Hace unos meses les hablaba aquí sobre los primeros años del guerrillero español Lindoro Cajigas, de su emigración a México, de su trabajo como administrador de la hacienda de Arroyozarco y de su incorporación a las fuerzas irregulares conservadoras que continuaron en pie de guerra tras la derrota de su ejército por las tropas liberales en diciembre de 1860, a las que éstas se referían despectivamente como "bandidos". Hoy quiero platicarles acerca de algunos hombres que formaban su guerrilla, entre los cuales conocemos con certeza los nombres de tres aculquenses, si bien lo más probable es que muchos más hayan tenido ese origen.
La primera noticia acerca de la "Guerrilla Cajigas" (como la llamaban sus propios integrantes) apareció el 18 de mayo de 1861, cuando el diario El Monitor Republicano informó a sus lectores:
De una carta que nos dirigen de Polotitlán, con fecha 13 del corriente, tomamos la siguiente: "Con sumo sentimiento escribo a vdes. la presente, diciéndoles que el bandido, la pantera Márquez, ha pasado por aquí, y en todas partes ha saqueado, asesinado y hasta fusilado mujeres. No hay cabaña, rancheria ni poblacion, que no haya sufrido los beneficios de la religión; hasta las enaguas de las mujeres y ropa de los niños se han llevado estos bandidos. Lo que causa más horror, es que mas de quince hombres, pacíficos labradores, solo porque llevaban el nombre de liberales, han sido muertos a machetazos, muchos de ellos a la vista de su esposas e hijos. Estos males los han causado algunos vecinos de San Juan del Rio y de Arroyozarco, por los avisos que han dado á Márquez, y por las armas que les han proporcionado.
Un tal D. Lindoro Cagigas, administrador de Arroyozarco, y cuñado de los Rosas de esta capital, anda con cien hombres, y con el grado de coronel que Márquez le dio.
No pueden vdes. imaginarse el terror que a estos pueblos y rancherías le han causado las bandas religioneras. La mayor parte de las familias están escondidas en los montes y en las barrancas, temerosos de ver perecer a sus deudos. Los Sres. Romero, de Tenazat, han podido escapar a uña de caballo, pero el desgraciado D. Angel Mendoza, escribiente de la admistracion de correos en este lugar, fue alcanzado y muerto con dos lazandas que le dieron por la espalda.
Los reaccionarios viven tranquilos en todas épocas por la impunidad de que gozan, y luego asesinan cuando cogen indefensos a los liberales. No tenemos ya más que mucho abatimiento, pues no esperamos otra cosa en nuestra desgracia, que ver pasear a Márquez en las calles de México, de brazo con Mejía y con algunos de los del gobierno de esa capital. Estos pueblos, como vdes. saben, han combatido siempre en favor de la causa liberal; pero hoy el gobierno los ha dejado sin armas, y tienen que esconderse con sus familias en los montes para no ser asesinados. Todo es llorar por aquá, porque las familias no tienen ni en qué hacer la comida. Si Dios no pone remedio, del gobierno poco esperamos."
Aquel centenar de hombres que acompañaba a Lindoro en sus primeros días como guerrillero seguramente varió mucho a lo largo de los siguientes siete meses, en los que se desarrollaron sus actividades revolucionarias. Algunos textos aseguran, por ejemplo, que la "gavilla" se componía de apenas una veintena de "salteadores y asesinos". Lo más probable es que el tamaño de sus fuerzas dependieran de si agrupaba a las de otros cabecillas, subordinados o no a él, como lo era el también español José Alonso.
Pocos días después de su aparición, la "Guerrilla Cajigas" realizó la acción por la que es conocido principalmente su capitán: la captura de Melchor Ocampo el 30 de mayo de 1861 en su hacienda de Pomoca en Michoacán y su entrega a Leonardo Márquez en Huapango, para su traslado a Tepeji del Río donde se ordenó su ejecución el 3 de junio siguiente.
Como consecuencia de esta ejecución, Lindoro Cajigas junto con otros de los participantes en su secuestro y muerte fue declarado "fuera de la ley" e incluso el diputado Manuel Gómez, en sesión del Congreso del 8 de junio de 1861, propuso (como informó el periódico El Siglo Diez y Nueve del día siguiente) "que se declaren indignos del nombre de mexicanos, todos los que concurrieron bajo las órdenes del español Lindoro Cagiga a la prisión del señor Ocampo, sin que jamás se rehabiliten en sus derechos de ciudadanos, sea cual fuere el resultado del juicio a que se les sujete y para que se averigüen y publiquen sus nombres".
El 13 de agosto, em mismo diario informaba acerca de la conducción a la capital de "tres o cuatro presos hechos por las fuerzas del Sr. Quezada a la gavilla de Lindoro Cagigas... Los presos traídos a México aseguran ser liberales capturados por Cagigas." El 2 de septiembre, La Unidad Católica reportaba que "Lindoro Cajigas estaba en Arroyozarco con cien caballos", aunque al día siguiente rectificaba y señalaba que eran menos de 100 hombres. Esta debió ser la parte central de su guerrilla, pues cuando se le sitúa en compañía de otros jefes como Luis Larrauri, Marcelino Cobos, Argüelles, Reyna, Castillo o Negrete, siempre se contabilizan más hombres, alrededor de 300. Algunos descalabros le significaron sin embargo fuertes bajas en sus tropas, como su derrota del 8 de octubre, en la que el ejército le hizo "algunos muertos y como cincuenta prisioneros", según reportaba La Unidad Católica tres días después.
Después de esta larga introducción al tema de los soldados que acompañaban a Lindoro Cajigas, vayamos al tema principal de este post: el de los tres aculquenses de ese grupo cuyos nombres conocemos porque al parecer murieron en una de las acciones de su guerrilla. Se trata de José María Gallardo, de 60 años, viudo de Juana Rojas; Vicente Pérez, de 20 años, hijo de Vicente Pérez y Petra Hernández; y Piedad Osornio, hijo de Antonio Osornio, de apenas 16 años. Los tres "vecinos de Aculco", fueron enterrados en el camposanto de la iglesia parroquial el 7 de diciembre de 1861. Murieron los tres violentamente, "a alanzadas" como indican los registros de defunción, y no es difícil concluir lo que les debe haber sucedido con sólo seguir los pasos de Lindoro en aquellos días.
Justo aquel 7 de diciembre en que fueron sepultados esos tres hombres, El Siglo Diez y Nueve informaba que cinco días antes el general Manuel Doblado había tenido un pequeño enfrentamiento cerca de Polotitlán con "la gavilla del español Cagiga, que formará un número de 70 hombres", tras lo cual el guerrillero había tomado el rumbo de Acambay "donde tienen lo que llaman el cuartel general". A ese punto se dirigió entonces el coronel Florencio Soria, a donde llegó a las ocho de la mañana del 6 de diciembre. Permaneció en Acambay a la expectativa hasta las 3:30 de la tarde, cuando decidió salir para dirigirse a Aculco. Sin embargo, según relató en su parte de guerra, "apenas había llegado a la cuesta de una cumbre que hay a la salida de esta [población de Acambay], cuando el enemigo con grande estrépito se apoderó de esta población". Soria retrocedió entonces con treinta infantes al frente y el resto de su tropa a la retaguardia, logrando rechazar a su enemigo que escapó hacia el rumbo de Temascalcingo "en precipitada fuga [... ] después de un tiroteo de media hora". Además de verse obligado a huir con dos heridos, otros dos de los hombres de Cajigas murieron en el encuentro. Se le tomaron también como prisioneros ocho de sus oficiales y seis soldados, 30 caballos, 14 mosquetes y seis lanzas. Los prisioneros fueron el comandante de escuadrón Domingo Ortiz, Tomás Santa Cruz, con el mismo rango, los capitanes Miguel Adorno, Pedro Acevedo, Rafael Trejo, Pablo Andrade, Mariano Hidalgo y Costilla (pariente, en efecto, del cura de Dolores), el alférez José Antonio Ramírez, y los soldados Jesús Sánchez, Francisco Monroy, Esteban González, Jacinto Vázquez, Francisco Alviso, Justo Andrade yTomás Trejo.
No es difícil, pues, identificar a los muertos alanceados sepultados en Aculco con los hombres de Lindoro que murieron en aquella acción en Acambay. Cierto que al final habrían sido tres, como registran los libros parroquiales y no dos como dice el parte, quizá por el fallecimiento posterior de algún herido. Como el coronel Florencio Soria continuó su camino hacia Aculco para después presentarse en Arroyozarco ante el general Antillón, tal vez llevó los muertos consigo y los entregó en Aculco, o pudieron también haber sido sus deudos quienes procuraron su traslado a su lugar de origen.
Dos cosas más llaman la atención sobre los tres guerrilleros de Aculco: lo dispar de su edad -60, 20 y 16 años- cosa que indica lo variopinto de su integración, y el que hayan muerto de esa manera, alanceados. Esto último muestra la importancia que tenían todavía entonces las armas blancas y particularmente la lanza para los jinetes mexicanos, que en las pinturas y grabados de la época aparecen con mucha frecuencia portando esta arma.
Después de la derrota del 6 de diciembre, la guerrilla de Lindoro Cajigas entró en su etapa final. Como todos sabemos, tres semanas después, el 25 de diciembre de 1861, fue capturado y ejecutado en Acambay.





























