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jueves, 19 de mayo de 2022

De cómo Arroyozarco fue durante dos años parte de Polotitlán

Aculco y Polotitlan son municipios vecinos del noroeste del Estado de Mexico. De hecho, hasta 1852 fueron una sola entidad municipal, pero en aquel año comenzó un proceso de separación en el que los vecinos se disputaron los territorios limítrofes. Uno de ellos, el más importante por su peso económico, fue la hacienda de Arroyozarco.

Comencemos por hablar del territorio de la vicaría franciscana de Aculco, tal coma lo describio fray Agustin de Vetancurt en 1697, territorio que duplicaba quizá el tamaño que tiene hoy en dia el municipio de Aculco. Sobreponiéndolo a un mapa actual, haría frontera con los estados de Hidalgo, Querétaro y Michoacán pues abarcaba, ademas de los actuales municipios de Aculco y Polotitlan, la mitad sur de Amealco. Si delineramos sobre ese mapa las fronteras modernas entre lPolotitlán y Aculco, encontrariamos ya desde esos tiempos un importante "hecho diferencial" entre las dos zonas: en Aculco se encuentran practicamente todos los antiguos pueblos indigenas de su territorio original mencionados por Vetancurt, mientras que en Polotitlán sólo queda uno: San Francisco Acazuchitlantongo. Esta caracteristica, que nosotros consideramos fundamental para el estudio del origen del municipio de Polotitlán, indica algo que puede comprobarse tambien documentalmente: esta region estuvo compuesta mayormente por ranchos y habitada en consecuencia por rancheros mestizos y criollos, desde aquel Juan Ruano del siglo XVI (que le dio su nombre a la rancheria cercana a Encinillas) hasta el asturiano Juan Luis Polo, de quien vinieron los héroes insurgentes que le dieron nombre a Polotitlán. Hay que señalar también que muchos de estos ranchos fueron más propiedades familiares que personales, en las que solía observarse una organizacion patriarcal.

Hasta mediados del siglo XVIII, la presencia de los españoles, criollos y mestizos se restringe en ese viejo territorio aculquense casi exclusivamente a los ranchos y haciendas. Los pueblos, en cambio, son gobernados por las élites indigenas, los famosos "principales" y "caciques", algunos de los cuales hasta dicen descender de los reyes otomíes de Jilotepec. Sin embargo, a mediados del siglo XVIII la cabecera, Aculco, comienza a sufrir un cambio demográfico importante: las indígenas comienzan a abandonar el pueblo, a vender las casas más importantes y tambien a amestizarse con matrimonios como los dos del rico cacique don Antonio Magos Bárcena y Cornejo, con mujeres españolas. Los beneficiarios de este cambio son sobre todo los criollos y mestizos, muchos de ellos propietarios de ranchos de la zona de Polotitlán. De tal manera, el pueblo de Aculco llega al siglo XIX con una élite gobemante y propietaria que le acerca más a las villas de españoles que a los pueblos de indios y así lo sorprende la independencia. Los primeros ayuntamientos independientes se encuentran formados en gran medida, lo sabemos por sus apellidos, por gente del norte de su jurisdicción, entre los que destacan ya los Polo.

Aculco, fue como se ha dicho muchas veces, un "pueblo de arrieros". Ochenta hatajos de mulas constituían su riqueza y varios de los hombres más ricos de la zona, los Sánchez de la Mejorada, los Del Castillo, poseían su buena cantidad de mulas. Sin embargo, las conmociones de la Guerra de Independencia arruinaron este negocio y alteraron el tránsito por el Camino Real de Tierra Adentro, una de las principales vías de comunicación del país que justamente atravesaba su jurisdicción. Con ello, la economía de Aculco comenzó a morir:

... que este pueblo es carente en todas sus partes de tránsito, comercio, artes y agricultura, pues lo que se obtenía en tiempos anteriores eran ochenta hatajos de mulas al Camino Real, que servía a este país, de lo que ahora carece ...

En esta epoca difícil del inicio de la vida independiente de México, las relaciones entre la hacienda de Arroyozarco y Aculco fueron ríspidas, conmo anticipando los problemas que más tarde llevarían a su separación. En 1822, por ejemplo, las autoridades de Aculco enviaron un pliego para que se reenviara a las autoridades del Imperio y de Arroyozarco lo regresaron con el mensaje de no ser "criados del Ayuntamiento de ese pueblo". De igual manera, las autoridades tenían dificultades para nombrar autoridad auxiliar (lo que ahora seria un delegado municipal) en Arroyozarco, por la misma epoca. Claro que cuando en 1828 se propuso permitir juegos de cartas en Arroyozarco, las autoridades de Aculco se negaron. En 1830, el administrador de la finca pretendia sdemás mantener cierto proteccionismo sobre los productos de la hacienda, al pedir que las autoridades de Aculco no permitieran su venta en el tianguis. En 1832, provocó nuevos disgutos el cambio de día de tianguis en Arroyozarco, del domingo al martes.

Justo en estos tiempos, al norte de Aculco, en lo que se conocia como La Soledad, El Ventorrillo y San Antonio del Río, comienza a desarrollarse un nuevo poblado a la orilla del Camino de Tierra Adentro, el que a pesar de nacer de un régimen patriarcal parece mirar hacia el progreso y el futuro. Es el recién nacido Polotitlán. Los responsables son las familias mestizas y criollas oriundas de esa zona, quienes parecen no resignarse a la debacle de Aculco. Así, en poco tiempo logran constituir un pueblo que rivaliza y supera en muchos aspectos a la cabecera. Para Aculco, el crecimiento de Polotitlán parece ser -como se diría en términos taurinos- la puntilla, pues todo el esfuerzo económico de la zona parece concentrarse en el nuevo pueblo. Casi nada hay en Aculco que haya sido construido entre los años en los que se consolida y crece Polotitlán (con la excepcion de la reconstrucción neoclásica del interior de la parroquia, realizada entre 1843 y 1848). En Aculco quedan, claro, algunas de las viejas familias criollas y mestizas, incluso ramas enteras de apellidos caracteristicos ya entonces de Polotitlán, como Basurto y Garfias, pero los emprendedores migran al nuevo y pujante poblado. Aculco es la capital histórica, pero Polotitlán ocupa pronto el sitio de capital económica.

Un territorio difícilmente puede sobrevivir con dos capitales, sobre todo si son rivales. Polotitlán se separa formalmente de Aculco el 10 de mayo de 1852 y con ello le arrebata una cuarta parte de su territorio. Aculco queda con eso más amargado y mas pobre, pues le han sido quitados los ingresos fiscales del norte de su antigua jurisdicción. A pesar de ello, Aculco conserva todavía las dos haciendas mas grandes de la zona: Arroyozarco y Ñadó.

¿Por qué era tan importante Arroyozarco para Aculco? Porque se trataba de una enorme propiedad que abarcaba quiza una tercera parte de lo que hoy es territorio de ese municipio, pero que tambien se extendía por los de Jilotepec, Timilpan y Acambay hasta abarcar más de 47,000 hectáreas (que en términos comparativos significa tres veces el territorio actual de Polotitlán). Era ciertamente una de las haciendas más importantes del país, sobre todo a partir de que el marqués de Villapuente la compró en 1715 para los jesuitas, como parte del Fondo con el que se evangelizaban las Californias. Tras la expulsión de los miembros de esta orden, Arroyozarco había pasado por manos de los mineros Revilla, del español Francisco Marañón y del empresario de diligencias Anselmo Zurutuza, quien murio en 1852. Deespues de él, se hacen de la hacienda los hermanos Jose Joaquín y Manuel de Rozas, en cuya familia continuaría la propiedad hasta los tiempos de la Reforma Agraria. Hacia 1876, los hermanos Rozas establecieron además una gran fábrica textil en Arroyozarco, cuyas imponentes ruinas aún se pueden contemplar, lo que constituye un hito incomparable en la industrializacion de la zona, que no se repetiría hasta un siglo mas tarde.

Imagínense entonces el balde de agua fría que significó para Aculco el funesto decreto del 25 de septiembre de 1875 que, después de la fuerte pérdida territorial que le significó la separación de Polotitlán, le arrebataba entre 10,000 y 15,000 hectareas más de la parte aculquense de Arroyozarco, la hacienda de Cofradía Grande y las rancherias de Jurica, Fondó, San Francisquito, Encinillas, Thastó, la Cañada, el Tejocote, el Fresno, Loma Alta y la Soledad, para unirlos a aquel municipio, entonces municipalidad. La iniciativa había partido de algunas de las mismas comunidades comprendidas en el decreto, pues decian que

El naciente municipio de Polotitlán ha dado siempre pruebas inequívocas de que atiende con verdadero escrúpulo los ramos todos que constituyen la vida independiente de los pueblos. Se afana por difundir la educación a todas las clases de la sociedad y con particularidad a la más pobre; sus fondos se administran con pureza y emplean verdaderamente en el objeto de su institución y en general se empeña siempre en mejorar su porvenir.

Más allá de estas razones, no nos asombra saber que Arroyozarco se adhirió voluntariamente a este cambio de jurisdicción al recordar las dificiles relaciones con el Ayuntamiento de Aculco en la primera mitad del siglo y al pensar en la circunstancia de que el territorio de Polotitlan se habia formado principalmente por ranchos, lo que lo hacía más parecido y simpatico a Arroyozarco. En apoyo a esta suposición, está el hecho de que el unico pueblo antiguo agregado a Polotitlán, el de San Francisco Acazuchitlaltongo, pidió su reincorporación a Aculco desde 1865. Es parte del viejo tema de la disputa entre ranchos y pueblos del siglo XIX, del que han hablado extensamente muchos historiadores.

Los habitantes de las rancherias de Jurica y parte de la de Fondó protestaron inmediatamente ante el decreto de 1875, afirmando que no se había consultado su voluntad " ... en razón de que con dicho municipio a donde se nos ha anexado no nos ligan ningunas relaciones de familia ni de comercio ni tampoco contamos allá con los auxilios espirituales y civiles tan cerca como en nuestra antigua metrópoli; de ninguna manera estamos conformes con pertenecer a aquella localidad en virtud de que en ella vemos atacada nuestra libertad y los derechos de ciudadanía."

Esa anexión se da en un contexto de crisis económica tras la caída del Imperio de Maximiliano, que afectó muy marcadamente, según los testimonios disponibles, a los pueblos situados sabre el Camino Real. En 1868, el administrador del mesón de Arroyozarco decía, por ejemplo:

... los establecimientos de tienda, hotel y mesón de esta Hda. que son a mi cargo, en la suma de cinco pesos cuatro reales, y siendo en la actualidad el comercio en este punto sumamente pasivo, no puedo por lo mismo reportar tal impuesto sin sufrir un gravamen que daría por resultado la ruina completa de dichos establecimientos, que a más de lo escaso del comercio, es muy limitado el capital que en ellos se gira, llegando a tal estado de miseria, que hay días y no muy raros que no transita un solo pasajero en la diligencia.

Y el celador (o autoridad auxiliar) de Encinillas, explicaba en 1869 que:

... la escasez de recursos en que esta ranchería se encuentra a consecuencia de que, como siempre ha contado con el poco comercio que antes habia con el camino carretero antes establecido, y hoy éste está cortado en su totalidad, y los vecinos de ésta están careciendo de todos recursos.

En Aculco, la probreza llego hasta tal punto que hacia 1875 muchos vecinos de la cabecera demolían sus casas para vender la piedra con la que estaban hechas. En este contexto debemos buscar tambien algunas de las razones por la disputa de Arroyozarco.

En respuesta al decreto, el 31 de diciembre el Ayuntamiento y vecinos de Aculco solicitaron formalmente a la Cámara de Diputados la revocación de la orden, poniendo como argumentos su antigüedad y el lugar distinguido que ocupó el pueblo en las guerras de independencia, asi como la sensible disminución de territorio que le había significado ya la reciente separacion de Polotitlán.

Ante estas razones, la cámara aprobó la reincorporación a la municipalidad de Aculco de las haciendas de Arroyozarco y la Cofradía Grande, con sus rancherias de Thasto, la Cañada, Loma Alta y el Fresno, orden que fue publicada el 8 de octubre de 1877. Meses después, por decreto del 17 de abril de 1878, Aculco recuperaba también las rancherias de la Soledad y el Tejocote. Jurica y Fondó también regresaron a Aculco, aunque desconocemos la fecha de su recuperacion. Permanecieron anexados a Polotitlán la ranchería de Encinillas y el antiguo pueblo de San Francisco Acazuchitlaltongo. Curiosamente entonces, Arroyozarco, que había pedido su unión a Polotitlán, no lo consiguio, mientras que San Francisco Acazuchitlaltongo no pudo volver a ser parte de Aculco, como lo deseaba.

Durante el breve lapso que Arroyozarco formó parte de Polotitlán, el episodio histórico más importante ocurrido en ese lugar quizá haya sido la presencia del general Porfirio Díaz en el frío otoño de 1876, durante su combate contra los últimos opositores al Plan de Tuxtepec, que lo llevó a la presidencia de México. El año en que Arroyozarco regresó a Aculco, coincide por otra parte con el acceso de doña Dolores Rozas a la propiedad de la hacienda y de don Macario Perez a su administración.

¿Cuáles habrían sido las consecuencias de la anexión definitiva de Arroyozarco a Polotitlán para este municipio? En primer lugar, mayores ingresos municipales, pues los impuestos pagados por Arroyozarco le significaban al Ayuntamiento de Aculco la mayor parte de sus entradas fiscales. El cambio también le habría dado automaticamente mayor importancia por la cantidad de territorio y poblacion que habría obtenido. Quizá también se habría beneficiado del éxodo de arrendatarios de Arroyozarco que hacia 1885 se fueron a habitar a Aculco y desplazaron económica y socialmente a las viejas familias que permanecieron en ese pueblo, aunque es difícil saberlo pues tal vez no habrían alcanzado a construirse todavía los necesarios lazos sociales con la nueva cabecera.

El doctor Ignacio González-Polo, cronista de Polotitlán, ha mencionado que la permanencia de Arroyozarco como parte del término municipal de Polotitlén pudo haber sido beneficiosa en el sentido de anexar al sediento pueblo la hacienda junto con sus enormes reservas de agua en las presas de Huapango y El Molino. No estoy tan de acuerdo con este punto de vista, pues Huapango estaba en tierras no de Aculco, sino de Timilpan y no se hallaba comprendida en esta anexión. Además, ni siquiera las el resto de las propiedades de la jurisdicción de Aculco disfrutaban mayormente entonces del agua de Huapango, sino sólo las tierras que pertenecían a la hacienda y únicamente hacia 1868 obtuvieron algo los otros propietarios de esa zona. Y, en fin, Arroyozarco consideraba propia esa agua. A lo largo del siglo XIX le había disputado el agua a Polotitlán y a San Juan del Río y difícilmente dejaría de hacerlo asiía pesar de pertenecer a su jurisdicción.

Por ejemplo, en 1855 la hacienda de Arroyozarco protestó constantemente contra la asignación de aguas a Polotitlán, argumentando que en la solicitud del líquido para este pueblo hecha por don Jose María de Garfias se habia asumido la existencia de un río público, cuando era un arroyo particular de la hacienda. Se decía también que los derrames de la presa de Huapango no solamente no eran constantes ni suficientes, sino que la finca pretendía aprovecharlos, para lo cual llevaba ya construidas mas de 19,000 varas de nuevos canales.

El mismo San Juan del Rio, con derechos centenarios y varias veces probados sobre esa agua, comenzó a depender de la benevolencia de los propietarios de la hacienda de Arroyozarco para hacer uso de ella desde esos tiempos. En 1879 una comisión de su Ayuntamiento "... marchó a Arroyozarco a pedir al señor Macario Perez [padre] dejase venir de la presa, agua para las pequenas sementeras de la ciudad, no encontró en la hacienda al señor Pérez, pero habiéndole puesto un telegrama contestó desde Mexico accediendo como era de esperar de su filantropia, a la solicitud del vecindario y el precioso líquido llegó ya a los sedientos terrenos que tanto lo necesitaban.

Aunque Arroyozarco no podía utilizar todo el líquido de sus depósitos, se reservó siempre su derecho sobre él. Sus propietarios "... argumentaron consistentemente que el gobierno federal no podía intervenir y que no podía reevaluar su derecho sobre el agua. Las fuentes de agua que usaban venian de arroyos y pequeños rios en los valles altos de su propiedad, de modo que sostenían que el agua que usaban no pertenecía al sistema del río; era de su propiedad privada como lluvia que permanecia en sus tierras hasta que ellos permitían que siguiera fluyendo, desde sus presas."

En 1917 el municipio de Aculco protestó por la adjudicación de agua de Huapango a Polotitlán y San Juan del Río, que afectaría sus riegos. Las autoridades se encontraron con que el derecho al agua de Huapango por parte de aquellas dos poblaciones era anterior al de Aculco y de carácter oficial, mientras que el de éste era solamente un favor o una costumbre. Delos 80,767,862 metros cubicos de agua que se calculaba podían contener las presas de Huapango y Teupa, 24,200,000 metros cúbicos correspondían a San Juan del Río y a Polotitlán. Para entonces, la hacienda de Arroyozarco solamente tenía derecho ya a 4 millones y medio de metros cúbicos de agua de esa presa, aunque en otros de sus vasos (Piedras Negras, Lavandera, Palos, San Antonio y El Molino) podía almacenar unos 7 millones de metros cúbicos más. Por otra parte, se había observado que Arroyozarco negaba el agua a las poblaciones con las que tenía conflictos y recogía la quinta parte de la cosecha a quienes regaban con agua de sus presas. Ante esto, Agustin Millán, gobernador del Estado de México expresó que era

de todo punto indispensable quitar a Arroyozarco el manejo de las aguas almacenadas en las presas ya citadas; que el Gobierno se haga cargo directo del manejo y distribución de dichas aguas que le pertenecen.

Poco después, en 1919, cuando comenzaba la efervescencia agrarista, los vecinos de la ciudad queretana solicitaron la adjudicacion de 17,200,000 metros cúbicos de agua de los depósitos de Huapango y Teupan. A esto se opusieron una vez más los habitantes del municipio de Aculco, debido al uso que decian haber hecho siempre de esa agua, de los crecidos gastos que en obras para la conducción del líquido se habian hecho y la pobreza de las tierras del lugar.

Como vemos, Aculco no pudo beneficiarse de esta agua hasta despues de la Reforma Agraria, aunque tampoco le eran tan necesaria como a Polotitlán. Hace poco localicé un documento para seguir profundizando en esta historia que aún no he tenido tiempo de analizar: es el Reglamento de Riego entregado por Arroyozarco a Polotitlán en 1922, del que paso una copia al doctor González-Polo.

Concluyamos dejando estas especulaciones de que habría sucedido si Arroyozarco hubiera pertenecido como deseaba a Polotitlán, pues finalmente su anexión fue muy breve y no parece haber dejado mucha huella. Sí debemos destacar que desde entonces Arroyozarco siempre se ha sentido muy independiente de Aculco, mantiene la rivalidad con su cabecera e incluso ha habido tentativas por constituirse en municipio independiente. También vale la pena comentar que esta historia de anexiones y segregaciones tiene todavia muchos sucesos mas allá de este periodo del que hemos hablado hoy, pues, por ejemplo, el pueblo aculquense de San Pedro Denxi, que se introduce en una peninsula en territorio queretano y es la localidad mas alejada de la cabecera municipal, pidió todavía en los años treinta del siglo XX su incorporación a Polotitlán.

(NOTA IMPORTANTE: Escribí este texto para una conferencia que pronuncié en Polotitlán el 12 de noviembre de 2004. Esta versión tiene ligeras correcciones. Posiblemente faltan algunas tildes ya que tuve que digitalizar el impreso)

martes, 12 de julio de 2016

Algo sobre la capilla de Encinillas

Revisando viejos periódicos encontré hace poco algunos datos muy interesantes sobre la capilla de la comunidad de Encinillas, sitio limítrofe entre los municipios de Aculco y Polotitlán que fue un importante punto de remuda del Camino Real de Tierra Adentro. Aunque el lugar en que se levanta aquel edificio no pertenece a nuestro municipio -aclaran siempre los vecinos que el pueblo de Encinillas es de Polotitlán, mientras que el ejido de Encinillas sí se encuentra dentro de los límites de Aculco- su historia está profundamente ligada con la historia aculquense y por eso quiero compartirles esta nota publicada hace casi 109 años:

 

BENDICIÓN DE UN TEMPLO

Nos dicen de Aculco, Estado de México, que las fiestas verificadas en la ranchería de Encinillas (Polotitlán) de aquel estado, con motivo de la dedicación del templo erigido en dicho lugar, en honor del Sagrado Corazón de Jesús, resultaron espléndidas.

La misa solemne fue celebrada por el Pbro. Don Benjamín Manuel Romero. La cátedra sagrada fue ocupada por el Pbro. Francisco Cervantes, párroco de San Juan del Río, quien con fácil y persuasiva palabra exhortó a los fieles a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

Una banda de Aculco y una orquesta de San Juan del Río, contribuyeron al esplendor de las fiestas.

La nueva capilla ostenta en el frontispicio un buen reloj de grande utilidad para aquel vecindario.

Los iniciadores de la obra fueron la señora Doña Dolores Rozas viuda de Verdugo, quien cooperó con la mayor parte de los gastos y la señora Doña Jesús S. viuda de Romero, que cedió el terreno para la capilla. Colocó la primera piedra el finado jurisconsulto, Lic. Agustín Verdugo.

La voz de México, 19 de septiembre de 1907.

 

Como sabemos, doña Dolores Rozas era la propietaria de la hacienda de Arroyozarco y el Lic. Agustín Verdugo era su esposo. La construcción de la capilla católica en Encinillas fue sin duda un hecho de especial significación, ya que en ese sitio habían comenzado las prédicas protestantes en la zona en la década de 1870 y en apenas 15 años la mayoría de sus vecinos había abrazado el credo metodista-episcopal. Resulta así plausible creer que se trataba de un esfuerzo específicamente dirigido a recuperar terreno para el catolicismo, lo que se consiguió sin duda pues ya para 1930 los protestantes representaban sólo el 18% de la población de Encinillas. También es notorio el espíritu de cooperación entre la familia Romero, donante del terreno, y los propietarios de Arroyozarco, constructores de la capilla, después de los fuertes enfrentamientos que tuvieron aquellos con el administrador de la finca, Macario Pérez, a fines del siglo XIX.

Si quieres saber más sobre los temas que sirven de contexto a esta nota puedes leer en este mismo blog los textos La llegada del protestantismo a Aculco en el siglo XIX y La gavilla de Encinillas, ¿bandidaje o simple venganza?

domingo, 22 de junio de 2014

La "gavilla de Encinillas", ¿bandidaje o simple venganza?

Hacia 1890, cuando el régimen porfiriano estaba consolidado, la seguridad de los caminos y en campo se había restablecido gracias a la presencia de la Policía Rural -conocidos por todos simplemente como los "Rurales"-, cuerpo al que desde su creación en tiempos del gobierno de Benito Juárez se le había concedido la facultad de ejecutar sumariamente y sin juicio a cualquier salteador capturado en flagrante delito. Pese a ello, justo en aquel año comenzaron a aparecer en los periódicos de la capital del país noticias alarmantes que señalaban la presencia de un grupo de bandoleros, al que se le bautizó como la "gavilla" o la "cuadrilla" de Encinillas por ser esta ranchería, situada en los límites entre los municipios de Aculco y Polotitlán, el centro de sus actividades delictivas.

Así, el 11 de febrero de 1890, en la primera plana de El Diario del Hogar se publicó una nota acerca de cierto "Asesinato frustrado", que tenía que ver con uno de los personajes más influyentes de la región en esa época, don Macario Pérez Sr.:

Asesinato frustrado

-Excitativa a las autoridades del Estado de México-

Hay en Encinillas, población del municipio de Polotitlán, Estado de México, un individuo llamado Manuel Romero, contra cuya conducta protestarán los vecinos por ver amagadas así su tranquilidad como las garantías que merecen ver aseguradas todos los hombres de bien que sólo aspiran a vivir tranquilos en sus labores.

El deseo de disfrutar de esas garantías es el que hace alzar la voz contra la existencia en dicha población del individuo citado, quien tuvo una cuestión judicial con una familia, en la que el fallo no fue favorable a Romero, por no asistirle razón ni justicia.

Esto enojó a Romero, quien buscó la venganza. Poco después resultó incendiada la casa de aquella familia.

El sr. Macario Pérez, avecindado en Aculco, donde posee algunas propiedades, es persona cuya reputación es generalmente reconocida, y bien conocidos sus antecedentes, pues el Estado todo conoce a dicho señor y lo ha juzgado. El día 12 del próximo pasado enero, en la noche, hallándose el sr. Pérez en su residencia de San Rafael, rancho de su propiedad, acercóse a su casa inesperadamente un grupo de ocho individuos.

Inquiridos por el sr. Pérez sobre visita tan inesperada, fue uno de ellos presentado de entre el grupo a Cándido Calleja, dependiente del sr. Pérez, diciendo que lo presentaba acusándolo de haber lastimado un caballo de Romero que se hallaba haciendo daño en terrenos de San Rafael.

Parece que esto no fue más que un pretexto para introducirse en la casa, y cerciorado el sr. Pérez de la verdad de las cosas, procuró que cada quien quedara en su lugar, y dada por terminada la entrevista, los visitantes se retiraron y todo quedaba al parecer en calma.

Esto, no obstante, el sr. Pérez, temiendo alguna celada, quiso dejar las cosas en su lugar, y al efecto se dirigió a casa del sr. Romero, a fin de cerciorarse si en efecto el caballo estaba lastimado.

Se le dijo que el mal lo tenía el caballo en una pata, y al inclinarse el sr. Pérez a reconocer al animal, oyó un disparo tras de sí; se puso en pie y vio a un hombre que le apuntaba a boca de jarro con una pistola, el cual de inmediato hizo fuego disparándole tres tiros, de los cuales uno le tocó la oreja izquierda y los otros dos le atravesaron la ropa rozando el costado izquierdo.

Dominando el sr. Pérez aquella situación de un solo golpe de vista, se arrojó a luchar a brazo partido y cuerpo a cuerpo con el asesino, al que derribó por tierra desarmándolo, mientras el desarmado gritaba "¡Quítenmelo, que me mata!" Y muy bien que pudo el sr. Pérez darle muerte inmediata; pero no fue así; noble siempre y siempre todo un hombre, perdonó la vida al asesino, dejándolo en libertad para que se uniera con sus demás compañeros.

Aquí terminó el incidente. El sr. Pérez como tenía que ser, informó a la autoridad superior de lo acontecido, quedando bajo la acción de la justicia la averiguación y persecución del responsable de ese delito.

Esto coincide con la ausencia de Romero de dicha población. Nos permitimos recomendar muy especialmente a las dignas cuanto honorables autoridades superiores del Estado de México, no omitan fijar su atención en el acontecimiento a que hemos hecho referencia, esperando que con su reconocida rectitud y energía, pongan coto a los desmanes de la canalla que infesta a Encinillas, dando a los hombres honrados y laboriosos, como el Sr. Pérez, las garantías consiguientes, evitándoles que tengan que hacerse justicia por su mano. (1)

Otros periódicos de la ciudad de México hicieron eco de aquella noticia: el 15 de febrero, el periódico católico El Tiempo publicó una nota en la que resumía el suceso, añadiendo que el agresor estaba ya en manos de la justicia:

Intentona.- Refiere el Diario del Hogar que el 12 del pasado, el Sr. Macario Pérez, vecino de Aculco (Estado de México) estuvo a punto de ser asesinado por unos individuos que, valiéndose del pretexto de la reclamación de un caballo herido, se introdujeron a la casa del Sr. Pérez no siendo en realidad sino con el fin de prepararle una celada infame. Parece que en los momentos de estar reconociendo el caballo del Sr. Pérez, uno de los asaltantes le disparó a quemarropa varios tiros de una pistola; pero con tan mala puntería, que sólo una bala vino a herirlo ligeramente en una oreja. La policía, que ha aprehendido al infame agresor, ya aclarará los hechos. (2)

Por su parte, el periódico de la comunidad metodista de México (a la que pertencía don Macario), llamado El Abogado Cristiano Ilustrado, publicó en su sección "Crónica religiosa" un texto que decía:

El Sr. Macario Pérez, buen amigo y hermano nuestro que residió por muchos años en Arroyozarco, estuvo a punto de ser proditoria y alevosamente asesinado por unos facinerosos de San Rafael, rancho de su propiedad, el día 12 del próximo pasado enero. Sentimos el lance y nos alegramos que ninguna de las heridas que recibió el Sr. Pérez reviste gravedad alguna. Que Dios conserve su vida y castigue a los culpables (3).

A pesar de los buenos deseos y de la noticia de la aprehensión del atacante, las agresiones, según publicó la prensa, no se detuvieron allí: el 21 de mayo de 1890 El Diario del Hogar dio cuenta del asesinato del administrador de los ranchos de don Macario Pérez:

Un asesinato alevoso

El 13 del corriente fue asesinado de la manera más vil e inicua el administrador y encargado de la hacienda de Cofradía y rancho de San Rafael, perteneciente a la Municipalidad de Polotitlán, Distrito de Jilotepec, en el Estado de México. Los asesinos pertenecen a una conocida familia de la Ranchería de Encinillas, y no parece sino que se han propuesto ser el azote de aquellos rumbos, pues ni perdonan medio de saciar su sed de sangre y exterminio, al grado de que las familias empiezan a emigrar, buscando en otra población la garantías que pongan a salvo su vida e intereses.

Como consecuencia del último crimen queda una familia en la miseria, y unos huérfanos abandonados, esperando correr también la suerte de su infeliz padre.

Nos permitimos excitar, una vez más, al Gobernador del Estado de México, a fin de que las autoridades del Distrito de Jilotepec, cumpla con sus deberes, aplicando a los delincuentes todo el rigor de la ley.

Se nos ofrecen mayores informes, por lo cual más adelante, volveremos a tratar este asunto; agregando que ya el Sr. Gobernador tiene conocimiento de este escandaloso suceso y que a los quejosos ha ofrecido proceder en la órbita de sus facultades con toda la energía y actividad que los caracterizan.

Tendremos al tanto a nuestros lectores de lo que sobre el particular ocurra. (4)

Sin embargo, hay evidencias de que esta muerte pudo no haberse dado exactamente en esos términos. De hecho, la partida de defunción del supuesto administrador, Jesús Romero Almaraz, parece contradecir varios puntos de la noticia anterior. El compareciente, Federico Romero, labrador de 24 años, originario y vecino de Encinillas, testificó:

... el martes trece del corriente como a las ocho de la mañana en una riña que tuvo lugar en aquella Ranchería fue muerto por mano homicida su hermano Jesús Romero Almaraz, no indígena casado que fue civil, zapatero y de 38 años de edad del mismo origen y vecindad del compareciente, quedando viuda la señora Guadalupe Romero, no indígena y de 24 años de edad, originaria de Nopala y residente en la misma Ranchería de Encinillas... (5)

Así, su muerte no parece haberse debido a un ataque, sino sólo a una riña. No se trataba además del administrador de don Macario, sino de un zapatero. Y, para remate, su esposa y él tenían el mismo apellido Romero de los presuntos atacantes(que hasta aquí el diario no menciona, pero lo haría en los meses siguientes). ¿Podría tratarse más bien de una venganza familiar (recordemos que don Macario estaba también relacionado familiarmente con esa familia: sus hijos Manuel y Sara los había tenido con doña Velina Romero, y a Macario con doña Rosaura Romero), o por lo menos personal en curso que de agresiones de un verdadero grupo de bandoleros? Muy probablemente sí.

El 19 de agosto de 1890, El Diario del Hogar volvió sobre el asunto. Fue entonces cuando se atrevió incluso a bautizar al real o imaginario grupo delictivo como "La gavilla de Encinillas":

La gavilla de Encinillas

En enero y mayo de este año ocurrieron, y de ello hicimos mención, ataques en las personas de los Sres. D. Macario Pérez, hacendado del Estado de México y su administrador D. Jesús Romero respectivamente.

La agresión de este último le produjo la muerte; fue un asesinato proditorio, ambos hechos llevados a término por un grupo de foragidos [sic] vecinos de Encinillas, apellidados Romero, que han venido siendo un amago para las personas y los intereses.

De esos hechos ha dado cuenta la prensa excitando a las autoridades del Estado de México a cortar de raíz el mal. El resultado de tales excitativas fue que el Sr. Gobernador Villada tomara providencias, que por desgracia no han sido eficazmente secundadas por las autoridades de Jilotepec y especialmente por la de Encinillas.

Prueba de ello es que los Romero y sus compañeros no cesan en sus ataques emprendidos contra los intereses y servidores del Sr. Pérez.

Al asesinato del [...] administrador Jesús Romero, hay que agregar un hecho que acaba de pasar y es el siguiente:

Marchando por el camino real junto a la ranchería de Encinillas, el encargado del Tinacal de San Rafael, de nombre Magín Romero, fue insultado por un vecino de Jilotepec Florencio Yera, perteneciente al grupo de los Romero; este individuo insultó y provocó a una riña al encargado del Tinacal; pero éste, apercibiéndose de que al lugar en que se hallaban se aproximaba el grupo de aquellos bandoleros de Encinillas y recordando la suerte del administrador asesinado por los mismos, se retiró.

Dio parte al Juez de Encinillas, pero éste en lugar de conjurar el peligro, se agrupó al insultador Yera y sus colegas los Romero, y se dirigieron a embriagar, haciendo aquel Juez alarde de amistad con éstos.

Semejante conducta de esta autoridad ha envalentonado a esos individuos constituidos en un verdadero peligro para la gente honrada, al grado de que en el distrito de Jilotepec no se vive con tranquilidad.

En ese concepto, debemos llamar la atención del Sr. Gobernador del Estado de México a fin de que, con energía, ordene la persecución de esos individuos y que las autoridades secunden sus acuerdos encaminados a dar garantías a los gobernados.

Por otra parte, debemos llamar la atención del Inspector de Rurales acerca del deficiente servicio que presta el destacamento situado en Arroyozarco, así en el reciente caso que referimos como en los anteriores acaecidos, pues poca o ninguna ayuda han prestado, como no contribuye en general a poner a raya a los malhechores tantas veces citados y cuyo centro es Encinillas.

Muy probablemente al tomarse nota de estos datos, nos informará la Gaceta del Estado de México de las medidas que dicte el Sr. Villada: quedamos pues, esperando esa noticia. (6)

Esta narración me convence aún más de que tal gavilla no existía. No se trataba de ladrones que atacaran indiscriminadamente a la población, sino de un grupo específicamente antagónico a Macario Pérez. Incluso la manera de buscar el enfrentamiento con los empleados de éste no parece el de delincuentes gratuitos. Aun la falta de acción de los rurales de Arroyozarco mueve a preguntarse si en realidad existía una razón para que ellos actuaran y no la autoridad común. Fue el comentario sobre el "deficiente servicio" de los rurales en la nota anterior lo que movió a una respuesta precisamente en ese sentido por parte del Inspector de Fuerzas Rurales, Francisco M. Ramírez:

Sobre la cuadrilla de Encinillas

Carta del Inspector de Fuerzas Rurales

Oficina, agosto 19 de 1890.- Señor Director del Diario del Hogar.- Presente.

Muy señor mío:

[...]

A reserva de lo que el periódico oficial del Estado de México diga, respecto a la existencia de esa gavilla, de que el que suscribe no tiene conocimiento alguno, creo de mi deber manifestar a vd. que, en ningún caso, puede la policía rural obrar en oposición a las autoridades locales, ya del orden político, ya del judicial, y, del caso de que se habla, de la riña a que provocaba un vecino de Jilotepec al encargado del tinacal de San Rafael, tomó conocimiento el juez de Encinillas y no se dice que los quejosos recurrieran al auxilio de la fuerza rural, que, seguramente, lo habría prestado, como lo presta en todos los casos en que se le pide.

Por otra parte, sabedor el que suscribe de que, por cuestiones que no es el caso señalar aquí, el Sr. Macario Pérez, el hacendado de que el articulista habla, o sus dependientes pudieran ser agredidos, he dado al primero, a fines del año próximo pasado o principios del presente, una carta para que el encargado del destacamento de Arroyozarco, una carta en la que prevenía a este jefe que le prestase los auxilios que necesitara, única cosa que él solicitó de mí y que era lo que estaba en mis facultades otorgar; pues las fuerzas de la federación no pueden intervenir en los detalles de la administración interior de los Estados.

Por causas muy locales no es raro que se formen grupos, en las poblaciones pequeñas, para hostilizar a determinadas personas o a determinados intereses y, acaso, a este móvil haya obedecido la formación del grupo, si es que existe, de los Romeró [...]; pero, mientras estos no recurran a las vías de hecho, las fuerzas rurales no pueden proceder contra ellos, como, acaso, podría proceder la autoridad judicial [...].

Desde el momento en el que proveí a dicho Sr. Pérez del documento de que he hablado, a él tocaba, como a interesado, graduar la oportunidad del momento y la gravedad del peligro que podría ocurrir para solicitar el auxilio de la fuerza rural, y si así no lo ha hecho, seguramente que de ello no es responsable ni esta Inspección ni el destacamento de Arroyozarco, que, como todos los de rurales, está listo para hacer el servicio que se le ordena [...]. (7)

Unos cuantos días después El Diario del Hogar regresó por última vez al asunto. Pero entonces el tono de alarma había disminuido notoriamente, había cesado en su cuestionamiento a la autoridad (excepto al juez de Encinillas) y aceptaba que no existía tal "cuadrilla de Romero". Incluso parecía darse por satisfecho con la aprehensión de sólo dos de los antes llamados "forajidos":

La seguridad en Jilotepec

La Gaceta del Estado de México, después de reproducir nuestro escrito referente a una agresión frustrada con el encargado del Tinacal de San Rafael por un compañero de los Romero, familia pendenciar y peligrosa radicada en Encinillas, del Distrito de Jilotepec, nos ha informado que en aquella Ranchería no existe cuadrilla alguna de bandoleros, que hay absoluta seguridad y por parte de las autoridades empeño en conservar el orden.

No nos sorprende esto último, cuando los primeros hemos reconocido el empeño del Sr. Gobernador Villada y principales funcionarios del Estado porque en él se disfrute de garantías; precisamente por eso nos pareció desusada la lenidad del Juez de Encinillas en el último suceso, motivo de estas líneas.

Ahora bien, nadie ha asegurado que existe la cuadrilla de Romero recorriendo cierta zona en armas; lo que aseguramos fue que radicada esa peligrosa familia en Encinillas, constituye un amago para la gente honrada y que por ello urge tenerla a raya. A ese fin excitamos a las autoridades del Estado de México y al Jefe de la Fuerza Rural de Arroyozarco, cuyo Comandante radicado en San Juan del Río a lo que parece ha sentídose molesto porque dijimos que era deficiente la vigilancia de aquella sección.

Afortunadamente el empeño de las autoridades de Jilotepec ha estado ya a la altura de los primeros funcionarios del Estado y así podemos ahora anunciar que dos de los autores del proditorio homicidio perpetrado en la persona del Administrador de una de las haciendas del Sr. D. Macario Pérez y cuyos reos son miembros de la familia Romero, de Encinillas, han sido reducidos a prisión y en breve se les sentenciará. Esto es ya un motivo de tranquilidad, que adjudica un encomio a esas autoridades y una excitativa para que persistan en la tarea de imponer orden a los que pretendan reincidir en sus fechorías. (7)

Hasta aquí, si bien parece haber quedado claro que se trataba simplemente de venganzas locales y no del surgimiento de una auténtica banda armada como en algún momento supusieron los diarios capitalinos (seguramente por influencia del propio Macario Pérez), sólo hemos escuchado las voces que acusaban a los Romero. Pero esta familia tenía su versión de los hechos, misma que publicaron en julio de 1890 en un folleto titulado Proceso de don Macario Pérez ante el tribunal de los hombres honrados (9). En este documento, firmado por José Romero (hermano de Manuel, todavía entonces prófugo), y por el abogado Lic. M. Mejía, se afirma de Pérez que "su vida entera es una larga cadena de asesinatos, plagios estupros, raptos y otros excesos; pero ¿quién se atreve a quejarse de ellos, a denunciarlos a la justicia, a declarar contra el culpable, a ministrar todas las pruebas del delito, cuando vemos la impunidad de que viene gozando desde hace muchos años, unas veces porque las autoridades del Distrito son sus compadres, otras porque le temen y otras por el singular y extraño fenómeno de ver las cosas al revés de como el mundo las ve, tomando por criminales a los ofendidos y por agraviados a los mismos ofensores?". En efecto, la narración de los hechos del 12 de enero de ese año es distinta en términos de culpabilidad a la publicada en los diarios:

Manuel Romero se quejó la tarde de aquel día al Juez auxiliar de la ranchería de Encinillas, de que Cándido Callejas, dependiente de Pérez, le había lastimado un caballo con actos de bárbara crueldad. El Juez hizo comparecer a su presencia a aquel sujeto, y pasada la averiguación puramente verbal relativa al caso, en la que ambas partes convinieron pasarse al siguiente día ante las autoridades de la cabecera, determinó acompañarlo hasta la casa de su amo, la que por pura malicia había dejado sola y abierta, para hacer constar que nada se había extraviado de ella. El respeto y atenciones que ciertos reyezuelos de aldea se hacen tributar de los sencillos labradores movieron al Señor Juez auxiliar a dar a Pérez, que se encontraba ya en su finca, una especie de satisfacción por el llamado de Callejas. Pérez recibió esa satisfacción con su acostumbrada altanería; afeó y censuró la conducta, demasiado prudente y justificada de la autoridad, y dándose por ofendido con los procedimientos empleados con su dependiente, descubrió su mala voluntad hacia mi hermano Manuel, a quien viene persiguiendo de algún tiempo a esta parte, como se verá después, con un odio implacable.

Retirada la autoridad y llegadas las altas horas de la noche [...] Macario Pérez, a caballo y armado, se dirige resueltamente a mi casa en compañía de su cómplice Cándido Callejas; llaman al zaguán que por la sorpresa se les abre irreflexivamente; echa pie a tierra don Macario y penetra al interior del patio sin ser invitado a entrar por ninguna persona de la casa. Como disimulara sus criminales intentos fingiendo y manifestando deseos de ver el caballo lastimado, creyendo yo en la sinceridad de sus intenciones aunque me preocupaba lo inoportuno de tales reconocimientos, vuelvo a las piezas interiores por una linterna, diríjome a mi regreso delante de él hacia la caballeriza creyendo que me seguiría don Macario; pero me sorprende de repente una detonación y luego otra que me deja azorado. Vuelvo la cara hacia atrás y aunque la lámpara apagádose descubro a don Macario y a Manuel rodando por los suelos empeñados en lucha terrible. Corro hacia ellos para apaciguarlos, y entre tanto procuro yo separarlos se acerca Callejas para prestar auxilio a la agresión de su amo; y sin duda habría dado muerte a Manuel si yo no lo hubiera detenido, o él no hubiera temido herir a don Macario que cubría con su cuerpo el de Manuel. Cuando éste siente la presencia de otro enemigo que le arrebató de la mano izquierda su pistola, pues con la otra sujetaba la de Pérez, , hace un esfuerzo supremo, se desprende de Macario, párase violentamente, se arroja sobre Callejas, le arrebata una pistola y echa a correr para salvar su vida ante un peligro inminentísimo. Todavía Pérez le sigue a balazos, pero las sombras de la noche lo protegen [...].

¿Qué pasó entre aquel hombre y mi hermano en el momento de las detonaciones? Sólo Dios y ellos lo deben saber bien, porque nadie presenció el encuentro: ni el mismo Callejas, por impedírselo la oscuridad de la noche. Pero según Manuel, de cuya veracidad no puedo dudar, al oír el tropel de los caballos a horas tan avanzadas en el zaguán de la casa, sospechó que algún peligro amenazaba a la familia y mientras yo salía ver qué sucedía [...] él buscaba una pistola vieja que en la casa tenía. Habiéndola encontrado se dirigió también al patio, pero al ser descubierto por Pérez, que parecía estar esperándolo, éste le disparó un tiro y luego otro. Manuel también disparó sobre él, pero como no dio fuego su pistola tuvo que arrojarse sobre su adversario y emprender con él una lucha muy desventajosa, por cierto, para desarmarlo.

¿Quién sería, pues, el ofensor y quién el ofendido? A 124 años de distancia de aquellos enfrentamientos, resulta muy difícil averiguar quién tenía razón en la disputa. Es claro que don Macario Pérez tenía bastantes enemigos, producto de su carácter y actos personales, así como de sus creencias religiosas protestantes, pero seguramente también a causa de sus decisiones como administrador de la hacienda de Arroyozarco (puesto que en 1890 ya había abandonado), y todo ello le pudo haber acarreado un ataque como el que describió. Pero también resulta evidente que don Macario no era ninguna "hermana de la caridad", que tenía gran influencia sobre las autoridades así como los editores de El Diario del Hogar y bien pudo ser que los sucesos acaecieran tal como los relató Romero. En todo caso, estos hechos nos permiten abrir una pequeña ventana hacia los tiempos del porfiriato en esta zona, que no fueron tan pacíficos como a veces suponemos. Estas enemistades, acumuladas por décadas, aflorarían con violencia años después, en tiempos de la Revolución y la Reforma Agraria.

NOTAS

(1) El Diario del Hogar, 11 de febrero de 1890, p. 1.

(2) El Tiempo, 13 de febrero de 1890, p. 2.

(3) El Abogado Cristiano Ilustrado, 15 de febrero de 1890, p. 29.

(4) El Diario del Hogar, 21 de mayo de 1890, p. 2.

(5) Registro Civil de Polotitlán, Defunciones, 1890, partida 46, 16 de mayo de 1890.

(6) El Diario del Hogar, 19 de agosto de 1890, p. 1.

(7) El Diario del Hogar, 22 de agosto de 1890, p. 2.

(8) El Diario del Hogar, 5 de septiembre de 1890, p.1.

(9) Romero, José y M. Mejía, Proceso de don Macario Pérez ante el tribunal de los hombres honrados, s.p.i, [1890].

viernes, 30 de septiembre de 2011

Un curioso relato de la intervención francesa en México

Hace ya bastante tiempo escribí en este blog un texto sobre el cementerio francés de Arroyozarco, en el que relataba aquella acción en la que -tal como rezaba una lápida ya desparecida- "el 31 de diciembre de 1863, ocho franceses resistieron durante muchas horas a un ataque de más de doscientos enemigos", siendo enterrados en el lugar "los que murieron gloriosamente en ese combate". Eran ellos Charles Bergenstrahl, un oficial sueco, Montfaucon, sargento del 81 de línea, Le Cuilhon, cazador del 18o batallón, Messannot, un zuavo del primer regimiento y Guillemain, del segundo regimiento de cazadores de África.

Curiosamente, encontré un relato desconocido para mí que hace mención de este suceso (y sobre todo de sus consecuencias), si bien lleno de errores y escrito con tan poca precisión que vale más tomarlo como lo que parece ser, sólo un cuentecillo basado en ciertos hechos reales y no una historia verdadera. Los errores comienzan con las fechas, ya que el autor afirma que la matanza ocurrió a fines de enero de 1864, cuando en eralidad sucedió un mes antes. Luego, habla del pueblo de "Nopales" cuando sin duda se refiere a Nopala. Y, aún más grave, cambia el apellido del famoso guerrillero nopalteco Nicolás Romero por "Ramírez", y , pese a retratarlo fielmente en otros rasgos, asegura que era michoacano. Para quienes conozcan algo de la vida y muerte de Nicolás Romero, no quedará duda de que el "Ramírez" de esta historia no puede ser nadie más que él.

De cualquier manera, el texto es entretenido y capta muy bien otros detalles como la naturaleza, orografía y fauna de la región que se extiende entre San Juan del Río, Arroyozarco, Polotitlán, Nopala y Cazadero.

Por cierto, el autor es el conde Emile de Kératry, autor del famoso libro Elevación y caída del emperador Maximiliano. Fue publicado en La revue pour tous, en 1889. La traducción es mía, por lo que pido a los lectores disculpas adelantadas por los errores, aunque el uso irregular de los tiempos verbales proviene en muchos casos directamente del autor.






La Soldadera

Por el conde Émile de Kératry

Hacia fines de enero de 1864, las tropas francesas irradiaban en el interior de México hasta Zacatecas y Guadalajara, sobre la vertiente del Pacífico, con la misión de preparar la elevación al trono del archiduque Maximiliano.
La larga ruta de México a Guadalajara, donde el general en jefe había establecido su cuartel general, estaba resguardada militarmente. En las ciudades principales, grandes destacamentos; en el campo, pequeños puestos intermedios, para prevenirse de las sorpresas de los liberales.
Un oficial francés ocupaba entonces el punto de San Juan [del Río], cerca de Querétaro, de lúgubre memoria, con cuarenta y cinco hombres de caballería, todos voluntarios de África, y una compañía de guardias rurales, mexicana, puesta bajo sus órdenes. Hombres y bestias dormían tranquilamente la siesta en pleno sol, a cubierto bajo unas chozas de rastrojo de maíz, cuando el pequeño campamento se conmocionó. Un indio, cubierto de sudor y polvo, acababa de llegar con una triste noticia.
El correo del general en jefe, pasado la víspera y cargado de adhesiones al Imperio de las provincias sometidas a los destinos de las Tullerías y de Miramar, había sido atacada en los alrededores de Arroyo Zarco, a unas treinta leguas de la ciudad de México, por una fuerte banda de guerrilleros. La diligencia que transportaba una decena de zuavos y un oficial sueco, había sufrido un asalto de muchas horas. La masacre había sido completa. La escolta entera había sucumbido. Solo a la partida del indio, el oficial, aunque tenía once heridas tanto de bala como de lanza, respiraba todavía. Este valeroso oficial era M. Ericsson [Kératry parece confundiar a Bergenstrahl y Ericsson; en todo caso, habrían sido dos los oficiales suecos presentes en este suceso], quien había seguido toda la campaña con nosotros con en el 3o. de cazadores de África. Sobrevivió milagrosamente y fue agregado más tarde a Su Majestad el rey de Suecia como oficial de ordenanza.
Los partisanos mexicanos habían, de cualquier manera, pagado caro su triunfo. Setenta y siete cadáveres de los suyos habían tapado el sol alrededor de la diligencia transformada en fortaleza. El indio, tembloroso todavía, añadió de parte del alcalde "que la guerrilla, una vez dado su golpe, se había lanzado por el campo hacia la hacienda de Nopales [sic, en realidad el pueblo de Nopala, como le llamaremos en adelante], marchando con el fin de regresar y aplastar de improviso el débil puesto de San Juan". El informe de la catástrofe fue transmitido inmediatamente a l general Mejía, comandante en jefe de Querétaro. Al día siguiente por la mañana, llegó la orden de perseguir a los guerrilleros.

La desaparecida lápida del cementerio francés de Arroyozarco

Los informes recientes señalaban que esa multitud de partisanos obedecía a uno llamado Ramírez [¿sic pro Romero?], joven patriota de Michoacán, conocido como uno de los más audaces e infatigables adversarios de la intervención. Ante un enemigo semejante, que disponía de fuerzas superiores, debía actuarse con rigor.
El azar había acomodado las cosas. El capitán V..., que comandaba el puesto de San Juan, aunque con la fuerza de la edad, tenía muchas leguas andadas. Vasco de origen, antiguamente enrolado como voluntario en Argelia, había transcurrido su carrera en los asuntos árabes y nadie era mejor que él para los ardides de la guerra. Alto de estatura, frío, tan enérgico como prudente, se imponía a todos con su cicatriz en plena frente. Lo conocía todo, excepto la suerte. Sólo se le conocían dos pasiones, la de su bandera y la de su caballo, valiente compañero venido con él de las arenas de Djebel Amour. Una vez en la silla, corcel y caballero parecían uno.

Carga de cazadores de África, detalle de la estampa Guerre du Mexique no. 121, BNF

***

La sopa ha sido comida. El toque de partida suena. La pequeña tropa francesa está jubilosa de correr a la aventura. ¡La larga inacción del vivac es tan pesada! ¡Va finalmente a encontrar al enemigo tan frecuentemente inasible! La columna se estremece, caballeros al frente; los sesenta infantes de la guardia rural les siguen. Las soldaderas cierran ruidosamente la marcha.
La soldadera es la compañera irregular del soldado mexicano. Algunas montan en mulas, la cara cuidadosamente envuelta bajo el sombrero de paja con grandes alas, temerosas del polvo. Otras, las más humildes, llevan en la espalda o sobre la cabeza, normalmente, los utensilios de hogar y sus magras provisiones de la jornada; con la misma frecuencia, tienen un niño en brazos. Fisgonean por todos lados del camino con el fin de aumentar la ración de su soldado. Se lanzan como una nube de langostas sobre los campos de maíz o de cañas de azúcar que despojan, sin que nadie se atreva a quejarse. Es un uso común: es el diezmo de la guerra. Por la tarde, ellas encienden las mil cocinas del vivac, cantan, fuman cigarros, después se acuestan al aire libre, mezcaladas con la soldadesca. En el combate, ellas toman su puesto y marchan con aire resuelto. La soldadera, esa intendencia militar. Sin ella, el soldado mexicano moriría frecuentemente de hambre.
Con sorpresa general, el capitan, que precede a la tropa, ha tomado el camino de Querétaro, volviendo precisamente la espalda a la dirección señalada por la guerrilla de Ramírez. Y es que siempre al partir, con el fin de despistar a los espías, enmascara el verdadero objetivo. Después de una hora de marcha, se lanza a la derecha y retrocede sobre sus pasos. La columna se alarga por la planicie sin ramales por la que corre el camino. Tiene interminables milpas de maíz, medio saqueadas, a las que suceden campos de maguey del que se extrae el pulque, el vino de México.
Después, vastas soledades sembradas de pirules con largas ramas olorosas que se agitan con la brisa. Allí están algunas pequeñas lagunas, verdaderas reservas de este desierto de la altiplanicie, donde con un tiro alzan el vuelo enormes batallones de ocas salvajes. Es ahí donde se detienen para refrescarse y rellenar los bidones de agua salobre. En este país de la sed, el sol quema, el viento es glacial. El campo no se altera más que por remolinos de polvo que se elevan blanquecinos y turbulentos por los aires.
El capitán, siempre al acecho, el catalejo fijo en el horizonte, interroga a los torbellinos, con la duda de si son levantados por una tropa en marcha. A través de esta zona erosionada, las sorpresas son de temerse por la profundidad de las barrancas en que surcan el país. Muchas veces, el reflejo de los grandes quiotes de los magueyes con su resplandor metálico espejean a lo lejos bajo el sol e imitan, hasta confundir, un desfile perpetuo de lanzas, el arma favorita del hombre de a caballo mexicano.

Fusileros franceses, detalle de la estampa Guerre du mexique no. 121, BNF

El tranco ha sido largo y polvoso. A lo largo del camino, el capitán no ha hecho nada más que señalar cierto comportamiento del oficial de la guardia rural, que se demoraba a veces al lado de una soldadera, velada hasta los ojos y montada en una mula de patas nerviosas. El capitán, a quien no le gusta el flirteo bajo las armas, le ha invitado un poco rudamente a regresar a la cabeza de su compañía. El galante Prieto obedeció rápidamente: la soldadera le ha lanzado una mirada de inteligencia.
Prieto es este caballero, de tez morena y cabello medio crespo. Hijo de un sacerdote y de una india, ha combatido bajo todas las banderas, bajo la de Juárez como la de Márquez. Indiferente a la vida y a la muerte, no es sensible más que al pillaje y no conoce más que la razón del más fuerte.
Finalmente, la silueta de un "mirador" se perfila sobre el cielo azulado; es el campanario de la modesta iglesia de Cazadero, pequeño poblado situado a varias leguas de Nopala donde se oculta la guerrilla de Ramírez.

Capilla de la hacienda de Cazadero, Qro.

El capitán, que desconfía de todas las poblaciones, sube a un cerro desde el que se domina el pueblo y planta ahí su campamento. Tan pronto se establece la guardia, se arman las tiendas con defensa absoluta para salir al campo. El montículo no es accesible por la cara que da hacia Cazadero. Por detrás, está resguardado por una inmensa barranca de más de sesenta metros de largo que se hunde a más de cincuenta metros de profundidad. Los indios, con sus cabellos negros y lacios, su nariz aplastada y largo pantalón blanco, acuden a vender mezcal, tortillas de maíz y manteca. Dos vaqueros, vestidos de gamuza de los pies a la cabeza y armados con reatas, han traído un toro que será muerto para alimentar a la columna.
Al momento mismo en que la retaguardia de soldaderas llega al pie del cerro, el animal, que presiente su suerte, escapa. La reata silba en el aire y enlaza una de sus patas traseras. Furioso, el animal embiste y golpea con su cuerno un flanco de la mula montada todavía por la soldadera embozada. La mula, enloquecida, enfila a toda velocidad en dirección a la barranca llevando con ella a la joven mexicana que no puede ya controlar a su cabalgadura. El capitán, todavía montado, se ha dado cuenta del peligro: se lanza al galope en pos de la mula, la alcanza, toma por su brazo izquierdo a la soldadera y con gran esfuerzo, llevando en vilo a la mujer, detiene su caballo al borde mismo del precipicio en el que rueda y se despedaza la mula lanzada a toda velocidad. La mexicana está sana y salva. El capitán, después de dejarla deslizarse en tierra, regresa tranquilamente al campo, aclamdo por la tropa y los indios maravillados.

***

Campamento francés. Detalle de la estampa Guerre de Mexique no. 121, BNF

Bajo una espléndida bóveda estrellada donde destaca el brillo de la Cruz del Sur, el campamento descansa, vigilado por sus centinelas. La noche es fría en el altiplano de San Juan cuya altitud alcanza los 1900 metros sobre el nivel del mar. Solo, el capitán, dentro de su capote, atizando el fuego que se apaga, duerme con un ojo abierto. Al contacto de una mano que acaba de posarse en su espalda, se endereza sobresaltado. Tras él, está en pie la soldadera con un dedo sobre sus labios, como la estatua del silencio. La llama de la fogata que se ha reavivado con el viento ilumina su rostro. Estaba encantadora, la soldadera, son sus grandes ojos pardos, llenos de energía y delicadeza, la cabeza encapuchada bajo un rebozo rayado en rojo, formando los pliegues graciosos de la mantilla.
"Señor caballero, murmura ella en voz baja, me has salvado la vida. Quiero pagar mi deuda. Se dice que esta noche quieres ponerte en ruta para sorprender a Ramírez. ¡Cuídate bien de hacerlo! Porque él mismo espera en la barranca frente a Nopala, con cuatrocientos jinetes; fue informado que tu tropa no cuenta más que con cien soldados. ¡Guárdate también de la traición que puede marchar contigo. Créeme y adiós! Me voy". Apenas estas palabras fueron lanzadas en la noche, el capitán estaba en pie. Deseoso de explicaciones más claras, trata en vano de retener a la mujer que se le escapa. La encantadora ha desaparecido tras las tiendas de campaña y se ha perdido en las sombras entre las otras soldaderas.
El misterioso aviso tenía apariencia de sinceridad, pero el viejo jefe de asuntos árabes tenía un alma demasiado desengañada para apartarse un minuto de su deber de soldado. Encararse contra un enemigo superior en número, emboscado, era el oficio de todos los días y su audacia no temía un punto. Pero reflexionaba en la palabra traición. El recuerdo del oficial mexicano a quien había reprendido vino a su memoria. Pensó que debía quizá tomar cierta precaución, porque la defección de nuestros aliados durante la acción estaba ya vista. También resolvió esperar la claridad del día para marchar al combate. Por una parte, los avistaría mejor; por otra, se sentiría seguro por el conocimiento exacto del terreno sobre el que debía operar. Entonces se tendió de nuevo sobre su dura cama; después, los párpados entrecerrados, se puso a soñar en la tierra de Francia. Por un instante, la seductora mexicana, como una sombra, atraviesa los sueños del capitán de corazón de bronce.

Monograma en el acceso contemporáneo a la hacienda de Cazadero, Qro.

***

El alba ilumina el horizonte. El crepúsculo es corto en esta latitud. El toque de diana, jubiloso como el canto de la alondra, ha sonado en el aire, confundiéndose con el sonido argentino de la campana de Cazadero que llama a sus piadosos indios al rezo del Ángelus. Después de una buena noche de reposo, cada uno se siente alegre y listo para trabajar. Jinetes e infantes están ya sobre las armas. El capitán, con aire marcial, inspecciona a la tropa; después se detiene al centro: "Hijos míos, lamentablemente la mañana será caliente. Seremos uno contra cinco. Ustedes están acostumbrados. Hará falta juntar los codos; sangre fría y siempre la vista sobre mí. Saben bien que pueden tener confianza. Y recuerden, pues, que debemos vengar a nuestros pobres camaradas. Ahora, ¡adelante! ¡Y con el favor de Dios!
Un escalofrío sacudió todos los pechos: en el aire se sentía ya la pólvora. La columna se puso en ruta, los ojos de cada soldado penetrando ansiosamente la bruma de la mañana. ¿Quién no ha experimentado ese breve sentimiento de angustia, precursor de la pelea?
Una vez en marcha, el capitan se aproximó sin ser sentido al oficial de la guardia rural. "Y bien, teniente Prieto, ¿está seguro de sus hombres?" -"Como de mí, comandante". -"He tenido un sueño singular, Prieto". -"¿Cuál, comandante?" -"He soñado que te volabas los sesos". Prieto levantó bruscamente la cabeza, como si le hubieran alcanzado en pleno cráneo: estaba pálido, los labios apretados, fijos los ojos en el capitán para saber si hablaba seriamente o bromeaba.
El capitán llamó enseguida a uno de sus jinetes, hercúleo, y le habló en voz baja. El jinete dio media vuelta y se colocó al otro flanco del oficial mexicano. "Teniente, añade el oficial francés, aquí tiene a un caballero a disposición de usted. Se me ha ordenado no dejarlo solo y velar por usted, ...por temor a que se equivoque de camino". Enseguida, el capitán espoleó su caballo hacia adelante, dejando a Pedro aturdido, mientras que el jinete sacaba el revólver de su funda y daba vuelta al seguro, ajustando el arma a su cintura, al tiempo que silbaba plácidamente la cancioncilla "de la casquete à Bugeaud". Esta vez, Pedro había entendido bien: había que andar derecho. Por otra parte, la soldadera había desaparecido de las filas; falta de cabalgadura, sin duda había debido permanecer en la retaguardia de la columna.

Emboscada de mexicanos, detalle de la estampa Guerre du Mexique no. 121, BNF

Se aproximan a la barranca de Nopala. Todos están al acecho. Entonces, dos tiros silban por encima de las cabezas; son las avanzadas de Ramírez, que se repliegan y dan la voz de alerta. Sobre la otra ribera, a esta hora desierta, se despliega una línea rápida de caballería que tirotea. Tras los tiradores, cuyas provocaciones injuriosas se confunden con gritos casi salvajes, aparecen dos fuertes escuadrones de guerrilleros que, lanzas al viento, esperan a pie firme sobre un terreno desnudo y lleno de agujeros.


La plaza y una calle de Nopala, Hgo.

El capitán no duda, ordena a Pedro atravesar la barranca de frente, oponer tiradores a tiradores, ganando el terreno sobre la izquierda para alcanzar una gran hacienda que, en caso de derrota, podrá cubrir la retirada. Mientras que los infantes entretienen al enemigo, el capitán y su medio escuadrón desaparecen en el barranco, lo rodean sin descubrirse, escalan la orilla opuesta y se abaten como un huracán, los sables en ristre, sobre los escuadrones que todavía le vuelven la espalda. El choque tiene lugar. Se escucha un gran ruido de hierro y acero. Los jinetes se entrecruzan y cargan unos contra otros. El desorden de la guerrilla llega al límite. Por su lado, Prieto, que no tiene más elección que vencer o morir, lleva intrépidamente a sus infantes con sólo las bayonetas.
El terreno se cubre de muertos y heridos. Un esfuerzo más y los liberales cederán, a pesar de la "furia" de Ramírez que no deja de concentrar a sus partisanos. El jefe mexicano, de chaqueta negra, bajo un sombrero con una serpiente de plata, se para sobre sus grandes estribos, el sarape ondenando en el arzón de la silla, confiado a la vista, el rostro en fuego, machete y revólver en los puños, en lo más fuerte de la pelea.

Monumento a Nicolás Romero en Nopala, Hgo.

Más he aquí que un rugido de júbilo se extiende por la línea mexicana. El caballo negro del capitán, golpeado a muerte por una lanzada y desangrándose, acaba de desplomarse sobre su jinete. Los liberales regresan con rabia. El círculo se estrecha. El capitán, levantado y sano y salvo, pero desmontado, comprendió lo comprometido de la situación, hizo sonar el toque de concentración y no tiene más tiempo, con aquellos de sus compañeros que sobreviven, de lanzarse al corral de la hacienda, donde las puertas se cierran a tiempo, a pesar del esfuerzo de los asaltantes.
Se pasa lista rápidamente; de los cien combatientes, ¡no quedan más que 63! Caballeros e infantes suben a las azoteas de la hacienda, que no tiene aberturas exteriores.
Protegidos por las almenas de adobe (ladrillos cocidos al sol), rápidamente comprometen una nutrida fusilería por los cuatro costados que hace retroceder fuera de su alcance a Ramírez y su banda.
Pero el capitán no se hace muchas ilusiones. ¡El respiro no durará mucho!Mientras lanza una mirada melancólica a su pobre caballo, ese bravo compañero caído allá en el campo del honor, Prieto le grita, desde la azotea opuesta, que los liberales regresan en gran número, seguidos de indios cargados de grandes bultos de paja. Es claro que el enemigo va a tratar de incendiar la hacienda, como en otro tiempo en Tierra Caliente, en Camarón, donde fue quemada viva la gloriosa compañía de la Legión Extranjera. Se da la orden de dejarlos aproximarse a buena distancia, de modo que no se tire sino a la segura. Si se les logra detener hasta la tarde, hasta que caiga la noche, se arriesgará una salida para ganar la barranca.
El fuego de fusilería comienza de una parte y otra. Los incendiarios ganan terreno. Las trompetas mexicanas, con notas chillonas mezcladas con vociferaciones de vencedor, resuenan en las cuatro esquinas de la hacienda. Bajo el ardor del suelo que transforma en braceros la blancura de las azoteas, el cansancio vence poco a poco a los defensores. Mas el capitán, cuya energía no ha vacilado, acaba de estremecerse. Su oído ejercitado ha captado en el aire un coro que le es grato. Una nube de polvo aparece en los límites de la planicie. Una tropa de caballería formando torbellinos atraviesa el campo arrasando todo a su paso. Los liberales alarmados se dispersan como bandadas de aves al grito de "¡Los carniceros azules!" Este era el sobrenombre de los cazadores de África después de nuestros sangrientos encuentros de Cholula y Atlixco. Uno de nuestros escuadrones, lanzado la misma mañana desde Tula en persecución de Ramírez, tomando hacia San Juan, había acudido a la carga al primer ruido de fusilería que resonó en la montaña. Al aproximarse, el capitán y su tropa diezmada hicieron una vigorosa salida fuera de la hacienda. Los guerrilleros, tomados entre dos fuegos, caen o huyen. Pero su jefe Ramírez acaba de ser hecho prisionero. De nuestra parte hay abrazos y expresiones de gratitud y felicidad. Después, comienzan a recogerse los muertos y los heridos.

Derrota de la caballería mexicana, detalle de la estampa Guerre du Mexique no 121, BNF

***

El sol declina. El capitán, herido de bala durante la salida, reposa tumbado sobre una cama en la hacienda. Sólo la carne de la pierna ha sido afectada. El aposentador ha venido a darle cuenta que la corte marcial se ha reunido para juzgar al jefe Ramírez. Éste ha comparecido frente a sus jueces, fieramente embozado en su sarape hasta medio rostro, y ha rehusado hablar para defenderse. Ha sido condenado a ser pasado por las armas. Por el momento, es asistido por el cura de La Soledad [Polotitlán], villa vecina de Nopala, y la ejecución tendrá lugar a las seis, frente a la hacienda.

Parroquia de San Antonio Polotitlán, sitio frecuentemente nombrado desde tiempos antiguos como "La Soledad".

Al momento en que el suboficial se retiraba, el padre apareció en el umbral de la habitación, y, sin esperar la invitación para entrar, se precipitó hacia el capitán. "Señor caballero, dijo, me dirijo a usted porque se me ha dicho que es usted el comandante de la tropa francesa. Los deberes de mi ministerio me obligan a suplicarle clemencia. El capitán protesta. Sí, señor, cuando usted haya entendido la revelación que la confesión me ha hecho conocer y cuyo secreto la humanidad me ordena violar para evitar un verdadero crimen, estoy cierto de que concederá su gracia. El oficial que acaba de ser condenado a muerte, bajo el nombre de Ramírez... es una mujer. Después de haber visto masacrar frente a sus ojos a su padre y su hermano, en Morelia, la desesperación la ha extraviado. Desde hace seis meses, Anita Palon... se bate contra usted, ella lo declara. En muchas ocasiones, disfrazada, ha atravesado sus líneas, según se gloria. Pero es una mujer, señor, y los franceses no asesinan mujeres". Todo ello era dicho en un largo sollozo. Viendo la emoción penetrar en su interlocutor, el padre insiste. "Le suplico, comandante, no hay un minuto que perder. En nombre de su madre, de aquellos que ama, déjese convencer!"
El capitán, a pesar del sufrimiento que traicionaba su rostro, se levantó; apoyado en el brazo del buen cura, se dirigió a la puerta de la hacienda.
A doscientos pasos en el campo, estaba ya formado el pelotón de ejecución. Diez pasos al frente, la condenada, con los ojos vendados, esperaba, fieramente plantada. Al momento mismo en que el capitán, con su voz más fuerte gritaba "¡Deténganse!", el ayudante había levantado su sable; el fuego del pelotón desgarra el aire y la mexicana. después de gritar "¡viva la libertad!" cae de una sola vez, cara en tierra.
El médico se aproxima al cuerpo y constata que no late el corazón. A la vista de la joven, el capitan vacila sobre sí mismo al verle los ojos. La muerta era la soldadera. El ministro de Dios misericordiosamente salmodia el de profundis con voz angustiada.
Al recuerdo de la lealtad caballeresca de la joven patriota. caída como heroína por la independencia de su país, el capitán, mudo, se descubre lentamente, y una gruesa lágrima cae de los ojos del viejo soldado.


El falso "Ramírez", ilustración de la La revue pour tous


Agradezco las fotografías de Nopala y Cazadero a Víctor Manuel Lara Bayón.


ACTUALIZACIÓN, 14 de diciembre de 2011:

Según publicó el diario La Época, de Madrid, del 5 de marzo de 1864

Del ejército de Uraga quedaron algunas partidas gruesas como las de Canales, Toro, Riva Palacio y Pueblita. La primera de esas partidas, después de saquear algunas haciendas, vino a atacar a una de las diligencias del interior entre la Soledad y Arroyozarco, dando muerte a dos oficiales y algunos soldados franceses que venían en ella y que se defendieron heróicamente , lo mismo que un correo del mariscal Bazaine.

El general a quien este periódico atribuye el ataque a la diligencia era Servando Canales, nacido en Carmargo, Tamaulipas, en 1830, que participó en importantes batallas a lo largo de la guerra de intervención y que años después se adhirió al Plan de Tuxtepec que llevó a Porfirio Díaz a la presidencia.Fue después gobernador de Tamaulipas y, reconocido como benemérito de su entidad, el aeropuerto de la ciudad de Matamoros lleva su nombre.

El general Servando Canales

miércoles, 25 de mayo de 2011

Encinillas: casi un pueblo fantasma

La capilla de Encinillas, uno de los pocos edificios antiguos que continúan en pleno uso.

En la selección de sitios incorporados al proyecto del Camino Real de Tierra Adentro para su declaratoria como parte de la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, privó en muchos casos el criterio de la buena conservación de los vestigios y conjuntos urbanos por encima de consideraciones históricas e incluso de las magníficas posibilidades de rehabilitación de algunos de ellos. Así, sitios de importancia capital en esa antigua vía, como el Mesón de Arroyozarco, quedaron fuera de la declaratoria, aunque formando parte de una "lista tentativa" con vistas a su futura integración. Pero muchos más lugares no corrieron con tanta suerte. Fue éste el caso de Encinillas -antiguamente parte del territorio aculquense y actualmente ubicado en el de Polotitlán- uno de los puntos esenciales para el conocimiento del Camino Real de Tierra Adentro en esta región.

La loma en la que se asienta Encinillas, vista desde la autopista México-Querétaro.

La antigua ranchería de Encinillas (actualmente con el estatus eufemístico de "delegación municipal") se localiza a unos cinco kilómetros de Arroyozarco y diez de Polotitlán de la Ilustración, cabecera municipal. Hacia 1733 se le llamaba "Pedregal de las Encinillas" y justo ahí se colocó entonces la mojonera 81 de la hacienda de Arroyozarco, que delimitaba las tierras de esta propiedad hacia el poniente y las de Miguel Rodríguez Vaca del lado oriente.

Rodríguez Vaca era, además de poseedor de tierras, un próspero dueño de recuas y arriero él mismo. Con su hatajo de 130 mulas efectuó en 1725 un viaje para las misiones jesuitas de California desde Arroyozarco hasta el puerto de Matanchel (hoy Nayarit), cuya carga incluyó un órgano, un retablo y decenas de otros efectos que se detallan en el libro Antigua California: mission and colony on the peninsular frontier, 1697-1768 , escrito por Harry Crosby. Es muy probable que las instalaciones para resguardar sus animales, arreos y carga fueran el núcleo a partir del cual se desarrolló Encinillas a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Con sus ventas, fondas y corrales pasó de simple punto de remuda a conocido y ajetreado paraje que competía con el antiguo mesón de Arroyozarco.

Construcción abandonada del siglo XIX en Encinillas.

Numerosos viajeros de los siglos XVIII y XIX dejaron testimonio de su paso por Encinillas. Uno de ellos fue Nicolás de Lafora, quien en su viaje hacia las provincias del norte de la Nueva España en 1766 escribió:

... en medio (de Arroyozarco y Ruano) se halla el ranchito de las Encinillas, donde se coge una corta porción de maíz, destinando a este fin una pequeña parte de tierra; toda la demás que se ve en los contornos sólo sirve para pastos (Nicolás de Lafora, Relación del viaje que hizo a los presidios internos situados en la frontera de la América Septentrional, Robredo, México, 1939, p. 37)

Años después, durante la Guerra de Independencia, Encinillas es mencionada con frecuencia como punto recurrentemente ocupado por los realistas y atacado por las tropas insurgentes de los principales cabecillas de la zona: el coronel José Rafael Polo, Magos, los Villagranes, Epitacio Sánchez, Joaquín Gutiérrez, Herrero y Quintanar. (González-Polo, Ignacio. Apuntes para la historia de un guerrillero. Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM. Segunda época, no. 6. 1992. p. 269).

Viejo portal que daba hacia el Camino Real de Tierra Adentro. El inconcluso agregado moderno de la parte superior no hace sino subrayar el abandono.

En 1852 el pueblo de Polotitlán obtuvo su separación política respecto de su antigua cabecera de Aculco. Unas décadas más tarde, en 1875, los habitantes de la ranchería de Encinillas, las haciendas de Arroyozarco y Cofradía Grande, así como los poblados de San Francisquito, Thastó, la Cañada, el Tejocote, Fresno, Loma Alta y la Soledad, elevaron a la Cámara de Diputados del Estado de México una solicitud para incorporarse a aquel nuevo municipio, argumentando que

El naciente municipio de Polotitlán ha dado siempre pruebas inequívocas de que atiende con verdadero escrúpulo los ramos que constituyen la vida independiente de los pueblos. Se afana por difundir la educación a todas las clases de la sociedad y con particularidad a la más pobre; sus fondos se administran con pureza y se emplean verdaderamente en el objeto de su institución y en general se empeña siempre en mejorar su porvenir.


Encinillas, anotado en el Manual de Geografía y Estadística de la República Mexicana, de Jesús Hermosa, de 1857.

El Congreso aceptó la petición, cambió el estatus de Polotitlán de municipio a municipalidad y le incorporó aquellas demarcaciones, incluso también la del pueblo de San Francisco Acazuchitlaltongo que no deseaba hacerlo. Los aculquenses, por supuesto, no se resignaron a perder esos territorios y tras algunas reclamaciones obtuvieron en 1877 que les fueran devueltas las haciendas de Cofradía Grande y Arroyozarco, pero no Encinillas, mientras Polotitlán recibía, casi como premio de consolación, el título de "villa" y el apellido "de la Ilustración" (González-Polo, Ignacio. Polotitlán de la Ilustración en el Estado de México, Gobierno del Estado de México, 1971, p.98). Encinillas quedó así del lado polotitleco pero justo en la frontera que delimita desde entonces ambos municipios. En 1931, durante la Reforma Agraria, cuando a los habitantes de Encinillas se les dotó con tierras ejidales, se les asignó una extensión de 868 hectáreas que formaban parte del latifundio arroyozarqueño. De tal manera, en nuestros días la comunidad de Encinillas está en Polotitlán, mientras que el ejido de Encinillas se encuentra en Aculco.

Mesón con características de los siglos XVIII y XIX.

A partir del siglo XIX se consideró a Encinillas y a su vecina Tenazat o Tenazdá como rancherías "unidas", quizá con el sentido actual de "conurbadas". En ambas se asentó una de las principales familias de esos parajes, los Romero, de los que ya en 1846 pudo escribir Domingo Revilla (de quien hablaremos en un próximo post), al referirse a los grandes charros de su época: "los inteligentes Romeros de Tenazat, en cuya familia desde el más grande hasta el de ocho años manganea, laza, colea y arrienda un caballo con destreza" (Rafael Álvarez del Villar. Historia de la charerría, México, Imprenta Londres, 1941, p. 136). A esta familia pertenció Velina Romero, madre de Sara Pérez, la esposa de Francisco I. Madero. Originarios de Encinillas y también emparentados con ellos estuvieron el coronel Antonio Romero, que peleó en la Revolución bajo el mando del general Francisco Murguía y su hermano Felipe, dirigiente agrario que convirtió el manejo del distrito de riego de Arroyozarco en una especie de beneficio familiar hasta hace muy pocos años.

Troje cuarteada, coronada por nopales.

Después de la Guerra de Intervención (1862-1867) el Camino Real de Tierra Adentro entró en franca decadencia. Muestra de ello es la carta que el administrador del mesón de Arroyozarco, don Miguel Tejada, dirigió en 1868 al Ayuntamiento de Aculco solicitando la reducción de impuestos con que habían sido gravados


... los establecimientos de tienda, hotel y mesón de esta Hda. que son a mi cargo, en la suma de cinco pesos cuatro reales, y siendo en la actualidad el comercio en este punto sumamente pasivo, no puedo por lo mismo reportar tal impuesto sin sufrir un gravamen que daría por resultado la ruina completa de dichos establecimientos, que a más de lo escaso del comercio, es muy limitado el capital que en ellos se gira, llegando a tal estado de miseria, que hay días y no muy raros que no transita un solo pasajero en la diligencia.


Aunque encarpetado, el Camino Real de Tierra Adentro mantiene su trazo al pasar por encinillas, bordeado por cercas de antiguos corrales.

Los parajes cercanos que habían prosperado (o por lo menos se habían sostenido) con el tránsito por el Camino de Tierra Adentro resintieron también esta situación. Tal fue el caso, por supuesto, de Encinillas. Julián Lara, auxiliar del Ayuntamiento de Aculco en el lugar, se dirigió al Alcalde comunicándole acerca de


... la escasez de recursos en que esta ranchería se encuentra a consecuencia de que, como siempre ha contado con el poco comercio que antes había con el camino carretero antes establecido, y hoy éste está cortado en su totalidad, y los vecinos de ésta están careciendo de todos recursos.


Pero la verdadera muerte del Camino en estos parajes llegaría sólo con el ferrocarril. Esto sucedió con fecha exacta: el 22 de marzo de 1882, cuando el primer tren del Ferrocarril Central Mexicano en su trayecto México–Querétaro pasó por las estaciones de Dañú y Polotitlán, las más cercanas a Aculco. El maltratado Camino Real no ofrecía mucha competencia a los tres trenes diarios de este ferrocarril (uno para 250 pasajeros, y dos de carga de 300 toneladas, todos en viajes de ida y vuelta), y éste se convirtió rápida e indudablemente en “el mejor medio de transporte”, como fue llamado ya en 1897.

Según se advierte, el dintel y lajamba derecha de este acceso fueron reconstruidos con alguna negligencia después de caer.

Acelerado por la Revolución y la emigración del campo a la ciudad, Encinillas cayó en un profundo abandono del que son muestra elocuente los vestigios de trojes, mesones, corrales y otras construcciones. Cierto es que en las décadas más recientes el poblado ha recuperado población y numerosas casas modernas dan testimonio de ello, pero por alguna razón que desconocemos, pocos intentaron reutilizar las viejas construcciones y éstas permanecen aún como arruinado testimonio de los tiempos idos: un pueblo fantasma al lado de un pueblo vivo.

El inicio del otoño en Encinillas.

Todas las fotografías ue acompañan a este texto (excepto la que corresponde a Google Street View) pertenecen a Víctor Manuel Lara Bayón.