viernes, 16 de octubre de 2026

La capilla de San Joaquín, un ejemplo notable de arquitectura neocolonial en Aculco

El pueblo de San Joaquín Coscomatepec se encuentra unos ocho kilómetros al oriente de la cabecera municipal de Aculco, poco más allá de la comunidad de El Tixhiñú. Es una población rural de asentamiento disperso, aunque sus principales edificios -la capilla, la escuela primaria, la secundaria, el telebachillerato y el Centro de Salud del IMSS-Bienestar- se concentran en su zona central. No existen, sin embargo, calles ni manzanas de trazo ortogonal, banquetas o una plaza central. Con todo y esta anarquía, al acercarse al pueblo llama la atención el camino cubierto de losas de cantera que se desprende de la carretera y, sobre todo, la preciosa capilla que, desde un altozano, domina el caserío, recortada contra el oscuro telón de fondo del cerro de Ñadó.

Esta capilla —ornamentada con cantera labrada, muestra del oficio de numerosos vecinos del pueblo— no es, como muchas otras que hemos reseñado aquí, una construcción del periodo virreinal, sino una obra moderna de estilo neocolonial que en nada desmerece frente a los antiguos templos de los demás pueblos del municipio de Aculco. Por el contrario, constituye un bello ejemplo de lo que puede hacerse cuando el buen gusto se acompaña del conocimiento de la tradición arquitectónica local.

Pero antes de visitar el templo hagamos un poco de historia para conocer el origen de este poblado.

San Joaquín Coscomatepec no aparece en las nóminas de pueblos pertenecientes a la doctrina de San Gerónimo Aculco durante los siglos XVII y XVIII. Lo mismo ocurre con su vecino, el muy cercano pueblo de San Antonio. Ambos aparecen con ese carácter, en cambio, casi sorpresivamente en la documentación del siglo XIX.

Esta ausencia me llevó a pensar, en un primer momento, que quizá tuvieron su origen en rancherías formadas dentro de los límites de alguna propiedad rural y que sólo tardíamente, acaso ya en el siglo XIX, adquirieron la categoría de pueblos. Su esporádica presencia en los libros sacramentales -a veces el primero como "rancho de San Joaquín"- parecía reforzar esta hipótesis. Pero su historia resulta ser un poco más compleja.

Un documento de 1706 parece arrojar luz sobre su verdadero origen. Aquel año, en el curso de un pleito relacionado con las tierras comunales de San Ildefonso Tultepec -pueblo entonces dependiente de Aculco y hoy perteneciente a Amealco-, el indio principal Juan Nicolás, quien declaró como testigo mediante intérprete porque sólo hablaba otomí, afirmó

haber visto de pocos años a esta parte, que los naturales de este dicho pueblo de San lldefonso, los más que vivían dentro de él se han salido a poblar a largas distancias, como por la parte del norte; tienen poblado y labrado muchas sementeras que hasta donde han labrado habrá de dicho pueblo como legua y media; y que por La parte del sur: entremedio de un rancho del dicho don Lucas Magos en el puesto que llaman La Mesilla se han poblado y labrado mucha tierra que habrá de distancia deste pueblo como una gran legua. Y que por las la parte de dicho rancho que es el paraje que dichos naturales nombran San Antonio, donde también se han poblado y labrado, que habrá de distancia dos leguas largas; y que por la parte del oriente de este dicho pueblo tienen poblado y labrado más de legua y media de distancia que es donde en su lengua otomí [sic pro náhuatl] se llaman el Cuescomate; siéndole preguntado que si sabía que el haberse poblado en grandes distancias de este dicho pueblo los dichos naturales eran pueblos aparte y tenían mercedes particulares: dijo que no lo sabe, que lo que ellos lean dicho a este testigo que por el derecho del dicho su pueblo los habían poblado y labrado (1).

La coincidencia de los topónimos San Antonio y Cuescomate, situados al oriente de San Ildefonso, con los actuales pueblos de San Antonio y San Joaquín Coscomatepec que están en la misma dirección; su poblamiento relativamente tardío, y la irregularidad de su fundación -que explicaría que tardaran en aparecer plenamente registrados- me llevan a concluir que se trata, en efecto, de los mismos asentamientos.

Así, San Antonio y Cuescomate o Coscomatepec habrían surgido a fines del siglo XVII o principios del XVIII, cuando indígenas de San Ildefonso se establecieron sin autorización en tierras pertenecientes al cacique Lucas Magos Bárcena y Cornejo. Por razones que desconocemos, los habitantes de aquel pueblo parecen haberse lanzado entonces a poblar y cultivar éstos y otros parajes alejados de su lugar de origen. De ahí que San Antonio y Cuescomate existieran desde entonces como poblaciones de facto -en otro testimonio se les denomina "puestos", acaso precisamente para evitar llamarlos pueblos-, aunque su reconocimiento jurídico como tales no llegara, al parecer, sino hasta el siglo XIX.

Por cierto, en aquellos primeros años todavía no aparece la advocación de San Joaquín unida al nombre de Cuescomate. Seguramente la tomó del rancho en cuyas tierras o inmediaciones se había establecido y del cual acabaría separándose, pues esa propiedad privada, llamada precisamente rancho de San Joaquín, continuó existiendo junto al pueblo hasta la época de la reforma agraria del siglo XX. La historia tuvo un giro irónico: en 1915 los habitantes de San Joaquín solicitaron la "restitución" de sus tierras presuntamente usurpadas por aquel rancho, cuando todo parece indicar que el origen remoto del pueblo se encontraba en la ocupación ilegal de tierras que originalmente habían pertenecido a esa propiedad (2).

Sobre la etimología de su nombre indígena, Coscomatepec es una palabra de origen náhuatl y deriva de cuezcomatl, "troje" o "granero para guardar maíz", y tepec, "en el cerro" o "cerro de". Puede traducirse, por tanto, como "en el cerro del cuezcomate" o "cerro de la troje".

Hecho este rodeo por la historia, volvamos por fin a la capilla.

Mientras que su vecino, el pueblo de San Antonio, posee una preciosa y modesta capilla antigua, San Joaquín, si es que la tuvo, no la conserva. San Joaquín no conserva ninguna, si es que alguna vez la tuvo. Su templo actual, levantado por el maestro de obra Anacleto Mondragón, comenzó a construirse en 1987 y fue concluido en 1999. La lápida que recuerda estas obras habla, sin embargo, de una "reconstrucción", aunque desconozco las características y la antigüedad del edificio anterior. La fachada de este nuevo templo mira hacia el noroeste, rumbo hacia el que se extiende su atrio al que se accede a través de un sencillo arco de cantera rosa. El edificio, aunque pequeño, consta de tres naves separadas por columnas toscanas recubiertas de cantera rosa. Las naves laterales con cubierta de losa de concreto plana y la central, más elevada, con una bóveda del mismo material. Las separa Su cabecera es recta y sobre el presbiterio se levanta una cúpula sobre tambor, que se apoya en pilares toscanos en lugar de columnas, sobre los que se despliega también el arco con casetones de aire neoclásico en el intradós.

El exterior de la capilla lo define la combinación de cantera labrada blanca y rosa en todas sus fachadas y ornamentos. Así, por ejemplo, la fachada principal se levanta sobre una escalinata de cinco gradas, consta de un solo cuerpo y un remate, y en ella, sobre un fondo de cantera blanca irregular concertada destacan los adornos en cantera rosa. Estos adornos son, en el cuerpo bajo, la portada central cerrada por un arco moldurado de medio punto sobre jambas entableradas con capitel toscano, y las laterales, algo más angostas, con jambas idénticas a la central de hecho unidas a ésta por su capitel, un poco más bajas y con cerramiento curvo muy rebajado. En éstas portadas laterales, además, por encima del capitel las jambas se prolongan hasta alcanzar una cornisa sostenida por un par de ménsulas lisas, mismo motivo que se repite encima al llegar a la cornisa corrida de este primer cuerpo, adornada con dentículos.

El remate de la fachada es un cuerpo exento y elevado, mixtilíneo, que se le vanta sólo sobre la portada central, con un ojo de buey también mixtilíneo al centro, rematado en cruz y con dos pináculos a media altura. A sus lkados, sobre cada una de las portadas laterales, hay una hornacina con su venera en cantera blanca, terminadas en una moldura rectilínea, que albergan dos imágenes: San Judas Tadeo del lado del Evangelio y la Virgen de Guadalupe del lado de la epístola, labradas ambas en cantera naranja claro.

A los lados de la fachada se levantas las dos torres, sumamente austeras. Su primer cuerpo, ciego y sólo adornado por un par de angelillos, forma parte del plano del primer cuerpo de la fachada y no se distingue de ella. Por encima de la cornisa corrida se yerguen los campanarios con tres cuerpos de mayor a menor casi cúbicos de cantera blanca, con arcos e impostas moldurados del mismo material y cornisas de cantera rosa en el remate de cada cuerpo. Por encima del último cuerpo, un cupulín en forma de linternilla sostiene una cruz, rodeado de cuatro pináculos en los ángulos del cuerpo que lo sostiene. Estas torres, en su simplicidad, son quizá el elemento que mejor se vincula con la arquitectura religiosa local e inmediatamente evocan a la torre de la parroquia de san Gerónimo, o a la de Santa María Nativitas, pese a que estos edificios sólo tienen una torre. La disposición de las torres subraya el carácter horizontal de la fachada.

Las fachadas laterales están también recubiertas de cantera blanca concertada y en cada costado se abren tres ventanas casi cuadradas con cerramiento en arco muy rebajado, repisón y ménsulas por encima y como prolongación de de sus jambas, que sostienen una cornisilla.

La cúpula es quizá su elemento más característico. Apartándose un poco del modelo local de cúpulas hemisféricas sobre tambor cilíndrico de poca altura, ésta se yergue sobre un alto tambor octogonal sobre un tramo de planta rectangular, con ventanas rectangulares enmarcadas en cantera rosa que dan mucha luz al interior. Remata este tambor un entablamento corrido con triglifos en el friso, que marcan el nacimiento de las costillas de cantera rosa rematadas en róleos que marcan la división de la cúpula elíptica en doce gajos. Una linternilla cilíndrica en piedra más gris-amarillenta que blanca, con remate campaniforme que sostiene una cruz, remata el conjunto.

El interior del templo desmerece un poco, no tanto por la ornamentación como por las dimensiones del espacio: las naves alcanzan poca altura, especialmente las laterales, y las cubiertas de simple losa de concreto de éstas lucen demasiado simples y ramplonas, un tanto opresivas, como si la imaginación del arquitecto se hubiera detenido allí. Al presbiterio lo salva de esto la cúpula.

El altar mayor está labrado también en cantera. La parte baja es una mesa sostenida por cuatro arquillos frontales y dos laterales sobre columnas cilíndricas estriadas y rematada en cornisa. Sobre esta mesa se halla un banco que sostiene al centro un nicho aislado con cuatro columnitas de cantera en los ángulos, con arco al frente que alberga el sagrario, con puerta metálica dorada y trabajada. Este sagrario sirve de peana al santo titular, san Joaquín, enmarcado por un nicho muy simple con un par de columnas y un arco casi sobrepuesto. A sus lados, un par de ménsulas de cantera sostienen a la izquierda un crucifijo y a la derecha una imagen de la Virgen de Guadalupe, ambos de pequeño tamaño. Un arco de cantera rosa moldurado envuelve la composición.

Con sus virtudes y defectos, la capilla de San Joaquín Coscomatepec es un buen ejemplo de una construcción contemporánea de líneas tradicionales, perfectamente integrada al paisaje y al entorno cultural e histórico en el que se levanta y, sobre todo, muy hermosa. Su arquitectura recoge una tradición secular sin pretender imitar servilmente los edificios antiguos. Un ejemplo que sobresale en medio de las aberraciones arquitectónicas que abundan entre las capillas modernas del municipio, muchas de las cuales difícilmente podrían calificarse de otra manera que como auténticos horrores de la arquitectura.

 

Fuentes:

1. AGN, Tierras, vol. 1794, disponible en: https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3Q9M-CSDL-J451-Q?view=fullText&keywords=cuescomate%2CAculco&searchForm=advanced&lang=es&groupId=M98L-WBX

2. Aunque la restitución no procedió, en agosto de 1929 el pueblo de San Joaquín obtuvo la dotación de 213 hectáreas, 62 áreas tomadas del rancho del mismo nombre. DOF, 19 de noviembre de 1929.

viernes, 2 de octubre de 2026

Benjamín Rodea Castillo, un empresario aculquense

Don Benjamín Rodea Castillo nació en Aculco en 1917. Fue hijo de los señores Facundo Rodea Sanabria -originario de Jilotepec- y de la aculquense María Senorina Castillo Garrido, hermana ella, por cierto, del diputado Isauro Castillo Garrido, de quien les hablé hace poco tiempo en este blog. Los padres de Benjamín eran ambos maestros, pero don Facundo también se dedicó al comercio y tuvo algúna incursión menor en la política, ya que el mismo año de 1917 se le eligió diputado suplente por el 10o. distrito del Estado de México y en 1921 fue presidente municipal de Jilotepec. Un dato anecdótico es que don Facundo estuvo casado en primer matrimonio -del que enviudó- con la señora Laura Rodea y con ella tuvo en 1896 un hijo al que también había llamado Benjamín. Supongo que este pequeño falleció en la infancia.

Los padres de Benjamín emigraron a la Ciudad de México con sus hijos y en esta capital su madre continuó dedicándose a la enseñanza, mientras que el padre trabajó como empleado. Mujer con inventiva, la maestra Senorina presentó a la SEP, en 1931, un aparato para la enseñanza del Sistema Solar o "artefacto para representar el sistema planetario" (Boletín de la Secretaría de Educación Pública, México, tomo X, núm. 5, marzo de 1931, p. 31.). Se le tenía por una gran recitadora y llegó a ser -a finales de la década de 1940- directora de la Escuela Ezequiel A. Chávez, en la colonia Santa Maria la Ribera. En 1949 celebró sus 30 años de labor docente, aunque su cédula profesional como profesora de educación primaria por la Escuela Nacional de Maestros data de 1948. Esta aparente contradicción no resultaba excepcional en la época, pues era común que personas con cierta preparación, pero sin estudios magisteriales formales, ejercieran como maestros. El dato importante es que ella sí llegó a obtener dicha cédula.

El matrimonio Rodea Castillo vivió muy cerca de la Escuela Normal de Maestros, en la calle de Lauro Aguirre número 160. También muy próxima a ella vivía la familia de la señorita Rosa Bandera Hernández, con quien Benjamín Rodea contrajo matrimonio civil en 1943 y religioso el 22 de febrero de 1944 en la inmediata parroquia de San Antonio de las Huertas.

Benjamín siguió la inclinación magisterial de sus padres, pero con un mayor enfoque a los materiales educativos: inventó varios aparatos "para objetivizar la enseñanza de distintas asignaturas" (como el Block eléctrico, patente 42172 del 21 de diciembre de 1942), pero, sobre todo, descubrió una técnica para fabricar pizarrones sobre masonite (esto es, tableros de fibra de madera comprimida) y láminas de acero. A partir de este descubrimiento, fundó en 1940 la empresa Pizarrones de México, S.A., que contaba con una planta en Naucalpan y llegó más tarde a ser la fabrica más importante de pizarrones de América Latina. La empresa no se limitaba a producir y comercializar pizarrones, sino también otros artículos escolares e incluso libros, como el Atlas Anatómico Objetivo. Con el tiempo, Benjamín incluyó como socios a sus hermanos y a los de su esposa.

En aquellos años, el principal comprador de materiales escolares era naturalmente el gobierno federal y lo hacía en gran cantidad, por lo que la empresa alcanzó un gran éxito entre las décadas de 1940 y 1960. Una crónica de 1962 refiere algunas de estas compras y menciona de paso los esímulos que recibía del gobierno esta empresa:


Están instalando unos pizarrones "mágicos", de novísimo diseño y de un acabado que es sorprendente. Y hacia uno de esos planteles fuimos con el objeto de contemplar de cerca esta originalidad del pedagógico elemento. Allí vimos esos pizarrones "magnéticos", y los llaman así porque observamos que las letras, el gis, los mapas, figuras geométricas y el mismo borrador se adhieren al pizarrón, y el que los utilice puede con facilidad ir moviendo los útiles a su antojo y conforme los necesite. De color azul agua, estimulante, muy agradable, se escribe en ellos nítida y silenciosamente, y además tienen una dureza extraordinaria, de tal manera que los niños nunca los podrán maltratar. Supimos también que estos novedosos y útiles pizarrones, fueron contratados con la firma "Pizarrones de México", industria nacional que viene distinguiéndose en la fabricación de distintos materiales pedagógicos, sus pizarrones mágicos, para usarse en las construcciones educacionales modernas. Grande fue nuestra satisfacción al contemplar estos elementos tan valiosos a la educación, pues no olvidamos que el señor Presidente de la República, licenciado Adolfo López Mateos, ha demostrado siempre un primordial interés por el fomento educativo de nuestro país, habiéndose traducido en el presente caso por medio de un estímulo para esta industria mexicana, que fabrica novedosos e interesantes pizarrones de singular calidad. En el presente, en todas las escuelas primarias y secundarias que construye el Departamento del Distrito Federal , se instalan estos novedosos y útiles pizarrones; con ellos se satisface una necesidad de los nuevos lineamientos de la enseñanza, lo cual se traducirá en una mejor educación. Así , estas escuelas del Departamento del Distrito Federal, estarán equipadas en ese aspecto al igual que las estadounidenses y europeas, pudiendo considerarse desde ahora y sin hipérbole, como las mejores del país, habiéndolo entendido de esta manera el propio Regente de la ciudad, el licenciado Ernesto P. Uruchurtu, cuyo afán por el constante mejoramiento de la ciudad ha recibido el unánime aplauso de la sociedad.
 
Fuente: revista
Hoy, 17 de febrero de 1962, p. 43.

En 1957 y 58, Benjamín patrocinó la misión político-educativa dentro de la campaña de Adolfo López Mateos a la presidencia de la República, que se desplegó con el lema "Fomentando la educación iluminaremos más la senda por la que ya México marcha". Participó después en la fundación de Dirección General Publicitaria de Fomento Educativo Nacional, que se convirtió más tarde en el Consejo Nacional de la Publicidad. Ahí, en 1960, se ocupó de la campaña de restauración de escuelas bajo el lema "Mejores escuelas harán de nuestros hijos mejores mexicanos".

Don Benjamín Rodea no visitaba Aculco con frecuencia. Pero una de sus visitas quedó consignada en la columna "Multicosas" de Bernardo Alcántara, en el periodico Aculco del 30 de septiembre de 1959: "Después de muchos años de no venir a Aculco, el domingo pasado nos visitó el Sr. D. Benjamín Rodea Castillo, Gerente de la importante negociación "PIZARRONES DE MÉXICO", y nos dijo que lo había encontrado tan simpático y atractivo que espera visitarlo con más frecuencia, ya que es el pueblo donde él nació". Aquella visita de Rodea tuvo además otro resultado: la donación de pizarrones para la escuela secundaria del pueblo, como relata el número de enero de 1960 del mismo periodiquito local. Unos pizarrones verdes, recuerda mi padre, que llamaban la atención en una época en que lo habitual era que fueran negros:


La esposa del Señor Presidente de la República Obsequia Preciosos Pizarrones a la Secundaria
"Pizarrones de México" en la Secundaria
 
Hay un refrán muy antiguo que dice: "El que no llora, no mama", y realmente que se ha cumplido una vez más, y para satisfacción nuestra, a favor de este Aculco querido. Todos conocen el dinamismo, la enorme capacidad mental que se encierra en la distinguida persona de nuestro paisano el señor D. benjamín Rodea, autor y realizador de los extraordinarios y útiles "PIZARRONES DE MÉXICO", considerados por quienes esto entienden, como un prodigio y una revolución dentro del material escolar, y clasificados como los mejores del mundo. Pues bien, bastó abrir la boca, que D. Melitón Alcántara, Presidente del Patronato de la Escuela Secundaria “VENUSTIANO CARRANZA” llorara tantito al Sr. Rodea, exponiéndole el lamentable estado de los pizarrones de su Secundaria, para que éste, que ha entrado de lleno en el grupo de personas amantes y finos en todo lo que a progreso y mejoramiento de Aculco se refiere, sin guardar a que el lloro se convirtiera en sollozo, hiciera un espontáneo ofrecimiento de 11 hermosos pizarrones que dieran categoría a las aulas de la Secundaria de Aculco. Pero no paró ahí la cosa. El señor Rodea que, precisamente por ese dinamismo, y esa personalidad de que hablábamos arriba, está en contacto muy cercano con la señora Eva Sámano de López Mateos, habló del ofrecimiento hecho con la esposa del Sr. Presidente de la República, y fué la misma señora esposa del Presidente quien, en un gesto de distinción que tanto honra a Aculco, hiciera saber al señor D. Benjamín Rodea que ella misma quería hacer el obsequio de los pizarrones a nuestra Secundaria. Sus múltiples compromisos y ocupaciones imposibilitaron a nuestra distinguida donadora asistir personalmente al acto de colocación de dichos pizarrones, y nombró como su representante a D. Benjamín Rodea, para que, al mismo tiempo que lo hacía portador de una carta, él en su nombre hiciera la entrega oficial. Fué, pues, D. Benjamín, quien en el momento de colocación de los pizarrones en las Aulas de la Secundaria, dió lectura al contenido de la carta firmada por la señora del Presidente de la República, siendo muy aplaudida.
“ACULCO” se complace en resellar este gesto tan distinguido de la Primera Dama de la República hacia nuestro pueblo, al mismo tiempo que reitera su profundo agradecimiento a nuestro amigo D. Benjamín Rodea, por cuyo conducto y a cuya iniciación se debe el que la Secundaria de Aculco, luzca muy orgullosa sus magníficos pizarrones que tanto facilitan el trabajo escolar, por sus múltiples aplicaciones que son producto del esfuerzo y del talento de su prodigioso ingenio. ¡MUCHAS GRACIAS, D. Benjamín Rodea y que su noble trabajo se vea siempre coronado con grandes éxitos.

La cercanía con los políticos de que tanto presumía don Benjamín terminó, sin embargo, por pasarle factura. Uno de sus socios en Pizarrones de México era ni más ni menos que Ezequiel Padilla, importante político guerrerense que fue diputado, senador, procurador general de la república, embajador, catedrático de la UNAM, secretario de Educación Pública y secretario de Relaciones Exteriores, entre otros cargos, y supo mantenerse sorprendentemente vigente desde el Maximato callista hasta el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Al parecer, la sociedad entre Rodea y Padilla fue fructífera hasta mediados de la década de 1960, cuando terminó de manera bastante abrupta:


El Sen. Ezequiel Padilla y su Hijo Edgardo Acusados de Varios Delitos
Lío Derivado de un Negocio Industrial que estableció en Sociedad con un Individuo
 
MEXICO, D. F., febrero 24 (AEE).— Benjamín Rodea Castillo acusó al senador Ezequiel Padilla y a su hijo Edgardo Padilla Couttolenc, en la Procuraduría del Distrito Federal, por los delitos de fraude, abuso de confianza, homicidio en grado de tentativa, amenazas y otros, según acta que radica en la mesa 22 de la mencionada dependencia.
Rodea Castillo acusó a Ezequiel Padilla de haberse apoderado mediante argucias, de la empresa Pizarrones de México, que en la actualidad tiene un valor de dos y medio millones de pesos. Puntualizó que Ezequiel Padilla y su hijo entraron en sociedad, expulsándolo y quedándose con el negocio.
El denunciante afirma que fue atacado el día 29 del pasado enero por Gabriel Herrerías, incondicional del senador, y que pudo repeler la agresión.
Señaló que para visitar al senador Padilla, será necesario que la Cámara de Senadores se erija en gran jurado, debido a la impunidad de que goza Ezequiel, y que para ello enviará una copia de su acusación al cuerpo legislativo.
Si la Cámara —dijo— se abstiene de conocer el caso, el querellante se reserva sus derechos para acusar a Padilla cuando termine su periodo en la misma. Rodea Castillo informó que durante la sociedad con Padilla no le cubrieron $750,000.00 que invirtió en montar las oficinas de la empresa y un taller que costó más de $100,000.00. Agregó que tampoco le cubrió su sueldo mensual de $15,000.00, ni las utilidades, que fueron de más de $125,000.00.
Puntualizó que interpuso juicio laboral en la Junta de Conciliación y Arbitraje, y que ha sido presionado y amenazado de muerte para que se desista del juicio.
 
Fuente:
El Informador, 25 de febrero de 1966

Un mes después de que se denunciara la maniobra de Ezequiel Padilla y su hijo para despojarlos de todos sus derechos en Pizarrones de México, el senador denunció a su vez a don Benjamín y a su esposa por el delito de abuso de confianza por la suma de veintitrés mil pesos. El matrimonio tuvo que comparecer ante el juez, ante quien insistieron en que ellos eran las víctimas.

El pleito se prolongaría por años. Ezequiel Padilla y su hijo, además, supuestamente desmantelaron la empresa y vendieron la mayor parte de sus instalaciones a espaldas de sus socios. El fraude se estimaba en tres millones de pesos de la época (unos 35 millones de pesos actuales). En 1970 la parte acusadora obtuvo de un juez de Tlalnepantla una orden de aprensión contra Padilla y las autoridades detuvieron en efecto a su nieto, también acusado, Alejandro Gómez Padilla. Del resultado final del caso no tengo información.

Don Benjamín cambió en 1971 su residencia a Querétaro, donde fundó y urbanizó el fraccionamiento -más bien modesto- de Los Ángeles de Santa Rosa, en Santa Rosa Jáuregui, y creó una industria alimentaria, Alimentación Familiar Apetitosa, S.A.de C.V., que fue centro de capacitación para mujeres campesinas y planta piloto para un programa nacional. La empresa tenía oficinas en la Ciudad de México, en la calle de Lago Merú número 45, colonia Granada.

Rodea, además de sus facetas como inventor e industrial, fue también, a su modo, un hombre de letras. En 1965 escribió el ensayo "Tardía respuesta a un amigo", sobre los temas de enseñanza, personalidad, honradez, felicidad y éxito. Cuatro años después publicó un libro sobre su pleito con Ezequiel Padilla, titulado Maquinación de fraude de un senador, caso Benjamín Rodea Castillo vs Ezequiel Padilla, "Pizarrones de México", S.A., de 1965 1969. Insistió sobre ese tema en sus siguientes libros: En lucha desigual contra un político (1966), Injusticias por doquier (1978), y Mi peor error, creer en el sistema (1983). Finalmente, en 1991 escribió un curioso volumen titulado Método Entusiasmo, del que se llegaron a imprimir casi 20 mil ejemplares, el cual ofrecía "desarrollar simultáneamente las energías físicas, morales e intelectuales; crea y protege la 'buena suerte'; propicia el rechazo a los vicios y se logra mucha fuerza y larga vida". Era, a decir suyo, "su último esfuerzo dentro de la modernización educativa".

Hasta ahora no he podido localizar la fecha de fallecimiento de este notable aculquense. Quizá alguno de sus descendientes o familiares pueda ayudarme con este dato y, de paso, contarnos algo más sobre él.

viernes, 25 de septiembre de 2026

La Muralla: una olvidada casa de Aculco

La avenida de los Insurgentes marcaba antiguamente el límite de Aculco por el poniente. A pesar de su carácter periférico, esta larga y recta vía conserva todavía varias construcciones de interés, especialmente en el tramo comprendido entre la avenida Hidalgo y la calle de Aldama. De dos de ellas me he ocupado ya en este blog: la casa que perteneció a don Guadalupe Reyes y la curiosa bóveda que acaso fue un antiguo oratorio familiar otomí. Hoy les platicaré de otra casa que se levanta en esta avenida y que lleva el misterio hasta en el nombre: la Muralla.

La Muralla se encuentra en el número 5 de la avenida de los Insurgentes. Actualmente está dividida en dos predios, pero originalmente formaba un rectángulo de unos 30 metros de frente por poco más de 40 de fondo. Toda la casa se desarrollaba en un solo nivel, aunque en algunas áreas contaba, bajo los tejados, con trojes que formaban una suerte de entrepiso y que tenían pequeñas ventanas rectangulares (quizá sería mejor llamares ventilas, de unos 40x20 cm) que daban hacia los patios. Quizá las habitaciones bajo estas trojes llegaron a tener un entrepiso de viguería y terrado de buena calidad constructiva, pero lo cierto es que las cubiertas de teja que llegaron a nuestros días parecen ser en general de poca calidad, con vigas delgadas, muy separadas entre sí. Quizá esto se deba a una remodelación más bien tardía.

Al exterior, la antigüedad del inmueble se advierte de inmediato en sus desgastados muros de piedra encalada. La fachada que mira a la calle presenta una particularidad: su mitad derecha sobresale unos 80 centímetros respecto de la alineación de la parte izquierda. Ambas partes quedan unificadas, sin embargo, por la misma calidad constructiva, la misma altura y el talud de cerca de un metro de altura que refuerza los muros en casi toda su extensión.

Sólo dos de los muchos vanos de esta fachada conservan sus dimensiones originales, altas y estrechas, con enmarcamientos de la misma piedra, unos a ras del muro y otros ligeramente resaltados. Se advierten también las huellas de otros vanos que fueron tapiados. A pesar de estas modificaciones, la casa conserva un marcado carácter y contribuye sin duda a enriquecer el ambiente urbano de Aculco.

La cantidad de trojes altos y bajos, corrales empedrados y caballerizas con que contó este edificio permite suponer, sin mucha duda, que en su origen fue un mesón, más dedicado, por supuesto, a la comodidad de las cabalgaduras que a la de los arrieros. La tradición oral apoya también esta idea. Aunque no tiene elementos decorativos que permitan fechar muy fácilmente su construcción, su método constructivo parece remontarse al siglo XVIII. Prueba de su antigüedad son los muchos remiendos que presentan sus muros, algunos tan viejos que su sola presencia parece envejecer aún más el edificio original.

Según la tradición, el edificio sirvió como cuartel en algún momento del siglo XIX. No me ha sido posible comprobar esta información ni precisar cuándo ocurrió: se habla lo mismo de los años de la Guerra de Independencia que de los tiempos de la Intervención francesa. Lo único que parece más seguro es que fue durante esta etapa militar cuando recibió el nombre de La Muralla, que en ciertos documentos aparece también con el todavía más poderoso apelativo de "La Fortaleza". Posiblemente, antes de las reformas que abrieron más vanos en su fachada, y cuando sus muros ciegos de la parte trasera formaban la última línea de construcciones de Aculco hacia el oeste, el edificio respondía un tanto a esos nombres.

En algún momento entre finales del siglo XIX y principios del XX, aquella "fortaleza" se convirtió en propiedad del Pbro. José Canal, cura de Aculco y filántropo en vida, que a su muerte en 1906 dejó además sus bienes para el socorro de pobres y desprotegidos. Precisamente en esta casa se pretendió establecer una especie de asilo para viudas pobres, con viviendas separadas, y quizá de entonces data cierto acomodo anárquico de algunas habitaciones. De estos años proviene el nombre de "La Beneficencia" con el que también se conoció al edificio.

El legado del padre Canal no pudo, desafortunadamente, conservarse. La verdad es que no era fácil hacerlo en los años de la Revolución y los bienes fueron mermando hasta desaparecer. En el Archivo Histórico del Estado de México existen las cuentas de esta fundación entre los años de 1914 y 1917, cuando estuvo a cargo de don Macario Sánchez y Ruiz, como patrono (1). Quizá su revisión ayude a saber qué fue lo que pasó, cómo decayó y de qué manera se liquidaron sus bienes. El caso es que la casa del padre Canal, una casa vecina a la Casa del Puente, su rancho nombrado Casellas y la misma casa de la Beneficiencia de la que hemos estado hablando terminaron por ser vendidos a particulares.

Desconozco en qué momento La Muralla se fraccionó en dos partes: la principal, hacia el oriente, y la parte de los corrales y huerta hacia el poniente, a la que sólo se puede acceder por un estrecho pasillo común que corre al sur. La primera fracción pasó a manos de don Urbano Correa Ruiz, administrador de la hacienda de Cofradía, quien la habitaba hacia 1930. Luego la adquirió -a finales de la década de 1970- don Alfredo Andrade, quien la remodeló en gran parte y en cuya descendencia se conserva. La segunda fracción fue propiedad en la década de 1960 de don Agustín Osornio Padilla y hoy pertenece al señor Enrique Alcántara y esposa.

Gracias a las fotografías que generosamente me compartió Oziel Martínez Andrade, podemos hacer un recorrido gráfico por los distintos espacios de este inmueble, algunos de ellos conservados y en pleno uso, y otros más en camino de convertirse en ruinas:

Patio sureste (marcado en rojo en el plano)

Trojes y cuartos del patio suroeste (en azul en el plano)

Patio suroeste o segundo patio (en azul en el plano)

Corral norte (verde en el plano)

viernes, 18 de septiembre de 2026

Los 27 cautivos de Arroyozarco (1806)

Después de la expulsión de los jesuitas en 1767, la hacienda de Arroyozarco quedó en manos del fisco, que primero la administró directamente a través de oficiales reales y más tarde decidió arrendarla: en 1791 a don Fernando Bueno y en 1798 a don Agustín Sánchez.La mala experiencia con este último arrendatario llevó finalmente a que se decidiera su venta en 1804, que se consumó en 1810 con el traspaso de la hacienda a los hermanos Ángel y Antonio Revilla.

Numerosas quejas se acumularon en su contra de aquel indeseable arrendatario. Al parecer, don Agustín Sánchez era un personaje autoritario y tiránico, que se sentía dueño hasta de los trabajadores de la finca -e incluso de quienes no laboraban en ella, pero pasaban por ahí- y no dudaba en maltratarlos.

El caso del que les platicaré hoy tiene que ver precisamente con eso: la manera en que apresó y mantuvo cautivo a un grupo de 27 indios para trabajar de manera forzada. Aunque el episodio es terrible y merece por sí mismo ser recordado, para la historia de Arroyozarco tuvo, por fortuna, una consecuencia inesperada: el expediente que produjo nos dejó una pequeña descripción de algunas áreas de la Casa Vieja, esa parte de la antigua hacienda que todavía se levanta, aunque en ruinas, a la izquierda de la parroquia de Arroyo Zarco.

Según la denuncia presentada el 23 de julio de 1806 por don Joaquín Martín de San Luis, gobernador de los naturales de la provincia de Jilotepec, don Agustín tenía la costumbre de

... tomar por fuerza a los indios de los pueblos inmediatos para que trabajen en sus labores con tanto exceso que, aunque vayan de tránsito con bestias, a comerciar o a otra justa ocupación, como es la de recaudar los reales tributos, no les respeta, sino que, en caso necesario, su hijo [Miguel Sánchez de la Concha], que está de administrador, y los demás dependientes hacen uso del lazo para llevarlos con violencia. Conducidos ya a la hacienda, los encierran para que salgan al trabajo, en el que los maltratan y golpean en términos que muchos se dan arbitrios para huirse, dejando abandonado el jornal de los días que han trabajado, consiguiéndose de esta suerte de parte de la hacienda el lucrar con el sudor y trabajo de aquellos infelices; y los demás que quedan detenidos, bien por el interés del jornal que han devengado o bien porque no pudieron profugarse, se les paga a razón de a real y medio, siendo el jornal corriente en la provincia por lo menos el de dos reales, y en algunas ocasiones mayor. No satisfechos los dependientes con estos excesos, cuando no se les proporcionan indios en el camino real o sus inmediaciones, se internan en los pueblos para sacarlos de sus mismas casas, que es el asilo más privilegiado que el hombre de bien puede tener".

En efecto, continuaba don Joaquín, los empleados al servicio de Agustín Sánchez habían entrado recientemente al rancho de las Tablas, de donde se llevaron amarrados a cuatro indios, y habían cometido abusos semejantes en otros ranchos, como el de la Cofradía de Calpulalpan y el Rosal. En San Andrés Timilpan habían tenido el "atrevimiento" de quemar una casita y dos hacinas (montones) de zacate y cebada, machetear los magueyes y llevarse presos a otros indios.

Aunque los hechos se denunciaron al juez del partido, sus "providencias y oficios" no tuvieron ningún efecto para terminar con esos abusos. Quizá se debía, continuaba la acusación, a que Sánchez era fiador del subdelegado, la principal autoridad político-administrativa del partido. Incluso el cura de Jilotepec, don Andrés Benosa, intervino y envió una carta al arrendatario de Arroyozarco, pero "se le contestó con desprecio que se soltarían los presos cuando se acabara la cosecha [de trigo] o se les antojara". Ante esta respuesta "provocativa e insultante", los indios de la zona comenzaron a organizarse para ir a rescatar por la fuerza a los prisioneros, de lo que logró disuadirlos el párroco. También los convenció la promesa del gobernador de viajar a la Ciudad de México para presentar su queja al virrey en busca de justicia.

Así lo hizo don Joaquín, e hizo valer como argumento la defensa de los indios que distinguía a la monarquía hispánica, por más que sus buenas leyes tantas veces se violaran, como había ocurrido en este caso:

[Estos excesos] son de mucho tamaño por tres consideraciones: la primera, porque se castiga a los indios cruelmente contra los sentimientos de humanidad, y la proteccion que en esta parte le dispensa nuestro Soberano. La segunda, porque con este arbitrio delincuente y con pagarles disminuido su jornal ses les defrauda y roba lo que se les debía pagar legítimamente por su trabajo, contraviniéndose de esta suerte a la ley de estos reinos, que habla de este particular y la tercera, porque con el encierro de la hacienda se les distrae a los infelices indios de las atenciones de sus familias, del cultivo de sus cortos sembrados, y se les hace caminar largas distancias, privándoseles del trabajo que pueden tener en las inmediaciones, con descanso, con libertad y a buen jornal. Son más agravantes estas concideraciones en el año presente, porque con la epidemia y mortandad que padeció la cabecera y sus pueblos anexos en los dos años últimos, no han cogido maíz alguno, y nececitan por lo mismo los indios duplicar sus faenas y trabajos para recompensar aquellas pérdidas.

El virrey Iturrigaray escuchó el reclamo y ordenó al administrador de Rentas de la jurisdicción, don Bartolomé Truco, que investigara el caso. El 26 de julio de 1806, Truco se dirigió con sus testigos de asistencia a la hacienda de Arroyozarco. No hallaron a don Agustín, que estaba en la capital del reino, pero sí a su hijo y administrador, Miguel Sánchez. Don Bartolomé le exigió que le entregara la llave de la galera en que estaban "presos o custodiándose" los indios. Miguel obedeció y, al abrirla, encontraron que eran más de treinta los cautivos.

Miguel justificó la acción de su padre de forzarlos a trabajar en la hacienda diciendo que "era costumbre que en esta finca se había observado desde en tiempo de los reverendos padres jesuitas". Esta afirmación, que más tarde refrendó don Agustín, no se sostenía en opinión del cura de Jilotepec, según escribió en un informe posterior: "[Sobre] que ha sido costumbre valerse de la fuerza para conseguir trabajadores, digo que en 14 años que tengo de cura en este partido, jamás había habido, ni quejas, ni clamores, ni de indios, ni rancheros, hasta que entró don Agustín Sánchez de arrendatario".

La manera en que Truco halló a los indios detenidos no sólo describe las circunstancias de su encierro, sino que también nos permite seguir su recorrido por distintas áreas de la Casa Vieja de la hacienda:

Habiéndome manifestado don Miguel Sánchez la pieza donde tenía encerrados la noche del día de ayer, los indios de que se trata, entré a ella asociado de los testigos de asistencia y vi que es un granero o troje [a] en los altos de la hacienda pasados dos corredores [b1 y b2], la cocina [c] y un pasadizo [d], la cual está enladrillada y blanqueada, bien fortificada, y en ella un montón grande de trigo en grano, y otro menor de cebada, con bastante amplitud para treinta y tantos indios que en ella hallé sueltos y sin ningunas prisiones, ni tampoco había allí cepo, grillos, ni otra especie de éstas; mas en el mismo acto me instruyó el referido Sánchez que por haber llevado los dos dias anteriores más indios, los había mandado mudar anoche a dicho troje, pero que donde habían dormido ocho o nueve días antes era en otro cuarto en los bajos de la casa; el que incontinenti le intimé me enseñara, y para verificarlo bajamos la escalera [e], y al pie de ella se halla una pieza [f] como de tres varas de ancho y siete u ocho de largo, en la cual están tres o cuatro pilas de aparejos, un palo largo de guardar sillas de montar, con otros varios trastos y sarandajas, muy [a]humada y el suelo lleno de peñascos que sobresalen de él unos más de una cuarta y otros menos, de manera que así por su estrechura como por lo aspero del suelo por las muchas piedras que tiene enterradas no es capaz que en él se acomodasen a dormir arriba de ocho a diez y muy incomodos, porque aunque a su continuación está otro cuartito [g] como de cuatro o cinco varas en cuadro sin puerta de mano, están en él unos cueros crudos de res apilados, y muy sucio y hediondo porque de noche (según se me informó), allí se orinaban y regían el cuerpo dichos indios, de manera que a la verdad donde estos dormían más parece zahúrda de lechones que habitación de gentes; bien que ni aquí tampoco se hallaron prisiones ningunas. Que de los treinta y tantos que estaban encerrados, dejé cuatro o cinco por ser, según expresaron, de las jurisdicciones de Ixtlahuaca, Tula, y otras, y puse en libertad veinte y siete que son de ésta y se hallan radicados los veinte y uno en los pueblos y ranchos del comando del gobernador de Jilotepec; cuatro del partido de Aculco, uno de Chapa de Mota, y otro de la cabecera y pueblo de Huichapan.

En los siguientes planos de 1768, aparecen los puntos mencionados marcados en rojo:

Don Bartolomé Truco no sólo liberó a los 27 infelices, sino que supervisó que se les pagaran sus jornales a razón de real y medio diario. Advirtió además que se les había hecho trabajar los dos días anteriores, que habían sido festivos. Truco se retiró al mesón de Arroyozarco para hospedarse y allí los indios liberados le informaron cómo habían sido capturados:

A unos los habian cogido leñando en el monte, a otros cuando salían a las plazas a comprar su maíz y demás víveres comestibles, a otros llendo o viniendo de tránsito por el Camino Real que pasa por entre las casas de la hacienda y las del mesón, como le sucedió a José Vicente del pueblo de Aculco, que iba con una carga de huevos para México y del camino se lo llevaron para la hacienda; y así respectivamte todos fueron violentados y forzados. Y que estas ejecuciones las ha hecho de ocho o nueve días al presente el mismo don Miguel Sánchez en compañía de sus mandones y vaqueros.

En la Ciudad de México, el fiscal protector halló estas "vejaciones tan escandalosas" que decidió proceder más allá de la liberación de los 27 indios de la provincia de Jilotepec y de los otros cuatro o cinco que Truco no había liberado por no excederse en sus funciones. Ordenó que en un lugar visible de la hacienda se colocara el bando relativo "al buen tratamiento, libertad y paga de jornales de los indios sirvientes de las haciendas". Recomendó a Truco que mantuviera su atención "a fin de conseguir el remedio en lo futuro". Condenó a Sánchez a pagar los gastos del gobernador y los procesales (estimados en 72 pesos cinco reales) y le hizo un serio "apercibimiento", tanto a él como a su hijo, "por los excesos pasados", imponiéndoles finalmente una multa de 200 pesos.

Sánchez, por cierto, se defendió diciendo que, al capturar a aquellos indios, no había hecho más que beneficiarse de las mismas "exenciones y privilegios" con que se había administrado Arroyozarco en manos de los oficiales reales, entre ellas la de "coger los vagos y hacerlos trabajar", "sin innovar la cosa más mínima de la práctica que encontré establecida". Sin embargo, todo indica que se trataba de un abuso y no de una práctica habitual.

Las quejas contra don Agustín Sánchez iban en realidad más allá del trabajo forzado y de la indebida detención de trabajadores:

Que a los indios rancheros o subarrendatarios se les han aumentado notablemente las pensiones de ranchos y pastos; que el arrendatario Sánchez y sus dependientes, atropelladamente y sin intervención de juez, cobran rentas, pastos y deudas, valuando ganados y efectos de los deudores que toman para satisfacerse; que en cuanto a los perjuicios que se dicen inferir los ganados de los indios en la hacienda, aunque no hagan más que entrar un instante en sus tierras, arrean las cabezas para ella, las encierran y para su rescate se exigen dos reales a los dueños; y, por último, que dicho Sánchez corta y vende maderas cuantas quiere, con notable detrimento de los montes de la hacienda.

Como subrayó el fiscal, aquello iba en contra de las órdenes del anterior virrey Miguel de Azanza, quien había dejado establecido:

Que el arrendatario se arreglase a la costumbre del país en las pensiones de pastos, lo cual debe entenderse sin perjuicio de los que deben dejarse libres a los indios para los ganados de su uso, que se entienden los que necesitan para sus labores y conducir sus efectos, y no para cría ni hacer comercio con ellos mismos; con prevención de que se dejase también libre a los indios el corte de leña y madera para sus usos, hogueras, fábrica de sus iglesias y casillas, dejándose horca y pendón en los árboles para que no se destruyan todos, conforme a las leyes, autos acordados de la Real Audiencia y disposiciones de la materia.

El asunto era en realidad tan escandaloso que la justicia actuó con inusual rapidez. Apenas dos meses después de presentada la acusación contra don Agustín Sánchez, en septiembre de 1806, éste acordó pagar al gobierno indígena de Jilotepec para "sufragar los gastos, atrasos, perjuicios y menoscabos que se les han originado". Satisfechos de esta manera los agravios, los representantes indígenas aceptaron desistirse y apartarse de la demanda puesta contra aquél, "quedándoles el derecho a salvo para lo sucesivo repetirlo si dicho Sánchez cometiere iguales excesos o diere lugar a nuevas quejas".

***

El caso aquí mostrado, además de aportar al conocimiento de la historia local, permite conocer los claroscuros de la justicia en tiempos de la Nueva España. Los abusos de los propietarios contra los indígenas y trabajadores existían, por supuesto. Pero también existían vías para que, con el respaldo de sus comunidades, buscaran y alcanzaran justicia y satisfacción, incluso económica. El rey, el virrey y sus oficiales sostenían un sistema paternalista hacia los indios que, si bien no era capaz de contener los excesos de los particulares, en muchos casos sí aportó medios de protección a posteriori medianamente efectivos. La abundancia de documentos en los archivos sobre quejas de los pueblos indígenas es tanto un catálogo de abusos como una muestra de la posibilidad real de combatirlos.

Irónicamente, la Independencia y, sobre todo, las reformas liberales acabaron con buena parte de esos medios de protección, al suprimir las diferencias jurídicas entre las distintas calidades de la población y privilegiar al individuo frente a la comunidad.

 

FUENTE:

Expediente formado de pedimento del gobernador de Xilotepec conta don Agustín Sánchez, arrendataio de la hacienda de Arroyo Zarco sobre perjuicios y vejaciones a los indios de quella provincia, 1806, Tierras, vol. 2191, exp.3, AGN. Disponible en: https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3Q9M-CSDL-K3S1-G?view=fullText&keywords=casas+de%2CAculco&searchForm=advanced&lang=es&groupId=M98V-B6P

viernes, 11 de septiembre de 2026

La devoción al Señor del Santo Entierro de Aculco (1743)

En el interior de la parroquia de Aculco, el primer retablo que se encuentra del lado de la epístola (derecho) llama un poco la atención al visitante medianamente conocedor, pues difiere de los demás que existen en la nave. No tanto porque tenga un solo cuerpo, en lo que coincide con el retablo frontero, sino porque es el único que adopta, con cierta libertad, el orden dórico romano y despliega cuatro columnas en su frente. Resulta así más ancho que sus vecinos. Sus columnas, además, lucen un tanto achaparradas, pues no arrancan directamente del banco como el resto, sino que se apoyan sobre un cuerpo prismático alargado que alberga un nicho donde yace la imagen del Señor del Santo Entierro. En lo alto, tiene un entablamento con dentículos y un friso adornado con motivos vegetales dorados; sobre la cornisa se levantan vasos ornamentales en los extremos. En la parte inferior, dos grandes ménsulas sostienen la mesa del altar, actualmente recortada, y entre ellas aparece el monograma de Jesucristo, JHS.

Por su configuración, es evidente que este sobrio retablo fue fabricado expresamente para albergar esta imagen. En la parte superior, entre las columnas, una vitrina guarda la del Sagrado Corazón de Jesús, escultura que, según la tradición local, costeó ni más ni menos que el bandolero conservador Lindoro Cagigas. Parece que éste ha sido también desde antiguo su lugar. Por lo menos, así consta desde 1918, hace 108 años, cuando los inventarios que conozco ya la ubican ahí. Desde entonces, el altar ha perdido solamente dos elementos: un crucifijo, del que no sabemos dónde estaría colocado, y la corona de plata de la propia imagen del Señor del Santo Entierro.

El Cristo del Santo Entierro es una imagen procesional articulada, calculo que del siglo XVIII, que servía especialmente para los oficios de Semana Santa. Mientras que el Señor de Ramos -que representa a Cristo vivo y se guardaba en el Santuario de Nenthé- era quien protagonizaba el prendimiento y el viacrucis, la imagen del Santo Entierro se colocaba en aquella gran cruz verde de brazos ondulantes, que no he vuelto a ver desde que era niño, para representar la Crucifixión. De ahí se le bajaba la tarde del Viernes Santo para colocarlo en su preciosa urna portátil de madera dorada, de la que ya les hablé antes en este texto, y salir en la procesión del Santo Entierro. Después volvía a su nicho en el altar del Sagrado Corazón hasta el año siguiente.

En algún momento, quizá por influencia externa, se volvió popular la representación de la Semana Santa con personas y las antiguas esculturas procesionales fueron perdiendo importancia. Calculo que el Cristo del Santo Entierro no ha vuelto a ser "crucificado" desde hace unos cuarenta años.

Parece ser que el Señor del Santo Entierro del templo de Aculco gozó en el pasado de gran devoción. En su nombre, alguno de sus devotos instituyó, todavía en tiempos del Virreinato, una obra pía con cierta cantidad de "bueyes, vacas y cabras". Con los frutos que produjera aquel ganado debían celebrarse en el convento "distintas misas por honras del Santo Entierro de Cristo, Señor Nuestro y que se convirtiesen los demás frutos en culto de esta santísima imagen".

Sabemos de esta obra pía gracias a que, en 1743, la Provincia Franciscana del Santo Evangelio de México reclamó al indio Gaspar Asensio, encargado del manejo y administración de sus bienes, que no hubiera rendido cuentas de ellos ni de su crecimiento y se limitara a entregar la limosna para las misas. El documento es medianamente interesante, por lo que lo transcribo aquí, esperando no aburrir a mis lectores:

México, julio 9 de de 1743 años.
Líbrese despacho sometido al juez eclesiástico de San Gerónimo Aculco para que haga comparecer a Gaspar Asensio y le notifique que dentro de seis días ponga de manifesto todos los bienes que están de su cargo pertenecientes a la obra pía que se refiere, dando cuenta de lo que ha entrado en su poder y su distribución y en caso de resultar alcance contra el susodicho, con auxilio de la Real Justicia le ponga preso y haga todas las diligencias convenientes al seguro de dichos bienes. Así lo proveyó el señor D. Francisco Xavier Gómez de Cervantes, juez provisor y vicario general de este Arzobispado. Y lo rubrico.=

Pablo Antonio de Sotomayor, vecino y del comercio de esta ciudad, apoderado del síndico general de la Provincia de el Santo Evangelio por lo tocante a el convento de San Gerónimo Aculco, como mejor proceda por derecho y con las protestas necesarias y competentes dijo = Que a cargo de un indio nombrado Gaspar Asensio en aquella jurisdicción se hallan distintos bienes de bueyes, vacas y cabras destinados para la obra pía de que se celebren por el convento distintas misas en honra del Santo Entierro de Cristo, Señor Nuestro y que se convirtiesen los demás frutos en culto de esta Santísima Imagen.-

Dilatado tiempo ha estado dicho Gaspar Asensio corriendo con la administración y manejo de estos bienes sin que hasta ahora haya dado cuentas algunas de sus productos sino sólo contribuyendo con la limosna de las misas que le ha parecido. Pero no se sabe qué productos, digo, aumentos haya, cuando según la naturaleza de los bienes debe haberlos por ser por sí fructíferos y augible; Y es m con cuyo en derecho que en razón de administración se debe compeler a el ecónomo a que dé en forma cuentas de lo que ha sido a su cargo, y las mismas disposiciones legales enseñan que cuando es sospechosa la persona de el administrador se prenda y asegure, y es innegable que por sí es dicho Gaspar Asensio persona sospechosísima.-

Pero en la presente es inngeable que se ha hecho mas sospechoso dicho Gaspar Asencio, porque llevado de su cavilosísimo genio se ha inherido en pleitos conmoviendo a varios indios del pueblo de la Concepción para empresas muy arduas y costosas como es el litigio que hoy tienen sobre punto de aranceles maltratando y vejando a los que no le han querido seguir, y es verosímil y muy natural que para el fomento de sus cabilaciones heche mano de los bienes de esta obra pía y que quede extenuada, y aún destruida.

No puede ofrecerse duda alguna en la acción que le asiste a el convento mi parte no sólo para exigir los frutos pretéritos y corrientes, y para pedir las cuentas para que lo producido se convierta en su destino piadoso, sino para solicite el seguro e indemnidad del principal para lo futuro, para que no solo no decaezca, sino que antes se aumente dicho principal, en cuya atención se ha de servir V. S.justicia mediante de mandar se me libre despacho cometido a cualquier eclesiástico que sea requerido para que haga que dicho Gaspar Asensio dé las referidas cuentas, exhiba los productos y frutos de dichos bienes, y los que existieren se secuestren y depositen a satisfacción de mi parte. Para todo por la ninguna seguridad que [...] la persona el dicho indio se asegure en la prisión primero y ante todas cosas y se impongan graves penas para su cumplimiento por lo qual a V. S. suplico así lo mande pido justicia juro [...]. Pablo Antonio de Sotomayor.

Por cierto, este documento permite entrever que hay un trasfondo adicional en la mala administración de la obra pía del Santo Entierro: la actitud un tanto revoltosa de Gaspar Asensio, quien, como se ve aquí, animaba a los habitantes del pueblo de La Concepción a mantener un pleito por el pago de los aranceles -los pagos que los pueblos de indios hacían al convento o doctrina por la atención religiosa-, que seguramente sostenían con los frailes del convento de Aculco.

FUENTE:

El documento es consultable en: https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:939Z-RR96-9S?view=fullText&keywords=Aculco%2CEvangelio&searchForm=advanced&lang=es&groupId=M9ZY-DXB