrentamiento cerca de Polotitlán con "la gavilla del español Cagiga, que formará un número de 70 hombres", tras lo cual el guerrillero había tomado el rumbo de Acambay "donde tienen lo que llaman el cuartel general". A ese punto se dirigió entonces el coronel Florencio Soria, a donde llegó a las ocho de la mañana del 6 de diciembre. Permaneció en Acambay a la expectativa hasta las 3:30 de la tarde, cuando decidió salir para dirigirse a Aculco. Sin embargo, según relató en su parte de guerra, "apenas había llegado a la cuesta de una cumbre que hay a la salida de esta [población de Acambay], cuando el enemigo con grande estrépito se apoderó de esta población". Soria retrocedió entonces con treinta infantes al frente y el resto de su tropa a la retaguardia, logrando rechazar a su enemigo que escapó hacia el rumbo de Temascalcingo "en precipitada fuga [... ] después de un tiroteo de media hora". Además de verse obligado a huir con dos heridos, otros dos de los hombres de Cajigas murieron en el encuentro. Se le tomaron también como prisioneros ocho de sus oficiales y seis soldados, 30 caballos, 14 mosquetes y seis lanzas. Los prisioneros fueron el comandante de escuadrón Domingo Ortiz, Tomás Santa Cruz, con el mismo rango, los capitanes Miguel Adorno, Pedro Acevedo, Rafael Trejo, Pablo Andrade, Mariano Hidalgo y Costilla (pariente, en efecto, del cura de Dolores), el alférez José Antonio Ramírez, y los soldados Jesús Sánchez, Francisco Monroy, Esteban González, Jacinto Vázquez, Francisco Alviso, Justo Andrade yTomás Trejo.

No es difícil, pues, identificar a los muertos alanceados sepultados en Aculco con los hombres de Lindoro que murieron en aquella acción en Acambay. Cierto que al final habrían sido tres, como registran los libros parroquiales y no dos como dice el parte, quizá por el fallecimiento posterior de algún herido. Como el coronel Florencio Soria continuó su camino hacia Aculco para después presentarse en Arroyozarco ante el general Antillón, tal vez llevó los muertos consigo y los entregó en Aculco, o pudieron también haber sido sus deudos quienes procuraron su traslado a su lugar de origen.

Dos cosas más llaman la atención sobre los tres guerrilleros de Aculco: lo dispar de su edad -60, 20 y 16 años- cosa que indica lo variopinto de su integración, y el que hayan muerto de esa manera, alanceados. Esto último muestra la importancia que tenían todavía entonces las armas blancas y particularmente la lanza para los jinetes mexicanos, que en las pinturas y grabados de la época aparecen con mucha frecuencia portando esta arma.

Después de la derrota del 6 de diciembre, la guerrilla de Lindoro Cajigas entró en su etapa final. Como todos sabemos, tres semanas después, el 25 de diciembre de 1861, fue capturado y ejecutado en Acambay.

sábado, 24 de enero de 2026

La fortificación del atrio

Durante la Guerra de Independencia, Aculco fue tomado muchas veces tanto por insurgentes como por realistas. Todos sabemos que el cura Hidalgo entró el 5 de noviembre de 1810 y que dos días después el pueblo fue capturado por el brigadier Calleja tras la derrota del ejército rebelde, pero las entradas de grupos insurgentes y la recuperación por los realistas (quienes tenían su control casi todo el tiempo) se verificaron prácticamente hasta las vísperas de la consumación de la Independencia, en septiembre de 1821.

Para facilitar la defensa de Aculco, los realistas realizaron diversas obras en el lugar, principalmente la fortificación del atrio de la parroquia, la excavación de "cortaduras", es decir, una especie de trincheras para dificultar el tránsito en las calles principales, y la construcción de parapetos en esos mismos puntos. Entre 1816 y 1817, cuando por órdenes del capitán realista Manuel Linares se organizó el destacamento de Aculco, que quedó a las órdenes de don José María Beltrán de la Cueva, se emprendió la reparación de dicha fortificación, que debe haber tenido ya varios años pues se le llama "antigua". También obligó a los vecinos del pueblo a contribuir con 600 a 900 pesos para comprar armamento, tanto para armarse ellos mismos como para proveer a los hombres de Linares, amenazando con fusilar a quién no cubriera el monto que se le asignó para completar esa cantidad. Con ese dinero se adquirieron apenas algo más de veinte carabinas y fusiles para el destacamento de Aculco. (1)

Unos años después, en abril de 1821, cuando el antiguo realista Agustín de Iturbide había ya proclamado el Plan de Iguala y se había unido a los insurgentes de Vicente Guerrero para conformar el Ejército Trigarante, nuevamente cundió la alarma entre los realistas de la zona por alguna posible incursión rebelde. De nuevo, las autoridades militares ordenaron que se reforzaran las defensas del pueblo, "a más de fortificar el cementerio [...] se levantaran los puntos en la situación de antes", pero el Ayuntamiento de Aculco procedió esta vez con cierta desidia, como si estuviera conciente ya de la inutilidad de estas acciones. Joaquín Cid, encargado de hacer cumplir esas órdenes, pedía con urgencia al alcalde el 16 de aquel mes que le proporcionara los trabajadores para realizar la tarea: "hasta esta hora no hay peones para que den materiales a los albañiles, y todo esto acarrea más demora, tanto para el cumplimiento de la superior orden como para retirarme, según se me impone, por lo que espero que al momento mande V. traerlos". (2)

No se sabe con detalle cómo se habría fortificado el atrio, pero no es tan difícil imaginarlo. El atrio ofrecia ya una infraestructura adecuada gracias a sus muros, que hacia el norte y al poniente, cuando todavía no se habían construido las casas ahora adosadas a él, alcanzaban una altura respetable. Una obra de reforzamiento adecuada posiblemente habría supuesto elevar un poco el muro sur, o quizá solamente tapiar sus arcos invertidos. También habría sido conveniente cerrar dos de los accesos, para reducir la debilidad de estos puntos. En alguna parte seguramente se levantó un adarve o pasillo interior elevado que permitiera el tránsito y la ubicación de gente armada con fusiles.

La memoria de la existencia de estas obras de defensa, especialmente de las cortaduras de las calles, permaneció por mucho tiempo en la memoria aculquense. Todavía escuché de niño hablar de ello, y algunas personas afirmaban que antes de las obras de empedrado realizadas en 1974 todavía eran perfectamente visibles las trazas de aquellas trincheras, aunque por supuesto se habían rellenado cuando terminó su utilidad.

 

NOTAS

1. Carta del Coronel Manuel de la Concha. Operaciones de Guerra. Vol. 117. Exp. 112 AGN. Actas de Cabildo. Exp. 1. Años 1820 y 1821. Carta de José María Ramos al Ayuntamiento de Aculco. Marzo 30 de 1821. Presidencia. Caja 4. AHMA

2. Archivo Histórico Municipal de Aculco. Sección: Obras Públicas. Volumen: 1. Expediente 1.

sábado, 17 de enero de 2026

La biblioteca del convento franciscano de Aculco

La existencia de bibliotecas en los conventos novohispanos —o librerías, como también se les llamaba— era indispensable no sólo para la celebración de los actos rituales (para los que se requerían misales, evangeliarios o libros de oraciones), sino también para la formación intelectual de los frailes (guardando obras de teología, filosofía, sermonarios, entre otras). En las instrucciones dirigidas a los conventos franciscanos del centro de México en 1567, contenidas en los Avisos tocantes a la Provincia del Santo Evangelio, se recomendaba que todos los conventos contaran con libros suficientes y adecuados a sus tareas, de modo que los religiosos puedan seguir el camino del estudio sin verse obligados a trasladar los volúmenes de un convento a otro. Asimismo, se ordenaba reforzar la pena de excomunión para quien sacara libros de la biblioteca sin licencia del Provincial.

Esos Avisos enlistaban además los libros que debían integrar la biblioteca básica de cada convento, con cerca de medio centenar de títulos: la Biblia y sus comentarios, las obras de los padres de la Iglesia (como san Gregorio, san Bernardo y san Agustín), textos de derecho canónico y del Concilio de Trento, tratados de teología escolástica, libros de predicación, diccionarios eclesiásticos y latinos, las reglas y manuales de la Orden, así como algunas obras devocionales e históricas.

El convento de Aculco debió contar con su propia biblioteca desde el siglo XVI. Fue seguramente la primera colección importante de libros en este pueblo y su jurisdicción, aunque en el siglo XVIII la biblioteca de la hacienda de Arroyozarco, de la que ya les he contado antes aquí, era quizá más interesante y variada, pues contaba con obras profanas que difícilmente se habrían hallado en la del convento aculquense.

De aquella biblioteca conventual de Aculco tenemos noticias ciertas de mediados del siglo XVII, cuando las autoridades de la provincia franciscana del Santo Evangelio de México ordenaron a los conventos un inventario de libros y alhajas. De las 98 casas de la provincia, respondieron entre los años de 1663 y 1664, 64 casas, entre ellas el convento de Aculco. Por ese inventario sabemos que contaba con sólo 28 volúmenes, una cantidad muy pequeña. Comparativamente, los conventos de San Mateo Huichapan y San Pedro y San Pablo de Jilotepec, los más importantes de la región, tenían 200 y 125 volúmenes respectivamente. De hecho, entre los 64 conventos franciscanos de la Provincia del Santo Evangelio de México, el de Aculco era el penúltimo en cantidad de libros, sólo era más pobre en ese aspecto el de Santa María de Texcalac en Tlaxcala, con 24 volúmenes.

A pesar de ello, a lo largo del siguiente siglo la biblioteca se fue enriqueciendo. Cuando sobrevino la secularización en 1759, con la que los franciscanos entregaron la administración de la parroquia al arzobispado de México, los libros de Aculco se remitieron a la aduana de la capital, de donde pasaron a manos del Provincial en el Convento Grande de San Francisco de México. Allí quedaron bajo el cuidado de fray Francisco Antonio de la Rosa Figueroa, quien anotó que esa colección estaba formada por "no pocos libros". Allí debieron permanecer los volúmenes por un siglo más (seguramente con las naturales pérdidas y deterioros), hasta que durante la Reforma la gran biblioteca fue expoliada y sus 16,417 volúmenes se llevaron a la Biblioteca Nacional de México, en cuyo acervo se conserva una gran parte.

Al parecer el convento de Aculco no tenía su propio ex libris o marca de fuego para identificar sus libros, lo que dificulta saber si se conservan algunos en la Biblioteca Nacional. Pero uno de ellos, por fortuna, tiene una anotación manuscrita que indica claramente su procedencia: "Del convento hieronimo aculco fr". Junto con ella, otras marcas señalan el camino que siguió hasta llegar a nosotros: las marcas de fuego de los conventos de San Cosme y Grande de San Francisco de México y el ex libris en estampa que confirma este último o(Ex Bibliotheca Magni Mexicani Conbventus S.P.N.S. Francisci). Se trata de un ejemplar del Libro de la regla y constituciones generales de la Orden de Nuestro Padre Sant Francisco de la obseruancia, impreso por Clemente Hidalgo en Sevilla en 1607. Esta fecha tan temprana podría significar que el libro estuvo en el convento de Aculco desde sus primeros tiempos.

Una obra que no sabemos si llegó a estar en la biblioteca conventual de Aculco, pero que lleva el nombre del pueblo en su portada, es un volumen impreso en México en 1724 por los herederos de la Viuda de Francisco Rodríguez Lupercio, con un larguísimo título del que sólo copio aquí una parte: Sermón moral en la Capilla Real de Palacio Al Excellentísimo Señor D. Juan Antonio Vázquez de Acuña, Marqués de Casa Fuerte. El sermón recogido en este libro se predicó en el "estreno" del gobierno del virrey, el segundo viernes de Cuaresma, 19 de febrero de 1723, por el padre fray Antonio Diaz del Castillo, quien era en aquel momento predicador mayor en el Convento Grande de San Francisco de México, y al imprimirse ocupaba el cargo de guardián del convento de San Gerónimo Aculco. Más aún: en sus páginas preliminares está una dedicatoria adornada con el escudo de la orden franciscana que aparece fechada el 20 de febrero de 1724 en Aculco.

Desafortunadamente esta obra es muy difícil de hallar pues se conservan poquísimos ejemplares, y yo no he podido verla, ni siquiera en formato digital. Pero espero tener algún día una imagen que pueda mostarles aquí. Existe un ejemplar en el ex convento de Nuestra Señora de Guadalupe, Museo Regional de Zacatecas, y otros en bibliotecas de los Estados Unidos de América.

 

FUENTES:

Ignacio Osorio Romero, Historia de las bibliotecas novohispanas, México, SEP-Dirección General de Bibliotecas, 1986, p. 104 y 140.

Rocío Cázares Aguilar y Francisco Mejía Sánchez, “La Biblioteca Franciscana del Portal de Peregrinos del Convento de San Gabriel Cholula”, en Marina Garone Gravier (ed. lit.), Miradas a la cultura del libro en Puebla:bibliotecas, tipógrafos, grabadores, libreros y ediciones en la época colonial, 2012, p. 43-69

sábado, 10 de enero de 2026

Algunos cántabros en la historia de Aculco

Un hecho particular en la historia de Aculco es la presencia notable, desde la época colonial y hasta el siglo XIX, de españoles originarios de lo que hoy es la Comunidad Autónoma de Cantabria -desprendida en 1978 de la antigua región de Castilla la Vieja-, territorio que entonces era conocido comúnmente como “la Montaña de Santander”. Esta presencia no obedeció en su mayor parte, por cierto, a una migración “encadenada”, es decir, impulsada por migrantes ya establecidos que facilitaran la llegada de sus paisanos, sino que se trató de casos aislados, sin conexión entre sí, y que muy probablemente ni siquiera estaban al tanto de que otros “montañeses”, como ellos, habían tenido antes un papel significativo en estos lugares.

El primer cántabro del que tengo noticia fue fray Juan de Mazorra, guardián en 1595 del entonces recién fundado convento de Aculco. Era natural del Valle de Carriedo, Cantabria, y -escribe el cronista Vetancurt- "fue de vida austera y penitente, tanto amaba la santa pobreza, que no tenia en la celda mas que el breviario, una Biblia y una cruz de palo en la cabecera; su lecho era el duro suelo [...] Fue guardián del convento de Jilotepec varias veces, donde le vieron los religiosos no pocas veces en el aire levantado con éxtasis en la oración, en que hace Dios a sus santos más crecidos favores". Si quieres saber algo más sobre él puedes leer este texto sobre los primeros franciscanos en Aculco.

Originario de Muriedas, Real Valle de Camargo, Cantabria, donde nació en 1663), don José de la Puente y Peña, marqués de Villapuente, tuvo un papel importante pero no una presencia personal en estas tierras. Fue él quien donó al Fondo Piadoso de las Californias, administrador por la Compañía de Jesús, los recursos para adquirir la hacienda de Arroyozarco hacia 1715. Aunque no se ha confirmado si alguna vez pisó esta hacienda, sí se sabe que su retrato adornaba la sala de la casa vieja, como homenaje de los jesuitas a su benefactor.

Don Lorenzo Díaz del Costero fue el primer párroco secular de Aculco en 1761, después de que los franciscanos dejaran el convento. No he podido averiguar su lugar de nacimiento, pero su apellido (que en realidad era "Díaz del Cotero", sin "s", y que se transformó en la Nueva España), se contaba entre los más característicos del pueblo de San Vicente de la Barquera, un poblado costero situado en la ría de san Vicente, a 58 kilómetros de Santander, capital de la comunidad autónoma. Sospecho que don Lorenzo era ya novohispano de segunda o tercera generación, pues desde principios del siglo XVIII aparece en este reino la variante "Costero".

Nacido —él sí, con toda certeza— en la misma población de San Vicente de la Barquera, fue Victorino Alonso de Bulnes (quien firmaba en ocasiones como Victorino de Bulnes), teniente de Justicia de Aculco en 1820 y último alcalde del pueblo en tiempos del Virreinato, en 1821. Con cierta ironía histórica, su condición de español peninsular lo alcanzó pocos años después: el decreto del 1 de octubre de 1827, mediante el cual la legislatura del Estado de México ordenó la expulsión de los españoles.

En Aculco, Bulnes era entonces el único español. Aunque al parecer la expulsión no llegó a ejecutarse, fue registrado como sujeto a ella, y gracias a ese trámite sabemos que era natural de San Vicente de la Barquera, en las montañas de Santander; que tenía 37 años de edad y que llevaba doce avecindado en el pueblo. Estaba casado con una mujer nacida en América, circunstancia que acaso contribuyó a evitar su salida, pues para el 1 de abril de 1828 permanecía aún en Aculco.

Descendientes de cántabros fueron José Antonio y Juan Ángel de Revilla, mineros de la región de Pachuca que adquirieron la hacienda de Arroyozarco en 1810. Ellos eran hijos del escribano Juan Francisco de Revilla, de quien no he podido ubicar los documentos que prueben su origen, pero sí hallé algunos referentes a su hermano Pablo Antonio de Revilla y Londoño, "natural del pueblo de Soto la Marina de esta provincia [de Santander]", quien vino a la Nueva España, se casó aquí con una dama de Pénjamo y él o sólo sus descendientes regresaron a su España, donde vivían en 1830. Y también de su hermano José de Revilla Londoño, quien era cura de San Salvador de Vivero en el propio pueblo de Soto de la Marina, jurisdicción del Valle de Camargo, Santander. De esta familia procedía don Domingo Revilla, quien escribió aquella preciosa crónica de un coleadero en Arroyozarco a mediados del siglo XIX y otra sobre cacerías de lobos en la misma hacienda.

Sin pena ni gloria -pues desconocemos todo de él salvo su nombre y ocupación- hallamos en 1848 a un cántabro más, Pablo Ocádiz, originario de Santander (¿provincia, obispado o ciudad?), comerciante, que residía en Arroyozarco

Hace pocas semanas les platique en este blog acerca del hallazgo de algunos documentos sobre el nacimiento y juventud del asimismo cántabro Lindoro Cajigas, primero administrador de la hacienda de Arroyozarco y luego guerrillero conservador. Ahora solamente les transcribo lo que escribí entonces: Lindoro Lucas de las Cajigas Riva nació el 18 de octubre de 1830 en el lugar de Septién o Setién, en el municipio de Marina de Cudeyo, comarca de Trasmiera Cantabria, España. Una zona de hermosos valles junto a la costa del mar Cantábrico. El cura don Benito Antonio de Caricedo lo bautizó al día siguiente en la parroquia de san Vicente Mártir del mismo lugar. Según su registro de bautismo era "hijo legítimo de Juan de las Cagigas y de Juana de la Riva, residentes en el referido Septién y naturales lo es el dicho Juan del lugar de Agüero y la dicha Juana del referido Septién, nieto por línea paterna de Juan de las Cagigas difunto natural que fue de dicho Agüero y de María Corino natural de Flechas, y vecinos ambos de Agüero, y por la materna de D. Fernando de la Riva, y Doña Francisca de la Portilla, vecinos y naturales de este misma Septién". Aunque sólo por la línea materna sus antepasados llevaban el "don", sus padrinos de bautismo pertenecían a la nobleza de la región: "la Sra. Condesa de Ysla, Doña María Juana de Ceballos y D. José de Belarde, habitantes en el Lugar de Muriedas y al presente en casa de dicha condesa en este Lugar mismo de Septién".

Lindoro, por cierto, sí formaba parte de una migración "encadenada" pues antes que él llegó a México su hermano Adolfo y después llegaría un hermano más, Maximino. Sin embargo, estos dos no tuvieron ninguna relación directa con Aculco, aún cuando Adolfo se casó con María Francisca, hermana de los propietarios de Arroyozarco en aquel entonces, los hermanos José Joaquín y Manuel de Rozas Irazábal.

Pero como tan frecuentemente ocurre en la historia, a veces hay casualidades que no lo parecen, los Rozas dueños de Arroyozarco descendían también de cántabros. De hecho, el apellido Rozas (así, con "z"), es un apellido toponímico, que se refiere a Las Rozas, una pequeña localidad situada al sur de la Sierra de Hornijo, en el Valle de Soba. En realidad se trataba de un apellido compuesto, "Gutiérrez de Rozas", que todavía usó así don Manuel Antonio, padre de los hermanos Manuel y José Joaquín. Don Manuel Antonio era "natural del lugar de san Pedro, en el Valle de Soba, obispado de Santander, y vecino de Cuernavaca, hijo legítimo de don Antonio Gutiérrez de Rozas y de doña María Pérez Martínez de Soto", y se contrajo matrimonio en Zimapán con la cuernavacense doña Petra de Yrazábal y González en 1802.

Y si Arroyozarco tuvo a sus cántabros, la hacienda de Ñadó no se quedó atrás:el 8 de junio de 1870, el comerciante don Galo del Mazo y Conde, nacido hacia 1844 en La Encina, Santa María de Cayón, provincia de santander, hijo de José del Mazo y de Gerónima Conde, contrajo matrimonio con doña Mercedes Villasante Pliego, propietaria entonces de una fracción de la hacienda de Ñadó. Galo arraigó en la región y se convirtió en el patriarca de la extensa familia Del Mazo, que dispersa por Acambay y Atlacomulco ha dado al Estado de México numerosos políticos, cuatro gobernadores y un presidente de la República (Enrique Peña Nieto).

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Es fácil percatarse de que casi todos estos españoles cántabros procedían de poblaciones pequeñas, algunas incluso pequeñísimas, y tal vez ninguno de la capital de la provincia ni de las ciudades o villas más importantes. Todo indica -en general- un origen social modesto, propio de zonas rurales donde la tierra era escasa y las oportunidades limitadas, y desde donde la emigración funcionaba como una estrategia de sobrevivencia y ascenso.

La Nueva España y luego México, ofrecían a hombres como ellos un horizonte distinto: el de quienes, mediante el trabajo , los vínculos locales y los matrimonios estratégicos, podían construir una fortuna mediana o incluso considerable. Varios de ellos seguramente llegaron sin capital ni respaldo, pero con oficios, experiencia administrativa o simple disposición al arraigo, cualidades que en pueblos como Aculco resultaban valiosas.

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Seguramente los mencionados aquí no fueron los únicos cántabros en la historia de Aculco. Hay indicios de otros. Pero creo que los que incluí aquí son suficientemente representativos de las distintas épocas y de los variados oficios que tuvieron en estas tierras: un fraile, un cura, un funcionario, un guerrillero, comerciantes, propietarios.