viernes, 23 de octubre de 2026

El vinguí: una bebida alcohólica prohibida que se consumía en Aculco (1701)

En la Nueva España se elaboraban y consumían muchos tipos de bebidas alcohólicas, según los ingredientes disponibles en cada región así como a las técnicas empleadas en su preparación. Algunas, obtenidas sólo mediante fermentación, tenían su origen en tiempos prehispánicos. Era por ejemplo el caso del pulque. Otras surgieron durante el periodo colonial, cuando la introducción de los alambiques permitió producir bebidas destiladas. Ese fue el caso del mezcal y del tequila. Se ha documentado la existencia de unas ochenta variedades de bebidas alcóholicas novohispanas, muchas de las cuales estuvieron prohibidas durante buena parte del virreinato. Aunque las autoridades justificaban estas restricciones como medidas para proteger la salud y el bienestar de la población, detrás de ellas predominaban los intereses económicos (1).

Una de esas bebidas prohibidas era el vinguí o binguí (con esta última ortografía lo recoge el diccionario de la RAE). Se trataba de pulque destilado (o incluso doblemente destilado), por lo que su producción siempre clandestina ocurría en el ámbito geográfico en el que también se producía aquella bebida fermentada que sí era legal, es decir, el altiplano mexicano. Un manuscrito que se conserva en el Museo Británico, titulado Recetas para saber el modo de hacer aguardiente, mistelas, mescal, así de tierra caliente como de tierra fría, que llaman mingarrote o vinqui, tepache, sangre de conejo, pulque de piña y los daños que causan, parafraseado aquí por el historiador Manuel Moreno Alonso, nos da algunos detalles más sobre aquel brebaje:

El mingarrote o vingui. Se designa con este nombre al mezcal de Querétaro, también llamado mesquital y pachuca, que se hace del pulque "y éste, como es de parte tan lejos y abunda, no pueden costear el traerlo a México, ni por allá hay consumo de él por ser malo y no de la calidad del que se labra en Cempoala y sus territorios y así lo divierten en labrar dichas bebidas. El modo de labrarlo es como el mezcal arriba dicho, salvo que no se echa el maguey a soasar ni las cabezas, sino el pulque líquido o sus asientos [al alambique]. Y así a éstos se echa una gallina o capón tostado y bien molido en el alambique, para que uno y otro estile por él, como dicho llevo en las mistelas de anís. Es de gran distancia y si se vuelve a refinar, como dicho es arriba, sale más fuerte y activo". Efectos: "éste se hace dañoso, mediante el quitársele las partes húmedas de que goza el pulque con la fermentación que necesita para su denominación" (2).

Aquello de poner una gallina "tostada" en el alambique puede sonar verdaderamente extraño, pero lo cierto es que se trata de una tradición que se mantiene en la destilación de cierto tipo de mezcales, a los que se llama precisamente "mezcales pechuga" o "mezcales de pechuga".

Se conoce otra versión de la preparación del vingui, que procede de un documento del Archivo General de la Nación, de 1784 (Aguardiente de Caña, vol. 1, exp. 1.). En ésta, el "bingarrote o binguí" se producía asando en barbacoa cabezas de magueyes viejos (magueyes pulqueros, se entiende, no mezcaleros), y martajadas se echaban a fermentar en una vasija de pulque, y destilaba después en el alambique. "A la primera botija que sale llaman binguí y al resto bingarrote", precisaba esta segunda receta.

En Aculco, la bebida alcohólica por excelencia era por supuesto el pulque. Sin embargo, también está documentado el consumo de vingui, así como sus efectos "dañosos". Un interesantísimo documento de principios del siglo XVIII da cuenta de un pleito relacionado con esta bebida, que se desarrolló de la siguiente manera:

Don Lucas Magos de la Bárcena y Cornejo, indio cacique y principal de la provincia de Jilotepec y por entonces alcalde ordinario de Aculco, se hallaba el sábado 24 de abril de 1701 "quieto y pacífico" en el Ojo de Agua del pueblo, un lugar para todos nosotros bien conocido. Un mozo llegó a avisarle que había llegado al pueblo el teniente de Justicia, don Francisco Antonio Calvillo Montenegro, y que lo llamaba a su presencia en la Casa de la Comunidad. Don Lucas se apresuró y llegó rápidamente, pues de "dicho Ojo de Agua a la casa no hay ni media cuadra" (recordemos que la casa de la comunidad o casas de cabildo estaban donde hoy está el Hotel Jardín). Al llegar, saludó al teniente pero éste no le devolvió el saludo y luego, "sin más razones", le dijo "que como era un indio perro, borracho, cornudo, cabrón" no lo había estado esperado para recibirlo.

Don Lucas respondió simplemente que no sabía que vendría, y que "se portase en razones" porque él "no le daba lugar para tanta pasión". Con esa respuesta el teniente enfureció. "Intrépidamente", cogió del pañuelo al alcalde, y comenzó a darle puñetazos. En aquel trance, el teniente advirtó que don Lucas llevaba atado al ceñidor un cuchillito de cortar plumas de escribir, se lo arrancó hiriéndose las manos al hacerlo "y virtió mucha sangre por toda la sala y partes donde ponía la mano"; después, con la cacha del propio cuchillo le dio a don Lucas un fuerte golpe en el rostro. Dos de sus acompañates, uno de ellos mulato, sostuvieron al indio y continuaron moliéndolo a golpes "en los pechos y cuerpo". Luego, por órdenes de Calvillo el mulato amarró al indio. Incluso intentó tres veces sacar el "alfanje" que portaba contra él, cosa que le impidieron el criollo Diego Sánchez y "otro español gachupín". También pidió unas tijeras para cortarle las "balcarrotas" (es decir, las patillas), una mutilación que los indígenas de la época tenían por gran ofensa y peor trándose de un indio principal. Salvó a don Lucas la llegada del padre guardián del convento, con lo que el teniente se apaciguó momentáneamente, se cubrió la cara con un pañuelo y don Lucas pudo escapar hacia la iglesia, donde halló refugio.

Cuando don Francisco Antonio se dio cuenta de que el alcalde de Aculco había huído, se dirigió a su casa con la intención de embargarle sus bienes. Allí, tomó "todo lo que halló puertas adentro, sin dejar cosa alguna", maltratando a su familia "en palabras y obras". Peor aún: "mandó al dicho su compañero que descolgase los cuadros de imágenes de santos y tres hechuras de santos crucifijos con la mayor irreverencia e ignominia, y los iban tirando fuera en el patio y en el suelo, y habiendo puesto boca abajo en dicho suelo llegó a desclavarse un santo crucifijo de la cruz en que estaba, y llegó mi suegra a alzarlo, alzó el bastón diciendo que lo dejase allí, que de qué servía aquello sino estar idolatrando en ellos cosa contra la fe católica, pues adorar las imágenes de Cristo Nuestro Señor y de su Madre Santísima como si temporalmente nos asistiera en este siglo". Luego, salió el alcalde de la casa en busca de quien lo ayudara "para que los acarreasen para la [casa] de la comunidad". Halló únicamente aun "indiezuelo" llamado Juan Tomás, que le dijo que no podía solo con aquello. Con furia, el teniente arremetió con su bastón contra aquel pobre hombre hasta romperlo, dejándole marcado el cuerpo. Cuando vio que nadie le ayudaría, ordenó que le trajeran zacate para quemar él mismo las imágenes.

"Todo esto lo decía sin temor de Dios por venir ebrio como lo estaba, pues no se podía enderezar bien", aseguró don Lucas en su relato. "Y uno de sus pajes que traía llamádose Tomas Caballeros [...] dijo a los vecinos del pueblo de Aculco sentados en la puerta principal de la iglesia que sale a la plaza [es decir, la puerta oeste del atrio] que no se espantasen que el teniente hubiera hecho todo aquello porque estaba ebrio, que habían venido bebiendo un gran calabazo de vingui que llaman de la destilación prohibida del pulque, y antes de llegar al dicho pueblo de Aculco se fueron a la casa de un indio llamádose Miguel Martín y pidieron pulque blanco y se bebieron gran porción, causa de que llegase como llegó a dicho pueblo causando el alboroto que hizo".

En la querella judicial que siguió por aquellos hechos, el teniente declaró que había actuado así porque Magos le había perdido el respeto debido a su autoridad y negó por supuesto que estuviera ebrio. La razón de haberle arrebatado el cuchillito era porque nadie de "color quebrada" debía portar armas ofensivas o defensivas. Presentó como testigo a uno de sus sirvientes quien declaró "como persona que le ha servido nunca ha visto el que haya bebido ningún género de vino, ni de Castilla [...] pues en una ocasión que le cambiaron de Chapa de Mota una botija de vingui, le mandó a este testigo lo derramase o diese, y que asimismo es falso el que llevaba el dicho teniente el guaje, porque nunca carga más que sus armas"...

... y que mal se compaese el que dicho teniente beba cuando ha procurado castigar a los que venden y beben el vinqui, eechando bandos para su prohibición y que algunas personas de esta jurisdicción de Xilotepeque [...] que hacen esta bebida de vingui prohibido, han ido a ver al dicho teniente y le prometían dos pesos cada mes y una botija del dicho vingui porque les diese licencia para poderlo hacer, a que les respondía el dicho teniente que se conociera era con malicia aquel ofrecimiento los castigara muy severamente, pero que como v[e]ía su inocencia no lo haría, y que se fueran diciéndoles que él no venía a consentir tales maldades y otras siendo contrarias a los mandatos del rey nuestro señor.

Lo cierto es que Calvillo acumulaba muchas otras quejas por su "mala inclinación y costumbres pues se embriaga con vingui", por lo que las autoridades superiores ordenaron que saliera de la provincia en tanto se llevaban a cabo las averiguaciones por las ofensas a Magos y a otros indígenas, y que se devolvieran al cacique los bienes embargados. Aunque las autoridades del gobierno indígena de la provincia pedían que fuera cesado definitivamente, siete meses después del incidente con don Lucas Magos se le devolvió la vara que representaba su cargo y se le restituyó con sólo un apercibimiento "de que cualesquiera alborotos o inquietudes que hubiese en dicha jurisdicción eran de su cuenta y riesgo, y que a la primera queja que se diese contra el susodicho se privaria de oficio y de otra cualesquiera administración de justicia y se pasaría a las mayores y mas graves penas que hubiese por derecho".

En fin, haya sido o no aquel maldecido vingui el que desató en el teniente de Justicia una furia tan desmedida como injustificada, llevándolo a comportarse con violencia y hasta a volverlo iconoclasta, aquel extraño episodio nos dejó al menos un testimonio documental del consumo de esta bebida prohibida y, con él, un dato invaluable para la historia gastronómica de Aculco.

 


FUENTES:
1. Teresa Lozano Armendares. El chinguirito vindicado: el contrabando de aguardiente de caña y la política colonial, México, UNAM, 2005, p. 17.
2. Manuel Moreno Alonso. "Aguardientes y alcoholismo en el México colonial", en Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 424 (octubre 1985), pp. 81-96.
3. AGN. Ramo Civil, vol. 2139, f. 49 y ss. Disponible en: https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3Q9M-CSDP-JJWQ?view=fullText&keywords=Aculco%2Cfuego&searchForm=advanced&lang=es&groupId=M98D-XPZ

sábado, 17 de octubre de 2026

De campanas, autoridades omisas y supuestas excomuniones

Este es un texto que me molesta mucho escribir, al que le he estado dando vueltas en la cabeza desde el miércoles pasado, pero que me ha costado pasar a la computadora sencillamente porque me duele mucho, me preocupa y me desalienta profundamente.

Ustedes saben qué sucedió aquel día: de improviso los vecinos de Aculco vieron que las antiguas campanas del templo parroquial de san Jerónimo, uno de los conjuntos históricos de campanas más importantes del Estado de México, estaban siendo bajadas del campanario. Observaron además que la maniobra se estaba realizando sin el cuidado que merecen objetos patrimoniales con 238 años de edad; por ejemplo, el antiquísimos yugos barroco de una de las esquilas fue destrozado sin remedio.

Las personas verdaderamente preocupadas por esta acción se dieron cuenta bastante tarde. Al parecer, la operación comenzó desde las once de la mañana y sólo alrededor de las cinco de la tarde comenzaron a congregarse algunos vecinos en el atrio para pedir explicaciones al cura párroco, Pbro. Ruperto Martínez Mercado. Para entonces tres campanas antiguas estaban cargadas ya en una camioneta de Campanas San Judas Tadeo, empresa de Zacualtipán de Ángeles, estado Hidalgo. Yo sólo conozco de oídas las respuestas del padre, y todo lo que me cuentan es vago y contradictorio: que se iban a restaurar, que nada se les iba a pulir, que las habían intercambiado por campanas nuevas (ciertamente la camioneta había traído un par de sospechosas campanas nuevas), o lo más terrible que podría haber sucedido, que se les iba a volver a fundir en campanas nuevas porque ya estaban viejas y dañadas. Pero algo sí es más seguro: se le dijo al sacerdote que necesitaba para cualquier intervención un permiso del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y él señaló que no lo tenía y no lo necesitaba.

En aquel momento empezaron a aparecer en redes sociales las primeras imágenes del desaguisado. Varios amigos de Aculco me enviaron mensajes casi simultáneamente y a pedirme que hiciera algo. Al estar yo en la Ciudad de México me era por supuesto imposible llegar a tiempo si se mantenía la intención de sacar las campanas (y una vez fuera de Aculco, quién sabe cuál podría haber sido su destino, quizá hoy no existirían). Lo único que podía hacer era solicitar la intervención del INAH, lo que hice a través del Dr. Diego Prieto, anterior director de este instituto, y del arqueólogo Nahúm Noguera Rico, director del Centro INAH Estado de México. Ellos, con verdadera diligencia, emitieron el oficio NO. 401.2C.1-2026/3939, en el que solicitaban al Ayuntamiento que se suspendiera cualquier trabajo o actividad relacionado con la denuncia. Nahúm me lo envió por whatsapp y yo le di difusión a través de las redes, enviándoselo incluso a algún miembro de la propia corporación municipal.

Para entonces, la gente se había movilizado rápidamente a través de Facebook para pedir mayor presencia en el atrio e impedir la salida de las campanas. Especialmente importante parece haber sido la participación del cronista y los delegados municipales. Se obligó así a que la empresa que pretendía llevárselas las subiera nuevamente a la torre -donde permanecen, ahora tristemente descolgadas. Aquí viene un aspecto que, como católico, me resulta particularmente desagradable: la indignación de los vecinos contra el padre Ruperto fue creciendo y, por momentos, alcanzó niveles preocupantes. Según los testimonios que he recibido, no hubo agresiones físicas, pero sí situaciones de intimidación, hasta el punto de que el sacerdote no podía retirarse libremente. Entiendo perfectamente el enojo de la gente, que yo mismo compartía, pero ninguna causa, por justa que sea, autoriza a recurrir a semejantes procedimientos.

¿Por qué fue tan grave el descolgar las campanas de su lugar? Ya lo he dicho arriba: además de su notable antigüedad, valor histórico, valor patrimonial e incluso valor económico, se trata de objetos que forman parte integral de un monumento histórico y toda intervención sobre ellos debe contar con una autorización expresa del INAH, pues de otra manera se incurre en una infracción a la legislación federal. Pero hay varias agravantes: se trata de objetos de propiedad federal. Pero, además, se encuentran en Aculco, sitio del Patrimonio Mundial de la UNESCO como parte del Camino Real de Tierra Adentro, es decir, no son sólo patrimonio de Aculco y de México, sino de la humanidad. El simple maltrato que se les dio es ya una infracción importante.

El resto depende de qué se pretendía hacer con ellas: si era pulirlas, debo decir que el bronce histórico no necesita ningún pulimento, normalmente tiene de origen una pátina que lo protege del medio ambiente y abrillantarlas puede llevar a un daño irreparable; si era restaurarlas, no es claro que la empresa que pretendía llevárselas tenga las credenciales para restaurar campanas históricas de esta importancia; si se trataba de intercambiarlas por otras nuevas, pues sería como cambiar oro por cobre, pues el precio de una campana histórica es mayor que el de una campana moderna; y si se quería fundirlas, la destrucción de un patrimonio histórico es una barbaridad que empaña todas las demás por la ignorancia imperdonable. En todo caso, lo repito, el padre no solicitó una licencia al INAH que aclarara bien sus objetivos.

Al difundir el oficio de suspensión de las maniobras, varias personas se dieron cuenta de que el encabezado tenía una errata: decía "Aculco del Valle" en lugar de simplemente "Aculco", que es el nombre correcto de nuestro municipio. Yo, la verdad, no le di importancia: entendí que las prisas habían llevado a ese error y,como no hay otro municipio que se llame Aculco en todo el Estado de México, que además tenga como presidenta municipal a una Lic. Valeria Cruz Olvera, y en el que se estuvieran descolgando campanas la tarde del 14 de octubre, pensé que nadie de buena fe podría considerar que semejante errata invalidaba el contenido del documento. A pesar de ello avisé inmediatamente a Nahúm, quien me informó que al día siguiente se corregiría la errata en un nuevo oficio.

Para mi sorpresa, al día siguiente la presidenta municipal publicó un video que, además de informar que se respetaría el patrimonio histórico de Aculco (como corresponde), señalaba aquel error y declaraba que no había recibido tal oficio. Debo decir que me molestó esa actitud. Ya el día anterior, al difundirlo, algunos facebookeros habían intentado hacer creer que era falso, o creado con inteligencia artificial, o que llamar al municipio "Aculco del Valle" lo desvirtuaba por completo.

Pero no esperaba una actitud parecida de la autoridad municipal. Porque, por una parte, bastaba con levantar el teléfono, llamar al Centro INAH Estado de México y preguntar si el oficio existía. Además, ¿por qué se dedicó tanta atención a cuestionar el oficio y tan poca a averiguar si existía autorización para intervenir las campanas? Por otra parte, he visto una infinidad de oficios dirigidos al Ayuntamiento con errores similares y que no son cuestionados por la errata. Por ejemplo, muchos oficios llegan dirigidos al "municipio de Aculco de Espinoza", cuando Aculco de Espinosa (y con "s") es sólo la cabecera municipal y no el nombre correcto del municipio. Todo eso resulta sin embargo menor considerando lo siguiente: a 150 metros de distancia del Palacio Municipal se estuvieron descolgando las campanas del templo desde las 11 de la mañana de ese día... ¿No vieron nada raro las autoridades en ese movimiento?, ¿la Dirección de Obras Públicas?, ¿la propia presidenta?

Ignoro si las autoridades municipales tenían conocimiento previo de los trabajos. Pero tanto si los conocían como si no, resulta indispensable que expliquen por qué una intervención de semejante magnitud pudo desarrollarse durante horas, a unos pasos del Palacio Municipal, sin que nadie verificara la existencia de la autorización correspondiente.

Después de ver el video, nuevamente me comuniqué con Nahúm quien en respuesta me envió la corrección del oficio y el correo electrónico en el que habían enviado esta corrección al Ayuntamiento desde las 10:25 de la mañana, con copia a varias instancias del Municipio y el gobierno del estado. Lo difundí y ahora la gente de mala fe del pueblo me pedía el sello de recibido, como si fuera mi responsabilidad tenerlo, y sin cuestionar la inexistencia del permiso del INAH, verdadero problema en el origen de todo esto.

¿Y ahora qué sigue? En primer lugar, es indispensable que el INAH realice una inspección exhaustiva de las campanas, documente los daños que sufrieron y determine las medidas necesarias para su conservación. Debe establecerse también qué sucederá con los yugos barrocos destruidos, cuya pérdida no puede despacharse como un simple accidente de las maniobras. Finalmente, corresponde esclarecer quién autorizó los trabajos, con qué propósito y bajo qué responsabilidad. Las campanas deben permanecer en Aculco, pero no basta con que sigan allí: es necesario garantizar su integridad y evitar que una situación semejante vuelva a repetirse.

 

¿EXCOMUNIÓN?

Me cuentan también que desde la parroquia se ha pretendido intimidar a quienes participaron en la movilización del miércoles por la tarde. Incluso se habla de posibles excomuniones. No sé qué haya de cierto en estas versiones, pero, si efectivamente se han hecho tales advertencias, me parece necesario aclarar algunas cosas.

Amigos, no se dejen amedrentar. La Iglesia católica -que es la mía- no exige a sus fieles una obediencia ciega ni les prohíbe manifestar su desacuerdo con las decisiones de sus sacerdotes. Por el contrario, el propio Código de Derecho Canónico, en su canon 212, reconoce expresamente el derecho de los fieles a expresar sus opiniones sobre los asuntos que conciernen al bien de la Iglesia y, en determinadas circunstancias, considera que hacerlo constituye también un deber. Por supuesto, ese derecho debe ejercerse con respeto a los sacerdotes y a la dignidad de las personas. Pero el respeto no equivale al silencio, como tampoco la autoridad sacerdotal supone infalibilidad en las decisiones que toma un párroco. Un sacerdote puede equivocarse, actuar imprudentemente y tomar determinaciones que perjudiquen a su comunidad. Y sus feligreses tienen derecho a señalarlo.

La defensa de los bienes históricos y religiosos de una parroquia no es una manifestación de rebeldía contra la Iglesia. Por el contrario, puede ser una expresión de responsabilidad y compromiso con ella. Las campanas de Aculco no son simples objetos que puedan tratarse con indiferencia. Forman parte de la historia de nuestro pueblo, de su patrimonio material y de una tradición religiosa que pertenece a la memoria de muchas generaciones. Defenderlas, por medios legítimos y pacíficos, es una causa perfectamente digna de cualquier católico.

En cuanto a la excomunión, conviene recordar que no es una amenaza que pueda utilizarse discrecionalmente para acallar a quienes protestan. Es una pena gravísima, reservada por el derecho canónico para delitos determinados, como la apostasía, la herejía, el cisma, la profanación de las especies eucarísticas, la violencia física contra el papa y otros supuestos expresamente previstos por la legislación de la Iglesia. Nada de eso tiene que ver, por sí mismo, con reunirse para expresar inconformidad, exigir explicaciones o defender los bienes de una parroquia.

Desde luego, tampoco es admisible agredir, amenazar o coaccionar a un sacerdote. Tales conductas pueden constituir delitos y merecer sanciones. Pero no deben confundirse con el ejercicio pacífico del derecho de los fieles a manifestar sus preocupaciones. Por lo que sé, no existe fundamento alguno para amenazar con la excomunión a quienes se limitaron a manifestar pacíficamente su inconformidad y a defender las campanas. Si alguien sostiene lo contrario, correspondería que señalara con precisión qué delito canónico se habría cometido y qué disposición de la Iglesia justificaría semejante pena.

No permitan que las amenazas, los reproches o los intentos de descalificación los hagan desistir de esa responsabilidad. Pero tampoco permitan que la indignación los lleve a cometer excesos que desvirtúen la legitimidad de su causa. Sigan defendiendo lo que consideran justo. Háganlo con firmeza, con argumentos y con perseverancia. Nunca con violencia. Sin insultos ni amenazas, con el respeto debido al ministerio sacerdotal, pero también con la dignidad de quien sabe que tiene derecho a preguntar, a disentir y a exigir explicaciones.

A veces, precisamente por amor a la Iglesia y a lo que representa para una comunidad, es necesario levantar la voz. Y si alguien tiene dudas sobre todo esto, puede consultar directamente el Código de Derecho Canónico. Está al alcance de cualquiera.

 

DESALIENTO

Las campanas de San Jerónimo han acompañado la vida de Aculco durante generaciones. Han anunciado sus fiestas, sus desgracias, sus celebraciones y sus duelos. Sobrevivieron a guerras, revoluciones y a las transformaciones de nuestro pueblo. Resulta doloroso pensar que hayan estado a punto de perderse no por alguna gran catástrofe, sino por la ignorancia, la imprudencia y la indiferencia de quienes tenían la obligación de cuidarlas.

Y aquí vuelvo al sentimiento con el que comencé este texto. Lo sucedido me duele, pero sobre todo me desalienta. Porque no es un hecho aislado. Es un caso más de una realidad que conocemos demasiado bien: la facilidad con que se atropella nuestro patrimonio, la indiferencia con que se contempla su destrucción y la dificultad de conseguir que las autoridades cumplan con las responsabilidades más elementales. Uno quisiera creer que los años, la experiencia y los esfuerzos de tantas personas han servido para crear una mayor conciencia sobre el valor de lo que hemos heredado. Que todo lo que en 18 años he escrito en este blog para concientizar sobre el valor de nuestro patrimonio y la importancia de conservarlo habría servido de algo. Pero episodios como este parecen demostrar lo contrario.

Y, sin embargo, sería injusto no reconocer que la movilización de tantos vecinos demuestra que esa conciencia también existe. Que hay personas dispuestas a defender lo que hemos heredado. Tal vez no todo haya sido inútil. Lo que verdaderamente desalienta es que esa conciencia parezca estar mucho más presente en algunos ciudadanos que en quienes tienen la responsabilidad de cuidar nuestro patrimonio. Que para impedir una barbaridad haya sido necesario que se movilizara medio pueblo, recurrir de urgencia al INAH y enfrentarse a las autoridades.

Hoy las campanas permanecen en su torre, aunque descolgadas y maltratadas. Ojalá vuelvan pronto a ocupar su lugar y a cumplir su función. Pero ojalá, sobre todo, que lo sucedido sirva para recordarnos que el patrimonio de Aculco no se conserva por sí solo. Necesita de personas dispuestas a conocerlo, valorarlo y defenderlo, incluso cuando hacerlo resulte incómodo para quienes ejercen la autoridad.

Si quieres saber más sobre las campanas de Aculco mira aquí.

 

POSDATA: ¿Y LA POLÍTICA?

Hay también ya quien cree ver intenciones políticas en todo este asunto. Me da pena decepcionarlos, pero por lo menos de mi parte no es así. Más allá de mis preferencias políticas, siempre he criticado las malas decisiones o las omisiones de los gobiernos de todos los signos. En su momento, por ejemplo, critiqué la mala decisión del gobierno del presidente municipal Guadalupe Tovar Lugo (PAN) al intentar canalizar los manantiales del Ojo de Agua que causó un grave problema de suministro en el pueblo. Ya en tiempos de este blog, critiqué también a Javier Venancio (PRI) cuando destruyó y reconstruyó como nuevos los antiguos lavaderos, entre otros estropicios. Esto sólo por mencionar dos casos de distintos partidos al gobernante (Morena). Por otra parte, es importante señalar que el INAH, que ayudó a obtener la suspensión, es una instancia federal de un gobierno también encabezado precisamente por Morena.

viernes, 16 de octubre de 2026

La capilla de San Joaquín, un ejemplo notable de arquitectura neocolonial en Aculco

El pueblo de San Joaquín Coscomatepec se encuentra unos ocho kilómetros al oriente de la cabecera municipal de Aculco, poco más allá de la comunidad de El Tixhiñú. Es una población rural de asentamiento disperso, aunque sus principales edificios -la capilla, la escuela primaria, la secundaria, el telebachillerato y el Centro de Salud del IMSS-Bienestar- se concentran en su zona central. No existen, sin embargo, calles ni manzanas de trazo ortogonal, banquetas o una plaza central. Con todo y esta anarquía, al acercarse al pueblo llama la atención el camino cubierto de losas de cantera que se desprende de la carretera y, sobre todo, la preciosa capilla que, desde un altozano, domina el caserío, recortada contra el oscuro telón de fondo del cerro de Ñadó.

Esta capilla —ornamentada con cantera labrada, muestra del oficio de numerosos vecinos del pueblo— no es, como muchas otras que hemos reseñado aquí, una construcción del periodo virreinal, sino una obra moderna de estilo neocolonial que en nada desmerece frente a los antiguos templos de los demás pueblos del municipio de Aculco. Por el contrario, constituye un bello ejemplo de lo que puede hacerse cuando el buen gusto se acompaña del conocimiento de la tradición arquitectónica local.

Pero antes de visitar el templo hagamos un poco de historia para conocer el origen de este poblado.

San Joaquín Coscomatepec no aparece en las nóminas de pueblos pertenecientes a la doctrina de San Gerónimo Aculco durante los siglos XVII y XVIII. Lo mismo ocurre con su vecino, el muy cercano pueblo de San Antonio. Ambos aparecen con ese carácter, en cambio, casi sorpresivamente en la documentación del siglo XIX.

Esta ausencia me llevó a pensar, en un primer momento, que quizá tuvieron su origen en rancherías formadas dentro de los límites de alguna propiedad rural y que sólo tardíamente, acaso ya en el siglo XIX, adquirieron la categoría de pueblos. Su esporádica presencia en los libros sacramentales -a veces el primero como "rancho de San Joaquín"- parecía reforzar esta hipótesis. Pero su historia resulta ser un poco más compleja.

Un documento de 1706 parece arrojar luz sobre su verdadero origen. Aquel año, en el curso de un pleito relacionado con las tierras comunales de San Ildefonso Tultepec -pueblo entonces dependiente de Aculco y hoy perteneciente a Amealco-, el indio principal Juan Nicolás, quien declaró como testigo mediante intérprete porque sólo hablaba otomí, afirmó

haber visto de pocos años a esta parte, que los naturales de este dicho pueblo de San lldefonso, los más que vivían dentro de él se han salido a poblar a largas distancias, como por la parte del norte; tienen poblado y labrado muchas sementeras que hasta donde han labrado habrá de dicho pueblo como legua y media; y que por La parte del sur: entremedio de un rancho del dicho don Lucas Magos en el puesto que llaman La Mesilla se han poblado y labrado mucha tierra que habrá de distancia deste pueblo como una gran legua. Y que por las la parte de dicho rancho que es el paraje que dichos naturales nombran San Antonio, donde también se han poblado y labrado, que habrá de distancia dos leguas largas; y que por la parte del oriente de este dicho pueblo tienen poblado y labrado más de legua y media de distancia que es donde en su lengua otomí [sic pro náhuatl] se llaman el Cuescomate; siéndole preguntado que si sabía que el haberse poblado en grandes distancias de este dicho pueblo los dichos naturales eran pueblos aparte y tenían mercedes particulares: dijo que no lo sabe, que lo que ellos lean dicho a este testigo que por el derecho del dicho su pueblo los habían poblado y labrado (1).

La coincidencia de los topónimos San Antonio y Cuescomate, situados al oriente de San Ildefonso, con los actuales pueblos de San Antonio y San Joaquín Coscomatepec que están en la misma dirección; su poblamiento relativamente tardío, y la irregularidad de su fundación -que explicaría que tardaran en aparecer plenamente registrados- me llevan a concluir que se trata, en efecto, de los mismos asentamientos.

Así, San Antonio y Cuescomate o Coscomatepec habrían surgido a fines del siglo XVII o principios del XVIII, cuando indígenas de San Ildefonso se establecieron sin autorización en tierras pertenecientes al cacique Lucas Magos Bárcena y Cornejo. Por razones que desconocemos, los habitantes de aquel pueblo parecen haberse lanzado entonces a poblar y cultivar éstos y otros parajes alejados de su lugar de origen. De ahí que San Antonio y Cuescomate existieran desde entonces como poblaciones de facto -en otro testimonio se les denomina "puestos", acaso precisamente para evitar llamarlos pueblos-, aunque su reconocimiento jurídico como tales no llegara, al parecer, sino hasta el siglo XIX.

Por cierto, en aquellos primeros años todavía no aparece la advocación de San Joaquín unida al nombre de Cuescomate. Seguramente la tomó del rancho en cuyas tierras o inmediaciones se había establecido y del cual acabaría separándose, pues esa propiedad privada, llamada precisamente rancho de San Joaquín, continuó existiendo junto al pueblo hasta la época de la reforma agraria del siglo XX. La historia tuvo un giro irónico: en 1915 los habitantes de San Joaquín solicitaron la "restitución" de sus tierras presuntamente usurpadas por aquel rancho, cuando todo parece indicar que el origen remoto del pueblo se encontraba en la ocupación ilegal de tierras que originalmente habían pertenecido a esa propiedad (2).

Sobre la etimología de su nombre indígena, Coscomatepec es una palabra de origen náhuatl y deriva de cuezcomatl, "troje" o "granero para guardar maíz", y tepec, "en el cerro" o "cerro de". Puede traducirse, por tanto, como "en el cerro del cuezcomate" o "cerro de la troje".

Hecho este rodeo por la historia, volvamos por fin a la capilla.

Mientras que su vecino, el pueblo de San Antonio, posee una preciosa y modesta capilla antigua, San Joaquín, si es que la tuvo, no la conserva. San Joaquín no conserva ninguna, si es que alguna vez la tuvo. Su templo actual, levantado por el maestro de obra Anacleto Mondragón, comenzó a construirse en 1987 y fue concluido en 1999. La lápida que recuerda estas obras habla, sin embargo, de una "reconstrucción", aunque desconozco las características y la antigüedad del edificio anterior. La fachada de este nuevo templo mira hacia el noroeste, rumbo hacia el que se extiende su atrio al que se accede a través de un sencillo arco de cantera rosa. El edificio, aunque pequeño, consta de tres naves separadas por columnas toscanas recubiertas de cantera rosa. Las naves laterales con cubierta de losa de concreto plana y la central, más elevada, con una bóveda del mismo material. Las separa Su cabecera es recta y sobre el presbiterio se levanta una cúpula sobre tambor, que se apoya en pilares toscanos en lugar de columnas, sobre los que se despliega también el arco con casetones de aire neoclásico en el intradós.

El exterior de la capilla lo define la combinación de cantera labrada blanca y rosa en todas sus fachadas y ornamentos. Así, por ejemplo, la fachada principal se levanta sobre una escalinata de cinco gradas, consta de un solo cuerpo y un remate, y en ella, sobre un fondo de cantera blanca irregular concertada destacan los adornos en cantera rosa. Estos adornos son, en el cuerpo bajo, la portada central cerrada por un arco moldurado de medio punto sobre jambas entableradas con capitel toscano, y las laterales, algo más angostas, con jambas idénticas a la central de hecho unidas a ésta por su capitel, un poco más bajas y con cerramiento curvo muy rebajado. En éstas portadas laterales, además, por encima del capitel las jambas se prolongan hasta alcanzar una cornisa sostenida por un par de ménsulas lisas, mismo motivo que se repite encima al llegar a la cornisa corrida de este primer cuerpo, adornada con dentículos.

El remate de la fachada es un cuerpo exento y elevado, mixtilíneo, que se le vanta sólo sobre la portada central, con un ojo de buey también mixtilíneo al centro, rematado en cruz y con dos pináculos a media altura. A sus lkados, sobre cada una de las portadas laterales, hay una hornacina con su venera en cantera blanca, terminadas en una moldura rectilínea, que albergan dos imágenes: San Judas Tadeo del lado del Evangelio y la Virgen de Guadalupe del lado de la epístola, labradas ambas en cantera naranja claro.

A los lados de la fachada se levantas las dos torres, sumamente austeras. Su primer cuerpo, ciego y sólo adornado por un par de angelillos, forma parte del plano del primer cuerpo de la fachada y no se distingue de ella. Por encima de la cornisa corrida se yerguen los campanarios con tres cuerpos de mayor a menor casi cúbicos de cantera blanca, con arcos e impostas moldurados del mismo material y cornisas de cantera rosa en el remate de cada cuerpo. Por encima del último cuerpo, un cupulín en forma de linternilla sostiene una cruz, rodeado de cuatro pináculos en los ángulos del cuerpo que lo sostiene. Estas torres, en su simplicidad, son quizá el elemento que mejor se vincula con la arquitectura religiosa local e inmediatamente evocan a la torre de la parroquia de san Gerónimo, o a la de Santa María Nativitas, pese a que estos edificios sólo tienen una torre. La disposición de las torres subraya el carácter horizontal de la fachada.

Las fachadas laterales están también recubiertas de cantera blanca concertada y en cada costado se abren tres ventanas casi cuadradas con cerramiento en arco muy rebajado, repisón y ménsulas por encima y como prolongación de de sus jambas, que sostienen una cornisilla.

La cúpula es quizá su elemento más característico. Apartándose un poco del modelo local de cúpulas hemisféricas sobre tambor cilíndrico de poca altura, ésta se yergue sobre un alto tambor octogonal sobre un tramo de planta rectangular, con ventanas rectangulares enmarcadas en cantera rosa que dan mucha luz al interior. Remata este tambor un entablamento corrido con triglifos en el friso, que marcan el nacimiento de las costillas de cantera rosa rematadas en róleos que marcan la división de la cúpula elíptica en doce gajos. Una linternilla cilíndrica en piedra más gris-amarillenta que blanca, con remate campaniforme que sostiene una cruz, remata el conjunto.

El interior del templo desmerece un poco, no tanto por la ornamentación como por las dimensiones del espacio: las naves alcanzan poca altura, especialmente las laterales, y las cubiertas de simple losa de concreto de éstas lucen demasiado simples y ramplonas, un tanto opresivas, como si la imaginación del arquitecto se hubiera detenido allí. Al presbiterio lo salva de esto la cúpula.

El altar mayor está labrado también en cantera. La parte baja es una mesa sostenida por cuatro arquillos frontales y dos laterales sobre columnas cilíndricas estriadas y rematada en cornisa. Sobre esta mesa se halla un banco que sostiene al centro un nicho aislado con cuatro columnitas de cantera en los ángulos, con arco al frente que alberga el sagrario, con puerta metálica dorada y trabajada. Este sagrario sirve de peana al santo titular, san Joaquín, enmarcado por un nicho muy simple con un par de columnas y un arco casi sobrepuesto. A sus lados, un par de ménsulas de cantera sostienen a la izquierda un crucifijo y a la derecha una imagen de la Virgen de Guadalupe, ambos de pequeño tamaño. Un arco de cantera rosa moldurado envuelve la composición.

Con sus virtudes y defectos, la capilla de San Joaquín Coscomatepec es un buen ejemplo de una construcción contemporánea de líneas tradicionales, perfectamente integrada al paisaje y al entorno cultural e histórico en el que se levanta y, sobre todo, muy hermosa. Su arquitectura recoge una tradición secular sin pretender imitar servilmente los edificios antiguos. Un ejemplo que sobresale en medio de las aberraciones arquitectónicas que abundan entre las capillas modernas del municipio, muchas de las cuales difícilmente podrían calificarse de otra manera que como auténticos horrores de la arquitectura.

 

Fuentes:

1. AGN, Tierras, vol. 1794, disponible en: https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3Q9M-CSDL-J451-Q?view=fullText&keywords=cuescomate%2CAculco&searchForm=advanced&lang=es&groupId=M98L-WBX

2. Aunque la restitución no procedió, en agosto de 1929 el pueblo de San Joaquín obtuvo la dotación de 213 hectáreas, 62 áreas tomadas del rancho del mismo nombre. DOF, 19 de noviembre de 1929.

viernes, 2 de octubre de 2026

Benjamín Rodea Castillo, un empresario aculquense

Don Benjamín Rodea Castillo nació en Aculco en 1917. Fue hijo de los señores Facundo Rodea Sanabria -originario de Jilotepec- y de la aculquense María Senorina Castillo Garrido, hermana ella, por cierto, del diputado Isauro Castillo Garrido, de quien les hablé hace poco tiempo en este blog. Los padres de Benjamín eran ambos maestros, pero don Facundo también se dedicó al comercio y tuvo algúna incursión menor en la política, ya que el mismo año de 1917 se le eligió diputado suplente por el 10o. distrito del Estado de México y en 1921 fue presidente municipal de Jilotepec. Un dato anecdótico es que don Facundo estuvo casado en primer matrimonio -del que enviudó- con la señora Laura Rodea y con ella tuvo en 1896 un hijo al que también había llamado Benjamín. Supongo que este pequeño falleció en la infancia.

Los padres de Benjamín emigraron a la Ciudad de México con sus hijos y en esta capital su madre continuó dedicándose a la enseñanza, mientras que el padre trabajó como empleado. Mujer con inventiva, la maestra Senorina presentó a la SEP, en 1931, un aparato para la enseñanza del Sistema Solar o "artefacto para representar el sistema planetario" (Boletín de la Secretaría de Educación Pública, México, tomo X, núm. 5, marzo de 1931, p. 31.). Se le tenía por una gran recitadora y llegó a ser -a finales de la década de 1940- directora de la Escuela Ezequiel A. Chávez, en la colonia Santa Maria la Ribera. En 1949 celebró sus 30 años de labor docente, aunque su cédula profesional como profesora de educación primaria por la Escuela Nacional de Maestros data de 1948. Esta aparente contradicción no resultaba excepcional en la época, pues era común que personas con cierta preparación, pero sin estudios magisteriales formales, ejercieran como maestros. El dato importante es que ella sí llegó a obtener dicha cédula.

El matrimonio Rodea Castillo vivió muy cerca de la Escuela Normal de Maestros, en la calle de Lauro Aguirre número 160. También muy próxima a ella vivía la familia de la señorita Rosa Bandera Hernández, con quien Benjamín Rodea contrajo matrimonio civil en 1943 y religioso el 22 de febrero de 1944 en la inmediata parroquia de San Antonio de las Huertas.

Benjamín siguió la inclinación magisterial de sus padres, pero con un mayor enfoque a los materiales educativos: inventó varios aparatos "para objetivizar la enseñanza de distintas asignaturas" (como el Block eléctrico, patente 42172 del 21 de diciembre de 1942), pero, sobre todo, descubrió una técnica para fabricar pizarrones sobre masonite (esto es, tableros de fibra de madera comprimida) y láminas de acero. A partir de este descubrimiento, fundó en 1940 la empresa Pizarrones de México, S.A., que contaba con una planta en Naucalpan y llegó más tarde a ser la fabrica más importante de pizarrones de América Latina. La empresa no se limitaba a producir y comercializar pizarrones, sino también otros artículos escolares e incluso libros, como el Atlas Anatómico Objetivo. Con el tiempo, Benjamín incluyó como socios a sus hermanos y a los de su esposa.

En aquellos años, el principal comprador de materiales escolares era naturalmente el gobierno federal y lo hacía en gran cantidad, por lo que la empresa alcanzó un gran éxito entre las décadas de 1940 y 1960. Una crónica de 1962 refiere algunas de estas compras y menciona de paso los esímulos que recibía del gobierno esta empresa:


Están instalando unos pizarrones "mágicos", de novísimo diseño y de un acabado que es sorprendente. Y hacia uno de esos planteles fuimos con el objeto de contemplar de cerca esta originalidad del pedagógico elemento. Allí vimos esos pizarrones "magnéticos", y los llaman así porque observamos que las letras, el gis, los mapas, figuras geométricas y el mismo borrador se adhieren al pizarrón, y el que los utilice puede con facilidad ir moviendo los útiles a su antojo y conforme los necesite. De color azul agua, estimulante, muy agradable, se escribe en ellos nítida y silenciosamente, y además tienen una dureza extraordinaria, de tal manera que los niños nunca los podrán maltratar. Supimos también que estos novedosos y útiles pizarrones, fueron contratados con la firma "Pizarrones de México", industria nacional que viene distinguiéndose en la fabricación de distintos materiales pedagógicos, sus pizarrones mágicos, para usarse en las construcciones educacionales modernas. Grande fue nuestra satisfacción al contemplar estos elementos tan valiosos a la educación, pues no olvidamos que el señor Presidente de la República, licenciado Adolfo López Mateos, ha demostrado siempre un primordial interés por el fomento educativo de nuestro país, habiéndose traducido en el presente caso por medio de un estímulo para esta industria mexicana, que fabrica novedosos e interesantes pizarrones de singular calidad. En el presente, en todas las escuelas primarias y secundarias que construye el Departamento del Distrito Federal , se instalan estos novedosos y útiles pizarrones; con ellos se satisface una necesidad de los nuevos lineamientos de la enseñanza, lo cual se traducirá en una mejor educación. Así , estas escuelas del Departamento del Distrito Federal, estarán equipadas en ese aspecto al igual que las estadounidenses y europeas, pudiendo considerarse desde ahora y sin hipérbole, como las mejores del país, habiéndolo entendido de esta manera el propio Regente de la ciudad, el licenciado Ernesto P. Uruchurtu, cuyo afán por el constante mejoramiento de la ciudad ha recibido el unánime aplauso de la sociedad.
 
Fuente: revista
Hoy, 17 de febrero de 1962, p. 43.

En 1957 y 58, Benjamín patrocinó la misión político-educativa dentro de la campaña de Adolfo López Mateos a la presidencia de la República, que se desplegó con el lema "Fomentando la educación iluminaremos más la senda por la que ya México marcha". Participó después en la fundación de Dirección General Publicitaria de Fomento Educativo Nacional, que se convirtió más tarde en el Consejo Nacional de la Publicidad. Ahí, en 1960, se ocupó de la campaña de restauración de escuelas bajo el lema "Mejores escuelas harán de nuestros hijos mejores mexicanos".

Don Benjamín Rodea no visitaba Aculco con frecuencia. Pero una de sus visitas quedó consignada en la columna "Multicosas" de Bernardo Alcántara, en el periodico Aculco del 30 de septiembre de 1959: "Después de muchos años de no venir a Aculco, el domingo pasado nos visitó el Sr. D. Benjamín Rodea Castillo, Gerente de la importante negociación "PIZARRONES DE MÉXICO", y nos dijo que lo había encontrado tan simpático y atractivo que espera visitarlo con más frecuencia, ya que es el pueblo donde él nació". Aquella visita de Rodea tuvo además otro resultado: la donación de pizarrones para la escuela secundaria del pueblo, como relata el número de enero de 1960 del mismo periodiquito local. Unos pizarrones verdes, recuerda mi padre, que llamaban la atención en una época en que lo habitual era que fueran negros:


La esposa del Señor Presidente de la República Obsequia Preciosos Pizarrones a la Secundaria
"Pizarrones de México" en la Secundaria
 
Hay un refrán muy antiguo que dice: "El que no llora, no mama", y realmente que se ha cumplido una vez más, y para satisfacción nuestra, a favor de este Aculco querido. Todos conocen el dinamismo, la enorme capacidad mental que se encierra en la distinguida persona de nuestro paisano el señor D. benjamín Rodea, autor y realizador de los extraordinarios y útiles "PIZARRONES DE MÉXICO", considerados por quienes esto entienden, como un prodigio y una revolución dentro del material escolar, y clasificados como los mejores del mundo. Pues bien, bastó abrir la boca, que D. Melitón Alcántara, Presidente del Patronato de la Escuela Secundaria “VENUSTIANO CARRANZA” llorara tantito al Sr. Rodea, exponiéndole el lamentable estado de los pizarrones de su Secundaria, para que éste, que ha entrado de lleno en el grupo de personas amantes y finos en todo lo que a progreso y mejoramiento de Aculco se refiere, sin guardar a que el lloro se convirtiera en sollozo, hiciera un espontáneo ofrecimiento de 11 hermosos pizarrones que dieran categoría a las aulas de la Secundaria de Aculco. Pero no paró ahí la cosa. El señor Rodea que, precisamente por ese dinamismo, y esa personalidad de que hablábamos arriba, está en contacto muy cercano con la señora Eva Sámano de López Mateos, habló del ofrecimiento hecho con la esposa del Sr. Presidente de la República, y fué la misma señora esposa del Presidente quien, en un gesto de distinción que tanto honra a Aculco, hiciera saber al señor D. Benjamín Rodea que ella misma quería hacer el obsequio de los pizarrones a nuestra Secundaria. Sus múltiples compromisos y ocupaciones imposibilitaron a nuestra distinguida donadora asistir personalmente al acto de colocación de dichos pizarrones, y nombró como su representante a D. Benjamín Rodea, para que, al mismo tiempo que lo hacía portador de una carta, él en su nombre hiciera la entrega oficial. Fué, pues, D. Benjamín, quien en el momento de colocación de los pizarrones en las Aulas de la Secundaria, dió lectura al contenido de la carta firmada por la señora del Presidente de la República, siendo muy aplaudida.
“ACULCO” se complace en resellar este gesto tan distinguido de la Primera Dama de la República hacia nuestro pueblo, al mismo tiempo que reitera su profundo agradecimiento a nuestro amigo D. Benjamín Rodea, por cuyo conducto y a cuya iniciación se debe el que la Secundaria de Aculco, luzca muy orgullosa sus magníficos pizarrones que tanto facilitan el trabajo escolar, por sus múltiples aplicaciones que son producto del esfuerzo y del talento de su prodigioso ingenio. ¡MUCHAS GRACIAS, D. Benjamín Rodea y que su noble trabajo se vea siempre coronado con grandes éxitos.

La cercanía con los políticos de que tanto presumía don Benjamín terminó, sin embargo, por pasarle factura. Uno de sus socios en Pizarrones de México era ni más ni menos que Ezequiel Padilla, importante político guerrerense que fue diputado, senador, procurador general de la república, embajador, catedrático de la UNAM, secretario de Educación Pública y secretario de Relaciones Exteriores, entre otros cargos, y supo mantenerse sorprendentemente vigente desde el Maximato callista hasta el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Al parecer, la sociedad entre Rodea y Padilla fue fructífera hasta mediados de la década de 1960, cuando terminó de manera bastante abrupta:


El Sen. Ezequiel Padilla y su Hijo Edgardo Acusados de Varios Delitos
Lío Derivado de un Negocio Industrial que estableció en Sociedad con un Individuo
 
MEXICO, D. F., febrero 24 (AEE).— Benjamín Rodea Castillo acusó al senador Ezequiel Padilla y a su hijo Edgardo Padilla Couttolenc, en la Procuraduría del Distrito Federal, por los delitos de fraude, abuso de confianza, homicidio en grado de tentativa, amenazas y otros, según acta que radica en la mesa 22 de la mencionada dependencia.
Rodea Castillo acusó a Ezequiel Padilla de haberse apoderado mediante argucias, de la empresa Pizarrones de México, que en la actualidad tiene un valor de dos y medio millones de pesos. Puntualizó que Ezequiel Padilla y su hijo entraron en sociedad, expulsándolo y quedándose con el negocio.
El denunciante afirma que fue atacado el día 29 del pasado enero por Gabriel Herrerías, incondicional del senador, y que pudo repeler la agresión.
Señaló que para visitar al senador Padilla, será necesario que la Cámara de Senadores se erija en gran jurado, debido a la impunidad de que goza Ezequiel, y que para ello enviará una copia de su acusación al cuerpo legislativo.
Si la Cámara —dijo— se abstiene de conocer el caso, el querellante se reserva sus derechos para acusar a Padilla cuando termine su periodo en la misma. Rodea Castillo informó que durante la sociedad con Padilla no le cubrieron $750,000.00 que invirtió en montar las oficinas de la empresa y un taller que costó más de $100,000.00. Agregó que tampoco le cubrió su sueldo mensual de $15,000.00, ni las utilidades, que fueron de más de $125,000.00.
Puntualizó que interpuso juicio laboral en la Junta de Conciliación y Arbitraje, y que ha sido presionado y amenazado de muerte para que se desista del juicio.
 
Fuente:
El Informador, 25 de febrero de 1966

Un mes después de que se denunciara la maniobra de Ezequiel Padilla y su hijo para despojarlos de todos sus derechos en Pizarrones de México, el senador denunció a su vez a don Benjamín y a su esposa por el delito de abuso de confianza por la suma de veintitrés mil pesos. El matrimonio tuvo que comparecer ante el juez, ante quien insistieron en que ellos eran las víctimas.

El pleito se prolongaría por años. Ezequiel Padilla y su hijo, además, supuestamente desmantelaron la empresa y vendieron la mayor parte de sus instalaciones a espaldas de sus socios. El fraude se estimaba en tres millones de pesos de la época (unos 35 millones de pesos actuales). En 1970 la parte acusadora obtuvo de un juez de Tlalnepantla una orden de aprensión contra Padilla y las autoridades detuvieron en efecto a su nieto, también acusado, Alejandro Gómez Padilla. Del resultado final del caso no tengo información.

Don Benjamín cambió en 1971 su residencia a Querétaro, donde fundó y urbanizó el fraccionamiento -más bien modesto- de Los Ángeles de Santa Rosa, en Santa Rosa Jáuregui, y creó una industria alimentaria, Alimentación Familiar Apetitosa, S.A.de C.V., que fue centro de capacitación para mujeres campesinas y planta piloto para un programa nacional. La empresa tenía oficinas en la Ciudad de México, en la calle de Lago Merú número 45, colonia Granada.

Rodea, además de sus facetas como inventor e industrial, fue también, a su modo, un hombre de letras. En 1965 escribió el ensayo "Tardía respuesta a un amigo", sobre los temas de enseñanza, personalidad, honradez, felicidad y éxito. Cuatro años después publicó un libro sobre su pleito con Ezequiel Padilla, titulado Maquinación de fraude de un senador, caso Benjamín Rodea Castillo vs Ezequiel Padilla, "Pizarrones de México", S.A., de 1965 1969. Insistió sobre ese tema en sus siguientes libros: En lucha desigual contra un político (1966), Injusticias por doquier (1978), y Mi peor error, creer en el sistema (1983). Finalmente, en 1991 escribió un curioso volumen titulado Método Entusiasmo, del que se llegaron a imprimir casi 20 mil ejemplares, el cual ofrecía "desarrollar simultáneamente las energías físicas, morales e intelectuales; crea y protege la 'buena suerte'; propicia el rechazo a los vicios y se logra mucha fuerza y larga vida". Era, a decir suyo, "su último esfuerzo dentro de la modernización educativa".

Hasta ahora no he podido localizar la fecha de fallecimiento de este notable aculquense. Quizá alguno de sus descendientes o familiares pueda ayudarme con este dato y, de paso, contarnos algo más sobre él.

viernes, 25 de septiembre de 2026

La Muralla: una olvidada casa de Aculco

La avenida de los Insurgentes marcaba antiguamente el límite de Aculco por el poniente. A pesar de su carácter periférico, esta larga y recta vía conserva todavía varias construcciones de interés, especialmente en el tramo comprendido entre la avenida Hidalgo y la calle de Aldama. De dos de ellas me he ocupado ya en este blog: la casa que perteneció a don Guadalupe Reyes y la curiosa bóveda que acaso fue un antiguo oratorio familiar otomí. Hoy les platicaré de otra casa que se levanta en esta avenida y que lleva el misterio hasta en el nombre: la Muralla.

La Muralla se encuentra en el número 5 de la avenida de los Insurgentes. Actualmente está dividida en dos predios, pero originalmente formaba un rectángulo de unos 30 metros de frente por poco más de 40 de fondo. Toda la casa se desarrollaba en un solo nivel, aunque en algunas áreas contaba, bajo los tejados, con trojes que formaban una suerte de entrepiso y que tenían pequeñas ventanas rectangulares (quizá sería mejor llamares ventilas, de unos 40x20 cm) que daban hacia los patios. Quizá las habitaciones bajo estas trojes llegaron a tener un entrepiso de viguería y terrado de buena calidad constructiva, pero lo cierto es que las cubiertas de teja que llegaron a nuestros días parecen ser en general de poca calidad, con vigas delgadas, muy separadas entre sí. Quizá esto se deba a una remodelación más bien tardía.

Al exterior, la antigüedad del inmueble se advierte de inmediato en sus desgastados muros de piedra encalada. La fachada que mira a la calle presenta una particularidad: su mitad derecha sobresale unos 80 centímetros respecto de la alineación de la parte izquierda. Ambas partes quedan unificadas, sin embargo, por la misma calidad constructiva, la misma altura y el talud de cerca de un metro de altura que refuerza los muros en casi toda su extensión.

Sólo dos de los muchos vanos de esta fachada conservan sus dimensiones originales, altas y estrechas, con enmarcamientos de la misma piedra, unos a ras del muro y otros ligeramente resaltados. Se advierten también las huellas de otros vanos que fueron tapiados. A pesar de estas modificaciones, la casa conserva un marcado carácter y contribuye sin duda a enriquecer el ambiente urbano de Aculco.

La cantidad de trojes altos y bajos, corrales empedrados y caballerizas con que contó este edificio permite suponer, sin mucha duda, que en su origen fue un mesón, más dedicado, por supuesto, a la comodidad de las cabalgaduras que a la de los arrieros. La tradición oral apoya también esta idea. Aunque no tiene elementos decorativos que permitan fechar muy fácilmente su construcción, su método constructivo parece remontarse al siglo XVIII. Prueba de su antigüedad son los muchos remiendos que presentan sus muros, algunos tan viejos que su sola presencia parece envejecer aún más el edificio original.

Según la tradición, el edificio sirvió como cuartel en algún momento del siglo XIX. No me ha sido posible comprobar esta información ni precisar cuándo ocurrió: se habla lo mismo de los años de la Guerra de Independencia que de los tiempos de la Intervención francesa. Lo único que parece más seguro es que fue durante esta etapa militar cuando recibió el nombre de La Muralla, que en ciertos documentos aparece también con el todavía más poderoso apelativo de "La Fortaleza". Posiblemente, antes de las reformas que abrieron más vanos en su fachada, y cuando sus muros ciegos de la parte trasera formaban la última línea de construcciones de Aculco hacia el oeste, el edificio respondía un tanto a esos nombres.

En algún momento entre finales del siglo XIX y principios del XX, aquella "fortaleza" se convirtió en propiedad del Pbro. José Canal, cura de Aculco y filántropo en vida, que a su muerte en 1906 dejó además sus bienes para el socorro de pobres y desprotegidos. Precisamente en esta casa se pretendió establecer una especie de asilo para viudas pobres, con viviendas separadas, y quizá de entonces data cierto acomodo anárquico de algunas habitaciones. De estos años proviene el nombre de "La Beneficencia" con el que también se conoció al edificio.

El legado del padre Canal no pudo, desafortunadamente, conservarse. La verdad es que no era fácil hacerlo en los años de la Revolución y los bienes fueron mermando hasta desaparecer. En el Archivo Histórico del Estado de México existen las cuentas de esta fundación entre los años de 1914 y 1917, cuando estuvo a cargo de don Macario Sánchez y Ruiz, como patrono (1). Quizá su revisión ayude a saber qué fue lo que pasó, cómo decayó y de qué manera se liquidaron sus bienes. El caso es que la casa del padre Canal, una casa vecina a la Casa del Puente, su rancho nombrado Casellas y la misma casa de la Beneficiencia de la que hemos estado hablando terminaron por ser vendidos a particulares.

Desconozco en qué momento La Muralla se fraccionó en dos partes: la principal, hacia el oriente, y la parte de los corrales y huerta hacia el poniente, a la que sólo se puede acceder por un estrecho pasillo común que corre al sur. La primera fracción pasó a manos de don Urbano Correa Ruiz, administrador de la hacienda de Cofradía, quien la habitaba hacia 1930. Luego la adquirió -a finales de la década de 1970- don Alfredo Andrade, quien la remodeló en gran parte y en cuya descendencia se conserva. La segunda fracción fue propiedad en la década de 1960 de don Agustín Osornio Padilla y hoy pertenece al señor Enrique Alcántara y esposa.

Gracias a las fotografías que generosamente me compartió Oziel Martínez Andrade, podemos hacer un recorrido gráfico por los distintos espacios de este inmueble, algunos de ellos conservados y en pleno uso, y otros más en camino de convertirse en ruinas:

Patio sureste (marcado en rojo en el plano)

Trojes y cuartos del patio suroeste (en azul en el plano)

Patio suroeste o segundo patio (en azul en el plano)

Corral norte (verde en el plano)