sábado, 18 de julio de 2026

Por la calle de Bravo

La calle de Nicolás Bravo corre entre la Avenida Hidalgo y la calle de Pomoca: dos cuadras que hacia el oeste se vuelven tres, pues desemboca en aquel costado la callecita de Santos Degollado sin prolongarse hacia el este. Degollado, por cierto, fue hastala década de 1950 o 60 apenas un angosto callejón al que solían nombrar "del Beso", en referencia al mucho más famoso callejon del mismo nombre que se encuentra en la ciudad de Guanajuato. Pero no nos desviemos del tema de este texto y comencemos a andar por la calle de Bravo.

La calle inicia entre dos casas significativas en el paisaje aculquense. Al poniente, la casa que fue don Macario Sánchez Ruiz y su esposa María Lara Rodríguez, remodelada a mediados del siglo XX con unas ventanas de cantera adornadas con una guardamalleta bajo el alféizar. Al oriente, la que llamaban Casa de la Pechera, que en este extremo tenía un portalito con arcos el cual, en la década de 1970 se cerró con una fachada de piedra blanca con elementos similares a los de la Unidad Jorge Jiménez Cantú.

Si el caminante levanta la vista desde este inicio, advertirá que el primer tramo de la calle corre en línea recta. Pero a lo lejos, después de cruzar Aldama, percibirá que el segundo tramo se tuerce pues serpentea al tiempo que desciende hacia el norte. Este es un detalle que revela la distinta antigüedad de estos dos tramos: los mapas más antiguos, como el de 1898, permiten comprobar que el segundo tramo no existía entonces, y que se abrió ya en el siglo XX trazándolo con menos cuidado, atendiendo seguramente más a los linderos de los solares que a la conveniencia de una traza rectilínea. El censo de 1930 parece apuntar en esa dirección. Registra apenas cuatro viviendas en la calle, al parecer todas ubicadas en el primer tramo. Esto podría indicar que el segundo todavía no existía, aunque también cabe la posibilidad de que ya hubiera sido abierto, pero permaneciera prácticamente deshabitado.

No es una de las calles más hermosas de Aculco, pero sí es simpática y conserva en buena medida su armonía. Empedrada, como todas las del centro. En ella todavía no se aprecia el desorden arquitectónico que ha alterado de manera irreversible otras calles del pueblo. Es una calle angosta y sin banquetas. Como los corrales de varias casas daban hacia ella, durante mucho tiempo estuvo definida por las altas bardas de piedra blanca que se alzaban a ambos lados, interrumpidas aquí y allá por antiguas portadas de cantera. Recuerdo especialmente la del número 8, que hacia 1995 vi desmontada junto a la nueva entrada, ampliada para permitir el acceso de vehículos. Con todo, la mayor parte de los muros que hoy verá el caminante sigue siendo la original, aunque muchos hayan sido horadados con ventanas de proporciones poco afortunadas (con alguna excepción) o con accesos ensanchados para colocar portones metálicos.

Llegamos al cruce con la calle de Aldama. Vemos con claridad que no sólo es el trazo de la calle de Bravo el que cambia, sino que también sus construcciones son más sencillas, señal de que se edificaron en tiempos relativamente recientes y en lo que ya eran plenamente las orillas del pueblo. O, más bien debería decir, eran más sencillas, pues la reciente edificación de construcciones nuevas ha comenzado a alterar ese aire ese aire que durante tanto tiempo caracterizó a este lugar. Una de esas nuevas construcciones está precisamente en la esquina. Vamos a detenernos un momento en ella.

La casa intenta integrarse a su entorno mediante el uso de muros blancos, teja de barro, vanos verticales y herrería sencilla. Pero la escala del edificio, su volumen compacto y los numerosos retranqueos y huecos de distintas dimensiones le dan una presencia mucho más dominante que la de las construcciones tradicionales vecinas. "Salta a la vista", pues, lo que es un grave pecado cuando una casa nueva se inserta en un entorno histórico. Arquitectónicamente, además, me parece fallida: su composición carece de una jerarquía clara y sus referencias coloniales parecen añadidas a una construcción moderna más como una concesión que como parte de una intención genuina de integrarse al conjunto urbano de Aculco. Con una composición de fachadas más sencilla, el resultado habría sido mucho mejor. El muro colindante hacia el norte es además una desgracia, con sus castillos de concreto y ladrillos expuestos en toda su altura. En resumen, su incorporación no es un error dramático, pero sí una oportunidad desperdiciada para aumentar la belleza de este rincón del pueblo.

Justo enfrente de esta casa y abarcando también su respectiva esquina, se está levantando también otra casa de nueva planta. Esta vez, la fachada está construida íntegramente en la hermosa y rústica piedra blanca de Aculco. El muro de este material se prolonga sin vanos a lo largo de toda la calle de Bravo, evocando en materiales y dimensiones la vieja barda que existía antes ahí. Sobre esta barda sobresalen en altura un par de cuerpos de dos plantas que, desde el exterior, apenas muestran hacia la calle unas pocas ventanas de pequeño tamaño. Al momento de tomar las imágenes, no se había completado el rajueleado entre las piedras, lo que le daba una apariencia poco tradicional, pero las zonas donde el rajuleado se ha colocado indican que esto se resolverá adecuadamente.

Esta construcción tiene sus méritos. Me gusta. Me parece mucho más adecuada e integrada al sitio. La verdad es que la piedra blanca tiene mucho que ver con ello, pues este material tiene la capacidad de evocar inmediatamente la imagen tradicional de Aculco. Sus dos torrecillas recuerdan además las trojes construidas en alto de las viejas casas del pueblo, trojes que casi se han perdido en remodelaciones y adaptaciones. Con todo, hay que señalar detalles que me parece que fallan, como son la torpe cornisilla de concreto que recorre toda la construcción y la falta del tratamiento en piedra de su colindancia hacia el norte (por lo menos no deja este muro expuesto como en la otra casa que reseño). Pero no es este su mayor pecado, sino otro: para levantar esta construcción se destruyó una vieja casa tradicional, extremadamente sencilla y bastante maltratada, cierto, pero auténtica. Podría haberse conservado parcialmente. Aquí algunas fotos de aquella vieja casa cuando estuvo a la venta:

Aunque tomé algunas fotos del interior de esta casa, casi todo se halla todavía en construcción y es difícil saber cómo será en definitiva. Pero continuemos nuestro camino por la calle de Bravo. Seguimos bajando entre bardas de piedra blanca y casitas de poca importancia arquitectónica, lo mismo revocadas que con acabado en ladrillo. Destaca sólo por mejor cuidada la que alberga ahora al Café Casa Arte, con su entrada principal enmarcada en ladrillo, un acceso lateral con portada de cantera y sus canales que desaguan la azotea. Desde su terraza -como desde los altos de otras casas del rumbo- se tiene una preciosa vista del centro de Aculco.

Llegamos así a los últimos metros de esta calle, que aquí se ensancha para confluir con la de Pomoca. Al mismo tiempo, su lienzo occidental se endereza hacia el norte, mientras el oriental gira ligeramente al noreste. Sus últimas casas son muy sencillas. Una de ellas, pequeña y de un solo piso, estuvo hace poco a la venta por un precio absurdo. Hoy ya no está el letrero que la anunciaba y, aunque parece haber sido reparada, una nueva y desafortunada cubierta de estructura metálica y teja plástica protege ahora su pasillo de entrada. Quizá sea el preludio de una transformación mayor en un futuro no demasiado lejano. Es de temerse que para aprovechar tan reducida superficie su dueño intente levantar más de dos pisos.

Frente a ella hay otra casa pequeña que podría pasar por su gemela. Lo que destaca detrás de ella es una construcción reciente de dos plantas, pintada de color crema, tan simple como poco afortunada. Uno se pregunta cómo quien la edificó pudo dejar pasar la oportunidad de embellecer este rincón del pueblo cuando habría bastado incorporar unos cuantos elementos tradicionales para integrarla al conjunto urbano. No parece haber sido una cuestión de recursos. Tampoco de falta de ejemplos, porque Aculco ofrece muchos. La pregunta es otra: ¿se trata de falta de cultura arquitectónica, de sensibilidad o, simplemente, de indiferencia hacia el paisaje urbano que todos compartimos?

Las últimas casas de la calle, al llegar a Pomoca.

El caminante deja finalmente la calle Nicolás Bravo. Puede visitar el Santuario de Nenthé, que se encuentra a unos cuantos metros, o regresar al centro del pueblo por la calle de Pomoca. Yo me alejo con un poco de melancolía. ¡Sería tan fácil que Aculco conservara, e incluso acrecentara, su belleza con un poco de cuidado y buen gusto! Pero vivimos en una época en la que esto preocupa a muy pocos. Cada quien dirige su atención hacia asuntos distintos y sólo unos cuantos seguimos creyendo que no se puede vivir de espaldas a la belleza.

miércoles, 1 de julio de 2026

Macario Pérez Romero, el diputado constituyente que no fue

Para continuar con la serie sobre los diputados federales de origen aculquense, quiero hablarles ahora de uno que lo fue, y al cabo no fue: don Macario Pérez Romero.

Don Macario era hermano de otro aculquense -arroyozarqueño- que fue trambién diputado, don Manuel Pérez Romero, de quien les platique hace unas semanas. Como el origen y la niñez de ambos son parecidos, permítanme para empezar copiar algunas líneas de lo que escribí antes sobre los hermanos Pérez Romero y proseguir después con la biografía propia de don Macario.

Les decía entonces que, para abordar la biografía de los Pérez Romero hay que ir al principio... y que en el principio está su padre, don Macario Pérez Sr.

Macario Pérez Sr. nació en 1845 en Real del Monte, hoy estado de Hidalgo. Su madre, Anastasia Sánchez Adrián, tras enviudar, se casó en segundas nupcias con José Joaquín de Rozas Irazábal, propietario desde 1858 de la hacienda de Arroyozarco junto con su hermano Manuel. José Joaquín y Anastasia tuvieron una hija, Dolores Rozas, media hermana por tanto de Macario. Cuando José Joaquín murió hacia 1872, Manuel su hermano quiso quedarse con la totalidad de la hacienda, pero no logró saldar el adeudo con Dolores por su parte y terminó por entregársela en propiedad en 1877. Se encargó de recibirla precisamente Macario, quien ya vivía en la hacienda y a partir de aquel momento se convirtió en el administrador de la finca.

La gestión de Macario Pérez resultó controvertida por diversas razones. Sus contemporáneos le reprocharon tanto sus abusos y maneras autoritarias como los conflictos que surgieron tras su conversión al protestantismo, lo que deterioró su relación con los trabajadores católicos de la hacienda (tema sobre el que escribí un texto que puede consultarse aquí). En 1885, Dolores decidió relevarlo de la administración, aunque diez años después consintió su retorno. Su vida privada tampoco contribuyó a mejorar su reputación. En mi libro sobre la hacienda de Arroyozarco esbocé este retrato suyo:

Para quien lo conoció u oyó hablar de él a sus padres o abuelos, don Macario coincide con la imagen cruel y altiva del administrador o hacendado del porfiriato, ampliamente difundida por los críticos de este período de la historia de México. Don Macario nunca se casó, pero sí engendró varios hijos con distintas mujeres, a algunos de los cuales ni siquiera reconoció (aunque a veces fue su padrino). Los que llevaron su apellido fueron Manuel, Sara, Macario hijo, Agustín y Tomás.

Sara (1872-1952) fue reconocida por su padre desde el nacimiento. Aunque don Macario no estaba casado con su madre, Velina Romero —quien figura como soltera en el acta levantada en San Juan del Río, Querétaro—, la niña recibió su apellido desde la cuna. No ocurrió lo mismo con Manuel (1875-1948), también hijo de Velina, ni con Macario Jr. (1884-1967), nacido de Rosaura Romero -media hermana de Velina por parte de padre, para mayor escándalo. Los dos varones nacieron en Arroyozarco y todo indica que el reconocimiento paterno sólo llegó tiempo después.

Porque, en efecto, don Macario Pérez Sr. llevó a esos dos hijos ya bastante crecidos al registro civil de la Ciudad de México, en 1888, para reconocerlos el mismo día. Vale la pena transcribir aquí el acta de Macario hijo. Nótese en ella, por una parte, la insistencia de don Macario en que su nombre constara en el acta, pero por la otra, que se haya callado el nombre de la madre:

255. Doscientos cincuenta y cinco. Pérez Macario Ramón

En la ciudad de México, a las 10 diez y 30 treinta minutos de la mañana del día 28 veintiocho de marzo de 1888 mil ochocientos ochenta y ocho, ante mí, Enrique Valle, juez del Estado Civil, compareció el ciudadano Macario Pérez, del Real del Monte, Hidalgo, de 44 cuarenta y cuatro años, casado, agricultor, vive en la tercera calle de Balderas número 11 once y presentó vivo al niño Macario Ramón que nació en la hacienda de Arroyozarco, Estado de México, el día 31 treinta y uno de agosto de 1884 mil ochocientos ochenta y cuatro a las 11 once de la noche, hijo natural suyo, habido antes de celebrar su matrimonio civil. El compareciente pide expresamente que su nombre conste en esta acta. Son testigos los ciudadanos Bibiano Flores y Cornelio Carrillo, de México, comerciantes, el primero casado, vive en la calle de la Espalda de la Misericordia, número 6 seis, el segundo viudo, vive en el Hotel de Vergara. Leída la presente acta la ratificaron y firmaron. E. Valle = Macario Pérez = Bibiano Flores = Cornelio Carrillo.

A diferencia de Manuel, su hermano, acerca de Macario Jr. no he encontrado ningún registro de bautismo católico. hay que recordar que justamente por aquellos años, don Macario Sr. se había convertido al protestantismo, por lo que es posible Macario haya sido bautizado bajo ese credo.

Pero hay aquí un misterio mayor: en los libros del Registro Civil de Aculco consta que el 12 de enero de 1887 murió de "alferecía" (quizá epilepsia) un niño llamado Macario Pérez, de un año y medio de edad, "hijo natural de la señora Rosaura Romero, originaria de Tenazat [...] de 20 años de edad". Casi indudablemente se trata de la madre del Macario del que estamos hablando, pero obviamente el niño no es él. Y, entonces, ¿tuvo Macario un hermano dos o tres años menor que él, nombrado igual que él en honor a su padre? No es imposible, pero lo extraño es que Macario no aparezca de niño en ningún registro antes de que su padre lo reconociera en la Ciudad de México a los cuatro años. Mi teoría es que Macario Jr. recibió otro nombre al nacer (quizá sólo Ramón, su segundo nombre), y únicamente después de la muerte del hermanito que sí lo llevaba desde el nacimiento fue que sus padres decidieron nombrar Macario al que vivió.

Más allá de este misterio, al parecer Macario vivió sus primeros años en Arroyozarco con su madre. Luego su padre lo envió a estudiar la educación primaria al Instituto Josefino de Querétaro. Más tarde, según algunas biografías suyas, estudió el bachillerato en el Instituto Literario de Toluca, pero la base de datos de alumnos del propio Instituto parece no confirmar ese dato.

En contraste con su hermano Manuel, Macario Pérez Jr. tuvo siempre más interés por el campo que por la política u otras actividades. Aun en el libro donde de pequeño aprendía la lengua francesa (que existía en el archivo del doctor Juan Lara Mondragón) dibujó un paisaje –muy infantil- en el que vemos quizá anunciarse ese amor a la vida campestre que le llevó a reconstruir la hacienda de Cofradía y los ranchos de Santa Rosa, Decá, Chapala, San Rafael y el Molino Viejo, plantar calzadas de árboles, levantar presas, etc. Él fue, por cierto, quién encargó al pintor charro Ernesto Icaza los murales de tema campirano que adornan la hacienda de Cofradía.

Macario Jr. tuvo también algunos emprendimientos más allá de los ranchos. En mayo de 1907, formó una empresa llamada “Hernández, Pérez y Cía.” para la compra de caballos de Arroyozarco y su posterior venta en la ciudad de México. Esta empresa nació con un capital social de 300 pesos y subsistió corto tiempo. También se asoció on Rafael Frías, formando la sociedad “Pérez y Frías”, que se encargaría de la venta de carbón al menudeo en México. El negocio comenzó a prosperar pronto bajo la hábil administración de Frías y los oportunos envíos de carbón de Macario. Jocosamente escribió el administrador de Arroyozarco a su socio en 1907: "Te estás echando a perder, no cabe duda: ¿dónde has visto carboneros con sofá, sillones, columnas, etc.? Pero en fin, somos fachosos, para todo hay como no se arrebate".

Tras la muerte de don Macario Pérez padre en 1909, el joven Macario se ocupó de la administración de Arroyozarco. Tenía para entonces ya cierta experiencia en el manejo de la finca, pues había ejercido temporalmente la administración en 1907, cuando su padre enfermo se vio obligado a retirarse a la ciudad de México.

Con la muerte de Macario Sr., empezaron sin embargo las dificultades entre los hermanos Pérez Romero por la hacienda de Cofradía. Esta propiedad había pertenecido primero a doña María Jesús Sánchez Adrián, tía materna de Macario Pérez padre. Ella la heredó tanto a su sobrino como a los tres hijos naturales de éste, Manuel, Sara y Macario, por partes iguales. Don Macario, a su vez, al morir heredó su parte a Macario hijo. De manera que, en 1909, Macario Jr. se había convertido en dueño de la mitad de la finca, mientras que sus hermanos poseían sólo una cuarta parte cada uno.

Macario no fue muy diligente para presentar cuentas de la hacienda a sus hermanos y en el mismo año comenzaron los pleitos por los productos de la finca. Francisco I. Madero, quien en 1903 se había casado con Sara, propuso a su cuñado una solución equitativa al problema y pidió a doña Dolores Rozas (a quien llamaba madrina) que sirviera de árbitro y buscara la aceptación del trato por parte de su sobrino Macario, pues aunque Madero no pensaba llevar el caso a los tribunales, escribió, sí “debía ver por los bienes de Sarita”. Para 1910, este problema quizá ya se había solucionado, o por lo menos la comunicación entre Macario hijo y Madero había vuelto a sus cauces normales, tal vez a causa de algún acuerdo económico aceptado por ambas partes, como deja entrever una carta de Macario a su cuñado.

Y luego llegó la Revolución.

Al principio, parece ser que Macario no tuvo en lo personal mayores problemas. Aunque era cuñado del caudillo que encabezaba la rebelión, no hay pruebas de que haya colaborado con él en su campaña presidencial -como sí lo había hecho su hermano Manuel- ni participó en el movimiento armado. Además, la Revolución maderista fue tan breve -apenas seis meses entre el 20 de noviembre de 1910 cuando estalló y el 25 de mayo de 1911 cuando Porfirio Díaz renunció- que sus efectos práticamente sólo se sintieron en Chihuahua y en Morelos. Tras el triunfo de la Revolución, sin embargo, Macario sí comenzó a compañar a Madero, como lo hizo en su viaje a Puebla y Tlaxcala a mediados de julio de 1911.

Como bien se sabe, tras la llegada de Madero a la presidencia, Emiliano Zapata y otros caudillos como Pascual Orozco y Félix Díaz se rebelaron contra el presidente. Fue entonces cuando el ambiente comenzó a volverse inseguro. Si bien a fines de marzo de 1912 don Macario Pérez hijo informaba a doña Dolores Rozas estar “hasta muy bien en cuanto a ladrones” en Arroyozarco, lo cierto es que no descuidaban la defensa, pues pocos días después decía que “de zapatistas no hemos tenido nada... pero ya estamos... en condiciones de hacerles una recepción digna de ellos”. No fue sino hasta septiembre de ese año cuando los zapatistas se acercaron peligrosamente a la hacienda. En noviembre de 1912, el diario El País publicaba esta nota:


Por qué Aculco no teme un asalto
Nos encontramos ayer con un vecino de Aculco, Estado de Méjico (sic), y le preguntamos noticias sobre la situación de su distrito. Nos manifestó que por aquellos rumbos los zapatistas no se atreven a merodear por estar cerca de Aculco la hacienda de Arroyo Zarco, propiedad de la familia del señor Madero, que se encuentra convertida en una verdadera fortaleza que cuenta con cañones, ametralladoras y numerosa guarnición bien armada y municionada. Nos aseguró nuestro entrevistado que el distrito de Aculco es un verdadero oasis de paz y seguridad en el Estado, que ha sido tan probado y sigue siendo por las hordas zapatistas que lo han invadido.

Las cosas acabarían por complicarse en 1913, al ser depuesto el presidente Madero por los golpistas Victoriano Huerta, Aureliano Blanquet, Manuel Mondragón y Félix Díaz. En su traslado a la penitenciaría, el expresidente fue asesinado. Más tarde, una multitud exaltada incendió su casa de la colonia Juárez. Los Pérez se sintieron entonces en verdero peligro a causa de su parentesco con el político caído. Es probable que Macario Pérez, que se hallaba en Arroyozarco, temiera represalias en su contra ahora que su cuñado había muerto pues, según Vasconcelos, los familiares de Sara Pérez “quedaron todos en calidad de sospechosos, vigilados como delincuentes o activamente perseguidos”. Durante algún tiempo permaneció don Macario en la hacienda, sin intentar un viaje a la capital. Finalmente, pidió a doña Dolores Rozas le indicara cuándo podría ir a México con toda seguridad. A partir del momento en que pudo hacerlo, dejó en su lugar en Arroyozarco al nuevo administrador: don Juan Lara Alva.

Don Macario, por cierto, era un hombre muy activo. Además de montar a caballo -su yegua favorita se llamaba La Charra, pedía que se la llevaran a la estación de tren de Dañú para ir en ella hacia Cofradía y la mandó pintar a Ernesto Icaza- fue socio del Club Olímpico de la Ciudad de México y practicaba el box. Otra de sus pasiones fue el automovilismo. En diciembre de 1911 ganó el primer premio en la Clase B, como aficionado, en la carrera Imparcial Puebla y regreso. Conducía un Buick con el número 10.

Después el golpe de Estado contra Madero, Macario Pérez Romero no regresó nunca más a la administración de Arroyozarco y se concentró en los años siguientes en el trabajo en Cofradía y otros ranchos que le pertenecían. Luego, tras el triunfo de la Revolución constitucionalista que vengó el asesinato de Madero, y una vez que Venustiano Carranza se erigió en triunfador de la guerra entre facciones revolucionarias, decidió participar por primera vez en la política, respondiendo a la convocatoria para elegir diputados para el Congreso constituyente de 1916-1917.

El 22 de octubre de 1916 se efectuaron las elecciones, en las que resultó triunfador Macario por el 10o. distrito electoral del Estado de México, con sede en Jilotepec. Obtuvo 3,042 votos contra los 2,332 que recibió su adversario Artemio Basurto, quien así quedó como diputados suplente. Los historiadores ubicaban a Macario entre los diputados "jacobinos", es decir, aquellos que durante las sesiones modificaron el proyecto de Venustiano Carranza -más cercano a la Constitución de 1857- y lo convirtieron en un documento con alto contenido social.

El primero de diciembre de 1916, ante la presencia de 151 diputados, se declaró abierto el periodo único de sesiones del Congreso Constituyente en la Ciudad de Querétaro. Aquel era un momento histórico: el trabajo de los diputados constituyentes consistiría en redactar, discutir y aprobar la Ley Suprema que, a pesar de infinidad de enmiendas, todavía rige en México. Pero no estaba ahí Macario y nunca llegó. Se disculpó justificándose en que tenía que atender "cuidados de familia" y así se bajó del carro de la historia cuando estaba a punto de ser uno de sus protagonistas. Simplemente no fue.

Unos años más tarde, en 1919, cuando doña Dolores Rozas intentaba proteger del agrarismo la hacienda de Arroyozarco vendiendo una franja de un kilómetro en toda la orilla de la propiedad, Macario compró una de aquellas fracciones, la 103, con una superficie de 250 hectáreas, la que se conoció como el rancho de Chapala. Esta compra refuerza la opinión que compartí antes: lo que interesaba verdaderamente a Macario era el trabajo del campo. Para su madre compró el rancho de Santa Rosa, ubicado entre el pueblo de Santa Ana Matlavat y las tierras de Arroyozarco.

Al mediar la década de 1920, Macario tenía ya 40 años pero no parecía muy entusiasmado por formar una familia. Sucedió entonces un hecho que en Aculco se comentaba en voz baja, como hablilla mal intencionada: en un viaje que emprendió a España, "emborracharon" a don Macario y lo casaron con una mujer llamada Juana Ibáñez, "Juanita". El chisme tiene algo de verdad, pero no la historia real no parece ser tan cruda.

María de los Dolores Juana Ibáñez Peón, nacida el 21 de julio de 1889, se había casado en primer matrimonio con don Pedro Dueñas Zárate (propietario y "agente de policía"), a finales de 1908. Dieciséis años después, el 24 de junio de 1922, murió don Pedro dejándola viuda y, al parecer, con no muy abudantes recursos. El drama era delicado, ya que Juanita pertenecía a una vieja y aristocrática familia y aquella escasez debió sentarle muy mal. Por lo visto era muy cercana a doña Dolores Rozas y en su casa debió conocer a Macario. Y tal como contaba la leyenda, en un viaje a España en 1925 se casó con ella en la catedral de Santander.

Para Juanita, el matrimonio significaba el remedio a sus apuros económicos. Para Macario, el ascenso a la primera línea de la aristocracia de la época. Pero el matrimonio no funcionó y duró sólo unos pocos años.

El 25 de enero de 1930, menos de cinco años después de su primera boda, don Macario se casó nuevamente, esta vez con María Luisa Hartinan, una mujer de León, de 26 años y ya divorciada como él, hija de Luis Lugo. Por aquellos años Macario habitaba en la calle de Querétaro 81, en la colonia Roma. Todavía vivía su madre Rosaura, de 62 años, a la que se atrevió a llamar "viuda" del viejo don Macario, aunque ya sabemos que nunca se casó con ella.

Para entonces, los Pérez Romero habían comenzado ya a padecer la expropiación de sus ranchos por la Reforma Agraria. Todo comenzó en 1926, cuando le fueron entregadas algunas tierras de Cofradía al pueblo de San Lucas Totolmaloya. Luego, el 31 de diciembre de 1932, 333 hectáreas más pasaron a los habitantes de la ranchería de Gunyó. En un breve lapso, la Cofradía quedaría reducida a los límites del casco, por el reparto de la mayor parte de sus tierras y la invasión de las restantes. Aun el pequeño rancho El Molino Viejo fue invadido por los agraristas de Gunyó en diversas ocasiones (una de ellas en abril de 1934), aunque a la postre consiguió conservar íntegra esta propiedad.

Acerca de la reforma agraria, don Macario Pérez hijo decía en 1923 a su administrador que “si implantan por esa región sus proyectos, nos perjudican a todos y no benefician a nadie.” Y así fue en efecto. El reparto de las haciendas no solamente no solucionó los problemas del campo, sino que los complicó, y condenó a las siguientes generaciones de campesinos a la emigración a las ciudades para encontrar el sustento que ya no hallaban en el agro destrozado.

La indemnización por la expropiación de sus tierras tardó varios años en concretarse. Finalmente, mediante un acuerdo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y de la Secretaría de Agricultura y Fomento, fechado el 1.º de noviembre de 1944, se determinó que Macario Pérez Romero sería indemnizado con 326,929.20 pesos por las casi 2,382 hectáreas que había perdido en las propiedades de Cofradía, San Rafael y Chapala. Esa suma equivalía a la mitad del avalúo oficial de los terrenos expropiados. El pago, además, no se efectuaría íntegramente en efectivo: la mitad se cubriría con tierras de riego en el Sistema del Río Yaqui, en Sonora, y el resto en dinero.

A partir de esos años se nos pierde el rastro de Macario. Vivió todavía más de dos décadas, pues murió el 13 de enero de 1967 de síncope cardiaco y ateroesclerosis coronaria, sumada a la diabetes en su casa de Zaragoza 71, colonia Guerrero. Dijeron los testigos que estaba "divorciado, se ignora de quién", lo que habla de su poco apego a sus mujeres. Fue inhumado en el Panteón Español de la Ciudad de México. En la casilla que señalaba ocupación al momento de fallecer, el acta de defunción dice "agricultor", una última declaración de su amor a la tierra.

viernes, 26 de junio de 2026

Datos monográficos de Aculco de Espinosa (1974)

En varios momentos a lo largo del siglo XX, distintas personas originarias de Aculco quisieron poner por escrito la información que tenían o conocían sobre nuestro municipio. No se trataba de los tradicionales formularios estadísticos que llenaban los empleados municipales para las secretarías federales o para el gobierno estatal, sino escritos espontáneos con los que buscaban preservar o difundir datos históricos, geográficos o tradicionales. Ninguno de ellos se publicó en forma impresa, aunque sí se conocieron por copias fotostáticas. Quizá el más mejor de esos escritos es el que realizó Francisco Alcántara Gómez en la década de 1960, que algún día les mostraré aquí. Pero el que hoy les presento es mucho más breve que aquél y lo escribió el profesor Napoleón Lara Rodríguez en 1974. Aunque muy breve de extensión, nos permite conocer qué era lo que interesaba o llamaba la atención de su municipio a los aculquenses de su tiempo, qué sabían de él y también saber qué errores daban por ciertos. Se los dejo aquí sin más comentarios, aunque quizá en algún momento regresa a este texto para aprovechar -o rebatir- alguno de los datos que proporciona.

 


DATOS MONOGRÁFICOS DE ACULCO DE ESPINOSA, ESTADO DE MÉXICO.
POR EL PROF. NAPOLEÓN LARA RODRÍGUEZ

 


GENERALIDADES

 


ACULCO: palabra otomíe que significa "agua torcida", denominación que obedece a la existencia en el subsuelo de dos corrientes de agua; una salada y otra dulce, que se cruzan entre sí; el agua salada se origina en montes minerales con escasa vegetación, la dulce en montes elevados y exuberantes.

 


HISTORIA

 


El pueblo de ACULCO fue fundado por Misioneros Franciscanos en el siglo XVII. Los primeros moradores fueron españoles y criollos; estos Misioneros procedían de Jilotepec, rumbo a Querétaro, y a su paso por estos lugares fundaron ACULCO.
El estilo arquitectónico del pueblo es netamente colonial en su totalidad, indicando pueblos españoles. La fecha de fundación del pueblo es de 1652. En el municipio predominan habitantes mestizos; pero en los alrededores existen pueblos de indígenas otomíes.
ACULCO fue teatro de acontecimientos históricos en la guerra de Independencia; al alcanzar el triunfo los Insurgentes en la sangrienta batalla del Monte de las Cruces, acamparon en Aculco el día 7 de noviembre de 1810; se conserva la casa en la que se hospedó el señor Cura Hidalgo.
En este pueblo fueron sorprendidos por los ejércitos realistas, mandados por el General Calleja; después de feroz lucha, el ejército de los patriotas fue vencido. Hidalgo retrocedió unos cuantos kilómetros hasta el sitio denominado "El Salto". En este lugar, el señor Cura celebró Misa, improvisando el altar en una roca, en la que hicieron los insurgentes la inscripción siguiente: AQUÍ CELEBRANDO MISA, cuya piedra con esa inscripción y otras más, se encuentran colocadas en una portada de la Ex Hacienda de Cofradía, próxima a estos lugares. Esta finca es muy pintoresca y se encuentra muy cercana a esta Cabecera Municipal, fue propiedad de la señora Sara Pérez de Madero, esposa de don Francisco I. Madero.
La señora Sara Pérez de Madero, fue originaria de este Municipio, pues nació en la Hacienda de Arroyozarco, de esta jurisdicción; hizo sus estudios primarios en Aculco, siendo de su propiedad la casa que recientemente fue demilida [sic pro demolida] para construir la nueva Presidencia Municipal, posteriormente pasó a seguir sus estudios en los Estados Unidos, lugar donde conoció a don Francisco I. Madero.
Durante la Intervención Francesa, también tuvieron lugar en Aculco hechos históricos de importancia; entre ellos se citan batallas entre los ejércitos invasores y los defensores. De estos hablan como mudos testigos las trincheras que se encontraban en los cruceros de las calles. En la actualidad han sido tapadas. En la Ex Hacienda de Arroyozarco, perteneciente a este Municipio, existe un cementerio donde fueron sepultados muchos franceses.
En la época de la Reforma, en el comedor de la Ex Hacienda (hoy propiedad de Recursos Hidráulicos) se planeó y dirigió la batalla de San Miguel de la Victoria y Calpulalpan Méx., por los Generales González Ortega y Zaragoza. Este edificio anteriormente fue estación de Diligencias, habiendo pasado la noche muchos personajes en este Hotel, como Maximiliano, Juárez, Porfirio Díaz y muchos más.
En la Revolución de 1910, por haber conocido y tratado a don Francisco I. Madero, todos los habitantes de este Municipio fueron maderistas, incorporándose a sus filas muchos elementos.
En la tercera etapa de la Revolución, o sea la guerra de facciones, muchos elementos, principalmente campesinos se alistaron en las filas del Carrancismo y Villismo, habiendo destacado el General José Riverón Mondragón, Manuel Pérez Romero, Isauro Castillo Garrido, Gabriel Chávez y muchos más.

 


GEOGRAFÍA

 


El pueblo de Aculco está situado a 2,531 metros sobre el nivel del mar, a 20° 10' de latitud Norte y 99° 48' de longitud al oeste de Greenwich.
Los límites de Aculco son: por el Norte con el Municipio de Polotitlán; al Sur, con el de Acambay; al Oriente, con el de Jilotepec y al Poniente con el Estado de Querétaro.
Su clima es templado moderado, con invierno seco no muy riguroso, lluvioso, siendo el promedio de lluvias anual 600 mmm y su temperatura media de 22°.
Aculco dista de la ciudad de Toluca 104 kilómetros por la carretera Panamericana, con una desviación de 14 kilómetros para llegar al pueblo. Por la carretera México-Querétaro (Autopista) dista de la ciudad de México 123 kilómetros hasta la desviación "El Rosal", de allí 15 kilómetros para llegar a Aculco, todo pavimentado.

 


HIDROGRAFÍA

 


Por todas direcciones y muy cerca de Aculco, corren pequeños ríos y arroyos. El conjunto de estos ríos y arroyos, forman el nacimiento del Río Pánuco.
Aculco cuenta con un conjunto de cinco presas principales para el servicio de la Agricultura, siendo la mayor la de Huapango, que fué construida por los Misioneros Jesuitas en 1725 durante su estancia en la Hacienda de Arroyozarco, formando este conjunto de presas, el Distrito de Riego de Arroyozarco, de Recursos Hidráulicos.

 


DATOS COMPLEMENTARIOS

 


La Fiesta Titular de Aculco, se celebra el día 30 de septiembre, día de San Jerónimo Doctor del Pueblo, tomando las Fiestas Patrias como la titular, son muy concurridas y animadas, pues aparte de que la localidad cuenta con lugares muy pintorescos e históricos, todas estas fiestas se celebran en la Cabecera Municipal, la que cuenta con una plaza y lienzo charro, con una alberca olímpica con aguas renovables por contar con manantiales propios dentro de la misma alberca.
Con motivo a la Remodelación de los Pueblos, obedeciendo al Plan Echeverría, Aculco presenta ya en la actualidad una fisonomía muy singular en esta región del Estado de México.
El primer Ayuntamiento de Aculco, se constituyó en 1820, siendo las elecciones el día 30 de julio de 1820, tomó posesión el día 6 de agosto de 1820; las personas que formaron este primer Ayuntamiento fueron:
PRESIDENTE O ALCALDE: JOSE RAMON ROMERO CORREA.
REGIDORES:
JOSE ESTANISLAO CRUZ
JOSE MARIA BELTRAN DE LA CUEVA.
PEDRO REQUEJO.
JOSE PABLO.
HILARIO GARCIA.
TOMAS MIRANDA.
SINDICO PROCURADOR: CAYETANO BASURTO.
SECRETARIO CONSTITUCIONAL. ANTONIO PEREZ.
Aculco, Méx., a 5 de septiembre de 1974.

 


[Firma]
Profr. Napoleón Lara Rodríguez.
Lara.-071212.

lunes, 22 de junio de 2026

La carretera que partirá en dos a Aculco

Cuentan que en la década de 1940, cuando se proyectaba la construcción de la Carretera Panamericana, don José Díaz Herrera, gran amigo del gobernador Isidro Fabela, le pidió como un favor especial que la nueva vía no atravesara la cabecera municipal de Aculco. Su argumento era tan sencillo como revelador: «Si la carretera pasa por aquí, el pueblo se va a llenar de rateros». Haya sido o no por esa razón, lo cierto es que, mientras la carretera se trazó junto a Toluca, Ixtlahuaca, Atlacomulco y Acambay, pasó a unos convenientes cuatro kilómetros del centro de Aculco.

Con el paso de los años, a lo largo de la Panamericana surgieron en esas poblaciones nuevos asentamientos comerciales, habitacionales e industriales. El crecimiento fue rápido y, como suele ocurrir en México, pocas veces obedeció a una planeación cuidadosa. Aculco, en cambio, conservó durante décadas un conjunto urbano compacto, coherente y reconocible. Su fisonomía tradicional se mantuvo prácticamente intacta y sólo en tiempos recientes el desorden de las orillas del pueblo ha comenzado a adquirir rasgos preocupantes. Es cierto que Aculco no alcanzó el desarrollo comercial que el tránsito de la Panamericana llevó a otras localidades. Habrá quien considere aquello una oportunidad perdida. También puede verse de otra manera: no todo pueblo tiene la obligación de perseguir el crecimiento a cualquier costo. A veces, mantenerse al margen de las grandes corrientes del desarrollo permite conservar bienes igualmente valiosos: el patrimonio histórico, la personalidad propia, la relación con el campo, la tranquilidad cotidiana e incluso cierta sensación de seguridad que en otros lugares terminó por diluirse.

Hoy Aculco se enfrenta a un riesgo mucho mayor que el que representó en su momento la Carretera Panamericana. Una nueva autopista de cuota entre Atlacomulco y Polotitlán pasará probablemente a menos de un kilómetro del centro de la cabecera municipal, entre ésta y el pueblo de Santa María Nativitas. El trazo previsto atraviesa una de las zonas más cuidadas y atractivas del municipio, la que durante décadas ha constituido la entrada más hermosa al pueblo. En algún punto que todavía no se ha dado a conocer con precisión se levantará una autopista de cuatro carriles, confinada y construida sobre terraplén. El municipio quedará partido casi exactamente por la mitad por una barrera física que difícilmente aportará beneficios proporcionales al costo que impondrá al territorio. Aculco ya cuenta con dos grandes vías de comunicación, la Carretera Panamericana y la Autopista México-Querétaro, que satisfacen sus necesidades de conexión.

Quizá todavía no se alcanza a dimensionar lo que esto significa. Comunidades que han mantenido relaciones cotidianas quedarán separadas por una infraestructura cuyo cruce sólo será posible a través de pasos específicos, previsiblemente distantes unos de otros. El resultado será una desvinculación entre distintas partes del municipio. En algunos casos, quienes deseen evitar largos rodeos podrían verse obligados incluso a utilizar la propia autopista de cuota para desplazarse dentro de una zona que hoy es continua.

Los opositores al proyecto han señalado además otros riesgos: la posible afectación de manantiales y áreas naturales, el impacto sobre vestigios del Camino Real de Tierra Adentro y la alteración de paisajes que forman parte de la identidad del municipio. Todo ello pertenece al ámbito de las consecuencias inmediatas. A largo plazo existe otra preocupación igualmente seria. La experiencia mexicana muestra que las grandes vías de comunicación suelen atraer desarrollos comerciales, habitacionales e industriales que pocas veces responden a una planeación rigurosa. Con frecuencia surgen asentamientos dispersos, construcciones improvisadas y corredores urbanos desordenados que terminan transformando de manera irreversible el entorno.

También está el problema de la seguridad. Si don José Díaz Herrera temía en la década de 1940 que una carretera cercana alterara la tranquilidad de Aculco, hoy las circunstancias son muy distintas. El país enfrenta niveles de delincuencia que entonces habrían parecido inimaginables. Las carreteras se han convertido en espacios donde operan con frecuencia diversas formas de criminalidad. Nadie puede asegurar que la nueva autopista produzca ese resultado, pero sería ingenuo ignorar un riesgo que ya es visible en otros corredores carreteros. La Panamericana y la México-Querétaro son focos de inseguridad y nadie puede negarlo.

No son claros todavía los puntos exactos por los que pasará la Autopista Atlacomulco-Polotitlán. Se conoce únicamente su trazo general. Aun así, estoy convencido de que cuando el proyecto se dé a conocer con precisión muchas de estas preocupaciones encontrarán confirmación, y no me sorprendería que surgieran otras que hoy ni siquiera alcanzamos a prever. La experiencia indica que las grandes obras de infraestructura suelen parecer abstractas mientras sólo existen sobre un plano. Es cuando sus detalles se vuelven públicos y sus consecuencias concretas pueden medirse sobre el terreno cuando la verdadera magnitud de sus efectos se hace evidente.

El afán de construir infraestructura a toda costa tiene un nombre: desarrollismo. Se trata de una forma de entender el progreso que mide el éxito casi exclusivamente por la cantidad de carreteras, presas, fábricas o complejos urbanos que pueden levantarse, relegando a un segundo plano los costos ambientales, sociales, culturales y paisajísticos que esas obras suelen acarrear. La discusión de fondo no consiste en decidir si Aculco debe permanecer inmóvil o renunciar al progreso. La verdadera pregunta es qué tipo de desarrollo desea para su futuro y cuánto está dispuesto a sacrificar de su patrimonio natural, histórico y paisajístico para alcanzarlo. El problema mayor es que se trata de un proyecto federal ya concesionado, cuya planeación quizá escapa de las posibilidades de intervención de los aculquenses. Sólo una acción mayoritaria, fuerte y decidida podría permitir que los cuestionamientos de los habitantes de Aculco sean escuchados y, quizá, con un poco de suerte, atendidos.

Algunas transformaciones son irreversibles. Una vez construida la autopista, el municipio que hoy conocemos ya no volverá a ser el mismo.