Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Hidalgo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miguel Hidalgo. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de noviembre de 2021

La espuela que don Miguel Hidalgo abandonó en Aculco

Quien haya visitado el Museo Nacional de Historia hace más de treinta años, quizá recordará que en una de sus vitrinas se encontraba un antigua espuela cuya cédula más o menos decía así: "espuela perteneciente a Hidalgo hallada en el campo de Aculco". De niño, volver a ver esa espuela era para mí una de las mejores razones para visitar el Castillo de Chapultepec, pero en algún momento dejó de estar a la vista y desde entonces no he sabido más de ella. Tal vez se halle en exhibición en algún otro lugar o quizá solamente reposa en las bodegas del edificio hasta que alguna renovación de la museografía la saque nuevamente a la luz.

¿Pero cómo es y cuál es la historia de esa supuesta espuela que el cura de Dolores habría abandonado en tierras aculquenses?

De lo primero no hay mucho que decir, pues no he podido hallar imágenes recientes y las fotografías viejas no permiten ver muchos detalles. De lo poco que se intuye de ellas y lo que puedo rescatar de mis recuerdos es que no es grande, está hecha de hierro forjado con alguna labor ornamental (no de plata como dicen algunas descripciones), la espiga forma un ligero ángulo al estilo de tiempos coloniales y la rodaja es más bien pequeña. No tiene correa ni pialera.

Acerca de su historia, hace tiempo me contaron que estuvo originalmente en posesión de los dueños de la hacienda de Arroyozarco. De sus manos habría pasado a las del general Vicente Riva Palacio, quien en 1894 la donó junto con otros muchos objetos históricos al Museo Nacional, instalado entonces en el edificio de la antigua Casa de Moneda. A las piezas que forman parte de esa donación se les conoce en conjunto como "Lote Riva Palacio" e incluye cosas de gran valor histórico, como son los objetos personales del general Vicente Guerrero (abuelo de Riva Palacio), pero también algunas otras de cuya pertenencia a personajes históricos se tiene menos certeza. Parece ser el caso de esta espuela, pues quienes la mencionaron en los catálogos del museo casi invariablemente expresan esa duda:

"Espuela que parece haber pertenecido al señor cura don Miguel Hidalgo" (Jesús Galindo y Villa, Guía para visitar los salones de historia de México del Museo Nacional, 1899).

"Espuela que, según la tradición, perteneció al señor cura don Miguel Hidalgo y Costilla. Objeto donado en 1894 por el Gral. D. Vicente Riva Palacio" (Museo Nacional de México, 1906).

Pero en esos viejos catálogos del museo falta además una información esencial: aquella que relaciona la espuela con Aculco. La verdad es que sólo he podido hallar textos muy tardíos que mencionan esa relación, como la nota "Reducto de la insurgencia", del reportero Ramón Morones, aparecida en el periódico Excélsior del 23 de enero de 1960, que habla sobre las pertenencias que los jefes rebeldes que se exhibían entonces en Chapultepec:

Entre las diversas reliquias del jefe de la insurgencia, existen ahí su relicario más preciado, una hermosa espuela de plata que le perteneció y que quedó abandonada en la batalla de Aculco.

¿Será verdadera su historia? ¡Quién puede saberlo! La espuela de Hidalgo o espuela de Aculco quizá no sea ni lo uno ni lo otro. Es muy difícil imaginar que alguien pueda haberse percatado de su pérdida en medio de la batalla o hasta en plena huída, que la haya logrado rescatar y resguardar, que pudiera transmitir a otros esa historia junto con el objeto.

Difícil, pero claro, no imposible.

domingo, 24 de abril de 2016

La piedra que no fue

En octubre del año pasado, en el texto "La piedra de la misa de don Miguel Hidalgo", compartí en este espacio un par de viejas fotografías tomadas a principios del siglo XX por el fotógrafo Gustavo F. Solís, en las que se observan unas rocas con inscripciones ilegibles que existieron en las cercanías de Aculco, relacionadas con el paso del cura de Dolores por este lugar en 1810. Según la improbable leyenda, como relaté ahí mismo, habrían señalado el punto en que Hidalgo celebró una misa cerca del campo de batalla en que sufrió su primera derrota. Siguiendo también la tradición oral, a mediados del siglo XX la roca habría sido desprendida de su sitio y trasladada a la capilla de la hacienda de Cofradía, en cuya fachada se habría conservado. Esa misma tradición hablaba de que la lápida tenía talladas figuras, fechas e incluso la frase "aquí celebrando misa".

Desde que hallé esas antiguas fotografías me hice el propósito de visitar Cofradía, pues hacía quizá treinta años que no ponía el pie por allá y mis recuerdos concretos de la piedra de la misa de Hidalgo eran ya prácticamente inexistentes. Mi intención era examinar la lápida e intentar averiguar si correspondía a la totalidad de la retratada por Solís, si se trataba sólo de un fragmento, si se podía leer algo de lo inscrito en ella y, en definitiva, si de alguna manera se podía ligar efectivamente a don Miguel Hidalgo y Costilla. Finalmente, la pasada Semana Santa se me permitió entrar al lugar.

No sé qué fue mayor al revisar la piedra, si mi sorpresa, mi decepción o mi curiosidad renovada por un nuevo misterio. Porque resultó que la piedra que está empotrada en la fachada de la hacienda de Cofradía no tiene absolutamente nada que ver con la de las fotografías de 1907 que se conservan en la Fototeca Nacional. Esto me sorprendió bastante, ya que lo menos que esperaba era encontrar otra lápida, no la que hace más de cien años llamó la atención de los viajeros que recorrían la "Ruta de la Independencia" y que seguramente en esos tiempos era señalada como venerable recuerdo por los lugareños. Entonces me sentí enormemente decepcionado, sobre todo al ver que la piedra no tenía las abundantes inscripciones de la otra, que pudieran revelar algo de su historia. Pero, finalmente, me di cuenta de que ahora el misterio de las dos piedras es mayor: ¿siempre existieron dos, y no una sola piedra señaladas como históricas en relación con Hidalgo? ¿se referían a distintos episodios del paso del cura en noviembre de 1810? ¿dónde estuvo ubicada originalmente la piedra que hoy está en la capilla? ¿y dónde quedó la piedra de las inscripciones?

Quizá algún día, si tengo suerte, podré responder a estas preguntas. Por ahora lo único que puedo hacer es describirles la lápida que observé en la hacienda de Cofradía.

Está labrada en cantera rosa y fue colocada al lado derecho de la entrada de la capilla, en su fachada que mira al poniente. Debe tener cerca de un metro de altura y unos 70 centímetros de ancho. No es plana, sino cóncava, por lo que casi forma un nicho. La enmarca un ligero remetimiento del aplanado de la pared, con dos hiladas de ladrillo formando una especie de dintel o cornisilla en la parte superior. Dentro del marco, en la parte inferior, existe una cantera pequeña de un color más anaranjado con la leyenda "Hda. Ca. Septiembre 17 de 1943", fecha que quizá señala la época en la que la lápida fue empotrada en este muro.

A la piedra le falta un gran trozo en la esquina inferior izquierda y una parte mucho menor en el extremo inferior derecho; los faltantes fueron completados con un aplanado de cal y arena pigmentado en un color semejante al suyo. Los relieves que muestra, ejecutados con mucha rusticidad, son de tipo pasionario, es decir, relativos a la crucifixión de Cristo. Ocupa el centro una cruz con la base ensanchada que lleva el INRI en lo alto y, en el cruce del vástago y el travesaño, una corona de espinas. El cuerpo de la cruz no resalta, sino que se halla rehundido en el plano general de la lápida. A sus lados se despliegan los relieves con los instrumentos de la pasión o Arma Christi: a la izquierda el martillo, el gallo, la columna, los flagelos y la lanza; a la derecha las tenazas, la esponja atada a una caña, las treinta monedas y la jarra. Las monedas, curiosamente, se disponen en forma de S; es probable que el artista haya querido representar el anagrama de Jesús (IHS), algo fallidamente, con la la caña de la esponja formando la I, la escalera como la H -o más bien varias haches superpuestas- y justamente las monedas como la S. En lo alto aparecen el sol y la luna con rostro. Algunos símbolos más quizá se borraron por la erosión y seguramente otros se perdieron con el fragmento que le falta a la piedra. Todo el conjunto estuvo en algún momento pintado con cal.

Ciertamente, esta piedra contrasta por su tosquedad con el resto de elementos de cantera labrada que adornan la hacienda de Cofradía, elaborados con gran precisión y cuidado. Parece, en efecto, traída de otro lado o por lo menos perteneciente a una época distinta, anterior a aquella en la que se construyó prácticamente todo el edificio que podemos ver hoy en día. A pesar de ser una bella pieza muy antigua y sin duda interesante, no hay en ella nada con la que se pueda legar a Hidalgo, a la Batalla de Aculco, a alguna misa o al año de 1810, más allá de la tradición oral.

ACTUALIZACIÓN, 12 DE AGOSTO DE 2016

Y, sin embargo, existen registros fotográficos de la piedra que está colocada en la capilla de la hacienda de Cofradía antes de su traslado a ese lugar. Estas es la piedra que sí es:

Esta fotografía estuvo disponible unos días en internet como parte de la Mediateca del INAH, como procedente del Fondo Fotográfico de Culhuacán y catalogada como el sitio en que Hidalgo celebró una misa en Aculco. Sin embargo, días después la imagen (y toda la mediateca) dejó de estar disponible al público en general y no me ha sido posible todavía conseguir una imagen de mejor calidad. No tengo más información, pero espero que algún día podamos saber dónde se encontraba originalmente esta roca y si tiene alguna relación con las que fueron fotografiadas por indicación de Castillo Ledón.

A simple vista es difícil darse cuenta de que se trata de la misma piedra reseñada en este artículo. Quizá con la ayuda de estas imágenes sea más fácil percatarse de ello:

sábado, 10 de octubre de 2015

La piedra de la misa de don Miguel Hidalgo

En la fachada de la capilla de la hacienda de Cofradía existe, al lado derecho de su entrada principal, una lápida de cantera rosa toscamente labrada y rodeada por un marco del mismo material. Entre varias figuras y cifras de difícil interpretación, parece leerse la frase "aquí celebrando misa" que es precisamente la que la vincula con una arraigada tradición aculquense. Según ésta, la piedra habría servido a don Miguel Hidalgo y Costilla, como mesa de altar para la celebración de una misa, durante su estancia en Aculco entre el 5 y el 7 de noviembre de 1810.

Aunque algunas variantes de la leyenda afirman que la piedra estuvo bajo el árbol conocido como Palo Bendito (otro sitio señalado para una improbable misa celebrada por Hidalgo), en realidad se encontraba lejos de ese sitio, en terrenos de la hacienda de Cofradía, al parecer en algún punto inmediato al salto llamado precisamente "de Cofradía" (donde hoy está la cortina de la presa) o al salto del Tixhiñú. Y no todas las versiones afirman que se trata de una mesa de altar, sino que algunas indican que es un fragmento de la roca desde la que el cura de Dolores contempló la Batalla de Aculco. Esto último no resulta del todo descabellado puesto que los planos de la batalla muestran que justamente en la zona en la que se encontraba esta cantera los insurgentes dispusieron se colocara el tesoro, carros y equipajes, e Hidalgo no solía estar en primera línea en los combates sino más bien en la retaguardia.

De cualquier manera, a principios del siglo XX los dueños de la hacienda de Cofradía mandaron cortar aquella piedra para retirar la inscripción y la llevaron para su resguardo a la capilla, como decíamos al principio de este texto.

Todo lo anterior corresponde a lo que escuché de niño o averigüé ya más grande entre la gente de edad de nuestro pueblo. Pero hace unos pocos años localicé un par de fotografías de la piedra, tomadas antes de que se le arrancara de su lecho, que cuestionan varias de estas ideas y que hoy quiero compartir con ustedes. Estas dos fotografías con parte de la serie de imágenes estereoscópicas capturadas por el fotógrafo Gustavo F. Solís durante el viaje que realizó por todos los puntos de la ruta de la Independencia con el historiador Luis Castillo Ledón en 1907.

En la primera fotografía, catalogada en la Fototeca Nacional bajo el número 603892 y con la descripción "barranca cercana a Aculco", aparece la piedra vista desde cierta distancia. Por su ubicación parece ser un afloramiento rocoso que forma parte de la pared de una de las barrancas que abundan precisamente en la zona que va desde la presa de Cofradía hasta el salto del Tixhiñú y más allá. Sólo contrastando mucho la fotografía se advierte que aquella roca tiene una inscripción en la cara que ve hacia el espectador, aunque resulta totalmente ilegible.

La segunda fotografía, con número de catálogo 603892 y descripción "barranca de Aculco, vista de roca con inscripciones", es un acercamiento a la piedra, tomada seguramente con el fin específico de retratar el texto inciso en ella. Pero desafortunadamente tampoco resultó comprensible lo que dice ahí salvo, quizá, una parte de la frase "... de mayo de 18..." y un "... Aquí ...". Acaso alguno de los lectores del blog Aculco, lo que fue y lo que es tendrá la paciencia y herramientas para descubrir el entido de esta inscripción.

Al conocer estas fotos antiguas de la piedra, me pareció evidente que por su ubicación definitivamente no pudo ser utilizada como mesa de altar. Tampoco, creo, como "telón de fondo" para una misa de las tropas insurgentes, pues habría sido absurdo celebrar la eucaristía en un sitio tan incómodo y poco apropiado como una barranca. Más fácil habría sido, como asegura la otra versión de la leyenda, que haya servido a Hidalgo de atalaya para atisbar el encuentro con las tropas de Calleja (quizá al otro lado de la barranca), pero sin otros puntos de referencia tampoco eso se podría asegurar. Quizá la única manera de tener idea de lo que conmemora la inscripción es revisarla detalladamente en su actual ubicación, en la hacienda de Cofradía. Yo la vi hace muchos años y no recuerdo casi nada de ella. Me han dicho que se encuentra ya muy desgastada y es imposible de leer, pero tengo la esperanza de revisarla personalmente algún día con suficiente calma y poder comprender algo de lo que en ella se grabó.

Sin ayuda de un visor estereoscópico, tan sólo cruzando un poco los ojos (haciendo bizco, pues) es posible mirar las fotografías dobles incluidas en este post con el "efecto 3-D", como diríamos ahora, que buscaron sus creadores. Sin embargo, como regalo a los lectores de este blog a los que se les dificulte hacer bizcos, subo enseguida los pares de imágenes como gifs animados que les darán una buena idea de su tridimensionalidad simulada.

domingo, 5 de julio de 2015

El aculquense cura Soria, ¿insurgente o realista?

El domingo 27 de octubre de 1810, Miguel Hidalgo y Costilla arribó al pueblo de Ixtlahuaca después de una largo recorrido -casi paseo triunfal- por el Bajío y Michoacán, durante el cual el ejército insurgente había cobrado fuerza por el número de sus seguidores y calidad de su armamento. En aquel momento de gloria, los pueblos por los que pasaba se le rendían, lo recibían triunfalmente bajo palio, se cantaban Te Deums a su llegada y los pobladores se sumaban a sus huestes, mientras los realistas escapaban o eran cruelmente asesinados.

Hasta el cuartel general insurgente de Ixtlahuaca llegó ese mismo día un sacerdote, el bachiller Francisco de Soria y Cisneros, párroco del cercano pueblo de Jiquipilco. Se presentó con respeto ante el líder de la rebelión dándose cuenta que "poseía y dominaba los corazones de los indios", quienes formaban el grueso de su ejército (1). Precisamente se había dirigido a Hidalgo debido a los excesos que cometían los indios de la tropa, que mataban a cualquier europeo al que encontraran en su avance; Soria había protegido y tenía escondidos a unos españoles, para los que pidió al cura de Dolores un pasaporte que les permitiera retirarse. Además, le informó, había encontrado en su camino desde Jiquipilco a otros tres españoles asesinados (uno de ellos, su compadre Antonio Íñiguez), a quienes los indios no le habían permitido enterrar diciendo que eran judíos, y por ello solicitó una escolta de lanceros para darles cristiana sepultura. Don Miguel Hidalgo accedió a ambas peticiones, muy probablemente convencido de que Soria era partidario suyo. A pesar de esto último, los indios de la tropa insurgente no le perdonaron al cura Soria su intercesión por los españoles y destruyeron su coche a pedradas, al tiempo que le llamaban "alcahuete de gachupines" (2). Y si bien le permitieron enterrar los cuerpos, no pudo hacerlo en tierra consagrada y fueron sepultados en el mismo campo por disposición del comandante insurgente José Ignacio del Valle.

Lo interesante para nosotros es que aquel padre Soria y Cisneros era aculquense: "natural del pueblo de Aculco, hijo legítimo de legítimo matrimonio de D. Felipe de Soria y de doña Josefa Cisneros, españoles de limpio nacimiento y de notoria honradez", como él mismo relata en una pequeña autobiografía en tercera persona que mandó imprimir en 1818 (3). Su padre, sabemos por otras fuentes, era oficial de granaderos del regimiento de Celaya (3.1). El ejemplar del impreso autobiográfico al que he tenido acceso está incompleto, pero a través de él conocemos muchos detalles interesantes de su vida, como el que respecta a sus estudios para alcanzar el sacerdocio:

Que baxo la dirección del Br. D. Ignacio Ochoa estudió Gramática con aprovechamiento hasta lograr la preferente estimación de su Maestro: Filosofía en el Real y Pontificio Tridentino Seminario con el Señor Dr. y Mtro. D. José María Alcalá, a quien debió un relevante concepto por su aplicación y virtud: sustentó muchas conclusiones, arguyó en otras, hasta nombrarlo su Catedrático Presidente de Academias, e hizo una oposición general a todo el curso de Artes: sustentó un acto en la Real y Pontificia Universidad, por el que, y actillo de costumbre para el grado, mereció segundo lugar, logrando que los Señores Sinodales lo aprobasen para todas las facultades. En el mismo Tridentino Seminario estudió leyes con el Señor Dr. F. José Cisneros: residió seis meses de estatuto en el Real Seminario de Tepotzotlán, y en él para las órdenes de Subdiácono, a más de las materias asignadas, explicó y defendió la de Matrimonio, mereciendo en éste y los demás Sínodos de moral e idioma las mejores calificaciones, hasta ascender al Sagrado Sacerdocio el año de 1793.

Ya en el desempeño de su labor sacerdotal, Soria y Cisneros estuvo "ocho años de Vicario en Alfaxayucan, Tecosatutla, Huichapam y Xilotepec; diez y ocho de Cura propio en Sierragorda y Xiquipilco; dos interinatos en Escanela y Alfaxayucan; y veinte y siete de administración en idiomas Otomí, Pame, Jonas y Masahua". Por cierto, en su interinato en Escanela (lugar inhóspito "cuya situación e intemperie la hacen impenetrable e intratable, ya por sus copiosas y continuas lluvias, ya por sus caminos llenos de malezas, asperidades y peligros... y ya finalmente por estar siempre cubierta de una espesa niebla") tuvo como vicario ni más ni menos que al que sería famoso caudillo insurgente, don Mariano Matamoros, con quien "en 1801 reparó iglesias, predicó, promovió escuelas y 'estuvo pronto a la administración de los sacramentos'". En la Sierra Gorda, específicamente en el poblado de Bucareli, Soria "consiguió que en su tiempo se redujesen a pueblo aquellos mecos, pames y jonases", es decir, logró que se asentaran aquellos grupos chichimecas antes nómadas. En 1807 participó en el concurso y oposición para la provisión de una canongía de idioma otorní vacante en la Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, por fallecimiento del licenciado don Miguel Caseta (3.5).

Soria, por otra parte, "reedificó la Iglesia del Pinal y construyó la de Xiquipilco". Sobre este último templo, levantado por Soria y Cisneros en plena Guerra de Independencia, él mismo describe las circunstancias de su edificación de esta manera:

Construyó la iglesia que hoy tiene, amplia, hermosa, y capaz para su feligresía, sin haber gravado a la Real Hacienda en cosa alguna; y debe aquel Pueblo a su actividad y constancia tener un Templo en qué celebrar los divinos oficios y funciones parroquiales con la decencia posible, sin que le sirviesen de obstáculo la espantosa insurrección y trastornos de los indios, pues en medio de los sustos y conmociones procuró tener reunidos, quietos y empeñados en la fábrica de la iglesia a los indios; medio que tomó para distraerlos de las turbaciones públicas; de modo que en el tiempo más calamitoso, y en que se experimentaba la desolación, él animando a sus feligreses con su trabajo y dinero, construyó y levantó la iglesia en que ahora al Dios de la Majestad se tributa las debidas adoraciones; construido en medio de las revoluciones y trastorno, que es lo que más le lisonjea...

Fue también durante sus años como cura de Xiquipilco que se presentó ante Miguel Hidalgo, como decíamos al principio de este artículo, reunión de la que salió apedreado por los insurgentes aunque con los salvoconductos que había solicitado. Pero aquel encuentro con el cura de Dolores le acarreó un grave problema que ya habrán advertido algunos de ustedes en la cita anterior, en la que parece deslindarse de cualquier cercanía con la rebelión: se le acusó ante las autoridades de ser partidario de Hidalgo. Así se explicaba, seguramente pensaban sus acusadores, el respeto con el que había acudido con el jefe de la insurrección y los favores que éste le había dispensado. Además, su antigua colaboración con Mariano Matamoros también resultaría sospechosa a la vista de los sucesos del momento. "Todas las apariencias condenaban al párroco de Xiquipilco, Br. D. Francisco de Soria, como adicto a la causa que proclamó el Padre Hidalgo en el pueblo de Dolores", escribió el historiador don Nicolás León, "y era porque la suspicacia del gobierno español con respecto al bajo clero mexicano, le hacía temer que en cada cura de almas de los pequeños pueblos, hubiera un insurgente. (4)

El 23 de febrero de 1811, Soria y Cisneros tuvo que comparecer ante los jueces en la ciudad de México. Las acusaciones concretas que se hacían incluían haber enseñado a los indios de su parroquia, en compañía del colector de diezmos de Ixtlahuaca, licenciado Cardoso, “el manejo del garrote para defenderse de los sables de los europeos”, y haber predicado “que el cura Hidalgo venía a redimir este reino, porque los europeos querían entregarlo al inglés” (5). Mas las acusaciones eran sólo "de oídas" y el cura Soria, al cabo, logró convencer a las autoridades de su inocencia y su lealtad a la Corona, que en su autobiografía de 1818 argumenta de esta manera:

En [1]810 ofreció su persona y 100 pesos al Exmo. e Ilmo. Señor Lizana [Arzobispo de México] para que dispusiese todo en beneficio de la paz, y dio también puntual aviso a su Prelado de las conmociones que empezaba a causar el rebelde Hidalgo, y S.E.I. le mandó que se mantuviese en su Parroquia tranquilizando a sus Pueblos, lo que ejecutó a costa de riesgos, incomodidades y peligros; habiéndose visto en el triste momento de intimarle sentencia de ser fusilado por no querer acoger a los rebeldes; y franquear generosamente todos los auxilios que le proporcionaba su ministerio y carácter a las tropas del Rey;

Además, sobre el encuentro con Hidalgo y la defensa de los españoles que tenía escondidos, escribe:

Acreditó su fidelidad acompañando al Subdelegado de Ixtlahuaca en la noche que invadieron aquella villa, facilitándole y cooperando a tomar providencia para que se salvasen sesenta europeos que se habían reunido allí, que libraron todos con el mismo Subdelegado.

En los años subsiguientes Soria tuvo cuidado de continuar demostrando su lealtad al rey, por ejemplo informando de los movimientos insurgentes. Así lo hizo en noviembre de 1813, cuando escribió que al salir las tropas realistas de Jiquipilco los insurgentes habían entrado y salido del pueblo, interceptando y salteando los caminos. (6) Pese a estas muestras de fidelidad, seguramente la inocencia de Soria siguió siendo cuestionada y de ahí la publicación del folleto autobiográfico en 1818, año en que el movimiento insurgente había caído en una etapa de casi total extinción. Pero ni aún con esto logró acallar las murmuraciones, tanto así que todavía se acostumbra consignarlo hoy en día como partidario de la insurgencia, como lo hace uno de los grandes biógrafos de Hidalgo, don Carlos Herrejón Peredo, en su libro Hidalgo, maestro, párroco e insurgente (Clío, 2014). En realidad, resulta imposible penetrar en lo que pasó por la cabeza del cura Soria en esos momentos; si frente a Hidalgo se mostró plenamente favorable a la insurgencia, o si sólo fingió serlo, o si tal vez nunca dejó de ser leal a la Corona ni de palabra ni de obra es, en realidad, un misterio.

El bachiller Franciso de Soria y Cisneros continuó administrando la parroquia de Jiquipilco muchos años después de consumada la independencia y falleció hacia 1840.

(1) "Averiguaciones acerca de la conducta del bachiller don Francisco de Soria, cura de Xiquipilco, durante el paso de los insurgentes por Toluca e Ixtlahuaca y de los indios de su parroquia", en Boletín del Archivo General de la Nación, México, 1930, 1, 2, p. 223-224.

(2) Castillo Ledón, tomo II, p. 85

(3) AGN, Indiferente Virreinal, Expediente 029 (Clero Regular y Secular Caja 1069).

(3.1) Berenise Bravo Rubio y Marco Antonio Pérez Iturbe, Una Iglesia en busca de su independencia: el clero secular del Arzobispado de México, 1803-1822, tesis, UNAM, marzo de 2001, p. 54n.

(3.5) Berenise Bravo Rubio y Marco Antonio Pérez Iturbe, Una Iglesia en busca de su independencia: el clero secular del Arzobispado de México, 1803-1822, tesis, UNAM, marzo de 2001, p. 54n y 55n.

(4) "Averiguaciones...", p. 212.

(5) "Averiguaciones...", pp. 223-224.

(6) AGN, Indiferente Virreinal, Expediente 031 (Operaciones de Guerra Caja 4134).

domingo, 14 de septiembre de 2014

¿Era el tesoro que Hidalgo perdió en Aculco?

Ahora que se acerca un aniversario más del Grito de Dolores, creo oportuno compartirles esta narración acerca del tesoro que Hidalgo pudo haber dejado en Aculco. Casi toda la crónica está tomada directamente de mi libro Ñadó, un monte, una hacienda, una historia (Gobierno del Estado de México, 2009), aunque adaptado para este blog y con alguna información adicional. Espero lo disfruten.

__________________________________________

Apenas iniciada la vida independiente del país, sucedió un hecho misterioso en Aculco en el que estuvieron involucradas las más altas autoridades del entonces Imperio Mexicano. Todo comenzó el 9 de noviembre de 1821, cuando el aún no designado emperador Agustín de Iturbide envió a tierras aculquenses un cuerpo militar formado por cincuenta hombres de caballería al mando del coronel Jesús Gómez de Aguado (quien según se dice había militado en el ejército de Hidalgo) con una comisión suya “interesante a la Patria”, que no se hizo pública.(1)

Ese extraño interés por Aculco y el secreto en el que Gómez de Aguado y sus hombres realizaron el encargo podría parecer un suceso sin importancia. Pero pocos días después se presentó ante Salvador de Garfias, alcalde del pueblo, José María Correa, quien portaba un documento firmado por Iturbide con fecha del 21 de noviembre que le facultaba para la extracción de ciertos caudales "ocultos" en la "poza del salto del río Ñadó". Por no haber podido realizar en ese momento la operación, se retiró para regresar varias semanas después a terminar el trabajo. En el intervalo, sin embargo, se hizo presente ante los funcionarios municipales Ignacio García de la Madrid con una orden de la regencia del Imperio del 13 de diciembre que le autorizaba la extracción de tesoros de diversos lugares, razón por la que aseguraba le correspondía también el caudal de la poza del salto:

Habiéndose servido el Supremo Consejo de Regencia conceder su permiso a D. Ignacio García de la Madrid para la extracción de varios tesoros que denunció, ha tenido a bien disponer que por los justicias y ayuntamientos a quienes ocurriese el interesado en solicitud de todos los auxilios que necesite se le franqueen inmediatamente, siempre que no resulten en perjuicio de tercero. Lo que de orden de Su Alteza Serenísima prevengo a todos los jueces, ayuntamientos y demás autoridades a quienes fuese presentada esta orden cumplan y hagan cumplir su contenido, en lo que harán un servicio a la Nación.(2)

Vuelto Correa y al enterarse de la pretensión de García de la Madrid, protestó ante el alcalde, asegurando que su autorización era precisa acerca del sitio designado, mientras que la del otro era poco concreta:

En la mañana de este día se me ha manifestado por Vd. una orden del Excelentísimo. Sr. Ministro Universal de Hacienda, que ha dirigido a este Ilustre Ayuntamiento D. Ygnacio García de la Madrid, relativa a facultad que le concede la Suprema Regencia del Imperio para extraer varios tesoros que se hayan ocultos en diversos parajes de este distrito, etcétera: Y como en la generalidad de esta orden no se comprende la del salto del Río de Ñadó, suplico a Vd. se sirva decirme, si esta totalidad de facultad, destruye la especial que se me está concedida por el serenísimo Sr. Almirante, insertada en oficio del Sr. Gral. del Ejército de Retaguardia D. Luis Quintanar fecha 22 del próximo pasado noviembre, que presenté al Ayuntamiento de éste: y si no, dígame Vd. si está dispuesto a prestarme los auxilios que he solicitado desde mi ingreso en éste.

Es público y notorio que desde aquella época no he perdido momento en practicar diligencias relativas del desempeño de mi comisión, sin cesar de operar como probaré oportunamente, y refiriéndome a la que toca Vd. acreditar le suplico tenga la bondad de ampliarme la certificación que solicité se me diera en el mismo acto de mi comparecencia: sirviéndose Vd. asimismo acusarme recibo de éste por ser efectivo a los fines consiguientes.(3)

El alcalde coincidía con don José María en que dentro del permiso general que tenía García de la Madrid, el de Correa podía considerarse una excepción y que él era quien debía realizar la extracción del tesoro. Pero decidió consultar antes al Consejo de Regencia para despejar cualquier duda. (4) En tanto obtenía una respuesta, Garfias impidió a los dos individuos el emprender acción alguna, pues consideraba el asunto como de mucha “importancia a la Nación”. Para ello comisionó a un regidor encargado del resguardo de la poza. (5)

Contrario a la opinión del alcalde y aún a su sensata determinación de impedir el acceso a de los demandantes al lugar, el Subdelegado de Tula, don Juan José Valverde, tomó partido a favor de García de la Madrid y amenazó con viajar a Aculco para autorizar personalmente la extracción del tesoro. Garfias respondió valientemente que no permitiría tal ultraje a su autoridad, ni la intervención del funcionario en un territorio que no pertenecía a su jurisdicción. (6)

Finalmente, el 11 de enero de 1822 el Ministro Universal de Hacienda, Rafael Pérez Maldonado, respondió a la consulta del ayuntamiento aculquense. Para sorpresa de la autoridad municipal, el permiso le fue confirmado a García de la Madrid y negado expresamente a José María Correa. (7) Y no sólo esto, sino que para mayor disgusto de don Salvador de Garfias, el 29 de enero de siguiente Maldonado envió otra carta al Subdelegado de Tula, con copia para el Ayuntamiento de Aculco en la que le decía que

...esta disposición en manera alguna varió ni reformó la comisión conferida a Vd. para intervenir en las extracciones de tesoros y mucho menos autorizó al citado Alcalde para mezclarse en otra cosa que en dejar á García de la Madrid, verificar la expresada extracción en los términos bajo que Su Alteza Serenísima le concedió el permiso para ella el 13 del último diciembre y para lo que calificó por conveniente la intervención de Vd. sin embargo de ser de otra jurisdicción diversa de la de Aculco. (8)

Es importante recordar que el erario del Imperio Mexicano se hallaba agotado en aquellos primeros momentos de independencia. Tales permisos de extracción de tesoros ocupaban el interés de las más altas autoridades hacendarias debido a la necesidad que tenían de hacerse de recursos para solventar las necesidades más apremiantes de la administración:

... necesitado a la vez el gobierno de abundantes recursos para pagar el numeroso ejército que había combatido por la independencia, y para reparar los daños de once años de guerra, se encontró desde luego con un deficiente de cosa de dos millones de pesos. (9)

Tal como lo recomendó el ministro Maldonado, el Ayuntamiento de Aculco no volvió a tratar el asunto y es por ello que no conocemos el final del incidente, ni siquiera si llegó a encontrarse algún valor en la poza. Sólo añadiremos que la tradición local le señala el origen de este tesoro en los caudales que el ejército de Hidalgo obtuvo como botín tras la toma de Guanajuato en 1810 (unos tres millones de pesos en oro y plata conforme a algunas estimaciones, de los que tan sólo mil 625 pesos habrían sido recuperados por los realistas en la acción de Aculco del 7 de noviembre de 1810). Esta leyenda tuvo eco incluso desde antes que terminara la guerra, hacia 1818, cuando se intentó desaguar una poza (creemos que la misma) donde según se decía, los “primeros cabecillas de la rebelión echaron cantidad de reales.” (10)

La versión de este origen tiene buen fundamento: de acuerdo con la narración del insurgente Pedro García, parte de los fondos insurgentes fueron abandonados en el campo de batalla de Aculco, cuando Allende mismo rompió las talegas de dinero para distraer la atención de los realistas y cesar su persecución, mientras muchos insurgentes huían precisamente hacia la zona de Ñadó. No es inverosímil, entre muchas posibilidades, que alguno de los fugitivos haya tomado alguna parte del caudal y al verse estorbado por él terminara por arrojarlo a la poza del salto. (11) Que las arcas insurgentes debieron hallarse precisamente en las cercanías de una de las dos cascadas del río Ñadó parece demostrado en el impreciso mapa de la batalla que publicó Bustamante, en el que los “equipajes” aparecen situados cerca del cerro del Tixhiñú, que él nombra equivocadamente Cerro de Aculco. (12) (Para más detalle, ver en este blog: "El campo de batalla de Aculco") Creo, pues, que la llamada "poza del salto del río Ñadó" debe ser la que forma la primera cascada, la llamada precisamente del Tixhiñú.

Pero en esta historia, de manera muy destacada, está el testimonio mismo de don Miguel Hidalgo, quien ya estando prisionero e interrogado ante sus jueces en la ciudad de Chihuahua acerca de lo que había hecho con "tantos caudales, así metálico como en efectos de todas clases, tanto del Rey como de los particulares y los que tomado de las iglesias", respondió:

Que aunque es cierto que la masa de la insurrección se ha apoderado y dilapidado muchos caudales de todas clases, no es grande la cantidad que ha entrado en el fondo de ella, pues por lo que toca al declarante apenas había entrado en su poder un millón del que se quedaron cerca de trescientos mil pesos en Aculco... (14)

De esos trescientos mil pesos que precisa Hidalgo, Calleja, sólo decíamos líneas arriba, sólo recuperó 1,625 pesos, por lo que no es de ninguna manera descabellado pensar que parte del dinero quedó oculto en algún lugar de los alrededores del pueblo y muy factiblemente en aquella poza del salto. Quizá sigue aún ahí, esperando al descubridor del tesoro que Miguel Hidalgo dejó en Aculco.

 

__________________________________________

(1) Salvoconducto del Capitán Don Jesús Gómez de Aguado, firmado por Iturbide. 9 de noviembre de 1821. Colección particular (CP).

(2) Carta de Maldonado ordenando que las autoridades le presten todos los auxilios a don Ignacio García en la extracción de tesoros. México, 13 de diciembre de 1821. Secc. Justicia. Año de 1821. Archivo Histórico Municipal de Aculco (AHMA)

(3) Oficio de D. José Ma. Correa al Ayuntamiento de Aculco, 4 de enero de 1822. CP.

(4) Contestación al oficio de D. José Ma. Correa., enero 4 de 1822. Se encuentra en el libro 1 de Actas de Cabildo, que va de 1820 a 1832. AHMA.

(5) Carta del Ayuntamiento de Aculco al Supremo Consejo de Regencia del Imperio, enero de 1822. Se encuentra en el libro de Actas de Cabildo de 1820 a 1832. AHMA.

(6) Carta al Subdelegado D. Juan José Valverde, enero 21 de 1822. Se encuentra copiada en el libro 1 de Actas de Cabildo de 1820 a 1832. AHMA.

(7) Carta de Maldonado al Ayuntamiento de Aculco, enero 11 de 1822. CP.

(8) Carta de Maldonado al Ayuntamiento de Aculco, enero 28 de 1822. CP.

(9) Payno, Manuel. México y sus cuestiones financieras con la Inglaterra, la España y la Francia. México, 1862. Imprenta de Ignacio Cumplido. Pág. 2.

(10) Indiferente Virreinal – Operaciones de Guerra. Caja 6004. Exp. 19. Archivo General de la Nación (AGN).

(11) García, Pedro. “Con el Cura Hidalgo”. Citado por Fuente, José María de la. Hidalgo íntimo. México, 1910. Págs. 286-289.

(12) Bustamante, Carlos María de. Cuadro Histórico de la Revolución Mexicana... Tomo I. Pág. 92.

(14) Causa militar contra Miguel Hidalgo y Costilla, paleografía y edición electrónica del AGN.

martes, 17 de junio de 2014

Una carta de Miguel Hidalgo firmada en Aculco

Hasta donde he podido averiguar, no se conocen documentos firmados por Miguel Hidalgo y Costilla durante su estancia en Aculco, entre el 5 y 7 de noviembre 1810. O más bien no se conocían, porque hace cuatro años -posiblemente aprovechando los festejos por el Bicentenario de la Independencia- salió a subasta una carta de la que no se tenía noticia y que está firmada por el cura de Dolores en su "Quartel General de Aculco" el 6 de noviembre de aquel año.

Según fue reseñada en el sitio de internet de la casa de subastas Morton, la carta dice así:

Las actuales circunstancias no me permiten decidir sre. el Abito que pretenden los Europeos D. Ramon Gonzalez de Cosio y D. Francisco Gonzalez Rey, por tanto tpo. mas sereno resolvere lo conveniente...

Quartel general de Aculco Noviembre 6 de 1810.

Hidalgo (rúbrica)

M. R. P. Comendador de la Merced., Lagos.

Es muy probable que esta transcripción tenga errores, pero no lo podemos saber con certeza ya que las fotografías que incluye el sitio tienen una resolución sumamente baja, lo que hace prácticamente imposible su lectura. Por ello mismo también es difícil saber a qué se refería exactamente este papel.

Por cierto, en el mismo lote en que fue puesta en subasta esta misiva se encontraba otro documento, incompleto, que también hace referencia a nuestro pueblo. El contenido de éste es el siguiente:

En la que V no recibio le aviso de como el Padre Zuñiga se puso en seguimiento del Cura con peticion nuestra, del cabildo, Clero y Vecinos; pero como la llegada del Padre fue el seis de Noviembre vispera del rezo que le dio el Sor. Gral. Calleja en Aculco nada favorable respondio por V. y Rey á quien pedimos el Yntendente de Zacatecas escapó en avito clerical...".

En el caso de este documento, es evidente que no se trasladó el contenido del último párrafo.

Una de las razones que puede explicar la escasez de documentos firmados por Hidalgo en Aculco es la captura de su archivo y equipajes, que se encontraban en las inmediaciones del cerro del Tixhiñú durante la Batalla del 7 de noviembre en la que resultó derrotado.

Sólo me resta comentar que el precio de salida estimado para este lote de documentos fue de entre $60,000 y $80,000 pesos. En la subasta realizada el día 27 de noviembre de 2010 (dos siglos y veinte días después de escrita la carta), fueron vendidos en $125,000 pesos, o $146,000, con impuestos, según se publicó la noticia en los periódicos.

Espero poder dar en algún momento no muy lejano, teniendo mayores elementos de investigación, alguna interpretación sobre este par de curiosos documentos.

martes, 10 de diciembre de 2013

El tamborcito insurgente: ¿historia o leyenda?

Entre los muchos pequeños relatos -leyendas, cuentos, narraciones, tradiciones históricas- que existen sobre la Guerra de Independencia, hay uno que, aunque de origen queretano, se relaciona directamente con la Batalla de Aculco. Se trata de la historia del llamado "tamborcito insurgente" o "tamborcito de Valladolid" e incluso el "tamborcito de Aculco": un niño de doce años de nombre Pablo Armenta que formaba parte de las tropas insurgentes de Hidalgo y que fue hecho prisionero por el ejército realista en dicho enfrentamiento. Entre los escritores que más tempranamente se ocuparon de esta historia estuvieron Valentín F. Frías, "padre de la historia regional queretana" e Ignacio B. del Castillo, veracruzano discípulo del destacado historiador Genaro García.

Mucho tendremos que aclarar sobre el tamborcito Armenta y su historia. Pero vayamos primero a los relatos tradicionales que, escritos a principios del siglo XX, detallan esta historia y su conmovedor final.

***

El tamborcito insurgente (1)

Por Valentín F. Frías

Acaba de entrar Calleja en esta ciudad, triunfante y lleno de gloria, por la victoria obtenida en Aculco. Trae consigo, como trofeo, a un grupo de indefensos y heridos insurgentes, entre los que se ven cuatro religiosos y dos clérigos. Entre el núcleo de prisioneros se ve un chiquitín, también engrillado que apenas puede dar paso por la fatiga, el hambre y el cansancio.

Este es Pablo Armenta, el tamborcito que se presentó en Valladolid al Caudillo, para defender la causa, no obstante de sus 12 años no cumplidos.

Los prisioneros de guerra fueron notificados que al siguiente día serían pasados por las armas. Las autoridades y vecinos principales, unidos al clero, consiguieron el indulto para los sacerdotes, y las señoras de la alta sociedad tomaron por su cuenta el indulto del resto de los prisioneros sin resultado alguno.

Si se lamentaba lo infructuoso de las gestiones por salvar la vida a los pobres prisioneros, más se lamentaba la muerte prematura del pequeño tamborcito.

El padre prepósito del oratorio de san Felipe don Dima Díez de Lara, que también se vio envuelto en la política independiente, a pesar de su acendrada virtud, prudencia y obediencia fiel al trono, tomó por su cuenta al pequeño tamborcito insurgente y presentóse a Calleja, hospedado en el Convento de San Francisco, solicitando el indulto, mas éste le fue negado hasta con aspereza.

Entonces el venerable oratoriano dijo con cierto aire de gravedad: "con permiso de Su Excelencia me retiro, previniendo a Su Excelencia, que he de hacer todo lo posible por salvar ese niño" y haciendo una grave reverencia se retiró.

Al día siguiente, a las primeras horas de la mañana, se dejó escuchar el redoble de los tambores, las multitudes se agolpaban para ver el desfile de los ajusticiados que, con paso vacilante, caminaban rumbo a la Alameda a ser ejecutados como traidores al rey.

Al pasar el convoy por la calle del Hospital, se promovió entre el pueblo y la guardia que custodiaba a los reos, un desaguisado (que no se sabe si fue casual o preparado de antemano), del cual resultó la fuga de los presos en medio del tumulto.

Al comenzar la refriega entre el pueblo y la guardia, se vio entrar de prisa entre la multitud, P.D. Dimas, coger en hombros al pequeñín y huir con él a todo escape.

La guardia le hizo fuego varias veces sin causarle daño, y él continuó su fuga, entrando al convento de San Francisco sin sombrero ni capa, jadeante, con su preciosa carga, temeroso y casi seguro de haber incurrido en desagrado de Su Excelencia, teniendo que pagar quizá muy caro su caritativo arrojo.

Llegóse a Su Excelencia, y poniendo a los pies su rescate le dice: "Excelencia: He cumplido mi ofrecimiento; el niño está a salvo, pague yo por él, el desacato cometido".

Calleja con semblante airado, pero pesando la heroicidad de aquel santo varón, le contesta: "idos de mi presencia, quedáis indultados los dos, pero os prohíbo volverme a ver, porque no soy responsable en ese caso de mis actos".

El P. D. Dimas con lágrimas en los ojos y haciendo una profunda reverencia, le dice: "Gracias, Excelencia, Dios os premiará", Y retiróse loco de contento con su chiquillo, prometiéndose llevarlo a su convento y hacer de él un hombre útil a Dios y al Rey. La historia no dice más.

La tradición nos ha legado, entre tantos, este hecho de abnegación y de heroísmo que llena de gloria a los oratorianos de este mi suelo, y en particular al venerable padre don Dimas Díez de Lara.

El tamborcito de Valladolid (2)

Por Ignacio B. del Castillo

I.

La fatal noticia circuló con asombrosa rapidez por la siempre pacífica Querétaro, consternando los espíritus débiles y arrancando ayes de conmiseración a los corazones tieranos y compasivos. No había remedio: Calleja, a reiteradas súplicas de los principales vecinos de la ciudad, accedía a indultar a los religiosos aprehendidos en la batalla de Aculco, pero se manifestaba duro e inquebrantable para perdonar a los demás prisioneros. Las lágrimas de las damas queretanas ninguna mella habían hecho en el corazón de roca del jefe realista, y por consiguiente, la cruel sentencia de muerte dictada contra aquéllos se ejecutaría ineludiblemente.

Y no era eso todo. La socidedad, aunque nada acostumbrada a los sangrientos horrores de la guerra, podría soportar la muerte de los insurrectos prisiooneros pero no consentir en ser simple e irresponsable testigo de la injusta ejecución del inocente niño Pablo Armenta, tamborcito del ejército insurgente, sobre quien recaía también la severa sentencia de Calleja. Si era natural que los campos de Querétaro se humedecieran con la sangre de aquellos patriotas, porque así lo exigían las represalias de la guerra, aparaceía, en cambio, monstruosamente inhumano derramar la sangre de un niño, merecedor, por su inconsciencia, de misericordia, al menos, si no de absoluto perdón.

-Castíguesele en buena hora, decían los queretanos, mas no se le asesine: ninguna ley, ni divina ni humana, ha penado con la muerte a los niños.

No todos desesperaron, sin embargo; algunos pero muy contados confiaron en la salvación del pequeño reo y se propusieron agotar los medios posibles para obtenerla a toda costa, aun aventurando su propia seguridad personal. Decididos como estaban, creían vencer cuantos obstáculos se interpusiesen ante sus nobles propósitos y esperaban salir avantes en su empresa; seguramente lo conseguirían, porque eran hombres de fe.

II.

Pensativo, preocupado y taciturno estaba don Félix María Calleja en una de las celdas del Convento de San Francisco, convertida en despacho improvisado, cuando uno de sus ayudantes le anunció la visita del ilustre zacatecano, Fray Dimas Diez de Lara, una de las personas más caracterizadas de la población.

—Pase Su Paternidad y ordene lo que guste, dijo Calleja, levantándose de su asiento y saliendo a recibir al distinguido visitante.

—Doy gracias a Su Excelencia, contestó Fray Dimas con extremada cortesía. Una urgente y delicada misión me trae acá y me obliga á molestar a Su Excelencia, a quien ruego me perdone.

—Puede hablar Su Paternidad, repuso Calleja. Soy todo oídos.

—En nombre de las señoras de la ciudad, tan respetables por sus virtudes y su piedad, y en el mío propio, vengo a rogar a Su Excelencia sea servido de conceder su perdón al infortunado niño que cayó en poder de las valientes tropas de Su Majestad —que Dios guarde—en la reciente gloriosa batalla de Aculco, el cual, según rumores que hasta nosotros han llegado, será fusilado hoy mismo por orden de Su Excelencia.

—Me apena la petición de Su Paternidad, respondió Calleja vivamente incomodado, y si no fuera porque es bien pública su adhesión a nuestro amado Soberano, creería que Su Paternidad, al interceder por ese indigno rapaz, trataba de favorecer la inicua causa de los desleales y pérfidos vasallos que se han levantado en abierta rebelión contra Dios, contra la patria y contra el Rey.

—Puede estar seguro Su Excelencia, replicó, sin inmutarse Fray Dimas, de que mi ruego está inspirado tan sólo en un sentimiento de compasión hacia el niño de quien hablo, y de que yo nunca abjuraré de mi profunda fidelidad a Su Majestad—que Dios guarde.—Creo, sin embargo, que para domeñar la insurrección iniciada en los Dolores son inadecuados e infructuosos los medios hasta hoy usados, y que la única manera eficaz de reprimirla es mostrarse benigno con los mismos que han turbado la paz del Reino, porque sólo así se les puede atraer a la buena causa, y no con la crueldad que se ha desplegado, que únicamente les exaspera, les irrita y les hace afianzarse más y más en sus extraviadas ideas.

—Se engaña Su Paternidad, porque aquellos que, en nombre de una absurda libertad tan sólo deseada para quedarse sin ley y sin gobierno que impidan sus crímenes y latrocinios, se entregan con furor salvaje a saquear las poblaciones, robar a los vecinos, expoliar el comercio, profanar los templos y asesinar a los ministros de Dios, no merecen ni merecerán nunca la indulgencia de los soldados del Rey. Y no obstante, Su Paternidad ha visto que, esta misma mañana, he otorgado el indulto a no pocos prisioneros de guerra que deberían haber expiado en un patíbulo su grave y enorme delito; pero Su Paternidad mismo comprenderá que esto no puede repetirse ya.

—Perfectamente. Su Excelencia cumplirá con su deber al mostrarse severo e inflexible con los rebeldes adultos que tiene en su poder, si, en su concepto, no son acreedores a consideración alguna. Mas entiendo yo que, como cristiano, debe ser, al mismo tiempo, benigno e indulgente con los niños y otorgar, en consecuencia, la vida al tamborcito por quien abogo, que no sabe lo que ha hecho, porque no está aún en la edad de reflexionar y casi ni de pensar. Devuélvalo, pues, a sus padres, o entréguelo a mi Convento, donde se educará cristianamente y crecerá fiel a su Rey. Su Excelencia nada perderá con ello.

—No, de ninguna manera; al condenar á muerte a ese precoz forajido, no le castigo por crímenes pasados, sino que evito para siempre que los cometa en lo futuro, que sí los cometería, puesto que se ha lanzado ya, muy temprano, por la peor senda del mal; y si hoy que puedo poner el remedio no lo pongo, mañan a tendría que lamentar las consecuencias de mi debilidad. Por tanto, deje Su Paternidad morir en buena hora a ese muchacho y no insista en una petición inconveniente.

—No insisto más en ella, Excelentísimo Señor, y me retiro ya. Pero antes, quiero hacer saber a Su Excelencia, que estoy resuelto a agotar los recursos todos de que pueda disponer, para salvar a ese niño desdichado, y si es necesario que sacrifique mi vida, la sacrificaré gustoso. Su Divina Majestad, en quien confío, me lo tendrá en cuenta.

Calleja nada contestó, limitándose a hacer un saludo con la cabeza a Fray Dimas, que salía de la celda.

III.

Allí van, pobres, demacrados, andrajosos, cargados de cadenas, en medio de soldados, los bravos insurgentes del ejército libertador. Acaso en los momentos últimos de su existencia piensan en su abandonado hogar, en sus padres, en sus esposas; en sus hijos, en todos esos seres a quienes tanto aman y a quienes debían sostener; pero si esto les apena, no les hace arrepentirse de haber tomado las armas en defensa de la patria, porque el amor a ella es más grande que todos los afectos de familia y, porque el deber que tenemos de ampararla está muy por encima de todos los demás deberes. Caminan, pues, sin angustia, tranquilos, tal vez contentos, porque no es poca satisfacción haber servido a quien más se ama y haber cumplido con el primero de los deberes.

Allí van también Pablito, camino de la Alameda, sin preocupación alguna, indiferente, sin recordar lo que ha hecho, ni pensar, tampoco, en el triste fin que le espera.

Por fin, tras de interrumpido andar, llegan todos á la calle del Hospital, donde inesperadamente se vuelve muy dificultosa la marcha: una compacta muchedumbre, ansiosa, al parecer, de acompañar a los sentenciados hasta el patíbulo, se apiña allí y obstruye el paso. Los soldados de la escolta, para apartar a los curiosos, reparten golpes de fusil á diestra y siniestra; mas sus esfuerzos son vanos, porque la gente no se aparta y, por lo contrario, aumenta más y más á cada momento. Aquéllos no pueden avanzar ya un sólo paso, y lanzan imprecaciones contra la multitud, redoblan los culatazos y hasta amenazan con hacer fuego sobre aquella masa humana; pero todo es inútil.

Durante la afanosa brega, casi olvidan a los reos, y éstos, naturalmente, tratan de aprovechar el desorden para fugarse y salvar sus vidas. En aquellos supremos momentos, un fraile se acerca cautelosamente a los prisioneros y con extraordinaria rapidez arrebata de entre ellos con férrea mano, a Pablito: le toma en brazos, y atropellando a los guardianes, desaparece en seguida entre aquel inmenso grupo de gente.

La escolta apenas se da cuenta del imprevisto incidente, que no ha podido impedir; dispara sus armas sobre el secuestrador; pero es tarde: el buen fraile se encuentra ya muy distante, y los curiosos, apiñados como por encanto, han desaparecido también. La calle del Hospital queda desierta, así, ocupada únicamente por los soldados de la escolta, que aturdidos no saben contra quién vengarse de aquella inaudita afrenta.

IV.

Entretanto, había llegado Fray Dimas, jadeante, sudoroso, sin capa ni sombrero, ante la presencia del temible jefe realista don Félix María Calleja del Rey.

—Mi promesa está cumplida, Excelentísimo Señor, exclamó desfalleciente. Vengo, pues, a entregarme a Su Excelencia para que haga de mí lo que a bien tenga.

—Acabo de saber lo que ha hecho Su Paternidad, respondió Calleja con agrio tono, y ciertamente que no sé qué determinación tomar.

—Muera yo, el culpable, y sálvese el inocente, Excelentísimo Señor, repuso humildemente Fray Dimas.

—No. La acción de Su Paternidad es noble y yo le perdono. Mas tenga en cuenta que sólo soy clemente una vez. Sea ésta la última que vea a Su Paternidad, porque no quiero, al verlo de nuevo, sentir el remordimiento de haber dejado con vida á un pilluelo peligroso.

V.

Así salvó aquel ejemplar fraile zacatecano, con grave riesgo de su vida, a Pablo Armenta, ese niño de doce años de edad que la Historia designa con el sobrenombre de "El Tamborcito de Valladolid."

Uno y otro son verdaderamente dignos de nuestra admiración: Pablito, porque siguió á Hidalgo, que proclamaba la más justa y la más santa de la s causas—la de la libertad de la patria — y porque, á pesar de su tierna edad, no se arredró ante los peligros de la guerra. Fray Dimas, porque con excepcional abnegación y arrojo sobrehumano, llevó al cabo una sublime obra de caridad, inspirada en el más acendrado amor a un desvalido, de quien ninguna recompensa podía esperar.

Pablo Armenta: su verdadera historia

Al conocer el relato del tamborcito resulta casi natural saber que este personaje está representado en el conjunto escultórico del Monumento a los Héroes de la Independencia de la ciudad de Puebla, o que en aquella misma ciudad una escuela particular se llama "Niño Pablo Armenta". También, que otros escritores mucho más tardíos, como el moreliano Jesús Romero Flores aportaran aún más detalles sobre su vida, como muestran estos párrafos que siguen a la ya conocida descripción de la salvación del niño gracias al padre Dimas:

Y se efectuaron centenares de ejecuciones en aquel terrible día, pero no se volvió a saber nada del Tambor Insurgente de Aculco [...] Cuando la Guerra de Independencia terminó, once años más tarde, y tras de las variadas peripecias de una lucha terrible que culminó con la emancipación de nuestra patria del dominio español, volvió el joven Armenta a su ciudad natal. Como los verdaderos patriotas, no pidió recompensa por sus servicios el tamborcito de Valladolid; siguió ejerciendo el oficio de carpintero, como su padre y su abuelo lo habían ejercido, en aquella calle del barrio de Capuchinas que la gente conoció durante muchos años con el nombre de la Calle del Tamborcito en recuerdo del tamborcito Armenta; allá en la hermosa ciudad de Valladolid, que hoy se llama Morelia.(3)

Sin embargo, pese a lo simpático del personaje y al tono heroico de su liberación gracias al noble sacerdote, todo parece indicar que muy poco de lo escrito en los textos anteriores se apega a la realidad, y que la leyenda resultó más bien de la tergiversación de los hechos reales que sucedieron a mediados de noviembre de 1810 en Querétaro, así como a otros posteriores acaecidos en 1813.

Vayamos a donde comienza esta historia. El 17 de octubre de 1810, después de su campaña por el Bajío y adentrándose en la Intendencia de Michoacán, Miguel Hidalgo tomó sin que ofreciera resistencia la ciudad de Valladolid (hoy Morelia). Ahí, se adhirieron a la insurgencia tres batallones provinciales y el regimiento de Dragones de Pátzcuaro(4), los que vinieron a aumentar significativamente el número de militares profesionales en su ejército, si bien este componente siempre fue pequeño en comparación con la gran masa impreparada para la guerra que seguía a Hidalgo. En compañía de todo su regimiento se incorporó bajo el mando de Allende el dragón de caballería de Pátzcuaro Pablo Armenta -de ninguna manera tambor de su regimiento y tampoco menor de edad-, convencido de que se trataba de una guerra contra Napoleón Bonaparte, pues, confesaría más tarde, "le habían hecho saber que iría a pelear contra los franceses".(5)

El día de la batalla de Aculco del 7 de noviembre de 1810, sin embargo, Pablo Armenta se dio cuenta de que se enfrentarían no contra los napoleónicos, sino contra otros cuerpos del ejército novohispano. Así, continúa su confesión, "conforme los vio cerca conoció que eran soldados y en cuanto tuvo lugar como se presentó a un oficial de los amarillos"(6). En efecto, el dragón desertó de los insurgentes y, cuenta el Diario contemporáneo escrito por el queretano José Xavier de Argomaniz, "Pablo Armenta del Regimiento de Pátzcuaro quien hizo presente el que antes de la batalla en Aculco se presentó a nuestro ejército [realista] al Sr. Amparan apartándose él de el enemigo"(7). El coronel Miguel de Emparán formaba parte ciertamente de las tropas realistas que actuaron en Aculco la mañana del 7 de noviembre y comandaba la columna central-derecha de las cinco en que avanzaron sobre los insurgentes los leales al Rey. La columna de Emparán estaba compuesta por el regimiento de dragones de México, dos escuadrones del de San Luis, un piquete del de Querétaro, y cuatro escuadrones de lanceros con dos cañones.(8)

Fue en aquel avance cuando Armenta debió presentarse a la columna que encabezaba Emparán, aunque no por su deserción se le dio trato distinto al de prisionero.

Terminado el encuentro con la victoria de los realistas y la desordenada huida de los insurgentes, se hicieron más de 600 prisioneros, de los que sólo cerca de una veintena eran soldados que habían pertenecido a los cuerpos provinciales del ejército de la Nueva España, por lo que se les consideraba no sólo rebeldes, sino desertores y traidores. Era el caso de Pablo Armenta. Las cifras precisas de militares prisioneros varían según las fuentes, aunque normalmente se acepta que fueron 26.(9)

Así como Armenta, otros de los militares capturados en Aculco justificaron su presencia en las filas insurgentes de distintas maneras: Manuel Bartolache, soldado del batallón de infantería de Guanajuato de sólo 19 años de edad, aseguró que sus superiores le informaron que "trataban los europeos de jurar en este reino a Napoleón y que era preciso estorbar esto". Guillermo Sendejas, tambor del regimiento de infantería de Valladolid que se unió a los insurgentes desde que "todo el regimiento se formó a el toque de caja [tambor] para incorporarse a aquel ejército", huyó de los insurgentes en Aculco y se refugió en la parroquia "por miedo a que le hubieran dado un balazo el ejército de España por estar en el de Allende con su regimiento". Por su parte Rafael López, soldado también del regimiento de infantería de Valladolid, de 22 años, afirmó que sólo los había acompañado "por la obediencia que debía a sus oficiales" y reconoció haber "obrado mal, contra el Rey y contra la religión". Francisco Rocha, de 18 años y compañero de armas del anterior, reconoció haber seguido a Allende, pero nunca haber disparado "su fusil porque del miedo que le causó el primer cañonazo [...] se escondió entre unos pinos". Otro de los soldados prisioneros, el sargento Lorenzo Medina, dijo que "no creyó luchar contra el gobierno" y que al darse cuenta de que con sus tropas se había unido a unos rebeldes se había entregado a los realistas "por haberse desengañado que aquél no era el ejército verdadero".(10)

En este recuento de algunos de los aprehendidos en Aculco y de sus respectivos testimonios, se advierte ya el germen de la leyenda del "tamborcito de Valladolid": aparece el nombre de Pablo Armenta entre los prisioneros, se advierte la presencia entre ellos de varios soldados procedentes de los regimientos provinciales de Michoacán, es de considerarse la corta edad de algunos -18, 19 años-, y ciertamente es clara la existencia de uno que tenía el grado de tambor. Pero sigamos adelante.

Calleja condujo a sus prisioneros a San Juan del Río y Querétaro en los días que siguieron a la batalla de Aculco. En realidad, de acuerdo a los códigos militares, todos ellos pudieron haber sido ejecutados, pero parece ser que el propio Corregidor de Querétaro don Miguel Domínguez (quien había mantenido oculta su participación en la conspiración insurgente), fungiendo como "asesor de guerra", sugirió a Calleja que en vez de ello debían sortearse los que habrían de sufrir la pena capital.(11) Argomaniz en su diario da todo el crédito del perdón al brigadier español: "veinte y tantos eran los sentenciados al suplicio, pero la bondad de el sr. General D. Félix Calleja mandó que se quintaran, de lo que resultó el que a cuatro de ellos tocó la suerte".(12)

En efecto, la mañana del 11 de noviembre en la ciudad de Querétaro los prisioneros echaron suertes para decidir quién moriría: "vendados de los ojos echó cada uno los dados sobre la caja de guerra [el tambor] que se dispuso al efecto [y] salió el número nueve al expresado Rafael López que fue el mayor de los que salieron, y por consiguiente quedó comprendido en la pena de muerte, y se puso inmediatamente en capilla para que fuera ejecutado esta tarde a las cuatro la sentencia en la Alameda de esta ciudad". La suerte también designó a Pablo Armenta junto con otros dos soldados más para sufrir la pena capital. Los que salvaron la vida fueron condenados a diez años de presidio.(13)

Pero entonces fue, relata el cronista Argomaniz, que "[estando ya en capilla] se vindicó a Pablo Armenta del regimiento de Pátzcuaro".(14) He ahí otro de los elementos de la leyenda: el perdón a Armenta, si bien para nada aparece como su salvador el padre Dimas Díez de Lara ni, por supuesto, se habla de que se haya tratado de un niño. El perdón vino de haberse presentado al coronel Emparán antes de que iniciara la batalla.

Al parecer la sentencia de muerte para los otros tres soldados se cumplió el 15 de noviembre de 1810, día en que apunta Argomaniz "se han arcabuceado a tres soldados de varios regimientos de nuestro ejército, unos de los muchos que se cogieron prisioneros en Aculco".(15)

Estos son, pues, los hechos que quedaron escritos en documentos contemporáneos, muy distintos a las leyendas publicadas un siglo después. Pero, entonces, ¿se puede por lo menos determinar cómo y en qué momento se tergiversaron aquellos hechos hasta el punto de crear la leyenda del "Tamborcito insurgente"?

Una pista nos la da el propio Ignacio B. del Castillo en una nota que agregó a la versión de su relato que apareció publicada en El Mundo Ilustrado, pero que no incluyó en los Episodios históricos de la Guerra de Independencia (16) en que se compiló junto con relatos de otros autores en 1910. Anota Del Castillo: "De este episodio histórico habla D. Epigmenio González, uno de los comprometidos en la conspiración de Querétaro, en su 'Relación sucinta de los Principios de la Revolución de 1810', publicada [en 1901] por los señores Lic. D. Genaro García y D. Luis González Obregón en el Boletín Histórico Mexicano".(17) Esta relación fue escrita en 1853, pocos años antes de la muerte de Epigmenio en 1858. Si nos remitimos a dicha fuente, lo que se lee acerca del incidente es este párrafo:

Regresó Calleja a dicha ciudad [de Querétaro] con sus prisioneros, y allí manifestó su intención de fusilarlos, mas los principales vecinos intercedieron por ellos, y sólo fueron destinados al suplicio siete u ocho en quienes cayó la suerte fatal. Caminando al patíbulo estos desgraciados por la calle del Hospital, se hallaba allí casualmente el felipense don Dimas Díez de Lara, quien observó que entre ellos iba un niño de pocos años nombrado Pablo Armenta, tamborcito de Valladolid. No pudo menos nuestro heroico don Dimas que arrojarse a quitarlo, hecho que mereció tanto aplauso, que Armenta fue perdonado y los demás murieron en la Alameda.(18)

Parece ser que los escritores Frías (que escribió su texto, al parecer, en 1901) e Iglesias (que lo hizo en 1906) dieron completo crédito a lo escrito por Epigmenio González. Pero pasaron por alto que si, en efecto, González fue uno de los participantes en la Conspiración de Querétaro, fue también uno de los primeros en ser aprehendido cuando ésta fue descubierta, el 13 de septiembre de 1810. Aunque se le condenó a muerte, la pena le fue conmutada por presidio en Manila, de donde no regresó a México (a Guadalajara, ya no a Querétaro)) sino hasta 1838. Es decir, su narración de los hechos de la Guerra de Independencia que siguieron a su temprana aprehensión no es la de un testigo: sólo los pudo conocer por otras personas e incluso quizá únicamente a su regreso de Filipinas. Es significativo, por ejemplo, que Epigmenio González hable de "siete u ocho" ajusticiados, cuando fueron sólo la mitad. Y parece completa responsabilidad de Frías e Iglesias el haber fijado en 12 años los imprecisos "pocos años" del niño del que habla Epigmenio González.

Ahora bien, ya hemos visto que en los hechos reales hay situaciones y personajes suficientes como para que después de pasar por la tradición oral de dos o tres generaciones pudieran convertirse en la leyenda del tamborcito de Valladolid. Pero hay una presencia que sigue, hasta ahora, sin tener explicación: la del padre Dimas Díez de Lara como héroe salvador del tamborcito. Argomaniz, que menciona al religioso varias veces en su diario, calla sobre su pretendida participación en los hechos. La única explicación que nosotros encontramos tiene que ver, curiosamente, también con Aculco, como veremos en seguida.

Escribe el historiador Lucas Alamán que el padre don Manuel Toral se hallaba viviendo en Querétaro en 1813 "por no poder residir en su curato de Aculco, en donde no había seguridad alguna á causa de la revolución".(19) El sacerdote, enemigo de la insurgencia, organizó en esa ciudad una serie de "Misiones" con la ayuda de fray Manuel de Estrada y otros sacerdotes. que no tenían otro objetivo sino predicar en contra de los rebeldes y a favor de la obediencia a las autoridades españolas. La reacción del clero queretano fue adversa y pocos fueron los templos en que se les permitió predicar.

Con gran irritación y sospechando que la negativa de muchos de aquellos sacerdotes se debía a su apoyo a los insurgentes, Toral denunció en mayo de 1813 a varios de ellos. Entre los denunciados estuvo el padre Dimas Díez de Lara, "a quien la gente veneraba como un santo", y lo acusó de hacer abiertamente propaganda por la causa insurgente y que "no había hecho caso de las instancias del fraile Estrada para que desistiera de su actitud".(20) Es más: advirtió al gobierno encabezado por Calleja -ya convertido para entonces en virrey de la Nueva España- que existía en Querétaro toda una camarilla de "malos sacerdotes" que sostenía la cusa insurgente y estaban bajo la dirección del propio Díez de Lara. Estrada incluso sugirió poner bajo arresto al padre Dimas:

Señor excelentísimo: Querétaro conserva el entusiasmo de la mala causa sostenido por el número de diez a doce sacerdotes malos, de los cuales es corifeo el presbítero don Dimas de Lara felipense, y no faltan entre éstos algunos que están seduciendo en los confesonarios, y comúnmente lo hacen en los estrados.(21)

Calleja turnó al arzobispo estas denuncias, pero finalmente no se actuó contra los acusados. Sin embargo, esta acusación al padre Dimas por su pretendido favor hacia la insurgencia, que llegó además directamente al virrey Calleja, puede explicar que se añadiera a la leyenda del Tamborcito de Valladolid a tan respetado sacerdote. Pero al mismo tiempo parece ser prueba de que nunca sucedió aquel rescate del niño insurgente, pues Calleja difícilmente habría perdonado al padre Dimas en esta ocasión de haber tenido ya aquellos antecedentes.

***

Por cierto, cuando Ignacio B. del Castillo envió su relato "El Tamborcito de Valladolid" al Certamen de cuentos de Costumbres Nacionales convocado por la revista El Mundo Ilustrado en 1906, la redacción acordó premiarlo fuera de concurso, por tratarse de un episodio histórico y no propiamente un cuento. Es ya demasiado tarde para corregir a los miembros de aquella redacción, pero sin duda debió ser admitido a concurso... pues según todo indica se trata, efectivamente, sólo de un cuento.

NOTAS

(1) Valentín F. Frías. Leyendas y tradiciones queretanas, Segunda Serie, México, 1990, Universidad Autónoma de Querétaro, p. 85-87.

(2) Lucas Alamán, et. al. Episodios históricos de la Guerra de Independencia, México, 1910, Imprenta de El Tiempo de Victoriano Agüeros, Tomo I, pp. 215-221

(3) Jesús Romero Flores. Jóvenes ilustres en la historia de México, México, 1973, Gobierno del Estado de Michoacán, p. 22.

(4) Antonio García Cubas. Cuadro geográfico, estadístico, descriptivo é histórico de los Estados Unidos Mexicanos, México, 1884, Oficina Tipográfica de la Secretaria de Fomento, p. 414.

(5) Antonio Ibarra, "Crímenes y castigos políticos en la Nueva España Borbónica: patrones de obediencia y disidencia política, 1809-1816", en Marta Terán y José Antonio Serrano Ortega (editores). Las Guerras de Independencia en la América Española, México, 2002, El Colegio de Michoacán / Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo / Conaculta-INAH, p. 265.

(6) Idem.

(7) José Xavier de Argomaniz, Diario de Querétaro, manuscrito, 1807-1818, Tomo IV, Biblioteca de la Universidad Autónoma de Nuevo León, f. 34v.

(8) Félix María Calleja del Rey, "Parte detallado de la acción de Aculco", en J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México, México, 1877, José M. Sandoval, impresor, núm. 132.

(9) Carlos María de Bustamante. Campañas del General D. Félix María Calleja, México, 1828, Imprenta del Águila, p. 23.

(10) Antonio Ibarra, "Crímenes y castigos...", p. 266.

(11) "Sumaria instruida en Querétaro, por orden de Calleja, a diecinueve soldados y tres paisanos que fueron aprehendidos o se presentaron después de la atalla de Aculco", Infidencias, vol. 5, exp. 11, AGN.

(12) José Xavier de Argomaniz, Diario de Querétaro, f. 34r-34v.

(13) Antonio Ibarra, "Crímenes y castigos...", p. 270.

(14) José Xavier de Argomaniz, Diario de Querétaro, f. 34v.

(15) Idem, f. 34r.

(16) Lucas Alamán, et. al. Episodios históricos de la Guerra de Independencia, México, 1910, Imprenta de El Tiempo de Victoriano Agüeros, Tomo I, pp. 215-221

(17) Ignacio B. del Castillo, "El tamborcito de Valladolid" en El Mundo Ilustrado, año XIII, tomo II, núm. 12, México, 16 de septiembre de 1906, p. 7 nota.

(18) Epigmenio González, Memorias de don Epigmenio González, Querétaro, Gobierno del Estado, 1926, p. 40.

(19) Lucas Alamán, Historia de Méjico, México, Jus, 1968, vol. 3, p. 250.

(20) Brian R. Hammet. Revolución y contrarrevolución en México y el Perú: Liberales, realistas y, Méxic, 2012, FCE.

(21) "La misión apostólica informa a Calleja del estado, que guarda Querétaro proponiendo al mismo tiempo varias providencias.- Mayo 2 de 1813", en J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México, México, 1877, José M. Sandoval, impresor, tomo V, núm. 132.