viernes, 28 de agosto de 2026

Veintitantos patios de Aculco

En la arquitectura tradicional del centro del país -heredera sobre todo de los usos constructivos mediterráneos, aunque también de ciertos modelos prehispánicos- los patios interiores son una de las constantes mejor establecidas. Aunque variaban en dimensiones, materiales, alturas y proporciones, los patios son casi ubicuos en los edificios mexicanos desde el siglo XVI hasta principios del XX, lo mismo en las casas sencillas que en los conventos, colegios, casonas y palacios. En Aculco no podía ser de otra manera y, a pesar de las muchas destrucciones en sus edificios históricos, existen todavía en el pueblo algunos patios antiguos -y unos cuantos de construcción moderna- que vale la pena revisitar en este post. Como verán, se trata de una colección variada con ejemplos de épocas y calidades distintas, que reúno aquí para que los disfruten en conjunto y, quizá, puedan inspirar a alguien. Permítanme también tomarme esta vez una licencia, pues no les mostraré aquí fotografías antiguas ni actuales de estos lugares, sino ilustraciones creadas con ayuda de inteligencia artificial (IA) a partir de fotografías de todas las épocas. La razón es simple: darles cierta uniformidad. En este blog he hecho poco uso de la IA -casi exclusivamente para colorear alguna imagen- y sé que a algunos de mis lectores más leales les incomoda su uso. Sin embargo, creo que es una herramienta extraordinariamente útil que no podemos simplemente ignorar o evitar a toda costa.

Vayamos pues a esta selección de patios aculquenses donde lo hay de todo: patios de casonas y de casitas humildes, patios de haciendas y del convento, patios antiguos y recientes, patios grandes y minúsculos, patios que existen y otros que lamentablemente desaparecieron.

El patio del convento de Aculco -es decir, su claustro- se edificó hacia 1708 e históricamente es, sin duda alguna, el más importante del pueblo. Se trata, además, el único patio antiguo dde Aculco que se halla rodeado de corredores por sus cuatro costados y en sus dos plantas. Hasta la década de 1960, como muchos otros, estuvo ajardinado. Hoy cubre el piso una combinación de adoquín y concreto. Los arcos que lo rodean son mayormente de piedra blanca y ladrillo, escarzanos en la planta baja y de medio punto en lo alto. El pretil calado con arquillos es característico de la época de su construcción. Todo el claustro estuvo originalmente aplanado y adornados con sillares fingidos, una decoración que fue torpemente destruida en distintos momentos del siglo XX. Pero el daño mayor ocurrió en 2009, cuando se le cubrió con la espantosa cubierta industrial de lámina que lo hace parecer hoy en día una vulgar bodega, lo que mutiló además los canales de piedra que desaguaban sus azoteas. En tiempos más sensatos esa cubierta deberá desaparecer.

Este gran patio, cuyo costado norte se muestra al principio de este artículo, era en su origen bastante más pequeño, pero a principios de la década dde 1970 se le ensanchó hacia el oriente y hacia el sur, eliminando para ello cocinas y trojes. El rincón que vemos aquí corresponde a los corredores antiguos, que posiblemente pueden fecharse entre los siglos XVIII y XIX. La casa en su conjunto es, sin embargo, más antigua y en un dintel reubicado se puede leer una fecha correspondiente a febrero de 1656. Como era frecuente en algunos otros patios de Aculco, un pretil separaba los corredores del patio propiamente dicho. Pueden verse, además, piedras de cantera sueltas, restos de otras construcciones perdidas, que en casos como este convertían esos espacios en pequeñas gliptotecas. Este es posiblemente el patio más notable que sobrevive en Aculco.

Construido entre 1786 y 1791, ya bajo la influencia del neoclasicismo, es un espacio sencillo y utilitario, destinado originalmente a la carga y descarga de las diligencias. Sus corredores, relativamente estrechos -con excepción del que se extiende al poniente en la planta alta-, descansan sobre pilares de cantera de molduración muy sencilla, hoy cubiertos de pintura. Aunque el conjunto parece inconcluso, pues el lado oriente carece de planta alta y habitaciones, algunos documentos sugieren que fue incendiado durante la Guerra de Independencia y que quizá de entonces date esa ausencia. Por lo demás, las modificaciones realizadas en el siglo XX sustituyeron toda la antigua viguería de madera por vigas y zapatas de concreto, una intervención que produce cierta desazón al visitante. Lo cierto es que este patio nunca tuvo la prestancia que podría esperarse al observar la fachada del edificio, resuelta con mucha mayor belleza. Se puede atribuir al arquitecto Esteban González, aunque sería José del Mazo y Avilés quien lo terminó

Hace más de treinta años, cuando conocí la hacienda de Cofradía Grande, la casa se encontraba en completa decadencia e incluso parte de este patio se utilizaba como corral. Por fortuna, fue restaurada con cuidado y hoy puede contemplarse así, con toda su hermosa sencillez puesta en valor. Como se observa, su disposición es sencillísima: un gran patio abierto, sin corredores y de una sola planta, al que se abren vanos enmarcados en cantera y de cerramiento curvo. Es de elogiar que durante la restauración se respetara esta dignidad, pues, aunque la hacienda se enriqueció con nuevas dependencias, como la capilla y el lienzo charro, la casa antigua se mantuvo en toda su originalidad, conservando así su carácter, su historia y la sobriedad que siempre la distinguió.

Este es el patio de la preciosa casa que se levanta en el número 5 de la avenida Hidalgo, antiguamente llamada "La Pechera", sin que se sepa en realidad el porqué de ese nombre. Aunque en sus corredores antiguos -al sur y al este- los pilares fueron reemplazados hace mucho tiempo por columnas y zapatas de concreto, la cubierta plana de viguería y ladrillo contribuye a conservar el aire tradicional del espacio. El corredor de la izquierda, correspondiente al lado norte, es más moderno y posee columnas de cantera que sostienen un tejado. El pretil que separa los corredores del patio, poblado de macetas, es aquí de citarilla de barro, una disposición que evoca el antiguo jardín de la plaza mayor de Aculco. En el patio, plantados en rodetes (pues el subsuelo de piedra blanca dificulta el crecimiento de las plantas), hay pequeños árboles frutales y orquídeas moradas, de esa especie antes tan extendida en los patios del pueblo.

Este patio se hallaba en la casa número 1 de la calle de Riva Palacio, una preciosa construcción que desapareció casi por completo en la década de 1980. Cuando se tomó esta fotografía, la casa ya había sido demolida y sólo permanecía en pie la arquería del patio, dispuesta en escuadra sobre sus lados oriente y sur. Al fondo asoma la chimenea del horno, todavía existente, de la Casa de los Terreros, hoy ocupada en parte por el Hotel Hidalgo. En realidad, la casa de don Abraham Ruiz y la de los Terreros formaron originalmente una sola propiedad, y sus respectivos patios constituían entonces un único espacio. Su división dio lugar, sin embargo, a historias distintas en su devenir arquitectónico: mientras la Casa de los Terreros conservó por mucho tiempo sus viejas columnas de madera del siglo XVIII, en la de don Abraham Ruiz éstas fueron sustituidas a principios del siglo XX por esta arquería de medio punto, labrada con en cantera rosa. Ya en la década de 1990, los arcos fueron desmontados y reconstruidos en una casa nueva por el rumbo de Nenthé, donde todavía se conservan. El antiguo patio, en cambio, desapareció por completo, ocupado por nuevas construcciones.

Me atrevo a decir que las ruinas coloniales más importantes de nuestro municipio son las de la Casa Vieja o Hacienda Jesuita de Arroyozarco, situadas al sur de la capilla de esta comunidad. Sólidamente construida con mampostería de piedra brasa, tezontle y cal, la fortaleza de sus muros ha impedido que caiga por completo a tierra pese a tantos años de abandono. Aunque la posibilidad parece cada vez más remota, conserva todavía la solidez suficiente para que algún día pudiera ser reconstruida. Lo que vemos aquí es el patio principal de aquella casa, en una imagen tomada desde el acceso. En primer plano aparece el arco del cubo del zaguán, desprovisto de toda molduración, como también lo están los austeros arcos de los corredores bajos que se observan al fondo. Sobre ellos se distinguen los pedestales de cantera de la planta alta que antaño sostenían sendos pilares del mismo material, hoy desaparecidos. Los escombros caídos y las yerbas y nopales que crecen entre los muros dan al conjunto un profundo aire de desolación.

En el habla aculquense, un "jacal" es una construcción normalmente aislada, cubierta de teja, que servía para las labores de los ranchos o de alguna porción específica de tierras dentro de las haciendas. Eran en cierta medida equivalente a las "galeras" que se levantaban dentro de los límites de la hacienda de Arroyozarco. Así, existe por ejemplo el Jacal de Ñadó, donde se almacenaba el carbón que producía la hacienda, el Jacal de los Terreros, que todavía se levanta, destechado, al norte de la Unidad Deportiva o éste al que llamaban Jacal de los de la Vega pues perteneció a esa familia durante buena parte del siglo XX. Los jacales se caracterizaban sobre todo porque la construcción principal era un edificio de trabajo, no propiamente habitacional, aunque normalmente se rodeaban de anexos como corrales, eras y también pequeñas viviendas. El Jacal de los de la Vega (no sé el nombre que le dan sus propietarios actuales) fue remodelado hace años con muy buen gusto, convirténdolo en preciosa casa de campo. Este pórtico da hacia el patio que se extiende a su frente, al oriente. Nótese como se ha conservado la sobriedad original del inmueble, sin añadidos de cantería o de otros materiales que con tanta frecuencia suelen desfigurar las casas que se remodelan en Aculco.Actualmente está a la venta.

Si les dijera que en esta imagen lo único verdaderamente antiguo es el brocal de pozo que se ve a la izquierda quizá pocos lo creerían, pero así es. Este es un patio que se construyó hace unas dos décadas donde antes había sólo un corral. Al levantar se la nueva construcción, se buscó sin embargo que armonizara perfectamente con las casas vecinas, que conformabn uno de los conjuntos más bellos de Aculco. En sus costados norte y oriente el patio tiene sus corredores altos y bajos con pilares de cantera y hacia el sur muestra este aspecto, donde predomina la piedra y en el que la combinación de planos, techos planos y tejados con vanos desiguales crean un ambiente acogedor y pintoresco.

Esta casa perteneció durante las primeras seis o siete décadas del siglo XX a la familia Villafuerte. Don Fidencio Villafuerte estableció en ella, hacia 1905, una pequeña fábrica de mantas y cambayas en el galerón porticado que asoma al fondo. Su patio es pequeño -abarca apenas un poco más de lo que puede verse aquí- pero es un ejemplar casi prototípico: dos corredores en L, uno mayor de norte a sur y otro muy pequeño de este a oeste; dos plantas con columnas alternadas de piedra y madera (éstas casi todas reemplazadas ya) sobre un pretil de mampostería; entrepisos de madera y cubierta de teja; pisos de ladrillo en los corredores y en el patio la piedra del subsuelo aculquense sin otro recubrimiento; un pozo sin brocal junto al lavadero; una estrecha escalera de madera torneada para comunicar las dos plantas. Aunque este patio se conserva, no se encuentra en perfecto estado. Sin arreglos profundos, quizá no llegue a sobrevivir muchos años más.

Este patio es particularmente evocador, quizá por el estado de ruina en que se encuentra su parte más antigua. Da la impresión de que sus corredores se mantienen en pie sólo gracias al grosor de sus pilares, pues todas las vigas de madera están podridas. Semejante a otros patios de Aculco, se distingue sobre todo por esa apariencia fuerte, aunque tuvo también otras gracias, hoy deslavadas por el abandono: sus zapatas de madera, los bien labrados enmarcamientos de cantera de mediados del siglo XIX y la decoración de pintura mural en tonos azules, amarillos y rosas que cubría su interior. A la derecha, más allá de la escalera que se ve aquí y ya fuera de la fotografía, sobrevive el brocal cubierto de un pozo hoy cegado. El conjunto siempre me recuerda al Corral del Carbón de la ciudad de Granada. Por desgracia, parece ya destinado, sin remedio, a desaparecer cualquier mal día.

Este patio reúne, de manera bastante armoniosa, aportaciones de distintas épocas. Su parte más antigua es el corredor bajo del costado oriente, que vemos aquí sostenido por robustos pilares de piedra blanca y rematado, hacia el sur, por un hermoso arco del mismo material. Los pilares de la planta alta, en cambio, son modernos: datan apenas de 2010, cuando el inmueble fue adaptado como hotel, y sustituyeron con acierto a otros soportes, de aspecto y materiales menos afortunados. Al fondo asoma una construcción de mediados del siglo XX que, con sus delgadas columnas de concreto, introduce una nota algo disonante. Con todo, hoy se integra mucho mejor al conjunto que cuando el inmueble funcionaba como casa habitación y sus muros mostraban un ajedrezado desafortunado. El pavimento de adoquín, por su parte, constituye un buen complemento pétreo y contribuye a dar unidad al espacio. Quizá lo único lamentable de su apariencia actual es su cubierta de lámina que intentan imitar un tejado de barro sin conseguirlo, colocada además sobre vigas de acero. La solución es, sin duda, más práctica y favorece la conservación del inmueble, pero a cambio le quita parte de su sabor tradicional.

Éste era, sin duda, el patio más elegante de Aculco, pero desapareció en la década de 1960. Parte de su cantería rosa y blanca, sin embargo, se conserva en el interior del edificio que se levantó en su lugar -la Superterraza- y en los patios de las casas números 2 y 4 de la calle de Juárez. Como puede verse en la imagen, los pilares, capiteles y pretiles seguían un modelo común en el pueblo; su verdadero interés residía en los arcos de asa, bellamente moldurados, y en la fina labor de cantería de las enjutas, molduras y cornisas que corrían sobre ellos. Como en tantos otros patios de Aculco, el espacio central no estaba enlosado, sino que se destinaba al cultivo de árboles frutales y plantas ornamentales. Lo favorecía el ligero desnivel respecto de la plaza Juárez, que permitía cubrir la piedra viva con una capa de tierra.

El patio central de la hacienda de Ñadó presenta varias particularidades frente a otros del municipio de Aculco. Su aspecto general recuerda los patios toluqueños: corredores elevados sobre el nivel del patio, columnas de fierro colado apoyadas en basas de cantería y barandales de herrería en lugar de los pesados pretiles aculquenses. Sin embargo, el tejado que cubre los corredores, el jardín central poblado de frutales y el bonito desayunador poligonal del centro le dan un aire campestre muy distinto del de las casas de aquella ciudad. Aunque pasó por años de cierto abandono, por fortuna el patio fue restaurado junto con todo el casco de la hacienda y hoy se conserva en excelentes condiciones.

Debo decir que no conozco este patio en persona y sólo puedo referirme a él por las fotografías modernas que alguien amablemente me hizo llegar. El nombre de la propiedad resulta evocador de los primeros tiempos de la colonización, cuando las tierras vacantes comenzaron a repartirse en extensiones que empleaban precisamente ese término: la estancia de ganado menor, de unas 780 hectáreas, y la estancia de ganado mayor, de unas 1,755. El edificio, construido con la piedra blanca de Aculco, fácil de extraer de las barrancas vecinas, tiene la solidez de una fortaleza. Desde el patio pueden advertirse distintas etapas constructivas; el cuerpo de pequeñas ventanas alargadas parece corresponder a la más antigua. El espacio central -el patio- luce hoy cubierto de pasto y adornado con bancas y farolas. A la izquierda, en un nivel ligeramente más alto y fuera de la vista en esta fotografía, está un sencillo corredor con tejado, sostenido por columnas poligonales de la misma piedra blanca que, por su rusticidad, recuerdan vagamente ejemplos románicos o góticos. Por fortuna, buena parte del edificio se encuentra hoy bien restaurada.

Este patio data de 1946 y 1947. Diseñado por el ingeniero Harmodio de Valle Arizpe, es uno de los pocos patios de Aculco cuyo autor puede señalarse con certeza. Siempre me ha parecido desproporcionadamente grande para el edificio que lo alberga, aunque hay que tomar en cuenta que las teorías educativas de la época insistían en la necesidad de contar con espacios amplios para que los niños se ejercitaran. Por su función escolar, el patio está completamente pavimentado con concreto, alternado con franjas de piedrecillas que forman una cuadrícula. Sus corredores, más bien angostos y construidos en concreto armado, se suavizan un tanto con la cubierta ornamental de teja y las molduras a modo de capiteles o zapatas. Al poniente -a la izquierda en la foto- se abre el cubo del zaguán, que sobresale del plano marcado por los muros de los salones de clase y se abre mediante un arco hacia el patio. Su cornisa elevada, de formas mixtilíneas, introduce una nota ornamental que subraya el estilo neocolonial del inmueble, la que se repite en el otro extremo en la cornisa del Teatro Municipal. El sol de barro colocado sobre el arco es una artesanía de alrededor de 1974 que anteriormente adornó el cubo de la escalera del Palacio Municipal.

Este patio en ruinas es sumamente sencillo y posiblemente no merecería una nota si no fuera porque su abandono permite apreciar con particular claridad su disposición, sus materiales y su antigüedad. Está edificado con la ubicua piedra blanca de Aculco y su planta es trapezoidal, debido sobre todo a las exigencias del terreno. Muy probablemente fue conformándose mediante adiciones de distintas épocas que acabaron por darle un aspecto hermosamente anárquico. Vemos los restos de un ala de dos plantas, pilares de piedra caídos o a punto de caer, un arco que no parece conducir a ninguna parte, tejados derrumbados y piedras rotas. Por supuesto, este espacio merecería una adecuada restauración o, al menos, una intervención respetuosa; pero lo más probable es que nunca llegue a tenerla y termine ocupado por una construcción moderna.

Este diminuto patio se encuentra en una de las casas que conforman el callejón que desciende del atrio de la parroquia hacia la plazuela Hidalgo. Como otros patios antiguos del pueblo, combina la cantera blanca (pilares y arcos) con la rosa (capiteles y claves). Sus corredores bajos están formados por arcos de medio punto en tres de sus costados y un muro ciego en el restante. El consabido pretil separa la zona cubierta del patio propiamente dicho. En la parte alta, a la que se llega por una escalera en parte construida en piedra y en parte en madera, no tiene arcos aunque sí pilares idénticos a los de la planta baja y cubierta de teja sobre vigas de madera. Une los pilares un pretil sumamente bajo, pensado más para colocar macetas que pare proteger de una caída, algo que se repite en muchas casas de Aculco.

Éste es otro de esos patios de aspecto anárquico y pintoresco que con tanta facilidad pueden formarse en Aculco utilizando apenas piedra blanca, madera, ladrillo y teja. Es fácil advertir que fue tomando forma mediante añadidos sucesivos de distintas épocas y desigual calidad. Así, encontramos muros de mampostería irregular junto a otros de sillares mejor cortados -sobre todo en el cuerpo de dos plantas-; pilares cuadrados de piedra blanca, de distinto grosor y dispuestos sin un ritmo aparente; otros poligonales y mejor tallados; columnas de madera, y escaleras tanto rectas como en abanico. Resulta curioso que, en contraste con este desorden, la fachada principal del inmueble sea ordenada y esté bien diseñada, con cierto aire italianizante.

A fines del siglo XIX y principios del XX, la "modernidad" arquitectónica llegó a Aculco de una manera muy sutil, con formas más clasicistas que eclécticas y sin expresarse casi nunca en edificios con elaborados trabajos de piedra que pudieran calificarse claramente como porfirianos. Recuérdense obras como el reloj público (1904) o el basamento del kiosco (1889), que pertenecen a esa modernidad, pero parecen concebidos para prolongar la sencillísima arquitectura de Aculco y no para competir con ella. Algunas casas del municipio incorporaron elementos de este nuevo gusto, como una que ya hemos visto páginas atrás, la de don Abraham Ruiz. En la hacienda de Cofradía, hacia 1905 se construyó el portal de arcos de la fachada, mientras que el patio recibió la ornamentación que vemos aquí: esbeltas columnas toscanas de cantera blanca, con basas y capiteles de cantera rosa. Aunque hoy están pintados de rojo, se reconocen también elementos mucho más arraigados en la arquitectura de Aculco, como los pretiles que separan el patio de los corredores. En los muros del fondo se observan los notables murales de Ernesto de Icaza que dan fama a esta propiedad.

Este patio, ubicado en una casa de la Plaza de la Constitución, es un buen ejemplo de la armonía que pueden alcanzar aportaciones de distintas épocas en un mismo edificio aculquense. Véase, por ejemplo, el cuerpo de piedra blanca de dos niveles que aparece a la izquierda de la imagen y que podríamos llamar torrecilla: la planta baja data de tiempos coloniales; la segunda, de la década de 1950, y el pretil almenado, de hace menos de diez años. En sus pequeños corredores, esta construcción alterna pilares de cantera en el nivel inferior y columnas de madera en el superior, una disposición tradicional de Aculco que todavía puede verse en la portería del antiguo convento y que aquí se recuperó con acierto. También el piso de lajas fue común en el pueblo, con ejemplos notables en el atrio de la parroquia, el Molino de Arroyozarco y la casa número 2 de la calle de Juárez. Un elemento ajeno a la tradición local, pero que se integra sin estridencias, es la fuente de construcción reciente: en el municipio son muy escasos los ejemplos antiguos. Este patio conservó por algún tiempo unos cuantos vestigios de su antiguo origen como tenería (es decir, curtiduría): tinajas y canales tallados directamente en la roca madre.

Durante muchos años desconocí la existencia de este patio, ubicado en la casa de la esquina de Comonfort y Corregidora. Lo primero que llama la atención son los gruesos muros de piedra blanca que lo separan de las casas vecinas y le dan un precioso marco. Luego están sus arcos encalados, de poca altura y aspecto un tanto conventual, acompañados del tradicional pretil. En la planta alta, en cambio, sólo hay pilares que sostienen el tejado. Son seguramente una adición posterior, pero no restan armonía al conjunto. A veces pienso que otras pequeñas casas aculquenses debieron de tener patios semejantes a éste, perdidos con el tiempo entre destrucciones, abandono, modernizaciones, subdivisiones y otras desgracias.

El edificio del Despacho -llamado en el siglo XVIII "casa del mayordomo"- es uno de los más importantes de la antigua hacienda de Arroyozarco. Su patio se encuentra actualmente desprovisto de corredores y con algunas construcciones parásitas apoyadas en sus muros, pero antiguamente tuvo en sus costados vastos pórticos con cubierta de viguería, sostenidos por grandes columnas de madera que descansaban sobre basas poligonales de tezontle rojo. Algunos restos sobreviven desarmados in situ, pero sólo gracias a una fotografía de la década de 1980 —cuando los peregrinos de Querétaro adquirieron el edificio— podemos conocer con precisión el aspecto que tenían, aunque para entonces se encontraban ya próximos a la ruina. Es una verdadera lástima que un patio tan original se haya perdido.

***

Hasta aquí nuestro recorrido, necesariamente incompleto, por los patios de Aculco. Como hemos visto, no existe propiamente un modelo único de patio aculquense, pero sí una manera muy reconocible de construirlos: piedra blanca y rosa, madera, ladrillo y teja; corredores y pretiles; árboles, macetas y, de vez en cuando, algún pozo o una fuente. Quizá su mayor encanto esté precisamente en que rara vez fueron espacios concebidos de una sola vez. Crecieron con las casas, recibieron añadidos, perdieron otros, cambiaron de materiales y de usos y terminaron por reunir, a veces con orden y otras de manera hermosamente anárquica, varios siglos de historia. Algunos han llegado hasta nosotros casi intactos, otros han sido transformados con mayor o menor fortuna y muchos sólo sobreviven en fotografías. Ojalá los que quedan sigan siendo patios y no se conviertan, como ha ocurrido tantas veces, en habitaciones, cocheras o simples metros cuadrados disponibles para construir.

viernes, 7 de agosto de 2026

Dos promesas de matrimonio y una hija ilegítima (1800-1801)

En el otoño de 1800, la viuda criolla Luisa Manuela González, habitante de la ranchería de Ruano -entonces dentro de la jurisdicción de Aculco y hoy de Polotitlán-, escribió una curiosa carta a su madrina, Lorenza de Chávez, vecina del mismo lugar, para excusarse de concederle la mano de su hija María Josefa García al vástago de ésta, José Miguel Ortiz. La breve misiva, escrita con un curioso sentido literario y ciertas alusiones cultas al rey Salomón y a san Agustín rezaba así:

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Sra. Dña. Lorenza de Chávez.
Octubre 31, [1]800

Muy estimada y venerada madrina de toda mi estimación y particular afecto. De gran regocijo será para mí que ésta halle a V[uestra] m[erced]. con la muy cumplida salud que mi fino amor le desea, en amable unión de su muy noble familia para ejecutar órdenes de su mandado.
Mi más estimada señora: quisiera en la ocasión tener la pluma de un san Agustín y la ciencia de un Salomón para poder contestarle a Vm. sobre el asunto del negocio que tenemos conpautado, pues quisiera yo en la ocasión ser ella para poder complacer a Vm., pues el señor pretendiente es muy merecedor de la princesa de Castilla, pero también bien sabe Vm. que sólo para eso tienen libertad los hijos, y yo me acojo a la gran voluntad de Dios, el que no conviene, pues de haberse efectuado el negocio me prometía yo los más encendidos regocijos que el alma aspira y por cuanto no se pierda tiempo, hago ésta para que en mi nombre participe a Vm. cómo ha sido para mí tan amarga la noticia pues dice aquel adagio que no se mueve la hoja del árbol sin la voluntad de Dios, a quien le pido GLB de Vm. los años de mi deseo para que con imperio le mande a su afectísima señora y ahijada que su M[ano] B[esa].

Luisa Manuela de González.

La negativa enojó a doña Lorenza, pues ella misma había tratado tiempo atrás el matrimonio de los jóvenes tanto con su ahijada como con la hija de ésta. Según declaró al párroco de Aculco, don Luis Carrillo, había platicado con la novia y le había expresado: "Mi alma, mi hijo Miguel me ha dicho que te quieres casar con él y que además de la palabra tienes prenda suya y él tiene otra tuya, por lo que si es así, mírate bien ello". La joven le respondió que era cierto, que le tenía dada palabra y que habían intercambiado prendas como símbolo de promesa. Tan firme era su deseo de contraer matrimonio, que dijo que lo haría "aunque su madre no quisiera".

Con esa confianza -continuaba doña Lorenza- su hijo había emprendido un largo viaje hacia Zacatecas, pues era de oficio arriero. La novia le había asegurado "que aunque retardara un año en el viaje lo esperaba" y que "estuviera cierto que con él se casaba". Pero entonces, cuando intentaba formalizar el compromiso, habia recibido aquella carta que le daba el no.

¿Qué había sucedido?, ¿por qué habían cambiado de opinión?

Doña Lorenza sospechaba que el motivo era un hombre llamado Pedro (o José Pablo) Xaques (o Xaque, con ortografía moderna sería Jáquez), originario de Durango, quien le impedía casarse, porque "éste tuvo incontinencia con la citada, de lo que me parece hubo prole". Se refería a que en el pasado Xaques y María Josefa habían vivido en amasiato, por lo que se les había conducido ante el juzgado secular, donde declararon que no tenían intención de casarse, por lo que el juez ordenó a Xaques que "ni por pensamiento" volviera a la casa de doña Luisa. No obstante, decía doña Lorenza, "tan al contrario lo ha hecho éste, que el dicho Pablo se vive en la casa de Marcelino González y ella; luego que la recua viene de viaje se muda a la casa del dicho Marcelino, y allí lo peina [a Pablo Xaques], lava y hace todos los oficios de mujer propia, por lo que creo" -concluía- "que el dicho Pablo le ha evitado se case con mi hijo". Su temor real era, enfatizaba, que "llegue mi hijo y haya una desgracia". Es decir, que la sangre llegara al río. Para resolver el asunto, doña Lorenza pidió que el cura llamara a María Josefa y la interrogara para saber si era su voluntad libre casarse o no con Miguel.

El 3 de diciembre siguiente, María Luisa compareció en Aculco ante el sacerdote y la autoridad civil. En su declaración reconoció que le había dado palabra de casamiento a Miguel Ortiz, "pero que no se lo dijo de corazón y que lo hizo llevada de que todos los días le decía qué consuelo le daba". Y que aunque tenía en su poder un anillo "de tumbaguita" que le pertenecía al novio, éste no le había expresado que se lo daba "en señal de esponsales". Sobre su relación con Pablo Xaques, seguró que no era ella, sino su madre Luisa González quien iba a atenderlo como había contado doña Lorenza. También declaró que había recibido algunos otros objetos de Miguel: "tres pesos en reales", unos zapatos, una "paca de colación" y otras "cosas de fruta" que al principio no le había querido recibir y que sólo por su insistencia había aceptado. Lo más importante: aseguró que "no es su ánimo casarse con él", pero en cambio sí con Xaques, "si él condescendía".

Mientras se resolvía el asunto, se puso a María Josefa en depósito, incomunicada, en una de "las principales casas de este pueblo": la del juez real don Miguel Gregorio Ronquillo.

Casi para terminar el año, el arriero Miguel Ortiz regresó al pueblo. Declaró también ante al juez que María Josefa le había dado palabra de matrimonio y que no había duda en ello ni en el anillo que le había dado como promnesa: "le dije que en señal de que era cierto, me recibiera aquel anillo y me diera la mano, lo que prontamente recibió y me dio su mano, con lo que quedé yo satisfecho en que estaba concertado el matrimonio". Pero no sólo eso. El día que a través de su madre le habría mandado unos zapatos "que le recibió sin repugnancia", la joven "se salió por haberla yo llamado y se vino a la pieza donde yo estaba, y tuve acto carnal con ella". Al día siguiente le había refrendado su promesa y que ella "se casaría conmigo y que en caso ofrecido, ella se habría de hablar ante cualquier juez y no podrían forzarla ni los suyos ni el dicho Xaque, pues éste no había sido hombre para remediarla" -es decir, que Xaques no se había querido casar con ella, pese a que se le había entregado.

Nuevamente se llamó a declarar a María Josefa sola, separada de la influencia de su madre. Sin embargo, ella declaró que todo lo dicho por su amante Miguel Ortiz era cierto, pero que simplemente no era su voluntad casarse, porque "está prendada con Pablo Xaques, que sólo que éste rescindiera desde luego se casaría con éste". Miguel Ortiz se resignó y sólo expresó por "voluntad y en obsequio de la paz" que sacaría testimonio de haber quedado libre su promesa "para poder contraer matrimonio con quien quiera" y pidió que la mujer le devolviera seis pesos que le había dado. Finalmente los amantes fueron careados y juntos desistieron de su promesa ante el juez.

Luego se tomaron providencias respecto al "ilícito comercio" carnal entre María Josefa y Pablo Xaques. Dado que ella había declarado que se había comprometido con él, las autoridades dispusieron que continuara en depósito en casa del juez, "para que así logre el disponerse y prevenirse a recibir un sacramento", el del matrimonio. Por su parte, Xaques -sin que al parecer se le haya interrogado- partió el 7 de febrero de 1801 hacia Durango con la excusa de obtener el consentimiento de su tutor, don José Antonio Alvisuri. Pero, ¡oh sorpresa!, llegó el mes de junio y el novio no volvía. Peor todavía: María Josefa estaba embarazada. Ella había continuado en depósito en la casa del juez, pero a finales de julio se decidió trasladarla a la casa de don Francisco Basurto y su esposa María Luisa Garfias, "inter sale de su parto".

No hay registro de que alguna vez Xaques haya vuelto de Durango, ni por supuesto de que se haya casado con María Josefa.

María Josefa dio a luz a una niña el 12 de agosto de 1801. Se le bautizó con el nombre de María Clara de Jesús, como hija natural y sin mencionar al padre, puesto que no estaba ahí ninguno para reconocerla.

 

FUENTES:


1. "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:9396-1QSX-4P?cc=1837908&wc=MGX1-GPD%3A164300601%2C164305102%2C166049901 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Información matrimonial 1769, 1772, 1776, 1778-1779, 1781-1841 > image 360 of 376; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).
2. "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:939X-D1Q1-F?cc=1837908&wc=MGV4-FM9%3A164300601%2C164305102%2C164587001 : 6 October 2022), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Bautismos de hijos legítimos 1789-1802 > image 600 of 623; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).

viernes, 31 de julio de 2026

La suspensión del culto católico en Aculco en 1926

La Constitución de 1917 había establecido diversas restricciones a la actividad de las iglesias: prohibía las órdenes religiosas, limitaba la enseñanza religiosa y las manifestaciones públicas de culto, impedía a las iglesias poseer bienes inmuebles y sometía a los ministros a una estricta regulación por parte del Estado. Aunque durante varios años muchas de estas disposiciones se aplicaron de forma irregular, su cumplimiento se endureció a partir de 1926.

Ese año, el presidente Plutarco Elías Calles (1924-1928) decidió aplicar con rigor las disposiciones anticlericales de la Constitución y promulgó una ley que establecía sanciones penales para quienes las infringieran. La nueva legislación endureció de manera considerable el control del Estado sobre la vida religiosa y el ejercicio del ministerio sacerdotal.

Como respuesta, el episcopado mexicano tomó una decisión sin precedentes en la historia del país: el 25 de julio de 1926 anunció que el culto público se suspendería en todo México a partir del último día del mes. De un día para otro, miles de templos cerraron sus puertas y dejaron de celebrarse misas, bautizos, matrimonios y funerales religiosos. Para una sociedad profundamente católica, el impacto fue enorme.

La Iglesia esperaba que la presión social obligara al gobierno a dar marcha atrás. Calles, en cambio, recibió con satisfacción el cierre de los templos. Convencido de que la medida terminaría por debilitar a la Iglesia, comentó al diplomático francés Ernest Lagarde que por cada semana sin culto perdería el dos por ciento de sus fieles. Calculaba que, en un año, México dejaría de ser un país católico.

La reacción popular al cierre de los templos tuvo dos vertientes principales. La primera fue pacífica: un boicot económico promovido por organizaciones católicas, que llamaron a la población a reducir al mínimo sus compras, evitar espectáculos y diversiones, y abstenerse de consumir productos o servicios que generaran ingresos al gobierno. La segunda fue violenta: un amplio levantamiento armado, predominantemente campesino, que surgió de manera espontánea y sin una dirección unificada y que durante casi tres años puso en jaque al gobierno en la llamada Guerra Cristera (1926-1929).

Al cerrarse los templos el 31 de julio de 1926 -hace exactamente cien años-, los edificios y todos los bienes destinados al culto fueron entregados a juntas vecinales creadas para ese propósito, conforme a las instrucciones del Gobierno federal.

En Aculco, la entrega y el inventario se realizaron precisamente ese día. En presencia del presidente municipal, Juan Lara, y del secretario del Ayuntamiento, Mateo Ruiz, el padre José Soto, cura encargado de la parroquia, entregó el templo, sus anexos, la capilla de Nenthé y todos los bienes destinados al culto a una junta integrada por destacados vecinos del pueblo: Santiago Lozano; Loreto y Domitilo Alcántara; Alfonso de la Cueva; Hesiquio Morales; Benjamín Ruiz; Guadalupe Lara; Macario y Epifanio Sánchez y Ruiz, y Jesús Sánchez R.

El acta levantada con ese motivo, que aún se conserva en el Archivo Municipal de Aculco (1), dice así:

En el curato de la parroquia de Aculco del Distrito de Jilotepec en el Estado de México, á las cuatro de la tarde del día treinta y uno de julio de mil novecientos veintiséis, reunidos los C.C. Juan Lara, Presidente Municipal, Mateo Ruiz Secretario del H. Ayuntamiento, Santiago S. Lozano, Loreto y Domitilio Alcántara, Alfonso de la Cueva, Hesiquio Morales, Benjamín Ruiz, Guadalupe Lara, Macario y Epifanio S. y Ruiz, Jesús Sánchez R. miembros de la Junta encargada de recibir el templo y sus demás dependencias, cuya Junta intervino en la recepción ó aviso que diera el Sr. Cura Don José Soto al hacerse cargo del templo de esta Cabecera el tres de mayo del corriente año, se procedió al acto por medio del inventario por el cual el C. Presidente recibió del Sr. Cura el repetido templo, habiendo resultado todo de conformidad y dándose por recibidos los citados miembros, protestando cumplir fielmente con su encargo.

Se dió por terminado el acto con la entrega que se hizo de las llaves correspondientes, levantando para constancia la presente acta que firmaron los de la Junta conmigo y el Secretario. Doy fé.

[Firmas]

A su vez, el inventario levantado con ese motivo e incorporado como anexo al expediente del cierre incluye el siguiente listado de bienes:


INVENTARIO por el cual el C. Presidente Municipal de este lugar hace entrega á la Junta del templo de esta Cabecera con todo lo que á dicho templo pertenece.

10 Candeleros estriados de metal amarillo de 75 cent. tamaño.
8 Id. grandes id. medio uso.
8 Id. metal forma antigua de 55 cent.
2 Id. medianos desiguales.
40 Id. medianos varios tamaños.
1 Id. de tres brazos, en buen estado.
1 Id. de tres brazos, quebrado.
1 Escultura de San Jerónimo arriba del trono.
2 Ángeles de adoración en el altar mayor.
1 Imagen de la Santísima Virgen del Cármen.
2 Ciriales y un crúz alta.
1 Rodaja con campanillas.
1 Cuadro grande de Sn. Antonio tamaño natural pintura antigua mala.
2 Lámparas colgantes. [manuscrito: una quebrada]
7 Florero de vidrio, azules. amarillos y dos blancos.
1 Tabernáculo con su cortina de felpa en el trono.
1 Cortina razo blanco en el trono.
1 Sagrario nuevo.
2 Sillones muy usados.
2 Barandal de fierro en su comulgatorio.

ALTAR DE LA PURÍSIMA.

1 Nicho con vidiriera, depositando la escultura de la Purísima.
3 Esculturas de Sr. Sn. Joaquín, de Sra. Santa Ana y de Sn. Francisco de Asís.
1 Sagrario viejo.
1 Santo Cristo con peana de toda de metál.
1 Pilar con depósito de los Santos Oleos.
1 Id. con un relox de sala.
ALTAR DE SR. SN. JOSÉ.
1 Nicho con vidiriera con la escultura de Sr. sn. José.
2 Ramilletes luminares de siete luces.
4 Candeleros estriados medianos.
1 Crucifijo metal amarillo de 25 cent.

ALTAR DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES.

1 Nicho con vidiriera depositando la escultura de la Virgen de los Dolores con auréola deplata y espada del mismo metal. [manuscrito: la auriola es bronce]
1 Escultura de Sn Juán.
2 Id, de la Magdalena.
1 Crucifijo grande arriba con corona de plata.
1 Crucifijo mediano de madera.

ALTAR DE LA MILAGROSA.

1 Nicho con vidiriera depositando la escultura de la Milagrosa.

ALTAR DE LA SAGRADA FAMILIA.

1 Nicho plano con vidiriera, depositando al Niño Dios, en miniatura.
1 Escu,tura de Sr. Sn. José arrodillado.
1 Id. de la Sma. Virgen arrodillada.
1 Cricifijo chico.

ALTAR DEL SAGRADO CORAZON DE JESUS.

1 Nicho con vidiriera, depositando la escultura del Sdo. Corazón de Jesús.
1 Escultura del Santo Entierro.
1 Crucifijo.

ALTAR DE SAN JUAN NEPOMUCENO.

1 Nicho con vidriera, depositando la escultura de Sn. Juán.
1 Escultura del Sr. de la Resurrección.
1 Id. de Sn. Antonio.
1 Crucifijo metal chico.

ALTAR DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE.

1 Cuadro grande forrado de yarda con la imagen de Ntra. sra. de Guadalupe sin vidiriera.
2 Esculturas de Santos viejos.
1 Nicho con vidiriera, depositando la escultura de Sn. Luis Gonzaga.

DIVERSOS.

2 Esculturas de Jesús Nazareno en sus repisas muy viejos.
9 Id. viejas de varios Santos en su repisa.
1 Cuadro lienzo con marco dorado de San Diego.
1 Misterio para posadas. [manuscrito: dentro del cuarto de ?].
14 Cuadros viacrucis en el interior del templo.
1 Escultura grande del Sr. del Coro.
3 Palabreros con vidrio para el altar mayor.
5 Confesionarios uno de ellos en la capilla de Nenthé.
5 Atriles cedros.
6 Palabreros en los altares.

SACRISTÍA.

3 Cálices de plata con sus patenas y cucharitas, excepto uno que no tiene patena ni cucharita.
1 Copón de plata con su capillo.
1 Custodia de plata.
1 Relicario de plata forma de Ánfora.
1 Platillo de plata para la comunión.
1 Incensario de plata usado.
1 Incensario de latón muy usado.
1 Fierro para hacer hostias.
1 Naveta de plata usada.
1 Id. de plata chica rota del pié.
2 Asetres de metal.
1 Recortador de hostias chico.
1 Bandeja de cobre para lavamanos.
3 Misales medio uso.
1 Tomo grande, breviario.
3 Misales viejos. [manuscrito: repetido].
1 Crucifijo madera de un metro de tamaño.
3 Misales viejos.
1 Cuadro grande en que está el apostolado.
1 Cajonero grande en que están los hornamentos.
2 Cuadros con el profeta y la Virgen.
4 Cuadros ovalados de Sn. Juán Nepomuceno.
1 Cuadro de Ntra. Sra. de Guadalupe (antiguo).
1 Cuadro de Sn. Luis Gonzaga con marco de yarda.
1 Id. de la Santísima Trinidad.
6 Retratos en lienzo de curas propios.
1 Par vinajeras.
3 Reclinatorios barnizados de azul.
2 Id. sin pintar.
3 Alfombras viejas.

ORNAMENTOS BLANCOS.

1 Ornamento blanco compuesto de casulla y dos dálmicas.
3 Casullas útiles.
3 Id. usadas.
1 Dálmica usada.
3 Capas una regular y dos usadas.
2 Palios uno nuevo y el otro viejo.

ENCARNADOS.

1 Ornamento nuevo con capa, casulla y dos dálmicas.
1 Capa.
3 Casullas regulares.
3 Casullas usadas sin habilitación.
3 Dálmicas viejas.

NEGROS.

1 Ornamento nuevo [tachado] para tres ministros con capa.
2 Casullas muy usadas.
2 Ornamentos viejos para tres ministros, sin estola.
2 Casullas.

VERDES

4 Casullas medio uso.
1 Capa vieja.

MORADOS.

1 Ornamento medio uso.
1 Id. paratres ministros.
2 Capas.

AZUL.

1 Casulla nueva con habilitación.

OBJETOS VARIOS.

3 Albas en regular estado.
2 Amitos y dos síngulos muy usados.
22 Manteles viejos de distintos colores.
2 Manteles nuevos y dos para el comulgatorio.
1 Cortina de razo en el Sagrario, pintada.
8 Opas viejas para los acólitos. [manuscrito: falta una].
1 Armonium grande en el coro.
1 Vía=Crucis en el claustro.
4 Mesas grandes para altares.
4 Bancas sin respaldo.
3 Bancos grandes con respaldo.
1 Biblia incompleta.

PARA LA VELA PERPETUA.

8 Reclinatorios y siete vasos para aceite. [manuscrito: ojalata].
1 Estandarte de razo blanco.

BAUTISTERIO.

1 Cajita de madera con crismeras de vidrio y tapón de plata.
1 Fuente bautismal.
1 Platillo con dos anforitas para los santos óleos.
1 Cota con estola y una cajita de madera con ánforas.

CASA CURAL.

1 Mesa grande con cuatro cajones.
1 Banca.
1 Mesa chica para la asistencia de la comida.
1 Trastero.

TROJE DEL DIEZMO.

1 Saranda para cernir maíz.
1 Cricifijo.

EN LA CAPILLA DE NENTHE.

1 Cricifijo con la imagen del Sr. de Nenthé.
1 Imagen de la Santísima Virgen de los Dolores.
1 Cuadro de la Virgen del Cármen.

Aculco, julio 31 de 1926.

ENTREGUE.

Presidente municipal
[FIRMA]
RECIBIMOS.
Los miembros de la Junta.
[FIRMAS]

 

La tradición local señala además que algunas de las piezas más valiosas de la parroquia, tanto vasos sagrados como pinturas y esculturas, no fueron inventariados y se entregaron a algunas familias del pueblo para su resguardo, debido a la desconfianza que se tenía hacia el gobierno. Las piezas egresaron al templo al finalizar el conflicto.

El padre Soto, oculto y protegido por vecinos de Aculco, permaneció dentro del territorio de su parroquia casi todos estos "tiempos calamitosos", como él los llamó. Los libros parroquiales muestran que, pese a la persecución emprendida por el gobierno, continuó administrando los sacramentos a su feligresía de manera clandestina en el propio Aculco, en Dañú (estado de Hidalgo) e incluso en la Ciudad de México. De hecho, una denuncia informó al presidente municipal de San Juan del Río que, a lo largo de 1927, el sacerdote había celebrado en secreto misas, matrimonios y bautizos en Aculco y Polotitlán. Las autoridades ordenaron entonces su aprehensión. El capitán segundo José Montoya intentó capturarlo en el poblado de Canalejas, municipio de Jilotepec, pero no logró encontrarlo. (2)

Entre los matrimonios que celebró el padre en la clandestinidad, estuvo el de don Alfonso Díaz de la Vega con doña María del Refugio Salgado, que apadrinó don Ignacio Espinosa, el 19 de noviembre de 1928 en la capital del país, en una casa de la calle de Santo Tomás (2.5)

Aunque la rebelión contra Calles no alcanzó en esta región la intensidad que tuvo en Guanajuato, Jalisco o Michoacán, por sus caminos también rondaron pequeños grupos de rebeldes cristeros, entre ellos los amealcenses Gerardo Perusquía y Salvador Granados (3). En noviembre de 1927, las fuerzas cristeras al mando de Favila, Mendoza y Ocampo ocuparon Aculco al frente de unos ochocientos hombres (4). Se dice también que Gabriel Chávez, revolucionario villista oriundo del pueblo, se unió a la causa cristera. Ya les he contado antes la historia de otro aculquense que participó en esta guerra: el general José Riverón. Él, sin embargo, combatió en el bando federal y lejos de su tierra, en el estado de Jalisco.

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En esos mismos años ocurrió además en el municipio de Aculco un episodio de violencia en el que confluyeron dos conflictos distintos: el agrario, provocado por las demandas de restitución de tierras de los pueblos, y el religioso, al que me he referido en estas líneas.

En 1928 apareció en varios pueblos de la región un sacerdote disfrazado de paisano que se hacía pasar por tratante de vinos (quizá el Pbro. Miguel Chavarría, cura de Nopala o el Pbro. Francisco G. Hernández, sacerdotes que consta impartieron sacramentos en pueblos del municipio en estos años). Al llegar a Santiago Toxhié parece haber revelado su verdadera identidad. El hecho quizá no habría tenido mayores consecuencias, pues el pueblo era mayoritariamente católico y la presencia de un sacerdote dispuesto a administrar los sacramentos era bien recibida. Sin embargo, durante una misa pronunció un sermón contra el reparto agrario. Ante aquellos vecinos, firmes agraristas que habían estado entre los primeros de la región en obtener la restitución de sus tierras comunales en 1916 y que buscaban ampliar el reparto a expensas de la hacienda de Ñadó, calificó la expropiación de los latifundios como un robo. Sus palabras provocaron tal indignación que, cuando abandonaba el pueblo, fue detenido y encerrado en un gallinero.

La noticia del secuestro llegó pronto a Aculco. Primero partió un grupo de mujeres con la intención de convencer pacíficamente a los habitantes de Toxhié de liberar al sacerdote. Poco después salió un contingente de hombres armados a caballo, encabezado por don José Díaz Herrera y reforzado por empleados de la hacienda de Ñadó, entre ellos el administrador Pedro Mondragón Buenavista y Toribio Peralta, que emprendió el ascenso al cerro donde se encuentra el pueblo. El enfrentamiento fue violento. A tiros y hondazos se libró una verdadera batalla campal en la que murieron los vecinos de Toxhié Benigno de Jesús y Faustino Rodríguez. Los hombres de Aculco y de Ñadó lograron rescatar ileso al sacerdote, pero posteriormente fueron denunciados ante la Secretaría de Gobernación y, por temor a represalias, algunos de ellos —entre ellos el propio Pedro Mondragón— tuvieron que abandonar la región durante varios años (5).

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¿Cuál era el sentir de los aculquenses ante la persecución religiosa emprendida por el gobierno de Calles? Se conservan pocos testimonios escritos que permitan responder esa pregunta. Uno de ellos pertenece al padre José María Basurto, sacerdote josefino nacido en Aculco. En una carta fechada en la Ciudad de México el 20 de enero de 1929, dirigida a su sobrina Mercedes Arciniega, escribió:

Deploro en el alma las necesidades de ese mi pueblo, tan querido para mi; las hago mías, y cumpliré con su encargo de pedirle a Dios el remedio de ellas. Que después de haber soportado hasta aquí tan dura prueba, solo Dios sabe lo que todavía tengamos que sufrir, porque el Señor no se aplaca, ni quiere, porque no se quita la causa que ha provocado su indignación divina, que es el pecado; antes por el contrario , las costumbres se pervierten cada día, la inmoralidad es un lujo, los crímenes se multiplican, la Fe se debilita, y no se teme al Señor ni se le aplaca. ¿A dónde iremos a parar? (6)

Para entonces, las negociaciones entre la Iglesia y el gobierno para poner fin a la guerra ya estaban en marcha. Finalmente, en junio de 1929 ambas partes alcanzaron un acuerdo, conocido como los Arreglos. En él se pactaron el fin de la rebelión armada, una amnistía general, la reanudación del culto y el compromiso de los sacerdotes de acatar la ley, una obligación cuyo cumplimiento las autoridades vigilaron con escaso rigor. Muchos combatientes cristeros que depusieron las armas se sintieron traicionados, pues no fueron consultados durante las negociaciones y las disposiciones anticlericales de la Constitución permanecieron intactas. Para agravar ese sentimiento, varios de ellos fueron asesinados después de entregar su armamento.

En Aculco, como en muchas otras poblaciones del centro del país, el fin de la guerra no borró de inmediato las heridas. Durante buena parte de la década de 1930 continuaron las tensiones entre las autoridades y una población mayoritariamente católica, aunque poco a poco la vida religiosa fue recuperando la normalidad y el conflicto quedó como un recuerdo imborrable para quienes lo habían vivido.

 

FUENTES:


1. Actas de entrega de la Parroquia de Aculco e Inventarios. Archivo Histórico Municipal de Aculco. Asuntos Eclesiásticos. Año de 1926.
2. Nota 204 del Agente Federal de Hacienda en esta, solicitando informes acerca de los actos de violación a las leyes en materia de culto externo, denunciados por el presidente municipal de San Juan del Río. Diciembre 23 de 1927. Secc. Justicia. Caja 1. AArchivo Histórico Municipal de Aculco.
2.5 "México, México, registros parroquiales, 1567-1970," database with images, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:939X-DBCY-Z?cc=1837908&wc=MGVW-923%3A164300601%2C164305102%2C168455801 : 21 May 2014), Aculco de Espinosa > San Jerónimo > Matrimonios 1912-1945 > image 275 of 563; parroquias Católicas, Estado de Mexico (Catholic Church parishes, Estado de Mexico).
3. Ellos y sus 29 hombres se rindieron el 26 de julio de 1929. García Ugarte, Marta Eugenia. Los católicos y el presidente Calles, en Revista Mexicana de Sociología. UNAM. Vol. 57. No. 3 (julio de 1995). Pág. 151.
4. Meyer, Jean. La Cristíada. México, 1998. Siglo Veintiuno Editores. Tomo 1. Pág. 207.
5. Se ha reconstruido este hecho con base a lo que narraron a Javier Lara Bayón sus abuelos (el señor Napoleón Lara Rodríguez y su esposa María Mondragón de Lara), además de lo expresado en Grupo Documental Dirección General de Gobierno. Vol. 35 Exp. 8. Archivo General de la Nación.
6. Carta del Pbro. José María Basurto a la Srita. Mercedes Arciniega. Ms. México, Enero 20 de 1929. Colección de Javier Lara Bayón.

viernes, 24 de julio de 2026

El convento de Aculco y la "traza moderada"

El actual conjunto parroquial de Aculco nació, como sabemos, como un convento franciscano. Hasta la secularización de 1759, fue una de las casas desde las que los frailes dirigieron la evangelización y la vida religiosa de esta región. La construcción que ha llegado hasta nuestros días refleja plenamente ese origen.

Aunque muy probablemente existió una primera capilla para la evangelización franciscana hacia mediados del siglo XVI, la disposición actual del conjunto corresponde a los últimos años del siglo XVI y los primeros del XVII, cuando se estableció formalmente el convento con frailes residentes. Esta construcción corresponde así a una etapa ya madura de la arquitectura conventual novohispana, cuando las órdenes religiosas habían dejado atrás las soluciones provisionales de las primeras décadas y construían sus casas conforme a modelos más definidos. Lo que se llamó la "traza moderada".

Esta expresión proviene del informe que el primer virrey de Nueva España, don Antonio de Mendoza, dejó a su sucesor don Luis de Velasco. En él, le explica que se habían cometido errores en la construcción de los monasterios, "porque ni en las trazas ni en lo demás no se hacia lo que convenía, por no tener quien lo entendiese ni supiese dar orden en ello" y se había remediado concertando con los agustinos y franciscanos "una manera de traza moderada", conforme a la cual se edificaban todos los conventos a partir de 1550, aproximadamente. Desafortunadamente no se conservan por escrito las normas de aquella "traza moderada", pero siguen ahí muchos de los conventos levantados en esta época, verdaderos documentos de piedra, que en efecto revelan consistentemente lo sustancial de sus reglas: una iglesia de una sola nave con fachada hacia el poniente, un amplio atrio al frente del templo con cruz atrial y capillas posas (o procesionales) en las esquinas, una capilla abierta para la predicación y la celebración del culto con grandes congregaciones, un claustro sencillo al sur del templo, con las dependencias conventuales organizadas a su alrededor, una huerta a espaldas de iglesia y claustro, y una arquitectura austera y funcional.

Más que imponer un diseño único, la traza buscaba racionalizar la construcción de los conventos, moderar sus dimensiones y evitar gastos y cargas innecesarias para las poblaciones indígenas. De igual manera, las dimensiones y ornamentación de estos edificios respondieron a la situación concreta de los pueblos en que se levantaron, o de los recursos y operarios de los que se disponía. También a veces se omitieron algunos de los elementos arquitectónicos de la traza, o desaparecieron en posteriores remodelaciones o adaptaciones de los conjuntos. El primer convento de la región, que fue el de Jilotepec, tiene por ejemplo un gran atrio, su grandiosa cruz atrial, tuvo una capilla abierta grande de la que sólo quedan vestigios, subsiste su templo de una nave y un claustro muy sencillo. No queda en cambio huella de sus capillas posas. Pero en él se reconoce la aplicación de esa "traza moderada".

¿Y el convento de Aculco?, ¿se construyó también de acuerdo con ella? Sí, por supuesto.

Para explicarlo, vamos a comenzar por la ubicación del convento en el pueblo. Esto no estaba determinado por la "traza moderada", sino por una norma posterior: las Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación que promulgó el rey Felipe II en 1573. Estas ordenanzas establecían que la plaza mayor debía ser el centro de toda nueva población. Alrededor de ella se ubicarían -separados- los edificios principales: cabildo, casas reales e iglesia. Entre ellos, el templo debía tener cierta preeminencia y se recomendaba que estuviera ligeramente elevado respecto de las demás construcciones, incluso que pudiera accederse a él mediante escalinatas. La iglesia debía asimismo ocupar una manzana completa, con un atrio o espacio libre alrededor. Aunque no se especificaba en las ordenanzas, la tradición litúrgica señalaba que el altar del templo debía encontrarse hacia el oriente y su puerta principal hacia el poniente, por lo que en buena parte de los poblados fundados bajo estas ordenanzas la iglesia ocupó la manzana oriente de la plaza mayor.

Fácilmente podemos advertir que el convento de Aculco cumple en general con las Ordenanzas de Felipe II: ocupa la mayor parte de la manzana oriente de la actual Plaza de la Constitución; se levanta un poco en alto, lo que obligó a rellenar una plataforma amplia para asentarlo y se accede a él mediente escalinatas en sus lados norte y poniente; destaca igualmente sobre el resto de las construcciones del pueblo y tiene un atrio libre al frente y una huerta también sin construcciones en la parte posterior.

Vayamos ahora a su cumplimento de la traza moderada.

La iglesia mira al poniente, es efectivamente de una sola nave y aunque buena parte de lo que vemos pertenece a los siglos XVII, XVIII y XIX, es muy probable que algunos de sus muros provengan del siglo XVI (como lo sugieren la portada conopial del coro y el perfil almenado de sus muros que se conservó hasta mediados del siglo XIX). Tuvo su entrada norte o puerta porciúncula, que en el siglo XX se aprovechó como entrada a un bautisterio de nueva construcción, hoy transformado en capilla del Santísimo Sacramento. Al sur de la iglesia está el claustro, que se terminó en 1708, y si no reemplazó a un claustro anterior sí se ubicó por lo menos donde le correspondería en un convento del siglo XVI. A su frente tiene la portería de dos niveles. Aunque en general pertenece al siglo XVIII, las bases de los pilares de su planta baja denotan una mayor antigüedad. No me parece probable que haya funcionado -como ocurría en otros conventos- como capilla abierta, pero ciertas irregularidades en su traza y algunos detalles en el dibujo de 1838 de este convento podrían sugerirlo. Al frente de la iglesia está el atrio, con muros terminados en 1666. No es tan grande ni tan regular como el del convento de Jilotepec, que es perfectamente cuadrado y mide unos 100 metros de lado, pero aún así es de buenas proporciones y el trapecio que describe mide unos 60 x 55 x 45 x 65 metros. Tiene sus tres accesos al poniente, norte y sur. Este atrio tiene en las esquinas cuatro capillas posas, de las que tres son originales y la restante es obra de mediados del siglo XX. Tuvo su cruz atrial; la fotografía del equilibrista en el atrio muestra su pedestal de mampostería y una delgada cruz de madera que probablemente ya no era la original. Tras el templo y el convento se encuentra la huerta, que servía para sembrar (maíz, entre otras cosas) y hoy es un estacionamiento. Su muro trasero lleva la fecha de 1689.

Vemos así que el convento de Aculco reunió la mayor parte de los elementos característicos de la llamada traza moderada. Aunque algunos de ellos pudieron incorporarse en etapas posteriores -y no necesariamente durante la campaña constructiva de finales del siglo XVI y principios del XVII-, el conjunto responde con notable fidelidad al modelo conventual que comenzó a difundirse en Nueva España hacia mediados del siglo XVI. Comprender esa organización original permite apreciar mejor el sentido de muchos espacios que aún hoy sobreviven, incluso cuando algunos han desaparecido o han cambiado de función.

sábado, 18 de julio de 2026

Por la calle de Bravo

La calle de Nicolás Bravo corre entre la Avenida Hidalgo y la calle de Pomoca: dos cuadras que hacia el oeste se vuelven tres, pues desemboca en aquel costado la callecita de Santos Degollado sin prolongarse hacia el este. Degollado, por cierto, fue hastala década de 1950 o 60 apenas un angosto callejón al que solían nombrar "del Beso", en referencia al mucho más famoso callejon del mismo nombre que se encuentra en la ciudad de Guanajuato. Pero no nos desviemos del tema de este texto y comencemos a andar por la calle de Bravo.

La calle inicia entre dos casas significativas en el paisaje aculquense. Al poniente, la casa que fue don Macario Sánchez Ruiz y su esposa María Lara Rodríguez, remodelada a mediados del siglo XX con unas ventanas de cantera adornadas con una guardamalleta bajo el alféizar. Al oriente, la que llamaban Casa de la Pechera, que en este extremo tenía un portalito con arcos el cual, en la década de 1970 se cerró con una fachada de piedra blanca con elementos similares a los de la Unidad Jorge Jiménez Cantú.

Si el caminante levanta la vista desde este inicio, advertirá que el primer tramo de la calle corre en línea recta. Pero a lo lejos, después de cruzar Aldama, percibirá que el segundo tramo se tuerce pues serpentea al tiempo que desciende hacia el norte. Este es un detalle que revela la distinta antigüedad de estos dos tramos: los mapas más antiguos, como el de 1898, permiten comprobar que el segundo tramo no existía entonces, y que se abrió ya en el siglo XX trazándolo con menos cuidado, atendiendo seguramente más a los linderos de los solares que a la conveniencia de una traza rectilínea. El censo de 1930 parece apuntar en esa dirección. Registra apenas cuatro viviendas en la calle, al parecer todas ubicadas en el primer tramo. Esto podría indicar que el segundo todavía no existía, aunque también cabe la posibilidad de que ya hubiera sido abierto, pero permaneciera prácticamente deshabitado.

No es una de las calles más hermosas de Aculco, pero sí es simpática y conserva en buena medida su armonía. Empedrada, como todas las del centro. En ella todavía no se aprecia el desorden arquitectónico que ha alterado de manera irreversible otras calles del pueblo. Es una calle angosta y sin banquetas. Como los corrales de varias casas daban hacia ella, durante mucho tiempo estuvo definida por las altas bardas de piedra blanca que se alzaban a ambos lados, interrumpidas aquí y allá por antiguas portadas de cantera. Recuerdo especialmente la del número 8, que hacia 1995 vi desmontada junto a la nueva entrada, ampliada para permitir el acceso de vehículos. Con todo, la mayor parte de los muros que hoy verá el caminante sigue siendo la original, aunque muchos hayan sido horadados con ventanas de proporciones poco afortunadas (con alguna excepción) o con accesos ensanchados para colocar portones metálicos.

Llegamos al cruce con la calle de Aldama. Vemos con claridad que no sólo es el trazo de la calle de Bravo el que cambia, sino que también sus construcciones son más sencillas, señal de que se edificaron en tiempos relativamente recientes y en lo que ya eran plenamente las orillas del pueblo. O, más bien debería decir, eran más sencillas, pues la reciente edificación de construcciones nuevas ha comenzado a alterar ese aire ese aire que durante tanto tiempo caracterizó a este lugar. Una de esas nuevas construcciones está precisamente en la esquina. Vamos a detenernos un momento en ella.

La casa intenta integrarse a su entorno mediante el uso de muros blancos, teja de barro, vanos verticales y herrería sencilla. Pero la escala del edificio, su volumen compacto y los numerosos retranqueos y huecos de distintas dimensiones le dan una presencia mucho más dominante que la de las construcciones tradicionales vecinas. "Salta a la vista", pues, lo que es un grave pecado cuando una casa nueva se inserta en un entorno histórico. Arquitectónicamente, además, me parece fallida: su composición carece de una jerarquía clara y sus referencias coloniales parecen añadidas a una construcción moderna más como una concesión que como parte de una intención genuina de integrarse al conjunto urbano de Aculco. Con una composición de fachadas más sencilla, el resultado habría sido mucho mejor. El muro colindante hacia el norte es además una desgracia, con sus castillos de concreto y ladrillos expuestos en toda su altura. En resumen, su incorporación no es un error dramático, pero sí una oportunidad desperdiciada para aumentar la belleza de este rincón del pueblo.

Justo enfrente de esta casa y abarcando también su respectiva esquina, se está levantando también otra casa de nueva planta. Esta vez, la fachada está construida íntegramente en la hermosa y rústica piedra blanca de Aculco. El muro de este material se prolonga sin vanos a lo largo de toda la calle de Bravo, evocando en materiales y dimensiones la vieja barda que existía antes ahí. Sobre esta barda sobresalen en altura un par de cuerpos de dos plantas que, desde el exterior, apenas muestran hacia la calle unas pocas ventanas de pequeño tamaño. Al momento de tomar las imágenes, no se había completado el rajueleado entre las piedras, lo que le daba una apariencia poco tradicional, pero las zonas donde el rajuleado se ha colocado indican que esto se resolverá adecuadamente.

Esta construcción tiene sus méritos. Me gusta. Me parece mucho más adecuada e integrada al sitio. La verdad es que la piedra blanca tiene mucho que ver con ello, pues este material tiene la capacidad de evocar inmediatamente la imagen tradicional de Aculco. Sus dos torrecillas recuerdan además las trojes construidas en alto de las viejas casas del pueblo, trojes que casi se han perdido en remodelaciones y adaptaciones. Con todo, hay que señalar detalles que me parece que fallan, como son la torpe cornisilla de concreto que recorre toda la construcción y la falta del tratamiento en piedra de su colindancia hacia el norte (por lo menos no deja este muro expuesto como en la otra casa que reseño). Pero no es este su mayor pecado, sino otro: para levantar esta construcción se destruyó una vieja casa tradicional, extremadamente sencilla y bastante maltratada, cierto, pero auténtica. Podría haberse conservado parcialmente. Aquí algunas fotos de aquella vieja casa cuando estuvo a la venta:

Aunque tomé algunas fotos del interior de esta casa, casi todo se halla todavía en construcción y es difícil saber cómo será en definitiva. Pero continuemos nuestro camino por la calle de Bravo. Seguimos bajando entre bardas de piedra blanca y casitas de poca importancia arquitectónica, lo mismo revocadas que con acabado en ladrillo. Destaca sólo por mejor cuidada la que alberga ahora al Café Casa Arte, con su entrada principal enmarcada en ladrillo, un acceso lateral con portada de cantera y sus canales que desaguan la azotea. Desde su terraza -como desde los altos de otras casas del rumbo- se tiene una preciosa vista del centro de Aculco.

Llegamos así a los últimos metros de esta calle, que aquí se ensancha para confluir con la de Pomoca. Al mismo tiempo, su lienzo occidental se endereza hacia el norte, mientras el oriental gira ligeramente al noreste. Sus últimas casas son muy sencillas. Una de ellas, pequeña y de un solo piso, estuvo hace poco a la venta por un precio absurdo. Hoy ya no está el letrero que la anunciaba y, aunque parece haber sido reparada, una nueva y desafortunada cubierta de estructura metálica y teja plástica protege ahora su pasillo de entrada. Quizá sea el preludio de una transformación mayor en un futuro no demasiado lejano. Es de temerse que para aprovechar tan reducida superficie su dueño intente levantar más de dos pisos.

Frente a ella hay otra casa pequeña que podría pasar por su gemela. Lo que destaca detrás de ella es una construcción reciente de dos plantas, pintada de color crema, tan simple como poco afortunada. Uno se pregunta cómo quien la edificó pudo dejar pasar la oportunidad de embellecer este rincón del pueblo cuando habría bastado incorporar unos cuantos elementos tradicionales para integrarla al conjunto urbano. No parece haber sido una cuestión de recursos. Tampoco de falta de ejemplos, porque Aculco ofrece muchos. La pregunta es otra: ¿se trata de falta de cultura arquitectónica, de sensibilidad o, simplemente, de indiferencia hacia el paisaje urbano que todos compartimos?

Las últimas casas de la calle, al llegar a Pomoca.

El caminante deja finalmente la calle Nicolás Bravo. Puede visitar el Santuario de Nenthé, que se encuentra a unos cuantos metros, o regresar al centro del pueblo por la calle de Pomoca. Yo me alejo con un poco de melancolía. ¡Sería tan fácil que Aculco conservara, e incluso acrecentara, su belleza con un poco de cuidado y buen gusto! Pero vivimos en una época en la que esto preocupa a muy pocos. Cada quien dirige su atención hacia asuntos distintos y sólo unos cuantos seguimos creyendo que no se puede vivir de espaldas a la belleza.