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lunes, 29 de abril de 2019

El oratorio de Guadalupe de Toxhié: medio sí y medio no

Muy cerca del pueblo de Santiago Oxthoc Toxhié se encuentra el oratorio de Guadalupe: una pequeña construcción de carácter religioso que se relaciona con la serie de capillas u oratorios otomíes de los que ya he escrito antes en este blog. No parece haber sido un oratorio familiar como otras capilla semejantes, ya que no se vincula con una vivienda, sino que desde su origen debió hacer tenido un uso colectivo relacionado con las fiestas de la Semana Santa, la Santa Cruz y la Virgen de Guadalupe. En este sentido, resulta análogo a la capilla del Calvario del pueblo de La Concepción.

Aunque el inmueble está catalogado como monumento histórico por el INAH, hasta hace pocos meses se hallaba en completa ruina. Sólo se mantenía en buen estado su cruz atrial, mientras que el oratorio en sí mismo mostraba sus muros desplomados desde media altura y aún más, conservando, eso sí, el arco del acceso en pie. Si estado era tal que resultaba incluso difícil adivinar cómo habría sido su cubierta original.

Gracias a una fotografías publicadas por Daniel Reyes en Facebook acerca de los ritos de Semana Santa en Toxhié, me he venido a enterar que los vecinos de aquel pueblo se encuentran reparando esta capilla. En las imágenes se advierte que los muros han sido completados con piedras procedentes del propio derrumbe, así como pedacería de sillar trabajado industrialmente con un color semejante al original. Esta reconstrucción de los muros sirve de asiento a una bóveda de tabique todavía sin cerrar.

Con esta reparación la comunidad ha recuperado un espacio tradicional que se hallaba arruinado, lo que siempre debe ser motivo de elogio. Más aún cuando su abandono ponían en riesgo de inminente pérdida a sus vestigios. Sin embargo, preocupa un poco que lo hicieran fuera de todas las normas de restauración que deben seguirse en un edificio de su antigüedad y valor histórico. Sorprende un poco, además, que los habitantes de Toxhié decidieran ejecutar la obra así, sin asesoría profesional, cuando a la vista tenían el magnífico resultado de una restauración profesional y cuidadosa en la cubierta de la capilla del pueblo, terminada apenas hará un año.

En resumen: no está mal, pero tampoco está por completo bien. No es tarde todavía para que se busque alguna asesoría en cuestiones como la resistenacia de los muros para la carga que deben soportar con la bóveda (ya que es probable que ese no fuera el sistema constructivo para el que fueron levantados), el acabado de las piedras nuevas para integrarlas mejor a los muros antiguos, y la correcta ejecución de los aplanados y pisos del interior. Con ello no sólo estaríamos hablando de la rehabilitación de un recinto, sino de su puesta en valor.

lunes, 29 de enero de 2018

La viguería de la capilla de Toxhié restaurada

Los templos de la región en la que se asienta Aculco se caracterizaron durante los años del Virreinato por sus techumbres de viguería, mismos que reflejaban por una parte la abundancia de madera y por otra la falta de capacidad técnica o económica para la construcción de bóvedas y cúpulas. Las bóvedas se limitaron durante esa época a contadas edificaciones de tamaño más bien menor, como las capillas posas del atrio de la parroquia de san Jerónimo. Incluso el templo parroquial -la construcción colonial más importante del municipio- conservó su cubierta de madera hasta 1843, cuando se inició la construcción de la bóveda de cañón y la cúpula actuales.

Siguiendo la moda adoptada en la parroquia, algunos templos de la jurisdicción parroquial aculquense se enriquecieron también con este tipo de cubiertas durante la segunda mitda del siglo XIX y principios del XX. La capilla de Santa María Nativitas, por ejemplo, se reedificó hacia 1858 siguiendo muy de cerca del modelo parroquial, mismo caso fue el de San Lucas Totolmaloya en 1857, y el de San Pedro Denxhi en fecha indeterminada. En las capillas de La Concepción y Santiago Oxthoc Toxhié sólo se reemplazaron las techumbres del presbiterio con cúpulas. En cambio, las capillas de Nenthé (la antigua, no el actual santuario), la de la hacienda de Arroyozarco y la de Santa Ana Matlavat conservaron íntegras sus viguerías coloniales, si bien protegidas por tejados superpuestos estas dos últimas.

Precisamente estos techos de vigas resultan especialmente vulnerables, tanto por su propia antigüedad como por la facilidad con que pueden deteriorarse a causa de la humedad y de los insectos, pero también porque son fácilmente reemplazables por losas de concreto (como ha sucedido en innumerables ocasiones en las casas de Aculco). Cuando esto sucede, con gran frecuencia los nuevos techos de concreto y varilla resultan demasiado pesados para la construcción antigua y con el tiempo provocan un daño mayor. Incluso, en caso de un sismo, los techos de concreto apoyados en muros de piedra o adobe antiguos pueden provocar el colapso de la estructura.

Por todo lo anterior, resulta especialmente importante la feliz culminación de la restauración de la cubierta de madera de la capilla de Santiago Oxthoc Toxhié, de la que les hablé en anteriores entregas de este blog. Ahora les presento nuevas fotografías que muestran ya la obra finalizada.

Como podrán observar, se mantuvo en esta obra el criterio de conservar la mayor cantidad de madera original posible, reemplazando en una buena proporción de las vigas antiguas solamente los cabezales podridos con injertos de madera nueva, con uniones reforzadas con soleras de acero atornilladas. Al mismo tiempo, se retiraron las capas de pintura que cubrían la viguería para dejarla al natural con un acabado con aceite de linaza y cera natural de abeja.

Se trata de una restauración que considero ejemplar, pues no sólo mantuvo materiales y formas, sino la propia autenticidad y originalidad de la techumbre histórica, tratándola como un elemento valioso en sí mismo, digno de ser protegido. Resulta importante señalar esto pues, aunque el resultado es muy bello y atractivo, con gran sabor para quienes gustamos de la arquitectura colonial, a los ojos de algún espectador común puede parecer desconcertante que se haya buscado mantener la rusticidad del techo y no mejorar artificialmente los acabados puliendo, resanando, pintando o barnizando las vigas. Pero lo que se buscó fue recuperar, sin falsear, la apariencia con la que debieron verlo sus constructores hace quizá 300 años; de ninguna manera darle un aspecto cercano al gusto estético actual.

Así, la techumbre restaurada de Toxhié sigue siendo la original, la misma que ha albergado en sus oraciones a muchas generaciones de habitantes de aquél poblado y que esperamos cobije muchas generaciones más. Mi agradecimiento al arquitecto Lázaro Frutis no sólo por las fotografías que me comparte, sino principalmente por haber llevado a cabo esta obra tan significativa. Mi reconocimiento también al FOREMOBA y al Ayuntamiento de Aculco por los recursos aportados para la restauración.

lunes, 8 de enero de 2018

Avances en la restauración de la capilla de Toxhié

Hace poco más de cuatro meses les hablaba aquí acerca del inicio de los trabajos de restauración de la cubierta exterior -el tejado- y la viguería interior de la capilla del pueblo de Santiago Oxthoc Toxhié. Esta obra ha continuado desde entonces y hoy se encuentra próxima a ser concluida, lo que sin duda es una excelente noticia no sólo para los habitantes de ese sitio sino para todos los aculquenses, pues la preservación de nuestro patrimonio histórico edificado repercute favorablemente en lo cultural, social y económico.

Para ilustrar este post, les presento una serie de fotografías amablemente proporcionadas por el arquitecto Lázaro González Frutis, quien se encuentra a cargo de esta restauración.

 

viernes, 18 de agosto de 2017

Santiago Oxthoc Toxhié y la restauración de su capilla

En febrero pasado alertaba sobre la demora en el inicio de los trabajos de restairación de la cubierta de la capilla de Santiago Oxtoc-Toxhié, uno de los pueblos con mayor presencia indígena otomí de nuestro municipio de Aculco. No era para menos ya que el proyecto fue anunciado en diciembre de 2015 y refrendado cerca de seis meses después en una visita al propio pueblo de Toxhié por parte de las autoridades del Ayuntamiento. Aunque con una larga demora difícil de explocar, por fortuna los trabajos preliminares para estas obras han comenzado ya, a cargo del Arq. Lázaro González Frutis.

Originalmente se había contemplado que la restauración abarcara las cubiertas de la nave del templo y de la sacristía. Sin embargo, por petición de los propios vecinos el proyecto original se modificó para que las maderas de la techumbre que quedan a la vista desde el interior sean también restauradas y en consecuencia por ahora no se tocará la cubierta de la sacristía.

En otro post prometo hablarles después acerca de la historia de Santiago Toxhié. Por ahora déjenme ocuparme solamente de su capilla, una de las más interesantes de toda la jurisdicción municipal.

La capilla señala el centro del pueblo, que se ubica apenas a unos 12 kilómetros en línea recta al sur de Aculco de Espinoza, si bien lo accidentado de su ubicación, rodeado de cerros, dificulta un tanto el acceso. El sitio, pese a las numerosas viviendas nuevas, conserva el patrón de asentamiento disperso característico de los poblados de raíz otomí de la zona, en el que las casas no forman una agrupación compacta sino que se levantan entre las milpas y junto a los caminos. La capilla continpua siendo el inmueble de mayor altura y relevancia del lugar.

Indudablemente debió existir donde hoy se levanta el templo una capilla en el siglo XVI, pero no parece haber quedado algún vestigio visible de esa construcción. Lo que hoy podemos contemplar se remonta a principios del siglo XVIII, con el significativo añadido del campanario a mediados del siglo XIX. Es fácil advertir que el desconocido arquitecto de la capilla dedicada a Santiago se inspiró en el templo parroquial de Aculco, si bien edificándolo con dimensiones mucho menores, empleando menos recursos y utilizando materiales más humildes. El resultado fue una interesantísima muestra de arquitectura popular indígena que, aunque, sobria, evoca en sus detalles el gran estilo barroco de la época.

La planta de la capilla señala claramente dos espacios bien diferenciados: la nave única cubierta con viguería y tejado, con tapanco, y el presbiterio, más angosto que ella y cubierto por una cúpula. Acaso esto también indica una mayor antigüedad del presbiterio, que pudo haber sido una capilla abierta aislada antes de que se le agregara la nave al frente. Al sur del presbiterio se levanta perpendicularmente la sacristía y, formando un estrecho callejón con la nave, una casa anexa de construcción moderna.

El atrio estuvo limitado anteriormente sólo con bardas de "piedra sobre piedra", pero hará apenas unos diez años que se le construyó una barda de mampostería que, por alguna extraña razón, no abarcó toda su antigua superficie, especialmente hacia el norte y el este. Tuvo este atrio su cruz atrial de piedra al centro sobre un masivo pedestal de dos cuerpos, el inferior casi cúbico y coronado por una cornisilla, y el superior de media esfera. Muy lamentablemente este pedestal fue destruido y la cruz atrial corona ahora el moderno acceso al atrio, fabricado en mampostería de cantera rosa. Sería prudente intentar en algún momento la reconstrucción del pedestal y colocar de nuevo ahí esta cruz atrial, en el sitio para el que fue labrada.

Adornaban también este atrio varios credros de bastante altura igualmente retirados ya.

La fachada de esta capilla -igual que la de la parroquia de Aculco- se desarrolla en varios cuerpos horizontales separados por molduras y tres calles verticales divididas por machones verticales. El remate de perfil triangular que se quiebra o forma un "escalón" a la altura de los machones centrales, para formar un triángulo menor, sigue directamente las líneas del gablete de aquella parroquia. Sin embargo, difiere de ella significativamente en los materiales, pues no empleó la cantera en sus paramentos sino una rústica mampostería enfoscada. De igual manera la relativa abundancia de detalles ornamentales del templo de Aculco se reduce aquí a lo esencial: el arco de cantera del acceso principal, un par de hornacinas vacías a sus lados, la ventana del coro adornada con relieves muy rústicos, el nicho que bajo una venera guarda un relieve pintado del apóstol Santiago en su caballo, un par de gárgolas que emergen de los machones laterales y una estrella o sol casi en la cúspide. Sobre la cornisa se yerguen dos imágenes de bulto en piedra, que parecen representar a san Pedro y san Pablo (aunque parece ser que la tradición local los identifica con los encomenderos). Una antigua cruz remata la composición y frente a ella, cubriendo parte de su pedestal, se colocó una escultura de ave con las alas extendidas que parece representar la paloma del Espíritu Santo.

Al lado derecho de la fachada se levantó un contrafuerte inclinado que la oculta parcialmente.

El primer cuerpo de la torre es contemporáneo de esta fachada, lo que se descubre en una fecha que lleva inscrita: 1708. En la cara oeste de este primer cuerpo fueron empotrados un par de corderos pascuales de piedra, cada uno de ellos mirando hacia el lado opuesto, que siempre me han parecido fascinantes por su carácter arcaico, casi románico o gótico, y que pueden señalarse entre las mejores piezas escultóricas en piedra de todo el municipio. Sobre este pedestal se desplanta el campanario de dos cuerpos rematado por un chapitel que recuerda una mansarda, el cual fue edificado entre 1858 y 1860 por el maestro don Juan Llerende, como reza una inscripción. Las campanas pertenecen también a la década de 1860.

Un elemento interesante que conocí ya fuera de su ubicación original fue un reloj de sol hecho en cantera, que estaba malamente colocado sobre el arco de entrada al atrio antes de su reciente reconstrucción. Parece ser que todavía se encuentra ahí en el atrio, entre otras piedras descartadas. Ojalá en la restauración en curso se consiga por lo menos reubicarlo en un sitio en el que esté menos comprometida su supervivencia.

El presbiterio se aloja en un alto cuerpo prismático, cubierto como ya mencioné por una cúpula de media naranja (aunque lo defectuoso de su construcción le da una forma muy poco regular). Corona la cúpula una cruz de doble travesaño sobre un peestal que evoca sin serlo una linternilla, mientras que los ángulos de los muros tuvieron sendos remates de los que sólo se conservan los dos posteriores. Una cruz más se yergue sobre el testero y desaguan la cubierta cuatro gárgolas que evocan muy cercanamente por su extremo en forma de flor las del templo parroquial y del antiguo convento. En el muro de la "estampa" existe un curioso relieve con flores y una cruz.

El interior de la capilla de Santiago Toxhié es oscuro, ya que se ilumina solamente por la puerta de entrada, la ventana del coro y un par de óculos en los muros laterales del presbiterio. Entre la nave y el prebiterio se ubica el "arco triunfal" de cantera, que lleva labrada en su clave una figura que puede ser la de un ángel (por los relieves en forma de ala a los lados) o la de un sacerdote (pues parece llevar sobre la cabeza un bonete). La viguería del tapanco está pintada de azul y se apoya en canecillos labrados, de los que los más cercanos al arco triunfal son más largos y están labrados en forma de león. El coro, también de madera, es de poca altura y se halla muy maltratado.

El altar mayor parece ser demasiado moderno. Por su remate formado por tres frontones triangulares excesivamente peraltados y coronados por una cruz el del centro y ráfagas los laterales, se puede afirmar que está inspirado en un retablo neoclásico, si bien éste es poco más que una gran vitrina. Al pie del altar se colocan las antiguas imágenes procesionales de Santiago el Mayor y el Menor (según me han dicho), ambos sobre caballos blancos y casi indistingubles uno de otro. A lo largo de la nave se hallan otros altares y cuadros, las banderas que los habiatntes de Toxhié usan en sus procesiones (y que probablemente están emparentadas con la bandera insurgente de Aculco), etcétera.

La parte del templo que habrá de intervenirse en la actual restauración comprende todos los elementos de madera del tapanco de la nave, el interesante terrado que se ubica encima suyo, con curiosas canalizaciones para el agua de lluvia que se filtra, los morillos que sostienen la cubierta a dos aguas y la totalidad del tejado. La obra se realizará con recursos a partes iguales del FOREMOBA/CONACULTA y del municipio de Aculco.

jueves, 9 de febrero de 2017

Las restauraciones que quizá no llegarán

En julio pasado publiqué en este blog una entrada que titulé "Nerviosismo: las obras de restauración que no empiezan". Decía entonces que el Municipio de Aculco había resultado favorecido en el concurso convocado en 2015 por el Fondo de Apoyo a Comunidades para la Restauración de Monumentos Históricos y Bienes Artísticos de Propiedad Federal (FOREMOBA), para que se llevaran a efecto los trabajos de restauración de la torre de la parroquia, así como de la cubierta de la capilla de Santiago Oxthoc Toxhié, como puede verse aquí. Que el FOREMOBA, organismo que forma parte de la Secretaría de Cultura, había depositado ya al Ayuntamiento los fondos que le correspondían para ambas obras (ya que el municipio también aporta recursos). Y que, pese a ello, dichas obras no habían iniciado todavía. Pues bien, ya transcurrió prácticamente un año desde que el Ayuntamiento recibió los fondos, seis meses desde que echamos en falta estos trabajos y todavía no ocurre nada.

Me sorprende realmente la forma descuidada con la que el Ayuntamiento ha abordado este problema, cuando se ha mostrado muy activo en otras iniciativas benéficas para Aculco, pero que considero de menor trascendencia. Porque es en realidad ya un problema, pues no se trata de dineros propios, sino de fondos federales que no le pertenecen al municipio y que de no ejercerse para lo que están destinados deben ser devueltos a la Federación, intereses incluidos, como manda la ley. Peor aún, si vemos las cosas con una perspectiva más amplia: en el concurso convocado por el FOREMOBA en 2016, Aculco, que contaba con un buen historial por las etapas de restauración que se han llevado a cabo en la parroquia de san Jerónimo, fue nuevamente favorecido, esta vez para trabajos de conservación de las cubiertas del antiguo Hotel de Diligencias (o mesón) de Arroyo Zarco; sin embargo, hasta el momento los fondos correspondientes -según me informan- están listos pero han sido retenidos mientras no se inicien las obras anteriores. Es decir, ya no son sólo dos proyectos de restauración los que están en riesgo, sino también un tercero. Y, además, estos malos antecedentes necesariamente tendrán que influir en los próximos concursos del FOREMOBA, que son sumamente competidos.

Sinceramente no sé en qué acabará esto. Pero sí quiero decirles que resulta de lo más lamentable para la conservación del patrimonio de nuestro municipio que, una vez que se había hallado el camino para restaurarlo poco a poco, de manera cuidadosa, sean ahora las propias autoridades municipales las que parecen estar cerrando esa ruta. Sin intención alguna de conflicto con nuestras autoridades, creo que merecemos cuando menos una buena explicación.

lunes, 22 de noviembre de 2010

El túmulo de Toxhié

El túmulo de Santiago Toxhié, dibujado por Aarón Flores Crispín (ca. 1976)

Túmulo.
2. m. Armazón de madera, vestida de paños fúnebres, que se erige para la celebración de las honras de un difunto.
(Del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española)


Después de recibir varios comentarios, todos ellos de palabra, acerca del texto dedicado al Panteón de Aculco, en el que expresaba mi rechazo por la caracterización del Día de Muertos como prácticamente un carnaval (gracias al legado del cardenismo y a una elaboración de supuesta recuperación antropológica-tradicional a partir de aquella etapa), escribo estas líneas para hacer algunas aclaraciones y añadir algunos datos sobre la manera de conmemorar a los difuntos en esta región del Estado de México.

En primer lugar, no niego la existencia de una tradición (más bien debería decir tradiciones, pues difieren en sus formas por su lugar de origen) arraigada y de origen remoto ligada al recuerdo de los muertos los días 1 y 2 de noviembre de cada año. Tampoco niego que parte importante de esa conmemoración sea la colocación de ofrendas (que no "altares") con alimentos particulares de estos días (los cuales, en su origen, eran para consumo de los vivos, no de los muertos). Lo que sí niego es que tales costumbres tengan por único y más importante origen el prehispánico, ya que su raíz principal es occidental, y afirmo que el agregado de elementos ajenos a ellas (como el perrito, referencias al Mictlan prehispánico, cempasúchiles en sitios donde nunca se cultivó ni se cultiva, calaveritas de azúcar en pueblos donde nunca se les conoció), han venido a convertir esas fechas en algo uniforme y tan "tradicional" como puede serlo el Halloween en una calle de Los Ángeles, California. Pero lo que rechazo con mayor energía es la idea de que todos los mexicanos somos tan patológicos como para reirnos de la muerte. Hasta uno de los que más patológicamente se reían de la muerte -la ajena por supuesto-, como fue Pancho Villa, lloró y suplicó de rodillas cuando Victoriano Huerta estuvo a minutos de fusilarlo.

Los mejores argumentos para fundamentar todas estas afirmaciones nos las da un libro sobrio y bien documentado llamado Ceremonias mortuorias entre los otomíes del norte del Estado de México, obra de los antropólogos Isabel Lagarriga Attias y Juan Manuel Sandoval Palacios, publicado por el gobierno del Estado de México en 1977, en el que los autores describen detalladamente sus observaciones de campo a mediados de aquella década en varias comunidades de los municipios de Acambay y Aculco. Sobre el origen de las conmemoración de los difuntos, los autores escriben:

La festividad de los fieles difuntos en el ceremonial católico fue instituida por Gregorio IV en el siglo IX. Vino a ser una amalgama de ideas pagano-cristianas, las cuales fueron introducidas a nuestro continente a raíz del contacto europeo. Aquí se entremezclaron con otras ceremonias de origen prehispánico. La fiesta de los muertos, en su forma actual, es entonces producto de todo este tipo de influencias... Tratar de hacer una división sobre qué elementos del ritual dedicados a los muertos son de origen prehispánico y cuáles no, nos parece fuera de lugar. Quitando algunos rasgos que son muy peculiares de la cultura otomí desde tiempo inmemorial (enterrar a los muertos con una escobita y copal) los demás rasgos no son sólo propios de la cultura hispana que importaron los conquistadores o de la cultura prehispánica, son comunes en muchos pueblos y su extensión es casi universal; tratar de caracterizar al mexicano por una especial actitud a la muerte y a los muertos, es olvidarse de lo anterior.



Puestos así los puntos sobre las íes, volvamos a lo que es realmente interesante y verdadero: en la región de Aculco sí existieron -tal vez todavía existen- formas tradicionales para recordar a los muertos que subsistieron hasta tiempos relativamente recientes en las comunidades indígenas que pertenecen a su circunscripción municipal. No hallará en ellas el espectador aquella gran mentira popularizada por Octavio Paz, en que el mexicano a la muerte "la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente"; por el contrario, en estos sitios donde la tradición fue menos afectada por la propaganda del Estado Revolucionario, "en ningún momento la broma o el humor se vislumbra", como leemos en el libro antes citado.

El estudio de los antropólogos Lagarriga y Sandoval da para mucho en este tema. Sin embargo, esta vez nos limitaremos únicamente a recuperar uno de los aspectos por ellos observados en un punto por demás interesante de la geografía cultural aculquense: el pueblo otomí de Santiago Oxthoc Toxhié. Según relatan los autores, en Toxhié encontraron un particular culto a la cruz en tres sitios distintos, la colocación de ofrendas de alimentos en las viviendas, un complicado ceremonial en su templo, y la erección de un singular túmulo o catafalco en la nave de éste:

A las 20:00 hrs [del 1o de noviembre], se empieza el rosario, cantado, dirigido por un "fiscal" y seis "cargueros" (de la fiesta de diciembre) que, parados en fila cerca de la puerta, dan el frente al altar. Delante de ellos, han dispuesto una mesita de 1.50 m. de largo por 50 cm. de ancho y 50 cm. de altura, con un mantel blanco donde ponen flores de cempasúchil y gladiolas.* Delante de esta mesita, un banco de 1 m. de largo por 20 cm. de ancho y 50 cm. de altura, con tres perforaciones. En las dos perforaciones de los extremos ponen dos candelabros de 1.75 m., con sus bases tocando el suelo. En la central, un Cristo. Delante de este banco, otra mesa, igual que la primera, cubierta por un lienzo negro que llega casi hasta el piso por sus cuatro lados. bajo este lienzo, una pequeña caja alargada, conteniendo copal. Dicha caja forma una protuberancia, que representa el tórax de un difunto, ya que ponen una calota (bóveda craneal) humana (sin cráneo facial) junto al tórax. De esta manera representan, pues, un cuerpo humano sin vida. El cráneo es muy antiguo y no se sabe de quién era.** Esta representación se pone siempre desde hace mucho tiempo. Son los "fiscales" quienes hacen el arreglo el 1o de noviembre, después de medio día que es cuando entran los difuntos grandes y salen "los angelitos".***

Encima de esta mesa, se ponen también 6 candelabros, 5 de bronce y 1 de barro, con ceras encendidas [...]

A las 9:30 de la mañana del 2 de noviembre, el campanero empieza a "doblar a muerto". A medio día se reúnen de nuevo las personas en la iglesia. Siete "cargueras" barren la iglesia, mientras algunos "cargueros" arreglan los adornos. Un "carguero mayor" se acerca a la mesa donde está el cráneo y se persigna, toma una flor por el tallo, la sumerge en un pocillo con agua bendita y rocía el cráneo, así como el cuerpo simulado, haciendo dos veces la señal de la cruz, para luego volver a poner la flor en el pocillo. Después se vuelve a persignar y hace una caravana, dando la impresión de que besa el cráneo. También se persigna ante el candelabro que tiene la cruz.

[Después de acudir al cementerio] la gente se reúne dentro de la iglesia donde un "carguero" baja la imagen de las ánimas, descolgándola de la vitrina donde está la imagen de Jesucristo, en el altar mayor. La imagen la reciben dos "cargueras" que se paran, ya con el cuadro, frente a la mesa donde está el cráneo...Cuando terminan (diversas ceremonias al interior y exterior del templo), el "rezandero" principal toma la flor del pocillo que están en la parte posterior de la mesa donde se encuentra el cráneo, y rocía la mesa con el agua bendita, así como el cuadro de las ánimas que es puesto en su altar por un "carguero".

Termina la ceremonia y los asistentes salen de la iglesia, sólo se quedan los "cargueros" para quitar las mesas, apagar las ceras y el copal. El cráneo es puesto detrás del cuadro de las ánimas en el altar...

* Los cempasúchiles se traían de afuera a muy alto costo; en Aculco no existía el cultivo de esta planta por lo que difícilmente se puede aceptar su carácter tradicional en el lugar (Nota de JLB basada en los comentarios de los autores).

** Además de la ornamentación con cráneos y osamentas común en el México prehispánico, su uso, como representación de la muerte estuvo muy en boga en la Colonia por lo que el uso del cráneo en esta localidad debió de haberse reforzado con su auge en esa época [Nota de los autores].

*** La celebración de los "angelitos" o niños muertos el 1o de noviembre no tiene, como a veces se trata de hacer ver, su origen en la fiesta prehispánica de los "muertos chiquitos" o más bien "pequeña fiesta de los muertos" (que además se celebraba enm agosto, no en noviembre). Se trata más bien de una tergiversación o extensión del sentido de la fiesta católica oficial del día, "Todos los Santos", bajo el que se incluyen a los niños que, muertos bautizados e inocentes, adquieren automáticamente cierto halo de santidad, o por lo menos se puede asegurar que se han salvado (Nota de JLB).



Intencionalmente hemos dejado fuera de esta descripción el detalle pormenorizado de las ceremonias que se realizan en presencia de este curioso túmulo, que ya serán motivo de otro post. En esta ocasión sólo hemos querido señalar la existencia de esta tradición, que no sabemos si aún perdura bajo la misma forma en el pueblo de Santiago Toxhié. A algunos les parecerá que no tiene la gracia de una ofrenda con pan de muerto, calabaza, papel de china, y sonrientes calaveritas de azúcar. Para otros quizá resulte turbadora e incluso patética. Pero tiene, a mi ver, un valor muy alto: primero, por el profundo sentido de memento mori que seguramente quisieron darle allá en la profundidad de los siglos sus creadores; segundo, por su relación como ejemplo menor, pero vivo, de los mucho más fastuosos catafalcos novohispanos como el erigido por el arquitecto Claudio de Arciniega para las exequias de Carlos V, o el de carácter permanente que existe todavía en el Museo de Bellas Artes de Toluca; y tercero, como manifestación cultural propia del Día de Muertos en el municipio de Aculco, ajena casi completamente a lamentables mixturas contemporáneas. Es decir, tiene el incomparable valor de la autenticidad.