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viernes, 25 de septiembre de 2026

La Muralla: una olvidada casa de Aculco

La avenida de los Insurgentes marcaba antiguamente el límite de Aculco por el poniente. A pesar de su carácter periférico, esta larga y recta vía conserva todavía varias construcciones de interés, especialmente en el tramo comprendido entre la avenida Hidalgo y la calle de Aldama. De dos de ellas me he ocupado ya en este blog: la casa que perteneció a don Guadalupe Reyes y la curiosa bóveda que acaso fue un antiguo oratorio familiar otomí. Hoy les platicaré de otra casa que se levanta en esta avenida y que lleva el misterio hasta en el nombre: la Muralla.

La Muralla se encuentra en el número 5 de la avenida de los Insurgentes. Actualmente está dividida en dos predios, pero originalmente formaba un rectángulo de unos 30 metros de frente por poco más de 40 de fondo. Toda la casa se desarrollaba en un solo nivel, aunque en algunas áreas contaba, bajo los tejados, con trojes que formaban una suerte de entrepiso y que tenían pequeñas ventanas rectangulares (quizá sería mejor llamares ventilas, de unos 40x20 cm) que daban hacia los patios. Quizá las habitaciones bajo estas trojes llegaron a tener un entrepiso de viguería y terrado de buena calidad constructiva, pero lo cierto es que las cubiertas de teja que llegaron a nuestros días parecen ser en general de poca calidad, con vigas delgadas, muy separadas entre sí. Quizá esto se deba a una remodelación más bien tardía.

Al exterior, la antigüedad del inmueble se advierte de inmediato en sus desgastados muros de piedra encalada. La fachada que mira a la calle presenta una particularidad: su mitad derecha sobresale unos 80 centímetros respecto de la alineación de la parte izquierda. Ambas partes quedan unificadas, sin embargo, por la misma calidad constructiva, la misma altura y el talud de cerca de un metro de altura que refuerza los muros en casi toda su extensión.

Sólo dos de los muchos vanos de esta fachada conservan sus dimensiones originales, altas y estrechas, con enmarcamientos de la misma piedra, unos a ras del muro y otros ligeramente resaltados. Se advierten también las huellas de otros vanos que fueron tapiados. A pesar de estas modificaciones, la casa conserva un marcado carácter y contribuye sin duda a enriquecer el ambiente urbano de Aculco.

La cantidad de trojes altos y bajos, corrales empedrados y caballerizas con que contó este edificio permite suponer, sin mucha duda, que en su origen fue un mesón, más dedicado, por supuesto, a la comodidad de las cabalgaduras que a la de los arrieros. La tradición oral apoya también esta idea. Aunque no tiene elementos decorativos que permitan fechar muy fácilmente su construcción, su método constructivo parece remontarse al siglo XVIII. Prueba de su antigüedad son los muchos remiendos que presentan sus muros, algunos tan viejos que su sola presencia parece envejecer aún más el edificio original.

Según la tradición, el edificio sirvió como cuartel en algún momento del siglo XIX. No me ha sido posible comprobar esta información ni precisar cuándo ocurrió: se habla lo mismo de los años de la Guerra de Independencia que de los tiempos de la Intervención francesa. Lo único que parece más seguro es que fue durante esta etapa militar cuando recibió el nombre de La Muralla, que en ciertos documentos aparece también con el todavía más poderoso apelativo de "La Fortaleza". Posiblemente, antes de las reformas que abrieron más vanos en su fachada, y cuando sus muros ciegos de la parte trasera formaban la última línea de construcciones de Aculco hacia el oeste, el edificio respondía un tanto a esos nombres.

En algún momento entre finales del siglo XIX y principios del XX, aquella "fortaleza" se convirtió en propiedad del Pbro. José Canal, cura de Aculco y filántropo en vida, que a su muerte en 1906 dejó además sus bienes para el socorro de pobres y desprotegidos. Precisamente en esta casa se pretendió establecer una especie de asilo para viudas pobres, con viviendas separadas, y quizá de entonces data cierto acomodo anárquico de algunas habitaciones. De estos años proviene el nombre de "La Beneficencia" con el que también se conoció al edificio.

El legado del padre Canal no pudo, desafortunadamente, conservarse. La verdad es que no era fácil hacerlo en los años de la Revolución y los bienes fueron mermando hasta desaparecer. En el Archivo Histórico del Estado de México existen las cuentas de esta fundación entre los años de 1914 y 1917, cuando estuvo a cargo de don Macario Sánchez y Ruiz, como patrono (1). Quizá su revisión ayude a saber qué fue lo que pasó, cómo decayó y de qué manera se liquidaron sus bienes. El caso es que la casa del padre Canal, una casa vecina a la Casa del Puente, su rancho nombrado Casellas y la misma casa de la Beneficiencia de la que hemos estado hablando terminaron por ser vendidos a particulares.

Desconozco en qué momento La Muralla se fraccionó en dos partes: la principal, hacia el oriente, y la parte de los corrales y huerta hacia el poniente, a la que sólo se puede acceder por un estrecho pasillo común que corre al sur. La primera fracción pasó a manos de don Urbano Correa Ruiz, administrador de la hacienda de Cofradía, quien la habitaba hacia 1930. Luego la adquirió -a finales de la década de 1970- don Alfredo Andrade, quien la remodeló en gran parte y en cuya descendencia se conserva. La segunda fracción fue propiedad en la década de 1960 de don Agustín Osornio Padilla y hoy pertenece al señor Enrique Alcántara y esposa.

Gracias a las fotografías que generosamente me compartió Oziel Martínez Andrade, podemos hacer un recorrido gráfico por los distintos espacios de este inmueble, algunos de ellos conservados y en pleno uso, y otros más en camino de convertirse en ruinas:

Patio sureste (marcado en rojo en el plano)

Trojes y cuartos del patio suroeste (en azul en el plano)

Patio suroeste o segundo patio (en azul en el plano)

Corral norte (verde en el plano)

viernes, 11 de septiembre de 2026

La devoción al Señor del Santo Entierro de Aculco (1743)

En el interior de la parroquia de Aculco, el primer retablo que se encuentra del lado de la epístola (derecho) llama un poco la atención al visitante medianamente conocedor, pues difiere de los demás que existen en la nave. No tanto porque tenga un solo cuerpo, en lo que coincide con el retablo frontero, sino porque es el único que adopta, con cierta libertad, el orden dórico romano y despliega cuatro columnas en su frente. Resulta así más ancho que sus vecinos. Sus columnas, además, lucen un tanto achaparradas, pues no arrancan directamente del banco como el resto, sino que se apoyan sobre un cuerpo prismático alargado que alberga un nicho donde yace la imagen del Señor del Santo Entierro. En lo alto, tiene un entablamento con dentículos y un friso adornado con motivos vegetales dorados; sobre la cornisa se levantan vasos ornamentales en los extremos. En la parte inferior, dos grandes ménsulas sostienen la mesa del altar, actualmente recortada, y entre ellas aparece el monograma de Jesucristo, JHS.

Por su configuración, es evidente que este sobrio retablo fue fabricado expresamente para albergar esta imagen. En la parte superior, entre las columnas, una vitrina guarda la del Sagrado Corazón de Jesús, escultura que, según la tradición local, costeó ni más ni menos que el bandolero conservador Lindoro Cagigas. Parece que éste ha sido también desde antiguo su lugar. Por lo menos, así consta desde 1918, hace 108 años, cuando los inventarios que conozco ya la ubican ahí. Desde entonces, el altar ha perdido solamente dos elementos: un crucifijo, del que no sabemos dónde estaría colocado, y la corona de plata de la propia imagen del Señor del Santo Entierro.

El Cristo del Santo Entierro es una imagen procesional articulada, calculo que del siglo XVIII, que servía especialmente para los oficios de Semana Santa. Mientras que el Señor de Ramos -que representa a Cristo vivo y se guardaba en el Santuario de Nenthé- era quien protagonizaba el prendimiento y el viacrucis, la imagen del Santo Entierro se colocaba en aquella gran cruz verde de brazos ondulantes, que no he vuelto a ver desde que era niño, para representar la Crucifixión. De ahí se le bajaba la tarde del Viernes Santo para colocarlo en su preciosa urna portátil de madera dorada, de la que ya les hablé antes en este texto, y salir en la procesión del Santo Entierro. Después volvía a su nicho en el altar del Sagrado Corazón hasta el año siguiente.

En algún momento, quizá por influencia externa, se volvió popular la representación de la Semana Santa con personas y las antiguas esculturas procesionales fueron perdiendo importancia. Calculo que el Cristo del Santo Entierro no ha vuelto a ser "crucificado" desde hace unos cuarenta años.

Parece ser que el Señor del Santo Entierro del templo de Aculco gozó en el pasado de gran devoción. En su nombre, alguno de sus devotos instituyó, todavía en tiempos del Virreinato, una obra pía con cierta cantidad de "bueyes, vacas y cabras". Con los frutos que produjera aquel ganado debían celebrarse en el convento "distintas misas por honras del Santo Entierro de Cristo, Señor Nuestro y que se convirtiesen los demás frutos en culto de esta santísima imagen".

Sabemos de esta obra pía gracias a que, en 1743, la Provincia Franciscana del Santo Evangelio de México reclamó al indio Gaspar Asensio, encargado del manejo y administración de sus bienes, que no hubiera rendido cuentas de ellos ni de su crecimiento y se limitara a entregar la limosna para las misas. El documento es medianamente interesante, por lo que lo transcribo aquí, esperando no aburrir a mis lectores:

México, julio 9 de de 1743 años.
Líbrese despacho sometido al juez eclesiástico de San Gerónimo Aculco para que haga comparecer a Gaspar Asensio y le notifique que dentro de seis días ponga de manifesto todos los bienes que están de su cargo pertenecientes a la obra pía que se refiere, dando cuenta de lo que ha entrado en su poder y su distribución y en caso de resultar alcance contra el susodicho, con auxilio de la Real Justicia le ponga preso y haga todas las diligencias convenientes al seguro de dichos bienes. Así lo proveyó el señor D. Francisco Xavier Gómez de Cervantes, juez provisor y vicario general de este Arzobispado. Y lo rubrico.=

Pablo Antonio de Sotomayor, vecino y del comercio de esta ciudad, apoderado del síndico general de la Provincia de el Santo Evangelio por lo tocante a el convento de San Gerónimo Aculco, como mejor proceda por derecho y con las protestas necesarias y competentes dijo = Que a cargo de un indio nombrado Gaspar Asensio en aquella jurisdicción se hallan distintos bienes de bueyes, vacas y cabras destinados para la obra pía de que se celebren por el convento distintas misas en honra del Santo Entierro de Cristo, Señor Nuestro y que se convirtiesen los demás frutos en culto de esta Santísima Imagen.-

Dilatado tiempo ha estado dicho Gaspar Asensio corriendo con la administración y manejo de estos bienes sin que hasta ahora haya dado cuentas algunas de sus productos sino sólo contribuyendo con la limosna de las misas que le ha parecido. Pero no se sabe qué productos, digo, aumentos haya, cuando según la naturaleza de los bienes debe haberlos por ser por sí fructíferos y augible; Y es m con cuyo en derecho que en razón de administración se debe compeler a el ecónomo a que dé en forma cuentas de lo que ha sido a su cargo, y las mismas disposiciones legales enseñan que cuando es sospechosa la persona de el administrador se prenda y asegure, y es innegable que por sí es dicho Gaspar Asensio persona sospechosísima.-

Pero en la presente es inngeable que se ha hecho mas sospechoso dicho Gaspar Asencio, porque llevado de su cavilosísimo genio se ha inherido en pleitos conmoviendo a varios indios del pueblo de la Concepción para empresas muy arduas y costosas como es el litigio que hoy tienen sobre punto de aranceles maltratando y vejando a los que no le han querido seguir, y es verosímil y muy natural que para el fomento de sus cabilaciones heche mano de los bienes de esta obra pía y que quede extenuada, y aún destruida.

No puede ofrecerse duda alguna en la acción que le asiste a el convento mi parte no sólo para exigir los frutos pretéritos y corrientes, y para pedir las cuentas para que lo producido se convierta en su destino piadoso, sino para solicite el seguro e indemnidad del principal para lo futuro, para que no solo no decaezca, sino que antes se aumente dicho principal, en cuya atención se ha de servir V. S.justicia mediante de mandar se me libre despacho cometido a cualquier eclesiástico que sea requerido para que haga que dicho Gaspar Asensio dé las referidas cuentas, exhiba los productos y frutos de dichos bienes, y los que existieren se secuestren y depositen a satisfacción de mi parte. Para todo por la ninguna seguridad que [...] la persona el dicho indio se asegure en la prisión primero y ante todas cosas y se impongan graves penas para su cumplimiento por lo qual a V. S. suplico así lo mande pido justicia juro [...]. Pablo Antonio de Sotomayor.

Por cierto, este documento permite entrever que hay un trasfondo adicional en la mala administración de la obra pía del Santo Entierro: la actitud un tanto revoltosa de Gaspar Asensio, quien, como se ve aquí, animaba a los habitantes del pueblo de La Concepción a mantener un pleito por el pago de los aranceles -los pagos que los pueblos de indios hacían al convento o doctrina por la atención religiosa-, que seguramente sostenían con los frailes del convento de Aculco.

FUENTE:

El documento es consultable en: https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:939Z-RR96-9S?view=fullText&keywords=Aculco%2CEvangelio&searchForm=advanced&lang=es&groupId=M9ZY-DXB

viernes, 4 de septiembre de 2026

San Francisco Acazuchitlaltongo: el pueblito polotitleco que quería seguir siendo aculquense

En la historia colonial de Aculco, San Francisco Acazuchitlaltongo es posiblemente uno de los pueblos menos mencionados entre los que estuvieron bajo su jurisdicción. Hoy pertenece al vecino municipio de Polotitlán y, debido a ello, a su lejanía y a su escasa relevancia demográfica, recibe muy poca atención desde Aculco. Sin embargo, tiene una particularidad que debería hacerlo importante para nosotros: de todos los pueblos que en algún momento fueron separados de Aculco para incorporarlos a municipios vecinos, San Francisco Acazuchitlaltongo fue el único que exigió regresar a su antigua jurisdicción, aunque no lo consiguió.

Acazuchitlaltongo es una palabra que procede del náhuatl. Sus raíces son acazochitl, "flor de caña", una planta aromática; tlalli, tierra; el sufijo -ton, que se aplica como diminutivo, "pequeño"; y -co, sufijo locativo que significa "en". Como también existe el topónimo Acazuchitlán sin esos sufijos, su etimología podría decir: "en el pequeño Acazuchitlán" o bien, desanudando todo su contenido, "en la tierrita de la flor de caña".

San Francisco Acazuchitlaltongo aparece por primera vez en 1551 con la grafía Acaxochitlatonco (más cercana a su nombre en correcto náhuatl), en un documento que los naturales de la provincia de Jilotepec enviaron al rey de España para quejarse por los daños que los dueños de ganados les estaban causando en sus sembradíos, casas y personas. Dicho documento señala que Acaxochitlatonco, junto con los pueblos de Tutelpeque y Acaualcinco, "están destruidos por los ganados del tesorero y del Secretario Antonio de Turcios, y han huido más de ochocientos macehuales y dejado sus casas y heredades" (0). Años más tarde se le vuelve a mencionar en una merced de tierras de 1591 concedida a don Vicente de los Ángeles, indio principal del pueblo de Jilotepec, como uno de los colindantes con las tierras otorgadas en esa cesión (1). En enero de 1609, otra serie de documentos informa que sus habitantes conservaban sin embargo memoria de una merced concedida al pueblo en 1554:

Gabriel Jiménez, Lucas de San Francisco, Nicolás de San Diego, Pablo Bernardino, Felipe Nicolás, Julián de San Francisco, y demás común y tributarios del pueblo de San Francisco Acaxuchitlantongo sujeto a la cabecera del dicho Jilotepec, de la doctrina de San Gerónimo Aculco [com]parecemos ante Vm. y decimos que por nuestros antecesores sabemos que el Exmo. Señor Virrey segundo de esta Nueva España, que lo fue D. Luis de Velasco, por los años de mil quinientos cincuenta y cuatro hizo merced al pueblo de un sitio de estancia para ganado menor en la parte que llaman Acaxuchitlantongo, cuyo pago está en la mediana de dos cerros grandes, y dos lomas tendidas [...](2)

Para explicar la ubicación de esta merced presentaron un "mapa" nuevo, que según certificó el escribano estaba trazado de esta manera: "se ve que el pueblo de San Francisco Acacuchitlantongo se halla en mediania de unos cerros y lomas tendidas se ven contiguos tres cerrillos, pequeños, un ojo de agua que manifiesta por el lado del poniente junto al camino, que viene de San Juan del Río para Jilotepec: esto es lo que contiene y no otra cosa". Aunque los documentos originales que respaldaban esa merced se les habían perdido y no pudieron hallarlos tampoco en el archivo del virreinato, por lo que tuvo que realizarse un procedimiento legal que incluyó la presentación de testigos para ser interrogados y un recorrido o "vista de ojos" por las tierras reclamadas con el fin de verificar su superficie y darles un nuevo sustento legal. Este recorrido y medición aporta algunos datos interesantes sobre el pueblo:

Para el efecto mande traer cordel de pita bien encerado y con una vara castellana de cuatro cuarta sellada mandé medir el cordel de cincuenta varas y tomando por centro a la iglesia vieja del pueblo, se hizo una medida cruzando en los cimientos de dicha iglesia vieja, y se halló tener de norte a sur, cincuenta cordeles cuarenta varas Castellanas, que hacen dos mil quinientos cuarenta varas castellanas. Se halló tener de oriente a poniente sesenta y seis cordeles diez y siete varas que contienen tres mil trescientos diez y siete varas Castellanas, con lo que queda concluído, y concluyo la la medida de centro cruzado, por no tener a la vista documento antiguo que nos señale el verdadero centro. Comenzamos a medir con el mismo cordel de cincuenta Varas, para saber la suma, que hay alrededor del sitio que poseen. Se empezó la medida por el rumbo de oriente tendiendo el cordel de sur a norte donde hace una esquina se midieron cuarenta y ocho cordeles treinta Varas que hacen la suma de dos mil novecientas y treinta varas. Pasando esta medida por un llanetillo y piedras sueltas, encinales, bajando por la loma tendida, a otro llanete a donde se dio vuelta por la parte del norte, de aquí se miró para el poniente siguiendo el rumbo laderiando por dicha loma tendida a dar a un arroyo aeco poblado de encinos pasando por otros dos arroyos que vienen de los cerros gran despor unos peñascos hasta otro llanete antes de llegar a otro llanete pedregudo que está cerca de un ojito de agua donde se ven unas piedras fijas atravesando la Loma tendida pedregosa, un arroyo seco, que van de la loma alta a dar a una piedra suelta quedaron medidas de oriente a poniente cincuenta y cinco cordeles setenta varas, que hacen, dos mil ochocientos veinte varas: de aquí se miró para el sur, a dar a un lindero que se haya en un llanete donde hace una jolla [hoya] atravesando un caminito pedregudo y que se haya en una jollita, laderiando la loma tendida tendida donde se ven palmas y pedregosas a dar a un arroyo hondo, a dar a una piedra fija; quedaron medidas, de norte a sur dos cordeles y cuarenta varas, que son ciento y cuarenta varas. Por el lado del sur, se miró de poniente a oriente, a un cerro grande, un arroyo seco que van de la loma tendida a San a un llanetillo que llaman el Hídolo que se ve poblado de encinos, palmas silvestres, siguiendo el rumbo, laderiando y hasta dar a donde se comenzó la medida quedando medidos de poniente a oriente setenta y seis Cordeles, ocho varas, con lo que se concluyó la medida , por los cuatro vientos al rededor: así como también la medida del centro, Cruzado , tomando por centro la iglesia vieja.

Este texto revela la existencia de una "iglesia vieja" de la que quedaban sólo los cimientos. ¿Habría también ya entonces una iglesia nueva o el pueblo simplemente carecía de templo? La ruina de las iglesias viejas en aquellos años, en casos como el del no tan lejano San Ildefonso Tultepec, se debía a las campañas de congregación que habían vaciados los pueblos para concentrarlos en los más grandes, por lo que podría tratarse de una situación análoga. Por otra parte, la existencia de un llano al que llamaban "el Hídolo", es decir, el Ídolo, quizá indica la existencia de alguna escultura o imagen prehispánica en el punto.

De la medición de sus tierras, resultó que les faltaba aproximadamente una cuarta parte de las tierras que aseguraban haber recibido del virrey Velasco. Sin embargo, decidieron en aquel momento no reclamar a quienes se habían introducido sino que simplemente se les reconociera la extensión que poseían pacíficamente, con en efecto se hizo. A pesar de ello, hacia 1675 el pueblo se hallaba nuevamente en conflicto con sus vecinos al parecer debido a que se le señalaba como un lugar despoblado y que por tanto podía ser sujeto a nuevas reparticiones. Para demostrar que no era así y que se hallaba habitado, los naturales pidieron en diciembre de aquel año una visita que se certificara la celebración de misas y la existencia de casas:

Digo que dicho día diez y seis del corriente llegué yo dicho teniente a dicho pueblo referido a ser citacion a los indios pobladores de él, y en él hallé al padre predicador guardián ministro del pueblo y convento de San Jerónimo Aculco, fray Antonio de Arteaga, el cual habiendo yo dicho teniente llegado y tocado las campanas en señal que llamaban a misa se revistió dicho padre para decir misa como con efecto la dijo cantada. Y así la oí [...]jente españoles y indios en una iglesia vieja destejada dentro la cual se hizo en jacal de zacate y una ramada de ramas verdes a este efecto = Y así mismo para lo que se pide hay hoy al presente cantidad más de doce ranchos de jacales de paja y dentro de ellos vi veinte indios que todos dijeron ser naturales de este dicho pueblo de San Francisco Acaxuchitlatongo. Todo lo cual certifico ser así [...]

Es interesante ver aquí que en 1675 no se había reconstruido o terminado de reconstruir la "iglesia vieja" que había en 1609 (aunque según parece ya había algo más que sólo los cimientos que se mencionaban entonces) y por eso se le tuvo que levantar en su interior un jacal para celebrar la misa. Por otra parte, en el mismo expediente se menciona que los vecinos de San Francisco cultivaban entonces "maíz, chile y otros géneros para el sustento de sus casas".

Poco más de 20 años después, vuelve a aparecer -aunque mencionado sólo por su advocación de San Francisco- en la enumeración que hizo fray Agustín de Vetancurt hacia 1697 de los pueblos que estaban entonces sujetos a la doctrina de San Gerónimo Aculco:

Aculco [...] Tiene doce pueblos de visita con sus iglesias; dos de Nuestra Señora, de San Pedro, San Miguel, Santiago, San Lucas, Nuestro Padre San Francisco, San Ildefonso y Santa Clara, donde se alternan dos misas. (3)

En 1712, en el expediente de composición de tierras de San Gerónimo Aculco, aparece nuevamente entre los pueblos de su "agregación" (4). Y también como parte de su jurisdicción eclesiástica cuando se erigió como parroquia en 1759. Las cuentas de bienes de comunidad de 1808 permiten asomarnos también a la modesta economía de San Francisco Acazuchitlaltongo. Ese año, el pueblo declaraba no poseer otros bienes que la contribución de real y medio aportada por sus habitantes: 22 tributarios enteros y diez medios tributarios, que sumaban un total de 6 pesos al año. De esos escasos recursos debían cubrirse diversos gastos: el dos por ciento para la Real Hacienda (11 granos), una contribución para el Hospital de San Lázaro de la Ciudad de México (6 granos), dos pesos para la fiesta titular y los gastos de papel y escribiente por 1 real. Después de cubrirlos, apenas quedaba un pequeño sobrante para la caja de comunidad, de 3 pesos, 5 reales y 7 granos (4.5).

Luego, su pista se nos pierde por casi por siglo hasta 1852, cuando San Antonio Polotitlán obtuvo su separación de gobierno respecto de Aculco y San Francisco Acazuchitlaltongo -junto con otros territorios antes aculquenses- fue incorporado al municipio naciente. Los habitantes de San Francisco Acazuchitlaltongo protestaron pues deseaban seguir perteneciendo a la municipalidad de Aculco como hasta entonces. El asunto no se resolvió por varios años, sin embargo, el 1o. de enero de 1865 la superioridad determinó que el poblado pertenecería definitivamente a Polotitlán. (5)

Resulta un tanto curioso que, mientras otras demarcaciones aculquenses pidieron unirse a Polotitlán, San Francisco Acazuchitlaltongo lo rechazara. Creo que esa negativa debe entenderse en el contexto de la larga historia de conflictos por la tierra entre pueblos y haciendas en el campo mexicano. Polotitlán había nacido no como uno de los antiguos pueblos de indios, casi siempre con alguna raíz prehispánica, sino como un experimento de colonización interior promovido por hacendados, rancheros y propietarios de la zona. Si se revisa la nómina de las localidades que se incorporaron al nuevo municipio, se verá que casi todas estaban ligadas a la gran propiedad. No parece extraño, entonces, que el único pueblo antiguo se resistiera a formar parte de una nueva entidad creada por quienes habían sido sus "enemigos históricos".

Pero la historia entre Aculco y San Francisco Acazuchitlaltongo no termina ahí. Durante la Reforma Agraria, una porción de las tierras ejidales entregadas a San Francisco Acazuchitlaltongo -la cuarta ampliación de su ejido- está dentro del municipio de Aculco. Así que si el pueblo mismo de San Francisco ya no es parte de nuestro municipio, sí lo es -parcialmente- el Ejido de San Francisco Acazuchitlaltongo (6).

Hoy en día, San Francisco Acazuchitlaltongo sigue siendo un poblado muy pequeño, situado en el rincón noreste del municipio de Polotitlán, casi sobre el límite entre los estados de México e Hidalgo. Conserva el mismo patrón disperso y sin traza regular que debió de tener desde tiempos coloniales. Aunque ya ninguna casa resulta reconocible como antigua, las largas bardas de «piedra sobre piedra», los nopales y los fresnos de calles y caminos forman un conjunto que revela claramente la antigüedad del asentamiento.

Ni siquiera el templo parece conservar mucho de su estructura original. Es un pequeño edificio de una sola nave, con la fachada orientada al poniente, bóveda y cúpula de concreto. La fachada, recubierta de piedra negra, tiene por único adorno una portada de recinto, con una cruz labrada en la clave. Sobre ella se levanta una espadaña de dos cuerpos y tres claros, con un par de campanas, la menor de las cuales quizá sea antigua. Lo único que sin duda se remonta al virreinato es la antigua imagen titular de san Francisco, estofada y policromada, de mediana calidad y algo maltratada, pues tiene varios dedos rotos.

 

NOTAS:

0. AGI; México; 96, R. 1; fs. 1r-10v.
1.AGN, Mercedes; v. 17; exp. 432; fs. 121r-121v.
2. Títulos del Pueblo de S. Francisco Acaxochitlantongo en Jurisdicción de Xilotepec, 1774. Tierras, vol. 981, AGN. Disponible en: "Mexico registros," imágenes, FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3Q9M-CSD2-63SJ-2?view=explore : 31 ago 2026), Imagen 521 de 813; . Número del grupo de imágenes: 007984295
3. Fray Agustín de Vetancurt. Chronica de la provincia del Santo Evangelio de México, México, imprenta de doña María de Benavides, 1697, p. 87.
4. Composición de tierras del pueblo de San Gerónimo Aculco. Sección Tierras. Caja 1. Expediente s/n. Archivo Histórico Municipal de Aculco. El documento es una copia de 1783 del original de 1712.
4.5. Reglamento formado por los ministros de la Tesorería General de Ejército y Real Hacienda para gobierno de los bienes de todos los pueblos de la jurisdiccion de Huichapan, 1808. AGN, Tierras, vol. 3027, exp. Disponible en "Mexico registros," imágenes, FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:3Q9M-CSDL-8SH1-6?view=explore : 23 sept 2026), Imagen 240 de 540; . Número del grupo de imágenes: 007985508 5. Confirmación de la pertenencia del pueblo de San Francisco Acazuchitlaltongo al municipio de Polotitlán. Jilotepec, enero 1º de 1865. Sección Milicia (por error). Caja 2. Archivo Histórico Municipal de Aculco.
6. El pueblo de San Francisco Acazuchitlaltongo recibió su primera dotación de 644 hectáreas en 1934, tomadas de la hacienda de Arroyozarco y del rancho de San Francisco (donde hoy en día se halla la ganadería de toros bravos de Arroyo Zarco).

viernes, 5 de junio de 2026

El arriero desconocido

Como todos ustedes lo saben bien, la arriería tuvo una gran importancia en Aculco durante los siglos del virreinato. Para el siglo XVIII, buena parte de los habitantes de Aculco se dedicaban a la arriería y los dueños de las principales haciendas de la zona, como la de Arroyozarco, se contaban entre los grandes propietarios de recuas del reino. Antes de la Guerra de Independencia, no menos de 80 hatajos de mulas pertenecientes a los vecinos de Aculco recorrían el Camino Real de Tierra Adentro, y los arrieros aculquenses llegaban en sus viajes hasta las ciudades de Durango y Chihuahua.

Aunque el Camino Real de Tierra Adentro era la vía natural por la que transitaban los arrieros aculquenses con sus cargas, lo cierto es que en ocasiones emprendían desde la Ciudad de México el camino hacia el puerto de Veracruz, una ruta que tenía sus propios desafíos, tales como el clima cambiante desde el altiplano hasta la costa, el gran desnivel que dificultaba el regreso e incluso las enfermedades, pues las ciudadees del Golfo con frecuencia casi anual se veían afectadas por enfermedades endémicas como la fiebre amarilla.

Precisamente la fiebre amarilla parece haber sido la causa de muerte de un arriero desconocido, posiblemente aculquense, que fue hallado ya en los huesos cerca del camino de Veracruz, en los alrededores de San Antonio Atzitzintla, en diciembre de 1783. El teniente de cura del lugar, don José Mariano Moncada sepultó aquella "osamenta de hombre de un cuerpo ignorado" el día 4 de ese mes, consignando que por los restos de su indumentaria era "al parecer arriero" y que quizá había "muerto del mal de Veracruz". Por lo visto, el sacerdote había confesado días antes a un grupo de "arrieros del pueblo de Aculco que venían con el asentista de azogues" (es decir, de mercurio para el procesamiento del oro y la plata en las minas, que provenía de Europa) y que padecían de "dicho accidente" (es decir, aquella enfermedad), por lo que creía que el fallecido era uno de ellos.

El padre Moncada dejó también una descripción del traje de aquel arriero deconocido, sumamente interesante para la historia costumbrista de Aculco y un curioso antecedente de la indumentaria charra en la región: "calzones de gamuza acanelada... cotón rayado de algodón, una manga de cordoncillo azul sin forro ribeteada con gamuza, unos zapatos de vaqueta, un sombrero negro viejo".

Aquel pobre arriero de Aculco quedó así enterrado muy lejos de su patria chica, apenas traspuestas las Cumbres de Maltrata y a la vista del Pico de Orizaba. Seguramente su familia no llegó a enterarse nunca de dónde había muerto y dónde descansa.

FUENTE: "San Andrés, Chalchicomula de Sesma, Puebla, Mexico registros," imágenes, FamilySearch (https://www.familysearch.org/ark:/61903/3:1:939J-DCZD-S?view=explore : 4 jun 2026), Imagen 115 de 185; Archivo Diocesano de La Paz. Número del grupo de imágenes: 004656654.

sábado, 23 de mayo de 2026

El pueblo perdido de Santa María Ñadó

Al momento de la conquista española, la extensa Provincia de Jilotepec -dentro de la cual se encontraba el territorio de Aculco- albergaba numerosos pequeños asentamientos hoy desaparecidos y, en muchos casos, completamente olvidados. Su desaparición obedeció principalmente a las grandes epidemias del siglo XVI, que diezmaron a la población indígena de la Nueva España y dejaron muchos de aquellos pueblos reducidos a unos cuantos habitantes o incluso totalmente despoblados.

Ante esta crisis demográfica, las autoridades virreinales ordenaron la congregación de los sobrevivientes en determinados pueblos de la región, con el propósito de evitar que la dispersión dificultara tanto la vida cotidiana como las labores de evangelización. Para ello se eligieron los sitios mejor provistos y de mayor importancia. En el caso de la porción occidental de la Provincia de Jilotepec, se dispuso que diversos poblados fueran reunidos en San Jerónimo Aculco. Allí se congregaron, entre otros con escaso vecindario, los habitantes de San Juan Aculco, Santa María Ñadó (también llamado Xipzoneca o Xipopeca), San Lucas Totolmaloya, Santa Ana Matlavat, San Pedro Tenango y San Ildefonso Tultepec. Sus moradores abandonaron casas y templos, aunque continuaron reivindicando la propiedad de las tierras que habían poseído en torno a aquellos antiguos asentamientos. Este proceso de congregación tuvo lugar entre 1593 y 1605.

En algunos casos, los pueblos de origen terminaron por desaparecer por completo y su memoria se perdió. Así ocurrió con San Juan Aculco y Santa María Ñadó. Otros, en cambio, tuvieron mejor fortuna y lograron repoblarse tiempo después, prolongando su existencia hasta nuestros días. Fue el caso, por ejemplo, de Santa Ana, San Lucas, San Pedro y San Ildefonso.

La ubicación del desaparecido San Juan Aculco puede inferirse con relativa facilidad, pues un plano de 1611 lo sitúa al sureste del casco de la hacienda de Arroyozarco. Mucho más difícil resulta localizar Santa María Ñadó. Los planos conservados no permiten identificar su emplazamiento con precisión, y los documentos que lo mencionan ofrecen apenas referencias vagas y generales, citándolo sólo en relación con las estancias de ganado de los indios Rafael y Cristóbal de los Ángeles: “sobre términos del pueblo de Santa María el dicho sitio al pie de la falda de la sierra que llaman de Nato [sic], linde de sitio de estancia de D. Cristóbal de los Ángeles" y "sobre términos del pueblo de Santa María Xicponeca, linda por la parte del oriente con dicho pueblo de Santa María". En términos generales, podemos suponer que el pueblo de Santa María Ñadó se econtraba cercano al sitio de Bimbó.

A principios del siglo XVIII, los naturales de Aculco reclamaban aún como parte de las posesiones lo correspondiente al fundo legal y tierras de comunidad de Santa María Ñadó Xipopeca, pero estas posesiones no se encontraba ya bajo su dominio. Esto sucedió en parte debido a los extraños que se introdujeron para apropiárselas, pero quizá también por habérseles considerado como baldías. En 1705, los vecinos de Aculco consiguieron la restitución de parte de esas propiedades, mas no hicieron uso de ellas al no haberse concluido el litigio que incluía otras posesiones también reclamadas. En realidad, lo más probable es que nunca hayan recobrado la posesión efectiva de dichas tierras. Conjuntamente con la invasión de las tierras de Santa María Ñadó, es posible que las mercedes de tierras concedidas en sus inmediaciones por las autoridades del virreinato a diversos particulares, a fines del siglo XVI y principios del siglo XVII, hayan terminado por constreñir el fundo original hasta hacer desaparecer incluso la memoria de su ubicación exacta. Esas primeras mercedes de tierras se unieron muchos años más tarde bajo una misma propiedad, a lo largo de un proceso largo y complicado, y con el tiempo acabaron por formar el latifundio conocido como hacienda de Ñadó

A mediados del siglo XIX, la lectura deficiente de los documentos que hablaban del pueblo de Santa María Ñadó llevó a que la comunidad de naturales de Jilotepec pretendiera reclamar las tierras que le habían pertenecido, aunque por lo visto lo suponían ubicado cerca de la cabecera de aquella cabecera. La carta que dirigieron a las autoridades, recogida por Margarita Carbó en su artículo "Una historia mexicana del siglo XIX. La corporación civil ante el proyecto desamortizador de los liberales", es muy interesante, pues describe un proceso histórico muy parecido al que descrito hasta aquí:

Señor:
Los que suscribmos indígenas y vecinos del Partido de Jilotepec, súbditos fieles de V.M.I. le exponemos respetuosamente que en el año de 1595 existía en términos de la cabecera de nuestra vecindad el pueblo de nuestros mayores conocido entonces con el nombre de ¿Xiponeca?, y este pueblo como todos los que se erijían en tiempos del gobierno español, disfrutaba de su fundo legal, esto es, tenía seiscientas varas de terreno por cada viento, gozaba de su monte y ejido con arreglo a lo que disponían las Leyes de Indias y la cédula del 12 de julio de 1695. A inmediaciones del pueblo y a la distancia que determinaban las mismas leyes, poseían D. Cristobal y D. Rafael de los Angeles tres caballerías de tierra y dos sitios de ganado mayor…
Los habitantes de este pueblo se fueron disminuyendo paulatinamente a causa sin duda de las epidemias que se desarrollan en aquella época (…) y en la misma proporción iban disminuyéndose los terrenos del pueblo por la codicia de los colindantes que siempre han procurado aumentar sus posesiones con detrimento de los pueblos…
Aunque como hemos dicho y no podemos fijar con certidumbre la época (de la desaparición) y no han faltado indígenas en más o menos número que hayan habitado en terrenos del pueblo en más o menos extensión como descendientes de los primeros fundadores y que molestados y perseguidos no hemos desamparado el lugar donde existía el pueblo.
Hemos solicitado los títulos originales de su fundación y a pesar de nuestro empeño buscándolos en el Archivo General no hemos podido hallarlos, pero esto no obstante, tenemos la convicción de que ninguno puede haberse hecho dueño de los terrenos que formaban el fundo legal del pueblo, porque el gobierno español jamás vendía los pueblos de indígenas, antes bien, nos dispensaba una protección tan especial y cuidaba tanto de que las tierras se conservasen en nuestro poder, que aun cuando a algún particular indígena le concedía merced de algunas, era con la precisa condición de no poder venderlas…
Dijimos Señor que siempre ha habido indígenas que han procurado no desamparar aquellos lugares, y hoy asciende su número a quinientas personas: hemos construido una capilla y le hemos dado mayor amplitud, sólo nos falta, Señor, el fundo que debe tener todo pueblo según lo determinan las leyes 6ª, 7ª y 10ª del título 5, libro 4º de la Recopilación de Indias y otras del 6º.
Como de día en día crece el número de habitantes y carecemos de los terrenos necesarios para formar nuestras habitaciones, para la siembra de las semillas que nos proporcionan los alimentos necesarios para nuestra subsistencia; como por la parte pequeña de tierras que ocupamos nos exigen renta y si no la satisfacemos nos embargan y nos reducen a la última miseria, ocurrimos a V.M. suplicando encarecidamente se sirva erigir de nuevo el pueblo de nuestros mayores, mandando se nos restituyan los terrenos que lo formaban (…) en lo que recibiremos merced y gracia particular.
Jilotepec, noviembre del 1865. Firmas, la última de las cuales apostilla: “amigo de los que no saben firmo yo.
 
Fuente: AGN. IJPCM, vol I a fojas 107.

desapareció físicamente, sobrevivió su rastro en los documentos: planos que todavía evocan su existencia y litigios por sus tierras sostenidos mucho tiempo después de su abandono. Pero, sobre todo, perduró su nombre en el de la hacienda, último vestigio de un asentamiento borrado del paisaje, aunque no del todo de la memoria histórica.

martes, 14 de abril de 2026

La capilla posa noroeste en riesgo de colapso

Hace unos días me detuve a fotografiar los daños que, a causa de filtraciones, presenta la capilla posa noroeste de la parroquia de Aculco. Pude constatar que se trata de afectaciones importantes que no pueden atribuirse únicamente a la falta de mantenimiento, como ocurre en las otras capillas posas.

En este caso, el muro derecho muestra un desplome considerable, probablemente asociado a la inestabilidad del terreno, ya que la capilla se ubica en el punto donde la nivelación del atrio, realizada hace siglos, requirió un mayor relleno. Esta inclinación ha provocado la ruptura de la bóveda a la altura de la clave, donde se observan daños que ya no se limitan a los aplanados, sino que incluyen desprendimientos en las juntas.

Por otra parte, al examinar la portada de cantera, se advierte que el desplome no es reciente: ha alterado la geometría del arco de medio punto y la bóveda, cuya corrección en el pasado se llevó a cabo con evidente descuido, pero permitió su conservación.

En estas condiciones, la capilla posa noroeste no requiere ya únicamente labores de mantenimiento, sino una intervención más compleja, que atienda primero la estabilización del muro y, posteriormente, su restauración integral.

Es fundamental actuar pronto, por lo menos apuntalar el muro y la bóveda. De lo contrario, existe el riesgo de que esta pequeña construcción -cuya estructura posiblemente data del siglo XVI- se derrumbe. Conviene recordar que el patrimonio histórico, una vez perdido, es irrecuperable.

Aculco forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO precisamente por valores arquitectónicos como éste. No es congruente presumir ese reconocimiento mientras se descuida el patrimonio que lo sustenta.

sábado, 7 de marzo de 2026

Pregones

En el año de 1766 el rancho de Almoloya, por otro nombre Toxindejé en lengua otomí, dentro de la jurisdicción de Aculco, salió a público remate después de que le fuera embargado a sus dueños, los herederos de su dueño anterior don Gabriel Lorenzo Magos (su viuda Clara Francisca Pérez, su hijo Clemente Joseph y por lo menos otra hija menor), principalmente debido a deudas. Este rancho era una posesión muy antigua, que databa de tiempos del virrey don Luis de Velasco y se hallaba desde su origen en manos de la pequeña nobleza otomí de la región, aquellos que en los viejos documentos aparecen calificados como "principales" o "caciques". La dueña original, en el siglo XVI, fue la india principal doña Ana de Granada.

El rancho de Toxindejé se hallaba "como a distancia de una legua, poco más o menos, de este pueblo de San Gerónimo Aculco", siendo sus linderos "por el oriente con el rancho de La Cieneguilla, perteneciente a la hacienda de Arroyozarco; por el poniente con el rancho de Xan[?], perteneciente a don Juan de Dios Martín y demás consortes, por el norte con el rancho de Fondó, que es de don Alonso Saldívar, y por el sur, con las tierras de la hacienda de Totó, perteneciente a don Juan del Castillo". Lo podemos ubicar así más o menos por la zona que actualmente se llama Barrancas. Tenía pocas tierras abiertas al cultivo, apenas "tres fanegas de maíz", y el resto de eran buenos pastizales, con un río que pasaba por ellas y un ojo de agua. Todo con valor de unos 1450 pesos.

Más allá de la importancia de su venta para la historia de la propiedad en Aculco, el remate público del rancho nos permite saber cómo se llevaban a cabo los pregones en nuestro pueblo en el último tercio del siglo XVIII. Una costumbre que se perdió en algún momeno del siglo XIX, cuando el remate de propiedades comenzó a publicitarse de manera impresa, ya fuera en carteles o en publicaciones oficiales del gobierno. Por eso me gustaría hoy mostrarles precisamente la forma en que se pregonó esta subasta en 1766, tanto en Aculco como en Jilotepec.

Primer pregón. En el Pueblo de San Gerónimo Aculco en veinte y ocho de febrero de mil setecientos sesenta y seis años, estando en la plaza pública a las horas acostumbradas y en algún concurso de gente; a son de clarín y voz de pregonero se sacó a la almoneda el rancho que se versa, diciendo: "si hay quien haga postura a un sitio de estancia para ganado menor y rancho nombrado Almoloya alias Toxindehe, que se haya en términos de este partido, y pertenece a los hijos y herederos de don Gabriel Lorenzo Magos, difunto, indio principal que fue de esta doctrina, de cuyo pedimento y superior mandato del excelentísimo señor virrey de este reino sale de la almoneda para su venta y remate, bajo el aprecio y avalúo que de él está hecho en la cantidad de un mil cuatrocientos y cincuenta pesos, parezca y se le admitirá". Y no pareció persona alguna que hiciera postura.

Y para que conste lo asiento por diligencia, que firmé con los testigos de mi asistencia, siéndolo presentes don Joseph Francisco García, don Joseph Ciriaco Godoy y don Ignacio Sánchez, vecinos de este pueblo = doy fe. Manuel Joseph de los Ríos. De asistencia, Antonio Morales. De asistencia, Joseph de Mendoza.

2o. En primero de marzo de dicho año, en este pueblo de San Gerónimo Aculco se dio otro pregón como el antecedente a el referido rancho, y no pareció postor, fueron testigos a más de los de mi asistencia, don Joseph Francisco García, don Joseph Ciriaco Godoy, don Ignacio Sánchez = M. Ríos de asistencia. Antonio Morales. Bachiller Joseph de Mendoza.

3o. En el referido pueblo en dos días del mes de Marzo, después de celebrado el Santo Sacrificio de la Misa Mayor en la iglesia parroquial, entre mucho concurso de gente por ser día de tianguis, se dio otro pregón a el referido rancho, y no resultó postor. Fueron testigos a más de los de mi asistencia, don Joseph Francisco García, don Joseph Ciriaco Godoy, don Ignacio Sánchez = M. Ríos de asistencia. Antonio Morales. Bachiller Joseph de Mendoza.

Diligencia. El mismo día dos de marzo de dicho año, quedaron fijados en este pueblo de San Gerónimo Aculco, en parte pública, rotulones que contienen el efecto de la almoneda de este rancho, para que ocurran el postor o postores que hubiere, a la cabecera de Xilotepec, donde se proseguirán los pregones, como está mandado en el auto antecedente. Y para que conste lo asiento por diligencia que firmé con los testigos de mi asistencia, siéndolo presentes los mencionados arriba = doy fe = de asistencia M. Ríos de asistencia. Antonio Morales. Bachiller Joseph de Mendoza.

4o. En el pueblo de Xilotepec, en tres de marzo de dicho año, estando en la plaza pública a las horas acostumbradas, a son de clarín, y por voz de Lorenzo de la Cruz, indio que hace oficio de pregonero, se dio otro pregón como el primero, a el rancho que se versa en estas diligencias, y no pareció persona alguna que hiciera postura. Fueron testigos, a mas de los de mi asistencia, don Joseph de Llanos, don Joaquín Legorreta y Clemente Maldonado, vecinos de este pueblo = doy fe. M. Ríos de asistencia Joseph de Mendoza, de asistencia Joseph Valdivieso.

5o. En el Pueblo de Xilotepec, en cuatro días del referido mes y año, se dio otro pregón a el citado Rancho, y no pareció postor. Testigos, a mas de los de mi assistencia, Don Joseph de Llanos, Don Joaquín de Legorreta y Clemente Maldonado.= M. Ríos de asistencia Joseph de Mendoza, de asistencia Joseph Valdivieso.

En parecidos términos continuó el pregón diario hasta el 30 de marzo, cuando finalmente don Ildefonso Saldívar, propietario del vecino rancho de Fondó, presentó postura por Toxindehé por la cantidad del avalúo, en los siguientes términos:

Hago postura a el sitio de Tossindeje, que se ha estado pregonando públicamente, por bienes de don Gabriel Magos, ya difunto, el que se halla apreciado por peritos inteligentes en la cantidad de un mil quatrocientos y cincuenta pesos, en los mismos que hago la postura, o en lo más que otro diere, alegando, como alego, ser poseedor de dicho rancho por arrendamiento corriente, acrredor y colindante, con dinero de contado, el que pondré de manifiesto.

Aunque la autoridad aceptó esta postura, todavía hubo un pregón más al día siguiente para cumplir los treinta días de pregones que ordenaba la ley. Finalmente, el 8 de abril de 1766, don Manuel José de los Ríos, teniente alcalde mayor de la provincia de Xilotepec, llevó a cabo la ceremonia en que se remató la propiedad a Saldívar, que incluía una última solicitud de posturas que mejoraran la suya:

"Si hay quien puje y mejore la portura, parezca y se le admitirá la que hicere afianzando",y en esta conformidad se estuvo repitiendo el pregón, sin que hubiera resultado otro algún postor; y siendo ya cerca de las doce, y repetídose varias veces el pregón, sin haber habido, como no hubo, otro ningún pastor, y estando presentes la parte Clemente Joseph de Magos y el licitador don Ildefonso Saldivar, se le instó por mi dicho teniente a efecto de que adelantase alguna cosa más en su postura, o en algún modo la mejorase, lo que no tuvo efecto, y se ratificó en hacerla en los términos y condiciones que la tiene hecha, a cuyo tiempo dio el reloj para las doce en la iglesia parroquial, y se continuó el pregón diciendo: "un mil quatrocientos y cincuenta pesos dan por el rancho de Almoloya, alias Toxindehe, sito en términos del partido de San Gerónimo Aculco de esta jurisdiccion, y se compone de un sitio para ganado menor, si hay quien puje y mejore la postura, parezca, y se le admitirá la que hiciere, afianzando que se ha de rematar dada la hora: ¡con que apercibo, que apercibo, que apercibo de remate!". Y dada que fue la plegaria, y no habiendo habido quien mejorase la postura, dijo el pregonero: "pues que no ay quien puje, ni mejore la postura de los un mil quatrocientos y cincuenta pesos en que la tiene hecha don Ildefonso Saldívar, ¡que buena, que buena, que buena pro le haga!". Y en estos términos quedó librado el remate del mencionado rancho de Toxindehé, en el susodicho don Ildefonso Saldívar.

Por cierto, las palabras Almoloya, en náhuatl, y Toxindejé, en otomí, son equivalentes: significan "manantial", "donde brota el agua", aunque al parecer la transcripción correcta en otomí debió ser "Poxindejé".

 

FUENTE:

AGN, Tierras, vol. 2183, exp. 1. f. 1. "Ynformación de utilidad sobre la venta de un rancho que solicitan Clara Francisca Pérez y su hijo Clemente Joseph Magos, yndios de la jurisdicción de Xilotepec".

viernes, 27 de febrero de 2026

“Con esta mujer no he tenido una hora de gusto”: las quejas de un marido atribulado en el Aculco del siglo XVIII

Hacia mediados del siglo XVIII, en fecha que no es posible determinar pues la carta a la que me referiré no la tiene, un apesadumbrado hombre llamado Francisco Xavier, vecino del rancho de San Antonio, escribió al cura de Aculco que por entonces lo era don Lorenzo Díaz del Costero una sentida queja sobre el mal comportaminto de su mujer, de la que tampoco tuvo el cuidado de anotar el nombre:

Desde que me casé con esta mujer no he tenido hora de gusto, porque todo es pleitos y maldiciones el rato que estoy en mi casa, pues no contenta con haberme largado solo y trabajando, las ocasiones que la vengo a ver, no le deseo siquiera que en caridad me de una tortilla, antes corriéndome luego.

Pero la cosa era más grave aún que las malas palabras, el no quererlo ver en casa o no darle de comer. La mujer se iba de su casa por las noches para alejarse del marido y sólo regresaba al día siguiente:

En días pasados se me salió. y habiéndose ido como a la [hora de] la oración no vino hasta otro día al salir el sorl, y porque le pregunté de adónde venía me ha hecho muchas maldiciones tratándome de hijo de adultera. Pasados algunos días se salió a las tres y vino a la media noche, preguntándole me dijo que no tenía facultad para celarla después de haberme tratado muy mal, que no tenía miedo a ninguno, ni al señor cura ni al señor teniente [de justicia], que qué le habían de hacer.

Un marido maltratado por su esposa acudía al párroco principalmente para buscar mediación y reconciliación. El matrimonio, como sacramento indisoluble según la doctrina católica, no podía romperse fácilmente: abandonarla habría sido una grave falta moral y también civil. En los pueblos pequeños de la Nueva España, el párroco —como autoridad moral más cercana y accesible— era la instancia natural para exponer el conflicto. Él podía amonestar a la esposa, exigirle arrepentimiento en confesión y promover la restauración de la "paz conyugal". Si los maltratos continuaban o eran graves, el marido podía recurrir al teniente de justicia, quien podía imponer medidas como órdenes de buen comportamiento o, en casos excepcionales, un depósito de la esposa en casa ajena.

Francisco Xavier, que por lo que hemos visto trabajaba fuera, se la había llevado con él en cinco ocasiones, pero en todas regresaba a su casa a los tres o cuatro días y tenía queregresa a buscarla. En la última ocasión, continuaba el marido, había hablado con su padre, y mientras esto sucedía salió la mujer a decirle que se mudara, que no necesitaba de chismes, que era "un meco diablo y muchas malas razones que no pongo por no ser dignas de que usted sepa". Todavía el esposo intentó calmarla: la llevó a un cuartito que estaba detrás de la casa de su padre, y aunque se lo pidió "por todos los santos", ella se empeñó en que "no volvía a hacer más vida" con él. Ya con coraje, él respondió que se la llevaría "aunque fuera a pedazos".

Francisco Javier se quejaba también del desprecio que le hacía su mujer a sus regalos: le había traído chile y unas enaguas "que son ocho varas" y cuatro varas más de manta. "Las naguas y manta me las tiró a la cara en mi casa", se quejaba el hombre, "y dijo no se ponía eso". Estas eran sólo algunas quejas, continuaba, pero tenía "mucho que sentir porque había visto cositas como las que llevo referidas y no soy de preguntar nada porque luego es pleito. El hombre se extrañaba de ese mal trato, decía, porque sólo le había puesto la mano encima en una ocasión "que me iba a matar con un cuchillo ". Finalmente, el atribulado marido le suplicaba al cura que "como padre" que nose quedara eso así, "porque yo no la puedo largar (es decir, dejar)."

Como en tantos otros documentos que he reseñado aquí, no se conoce el desenlace de este asunto. No parece que la mujer estuviera dispuesta a reconciliarse con el esposo, pero no es imposible. En fin, si el pleito no acabó bien, que nos disculpen por haberlos sacado un momento del resposo en que estaban sus asuntos desde hace unos 260 años.