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viernes, 5 de junio de 2026

El arriero desconocido

Como todos ustedes lo saben bien, la arriería tuvo una gran importancia en Aculco durante los siglos del virreinato. Para el siglo XVIII, buena parte de los habitantes de Aculco se dedicaban a la arriería y los dueños de las principales haciendas de la zona, como la de Arroyozarco, se contaban entre los grandes propietarios de recuas del reino. Antes de la Guerra de Independencia, no menos de 80 hatajos de mulas pertenecientes a los vecinos de Aculco recorrían el Camino Real de Tierra Adentro, y los arrieros aculquenses llegaban en sus viajes hasta las ciudades de Durango y Chihuahua.

Aunque el Camino Real de Tierra Adentro era la vía natural por la que transitaban los arrieros aculquenses con sus cargas, lo cierto es que en ocasiones emprendían desde la Ciudad de México el camino hacia el puerto de Veracruz, una ruta que tenía sus propios desafíos, tales como el clima cambiante desde el altiplano hasta la costa, el gran desnivel que dificultaba el regreso e incluso las enfermedades, pues las ciudadees del Golfo con frecuencia casi anual se veían afectadas por enfermedades endémicas como la fiebre amarilla.

Precisamente la fiebre amarilla parece haber sido la causa de muerte de un arriero desconocido, posiblemente aculquense, que fue hallado ya en los huesos cerca del camino de Veracruz, en los alrededores de San Antonio Atzitzintla, en diciembre de 1783. El teniente de cura del lugar, don José Mariano Moncada sepultó aquella "osamenta de hombre de un cuerpo ignorado" el día 4 de ese mes, consignando que por los restos de su indumentaria era "al parecer arriero" y que quizá había "muerto del mal de Veracruz". Por lo visto, el sacerdote había confesado días antes a un grupo de "arrieros del pueblo de Aculco que venían con el asentista de azogues" (es decir, de mercurio para el procesamiento del oro y la plata en las minas, que provenía de Europa) y que padecían de "dicho accidente" (es decir, aquella enfermedad), por lo que creía que el fallecido era uno de ellos.

El padre Moncada dejó también una descripción del traje de aquel arriero deconocido, sumamente interesante para la historia costumbrista de Aculco y un curioso antecedente de la indumentaria charra en la región: "calzones de gamuza acanelada... cotón rayado de algodón, una manga de cordoncillo azul sin forro ribeteada con gamuza, unos zapatos de vaqueta, un sombrero negro viejo".

Aquel pobre arriero de Aculco quedó así enterrado muy lejos de su patria chica, apenas traspuestas las Cumbres de Maltrata y a la vista del Pico de Orizaba. Seguramente su familia no llegó a enterarse nunca de dónde había muerto y dónde descansa.

FUENTE: "San Andrés, Chalchicomula de Sesma, Puebla, Mexico registros," imágenes, FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:939J-DCZD-S?view=explore : 4 jun 2026), Imagen 115 de 185; Archivo Diocesano de La Paz. Número del grupo de imágenes: 004656654.

sábado, 23 de mayo de 2026

El pueblo perdido de Santa María Ñadó

Al momento de la conquista española, la extensa Provincia de Jilotepec -dentro de la cual se encontraba el territorio de Aculco- albergaba numerosos pequeños asentamientos hoy desaparecidos y, en muchos casos, completamente olvidados. Su desaparición obedeció principalmente a las grandes epidemias del siglo XVI, que diezmaron a la población indígena de la Nueva España y dejaron muchos de aquellos pueblos reducidos a unos cuantos habitantes o incluso totalmente despoblados.

Ante esta crisis demográfica, las autoridades virreinales ordenaron la congregación de los sobrevivientes en determinados pueblos de la región, con el propósito de evitar que la dispersión dificultara tanto la vida cotidiana como las labores de evangelización. Para ello se eligieron los sitios mejor provistos y de mayor importancia. En el caso de la porción occidental de la Provincia de Jilotepec, se dispuso que diversos poblados fueran reunidos en San Jerónimo Aculco. Allí se congregaron, entre otros con escaso vecindario, los habitantes de San Juan Aculco, Santa María Ñadó (también llamado Xipzoneca o Xipopeca), San Lucas Totolmaloya, Santa Ana Matlavat, San Pedro Tenango y San Ildefonso Tultepec. Sus moradores abandonaron casas y templos, aunque continuaron reivindicando la propiedad de las tierras que habían poseído en torno a aquellos antiguos asentamientos. Este proceso de congregación tuvo lugar entre 1593 y 1605.

En algunos casos, los pueblos de origen terminaron por desaparecer por completo y su memoria se perdió. Así ocurrió con San Juan Aculco y Santa María Ñadó. Otros, en cambio, tuvieron mejor fortuna y lograron repoblarse tiempo después, prolongando su existencia hasta nuestros días. Fue el caso, por ejemplo, de Santa Ana, San Lucas, San Pedro y San Ildefonso.

La ubicación del desaparecido San Juan Aculco puede inferirse con relativa facilidad, pues un plano de 1611 lo sitúa al sureste del casco de la hacienda de Arroyozarco. Mucho más difícil resulta localizar Santa María Ñadó. Los planos conservados no permiten identificar su emplazamiento con precisión, y los documentos que lo mencionan ofrecen apenas referencias vagas y generales, citándolo sólo en relación con las estancias de ganado de los indios Rafael y Cristóbal de los Ángeles: “sobre términos del pueblo de Santa María el dicho sitio al pie de la falda de la sierra que llaman de Nato [sic], linde de sitio de estancia de D. Cristóbal de los Ángeles" y "sobre términos del pueblo de Santa María Xicponeca, linda por la parte del oriente con dicho pueblo de Santa María". En términos generales, podemos suponer que el pueblo de Santa María Ñadó se econtraba cercano al sitio de Bimbó.

A principios del siglo XVIII, los naturales de Aculco reclamaban aún como parte de las posesiones lo correspondiente al fundo legal y tierras de comunidad de Santa María Ñadó Xipopeca, pero estas posesiones no se encontraba ya bajo su dominio. Esto sucedió en parte debido a los extraños que se introdujeron para apropiárselas, pero quizá también por habérseles considerado como baldías. En 1705, los vecinos de Aculco consiguieron la restitución de parte de esas propiedades, mas no hicieron uso de ellas al no haberse concluido el litigio que incluía otras posesiones también reclamadas. En realidad, lo más probable es que nunca hayan recobrado la posesión efectiva de dichas tierras. Conjuntamente con la invasión de las tierras de Santa María Ñadó, es posible que las mercedes de tierras concedidas en sus inmediaciones por las autoridades del virreinato a diversos particulares, a fines del siglo XVI y principios del siglo XVII, hayan terminado por constreñir el fundo original hasta hacer desaparecer incluso la memoria de su ubicación exacta. Esas primeras mercedes de tierras se unieron muchos años más tarde bajo una misma propiedad, a lo largo de un proceso largo y complicado, y con el tiempo acabaron por formar el latifundio conocido como hacienda de Ñadó

A mediados del siglo XIX, la lectura deficiente de los documentos que hablaban del pueblo de Santa María Ñadó llevó a que la comunidad de naturales de Jilotepec pretendiera reclamar las tierras que le habían pertenecido, aunque por lo visto lo suponían ubicado cerca de la cabecera de aquella cabecera. La carta que dirigieron a las autoridades, recogida por Margarita Carbó en su artículo "Una historia mexicana del siglo XIX. La corporación civil ante el proyecto desamortizador de los liberales", es muy interesante, pues describe un proceso histórico muy parecido al que descrito hasta aquí:

Señor:
Los que suscribmos indígenas y vecinos del Partido de Jilotepec, súbditos fieles de V.M.I. le exponemos respetuosamente que en el año de 1595 existía en términos de la cabecera de nuestra vecindad el pueblo de nuestros mayores conocido entonces con el nombre de ¿Xiponeca?, y este pueblo como todos los que se erijían en tiempos del gobierno español, disfrutaba de su fundo legal, esto es, tenía seiscientas varas de terreno por cada viento, gozaba de su monte y ejido con arreglo a lo que disponían las Leyes de Indias y la cédula del 12 de julio de 1695. A inmediaciones del pueblo y a la distancia que determinaban las mismas leyes, poseían D. Cristobal y D. Rafael de los Angeles tres caballerías de tierra y dos sitios de ganado mayor…
Los habitantes de este pueblo se fueron disminuyendo paulatinamente a causa sin duda de las epidemias que se desarrollan en aquella época (…) y en la misma proporción iban disminuyéndose los terrenos del pueblo por la codicia de los colindantes que siempre han procurado aumentar sus posesiones con detrimento de los pueblos…
Aunque como hemos dicho y no podemos fijar con certidumbre la época (de la desaparición) y no han faltado indígenas en más o menos número que hayan habitado en terrenos del pueblo en más o menos extensión como descendientes de los primeros fundadores y que molestados y perseguidos no hemos desamparado el lugar donde existía el pueblo.
Hemos solicitado los títulos originales de su fundación y a pesar de nuestro empeño buscándolos en el Archivo General no hemos podido hallarlos, pero esto no obstante, tenemos la convicción de que ninguno puede haberse hecho dueño de los terrenos que formaban el fundo legal del pueblo, porque el gobierno español jamás vendía los pueblos de indígenas, antes bien, nos dispensaba una protección tan especial y cuidaba tanto de que las tierras se conservasen en nuestro poder, que aun cuando a algún particular indígena le concedía merced de algunas, era con la precisa condición de no poder venderlas…
Dijimos Señor que siempre ha habido indígenas que han procurado no desamparar aquellos lugares, y hoy asciende su número a quinientas personas: hemos construido una capilla y le hemos dado mayor amplitud, sólo nos falta, Señor, el fundo que debe tener todo pueblo según lo determinan las leyes 6ª, 7ª y 10ª del título 5, libro 4º de la Recopilación de Indias y otras del 6º.
Como de día en día crece el número de habitantes y carecemos de los terrenos necesarios para formar nuestras habitaciones, para la siembra de las semillas que nos proporcionan los alimentos necesarios para nuestra subsistencia; como por la parte pequeña de tierras que ocupamos nos exigen renta y si no la satisfacemos nos embargan y nos reducen a la última miseria, ocurrimos a V.M. suplicando encarecidamente se sirva erigir de nuevo el pueblo de nuestros mayores, mandando se nos restituyan los terrenos que lo formaban (…) en lo que recibiremos merced y gracia particular.
Jilotepec, noviembre del 1865. Firmas, la última de las cuales apostilla: “amigo de los que no saben firmo yo.
 
Fuente: AGN. IJPCM, vol I a fojas 107.

desapareció físicamente, sobrevivió su rastro en los documentos: planos que todavía evocan su existencia y litigios por sus tierras sostenidos mucho tiempo después de su abandono. Pero, sobre todo, perduró su nombre en el de la hacienda, último vestigio de un asentamiento borrado del paisaje, aunque no del todo de la memoria histórica.

martes, 14 de abril de 2026

La capilla posa noroeste en riesgo de colapso

Hace unos días me detuve a fotografiar los daños que, a causa de filtraciones, presenta la capilla posa noroeste de la parroquia de Aculco. Pude constatar que se trata de afectaciones importantes que no pueden atribuirse únicamente a la falta de mantenimiento, como ocurre en las otras capillas posas.

En este caso, el muro derecho muestra un desplome considerable, probablemente asociado a la inestabilidad del terreno, ya que la capilla se ubica en el punto donde la nivelación del atrio, realizada hace siglos, requirió un mayor relleno. Esta inclinación ha provocado la ruptura de la bóveda a la altura de la clave, donde se observan daños que ya no se limitan a los aplanados, sino que incluyen desprendimientos en las juntas.

Por otra parte, al examinar la portada de cantera, se advierte que el desplome no es reciente: ha alterado la geometría del arco de medio punto y la bóveda, cuya corrección en el pasado se llevó a cabo con evidente descuido, pero permitió su conservación.

En estas condiciones, la capilla posa noroeste no requiere ya únicamente labores de mantenimiento, sino una intervención más compleja, que atienda primero la estabilización del muro y, posteriormente, su restauración integral.

Es fundamental actuar pronto, por lo menos apuntalar el muro y la bóveda. De lo contrario, existe el riesgo de que esta pequeña construcción -cuya estructura posiblemente data del siglo XVI- se derrumbe. Conviene recordar que el patrimonio histórico, una vez perdido, es irrecuperable.

Aculco forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO precisamente por valores arquitectónicos como éste. No es congruente presumir ese reconocimiento mientras se descuida el patrimonio que lo sustenta.

sábado, 7 de marzo de 2026

Pregones

En el año de 1766 el rancho de Almoloya, por otro nombre Toxindejé en lengua otomí, dentro de la jurisdicción de Aculco, salió a público remate después de que le fuera embargado a sus dueños, los herederos de su dueño anterior don Gabriel Lorenzo Magos (su viuda Clara Francisca Pérez, su hijo Clemente Joseph y por lo menos otra hija menor), principalmente debido a deudas. Este rancho era una posesión muy antigua, que databa de tiempos del virrey don Luis de Velasco y se hallaba desde su origen en manos de la pequeña nobleza otomí de la región, aquellos que en los viejos documentos aparecen calificados como "principales" o "caciques". La dueña original, en el siglo XVI, fue la india principal doña Ana de Granada.

El rancho de Toxindejé se hallaba "como a distancia de una legua, poco más o menos, de este pueblo de San Gerónimo Aculco", siendo sus linderos "por el oriente con el rancho de La Cieneguilla, perteneciente a la hacienda de Arroyozarco; por el poniente con el rancho de Xan[?], perteneciente a don Juan de Dios Martín y demás consortes, por el norte con el rancho de Fondó, que es de don Alonso Saldívar, y por el sur, con las tierras de la hacienda de Totó, perteneciente a don Juan del Castillo". Lo podemos ubicar así más o menos por la zona que actualmente se llama Barrancas. Tenía pocas tierras abiertas al cultivo, apenas "tres fanegas de maíz", y el resto de eran buenos pastizales, con un río que pasaba por ellas y un ojo de agua. Todo con valor de unos 1450 pesos.

Más allá de la importancia de su venta para la historia de la propiedad en Aculco, el remate público del rancho nos permite saber cómo se llevaban a cabo los pregones en nuestro pueblo en el último tercio del siglo XVIII. Una costumbre que se perdió en algún momeno del siglo XIX, cuando el remate de propiedades comenzó a publicitarse de manera impresa, ya fuera en carteles o en publicaciones oficiales del gobierno. Por eso me gustaría hoy mostrarles precisamente la forma en que se pregonó esta subasta en 1766, tanto en Aculco como en Jilotepec.

Primer pregón. En el Pueblo de San Gerónimo Aculco en veinte y ocho de febrero de mil setecientos sesenta y seis años, estando en la plaza pública a las horas acostumbradas y en algún concurso de gente; a son de clarín y voz de pregonero se sacó a la almoneda el rancho que se versa, diciendo: "si hay quien haga postura a un sitio de estancia para ganado menor y rancho nombrado Almoloya alias Toxindehe, que se haya en términos de este partido, y pertenece a los hijos y herederos de don Gabriel Lorenzo Magos, difunto, indio principal que fue de esta doctrina, de cuyo pedimento y superior mandato del excelentísimo señor virrey de este reino sale de la almoneda para su venta y remate, bajo el aprecio y avalúo que de él está hecho en la cantidad de un mil cuatrocientos y cincuenta pesos, parezca y se le admitirá". Y no pareció persona alguna que hiciera postura.

Y para que conste lo asiento por diligencia, que firmé con los testigos de mi asistencia, siéndolo presentes don Joseph Francisco García, don Joseph Ciriaco Godoy y don Ignacio Sánchez, vecinos de este pueblo = doy fe. Manuel Joseph de los Ríos. De asistencia, Antonio Morales. De asistencia, Joseph de Mendoza.

2o. En primero de marzo de dicho año, en este pueblo de San Gerónimo Aculco se dio otro pregón como el antecedente a el referido rancho, y no pareció postor, fueron testigos a más de los de mi asistencia, don Joseph Francisco García, don Joseph Ciriaco Godoy, don Ignacio Sánchez = M. Ríos de asistencia. Antonio Morales. Bachiller Joseph de Mendoza.

3o. En el referido pueblo en dos días del mes de Marzo, después de celebrado el Santo Sacrificio de la Misa Mayor en la iglesia parroquial, entre mucho concurso de gente por ser día de tianguis, se dio otro pregón a el referido rancho, y no resultó postor. Fueron testigos a más de los de mi asistencia, don Joseph Francisco García, don Joseph Ciriaco Godoy, don Ignacio Sánchez = M. Ríos de asistencia. Antonio Morales. Bachiller Joseph de Mendoza.

Diligencia. El mismo día dos de marzo de dicho año, quedaron fijados en este pueblo de San Gerónimo Aculco, en parte pública, rotulones que contienen el efecto de la almoneda de este rancho, para que ocurran el postor o postores que hubiere, a la cabecera de Xilotepec, donde se proseguirán los pregones, como está mandado en el auto antecedente. Y para que conste lo asiento por diligencia que firmé con los testigos de mi asistencia, siéndolo presentes los mencionados arriba = doy fe = de asistencia M. Ríos de asistencia. Antonio Morales. Bachiller Joseph de Mendoza.

4o. En el pueblo de Xilotepec, en tres de marzo de dicho año, estando en la plaza pública a las horas acostumbradas, a son de clarín, y por voz de Lorenzo de la Cruz, indio que hace oficio de pregonero, se dio otro pregón como el primero, a el rancho que se versa en estas diligencias, y no pareció persona alguna que hiciera postura. Fueron testigos, a mas de los de mi asistencia, don Joseph de Llanos, don Joaquín Legorreta y Clemente Maldonado, vecinos de este pueblo = doy fe. M. Ríos de asistencia Joseph de Mendoza, de asistencia Joseph Valdivieso.

5o. En el Pueblo de Xilotepec, en cuatro días del referido mes y año, se dio otro pregón a el citado Rancho, y no pareció postor. Testigos, a mas de los de mi assistencia, Don Joseph de Llanos, Don Joaquín de Legorreta y Clemente Maldonado.= M. Ríos de asistencia Joseph de Mendoza, de asistencia Joseph Valdivieso.

En parecidos términos continuó el pregón diario hasta el 30 de marzo, cuando finalmente don Ildefonso Saldívar, propietario del vecino rancho de Fondó, presentó postura por Toxindehé por la cantidad del avalúo, en los siguientes términos:

Hago postura a el sitio de Tossindeje, que se ha estado pregonando públicamente, por bienes de don Gabriel Magos, ya difunto, el que se halla apreciado por peritos inteligentes en la cantidad de un mil quatrocientos y cincuenta pesos, en los mismos que hago la postura, o en lo más que otro diere, alegando, como alego, ser poseedor de dicho rancho por arrendamiento corriente, acrredor y colindante, con dinero de contado, el que pondré de manifiesto.

Aunque la autoridad aceptó esta postura, todavía hubo un pregón más al día siguiente para cumplir los treinta días de pregones que ordenaba la ley. Finalmente, el 8 de abril de 1766, don Manuel José de los Ríos, teniente alcalde mayor de la provincia de Xilotepec, llevó a cabo la ceremonia en que se remató la propiedad a Saldívar, que incluía una última solicitud de posturas que mejoraran la suya:

"Si hay quien puje y mejore la portura, parezca y se le admitirá la que hicere afianzando",y en esta conformidad se estuvo repitiendo el pregón, sin que hubiera resultado otro algún postor; y siendo ya cerca de las doce, y repetídose varias veces el pregón, sin haber habido, como no hubo, otro ningún pastor, y estando presentes la parte Clemente Joseph de Magos y el licitador don Ildefonso Saldivar, se le instó por mi dicho teniente a efecto de que adelantase alguna cosa más en su postura, o en algún modo la mejorase, lo que no tuvo efecto, y se ratificó en hacerla en los términos y condiciones que la tiene hecha, a cuyo tiempo dio el reloj para las doce en la iglesia parroquial, y se continuó el pregón diciendo: "un mil quatrocientos y cincuenta pesos dan por el rancho de Almoloya, alias Toxindehe, sito en términos del partido de San Gerónimo Aculco de esta jurisdiccion, y se compone de un sitio para ganado menor, si hay quien puje y mejore la postura, parezca, y se le admitirá la que hiciere, afianzando que se ha de rematar dada la hora: ¡con que apercibo, que apercibo, que apercibo de remate!". Y dada que fue la plegaria, y no habiendo habido quien mejorase la postura, dijo el pregonero: "pues que no ay quien puje, ni mejore la postura de los un mil quatrocientos y cincuenta pesos en que la tiene hecha don Ildefonso Saldívar, ¡que buena, que buena, que buena pro le haga!". Y en estos términos quedó librado el remate del mencionado rancho de Toxindehé, en el susodicho don Ildefonso Saldívar.

Por cierto, las palabras Almoloya, en náhuatl, y Toxindejé, en otomí, son equivalentes: significan "manantial", "donde brota el agua", aunque al parecer la transcripción correcta en otomí debió ser "Poxindejé".

 

FUENTE:

AGN, Tierras, vol. 2183, exp. 1. f. 1. "Ynformación de utilidad sobre la venta de un rancho que solicitan Clara Francisca Pérez y su hijo Clemente Joseph Magos, yndios de la jurisdicción de Xilotepec".

viernes, 27 de febrero de 2026

“Con esta mujer no he tenido una hora de gusto”: las quejas de un marido atribulado en el Aculco del siglo XVIII

Hacia mediados del siglo XVIII, en fecha que no es posible determinar pues la carta a la que me referiré no la tiene, un apesadumbrado hombre llamado Francisco Xavier, vecino del rancho de San Antonio, escribió al cura de Aculco que por entonces lo era don Lorenzo Díaz del Costero una sentida queja sobre el mal comportaminto de su mujer, de la que tampoco tuvo el cuidado de anotar el nombre:

Desde que me casé con esta mujer no he tenido hora de gusto, porque todo es pleitos y maldiciones el rato que estoy en mi casa, pues no contenta con haberme largado solo y trabajando, las ocasiones que la vengo a ver, no le deseo siquiera que en caridad me de una tortilla, antes corriéndome luego.

Pero la cosa era más grave aún que las malas palabras, el no quererlo ver en casa o no darle de comer. La mujer se iba de su casa por las noches para alejarse del marido y sólo regresaba al día siguiente:

En días pasados se me salió. y habiéndose ido como a la [hora de] la oración no vino hasta otro día al salir el sorl, y porque le pregunté de adónde venía me ha hecho muchas maldiciones tratándome de hijo de adultera. Pasados algunos días se salió a las tres y vino a la media noche, preguntándole me dijo que no tenía facultad para celarla después de haberme tratado muy mal, que no tenía miedo a ninguno, ni al señor cura ni al señor teniente [de justicia], que qué le habían de hacer.

Un marido maltratado por su esposa acudía al párroco principalmente para buscar mediación y reconciliación. El matrimonio, como sacramento indisoluble según la doctrina católica, no podía romperse fácilmente: abandonarla habría sido una grave falta moral y también civil. En los pueblos pequeños de la Nueva España, el párroco —como autoridad moral más cercana y accesible— era la instancia natural para exponer el conflicto. Él podía amonestar a la esposa, exigirle arrepentimiento en confesión y promover la restauración de la "paz conyugal". Si los maltratos continuaban o eran graves, el marido podía recurrir al teniente de justicia, quien podía imponer medidas como órdenes de buen comportamiento o, en casos excepcionales, un depósito de la esposa en casa ajena.

Francisco Xavier, que por lo que hemos visto trabajaba fuera, se la había llevado con él en cinco ocasiones, pero en todas regresaba a su casa a los tres o cuatro días y tenía queregresa a buscarla. En la última ocasión, continuaba el marido, había hablado con su padre, y mientras esto sucedía salió la mujer a decirle que se mudara, que no necesitaba de chismes, que era "un meco diablo y muchas malas razones que no pongo por no ser dignas de que usted sepa". Todavía el esposo intentó calmarla: la llevó a un cuartito que estaba detrás de la casa de su padre, y aunque se lo pidió "por todos los santos", ella se empeñó en que "no volvía a hacer más vida" con él. Ya con coraje, él respondió que se la llevaría "aunque fuera a pedazos".

Francisco Javier se quejaba también del desprecio que le hacía su mujer a sus regalos: le había traído chile y unas enaguas "que son ocho varas" y cuatro varas más de manta. "Las naguas y manta me las tiró a la cara en mi casa", se quejaba el hombre, "y dijo no se ponía eso". Estas eran sólo algunas quejas, continuaba, pero tenía "mucho que sentir porque había visto cositas como las que llevo referidas y no soy de preguntar nada porque luego es pleito. El hombre se extrañaba de ese mal trato, decía, porque sólo le había puesto la mano encima en una ocasión "que me iba a matar con un cuchillo ". Finalmente, el atribulado marido le suplicaba al cura que "como padre" que nose quedara eso así, "porque yo no la puedo largar (es decir, dejar)."

Como en tantos otros documentos que he reseñado aquí, no se conoce el desenlace de este asunto. No parece que la mujer estuviera dispuesta a reconciliarse con el esposo, pero no es imposible. En fin, si el pleito no acabó bien, que nos disculpen por haberlos sacado un momento del resposo en que estaban sus asuntos desde hace unos 260 años.

viernes, 20 de febrero de 2026

Las "planas" escolares de José Rafael Argueta (ca. 1790)

A veces por pura casualidad sobreviven pequeños vestigios de la vida cotidiana en el pasado en donde menos cabría esperarlos. Pistas que nos permiten imaginar mejor aquellos tiempos y acercarnos a quienes vivieron entonces de una manera menos rígida, menos formal. Que nos ayudan a entender a los hombres, mujeres y niños de otros tiempos pues por un momento nos hacen sentir que en ciertos aspectos la vida no ha cambiado mucho, aunque en otros se haya transformado completamente.

Este es el caso de los papeles que les voy a mostrar hoy. Se trata de unas planas que, seguramente como trabajo escolar, tuvo que hacer un niño que vivió en Aculco hacia la década de 1790, llamado José Rafael Argueta. Su trabajo no se perdió pues alguien decidió usar algunas hojas para reforzar las guardas de uno de los libros sacramentales de la parroquia de Aculco, y ahí se han conservado durante más de 230 años.

Son en realidad doce distintos fragmentos de esta tarea los que se conservan. En la guarda delantera, el fragmento mayor es un ejercicio de copiado en el que se repite catorce veces la frase "Señr. Dn. Juan Antonio de San Salbador Colima Mui". Bajo estas líneas están escritos los números desde el 1 hasta más allá del 23. Más abajo, el escolar firmó su trabajo: "[De] la Mano y Puño de Jose Rafael Azqueta. Encima de esta hoja se colocaron otros fragmentos para ayudar a sujetar la guarda. En dos de ellos no es visible la escritura, seguramente porque se pusieron al reverso. En los otros dos hay ejercicios de escritura, en uno de ellos se puede leer "[Se]ñor mio y Amigo", repetido fragmentariamente cuatro veces, y en el otro "presensia con" también en fragmentos desiguales repetidos cuatro veces.

En la guarda trasera, el fragmento principal está muy oscurecido, pero es posible leer la frase "Señor Don Jose Paulino Alcantara" unas quince veces, aunque posiblemente las líneas inferiores digan otra cosa. De igual manera aparece una numeración más abajo, que esta vez se limita a los números 13 al 17 y quizá más allá. Los otros seis fragmentos corresponden a tres hojas distintas, cortadas y pegadas por separado. En una de ellas se lee "Señor Dn Manuel Perfecto de chaves" cuatro veces en el pedazo más grande y una vez en otro más pequeño. En otra de las hojas el texto es "Señor Don Lázaro A[...]" (tal vez también "Argueta"). En el pedazo mayor hay cuatro líneas y en otro menor cinco y en el más pequeño dos. La tercera hoja es la más enigmática: sólo se ve parte de una palabra, "quier", escrita cinco veces.

Parece bastante claro que la tarea del niño consistía en copiar una y otra vez las líneas provenientes de una correspondencia epistolar, quizá la de su maestro. También es fácil advertir que la tarea se hizo en el contexto aculqueño, porque a pesar de que el tal don Juan Antpnio de San Salvador era de Colima, don Manuel Perfecto Chávez Navas era un vecino de Aculco muy bien conocido por nostros. Lo mismo sucede con don José Paulino Alcántara, quien tiene presencia en la documentación del pueblo a finales del siglo XVIII (por ejemplo, como albacea del cura José Moreno). De quien nada sabemos es, sin embargo, del propio niño o joven José Rafael Argueta. Tampoco, por supuesto, de su maestro, ni si éste era un educador particular o asistía a la escuela parroquial que existió en Aculco en distintos momentos.

Las planas de José Rafael, tan parecidas a las que los niños en edad escolar siguen haciendo al aprender a escribir o incluso como castigo, seguramente pasaron al olvido tras la revisión del maestro y éste decidió usarlas para algo más útil, reforzar un libro, quedando así protegidas del tiempo. Esto debió suceder muy pronto, ya que las planas son contemporáneas del libro al que fueron adheridas. Hoy las leemos de nuevo, ya no como ejercicio escolar, sino como vestigio: con curiosidad y bajo una luz distinta.

 

NOTAS

Estos papeles se encuentran en el libro de Información matrimonial 1796-1797 de la parroquia de San Jerónimo Aculco. Usé los materiales digitalizados disponibles en www.familysearch.org

sábado, 17 de enero de 2026

La biblioteca del convento franciscano de Aculco

La existencia de bibliotecas en los conventos novohispanos —o librerías, como también se les llamaba— era indispensable no sólo para la celebración de los actos rituales (para los que se requerían misales, evangeliarios o libros de oraciones), sino también para la formación intelectual de los frailes (guardando obras de teología, filosofía, sermonarios, entre otras). En las instrucciones dirigidas a los conventos franciscanos del centro de México en 1567, contenidas en los Avisos tocantes a la Provincia del Santo Evangelio, se recomendaba que todos los conventos contaran con libros suficientes y adecuados a sus tareas, de modo que los religiosos puedan seguir el camino del estudio sin verse obligados a trasladar los volúmenes de un convento a otro. Asimismo, se ordenaba reforzar la pena de excomunión para quien sacara libros de la biblioteca sin licencia del Provincial.

Esos Avisos enlistaban además los libros que debían integrar la biblioteca básica de cada convento, con cerca de medio centenar de títulos: la Biblia y sus comentarios, las obras de los padres de la Iglesia (como san Gregorio, san Bernardo y san Agustín), textos de derecho canónico y del Concilio de Trento, tratados de teología escolástica, libros de predicación, diccionarios eclesiásticos y latinos, las reglas y manuales de la Orden, así como algunas obras devocionales e históricas.

El convento de Aculco debió contar con su propia biblioteca desde el siglo XVI. Fue seguramente la primera colección importante de libros en este pueblo y su jurisdicción, aunque en el siglo XVIII la biblioteca de la hacienda de Arroyozarco, de la que ya les he contado antes aquí, era quizá más interesante y variada, pues contaba con obras profanas que difícilmente se habrían hallado en la del convento aculquense.

De aquella biblioteca conventual de Aculco tenemos noticias ciertas de mediados del siglo XVII, cuando las autoridades de la provincia franciscana del Santo Evangelio de México ordenaron a los conventos un inventario de libros y alhajas. De las 98 casas de la provincia, respondieron entre los años de 1663 y 1664, 64 casas, entre ellas el convento de Aculco. Por ese inventario sabemos que contaba con sólo 28 volúmenes, una cantidad muy pequeña. Comparativamente, los conventos de San Mateo Huichapan y San Pedro y San Pablo de Jilotepec, los más importantes de la región, tenían 200 y 125 volúmenes respectivamente. De hecho, entre los 64 conventos franciscanos de la Provincia del Santo Evangelio de México, el de Aculco era el penúltimo en cantidad de libros, sólo era más pobre en ese aspecto el de Santa María de Texcalac en Tlaxcala, con 24 volúmenes.

A pesar de ello, a lo largo del siguiente siglo la biblioteca se fue enriqueciendo. Cuando sobrevino la secularización en 1759, con la que los franciscanos entregaron la administración de la parroquia al arzobispado de México, los libros de Aculco se remitieron a la aduana de la capital, de donde pasaron a manos del Provincial en el Convento Grande de San Francisco de México. Allí quedaron bajo el cuidado de fray Francisco Antonio de la Rosa Figueroa, quien anotó que esa colección estaba formada por "no pocos libros". Allí debieron permanecer los volúmenes por un siglo más (seguramente con las naturales pérdidas y deterioros), hasta que durante la Reforma la gran biblioteca fue expoliada y sus 16,417 volúmenes se llevaron a la Biblioteca Nacional de México, en cuyo acervo se conserva una gran parte.

Al parecer el convento de Aculco no tenía su propio ex libris o marca de fuego para identificar sus libros, lo que dificulta saber si se conservan algunos en la Biblioteca Nacional. Pero uno de ellos, por fortuna, tiene una anotación manuscrita que indica claramente su procedencia: "Del convento hieronimo aculco fr". Junto con ella, otras marcas señalan el camino que siguió hasta llegar a nosotros: las marcas de fuego de los conventos de San Cosme y Grande de San Francisco de México y el ex libris en estampa que confirma este último o(Ex Bibliotheca Magni Mexicani Conbventus S.P.N.S. Francisci). Se trata de un ejemplar del Libro de la regla y constituciones generales de la Orden de Nuestro Padre Sant Francisco de la obseruancia, impreso por Clemente Hidalgo en Sevilla en 1607. Esta fecha tan temprana podría significar que el libro estuvo en el convento de Aculco desde sus primeros tiempos.

Una obra que no sabemos si llegó a estar en la biblioteca conventual de Aculco, pero que lleva el nombre del pueblo en su portada, es un volumen impreso en México en 1724 por los herederos de la Viuda de Francisco Rodríguez Lupercio, con un larguísimo título del que sólo copio aquí una parte: Sermón moral en la Capilla Real de Palacio Al Excellentísimo Señor D. Juan Antonio Vázquez de Acuña, Marqués de Casa Fuerte. El sermón recogido en este libro se predicó en el "estreno" del gobierno del virrey, el segundo viernes de Cuaresma, 19 de febrero de 1723, por el padre fray Antonio Diaz del Castillo, quien era en aquel momento predicador mayor en el Convento Grande de San Francisco de México, y al imprimirse ocupaba el cargo de guardián del convento de San Gerónimo Aculco. Más aún: en sus páginas preliminares está una dedicatoria adornada con el escudo de la orden franciscana que aparece fechada el 20 de febrero de 1724 en Aculco.

Desafortunadamente esta obra es muy difícil de hallar pues se conservan poquísimos ejemplares, y yo no he podido verla, ni siquiera en formato digital. Pero espero tener algún día una imagen que pueda mostarles aquí. Existe un ejemplar en el ex convento de Nuestra Señora de Guadalupe, Museo Regional de Zacatecas, y otros en bibliotecas de los Estados Unidos de América.

 

FUENTES:

Ignacio Osorio Romero, Historia de las bibliotecas novohispanas, México, SEP-Dirección General de Bibliotecas, 1986, p. 104 y 140.

Rocío Cázares Aguilar y Francisco Mejía Sánchez, “La Biblioteca Franciscana del Portal de Peregrinos del Convento de San Gabriel Cholula”, en Marina Garone Gravier (ed. lit.), Miradas a la cultura del libro en Puebla:bibliotecas, tipógrafos, grabadores, libreros y ediciones en la época colonial, 2012, p. 43-69

sábado, 10 de enero de 2026

Algunos cántabros en la historia de Aculco

Un hecho particular en la historia de Aculco es la presencia notable, desde la época colonial y hasta el siglo XIX, de españoles originarios de lo que hoy es la Comunidad Autónoma de Cantabria -desprendida en 1978 de la antigua región de Castilla la Vieja-, territorio que entonces era conocido comúnmente como “la Montaña de Santander”. Esta presencia no obedeció en su mayor parte, por cierto, a una migración “encadenada”, es decir, impulsada por migrantes ya establecidos que facilitaran la llegada de sus paisanos, sino que se trató de casos aislados, sin conexión entre sí, y que muy probablemente ni siquiera estaban al tanto de que otros “montañeses”, como ellos, habían tenido antes un papel significativo en estos lugares.

El primer cántabro del que tengo noticia fue fray Juan de Mazorra, guardián en 1595 del entonces recién fundado convento de Aculco. Era natural del Valle de Carriedo, Cantabria, y -escribe el cronista Vetancurt- "fue de vida austera y penitente, tanto amaba la santa pobreza, que no tenia en la celda mas que el breviario, una Biblia y una cruz de palo en la cabecera; su lecho era el duro suelo [...] Fue guardián del convento de Jilotepec varias veces, donde le vieron los religiosos no pocas veces en el aire levantado con éxtasis en la oración, en que hace Dios a sus santos más crecidos favores". Si quieres saber algo más sobre él puedes leer este texto sobre los primeros franciscanos en Aculco.

Originario de Muriedas, Real Valle de Camargo, Cantabria, donde nació en 1663), don José de la Puente y Peña, marqués de Villapuente, tuvo un papel importante pero no una presencia personal en estas tierras. Fue él quien donó al Fondo Piadoso de las Californias, administrador por la Compañía de Jesús, los recursos para adquirir la hacienda de Arroyozarco hacia 1715. Aunque no se ha confirmado si alguna vez pisó esta hacienda, sí se sabe que su retrato adornaba la sala de la casa vieja, como homenaje de los jesuitas a su benefactor.

Don Lorenzo Díaz del Costero fue el primer párroco secular de Aculco en 1761, después de que los franciscanos dejaran el convento. No he podido averiguar su lugar de nacimiento, pero su apellido (que en realidad era "Díaz del Cotero", sin "s", y que se transformó en la Nueva España), se contaba entre los más característicos del pueblo de San Vicente de la Barquera, un poblado costero situado en la ría de san Vicente, a 58 kilómetros de Santander, capital de la comunidad autónoma. Sospecho que don Lorenzo era ya novohispano de segunda o tercera generación, pues desde principios del siglo XVIII aparece en este reino la variante "Costero".

Nacido —él sí, con toda certeza— en la misma población de San Vicente de la Barquera, fue Victorino Alonso de Bulnes (quien firmaba en ocasiones como Victorino de Bulnes), teniente de Justicia de Aculco en 1820 y último alcalde del pueblo en tiempos del Virreinato, en 1821. Con cierta ironía histórica, su condición de español peninsular lo alcanzó pocos años después: el decreto del 1 de octubre de 1827, mediante el cual la legislatura del Estado de México ordenó la expulsión de los españoles.

En Aculco, Bulnes era entonces el único español. Aunque al parecer la expulsión no llegó a ejecutarse, fue registrado como sujeto a ella, y gracias a ese trámite sabemos que era natural de San Vicente de la Barquera, en las montañas de Santander; que tenía 37 años de edad y que llevaba doce avecindado en el pueblo. Estaba casado con una mujer nacida en América, circunstancia que acaso contribuyó a evitar su salida, pues para el 1 de abril de 1828 permanecía aún en Aculco.

Descendientes de cántabros fueron José Antonio y Juan Ángel de Revilla, mineros de la región de Pachuca que adquirieron la hacienda de Arroyozarco en 1810. Ellos eran hijos del escribano Juan Francisco de Revilla, de quien no he podido ubicar los documentos que prueben su origen, pero sí hallé algunos referentes a su hermano Pablo Antonio de Revilla y Londoño, "natural del pueblo de Soto la Marina de esta provincia [de Santander]", quien vino a la Nueva España, se casó aquí con una dama de Pénjamo y él o sólo sus descendientes regresaron a su España, donde vivían en 1830. Y también de su hermano José de Revilla Londoño, quien era cura de San Salvador de Vivero en el propio pueblo de Soto de la Marina, jurisdicción del Valle de Camargo, Santander. De esta familia procedía don Domingo Revilla, quien escribió aquella preciosa crónica de un coleadero en Arroyozarco a mediados del siglo XIX y otra sobre cacerías de lobos en la misma hacienda.

Sin pena ni gloria -pues desconocemos todo de él salvo su nombre y ocupación- hallamos en 1848 a un cántabro más, Pablo Ocádiz, originario de Santander (¿provincia, obispado o ciudad?), comerciante, que residía en Arroyozarco

Hace pocas semanas les platique en este blog acerca del hallazgo de algunos documentos sobre el nacimiento y juventud del asimismo cántabro Lindoro Cajigas, primero administrador de la hacienda de Arroyozarco y luego guerrillero conservador. Ahora solamente les transcribo lo que escribí entonces: Lindoro Lucas de las Cajigas Riva nació el 18 de octubre de 1830 en el lugar de Septién o Setién, en el municipio de Marina de Cudeyo, comarca de Trasmiera Cantabria, España. Una zona de hermosos valles junto a la costa del mar Cantábrico. El cura don Benito Antonio de Caricedo lo bautizó al día siguiente en la parroquia de san Vicente Mártir del mismo lugar. Según su registro de bautismo era "hijo legítimo de Juan de las Cagigas y de Juana de la Riva, residentes en el referido Septién y naturales lo es el dicho Juan del lugar de Agüero y la dicha Juana del referido Septién, nieto por línea paterna de Juan de las Cagigas difunto natural que fue de dicho Agüero y de María Corino natural de Flechas, y vecinos ambos de Agüero, y por la materna de D. Fernando de la Riva, y Doña Francisca de la Portilla, vecinos y naturales de este misma Septién". Aunque sólo por la línea materna sus antepasados llevaban el "don", sus padrinos de bautismo pertenecían a la nobleza de la región: "la Sra. Condesa de Ysla, Doña María Juana de Ceballos y D. José de Belarde, habitantes en el Lugar de Muriedas y al presente en casa de dicha condesa en este Lugar mismo de Septién".

Lindoro, por cierto, sí formaba parte de una migración "encadenada" pues antes que él llegó a México su hermano Adolfo y después llegaría un hermano más, Maximino. Sin embargo, estos dos no tuvieron ninguna relación directa con Aculco, aún cuando Adolfo se casó con María Francisca, hermana de los propietarios de Arroyozarco en aquel entonces, los hermanos José Joaquín y Manuel de Rozas Irazábal.

Pero como tan frecuentemente ocurre en la historia, a veces hay casualidades que no lo parecen, los Rozas dueños de Arroyozarco descendían también de cántabros. De hecho, el apellido Rozas (así, con "z"), es un apellido toponímico, que se refiere a Las Rozas, una pequeña localidad situada al sur de la Sierra de Hornijo, en el Valle de Soba. En realidad se trataba de un apellido compuesto, "Gutiérrez de Rozas", que todavía usó así don Manuel Antonio, padre de los hermanos Manuel y José Joaquín. Don Manuel Antonio era "natural del lugar de san Pedro, en el Valle de Soba, obispado de Santander, y vecino de Cuernavaca, hijo legítimo de don Antonio Gutiérrez de Rozas y de doña María Pérez Martínez de Soto", y se contrajo matrimonio en Zimapán con la cuernavacense doña Petra de Yrazábal y González en 1802.

Y si Arroyozarco tuvo a sus cántabros, la hacienda de Ñadó no se quedó atrás:el 8 de junio de 1870, el comerciante don Galo del Mazo y Conde, nacido hacia 1844 en La Encina, Santa María de Cayón, provincia de santander, hijo de José del Mazo y de Gerónima Conde, contrajo matrimonio con doña Mercedes Villasante Pliego, propietaria entonces de una fracción de la hacienda de Ñadó. Galo arraigó en la región y se convirtió en el patriarca de la extensa familia Del Mazo, que dispersa por Acambay y Atlacomulco ha dado al Estado de México numerosos políticos, cuatro gobernadores y un presidente de la República (Enrique Peña Nieto).

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Es fácil percatarse de que casi todos estos españoles cántabros procedían de poblaciones pequeñas, algunas incluso pequeñísimas, y tal vez ninguno de la capital de la provincia ni de las ciudades o villas más importantes. Todo indica -en general- un origen social modesto, propio de zonas rurales donde la tierra era escasa y las oportunidades limitadas, y desde donde la emigración funcionaba como una estrategia de sobrevivencia y ascenso.

La Nueva España y luego México, ofrecían a hombres como ellos un horizonte distinto: el de quienes, mediante el trabajo , los vínculos locales y los matrimonios estratégicos, podían construir una fortuna mediana o incluso considerable. Varios de ellos seguramente llegaron sin capital ni respaldo, pero con oficios, experiencia administrativa o simple disposición al arraigo, cualidades que en pueblos como Aculco resultaban valiosas.

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Seguramente los mencionados aquí no fueron los únicos cántabros en la historia de Aculco. Hay indicios de otros. Pero creo que los que incluí aquí son suficientemente representativos de las distintas épocas y de los variados oficios que tuvieron en estas tierras: un fraile, un cura, un funcionario, un guerrillero, comerciantes, propietarios.