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viernes, 25 de septiembre de 2026

La Muralla: una olvidada casa de Aculco

La avenida de los Insurgentes marcaba antiguamente el límite de Aculco por el poniente. A pesar de su carácter periférico, esta larga y recta vía conserva todavía varias construcciones de interés, especialmente en el tramo comprendido entre la avenida Hidalgo y la calle de Aldama. De dos de ellas me he ocupado ya en este blog: la casa que perteneció a don Guadalupe Reyes y la curiosa bóveda que acaso fue un antiguo oratorio familiar otomí. Hoy les platicaré de otra casa que se levanta en esta avenida y que lleva el misterio hasta en el nombre: la Muralla.

La Muralla se encuentra en el número 5 de la avenida de los Insurgentes. Actualmente está dividida en dos predios, pero originalmente formaba un rectángulo de unos 30 metros de frente por poco más de 40 de fondo. Toda la casa se desarrollaba en un solo nivel, aunque en algunas áreas contaba, bajo los tejados, con trojes que formaban una suerte de entrepiso y que tenían pequeñas ventanas rectangulares (quizá sería mejor llamares ventilas, de unos 40x20 cm) que daban hacia los patios. Quizá las habitaciones bajo estas trojes llegaron a tener un entrepiso de viguería y terrado de buena calidad constructiva, pero lo cierto es que las cubiertas de teja que llegaron a nuestros días parecen ser en general de poca calidad, con vigas delgadas, muy separadas entre sí. Quizá esto se deba a una remodelación más bien tardía.

Al exterior, la antigüedad del inmueble se advierte de inmediato en sus desgastados muros de piedra encalada. La fachada que mira a la calle presenta una particularidad: su mitad derecha sobresale unos 80 centímetros respecto de la alineación de la parte izquierda. Ambas partes quedan unificadas, sin embargo, por la misma calidad constructiva, la misma altura y el talud de cerca de un metro de altura que refuerza los muros en casi toda su extensión.

Sólo dos de los muchos vanos de esta fachada conservan sus dimensiones originales, altas y estrechas, con enmarcamientos de la misma piedra, unos a ras del muro y otros ligeramente resaltados. Se advierten también las huellas de otros vanos que fueron tapiados. A pesar de estas modificaciones, la casa conserva un marcado carácter y contribuye sin duda a enriquecer el ambiente urbano de Aculco.

La cantidad de trojes altos y bajos, corrales empedrados y caballerizas con que contó este edificio permite suponer, sin mucha duda, que en su origen fue un mesón, más dedicado, por supuesto, a la comodidad de las cabalgaduras que a la de los arrieros. La tradición oral apoya también esta idea. Aunque no tiene elementos decorativos que permitan fechar muy fácilmente su construcción, su método constructivo parece remontarse al siglo XVIII. Prueba de su antigüedad son los muchos remiendos que presentan sus muros, algunos tan viejos que su sola presencia parece envejecer aún más el edificio original.

Según la tradición, el edificio sirvió como cuartel en algún momento del siglo XIX. No me ha sido posible comprobar esta información ni precisar cuándo ocurrió: se habla lo mismo de los años de la Guerra de Independencia que de los tiempos de la Intervención francesa. Lo único que parece más seguro es que fue durante esta etapa militar cuando recibió el nombre de La Muralla, que en ciertos documentos aparece también con el todavía más poderoso apelativo de "La Fortaleza". Posiblemente, antes de las reformas que abrieron más vanos en su fachada, y cuando sus muros ciegos de la parte trasera formaban la última línea de construcciones de Aculco hacia el oeste, el edificio respondía un tanto a esos nombres.

En algún momento entre finales del siglo XIX y principios del XX, aquella "fortaleza" se convirtió en propiedad del Pbro. José Canal, cura de Aculco y filántropo en vida, que a su muerte en 1906 dejó además sus bienes para el socorro de pobres y desprotegidos. Precisamente en esta casa se pretendió establecer una especie de asilo para viudas pobres, con viviendas separadas, y quizá de entonces data cierto acomodo anárquico de algunas habitaciones. De estos años proviene el nombre de "La Beneficencia" con el que también se conoció al edificio.

El legado del padre Canal no pudo, desafortunadamente, conservarse. La verdad es que no era fácil hacerlo en los años de la Revolución y los bienes fueron mermando hasta desaparecer. En el Archivo Histórico del Estado de México existen las cuentas de esta fundación entre los años de 1914 y 1917, cuando estuvo a cargo de don Macario Sánchez y Ruiz, como patrono (1). Quizá su revisión ayude a saber qué fue lo que pasó, cómo decayó y de qué manera se liquidaron sus bienes. El caso es que la casa del padre Canal, una casa vecina a la Casa del Puente, su rancho nombrado Casellas y la misma casa de la Beneficiencia de la que hemos estado hablando terminaron por ser vendidos a particulares.

Desconozco en qué momento La Muralla se fraccionó en dos partes: la principal, hacia el oriente, y la parte de los corrales y huerta hacia el poniente, a la que sólo se puede acceder por un estrecho pasillo común que corre al sur. La primera fracción pasó a manos de don Urbano Correa Ruiz, administrador de la hacienda de Cofradía, quien la habitaba hacia 1930. Luego la adquirió -a finales de la década de 1970- don Alfredo Andrade, quien la remodeló en gran parte y en cuya descendencia se conserva. La segunda fracción fue propiedad en la década de 1960 de don Agustín Osornio Padilla y hoy pertenece al señor Enrique Alcántara y esposa.

Gracias a las fotografías que generosamente me compartió Oziel Martínez Andrade, podemos hacer un recorrido gráfico por los distintos espacios de este inmueble, algunos de ellos conservados y en pleno uso, y otros más en camino de convertirse en ruinas:

Patio sureste (marcado en rojo en el plano)

Trojes y cuartos del patio suroeste (en azul en el plano)

Patio suroeste o segundo patio (en azul en el plano)

Corral norte (verde en el plano)

viernes, 18 de septiembre de 2026

Los 27 cautivos de Arroyozarco (1806)

Después de la expulsión de los jesuitas en 1767, la hacienda de Arroyozarco quedó en manos del fisco, que primero la administró directamente a través de oficiales reales y más tarde decidió arrendarla: en 1791 a don Fernando Bueno y en 1798 a don Agustín Sánchez.La mala experiencia con este último arrendatario llevó finalmente a que se decidiera su venta en 1804, que se consumó en 1810 con el traspaso de la hacienda a los hermanos Ángel y Antonio Revilla.

Numerosas quejas se acumularon en su contra de aquel indeseable arrendatario. Al parecer, don Agustín Sánchez era un personaje autoritario y tiránico, que se sentía dueño hasta de los trabajadores de la finca -e incluso de quienes no laboraban en ella, pero pasaban por ahí- y no dudaba en maltratarlos.

El caso del que les platicaré hoy tiene que ver precisamente con eso: la manera en que apresó y mantuvo cautivo a un grupo de 27 indios para trabajar de manera forzada. Aunque el episodio es terrible y merece por sí mismo ser recordado, para la historia de Arroyozarco tuvo, por fortuna, una consecuencia inesperada: el expediente que produjo nos dejó una pequeña descripción de algunas áreas de la Casa Vieja, esa parte de la antigua hacienda que todavía se levanta, aunque en ruinas, a la izquierda de la parroquia de Arroyo Zarco.

Según la denuncia presentada el 23 de julio de 1806 por don Joaquín Martín de San Luis, gobernador de los naturales de la provincia de Jilotepec, don Agustín tenía la costumbre de

... tomar por fuerza a los indios de los pueblos inmediatos para que trabajen en sus labores con tanto exceso que, aunque vayan de tránsito con bestias, a comerciar o a otra justa ocupación, como es la de recaudar los reales tributos, no les respeta, sino que, en caso necesario, su hijo [Miguel Sánchez de la Concha], que está de administrador, y los demás dependientes hacen uso del lazo para llevarlos con violencia. Conducidos ya a la hacienda, los encierran para que salgan al trabajo, en el que los maltratan y golpean en términos que muchos se dan arbitrios para huirse, dejando abandonado el jornal de los días que han trabajado, consiguiéndose de esta suerte de parte de la hacienda el lucrar con el sudor y trabajo de aquellos infelices; y los demás que quedan detenidos, bien por el interés del jornal que han devengado o bien porque no pudieron profugarse, se les paga a razón de a real y medio, siendo el jornal corriente en la provincia por lo menos el de dos reales, y en algunas ocasiones mayor. No satisfechos los dependientes con estos excesos, cuando no se les proporcionan indios en el camino real o sus inmediaciones, se internan en los pueblos para sacarlos de sus mismas casas, que es el asilo más privilegiado que el hombre de bien puede tener".

En efecto, continuaba don Joaquín, los empleados al servicio de Agustín Sánchez habían entrado recientemente al rancho de las Tablas, de donde se llevaron amarrados a cuatro indios, y habían cometido abusos semejantes en otros ranchos, como el de la Cofradía de Calpulalpan y el Rosal. En San Andrés Timilpan habían tenido el "atrevimiento" de quemar una casita y dos hacinas (montones) de zacate y cebada, machetear los magueyes y llevarse presos a otros indios.

Aunque los hechos se denunciaron al juez del partido, sus "providencias y oficios" no tuvieron ningún efecto para terminar con esos abusos. Quizá se debía, continuaba la acusación, a que Sánchez era fiador del subdelegado, la principal autoridad político-administrativa del partido. Incluso el cura de Jilotepec, don Andrés Benosa, intervino y envió una carta al arrendatario de Arroyozarco, pero "se le contestó con desprecio que se soltarían los presos cuando se acabara la cosecha [de trigo] o se les antojara". Ante esta respuesta "provocativa e insultante", los indios de la zona comenzaron a organizarse para ir a rescatar por la fuerza a los prisioneros, de lo que logró disuadirlos el párroco. También los convenció la promesa del gobernador de viajar a la Ciudad de México para presentar su queja al virrey en busca de justicia.

Así lo hizo don Joaquín, e hizo valer como argumento la defensa de los indios que distinguía a la monarquía hispánica, por más que sus buenas leyes tantas veces se violaran, como había ocurrido en este caso:

[Estos excesos] son de mucho tamaño por tres consideraciones: la primera, porque se castiga a los indios cruelmente contra los sentimientos de humanidad, y la proteccion que en esta parte le dispensa nuestro Soberano. La segunda, porque con este arbitrio delincuente y con pagarles disminuido su jornal ses les defrauda y roba lo que se les debía pagar legítimamente por su trabajo, contraviniéndose de esta suerte a la ley de estos reinos, que habla de este particular y la tercera, porque con el encierro de la hacienda se les distrae a los infelices indios de las atenciones de sus familias, del cultivo de sus cortos sembrados, y se les hace caminar largas distancias, privándoseles del trabajo que pueden tener en las inmediaciones, con descanso, con libertad y a buen jornal. Son más agravantes estas concideraciones en el año presente, porque con la epidemia y mortandad que padeció la cabecera y sus pueblos anexos en los dos años últimos, no han cogido maíz alguno, y nececitan por lo mismo los indios duplicar sus faenas y trabajos para recompensar aquellas pérdidas.

El virrey Iturrigaray escuchó el reclamo y ordenó al administrador de Rentas de la jurisdicción, don Bartolomé Truco, que investigara el caso. El 26 de julio de 1806, Truco se dirigió con sus testigos de asistencia a la hacienda de Arroyozarco. No hallaron a don Agustín, que estaba en la capital del reino, pero sí a su hijo y administrador, Miguel Sánchez. Don Bartolomé le exigió que le entregara la llave de la galera en que estaban "presos o custodiándose" los indios. Miguel obedeció y, al abrirla, encontraron que eran más de treinta los cautivos.

Miguel justificó la acción de su padre de forzarlos a trabajar en la hacienda diciendo que "era costumbre que en esta finca se había observado desde en tiempo de los reverendos padres jesuitas". Esta afirmación, que más tarde refrendó don Agustín, no se sostenía en opinión del cura de Jilotepec, según escribió en un informe posterior: "[Sobre] que ha sido costumbre valerse de la fuerza para conseguir trabajadores, digo que en 14 años que tengo de cura en este partido, jamás había habido, ni quejas, ni clamores, ni de indios, ni rancheros, hasta que entró don Agustín Sánchez de arrendatario".

La manera en que Truco halló a los indios detenidos no sólo describe las circunstancias de su encierro, sino que también nos permite seguir su recorrido por distintas áreas de la Casa Vieja de la hacienda:

Habiéndome manifestado don Miguel Sánchez la pieza donde tenía encerrados la noche del día de ayer, los indios de que se trata, entré a ella asociado de los testigos de asistencia y vi que es un granero o troje [a] en los altos de la hacienda pasados dos corredores [b1 y b2], la cocina [c] y un pasadizo [d], la cual está enladrillada y blanqueada, bien fortificada, y en ella un montón grande de trigo en grano, y otro menor de cebada, con bastante amplitud para treinta y tantos indios que en ella hallé sueltos y sin ningunas prisiones, ni tampoco había allí cepo, grillos, ni otra especie de éstas; mas en el mismo acto me instruyó el referido Sánchez que por haber llevado los dos dias anteriores más indios, los había mandado mudar anoche a dicho troje, pero que donde habían dormido ocho o nueve días antes era en otro cuarto en los bajos de la casa; el que incontinenti le intimé me enseñara, y para verificarlo bajamos la escalera [e], y al pie de ella se halla una pieza [f] como de tres varas de ancho y siete u ocho de largo, en la cual están tres o cuatro pilas de aparejos, un palo largo de guardar sillas de montar, con otros varios trastos y sarandajas, muy [a]humada y el suelo lleno de peñascos que sobresalen de él unos más de una cuarta y otros menos, de manera que así por su estrechura como por lo aspero del suelo por las muchas piedras que tiene enterradas no es capaz que en él se acomodasen a dormir arriba de ocho a diez y muy incomodos, porque aunque a su continuación está otro cuartito [g] como de cuatro o cinco varas en cuadro sin puerta de mano, están en él unos cueros crudos de res apilados, y muy sucio y hediondo porque de noche (según se me informó), allí se orinaban y regían el cuerpo dichos indios, de manera que a la verdad donde estos dormían más parece zahúrda de lechones que habitación de gentes; bien que ni aquí tampoco se hallaron prisiones ningunas. Que de los treinta y tantos que estaban encerrados, dejé cuatro o cinco por ser, según expresaron, de las jurisdicciones de Ixtlahuaca, Tula, y otras, y puse en libertad veinte y siete que son de ésta y se hallan radicados los veinte y uno en los pueblos y ranchos del comando del gobernador de Jilotepec; cuatro del partido de Aculco, uno de Chapa de Mota, y otro de la cabecera y pueblo de Huichapan.

En los siguientes planos de 1768, aparecen los puntos mencionados marcados en rojo:

Don Bartolomé Truco no sólo liberó a los 27 infelices, sino que supervisó que se les pagaran sus jornales a razón de real y medio diario. Advirtió además que se les había hecho trabajar los dos días anteriores, que habían sido festivos. Truco se retiró al mesón de Arroyozarco para hospedarse y allí los indios liberados le informaron cómo habían sido capturados:

A unos los habian cogido leñando en el monte, a otros cuando salían a las plazas a comprar su maíz y demás víveres comestibles, a otros llendo o viniendo de tránsito por el Camino Real que pasa por entre las casas de la hacienda y las del mesón, como le sucedió a José Vicente del pueblo de Aculco, que iba con una carga de huevos para México y del camino se lo llevaron para la hacienda; y así respectivamte todos fueron violentados y forzados. Y que estas ejecuciones las ha hecho de ocho o nueve días al presente el mismo don Miguel Sánchez en compañía de sus mandones y vaqueros.

En la Ciudad de México, el fiscal protector halló estas "vejaciones tan escandalosas" que decidió proceder más allá de la liberación de los 27 indios de la provincia de Jilotepec y de los otros cuatro o cinco que Truco no había liberado por no excederse en sus funciones. Ordenó que en un lugar visible de la hacienda se colocara el bando relativo "al buen tratamiento, libertad y paga de jornales de los indios sirvientes de las haciendas". Recomendó a Truco que mantuviera su atención "a fin de conseguir el remedio en lo futuro". Condenó a Sánchez a pagar los gastos del gobernador y los procesales (estimados en 72 pesos cinco reales) y le hizo un serio "apercibimiento", tanto a él como a su hijo, "por los excesos pasados", imponiéndoles finalmente una multa de 200 pesos.

Sánchez, por cierto, se defendió diciendo que, al capturar a aquellos indios, no había hecho más que beneficiarse de las mismas "exenciones y privilegios" con que se había administrado Arroyozarco en manos de los oficiales reales, entre ellas la de "coger los vagos y hacerlos trabajar", "sin innovar la cosa más mínima de la práctica que encontré establecida". Sin embargo, todo indica que se trataba de un abuso y no de una práctica habitual.

Las quejas contra don Agustín Sánchez iban en realidad más allá del trabajo forzado y de la indebida detención de trabajadores:

Que a los indios rancheros o subarrendatarios se les han aumentado notablemente las pensiones de ranchos y pastos; que el arrendatario Sánchez y sus dependientes, atropelladamente y sin intervención de juez, cobran rentas, pastos y deudas, valuando ganados y efectos de los deudores que toman para satisfacerse; que en cuanto a los perjuicios que se dicen inferir los ganados de los indios en la hacienda, aunque no hagan más que entrar un instante en sus tierras, arrean las cabezas para ella, las encierran y para su rescate se exigen dos reales a los dueños; y, por último, que dicho Sánchez corta y vende maderas cuantas quiere, con notable detrimento de los montes de la hacienda.

Como subrayó el fiscal, aquello iba en contra de las órdenes del anterior virrey Miguel de Azanza, quien había dejado establecido:

Que el arrendatario se arreglase a la costumbre del país en las pensiones de pastos, lo cual debe entenderse sin perjuicio de los que deben dejarse libres a los indios para los ganados de su uso, que se entienden los que necesitan para sus labores y conducir sus efectos, y no para cría ni hacer comercio con ellos mismos; con prevención de que se dejase también libre a los indios el corte de leña y madera para sus usos, hogueras, fábrica de sus iglesias y casillas, dejándose horca y pendón en los árboles para que no se destruyan todos, conforme a las leyes, autos acordados de la Real Audiencia y disposiciones de la materia.

El asunto era en realidad tan escandaloso que la justicia actuó con inusual rapidez. Apenas dos meses después de presentada la acusación contra don Agustín Sánchez, en septiembre de 1806, éste acordó pagar al gobierno indígena de Jilotepec para "sufragar los gastos, atrasos, perjuicios y menoscabos que se les han originado". Satisfechos de esta manera los agravios, los representantes indígenas aceptaron desistirse y apartarse de la demanda puesta contra aquél, "quedándoles el derecho a salvo para lo sucesivo repetirlo si dicho Sánchez cometiere iguales excesos o diere lugar a nuevas quejas".

***

El caso aquí mostrado, además de aportar al conocimiento de la historia local, permite conocer los claroscuros de la justicia en tiempos de la Nueva España. Los abusos de los propietarios contra los indígenas y trabajadores existían, por supuesto. Pero también existían vías para que, con el respaldo de sus comunidades, buscaran y alcanzaran justicia y satisfacción, incluso económica. El rey, el virrey y sus oficiales sostenían un sistema paternalista hacia los indios que, si bien no era capaz de contener los excesos de los particulares, en muchos casos sí aportó medios de protección a posteriori medianamente efectivos. La abundancia de documentos en los archivos sobre quejas de los pueblos indígenas es tanto un catálogo de abusos como una muestra de la posibilidad real de combatirlos.

Irónicamente, la Independencia y, sobre todo, las reformas liberales acabaron con buena parte de esos medios de protección, al suprimir las diferencias jurídicas entre las distintas calidades de la población y privilegiar al individuo frente a la comunidad.

 

FUENTE:

Expediente formado de pedimento del gobernador de Xilotepec conta don Agustín Sánchez, arrendataio de la hacienda de Arroyo Zarco sobre perjuicios y vejaciones a los indios de quella provincia, 1806, Tierras, vol. 2191, exp.3, AGN. Disponible en: https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3Q9M-CSDL-K3S1-G?view=fullText&keywords=casas+de%2CAculco&searchForm=advanced&lang=es&groupId=M98V-B6P

viernes, 4 de septiembre de 2026

San Francisco Acazuchitlaltongo: el pueblito polotitleco que quería seguir siendo aculquense

En la historia colonial de Aculco, San Francisco Acazuchitlaltongo es posiblemente uno de los pueblos menos mencionados entre los que estuvieron bajo su jurisdicción. Hoy pertenece al vecino municipio de Polotitlán y, debido a ello, a su lejanía y a su escasa relevancia demográfica, recibe muy poca atención desde Aculco. Sin embargo, tiene una particularidad que debería hacerlo importante para nosotros: de todos los pueblos que en algún momento fueron separados de Aculco para incorporarlos a municipios vecinos, San Francisco Acazuchitlaltongo fue el único que exigió regresar a su antigua jurisdicción, aunque no lo consiguió.

Acazuchitlaltongo es una palabra que procede del náhuatl. Sus raíces son acazochitl, "flor de caña", una planta aromática; tlalli, tierra; el sufijo -ton, que se aplica como diminutivo, "pequeño"; y -co, sufijo locativo que significa "en". Como también existe el topónimo Acazuchitlán sin esos sufijos, su etimología podría decir: "en el pequeño Acazuchitlán" o bien, desanudando todo su contenido, "en la tierrita de la flor de caña".

San Francisco Acazuchitlaltongo aparece por primera vez en 1551 con la grafía Acaxochitlatonco (más cercana a su nombre en correcto náhuatl), en un documento que los naturales de la provincia de Jilotepec enviaron al rey de España para quejarse por los daños que los dueños de ganados les estaban causando en sus sembradíos, casas y personas. Dicho documento señala que Acaxochitlatonco, junto con los pueblos de Tutelpeque y Acaualcinco, "están destruidos por los ganados del tesorero y del Secretario Antonio de Turcios, y han huido más de ochocientos macehuales y dejado sus casas y heredades" (0). Años más tarde se le vuelve a mencionar en una merced de tierras de 1591 concedida a don Vicente de los Ángeles, indio principal del pueblo de Jilotepec, como uno de los colindantes con las tierras otorgadas en esa cesión (1). En enero de 1609, otra serie de documentos informa que sus habitantes conservaban sin embargo memoria de una merced concedida al pueblo en 1554:

Gabriel Jiménez, Lucas de San Francisco, Nicolás de San Diego, Pablo Bernardino, Felipe Nicolás, Julián de San Francisco, y demás común y tributarios del pueblo de San Francisco Acaxuchitlantongo sujeto a la cabecera del dicho Jilotepec, de la doctrina de San Gerónimo Aculco [com]parecemos ante Vm. y decimos que por nuestros antecesores sabemos que el Exmo. Señor Virrey segundo de esta Nueva España, que lo fue D. Luis de Velasco, por los años de mil quinientos cincuenta y cuatro hizo merced al pueblo de un sitio de estancia para ganado menor en la parte que llaman Acaxuchitlantongo, cuyo pago está en la mediana de dos cerros grandes, y dos lomas tendidas [...](2)

Para explicar la ubicación de esta merced presentaron un "mapa" nuevo, que según certificó el escribano estaba trazado de esta manera: "se ve que el pueblo de San Francisco Acacuchitlantongo se halla en mediania de unos cerros y lomas tendidas se ven contiguos tres cerrillos, pequeños, un ojo de agua que manifiesta por el lado del poniente junto al camino, que viene de San Juan del Río para Jilotepec: esto es lo que contiene y no otra cosa". Aunque los documentos originales que respaldaban esa merced se les habían perdido y no pudieron hallarlos tampoco en el archivo del virreinato, por lo que tuvo que realizarse un procedimiento legal que incluyó la presentación de testigos para ser interrogados y un recorrido o "vista de ojos" por las tierras reclamadas con el fin de verificar su superficie y darles un nuevo sustento legal. Este recorrido y medición aporta algunos datos interesantes sobre el pueblo:

Para el efecto mande traer cordel de pita bien encerado y con una vara castellana de cuatro cuarta sellada mandé medir el cordel de cincuenta varas y tomando por centro a la iglesia vieja del pueblo, se hizo una medida cruzando en los cimientos de dicha iglesia vieja, y se halló tener de norte a sur, cincuenta cordeles cuarenta varas Castellanas, que hacen dos mil quinientos cuarenta varas castellanas. Se halló tener de oriente a poniente sesenta y seis cordeles diez y siete varas que contienen tres mil trescientos diez y siete varas Castellanas, con lo que queda concluído, y concluyo la la medida de centro cruzado, por no tener a la vista documento antiguo que nos señale el verdadero centro. Comenzamos a medir con el mismo cordel de cincuenta Varas, para saber la suma, que hay alrededor del sitio que poseen. Se empezó la medida por el rumbo de oriente tendiendo el cordel de sur a norte donde hace una esquina se midieron cuarenta y ocho cordeles treinta Varas que hacen la suma de dos mil novecientas y treinta varas. Pasando esta medida por un llanetillo y piedras sueltas, encinales, bajando por la loma tendida, a otro llanete a donde se dio vuelta por la parte del norte, de aquí se miró para el poniente siguiendo el rumbo laderiando por dicha loma tendida a dar a un arroyo aeco poblado de encinos pasando por otros dos arroyos que vienen de los cerros gran despor unos peñascos hasta otro llanete antes de llegar a otro llanete pedregudo que está cerca de un ojito de agua donde se ven unas piedras fijas atravesando la Loma tendida pedregosa, un arroyo seco, que van de la loma alta a dar a una piedra suelta quedaron medidas de oriente a poniente cincuenta y cinco cordeles setenta varas, que hacen, dos mil ochocientos veinte varas: de aquí se miró para el sur, a dar a un lindero que se haya en un llanete donde hace una jolla [hoya] atravesando un caminito pedregudo y que se haya en una jollita, laderiando la loma tendida tendida donde se ven palmas y pedregosas a dar a un arroyo hondo, a dar a una piedra fija; quedaron medidas, de norte a sur dos cordeles y cuarenta varas, que son ciento y cuarenta varas. Por el lado del sur, se miró de poniente a oriente, a un cerro grande, un arroyo seco que van de la loma tendida a San a un llanetillo que llaman el Hídolo que se ve poblado de encinos, palmas silvestres, siguiendo el rumbo, laderiando y hasta dar a donde se comenzó la medida quedando medidos de poniente a oriente setenta y seis Cordeles, ocho varas, con lo que se concluyó la medida , por los cuatro vientos al rededor: así como también la medida del centro, Cruzado , tomando por centro la iglesia vieja.

Este texto revela la existencia de una "iglesia vieja" de la que quedaban sólo los cimientos. ¿Habría también ya entonces una iglesia nueva o el pueblo simplemente carecía de templo? La ruina de las iglesias viejas en aquellos años, en casos como el del no tan lejano San Ildefonso Tultepec, se debía a las campañas de congregación que habían vaciados los pueblos para concentrarlos en los más grandes, por lo que podría tratarse de una situación análoga. Por otra parte, la existencia de un llano al que llamaban "el Hídolo", es decir, el Ídolo, quizá indica la existencia de alguna escultura o imagen prehispánica en el punto.

De la medición de sus tierras, resultó que les faltaba aproximadamente una cuarta parte de las tierras que aseguraban haber recibido del virrey Velasco. Sin embargo, decidieron en aquel momento no reclamar a quienes se habían introducido sino que simplemente se les reconociera la extensión que poseían pacíficamente, con en efecto se hizo. A pesar de ello, hacia 1675 el pueblo se hallaba nuevamente en conflicto con sus vecinos al parecer debido a que se le señalaba como un lugar despoblado y que por tanto podía ser sujeto a nuevas reparticiones. Para demostrar que no era así y que se hallaba habitado, los naturales pidieron en diciembre de aquel año una visita que se certificara la celebración de misas y la existencia de casas:

Digo que dicho día diez y seis del corriente llegué yo dicho teniente a dicho pueblo referido a ser citacion a los indios pobladores de él, y en él hallé al padre predicador guardián ministro del pueblo y convento de San Jerónimo Aculco, fray Antonio de Arteaga, el cual habiendo yo dicho teniente llegado y tocado las campanas en señal que llamaban a misa se revistió dicho padre para decir misa como con efecto la dijo cantada. Y así la oí [...]jente españoles y indios en una iglesia vieja destejada dentro la cual se hizo en jacal de zacate y una ramada de ramas verdes a este efecto = Y así mismo para lo que se pide hay hoy al presente cantidad más de doce ranchos de jacales de paja y dentro de ellos vi veinte indios que todos dijeron ser naturales de este dicho pueblo de San Francisco Acaxuchitlatongo. Todo lo cual certifico ser así [...]

Es interesante ver aquí que en 1675 no se había reconstruido o terminado de reconstruir la "iglesia vieja" que había en 1609 (aunque según parece ya había algo más que sólo los cimientos que se mencionaban entonces) y por eso se le tuvo que levantar en su interior un jacal para celebrar la misa. Por otra parte, en el mismo expediente se menciona que los vecinos de San Francisco cultivaban entonces "maíz, chile y otros géneros para el sustento de sus casas".

Poco más de 20 años después, vuelve a aparecer -aunque mencionado sólo por su advocación de San Francisco- en la enumeración que hizo fray Agustín de Vetancurt hacia 1697 de los pueblos que estaban entonces sujetos a la doctrina de San Gerónimo Aculco:

Aculco [...] Tiene doce pueblos de visita con sus iglesias; dos de Nuestra Señora, de San Pedro, San Miguel, Santiago, San Lucas, Nuestro Padre San Francisco, San Ildefonso y Santa Clara, donde se alternan dos misas. (3)

En 1712, en el expediente de composición de tierras de San Gerónimo Aculco, aparece nuevamente entre los pueblos de su "agregación" (4). Y también como parte de su jurisdicción eclesiástica cuando se erigió como parroquia en 1759. Las cuentas de bienes de comunidad de 1808 permiten asomarnos también a la modesta economía de San Francisco Acazuchitlaltongo. Ese año, el pueblo declaraba no poseer otros bienes que la contribución de real y medio aportada por sus habitantes: 22 tributarios enteros y diez medios tributarios, que sumaban un total de 6 pesos al año. De esos escasos recursos debían cubrirse diversos gastos: el dos por ciento para la Real Hacienda (11 granos), una contribución para el Hospital de San Lázaro de la Ciudad de México (6 granos), dos pesos para la fiesta titular y los gastos de papel y escribiente por 1 real. Después de cubrirlos, apenas quedaba un pequeño sobrante para la caja de comunidad, de 3 pesos, 5 reales y 7 granos (4.5).

Luego, su pista se nos pierde por casi por siglo hasta 1852, cuando San Antonio Polotitlán obtuvo su separación de gobierno respecto de Aculco y San Francisco Acazuchitlaltongo -junto con otros territorios antes aculquenses- fue incorporado al municipio naciente. Los habitantes de San Francisco Acazuchitlaltongo protestaron pues deseaban seguir perteneciendo a la municipalidad de Aculco como hasta entonces. El asunto no se resolvió por varios años, sin embargo, el 1o. de enero de 1865 la superioridad determinó que el poblado pertenecería definitivamente a Polotitlán. (5)

Resulta un tanto curioso que, mientras otras demarcaciones aculquenses pidieron unirse a Polotitlán, San Francisco Acazuchitlaltongo lo rechazara. Creo que esa negativa debe entenderse en el contexto de la larga historia de conflictos por la tierra entre pueblos y haciendas en el campo mexicano. Polotitlán había nacido no como uno de los antiguos pueblos de indios, casi siempre con alguna raíz prehispánica, sino como un experimento de colonización interior promovido por hacendados, rancheros y propietarios de la zona. Si se revisa la nómina de las localidades que se incorporaron al nuevo municipio, se verá que casi todas estaban ligadas a la gran propiedad. No parece extraño, entonces, que el único pueblo antiguo se resistiera a formar parte de una nueva entidad creada por quienes habían sido sus "enemigos históricos".

Pero la historia entre Aculco y San Francisco Acazuchitlaltongo no termina ahí. Durante la Reforma Agraria, una porción de las tierras ejidales entregadas a San Francisco Acazuchitlaltongo -la cuarta ampliación de su ejido- está dentro del municipio de Aculco. Así que si el pueblo mismo de San Francisco ya no es parte de nuestro municipio, sí lo es -parcialmente- el Ejido de San Francisco Acazuchitlaltongo (6).

Hoy en día, San Francisco Acazuchitlaltongo sigue siendo un poblado muy pequeño, situado en el rincón noreste del municipio de Polotitlán, casi sobre el límite entre los estados de México e Hidalgo. Conserva el mismo patrón disperso y sin traza regular que debió de tener desde tiempos coloniales. Aunque ya ninguna casa resulta reconocible como antigua, las largas bardas de «piedra sobre piedra», los nopales y los fresnos de calles y caminos forman un conjunto que revela claramente la antigüedad del asentamiento.

Ni siquiera el templo parece conservar mucho de su estructura original. Es un pequeño edificio de una sola nave, con la fachada orientada al poniente, bóveda y cúpula de concreto. La fachada, recubierta de piedra negra, tiene por único adorno una portada de recinto, con una cruz labrada en la clave. Sobre ella se levanta una espadaña de dos cuerpos y tres claros, con un par de campanas, la menor de las cuales quizá sea antigua. Lo único que sin duda se remonta al virreinato es la antigua imagen titular de san Francisco, estofada y policromada, de mediana calidad y algo maltratada, pues tiene varios dedos rotos.

 

NOTAS:

0. AGI; México; 96, R. 1; fs. 1r-10v.
1.AGN, Mercedes; v. 17; exp. 432; fs. 121r-121v.
2. Títulos del Pueblo de S. Francisco Acaxochitlantongo en Jurisdicción de Xilotepec, 1774. Tierras, vol. 981, AGN. Disponible en: "Mexico registros," imágenes, FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3Q9M-CSD2-63SJ-2?view=explore : 31 ago 2026), Imagen 521 de 813; . Número del grupo de imágenes: 007984295
3. Fray Agustín de Vetancurt. Chronica de la provincia del Santo Evangelio de México, México, imprenta de doña María de Benavides, 1697, p. 87.
4. Composición de tierras del pueblo de San Gerónimo Aculco. Sección Tierras. Caja 1. Expediente s/n. Archivo Histórico Municipal de Aculco. El documento es una copia de 1783 del original de 1712.
4.5. Reglamento formado por los ministros de la Tesorería General de Ejército y Real Hacienda para gobierno de los bienes de todos los pueblos de la jurisdiccion de Huichapan, 1808. AGN, Tierras, vol. 3027, exp. Disponible en "Mexico registros," imágenes, FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3Q9M-CSDL-8SH1-6?view=explore : 23 sept 2026), Imagen 240 de 540; . Número del grupo de imágenes: 007985508 5. Confirmación de la pertenencia del pueblo de San Francisco Acazuchitlaltongo al municipio de Polotitlán. Jilotepec, enero 1º de 1865. Sección Milicia (por error). Caja 2. Archivo Histórico Municipal de Aculco.
6. El pueblo de San Francisco Acazuchitlaltongo recibió su primera dotación de 644 hectáreas en 1934, tomadas de la hacienda de Arroyozarco y del rancho de San Francisco (donde hoy en día se halla la ganadería de toros bravos de Arroyo Zarco).

miércoles, 1 de julio de 2026

Macario Pérez Romero, el diputado constituyente que no fue

Para continuar con la serie sobre los diputados federales de origen aculquense, quiero hablarles ahora de uno que lo fue, y al cabo no fue: don Macario Pérez Romero.

Don Macario era hermano de otro aculquense -arroyozarqueño- que fue trambién diputado, don Manuel Pérez Romero, de quien les platique hace unas semanas. Como el origen y la niñez de ambos son parecidos, permítanme para empezar copiar algunas líneas de lo que escribí antes sobre los hermanos Pérez Romero y proseguir después con la biografía propia de don Macario.

Les decía entonces que, para abordar la biografía de los Pérez Romero hay que ir al principio... y que en el principio está su padre, don Macario Pérez Sr.

Macario Pérez Sr. nació en 1845 en Real del Monte, hoy estado de Hidalgo. Su madre, Anastasia Sánchez Adrián, tras enviudar, se casó en segundas nupcias con José Joaquín de Rozas Irazábal, propietario desde 1858 de la hacienda de Arroyozarco junto con su hermano Manuel. José Joaquín y Anastasia tuvieron una hija, Dolores Rozas, media hermana por tanto de Macario. Cuando José Joaquín murió hacia 1872, Manuel su hermano quiso quedarse con la totalidad de la hacienda, pero no logró saldar el adeudo con Dolores por su parte y terminó por entregársela en propiedad en 1877. Se encargó de recibirla precisamente Macario, quien ya vivía en la hacienda y a partir de aquel momento se convirtió en el administrador de la finca.

La gestión de Macario Pérez resultó controvertida por diversas razones. Sus contemporáneos le reprocharon tanto sus abusos y maneras autoritarias como los conflictos que surgieron tras su conversión al protestantismo, lo que deterioró su relación con los trabajadores católicos de la hacienda (tema sobre el que escribí un texto que puede consultarse aquí). En 1885, Dolores decidió relevarlo de la administración, aunque diez años después consintió su retorno. Su vida privada tampoco contribuyó a mejorar su reputación. En mi libro sobre la hacienda de Arroyozarco esbocé este retrato suyo:

Para quien lo conoció u oyó hablar de él a sus padres o abuelos, don Macario coincide con la imagen cruel y altiva del administrador o hacendado del porfiriato, ampliamente difundida por los críticos de este período de la historia de México. Don Macario nunca se casó, pero sí engendró varios hijos con distintas mujeres, a algunos de los cuales ni siquiera reconoció (aunque a veces fue su padrino). Los que llevaron su apellido fueron Manuel, Sara, Macario hijo, Agustín y Tomás.

Sara (1872-1952) fue reconocida por su padre desde el nacimiento. Aunque don Macario no estaba casado con su madre, Velina Romero —quien figura como soltera en el acta levantada en San Juan del Río, Querétaro—, la niña recibió su apellido desde la cuna. No ocurrió lo mismo con Manuel (1875-1948), también hijo de Velina, ni con Macario Jr. (1884-1967), nacido de Rosaura Romero -media hermana de Velina por parte de padre, para mayor escándalo. Los dos varones nacieron en Arroyozarco y todo indica que el reconocimiento paterno sólo llegó tiempo después.

Porque, en efecto, don Macario Pérez Sr. llevó a esos dos hijos ya bastante crecidos al registro civil de la Ciudad de México, en 1888, para reconocerlos el mismo día. Vale la pena transcribir aquí el acta de Macario hijo. Nótese en ella, por una parte, la insistencia de don Macario en que su nombre constara en el acta, pero por la otra, que se haya callado el nombre de la madre:

255. Doscientos cincuenta y cinco. Pérez Macario Ramón

En la ciudad de México, a las 10 diez y 30 treinta minutos de la mañana del día 28 veintiocho de marzo de 1888 mil ochocientos ochenta y ocho, ante mí, Enrique Valle, juez del Estado Civil, compareció el ciudadano Macario Pérez, del Real del Monte, Hidalgo, de 44 cuarenta y cuatro años, casado, agricultor, vive en la tercera calle de Balderas número 11 once y presentó vivo al niño Macario Ramón que nació en la hacienda de Arroyozarco, Estado de México, el día 31 treinta y uno de agosto de 1884 mil ochocientos ochenta y cuatro a las 11 once de la noche, hijo natural suyo, habido antes de celebrar su matrimonio civil. El compareciente pide expresamente que su nombre conste en esta acta. Son testigos los ciudadanos Bibiano Flores y Cornelio Carrillo, de México, comerciantes, el primero casado, vive en la calle de la Espalda de la Misericordia, número 6 seis, el segundo viudo, vive en el Hotel de Vergara. Leída la presente acta la ratificaron y firmaron. E. Valle = Macario Pérez = Bibiano Flores = Cornelio Carrillo.

A diferencia de Manuel, su hermano, acerca de Macario Jr. no he encontrado ningún registro de bautismo católico. hay que recordar que justamente por aquellos años, don Macario Sr. se había convertido al protestantismo, por lo que es posible Macario haya sido bautizado bajo ese credo.

Pero hay aquí un misterio mayor: en los libros del Registro Civil de Aculco consta que el 12 de enero de 1887 murió de "alferecía" (quizá epilepsia) un niño llamado Macario Pérez, de un año y medio de edad, "hijo natural de la señora Rosaura Romero, originaria de Tenazat [...] de 20 años de edad". Casi indudablemente se trata de la madre del Macario del que estamos hablando, pero obviamente el niño no es él. Y, entonces, ¿tuvo Macario un hermano dos o tres años menor que él, nombrado igual que él en honor a su padre? No es imposible, pero lo extraño es que Macario no aparezca de niño en ningún registro antes de que su padre lo reconociera en la Ciudad de México a los cuatro años. Mi teoría es que Macario Jr. recibió otro nombre al nacer (quizá sólo Ramón, su segundo nombre), y únicamente después de la muerte del hermanito que sí lo llevaba desde el nacimiento fue que sus padres decidieron nombrar Macario al que vivió.

Más allá de este misterio, al parecer Macario vivió sus primeros años en Arroyozarco con su madre. Luego su padre lo envió a estudiar la educación primaria al Instituto Josefino de Querétaro. Más tarde, según algunas biografías suyas, estudió el bachillerato en el Instituto Literario de Toluca, pero la base de datos de alumnos del propio Instituto parece no confirmar ese dato.

En contraste con su hermano Manuel, Macario Pérez Jr. tuvo siempre más interés por el campo que por la política u otras actividades. Aun en el libro donde de pequeño aprendía la lengua francesa (que existía en el archivo del doctor Juan Lara Mondragón) dibujó un paisaje –muy infantil- en el que vemos quizá anunciarse ese amor a la vida campestre que le llevó a reconstruir la hacienda de Cofradía y los ranchos de Santa Rosa, Decá, Chapala, San Rafael y el Molino Viejo, plantar calzadas de árboles, levantar presas, etc. Él fue, por cierto, quién encargó al pintor charro Ernesto Icaza los murales de tema campirano que adornan la hacienda de Cofradía.

Macario Jr. tuvo también algunos emprendimientos más allá de los ranchos. En mayo de 1907, formó una empresa llamada “Hernández, Pérez y Cía.” para la compra de caballos de Arroyozarco y su posterior venta en la ciudad de México. Esta empresa nació con un capital social de 300 pesos y subsistió corto tiempo. También se asoció on Rafael Frías, formando la sociedad “Pérez y Frías”, que se encargaría de la venta de carbón al menudeo en México. El negocio comenzó a prosperar pronto bajo la hábil administración de Frías y los oportunos envíos de carbón de Macario. Jocosamente escribió el administrador de Arroyozarco a su socio en 1907: "Te estás echando a perder, no cabe duda: ¿dónde has visto carboneros con sofá, sillones, columnas, etc.? Pero en fin, somos fachosos, para todo hay como no se arrebate".

Tras la muerte de don Macario Pérez padre en 1909, el joven Macario se ocupó de la administración de Arroyozarco. Tenía para entonces ya cierta experiencia en el manejo de la finca, pues había ejercido temporalmente la administración en 1907, cuando su padre enfermo se vio obligado a retirarse a la ciudad de México.

Con la muerte de Macario Sr., empezaron sin embargo las dificultades entre los hermanos Pérez Romero por la hacienda de Cofradía. Esta propiedad había pertenecido primero a doña María Jesús Sánchez Adrián, tía materna de Macario Pérez padre. Ella la heredó tanto a su sobrino como a los tres hijos naturales de éste, Manuel, Sara y Macario, por partes iguales. Don Macario, a su vez, al morir heredó su parte a Macario hijo. De manera que, en 1909, Macario Jr. se había convertido en dueño de la mitad de la finca, mientras que sus hermanos poseían sólo una cuarta parte cada uno.

Macario no fue muy diligente para presentar cuentas de la hacienda a sus hermanos y en el mismo año comenzaron los pleitos por los productos de la finca. Francisco I. Madero, quien en 1903 se había casado con Sara, propuso a su cuñado una solución equitativa al problema y pidió a doña Dolores Rozas (a quien llamaba madrina) que sirviera de árbitro y buscara la aceptación del trato por parte de su sobrino Macario, pues aunque Madero no pensaba llevar el caso a los tribunales, escribió, sí “debía ver por los bienes de Sarita”. Para 1910, este problema quizá ya se había solucionado, o por lo menos la comunicación entre Macario hijo y Madero había vuelto a sus cauces normales, tal vez a causa de algún acuerdo económico aceptado por ambas partes, como deja entrever una carta de Macario a su cuñado.

Y luego llegó la Revolución.

Al principio, parece ser que Macario no tuvo en lo personal mayores problemas. Aunque era cuñado del caudillo que encabezaba la rebelión, no hay pruebas de que haya colaborado con él en su campaña presidencial -como sí lo había hecho su hermano Manuel- ni participó en el movimiento armado. Además, la Revolución maderista fue tan breve -apenas seis meses entre el 20 de noviembre de 1910 cuando estalló y el 25 de mayo de 1911 cuando Porfirio Díaz renunció- que sus efectos práticamente sólo se sintieron en Chihuahua y en Morelos. Tras el triunfo de la Revolución, sin embargo, Macario sí comenzó a compañar a Madero, como lo hizo en su viaje a Puebla y Tlaxcala a mediados de julio de 1911.

Como bien se sabe, tras la llegada de Madero a la presidencia, Emiliano Zapata y otros caudillos como Pascual Orozco y Félix Díaz se rebelaron contra el presidente. Fue entonces cuando el ambiente comenzó a volverse inseguro. Si bien a fines de marzo de 1912 don Macario Pérez hijo informaba a doña Dolores Rozas estar “hasta muy bien en cuanto a ladrones” en Arroyozarco, lo cierto es que no descuidaban la defensa, pues pocos días después decía que “de zapatistas no hemos tenido nada... pero ya estamos... en condiciones de hacerles una recepción digna de ellos”. No fue sino hasta septiembre de ese año cuando los zapatistas se acercaron peligrosamente a la hacienda. En noviembre de 1912, el diario El País publicaba esta nota:


Por qué Aculco no teme un asalto
Nos encontramos ayer con un vecino de Aculco, Estado de Méjico (sic), y le preguntamos noticias sobre la situación de su distrito. Nos manifestó que por aquellos rumbos los zapatistas no se atreven a merodear por estar cerca de Aculco la hacienda de Arroyo Zarco, propiedad de la familia del señor Madero, que se encuentra convertida en una verdadera fortaleza que cuenta con cañones, ametralladoras y numerosa guarnición bien armada y municionada. Nos aseguró nuestro entrevistado que el distrito de Aculco es un verdadero oasis de paz y seguridad en el Estado, que ha sido tan probado y sigue siendo por las hordas zapatistas que lo han invadido.

Las cosas acabarían por complicarse en 1913, al ser depuesto el presidente Madero por los golpistas Victoriano Huerta, Aureliano Blanquet, Manuel Mondragón y Félix Díaz. En su traslado a la penitenciaría, el expresidente fue asesinado. Más tarde, una multitud exaltada incendió su casa de la colonia Juárez. Los Pérez se sintieron entonces en verdero peligro a causa de su parentesco con el político caído. Es probable que Macario Pérez, que se hallaba en Arroyozarco, temiera represalias en su contra ahora que su cuñado había muerto pues, según Vasconcelos, los familiares de Sara Pérez “quedaron todos en calidad de sospechosos, vigilados como delincuentes o activamente perseguidos”. Durante algún tiempo permaneció don Macario en la hacienda, sin intentar un viaje a la capital. Finalmente, pidió a doña Dolores Rozas le indicara cuándo podría ir a México con toda seguridad. A partir del momento en que pudo hacerlo, dejó en su lugar en Arroyozarco al nuevo administrador: don Juan Lara Alva.

Don Macario, por cierto, era un hombre muy activo. Además de montar a caballo -su yegua favorita se llamaba La Charra, pedía que se la llevaran a la estación de tren de Dañú para ir en ella hacia Cofradía y la mandó pintar a Ernesto Icaza- fue socio del Club Olímpico de la Ciudad de México y practicaba el box. Otra de sus pasiones fue el automovilismo. En diciembre de 1911 ganó el primer premio en la Clase B, como aficionado, en la carrera Imparcial Puebla y regreso. Conducía un Buick con el número 10.

Después el golpe de Estado contra Madero, Macario Pérez Romero no regresó nunca más a la administración de Arroyozarco y se concentró en los años siguientes en el trabajo en Cofradía y otros ranchos que le pertenecían. Luego, tras el triunfo de la Revolución constitucionalista que vengó el asesinato de Madero, y una vez que Venustiano Carranza se erigió en triunfador de la guerra entre facciones revolucionarias, decidió participar por primera vez en la política, respondiendo a la convocatoria para elegir diputados para el Congreso constituyente de 1916-1917.

El 22 de octubre de 1916 se efectuaron las elecciones, en las que resultó triunfador Macario por el 10o. distrito electoral del Estado de México, con sede en Jilotepec. Obtuvo 3,042 votos contra los 2,332 que recibió su adversario Artemio Basurto, quien así quedó como diputados suplente. Los historiadores ubicaban a Macario entre los diputados "jacobinos", es decir, aquellos que durante las sesiones modificaron el proyecto de Venustiano Carranza -más cercano a la Constitución de 1857- y lo convirtieron en un documento con alto contenido social.

El primero de diciembre de 1916, ante la presencia de 151 diputados, se declaró abierto el periodo único de sesiones del Congreso Constituyente en la Ciudad de Querétaro. Aquel era un momento histórico: el trabajo de los diputados constituyentes consistiría en redactar, discutir y aprobar la Ley Suprema que, a pesar de infinidad de enmiendas, todavía rige en México. Pero no estaba ahí Macario y nunca llegó. Se disculpó justificándose en que tenía que atender "cuidados de familia" y así se bajó del carro de la historia cuando estaba a punto de ser uno de sus protagonistas. Simplemente no fue.

Unos años más tarde, en 1919, cuando doña Dolores Rozas intentaba proteger del agrarismo la hacienda de Arroyozarco vendiendo una franja de un kilómetro en toda la orilla de la propiedad, Macario compró una de aquellas fracciones, la 103, con una superficie de 250 hectáreas, la que se conoció como el rancho de Chapala. Esta compra refuerza la opinión que compartí antes: lo que interesaba verdaderamente a Macario era el trabajo del campo. Para su madre compró el rancho de Santa Rosa, ubicado entre el pueblo de Santa Ana Matlavat y las tierras de Arroyozarco.

Al mediar la década de 1920, Macario tenía ya 40 años pero no parecía muy entusiasmado por formar una familia. Sucedió entonces un hecho que en Aculco se comentaba en voz baja, como hablilla mal intencionada: en un viaje que emprendió a España, "emborracharon" a don Macario y lo casaron con una mujer llamada Juana Ibáñez, "Juanita". El chisme tiene algo de verdad, pero no la historia real no parece ser tan cruda.

María de los Dolores Juana Ibáñez Peón, nacida el 21 de julio de 1889, se había casado en primer matrimonio con don Pedro Dueñas Zárate (propietario y "agente de policía"), a finales de 1908. Dieciséis años después, el 24 de junio de 1922, murió don Pedro dejándola viuda y, al parecer, con no muy abudantes recursos. El drama era delicado, ya que Juanita pertenecía a una vieja y aristocrática familia y aquella escasez debió sentarle muy mal. Por lo visto era muy cercana a doña Dolores Rozas y en su casa debió conocer a Macario. Y tal como contaba la leyenda, en un viaje a España en 1925 se casó con ella en la catedral de Santander.

Para Juanita, el matrimonio significaba el remedio a sus apuros económicos. Para Macario, el ascenso a la primera línea de la aristocracia de la época. Pero el matrimonio no funcionó y duró sólo unos pocos años.

El 25 de enero de 1930, menos de cinco años después de su primera boda, don Macario se casó nuevamente, esta vez con María Luisa Hartinan, una mujer de León, de 26 años y ya divorciada como él, hija de Luis Lugo. Por aquellos años Macario habitaba en la calle de Querétaro 81, en la colonia Roma. Todavía vivía su madre Rosaura, de 62 años, a la que se atrevió a llamar "viuda" del viejo don Macario, aunque ya sabemos que nunca se casó con ella.

Para entonces, los Pérez Romero habían comenzado ya a padecer la expropiación de sus ranchos por la Reforma Agraria. Todo comenzó en 1926, cuando le fueron entregadas algunas tierras de Cofradía al pueblo de San Lucas Totolmaloya. Luego, el 31 de diciembre de 1932, 333 hectáreas más pasaron a los habitantes de la ranchería de Gunyó. En un breve lapso, la Cofradía quedaría reducida a los límites del casco, por el reparto de la mayor parte de sus tierras y la invasión de las restantes. Aun el pequeño rancho El Molino Viejo fue invadido por los agraristas de Gunyó en diversas ocasiones (una de ellas en abril de 1934), aunque a la postre consiguió conservar íntegra esta propiedad.

Acerca de la reforma agraria, don Macario Pérez hijo decía en 1923 a su administrador que “si implantan por esa región sus proyectos, nos perjudican a todos y no benefician a nadie.” Y así fue en efecto. El reparto de las haciendas no solamente no solucionó los problemas del campo, sino que los complicó, y condenó a las siguientes generaciones de campesinos a la emigración a las ciudades para encontrar el sustento que ya no hallaban en el agro destrozado.

La indemnización por la expropiación de sus tierras tardó varios años en concretarse. Finalmente, mediante un acuerdo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y de la Secretaría de Agricultura y Fomento, fechado el 1.º de noviembre de 1944, se determinó que Macario Pérez Romero sería indemnizado con 326,929.20 pesos por las casi 2,382 hectáreas que había perdido en las propiedades de Cofradía, San Rafael y Chapala. Esa suma equivalía a la mitad del avalúo oficial de los terrenos expropiados. El pago, además, no se efectuaría íntegramente en efectivo: la mitad se cubriría con tierras de riego en el Sistema del Río Yaqui, en Sonora, y el resto en dinero.

A partir de esos años se nos pierde el rastro de Macario. Vivió todavía más de dos décadas, pues murió el 13 de enero de 1967 de síncope cardiaco y ateroesclerosis coronaria, sumada a la diabetes en su casa de Zaragoza 71, colonia Guerrero. Dijeron los testigos que estaba "divorciado, se ignora de quién", lo que habla de su poco apego a sus mujeres. Fue inhumado en el Panteón Español de la Ciudad de México. En la casilla que señalaba ocupación al momento de fallecer, el acta de defunción dice "agricultor", una última declaración de su amor a la tierra.