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sábado, 8 de noviembre de 2025

La "iglesia vieja" de San Ildefonso Tultepec

La "iglesia vieja" de San Ildefonso Tultepec, ubicada a unos 1500 metros del actual templo del pueblo, se ha convertido en años recientes en uno de los sitios más frecuentemente visitados del circuito turístico compartido entre el vecino municipio de Amealco, Querétaro, y el nuestro de Aculco. Ciertamente es un lugar muy pintoresco: en medio de los campos de cultivo, alejado de las construcciones modernas, se yergue una iglesia de mayores dimensiones y mejor orientada que la que se conserva en culto, destechada, en ruinas, vandalizada con grafiti, pero con sus altos muros de piedra parda prácticamente intactos.

Su planta es de una sola nave con cabecera recta y una torre a los pies del templo, del lado izquierdo de la fachada. Su entrada principal, que mira hacia el poniente, es un arco de cantera de medio punto con jambas que se prolongan hasta la cornisa; su derrame interior está labrado en forma de concha. La ventana del coro, rectangular y con enmarcamiento de cantería, tiene un alféizar soportado por un par de ménsulas con mascarones y encima una cornisa apoyada en ménsulas simples. Su dintel, monolítico, posee un resalte circular con una flor inscrita. Más arriba de esta ventana se observa un relieve con una custodia al centro.

En el interior, es notable el esbelto arco que separa la nave del presibterio, apoyado en pilastras molduradas, y un pequeño altar adosado al muro posterior, formado al parecer con piedras tomadas de otras partes del templo. El inmueble no tiene actualmente anexos, aunque una entrada lateral en el presbiterio parece construida con el propósito de acceder a una sacristía, destruida o nunca edificada. A su frente está un atrio delimitado por con un muro de piedra de poca altura. Fuera de este espacio, hacia el poniente, se levanta una cruz del clásico tipo otomí, sobre un pedestal de dos cuerpos, el más alto de los cuales tiene horadado un nicho que mira a la fachada de la iglesia.

En los muros del viejo templo sólo se abren tres ventanas, todas en su fachada sur, pequeñas, muy elevadas y de trazo mixtilíneo. A la altura del arco del presbiterio se colocaron al exterior dos contrafuertes, quizá tardíamente, para evitar que dicho arco se abriera más, pues sus dovelas se observan un poco fuera de su lugar.

El dintel del acceso a la sacristía muestra la única inscripción que encontramos en el edificio: "Jesús María + de 1616 años". Al observar un poco, sin embargo, se advierte que esa fecha sólo nos permite situar parte de su construcción, pues el edificio es obra de varias etapas constructivas con cambios estilísticos y materiales, que posiblemente abarcan desde el siglo XVI hasta el XIX. Pero, ¿por qué está este templo aquí?, ¿se abandonó o nunca se concluyó?, ¿perteneció a San Ildefonso o se trata de otro pueblo ya desaparecido?.

La propia tradición del lugar explica su origen básicamente como lo hace una mujer habitante de San Ildefonso en una entrevista informal que se puede ver completa aquí:

Es de mil seiscientos y algo... por ahí hay una piedra que tiene el año.

Sí vienen [a esta iglesia] especialmente los que tienen las mayordomías. Para las fiestas importantes hacen lo que llamamos "el Alba". Es un encuentro de los cargueros en la iglesia, donde hacen oración, danzas, y de ahí antes se acostumbraba mucho a venir a esta iglesia a rezar un rato y regresarse. Todavía hay eventos que se realizan aquí, en torno a la fiesta de la Navidad: se vienen y comparten comida, tamales. Vienen y hacen oración, danza y comparten la comida. [Se hace] en la fiesta de la Navidad, el 23 de enero, de la Virgen de Guadalupe, se celebra el 12 de diciembre. Pero días antes a eso, se vienen para acá también a hacer oración. No hay una fecha específica porque se van moviendo [...]. Hace todavía varios años, me tocó todavía ver, que todos los niños recién nacidos que fallecían sin el bautismo los traían para enterrarlos aquí. Les buscaban como el sentido de que se guarden en un lugar sagrado. Entonces hay varios chiquitos por aquí enterrados. Pero ya últimamente los llevan a todos en el panteón de la comunidad.

No, no se terminó de construir, porque al momento de estar construyéndose, se vio que se humedecía mucho la parte de abajo, y de hecho por aquí cerquita pasa el río, y cuando trae mucha, mucha agua, se desborda y llena esto. Aunque no la tire, pero se moja todo. Se inunda. Y pues la gente dijo "aquí no va a servir". Dice la leyenda que san Ildefonso al ver eso no quiso estar aquí. La imagen del patrón de San Ildefonso. Entonces por eso ya no siguieron construyendo, porque pues la imagen no quería estar aquí. Se movía. Lo traían y lo dejaban aquí, al otro día ya estaba hasta por allá arriba.

Y también hay otra leyenda más atrás, pues más antigua, que decía que aquí la voluntad del Creador no era éste, y entonces por medio de una águila se iba y se posaba hasta allá arriba.

Esto es lo que nos cuenta la tradición local, junto con algunos detalles como que la capilla llegó a estar techada con paja (lo que no es en absoluto descabellado en el contexto de la arquitectura de los pueblos otomíes de la región en el Virreinato). Pero veamos ahora lo que nos dice la historia.

San Ildefonso Tultepec, como otros antiguos poblados pertenecientes a la Provincia de Jilotepec, contó seguramente con un templo construido tras la conquista española en el siglo XVI. Es posible que este templo no haya sido una iglesia completa, sino sólo su ábside: una capilla abierta como las que dieron origen a otros edificios religiosos de la región a los que se añadió una nave tiempo después, por ejemplo la iglesia de Santa Ana Matlavat. Pero a finales del siglo XVI, después de las grandes epidemias que diezmaron a la población indígena de la Nueva España, San Ildefonso como muchos otros pueblos se halló casi despoblado. Los virreyes de la época ordenaron que los sobrevivientes de los llamados "pueblos de indios" de juntaran -es decir, se congregaran- para que la dispersión no obstaculizara la vida cotidiana y la evangelización. Se señalaron para estas congregaciones los sitios mejor provistos en cada zona, que en este caso fue el pueblo de San Gerónimo Aculco. Allí se trasladaron, en otros pueblos con escasos vecinos, los pueblos de San Juan Aculco, Santa María Xiponeca, San Lucas Totolmaloya, Santa Ana Matlavat y San Ildefonso Tultepec. Los habitantes de estos lugares dejaron abandonados casas y templos, aunque siguieron reivindicando la propiedad de las tierras que les pertenecían alrededor de ellos. Esta congregación ocurrió entre 1593 y 1605.

En algunos casos, los pueblos congregados desaparecieron por completo y su memoria se perdió, como fue el caso de San Juan Aculco (que estaba cerca de Arroyozarco) y Santa María Xiponeca (al lado del cerro de Ñadó). Pero otros tuvieron mejor suerte y se repoblaron cierto tiempo después, continuando así su existencia. Así sucedió con los pueblos de Santa Ana, San Lucas y precisamente San Ildefonso. Es en este proceso de éxodo y retorno en el que una serie de documentos redactados un siglo después de los hechos, a partir de 1707, sitúan el abandono del viejo templo de San Ildefonso y la construcción del nuevo. Los papeles se refieren a un pleito de tierras entre don Lucas Magos Bárcena y Cornejo, "cacique de la provincia de Jilotepec, teniente gobernador y alcalde del pueblo de San Gerónimo Aculco" y los naturales de San Ildefonso, que sucedió más o menos así:

Don Lucas Magos compró un sitio de ganado mayor y dos caballerías de tierra por 400 pesos a Marcos Lorenzo y Juana de Ávalos y Granada, su madre (propiedad que estaba amparada con títulos de una merced concedida a Baltasar García en 1596) en el año de 1706. Las tierras se ubicaban "a un cuarto de legua del dicho pueblo [de San Ildefonso]", en una cañada donde existían unos paredones, junto al río, sitio que sin gran dificultad se puede reconocer como el mismo donde se levanta la "iglesia antigua", pero cuyos vestigios don Lucas identificaba sólo como "las casas que se demuestra hubo en aquel tiempo de dicho don Baltasar, aunque con el transcurso del tiempo apenas se reconocen sus cimientos". Al año siguiente, sin embargo, cuando don Lucas intentó tomar posesión de esas tierras, los vecinos de San Ildefonso "lo impidieron y se sublevaron". Argumentaban que esas tierras eran suyas y presentaron para probarlo el amparo que el virrey marqués de Montesclaros le había concedido en 1605 a San Ildefonso, "sin embargo de estar despoblado por entonces" y la posesión que les había dado en 1662, una vez repoblado San Ildefonso, el teniente de alcalde mayor, don Manuel de Texeira y Zúñiga, a quien los indios habían "demostrado por su iglesia antigua", la anterior a la congregación, aquellos paredones junto al río.

Y que por ser nosotros, congregantes en este dicho para pueblo de San Ildefonso, y tener títulos y mercedes de tierras en su contra no podemos ser damnificados, por cuya razón hablando con el debido respeto, contradecimos, una y dos y tres veses, y todas las que el derecho nos concede, las dichas medidas y demás diligencias que se pretenden por el mucho daño y perjuicio que se le sigue a nuestro pueblo y congregación.

Don Lucas Magos, naturalmente, rechazó tales afirmaciones. Aseguraba que las paredes no eran vestigios de un templo, pues San Ildefonso "donde hoy se haya poblado que es a donde siempre fue [su] fundación" y que en cambio todavía podían apreciarse los verdaderos vestigios de la iglesia antigua mucho más cerca del nuevo templo:

La antigua iglesia que tuvieron primitiva cuando fueron congregados al pueblo de San Gerónimo Aculco era la que de presente demuestra su ruina, que está de esta iglesia como cincuenta varas a la parte del poniente, que todavía se perciben los restos del cuerpo de la iglesia, cementerio y sacristías, de que se han aprovechado dichos naturales de toda la más fábrica que tenía para la reedificación de la actual iglesia, como están de presentes unas piedras de cantería las que están en las gradas de la puerta que sale para el sur.

Para concluir, don Lucas señalaba de las otras ruinas más alejadas situadas junto al río, "que está a un cuarto de legua de este pueblo, nunca fue iglesia como se demuestra [...] porque fue una fábrica que nunca se acabó, ni sé cómo más lo justifica su fábrica que hasta ahora están por adentro las piedras con los picos que para su trabazón eran necesarios". Presentó además como testigos a dos indios de la zona, uno de Aculco y otro de san Ildefonso, que informaron lo siguiente:

Juan Nicolás, vecino de Aculco: "Y siéndole preguntado que si sabe o ha oído decir cuál fue la primera iglesia de los naturales de este pueblo que tenían antes de que fueren congregados al pueblo de San Gerónimo Aculco, dijo que aunque no vió la más fábrica antigua en pie, conoce y ha visto dónde estaba la primera iglesia que antes de su congregación tenían y ha visto desde que tiene uso de razón que es más adelante de la que ahora esta actual que está como a un tiro de mosquete hacia la parte del poniente que esta su ruina de manifiesto con sus señales de cuerpo de iglesia y el cementerio que tuvo y su sacristía, cuya fábrica fue de cal y canto, de donde han sacado muchas piedras labradas dichos naturales para la reedificación de la otra".

Sebastián Pérez, indio de San Ildefonso: "Siéndole preguntado si sabe fijamente dónde estaba la iglesia antigua, que tenían antes que fuesen congregados sus del causantes al pueblo de San Gerónimo Aculco, dijo que lo que sabe desde que tiene uso de razón y le dijeron sus padres que la iglesia antigua que tuvieron antes de dicha congregación es dicha ruina que está como a un tiro de arcabuz para la parte del poniente junto a la casa de un Gerónimo Gaspar, cantor de la iglesia, donde está de manifiesto la señal de su fundación y todavía con la muestra de su cementerio, sacristía y lo demás, donde alcanzó este testigo algunos pedazos de pared y en la tapia de dicho cementerio que era alcanzó este testigo un ciprés grande copado; Y en dicha fábrica este testigo y los mas naturales de este pueblo han aprovechado la más piedra de dicha fábrica en la reedificación de la que hoy tienen, y de donde este testigo sacó con otros más piedras de cantería labradas que están por gradas en la puerta del cementerio que sale al sur".

La expresión "a un tiro de mosquete" o "a un tiro de arcabuz" es vaga para señalar una distancia, pero según la RAE podría oscilar entre los 50 y los 250 metros. De tal manera, esas ruinas seguramente se encontrarían donde hoy se levantan algunas de las casas del pueblo y al parecer no son ya visibles en la superficie.

Las autoridades de la Provincia de Jilotepec ordenaron una visita al lugar. El encargado de la diligencia, Juan Sánchez García, inspeccionó los restos del edificio en disputa y dejó constancia por escrito de esa diligencia:

Estando en el campo en cuarto de legua del pueblo de San Ildefonso a la parte del poniente en una cañada donde está un edificio de paredes junto a un río en medio de dichas sementeras de los naturales del pueblo de San Ildefonso en veinte y cuatro días del mes de mayo de mil setecientos y siete años. Yo, dicho teniente y los testigos de mi asistencia. Vi y reconocí si se demuestra haber sido iglesia, y no hallo señales que conduzcan haberlo sido en ningún tiempo, por que tan solo tiene los dos lienzos de su cuerpo en largo a la parte del poniente y su respaldo al oriente, por arriba de dicha pared algo más levantada y según se demuestra nunca tuvo efecto el que techasen como está de manifiesto; y por la parte de adentro en dichas paredes con piedras largas que dejaron para la trabazón que se le había de seguir que según parece se habría formado para jacal de trigo, ni consta que haya tenido muestras de cementerio, ni otra fábrica alguna que es la que dicen los naturales demostraron por su iglesia antigua.

Ante tal conclusión, escribió Sánchez García, "se amotinaron los dichos naturales en que cesó esta diligencia". Don Lucas naturalmente no pudo tomar posesión de las tierras, que siguieron en poder de la comunidad de San Ildefonso. Éstos, además, procedieron en 1710 a regularizar cualquier deficiencia que tuvieran en sus tierras por la vía de la "composición": un proceso en el que reconocían ante las autoridades un excedente de tierras para las que no tenían títulos y ofrecían una cantidad de dinero para subsanar esa falta de documentos. Consiguieron en ese proceso una nueva "vista de ojos" y recorrido por el terreno, en el que esta vez obtuvieron un resultado favorable: "habiendo ido hacia la parte del poniente por una loma abajo, se reconoció al pie de ella una vega y en ella unos paredones que según su fábrica parece iglesia vieja". Pidieron después a la autoridad se le notificase la posesión que habían tomado de esas tierras a don Lucas Magos, con quien se mantenía el litigio, "para que no les inquietase en la posesión... y que ocurriese a la Real Audiencia si tuviere que pedir".

Para 1714, don Lucas se había dado ya por vencido. Creía firmemente que el asunto era una "estafa" de los indios de San Ildefonso, pero como le había sido imposible tomar posesión decidió actuar contra quien le había vendido las tierras: Marcos Lorenzo, puesto que su madre ya había fallecido. Reclamaba que era responsabilidad del vendedor "sanear" la venta para evitar reclamaciones, y puesto que no lo había hecho debía compensarlo. Lorenzo accedió a devolverle el dinero o a darle otras de sus tierras a cambio, pero no hizo lo uno ni lo otro. De tal manera, don Lucas lo denunció y Marcos Lorenzo acabó preso en la cárcel de comunidad de Aculco, puesto que San Ildefonso pertenecía entonces a este pueblo. Luego se le embargó una de sus propiedades, el Rancho de Ávalos, para con su remate pagar lo que le adeudaba a Magos. Así, no continuó con su pelea por las tierras con los paredones junto al río, que quedaron desde entonces en posesión del pueblo de San Ildefonso.

Seguramente los lectores ya habrán notado algo muy interesante en esta historia: los vestigios de tal "iglesia vieja", si le creemos a los habitantes de San Ildefonso, o los restos de una casa o troje para almacenar trigo, si nos inclinamos por la opinión de don Lucas, eran tan poco notables como para generar precisamente esa duda. Nada que ver con los restos de la actual "iglesia antigua", mucho más importantes y que inequívocamente se reconocen como un templo completo, con su nave, presbiterio, torre y atrio. ¿Qué sucedió entonces?

Entramos aquí al terreno de la especulación. Sospecho que los propios vecinos de San Ildefonso procuraron reforzar la idea de que ahí había existido el templo anterior a su congregación en Aculco reedificándolo, construyendon quizá sobre los mismos paredones antiguos, y dotándolo de una imagen que nunca más hiciera sospechar que no había sido una iglesia. Eso explicaría los detalles ligados al estilo barroco que encontramos en las ventanas mixtilíneas, el derrame en forma de concha del acceso principal, la molduración de su portada y las pilastras del arco del presbiterio. Pero la construcción se habría prolongado por lo menos hasta mediados del siglo XIX, época a la que parece pertenecer la ventana del coro, la torre (con una calidad distinta en su mampostería) y el campanario de cantería. Los muros, llenos de mechinales abiertos (esos hoyos en los que se colocaban vigas para sostener los andamios durante la construcción), indican claramente que todo aquel esfuerzo quedó a pesar de todo inconcluso. Acaso sólo el presbiterio llegó a techarse, pues cuenta con canales para desaguar su ya inexistente azotea y en la parte posterior posee todavía una cornisa que indicaría la finalización de esa zona de la iglesia. La leyenda de que llegó a estar techada con paja sería así sólo un falso recuerdo.

Pero en esta conclusión se mantiene un misterio: la fecha de 1616 labrada en la entrada a lo que debió ser la sacristía. No es una fecha que corresponda a una iglesia anterior a la congregación, sino más bien a los tiempos de la repoblación de San Ildefonso. Y si estaba ahí, ¿por qué en ninguna de las dos visitas de las autoridades al sitio se consignó su existencia, que quizá les habría servido para el establecer el origen del edificio en el tiempo? ¿Quizá estaba ese dintel labrado ya caído en tierra entonces y sólo al reconstruir el templo se le descubrió y volvió a colocar? ¿O habrá venido de otro lugar, tal vez la otra iglesia vieja que don Lucas señalaba como la verdadera, para darle autenticidad a este otro edificio? ¿O del templo nuevo? Preguntas hasta ahora sin respuesta, pero que no hacen más que aumentar el interés que produce la "iglesia antigua" de San Ildefonso Tultepec.

 

FUENTES:

AGN/Instituciones Coloniales/tierras/vol.1794/expediente 5.

AGN/México independiente/ Gobierno y relaciones exteriores/ Archivo de buscas y traslado de tierras/ volumen 46286/92/expediente 1

* Buena parte de las fotografías con las que ilustro este texto son de Neftalí Sáenz Bárcenas, cronista de San Juan del Río, Querétaro.

** Después de terminar este texto hallé que Yesenia Martínez Maldonado había utilizado estos mismos documentos para su tesis "Justicia, autoridad y territorio en la historia de San Ildefonso Tultepec, una comunidad ñañhö del sur de Querétaro" con el que obtuvo el grado de Doctora en Estudios Interdisciplinarios sobre Pensamiento, Cultura y Sociedad de la Universidad Autónoma de Querétaro. Sin embargo, no coincido en su interpretación de dichos documentos, pues ella identifica plenamente la "iglesia vieja" que describió Lucas Magos con la que hoy existe, sin percatarse de la disputa por ello con los naturales de San Ildefonso. La tesis se puede consultar aquí.

viernes, 5 de mayo de 2023

El Querétaro aculquense, el Aculco queretano

Todos sabemos que el municipio de Aculco tiene una frontera bastante larga con los muncipios de Amealco y San Juan del Río del estado de Querétaro, cercana a los 30 kilómetros de longitud. Incluso podemos advertir en el mapa que, en la zona de San Pedro Denxhi, el territorio aculquense se adentra en tierras queretanas por casi siete kilómetros, como una península rodeada por profundas barrancas. Sin embargo, este trazo es relativamente reciente, tanto así que la última modificación a los límites estatales ocurrió apenas hace unos veinticinco años.

Pero hace mucho más tiempo, antes de la independencia de México, una gran extensión de tierras ahora pertenecientes a Querétaro formó parte efectivamente de la jurisdicción de Aculco. Los pueblos ahora amealcenses de San Ildefonso Tultepec, Santiago Mexquititlán, San Pedro Tenango, San José Ithó, así como las haciendas de Santa Clara del Apartadero, Vaquería y San Nicolás de la Torre, dependían en lo religioso del convento de Aculco y en lo civil se les gobernaba desde esta misma cabecera (1). Incluso el pueblo de Santa María Amealco y el vecino de San Juan Dehedó, que formaban parte de la parroquia de san Juan del Río, habían intentado unirse a Aculco en 1724 (2).

Sin embargo, en el año de 1755 el arzobispo Manuel Rubio y Salinas creó la nueva parroquia de Santa María Amealco y para ello tomó lo mismo pueblos pertenecientes a San Juan del Río que otros más que formaban parte de la vicaría de Aculco. Fue así que los los poblados que mencioné antes dejaron de estar relacionados en su administración religiosa con Aculco (3). Luego, en 1820 y en plena Guerra de Independencia, el virrey Juan Ruiz de Apodaca ordenó que esos mismos poblados se segregaran también en lo civil de Aculco y se anexaran a Amealco, con la intención de reducir el territorio de la subdelegación de Huichapan "por informes siniestros que se le hicieron", seguramente relacionados con la rebelión insurgente (4). Aunque todas estas tierras continuaban siendo parte de la misma Intendencia de México, dentro de ella Amealco estaba sujeto al corregimiento de Querétaro, mientras que Aculco era parte de la subdelegación de Huichapan. Esto determinó que en los años posteriores a la independencia, al establecerse la nueva división política federal en 1824 y crearse el estado de Querétaro, las tierras separadas de Aculco quedaran además en un estado distinto al de su antigua cabecera.

Con esta separación, Aculco perdió los pueblos con mayor presencia otomí en su territorio, como se puede comprobar aún hoy en día. Esa zona es a lo que nos referimos al hablar de un "Querétaro aculquense": tierras y comunidades que por más de 200 años fueron aculquenses, y con las que el municipio comparte historia y cultura. Y aunque al cabo del tiempo de uno y otro lado de la nueva frontera prácticamente se olvidó su anterior pertenencia, lo cierto es que Aculco mantuvo por necesidad una fuerte relación con el nuevo estado de Querétaro, especialmente con San Juan del Río, con el que se comunicaba a través del Camino Real de Tierra Adentro. Porque hacia el Estado de México, sólo el camino que llevaba a Jilotepec era relativamente de fácil tránsito, y el viaje hacia la capital estatal, Toluca, difícil, tardado y accidentado, por lo que los vecinos de nuestro pueblo preferían evitarlo.

Esta cercanísima relación entre Aculco y San Juan del Río llevó a que en 1856, cuando se discutía la nueva Constitución que habría de regir al país por las siguientes seis décadas, el diputado Ignacio Reyes propusiera de plano que nuestro municipio se incorporara al estado de Querétaro. La mayoría de los constituyentes de la comisión de división territorial rechazó esta idea, pues según ellos Aculco estaría en una condición más precaria ya que su nueva cabecera de partido (San Juan del Río) quedaría más retirada que la anterior (Jilotepec), lo que "entorpecería considerablemente la administración judicial y la política". Con todo, algunos diputados (el propio Ignacio Reyes, José María Mata, Rosas, Francisco Zarco, Auza, Rojas, Ignacio Ramírez y López) emitieron un voto particular, que defendía la idea de esa agregación:

Si una buena y acertada división territorial se ha de calcar sobre las bases del interés común, de la posición geográfica y de la homogeneidad de elementos, debe pertenecer a Querétaro no sólo la muy reducida y pobre municipalidad de la que se trata [Aculco], sino la parte interesante conocida con el nombre de Mezquital: todo esto con Querétaro debiera formar un estado, porque la naturaleza, el interés, la comodidad recíproca e identidad de elementos los unen; pero pues no se trata de esto, no es oportuno tampoco encargarse ahora de los adelantos materiales, de la fuerza política y social que vendrían en pos de esta unión a Huichapan, a Ixmiquilpan, a Tecozautla, a Alfajayucan, Zimapán, San Juan del Río y a Querétaro. Sólo sí nos ocuparemos brevemente de las ventajas que trae a Aculco su anexión a Querétaro.

La muncipalidad de Aculco nombre se compone del pueblo desl mismo nombre, del naciente de Polotitlán, de cuatro o seis congregaciones de indígenas, y de algunas haciendas y rancherías que tiene un censo de ocho a nieve mil habitantes sobre un terreno frío e inmediato al distrito de San Juan del estado de Querétaro. Pertenecen en lo judicial a Jilotepec, distante siete u ocho leguas sobre un camino montañoso y difícil, y en lo político a la villa de Tula, a dieciocho o veinte leguas. Unidos a Querétaro, quedarán agregados indefectiblemente a San Juan del Río, de cuya ciudad distan muy poco, y por un camino carretero y fácil de practicarse en pocas horas. Allí hallarán a la prefectura para sus asuntos administrativos y al juzgado de primera instancia para los judiciales. Y allí por último encontrarán las comodidades que no les pueden ofrecer Tula ni Jilotepec.

Sus relaciones de tráfico y mercantiles, ya de la gente que se llama de razón, y ya de la indñigena, son con San Juan del Río, más bien que con las cabeceras de distrito y partido a que ahora pertenecen. Sus relaciones sociales son más activas seguramente en San Juan del Río, en donde muchos vecinos de Aculco y Polotitlán tienen casas, que en Tula y Jilotepec. La buena administración de estos pueblos y la analogía que existe de sus elementos de subsistencia con los de san Juan del Río piden su agregación a Querétaro. Hay, además, otro motivo: esos pueblos son hoy imperceptibles en el gran mapa del Estado de México; se pierden en él como se pierde una sombra pequeña, débil y opaca, colocada en uno de los ángulos de un cuadro de colosales dimensiones. Perteneciendo a Querétaro se harán visibles, se harán notables, no serán sombra. Comenzarán a figurar en una escala que no se presentará unidos a México y sus hijos, especialmente los que reciban educación, ocuparán los puestos del estado con más prontitud y facilidad que en el de México. (5)

No valieron sin embargo estos argumentos para crear un "Aculco queretano" y el municipio se mantuvo dentro del Estado de México. Más aún: cuando en 1869 se creó el estado de Hidalgo, efectivamente los municipios de la región del Mezquital se separaron de aquél para integrar la nueva entidad, pero Aculco (que todavía entonces incluía a Polotitlán) quedó también fuera de ella, justamente en su límite.

Tal como habían argumentando los diputados constituyentes de 1856, las relaciones de Aculco en todos los aspectos, salvo los judiciales y políticos que eran obligatorios, siguieron siendo mayormente con San Juan del Río. Más todavía después de 1896, cuando el ferrocarril Cazadero-Solís enlazó las tierras aculquenses con la estación sanjuanense de la hacienda de Cazadero, del Ferrocarril Central Mexicano, desde la cual se podía viajar fácilmente a las ciudades de San Juan del Río y a Querétaro.

En el Congreso Constituyente de 1916-1917, el estado de Querétaro insistió en sus pretensiones territoriales sobre los municipios limítrofes del Estado de México. Esta vez se trataba ya no sólo de Aculco, sino de todo el distrito de Jilotepec: los municipios de Jilotepec, Aculco, Acambay Polotitlán, Soyaniquilpan, Timilpan, Chapa de Mota y Villa del Carbón. Los argumentos de los diputados constituyentes queretanos sonaban sin embargo más egoístas que en 1856: se quejaban sobre todo de la poca extensión territorial de su estado y de la falta de tierras cultivables, mientras que a las entidades vecinas les sobraban territorio y recursos. La respuesta del Congreso fue otra vez negativa, pero, además, algunos diputados jacobinos aprovecharon para fustigar a los queretanos por su religiosidad. El diputado Marcelino Dávalos, por ejemplo, dijo en la tribuna que si el Estado de Querétaro tenía una corta área, él mismo tenía la culpa, pues "toda la tiene invertida en iglesias; que las derrumbe para sembrar”. Un colega suyo afirmó que los queretanos, en vez de dedicarse a la producción, se dedicaban a enriquecer a la Iglesia, y que la mayoría de los habitantes de la entidad “rezan en vez de trabajar y se sienten satisfechos en su pobreza”. Un diputado guanajuatense señaló que la propuesta de anexión le parecía una broma de Día de los Inocentes(6).

Y si en el ámbito civil Querétaro tuvo este interés tan serio por incorporar al municipio de Aculco a su territorio, en lo religioso no lo fue menos. Cuando en 1804 y 1805 el cabildo de Querétaro solicitó al rey de España la fundación de un obispado con sede en esa ciudad, incluyó en el territorio propuesto para esta nueva diócesis a la Villa de León, San Miguel El Grande (hoy de Allende), San Luis de la Paz, los minerales de Maconí y El Doctor, Cadereyta, San Juan del Río, Jerécuaro, Salvatierra, Celaya, la ciudad de Querétaro y, precisamente, Aculco, que entonces pertenecía al Arzobispado de México (7). La diócesis de Querétaro se erigiría sólo hasta 1863, pero sin Aculco. Aculco, por su parte, pasaría en 1950 al obispado (luego arzobispado) de Toluca y en 1984 al obispado de Atlacomulco.

En 1928 cesó el servicio del Ferrocarril Cazadero-Solís y se levantaron las vías. Aculco cayó entonces en gran aislamiento, pues la estación de tren más próxima, la de Dañú, Hidalgo, distaba 28 kilómetros del pueblo y las carreteras de la época eran terribles para el tránsito de automóviles. Este repentino aislamiento fue en cierta medida lo que empujó a los habitantes del municipio a volver la cara hacia el Estado de México, actitud que se reforzaría después de 1950, cuando la Carretera Panamericana lo enlazó de manera más eficiente con Toluca, la capital del estado.

Hoy en día, muchos aculquenses acuden cotidianamente a Amealco, a San Juan del Río o a la ciudad de Querétaro por razones de educación, trabajo o comercio. Sin embargo, las ligas de Aculco con el estado de México se han reforzado mucho a lo largo del tiempo, por lo que la vieja aspiración queretana de anexarse a nuestro municipio es ya únicamente una anécdota curiosa, que probablemente no encontraría eco en nuestros días.

 

NOTAS

(1) Fray Agustín de Vetancurt. Chronica de la provincia del Santo Evangelio de México, México, imprenta de doña María de Benavides, 1697, p. 87.

(2) Rodolfo Aguirre Salvador. Un clero en transición : población clerical, cambio parroquial y política eclesiástica en el arzobispado de México, 1700-1749, México, UNAM, 2013, p. 163.

(3) Rafael Ayala Echávarri. San Juan del Río, historia y geografía, San Juan del Río, Gobierno del Estado de Querétaro, 2006, p. 82.

(4) Una carta en la que el Ayuntamiento de Aculco protesta por esta segregación existe en el Archivo Histórico Municipal de Aculco.

(5) Francisco Zarco. Historia del Congreso extraordinario constituyente de 1856 y 1857, México, Imprenta de Ignacio Cumplido, 1857, p. 725 y 726.

(6) Carolina Hernández Parra. Querétaro en el Congreso Constituyente 1916-1917, México, INEHRM, p. 98-102.

(7) José Félix Zavala, "Historia de la Iglesia en la actual Diócesis De Querétaro" en línea, fecha de consulta: 4 de mayo de 2023, disponible en https://eloficiodehistoriar.com.mx/2021/01/02/historia-de-la-iglesia-en-la-actual-diocesis-de-queretaro/

viernes, 19 de noviembre de 2021

Dos breves cuentos otomíes

En la década de 1980, la antropóloga Lydia van der Fliert realizó un amplio estudio etnográfico de las comunidades otomíes del sur del estado de Querétaro. Esta obra abarcó aspectos históricos, estadísticos, culturales, sociológicos y religiosos de esa etnia, y al abordarlos dio un lugar muy importante a sus narraciones tradicionales: fábulas, cuentos, leyendas, memorias. Si bien Van der Fliert limitó su estudio a los pueblos de San Ildefonso Tultepec y Santiago Mexquititlán, y no a otros poblados otomíes del mismo municipio de Amealco ni a los del vecino Aculco, sus investigaciones tienen grandísimo interés para nosotros: no debemos olvidar que aquellos pueblos pertenecieron hasta mediados del siglo XVIII a la jurisdicción de Aculco y buena parte de su herencia cultural es compartida con nuestro municipio. Además, las relaciones de vecindad propician hasta nuestros días una comunicación constante, de la que resulta, por ejemplo, que en las historias aculquenses aparezcan con frecuencia los pueblos del sur de Amealco y viceversa.

Precisamente es el caso de estos dos cuentos otomíes que hoy les quiero compartir. Se trata de relatos tradicionales que Lydia van der Fliert recogió de boca de sus informantes en el libro que es fruto de sus investigaciones en Amealco: Otomí en busca de la vida (UAQ, 1988), al que subtituló con su equivalente en lengua hñäñho: ar ñäñho hongar nzaqui. El primero de ellos se origina en Santiago Mexquititlán, mientras que el segundo procede de San Ildefonso Tultepec. Aunque son cortos y sencillos, seguramente les pareceran interesantes.

 

UNO

A principios de siglo [XX], hubo un lugareño que se dedicaba a la deshonrosa profesión de robar a los comerciantes hospedados en una posada de Aculco o que pasaban por San Juan del Río con sus animales y productos. Una noche en que consiguió alojamiento en el mismo lugar de Aculco, poco después de las doce, atravesó el umbral a hurtadillas para robar dos burros. Los dueños de éstos se despertaron, descubriendo que había desaparecido su compañero de habitación e instantáneamente sospecharon el motivo. Abrieron la puerta de la casa y a lo lejos distinguieron la sombra de un hombre con dos burros sin orejas (dogú), ya que éste se las había amarrado. Sabiendo que a sus animales no les faltaba nada, regresaron a sus lechos y durmieron tranquilos hasta que el sol se dibujó en el horizonte. Se levantaron, esta vez para continuar su camino, y ¡cuál no sería su sorpresa cuando descubrieron que sus dos burros habían desaparecido sin dejar rastro! Era imposible proseguir el viaje. Se vieron obligados a vender la mercancía a bajo precio y regresar decepcionados a sus hogares. Pasaron algunos meses. Mientras tanto, nuestro ladrón no se había quedado con los brazos cruzados. Robó seis reses más y hasta logró conseguir "comprobantes" (así le llaman a las facturas o títulos de propiedad). Los dueños, sin embargo, tampoco se quedaron sentados y siguiendo sus huellas localizaron la morada. Nuestro hombre protestó con furia, apoyándose en los "comprobantes" trató de justificarse, pero fué finalmente llevado a la cárcel. Al día siguiente, su señora le quiso visitar, pero en lugar suyo los carceleros le dieron un sombrero, porque él se había desvanecido misteriosamente. Ella jamás volvió a ver a su marido.

 

DOS

Sucedió que una señora de Tultepec, que tenía cinco meses de embarazo, decidió tomar el tren en Aculco para dar a luz en el Distrito Federal. Durante el viaje la venció el sueño y al despertar ya no sentía al niño en el vientre; también su espíritu había desaparecido. regresó a su pueblo y comentó a todos que no había tenido dolores ni entendía cómo era posible haber despertado con el vientre vacío, como si nunca hubiese estado embarazada.

 

El primero de los cuentos claramente se sitúa a principios del siglo XX y Van der Fliert lo ubicó en la sección que dedica al porfiriato. La existencia de posadas para arrieros en Aculco indica justamente que se trata de una historia bastante antigua. Del segundo cuento, por el contrario, no se establece una cronología clara. Sin embargo, sabemos que el ferrocarril de Aculco únicamente funcionó entre los años que van de 1896 a 1928, por lo que debe situarse necesariamente en esa época. Como sea, es hasta cierto punto ocioso buscar correspondencia de las narraciones tradicionales y legendarias con la realidad histórica, cuando su terreno es más bien el de la imaginación

 

FUENTE:

Lydia van der Fliert. Otomí en busca de la vida, Querétaro, Universidad Autónoma de Querétaro, 1988, págs. 57 y 197.

viernes, 7 de agosto de 2020

Un crimen

El 26 de diciembre de 1880, alrededor de las siete de la noche, en el paraje de Las Adjuntas, cerca de San Ildefonso Tultepec y en el límite entre los municipios de Amealco y Aculco, Andrés Fernández caminaba en compañía de Catalino Obregón cuando fueron asaltados por un grupo de entre cuatro y seis individuos. Sin saber si se trataba de un robo o un ataque por alguna otra causa, los dos trataron de huir. A la mañana siguiente, el comisario de San Ildefonso halló el cadáver de Fernández y se presentó ante el prefecto de Amealco para informar del asesinato. Inmediatamente, la prefectura "dio órdenes al jefe de acordada de este distrito para que procurara la captura de los malhechores". (1)

Fernández, de 52 años, agricultor y vecino de la hacienda de la Muralla, era de nacionalidad española. (2) El asunto provocó un gran escándalo especialmente por ello, pues acontecimientos como éste solían provocar problemas diplomáticos, alarmaban a las comunidades extranjeras asentadas en el país y preocupaban a la sociedad por afectar la imagen internacional de México y los mexicanos, tan frecuentemente calificados de "bárbaros" debido a la violencia que había dominado al país desde 1810 hasta 1876. El periódico El centinela español dio así la noticia el 2 de enero:

Entre Amealco y San Juan del Río ha sido asesinado por dos indios el súbdito español don Andrés Fernández. Aun no tenemos pormenores, pero no tardaremos en recibirlos y entonces repetiremos las reflexiones que hace tiempo venimos haciendo sobre estos desgraciados sucesos. (3)

Dos semanas después, la misma publicación añadía algunos pormenores bajo el título "Otro español asesinado", aunque según parece algo adornados por la pluma del redactor hasta convertirlos en una novela de intrigas:

El asesinato -nos dicen- estuvo horrendo: volvía el sr. Fernández de un pequeño viaje, cuando a una legua de su ranchito de La Muralla le salieron unos indios en número de 18 a pie y a caballo, y le asesinaron a machetazos y a palos; fue reconocido por la ropa, pues su cara estaba horriblemente mutilada. Su cadáver permaneció 24 horas abandonado en el campo, hasta que un vecino de Amealco tuvo la caridad de levantarlo y darle sepultura. Ignoro lo que habrá hecho después la autoridad en averiguación del hecho, en caso de que se haya ocupado de este suceso. Como el Sr. Fernández no tenía enemigos, pues era hombre pacífico, creemos que el asesinato se llevó a cabo con objeto de apoderarse del valor del ya citado rancho, que su dueño hacía poco había vendido, y acababa de recibir su importe, dándolo probablemente a alguna persona para que se lo guardara; el depositario encontró fácil hacer desaparecer al Sr. Fernández y apropiarse de su depósito, convencido de la impunidad en que quedaría el crimen; hay que advertir que al sr. Fernández le fue antes robada una cartera, que contenía las noticias de todos sus negocios. (4)

Ante las quejas de otro periódico de la comunidad española, La voz de España, el diario oficial del estado de Querétaro, La sombra de Arteaga, se sintió obligado a responder:

Debemos significar al estimable colega español que el funesto acontecimiento a que se refiere no tuvo lugar en el estado de Querétaro, sino en el de México, que, no obstante esta circunstancia, se han dictado y dictan enérgicas providencias, conducentes todas a esclarecer el hecho a fin de castigar a los culpables. Por fortuna para Querétaro, para su buen nombre y civilización, no se registran hace mucho tiempo sucesos como el que lamentamos y bien pudiéramos, sin hipérbole, aseverar que Querétaro es hoy una localidad importante por la seguridad indiscutible que se disfruta en su territorio. (5)

Las investigaciones se llevaron en realidad con gran rapidez. Antes de transcurrido un mes, el 18 de enero de 1881, el prefecto de Amealco, Rafael Velarde, comunicaba a los diarios la aprehensión de los responsables:

En las averiguaciones que el juzgado de letras de este distrito ha hecho con el fin de descubrir los autores del asesinato perpetrado a la persona del súbdito español D. Andrés Fernández aparece que los indígenas José y Joaquín María de Jesús Martínez, vecinos del pueblo de San Pedro Denxhi de la jurisdicción de Aculco en el Estado de México, fueron los que asaltaron al expresado Fernández, y hasta ayer se logró aprehenderlos, siendo puestos inmediatamente a disposición del juez respectivo, a quien a pesar de tener bastantes causas, que según la ley deben concluirse en término perentorio, está instruyendo el proceso con actividad, según le consta a esta prefectura. (6)

No sé en qué habrá acabado el proceso contra ese par de aculquenses, si eran verdaderamente culpables y si actuaron por su cuenta o como parte de una conspiración contra Fernández para apropiarse del dinero de la venta de su propiedad. Pero hay un misterio final en el caso: aunque su partida de defunción señala que Andrés Fernández era soltero, unos meses después de su asesinato fue bautizada en San Juan del Río la niña María Melitona Cresencia, hija póstuma de Ana María Correa y un Andrés Fernández, difunto. (7)

 

FUENTES:

 

(1) La sombra de Arteaga, 13 de enero de 1881, p. 4.

(2) Partida de defunción del señor Andrés Fernández, Amealco, 30 de diciembre de 1880.

(3) El centinela español, 2 de enero de 1881, p. 3.

(4) El centinela español, 20 de enero de 1881, p. 3.

(5) La sombra de Arteaga, 13 de enero de 1881, p. 6.

(6) La Voz de México, 10 de febrero de 1881, p. 3.

(7) Partida de baustismo de María Melitona Cresencia, parroquia de san Juan Bautisa de San Juan del Río, Querétaro, 19 de abril de 1881.