viernes, 18 de septiembre de 2026

Los 27 cautivos de Arroyozarco (1806)

Después de la expulsión de los jesuitas en 1767, la hacienda de Arroyozarco quedó en manos del fisco, que primero la administró directamente a través de oficiales reales y más tarde decidió arrendarla: en 1791 a don Fernando Bueno y en 1798 a don Agustín Sánchez.La mala experiencia con este último arrendatario llevó finalmente a que se decidiera su venta en 1804, que se consumó en 1810 con el traspaso de la hacienda a los hermanos Ángel y Antonio Revilla.

Numerosas quejas se acumularon en su contra de aquel indeseable arrendatario. Al parecer, era un personaje autoritario y tiránico, que se sentía dueño hasta de los trabajadores de la finca -e incluso de quienes no laboraban en ella, pero pasaban por ahí- y no dudaba en maltratarlos.

El caso del que les platicaré hoy tiene que ver precisamente con eso: la manera en que apresó y mantuvo cautivo a un grupo de 27 indios para trabajar de manera forzada. Aunque el episodio es terrible y merece por sí mismo ser recordado, para la historia de Arroyozarco tuvo, por fortuna, una consecuencia inesperada: el expediente que produjo nos dejó una pequeña descripción de algunas áreas de la Casa Vieja, esa parte de la antigua hacienda que todavía se levanta, aunque en ruinas, a la izquierda de la parroquia de Arroyo Zarco.

Según la denuncia presentada el 23 de julio de 1806 por don Joaquín Martín de San Luis, gobernador de los naturales de la provincia de Jilotepec, don Agustín tenía la costumbre de "tomar por fuerza a los indios de los pueblos inmediatos para que trabajen en sus labores con tanto exceso que, aunque vayan de tránsito con bestias, a comerciar o a otra justa ocupación, como es la de recaudar los reales tributos, no les respeta, sino que, en caso necesario, su hijo [Miguel Sánchez de la Concha], que está de administrador, y los demás dependientes hacen uso del lazo para llevarlos con violencia. Conducidos ya a la hacienda, los encierran para que salgan al trabajo, en el que los maltratan y golpean en términos que muchos se dan arbitrios para huirse, dejando abandonado el jornal de los días que han trabajado, consiguiéndose de esta suerte de parte de la hacienda el lucrar con el sudor y trabajo de aquellos infelices; y los demás que quedan detenidos, bien por el interés del jornal que han devengado o bien porque no pudieron profugarse, se les paga a razón de a real y medio, siendo el jornal corriente en la Provincia por lo menos el de dos reales, y en algunas ocasiones mayor. No satisfechos los dependientes con estos excesos, cuando no se les proporcionan indios en el camino real o sus inmediaciones, se internan en los pueblos para sacarlos de sus mismas casas, que es el asilo más privilegiado que el hombre de bien puede tener".

En efecto, continuaba don Joaquín, los empleados al servicio de Agustín Sánchez habían entrado recientemente al rancho de las Tablas, de donde se llevaron amarrados a cuatro indios, y habían cometido abusos semejantes en otros ranchos, como el de la Cofradía de Calpulalpan y el Rosal. En San Andrés Timilpan habían tenido el "atrevimiento" de quemar una casita y dos hacinas (montones) de zacate y cebada, machetear los magueyes y llevarse presos a otros indios.

Aunque los hechos se denunciaron al juez del partido, sus "providencias y oficios" no tuvieron ningún efecto para terminar con esos abusos. Quizá se debía, continuaba la acusación, a que Sánchez era fiador del subdelegado, la principal autoridad político-administrativa del partido. Incluso el cura de Jilotepec, don Andrés Benosa, intervino y envió una carta al arrendatario de Arroyozarco, pero "se le contestó con desprecio que se soltarían los presos cuando se acabara la cosecha [de trigo] o se les antojara". Ante esta respuesta "provocativa e insultante", los indios de la zona comenzaron a organizarse para ir a rescatar por la fuerza a los prisioneros, de lo que logró disuadirlos el párroco. También los convenció la promesa del gobernador de viajar a la Ciudad de México para presentar su queja al virrey en busca de justicia.

Así lo hizo don Joaquín, e hizo valer como argumento la defensa de los indios que distinguía a la monarquía hispánica, por más que sus buenas leyes tantas veces se violaran, como había ocurrido en este caso:

[Estos excesos] son de mucho tamaño por tres consideraciones: la primera, porque se castiga a los indios cruelmente contra los sentimientos de humanidad, y la proteccion que en esta parte le dispensa nuestro Soberano. La segunda, porque con este arbitrio delincuente y con pagarles disminuido su jornal ses les defrauda y roba lo que se les debía pagar legítimamente por su trabajo, contraviniéndose de esta suerte a la ley de estos reinos, que habla de este particular y la tercera, porque con el encierro de la hacienda se les distrae a los infelices indios de las atenciones de sus familias, del cultivo de sus cortos sembrados, y se les hace caminar lasgar distancias, privándoseles del trabajo que pueden tener en las inmediaciones, con descanso, con libertad y a buen jornal. Son más agravantes estas concideraciones en el año presente, porque con la epidemia y mortandad que padeció la cabecera y sus pueblos anexos en los dos años últimos, no han cogido maíz alguno, y nececitan por lo mismo los indios duplicar sus faenas y trabajos para recompensar aquellas pérdidas.

El virrey Iturrigaray escuchó el reclamo y ordenó al administrador de Rentas de la jurisdicción, don Bartolomé Truco, que investigara el caso. El 26 de julio de 1806, Truco se dirigió con sus testigos de asistencia a la hacienda de Arroyozarco. No hallaron a don Agustín, que estaba en la capital del reino, pero sí a su hijo y administrador, Miguel Sánchez. Don Bartolomé le exigió que le entregara la llave de la galera en que estaban "presos o custodiándose" los indios. Miguel obedeció y, al abrirla, encontraron que eran más de treinta los cautivos.

Miguel justificó la acción de su padre de forzarlos a trabajar en la hacienda diciendo que "era costumbre que en esta finca se había observado desde en tiempo de los reverendos padres jesuitas". Esta afirmación, que más tarde refrendó don Agustín, no se sostenía en opinión del cura de Jilotepec, según escribió en un informe posterior: "[Sobre] que ha sido costumbre valerse de la fuerza para conseguir trabajadores, digo que en 14 años que tengo de cura en este partido, jamás había habido, ni quejas, ni clamores, ni de indios, ni rancheros, hasta que entró don Agustín Sánchez de arrendatario".

La manera en que Truco halló a los indios detenidos no sólo describe las circunstancias de su encierro, sino que también nos permite seguir su recorrido por distintas áreas de la Casa Vieja de la hacienda:

Habiéndome manifestado don Miguel Sánchez la pieza donde tenía encerrados la noche del día de ayer, los indios de que se trata, entré a ella asociado de los testigos de asistencia y vi que es un granero o troje [a] en los altos de la hacienda pasados dos corredores [b1 y b2], la cocina [c] y un pasadizo [d], la cual está enladrillada y blanqueada, bien fortificada, y en ella un montón grande de trigo en grano, y otro menor de cebada, con bastante amplitud para treinta y tantos indios que en ella hallé sueltos y sin ningunas prisiones, ni tampoco había allí cepo, grillos, ni otra especie de éstas; mas en el mismo acto me instruyó el referido Sánchez que por haber llevado los dos dias anteriores más indios, los había mandado mudar anoche a dicho troje, pero que donde habían dormido ocho o nueve días antes era en otro cuarto en los bajos de la casa; el que incontinenti le intimé me enseñara, y para verificarlo bajamos la escalera [e], y al pie de ella se halla una pieza [f] como de tres varas de ancho y siete u ocho de largo, en la cual están tres o cuatro pilas de aparejos, un palo largo de guardar sillas de montar, con otros varios trastos y sarandajas, muy [a]humada y el suelo lleno de peñascos que sobresalen de él unos más de una cuarta y otros menos, de manera que así por su estrechura como por lo aspero del suelo por las muchas piedras que tiene enterradas no es capaz que en él se acomodasen a dormir arriba de ocho a diez y muy incomodos, porque aunque a su continuación está otro cuartito [g] como de cuatro o cinco varas en cuadro sin puerta de mano, están en él unos cueros crudos de res apilados, y muy sucio y hediondo porque de noche (según se me informó), allí se orinaban y regían el cuerpo dichos indios, de manera que a la verdad donde estos dormían más parece zahúrda de lechones que habitación de gentes; bien que ni aquí tampoco se hallaron prisiones ningunas. Que de los treinta y tantos que estaban encerrados, dejé cuatro o cinco por ser, según expresaron, de las jurisdicciones de Ixtlahuaca, Tula, y otras, y puse en libertad veinte y siete que son de ésta y se hallan radicados los veinte y uno en los pueblos y ranchos del comando del gobernador de Jilotepec; cuatro del partido de Aculco, uno de Chapa de Mota, y otro de la cabecera y pueblo de Huichapan.

En los siguientes planos de 1768, aparecen los puntos mencionados marcados en rojo:

Don Bartolomé Truco no sólo liberó a los 27 infelices, sino que supervisó que se les pagaran sus jornales a razón de real y medio diario. Advirtió además que se les había hecho trabajar los dos días anteriores, que habían sido festivos. Truco se retiró al mesón de Arroyozarco para hospedarse y allí los indios liberados le informaron cómo habían sido capturados:

A unos los habian cogido leñando en el monte, a otros cuando salían a las plazas a comprar su maíz y demás víveres comestibles, a otros llendo o viniendo de tránsito por el Camino Real que pasa por entre las casas de la hacienda y las del mesón, como le sucedió a José Vicente del pueblo de Aculco, que iba con una carga de huevos para México y del camino se lo llevaron para la hacienda; y así respectivamte todos fueron violentados y forzados. Y que estas ejecuciones las ha hecho de ocho o nueve días al presente el mismo don Miguel Sánchez en compañía de sus mandones y vaqueros.

En la Ciudad de México, el fiscal protector halló estas "vejaciones tan escandalosas" que decidió proceder más allá de la liberación de los 27 indios de la provincia de Jilotepec y de los otros cuatro o cinco que Truco no había liberado por no excederse en sus funciones. Ordenó que en un lugar visible de la hacienda se colocara el bando relativo "al buen tratamiento, libertad y paga de jornales de los indios sirvientes de las haciendas". Recomendó a Truco que mantuviera su atención "a fin de conseguir el remedio en lo futuro". Condenó a Sánchez a pagar los gastos del gobernador y los procesales (estimados en 72 pesos cinco reales) y le hizo un serio "apercibimiento", tanto a él como a su hijo, "por los excesos pasados", imponiéndoles finalmente una multa de 200 pesos.

Sánchez, por cierto, se defendió diciendo que, al capturar a aquellos indios, no había hecho más que beneficiarse de las mismas "exenciones y privilegios" con que se había administrado Arroyozarco en manos de los oficiales reales, entre ellas la de "coger los vagos y hacerlos trabajar", "sin innovar la cosa más mínima de la práctica que encontré establecida". Sin embargo, todo indica que se trataba de un abuso y no de una práctica habitual.

Las quejas contra don Agustín Sánchez iban en realidad más allá del trabajo forzado y de la indebida detención de trabajadores:

Que a los indios rancheros o subarrendatarios se les han aumentado notablemente las pensiones de ranchos y pastos; que el arrendatario Sánchez y sus dependientes, atropelladamente y sin intervención de juez, cobran rentas, pastos y deudas, valuando ganados y efectos de los deudores que toman para satisfacerse; que en cuanto a los perjuicios que se dicen inferir los ganados de los indios en la hacienda, aunque no hagan más que entrar un instante en sus tierras, arrean las cabezas para ella, las encierran y para su rescate se exigen dos reales a los dueños; y, por último, que dicho Sánchez corta y vende maderas cuantas quiere, con notable detrimento de los montes de la hacienda.

Como subrayó el fiscal, aquello iba en contra de las órdenes del anterior virrey Miguel de Azanza, quien había dejado establecido:

Que el arrendatario se arreglase a la costumbre del país en las pensiones de pastos, lo cual debe entenderse sin perjuicio de los que deben dejarse libres a los indios para los ganados de su uso, que se entienden los que necesitan para sus labores y conducir sus efectos, y no para cría ni hacer comercio con ellos mismos; con prevención de que se dejase también libre a los indios el corte de leña y madera para sus usos, hogueras, fábrica de sus iglesias y casillas, dejándose horca y pendón en los árboles para que no se destruyan todos, conforme a las leyes, autos acordados de la Real Audiencia y disposiciones de la materia.

El asunto era en realidad tan escandaloso que la justicia actuó con inusual rapidez. Apenas dos meses después de presentada la acusación contra don Agustín Sánchez, en septiembre de 1806, éste acordó pagar al gobierno indígena de Jilotepec para "sufragar los gastos, atrasos, perjuicios y menoscabos que se les han originado". Satisfechos de esta manera los agravios, los representantes indígenas aceptaron desistirse y apartarse de la demanda puesta contra aquél, "quedándoles el derecho a salvo para lo sucesivo repetirlo si dicho Sánchez cometiere iguales excesos o diere lugar a nuevas quejas".

***

El caso aquí mostrado, además de aportar al conocimiento de la historia local, permite conocer los claroscuros de la justicia en tiempos de la Nueva España. Los abusos de los propietarios contra los indígenas y trabajadores existían, por supuesto. Pero también existían vías para que, con el respaldo de sus comunidades, buscaran y alcanzaran justicia y satisfacción, incluso económica. El rey, el virrey y sus oficiales sostenían un sistema paternalista hacia los indios que, si bien no era capaz de contener los excesos de los particulares, en muchos casos sí aportó medios de protección a posteriori medianamente efectivos. La abundancia de documentos en los archivos sobre quejas de los pueblos indígenas es tanto un catálogo de abusos como una muestra de la posibilidad real de combatirlos.

Irónicamente, la Independencia y, sobre todo, las reformas liberales acabaron con buena parte de esos medios de protección, al suprimir las diferencias jurídicas entre las distintas calidades de la población y privilegiar al individuo frente a la comunidad.

 

FUENTE:

Expediente formado de pedimento del gobernador de Xilotepec conta don Agustín Sánchez, arrendataio de la hacienda de Arroyo Zarco sobre perjuicios y vejaciones a los indios de quella provincia, 1806, Tierras, vol. 2191, exp.3, AGN. Disponible en: https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3Q9M-CSDL-K3S1-G?view=fullText&keywords=casas+de%2CAculco&searchForm=advanced&lang=es&groupId=M98V-B6P

viernes, 11 de septiembre de 2026

La devoción al Señor del Santo Entierro de Aculco (1743)

En el interior de la parroquia de Aculco, el primer retablo que se encuentra del lado de la epístola (derecho) llama un poco la atención al visitante medianamente conocedor, pues difiere de los demás que existen en la nave. No tanto porque tenga un solo cuerpo, en lo que coincide con el retablo frontero, sino porque es el único que adopta, con cierta libertad, el orden dórico romano y despliega cuatro columnas en su frente. Resulta así más ancho que sus vecinos. Sus columnas, además, lucen un tanto achaparradas, pues no arrancan directamente del banco como el resto, sino que se apoyan sobre un cuerpo prismático alargado que alberga un nicho donde yace la imagen del Señor del Santo Entierro. En lo alto, tiene un entablamento con dentículos y un friso adornado con motivos vegetales dorados; sobre la cornisa se levantan vasos ornamentales en los extremos. En la parte inferior, dos grandes ménsulas sostienen la mesa del altar, actualmente recortada, y entre ellas aparece el monograma de Jesucristo, JHS.

Por su configuración, es evidente que este sobrio retablo fue fabricado expresamente para albergar esta imagen. En la parte superior, entre las columnas, una vitrina guarda la del Sagrado Corazón de Jesús, escultura que, según la tradición local, costeó ni más ni menos que el bandolero conservador Lindoro Cagigas. Parece que éste ha sido también desde antiguo su lugar. Por lo menos, así consta desde 1918, hace 108 años, cuando los inventarios que conozco ya la ubican ahí. Desde entonces, el altar ha perdido solamente dos elementos: un crucifijo, del que no sabemos dónde estaría colocado, y la corona de plata de la propia imagen del Señor del Santo Entierro.

El Cristo del Santo Entierro es una imagen procesional articulada, calculo que del siglo XVIII, que servía especialmente para los oficios de Semana Santa. Mientras que el Señor de Ramos -que representa a Cristo vivo y se guardaba en el Santuario de Nenthé- era quien protagonizaba el prendimiento y el viacrucis, la imagen del Santo Entierro se colocaba en aquella gran cruz verde de brazos ondulantes, que no he vuelto a ver desde que era niño, para representar la Crucifixión. De ahí se le bajaba la tarde del Viernes Santo para colocarlo en su preciosa urna portátil de madera dorada, de la que ya les hablé antes en este texto, y salir en la procesión del Santo Entierro. Después volvía a su nicho en el altar del Sagrado Corazón hasta el año siguiente.

En algún momento, quizá por influencia externa, se volvió popular la representación de la Semana Santa con personas y las antiguas esculturas procesionales fueron perdiendo importancia. Calculo que el Cristo del Santo Entierro no ha vuelto a ser "crucificado" desde hace unos cuarenta años.

Parece ser que el Señor del Santo Entierro del templo de Aculco gozó en el pasado de gran devoción. En su nombre, alguno de sus devotos instituyó, todavía en tiempos del Virreinato, una obra pía con cierta cantidad de "bueyes, vacas y cabras". Con los frutos que produjera aquel ganado debían celebrarse en el convento "distintas misas por honras del Santo Entierro de Cristo, Señor Nuestro y que se convirtiesen los demás frutos en culto de esta santísima imagen".

Sabemos de esta obra pía gracias a que, en 1743, la Provincia Franciscana del Santo Evangelio de México reclamó al indio Gaspar Asensio, encargado del manejo y administración de sus bienes, que no hubiera rendido cuentas de ellos ni de su crecimiento y se limitara a entregar la limosna para las misas. El documento es medianamente interesante, por lo que lo transcribo aquí, esperando no aburrir a mis lectores:

México, julio 9 de de 1743 años.
Líbrese despacho sometido al juez eclesiástico de San Gerónimo Aculco para que haga comparecer a Gaspar Asensio y le notifique que dentro de seis días ponga de manifesto todos los bienes que están de su cargo pertenecientes a la obra pía que se refiere, dando cuenta de lo que ha entrado en su poder y su distribución y en caso de resultar alcance contra el susodicho, con auxilio de la Real Justicia le ponga preso y haga todas las diligencias convenientes al seguro de dichos bienes. Así lo proveyó el señor D. Francisco Xavier Gómez de Cervantes, juez provisor y vicario general de este Arzobispado. Y lo rubrico.=

Pablo Antonio de Sotomayor, vecino y del comercio de esta ciudad, apoderado del síndico general de la Provincia de el Santo Evangelio por lo tocante a el convento de San Gerónimo Aculco, como mejor proceda por derecho y con las protestas necesarias y competentes dijo = Que a cargo de un indio nombrado Gaspar Asensio en aquella jurisdicción se hallan distintos bienes de bueyes, vacas y cabras destinados para la obra pía de que se celebren por el convento distintas misas en honra del Santo Entierro de Cristo, Señor Nuestro y que se convirtiesen los demás frutos en culto de esta Santísima Imagen.-

Dilatado tiempo ha estado dicho Gaspar Asensio corriendo con la administración y manejo de estos bienes sin que hasta ahora haya dado cuentas algunas de sus productos sino sólo contribuyendo con la limosna de las misas que le ha parecido. Pero no se sabe qué productos, digo, aumentos haya, cuando según la naturaleza de los bienes debe haberlos por ser por sí fructíferos y augible; Y es m con cuyo en derecho que en razón de administración se debe compeler a el ecónomo a que dé en forma cuentas de lo que ha sido a su cargo, y las mismas disposiciones legales enseñan que cuando es sospechosa la persona de el administrador se prenda y asegure, y es innegable que por sí es dicho Gaspar Asensio persona sospechosísima.-

Pero en la presente es inngeable que se ha hecho mas sospechoso dicho Gaspar Asencio, porque llevado de su cavilosísimo genio se ha inherido en pleitos conmoviendo a varios indios del pueblo de la Concepción para empresas muy arduas y costosas como es el litigio que hoy tienen sobre punto de aranceles maltratando y vejando a los que no le han querido seguir, y es verosímil y muy natural que para el fomento de sus cabilaciones heche mano de los bienes de esta obra pía y que quede extenuada, y aún destruida.

No puede ofrecerse duda alguna en la acción que le asiste a el convento mi parte no sólo para exigir los frutos pretéritos y corrientes, y para pedir las cuentas para que lo producido se convierta en su destino piadoso, sino para solicite el seguro e indemnidad del principal para lo futuro, para que no solo no decaezca, sino que antes se aumente dicho principal, en cuya atención se ha de servir V. S.justicia mediante de mandar se me libre despacho cometido a cualquier eclesiástico que sea requerido para que haga que dicho Gaspar Asensio dé las referidas cuentas, exhiba los productos y frutos de dichos bienes, y los que existieren se secuestren y depositen a satisfacción de mi parte. Para todo por la ninguna seguridad que [...] la persona el dicho indio se asegure en la prisión primero y ante todas cosas y se impongan graves penas para su cumplimiento por lo qual a V. S. suplico así lo mande pido justicia juro [...]. Pablo Antonio de Sotomayor.

Por cierto, este documento permite entrever que hay un trasfondo adicional en la mala administración de la obra pía del Santo Entierro: la actitud un tanto revoltosa de Gaspar Asensio, quien, como se ve aquí, animaba a los habitantes del pueblo de La Concepción a mantener un pleito por el pago de los aranceles -los pagos que los pueblos de indios hacían al convento o doctrina por la atención religiosa-, que seguramente sostenían con los frailes del convento de Aculco.

FUENTE:

El documento es consultable en: https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:939Z-RR96-9S?view=fullText&keywords=Aculco%2CEvangelio&searchForm=advanced&lang=es&groupId=M9ZY-DXB

viernes, 4 de septiembre de 2026

San Francisco Acazuchitlaltongo: el pueblito polotitleco que quería seguir siendo aculquense

En la historia colonial de Aculco, San Francisco Acazuchitlaltongo es posiblemente uno de los pueblos menos mencionados entre los que estuvieron bajo su jurisdicción. Hoy pertenece al vecino municipio de Polotitlán y, debido a ello, a su lejanía y a su escasa relevancia demográfica, recibe muy poca atención desde Aculco. Sin embargo, tiene una particularidad que debería hacerlo importante para nosotros: de todos los pueblos que en algún momento fueron separados de Aculco para incorporarlos a municipios vecinos, San Francisco Acazuchitlaltongo fue el único que exigió regresar a su antigua jurisdicción, aunque no lo consiguió.

Acazuchitlaltongo es una palabra que procede del náhuatl. Sus raíces son acazochitl, "flor de caña", una planta aromática; tlalli, tierra; el sufijo -ton, que se aplica como diminutivo, "pequeño"; y -co, sufijo locativo que significa "en". Como también existe el topónimo Acazuchitlán sin esos sufijos, su etimología podría decir: "en el pequeño Acazuchitlán" o bien, desanudando todo su contenido, "en la tierrita de la flor de caña".

San Francisco Acazuchitlaltongo aparece por primera vez en 1551 con la grafía Acaxochitlatonco (más cercana a su nombre en correcto náhuatl), en un documento que los naturales de la provincia de Jilotepec enviaron al rey de España para quejarse por los daños que los dueños de ganados les estaban causando en sus sembradíos, casas y personas. Dicho documento señala que Acaxochitlatonco, junto con los pueblos de Tutelpeque y Acaualcinco, "están destruidos por los ganados del tesorero y del Secretario Antonio de Turcios, y han huido más de ochocientos macehuales y dejado sus casas y heredades" (0). Años más tarde se le vuelve a mencionar en una merced de tierras de 1591 concedida a don Vicente de los Ángeles, indio principal del pueblo de Jilotepec, como uno de los colindantes con las tierras otorgadas en esa cesión (1). En enero de 1609, otra serie de documentos informa que sus habitantes conservaban sin embargo memoria de una merced concedida al pueblo en 1554:

Gabriel Jiménez, Lucas de San Francisco, Nicolás de San Diego, Pablo Bernardino, Felipe Nicolás, Julián de San Francisco, y demás común y tributarios del pueblo de San Francisco Acaxuchitlantongo sujeto a la cabecera del dicho Jilotepec, de la doctrina de San Gerónimo Aculco [com]parecemos ante Vm. y decimos que por nuestros antecesores sabemos que el Exmo. Señor Virrey segundo de esta Nueva España, que lo fue D. Luis de Velasco, por los años de mil quinientos cincuenta y cuatro hizo merced al pueblo de un sitio de estancia para ganado menor en la parte que llaman Acaxuchitlantongo, cuyo pago está en la mediana de dos cerros grandes, y dos lomas tendidas [...](2)

Para explicar la ubicación de esta merced presentaron un "mapa" nuevo, que según certificó el escribano estaba trazado de esta manera: "se ve que el pueblo de San Francisco Acacuchitlantongo se halla en mediania de unos cerros y lomas tendidas se ven contiguos tres cerrillos, pequeños, un ojo de agua que manifiesta por el lado del poniente junto al camino, que viene de San Juan del Río para Jilotepec: esto es lo que contiene y no otra cosa". Aunque los documentos originales que respaldaban esa merced se les habían perdido y no pudieron hallarlos tampoco en el archivo del virreinato, por lo que tuvo que realizarse un procedimiento legal que incluyó la presentación de testigos para ser interrogados y un recorrido o "vista de ojos" por las tierras reclamadas con el fin de verificar su superficie y darles un nuevo sustento legal. Este recorrido y medición aporta algunos datos interesantes sobre el pueblo:

Para el efecto mande traer cordel de pita bien encerado y con una vara castellana de cuatro cuarta sellada mandé medir el cordel de cincuenta varas y tomando por centro a la iglesia vieja del pueblo, se hizo una medida cruzando en los cimientos de dicha iglesia vieja, y se halló tener de norte a sur, cincuenta cordeles cuarenta varas Castellanas, que hacen dos mil quinientos cuarenta varas castellanas. Se halló tener de oriente a poniente sesenta y seis cordeles diez y siete varas que contienen tres mil trescientos diez y siete varas Castellanas, con lo que queda concluído, y concluyo la la medida de centro cruzado, por no tener a la vista documento antiguo que nos señale el verdadero centro. Comenzamos a medir con el mismo cordel de cincuenta Varas, para saber la suma, que hay alrededor del sitio que poseen. Se empezó la medida por el rumbo de oriente tendiendo el cordel de sur a norte donde hace una esquina se midieron cuarenta y ocho cordeles treinta Varas que hacen la suma de dos mil novecientas y treinta varas. Pasando esta medida por un llanetillo y piedras sueltas, encinales, bajando por la loma tendida, a otro llanete a donde se dio vuelta por la parte del norte, de aquí se miró para el poniente siguiendo el rumbo laderiando por dicha loma tendida a dar a un arroyo aeco poblado de encinos pasando por otros dos arroyos que vienen de los cerros gran despor unos peñascos hasta otro llanete antes de llegar a otro llanete pedregudo que está cerca de un ojito de agua donde se ven unas piedras fijas atravesando la Loma tendida pedregosa, un arroyo seco, que van de la loma alta a dar a una piedra suelta quedaron medidas de oriente a poniente cincuenta y cinco cordeles setenta varas, que hacen, dos mil ochocientos veinte varas: de aquí se miró para el sur, a dar a un lindero que se haya en un llanete donde hace una jolla [hoya] atravesando un caminito pedregudo y que se haya en una jollita, laderiando la loma tendida tendida donde se ven palmas y pedregosas a dar a un arroyo hondo, a dar a una piedra fija; quedaron medidas, de norte a sur dos cordeles y cuarenta varas, que son ciento y cuarenta varas. Por el lado del sur, se miró de poniente a oriente, a un cerro grande, un arroyo seco que van de la loma tendida a San a un llanetillo que llaman el Hídolo que se ve poblado de encinos, palmas silvestres, siguiendo el rumbo, laderiando y hasta dar a donde se comenzó la medida quedando medidos de poniente a oriente setenta y seis Cordeles, ocho varas, con lo que se concluyó la medida , por los cuatro vientos al rededor: así como también la medida del centro, Cruzado , tomando por centro la iglesia vieja.

Este texto revela la existencia de una "iglesia vieja" de la que quedaban sólo los cimientos. ¿Habría también ya entonces una iglesia nueva o el pueblo simplemente carecía de templo? La ruina de las iglesias viejas en aquellos años, en casos como el del no tan lejano San Ildefonso Tultepec, se debía a las campañas de congregación que habían vaciados los pueblos para concentrarlos en los más grandes, por lo que podría tratarse de una situación análoga. Por otra parte, la existencia de un llano al que llamaban "el Hídolo", es decir, el Ídolo, quizá indica la existencia de alguna escultura o imagen prehispánica en el punto.

De la medición de sus tierras, resultó que les faltaba aproximadamente una cuarta parte de las tierras que aseguraban haber recibido del virrey Velasco. Sin embargo, decidieron en aquel momento no reclamar a quienes se habían introducido sino que simplemente se les reconociera la extensión que poseían pacíficamente, con en efecto se hizo. A pesar de ello, hacia 1675 el pueblo se hallaba nuevamente en conflicto con sus vecinos al parecer debido a que se le señalaba como un lugar despoblado y que por tanto podía ser sujeto a nuevas reparticiones. Para demostrar que no era así y que se hallaba habitado, los naturales pidieron en diciembre de aquel año una visita que se certificara la celebración de misas y la existencia de casas:

Digo que dicho día diez y seis del corriente llegué yo dicho teniente a dicho pueblo referido a ser citacion a los indios pobladores de él, y en él hallé al padre predicador guardián ministro del pueblo y convento de San Jerónimo Aculco, fray Antonio de Arteaga, el cual habiendo yo dicho teniente llegado y tocado las campanas en señal que llamaban a misa se revistió dicho padre para decir misa como con efecto la dijo cantada. Y así la oí [...]jente españoles y indios en una iglesia vieja destejada dentro la cual se hizo en jacal de zacate y una ramada de ramas verdes a este efecto = Y así mismo para lo que se pide hay hoy al presente cantidad más de doce ranchos de jacales de paja y dentro de ellos vi veinte indios que todos dijeron ser naturales de este dicho pueblo de San Francisco Acaxuchitlatongo. Todo lo cual certifico ser así [...]

Es interesante ver aquí que en 1675 no se había reconstruido o terminado de reconstruir la "iglesia vieja" que había en 1609 (aunque según parece ya había algo más que sólo los cimientos que se mencionaban entonces) y por eso se le tuvo que levantar en su interior un jacal para celebrar la misa. Por otra parte, en el mismo expediente se menciona que los vecinos de San Francisco cultivaban entonces "maíz, chile y otros géneros para el sustento de sus casas".

Poco más de 20 años después, vuelve a aparecer -aunque mencionado sólo por su advocación de San Francisco- en la enumeración que hizo fray Agustín de Vetancurt hacia 1697 de los pueblos que estaban entonces sujetos a la doctrina de San Gerónimo Aculco:

Aculco [...] Tiene doce pueblos de visita con sus iglesias; dos de Nuestra Señora, de San Pedro, San Miguel, Santiago, San Lucas, Nuestro Padre San Francisco, San Ildefonso y Santa Clara, donde se alternan dos misas. (3)

En 1712, en el expediente de composición de tierras de San Gerónimo Aculco, aparece nuevamente entre los pueblos de su "agregación" (4). Y también como parte de su jurisdicción eclesiástica cuando se erigió como parroquia en 1759. Luego, su pista se nos pierde por casi por siglo hasta 1852, cuando San Antonio Polotitlán obtuvo su separación de gobierno respecto de Aculco y San Francisco Acazuchitlaltongo -junto con otros territorios antes aculquenses- fue incorporado al municipio naciente. Los habitantes de San Francisco Acazuchitlaltongo protestaron pues deseaban seguir perteneciendo a la municipalidad de Aculco como hasta entonces. El asunto no se resolvió por varios años, sin embargo, el 1o. de enero de 1865 la superioridad determinó que el poblado pertenecería definitivamente a Polotitlán. (5)

Resulta un tanto curioso que, mientras otras demarcaciones aculquenses pidieron unirse a Polotitlán, San Francisco Acazuchitlaltongo lo rechazara. Creo que esa negativa debe entenderse en el contexto de la larga historia de conflictos por la tierra entre pueblos y haciendas en el campo mexicano. Polotitlán había nacido no como uno de los antiguos pueblos de indios, casi siempre con alguna raíz prehispánica, sino como un experimento de colonización interior promovido por hacendados, rancheros y propietarios de la zona. Si se revisa la nómina de las localidades que se incorporaron al nuevo municipio, se verá que casi todas estaban ligadas a la gran propiedad. No parece extraño, entonces, que el único pueblo antiguo se resistiera a formar parte de una nueva entidad creada por quienes habían sido sus "enemigos históricos".

Pero la historia entre Aculco y San Francisco Acazuchitlaltongo no termina ahí. Durante la Reforma Agraria, una porción de las tierras ejidales entregadas a San Francisco Acazuchitlaltongo -la cuarta ampliación de su ejido- está dentro del municipio de Aculco. Así que si el pueblo mismo de San Francisco ya no es parte de nuestro municipio, sí lo es -parcialmente- el Ejido de San Francisco Acazuchitlaltongo (6).

Hoy en día, San Francisco Acazuchitlaltongo sigue siendo un poblado muy pequeño, situado en el rincón noreste del municipio de Polotitlán, casi sobre el límite entre los estados de México e Hidalgo. Conserva el mismo patrón disperso y sin traza regular que debió de tener desde tiempos coloniales. Aunque ya ninguna casa resulta reconocible como antigua, las largas bardas de «piedra sobre piedra», los nopales y los fresnos de calles y caminos forman un conjunto que revela claramente la antigüedad del asentamiento.

Ni siquiera el templo parece conservar mucho de su estructura original. Es un pequeño edificio de una sola nave, con la fachada orientada al poniente, bóveda y cúpula de concreto. La fachada, recubierta de piedra negra, tiene por único adorno una portada de recinto, con una cruz labrada en la clave. Sobre ella se levanta una espadaña de dos cuerpos y tres claros, con un par de campanas, la menor de las cuales quizá sea antigua. Lo único que sin duda se remonta al virreinato es la antigua imagen titular de san Francisco, estofada y policromada, de mediana calidad y algo maltratada, pues tiene varios dedos rotos.

 

NOTAS:

0. AGI; México; 96, R. 1; fs. 1r-10v.
1.AGN, Mercedes; v. 17; exp. 432; fs. 121r-121v.
2. Títulos del Pueblo de S. Francisco Acaxochitlantongo en Jurisdicción de Xilotepec, 1774. Tierras, vol. 981, AGN. Disponible en: "Mexico registros," imágenes, FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3Q9M-CSD2-63SJ-2?view=explore : 31 ago 2026), Imagen 521 de 813; . Número del grupo de imágenes: 007984295
3. Fray Agustín de Vetancurt. Chronica de la provincia del Santo Evangelio de México, México, imprenta de doña María de Benavides, 1697, p. 87.
4. Composición de tierras del pueblo de San Gerónimo Aculco. Sección Tierras. Caja 1. Expediente s/n. Archivo Histórico Municipal de Aculco. El documento es una copia de 1783 del original de 1712.
5. Confirmación de la pertenencia del pueblo de San Francisco Acazuchitlaltongo al municipio de Polotitlán. Jilotepec, enero 1º de 1865. Sección Milicia (por error). Caja 2. Archivo Histórico Municipal de Aculco.
6. El pueblo de San Francisco Acazuchitlaltongo recibió su primera dotación de 644 hectáreas en 1934, tomadas de la hacienda de Arroyozarco y del rancho de San Francisco (donde hoy en día se halla la ganadería de toros bravos de Arroyo Zarco).

viernes, 28 de agosto de 2026

Veintitantos patios de Aculco

En la arquitectura tradicional del centro del país -heredera sobre todo de los usos constructivos mediterráneos, aunque también de ciertos modelos prehispánicos- los patios interiores son una de las constantes mejor establecidas. Aunque variaban en dimensiones, materiales, alturas y proporciones, los patios son casi ubicuos en los edificios mexicanos desde el siglo XVI hasta principios del XX, lo mismo en las casas sencillas que en los conventos, colegios, casonas y palacios. En Aculco no podía ser de otra manera y, a pesar de las muchas destrucciones en sus edificios históricos, existen todavía en el pueblo algunos patios antiguos -y unos cuantos de construcción moderna- que vale la pena revisitar en este post. Como verán, se trata de una colección variada con ejemplos de épocas y calidades distintas, que reúno aquí para que los disfruten en conjunto y, quizá, puedan inspirar a alguien. Permítanme también tomarme esta vez una licencia, pues no les mostraré aquí fotografías antiguas ni actuales de estos lugares, sino ilustraciones creadas con ayuda de inteligencia artificial (IA) a partir de fotografías de todas las épocas. La razón es simple: darles cierta uniformidad. En este blog he hecho poco uso de la IA -casi exclusivamente para colorear alguna imagen- y sé que a algunos de mis lectores más leales les incomoda su uso. Sin embargo, creo que es una herramienta extraordinariamente útil que no podemos simplemente ignorar o evitar a toda costa.

Vayamos pues a esta selección de patios aculquenses donde lo hay de todo: patios de casonas y de casitas humildes, patios de haciendas y del convento, patios antiguos y recientes, patios grandes y minúsculos, patios que existen y otros que lamentablemente desaparecieron.

El patio del convento de Aculco -es decir, su claustro- se edificó hacia 1708 e históricamente es, sin duda alguna, el más importante del pueblo. Se trata, además, el único patio antiguo dde Aculco que se halla rodeado de corredores por sus cuatro costados y en sus dos plantas. Hasta la década de 1960, como muchos otros, estuvo ajardinado. Hoy cubre el piso una combinación de adoquín y concreto. Los arcos que lo rodean son mayormente de piedra blanca y ladrillo, escarzanos en la planta baja y de medio punto en lo alto. El pretil calado con arquillos es característico de la época de su construcción. Todo el claustro estuvo originalmente aplanado y adornados con sillares fingidos, una decoración que fue torpemente destruida en distintos momentos del siglo XX. Pero el daño mayor ocurrió en 2009, cuando se le cubrió con la espantosa cubierta industrial de lámina que lo hace parecer hoy en día una vulgar bodega, lo que mutiló además los canales de piedra que desaguaban sus azoteas. En tiempos más sensatos esa cubierta deberá desaparecer.

Este gran patio, cuyo costado norte se muestra al principio de este artículo, era en su origen bastante más pequeño, pero a principios de la década dde 1970 se le ensanchó hacia el oriente y hacia el sur, eliminando para ello cocinas y trojes. El rincón que vemos aquí corresponde a los corredores antiguos, que posiblemente pueden fecharse entre los siglos XVIII y XIX. La casa en su conjunto es, sin embargo, más antigua y en un dintel reubicado se puede leer una fecha correspondiente a febrero de 1656. Como era frecuente en algunos otros patios de Aculco, un pretil separaba los corredores del patio propiamente dicho. Pueden verse, además, piedras de cantera sueltas, restos de otras construcciones perdidas, que en casos como este convertían esos espacios en pequeñas gliptotecas. Este es posiblemente el patio más notable que sobrevive en Aculco.

Construido entre 1786 y 1791, ya bajo la influencia del neoclasicismo, es un espacio sencillo y utilitario, destinado originalmente a la carga y descarga de las diligencias. Sus corredores, relativamente estrechos -con excepción del que se extiende al poniente en la planta alta-, descansan sobre pilares de cantera de molduración muy sencilla, hoy cubiertos de pintura. Aunque el conjunto parece inconcluso, pues el lado oriente carece de planta alta y habitaciones, algunos documentos sugieren que fue incendiado durante la Guerra de Independencia y que quizá de entonces date esa ausencia. Por lo demás, las modificaciones realizadas en el siglo XX sustituyeron toda la antigua viguería de madera por vigas y zapatas de concreto, una intervención que produce cierta desazón al visitante. Lo cierto es que este patio nunca tuvo la prestancia que podría esperarse al observar la fachada del edificio, resuelta con mucha mayor belleza. Se puede atribuir al arquitecto Esteban González, aunque sería José del Mazo y Avilés quien lo terminó

Hace más de treinta años, cuando conocí la hacienda de Cofradía Grande, la casa se encontraba en completa decadencia e incluso parte de este patio se utilizaba como corral. Por fortuna, fue restaurada con cuidado y hoy puede contemplarse así, con toda su hermosa sencillez puesta en valor. Como se observa, su disposición es sencillísima: un gran patio abierto, sin corredores y de una sola planta, al que se abren vanos enmarcados en cantera y de cerramiento curvo. Es de elogiar que durante la restauración se respetara esta dignidad, pues, aunque la hacienda se enriqueció con nuevas dependencias, como la capilla y el lienzo charro, la casa antigua se mantuvo en toda su originalidad, conservando así su carácter, su historia y la sobriedad que siempre la distinguió.

Este es el patio de la preciosa casa que se levanta en el número 5 de la avenida Hidalgo, antiguamente llamada "La Pechera", sin que se sepa en realidad el porqué de ese nombre. Aunque en sus corredores antiguos -al sur y al este- los pilares fueron reemplazados hace mucho tiempo por columnas y zapatas de concreto, la cubierta plana de viguería y ladrillo contribuye a conservar el aire tradicional del espacio. El corredor de la izquierda, correspondiente al lado norte, es más moderno y posee columnas de cantera que sostienen un tejado. El pretil que separa los corredores del patio, poblado de macetas, es aquí de citarilla de barro, una disposición que evoca el antiguo jardín de la plaza mayor de Aculco. En el patio, plantados en rodetes (pues el subsuelo de piedra blanca dificulta el crecimiento de las plantas), hay pequeños árboles frutales y orquídeas moradas, de esa especie antes tan extendida en los patios del pueblo.

Este patio se hallaba en la casa número 1 de la calle de Riva Palacio, una preciosa construcción que desapareció casi por completo en la década de 1980. Cuando se tomó esta fotografía, la casa ya había sido demolida y sólo permanecía en pie la arquería del patio, dispuesta en escuadra sobre sus lados oriente y sur. Al fondo asoma la chimenea del horno, todavía existente, de la Casa de los Terreros, hoy ocupada en parte por el Hotel Hidalgo. En realidad, la casa de don Abraham Ruiz y la de los Terreros formaron originalmente una sola propiedad, y sus respectivos patios constituían entonces un único espacio. Su división dio lugar, sin embargo, a historias distintas en su devenir arquitectónico: mientras la Casa de los Terreros conservó por mucho tiempo sus viejas columnas de madera del siglo XVIII, en la de don Abraham Ruiz éstas fueron sustituidas a principios del siglo XX por esta arquería de medio punto, labrada con en cantera rosa. Ya en la década de 1990, los arcos fueron desmontados y reconstruidos en una casa nueva por el rumbo de Nenthé, donde todavía se conservan. El antiguo patio, en cambio, desapareció por completo, ocupado por nuevas construcciones.

Me atrevo a decir que las ruinas coloniales más importantes de nuestro municipio son las de la Casa Vieja o Hacienda Jesuita de Arroyozarco, situadas al sur de la capilla de esta comunidad. Sólidamente construida con mampostería de piedra brasa, tezontle y cal, la fortaleza de sus muros ha impedido que caiga por completo a tierra pese a tantos años de abandono. Aunque la posibilidad parece cada vez más remota, conserva todavía la solidez suficiente para que algún día pudiera ser reconstruida. Lo que vemos aquí es el patio principal de aquella casa, en una imagen tomada desde el acceso. En primer plano aparece el arco del cubo del zaguán, desprovisto de toda molduración, como también lo están los austeros arcos de los corredores bajos que se observan al fondo. Sobre ellos se distinguen los pedestales de cantera de la planta alta que antaño sostenían sendos pilares del mismo material, hoy desaparecidos. Los escombros caídos y las yerbas y nopales que crecen entre los muros dan al conjunto un profundo aire de desolación.

En el habla aculquense, un "jacal" es una construcción normalmente aislada, cubierta de teja, que servía para las labores de los ranchos o de alguna porción específica de tierras dentro de las haciendas. Eran en cierta medida equivalente a las "galeras" que se levantaban dentro de los límites de la hacienda de Arroyozarco. Así, existe por ejemplo el Jacal de Ñadó, donde se almacenaba el carbón que producía la hacienda, el Jacal de los Terreros, que todavía se levanta, destechado, al norte de la Unidad Deportiva o éste al que llamaban Jacal de los de la Vega pues perteneció a esa familia durante buena parte del siglo XX. Los jacales se caracterizaban sobre todo porque la construcción principal era un edificio de trabajo, no propiamente habitacional, aunque normalmente se rodeaban de anexos como corrales, eras y también pequeñas viviendas. El Jacal de los de la Vega (no sé el nombre que le dan sus propietarios actuales) fue remodelado hace años con muy buen gusto, convirténdolo en preciosa casa de campo. Este pórtico da hacia el patio que se extiende a su frente, al oriente. Nótese como se ha conservado la sobriedad original del inmueble, sin añadidos de cantería o de otros materiales que con tanta frecuencia suelen desfigurar las casas que se remodelan en Aculco.Actualmente está a la venta.

Si les dijera que en esta imagen lo único verdaderamente antiguo es el brocal de pozo que se ve a la izquierda quizá pocos lo creerían, pero así es. Este es un patio que se construyó hace unas dos décadas donde antes había sólo un corral. Al levantar se la nueva construcción, se buscó sin embargo que armonizara perfectamente con las casas vecinas, que conformabn uno de los conjuntos más bellos de Aculco. En sus costados norte y oriente el patio tiene sus corredores altos y bajos con pilares de cantera y hacia el sur muestra este aspecto, donde predomina la piedra y en el que la combinación de planos, techos planos y tejados con vanos desiguales crean un ambiente acogedor y pintoresco.

Esta casa perteneció durante las primeras seis o siete décadas del siglo XX a la familia Villafuerte. Don Fidencio Villafuerte estableció en ella, hacia 1905, una pequeña fábrica de mantas y cambayas en el galerón porticado que asoma al fondo. Su patio es pequeño -abarca apenas un poco más de lo que puede verse aquí- pero es un ejemplar casi prototípico: dos corredores en L, uno mayor de norte a sur y otro muy pequeño de este a oeste; dos plantas con columnas alternadas de piedra y madera (éstas casi todas reemplazadas ya) sobre un pretil de mampostería; entrepisos de madera y cubierta de teja; pisos de ladrillo en los corredores y en el patio la piedra del subsuelo aculquense sin otro recubrimiento; un pozo sin brocal junto al lavadero; una estrecha escalera de madera torneada para comunicar las dos plantas. Aunque este patio se conserva, no se encuentra en perfecto estado. Sin arreglos profundos, quizá no llegue a sobrevivir muchos años más.

Este patio es particularmente evocador, quizá por el estado de ruina en que se encuentra su parte más antigua. Da la impresión de que sus corredores se mantienen en pie sólo gracias al grosor de sus pilares, pues todas las vigas de madera están podridas. Semejante a otros patios de Aculco, se distingue sobre todo por esa apariencia fuerte, aunque tuvo también otras gracias, hoy deslavadas por el abandono: sus zapatas de madera, los bien labrados enmarcamientos de cantera de mediados del siglo XIX y la decoración de pintura mural en tonos azules, amarillos y rosas que cubría su interior. A la derecha, más allá de la escalera que se ve aquí y ya fuera de la fotografía, sobrevive el brocal cubierto de un pozo hoy cegado. El conjunto siempre me recuerda al Corral del Carbón de la ciudad de Granada. Por desgracia, parece ya destinado, sin remedio, a desaparecer cualquier mal día.

Este patio reúne, de manera bastante armoniosa, aportaciones de distintas épocas. Su parte más antigua es el corredor bajo del costado oriente, que vemos aquí sostenido por robustos pilares de piedra blanca y rematado, hacia el sur, por un hermoso arco del mismo material. Los pilares de la planta alta, en cambio, son modernos: datan apenas de 2010, cuando el inmueble fue adaptado como hotel, y sustituyeron con acierto a otros soportes, de aspecto y materiales menos afortunados. Al fondo asoma una construcción de mediados del siglo XX que, con sus delgadas columnas de concreto, introduce una nota algo disonante. Con todo, hoy se integra mucho mejor al conjunto que cuando el inmueble funcionaba como casa habitación y sus muros mostraban un ajedrezado desafortunado. El pavimento de adoquín, por su parte, constituye un buen complemento pétreo y contribuye a dar unidad al espacio. Quizá lo único lamentable de su apariencia actual es su cubierta de lámina que intentan imitar un tejado de barro sin conseguirlo, colocada además sobre vigas de acero. La solución es, sin duda, más práctica y favorece la conservación del inmueble, pero a cambio le quita parte de su sabor tradicional.

Éste era, sin duda, el patio más elegante de Aculco, pero desapareció en la década de 1960. Parte de su cantería rosa y blanca, sin embargo, se conserva en el interior del edificio que se levantó en su lugar -la Superterraza- y en los patios de las casas números 2 y 4 de la calle de Juárez. Como puede verse en la imagen, los pilares, capiteles y pretiles seguían un modelo común en el pueblo; su verdadero interés residía en los arcos de asa, bellamente moldurados, y en la fina labor de cantería de las enjutas, molduras y cornisas que corrían sobre ellos. Como en tantos otros patios de Aculco, el espacio central no estaba enlosado, sino que se destinaba al cultivo de árboles frutales y plantas ornamentales. Lo favorecía el ligero desnivel respecto de la plaza Juárez, que permitía cubrir la piedra viva con una capa de tierra.

El patio central de la hacienda de Ñadó presenta varias particularidades frente a otros del municipio de Aculco. Su aspecto general recuerda los patios toluqueños: corredores elevados sobre el nivel del patio, columnas de fierro colado apoyadas en basas de cantería y barandales de herrería en lugar de los pesados pretiles aculquenses. Sin embargo, el tejado que cubre los corredores, el jardín central poblado de frutales y el bonito desayunador poligonal del centro le dan un aire campestre muy distinto del de las casas de aquella ciudad. Aunque pasó por años de cierto abandono, por fortuna el patio fue restaurado junto con todo el casco de la hacienda y hoy se conserva en excelentes condiciones.

Debo decir que no conozco este patio en persona y sólo puedo referirme a él por las fotografías modernas que alguien amablemente me hizo llegar. El nombre de la propiedad resulta evocador de los primeros tiempos de la colonización, cuando las tierras vacantes comenzaron a repartirse en extensiones que empleaban precisamente ese término: la estancia de ganado menor, de unas 780 hectáreas, y la estancia de ganado mayor, de unas 1,755. El edificio, construido con la piedra blanca de Aculco, fácil de extraer de las barrancas vecinas, tiene la solidez de una fortaleza. Desde el patio pueden advertirse distintas etapas constructivas; el cuerpo de pequeñas ventanas alargadas parece corresponder a la más antigua. El espacio central -el patio- luce hoy cubierto de pasto y adornado con bancas y farolas. A la izquierda, en un nivel ligeramente más alto y fuera de la vista en esta fotografía, está un sencillo corredor con tejado, sostenido por columnas poligonales de la misma piedra blanca que, por su rusticidad, recuerdan vagamente ejemplos románicos o góticos. Por fortuna, buena parte del edificio se encuentra hoy bien restaurada.

Este patio data de 1946 y 1947. Diseñado por el ingeniero Harmodio de Valle Arizpe, es uno de los pocos patios de Aculco cuyo autor puede señalarse con certeza. Siempre me ha parecido desproporcionadamente grande para el edificio que lo alberga, aunque hay que tomar en cuenta que las teorías educativas de la época insistían en la necesidad de contar con espacios amplios para que los niños se ejercitaran. Por su función escolar, el patio está completamente pavimentado con concreto, alternado con franjas de piedrecillas que forman una cuadrícula. Sus corredores, más bien angostos y construidos en concreto armado, se suavizan un tanto con la cubierta ornamental de teja y las molduras a modo de capiteles o zapatas. Al poniente -a la izquierda en la foto- se abre el cubo del zaguán, que sobresale del plano marcado por los muros de los salones de clase y se abre mediante un arco hacia el patio. Su cornisa elevada, de formas mixtilíneas, introduce una nota ornamental que subraya el estilo neocolonial del inmueble, la que se repite en el otro extremo en la cornisa del Teatro Municipal. El sol de barro colocado sobre el arco es una artesanía de alrededor de 1974 que anteriormente adornó el cubo de la escalera del Palacio Municipal.

Este patio en ruinas es sumamente sencillo y posiblemente no merecería una nota si no fuera porque su abandono permite apreciar con particular claridad su disposición, sus materiales y su antigüedad. Está edificado con la ubicua piedra blanca de Aculco y su planta es trapezoidal, debido sobre todo a las exigencias del terreno. Muy probablemente fue conformándose mediante adiciones de distintas épocas que acabaron por darle un aspecto hermosamente anárquico. Vemos los restos de un ala de dos plantas, pilares de piedra caídos o a punto de caer, un arco que no parece conducir a ninguna parte, tejados derrumbados y piedras rotas. Por supuesto, este espacio merecería una adecuada restauración o, al menos, una intervención respetuosa; pero lo más probable es que nunca llegue a tenerla y termine ocupado por una construcción moderna.

Este diminuto patio se encuentra en una de las casas que conforman el callejón que desciende del atrio de la parroquia hacia la plazuela Hidalgo. Como otros patios antiguos del pueblo, combina la cantera blanca (pilares y arcos) con la rosa (capiteles y claves). Sus corredores bajos están formados por arcos de medio punto en tres de sus costados y un muro ciego en el restante. El consabido pretil separa la zona cubierta del patio propiamente dicho. En la parte alta, a la que se llega por una escalera en parte construida en piedra y en parte en madera, no tiene arcos aunque sí pilares idénticos a los de la planta baja y cubierta de teja sobre vigas de madera. Une los pilares un pretil sumamente bajo, pensado más para colocar macetas que pare proteger de una caída, algo que se repite en muchas casas de Aculco.

Éste es otro de esos patios de aspecto anárquico y pintoresco que con tanta facilidad pueden formarse en Aculco utilizando apenas piedra blanca, madera, ladrillo y teja. Es fácil advertir que fue tomando forma mediante añadidos sucesivos de distintas épocas y desigual calidad. Así, encontramos muros de mampostería irregular junto a otros de sillares mejor cortados -sobre todo en el cuerpo de dos plantas-; pilares cuadrados de piedra blanca, de distinto grosor y dispuestos sin un ritmo aparente; otros poligonales y mejor tallados; columnas de madera, y escaleras tanto rectas como en abanico. Resulta curioso que, en contraste con este desorden, la fachada principal del inmueble sea ordenada y esté bien diseñada, con cierto aire italianizante.

A fines del siglo XIX y principios del XX, la "modernidad" arquitectónica llegó a Aculco de una manera muy sutil, con formas más clasicistas que eclécticas y sin expresarse casi nunca en edificios con elaborados trabajos de piedra que pudieran calificarse claramente como porfirianos. Recuérdense obras como el reloj público (1904) o el basamento del kiosco (1889), que pertenecen a esa modernidad, pero parecen concebidos para prolongar la sencillísima arquitectura de Aculco y no para competir con ella. Algunas casas del municipio incorporaron elementos de este nuevo gusto, como una que ya hemos visto páginas atrás, la de don Abraham Ruiz. En la hacienda de Cofradía, hacia 1905 se construyó el portal de arcos de la fachada, mientras que el patio recibió la ornamentación que vemos aquí: esbeltas columnas toscanas de cantera blanca, con basas y capiteles de cantera rosa. Aunque hoy están pintados de rojo, se reconocen también elementos mucho más arraigados en la arquitectura de Aculco, como los pretiles que separan el patio de los corredores. En los muros del fondo se observan los notables murales de Ernesto de Icaza que dan fama a esta propiedad.

Este patio, ubicado en una casa de la Plaza de la Constitución, es un buen ejemplo de la armonía que pueden alcanzar aportaciones de distintas épocas en un mismo edificio aculquense. Véase, por ejemplo, el cuerpo de piedra blanca de dos niveles que aparece a la izquierda de la imagen y que podríamos llamar torrecilla: la planta baja data de tiempos coloniales; la segunda, de la década de 1950, y el pretil almenado, de hace menos de diez años. En sus pequeños corredores, esta construcción alterna pilares de cantera en el nivel inferior y columnas de madera en el superior, una disposición tradicional de Aculco que todavía puede verse en la portería del antiguo convento y que aquí se recuperó con acierto. También el piso de lajas fue común en el pueblo, con ejemplos notables en el atrio de la parroquia, el Molino de Arroyozarco y la casa número 2 de la calle de Juárez. Un elemento ajeno a la tradición local, pero que se integra sin estridencias, es la fuente de construcción reciente: en el municipio son muy escasos los ejemplos antiguos. Este patio conservó por algún tiempo unos cuantos vestigios de su antiguo origen como tenería (es decir, curtiduría): tinajas y canales tallados directamente en la roca madre.

Durante muchos años desconocí la existencia de este patio, ubicado en la casa de la esquina de Comonfort y Corregidora. Lo primero que llama la atención son los gruesos muros de piedra blanca que lo separan de las casas vecinas y le dan un precioso marco. Luego están sus arcos encalados, de poca altura y aspecto un tanto conventual, acompañados del tradicional pretil. En la planta alta, en cambio, sólo hay pilares que sostienen el tejado. Son seguramente una adición posterior, pero no restan armonía al conjunto. A veces pienso que otras pequeñas casas aculquenses debieron de tener patios semejantes a éste, perdidos con el tiempo entre destrucciones, abandono, modernizaciones, subdivisiones y otras desgracias.

El edificio del Despacho -llamado en el siglo XVIII "casa del mayordomo"- es uno de los más importantes de la antigua hacienda de Arroyozarco. Su patio se encuentra actualmente desprovisto de corredores y con algunas construcciones parásitas apoyadas en sus muros, pero antiguamente tuvo en sus costados vastos pórticos con cubierta de viguería, sostenidos por grandes columnas de madera que descansaban sobre basas poligonales de tezontle rojo. Algunos restos sobreviven desarmados in situ, pero sólo gracias a una fotografía de la década de 1980 —cuando los peregrinos de Querétaro adquirieron el edificio— podemos conocer con precisión el aspecto que tenían, aunque para entonces se encontraban ya próximos a la ruina. Es una verdadera lástima que un patio tan original se haya perdido.

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Hasta aquí nuestro recorrido, necesariamente incompleto, por los patios de Aculco. Como hemos visto, no existe propiamente un modelo único de patio aculquense, pero sí una manera muy reconocible de construirlos: piedra blanca y rosa, madera, ladrillo y teja; corredores y pretiles; árboles, macetas y, de vez en cuando, algún pozo o una fuente. Quizá su mayor encanto esté precisamente en que rara vez fueron espacios concebidos de una sola vez. Crecieron con las casas, recibieron añadidos, perdieron otros, cambiaron de materiales y de usos y terminaron por reunir, a veces con orden y otras de manera hermosamente anárquica, varios siglos de historia. Algunos han llegado hasta nosotros casi intactos, otros han sido transformados con mayor o menor fortuna y muchos sólo sobreviven en fotografías. Ojalá los que quedan sigan siendo patios y no se conviertan, como ha ocurrido tantas veces, en habitaciones, cocheras o simples metros cuadrados disponibles para construir.